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Isidora


Nacen, crecen y mueren pronto. Así de sencillas son las vidas en los distritos mineros de Bolivia. Aquí nadie escapa al perfil de la tragedia. Allí donde trabajan los hombres, también lo hacen las mujeres. Y donde hay mujeres mineras siempre hay niños y niñas peleando por la subsistencia. Si en América latina las mujeres sostienen la mitad del cielo, en Bolivia sacan fuerzas para echar una mano en la otra mitad.


Isidora flores tiene 64 años y toneladas de trabajo encima. Si sigue atada a este mundo es por sus tres nietos, para ayudarles a echar centímetros. Lejos de una vista agradable y sentenciados a vivir bajo el mismo trozo de cielo, Isidora y los suyos anidan de prestado en una estancia sin luz, una prolongación de la mina en la que trabajan. En este cuarto sin vistas, el olor a pobre estrangula y el frío no concede pausas. Éste se agarra a los pómulos y acaba por morder. En las noches se aprietan para repartírselo. Tan sólo el humo de la primera comida del día es capaz de caldear esta guarida. Pluriempleada en la cooperativa “21 de diciembre”, la señora Isidora tiene muy poco que agradecerle a la vida. “Paya” desde los 11 años, o lo que es lo mismo, arranca la tierra con las manos para recolectar el mineral que rechazan los demás.


La manera de trabajar no ha cambiado de siglo. Tampoco el salario que percibe. Es una miseria tal, que obliga a mandar la mirada a otra parte.


La mayoría de las “palliris” son viudas de mineros, sin otra salida que agarrarse al coraje sus vestimentas femeninas y sacar adelante a unas familias que no siempre tienen con que hacer la digestión. En la ratonera de los Conde Flores no hay mobiliario ni pertenencias a la vista, a excepción de un mechero, una lámpara de queroseno y restos de una cubertería de plástico Made in China. Se acostumbra a comer lo estrictamente necesario. También el a masticar cada grano como si fuese el último. Las únicas licencias corren a cargo de Isidora, unos tragos de alcohol que no sabe explicar muy bien si para soñar o enterrar lo soñado


Cada maĂąana llega con disciplina al tajo y ocupa su pequeĂąa celda de castigo, junto al resto de mujeres. Apenas se las distingue de entre el Paisaje. Acostumbradas a la sed, la fatiga y falta de oxĂ­geno, se reparten la condena con orden.


Las mujeres van doblando los espinazos sin levantar la voz.AraĂąan la tierra que pisan. Hurgan hasta donde pueden y amontonan su particular fortuna. Se trabaja a cinco mil metros de altura y en silencio. Un silencio que nace de la propia tierra que pallan. Cuando con un frĂ­o que muerde, cuando con un sol de justicia que acaban dibujando perfiles de acero. Isidora dedica jornadas de 12 horas a repartir golpes a las piedras. Las esquirlas se le enganchan al delantal y a unos ojos hundidos y cansados. Apenas le quedan uĂąas a la vista y sus dedos han perdido ya la forma humana de tanto martillar.


Por estas latitudes se habla con frecuencia de acudir a Dios para encontrar soluciones, pero parece faltarles tiempo. No queda otra que seguir estirando y compartiendo lo que hay, el puchero en la mesa y el frío en las noches. Eso sí, Isidora seguirá cuidando de sus nietos y sus nietos de ella. El destino pretende disculparse en toda Bolivia, pero las sentencias cuelgan de cada una de estas mujeres mineras. A medio morir cantando, que diría el poeta.


Isidora