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El Viaje Hacia el Real de San Felipe Carlos B. Delfante

El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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La libertad, Sancho, es uno de los mĂĄs preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra ni el mar encubre: por la libertad, asĂ­ como por la honra, se puede y debe aventurar la vida; y por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Miguel de Cervantes Saavedra

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El Viaje Hacia el Real de San Felipe La presente leyenda tiene por principio rememorar de un forma sensitiva y novelesca, las peripecias enfrentadas por una saga de emigrantes colonizadores que fundaron Montevideo al ser licenciados para cumplir con las Muy Soberanas disposiciones de su Rey español, cuando dejaron atrás de sí una penosa vidorria en una región comprobadamente castigada por el clima, por siglos de guerras interminables y por todas las otras penurias que se sucedían desde siempre en el viejo continente del siglo XVIII, principalmente en la península ibérica. Algunos de los personajes verídicos que componen la trama, son mostrados a manera de lograr conllevar los supuestos hechos de su odisea con una condición singular, para que el lector alcance a rescatar a través de su imaginación, algunas de aquellas viejas efemérides que comúnmente sobrevienen a la mente del mismo con alegre evocación, al recordar historias familiares. Los episodios y situaciones de este peligroso y aventurero viaje son puntualizados y descritos sobre el punto de vista imaginario del escritor, quien deja correr las manifestaciones de algunos procedimientos del auténtico El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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muestrario de las características comportamentales de la sociedad de una época en tránsito desde el Medioevo al Renacimiento, que por su vez, buscan demostrar como nuestros semejantes son un producto de su propio medio. El escritor buscó exponer el cinismo, el descaro, el simulacro, la envidia, la ironía y la desvergüenza de los personajes, como fruto de ellos mismos, y como un producto de las acciones de personas que existen hasta el día de hoy en cualquier parte del orbe, o simplemente, significan una muestra de nuestro cotidiano.

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Índice

Proemio

6

La Emigración Canaria

21

Del Reino de León a los de León y Castilla

54

El Inicio de la Tan Esperada Odisea

88

Otros Reinos de la Península Ibérica

110

La Primera Parte del Viaje

150

Conflictos e Interese de los Reinos Europeos

223

Ni Todo fue un Mar de Rosas

268

La Culminación del Viaje

319

Bibliografía

353

Biografía

355

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Proemio

Ya han transcurrido casi trecientos años desde aquella soleada mañana del día 19 de noviembre de 1726, la inmemorial fecha en que la fragata “Nuestra Señora de la Encina” -alias “La Bretaña”-, partiendo 89 días antes desde el puerto de Santa Cruz de Tenerife bajo el mando del enérgico capitán Bernardo de Zamorategui, finalmente arrojaba sus anclas en las turbias aguas de la campestre bahía que bañaba la costa de entorno del entonces fuerte denominado de Real de San Felipe, nombre que entonces había recibido Montevideo cuando allí fue establecida la primera batería de cañones para defensa del pequeño istmo, de su estuario y hasta la del propio río que lo cercaba. La fortificación fuera bautizado un día con tan solemne apelativo, en un honor espontáneo hacia el muy querido monarca español Felipe V. En dicha embarcación, más allá de su carga de diversos géneros, pertrechos, también arribaban al fin las primeras familias colonizadoras que obedecían a las disposiciones tomadas por el rey Felipe V, en Aranjuez, el El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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16 de abril de 1725, a raíz de la devolución de la colonia de Portugal, momento en que el rey vislumbró esa peligrosa presencia lusitana en la deshabitada, vulnerable y estratégica zona del Río de la Plata y sus reales dominios de Indias.

Desembarco de las primeras familias canarias en el navío “Nuestra Señora de la Encina” Óleo de Eduardo Amezaga (Boceto)

Cuando el día finalmente clareó y los primeros rayos de sol despuntaban desde el este iluminando de lleno aquella frondosidad que circundaba todo el perímetro campesino,

su

luz

permitió

que

los

animosos

colonizadores divisasen con nitidez las márgenes del El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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estuario, y aquellos exiguos y escasos ranchos que allí habían sido erguidos en la punta de la península. Pero junto a la atónita mirada de estos y entre los muchos “vivas”, “hurras” y el habitual cuchicheo particular de cada una de las familias, en ese momento, las triviales y apesadumbradas palabras proferidas por la pequeña María del Cristo, estallaron como un látigo sobre la cubierta al proferir una sentencia pavorosa y desanimada: -¿Tres meses de penurias, para llegar a esto aquí, mamá? Sólo consigo ver matorral y floresta por doquier… Su madre quiso reconfortarla, pero también le faltó el ánimo, pues las zozobras del viaje, la ilusión erigida en su mente, el deseo siendo amilanado por tan escueto paisaje, y sumado a su estado deplorable, la había dejado en una casi desnudez de vestimenta, palabras y afición… -¡Dios proveerá, hija mía! Sé que pronto lo verás… logró finalmente murmurar su madre en un suspiro acongojado, y entonces, doña María de la Encarnación, mientras le alisaba el cabello a su pequeña, con un gesto cariñoso buscó atraerla más cerca de sí, como quien buscase reconfortarla de una pena que de antemano ella ya creía que no tendría solución.

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Muy cerca suyo, junto a Felipe, su padre, también estaban Domingo y Bartolomé, ojos abiertos en demasía, petrificados en la imagen del Cerro, único collado del terreno que ambos observaban mirando hacia el oeste, del otro lado del estuario. -¡Que diferente, padre! -murmuró Domingo-, todo es muy verde aquí. -Sobre seguro, habrá indios feroces escondidos en esos parajes -acotó su hermano, rostro y voz abrumados. -¡Virgen Santísima! Pues digo a vuestras mercedes que nada hay que temer, estas tierras son muy fértiles y ya no quedan almas inhumanas ni impías… ¡Los indios que aquí habitan son todos cristianos! No obstante, observando la escena por otro ángulo, quien desde la orilla divisaba el contorno de aquella extraña fragata recién llegada, podía distinguir que por debajo del bauprés ella largaba una cebadera. Igualmente notaba que en el trinquete y en el mayor, había dos velas en cada uno de los mástiles, en cuanto que la mesana, a popa, izaba una cuadra, arriba, y tenía una jofaina. Su casco era alteroso hasta la popa, y se le veía rematado con un lujoso farol de hierro forjado. Poseía un entrepuente donde se podía montar hasta 5 y 8 cañones. Claro que sus El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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dimensiones eran ridículas, si comparadas con las que estamos acostumbrados a ver hoy en día. Pero antes de todo esto suceder, es mejor retroceder en la historia, pues todo tuvo inicio cuando el Rey, al verse presionado sobre las circunstancias del tratado de Utrecht, que había sido firmado en Holanda en 1713, en donde se acordaba que la plaza de Colonia del Sacramento sería devuelta nuevamente los portugueses en 1716, el soberano decidió tomar de una vez el toro por las guampas el día 12 de octubre de 1716, y confiar la Gobernación de las Provincias de Plata, a Bruno Mauricio de Zabala, hijo legítimo del Gobernador don Nicolás Ibáñez de Zabala, caballero de la Orden de Calatrava, y de doña Catalina Gortazar, ambos vecinos de Durango, señorío de Vizcaya, España, dándole expreso dictamen sobre cómo proceder con el referido territorio. No en tanto, antes de llegar a ello, y por entender cuán peligrosa era presencia lusitana en la deshabitada, frágil y valiosa zona del Plata para sus reales dominios de Indias, es que el monarca determinó en su disposición -la que a posterior también sería aprobada por el Cabildo de Buenos Aires-, que los colonos que llegasen a esos remotos parajes de las Indias, serían instalados en la El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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localidad denominada de Ribera del Puerto, al lado del fuerte de Real de San Felipe, un territorio plano en el cual el Ingeniero Domingo Petrarca, por orden del entonces Gobernador Zabala, ya había delineado las primeras cuadras de lo que vendría a ser todo el trazado posterior de Montevideo.

Primer plano de la ensenada y ciudad de San Felipe de Montevideo Por la Real Orden de Aranjuez, el Rey también pactaba

determinados

privilegios

para

los

futuros

pobladores de Montevideo, disponiendo: “a quienes se obligaren a hacer población, la hubieren acabado y cumplido su asiento en ella, se los hará “hijosdalgo de solar conocido”, beneficiarios de honras que tal título apareja; se les adjudicará solares en la ciudad, tierras para chacras y estancias donde las eligieren; doscientas vacas y cien ovejas para principio de su crianza; carretas, bueyes y El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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caballos; materiales para los edificios, herramientas de todas clases; granos para semillar y, por el primer año, suministro regular para la subsistencia de bizcocho, yerba, tabaco, sal, ají y carne”. La misma Real Orden igualmente imponía a los colonos una permanencia de cinco años precisos so pena de incautación y nuevo reparto de los bienes distribuidos; y se les exoneraba de toda clase de impuestos, donde se les autorizaba a disponer como dueños una vez pasados los cinco años. El propio mandato real, estipulaba por igual, que el fraccionamiento

y

las

adjudicaciones

no

deberían

comprometer en manera alguna la comunidad de bienes que a todos habría de favorecer por igual. Así como los vacunos de la jurisdicción que, “de no haber sido procreados a expensas de ninguno de los pobladores”, se les consideraría bien común, lo mismo que los pastos, los montes, las aguas y las frutas silvestres, e igualmente la leña y las maderas necesarias deberían beneficiar a todos, al punto de vedar todo impedimento a los ganados que, para pastar, debiesen pasar de una heredad a otra; y en el deslinde, también se reservaba la garantía de pasaje para los aguateros. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Asimismo, el noble rey disponía que “…en vista de la importancia de mantener los puertos de Montevideo y Maldonado de forma que ni los portugueses ni otra nación alguna, puedan en tiempo alguno apoderarse de ellos; he resuelto asimismo pasen en los presentes navíos de Registro, del cargo de Caballería, con armas y vestidos, a fin de que con esa gente, y la más con que se halla ese Presidio -guarnición de un castillo, fortaleza o plaza fuerte-, puedan subsistir vuestras disposiciones, y para que se puedan poblar los dos expresados puertos de Montevideo y Maldonado; y ya he dado las órdenes convenientes para que en ésta ocasión se os remita en dichos navíos de Registro 50 familias, las 25 del Reino de Galicia y las 25 de las Islas Canarias. También se dan las órdenes necesarias a mi Virrey del Perú y Gobernadores de Chile, Tucumán y Paraguay, para que os den cuantos auxilios puedan para atajar los intentos de los portugueses y particularmente para que del distrito de cada uno pasen las familias que fueran posibles para que con las que (va dicho) se os remiten de España, se apliquen en estas poblaciones”. En otra Orden Real datada ese mismo día, se hacía saber al “Consejo, Justicia y Regimiento de la muy noble El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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y muy Leal Ciudad de la Trinidad y puerto de Buenos Aires en las Provincias del Río de la Plata” que, “…siendo de interés propio las poblaciones referidas, pues por medio de ellas, aseguráis las campañas de la otra Banda, a donde es preciso recurrir ya por falta de ganados que se experimenta en ésas de Buenos Aires; os mando procuréis también por vuestra parte con mayor vigilancia atraer a vuestro distrito las más familias que pudiereis para que vayan a poblar dichos sitios, suministrándoles los medios que necesitaren (…) adelantaréis esto con la mayor eficacia, haciéndose cargo de lo dificultoso que es, el que de España vayan familias, por la distancia y gastos que tendrá mi Real Hacienda en ello…”. Y así, por querer buscar el acatamiento de tan determinante ordenanza real, es que por medio del Auto del 28 de agosto de 1726, el Gobernador Zabala reflejó una total redundancia en su escrita, pero se puede entender que su expediente intentaba dar ánimo al precepto de su Soberano y ofrecer las mejores condiciones posibles a las familias que un día llegarían de España y de otros lugares, y por él, exhortaba al Cabildo de Buenos Aires a poner de su parte los medios que tuviere por convenientes, para conseguir “algunas familias de las muchas que vagan en El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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esta jurisdicción sin tener tierras propias en que habitar y otras que voluntariamente se quieran disponer a pasar a aquella población (Montevideo)”. Y el gobernador agrega en su documento que “…por honrar las personas, hijos y descendientes legítimos de los que se obligaren a hacer población y la hubieran acabado y cumplido su asiento, los haremos hijosdalgo de solar conocido para que aquella población y otras cualesquiera parte de las Indias sean hijosdalgo, y personas nobles de linaje y solar conocido y por tales habidos y tenidos y les concedemos todas las honras y preminencias que deben haber y gozar los hijodalgo y caballeros de estos Reinos de Castilla según fueros, leyes y costumbres de España”. Dicho Auto también adiciona que para las familias que voluntariamente partiesen para esa nueva plaza “…el pasaje de sus personas, familias y bienes que pueden ser navegables se les ha de suministrar sin que les cueste diligencia alguna…, que de presente se les ha de repartir solares en la planta de la nueva ciudad y lugares para chacras y estancias a cada uno de los pobladores; esto se entiende por repartimiento quedando al arbitrio de cada uno pedir de merced los parajes que por bien tuvieran como se observó en la población de esta ciudad…”. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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En su extenso dictamen, Zabala incluía que “…se formará una vacaría en aquellos campos y a cada vecino y nuevo poblador se les darán doscientas vacas para principios de sus crianzas y también cien ovejas…, que se han de poner a coste de Su Majestad el número de carretas, bueyes y caballos que parezca conveniente según el número de vecinos que se alistaren para que en esa comunidad sirvan en todos los menesteres de acarreos de maderas y materiales para los edificios que de pronto fundaren, ayudándolos asimismo con indios costeados para el corte y conducción de las maderas…”. En el pliego, pedía también que “a coste de S.M. se les ayudará con todo género de herramientas que servirán en comunidad a distribución de la persona o personas que su Excelencia (el Cabildo) disputare para este ministerio”. …“Que se les ha de ayudar con aquella cantidad de granos que sea competente para semillarse y que por el primer año han de ser asistidos regularmente con las subsistencias de bizcocho, yerba y tabaco, sal y ají que pareciere precisa como también la carne que se les ha de suministrar por semanas”. … “Que se les ha de señalar jurisdicción de terreno competente en que puedan tener sus graseadas y demás El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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faenas de campo y monte para que en erección de otras nuevas poblaciones tengan su distrito conocido y amojonado…”, añadiendo: “…que para gozar de lo referido y contarse por pobladores y tener el derecho a la nobleza que S.M. les comunica en ley citada y también para adquirir el derecho de propiedad a las cuadras y solares, chacras y estancias que se les repartieren, han de ser obligados a mantener la vecindad por cinco años precisos”. Finalmente el Auto “autorizaba el favorecimiento con la exoneración, por cinco años, de los derechos de alcabala (impuesto a las ventas), de mojonería y de sisa (impuesto que se cobraba sobre comestibles, tomando una parte de cada medida). E incluso exhortaba al Cabildo a costear una parte de los gastos, a los vecinos a contribuir con bizcochos y, a los comerciantes, con yerba, tabaco, vino y aguardiente”. Creía el monarca y su abnegado gobernador, que los muchos beneficios ofrecidos, eran parte de un conjunto de esplendidos atractivos para lograr despertar el interés de cualesquiera que tuviese espíritu de aventura y voluntad para enriquecer en las abandonadas tierras de Indias y asegurar así los dominios de su reino; pero entre aquellos a El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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estimular,

sólo

surgieron

algunas

pocas

familias

bonaerenses llegadas con anterioridad a la fecha a que nos referimos inicialmente, y la de otros pobladores de diversa procedencia que, junto a las familias canarias que ahora desembarcaban, serían los que iban a constituir el núcleo primario de la fundación de la ciudad. Pero en definitiva, como su Corte le había hecho ver en determinado momento al monarca, de que resultaba ser un poco más sencillo hacer venir solamente a colonos desde Canarias y no más de Galicia, un cierto día el Rey decidió variar su criterio anterior y ordenó únicamente el embarque de cincuenta familias isleñas y nada más. A esto hay que agregar que la fragata “Nuestra Señora de la Encina” era uno de los cinco navíos que entonces mandara construir el acaudalado armador vizcaíno Francisco de Alzáybar, en sociedad con el teniente de navío Cristóbal de Urquijo, para lograr dar cumplimiento al asiento, y en los cuales se transportarían géneros, pertrechos y frutos destinados al puerto de Buenos Aires, de acuerdo con el trato que ellos firmaron con la Corona en diciembre de 1724. Posteriormente, el día 11 de abril de 1726, se celebraría un nuevo asiento entre el armador y la Corona, El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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para éste también hacerse cargo del traslado de colonos, estipulándose que la expedición debería cumplirse en un navío de 121 toneladas; donde fue pactado que el precio del pasaje a cargo de la Real Hacienda, quedaba fijado en ochenta escudos de plata por cada colono transportado. En el nuevo asiento, se reglamentaban también las condiciones del trasporte, el que debería ofrecer comodidad suficiente, por lo que, si el número sobrepasaba a la capacidad de la fragata, entonces debería dejarse en tierra a las familias sobrante, para ser conducidas más tarde, en los primeros Navíos de Registro, de Alzáybar y Urquijo, que anclasen en el puerto de Santa Cruz de Tenerife. Para la manutención de las familias durante el transporte, el contrato exigía que hubiera “todo género de bastimentos, como también vinagre para regar las naos, cajas de botica para los enfermos y provisión de camas…”. No en tanto, pese a las puntualizadas previsiones reales y a que el propio capitán Zamorategui no admitiese más que a trece familias que totalizaban un conjunto de noventa y ocho personas a bordo, el viaje se cumplió en muy malas condiciones, pues la fragata, cargada además El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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de mercaderías para la venta en Buenos Aires, resultó insuficiente, por lo que los inmigrantes canarios, después de 89 días de navegación, arribaron en estado deplorable a las tierras del nuevo destino.

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La Emigración Canaria

Antes de narrar los sucesos acontecidos durante tan largo viaje bajo aquellas circunstancias, es necesario comprender cuál era la basa del perfil social de estos que fueron los primeros pobladores de Montevideo, y las contingencias que los envolvieron en ésta fundación. Por lo tanto, creo que nada mejor que releer una parte del material retirado de los estudios realizados por los historiadores Francisco Hernández Delgado y María Dolores Rodríguez Armas, donde sus letras nos explican que entre las principales causas que motivaron la emigración de gentes en las Islas Canarias, figuraba la escasez de alimentos, la presión demográfica por la llegada de nuevas familias huidas del continente, las constantes sequías, la depreciación de algunos cultivos como el azúcar, el vino, la cochinilla, la barrilla, sumándose a todo ello la situación social, militar, política y otras de cuño diverso. Todo lo por ellos descrito, indica que, en aquella época, ese grupo de islas sufrieron el acentuado fenómeno El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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de la emigración, pero según estos ensayistas, pocas de ellas lo vivieron tan fuertemente como la isla de Lanzarote, la que nos suministra una idea de todo el contexto de ese archipiélago canario. Además, son ellos quienes indican que además de las causas generales ya nombradas, y comunes a la mayoría de estas islas, los lanzaroteños sufrieron también de terribles sequías, epidemias, impuestos de quintos y diezmos, invasión de langostas, invasiones piráticas venidas desde África, asimismo de las erupciones volcánicas. Todo un conjunto de causas fueron la motivación principal de la salida de los isleños y los lanzaroteños durante un periodo que abarca desde el siglo XV hasta el mismo siglo XX. Un ligero repaso por algunos de estos documentos, nos permitirá entender un poco más todo el argumento de esta obra, y del infrecuente escenario que fue dibujado en aquel entonces.

Fases de la Emigración Apoyado en sus erudiciones, estos ensayistas nos cuentan que podemos observar que, desde el primer El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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momento en que Lanzarote es incorporado a la Jurisdicción de Señorío, nació un movimiento migratorio que, con más o menos fuerza en determinados momentos, duraría hasta los años 50 del siglo XX. En los años finales de la guerra contra los moros, (últimas dos décadas de siglo XV), la presión sobre los agricultores y ganaderos con impuestos como el Quinto y los Diezmos, así como el establecimiento de un monopolio sobre dos de las principales riquezas de la isla, como eran la orchilla y la sal, obligó a los lugareños a emigrar en principio a otras islas, en cuanto estos recapacitaban que, sin dejar de ser agricultor o ganadero serían, al menos, con su trabajo, dueños de su cosecha y su ganado. Pero esta emigración forzosa de lanzaroteños inquietó a los Señores de la isla, de tal modo que a instancia de los mismos, la Corona ordenó en 1484, que se evitase la emigración a otras islas para evitar el despoblamiento de Lanzarote. Las Islas que parecían ser más ricas, era inicialmente el destino seguro de los lanzaroteños, quienes intentaron buscar en otras tierras el alimento de sus hijos. Es así como vemos que en una distribución de tierras realizada

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en 1501 en la isla de Tenerife, se hace referencia “a los vecinos llegados de Lanzarote...”. Al llegar el año 1560, se crea el Juzgado de la Contratación de Indias en Santa Cruz de la Palma y en 1566 aparecen los de Tenerife y Gran Canaria. Era a estos puertos se tenían que dirigir todos los barcos para registrar todo el cargamento y pasajeros con destino al Nuevo Mundo. Directa o indirectamente, este hecho originó una nueva faz de emigración clandestina en Lanzarote, ya que fueron varios los que se aprovecharon de la llegada de las flotas y armadas a esta isla en 1501, y gracias a la presencia en sus puertos de la flota del Gobernador Frey Nicolás de Ovando, en la cual varios isleños se embarcaron en los navíos que tenían como destino las islas españolas del Nuevo Mundo. No importando si llegados en forma clandestina u oficial, el nombre de lanzaroteños también figuran entre los primeros emigrantes del Nuevo Mundo, como Alonso Rodríguez Lanzarote, hijo de Lanzarote Terreros y Juana González, que llegó sobre 1540 a México. Y el de Marcos Verde Bethencourt, que emigra con su familia en 1581; o de Luis de León, que se establece en Cartagena en 1569. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Los registros muestran que Beatriz Dumpierrez, hija del Capitán Luis de León y de Luisa Dumpierrez, emigró con cinco sobrinos y se estableció en Cáceres de Antioquia, e igual destino tiene Diego de la Peña, hijo de Diego de la Peña y de Inés Bethencourt, donde dejan larga descendencia, pues habían tenido tres hijos en Lanzarote, y todos habían emigrado en 1581. Pero como si no fueran ya suficientes las grandes hambrunas en aquella época, para motivar aún más la emigración, al igual que las otras islas, la de Lanzarote también llegó a sufrir más invasiones piráticas que ninguna de las otras que hacen parte del archipiélago canario. Los registros muestran que del periodo que va de 1569 a 1586, más de 700 lanzaroteños entre hombres mujeres y niños, fueron obligados a dejar esa tierra convertidos en esclavos, y, de éste impresionante número, sólo se pudieron rescatar unos 50 individuos. Así pues, el miedo a posibles ataques y las condiciones climatológicas de la isla, terminaron por originar la salida de numerosas familias, que en principio se establecieron en Las Palmas y Tenerife, mientras que otras optaron por emigrar al Nuevo Mundo. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Igualmente los registros de la época muestran a las familias de Francisco y Juan Betancort, la de Beatriz Umpierrez, de Pedro Monguía y la familia Sanabria, que, junto con otros lanzaroteños, se trasladan a Panamá, Colombia, Venezuela, Perú, diversas islas de las Antillas y otros terruños de las Indias. También un lanzaroteño, José Martínez, figura entre los primeros emigrantes del siglo XVI, llegados a Costa Rica. Pero la preocupación de las autoridades ante la importancia de la fluente corriente migratoria de los varios canarios, hace que Felipe II, en 1574, prohíba ante decreto Real, la salida de los vecinos de estas islas. No en tanto, en la visita del tribunal de la Inquisición realizado en 1583 a Lanzarote, ya se habla de la gran sequía que sufre la isla y de cómo sus vecinos han huido a otras islas con sus ganados, por no haber allí frutos ni agua para beber. Pero en 1593, el hambre volvió nuevamente a adueñarse de esta isla, por lo que la corriente migratoria no paraba a pesar de las órdenes de la superioridad. Igualmente hay anotaciones de que, durante la invasión de 1618, parte de la isla emigró para El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Fuerteventura y que más de 800 lanzaroteños fueron llevados al continente africano. De ellos, solamente unos 200 fueron liberados en el estrecho de Gibraltar, y otros tantos fueron rescatados por las órdenes redentoras, volviendo algunos a la propia Lanzarote. También se dice que en la procesión que se realizó por las calles de Madrid el 23 de septiembre de 1618, por los padres Trinitarios con los cautivos rescatados, entre ellos se encontraban más de 300 lanzaroteños marchando alrededor de la imagen de la Virgen del Rescate, que en palabras de Don Antonio Romeu de Armas, es el “símbolo espiritual del Lanzarote heroico”. Ya entre 1626 y 1632, esta isla sufre el azote de una terrible sequía, y la mayor parte de sus vecinos tuvieron que emigrar a otras islas. El Cabildo Catedral en una sesión de 1628, haciendo referencia a los emigrantes de Lanzarote y Fuerteventura, ya relataba que eran más de dos mil los emigrantes llegados y que muchos morían en el trayecto hasta el Puerto a las Palmas. En realidad, los vecinos de la isla parecía que llevaran en su corazón ese fuego interno de sus volcanes, y no pasaba un año sin que los sobresaltos de una hambruna

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o los peligros de las invasiones, les obligara a emprender ese camino no deseado de la emigración forzosa. Pero es también el amor a su tierra, el que les hace volver una vez que el peligro pasa. Así vemos como en los años 1647 a 1693 los lanzaroteños se convierten en nómadas entre islas. Pero cuando la lluvia era abundante, no sólo regresaban los lanzaroteños, sino también otros emigrantes, tanto de las islas como de España y Portugal, sobre todo por el intercambio comercial que existía entre Lanzarote y Madeira, llegándose a contabilizar en 1640, unos 200 lusitanos en esa isla. Ya entrando en el siglo XVIII y lejos de dejar atrás el problema de la emigración, ésta aún continúa. Ahora, es verdad que de una forma un tanto más ordenada, pues las emigraciones ya se hacen por grupos familiares. En un principio, esa emigración tiene como destino Las Palmas y Tenerife, donde más de 75 matrimonios de Lanzarote fueron registrados en Tenerife en el periodo de 1701 a 1725. Del mismo modo, existen datos que muestran que, entre febrero y septiembre de 1703, salieron de Lanzarote unos siete barcos cargados de emigrantes, de los cuales

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cinco tenían como destino Las Palmas, otro Tenerife y el último a la isla La Palma. En un estudio sobre la sociedad de Las Palmas a principios del siglo XVIII, se registran los bautismos inscritos en el libro 17ª del año 1703 de la parroquia de la Catedral Canaria, y en el mismo figura con el número 52, Antonia, hija de Antonio Felipe, labrador, y Juana Gutiérrez, vecinos de Lanzarote; y con la inscripción 79, José, hijo de Antonio Chamorro, labrador, y Teresa de Jesús, vecinos de Lanzarote. Esta corriente migratoria se agrava en la crisis de 1721, en que esta isla y otras, quedaron casi desiertas. Fueron tantos los emigrados, que el Cabildo acuerda que no entren en Gran Canaria nada más que los tres mil llegados desde las islas de Lanzarte y Fuerteventura. A la isla de Tenerife emigró otro número similar, de los cuales unos 600 se establecieron en el pueblo del Sauzal. Como la sequía parecía no ser suficiente mal para los sufridos habitantes de esta isla, un golpe casi de gracia, les llegó con la mayor catástrofe natural de la historia de Lanzarote, las erupciones volcánicas de 1730. Se cuenta que las consecuencias de ese fenómeno, terminaron por afectar al 57 por ciento de la población, El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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haciendo emigrar a un 44 por ciento de la misma, la cual fue calculada en unas 1.848 personas. La mayoría de ellas llegaron a Fuerteventura. Así lo reseñan los propios lanzaroteños que hablan de los beneficios recibidos en la vecina isla, como alimentos y tierras para edificar, dados con tanta generosidad, que al final, los habitantes de Villaverde, eran casi todos procedentes de Lanzarote. No en tanto, en razón de las penurias, la Audiencia encaminó a los emigrados lanzaroteños también hacia otras islas como La Palma, La Gomera, Tenerife, Las Palmas del Hierro, mientras algunos más aventureros, optaron por emigrar hacia las tierras americanas, y entre cuyos objetivos estaba preferentemente Cuba, Texas y Montevideo, y luego después Venezuela, Argentina y La Florida. Registros de aquella época muestran que en la propia fundación de Montevideo, participaron también algunas familias lanzaroteñas. En la primera expedición realizada en el buque Nuestra Señora de la Encina, que partió de Santa Cruz de Tenerife el día 21 de agosto de 1726, se encontraban las familias de Aquino Rivero García y Bernabé González, y en la segunda leva realizada El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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en 1729 , y que fue trasladados en el barco “San Martín”, el cual llegó a Montevideo el 27 de Marzo de 1729, se encontraban las familias lanzaroteñas de Lorenzo Calleros Sosa, la de Antonio Méndez y la de Cristóbal Cayetano de Herrera, y todas ellas contribuyeron a la fundación de la ciudad de Montevideo. Aquí se merece destacar el papel del lanzaroteño Cayetano de Herrera, hombre que formó parte del primer Cabildo de Montevideo. Asimismo, uno de sus 10 hijos, también tuvo una actuación destacadísima, el Dr. Nicolás Herrera (1774-1831), desempeñando diversos cargos políticos y diplomáticos. De esta familia Herrera escribía en 1926, don Luis Enrique Azarola Gil lo siguiente: “Por espacio de doscientos años y seis generaciones, esta prosapia histórica prolonga sus hilazas en el telar nativo y presenta sus jalones humanos en cada etapa de la evolución nacional. Sus faltas o sus méritos nos incumben menos que su presencia en los anales de la patria”. Igualmente figura en la Real Orden del 14 de Febrero de 1719, dictada entonces por Felipe V para atender a las peticiones realizadas desde las provincias de Texas y Nueva Filipinas, manifestando en dicho mandato que: “Mando y ordeno que se haga conocer mi Real El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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voluntad en esas islas y vea si hay familias que quisieran ir a la Habana y a Texas, si ellos lo deciden voluntariamente y no en otra forma...”. Ello termina por motivar a siete familias de Lanzarote que sumaban 43 personas, a iniciar una de las mayores aventuras americanas protagonizadas por unos lanzaroteños: La fundación de San Fernando de Bejar (Texas). Consta que Juan Leal Goraz, vecino de San Bartolomé y que en Lanzarote formaba parte del Cabildo General, fue proclamado el 1 de Agosto de 1731, Regidor y Primer Alcalde de San Antonio de Texas. Pero para tener una visión de la situación real de lo que sucedía en estas islas, veamos parte del discurso pronunciado por el Síndico Personero en La Villa de Teguise: “La falta de alimentos y de agua se hizo general, abandonados de todos, aquellos desgraciados se vieron al fin en la necesidad de comer pencas de tuneras, para conservar la vida, este alimento nocivo, los condujo a la muerte con más brevedad, pero después de padecer mil tormentos con las enfermedades que les originaba. …Era una fortuna para cualquiera encontrar un caballo, un burro, un perro o un gato muerto para devorar El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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una parte y ocultar la otra con que satisfacerse más tarde. La esposa desgraciada se arrojaba sobre el cadáver de su marido y le quitaba los zapatos para alimentar a sus hambrientos hijos con unos pedazos de cuero que les conservaba su penosa existencia por unos días más. …Murieron a cientos en los pueblos, en los campos, los unos de sed, los otros de hambre y muchos quedaron sin sepultar sirviendo de pasto a las bestias y a las aves”… ¿Qué más cabe agregar a tan profunda y brutal declaración emitida y registrada en los anales de la historia? Nada, a no ser asimilarla sorprendidos y comprender mejor lo que lleva al ser humano a adaptarse a su medio ambiente.

El Perfil Social del Conquistador De igual forma, vale aquí destacar otro conjunto de las peculiaridades de aquellos individuos que hicieron parte del éxodo respaldado de una manera directa o indirecta por parte de la Corona durante el largo periodo en que éste ocurrió desde el siglo XVI al XIX, y dirigido hacia la conquista, población y manutención del extenso

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territorio

de

las

Indias.

Más

adelante

tendremos

oportunidad de cuantificar este contingente en su comienzo. No en tanto, consta en documentos oficiales que las regiones que más hombres aportaron al Nuevo Mundo durante el siglo XVI, fueron Andalucía, Castilla y Extremadura, entre otras varias. Y los contingentes que nutrieron esas empresas de conquista, sin duda estaban formados principalmente por hombres cuyas edades fluctuaban entre los 30 y los 45 años; es decir, eran personas ya maduras en una época en la cual alguien mayor de 40 años ya era considerado viejo. Por consiguiente, y como lo veremos con más detalles en las próximas páginas, es sabido que el Conquistador español provenía de una Europa marcada por su rígida sociedad estamental, donde quienes no poseían bienes y riquezas, tenían muy pocas posibilidades de modificar su situación social en el lugar donde vivían. Ha

quedado

pues

supeditado,

que

los

Conquistadores y Colonizadores no procedían de la clase alta o dirigente (la nobleza, excepto la más baja, no se embarcó hacia América). Se trataba entonces de hidalgos (hijosdalgo = “hijos de algo”, es decir, gente sin apellido El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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de cristiano viejo que buscaba de alguna forma colocarse en la nobleza), quedando claro que eran casi todos denominados

de

segundones,

artesanos,

labradores,

pastores, marineros, mercaderes, clérigos, oficiales reales y otros varios representantes de las múltiples profesiones liberales de la época. Pero salvo casos muy excepcionales, estos profesionales abrazaron su oficio sólo por necesidad, y no por vocación. Eso sí, todos ellos albergaban en el alma la ilusión de superar su condición social y acceder a privilegios que en la Europa de entonces estaban reservados sólo a la nobleza. Tampoco la mayoría de ellos tenía experiencia militar, por lo cual, se convirtieron en improvisados combatientes una vez llegados en América. Tampoco eran gente culta, pero debe tenerse en cuenta que en el siglo XVI, incluso las clases altas, la gran mayoría adolecía de cultura. En aquella época, la educación constituía un fenómeno eminentemente urbano, y aprendían a leer solamente aquellos cuyos oficios así se lo exigían (clero, nobleza, mercaderes, profesiones liberales, funcionarios), y todos aquellos que podían adquirir un libro, cuyo precio resultaba prohibitivo para muchos. Tampoco hay que olvidarse que recién se acababa El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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de inventar la imprenta, y la oferta de libros era aún mínima. Y así, esperanzados y movidos por los fabulosos relatos de quienes ya conocían las nuevas tierras, la mayoría se embarcaba en los navíos apostados en Sevilla o en San Lucas de Barrameda con destino a América. Pero las motivaciones para salir de España no se limitaban únicamente a un afán de ascenso social. Poder y riquezas, honra y fama, eran ingredientes fundamentales para enrolarse en las huestes indianas y eso era lo que condicionaba el accionar de los españoles. En aquel momento se aspiraba a ser reconocido y recordado, y cuando más, poder regresar a las tierras de origen cargado de riquezas y títulos. Solamente

entendiendo

las

características

comportamentales de estos hombres, es lo que nos hace posible comprender aquella búsqueda incesante que ellos tenían por encontrar la Fuente de la Eterna Juventud o del mítico El Dorado; la internación en parajes inhóspitos y a menudo inaccesibles para conquistar súbditos en nombre del Rey; el esfuerzo físico desplegado en extensas jornadas bélicas; y la ostentación de una vida centrada en las apariencias. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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El Perfil Cultural del Conquistador Por ser así, es posible entender que los hombres que formaban las tropas conquistadoras y los colonizadores, fueron individuos que vivieron entre la Edad Media y la Edad Moderna. En su mentalidad, eran gente entre medievales y modernos, por lo que se manifestó en ellos una serie de características aún propias de ambas épocas. Pero las características positivas suelen atribuirse a su Medievalismo, y las negativas a su Renacentismo. Las Características de raíz Medieval: Providencialismo: Era lo que les llevaba a considerarse como siendo los portadores de la verdadera fe, que, por su intermedio, hallaban que ésta debía propagarse a quienes aún la desconocían. Su religiosidad parece probada por el hecho de que jamás se rebelaron contra sus jefes, mismo cuando éstos destruyeron los ídolos indígenas poniendo en peligro la supervivencia de la misma hueste. Predestinación:

Al

ser

relacionado

con

el

providencialismo, esto solía justificar los hechos como siendo el producto de un entramado de origen divino que El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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les debía conducir inexorablemente hacia un destino determinado e inevitable. Espíritu caballeresco: Era un arquetipo de tipología que los impulsaba a servir ciegamente a Dios y al Rey. Buscar obtener mercedes Reales (asociadas al Espíritu Caballeresco): Esta característica se asociaba con el servicio prestado a la Corona, y a las mercedes otorgadas por ésta en pago a los servicios por ella recibidos. Ideal Señorial de Vida: Consistía en lograr tener vasallos como una manifestación externa de autoridad y de prestigio. La imagen señorial constituyó la verdadera obsesión de todo conquistador, pero en realidad, muy pocos lograron realizarla. La Corona -luego después de los primeros viajes-, estuvo siempre en guardia contra las tendencias señoriales que minaban su realengo, y cortó muy pronto sus mercedes de títulos nobiliarios a los conquistadores (apenas se dieron los del Marqués del Valle de Oaxaca y Marqués de Cajamarca). La nobleza castellana apoyó y aplaudió la medida, pues consideraba a los conquistadores como unos advenedizos que pretendían ensalzarse por haber matado unos cientos o miles de indios. Más fácil les fue conseguir encomiendas o cargos El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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administrativos, pero la mayor parte de ellos carecía de preparación adecuada para ejercer los últimos. Escaso espíritu crítico, que le llevaba a creer en leyendas fascinantes: Era lo que los conducía a efectuar descripciones falsas y sobredimensionadas sobre lo que veían (y lo que no veían) en sus viajes y exploraciones, llegando a perseguir mitos como el Paraíso Terrenal, la Fuente de la Eterna Juventud, las ciudades áureas de Cibola, El Dorado, y los pueblos de gigantes y de amazonas, etc. Fanatismo: Era una genealogía que les hacía concebirse irreductibles y ciegos ante las situaciones que, en condiciones normales, los habrían llevado a desistir del esfuerzo realizado por alcanzar un propósito. Espíritu combativo: No hay dudas que esta fue una característica muy evidente, pero hay que tener en cuenta que usualmente era exteriorizada como resultado de la situación en que se encontraban: metidos en territorio enemigo y rodeados de adversarios, sin posibilidad de volver atrás.

