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En la soleada isla de Chipre, patria de la amorosa Venus, vivía un hombre llamado Pigmalión. Había consagrado su vida a la escultura y todos alababan sus obras, pues sabía reflejar sobre la piedra todas las emociones del corazón humano. Se convenció de que su alma era impenetrable al amor pues ninguna mujer llegaba a cautivarle, pero una estatua de marfil le cambió la vida. Comenzó a cincelarla guiado por un rapto de inspiración, esculpió tres días sin descanso y al terminarla quedó hechizado por su perfección.


Representaba a una mujer de impecable belleza y reflejaba con tanta precisión la verdad de la vida que Pigmalión pensó que solo le faltaba hablar. La trató como si fuera una mujer: la adornó con collares, la vistió con túnicas de hermosos colores y se acostumbró a hablarle. Una noche Pigmalión besó los labios de la estatua. Le pareció un acto ridículo, propio de un loco, pero cargado a la vez de sinceridad y pureza. Era absurdo, pero Pigmalión tuvo que reconocerlo: estaba enamorado de su hermosa creación de marfil.


Días después, se celebró la fiesta de Venus. Pigmalión entró en el templo de la diosa para hacer una ofrenda y dijo a media voz: “¡Qué felíz de harías, Venus, si pudieras darme una mujer que se pareciera en todo a la escultura que he creado!“ Aquella tarde, mientras hablaba con la estatua, adelantó la mano para acariciar su rostro y notó vida en él. Venus, convencida por la fuerza de su amor, había convertido la estatua en una mujer. Su felíz boda se celebró a la mañana siguiente y, nueve meses después, la esposa de Pigmalión dio a luz una preciosa criatura.


23.- La estatua de Pigmalión  
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