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Río Duero, Río Duero Gerardo Diego Río Duero, río Duero, nadie a acompañarte baja, nadie se detiene a oír tu eterna estrofa de agua.

Indiferente o cobarde la ciudad vuelve la espalda. No quiere ver en tu espejo su muralla desdentada. Tú, viejo Duero, sonríes entre tus barbas de plata, moliendo con tus romances las cosechas mal logradas. Y entre los santos de piedra y los álamos de magia pasas llevando en tus ondas palabras de amor, palabras.

Quién pudiera como tú, a la vez quieto y en marcha cantar siempre el mismo verso pero con distinta agua. Río Duero, río Duero, nadie a estar contigo baja, ya nadie quiere atender tu eterna estrofa olvidada sino los enamorados que preguntan por sus almas y siembran en tus espumas palabras de amor, palabras.


Castilla Miguel de Unamuno Tú me levantas, tierra de Castilla, en la rugosa palma de tu mano, al cielo que te enciende y te refresca, al cielo, tu amo,

tiene en ti cuna el sol y en ti sepulcro y en ti santuario. Es todo cima tu extensión redonda y en ti me siento al cielo levantado, aire de cumbre es el que se respira aquí, en tus páramos.

Tierra nervuda, enjuta, despejada, madre de corazones y de brazos, toma el presente en ti viejos colores del noble antaño. Con la pradera cóncava del cielo lindan en torno tus desnudos campos,

¡Ara gigante, tierra castellana, a ese tu aire soltaré mis cantos, si te son dignos bajarán al mundo desde lo alto! 


A un olmo seco Antonio Machado Al olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo algunas hojas verdes le han salido. ¡El olmo centenario en la colina que lame el Duero! Un musgo amarillento le mancha la corteza blanquecina al tronco carcomido y polvoriento. No será, cual los álamos cantores que guardan el camino y la ribera, habitado de pardos ruiseñores. Ejército de hormigas en hilera va trepando por él, y en sus entrañas urden sus telas grises las arañas. Antes que te derribe, olmo del Duero, con su hacha el leñador, y el

carpintero te convierta en melena de campana, lanza de carro o yugo de carreta; antes que rojo en el hogar, mañana, ardas en alguna mísera caseta, al borde de un camino; antes que te descuaje un torbellino y tronche el soplo de las sierras blancas; antes que el río hasta la mar te empuje por valles y barrancas, olmo, quiero anotar en mi cartera la gracia de tu rama verdecida. Mi corazón espera también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera.


Orillas del Duero Antonio Machado ¡Oh Duero, tu agua corre y correrá mientras las nieves blancas de enero el sol de mayo haga fluir por hoces y barrancas…!


Castilla Manuel Machado El ciego sol, la sed y la fatiga. Por la terrible estepa castellana, al destierro, con doce de los suyos, —polvo, sudor y hierro— el Cid cabalga. Cerrado está el mesón a piedra y lodo... Nadie responde. Al pomo de la espada y al cuento de las picas, el postigo va a ceder... ¡Quema el sol, el aire abrasa! A los terribles golpes, de eco ronco, una voz pura, de plata y de cristal, responde... Hay una niña muy débil y muy blanca, en el umbral. Es toda ojos azules; y en los ojos, lágrimas. Oro pálido nimba su carita curiosa y asustada.

«¡Buen Cid! Pasad... El rey nos dará muerte, arruinará la casa y sembrará de sal el pobre campo que mi padre trabaja... Idos. El Cielo os colme de venturas... En nuestro mal, ioh Cid!, no ganáis nada». Calla la niña y llora sin gemido... Un sollozo infantil cruza la escuadra de feroces guerreros, y una voz inflexible grita: «¡En marcha!» El ciego sol, la sed y la fatiga. Por la terrible estepa castellana, al destierro, con doce de los suyos —polvo, sudor y hierro—, el Cid cabalga.


Árboles y amores, mientras tengan raíces tendrán flores. Quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija. Un árbol se corta en una hora y no se cría en veinte años. Yo soy Duero, que todas las aguas bebo; si no es a Guadiana, que se va por tierra llana, y a Ebro, que no lo veo, y a Guadalquivir que nunca le vi. Los árboles más viejos dan los frutos más dulces.


Del árbol caído, todos hacen leña. Árbol que crece torcido, jamás su tronco endereza. El árbol que no da frutos, da leña.

Quién escucha la voz del anciano es como un árbol fuerte; quién tapa los oídos es como una rama al viento. El que antes de su muerte ha plantado un árbol, no ha vivido inútilmente.


Dicha historia habla de un pastor de Aldeadávila de la Ribera, Felipe, quien acudía al paraje con sus cabras. Éste estaba enamorado de una muchacha del pueblo portugués de Bruçó, a la que no podía ver, porque en el medio estaba el inmenso vacío del padre Duero. Desesperado en su añoranza de la portuguesa, se dedicaba con las manos, pequeñas herramientas, o con lo que podía, a realizar un puente que le permitiera cruzar el río y reunirse con su amada. Pero llegó a tanto el amor por la muchacha que un buen día con la esperanza de cruzar el río salto desde lo más alto y murió en el intento.


En Pereña de la Ribera: la imagen de Nuestra Señora de los Angeles, conocida después como Nuestra Señora del Castillo, con la llegada de los árabes fue escondida y enterrada por los pereñanos antes de entregarse, bajo uno de los cubos que allí existían. En Masueco: se habla de la mora encantada dentro de la fortaleza, y de tesoros escondidos; leyendas fabulosas que surgen alrededor de la presencia árabe en la comarca.


Lengua y Lit. Las Arribes