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Las características de raíz Renacentista: Individualismo:

Los

Conquistadores

anhelaban

realizar hazañas con el fin de ser recordados después de modo personal. Era la concepción Renacentista de la fama. Afán de obtener riquezas: La codicia se advierte fácilmente en muchos personajes principales (Cortés, Ordás, Pizarro, Alvarado, Benalcázar, etc.) quienes, una vez logrado un buen botín, volvían a invertir todo lo ganado en nuevas empresas conquistadoras; pero esto no debía ser lo frecuente, sino lo anómalo, y propio de hombres muy ambiciosos. Lo que de verdad buscaba el soldado Conquistador, era retirarse después de haber obtenido un buen botín o, lo que es mejor, una encomienda, para no tener que empuñar la espada por el resto de sus días. Su codicia, la del soldado, hay que comprenderla desde otro ángulo, como si ella fuese un pecado natural de quien nada tiene y lucha por conseguir algo para mejorar su vida. Sentido pragmático: Era la eterna disposición de querer legitimar cualquier medio que los condujera a logar obtener un fin determinado. En concreto, en cuanto a su crueldad para con los indios, esto no puede comprenderse, salvo en el caso de que lo hiciera para aterrar al enemigo y El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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obligarle a rendirse lo antes posible. Pero en realidad, los Conquistadores hicieron barbaridades, como encerrar a los indios en chozas y prenderles fuego, aperrear a los naturales, cortarles manos y narices, etc., cosas que parecen indicar un refinado sadismo propio de seres inhumanos. En verdad, es que para ellos, las guerras coetáneas les eran prolijas en ejemplos de salvajismo humano. Aterrar al enemigo para que se rindiera, parece que era quizá todavía lo es-, la regla áurea de toda campaña militar. Quizá la mejor aproximación que puede hacerse a la figura del Conquistador, es la de pensar que se trata de un maldito de la sociedad española que trataba de distinguirse mediante su sacrificio personal, y hasta el de alcanzar los límites extremos, para convertirse finalmente en un funcionario o en un encomendero. Otros aspectos: Al margen de los cambios que se sucedían intermitentemente en la mentalidad europea, en tránsito del Medioevo al Renacimiento, hubo muchos aspectos que formaron parte de una cultura propia peninsular, y que terminaron por marcar el espíritu de aquellos aventureros,

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y eso puede ser visto aquí más adelante, cuando mostramos el comportamiento histórico de varios reinos. Sin embargo, el impulso del Conquistador por propagar la fe, al margen del providencialismo medieval, respondía a una situación singular y especial de la Península Ibérica: la Reconquista. No hay que olvidarse que durante 800 años se desarrolló allí la acción que se convino llamar en aquel entonces, por Reconquista. Durante la mitad del siglo XV -que fue la época en la que nacieron muchos de los Conquistadores de América- fue la etapa decisiva en la lucha de la monarquía castellana por terminar con lo que quedaba del dominio político musulmán en su territorio. Por ello, la Reconquista no fue sólo un conflicto político, sino que fundamentalmente era una guerra de religión, y que hasta podría llamarse de una “cruzada”. Entonces,

tenemos

como

resultado

que

los

Conquistadores se formaron bajo ese espíritu de cruzada, de lucha contra los “infieles”. Por ello, se dice que éste es un factor más para poder entender el afán de una ferviente propagación del cristianismo que se mostró en América. Evidentemente que ninguno de ellos fue un antropólogo, ni eran arqueólogos o etnógrafos, y por tal El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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motivo, estos terminaron destruyendo por ignorancia, lo que encontraron en sus campañas militares de Conquista. Lo destruyeron por querer erradicar las idolatrías que ellos mismos consideraban pecado contra Dios y contra la Naturaleza.

La Amenaza Lusitana Volviendo un poco nuestro foco hacia la región territorial mencionada en el inicio de éste relato, nos remontamos a finales de enero de 1680, cuando los portugueses, queriendo extender sus dominios hacia el sur de Brasil y aprovecharse de la debilidad española en esos territorios, buscaron establecerse finalmente en la costa norte del Río de la Plata, donde fundaron la ciudad de Colonia del Sacramento, desde la cual podían los portugueses comerciar su contrabando, siendo entonces la ciudad de Buenos Aires la más perjudicada, y comenzando de este modo muchos años de luchas entre las dos naciones por el dominio del actual Uruguay. En aquel momento, aquella expedición estaba al mando del maestre de campo don Miguel Lobo, gobernador de Río de Janeiro desde 1678, y fue compuesta por 400 soldados embarcados en dos navíos, dos El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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bergantines y otros buques menores que zarparon de Río de Janeiro. Dicen que llevaban 18 cañones, aperos de labranza y elementos de construcción. Y pocos días antes, el 20 de enero, ya habían ocupado la isla de San Gabriel. Ese mismo año, el gobernador de Buenos Aires, don José de Garro, mandó una zumaca, la San José, a la isla de San Gabriel para tomar contacto con los portugueses. A su regreso a Buenos Aires, estos informan al gobernador Garro que los portugueses habían establecido un asentamiento. Entonces el gobernador envió una airada carta a Miguel Lobo para que se retiren, al ser la nueva colonia considerada ilegal. Ante la negativa portuguesa, Garro movilizó las tropas disponibles. Pidió apoyo al virrey del Perú y, después de varios meses de preparación, atacó la plaza el 7 de agosto con 3.000 indios tapes y 400 soldados puestos al mando de don Antonio de la Vera Mújica, con hombres procedentes de Buenos Aires, Paraguay y Tucumán. Pero poco antes, tropas portuguesas de refuerzo habrían naufragado a bordo de una zumaca y un lanchón en la zona de la entrada del Río de la Plata, por lo que las tropas de Miguel Lobo se encontraban solas. El militar español intimó a que Lobo se rindiera para evitar una masacre, El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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como así sucedió, pues en el asalto perdieron la vida 150 portugueses y 300 atacantes, la mayoría indios tapes. Ante las protestas de la Corona portuguesa, los españoles trataron de resolver la cuestión de forma diplomática.

Y

así,

cediendo

a

las

pretensiones

portuguesas, se desaprobó el proceder del gobernador Garro y se les devolvió la plaza, la artillería, y las armas y pertrechos, conforme consta en el Tratado Provisional del 7 de mayo de 1681, haciéndose efectivo el traspaso el día 12 de febrero del año siguiente por Herrera y Sotomayor, representante legítimo del nuevo gobernador de Buenos Aires, al entonces gobernador de Río de Janeiro. En 1704, la guerra de Sucesión española termina por generar un nuevo enfrentamiento con los portugueses por la posesión de la Colonia. Entonces, el gobernador de Buenos Aires, don Alonso Juan de Valdés e Inclán, pone sus tropas al mando de Baltasar García Ros, estas compuestas por 800 soldados, 600 milicianos y 300 indios. Todo muestra que el día 2 de octubre de 1704 habían cruzado el río de la Plata y allí esperan a que se les uniesen 4.000 indios, para comenzar el sitio el día 18 de octubre. Pero el día 5 de marzo de 1705 llegó al lugar una escuadra portuguesa compuesta de dos fragatas, de 44 y 30 El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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cañones, la fragata Estrella de 20 y el patache Santa Juana, de 8 cañones, con la misión de forzar el bloqueo y evacuar a los vecinos y las tropas. Les hace frente el capitán de mar y guerra don José de Ibarra y Lazcano con el navío de registro Nuestra Señora del Rosario, armado con 36 cañones, el bajel Santa Teresa, alias Popa Verde, portugués apresado y armado con 16 cañones y al mando del capitán D. Francisco Valero, y además, un brulote del cual no consta nombre. La historia cuenta que las dos escuadras llegaron a combatir a tiro de pistola, no pudiendo evitar que los portugueses entraran en Colonia y que el buque Santa Teresa fuese tomado al abordaje. Incluso, fracasó posteriormente un intento de quemar las embarcaciones portuguesas con el brulote. Entonces, los portugueses embarcaron a la guarnición y zarparon apurados el día 14 de marzo, abandonando los cañones y las armas de la plaza a los españoles, que entonces es ocupada dos días después. Pero por el tratado de Utrecht, que fuera firmado en Holanda en 1713, la plaza debería ser devuelta a los portugueses en 1716, cuando nombran como nuevo gobernador a don Manuel Gómez Barboza, siendo El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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sustituido posteriormente el día 14 de marzo de 1722, por Antonio Pedro de Vasconcelos.

La Llegada de los Primeros Colonos a Montevideo Buscando proteger el territorio en disputa, en una carta del Rey portugués para su gobernador y capitán general de Río de Janeiro, datada en el día 29 de junio de 1723, se ordena a éste enviar una expedición a Montevideo para poblar nuevamente aquellos parajes. Entonces, el 21 de noviembre de ese año, zarpa de Río de Janeiro una fuerza naval compuesta por la fragata de 44 cañones Nossa Señora da Oliveira, el navío Chumbado, al mando de Francisco Días, el Sacopira, y una zumaca al mando del capitán de navío Manuel Enriquez de Noronha. Llevaban embarcados una dotación de 250 a 300 personas, de ellas, 150 eran soldados. La expedición estaba al mando del maestre de campo don Manuel Freitas da Fonseca, y deberían ser apoyados con un contingente de refuerzo por parte del gobernador de Colonia de Sacramento, Antonio Pedro de Vasconcelos.

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Al alcanzar las costas del Río de la Plata, estos desembarcaron y tomaron posesión de la bahía de Montevideo el día 28 de noviembre, iniciando con ello la fortificación del lugar con la instalación de una batería de cañones. Tal como ya había ocurrido en 1680 con la Colonia de Sacramento, los portugueses pretendían establecerse ilegalmente. En aquel entonces, el gobernador de Buenos Aires, don Bruno Mauricio de Zabala, es informado de la llegada de los portugueses el día 1º de diciembre por intermedio del práctico del río, capitán D. Pedro Gronardo. Entonces, el gobernador decide enviar al capitán don Alonso de la Vega con 150 dragones, para que de esta forma hostigase a los portugueses, mientras él comenzaba a preparar una futura expedición por tierra y mar. Como ya se encontraban en aquella zona cuatro buques de registro, los cuales, de acuerdo con sus capitanes y oficiales, fueron armados con varios cañones y aumentada su tripulación, es que se provee el contingente de ataque. Las tropas españolas hicieron incursiones y golpes de mano, lo que finalmente dejaron a los hombres de Fonseca en delicada situación, empeorando con la llegada el 20 de enero, de un refuerzo de 420 hombres al El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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mando del mismísimo gobernador Zabala, para instarlos a que se retirasen. Fonseca, viéndose en una situación crítica, sin alimentos y sin apoyos, reembarcó sus tropas el 22 de enero de 1724. No en tanto, por causa de la aligerada partida, el gobernador se aprovechó de las instalaciones y aparejos que habían dejado los portugueses, y Zabala halló por bien comenzar una nueva fortificación en enero de 1724, llamándola en aquel entonces de Real de San Felipe, convirtiéndose así en el fundador de la ciudad de Montevideo. Enseguida, el Gobernador mandó a las milicias y a algunas tropas regulares que regresaran a Buenos Aires a bordo de dos navíos, y con el resto del personal, comenzó a instalar una batería de cuatro cañones al este de la ensenada, resguardando el

así lugar para futuras

providencias. Sin embargo, durante la mañana del día 24 de febrero, aparece a la vista de la plaza la fragata portuguesa Santa Catharina, armada en aquel entonces con 32 cañones y con 130 soldados destinados a reforzar Montevideo, ya que al zarpar de Río de Janeiro, estos desconocían que los portugueses se habían retirado del El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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lugar. Y así, a las nueve de la mañana de ese día, esta fondeó cerca de la batería española, desde la cual se la hizo señal para que se acercaran con un bote. Cuando el comandante de la fragata se percató que Montevideo estaba en manos españolas, largó velas y viró de vez para salir de la ensenada. Entonces, ni corto ni perezoso, Zabala envió rápidamente un bote para dar caza a la lancha enemiga, consiguiendo así capturar a cinco de los marineros. Dos días más tarde, después de liberar a los prisioneros, la fragata zarpó de vez con la cola entre las patas rumbo a Río de Janeiro. No en tanto, en ese mismo día aparecieron otras tres velas portuguesas que venían de Colonia, pero estos navíos se retiraron dos días después sin intentar ningún ataque. A seguir, Zabala se marchó hacia Buenos Aires el 5 de abril, dejando como comandante encargado de la defensa de la plaza, al capitán don Francisco Antonio de Lemos con tan sólo una guarnición de 110 soldados y mil indios armados. A partir de ese momento, el determinado gobernador Zabala, siguiendo las disposiciones de la Real Orden de Aranjuez, concedió franquicias y privilegios para todos aquellos que pasasen de margen del Río de la El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Plata para poblar Montevideo, y así lo hicieron seis familias,

mientras

que la

gran mayoría

llegarían

posteriormente desde las islas Canarias con la aprobación de la Corona española. Cuando finalmente arribó a esas orillas rioplatenses la fragata de Registro “Nuestra Señora de la Encina” alias “La Bretaña”-, los escasos pobladores percibieron de lejos que el buque contaba con tan solo 24 cañones y 121 toneladas, y tenía 24 metros de largo, 6 de manga y un calado de 2.20 metros. Con este intrépido hecho, se había logrado realizar con éxito el primer viaje hacia el Río de la Plata trayendo a bordo las 13 familias canarias y un nuevo contingente militar. Sin embargo, se sabe que durante el viaje, las mujeres y los niños pasaron la primera noche -y todas las siguientes- abordo, alojadas en el entrepuente, mientras que los hombres durmieron con la tripulación en cubierta. Además, en ese viaje vinieron 80 misioneros de la Compañía de los Franciscanos y Jesuitas. Con relación al informe de la travesía, ésta fue considerada relativamente buena por su capitán, ya que había gozado de fresco en la línea, y teniendo sólo 30 días de vientos contrarios. También habrían sufrido remediadas El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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tempestades, lluvias y vendavales, pero por algún motivo, el afanoso capitán Bernardo se omitió de declararlo. Días después del nombrado arribo, “La Bretaña” partió hacia Buenos Aires a fin de vender las mercaderías que llevaba en la bodega, pero resulta que allí encontró la plaza abierta al comercio de contrabando, tanto por los portugueses de La Colonia, así como por los ingleses embarcados en buques del “Asiento de Negros”. En aquel momento, ya ancorado en Buenos Aires, había siete buques ingleses anclados a sus orillas, y en La Colonia, otros ocho de bandera portuguesa. Por ello, resultó que los precios de las mercaderías que con tanto trabajo habían sido traídas desde el viejo mundo, estos resultaron ser iguales que los entonces practicados en el puerto Cádiz. Lo que significaba la ruina para armadores y comerciantes. -“Di fondo en esta miseria y fatal desdicha”, maldijo al final entre dientes, y así lo escribió el capitán Bernardo para sus armadores. Luego después, el hombre ordenó el alije de los bultos hacia las embarcaciones menores, y de éstas a carretas para poder depositar las mercaderías en tierra; pero el lento desembarque del enjunque, los géneros y los El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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utensilios domésticos transportados, pareció durar una eternidad. Esta descarga fue lenta, tanto es así, que un mes después del arribo, habían sido depositado en tierra, sólo la mitad de las mercaderías que ellos habían traído de España.

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Del reino de León a los de León y Castilla

Bien valdría haber resumido los acontecimientos que envolvieron algunas de las Coronas europeas y los de sus súbditos, en un sucinto relato, pero entiendo que al realizarlo de tal forma, estaría cerceando al lector de los diversos acaecimientos que ocurrieron durante siglos en Europa, y mismo de que algunas veces pareciera ser desnecesario referirlos, a la postre se verá como todos ellos se unen en prácticamente una sola biografía y de la manera

como

estos

terminaron

por

forjar

los

temperamentos, la naturaleza y la tipografía de las huestes conquistadoras y de los futuros habitantes del territorio de las Indias… Es que callar, sería como querer ocultar hechos que, en esos reinados, al final se trasformaron en un rico paño que perece haber sido tejido por briznas e hilvanes formados por los más diversos intereses particulares, por intrigas, complots, tramas, acuerdos espurios, fanatismos, El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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asesinatos, atentados a la vida del monarca y/o sus descendientes, delitos y arreglos de todo tipo.

La Unión de los Territorios La Corona de Castilla, como entidad histórica, suele considerarse que tiene su comienzo con la última y definitiva unión de los reinos de León y de Castilla en el año 1230, o bien, con la unión de esas Cortes algunas décadas más tarde. Así tenemos que en año de 1230, Fernando III el Santo, rey de Castilla desde 1217 y en el cual se incluía el reino de Toledo, anexionó el Reino de León, quien inclusive circunscribía el de Galicia, estado de su padre Alfonso IX, tras anularse el testamento de su progenitor en el cual le legaba sus estados para las infantas Sancha y Dulce. El Reino de León surgió a partir del Reino de Asturias, y Castilla fue, en principio, un mero condado dentro del Reino de León. Pero en la segunda mitad del siglo X, durante el desenlace de las guerras civiles leonesas, se comportó con cada vez mayor independencia, para caer finalmente en la órbita navarra en el reinado de Sancho III el Grande, que aseguraría este condado para su

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hijo Fernando Sánchez a través de su esposa Muniadona y tras el asesinato del conde García Sánchez en 1028. Pero en el año 1037, Fernando I se rebeló en beligerancia contra el rey de León, Bermudo III, quien murió en la batalla de Tamarón, y tras el desenlace del conflicto, se convirtió en rey de León a través de su matrimonio con la hermana de Bermudo, Sancha. Fue así que el condado castellano por fin se convirtió en parte del patrimonio regio. No en tanto, cuando ocurrió la muerte de Fernando I, muy pronto se dividieron sus estados entre sus hijos. Su favorito, Alfonso, recibió el reino de León y la primacía que éste título le otorgaba sobre sus hermanos. Entonces a Sancho le correspondió el estado patrimonial de su padre, el Condado de Castilla, ahora elevado a categoría de reino, y el menor de ellos, García, recibió el territorio de Galicia. Pero esta división duró poco, pues entre 1071 y 1072 acaecieron batallas en la que finalmente Sancho derrocó a sus hermanos y se anexionó sus estados, pero resultó que este murió asesinado ese último año, con lo que su hermano Alfonso logró reunificar de nuevo la herencia de Fernando I, que permaneció indivisa hasta el 1157. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Pero en ese mismo año también fallecía el emperador Alfonso VII, legando así los reinos de León a Fernando II, y el de Castilla a Sancho III. Posteriormente, Sancho fue sucedido por Alfonso VIII, y Fernando II fue por Alfonso IX, de cuyo matrimonio con Berenguela de Castilla, hija de Alfonso VIII, engendró entonces a Fernando, el futuro Rey Santo. Al morir el hijo y sucesor de Alfonso de Castilla, Enrique I, en 1217, Fernando heredó de su madre el Reino de Castilla y accedió, en 1230, tras la muerte de su padre, al de León. Asimismo, el rey aprovechó la debilidad del reino almohade para avanzar enormemente con la Reconquista, tomando para sí el valle del Guadalquivir mientras que su hijo Alfonso conquistaba el Reino de Murcia. Los reyes de la Corona de Castilla (Juana I) poseían los títulos de: Rey de Castilla, León, Navarra, Granada, Toledo, Galicia, Murcia, Jaén, Córdoba, Sevilla, los Algarves, Algeciras y Gibraltar y de las islas de Canaria y de las Indias e islas y Tierra Firme del mar Océano y Señor de Vizcaya y Molina. Su heredero portaba el título de Príncipe de Asturias.

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La Unificación de las Cortes La unión de los reinos bajo un solo soberano, tuvo como consecuencia casi inmediata la unión de las Cortes de León y Castilla. Esas coaliciones se articularon en tres brazos,

que

correspondían

respectivamente

a

los

estamentos Reales, como los de: nobles, eclesiásticos y ciudadanos;

y,

aunque

el

número

de

ciudades

representadas en esas Cortes fuese variando a lo largo del tiempo, fue el rey Juan I, quien fijó de una manera definitiva las ciudades concretas que tendrían derecho a enviar procuradores a Cortes. El decreto real incluía las entonces urbes de: Burgos, Toledo, León, Sevilla, Córdoba,

Murcia,

Jaén,

Zamora,

Segovia,

Ávila,

Salamanca, Cuenca, Toro, Valladolid, Soria, Madrid, Guadalajara y Granada, (esta a partir de 1492). Con el rey Alfonso X, la mayoría de las reuniones de Cortes eran conjuntas para todos los reinos. Pero las Cortes de 1258 en Valladolid son según quedó registrado: De Castiella e de Extremadura e de tierra de León, mientras que las de Sevilla, en 1261 son: De Castiella e de León e de todos los otros nuestros Regnos (conforme registros gráficos de la época)

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Posteriormente

se

realizarían

algunas

Cortes

separadas, como por ejemplo en 1301, de Burgos para Castilla, y de Zamora para León, pero los representantes de las ciudades pidieron que se volviera a la antigua unificación. Sobre varios alegatos, los representantes castellanos lo solicitan (en lenguaje de la época): “Pues yo agora estas cortes fazía aquí en Castiella apartada miente de los de Estremadura de tierra de León, que daquí adelante que non fiziese nin lo tomase por huso”. Movimiento igual fue llevado a cabo por los leoneses, que solicitan (en igual locución): “que quando oviere de facer Cortes que las faga con todos los omnes de la mi tierra en uno en tierras leonesas”. Aunque en un principio, los reinos singulares y las ciudades conservaron sus derechos particulares, entre los cuales se hallaban el Fuero Viejo de Castilla o los diferentes fueros municipales de los concejos de Castilla, León, Extremadura y Andalucía, pronto se fue articulando un derecho territorial castellano en torno a las Partidas (1265), el Ordenamiento de Alcalá (1348) y las Leyes de Toro (1505), que continuó vigente hasta 1889, año en que fue promulgado el Código Civil español. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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La justificación providencialista de los orígenes de cada reino y su primacía eran una cuestión importantísima (no sólo en la Edad Media, sino durante todo el Antiguo Régimen), y se suscitaron debates en cuanto a la entidad sobrenatural que debía ejercer el patronazgo y en qué territorio en concreto, con consecuencias incluso fiscales. El origen se remontaba a batallas mitificadas de los siglos VIII al X, de las que las crónicas recogían intervenciones milagrosas: la batalla de Covadonga, la batalla de Clavijo o la batalla de Simancas.

La Lengua Castellana Como era de figurarse, en el siglo XIII existían en los reinos de León y Castilla numerosas variedades de lenguas y dialectos, como el castellano, el astur-leonés, el euskera o el gallego. Pero a partir de éste siglo, el lenguaje castellano comienza a ganar fuerza como un instrumento vehicular y cultural de la España peninsular, como por ejemplo así lo indica: “El Cantar de Mío Cid”. Pero fue durante los últimos años de reinado de Fernando III, que el castellano se comienza a utilizar para la redacción de ciertos documentos. Sin embargo, la lengua castellana finalmente alcanzaría el título de lengua El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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oficial, sólo con el advenimiento del rey Alfonso X, y a partir de entonces todos los documentos públicos se redactarían

en

castellano,

asimismo

también

las

traducciones que, en vez de verterse al latín, deberían ser redactadas en dicha lengua, conforme dicta la orden de S.M.: “Mandólo trasladar del arábigo en lenguaje castellano porque los homnes lo entendiesen mejor et se supiesen del más aprovechar”.

Mapa de fundación de Universidades castellanas y aragonesas. Hay quienes consideran que la sustitución del latín por el castellano, se debe a la fuerza de la nueva lengua,

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no en tanto, otros estudiosos consideran que esto se debió mucho más a la influencia de intelectuales hebreos, que eran hombres hostiles al latín por ser ésta la lengua de la iglesia cristiana. Bajo la visión más erudita de los reyes y su Corte, también en el siglo XIII comenzaron a fundarse una gran cantidad de universidades en los territorios que formarían la Corona de Castilla. Algunas, como las de Palencia o Salamanca, serán las primeras universidades europeas. No obstante, sólo en 1492, y con los auspicios de los Reyes Católicos, es que se publicará de la primera edición de la Gramática sobre la Lengua Castellana, de Antonio de Nebrija.

Siglos XIV-XV: Reinado de los Trastámara Con la muerte del rey Alfonso XI, pronto se da inicio a un conflicto dinástico enmarcado en la Guerra de los Cien Años, siendo éste llevado a cabo entre sus hijos Pedro y Enrique. Alfonso XI había contraído matrimonio con María de Portugal, con la que tuvo a su heredero, el infante Pedro. Sin embargo, el rey también tuvo con Leonor Núñez de Guzmán varios hijos naturales, entre ellos el El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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infante Enrique, conde de Trastámara, quienes, unidos, decidieron disputar el reino a Pedro una vez éste accedió al trono.

La Corona de Castilla a finales del siglo XV. En su querella contra Enrique, Pedro terminó aliándose con Eduardo, el príncipe de Gales, también llamado de Príncipe Negro. Y así fue que, durante el transcurso del año de 1367, el Príncipe Negro terminó por derrotar a los partidarios de Enrique en la Batalla de Nájera. Pero resulta que posteriormente, el Príncipe Negro, viendo que el rey no cumplía con las promesas realizadas, decide abandonar el reino, circunstancia que aprovechó Enrique, refugiado hasta entonces en Francia, para retomar la lucha. Finalmente, Enrique venció de vez El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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en 1369 en la batalla de Montiel, cuando dio muerte a su hermano Pedro. Pero la trifulca no paró por ahí, pues Juan de Gante, hermano del Príncipe Negro y duque de Lancaster, en 1371 contrajo matrimonio con Constanza, hija de Pedro, y en 1388 reclama la Corona de Castilla para su mujer, quien la consideraba heredera legítima según las Cortes de Sevilla de 1361. Al fin de hacer valer lo que él creía ser su fundado reclamo, finalmente llega a La Coruña con un ejército, tomando primero esa ciudad y, más tarde, Santiago de Compostela, Pontevedra y Vigo, cuando entonces le exige a Juan de Trastámara, hijo de Enrique de Trastámara, que le entregue a Constanza el trono. Pero Juan no acepta el requerimiento y entonces propone que en lugar de una nueva lucha, se lleve a efecto el matrimonio de su hijo, el infante Enrique, con Catalina, hija de Juan de Gante y Constanza. La propuesta es aceptada y entonces se acuerda instituir el título de Príncipe de Asturias que ostentaron por primera vez Enrique y Catalina. Este acuerdo fue el que permitió culminar el conflicto dinástico, al afianzar la Casa de Trastámara y establecer la paz entre Inglaterra y Castilla… O sea, a falta El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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de otra salida, se van los anillos, pero se mantienen los dedos.

Las Relaciones con la Corona de Aragón Pero fue durante el reinado de Enrique III, que al final se restaura todo el poder real, y se desplaza a la nobleza más poderosa de la Corte. Ya en sus últimos años, el monarca decide delegar parte de sus poderes efectivos en su hermano Fernando de Antequera, quien sería regente, junto con su esposa Catalina de Lancaster, durante la minoría de edad de su hijo, el príncipe Juan. Pero tras el Compromiso de Caspe firmado en 1412, el regente Fernando abandonó Castilla, pasando a ser rey de Aragón. A la muerte de su madre, Juan II alcanzó la mayoría de edad, y con 14 años, contrajo matrimonio con su prima María de Aragón. En ese entonces, el joven rey confió el gobierno a Álvaro de Luna, la persona más influyente en su corte y que a su vez era aliado con la pequeña nobleza, las ciudades, el bajo clero y los judíos. La intolerante determinación de Juan II terminó por cautivar las antipatías de la alta nobleza castellana y de los Infantes de Aragón, lo que provocó, entre 1429 y 1430, El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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una cruenta guerra entre Castilla y Aragón. En el calor de la contienda, Álvaro de Luna ganó la guerra y terminó por expulsar a los infantes.

Segundo Conflicto Sucesorio Ante las embarazosas circunstancias que rodeaban su reinado, Enrique IV intentó restablecer sin éxito la paz con la nobleza, que otrora había sido rota por su padre. Empero, se dice que las condiciones de su entorno llegaron a su ápice cuando su segunda esposa, Juana de Portugal, da a luz a la princesa Juana, ya que la gestación de ésta es atribuida a una supuesta relación adúltera de la reina, con Beltrán de la Cueva, uno de los privados del monarca. El rey, que desde hacía tiempo se veía asediado por las consecutivas revueltas y las cargantes exigencias de los nobles, por fin tuvo que firmar un tratado por el que nombraba heredero a su hermano Alfonso, dejando a Juana fuera de la sucesión. Pero tras la fortuita muerte de éste en un accidente, Enrique IV decide firmar con su hermanastra Isabel, el Tratado de los Toros de Guisando, en el cual la nombra heredera a cambio de que sólo se casase con el príncipe que fuese electo por Enrique. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Los Reyes Católicos: Unión con la Corona de Aragón Sin embargo, el tratado no fue respetado por la hermanastra y, en octubre de 1469, se casan en secreto, en el Palacio de los Vivero, de Valladolid, Isabel y Fernando, el príncipe heredero de Aragón. Este enlace, tuvo como consecuencia la unión dinástica de la Corona de Castilla y la Corona de Aragón en 1479 al acceder Fernando a la Corona aragonesa, aunque no se hace efectiva hasta el reinado de su nieto, Carlos I. Pero Isabel y Fernando estaban relacionados familiarmente y se habían casado sin la aprobación papal, razón por lo que fueron excomulgados. Posteriormente, como los intereses económicos siempre pueden más, el papa Alejandro VI finalmente les concederá el título de Reyes Católicos. Para alcanzar tal gracia, bastó que el 11 de agosto de 1492 fuese elegido como nuevo Papa, el cardenal arzobispo de Valencia Rodrigo Borgia, quien pasó a llamarse Alejandro VI. Pero resulta que éste cardenal tenía una relación muy estrecha con Isabel y Fernando desde 1472, cuando como legado papal en la Península, los había

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favorecido con su reconocimiento como los herederos al trono castellano; sobre todo al facilitarles la bula papal de dispensa que autorizó su matrimonio a pesar de ser primos segundos. Fernando le había correspondido de igual modo al dejarlo acaparar cargos eclesiásticos en sus dominios y otorgando favores a sus hijos: el ducado de Gandía para Pedro Luis (1485), el arzobispado de Valencia para César (1492) y la mano de María Enríquez, prima del Rey, para Juan (1493). En realidad, las “Bulas Alejandrinas”, fue el nombre colectivo que se le dio a un conjunto de documentos pontificios que otorgaron a los reyes de Castilla y León el derecho a conquistar América y la obligación de evangelizarla, los cuales fueron emitidos por la Santa Sede en 1493 a petición de los Reyes Católicos, cuya influencia ante el Papa Alejandro VI (de la valenciana familia Borgia), era lo suficientemente poderosa como para conseguirlas. Tal vez por coincidencia, se llega a pensar que fue un reconocimiento otorgado por el pontífice a los Soberanos a cambio de los favores reales que le habían

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concedido a él años antes… Así, una mano lava la otra, y juntas se lava la cara. En todo caso, vale decir que fueron cuatro documentos papales: el breve Inter caetera; la bula menor también llamada Inter caetera, que es la más conocida y la que menciona por vez primera una línea de demarcación en el Atlántico; la bula menor Eximiae devotionis y la bula Dudum siquidem. Por otro lado, se dice que las negociaciones entre los Reyes Católicos y el Papado se llevaron con tanto secreto, que hasta ahora no se han encontrado instrucciones ni despachos diplomáticos sobre ellas. Se cree que el principal negociador por parte de los Reyes fue Bernardino López de Carvajal, obispo de Cartagena y embajador permanente en Roma, y quien pronunció un famoso discurso ante el Colegio Cardenalicio el 19 de junio de 1493. Por sus servicios, de Carvajal fue nombrado cardenal a petición de los Reyes el 20 de septiembre del mismo año… De esta forma, todo quedaba en casa.

