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En el reino de Lidia tenía su taller la joven Aracne, la mejor tejedora de su timpo. Tanto así era que un día una mujer que apreciaba su trabajo comentó: “¡Qué maravilla, Aracne! ¡Parece que la misma Atenea te haya enseñado a tejer!“ A lo que la orgullosa tejedora respondió: “¡Atenea no es nadie a mi lado! Si se atreviera a competir conmigo la vencería.“ Días más tarde llegó al taller una temblorosa anciana que adviritó a Aracne sobre sus palabras: mejor pedir perdón a Atenea antes de que la castigara. Pero de nuevo orgullosa, rechazó su consejo y desdeñó a la anciana que se transformó en la verdadera diosa y aceptó el desafío aquella que nunca reconocería su error.


La diosa representó a todos los dioses con un aspecto solemne de reyes omnipotentes y algunos hombres que habían recibido un castigo ejemplar por desafiar a los dioses. Como Ródope y Heleno, que se hicieron pasar por Júpiter y Juno y fueron convertidos en montañas. O la reina pigmea transformada en grulla por creer ser más hermosa que las diosas. O Antígona transformada en serpiente y cigüeña por su impiedad. O el rey Cíniras sobre los peldaños de mármol que eran ahora sus hijas por insultar a Juno. A demás, Atenea tejió un episodio en el que ella misma había intervenido.


Mucho tiempo atrás, el rey Cécrope fundó una ciudad en Grecia. Lo dioses previeron que sería un lugar sobresaliente y celebraron en la cima del Olimpo una asamblea para escoger al dios que protegería aquella ciudad. Neptuno insistía en que era su deber, pues se hallaba a orillas del mar, y Atenea en que era el suyo, pues allí nacerían muchos artistas de renombre. Se decidió que ambos harían un regalo a la ciudad y el autor del mejor regalo sería vencedor.


Mucho tiempo atrás, el rey Cécrope fundó una ciudad en Grecia. Lo dioses previeron que sería un lugar sobresaliente y celebraron en la cima del Olimpo una asamblea para escoger al dios que protegería aquella ciudad. Neptuno insistía en que era su deber, pues se hallaba a orillas del mar, y Atenea en que era el suyo, pues allí nacerían muchos artistas de renombre. Se decidió que ambos harían un regalo a la ciudad y el autor del mejor regalo sería vencedor.


Neptuno bajó a la costa y golpeó una roca con su tridente, creando al caballo. El animal era fuerte y veloz, en su mirada se veía un carácter sacrificado y noble, sería útil en la batalla y en los días de paz, para transportar cargar y hacer largos viajes. Atenea bajó a un yermo y extenso pedregal, golpeó el suelo con su lanza y brotó un árbol recio cargado de pequeños frutos ovalados.


Era el olivo que alimentaría a los hombres y daría aceite con el que hacer ofrendas a los dioses, era resistente y de larga vida, capaz de dar frutos en los suelos más áridos y cuyas ramas simbolizarían la paz. El propio Neptuno reconoció su derrota y así nació Atenas bajo protección de la diosa.


Aracne representó a la princesa Europa. Júpiter quedó embelesado por su belleza y decidió transformarse en un manso y bello toro que despertara su curiosidad para separarla de sus doncellas. Así raptó a la joven desdichada que fue llevada hasta la isla de Creta donde perdería su inocencia a manos del más poderoso de los dioses.


Junto a la desgracia de Europa, su tapiz relataba otros casos de dioses que habían abusado de los seres humanos con ayuda del engaño.

Como cuando Júpiter se convirtió en cisne para seducir a la joven Leda, a quien persiguió sobre la arena hasta dejarla acorralada en su abrazo.


Aquellas muchas veces que Apolo se había transformado en gavilán y en pastor y se había disfrazado con pieles de león para acercarse sin riesgos a diversas mujeres a las que deseaba. Representó también el racimo de uvas tintas en que Baco se convirtió para seducir a la bella Erígone.


También aparecía la imagen juvenil del centauro Quirón, con torso de hombre y patas de potro, engendrado un día en que Neptuno se presentó ante la ninfa Fílira con la apariencia de un soberbio caballo blanco.


Atenea se dio cuenta de que aquel tapiz era mejor que el suyo, pero la mala fe con que Aracne había retratado a los dioses enfureció a la diosa y se lanzó al ataque de la tejedora. Aracne, viendo esto, trató de suicidarse pero la diosa decidió que si permitía que esto ocurriera daría razón a la idea de que los dioses son unos desalmados. Por esto salvó a la muchacha, pero no dejó su sacrilegio impune. La muchacha fue rociada con una pócima que gusrdaba la deidad en su túnica y comenzó a transformarse.


Durante el resto de sus dĂ­as Aracne y sus descendientes permanecerĂĄn colgados tejiendo, como tan bien saben hacer, y arrepintiĂŠndose de la arrogancia con la que trataron a la diosa Atenea

28.- No hay mejor tejedora que Aracne  
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