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En el reino de Tracia vivía un hombre llamado Orfeo, que manejaba como nadie el poder de la música. Con su música las bestias del bosque quedaban hechizadas, el agua de los ríos se detenía para escuchar y las rocas temblaban emocionadas.

Una tarde conoció a la ninfa Eurídice y desde entonces vivió para amarla. El día que se casaron se sintió en la cumbre de la felicidad. Su alegría, sin embargo, fue fugaz como el rocío de la mañana.


El mismo día de la boda, Eurídice fue envenenada por una víbora y su cadáver quedó tumbado en tierra, pálido y desangelado como una rosa cortada a destiempo. Cuando Orfeo se enteró de lo ocurrido creyó enloquecer de dolor. Al final, empujado por su amor invencible, Orfeo concibió una idea temeraria, casi suicida: bajar a los infiernos para rescatar a su esposa.


Inició su viaje al pie del cabo Ténaro, entrando en una cueva llena de espinos de la que siempre se ha dicho que lleva a los infiernos. Caminó sin descanso rumbo a las entrañas de la Tierra en medio de una ardiente oscuridad, sentiendo a las almas de los muertos adelantarle en su viaje, hasta topar con la inmensa extensión de aguas negras que es la laguna Estigia y sus orillas Caronte, el barquero que guía las almas al infierno.


Orfeo le pidió a Caronte que lo llevase hasta la otra orilla, pero este le respondió lo que ya sabía: los vivos no podían cruzar la laguna. En vez de suplicar, Orfeo alzó su lira y cantó la dicha de estar vivo con tanta elocuencia que Caronte se sintió trasladado a los días más queridos de su niñes, en sus ojos de viejo barquero brillaban las lágrimas y murmuró: “Has ganado, Orfeo. Sube a mi barca y te llevaré a la otra orilla.“


Así, valiéndose del poder supremo de su música, Orfeo fue superando todos los obstáculos que le salieron al paso. Incluso consiguió amansar a Cerbero, el feroz perro de tres cabezas que vigila las puertas del infierno. Rodeado de seres quiméricos y almas errantes por fin llegó hasta Plutón, el dios de los infiernos, sentado en su trono junto a su esposa, con el gesto grave del rey que exige una obediencia ciega. Con el corazón roto de dolor, Orfeo le pidió a Plutón que le devolviera a su amada Eurídice o le dejara quedarse junto a ella en su reino, pues no deseaba vivir un día más sin ella. Angustiado, rompió a cantar, pues nada lo aliviaba como la dulzura celestial de la música. Su voz sonó tan nítida y emotiva que las almas de los muertos lloraron y el mismo Plutón quedó sobrecogido, decidiendo faltar su inflexible ley por una vez.


Eurídice seguiría a Orfeo en el camino de vuelta al mundo de los vivos, pero este jamás debería volver la cabeza para mirarla o ella volvería de inmediato al reino donde todo se acaba. Pero cuando Orfeo alcanzaba a ver ya la luz del sol, empujado por el terror a que su esposa no lo siguiera, miró hacia atrás para encontrarse con el rostro de su amada, sobrecogido por la tragedia, mientras se perdía de nuevo en la distancia. La muerte había vencido de nuevo la partida.


Orfeo se refugió en la cima de una montaña y aliviaba su pena cantando al son de su lira. Ocurrió, sin embargo, que su música llegó a la base de la montaña donde vivían los cícones y las mujeres de la tribu quedaban enamoradas del cantor nada más verlo. Sin embargo, ante sus sentimientos, Orfeo respondía con melancólica indiferencia “Olvidaos del amor, no trae más que desgracias.“ Las cícones se tomaron a mal esas palabras, asesinaron y descuartizaron a Orfeo, cuya cabeza fue arrastrada por el ría Hebro hasta llegar a las orillas de la isla de Lesbos.


Una serpiente se acercó a ella y abrió sus fauces para devorarla pero Apolo, dios de la música, penssó: “Es injusto que un músico tan maravilloso como Orfeo tenga un final tan indigno.“ Y transformó a la temible serpiente en estatua de piedra gris.


También el dios Baco, a quien Orfeo había adorado, decidió intervenir y cuando las mujeres volvían sonriendo a sus cabañas, quedaron convertidas en altos árboles que parecen seguir irradiando maldad, pues lo pájaron se niegan a posarse en sus ramas y las ardillas no saltan sobre sus copas.


Mientras tanto, el alma de Orfeo regresó a los infierno. Pasando por los caminos subterráneos no sintió el miedo a lo desconocido que sienten todos los muertos pues ya estaban grabados en su memoria. Así llegó a los Campos Elíseos, donde se encontró con Eurídice y la abrazó con infinita ternura. Desde aquel día no se han separado y su amor, al alejarse de la vida, se ha vuelto indestructible. Ya no temen que la muerte los separe, pues es ahora quien los mantiene unidos.


22. - Orfeo en los infiernos