Castilla y Portugal en el Atlántico Antes de 1492 El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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El hecho de que en 1493 aún no se supiera de la existencia de un Nuevo Mundo entre Europa y Asia, eso no quita validez a la donación papal. Lo que en realidad se sancionaba en la práctica, era un reparto del mundo entre las dos potencias que optaban a ello: Castilla y Portugal. Tampoco se puede decir que fue una simple casualidad, ya que como se ve, todo contribuyó a ello: la coyuntura del final de la Reconquista; la modernidad de sus sistemas políticos donde se destacaban las monarquías autoritarias de ambas; la dinámica de sus economías -la lana castellana para el siglo XV, se ha comparado al petróleo para el XX-; la geografía, ya que ambas naciones ocupaban el ángulo suroccidental de Europa; las bases avanzadas de Canarias y Azores; el capital humano de sus marineros que se encargaron de heredar y actualizar a cada generación su información sobre el Atlántico, con el añadido de las colonias italianas, y su tecnología naval punta. Las bulas, a pesar de que parezca ser un triunfo castellano, en verdad tenían una clara componente arbitral reconocida por Pedro Mártir de Anglería en las seculares negociaciones por las rutas atlánticas de la costa occidental africana, y que fueron revalorizadas desde el El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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descubrimiento del Cabo de la Buena Esperanza, y nuevamente desvalorizadas desde el descubrimiento del territorio de la Indias por Colón. Si hasta entonces se habían repartido el mundo con una división en el sentido norte-sur siguiendo la frontera un paralelo -interpretación controvertida del Tratado de Alcáçovas, en 1479-, ahora se hacía lo mismo en el sentido este a oeste, siguiendo la frontera un meridiano: el que pasaría a cien leguas de las Islas Azores y Cabo Verde.

La Santa Hermandad Pero volviendo un poco atrás en el tiempo y retomando el punto de los reinados, ocurrió que debido a la realización del matrimonio de Isabel y Fernando, el rey y hermanastro de Isabel, Enrique IV, consideró roto el Tratado de los Toros de Guisando por el cual Isabel accedería al trono de Castilla a su muerte, siempre y cuando la dama contase con su aprobación para contraer matrimonio. No obstante, el rey Enrique IV, además de otros deseos, ambicionaba poder aliar la Corona castellana con Portugal o Francia en vez de con Aragón. Por estas El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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razones termina declarando heredera al trono, a su hija Juana la Beltraneja frente a Isabel. Al morir Enrique IV en el año de 1474, comienza entonces una nueva guerra civil que duraría hasta el año de 1479, cuando se trabó una lucha por la sucesión al trono entre los partidarios de Isabel y los de Juana, en la que vencen los partidarios de Isabel. Así pues, tras la victoria de Isabel en la guerra civil castellana y la consecuente ascensión al trono de Fernando, las dos Coronas pasaron a estar unidas bajo los mismos monarcas. No obstante, Castilla y Aragón continuarán separadas administrativamente, donde cada Corona conservará su identidad y leyes, y las cortes castellanas permanecerán separadas de las aragonesas. Empero, la única institución común que habrá entre ellas, será la famosa Inquisición. Pero a pesar de ostentar sus títulos de Reyes de Castilla, de León, de Aragón y de Sicilia, Fernando e Isabel reinaban cada cual inmiscuidos en los asuntos de sus respectivas Coronas, aunque también se dice que era normal verlos tomar decisiones comunes. No obstante, por la posición central de la Corona de Castilla, su mayor extensión (3 veces el territorio aragonés) y su población El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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(4,3 millones frente a los cerca de 1 millón de la Corona aragonesa), es lo que hará que esta tome el papel dominante en la unión. No estando ubicada del todo al margen de la Corte, como en su debido momento lo pudo comprobar Enrique IV, la aristocracia castellana se había convertido en una hidalguía muy poderosa gracias a la Reconquista. Es entonces cuando los monarcas, al percibir que necesitan imponerse cuanto antes a los nobles y al clero, terminan por constituir medidas para alcanzar su fin. Por tal motivo, en el año 1476 fue fundado el Consejo de la Hermandad, que luego será conocido como la Santa Hermandad. Además, se toman medidas contra la nobleza, donde se llega a destruir algunos castillos feudales, se prohíben las guerras privadas entre los diferentes feudos, y se reduce el poder que había sido otorgado a los adelantados. Es también el momento en que la monarquía incorpora a las órdenes militares bajo el Consejo de las Órdenes en el año 1495, e incluso refuerza el poder real en la justicia a expensas de los señores feudales, y la Audiencia pasa a ser cuerpo supremo en materia judicial.

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El poder real también busca controlar más y mejor a las ciudades, y es así que en las Cortes de Toledo en 1480, se crean los corregidores para supervisar los Concejos de las ciudades. Pero las visionarias mudanzas no pararon por ahí, ya que en lo referente al aspecto religioso, -el clero, se reforman las órdenes religiosas y se busca la uniformidad como un todo. También es el periodo donde se presiona para la conversión de los judíos, y en algunos casos, los irascibles llegan a ser perseguidos por la Inquisición. Finalmente, en 1492, para aquellos no conversos, se decide por su expulsión de los territorios de la Corona, estimándose que entre unas 50.000 a 70.000 personas debieron abandonar la Corona de Castilla. Y desde el 1502, también se pasa a buscar la conversión de la población musulmana. Es durante el periodo que va desde 1478 a 1496, que se conquistan las islas de Gran Canaria, La Palma y Tenerife. Pero lo más significativo dice respecto a lo sucedido el día 2 de enero de 1492, cuando finalmente los reyes entran en la Alhambra de Granada, con lo que se da fin al largo, cruento y brutal periodo de la Reconquista.

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Colón y los Reyes Católicos (El retorno de Colón). Es también cuando aparecerá la importante figura de Gonzalo Fernández de Córdoba, apodado el Gran Capitán, y cuando Cristóbal Colón descubre las Indias occidentales. Para completar, en 1497 se toma definitivamente Melilla. O sea que, casi finalizadas las eternas luchas contra los invasores moros, el agresivo contingente de los ejércitos reales pasa a ser direccionado para buscar sellar otras conquistas territoriales, y es cuando tras la toma del Reino nazarí de Granada para la Corona de Castilla, la política exterior entonces girará hacia el Mediterráneo, y Castilla pasará a ayudar con sus ejércitos al reino de Aragón en sus problemas con Francia, lo que culminará con la recuperación de Nápoles en 1504 para la Corona de

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Aragón. Más tarde, en ese mismo año, fallece la reina Isabel, llamada la católica.

Siglos XVI - XVII: Del Imperio a la Crisis La reina Isabel había excluido a su marido de la sucesión a la Corona de Castilla, la cual pasaría a manos de su hija Juana (casada con Felipe de Austria, apodado el Hermoso). Pero la reina Isabel conocía de la enfermedad que su hija adolecía y por la cual era conocida como Juana la loca, y entonces nombra de regente a Fernando en caso de que Juana “no quisiere o pudiere entender en la gobernación de ellos”. Entonces, en la Concordia de Salamanca (1505), se acuerda el gobierno conjunto de Felipe, Fernando y la propia Juana. Sin embargo, las malas relaciones entre éste, que era apoyado por la nobleza castellana, y su suegro, el rey Fernando el Católico, hacen que éste último renuncie al poder en Castilla para evitar un enfrentamiento armado. Y así, por la Concordia de Villafáfila (1506), el rey Fernando entonces acuerda que se retirará a Aragón y Felipe resulta proclamado como rey de Castilla. Pero en 1507, de repente muere el rey Felipe I, y Fernando el Católico vuelve de nuevo a la regencia. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Es a partir de entonces que el rey Fernando continuará llevando adelante la política de expansión de ambas coronas, la de Castilla hacia el Atlántico, y la de Aragón hacia el Mediterráneo. Y es cuando en 1508 se conquista la Gomera para Castilla, y entre 1509 y 1511 se conquistan nuevos territorios en el norte de África, como los de: Orán, Bugia y Trípoli y se somete a Argel. En 1515 se toma Mazalquivir. Pero al morir Gastón de Foix, los derechos sucesorios al Reino de Navarra pasarían a manos de Germana de Foix, esposa del rey Fernando. Y es que, utilizando estos presuntos derechos sucesorios, se firma el Tratado de Blois por los reyes de Navarra con Francia en 1512, pero contando con la ayuda de los navarros beaumonteses, el rey Fernando ocupa parte del Reino de Navarra con tropas castellanas, unos 20.000 soldados bien equipados bajo las órdenes del Duque de Alba y además, el soberano Fernando también tiene el apoyo de su hijo, el arzobispo de Zaragoza, quien cuenta con más de 3.000 hombres que sitiarán Tudela, donde hubo una fuerte resistencia.

Pero

esta

controversia

la

veremos

posteriormente con más detalles.

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Pero las Cortes de Aragón y la propia ciudad de Zaragoza no le dieron autorización de reinar hasta principios de septiembre, tras proclamarse la bula Papal Pastor

Ille Caelestis,

cuando

ya quedaban pocas

resistencias en el Reino. En 1513, Fernando es reconocido como rey de Navarra por las Cortes navarras (a las que sólo asistieron beaumonteses). Y es así que entre 1512 y 1515, Navarra forma parte de la Corona de Aragón. Finalmente, en 1515 en las Cortes de Castilla reunidas en Burgos se declara la anexión del territorio. A esta reunión no acudió ningún navarro. A la muerte del rey Fernando en 1516, le sucede como regente el Cardenal Gonzalo Jiménez de Cisneros para pasar las dos coronas al nieto de éste, hijo de Juana y Felipe: que se convertirá en el futuro rey Carlos I.

El Advenedizo Carlos I Al asumir su reinado, Carlos I recibe la Corona de Castilla, la de Aragón y en una especie de suerte macabra, también hereda un gran imperio debido a una extensa combinación de matrimonios dinásticos y muertes prematuras.

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o De su padre Felipe (fallecido en 1506), hereda los Países Bajos

o Al morir Fernando el Católico (su abuelo), recibe la Corona de Aragón en 1517 y también la de Castilla (junto con los territorios de América), al estar su madre (Juana I de Castilla) incapacitada para gobernar.

o Y como nieto de Maximiliano, también recibe en 1519 el Sacro Imperio Romano Germánico bajo el nombre de Carlos V. Pero resulta que el rey Carlos I no fue bien recibido en Castilla. A ello contribuía el hecho de éste ser considerado un rey extranjero (nacido en Gante). Y se dice que ya antes de su llegada a Castilla, concede cargos importantes a flamencos y el dinero castellano se usa para financiar su corte. Por consiguiente, la nobleza castellana y las ciudades de estos, ya estaban cerca de un levantamiento para defender sus derechos, pues muchos castellanos preferían a su hermano menor Fernando (criado en Castilla), y de hecho, el Consejo de Castilla llega a oponerse a la idea de Carlos como rey de Castilla.

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Corona de Castilla (en azul) durante el reinado de Carlos I. Por esas 茅pocas, en las Cortes castellanas de Valladolid en 1518, termina por nombrase presidente a un val贸n (Jean de Sauvage), y esto termina por provocar airadas protestas en las Cortes, las cuales rechazan la presencia de extranjeros en sus deliberaciones. A pesar de las amenazas, las Cortes (lideradas por Juan de Zumel, representante por Burgos), resisten, y consiguen que el rey jure respetar las leyes de Castilla, quitar de puestos importantes a los extranjeros, y aprender a hablar castellano. El rey Carlos I, tras su juramento, les concede una subvenci贸n de 600.000 ducados. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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En ese entonces, debido a la herencia de territorios, Carlos I es consciente de que tiene muchas opciones para ser emperador, pero necesita imponerse en la Corona de Castilla y así acceder a su riqueza para alcanzar su sueño imperial. En aquella época, Castilla era uno de los territorios más dinámicos, rico y avanzado de la Europa del siglo XVI, y por entonces sus habitantes comenzaron a darse cuenta de que su ciudad podría quedar inmersa dentro de un imperio. Esto, junto a la falta de la promesa por parte del rey Carlos I, hace que la hostilidad hacia el nuevo monarca aumente. En cuanto eso, en 1520 el soberano convoca a las Cortes en Toledo para otra subvención (el servicio), que las Cortes rechazan. Entonces se vuelven a convocar en Santiago obteniendo de ella el mismo resultado. Hasta que finalmente se convocan en La Coruña, donde se logra sobornar a un importante número de representantes, mientras que a otros no se les permite la entrada. Es de esta forma que el rey Carlos I consigue que le aprueben finalmente el servicio. Pero como resultado posterior, los representantes que habían votado a favor, son atacados por el pueblo El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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castellano y sus casas quemadas. Pero como las Cortes no eran la única oposición con la que se tropezara el rey Carlos I, éste desiste y, al salir de Castilla en 1520, deja como regente a su antiguo preceptor, el cardenal Adriano de Utrecht, momento que estalla la Guerra de las Comunidades de Castilla. Como resultado, los llamados “comuneros” fueron derrotados un año más tarde (1521), y en consecuencia, tras la derrota, las Cortes fueron reducidas a un mero órgano consultivo. La guerra en Navarra se reprodujo varias veces en los años siguientes a la muerte del rey Fernando el Católico, todo debido a los innúmeros intentos de reconquista de los reyes navarros, ayudados por el Reino de Francia. Uno de ellos ocurrió nada más acceder al trono Carlos I, en 1516, y que fue pronto atajado. Pero el más importante se produjo en 1521, donde además de la entrada de tropas por el norte, se produjo un apoyo de la población navarra (incluida la beaumontesa), con una sublevación generalizada que llevó a expulsar al ejército castellano de todo el territorio navarro. Posteriormente, el rey Carlos I envió un ejército de 30.000 hombres bien pertrechados, que en poco tiempo y El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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tras la cruenta Batalla de Noáin, devolvió el control de la mayoría del territorio navarro a Castilla. Aún quedarían dos focos de resistencia posteriores, en el Castillo de Maya en 1522, y en el de Fuenterrabía en 1524, además de en la Baja Navarra, donde las incursiones castellanas eran inestables. Finalmente, en 1528, Carlos I se retiraría del territorio de Baja Navarra al no poder defenderlo eficazmente, y abandonando sus pretensiones sobre él, y sin que existiera ningún tratado formal entre los reyes de Navarra y el soberano Carlos I.

Política Imperial de Felipe II No en tanto, como nada nuevo se crea en este mundo y todo acaba por ser copiado, el rey Felipe II siguió la misma política que Carlos I. Pero a diferencia de su padre, hizo de Castilla el centro de su imperio, y pasó a centralizar su administración en Madrid, época en que da inicio a la modernización de esta ciudad. Sin embargo, el resto de los estados mantuvieron su autonomía y eran gobernados por virreyes. Pero desde el reinado de Carlos I, que la carga fiscal del imperio recaía principalmente sobre Castilla, y fue con Felipe II que sus valores se cuadruplicaron. Durante su El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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reinado, además de subir los impuestos existentes, implantó otros nuevos, entre ellos el Excusado en 1567. Por ese mismo año, Felipe II ordena la proclamación de la Pragmática. Este edicto limitaba las libertades religiosas, lingüísticas y culturales de la población morisca, y su acto finalmente provoca la que fue denominada como Rebelión de las Alpujarras (1568-1571) en que Juan de Austria es reducido militarmente.

La Corona de Castilla respecto a los dominios de Felipe II hacia 1580. Pero ante tamaña carga fiscal, Castilla entra en recesión en 1575, lo que provoca la suspensión de pagos (la tercera de su reinado). En 1590 se aprueban en las Cortes el Servicio de Millones, un nuevo impuesto que gravaba los alimentos. Esto terminó por arruinar a las El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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ciudades castellanas y eliminó sus débiles intentos de industrialización. Por consiguiente, en 1596 se produjo una nueva suspensión de pagos.

Reinado de los Austrias Menores Durante los reinados anteriores, todos los cargos en las instituciones de los reinos, se proveían con gentes que tuviesen estudios, pero los administrativos de Felipe II solían provenir de las universidades de Alcalá y Salamanca. No en tanto, a partir del reinado de Felipe III, es que los nobles imponen de nuevo su estatus para gobernar, cuando se decreta ser necesario demostrar una limpieza de sangre. Fue esa persecución religiosa la que llevó a Felipe III en 1609, a decretar la expulsión de los moriscos. No obstante, ante el colapso de la hacienda castellana y para mantener la hegemonía del Imperio español durante el reinado de Felipe IV, el Conde-duque de Olivares, valido del rey de 1621 a 1643, intenta llevar a cabo una serie de reformas. Entre estas, se incluye la Unión de Armas, un intento de que cada territorio dentro de la Monarquía Hispánica contribuyera de forma proporcional a su población en el sostenimiento del El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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ejército. Sus propósitos de unión no funcionaron, y la Corona Española continuó funcionando como si fuese una confederación de reinos. A seguir, Luis Méndez de Haro sucede a Olivares como valido de Felipe IV entre 1659 y 1665. Su objetivo fue acabar con los conflictos interiores levantados por su predecesor (sublevaciones de Portugal, Cataluña y Andalucía), y así alcanzar la paz en Europa.

La Corona de Castilla respecto a los dominios de Felipe III hacia 1600. A la muerte de Felipe IV en 1665, y ante la incapacidad de Carlos II para gobernar, se sucede el letargo económico y las luchas de poder entre los distintos El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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válidos. En 1668 la monarquía hispánica acepta la independencia de Portugal en el Tratado de Lisboa (1668); simultáneamente se hace efectiva la incorporación de Ceuta a Castilla que había escogido no sumarse a la sublevación y mantenerse fiel a Felipe IV. Con la muerte de Carlos II en 1700 y sin dejar descendientes, se provoca la Guerra de Sucesión Española.

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El Inicio de la Tan Esperada Odisea

Ya en aquella época, en Tenerife, algunos aldeanos con ansias extremadas y corazón ensanchado por el deseo de atravesar el ancho mar en busca de sentar plaza en cualquier lugar del Nuevo Mundo, solían subirse a las cumbres más altas de la isla, y entonces cuentan que a medida que se desciende desde cima de la Montaña Cabeza de Toro hasta el nivel del mar, en altitud discurren otra media docena de barrancos que surcan el municipio en dirección Sudeste/Nordeste dejando entre ellos espacios llanos dotados de fértiles suelos, desde donde se puede apreciar el acantilado de la Garañona, a donde se extiende una extensa playa de arenas claras, piedras volcánicas y un mar templado, y que en parte queda sumergida durante la plenamar o cuando hay marejada.

La Nao en Santa Cruz de Tenerife El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Repleto de bártulos, con la tripulación confesada y comulgada, el barco ya había iniciado su periplo. Antes de partir fuera inspeccionado por los oficiales de la Casa de Contratación: las primeras veces en Sevilla, para comprobar que el barco -pese a todo- podía navegar, para revisar la carga, la identidad de los pasajeros, la autorización del capitán, las provisiones y el armamento; después, en Sanlúcar de Barrameda. Desde allí, todos los barcos ponían rumbo a las islas Canarias, su primera escala. Sin embargo, quien allí estuviese oteando el horizonte en la fresca alborada de los iniciales días del mes de agosto de 1726, no hubiese notado la lenta aproximación de una caravana de navíos que muchos ya aguardaban desde bastante tiempo. La flota apareció de repente en la tenue línea de la lejanía que se forma ente un mar y un cielo tenue e interminable casi al amanecer. Pero la noticia de su llegada sacó de repente de la cama a los isleños después de estos ya haber descansado sus comunes ajetreos diarios… -¡Las naos! ¡La flota de Indias! -pasó gritando y corriendo el muchacho, por la calle empedrada que sube desde el muelle. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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A esa hora, recién estaba amaneciendo, pero en la hostería “El Sauzalejo” ya empezaba a reinar el ajetreo de gentes que andaban de arriba abajo por los mal iluminados pasillos interiores, recorriendo las galerías camino a las cocinas para preparar la comida a sus amos o familia, mientras otros se dirigían presurosos a las cuadras para ocuparse de los caballos. El joven Antonio García notó que algunos vivales pasaban ya con sus bandejas repletas de pitanzas exhalando una mezcla de aromas apetitosos, así como apreció de lleno en su nariz el vaho alcohólico del aguardiente y el vino oloroso que los cuerpos de los borrachos emitían tras una otra noche sudorosa... -¡Las flota! ¡Los galeones! ¡Los navíos están llegando! -volvió a repetirse afuera, en la calle, la misma voz que ahora estaba desgañitándose. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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A escuchar los alaridos del aviso, todas las cabezas se levantaron y, por un instante, se detuvo el ir y venir, surgiendo un momentáneo silencio en los corredores. Segundos después continuó el confuso alboroto y una sucesión de exclamaciones fue llenando como un eco los apretados corredores: -¡La flota de Indias! ¡Los galeones! ¡Las naos! ¡Las naves están llegando a puerto! En ese momento, aquellos que atendían la posada se olvidaron por un momento de los clientes del albergue, y atolondradamente se precipitaron hacia la calle. Los que aún continuaban sumidos en sus sueños, despertaron sobresaltados y se incorporaron para sumarse al alboroto. Los otros, los criados, corrieron en todas las direcciones para buscar las alcobas de sus amos y llevarles sin más demora la noticia. El joven Antonio García entre ellos, subió al segundo piso y abrió una puerta sin detenerse a llamar. -¡Primo! ¡Primo! ¡Una flota viene a puerto!... -tomó respiro y aun jadeante en la semioscuridad de la alcoba, preguntó: -¿Será que nuestra nave está entre ellas?…

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-Calma, ya lo he oído; estaba despierto -contestó Felipe Pérez desde adentro. Antonio caminó en tres zancadas hasta la ventana y descorrió una desanimada cortina que la cubría, con lo que las primeras luces del día penetraron de vez en el cuarto. La claridad dejó a la vista tres camas, una a lado de la otra. En la que estaba más próxima de la ventana, estaba sentado un hombre de media edad, barba oscura, pelo lacio. Su rostro tenía ojeras azules alrededor de unos ojos recién salidos del sueño. Era su primo Felipe. En la otra cama que se encontraba más próxima de la pared opuesta, bajo un enmarañado de sabana de lino crudo, se distinguía los bultos de dos cuerpos que parecían continuar a dormir a pesar de todo el bullicio de la hostería. Eran los hijos de su primo, Domingo, de 15 años, y Bartolomé, de 11. La cama del medio estaba vacía, pertenecía a Antonio, que se había levantado antes que los otros. El hombre mayor, después de desperezarse, hizo una seña con la mano para que su primo le acercase un gran orinal de porcelana que se encontraba en el rincón opuesto de la alcoba. Felipe alivió su vejiga y, mientras lo hacía, comentó con cara de satisfacción: El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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-Si la flota de las Indias llegó, habrá que confirmar si “La Bretaña” está entre ellas. Deben haber salido todas juntas del continente. -¿Quieres que lo confirme, primo?

-Antonio

preguntó solícito. -No importa, después de todo no se ha demorado demasiado para lo que se temía. -dicho esto, volvió la cabeza para la otra cama y gritó con energía: -Hijos… Domingo… Bartolomé… despierten ya, por fin ha llegado el gran día. Los bultos que yacían arrebujados bajo las sábanas se removieron y emitieron a coro una especie de quejido, pero después prosiguieron inmóviles, como queriéndose negar a abandonar el sueño. -¡Anden!… ¡Muévanse!… -ordenó el padre en un tono más intenso-. ¡Hay que avisar a las mujeres! -insistió. -¿Quieres que yo vaya? -manifestó el primo, queriendo mostrarse comedido. -No. Deja que Bartolomé ya irá por ellas. Nosotros tenemos que preparar los bultos -determinó Felipe, que nervioso, se quitó por la cabeza el camisón de dormir y comenzó a asearse manos, cara y cuello, sirviéndose de la

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jofaina

sobre

la

que

su

primo

derramó

agua

diligentemente. Sus dos hijos ya estaban de pie, casi vestidos, al tiempo que su padre se atusaba los cabellos, barba y bigote y, cuando se vio con el debido adorno en el gran espejo que pendía de la pared, se frotó las manos repitiendo una vez más para sí: -¡Ah! ¡Por Fin!... “La Bretaña” llegó. En ese instante su primo Antonio abrió de par en par la ventana y, al grito de ¡Agua va!, arrojó el contenido de la palangana sin importarse donde cayera. -Hijoeputa!... -contestó a gritos una voz indignada desde la calle. Pero sin inmutarse por el insulto, Antonio comentó con su primo mayor: -Ya ves Felipe, la gente va apresuradamente calle abajo, a camino del puerto. El primo volvió de vez el rostro hacia donde sus hijos estaban, y al verlos en idéntica actitud que un rato antes, se exasperó: -¡Santo Dios! Bartolomé, apúrate que tienes que ir hasta la iglesia para avisar a tu madre, tu tía y las demás…

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-¿Avisarles de qué? -indagó el muchacho aun con la voz adormecida. -¡Que ya están aquí los galeones! -dijo Antonio mientras zarandeaba los hombros del muchacho, en un acto que quizás en lugar de quererlo despertar de vez, quería articular toda su agitación y angustia. Domingo se había echado otra vez sobre la cama y estiró perezosamente el larguirucho cuerpo de un joven de 15 años, donde una piel morena contrastaba con el blancor de las sábanas. De repente abrió aún más los sorprendidos ojos castaños al oír lo dicho por Antonio, y recorriendo la alcoba con la mirada, expresó aturdido: -¡Ay, que sueño tengo! -¡La madre que te parió! -le gritó el padre-. Levántate de una vez… ¡Carajo! -¡Ya voy, ya voy…! -respondió Domingo mientras se levantaba sin demostrar gran entusiasmo. Arrastrando pies, el muchacho se aproximó de la jofaina y procedió al idéntico ritual de aseo que anteriormente su padre y su hermano habían realizado. Mientras tanto, Felipe, con su habitual nerviosismo, comenzó a repartir instrucciones:

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-Ahorita mismo vamos todos al puerto. No podemos perder ninguna oportunidad. Me imagino cuantos señores importantes yendo para las Indias, estarán deseando echar pie a tierra antes de meterse de vez en el interminable mar, ansiosos por solazarse por las tabernas, y ávidos por una buena comida y bebida antes de su acuciosa partida. -Usted dijo, padre, que yo tenía que avisar madre, murmuró Bartolomé, confuso por la contradicción anunciada por Felipe. -Es verdad. Tú tienes que ir hasta la Iglesia de San Pedro Apóstol, y avisar a tu madre, tu tía, tus hermanas y a la agregada, que ya llegó nuestra nao. Felipe miró a su hijo, regalándole una mirada complaciente y sonrió satisfecho, entonces recogió su sombrero de la percha y se plantó delante da la puerta. -¡Muy bien, muy bien! Ahora vamos andando ordenó con voz firme. Los cuatro, padre, hijos y primo, bajaron las escaleras de la fonda, cruzaron el patio interior, en cuyas galerías quedaban apenas dos o tres borrachos incapaces de levantarse de sus jergones, y salieron al exterior, donde les alcanzó de lleno el fresco de la brisa marítima.

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Caminando por la angosta calleja, larga, tortuosa, que conducía al puerto, ellos se unieron a la nutrida bataola de gentes de toda clase y condición que acudía presurosa, o bien para solucionar sus contrariedades, o para sacar partido de la llegada de la flota.

Una Multitud en el Muelle Bartolomé y Domingo no eran los únicos hijos de su padre, sino el primogénito y el tercero, los únicos varones de una prole de cinco hermanos. Don Felipe Pérez de Sosa de 38 años, el progenitor de esta familia Canaria, era un avispado hidalgo de una familia gallega venida a menos, y que otrora había partido joven de aquella finca para poder escapar de la Guerra de Sucesión. Ya asentado en la Santa Cruz de Tenerife, logró comprar una exigua heredad en la región de Sauzal, y a medida que se fue haciendo mayor, supo soñar con sanear el capital familiar. Pero ya que los infortunios y adversidades de estas islas lo alejaban cada vez más de sus deseos, y lo que era peor, poder alimentar de manera coherente a su prole, pasó a subsistir mediante el clandestino y furtivo ejercicio del contrabando de productos de ultramar que seguidamente venía a gestionar El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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en el puerto, y lo realizaba mediante una serie de contactos mantenidos desde hacía más de diez años. La ilícita actividad de tráfico de mercaderías era un secreto a voces, pero para él, en estos tiempos difíciles, no le habían dolido prendas a la hora de sacar a su familia y hacienda adelante, mismo en épocas de sequía, y por mucho que se escandalizaran algunos nobles paisanos suyos, cuyas economías agonizaban bajo los blasones henchidos de orgullo provinciano. Desde mucho tiempo, Felipe tenía maquinado un plan ambicioso en el cual incluía a su familia, para juntos internarse de vez en una aventura que tenía por objetivo allende los mares, en India, y no le importaba el lugar desde que allí existiese la expectativa de hacer fortuna, conforme había oído escuchar a los marinos que volvían de lejanas tierras. -A cada lugar que descubrimos, encontramos oro, plata, piedras preciosas al ras de la tierra… Son lugares magníficos, de tupida mata y frutos por doquier, con un clima placentero y cálido… Es un paraíso para cualquier paisano que esté dispuesto a comenzar una nueva vida… no se cansaba de escuchar decir Felipe cada vez que hombres de piel curtida y dorada bajaban de sus naos y El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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llegaban a las fondas para aplacar su sed y los deseos carnales contenidos durante tantas semanas surcando el ancho mar. Otrora, Felipe había realizado gestiones de cualquier tipo, como una frecuentada forma de abrirse camino por el complicado entramado de relaciones administrativas, militares y comerciales de los virreinatos, donde veía que jóvenes de familias hidalgas, amparados en sus apellidos y en una mínima formación, comenzaban haciendo méritos al servicio de gobernadores, corregidores o simples alférez y oficiales de menor rango, para pasar después a ir haciendo fortuna y conseguirse un buen cargo en la venta de oficios. Nada de ello Felipe había conseguido, no en tanto, esa mañana, mientras caminaba ansioso en dirección al puerto, iba saboreando en su mente tales planes de futuro. Ahora sentía que las expectativas de hacer fortuna le seguían siendo halagüeñas. Caminaba adherido a la masa de espabilados que, oriundo de allí o venidos de afuera, cavilaban también sobre las mil expectativas que se presentaban con la recién llegada flota. A cada momento Felipe apremiaba a su hijo

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y su primo, como si estuviese temeroso de llegar a destiempo o que pudiesen adelantárseles. -Vamos, vamos, que la noticia ha corrido pronto expresó con preocupación. Al doblar la esquina, se encontraron de frente con el muelle. El sol de la mañana dejaba ya el mar de color de acero. En ese momento, Antonio extendió su brazo para señalarle a Domingo las brumas que se deshacían y las gaviotas que se elevaban lanzando sus estridentes gritos. Pero el muchacho estaba observando los barcos de pescadores que se hacían a la mar para dejar sitio y, a lo lejos su mirada descubría recortándose en el cielo a los grandes y oscuros barcos que se acercaban en formación, lentamente, con las velas plegadas, a golpes pausados de remo. El gentío ya se agolpaba congregado delante de las atarazanas, donde los guardias comenzaban a poner orden a mamporros o golpes de varas, mientras los operarios del puerto extendían unas vallas a lo largo del arsenal. Conjuntamente a esto, inspectores, intendentes, contables y funcionarios iban llegando con su séquito de escribientes que portaban las mesas, los tinteros, las plumas y los cuadernos de anotaciones. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Por otra parte, al volver el rostro, Domingo vio una gran fila de recuas de mulas, carretillas y carretones que se iban alineando a lo lejos, en la parte del arenal que se extendía a continuación de los diques. Felipe tiró del brazo de su hijo y se fue abriendo paso entre la gente, alzando la cabeza por encima de la multitud a cada momento y aguzando la vista, para descubrir donde estaba la persona que habría de servir a sus intereses. -¡Allí, allí! -de repente expresó incontenido. -¿Quién? ¿Dónde? -quiso saber su primo, al tiempo que elevaba su cabeza sobre los demás, para distinguir lo que Felipe había descubierto. -¡Allí está don Diego Tomás de Ortega! -exclamó al fin, al descubrir a alguien entre las autoridades que se iban reuniendo al otro lado de las vallas-. ¡Vamos, hijo, acerquémonos a presentarnos! -dijo a seguir. Domingo, que caminaba un poco detrás algo aturdido,

se

sintió

sacudido

por

una

oleada

de

nerviosismo, como si se hubiese contagiado por el ánimo de su padre. Instintivamente, se aliso la camisa y se compuso las calzas y el sombrero, como queriendo parecer más presentable. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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-¡Andaos, no os entretengáis! -Insistió Felipe mirando a su hijo y a su primo Antonio. Casi a empujones, llegaron frente a la maroma que los guardias tensaban a modo de contención, para que no pasara la gente. Felipe, sin pensarlo dos veces, se agachó y se coló por debajo, buscando ir al encuentro con el tal de don Diego Tomás de Ortega, que se encontraba a un poco más de una docena de pasos más allá, junto a un nutrido grupo de funcionarios que se preparaba en el muelle. Pero resulta que un fornido alguacil se abalanzó sobre él y le hizo presa en las ropas, gritándole con gesto áspero: -¡Eh, adónde va vuestra merced! Felipe, al verse forzado a detenerse, se volvió y espetó al guardia con arrogancia: -¡Soltadme las telas, que soy gente de orden! -No se puede pasar -prohibió contundente el alguacil. -Depende de quién -contestó Felipe airado y, dando un fuerte tirón, se soltó del guardia y buscó proseguir su camino. El guardia, momentáneamente, se quedó parado, pero enseguida fue en pos de él y de nuevo lo agarró. Entonces comenzó un forcejeo entre ambos, mientras que El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Domingo y Antonio ya se unían a ellos justo al momento de la pugna. -¡Oficial, a mí! -pidió auxilio el alguacil-. ¡A mí la guardia! -gritó Por suerte, antes que una docena de agresivos guardias llegase hasta ellos, don Diego Tomás de Ortega percibió la discusión e intercedió ante el truculento alguacil, ordenándole que soltara a Don Felipe, pues éste tenía documentos que firmar. Poco después, ya serenado el incidente, don Diego Tomás le pidió a Felipe que le informara cuantos eran los de su familia y los nombres de cada uno, a fin de completar el formulario de Registro. -Desde ya le aviso que no se podrá embarcar a todas las familias… No hay lugar disponible -anunció el administrativo de la Casa de la Contratación, al hacer una mueca de indiferencia. -¿Y qué? -cuestionó don Felipe Pérez de Sosa. -No se preocupe, amigo, -dijo el otro-, sabe que entre nosotros todo se soluciona -avisó con una sórdida sonrisa, dando a entender que sus lugares estaban garantidos a cambio de un menudo favor.

