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31/1/2013

ENTRETENIMIENTO


31 Ene. 13

Amigos

El árbol

Amigos... seremos siempre

De ti una sombra se

amigos

desprende

para contar nuestras

que la mía muerta parece

penas una a una

si al movimiento oscila

y tendremos así como

o rompe azulinas aguas

testigos

frescas

al sol, al viento, a la noche,

a orillas del Ánapo, al que

o a la luna.

vuelvo esta noche

Viajaremos a un mundo distante para buscar con todo el empeño ¡Y seremos como el caminante que cabalga buscando su sueño!.

en que marzo lunar me incitó, rico ya de alas y de hierbas. No sólo de sombra vivo, que tierra y sol y dulce don de agua nuevos follajes te dieron

Amigos siempre sobre todas las cosas como van unidos espinas y rosas

en tanto yo me inclino y seco palpo en mi rostro tu corteza.

La luna siempre Redonda, hinchada de frotarse contra el cielo rasga mi piel con su delgada luz Cae sobre mi pelo con la levedad de una sirena que no se hubiera dado cuenta que no posee piernas Solivianta mi sangre me enciende de locura me regala una piel fosforescente y me convierte aceite hirviendo en fauna (cascos y cuernos y cabello desbocado bajo el lúbrico soplo de lo oscuro)

sin que importe nunca distancia ni tiempo tú serás la lluvia... yo tal vez el viento. Y así seguiremos como lo hacen pocos, buscando en la vida nuestros sueños locos y si algo pasara ¡Escucha lo que te

digo

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31 Ene. 13

A la vejez se acorta el dormir y se alarga el gru単ir.

A rey muerto, rey puesto.

No es lo mismo llamar al Diablo, que verlo venir.

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31 Ene. 13

Como las flores del jardín, al llegar la Primavera; así floreció mi amistad al verte por vez primera.

En cuanto te vi venir, Le dije a mi corazón, que bonita piedrecita, Para dar un tropezón

No quiero perlas del mar, ni perfumes del oriente. Solo quiero tu amistad, que perdure para siempre...

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31 Ene. 13

Los monitos No lejos del lugar en que el Bermejo arroja sus aguas rojizas al Paraguay, el cacique Caburé había establecido sus dominios e instalado allí su aldea indígena. La selva, que muy cerca se extendía tupida e impenetrable, les brindaba frutos exquisitos y animales que utilizaban como alimento, o de los que aprovechaban sus cueros y sus pieles. El cacique Caburé, odiado por sus enemigos y temido por su pueblo, a causa de su carácter violento y sanguinario, era egoísta y desagradecido. Se sentía el amo en toda ocasión y era incapaz de experimentar piedad por nadie. En su egoísmo se creía un ser superior dotado del privilegio de poseer toda clase de derechos sobre los demás. En cierta oportunidad, uno de sus más valientes guerreros, Tayí, perdió su vida por salvar la de un hijo del cacique atacado por un feroz yaguareté.

El cardenal Cuando el añil y el rojo, el amarillo y el anaranjado, tiñeron el cielo y el cerro con los colores del crepúsculo, pintando con tonos de incendio las talas, los mistoles, las jarillas, los algarrobos y los guayacanes, los guerreros de Pusquillo, el valiente cacique calchaquí, descendían por los senderos de la montaña abrupta. La brisa suave del atardecer llevaba hasta el valle el perfume de la jarilla, del ucle y de la flor del aire. La distancia que separaba a aquellos hombres de su aldea indígena era grande aún. Tendrían que caminar toda la noche para llegar antes del amanecer. El sol terminó de ocultarse por completo en occidente y el cielo perdió los brillantes colores que le prestaban sus rayos. Comenzó a oscurecer. Por oriente apareció la luna iluminando con luz tenue la bóveda azul. Apuraban el paso los guerreros indígenas aprovechando la claridad de la noche de luna, que les permitía marchar con seguridad por los peligrosos senderos de la montaña.

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31 Ene. 13 La casa del trueno Cuentan los viejos que entre Totomoxtle y Coatzintlali existía una caverna en cuyo interior los antiguos sacerdotes habían levantado un templo dedicado al Dios del Trueno, de la lluvia y de las aguas de los ríos. Eran tiempos lejanos en los que aún no llegaban los hispanos ni las portentosas razas, conocidas hoy como Totonacas, que poblaron el lugar que después llamaron Totonacan. Y siete sacerdotes se reunían cada tiempo en que era menester cultivar la tierra y sembrar las semillas y cosechar los frutos, siete veces invocaban a las deidades de esos tiempos y gritaban entonaban cánticos a los cuatro vientos o sea hacia los cuatro puntos cardinales, porque según las cuentas esotéricas de esos sacerdotes, cuatro por siete eran 28 y veintiocho días componen el ciclo lunar. Esos viejos sacerdotes hacían sonar el gran tambor del trueno y arrastraban cueros secos de los animales por todo el ámbito de la caverna y lanzaban flechas encendidas al cielo. Y poco después atronaban el espacio furiosos truenos y los relámpagos cegaban a los animales de la selva y a las especies acuáticas que moraban en los ríos. Llovía a torrentes y la tempestad rugía sobre la cueva durante muchos días y muchas noches y había veces en que los ríos Huitizilac y el de las mariposas, Papaloapan, se desbordaban cubriendo de agua y limo las riberas y causando inmensos desastres. Y cuanto más arrastraban los cueros mayor era el ruido que producían los torrentes y cuanto más se golpeaba el gran tambor ceremonial, mayor era el ruido de los truenos cuanto más relámpagos significaba mayor número de flechas incendiarias. Pasaron los siglos... Y un día arribaron al lugar grupos de gentes ataviadas de un modo singular, trayendo consigo otras costumbres, y otras leyes y otras religiones.

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