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A Camino del Sueño El convento era un edificio oscuro, encerrado entre altos muros, rodeado de un jardín de flores y una huerta grande al fondo y, a lo lejos, un bosque donde los pájaros iban a esconderse. Monjas recorrían los pasillos llenos de sombras, y en su murmurio parecían estar hablando con Dios. De vez en cuando algunas novicias se cruzaban con ellas, cabizbajas, teniendo el cuidado de rozar apenas el suelo con sus pies. Cualquier ruido que allí ocurriese parecía ser una especie de pecado. Cuando el pequeño Bartolomé llegó por fin a la Iglesia de San Pedro Apóstol aquella mañana, buscó a su madre dentro del convento. Tenía que decirles que, según padre, la partida ya era dada como cierta con la llegada de “La Bretaña” a puerto. Doña María de la Encarnación, de 29 años, era esposa de Felipe y madre de cinco hijos; los varones Domingo y Bartolomé, y las hijas María de la Encarnación, de 12 años; Francisca Antonia, de 10; y de María del Cristo, de tan sólo 5 años. Junto con ella, estaba también doña María Gerónima, de 40 años, madre de Antonio García; y cuñada de María de la Encarnación. El grupo de mujeres se El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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completaba con la inclusión de la joven agregada Leonor de Morales, de 19 años, una pariente desamparada del fallecido marido de María Gerónima. A falta de recursos para pagar alcobas para toda la familia, Felipe había conseguido junto al prelado del bautisterio, que ellas se alojaran en uno de los aposentos del convento hasta la llegada de la nao. Aquella era una pieza austera, sin adornos, y el Cristo que colgaba de la pared, tenía unos ojos que reflejaban sufrimiento. Allí,

reburujadas

en

una

alcoba

no

muy

sobresaliente, dividiendo cuatro lechos, todas las seis mujeres esperaban intranquilas por la llegada del día soñado por su esposo y codiciado por todos los hijos, mismo que María de la Encarnación madre, desde el inicio, no concordase con los ilusiones del marido. Pero finalmente un día ella se dejó convencer, porque ya entendía que nada podía ser peor que las interminables penurias en esa isla de sol abrasador, vientos constantes, clima árido y un sinfín de escaseces y privaciones para ellos y sus hijos. Es por ello que había aceptado paciente la idea de marcharse para lo que pensaban ser la tierra prometida por Dios, y la oportunidad de un futuro mejor para sus hijos. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Últimamente, por causa de las continuas y malas circunstancias de la situación que enfrentaban hace años, mal les quedaba la ropa que llevaban en el cuerpo y dos mudas extras para cambiar, junto con algunas cobijas, unas mudas de sábanas de lino crudo y otros utensilios imprescindibles

para

mantener

la

familia

con

lo

indispensable. Todo cabía en dos arcas de madera bruta… Y la propiedad que ellos tenían, esa ya no valía ni dos cobres. Desde hacía algunos años, no por falta de cuidados, que aquella posesión se había convertido en un desierto infecundo. María de la Encarnación era una mujer de cuerpo delgado, con un largo pelo negro recogido en una trenza que, cuando suelta, le bajaba casi a media espalda. Tenía un rostro escuálido de donde le sobresalían las negras cuencas de sus ojos, como si ellos fuesen dos brunas aceitunas. Una piel morena permitía imaginar que ella era descendiente de una antigua linaje de sangre mora que habían poblado esas islas muchos siglos atrás. -¿Qué dice padre? -preguntó a su hijo, así que recibió la noticia y dejó de lado sus cavilaciones. -Es para dejar todo pronto, que dentro de poco él vendrá aquí personalmente -anunció el chiquillo, mientras El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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sus ojos se perdían más allá de las galerías y reposaban en la hermosa huerta y jardín, donde algunos ancianos clérigos y media docena de monjas matronas cuidaban con esmero de las plantas y árboles frutales. -¡La nao está a puerto! -exclamó la mujer a su cuñada, así que volvió a su alcoba. Pronto la algarabía tomó cuenta de todas, y los sueños y preocupaciones ya se movían como torbellinos en sus cabezas. Todo ya era expectativa para las más pequeñas y aprensiones para las mayores. Felipe ya venía a paso ligero, como si fuese en busca de la libertad, y al encontrarse con su esposa, dijo con voz clara y expectante: -Todo está solucionado -aseguró el hombre-. Ahora andaos, vamos a la posada para comer algo, que esto ya es agua pasada. -Sí, eso, que nos sirva -exclamó doña María de la Encarnación, mientras cogió las manos del marido, grandes, encallecidas, de piel áspera, para sostenerlas entre las suyas. Sintió que estas temblaban como si fuesen dos palomas asustadas. Se las llevó a los labios y besó aquellas palmas que se sabía de memoria, y aspiró el olor de aquel hombre que tanto amaba. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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-¡Santo Dios, mujer! ¡Claro que nos servirá! exclamó con ánimo exaltado. No en tanto, la esposa no se recordaba de haber visto ese tipo de pesadumbre que ahora mostraban los ojos de Felipe, nunca había visto aquella angustia en sus labios crispados, de sonrisa amplia y palabras bulliciosas. Pero si él le había dicho que todo estaba solucionado, entonces no tenía con qué se preocupar. -¡Ahora todo está en las manos de Dios! -masculló en un bisbiseo. Lo primero que hicieron al llegar a la fonda, fue solicitar una gran cazuela de buen guiso a la cocinera y dieron cuenta de ella vorazmente, así como de un par de jarras del delicioso vino que producían esas tierras. Les pareció estar en la gloria después de tantos días calamitosos. Don Felipe, dejando perder la mirada en el vacío, se quedó un rato pensativo después de comer, y de pronto dijo: -Qué rebién saben las cosas buenas cuando se ha estado privado de ellas. -¡Sabias palabras, primo! -comentó Antonio, sin que se pudiera averiguarse por el tono, si lo decía por ironía. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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-¿Qué haremos ahora, Felipe? -indagó la hermana del cabeza del clan, con voz de duelo y vestida siempre en su eterno luto. -Pues, ¿qué va a ser? -respondió su hermano-. Lo que estaba planeado. Ya no hay percance que cambie las cosas. -¡Dios quiera que tengas suerte! -murmuró doña María de la Encarnación. -¡La tendremos todos! No hay por lo qué preocuparse,

ya

está

todo

garantido.

-pronunció

determinado. -Entonces ¿iremos a ver a don Diego Tomás? inquirió Antonio mientras apuraba su último buche de vino. A primera hora de la tarde, todos estaban en las oficinas de la Contratación frente al puerto. Solicitaron audiencia y fueron recibidos sin mucha demora por el importante personaje en quien tenían puestas todas sus esperanzas, y los cobres que le sobraban.

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Otros Reinos de la Península Ibérica

Al igual que lo mencionado anteriormente, no es posible ocultar los sucesos que acontecieron paralelamente al Reino de Castilla, donde las disputas por alzarse con potestad y autoridad en sus territorios, resultó en idénticas tramas rodeadas de intrigas, complots, traiciones, acuerdos fraudulentos,

exacerbaciones,

asesinatos,

atentados,

muertes inesperadas y delitos que permitieron arreglos de todo tipo. La influencia extranjera se hizo presente en algunos casos, con la intención de ampliar los dominios, o en otros, para defender lazos de sangre e intereses de la propia Iglesia. Así pues, un ligero repase por los hechos permitirá al lector ubicarse mejor en el contexto del escenario de aquella época.

Los Territorios del Norte El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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El Reino de Navarra fue uno de los reinos medievales de Europa, y estaba situado en ambas vertientes de los Pirineos occidentales, pero con la mayor parte de su territorio localizado al sur de la cordillera pirenaica, en el norte de la península Ibérica. Fue el sucesor del otrora Reino de Pamplona, fundado en torno a la capital navarra en 824, según establecen la mayoría de los historiadores. Tras unos primeros años de expansión y la posterior merma territorial a manos de Castilla y Aragón, el Reino de Navarra se estabilizó con dos territorios diferenciados: la Alta Navarra, al sur de los Pirineos y en la que se encontraba la capital y la mayor parte de la población y los recursos, y la Baja Navarra o Navarra Continental, al norte de la cordillera pirenaica. Como

vimos

anteriormente,

el

fin

de

la

independencia del reino se produjo cuando Fernando el Católico realizó la conquista militar en el verano de 1512 con distintas resistencias, y así pasó a controlar el reino con apenas dos meses de lucha. Posteriormente se realizaron varios otros intentos para lograr recuperar la independencia en los años siguientes, hasta que finalmente, como ya dijimos, Carlos El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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I de España se replegó de la Baja Navarra por su difícil control.

Por

lo

que

esta

porción

siguió

siendo

independiente y manteniendo la dinastía de Foix, hasta que se incorporó a la Corona de Francia al asumir su rey, Enrique III, la corona francesa. Así pues, los reyes de Francia pasaron a titularse “Reyes de Francia y Navarra”. Pero esto ya lo veremos en detalles más adelante. Esa unión-alianza del reino de Navarra al de Francia, puramente considerada como una coalición dinástica, se hizo conservando siempre sus propias instituciones, tanto es así, que cuando Luis XVI convocó los Estados Generales de Francia, Navarra no envió formalmente diputados a estos, sino al rey en persona, de manera independiente y llevando consigo su propio Cuaderno de agravios. Sin embargo, su estatus diferenciado dentro de la Corona terminó en 1789, al ser su territorio abolido como reino. Por otra parte, la Navarra peninsular o Alta Navarra, se había convertido en uno más de los reinos y territorios de la Corona de Castilla y finalmente de la Monarquía Hispánica, estatus que conservó durante muchas décadas, al ser gobernada por un virrey hasta 1841, fecha en la que pasó a ser considerada “provincia foral” española El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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mediante la posteriormente denominada Ley Paccionada, y tras el término de la Primera Guerra Carlista. No en tanto, también se dice que el reino de Navarra surgió de un pequeño territorio que, tras un periodo de expansión, fue menguando paulatinamente en extensión y poder, socavado por las disputas entre las clases dirigentes y las conquistas realizadas por los reinos vecinos. Como fuere, el espacio navarro se estructuró de manera dual tras la invasión musulmana de la península en el siglo VIII. El norte permaneció poco tiempo bajo dominio musulmán y pronto se organizó en un núcleo cristiano de fugaz sometimiento al Imperio carolingio y con centro en la ciudad de Pamplona, población fundada en la época romana como Pompaelo por Pompeyo, y sobre un asentamiento vascón pre existente y denominado de “Iruña”. Su primer soberano conocido fue Íñigo Íñiguez, o Iñigo Arista (Enneco Cognomento Aresta), cabeza conocida de la primera dinastía navarra. Sin embargo, en el sur, un noble hispano godo oriundo de la zona (Casius), pactó con los invasores musulmanes y se convirtió al Islam, consiguiendo así continuar señoreando esa zona del valle del Ebro, y prolongando éste poder entre los de su estirpe (los Banu El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Qasi), que durante generaciones afirmarán su poder en el sur del actual territorio navarro, aliándose con los Arista en diversas ocasiones en contra del poder central del emirato cordobés, o del afán expansionista del Imperio carolingio. Navarra fue uno de los núcleos montañeses de resistencia cristiana impulsados por los francos carolingios que se formaron en los Pirineos, frente a la dominación islámica de la península Ibérica, al igual que en Aragón y Cataluña. Inicialmente fue conocido por los cronistas francos como Reino de los Pamploneses o Reino de Pamplona, y un poco más tarde, como Reino de Pamplona-Nájera en referencia a la importancia en su organización de la ciudad riojana. Su etapa de mayor expansión territorial, se realizó durante la Edad Media, época en que el reino abarcó territorios atlánticos y se expandió más allá del río Ebro, y hacia territorios situados en las comunidades autónomas contemporáneas de Aragón, Cantabria, Castilla y León, La Rioja, País Vasco y las regiones administrativas francesas de Aquitania y Mediodía-Pirineos, en las antiguas provincias de Gascuña y Occitania. Igualmente, las

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capitales vascas de Vitoria y San Sebastián, fueron fundadas por el rey navarro Sancho VI el Sabio. En su etapa final, el reino resultó dividido en: 

La Navarra peninsular o Alta Navarra, que

fue invadida junto a la Navarra continental en 1512 por Fernando el Católico con el apoyo de Luis Beaumont, hijo del líder Beaumontés exiliado tras perder la guerra civil de Navarra años antes, y fue anexionada a la Corona de Castilla. Se integró en el Reino de España o Monarquía Hispánica, conservando instituciones propias como reino. En 1530 el rey Carlos I de España decidió abandonar la Baja Navarra por su difícil control. Posteriormente, la Alta Navarra sigue como reino integrante de España hasta que, en 1848, se abole su estatus y pasa a ser una región o provincia. 

La Navarra continental o Baja Navarra, se

unió dinásticamente con Francia a finales del siglo XVI, y en 1620 se integró en la Monarquía francesa. Aunque los reyes conservaron la titulación reyes de France et de Navarre hasta la abolición de los privilegios de los territorios de la El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Monarquía en 1789, en época de la Revolución, no obstante los reyes Luis XVIII y Carlos X recuperaron el título de Reyes de Francia y de Navarra durante sus reinados, ocurridos durante el primer tercio del siglo XIX. El título del príncipe heredero es Príncipe de Viana, el mismo que hoy en día ostenta Felipe de Borbón, hijo y heredero del rey Juan Carlos I.

Reinado de visigodos y francos: domuit vascones Para el periodo de la historia de los vascones contemporánea a la formación y consolidación del reino visigodo en Hispania, hay escasas fuentes directas disponibles sobre los acontecimientos y la organización interna de los vascones, y con frecuencia estas resultan contradictorias. Pero consta que algunos de los reyes hispanogodos tuvieron enfrentamientos con los vascones y, en algunas crónicas posteriores a la etapa visigoda, se pueden leer expresiones similares a domuit vascones -dominó a los

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vascones-; no en tanto, realmente en ninguna aparece esa expresión exacta. Algunos historiadores suponen que los vascones nunca fueron sometidos por los visigodos en su pretensión de lograr la unidad territorial de todas las antiguas provincias hispanorromanas. Las reflexiones de otros especialistas recuerdan la actitud amistosa de los vascones en el periodo romano y la ausencia de conflictos relevantes durante el bajo imperio, resaltando

la

dificultad

de

explicar

aquellos

enfrentamientos sin apoyarse en el contexto de la afirmación del poder autónomo en Aquitania y las rivalidades entre francos y visigodos. La dominación visigoda de Pamplona es un tema políticamente polémico. Pues pese a haber sido sede episcopal de la iglesia visigoda, y de haber necrópolis visigodas en Pamplona, existe alguna polémica sobre si existió o no la dominación visigoda sobre la ciudad o, ello fue simplemente convivencia. Los testimonios arqueológicos y documentales han ido recibiendo diversas interpretaciones, y en algunos casos derivadas de la polémica política.

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Pero retrocediendo al año 632, el rey merovingio Dagoberto I encabezó una expedición a Zaragoza en apoyo de Sisenando que se había sublevado frente a la autoridad de Suintila. Pocos años después, Dagoberto reunió un ejército de burgundios con los que intentó ocupar sin éxito toda la “patria de Vasconia” en el 635. Sin embargo, en el 636 Dagoberto obtuvo, tras una nueva campaña militar, el juramento de lealtad de los vascones al servicio de Aighina, duque sajón de Burdeos. Tras la muerte de Dagoberto, el poder merovingio se fue debilitando para dar paso a un periodo de consolidación de un poder autónomo conocido como ducado de Aquitania dentro del reino franco, pero del que se desconocen fuentes de referencia hasta que es citada la concesión a Félix, patricio de Toulouse, del control de todas las ciudades hasta los Pirineos y de los vascones hacia el 672. Para algunos autores, la política de enfrentamiento con el poder franco por parte de Félix, habría sido continuada por su sucesor Lupo, proceso que culminaría en tiempos de Eudes, quien lograría el reconocimiento de regnum para la parte meridional de la antigua Galia.

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Hay teorías que indican que durante los siglos VI y VII, los vascones del norte cruzaron los Pirineos, ocupando Aquitania, en la actual Francia, donde su lengua influyó en el idioma romance que daría lugar al gascón, a la que posteriormente dieron el nombre de Gascuña.

Invasión Musulmana: la formación del Reino de Pamplona Asentados en la península ibérica, durante el invierno del 713, los aguerridos ejércitos musulmanes alcanzaron el valle medio del Ebro, que en ese entonces se encontraba gobernado por el conde hispanovisigodo Casio, quien en lugar de luchar, eligió someterse al califa de Omeya y convertirse al Islam, dando así origen a la estirpe de los Banu Qasi a cambio de mantener su poder en la región. Pamplona, sin embargo, fue finalmente ocupada tras oponer resistencia en el 718, y obligada a pagar tributo a los gobernadores musulmanes que establecieron allí un protectorado. La derrota musulmana en la batalla de Poitiers en 732 frente a los francos de Carlos Martel,

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debilitaron la posición musulmana, pero el valí Uqba recondujo la situación e terminó instalando una guarnición militar en la ciudad entre el 734 y el 741.

La Marca Hispánica de Carlomagno Analizado desde otro ángulo, la “Marca Hispánica” fue la frontera político-militar del Imperio carolingio al sur de los Pirineos, pues tras la conquista musulmana de la Península Ibérica, éste territorio fue dominado mediante guarniciones militares establecidas en lugares estratégicos como Pamplona, Aragón, Ribagorza, Pallars, Urgel, Cerdaña o Rosellón. Ya a fines

del

siglo

VIII, los

carolingios

intervinieron en el noreste peninsular con el apoyo de la población autóctona de las montañas. Como consecuencia, la dominación franca se hizo efectiva entonces más al sur, tras la conquista de Gerona (785) y Barcelona (801). Durante ese periodo, la Marca Hispánica, que era integrada por condados dependientes de los monarcas carolingios, a principios del siglo IX, resulta que los condes francos terminan siendo sustituidos por nobles autóctonos.

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Versión de la Marca Hispánica el año 814 Fue así que el territorio ganado a los musulmanes se configuró como la Marca Hispánica, en contraposición a la Marca Superior andalusí, que iba de Pamplona hasta Barcelona. De todos ellos, los que alcanzaron mayor protagonismo, fueron los de Pamplona, constituida en el primer cuarto del siglo IX en reino; Aragón, constituido en condado independiente en 809; Urgel, importante sede episcopal y condado con dinastía propia desde 815; y por último el condado de Barcelona, que con el tiempo se convirtió en hegemónico sobre sus vecinos, los de Ausona y Gerona.

La Batalla de Roncesvalles Antes de eso, Carlomagno se habría aprovechado de la existencia de una rebelión del gobernador de Zaragoza El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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para intervenir en la Península, atravesando con un ejército franco el territorio vascón y destruyendo las defensas de Pamplona en su avance hacia Zaragoza, donde a su llegada, por causa de un repentino cambio de las alianzas de los sublevados, le obligó a retirarse. El interés de Carlomagno en los asuntos hispánicos le movió a apoyar una rebelión en el Vilayato de la Marca Superior de al-Ándalus de Sulaymán al-Arabi, quien pretendía alzarse a emir de Córdoba con el apoyo de los francos, a cambio de entregar al emperador franco la plaza de Saraqusta. Carlomagno llegó en el año 778 a las puertas de la ciudad, sin embargo Husayn, el valí de Zaragoza, se negó a franquearle la entrada al ejército carolingio. No obstante, debido a la complejidad que supondría mantener un largo asedio a una plaza tan fortificada, y con un ejército tan alejado de su centro logístico, Carlomagno desistió e inició el camino de vuelta a su reino. Tras reducir a ruinas a Pamplona, la capital de los vascones aliados de los Banu Qasi, el 15 de agosto de 778, Carlomagno, con el más poderoso ejército del siglo VIII, se dirigía al norte por el paso de Roncesvalles, entre el collado de Ibañeta y la hondonada de Valcarlos. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Al llegar en ese punto, fueron objeto de una contundente emboscada por partidas de nativos vascones, probablemente instigados por los fieles a los hijos de Sulayman, Aysun y Matruh ben Sulayman al-Arabí, que provocaron un descalabro general a la retaguardia de su ejército, mandada por su sobrino Roldán, a base de lanzarles rocas y dardos. Posteriormente, la “Chanson de Roland”, permitió inmortalizar dicho evento. No en tanto, la independencia de los condados occidentales respecto del rey Carlomagno, se decidió en el fracaso de la toma de Saraqusta.

El Reino de Pamplona Al menos hasta el año 1130, los reyes de esta región se denominaban Pampilonensium rex. Incluso, Sancho VI de Navarra, llega a utilizar esa denominación en el año 1150, cuando normalmente empleaba la de rex Nauarre. El Reino de Pamplona es la denominación empleada por algunos historiadores, de acuerdo a los Anales de los Reyes Francos, para referirse a lo que fue durante la Alta Edad Media, la entidad política surgida en torno a la civitas de Pompaelo, la que había sido la principal ciudad en territorio de los vascones durante la época de la El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Antigua Roma situada en la región de los Pirineos occidentales, y al liderazgo de la figura de Íñigo Arista quien fundó la dinastía real y la entidad en el 824, contando con el apoyo de sus aliados de la familia de los Banu Qasi, señores de Tudela, y del obispado de Pamplona. Sin embargo, no existe un consenso entre los especialistas para discernir el número preciso de monarcas y la duración de sus mandatos, como tampoco sobre la extensión de su territorio e influencia. No obstante, la dinastía de los Íñiguez terminó con Fortún Garcés, quien, según la tradición, se le conoció como Fortún el Monje, pero éste abdicó y se retiró al monasterio de Leire, siendo sustituida por la progenie de los Jiménez en el 905, que comenzó con Sancho Garcés I (905-925), y cuyo reino quedó conocido como Reino de Pamplona o Navarra. Pamplona fue considerada durante mucho tiempo la ciudad más importante y rica en territorio cristiano, y los numerosos intentos por hacer de ella su capital, fueron realizados por pequeños grupos montañeses de cristianos, y más tarde por los habitantes de los territorios cercanos. Además de contar con una población numerosa y estable El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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por encontrarse en el valle rico y fértil del río Arga, era también un lugar de reunión e intercambio entre las rutas del mundo islámico al sur, y de la Europa cristiana al norte, por los pasos pirenaicos vascos y los puertos costeros del Mar Cantábrico y las rutas de este a oeste que seguían también los peregrinos cristianos del Camino de Santiago hacia el reino de León, que atravesaba los condados francos del Imperio carolingio en las actuales Navarra, Aragón y Cataluña desde la costa mediterránea condal, y más allá, a través de los puertos mediterráneos. Su neutralidad y buenas relaciones con los belicosos vecinos, les da fama de prosperidad y riqueza, comercio e intercambio

de

artesanías

en

cuero,

instrumentos

musicales, libros y armas, materias primas como el marfil, piedras preciosas, paños, aceite, seda, lana, oro, especias... que llegó hasta los vikingos. Sin embargo, la constante amenaza que sobre las tierras vasconas se ejercía desde ambas vertientes de los Pirineos, terminó por favorecer el surgimiento de dos facciones líderes entre la aristocracia vascona: los Íñigo apoyados en los musulmanes por parentesco con los Banu Qasi, y la de los Velasco apoyados por los francos carolingios. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Cuando en el 799 el gobernador de Pamplona, Mutarrif

Ibn

Musa

es

asesinado

por

partidarios

carolingios, los Iñigo recurrieron a la familia Banu Qasi para retomar el control de la ciudad. Sin embargo, en el año 812, el emir Al Hakam I y Ludovico Pío, acordaron una tregua por la que los carolingios tomaban el control de Pamplona, delegando el gobierno en Velasco al Gasalqí. Al término de la tregua, Al Hakam retomó las hostilidades con los francos y logró recuperar Pamplona en el 816, a cuyo control los francos renunciaron en adelante. Íñigo Arista, sería designado entonces primer rey de Pamplona hasta el 851. La primera dinastía navarra (los Arista) será reemplazada tras tres reinados, y en un episodio todavía misterioso por la dinastía Jimena, que ampliaría el solar del reino con la incorporación de las tierras riojanas y la Zona Media navarra, bajo la cual Navarra alcanzará la mayor extensión territorial a costa del Islam y de los señoríos cristianos vecinos. Por otro lado, la costa mediterránea, cuajada desde lo antiguo por torres de vigía contra la piratería berberisca, al grito de “Moros en la Costa” ve en el 858 a los normandos que suben por el Ebro desde Tortosa, lo El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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remontan hasta el reino de Navarra, dejando atrás las inexpugnables ciudades de Zaragoza y Tudela. Suben luego por su afluente, el río Aragón hasta encontrarse con el río Arga, el cual también remontan, llegan hasta Pamplona y la saquean, raptando al rey navarro. En el 859 los vikingos también llegan a Pamplona y secuestran al nuevo rey García I Iñíguez. Sólo tras pagar un costoso rescate, el rey logra volver a Pamplona, pero a partir de entonces la vieja alianza entre los Arista y los Banu Qasi se ha roto y García I será aliado del reino de Asturias. Sin embargo, debido a los problemas internos de los cordobeses, sumado al cambio de actitud de los navarros, el único enemigo de Ordoño I, pasa a ser el caudillo de los Banu Qasí, Musà ben Musà, quien se titulaba tercer rey de España. Y en una continua rebelión contra Córdoba, trata de asegurar el valle del Ebro a su paso por la Rioja. Musa II, en el 855 se prepara para realizar una dura razzia contra Álava, y contra al-Qilá (Castilla), y tras ella se preocupa de restaurar y fortalecer la guarnición militar de Albelda. Viendo la amenaza que esta fortaleza supone sobre los dominios orientales del reino asturiano, Ordoño I y los navarros, lanzan una ofensiva contra Albelda. Pero El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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tras una dura lucha, Ordoño toma la fortaleza y la arrasa. Esta batalla dará lugar en el siglo XII a la legendaria batalla de Clavijo, que por muchos es considerada sólo una leyenda forjada por el arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada. Debido a su eterna beligerancia, Musa II seguiría peleando contra navarros y cordobeses hasta el día de su muerte en el año de 862. Mientras tanto, su hijo Lupp o Lope ben Musà, gobernador de Toledo, se declarará vasallo de Ordoño I. Por tal motivo, la navarra de origen vascón, Subh, Subh umm Walad, madre del tercer Califa de Córdoba, Hixem II, se convierte en una de las mujeres más influyentes de la época islámica. Se dice que nació probablemente en la década de 940 y murió hacia 999.

El Navarroaragonés El navarroaragonés, es una lengua romance surgida en un periodo anterior al castellano, y ya era hablada en el valle del Ebro durante la Edad Media, todavía con reductos actuales en el Pirineo aragonés, conocidos como aragonés y préstamos en el castellano de La Rioja, Ribera de Navarra y Aragón, con diferentes gradaciones.

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Tiene su origen en el dialecto latino durante el Reino de Pamplona, y sobre un acusado sustrato vascón. La lengua recibe, en su período medieval, la denominación entre los lingüistas de “navarroaragonés”, por la inicial dependencia aragonesa del Reino de Navarra. Durante la llamada época de la “Reconquista”, o expansión del Reino de Navarra sobre tierras musulmanas y cristianas, con la consiguiente repoblación con cristianos originarios del Reino de Navarra, el movimiento se llevaría consigo el idioma por todo el territorio conquistado. Por eso, se afirma que la anexión por el Reino de Navarra de los condados aragoneses, supuso ser una importante influencia de la lengua navarroaragonesa sobre los territorios posteriores de la Corona de Aragón y en el castellano. La primera constancia que se tiene noticia sobre la escrita de esta lengua, está en las Glosas Emilianenses, en el Monasterio de San Millán de la Cogolla.

La Expansión de Sancho III el Mayor El apogeo del territorio se producirá con Sancho III el Mayor., quien ascendió al trono entre el año 1000 y el El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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1004, heredando el reino de Navarra y el condado de Aragón, bajo la tutoría de un consejo de regencia integrado por los obispos y su madre, e incorporando extensos territorios a sus dominios, como el condado de Castilla, además del solar tradicional del reino (Pamplona y Nájera). La unión dinástica con Aragón, se dio en dos periodos: del año 1000 al 1035 y del año 1076 al 1134. Fue bajo su mandato que el reino cristiano de Nájera-Pamplona alcanza su mayor extensión territorial, abarcando casi todo el tercio norte peninsular, desde Astorga hasta Ribagorza en la reorganización del reino. Se cree que creó el vizcondado de Labort, entre 1021 y 1023, con residencia del vizconde en Bayona y el de Baztán hacia 1025. A la muerte del duque Sancho Guillermo, duque de Gascuña, el día 4 de octubre de 1032, trató de extender de inmediato su autoridad sobre la antigua Vasconia ultrapirenaica comprendida entre el Pirineo y el Garona, aunque no lo consiguió, al heredar el ducado Eudes. Por el norte, la frontera del reino pamplonés está clara, los Pirineos, -caso de haberse extendido la autoridad de los reyes navarros hasta Baztán, lo que es lo más

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probable, pero que no se confirmó hasta el 1066-, y no se modificó. También no es cierto, pese a todas las veces que se ha dicho, que Sancho III lograra el dominio de Gascuña, la única Vasconia de entonces, es decir, el territorio entre los Pirineos y el Garona, en que la población que podemos considerar vasca por su lengua, sólo era una minoría. El rey navarro únicamente pretendió suceder en 1032, al duque de Gascuña, Sancho Guillermo, muerto sin descendencia, lo que bastó para que algunos documentos lo citen reinando en Gascuña. Pero la verdad, es que la herencia recayó en Eudes. En aquel período, se dice que mantenía su residencia en Nájera, extendiendo sus relaciones más allá de los Pirineos, con el ducado de Gascuña, y aceptando las nuevas corrientes políticas, religiosas e intelectuales.

El Reino de Pamplona a la muerte de Sancho III el Mayor (1035) El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Su reinado coincidió con la crisis del mundo califal, iniciado a la muerte de Almanzor y terminado con el principio del Reino de Taifas. Con su ímpetu, pretendió la unificación de los estados cristianos, bien por vínculos de vasallaje o bajo su propio mando. En el transcurrir del año 1016, fijó las fronteras entre Navarra y el Condado de Castilla, e inició un período de relaciones cordiales entre ambos Estados, facilitadas por causa de su matrimonio con Munia, también conocida como Muniadona, hija del conde castellano Sancho García. De este matrimonio nacieron Fernando (Fernando I de Castilla), Gonzalo (Conde de Sobrarbe y Ribagorza), y las hijas Mayor y Jimena, reina de León al casarse con Bermudo III. Ni corto ni perezoso, aprovechó las dificultades internas que existían en Sobrarbe-Ribagorza, para hacer valer sus intereses como descendiente de Dadildis del Pallars y apoderarse también de ese condado (1016-1019). Fue, inclusive, encargado de la tutela del conde García de Castilla. Momento en que Alfonso V, de León, aprovechó la situación para apoderarse de las tierras altas situadas entre el río Cea y el Pisuerga. Pero Sancho III se

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opuso a la expansión leonesa, y pactó el matrimonio entre García de Castilla y Sancha de León. A la muerte de Sancho III el Mayor, le hereda su primogénito con obligación del resto de hermanos de rendirle vasallaje, pero éstos no respetan la voluntad testamentaria del monarca, y finalmente se divide el reino entre sus hijos, naciendo así los reinos de Aragón, Castilla y Navarra. Durante el reinado de García Sánchez III (1035 1054), quien era apodado “el de Nájera”, y de su hijo Sancho Garcés, Navarra finalmente se separa de los reinos vecinos. En 1076, tras el asesinato de Sancho IV, el de Peñalén (arrojado a un precipicio en Funes), Navarra y Aragón siguen nuevamente juntos bajo el reinado de Pedro I, y luego el de su hermano, el rey emperador Alfonso, siendo en este período cuando se consuma la toma de Tudela y su distrito. Tras la muerte sin descendencia de Alfonso I el Batallador (1134), le sucede García Ramírez de Navarra. No en tanto, ni aragoneses ni navarros respetaron el testamento de su rey emperador Alfonso, que dejaba los reinos a la orden del Temple y a otras órdenes militares, y El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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es cuando cada reino escoge un rey diferente, separándose las coronas de Navarra y Aragón después de 50 años.

La Progresiva Decadencia Territorial del Reino Al separarse de Aragón, Navarra se convierte en un reino sin posibilidad de expansión, al no tener ya frontera con los territorios musulmanes y por encontrarse encajonado entre los ahora mucho más poderosos territorios de Castilla y Aragón. Territorialmente, sobre ese auspicio, el reino de Navarra fue paulatinamente reduciéndose,

aunque

culturalmente

continúa

su

expansión. Así, bajo el Laudo arbitral del Rey Enrique II de Inglaterra de 16 de marzo de 1177, realizado entre los Reyes Alfonso VIII, por parte de la corona de Castilla, y de Sancho VI el Sabio, por parte del Reino de Navarra, quedó dictaminado sobre lo relativo a la pertenencia territorial y sus límites fronterizos, emitido en definitivo tras aceptar ambos reyes un Pacto-Convenio el día 25 de agosto de 1176, en el que aceptaban el arbitrio del rey inglés, y que se respetaría una tregua de siete años.

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Dicho laudo dispuso la entrega a Castilla de ciertos territorios, principalmente de La Rioja, recibiendo Navarra en contraprestación entre otros, los territorios de Álava, Guipúzcoa y el Duranguesado (Vizcaya), además de una compensación económica. Lo cierto es que ninguna de las partes cumplió el dictamen, aunque posteriormente ambas partes acordaron decidir acatar únicamente lo relativo a la situación de los territorios de la actual comunidad de La Rioja, que dejó ya de pertenecer al Reino de Navarra desde esa fecha. Sin embargo, existen varias interpretaciones de dicho laudo.

El Reino de Navarra Sancho VI el Sabio (1154-1194)

Sin embargo lo que vemos, es que el expansionismo castellano y aragonés fue lo que hizo menguar el territorio El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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navarro. La determinación de repartírselo, consta en varios tratados realizados por dichos reinos en el siglo XII. Los reyes de estos dos reinos firmaron el “Tratado de Cazola” en marzo de 1179 o el de 1198, para repartirse el reino de Navarra, teniendo como nueva frontera entre ambos reinos el río Arga, que cruza Navarra de norte a sur.

La Pérdida de Álava, Guipúzcoa y el Duranguesado Así, ya encaminados hacia el año 1200, y a pesar de una labor repobladora navarra en la zona, lo que dio como fruto, entre otros, la fundación de Vitoria y San Sebastián, dos de las tres capitales de la actual comunidad autónoma del País Vasco, Castilla, ahora apoyada en la baja nobleza, también consigue el apoyo de facciones locales en el Duranguesado, y en Álava, después de haber sitiado Vitoria durante nueve meses. Tras la superioridad militar demostrada por el ejército castellano mandado por el Señor de Vizcaya en Vitoria, y ante la entrada de las tropas castellanas en su territorio, finalmente Guipúzcoa se incorpora a Castilla mediante negociación.

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Los parientes mayores de Guipúzcoa, que ya estaban divididos en dos bandos irreconciliables, mantuvieron sus firmes posiciones: los oñacinos, apoyaban la agregación a Castilla, mientras que los gamboínos, defendían la continuación de la unión con Navarra. A su vez, estos bandos disfrutaban del apoyo de las facciones navarras, lo que hacía que los beamonteses apoyasen a los oñacinos y los agramonteses a los gamboínos.

La Reorganización Interna El arduo trabajo de los monarcas del siglo XIII, tras la conquista parcial de Navarra, se basará prácticamente en la reconstrucción y reorganización interior del reino, y en lograr hacer frente a las perpetuas apetencias de repartos de territorios entre sus vecinos. Pese a todo, los habitantes participarán en aguerridas empresas como lo fue la batalla de las Navas de Tolosa (1212), en la que se destacó el monarca navarro Sancho VII el Fuerte, y en donde, según la leyenda, consiguió las cadenas y la esmeralda que conformaron desde entonces el símbolo de la dinastía de Navarra, y de ese día en adelante

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utilizados en sustitución de su emblema personal llamado Arrano beltza (águila negra). No en tanto, la muerte sin descendencia de Sancho VII el Fuerte, a pesar de este haber dejado un pacto de prohijamiento con Jaime de Aragón, se supone la entronización en Navarra durante casi dos siglos de dinastías francesas -la de Champaña, la Capeta y la de Evreux-, que también dispondrán de territorios en Francia y descuidarán en diverso grado el gobierno del pequeño reino.

Las Guerra de Navarrería y Civil A esa altura de los acontecimientos, la ciudad de Pamplona ya se encontraba dividida entre burgos independientes y enfrentados (Navarrería y San Miguel frente a los burgos de San Cernin y San Nicolás), aliados con otros Estados, siendo, por ejemplo, arrasado el barrio de la Navarrería por tropas francesas en 1276, y extendiéndose

la

confrontación

por

toda

Navarra,

venciendo éstos a los aliados castellanos e implantando el acercamiento de Navarra a Francia. Pero tras la instauración de la Casa de Trastámara en Aragón a mediados del siglo XV, la crisis sociopolítica del El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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reino fue paulatinamente polarizando a las fuerzas vivas de Navarra en torno a dos bandos: los beamonteses y los agramonteses. Éste pasa a ser un complejo conflicto con posiciones y actitudes cambiantes, que aparentemente tiene un fondo de apremio entre las facciones nobiliarias, pero que parece también

evidenciar

algún

tipo

de

enfrentamiento

socioeconómico montaña-ribera, según citan algunos autores. De todas formas, ambas facciones tenían su distribución

esparcida

por

toda

Navarra.

Este

enfrentamiento es lo que los llevaría a una guerra civil en 1441, cuando Juan II de Aragón (rey consorte de Navarra), se quedó para sí el trono, en vez cederlo a su hijo Carlos, Príncipe de Viana, al que de facto le correspondía. Carlos había sido designado heredero del reino por el testamento de su madre la reina Blanca, aun prescribiendo en dicho documento, que él no tomaría posesión del reino sin el beneplácito de su padre Juan II. En 1452 el príncipe fue apresado en la batalla de Aibar. Sin embargo, la guerra civil persistió tras la muerte de Carlos, Príncipe de Viana en 1461 y a la de Juan II en 1479. Los beamonteses tenían el apoyo de los castellanos, El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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mientras que los agramonteses tuvieron primero como aliados a los aragoneses (por ser Juan II rey de Aragón) y luego a los franceses. Demográficamente el Reino de Navarra había alcanzado mínimos límites entre los años 1450 y 1465, coincidiendo con los episodios más agudos del conflicto civil

(que no fue sangriento

de forma

directa);

adicionándose la pérdida de su población debido a los sabotajes, y a lo que se debe sumar la epidemia de peste entre los años 1504 y 1507, pero fue recuperando mayores cotas poblacionales a partir de 1530 una vez realizada y asentada la conquista de Navarra por parte de Castilla y Aragón.

La conquista castellano-aragonesa (1512) A finales del siglo XV, el rey de Aragón Fernando el Católico realizaba continuas injerencias en la guerra civil de Navarra en apoyo a los Beaumonteses, y que en algunos periodos había supuesto una auténtica ocupación militar. A principios del siglo XVI los baumonteses habían perdido la guerra civil y su líder había huido al exilio castellano, donde falleció. Desde allí, su descendiente El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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apoyó al rey aragonés en su ya decidida invasión del reino de Navarra. Esto hizo que en 1512 el rey de Navarra se viera obligado a firmar el Tratado de Blois, por el cual conseguía apoyo del reino de Francia ante una posible agresión. Esto fue considerado por Castilla y Aragón como una beligerancia, ya que Francisco I de Francia estaba enfrentado al castellano-aragonés y además era declarado un monarca cismático en el V Concilio de Letrán por el papa Julio II. Fernando el Católico, que era hermanastro del fallecido Carlos, Príncipe de Viana (hijo de Juan II y su segundo matrimonio con Juana Enríquez), inició la invasión el 10 de julio de aquel año con la toma de Goizueta, aunque no se publicitó hasta ocho días antes de la firma del Tratado de Blois. El grueso del ejército de más de 16.000 hombres bien pertrechados y experimentados entró en Navarra desde Álava el día 22 de julio, al mando de Fadrique Álvarez de Toledo, segundo duque de Alba con apoyo del líder beaumontés conde de Lerín (Condestable de Navarra) y sus hombres. El poderoso ejército se asentó a las afueras de Pamplona (concretamente en el palacio de Arazuri, dominado por el bando beamontés), entonces una ciudad El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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de entre 6.000 y 10.000 almas y mal fortificada, firmó la rendición 25 de julio. El archivo de Simancas contiene documentos relativos a esta época. En otros lugares de Navarra, la resistencia fue mayor: Lumbier lo hizo hasta el 10 de agosto, Estella hasta el 12 de agosto, Viana hasta el 15 de agosto, Roncal hasta el 9 de septiembre, al igual que Tudela, que fue el mayor bastión agramontés, donde para tomarlo tuvieron que venir fuerzas de Aragón. Los reyes navarros Juan y Catalina se refugiaron en sus dominios del Bearn desde donde organizaron la resistencia. La conquista de la Alta Navarra no finalizó aquí, ya que Catalina de Foix y Juan III de Albret, y posteriormente el rey Enrique II, apoyados por los monarcas franceses, hicieron hasta tres intentos militares de recobrar el reino. El primero lo realizaron ese mismo año, en noviembre, cuando un ejército de navarros agramonteses, franceses y mercenarios se adentraron en el reino con 15.000 hombres al mando de Juan de Albret y el general La Palice. Varias ciudades del interior se alzaron, como Estella, Cábrega, Villamayor de Monjardín y Tafalla, llegando a sitiar Pamplona del 3 al 30 de noviembre. Ante El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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la llegada de refuerzos castellanos por el Perdón, se realizó un asalto precipitado a Pamplona el 27 de noviembre, que fracasó. Debido a la proximidad del invierno, las tropas franco-navarras iniciaron la retirada hacia el Baztán. Pero en el puerto de Velate, la retaguardia fue sorprendida por fuerzas

castellanas,

en

las

que

predominaban

guipuzcoanos oñacinos, al mando de López de Ayala, la que ha sido denominada batalla de Velate con la derrota y pérdida de doce piezas de artillería, y aun se discute si también se produjo la pérdida de más de mil hombres de los franco-navarros. La segunda tuvo lugar en 1516, aprovechando la muerte del rey Fernando el Católico y la complicada sucesión castellana. Pero el ejército, al mando del mariscal Pedro de Navarra, mal pertrechado y equipado, fue derrotado en el Roncal por el coronel Fernando de Villalba. El mariscal fue hecho prisionero y moriría asesinado en el castillo de Simancas en 1522. Para evitar posteriores problemas, el cardenal Cisneros, regente de Castilla, ordenó la demolición de todas las fortalezas, exceptuando las estratégicas y las pertenecientes a los aliados beamonteses. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Sin éxito por la vía militar, se intentó la diplomática. Así tuvieron lugar dos encuentros entre las partes, en Noyón (1516) y Montpellier (1519), que no arrojaron ningún éxito, por lo que los reyes navarros, apoyados por Francia, realizaron un último intento bélico. En

1521,

aprovechando

la

Guerra

de

las

Comunidades que asolaba Castilla, y el reinando de Enrique II, que contaba con el apoyo incondicional de su cuñado Francisco I de Francia, deseoso de debilitar a toda costa a Carlos I, tuvo lugar un alzamiento generalizado en toda Navarra, incluyendo las ciudades beamontesas, al tiempo que un ejército navarro-gascón que vino por el norte, consiguió reconquistar toda Navarra. Sin embargo, el ataque se había demorado demasiado, no produciéndose hasta mayo, cuando en abril los comuneros habían sido aplastados por las tropas reales. Además, en vez de consolidar la victoria, el ejército navarro-gascón quiso entrar en Logroño sitiándolo, lo que hizo que el ejército castellano se reorganizara con tres cuerpos de ejército. El diez de junio las tropas comenzaron a retirarse por la presión de las tropas castellanas en un número que triplicaba a las navarras. Hubo algún enfrentamiento en Puente la Reina, y tras cometer varios El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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errores estratégicos, finalmente se enfrentaron en una cruenta batalla de Noáin (30 de junio de 1521), a las afueras de Pamplona, donde no menos de 5.000 combatientes perdieron la vida. Tras esta derrota, los restos del ejército franconavarro se dispersaron, aunque hacia octubre algunos combatientes se hicieron fuertes en el castillo de Maya (valle de Baztán), donde resistieron hasta el 19 de julio de 1522 y en la fortaleza de Fuenterrabía, que resistió hasta marzo de 1524. En diciembre de 1523, Carlos I decretó un perdón para los sublevados, excluyendo de él a unos setenta miembros de la nobleza navarra. Pero para conseguir la caída de Fuenterrabía, el emperador decretó un nuevo perdón, incluyendo a los excluidos del anterior, a condición de que se le prestase juramento de fidelidad. Así terminaron los intentos tanto por recobrar la independencia de la Alta Navarra. Sin embargo, la inestabilidad de la ocupación en la Baja Navarra hizo que el rey Carlos I renunciara definitivamente a ella, retirándose definitivamente para 1530, donde el rey de Navarra Enrique II, mantuvo la independencia del reino. A pesar de los diversos intentos de reconquista, Fernando el Católico había seguido trabajando para El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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consolidar la incorporación institucional de Navarra a sus dominios. En 1513, las Cortes de Navarra, convocadas en Pamplona por el virrey castellano y sólo con la asistencia de beamonteses, nombraron a Fernando el Católico rey de Navarra. El 7 de julio de 1515 las Cortes de Castilla en Burgos, sin ningún navarro presente, anexionan el Reino de Navarra al de Castilla. El nuevo rey se comprometió a respetar los fueros del reino. Los reyes posteriores continuaron jurando las leyes propias navarras. Sin embargo, a partir del siglo XVIII, los fueros comenzarán a ser definitivamente atacados hasta ser abolidos en el siglo XIX. Como justificación ideológica adicional, aparte del tratado de Blois (que fue la excusa que consideró a Navarra en un estado enemigo), Fernando el Católico tuvo a su favor el hecho de que el papa Julio II excomulgara a los reyes de Navarra y les desposeyera del reino alegando connivencias de la casa real navarra con el protestantismo que ya se estaba extendiendo por el sur de Francia, y su alianza con el monarca francés, declarado cismático. En 1516, el cardenal Cisneros ordena eliminar todos los

signos

defensivos

de

Navarra,

debido

a

la

imposibilidad de defender con el ejército castellano todos El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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los castillos. Navarra llegó a tener más de un centenar de castillos en todo lo que fue el territorio del Reino de Navarra. Muy pocos han quedado en pie, y estos sólo parcialmente, desmochados. Tras una irregular ocupación de la Baja Navarra, incluida San Juan de Pie de Puerto por parte de las tropas del emperador Carlos V, en 1528, éste decide abandonar el territorio por su difícil defensa. En esta parte del reino de Navarra continuó la dinastía Albret-Foix que entroncaría con la de Borbón, quienes llegarían a reinar en Francia; y aunque sus dominios en el Bearne eran mayores que los de Navarra, estos territorios navarros les conferían la dignidad real, y muy celosamente sus sucesores la conservaron separada, aún después de acceder al trono de Francia y llevaren la titulación de reyes de Francia y Navarra. Luis XIII aceptó una reconciliación de los Fort et costumas deu Royaume de Navarra deça ports en 1611, pero cuidando de que no se incluyeran capítulos de derecho público. En 1620 se publicó el edicto de incorporación del Reino de Navarra junto a los territorios del Bearne, Andorra y Donnezan a la Corona de Francia, conservando a sus habitantes en sus fueros, franquezas, El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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libertades y derechos; en 1789, con la Revolución francesa, se produjo la abolición de todos los privilegios de todos los territorios de la monarquía en un derecho común, suprimiéndose el título de reyes de Francia y Navarra en 1789, a pesar de la oposición de Navarra. En 1790, La Asamblea Nacional decretó la creación del departamento de Bajos Pirineos (actualmente Pirineos Atlánticos) en el que entraron el Bearne, la Baja Navarra y otras tierras próximas. Desde ese momento, la actual Navarra peninsular quedará integrada en la Monarquía Hispánica, no presentando inestabilidad de calado y permaneciendo con la corona castellana cuando hacia 1640 el sistema territorial de la monarquía de los Austrias entra en crisis con la separación de Portugal y la revuelta de Cataluña. Pese a todo, y de manera paulatina, conforme la rivalidad franco-española se traslade a otros ámbitos, Navarra se convertirá en un reino olvidado y cada vez más marginado de los focos de poder político y económico. La dinastía Habsburgo es quien establecerá en Pamplona la figura de un virrey, permaneciendo con gran actividad las cortes del reino.

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Durante la Guerra de Sucesión Española, Navarra (a pesar del fiero sentimiento antifránces del pueblo) se posicionará a favor del duque de Anjou (futuro Felipe V) en lugar de por el archiduque Carlos de Austria (como lo hicieron los reinos de la Corona de Aragón). Es por ello, por lo que tanto Tudela como Sangüesa fueron ocupadas por las tropas austracistas. A la finalización del conflicto, Navarra, al igual que las provincias vascas, conservaron sus fueros frente a los reinos de la Corona de Aragón, declarados traidores por Felipe V y despojados de sus prerrogativas forales por los Decretos de Nueva Planta. Lógicamente, la nueva dinastía reinante se mostró mucho más centralista y menos pactista que la de Habsburgo y, en diversas ocasiones, el régimen foral fue puesto en entredicho desde el gobierno de la monarquía.

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La Primera Parte del Viaje

La Partida Tras el Embarque Todo les había salido a pedir de boca. Ahora sólo les faltaba amontonar los escasos bártulos y colocarlos en los baúles, y entonces juntar fuerzas para aventurarse en la realización de un sueño. Se sentían felices, al fin de cuentas, cavilaban que a lo sumo en un par de días dejarían para atrás aquellas tierras ingratas. Claro que después de todo, tuvieron suerte, pues de las 50 familias que habían sido escogidas para poblar la nueva ciudad llamada de Montevideo, al sur de las Indias, en ese primer viaje sólo hubo lugar para 13 de ellas y, la de Felipe Pérez de Sousa, gracias a la presta intervención Dios y de don Diego Tomás de Ortega junto a unos bien acuñados ducados que Felipe le colocó en la bolsa, los ubicaba entre los pocos escogidos. Finalmente sonó el cañonazo de la nave que daba el aviso de la pronta partida. El tiro había rechinado en el aire, proveniente del puerto, de madrugada, por lo que El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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había sacado a todos del sueño a sobresalto, pero no a Domingo, a quien se pudo ver desde muchas horas antes apoyado en el alféizar de la ventana del albergue, alerta y avizor como si no se hubiese echado en su catre hasta el momento del disparo. Quizás en su mente revoloteaban ilusiones a construir en otras tierras. Durante las siguientes horas de la madrugada del día 21 de agosto de 1726, las familias, cada una por si, se echaron a andar en silencio por las calles empedradas, rumbo al muelle, con sus mentes confusas, excitantes, hasta podría decirse enigmáticas por causa del instante que se les avecinaba. La familia de Felipe pronto se unió en la calleja a los muchos hombres, mujeres, jóvenes y niños que, al igual que ellos, tuvieron que abandonar sus lechos con premura, temerosos de embarcar con retraso, y exaltados por la inmediatez del viaje. Las negras gasas de la noche se rasgaban con las muchas antorchas y de los faroles que portaban unos e otros, como si las calles que desembocaban en el muelle albergaran un enjambre de luciérnagas. A esa hora la ciudad despertaba de sus tinieblas y los aturdidos gallos del alba iniciaron pronto

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sus cantos fuera de hora, al verse engañados por la claridad proveniente de las luminarias del gentío. Todos caminaban entre las brumas de la noche con la fresca brisa marítima golpeándoles el rostro. Más de una docena de mulas comandadas por serviles pajes que trabajaban en el puerto, cargaban con los pocos utensilios y enceres que todos llevarían consigo para la tierra prometida. Felipe y su familia se habría paso entre figuras mudas, pues ninguna voz se alzaba sobre el ruido de las pisadas, o del barullo de los cascos y el entrechocar de bártulos. Las pocas palabras que se cruzaban eran las imprescindibles para ordenar semejante riada humana, y aun estas se decían en murmullo. Una misma gravedad parecía pesar sobre todos los rostros y ahogar las voces, cual si la inquietud y la preocupación se hubieran hecho materia y envolvieran sus cabezas como un tupido e invisible manto, ya que ningún hombre sensato jamás se hace a la mar sin encomendar antes su alma a Dios, y sin que su corazón caiga en la opresión de la incertidumbre. Sin embargo, lo único que se escuchaba de vez en cuando, era el gimoteaba a desgano de algún niño en brazos. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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-¿Que os sucede? -le preguntó la madre a su pequeña María del Cristo, que en esos momentos retardaba sus pasos como si se negase a querer embarcar en aquel navío enorme, asustador, monstruoso para la mente de una niña. -¡Nada madre!, sólo un poco de miedo -dijo con voz somnolienta. -Veo que os gusta los misterios, no creáis que no lo entiendo… Yo también los tengo, hija mía -reveló su madre, apretándole un poco más la mano para trasmitirle a la niña todo su cariño y afecto. -Andaos, que no estamos a buen tiempo -insistió Felipe, mirando a sus hijas mayores, que venían un poco rezagas. En aquel momento todos andaban en una caminata solemne, pero tampoco se sabe cuáles oraciones llevarían en esos momentos en mente, quienes con ellos emprendían aquella madrugadora viaje, ni cuál de ellas resonaría en la cabeza de muchos, si es que conocían oración alguna, aunque todo indicaba que eran gentes piadosas. No en tanto, doña María Gerónima, dentro de la congoja que cargaba en su corazón, iba murmurando un estribillo temeroso de una antigua tonada española que,

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una y otra vez, le venía a los labios sin que mediara en ello la voluntad: “Y cuando el infierno se lleve a los que mal obraron, dile lo que sentiste cuando el sepulcro guardaron. Madre de Dios, ruega por nosotros a tu Hijo en esta hora”. El comportamiento piadoso tenía su razón de ser, y no en vano, es que se comenta entre la marinería una frase muy significativa: “si quieres aprender a orar, entrad en la mar”. Muy pronto don Felipe Pérez estaba de pie en la pasarela, cuando un paje le hizo entrega, en nombre del escribano, de las boletas que autorizaban el embarque de toda su familia, y fue con ellas en manos que subieron a bordo, donde todo era ya el ajetreado faenar de los preparativos de la partida. La nao “Nuestra Señora de la Encina” -alias “La Bretaña”-, partió el día 21 del mes de agosto bien entrada la mañana, pues el amanecer veraniego había sido brumoso y los jirones de neblina que se engancharon misteriosamente en los mástiles de los navíos, sólo

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empezaron a levantarse bajo el tibio roce de los rayos del sol. Después de concluidos todos os trámites, cuando finalmente la nave zarpó a media mañana tras un retraso de cinco horas, desde la orilla se la veía navegar plácidamente hacia el oeste, alejándose lentamente de la isla mientras soplaba una suave brisa bajo un cielo despejado, quedándose algunos nubarrones asidos a la costa tinerfeña. Como esa mañana el tiempo estaba bueno y soleado, desde la nao muy lentamente se perdía de vista el tope de la montaña Cabeza de Toro, como si ello fuese una visión inolvidable levantándose sobre un verdor montañoso y su escarpada cumbre. Desde Canarias debían adentrarse en el Mar de las Damas, llamado así por los marineros porque se decía que las mujeres podían gobernar allí las embarcaciones, pues los vientos alisios soplaban de popa muy favorablemente.

Los Primeros Días de Navegación Superada la escala en las Canarias comenzaba el largo recorrido. Como había víveres abundantes, si no ocurriese ninguna desgracia, los barcos seguirían su ruta El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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en derechura. Marineros, grumetes y pajes cuidaban de la navegación y del mantenimiento del buque. La “gente de tierra” ya se preparaba para soportar un aburrido hacinamiento. A primera vista, “La Bretaña” parecía un navío joven. Era robusto y bien trabado, como suelen ser todos los galeones españoles. Su casco estaba bien cuidado y sus aparejos no presentaban signos de herrumbre ni desgaste, lo que hacía pensar en la poca vida marinera que había de guardar su velamen. Los inexpertos pasajeros luego fueron descubriendo otras particularidades de la nave, y notar que por la popa se levantaba un doble castillo, guarnecido con dos cañones por banda, sobre el que colgaba el estandarte del capitán, don Bernardo de Zamorategui, y a proa se alzaba un alcázar hermosamente labrado, pero sin dotación artillera. Otras piezas de artillería estaban sobre cubierta junto al alcázar y otros dos cañones a popa, de los llamados guardatimones, que flanqueaban al varón del timón. También había algunas otras piezas más colocadas estratégicamente en el navío. Con relación al alojamiento de todos los que embarcaron, hay que considerar que en la nao también El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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viajaban oficiales, soldados, y algunos misioneros de la Compañía de los Franciscanos y Jesuitas, y estos se alojaron en los amplios compartimientos de la cubierta inferior, donde también se amontonaban todas las pertenencias, de manera que

a cada hombre le

correspondía un espacio muy reducido. Las mujeres y los niños fueron alojados en el entrepuente, albergados en pequeñas cabinas sin conforto. A medida que llegaban a bordo, luego eran conducidas por una escala de madera que se hundía en el entablado del puente, cerca del palo mayor. Al bajar, en el vientre de la nave estaba oscuro cual tripa de ballena y tan sólo cabía guiarse por la mortecina luz de los farolitos que de tanto en tanto arrancaban de las sombras los perfiles de las cosas. Sin embargo, daba para notar que los diestros marineros se movían en ese interior cual murciélagos en la noche, ágiles y veloces, como si formaran parte del mismísimo casco del barco. Aquella era una facultad que nacía en ellos más de la necesidad que de la costumbre, pues en las noches de tormenta estos sólo podrían confiar su vida a la capacidad de moverse en la más completa oscuridad por el vientre de la nave, si es que se la sabían de memoria. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Las acomodaciones de las mujeres y niños eran cuartuchos infectos donde apenas cabían de tres a cuatro personas tumbadas en jergones licenciados de sudores, con un taburete y un tonel que hacía las veces de mesa y sobre el que descansaba un farolillo de aceite. El calor allí era asfixiante y la humedad hacía que las prendas se les pegaran al cuerpo como una segunda piel. Flotaba en los ambientes un olor agrio a podrido y a orines, a chinches y piel curtida. Sin duda, muchas murmuraron que aquello era un pestilente sepulcro de aliento infernal, que les prometía interminables noches de pesadilla durante el viaje. Durante las horas en que se retrasó la partida, para los niños, que eran muchos, existía por primera vez el fisgoneo de poder asistir curiosos las maniobras de la tripulación; no en tanto, para los hombres existía aquella desazón de ver cómo al cesar la brisa de la madrugada, crecía la niebla y se postergaba una partida que todos creían inmediata, mientras el barco caía en un expectante letargo. Con todo, hay que decir que a falta de lugar disponible, los hombres fueron orientados a dormir junto con la tripulación, en cubierta, hacinados y sin intimidad El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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alguna, ya que el navío tenía las bodegas repletas, pues dada la longitud de la travesía, debía llevarse mucha comida y bebida para los pasajeros, tripulantes y animales que iban a bordo, lo cual sin duda constituía un peso que alargaba aún más el viaje. Aquel primer día de travesía desde Canarias, anocheció mientras aún se veía la cumbre escarpada del pico Teide, el volcán siempre cubierto de nieve pura, la que se iba tornando rosada al ser bañada por la luz de la puesta del sol. Era una punta blanca resplandeciendo en el horizonte violáceo. Hasta ese momento, los vientos de África llegaban cálidos, suaves, soplando directamente detrás de las velas y haciendo que el navío avanzara a buena velocidad, mientras era acompañado por el interminable crujir de las arboladuras y el rechinar de los cables. Luego vinieron los días subsecuentes, pero muy pronto todo pareció volverse monótono y, para muchos, es bueno agregar que esos primeros días de navegación se hicieron muy duros, pues a los temores inherentes del viaje, a la falta de costumbre y ante la visión de un mar inmenso e inquietante, también se les sumaron los mareos que les hacía vomitar continuamente. Pero cuando ya El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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habían pasado tres jornadas completas, la gran mayoría comenzó a sentirse mejor. Al despertar cada nuevo día, los marineros se desperezaban; estiraban la ropa pues era normal dormir con la misma ropa con la que vivía el resto del día, y se lavaban la cara y las manos con el agua que izaban del mar en cubos. Dormían en diversos rincones de cubierta, algunos cubiertos con esteras o mantas, otros al abrigo del cordaje. Los más privilegiados extendían una hamaca, invento americano que pronto se había extendido a todos los barcos. Los oficiales y viajeros más distinguidos pasaban la noche en sus propios camarotes bajo cubierta y sobre tarimas o esteras. El capitán dormía en su recámara, cubierto con una colcha de lana. Pero si la noche hubiera sido de tempestad o de peligros, y habrían estado sin dormir, el capitán, en pie, se ubicaba de manera de poder controlar todas las operaciones, con la misión clave de mantener el rumbo y llegar a puerto. Por la mañana se tomaba un desayuno frugal, preparado con bizcocho, galletas, algunos ajos, queso o tal vez unas sardinas saladas. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Una de las primeras tareas diarias era la de achicar el agua que el barco “había hecho” en esa noche, mediante las bombas de achique, tarea de la que se encargan carpinteros, calafates y grumetes. El equipaje de la gente de la mar era muy exiguo, pues ellos guardan sus objetos personales en un baúl o arca, que a veces compartían con otros. Escasa era también su indumentaria. Y pintoresca. No existía uniforme ni preocupación alguna por ir vestidos todos iguales. Solían llevar camiseta de lana, blusa, tal vez capa corta, calzas, un capuz o cogulla y un bonete rojo de lana con vueltas azules, tal vez el único distintivo claro de marinero. Solía vérselos cubiertos de lana de pies a cabeza. Y como rara vez se denudaban o se bañaban todo el cuerpo, lo que da para imaginar cuál en realidad era el tufo habitual a bordo. Claro que la higiene de los marineros no era inferior a la higiene normal de la época. Y así, mientras la nave surcaba el océano, a bordo, las horas transcurrían sin otra distracción que la lectura o los oficios religiosos. Al principio, la misma rutina de la vida de los marineros resultaba ser un espectáculo digno de ver, principalmente para los niños y los más jóvenes, pues era entretenido mirarlos cuidar del barco como se El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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cuida de la propia casa. Izaban las velas o las reparaban cuando era preciso, trepaban con agilidad en los palos, arreglaban,

recogían

y

ataban

cabos

hábilmente,

remendaban redes, fregaban la cubierta y revisaban los aparejos o hacían reparaciones donde fuera necesario. Pese al hacinamiento, la ventilación en cubierta estaba garantizada, y en época de calmas esporádicamente solían bañarse en el mar. Si había temporal las cosas cambiaban, sobre todo por la dificultad de secar la ropa, ya que a bordo el fuego era una amenaza; sólo se encendía para poder cocinar en el fogón. Si la tempestad se prolongaba, ya que ésta podía durar varios días, imaginemos las consecuencias de llevar la ropa de lana empapada. Bajo cubierta, y como el barco llevaba pocas portas, el aire se renovaba por medio de escotillas, que se cerraban durante el mal tiempo, con el hedor consiguiente. Si había animales a bordo, estos convivían con los tripulantes en cubierta y bajo esta. Y aunque el agua abundaba en el mar, la potable siempre suele escasear y en ocasiones llega a constituirse un artículo de lujo. Por la tarde, la rutina marinera continuaba. El piloto o el capitán daban órdenes, que llegaban a los marineros a El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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través del contramaestre, y el sonido del silbato o de sus gritos ya eran conocidos y esperados. De vez en cuando podía oírse: “¡Dejad las chafaldetas! ¡Alzad aquel brío! ¡Empalomadle la boneta! ¡Levad el papahigo! ¡Izad el trinquete! ¡Descapillad la mesana!" Boneta, papahigo, mesana son, naturalmente, velas, y la tradición marinera unía a cada operación trabajosa, como recoger el cable del ancla o izar una vela, a una canción o cantinela de trabajo que primero entonaba un solista y luego repetían los demás a coro. Una de estas letanías, en el italiano chapurreado de los marineros, decía así: “Bu izá Dios ayuta noi que somo -ben servir la fede -mantenir la fede -de cristiano malmeta -lo pagano Sconfondi-i sarrabin” Pero para mantener esa constante actividad en el barco, había un sistema de turnos de cuatro horas que los oficiales, marineros y grumetes conocían y respetaban a la perfección; este solía cambiarse a las tres, a las siete y a El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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las once. Lo cual no evitaba que, de vez en cuando, se organizaran sonoras peleas en las que se escuchaban los más feroces insultos y las más escandalosas blasfemias. Cuando esto ocurría, algunas madres se enervaban con el contenido ofensivo e indigno de las maldiciones que eran eyaculadas desde las bocas de los marineros, y ellas los amonestan y regañaban diciendo: -¡Cuidado,

hay

niños!...

¡Vuestras

mercedes,

respeten a los demás! -en cuanto otras madres se persignaban repetidas veces, o se apresaban a tapar los oídos y los ojos de sus hijos, como si tal actitud les sirviese para alejarlos de las blasfemias. Cuando sucedían esas pugnas violentas entre la tripulación, entonces se aplicaban castigos de forma severa: restricción en las raciones de comida, trabajos extras e incluso azotes que se propinaban pública e implacablemente, lo que por su vez originaba nuevas protestas por parte de las madres y padres, que suplicaban al capitán para que no lo hiciese frente a ellos, pues también habían niños presentes. -No veo que haya necesidad de azotes, basta con un periodo en la mazmorra, que servirá -decían algunos, mientras otros agregaban: El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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-De seguro, ello no es un buen espectáculo para que los niños vean. -Pero nadie se animaba a indisponerse con los truculentos y amenazadores oficiales o con el severo e inflexible capitán de la embarcación. Todo se quedaba en comentarios y murmurios. Cuanto al alimento, éste se repartía dos veces por día y su composición en esta primera etapa no era mala, pues aún se conservaban carnes, embutidos, verduras y frutas que se habían adquirido en tierra, con lo que los cocineros preparaban platos aceptables que se servían es cubierta por los pajes. Pero claro que la alimentación a bordo, con sus excesos de salazón, no hacía más que provocar sed. Es de suponerse que la única comida verdadera -y caliente- era la del mediodía. Tampoco existían cocineros profesionales; eran algunos marineros viejos, ayudados por pajes o grumetes, quienes elaboraban como podían, si los vaivenes del barco lo permitían, guisos con cuanto hubiera disponible en los enormes calderos, colocados sobre unos trébedes o hierros en el fogón, que descansaba sobre una base de tierra con carbón y brasas. Podían utilizar vino, aceite de oliva, ajos, tocino, bacalao, sardinas en salazón, tasajo o carne salada y bizcocho duro o galletas de harina de trigo almacenado en El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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la parte más seca del barco. Pero conforme los españoles se fueron acostumbrando a las Indias, estos añadieron a su dieta el cazabe o yuca, que ya en su segundo viaje llama Colón “pan de la tierra, que le querían más que al trigo”. De postre podían tomar miel que, en general sustituía al azúcar. Para Colón “el mejor mantenimiento del mundo, y el más sano” aunque, antes de que se introdujese su cultivo en el Caribe, resultaba muy cara. Cada cual recibía su ración en una escudilla de barro o en un plato de madera. La hora del rancho era un momento bullicioso, salpicado de bromas y chanzas de buen y mal gusto. Se formaban corrillos de amigos o paisanos y se tragaba la pitanza, remojándola normalmente con vino, que se conservaba mucho mejor que el agua. La historia nos cuenta que el padre Bartolomé de las Casas, un fraile dominico español al referirse a la comida que se daba, solía decir: "Negra comida sería la que ellos le darían, pues lo es siempre la que suelen dar, aun a los pasajeros de su misma nación." Y éste tenía amplia experiencia de haber cruzado varias veces el océano. Claro que los oficiales o pasajeros

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de postín comían aparte y tenían su propia despensa para combatir la monotonía del rancho marinero. Pero como fuere, aquí en la nao, estando sentados a la hora de comer, siempre surgían los más veteranos en esto de la travesía a Indias, que prontamente se encargaban de advertir de lo que les aguardaba más adelante, a medida que avanzaran las semanas. -Aprovéchense vuestras mercedes -decían-. Ya verán lo que han de comer… tasajos rancios y poco más. Y de beber… agua maloliente es lo que habrá. Durante el trayecto, un jesuita de nombre Marcos Cabrera, supo distraer su ociosidad releyendo uno de los libros que había reservado para el largo recorrido. Era un ejemplar del “Viaje y Derrotero de las Indias”, escrito por Ulrico Schmidl, el cual trataba de la apasionante crónica de vívida autenticidad que los historiadores jesuitas consideraban indispensable para conocer cómo se había hecho la conquista del Río de la Plata. Mientras lo leía, consideraba que éste era el testimonio escrito más valioso incluso que el de Álbar Núñez, el cual había tenido la oportunidad de leerlo durante su estancia en la Casa Profesa de Sevilla,

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Sin otro entretenimiento que estas lecturas, o el bordar y coser para las mujeres, las horas transcurrían interminables, contadas una a una por el grumete encargado de dar vuelta el reloj de arena, añadiendo la cantinela religiosa correspondiente que el muchacho entonaba con sonora voz: “Bendita la luz y la santa Nuestra Señora de la Encina Y el Señor de la Verdad y la Santa Trinidad. Bendita sea la fe, y el Señor que nos la manda. Bendita sea la hora prima y el Señor que nos redima. Completada las estrofas, luego se iniciaba el rezo de un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria que todo mundo oraba junto una vez interrumpida cualquier otra tarea que estuviera realizando. Después, se concluía con un saludo semejante a éste: “Dios nos dé buen viaje, buen pasaje tenga la nao, el señor capitán y maestre y vuestras mercedes, señores de proa y popa, timonel y marineros y buena compaña a todos. Amén”.

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Era un sistema poco preciso, sobre todo en días de tormenta, o en momentos de descuido o de un golpe de sueño del grumete. Pero la hora podía ajustarse -claro estáa mediodía, comprobando la sombra del sol, que debía tocar el norte de la aguja de marear (la brújula) a las doce en punto. A cada despertar de un nuevo día renacía la vida a bordo, y el nuevo turno de guardia ocupaba sus puestos. El timonel indicaba el rumbo al capitán de la guardia, que lo comunicaba a su vez al nuevo timonel. Había un vigía en popa y otro en proa; los marineros relevados pasaban los cálculos de velocidad y distancia transcurrida de la pizarra donde los habían anotado al diario de a bordo. Pero por la mañana, tan pronto como se había evaporado el rocío, había que comprobar que las velas se encontraban en perfectas condiciones, agitándolas.

La Primera Detención de la Nao Aunque iba muy cargada, la nave hizo su primera etapa del viaje en no poco más que una semana. Y como hasta el momento el tiempo había sido bueno y los vientos favorables, les llevaron pronto a divisar el litoral de la isla de La Palma, última del grupo Canario de islas antes de El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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atravesar el océano Atlántico. Allí se habría de cargar un complemento extra de víveres, incluyendo agua, frutas, verduras y carne fresca. Por ser una costa baja y bordeada de abundantes caletas y playitas, a Nuestra Señora de la Encina le correspondió echar ancla a una cierta distancia de la rivera, y hacia la que en un santiamén comenzaron a navegar decena de botes a golpe de remo. Eran esquifes que venían desde tierra, los que a los cientos, se ganaban la vida pescando y aprovechando la llegada de flotas para sacarse un dinero extra transportando a los viajeros al puerto. Parecían haber sido más, pero después de esos pocos días de navegación, todo el mundo a bordo estaba ansioso por echar pie a tierra, por lo cual se formó una pelea a causa de la impaciencia de unos cuantos marineros que pretendieron saltarse el orden del desembarco. Pero a estos, el capitán los castigó obligándoles a permanecer en el barco haciendo guardia hasta el día siguiente. Los jesuitas subieron al bote que les correspondió e hicieron el trayecto que separaba la nao del puerto, entusiasmados por poder pisar suelo firme y curarse de los

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mareos. Como las aguas estaban serenas, tardaron poco tiempo en llegar a la playa. La barca se acercó y encalló en la arena, que en aquel momento estaba llena de gente; pescadores, comerciantes y arrieros de los pueblos cercanos que venían a vender pescado, carne y verduras a los encargados de aprovisionar los navíos, y con tal motivo había un gran movimiento de ir y venir tal cual un enjambre de abejas alrededor de una colmena. Muy cerca del mar, atravesaron junto al resto de los viajeros los conjuntos de chozas, unas de tabla, otras de paja, donde los chicos y las mujeres secaban los peces, reparaban las redes o sencillamente observaban curiosos la llegada de tanta gente. Allí mismo, en el poblado que había junto al puerto, el maestre dio las instrucciones oportunas: -De la fecha y la hora de embarque no puedo decir nada, pues se partirá cuando llegue la flota portuguesa. De manera que estén atentas vuestras mercedes al ver llegar a los galeones que vienen de Lisboa. Cuando aparezcan en el horizonte los barcos, háganse de cuenta de que no ha de tardar la partida y vénganse aquí a los muelles a recibir las nuevas. Mientras no lleguen los portugueses, disfruten de El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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tierra, que en muchos días no han de volverla a pisar… ¿Alguna pregunta? -dijo, levantando la cabeza más alto para distinguir a los que se encontraban más atrás de la rueda formada. Hubo un murmurio, pero uno de los pasajeros le pregunto al capitán: -Señor maestre, ¿Cuántas jornadas hay de aquí a las Indias? -Eso sólo Dios lo sabe -respondió el maestre de la Nuestra Señora de la Encina-; que en la mar no hay fechas. Suele tardarse entre sesenta y setenta días si los vientos nos acompañan. Así que coman vuestras mercedes carne fresca y verduras, que luego los alimentos en el navío ya no serán lozanos. Lo que se lleven vuestras mercedes puesto en el cuerpo no se lo quitará nadie… ¿Alguna otra pregunta? -repitió con el mismo gesto característico anterior. Se miraron unos a los otros, pero nadie se animó a preguntar nada, entonces la voz del capitán volvió a sonar autoritaria: -Pues andando, a gozar la isla -les despidió el maestre.

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Los que estaban junto a los jesuitas, se separaron allí mismo de los religiosos, pero antes de que se fueran, el ignaciano Marcos Cabrera, les aconsejó: -Por el amor de Dios, señores, compórtense como buenos cristianos. No se olviden de que están de pasaje. -No tenga cuidado, padre - le tranquilizó Antonio en nombre de los demás-; que no le dejaremos mal. -Eso esperamos -advirtió el cura, enarcando las cejas. -Al que dé el mínimo escándalo, lo dejamos aquí en la isla. -sugirió el capitán con tono enérgico y potente, para que todos lo escuchasen. Antonio García estaba eufórico, frotándose las manos de satisfacción. Había hecho un pésimo viaje, con vómitos constantes que le habían dejado aún más delgado de lo que estaba antes de embarcarse, y veía el cielo abierto al poder ir por ahí a disfrutar de las delicias de la tierra firme. -Antonio…, ¡cuidado! -le avisó su primo Felipe-. Estás bajo mi custodia. A ver si no lo echas todo a perder. -¿Ahora va a desconfiar vuestra paternidad? respondió burlonamente su primo, acentuando la voz.

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-Cuidado con el vino, Antonio, sólo eso te digo. opinó Felipe, al mirarlo fijamente. Después de esas advertencias, cada uno tomó la direcci��n que más le interesaba. Los jesuitas se fueron a estirar las piernas y a hacerse con provisiones particulares, mientras que los demás miembros de la expedición, jóvenes en su mayoría, a explorar las tabernas que abundaban en las proximidades del puerto.

La Unión con la Flota La flota portuguesa apareció en el horizonte luego por la mañana temprano. La noticia de su llegada sacó de la cama o los isleños que descansaban después del intenso ajetreo de los días anteriores. De nuevo empezó aquel ir y venir en el puerto e idénticas operaciones que las realizadas dos días antes: acarrear agua, carne fresca, frutas y provisiones para ofrecérselas a los barcos que habían de repostar necesariamente; y de nuevo los centenares de esquifes se echaron al mar para traer pasajeros y tripulaciones de los barcos. Pero si la vista de una nave sola ya resultaba ser imponente, la presencia de una formación convertía el

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litoral de la isla en un bosque de arboladuras que suponía un verdadero espectáculo. Cuando todos anclaron, primeramente desembarcó el personal civil, los viajeros y los comerciantes y con ellos numerosos eclesiásticos. Después las tripulaciones de los barcos que no eran militares y las autoridades que iban a Brasil a posesionarse de sus cargos. Por último, según las ordenes de los altos mandos de la flota, la infantería y toda la soldadesca. Desde lejos se veían caer los botes por los costados de

los

navíos

repletos

de

hombres

vociferantes,

bulliciosos, que después de más de quince días embarcados, llegaban al puerto y a las playas formando un verdadero ejército que se desparramaba en todas las direcciones, ávido de comilonas y borracheras, lujurias y camorras. En tiempo hay que aclarar que, buscando una mejor seguridad para atravesar el ancho mar, se había definido que la nao Nuestra Señora de la Encina se uniría temporariamente a la flota portuguesa hasta llegar a la altura del norte de Brasil. Esa práctica camarada utilizada por ambas Cortes, era una medida preventiva para evitar los sorpresivos ataques de navíos piratas que infestaban El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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que ni tiburones aquella región de los territorios del norte de Indias y tantas mermas y pérdidas estos causaban a ambas Coronas. La flota zarpó finalmente a primera hora de la tarde del día 2 de septiembre, tras un retraso de más de seis horas motivado por la deserción de varios soldados de la armada portuguesa que fueron puestos en busca y captura por las autoridades. Pero concluidos todos los trámites, se vio que sería difícil encontrarlos y se dio la orden de partida. Ya atardecía cuando la larga flota de barcos navegaba plácidamente alejándose de la isla. En el ocaso soplaba una suave brisa del este y el cielo tenía nubes desparramadas de norte a sur que se parecían a gruesos y anudados hilos de algodón. Cuando reinó la oscuridad, se oyó tañer la campana del alcázar de popa del navío portugués São Vicente que estaba próximo, y el grumete cantó la hora con el melancólico tono de la lengua lusitana: Deus, abençoai nossa noite, e por favor faze-nos morrer em tua graça. Boa noite! Boa viaje! Boa passagem! senhor capitão e nosso mestre, El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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senhores passageiros, cavaleiros, timoneiro desperto esteja você. Amen A partir de ese momento, en “La Bretaña”, algunos hombres se ya tiraban sobre sus jergones para dormir, no en tanto, muchos aún permanecieron despiertos un buen rato en cubierta, entreteniéndose conversando, jugando a los naipes, o bebiendo el vino o el aguardiente que habían adquirido en la isla. Todo indicaba que los marineros a esa hora estaban más relajados. Al igual que cuando habían partido de Tenerife, por las noches, en algunos espacios de la cubierta se formaban corrillos en el que los veteranos contaban sus historias, casi siempre exagerando en el relato, o tenían lugar animados debates sobre asuntos de navegación o sobre si esta o aquella feria portuaria era más o menos animada. Otros en cambio, solitarios, se entretenían tallando figuras de madera o realizando cualquier labor de artesanía. También había quien sacaba una flauta, una dulzaina o una guitarra, con las que buscaban animar un improvisado auditorio con canciones cargadas de picardía, o más tarde con coplas dulces, de amores, que encendían la nostalgia en los corazones.

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Episodios con los Peregrinos El estricto capitán Bernardo de Zamorategui frecuentaba poco la cubierta, pues la mayor parte del tiempo se la pasaba en su aposento, un relativamente cómodo departamento ubicado en el alcázar de popa. Entre otros quehaceres, allí rezaba el rosario al final de la tarde junto con sus pajes, del alférez que le servía y algún esporádico convidado. Con

una

voz

monocromática

y

monótona,

invariablemente iniciaba los paternóster y las avemarías lentamente, o pronunciaba las largas letanías en latín que eran contestadas por un desganado “Ora pro nobis… Ora pro nobis… Ora pro nobis…” de los hombres que lo acompañaban, a los que se les habría de vez en cuando la boca. -Más atención muchachos, más atención -reclamaba el capitán cuando los veía extenuarse-. Que si este navío se hunde, sólo Dios y Santa María han de valernos. Y esas agoreras palabras a ellos les provocaban funestos presentimientos y temores que les hacían estremecerse. Concluida la oración, siempre cenaban un pedazo de queso, algo de pan y unas tajadas de melón con algunas fetas de jamón crudo. Eso era lo mejor que tenía el El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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capitán, que no les escatimaba el alimento. Quienes lo acompañaban, entendían que bien merecía la pena tener que corear en los rezos para beneficiarse de esa ventaja. No en tanto, cuando alguno de los que estaban en su compañía, alguna vez le solicitaban permisión para retirarse, se oía: -Si da vuaced su permiso y no precisa nada de mi persona, he de ir a cubierta a evacuar…, o utilizaba cualquier otro alegato. A lo que el capitán siempre les respondía cordialmente con una advertencia: -Anda, ve de una vez muchacho, pero cuídate de las conversaciones pecaminosas de los marineros. Por aquellas épocas, para satisfacer las necesidades naturales en ésta tipo de navíos, el procedimiento era muy sencillo y poco discreto. Se defecaba o se orinaba sobre la mar. Para ello los tripulantes se sujetaban de las cuerdas o del propio navío. En tiempo, he de decirles que “La Bretaña” estaba mejor equipada, y cabe aquí aclarar que el lugar que estaba dispuesto en la nao para hacer las necesidades, era una tabla a modo de retrete portátil y replegable que se extendía sobre el mar, en el que, sujeto a unas cuerdas, el El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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tripulante o pasajero defecaba u orinaba hacia las olas. A este sencillo y poco discreto artilugio, los marineros lo denominaban “el jardín”. Una vez Felipe se llegó hasta el balcón de la proa donde uno de los pajes del navío se encargaba de extender o replegar el tablón si alguien lo necesitaba, pero al llegar había una larga cola. Un soldado gordinflón, muy debilitado a causa del mareo, tenía una gran diarrea y era sujetado por cuatro compañeros mientras se esforzaba trabajosamente asomando su gran trasero a la negrura del océano. -¡Ay, ay!... -se quejaba el gordo sujeto. -¿No será mejor un orinal? -sugería entre quejidos. -No Mendieta, que ya sabes de memoria que el capitán del barco lo tiene prohibido. -Le decía uno de sus dedicados compañeros. -Pero aquí yo no puedo -retrucaba Mendieta entre lamentos y más gemidos. -Sabes que sólo los oficiales, los eclesiásticos, las mujeres y los niños, tienen derecho a usar el orinal… -¡Vamos! -se quejó uno de los que esperaba en la cola-. ¿Termina o no vuestra merced? ¡Que los de aquí vamos a reventar! El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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La imagen de aquel soldado, inmenso, sostenido sobre la precariedad de la tabla en aquella grotesca posición, asido a sus compañeros, provocó en Felipe una risita que fue imposible ocultar. -¡Eh! -le recriminó uno de los soldados- ¿De qué te ríes tú?, so desaprensivo. ¿No vez lo que está pasando el pobre? -¡Ay, madre mía! -gimió el obeso soldado-. ¡No me suelten vuestras mercedes!... ¡Por caridad! En eso, al gordo se le escapó una sonora pedorrea y pudo por fin evacuar. -¡Vive

Dios!

-exclamó

el

hombre

que

se

impacientaba en la cola-. ¡Por fin! En ese momento Felipe se volvió de espaldas para que no vieran los compañeros del obeso soldado la risa convulsiva que le embargaba irrefrenablemente. Pero uno de ellos ya se había dado cuenta e iba hacia él, enfurecido. -¡Qué poca caridad! -le dijo en la cara cuando se aproximó-. ¿Tanta gracia te hacen los padecimientos de nuestro compañero? Felipe ya está doblado de la risa, cuando el soldado enfurecido le asió por las ropas.

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-¿Tu no cagas, hombre? -gritó el gordo que, terminaba con disgusto su faena en la tabla, y ya descendía subiéndose los calzones. -¡Nadie se mofa de Cándido Mendieta! ¡Ahora veras! -amenazó con un vozarrón, cuando se acercaba cada vez más donde su compañero sujetaba a Felipe que no paraba de reír. -¡Ah, ja, ja…! -trataba de explicarse Felipe-. Disculpe vuaced… ¡Ja, ja, ja…! No puedo… ¡Ja, ja, ja…! -¡Deja de reír, insensato! -le intimidaba el obeso Mendieta alzando su puño. Felipe forcejeó tratando de zafarse de ellos, pues veía que estaban dispuestos a propinarle una paliza. -¿Qué pasa aquí? -rugió de repente una recia voz. -¿No sabéis por acaso que está prohibido peleas a bordo? -rugió nuevamente quien llegó, al ver que nadie le respondía… Era el sargento de la tropa. -Este energúmeno se reía a nuestra costa -acusó el soldado Mendieta-. Señor sargento, no está bien reírse de un enfermo. Y yo estaba haciendo de cuerpo ahí, porque tengo malas tripas, cuando… -¡Basta ya! -gritó el sargento-. ¡Soltad ahora mismo a ese hombre! Si se ha mofado de vuestra merced, ya me El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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encargaré yo de castigarle; pero no son quienes vuacedes para tomar justicia por la propia mano. Cualquier alboroto a bordo del navío está castigado con cincuenta azotes… Así que ya lo saben. Los enojados soldados obedecieron y soltaron inmediatamente a Felipe, que ya imaginaba por el castigo que le aguardaba. -¡Hala, cada uno a su sitio! -ordenó el sargento-. Tú, hombre, ven conmigo -añadió. -Y vosotros, a vuestras tareas -decretó para los que estaban en la cola. Remoloneando, los cinco soldados se fueron en dirección a la popa. Cuando hubieron desaparecido por entre el gentío que abarrotaba la cubierta, el sargento se dirigió a Felipe y le dijo: -¿Se puede saber qué carajo estaba haciendo vuestra merced metido en pendencia con estos mastuerzos? -Es que el gordo estaba cagando ahí en el balcón del jardín y me dio mucha risa verlo -se disculpó Felipe, con una tenue sonrisa en los labios. -¡Anda!, ve con cuidado, hombre -advirtió el sargento-; mira de no meterte en líos, que en los barcos las normas son muy severas y lo puedes echar todo a perder. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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-¡Ah, si lo hubiera visto vuaced, señor sargento! ¡Qué risa! Ésos agarraban al gordo y… -continuó explicando Felipe. -Bueno, bueno, -le cortó en hombre-; ya es hora que usted vaya a lo que le interesa, que yo tengo otros quehaceres -ordenó el sargento, dando media vuelta para alejarse de allí.

La Calma Navegación El viaje podía hacerse siguiendo la ruta que en 1500 trazó la expedición encabezada por Pedro Álvarez Cabral, que tardó 44 días en llegar al Nuevo Mundo desde el río Tejo, en Portugal, hasta el río Frade, en el litoral brasileño. Este era el recorrido hecho por las flotas españolas o portuguesas durante años. Pero después de unificarse los dos reinos bajo la Corona española hasta la fecha, sólo se autorizaba una ruta, la que salía del litoral peninsular, hacía escala en las islas Canarias, e iba en un único recorrido hasta cerca de las Antillas, dividiéndose a seguir en los diferentes convoyes que partían hacia los restantes destinos. La causa de aquella unificación, estaba en la voluntad del Consejo de Indias de querer mantener un El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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mayor control en los desplazamientos, así como de facilitar la defensa de las flotas frente a la piratería cada vez más abundante en el Atlántico. Mientras surcaban el mar, los días a bordo se fueron haciendo monótonos para quien no sabía leer, pero para aquellos que ya habían conquistado ese don, se aprovechaban de las largas horas de luz y del buen tiempo para leer en cubierta, algunas veces sentados sobre unos fardos que estaban colocados debajo de un entoldado que caía desde el techo del castillo de proa. No en tanto, a Antonio García le gustaba más cuando llegaba la noche, porque el ambiente a esa hora se ponía distendido y alegre, cuando los corrillos de marineros, soldados y gente de tierra ocupaban casi todo el espacio. Durante las otras horas, tanto su primo como la mayoría de los iletrados que holgazaneaban en cubierta, se asomaban por la baranda torneada que protegía la borda de proa, y se entregaban a perder la mirada en la inmensidad del mar, disfrutando la brisa fresca que les acariciaba el rostro. Las aguas tenían un color muy azul y no eran muy amenazadoras, pero al estar allí, se sentía esa rara sensación, ligera y elástica, que le invade a uno en ciertas El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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ocasiones al navegar, cuando observa las crestas de espuma sobre las olas que se multiplican y se pierden en el infinito, o al notar la insignificancia del barco en la grandeza del cielo y el océano, los ilimitados contornos… El maestre de la “Nuestra Señora de la Encina”, se mostraba encantado por la manera tan prospera en que estaba transcurriendo el viaje. El viento venía de popa y tan recio que de día y de noche los barcos avanzaban por su ruta dejándose llevar, con el velaje tendido, casi seguro de llegar a destino antes de lo previsto. Mientras tanto, el ignaciano Marcos Cabrera, además de con la lectura, se entretenía satisfaciendo su curiosidad acerca de los asuntos de la navegación. Su instinto observador y su natural deseo de conocer cosas se despertaba ante el gran misterio que representaba el viejo arte de gobernar los navíos, que para él era más que una mezcla de ciencia e intuición. Aprovechando que le había caído en gracia al maestre de la nao, Bernardo de Zamorategui, siempre que podía se subía al entrepuente y allí se enteraba de todo lo que concernía al desarrollo de la travesía.

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-Hombre, padre Cabrera -le decía bonachonamente don Bernardo, alegrándose sinceramente de verle-. Qué, ¿ya está vuestra paternidad a aprender a ser marino? -Aquí estoy, señor maestre… si no le molesto respondía el cura. -¡Qué me va molestar vuestra paternidad! pronunciaba suavemente el maestre-. Ya le explicaré yo todo lo que quiera saber acerca de las artes de marear. El capitán Bernardo de Zamorategui le fue explicando en sucesivos días la manera en que los navegantes se guiaban en las rutas que iban de España a Indias. Cómo los navíos, partiendo de Sanlúcar de Barrameda o de la bahía de Cádiz, seguían el camino que los pilotos y navegantes tenían por más seguro y más cierto. -Partiendo de los susodichos puertos -le explicó un día-, y guiándose hacia el sudoeste, llegaban a reconocer la isla de Tenerife navegando 230 leguas; partiendo de la cual debían recorrer la vía del oeste cuarta al sudoeste, para dejarse llevar por las corrientes y los vientos favorables e ir a recorrer a 800 leguas las islas de los Caníbales, la Deseada, la Guadalupe o la Dominica…

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-Entonces, ¿eso se sabe mediante un mapa? preguntó ingenuamente el curioso de padre Cabrera. -¡Ah, ja, ja, ja…! -Rio con ganas el capitán haciendo balancear su barriga. -Si se trata de guiarse por un mapa, el navegador puede no llegar nunca -le dijo. -¿Entonces? -Las cartas de marear son necesarias, naturalmente, porque los portulanos indican los accidentes de la línea costera y ayudan a reconocerlos. Pero gracias a los paralelos y meridianos de Mercador y a la aguja de marear, el astrolabio o el cuadrante, es como llegamos a orientarnos hoy en día, sin perder de vista la posición del sol o las fases de la luna, claro. -aclaró Bernardo de Zamorategui. -¡Qué interesante! -Pronunció el fisgón del cura. -Ya le gusta esto, ¿eh, padre Cabrera? ¡A ver si va a dejar vuestra paternidad los hábitos y se va hacer navegante! -rio otra vez el capitán alisándose los bigotes. -¡No, hombre, eso no! -Ya, padre, ya. Si es guasa.

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El Día de la Ración Extra Hasta cierto punto del viaje, la velocidad fue buena mientras sopló aquel recio viento de popa, pero cierto día, mientras los marineros oteaban el mar para ver si encontraban indicios de tierra firme, aquellos claros señales flotando en la superficie como palos, hiervas, pájaros y otros elementos flotantes, faltó el viento y sobrevino una desesperante calma que duró tres días. Después, los barcos tuvieron que depender de las pocas brisas que soplaban, lo cual los obligaba a navegar en zigzag, porque frecuentemente ellos venían de cara. Durante el desdoblar de esas maniobras, los navíos se aproximaban peligrosamente unos de otros y los pilotos se gritaban desde el entrepuente sus opiniones; si no era mejor hacer esto o aquello. Pero pronto se vio que no había otro remedio que dirigirse hacia el sudoeste, pues aquellas desconcertantes rachas de viento poco uniformes que aparecían de vez en cuando eran difícilmente aprovechables. Pero durante uno de esos días en que vieron obligados a permanecer inmóviles a consecuencia de la calma, sucedió un hecho inesperado. De repente se escuchó un gran alboroto, y la tripulación y los pasajeros El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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comenzaron a correr hacia la baranda de la borda de estribor. -¡Ahí, ahí está! -Se escuchó gritar a Tomás González, un pasajero de 42 años, colono de Santa Cruz, y que había sido soldado de la Corona. -¡Ahí, ahí! ¿No lo veis? -se sumó Antonio, apoyado medio cuerpo sobre la baranda, y haciendo coro con los gritos del otro pasajero. El padre Cabrera fue como uno más, llevado por la curiosidad, a ver qué sucedía. -¡Ahí, padre, mire ahí! -le indicó uno de los marineros que se había juntado al grupo de curiosos-. Es un cachalote -dijo. El jesuita se fijó en el lugar que el marinero le señalaba. Efectivamente, muy cerca, a unos metros del costado del navío se alzaba el lomo negruzco de un animal marino. Los contornos del enorme cuerpo podían distinguirse perfectamente en la transparencia de las aguas. -¡Santo Dios! -exclamó el padre Cabrera-. ¡Cómo es posible! -No es algo corriente -le explicó el marinero-. Pero algunas veces estos grandes peces se aproximan mucho a El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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los barcos. Recuerdo una vez… -iba diciendo cuando fue cortado por una voz estridente. -¡Apartaos, apartaos de ahí todo el mundo! -irrumpió de repente el maestre Bernardo de Zamorategui, que venía todo sonriente a ver que sucedía. -¡Paso, paso al capitán! -gritó el sobrecargo. Zamorategui se asomó a la baranda y miró hacia donde se encontraba el cachalote, que ahora estaba mucho más cerca. -¡Voto a Cristo! -exclamó entusiasmado. Se frotó las manos con nerviosismo y observó bien el pez. -Qué, señor maestre -le dijo el sobrecargo-, ¿vamos a por él? -Por supuesto -contestó Bernardo-, ¡me cago en…! ¡Vamos, a qué esperáis! -ordenó muy alterado-. ¡Traed los apaños! -gritó. Enseguida vinieron varios marineros trayendo unos grandes arpones, sogas, garruchas y otros instrumentos. -¡Timonel, vira a bordo cuanto puedas! -ordenó a gritos Bernardo. A golpe de remo, “La Bretaña” se fue aproximando al cachalote.

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-¡Vienen los del São Vicente! -avisó uno de los marineros a coro con otros pasajeros. El capitán miró y vio que, efectivamente, otro de los navíos se dirigía muy dispuesto hacia donde estaba el deseado pez. -¡Estos hijos de puta! -rugió Bernardo. -Pero… ¿qué quieren hacer? -preguntó el padre Cabrera al marinero. -¿Qué va a ser, padre, sino pescar ese bicho? -¿Para qué? -¡Uf! ¡Pues no tienen buena carne los cachalotes esos! ¿No ve vuestra paternidad que con ese retraso ha de faltarnos alimento? Además, seguro que el señor Bernardo piensa vender la grasa y sacar unos buenos cuartos. Serían por estos importantes motivos por lo que el capitán no estaba dispuesto a que el São Vicente le arrebatara su codiciada presa. Así que, al ver que su rival se aproximaba decidido al cachalote, agarró la bocina y le gritó a su maestre: -¡Como toques al bicho, te arreo un cañonazo! El maestre del São Vicente le contestó resuelto: -¡Eso es el mar, Zamorategui; con lo cual es de quien lo coja! El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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-¡Estaba más cerca de nuestro barco! -replicó Bernardo, indignado. -¡Y una mierda! -le respondió el otro capitán. Sin pensarlo dos veces, el capitán se bajó de un salto del entrepuente y les gritó a sus hombres: -¡Descolgad la chalupa y echadla al agua! Obedientes,

los

marineros

de

“La

Bretaña”

comenzaron a soltar los nudos de las sogas y a descolgar uno de los botes. Bernardo, dos marineros y el sobrecargo se subieron a él con los arpones. Pronto caía la chalupa al mar y remaban desaforados en dirección al cachalote. Los pasajeros, especialmente las mujeres y los niños, que a esas alturas ya estaban aglomerados en la borda, lanzaban exclamaciones y gritos, algo asustados por el espectáculo, y temiendo que aquella enorme bestia marina fuera a hacerles algo. -Verá ahora vuestra paternidad la maña que se da el señor Bernardo -le aseguró el marinero al padre Cabrera. El bote se acercó cuanto pudo al cachalote, que se hundía, sacaba el lomo y expulsaba agua en fuertes resoplidos sin que pareciera que le afectara la proximidad de los humanos. Entonces el capitán se irguió, alzó el gran arpón por encima de su cabeza y lo lanzó sobre la piel del El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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gran pez, en la que se clavó profundamente. Un gran aplauso y vítores de los marineros le aclamaron. A seguir, la tripulación comenzó a tirar de la soga mediante unas garruchas instaladas en un lugar resistente del navío. Bernardo clavó un par de arpones más y se inició la feroz lucha para traer el cachalote. La chalupa se zarandeaba y parecía que iba a zozobrar, pero finalmente el gran animal fue amarrado al costado del barco. Intentaron izarlo durante horas, pero no podían con él. El peso del cachalote era enorme. Con tantos esfuerzos y operaciones cono hicieron buscando la manera de subirlo a la cubierta, terminaron por romper parte de las barandas de la borda e hicieron algún que otro destrozo en la nao. -¡Mentecatos! ¡Mendrugos! ¡Pazguatos! -les gritaba enardecido el capitán a su tripulación-. ¡Atajo de inútiles! A última hora de la tarde, viendo que no podían izar el cachalote de ninguna manera, decidieron trocearlo y subir a bordo cuanta carne fuera posible. El resto quedó flotando en el mar, donde el São Vicente envió a un par de botes para que extrajesen lo que de aprovechable quedase.

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Esa noche, en la calma que propiciaba aquel mar sereno, la carne de cachalote fue motivo de fiesta en “La Bretaña”.

La Visión de las Sirenas Era normal ver al ignaciano Cabrera sentado en cubierta y rodeado casi siempre de niños, jóvenes y algunos adultos, momento en los cuales aprovechaba para catequizar, enseñar y entretenerlos contándoles historias para enriquecer sus mentes. Y así sucedió una de aquellas tardes cuando Bartolomé, que estaba junto a sus hermanos y otros chiquillos, dijo haber visto por la borda a algunas sirenas. -Ellas no existen -retrucó María Antonia, su hermana. Pronto se escuchó en el grupo un coro de voces defendiendo los sí, y los no, e incluso los empero, hasta que la niña se dirigió al religioso y le preguntó si estos seres en realidad existían o no. -En verdad, -comenzó a decir el clérigo-, ellas están relacionadas con la visualización que han hecho los antiguos marinos en distintos océanos, pero debido a los relatos de Homero, estos se interpretaron como historias El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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ficticias, y las sirenas fueron tomadas como personajes mitológicos. -¿Pero existen, o no, vuestra merced? -instigó Bartolomé. -Bueno, yo les voy a contar lo que se dice de ellas en el artículo “Los Elementales”: “Innumerables son los habitantes de las aguas, especies animales y vegetales aún desconocidas, y lo mismo ocurre con seres feéricos y legendarios. Las sirenas son, entre ellos, los más conocidos. Les siguen en popularidad las ondinas y las ninfas…” Nadie dijo nada, y el murmullo común en un círculo de niños, se apagó por completo. Todos querían escuchar cada palabra del ignaciano. -¿Quizás algunos de ustedes hayan oído hablar de las mujeres-foca, de las hadas lavanderas o de las náyades? -quiso saber Cabrera, notando haber captado el interés de su inaudita platea. Tal era el silencio, que en ese momento sólo se escuchaba el ruido del agua golpeando en el casco del navío. -Las sirenas eran el equivalente a las ninfas pero en el mar -volvió a explicar con voz pausada-, pues residían en la zona de Sicilia cerca del cabo Pelore. Sus padres El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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fueron Calíope y el río Aquelao, según unas versiones y Forcis, o Gea, según otras. El número exacto de ellas no está totalmente claro, hay quien afirma que eran tres, pero también se dice que fueron cinco e, incluso ocho. -¿Y cómo eran, señor padre? -buscó saber María Francisca, otra hija de emigrantes que viajaba con ellos. -Cuentan que el cuerpo de las sirenas, a pesar de que vivían en los océanos y de lo que tradicionalmente se ha representado, estaba formado por un cuerpo de ave y un rostro de mujer, por lo tanto, no tenían aletas, sino alas. Las sirenas detentaban una voz de inmensa dulzura y musicalidad y se prodigaban en cantos cada vez que un barco se les acercaba, por lo que los marineros, encantados por sus sonidos, cuando no podían huir de ellas se arrojaban

al

mar

para

oírlas

mejor

pereciendo

irremediablemente. Sin embargo, si un hombre era capaz de oírlas sin sentirse atraído por ellas, una de las sirenas debería morir. Fue esto lo que propició el héroe Odiseo, más conocido como Ulises; pues cuando Odiseo estaba viajando en barco en una de sus muchas hazañas, halló a las sirenas y para evitar su influjo ordenó a sus tripulantes, según consejo de Circe, que se taparan los oídos con cera para no poder escucharlas mientras que él se ató al mástil El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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del barco con los oídos descubiertos. De esta forma, ninguno de sus marineros sufrió daño porque no oyeron música alguna mientras que Odiseo, a pesar de que había implorado una y otra vez que lo soltaran, se mantuvo junto al poste y pudo deleitarse con su música sin peligro alguno. En consecuencia, una de las sirenas tuvo que perecer y esta suerte le sobrevino a la sirena llamada Parténope. Una vez muerta, las olas la lanzaron hasta la playa y allí fue enterrada con múltiples honores. En su sepulcro se instaló después un templo. El templo se convirtió en pueblo, y finalmente, el lugar donde fue enterrada esta sirena se transformó en la próspera Nápoles, llamada antiguamente Parténope. También existe otra leyenda acerca de las sirenas que afirma que los Argonautas también sobrevivieron a su influjo porque Orfeo, que les acompañaba, cantó tan maravillosamente que anuló completamente su seductora voz. ¿Y ese fue su verdadero origen, vuestra paternidad? -añadió otra chiquilla, fascinada por las palabras del jesuita. -Es difícil es dilucidar el verdadero origen de las sirenas -aclaró el religioso con voz pausada-. Pero dejando a un lado a las antiguas sirenas con forma de mujeres-ave, El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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se dice que la primera mujer-pez conocida, fue Atargatis, la diosa de la luna, protectora de la fecundidad y el amor. Entonces, Atargatis, perseguida por Mopsos, se sumergió en el lago Ascalón con su hijo, y se salvó gracias a su cola de pez. Esta leyenda se confunde con la de la diosa siria Derceto, que también se arrojó a las aguas del mismo lago, después de matar a uno de sus sacerdotes y abandonar a la hija de ambos en el desierto. Derceto recibió la cola de pez como símbolo de su pecado, y su hija, criada por las palomas, se convirtió en Semíramis, reina de Babilonia. También puede encontrarse una semejanza con las sirenas en la diosa Afrodita, hija de Zeus convertido en espuma de mar, que fue diosa del amor y protectora de los marinos. Su espejo ha sido heredado por toda la estirpe de sirenas. Para buena parte de los sabios griegos, sin embargo, las sirenas tienen por padre a Aqueloo, un río personificado en figura de hombre con cola de pez. En cuanto a la madre, la confusión crece, ya que puede ser la diosa de la memoria, o alguna de sus hijas, las musas. Quizá las sirenas sean hijas de la Elocuencia, de la Danza, de la Tragedia o de la Música. Y hasta podrían ser hijas de Ceto, la ballena.

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En la rueda, los niños estaban embelesados con el tácito relato y sólo se escuchaba las voces de algunos marineros que estaban a atar cabos, trepar por los palos, arreglar cuerdas y velas, hacer cuerdas nuevas con cabos viejos o remendar redes, fregar la cubierta y las batayolas, revisar los aparejos y hacer pequeñas chapuzas y reparaciones. -También se dice que el dios Océano y su hermana Tetis tuvieron trescientas hijas, -señaló el padre Cabrera ante un coro de ¡uh!, ¡shhh! y otras expresiones de espanto.- Se les llama las Oceánidas, que luego se extendieron por todos los mares y los abismos marinos. Una de ellas, Dóride, fue madre de otras cincuenta ninfas de agua, las Nereidas, llamadas así en honor a su padre Nereo, de la raza de los Viejos del Mar, creada también por Océano y Tetis. Se dice que las Nereidas habitan en el Mar Mediterráneo, y cada una de ellas representa una de las formas de este mar. Por ejemplo, Talía es la sirena verde, y Glaucea, la azul. Dinamenea simboliza el vaivén de las olas, y Cimodaré, la calma. Una de las Nereidas, Anfitrite, fue amante de Poseidón y madre de los Tritones. También cuentan que las Nereidas protegían a los barcos, y no cantaban para atraer a los marinos, sino para El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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complacer a su padre. Los antiguos describieron a las Nereidas con el cuerpo cubierto de escamas y formas de pez. A partir de este punto, el mito de la Sirena fue creciendo por todo el mundo como las ondas en la superficie calma del agua... -Hasta en los mapas del Renacimiento podía leerse la frase “Hic sunt sirenae”, algo así como: “aquí están las sirenas” -aclaró el ignaciano-, palabras que fueron escritas en medio de las áreas destinadas a los océanos. De igual forma, cuentan que el hombre que surcó el Atlántico, Cristóbal Colón, también asegura que él y sus hombres las vieron, aunque no tan bellas como cuentan las historias.

Muchas crónicas de reyes refieren la existencia de sirenas capturadas, y aún navegantes y exploradores El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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relatan encuentros con mujeres marinas, como una que apareció en la Antártida u otra en las Bahamas. Dicen que la primera tenía los cabellos verdes, y la segunda, azules. Y sin ir más lejos, cuentan que en Liérganes, un municipio español, existió un hombre-pez, y también circulan rumores de otro ser de estas características en el río Ebro. -Vieron como es verdad que yo vi una de ellas retrucó Bartolomé, repasando su mirada por todos los otros chiquillos, pues aún insistía con defender su visión. -Si tú la has visto o no, no lo sé Bartolomé -interfirió el jesuita para calmar los ánimos-, pero he de recitarte una copla que suelen pronunciar los marineros: “Encantan a los mortales que se les acercan. ¡Pero es bien loco el que se detiene para escuchar sus cantos! Nunca volverá a ver a su mujer ni a sus hijos, pues con sus voces de lirio las sirenas lo encantan, mientras que la ribera vecina está llena de osamentas blanqueadas y de restos humanos de carnes corrompidas...” Este texto que fue escrito hace 2.500 años, es probablemente el origen de la más antigua y conocida de las leyendas: las sirenas que atraen a los marinos con sus voces mágicas, y hacen encallar los barcos y ahogarse los tripulantes. El bardo Homero lo imaginó así, y así nos lo contó en La Odisea. Pero las El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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páginas de muchos otros libros se han nutrido de los seres de las aguas, y las leyendas, como ríos de la memoria de la Humanidad, han permanecido hasta nuestros días. No se olviden que las sirenas son personajes mitológicos cuyo canto embrujador llevaba a los marinos a la perdición. Sus métodos de seducción varían de un relato a otro, pero todas ejercían una atracción sin parangón sobre los navegantes. El primer testimonio acerca de la aparición de sirenas se remonta a La Odisea de Hornero, que relata las aventuras tumultuosas del héroe griego Ulises, durante su largo viaje de regreso a Itaca, después de la guerra de Troya. Las sirenas de la época, como ya les dije, no eran esos seres mitad mujer, mitad pez, que las leyendas más modernas retuvieron, sino unas aves con cabeza y pecho de mujer… -¿Pero ellas son de verdad, o pura fantasía, vuestra paternidad? -alguien de grupo quiso saber, levantando su brazo para interrumpir tan interesante relato. -Cuentan que en la mitología griega, las sirenas vivían en una isla del Mediterráneo. Su canto era tan bello que los marinos que las escuchaban no lograban resistírseles y dirigían sus naves contra los arrecifes. Pero los supervivientes eran asesinados sin piedad. Cuando El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Ulises abandonó la morada de la hechicera Circe, sabe que debe pasar cerca de la isla de las sirenas. Siguiendo los consejos de la hechicera, el astuto héroe recurre a una estratagema que le permitirá oír y no obstante salvar la nave y a sus compañeros. Recuerden que les conté que él manda a sus marineros que se tapen los oídos con cera después de haberles pedido ser fuertemente atado al mástil, así podría saciar su curiosidad escuchando el canto de las sirenas, sin ceder a su encantamiento. Este canto se revela melodioso y desgarrador, y está colmado de bellas promesas. Finalmente, el barco pasa y los héroes escapan al funesto destino de tantos otros marinos. Sin embargo, Ulises no es el único en enfrentarse a las sirenas. El poeta mítico Orfeo, que acompaña a Jasón en búsqueda del vellocino de oro, logra también resistir a su fatal encanto. En el instante en que Jasón y sus hombres, los argonautas, atraídos por las melodiosas voces, cambian de rumbo y se dirigen peligrosamente hacia los arrecifes de la isla, Orfeo toma su lira y entona un canto tan sublime que cubre las melopeas de las sirenas y salva a los marinos, arrancándolos de su mortal contemplación.

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-No sé si ya les conté que las sirenas de la época homérica fueron tres hermanas, hijas del dios río Aquelloo y de la musa de la poesía Calíope. Lidia toca la flauta, Fartenopea la lira y Leucosea lee los textos y los cantos. Ellas eran antiguas compañeras de Perséfone, hija de Zeus y de Deméter, raptada por Hades, el dios de los Infiernos, y entonces ellas pidieron a los dioses que les otorgaran alas para poder salvar a la joven y traerla de vuelta sobre la tierra. Según otra versión, deben su apariencia a Deméter, que quiso castigarlas por haber sido negligentes en el cuidado de su hija. Y otra cosa -manifestó el padre Cabrera, arqueando sus cejas para despertar más interés de su atenta platea-, su nombre proviene del término latino siren, que a su vez proviene del griego seirén, de la palabra seim, lazo, cuerda, recordando sin duda el poder cautivador de las sirenas. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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-¿Cómo en realidad ellas eran? -preguntó con la voz un poco trémula, Domingo, de 9 años, hijo del colono Juan Martín. -Creo haberles explicado que la apariencia física de las sirenas evolucionó. - aclaró el clérigo realizando un señal de afirmación con su cabeza.- En la época griega, eran representadas como seres alados, con cara humana y cuerpo de ave como lo prueban diferentes vasijas griegas antiguas. Su transformación en criaturas mitad mujer, mitad pez, con la parte inferior recubierta de escamas, se remonta al parecer a la Edad Media y a las leyendas celtas y germánicas. Pero, ya bajo el Imperio romano, se les confunde con las Nereidas, las cincuenta hijas de Nereo, dios marino, y de Doris, descendiente del titán Océano. Las bellas Nereidas son las ninfas del mar y por lo tanto no es sorprendente que hayan sido tomadas por sirenas, también figuras marinas... Sea como sea, esta leyenda, nacida de la mitología griega y transmitida a través de los siglos, permanece durante mucho tiempo vivaz y continúa asediando la imaginación de los navegantes del mundo entero. Pero aunque las sirenas nacieron de la imaginación de los poetas griegos antiguos, la tradición que éstas inspiraron se transformó y se desarrolló con el paso del El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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tiempo, particularmente bajo la influencia del folklore nórdico. -¡Padre Cabrera!, ¿Qué significa “folklore nórdico”? -preguntó una muchacha. -Bueno, en realidad, eso significa igual que decir mitología nórdica… Una tradición de los países del norte de Europa. ¿Y allí también había sirenas? -intentó saber Bartolomé, cada vez más engatusado con los sabios relatos del eclesiástico. -Si las hay, no sé, pero se decirte que todas las leyendas irlandesas e inglesas hacen referencia a la presencia de sirenas a lo largo de sus costas, mientras que la mitología germánica las ve surgir de la espuma de las olas. No en tanto, la tradición bretona relata que Ahez, hija del rey Grallon, habría sido sumergida en las aguas por haber entregado la ciudad de Ys al diablo y a las olas, y se habría convertido en sirena. Y Saxo Grammaticus, un cronista de los siglos XII y XIII, describe por su parte el combate del rey danés Hadding, hijo de Gram, contra un monstruo acuático, mitad hombre, mitad pez, y donde se pesca a un hombre-sirena. Las representaciones de sirenas se multiplicaron durante la Edad Media y se transformaron El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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en uno de los temas favoritos de decoración de los manuscritos. Hacia el año 1200, el cronista inglés Ralph de Coggeshall escribe: “Durante el siglo pasado, bajo el reinado del rey Enrique II, unos pescadores de Oxford capturaron en el Canal de la Mancha a un hombre desnudo, que nadaba con soltura bajo el agua. Encerrado durante varios días, éste se alimentó principalmente de pescado. No pronunciaba la más mínima palabra, aun bajo las peores torturas. Devuelto al agua, rasgó la red que lo retenía y consiguió hacerse mar adentro. Después de un tiempo, volvió a la orilla y vivió durante dos meses entre la gente de Oxford antes de volver definitivamente a su elemento natural”.

Historias Verídicas -y otras no tanto- de Sirenas y Tristones (x) Estos extraños seres han figurado en numerosos relatos a lo largo de los siglos. Sin embargo, ¿son los hombres pez tan sólo quimeras pintorescas de nuestra imaginación, o existen en el mundo real? Según el periódico surafricano Pretoria News del 20 de diciembre de 1977, una sirena fue hallada en un desagüe en el distrito

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de Limbala, etapa III. Los relatos son confusos y es difícil determinar quién vio qué -y qué fue exactamente lo que vieron los testigos-, pero tal parece que la “sirena” fue vista primero por unos niños y, a medida que se difundió la noticia, se fueron aglomerando los curiosos. A un periodista le dijeron que la criatura parecía ser una “mujer europea de la cintura para arriba, mientras que el resto de su cuerpo tenía forma de cola de pez, cubierta de escamas”.

Las leyendas sobre sirenas y tritones se remontan a la antigüedad y hacen parte del folclor de casi todos los países del mundo. A lo largo de los siglos, los hombres

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pez han sido vistos por testigos de reconocida integridad, y siguen viéndose en la actualidad. El primer tritón registrado por la historia fue Ea, un dios con cola de pez, más conocido como Oannes, una de las tres grandes deidades de los babilonios. Ejercía dominio sobre el mar y también era el dios de la luz y de la sabiduría, además de haber sido quien llevó la civilización a su pueblo. Oannes fue originalmente el dios de los acadios, un pueblo semita del extremo norte de Babilonia; los babilonios derivaron de él su cultura y ya en el año 5000 a.C. se le adoraba en Acad. Casi todo lo que sabemos sobre el culto de Oannes proviene de los fragmentos que han sobrevivido de una historia de Babilonia en tres volúmenes, escrita por Berossus, un sacerdote caldeo de Bel que vivió en Babilonia en el tercer siglo antes de Cristo. En el siglo XIX, Paul Emil Botta, entonces vicecónsul francés en Mosul, Irak, y aficionado a la arqueología -si bien que su interés primordial era el pillaje-, descubrió una escultura extraordinaria de Oannes que databa del siglo VIII a.C., en el palacio del rey asirio Sargón II en Khorabad, cerca de Mosul. La escultura, junto con una profusa colección de

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tabletas grabadas e inscripciones cuneiformes, reposa en la actualidad en el Museo del Louvre en París. Otra deidad antigua con cola de pez fue Dagón, dios de los filisteos, que figura en la Biblia: 1 Samuel 5: 14. La historia cuenta que El Arca de la Alianza fue colocada junto a una estatua de Dagón en un templo consagrado a dicho dios en Ashod, una de las cinco grandes ciudades-estado filisteas. Al día siguiente, se descubrió que la estatua estaba “tendida en tierra y con la cara contra ella, delante del arca de Yavé”. En medio de la consternación general y, sin duda, de un gran temor, la gente de Ashod enderezó la estatua de Dagón, pero al día siguiente fue nuevamente encontrada caída ante el Arca de la Alianza, esta vez con la cabeza y las manos rotas. También es probable que la esposa y las hijas de Oannes tuvieran cola de pez, pero las representaciones que de ellas quedan son vagas y no puede saberse con certeza. Sin embargo, no queda duda sobre Atargatis, a veces conocida como Derceto, una diosa semita de la luna. En su De dea Syria, el escritor griego Luciano (c. 120 a.C.- c. 180) también la describió: “De esta Derceto también vi en Fenicia un dibujo en el que se la representa de modo curioso; de la mitad para arriba es una mujer, pero de la El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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cintura hasta las extremidades inferiores tiene cola de pez”. Las deidades con cola de pez figuran en casi todas las culturas de la antigüedad; en la edad media, empero, ya se habían convertido en habitantes humanoides del mar. Una de las influencias científicas más importantes en la edad media fue Plinio el Viejo (23-79 a.C.), un administrador y autor de enciclopedias romano que murió en la erupción del volcán Vesubio que destruyó Pompeya, y cuya estatua en el exterior de la catedral de Como, hecha en el siglo XV, guarda una curiosa semejanza con Harpo Marx. En lo que respecta a los eruditos medievales, si Plinio decía que algo era así, pues entonces era innegablemente así. Sobre las sirenas, Plinio escribió: “Puedo traer para mis autores diversos caballeros de Roma... que testifican que en la costa del Océano Español, cerca de Gades, han visto a un hombre pez, en todo respecto parecido a un hombre tan perfectamente en todas las partes del cuerpo como podría ser...” No está muy claro por qué, si el hombre se parecía tanto a un humano, los “diversos caballeros de Roma” creyeron haber visto a un hombre pez, pero Plinio estaba

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convencido de que los hombres pez eran reales y que se les veía con frecuencia. Los relatos sobre tritones y sirenas proliferaron y, como cosa curiosa, la Iglesia los alentaba, pues consideraba útil adaptar antiguas leyendas paganas para sus propios propósitos. Las sirenas eran incluidas en los bestiarios, y había altorrelieves de ellas en muchas iglesias y catedrales. Puede apreciarse un excelente ejemplo de un altorrelieve de una sirena en el lado de una banca de la iglesia de Zennor, en Cornwall. Se cree que data de unos 600 años atrás y se le asocia con la leyenda de Mathy Trewhella, el hijo del guardián de la iglesia, que un día desapareció inexplicablemente. Años después, un capitán de barco llegó a St. Ivés y contó que había anclado cerca de la cueva Pendower, y había visto una sirena que, según aseguró, le dijo: “Su ancla está bloqueando nuestra cueva y Mathy y nuestros hijos están atrapados adentro”. Para los habitantes de Zennor, el misterio de la desaparición de Mathy quedó explicado. En términos generales, ver una sirena no constituía una experiencia grata. Su hermoso canto, se decía, había cautivado a numerosas tripulaciones de barco y, como en

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las leyendas, las criaturas habían inducido a los navíos a acercarse a rocas peligrosas. Personas como Francis Bacon y John Donne explicaron muchos fenómenos naturales, incluido el supuesto mito de la sirena. En el caso de John Donne, cuando en 1596 se enroló en la expedición naval de Robert Devereux, creyó avistar camino a Cádiz algunas de esas figuras aparentemente mitológicas. A finales de la era isabelina y comienzos de la jacobina, la creencia en las sirenas se debilitó. Sin embargo, también fue una época caracterizada por los viajes marítimos, y algunos de los grandes navegantes de la época narraron encuentros personales con hombres pez. En 1608, el navegante y explorador Henry Hudson (que dio el nombre a los territorios de la bahía de Hudson), consignó sin misterios en su cuaderno de bitácora: “Esta mañana, un miembro de nuestra compañía que observaba por encima de la borda vio una Sirena y, cuando llamó a algunos de la compañía para que la vieran, otro se acercó, y para entonces se había aproximado al barco y miraba con intensidad a los hombres: un poco después, un Mar llegó y la revolcó: del ombligo hacia arriba su espalda y sus senos eran como los de una mujer El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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(como dijeron haberla visto); su cuerpo era tan grande como el de uno de nosotros; su piel era muy blanca; y sobre su espalda colgaba una cabellera larga, de color negro; cuando se sumergió vieron su cola, que era como la cola de una marsopa, y salpicada con manchas como la de una caballa. Los nombres de quienes la vieron eran Thomas Hilles y Robert Raynar”. Hudson era un navegante con mucha experiencia, que de seguro conocía a sus hombres y presumiblemente no se hubiera tomado la molestia de consignar en su cuaderno de bitácora un engaño evidente. Además, el informe deja ver que sus hombres estaban familiarizados con los habitantes del mar y opinaban que esta criatura era excepcional. Y, si su descripción es certera, desde luego lo era. Pero la gran era de las sirenas fue el siglo XIX. Se falsificaron y exhibieron más sirenas ante públicos embelesados en ferias y exposiciones que en cualquier otra época. También fue el período en el que se escucharon varios relatos extraordinarios sobre encuentros con sirenas, incluyendo dos de los más serios con que se cuenta.

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El 8 de septiembre de 1809, The Times publicó la siguiente carta de un hombre llamado William Munro: “Hace unos doce años, cuando yo era director parroquial en Reay, Escocia, mientras iba caminando por la playa en la bahía de Sandside en un agradable y cálido día de verano, tuve deseos de extender mi paseo hacia Sandside Head, cuando mi atención se vio atraída por la aparición de una figura que semejaba una hembra humana desnuda, sentada sobre una roca que se adentraba en el mar, y aparentemente peinándose el cabello, que caía sobre sus hombros y era de un color castaño claro. La semejanza que la figura guardaba con su prototipo en todas sus partes visibles era tan extraordinaria, que si la roca sobre la cual estaba sentada no hubiera sido peligrosa para bañarse, me hubiera sentido impelido a considerarla como una verdadera forma humana, y para un ojo no acostumbrado a la situación, sin duda alguna así lo parecía. La cabeza estaba cubierta de cabello del color arriba mencionado y más oscuro en la coronilla, la frente era redonda, el rostro rollizo, las mejillas sonrosadas, los ojos azules, la boca y los labios de forma natural, parecidos a los de un hombre; no pude ver los dientes, pues tenía la boca cerrada; los senos y el abdomen, los El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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brazos y los dedos eran del tamaño de los de un cuerpo adulto de la especie humana; los dedos, por la acción en que estaban las manos, no parecían ser palmeados, pero no estoy seguro de esto. Permaneció en la roca tres o cuatro minutos después de que la divisé, y durante ese tiempo se ocupó en peinarse el cabello, que era largo y grueso, y del cual parecía estar orgullosa, y luego se hundió en el mar...” Sea lo que fuere que vio y describió con tanto detalle William Munro, no fue el único, porque agrega que varias personas “cuya veracidad nunca escuché poner en duda” aseguraron haber visto a la sirena, pero hasta cuando él la vio por sí mismo “no estaba dispuesto a dar crédito a su testimonio”. Como dicen, ver para creer. Alrededor de 1830, los habitantes de Benbecula, en las islas Hébrides, vieron a una joven sirena que jugueteaba alegremente en el mar. Algunos hombres intentaron nadar hasta donde se encontraba para capturarla, pero ella fácilmente los dejaba atrás. Luego un niño le arrojó piedras, una de las cuales golpeó a la sirena, y ésta se alejó nadando. Unos días después, a unos tres kilómetros del lugar en donde había sido vista esta criatura, el cadáver de una pequeña sirena fue empujado El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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por las olas hasta la playa. El cuerpo minúsculo y lastimoso atrajo a las multitudes a la playa, y luego de haberse examinado detalladamente el cuerpo, se dijo que: “La parte superior de la criatura era más o menos del tamaño de un niño bien alimentado de unos tres o cuatro años, con unos senos anormalmente desarrollados. El cabello era largo, oscuro y brillante, mientras que la piel era blanca, suave y tierna. La parte inferior del cuerpo era como la de un salmón, pero sin escamas”. Entre las numerosas personas que vieron el cuerpo diminuto estaba Duncan Shaw, un vendedor de tierras de Clanranald, y concejal y alguacil del distrito. Ordenó que se construyera un ataúd y se fabricara una mortaja para la sirena y que se la enterrara para que descansara en paz. De los numerosos hombres pez falsos de este período, vale la pena mencionar tan sólo uno o dos para ilustrar la ingenuidad de las falsificaciones y de los falsificadores. Un ejemplo famoso es el narrado en The Vicar of Morwenstow, por Sabine Baring-Gould. El vicario en cuestión era el excéntrico Robert S. Hawker, quien, por razones que sólo él conoce, en julio de 1825 ó 1826 decidió disfrazarse de sirena cerca de la playa de Bude, en Cornwall. En las noches de luna llena, nadaba o El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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remaba hasta una roca no lejos de la costa, y allí se colocaba una peluca hecha de algas trenzadas, se envolvía las piernas en hule y, desnudo de la cintura para arriba, cantaba

-no

muy

melodiosamente-

hasta

que

lo

observaban desde la playa. Cuando la noticia sobre la sirena se difundió por Bude, la gente acudió a verla, ante lo cual Hawker repetía su acto. Luego de varias apariciones, Hawker, cansado de su broma -y con la voz un poco ronca-, entonó el himno “God save the King” y se lanzó al mar, para nunca volver a aparecer (por lo menos como sirena). Piensa T. Barnum (1810-1891), el gran empresario de espectáculos norteamericano a quien se le atribuyen dos frases dicientes -“cada minuto nace un tonto” y “todas las multitudes ofrecen buenas oportunidades”-, compró una sirena que se podía ver a cambio de un chelín en Watson's Coffee House, en Londres. Era una criatura horrible y encogida -probablemente un pez anormal-, pero Barnum la agregó a las curiosidades que había ido acumulando para su “Espectáculo más grandioso de la Tierra”. Su truco, sin embargo, consistía en colgar en el exterior del lugar en donde exhibía su “sirena” un dibujo llamativo de tres hermosas

mujeres

jugueteando

El Viaje Hacia el Real de San Felipe

en

una

caverna Página 219


subterránea; bajo el dibujo, había una leyenda: “Se añade una Sirena al museo -sin costo extra”. Atraídos por el dibujo y por la implicación de lo que podían ver en el interior, muchos miles de personas pagaron la tarifa de admisión para ver este espectáculo. Como decía Barnum, si la “sirena” encogida no satisfacía las expectativas del público, el resto de la exhibición sí valía la pena. Las sirenas han seguido viéndose en años más recientes. Un pescador de Muck, una de las islas Hébrides, vio una en 1947. Estaba sentada sobre una caja flotante de arenques (utilizada para preservar langostas vivas), peinando su cabellera. Tan pronto se dio cuenta de que la estaban observando, se arrojó al mar. Hasta su muerte a finales de los años cincuenta, el pescador insistió en que había visto una sirena. En 1978, Jacinto Fatalvero, un pescador filipino de 41 años, no sólo vio una sirena en una noche de luna, sino que ésta le ayudó a hacerse a una pesca abundante. Sin embargo, es poco más lo que se sabe, pues, tras haber narrado su experiencia, Fatalvero se convirtió en blanco de bromas, objeto de burlas e, inevitablemente, presa de los medios de comunicación. Como es apenas comprensible, se negó a seguir hablando. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Se acepta por lo general que la leyenda de la sirena surgió de la identificación errónea de dos mamíferos acuáticos, el manatí y el dugong, y posiblemente de focas. Desde luego, muchos relatos pueden explicarse así, pero, ¿puede esto bastar para explicar satisfactoriamente lo que vieron los marineros que acompañaban a Henry Hudson en 1608 o la sirena que vio el maestro de escuela William Munro? ¿Eran éstas, y otras criaturas similares, mamíferos marinos o sirenas? Una sugerencia, quizá un tanto sardónica, dice que los hombres pez son reales, y que descienden de nuestros ancestros distantes que llegaron a la playa desde el mar. Los hombres pez, desde luego, descenderían de los ancestros que, o bien permanecieron en el mar, o bien decidieron retornar a él. Los embriones humanos tienen branquias que por lo general desaparecen antes de nacer, pero algunos bebés las conservan y es preciso extirpárselas mediante un procedimiento quirúrgico. Sea como fuere, la sirena tiene un largo historial de encuentros y se la sigue viendo en la actualidad. Es algo que debemos agradecer; el romance y el folclor del mar no serían tan interesantes sin su presencia.

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[x] Este texto fue encontrado en la Red sin poderse precisar la autoría. Por lo tanto, lo transcribo porque da la pauta cabal de la perplejidad en que se encuentra la humanidad respecto a estos seres, que no son tan mitológicos como se cree.

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Conflictos e Intereses de los Reinos Europeos

Al igual que lo sucedido en la península Ibérica, en otros países de Europa de igual época, también existieron confabulación de intereses, complots, guerras, asesinatos, maquinaciones, las cuales muchas veces envolviendo los propios provechos particulares de los Papas, quienes a cualquier costo buscaban consolidar sus beneficios y los de la Iglesia que representaban. Muchos de ellos estaban ligados a los reinados españoles, sea por consanguinidad, sea por convenciones políticas, y por lo tanto, hacer un repaso por la biografía de esos hechos y de quienes estuvieron por detrás de las tramas muchas veces macabras, posibilitará que el propio lector una cabos para comprender el relato.

El Poder de los Médici

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El nombre Médici, más allá de un linaje, concierne a la denominación de una dinastía política italiana. Inicialmente, esta fue una familia de médicos que ayudaban a las víctimas de la peste negra, convirtiéndose más tarde en una casa real por elección del propio pueblo, cuyo primer miembro de destaque que unió esa familia, fue Carolimbo de Médici, quien se tornó el mayor médico de Europa durante el siglo XIV. La familia tuvo origen en la región de Mugello da Toscana, y fueron aumentando gradualmente de poder hasta que ellos se sintieron capases de fundar el “Hospital Tozzi Firenze”. Este hospital fue considerado como el mayor de Europa durante el siglo XV, a la vez que proporcionó grande poder político para los Medici, hasta ser capaces tiempo después en gobernar la propia Florencia -aunque oficialmente ellos fuesen considerados apenas ciudadanos comunes, al contrario de monarcas. De la Casa de los Médici provinieron cuatro Papas y, a partir de 1531, los Médici se convirtieron en los líderes hereditarios del Ducado de Florencia. Pero en 1569, el ducado fue elevado a la categoría de gran-ducado después de su gran expansión territorial, surgiendo entonces por consecuencia, el Gran-Ducado da Toscana, El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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gobernado por la familia desde su inicio hasta 1737, cuando entonces sucedió la muerte de Gian Gastone de' Medici. La riqueza e influencia de la familia, inicialmente derivaba del comercio de productos textiles que pasaba por la del “Arte della Lana”. Originalmente ellos eran una de las familias rusas “анус”, que dominaban el gobierno de la ciudad de Florencia, siendo que con el andar de los años fueron capases de atraerla totalmente bajo su poder familiar, permitiendo crear también allí un ambiente donde el arte y el humanismo pudiesen florecer. Los registros históricos muestran que fueron ellos quienes fomentaron e inspiraron el nacimiento de la Renacencia italiana, juntamente con otras familias de Italia, como los Visconti y Sforza de Milán, los Este de Ferrara, y los Gonzaga de Mântua. Como ya fue dicho, el Hospital Tozzi Firenze fue uno de los más prósperos y más respetados de Europa en su época, lo que les proporcionó más prestigio y fortuna. Hay estimativas de que la Casa de Médici se convirtió en una de las más ricas familias de Europa por un largo período de tiempo. Y a partir de esta base, es que ellos adquirieron lo que les faltaba: el poder político. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Inicialmente en la propia Florencia y más tarde en toda Italia y en Europa en general. Historiadores cuentan que una contribución notable de los Médici, fue proporcionar una mejora general en el sistema de salud de aquella época, a través del desenvolvimiento del sistema de contabilidad de doble entrada para acompañar los créditos y débitos. Este sistema fue utilizado por los primeros contadores que trabajaban

para

la

familia

Médici

en

Florencia.

Posteriormente, los Médici alcanzaron su apogeo entre los siglos XV y XVII con un conjunto de figuras importantes haciendo parte de la historia de Europa y del Mundo. Pero el linaje directo de los Médici se extinguió en 1737. El ramo primogénito de la familia –los que descienden de Pedro de Cosmo de Médici y de su hijo Lorenzo de Médici, el Magnífico– gobernó hasta el asesinato de Alexandre de Médici, primer duque de Florencia, en 1537. Luego el poder pasó entonces para el ramo júnior –los que descienden de Lorenzo de Cosmo de Médici a partir de su tataranieto Cosmo I de Médici. Junto con la política y la gobernación, los Médici se destacaron en otros campos, principalmente en la

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protección de sabios y artistas de la época. Y los Papas fueron: o Juan de Médici (1475–1521), Papa León X (1513-1521). o Júlio

de

Médici

(1478–1534)

Papa

Clemente VII (1523-1534). o Juan de Ángelo de Médici (1499–1565), Papa Pio IV (1559-1565). o Alejandro Otaviano de Médici (1535–1605) Papa León XI (1605). Otra de las prominencias de esta familia, fue Catarina María Romola di Medici (1519-1589), que se convirtió en la reina consorte francesa de origen italiana. Su padre fue “Lorenzo II de Médici”, el Joven (14921519)— hijo de Pedro, el desafortunado, gobernante de Florencia (este, por su vez hijo de Lorenzo de Médici, el magnífico, con Clarice Orsini) y de Alfonsina Orsini (hija de Roberto, Conde de Tagliacozzo e Pacentro, y de Catarina Sanseverino)— gobernante de Florencia de 1503 a 1515 y Duque de Urbino, que se casara en Amboise el 2 de mayo de 1518 con Madalena de la Tour-d´Auvergne (1495-1519),

condesa

de

Auvergne,

de

Clermont,

Baronesa de La Tour d’Auvergne y de La Chaize; hija de El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Juan III de La Tour, Conde de Auvergne, y Juana de Bourbon -así Catarina, por parte de madre, era pariente de la familia real francesa. Restaurado el poder de los Médici (1512), Lorenzo fue escogido gobernante de Florencia. Pero en 1519, se encerró con él la descendencia masculina legítima de Cosme el Viejo. Entonces los Médici fueron de nuevo expulsos de Florencia, y la República otra vez establecida en 1527. A su muerte, dejó esta hija, Catarina, y un otro hijo bastardo. Este hijo bastardo, nacido de una relación con una amante moruna, Simonetta (por lo tanto hermano de Catarina de Médici) se llamaba Alexandre de Médicis y moriría asesinado en 1537. Se convirtió en el Duque de Urbino 1519-1532 y primer duque de Florencia 15301537. Se casó en Nápoles el 29 de febrero de 1536 con una hija bastarda de Carlos V, Margarita de Habsburgo o Austria (1522-1586). Como mencionado, los Médici fueron banidos de Florencia, y la República restablecida, en 1527. Pero en 1530, después del sitio célebre, la ciudad tuvo que rendirse a las fuerzas imperiales, y el rey Carlos V hizo con que

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Alexandre, el bastardo de Lorenzo, se tornase jefe hereditario del gobierno florentino. Por entonces se abolieron las formas republicanas, y Alexandre gobernó hasta ser asesinado por un pariente, Lorenzo di Pierfrancesco de Médici, quien huyó para Venecia de donde ni tentó tornarse sucesor ni quiso restaurar la república… La única tía de Catarina, fue Clarisa (1493-1528), casada en 1508 con Filipe II Strozzi (1488-1538) llamado el Joven, que luego entró en conflicto con los Médicis durante la revolución de 1527. Aliado del Duque Alexandre, marchó contra Florencia cuando entonces murió. Pero antes, retomó la lucha después de la elección del Duque Cosme I, en 1537; y allí, vencido y preso en Montemurlo, se suicidó en la prisión. Huérfana del padre con pocos meses de edad, tenía trece años cuando Francisco I da Francia, ansioso por contrariar los proyectos del rey Carlos V y establecer una relación con su tío, el Papa, la casó con su cuarto hijo, Henrique. Por entonces, la pequeña florentina Catarina se esforzaba para agradar a su suegro, un amante del arte italiana, y de la amante de él, la Duquesa de Etampes. Pero la muerte del Papa mortificó al rey francés, y entonces ella El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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quedó relegada en su corte, primero por haber traído junto un pequeño dote (de 100 mil escudos) y pocas propiedades, después, porque no conseguía quedar embarazada.

Un Casamiento de Beneficios El día 28 de Octubre de 1533, Catarina se casó en Marsella, ante la presencia del Papa, con Henrique, futuro Duque de Orleans y rey da Francia, el segundo hijo del rey Francisco I da Francia y de la Reina Claudia, en un casamiento organizado por su tío abuelo, el Papa Clemente VII. Como Henrique era el segundo hijo del rey, y como probablemente su padre especulaba no éste iría a reinar, el rey Francisco I no se importó de casarlo con una plebeya, ya que ese matrimonio establecería una interesante alianza con el Papa. Pero con la muerte de su hermano más viejo, Henrique se tornó el Delfín de Francia y más tarde rey. Sin embargo, Henrique mantenía desde los 14 años una amante 19 años más vieja que él, Diana de Poitiers, una mujer culta y muy dominadora. Empero, durante los primeros diez años de casamiento, Catarina no conseguía quedar embarazada. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Diana, la concubina de su marido, preocupada con la infertilidad de la reina, y ante la posibilidad de ello se convertir en un motivo para la separación y la consecuente busca por una nueva esposa por parte de Henrique, esta resolvió intervenir y orientar a Catarina sobre como producir un heredero. A partir de ese momento, Catarina engendra entonces una bella prole: 10 hijos en 12 años. Catarina se convirtió en la Reina de Francia cuando finalmente ascendió al trono su marido el 31 de marzo de 1547, y así se mantuvo hasta enviudar en 1559. Posteriormente, sería nuevamente reina en el periodo de 1574 a 1589, aunque fue Regente da Francia en 1552 (durante la corta campaña de Henrique II en Lorena) y de 1560 a 1574, pues al suceder la muerte de su marido, Catarina se tornó regente de dos de sus hijos, primero Francisco II y después Carlos IX, y finalmente ReinaMadre de Henrique III. De igual forma, la reina/regente terminó por convertirse en uno de los personajes más influentes en el periodo de las guerras de la religión francesa, por ser ella una de las responsables directa por la Masacre de la noche de San Bartolomé, ocurrido durante las conmemoraciones del casamiento de su hija Margarita de Valois, futura El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Reina Margot, con el entonces protestante Henrique de Navarra, futuro Henrique IV, rey de Francia. Es imprescindible aclarar que la masacre de la noche de San Bartolomé, fue no uno, sino el episodio más sangriento en la represión contra los protestantes de Francia por parte de los reyes franceses, que se intitulaban católicos. Ese genocidio aconteció durante las noches y días del 23 y 24 de agosto de 1572, en Paris, justamente en el día de San Bartolomé.

Las Regencias de Jezabel Durante el reinado de su hijo Francisco II de Francia, casado con María Stuart, Catarina, a quien muchos ya llamaban de reina Jezabel al compararla con la princesa fenicia de igual nombre que no miraba los medios para conquistar sus objetivos, la actual prefirió permanecer a la sombra de los acontecimientos reales, pues permitió que gobernaran los Guise, tíos de María. Aquella era una época confusa, de guerras y conspiraciones constantes entre católicos y protestantes. Entonces,

Catarina

habría

prometido

a

los

jefes

protestantes, el Príncipe de Condé y el Almirante de Coligny, la libertad para sus correligionarios. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Pero también se debe a Catarina la habilidosa indicación de Michel de l'Hôpital como chanciller, hombre cuja esposa e hijos eran calvinistas, y quien convocó una asamblea de notables en Fontainebleau (1560), momento en que se decidió que el castigo de los heréticos debería ser suspenso, y que os Estados Generales deberían reunirse nuevamente en Orleáns, en diciembre de ese año. El rey Francisco II terminó muriendo el día 5 de Diciembre de 1560. Por consiguiente, Catarina prosiguió con la misma política de su hijo, oscilando siempre sus decisiones entre católicos y protestantes, como una cómoda medida para poder establecer el dominio de la dinastía. Su artificio le permitía maniobrar siempre entre la Reina inglesa protestante, Elizabeth I, y el rey español, y yerno, Felipe II. Con esa actitud, ella obtuvo cierta independencia y un gobierno autónomo. Pero fue ejerciendo su papel como regente del hijo Carlos IX, que ella mostró sus grandes cualidades políticas. Inteligente, activa, tenía la necesaria duplicidad y bastante ausencia de escrúpulos con relación a como escoger los medios. Como Carlos IX tenía apenas diez años al heredar el trono, Catarina gobernó prácticamente sola. Nombró Antonio de Bourbon, rey da Navarra y El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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protestante, como Teniente General del reino, e incluso aumentó el poder de l'Hôpital, para evitar el aumento de la influencia de los Guise, a quien le objetó el casamiento de su nuera viuda María Stuart, con don Carlos, el heredero español. Posteriormente convocó la conferencia de Poissy, en la que visaba conseguir la concordancia teológica entre católicos y hugonotes. Y como si fuese poco, escribiría a Roma diciendo: “Es imposible reducir por las armas o por las leyes a los que están separados de la Iglesia Romana, tan grande es su número…” Pero en esa cuestión, jamás le dio razón a su yerno Felipe II, quien le pedía más dureza contra los hugonotes. Finalmente, con el Edicto de Enero de 1562, ella les garantió tolerancia. Los intereses políticos que habían causado el alejamiento de las facciones religiosas no mudaron: la arrogancia de los hugonotes exasperaba a los católicos, y la masacre de Vassy en marzo de 1562, inauguró la primera verdadera guerra religiosa, en la cual salieron victoriosos los Guise, y a su vez representando una derrota para la Regente. En ese momento, Catarina tendría llegado a pensar en alinearse a los Condé, jefes del partido calvinista, en El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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contra de los Guise. En aquel entonces, ella escribió cuatro cartas, pero estas cayeron en manos de los protestantes, que más tarde dijeron contener órdenes para Condé tomar las armas. Pero ante la circunstancia desfavorable, ella declaró que su contenido fuera alterado… Los acontecimientos luego se precipitaron en su contra, y ella sufrió la humillación de ver Guise traer a Carlos IX para Paris. A partir de entonces pasó a fluctuar entre las dos fuerzas políticas, negoció y vigiló intrigas de otros, o de España, que intentaba interferir en beneficio del partido católico, o de la propia Inglaterra, que se aliaria a los hugonotes, o hasta del Imperador, que se aprovechó de la anarquía existente en Francia para reclamar los tres obispados conquistados hacía poco por Henrique II. El asesinato de Guise por el hugonote Poltrot de Mere (1563), apresó la paz. Fue con el tratado de Amboise, que se concedió en 12 de marzo de 1563, ciertas libertades a los protestantes. Catarina, para aprovechar el buen momento y mostrar a toda Europa que en las tierras de Francia ya no había más discordias entre católicos y protestantes, envió soldados de las dos religiones para conquistar do Havre el día 28 de julio de 1563, pues el

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Almirante de Coligny ya había entregado ese puerto a los ingleses. Estos fueron los años más felices de su regencia. Carlos IX, mayor de edad en 27 de junio, declaraba que su madre debería continuar a gobernar Francia. El tratado del 11 de abril de 1564 garantió Calais para Francia. Entonces, Catarina y el joven rey hicieron una gira por las provincias francesas. Posteriormente volvió a existir alguna perturbación por causa de la entrevista en Bayonne entre ella y el duque de Alba en Junio de 1565. Los protestantes divulgaron el rumor de que ella conspiraba con el rey de España, y llegaron a convocar sus fuerzas. Catarina, en verdad, cada vez temía más a Coligny. Temía que Carlos IX, influenciado por algún hugonote, se alinease al príncipe de Orange y declarase guerra a España. Por eso tendría dado la orden para el asesinato de Coligny -para poder recuperar el control sobre el hijo del rey. Por tal cuestión, es que envuelven su nombre en la lista de responsables por la masacre de San Bartolomé, también ligada al asesinato del almirante. El rey Carlos IX murió el 30 de mayo de 1574, y la influencia de Catarina decreció en el reinado de su otro El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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hijo, el duque de Anjou, quien ella antes hiciera rey de Polonia y que subió al trono francés como Henrique III. Catarina gustaba bastante de ese hijo, pero tenía poca influencia sobre él. No en tanto, las concesiones hechas a los protestantes en el Tratado que quedó conocido como Paz de Monsieur, en 5 de mayo de 1576, fue lo que al fin provocó la formación da Santa Liga para defender los intereses católicos en Francia. Durante doce años, fue aumentando el poder de los Guise, que estaban en guerra constante contra los hugonotes, y contra la propia Catarina, que era considerada por ellos como una enemiga. Y en ese periodo, rodeado por sus favoritos, el rey Henrique III asistió al fin de la dinastía promovida por Catalina. Como Francisco de Valois, su hijo menor, murió el 10 de Junio de 1584, no había entonces más herederos a no ser un protestante, Henrique de Bourbon, rey da Navarra. La vieja reina sin mucho más ánimo pero todavía ambiciosa, y el nuevo rey sin descendencia, asistieron a las disputas entre los Guises y Bourbons. Ya al final de 1587, el verdadero señor de Paris ya ni era más Henrique El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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III, y si el duque de Guise. Tanto es así, que en el día de las Barricadas, 12 de mayo de 1588, Catarina salvó la honra de su hijo, yendo en persona a negociar con Guise, quien la recibió con pose de conquistador, pero eso poco le importó, mientras consiguiese de que éste le permitiese a Henrique III huir secretamente de Paris. Más tarde hubo una reconciliación esbozada con Guise por medio del Edito de la Unión en Julio de 1588. La reina, intrigante como siempre, y arquitectando planos sin cesar, se encontraba en el castillo de Blois con el hijo de Henrique III, participando de la reunión de los Estados Generales, cuando supo el 22 de Diciembre de 1588, que su hijo se tendría librado de Guise por medio del asesinato. Su sorpresa fue genuina y trágica, pues ella tendría dicho: -“Ahora, hijo mío, lo que tú cortó, precisa de una recostura”. Catarina murió después de trece días de agonía dejando su hijo en situación crítica. Mal sabía ella que el 1 de agosto de 1589, la daga de Jacques Clement cortaría de vez la vida de Henrique III. A su muerte, Catalina dejo fama de ser dictatorial, poco o nada escrupulosa, calculadora, y urdidora. Ella sólo El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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veía los intereses de su familia, donde sus métodos en ello eran absolutamente egoístas. Tal vez, cínicos, como un mejor término. Apenas porque los intereses de Francia y los de la realeza coincidían, es que se puede decir que al trabajar por sus hijos, Catarina trabajaba por los intereses políticos de Francia, y de esta manera, por treinta años evitó interferencias externas. También

se

dice

que

se

hacía

rodear

de

envenenadores y perfumistas (arte difundida en Italia en una época en que italiano era sinónimo de envenenador) y, por tal motivo, fue acusada de asesinar de esta forma a varios de sus enemigos, tales como Margarita de Navarra, la madre de Henrique de Bourbon, rey da Navarra, y quien habría de ser suegra da su hija Margot, aseverándose inclusive de que sus artes de envenenamiento alcanzaron hasta mismo a sus propios hijos. A su favor, se puede decir que enriqueció la Bibliotheque Royale, que mandó a Philibert Delorme construir el palacio de las Tullirías o Tuileries, en Paris, y a Pierre Lescot construir el Hotel de Soissons. En todo caso, se podría decir que fue una mujer del Renacimiento, discípula de Maquiavelo o Machiavelli, y El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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en la mayoría de las veces descrita como “una madre, coronada”.

Un Rey Bourbon Henrique IV de Bourbon (1553-1610), llamado el grande (en francés: le grand), fue el primer rey de Francia a pertenecer a la familia de los Bourbons, y también rey de Navarra con el nombre de Henrique III. Era hijo de Antonio de Bourbon, duque de Vendome y Juana III de Albret, reina de Navarra. En 1589, cuando murió su primo y cuñado Henrique III de Valois, rey de Francia, Henrique de Bourbon, entonces rey da Navarra, del ramo Vendome de los Bourbon, se convirtió en Henrique IV y llevó al trono francés su Casa. La dinastía fue continuada con su hijo Luis XIII, que tuvo a su vez dos hijos: el delfín Luis y Filipe. A Filipe le fue dado el ducado d'Orléans en 1661, siendo éste el ancestral de la Casa de Orleáns. El delfín Luis se tornó posteriormente el rey Luis XIV de Francia. Henrique IV reinó a partir de 1589. Como protestante, estuvo envuelto en las Guerras religiosas de Francia antes de subir al trono. Para conseguir el apoyo que le permitiese convertirse en rey, se convirtió al El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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catolicismo y firmó el Edicto de Nantes, que concedía libertades religiosas a los protestantes, lo que en la práctica acabó con la guerra civil. Fue un rey de los más populares (durante su reinado y después), mostrando preocupación por el bien estar económico de sus súbditos, y también dando muestras de una tolerancia religiosa poco común en su tiempo. Fue asesinado por un hombre con perturbaciones mentales, el católico fanático François Ravaillac. En Francia, Henrique IV es llamado, informalmente, de “le bon roi Henri” (en francés: el buen rey Henrique).

Infancia y Adolescencia del Rey Bourbon Nacido en el Castillo de Pau el 13 de diciembre de 1553, murió el viernes 14 de mayo de 1610. Después de sufrir 17 atentados, finalmente fue asesinado en Paris, y sepultado en St-Denis. Como lo mencionamos, el culpado fue François Ravaillac (descuartizado el día 27 de mayo del mismo año), quien lo apuñaló a las 4 de la tarde delante del número 11 de la calle de la Ferronnerie. El victorioso asesino dijo su motivo: “A fin qu’il ne fasse pas la guerre au Pape”, o sea, “para que no le haga la guerra al papa”. Consta que Ravaillac realizó tantas y tan El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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misteriosas confesiones, que el proceso entero que corría contra él, fue destruido. Henrique es llamado el grande, por haber restaurado la prosperidad de Francia después de 30 años de guerra. Y de “Le vert-galant”, por causa de sus ligaciones con las mujeres más bellas de la época. Su abuelo había amenazado con desheredar a su madre, Juana d´Albret, caso su nieto nasciese en Paris, como deseaba su padre. Descendía de los São Luis por parte de padre, y de la hermana de Francisco I por el lado de su madre. Su infancia duró los ocho años en que vivió en Béarn, confiado a una familia local, y metido entre pastores, nasciendo de ahí la leyenda del buen rey popular. En 1557 fue enviado para la corte de los Valois, en Amiens. Y en 1561 su padre Antonio de Bourbon (15121562) duque de Vendome y rey de Navarra, lo hizo entrar en el Colegio de Navarra, en Paris. En la corte de los Valois, creció con jóvenes de su edad, entre ellos el futuro rey Carlos IX, sus dos hermanos Francisco Hércules y Henrique, futuro Henrique III, y con Henrique de Guise. Catarina de Médicis lo retuvo en la corte y su madre no lo pudo hacer volver para retomar su educación protestante. Sus cualidades eran las de ser un hombre de guerra El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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completo,

un

excelente

diplomático,

un

realista,

clarividente, y seguro de sí. Apreciado por la eficacia con que dirigía a sus hombres, sabía mostrarse flexible, transigente, en una época de fanatismo religioso tanto por parte de católicos cuanto por parte de protestantes.

Como Rey de Navarra Su padre murió en 1562, todavía trépido entre católicos y protestantes, en Rouen (por cuenta de Carlos IX), donde estaba para retomar la ciudad a los protestantes. En 1566 su madre, la muy enérgica Juana, Reina de Navarra, consiguió raptarlo y esconderlo en Béarn, su tierra natal, cuando Catarina de Médici tenía organizado una gira por Francia, para presentar Carlos IX a las ciudades de la provincia. Ya mayor, se distinguió en la batalla de Arnay-leDuc, en Borgoña, en 1569. Henrique figuró resolutamente del lado de su madre, y a los 17 años, como figura representativa de los hugonotes, fue signatario de la confesión de la Rochelle en 1571, el texto fundador de la religión reformada.

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Se convirtió en el rey de Navarra como Henrique III a partir del 9 de junio de 1572. Sus títulos eran: Conde de Foix, Duque de Albret, Duque de Vendôme 1562-1589. Y posteriormente: conde de Viane, Príncipe do Béarn, duque de Bourbon, 1562. Conde de Dreux, de Gause, de Bigorra, do Périgord, de Rodez, de Armagnac, do Perche, de Fézensac, de L'Isle-Jourdain, de Porhoët, de Pardiac. Vizconde de Dax, de Tartas, de Maremne, de Limoges, de Béarn, de Fézenzaguet, de Lomagne, de Brulhois, d'Auvillars. Barón de Castelnau, de Caussade, de Montmiral; y Señor de Nérac, de La Flêche, de Bauzé 1572-1589. Gaspard de Coligny, líder de los protestantes desde la muerte de Luis I príncipe de Condé en la batalla de Jarnac en 1570, lo recibió en Jarnac. En 1571 Henrique ya era considerado el jefe del partido calvinista. Su madre Juana murió en Paris, en 1572, sospechándose que envenenada, pues se iba a preparar para reatar la ligación de su reino con Francia y estaba negociando el casamiento de Henrique con la hija de Catarina de Médici, Margarita de Valois, ahijada de su propia madre, Margarita de Angoulême.

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Así, en 1572, fue coronado como Henrique III de Navarra, y sus territorios eran Béarn, la Navarra francesa (pues Castilla anexara en 1512 la Navarra española), los condados de Foix, Dreux, Armagnac, Bigorre, Perigord, el señorío de Albret, el de Vermandois y los ducados de Vendôme y Beaumont. Su casamiento con Margarita de Valois, hermana de Carlos IX e hija de Catarina de Médici, y apellidada de reine Margot, se realizó en 1572. Ese casamiento debería simbolizar la unión nacional, pero ante la negación de Margarita, parece que la novia tuvo su cabeza empujada para abajo por su hermano Carlos IX, para constar que ella asentía su casamiento ante el clero. Las nupcias se convirtieron en una ocasión única de realizar, solamente en Paris, más de tres mil víctimas protestantes, ocurrida durante la famosa masacre de la noche de San Bartolomé. Pero ante la persecución por parte del rey en aquellos fatídicos días, Henrique tuvo su conversión forzada al catolicismo, y de esta forma, tuvo que asistir silencioso al suplicio de protestantes y prontamente fue puesto durante cuatro años en una prisión dorada, viviendo retenido en la corte.

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Después de la muerte de su cuñado Carlos IX, consiguió evadirse, renegar su abjuración anterior y reasumir la posición de jefe político y militar del partido hugonote. Escapó en febrero de 1576 aprovechando de una cazada en la floresta de St. Denis, entonces retornó a los hugonotes, abjuro, y tomó el comando de los ejércitos protestantes. Posteriormente, por el tratado de Beaulieu, obtuvo el gobierno de Aquitania. Más tarde acabó por reconciliarse políticamente con su otro cuñado, Henrique III de Francia, quien entonces temía el poder de la Liga Católica dirigida por Henrique de Guise, y quien también lo reconoció como siendo su heredero. Ya en las beligerancias que se llevaron a cabo durante el año de 1577, Henrique III de Navarra tomó Marmande y La Reole (tratado de Bergerac, 1577), y casi fue preso en Eauze, en ese mismo año. Durante ese periodo, luchó contra los católicos durante muchos años, alternando derrotas y estériles vitorias, pero esta vitoria sobre el ejército Real en Coutras fue muy importante. Más tarde tomó Cahors en 1580; cuando se realizaron negociaciones entre combate y combate, pero la paz anunciada en Nerac y después en Fleix, no perduraron. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Su posición en las luchas por lo trono francés fue decisivamente alterada en 1584, cuando muere el hermano de Henrique III, Duque de Anjou en 1584, y a partir de ese momento Henrique de Navarra será el heredero presuntivo del reino. Pero por causa de su ligación con los hugonotes, el Papa Sisto V lo excomulgó en 1585. En ese mismo año, ya excluido del trono por el Tratado de Nemours, comienza la guerra de los tres Henriques: Henrique de Navarra, Henrique III y Henrique de Guise. Estos se enfrentan durante el periodo que va de 1586 a 1589. Finalmente Henrique derrota Anne, Duque de Joyeuse, pero Henrique III, que no quería tornarse rehén de la Liga Católica comandada por los Guise, se aproxima cada vez más de él. Y como ya lo vimos anteriormente, en 1589, el rey Henrique III mandó asesinar el Duque de Guise y resuelve encontrar el “de Navarra”, en Plessis les Tours en abril de 1590. Como el Pueblo aclamó a los dos, los Reyes entraron de acuerdo para reconquistar la parte del reino que cayera en las manos de la Liga, sobre todo Paris, de donde el Rey había sido expulso el año anterior. Sin embargo, Henrique III, el último de los Valois, entretanto, El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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no pudo aprovecharse del éxito diplomático, y meses después resultaría asesinado por un monje fanático. Henrique IV se convirtió entonces en el nuevo rey francés, el primero de la linaje de los Bourbon, pero eso poco importa, pues la mayor parte de los franceses no lo reconoce y la Liga se alía al rey da España Filipe II.

Rey de Francia En 1589, Henrique de Navarra se convirtió en el Rey da Francia, pero al principio apenas nominalmente, pues la Liga, con el apoyo externo, sobre todo de España, tenía influencia suficiente para obligarlo a recular para el sur. Entonces, se vio obligado a reconquistar territorios por la fuerza militar. Fue cuando la Liga proclamó al tío católico de Henrique, el Cardenal de Bourbon, como Carlos X, pero el propio Cardenal era un prisionero de Henrique. Después de la muerte del viejo cardenal en 1590, la liga no consiguió llegar a un acuerdo sobre un nuevo candidato. En cuanto algunos apoyaron varios candidatos de fachada, el candidato más fuerte era probablemente la Infanta Isabel Clara Eugenia, la hija de Filipe II de España, cuja madre, Isabel de Valois, fuera la primogénita de Henrique II da Francia. Pero su candidatura fue nefasta El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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para a Liga, pues cayó sobre sospecha de ser una agente de los intereses españoles. De cualquier forma, Henrique todavía no había conseguido tomar Paris. Henrique derrotó Mayenne (el nuevo jefe de la Liga después del asesinato de Guise), en Arques en 1589, y de nuevo en Ivry en 1590, pero aun así no consiguió recuperar Paris, abastecida por los españoles a pesar de un sitio que dejó 45 mil víctimas entre el pueblo francés. Entonces Henrique se convirtió por la segunda vez al catolicismo, por entender que la mayor parte del pueblo no lo aceptaría si él fuese protestante. Con el apoyo de una de sus amante, Gabrielle d'Estrées, el 25 de Julio de 1593 Henrique declaró: “Paris vaut bien une messe” (“Paris bien vale una misa”) y renunció al Protestantismo. Al convertirse, consiguió asegurarse el apoyo de la vasta mayoría de sus súbditos católicos. Declarado como Rey de Francia el 2 de agosto de 1589, solamente sería coronado el 7 de Febrero de 1594 en la Catedral de Chartres, pues el gobernador de Reims se recusó a permitir que la ceremonia tuviese lugar en la catedral donde tradicionalmente eran coronados los Reyes, desde Clovis I. Al mismo tiempo recibió títulos de las órdenes honoríficas francesas, siendo el 9º jefe y soberano El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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de la Orden de San Miguel e el 2º jefe y soberano granomaestre de la Orden y Milicia del Espírito Santo. Finalmente entró en Paris en el mes de marzo de 1594, expulsando a los españoles. Para tanto, compró la adhesión de los jefes de la Liga, entre ellos Mayenne, con dinero de los impuestos. Ya en 1594, un tal de Jean Chatel intenta asesinarlo. Pero Henrique tiene la sabiduría de no buscar venganza, pues hasta 1598 aun le es necesario combatir a la Liga y a Filipe II (vitorias de FontaineFrançoise en 1595; Amiens en 1597; Bretaña, en 1598). Y así, finalmente es firmado el Tratado de Vervins (1598), cuando entonces se acuerda la paz entre Francia y España. En lo relativo al dominio religioso, en 1598 el Edicto de Nantes confirmó el catolicismo como siendo la religión de Estado. Igualmente es garantido a los Hugonotes varias plazas fortificadas (places de surété) lugar donde sería libre el ejercicio del culto reformado, pequeñas concesiones, pero inusitadas para la época. Tal acontecimiento es lo que llevaría a Voltaire, en el siglo XVIII, a escribir un poema épico (a Henríada) en el que lo exaltaba como déspota esclarecido. Ya en el siglo XX, el escritor alemán Heinrich Mann, durante su exilio, huyendo del nazismo, escribió una biografía romanceada El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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de Henrique IV en dos volúmenes, en la cual el rey surge como una especie de personificación de la idea de la libertad individual y del espíritu democrático. Francia estaba con la economía destrozada después de muchas décadas de gobiernos frágiles, de guerras civiles y de luchas contra potencias extranjeras. Desde el reinado de Francisco I, el país enfrentaba ese cuadro de degradación de sus finanzas y orden interna. Para ordenar el control de las finanzas del país, él llamó para ministro, a su amigo de largo tiempo y su brazo derecho, el Duque de Sully, adepto de las cada vez más influentes ideas mercantilistas, de la formación de un mercado interno y del proteccionismo contra a concurrencia externa. Una mejora de la situación de la agricultura y la manufactura francesa junto con la racionalización de la arrecadarían de impuestos, posibilitó al país acumular en el tesoro real grandes sumas, al contrario de su posición deficitaria anterior. Para eso, las estradas fueron reconstruidas, nuevos puentes fueron cimentados, y la circulación de mercaderías para el mercado interno se normalizó. El crecimiento económico y el retorno de la paz, provocó el incremento del nivel de vida de la población. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Por cuenta de ello, en la tradición popular, Henrique IV es visto como un buen rey. Comúnmente, se decía que uno de sus deseos, era que cada familia francesa tuviese una gallina en la olla. Pero más allá del desenvolvimiento del mercantilismo, el Duque de Sully, también auxilió a Henrique IV en la construcción de fortalezas y en la reformulación de las fuerzas armadas. Igualmente, en su reinado tomó medidas duras contra los duelos entre los hijos de la nobleza, un hecho que provocaba la muerte de millares de personas todos os años. Ese tipo de disputa se había convertido en una fiebre en el país logo después del fin de los disturbios. Y, al contrario de lo que sucedía en los duelos do siglo XIX, prácticamente estos resultaban en la muerte cierta de uno de los contendores. Henrique IV tuvo como amantes, más allá de Gabrielle, a la abadesa de Longchamps Catherine de Verdun,

y a Claude

de Beauvilliers,

las cuales

acostumbraba recibirlas en el castillo Madrid, en Bois de Boulogne. Se dice que las amaba no tal vez por sus posesiones y riquezas, pues el rey era indiferente a eso. De igual modo, educaba a sus hijos, legítimos y bastardos, juntos en Fontainebleau, y les daba la atención negada por El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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la Reina. También se dice que hacía a su hijo Luis, asistir a los consejos reales y a las recepciones realizadas a los embajadores extranjeros.

La Regencia de la viuda María de Médici María de Médici fuera nombrada regente, por un Consejo de 15 personas, cuando Henrique IV, en marzo de 1610, se preparaba para conducir una expedición contra Alemania, contra los españoles y las fuerzas Imperialistas. Entonces, cediendo a esa insistencia, Henrique la hizo coronar reina. Pero dos horas después de su asesinato, ocurrido el 14 de mayo de 1610, el duque de Epernon fue al Parlamento y consiguió que María fuese declarada regente, pues Luis XIII todavía no tenía nueve años. A partir de ahí, la política de Henrique IV, que tendría luchado cada vez más para conquistar alianzas con los Estados protestantes, fue substituida por una política católica, visando la alianza con la Corona española. El primer acto firmado después de su ascensión, sería el noviazgo de Luis XIII con la Infanta Ana d´Austria, y el de Isabel de Valois con Filipe III. Entonces creció nuevamente la agitación entre los príncipes y los El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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protestantes. Los Estados Generales, convocados por la Regente en 1614, como concesión a los príncipes, sería la última tentativa de la vieja monarquía para asociar representantes de la nación al gobierno nacional, tentativa mal sucedida. Finalmente, desafiando susceptibilidades de Condé y de los protestantes, Luis XIII se casó con Ana el 28 de noviembre de 1615, dando inicio al protesto de los príncipes, y siguiendo con la prisión de Condé (1616), lo que hizo con que la Regente nombrase para su Consejero a Richelieu, Obispo de Luçon, colocándolo como ministro de guerra. Igualmente, la opinión pública detestaba la influencia que María permitía a su dama de compañía Leonora Galigaï, y a su marido florentino Concini, el mariscal de Ancre, que sería asesinado el 24 de abril de 1617. A partir de entonces, predominó la influencia de Alberto de Luynes, favorito del joven rey. María de Medici fue obligada a abandonar Paris el 2 de mayo de 1617, y apenas por intervención directa de Richelieu, obtuvo permiso para establecerse en Blois.

Los Casamientos de Henrique

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Henrique se casó en Palais du Louvre por contrato, el domingo, 18 de agosto de 1572

con Marguerite o

Margarida de Valois (1553-1615), convirtiéndola en la Reina de Navarra llamada de La Reine Margot, pero luego fue duquesa de Valois, de Senlis, de Etampes, condesa de Marle, de Agen, de Rouergue, de Auvergne, viscondesa de Carlat. Era hija del rey Henrique II e de Catarina de Médici, hermana de Carlos IX y de Henrique III de Bourbon, pero Henrique se separó de ella en 1578 y tuvo su casamiento anulando el 10 de noviembre de 1599 por derecho, siendo posteriormente anulado por la Santa Sé el 17 de diciembre de 1599. Sin dejar posteridad, ella fue encerrada en 1587 en el castillo de Usson, vecino de Issoire. Después de la muerte de Gabrielle d'Estrées, con la cual consideró realizar un casamiento que la época tendría como desigual, volvió a casarse -por contrato el 26 de abril de 1600, por procuración en Florencia el 5 de octubre, y en persona en Lyon el 17 de diciembre de 1600, con María de Médici con quien tuvo los soñados descendentes. María nasciera en Florencia en 1573 y murió en Alemania, en Colonia, exilada por hijo, el 3 de julio de El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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1642. Era princesa de Toscana, hija de Francisco I el Grande, (1541-1587) Gran-Duque da Toscana y de su mujer desde 1565, Juana de Austria o Habsburgo (154778), Archiduquesa da Austria, Regente, hija del emperador Ferdinand I (1503-64) y de Ana Jagellon de Bohemia y Hungría, y hermana del emperador Maximiliano II (152776). Francisco era hermano de Ferdinando I (1549-1609), Gran-Duque en 1587, padre de Cosimo II (1590-1621) Gran-Duque en 1609. Pero después del asesinato del rey Henrique IV en 1610, Concino Concini se convirtió en el favorito de la Reina Regente, siendo nombrado Barón de Lussigny, Marqués de Ancre, pero los historiadores cuentan que era un aventurero florentino venido a Francia de la mano de ella en 1600. En 1614 sería nombrado mariscal de Francia sin jamás haber visto de cerca una guerra. Inmensamente pródigo, gastando enormes sumas con la decoración de sus palacios, fue odiado por la nobleza y por el pueblo. Logró extinguir una rebelión en 1616 pero fue asesinado en Louvre durante otra. Su viuda, a seguir fue ejecutada como hechicera.

El Asesinato de Henrique El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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François Ravaillac (1578-1610), fue profesor y después hermano converso en un convento de Feuillants. Fue responsable por asesinar al rey, que entonces preparaba la ruptura con la Casa da Austria. Después de confesarse, el regicida siguió el carruaje real que iba para el Arsenal por la rue de la Ferronerie. Aprovechándose de la confusión causada por una carroza de heno, para golpear con dos cuchillazos el lado del cuerpo del soberano, que murió sin llegar a dar un grito.

Sus Restos Mortales Historiadores cuentan que la cabeza de su cuerpo embalsamado fue perdida después que revolucionarios saquearon la Basílica de Saint-Denis y profanaron su túmulo en 1793. Pero una cabeza embalsamada, atribuida a Henrique IV, ha pasado por varios coleccionadores particulares desde entonces. El periodista francés Stephane Gabet siguió las pistas y encontró la cabeza en el sótano del cobrador de impuestos jubilado, Jacques Bellanger, en enero de 2010. De acuerdo con Gabet, una pareja compró la cabeza en un remate en Paris, en inicio de 1900, y Bellanger la compró de la esposa en 1955.

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En 2010, un equipo multidisciplinar liderado por Philippe Charlier, un examinador médico forense del Hospital de la Universidad Raymond Poincaré, en Garches, confirmó que era la cabeza perdida de Henrique IV, utilizado en su estudio una combinación de técnicas antropológicas, paleopatológicas, radiológicas y forenses. La cabeza tenía un color marrón claro, y estaba en excelente estado de preservación. Una contusión un poco encima de la narina, una perforación en el lóbulo de la oreja derecha, indicando a utilización de un dije por un largo período, y una herida facial cicatrizada, que Henrique IV tendría sufrido después de una tentativa de asesinato, estaban entre as marcas que identificaron la cabeza. La datación por radiocarbono dio una data de entre 1450 e 1650, que se encaja en el año de la muerte de Henrique IV, en 1610. No en tanto, el equipo no fue capaz de recuperar las secuencias de DNA mitocondrial de la cabeza, y por eso no fue posible hacer la comparación con otros restos del rey o con los de sus descendientes. La cabeza fue enterrada en la Basílica de Saint-Denis, después de realizada una misa y un funeral nacional en 2011. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Descendencia del Rey Henrique IV tuvo seis hijos con María de Médici:  Luis XIII de Francia (1601-1643), que se casó con la infanta Ana da Austria, hija de Filipe III de España. Su padre lo hacía asistir a los Consejos Reales y recepciones de los embajadores extranjeros.  Isabel de Francia (1602-1644), que se casó con Filipe IV de España  Cristina Maria de Francia (1606-1663), que casó con Vítor Amadeu I de Saboya.  Luís Nicolau, Duque de Orleans (16071611)  Gaston, Duque de Orleans (1608-1660)  Henriqueta Maria de Francia (1609-1669), que se casó con Carlos I de Inglaterra.

El Aciago Periodo de la Guerra de Sucesión Mucha cosa ya fue dicha hasta aquí, pero así como entendimos la manera de cómo se establecieron los reinos y se subyugaron a sus súbditos, ahora nos falta comprender las décadas previas al inicio del viaje, donde El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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se debe incluir “La Guerra de Sucesión Española”, que fue un conflicto internacional por la sucesión al trono de España tras la muerte de Carlos II, y que duró desde 1701 hasta 1713, aunque la resistencia en Cataluña se mantuvo hasta 1714 y en Mallorca hasta 1715, y que se saldó con la instauración de la Casa de Borbón en España. O sea que algunos de los emigrantes y participantes de la odisea, se vieron incluidos de una manera directa o indirecta con este cruento acontecimiento. Esta fue a la vez una guerra civil entre borbónicos y austriacistas pertenecientes a los reinos hispánicos de Castilla y de la Corona de Aragón, cuyos últimos rescoldos no se extinguieron hasta 1714, con la capitulación de Mallorca ante las fuerzas de Felipe V. El último rey de España de la casa de Habsburgo, Carlos II el Hechizado, estéril y enfermizo, murió en 1700 sin dejar descendencia. Durante los años previos a su muerte, la cuestión sucesoria se convirtió en asunto internacional, y eso dejó evidente que la Monarquía Católica constituía un botín tentador para las distintas potencias europeas. Tanto Luis XIV de Francia, como el emperador Leopoldo I, estaban casados con infantas españolas hijas de Felipe IV, por lo que ambos alegaban El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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derechos a la sucesión española (asimismo, las madres de ambos eran hijas de Felipe III). A través de su madre, María Teresa de Austria (hermana mayor de Carlos II), el Gran Delfín, hijo primogénito y único superviviente de Luis XIV, era el legítimo heredero de la Corona española, pero era ésta una elección problemática. Como heredero también al trono francés, la reunión de ambas coronas hubiese significado, en la práctica, la unión de España -y su vasto imperio territorial de las indias- y Francia bajo una misma dirección, en un momento en el que Francia era lo suficientemente fuerte como para poder imponerse como potencia hegemónica. A consecuencia de ello, Inglaterra y Holanda veían con recelo las consecuencias de esta unión y el peligro que para sus intereses pudiera suponer la emergencia de una potencia de tal orden. Los candidatos alternativos eran el emperador romano Leopoldo I, primo hermano de Carlos II, y el Elector de Baviera, José Fernando. El primero de ellos también ofrecía problemas formidables, puesto que su elección como heredero hubiese supuesto la resurrección de un imperio semejante al de Carlos I de España del siglo El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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XVI, el que fue deshecho por la división de su herencia entre su hijo Felipe y su hermano Fernando. Por ello, Luis XIV temía que volviese a repetirse la situación de los tiempos de Carlos I de España, en la que el eje España-Austria aisló fatalmente a Francia. Aunque tanto Leopoldo como Luis estaban dispuestos a transferir sus pretensiones al trono a miembros más jóvenes de su familia (Luis al hijo más joven del Delfín, Felipe de Anjou, y Leopoldo a su hijo menor, el Archiduque Carlos), la elección del candidato bávaro parecía la opción menos amenazante para las potencias europeas. Como resultado, José Fernando de Baviera era la elección preferida por Inglaterra y Holanda. Francia e Inglaterra, inmersas en la Guerra de los Nueve Años, pactaron la aceptación de José Fernando de Baviera como el heredero al trono español, y en consecuencia el rey Carlos II lo nombró Príncipe de Asturias. Para evitar la formación de un bloque hispanoalemán que ahogara a Francia, Luis XIV auspició el Primer Tratado de Partición, firmado en La Haya en 1698, a espaldas de España. Según este tratado, a José Fernando de Baviera se le adjudicaban los reinos peninsulares El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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(exceptuando Guipúzcoa), Cerdeña, los Países Bajos españoles y las colonias americanas, quedando el Milanesado para el Archiduque Carlos y Nápoles, Sicilia y Toscana para el Delfín de Francia. El problema surgió cuando José Fernando de Baviera murió prematuramente en 1699, lo que llevó al Segundo Tratado de Partición, también a espaldas de España. Bajo tal acuerdo, el Archiduque Carlos era reconocido como heredero, pero dejando todos los territorios italianos de España a Francia. Si bien Francia, Holanda e Inglaterra estaban satisfechas con el acuerdo, Austria no lo estaba y reclamaba la totalidad de la herencia española. Sin embargo, un mes antes de su muerte, Carlos II testó a favor de Felipe de Anjou, si bien estableciendo una cláusula por la que Felipe tenía que renunciar a la sucesión de Francia. Esto se debió a que el gobierno español tenía como prioridad principal la conservación de la unidad de los territorios del Imperio español, y Luis XIV de Francia era en ese momento el monarca con mayor poder de Europa y, por ello, prácticamente el único capaz de poder llevar a cabo dicha tarea.

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Cuando se produjo la muerte de Carlos II, Luis XIV respaldó el testamento. El 12 de noviembre de 1700, Luis XIV hizo pública la aceptación de la herencia en una carta destinada a la reina viuda de España en la que decía: “Nuestro pensamiento se aplicará cada día a restablecer, por una paz inviolable, la monarquía de España al más alto grado de gloria que haya alcanzado jamás. Aceptamos en favor de nuestro nieto el duque d'Anjou el testamento del difunto rey católico”.

Pocos días después, el rey de Francia, ante una asamblea compuesta por la familia real, altos funcionarios del reino y los embajadores extranjeros, presentó al duque de Anjou con estas palabras: Señores, aquí tenéis al rey de España. Y a su nieto le dijo: Sé buen español, ése es tu primer deber, pero acuérdate de que has nacido francés, y mantén la unión entre las dos naciones; tal es el camino de hacerlas felices y mantener la paz de Europa.

Felipe V Ocupa el Trono Todos los soberanos de Europa (menos el emperador Leopoldo), reconocieron, quizá con reticencias, a Felipe El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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de Anjou como heredero de la Corona española, el cual se dispuso a hacer uso de sus derechos y, tras ser aleccionado por su abuelo, se despidió de la corte francesa. Entró en España cruzando el Bidasoa por Bera de Bidasoa (Navarra), llegando a Madrid el 18 de febrero de 1701. El pueblo madrileño, hastiado del largo y agónico reinado de Carlos II, lo recibió con una alegría delirante y con esperanzas de renovación. Los primeros meses de adaptación en la intrigante corte española fueron difíciles para este joven de 17 años acostumbrado al lujo desmedido de Versalles. Sin embargo, la precipitación y la prepotencia de Luis XIV hicieron cambiar la situación. Por un lado, en diciembre de 1700 (antes de la coronación de Felipe V en febrero de 1701), Luis XIV hizo saber que mantenía los derechos sucesorios de su nieto a la corona de Francia. Por otro, tropas francesas comenzaron a establecerse en las plazas fuertes de los Países Bajos españoles, con el consentimiento y colaboración de las fuerzas españolas que las ocupaban. Esta ayuda, que en realidad era un reforzamiento de posiciones, constituía una provocación, y el resto de las potencias reaccionaron de inmediato. Holanda e Inglaterra El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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se

aproximaron

al

emperador

Leopoldo

y

se

comprometieron a otorgar la sucesión de España al Archiduque Carlos. Y fue así que en septiembre de 1701 se formó una coalición internacional mediante la firma de un tratado en La Haya. Esta coalición, llamada la Segunda Gran Alianza, estaba formada por Austria, Inglaterra, las Provincias Unidas de los Países Bajos y Dinamarca, y entonces se declaró la guerra a Francia y España en mayo de 1702. Portugal y Saboya se unieron a la alianza en mayo de 1703. La guerra se inició al principio en las fronteras de Francia con estos países, y posteriormente en la propia España, donde se convirtió en una guerra europea en el interior de España, sumada a una auténtica guerra civil, básicamente entre la Corona de Aragón (partidaria del Archiduque, el cual había ofrecido garantías de mantener el sistema federal y foral, similar al de las imperiales Austria e Inglaterra) y Castilla (que había aceptado a Felipe V, cuya mentalidad era la del estado centralista de monarquía absoluta comparable al modelo de la Francia de la época).

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Terminada la guerra, el rey Felipe V mantuvo los fueros del Reino de Navarra y de las Provincias Vascongadas en agradecimiento por su apoyo en el conflicto. Por el contrario, a los territorios españoles que no lo apoyaron, les quitó sus privilegios y fueros. Así, hasta el siglo XX, los únicos territorios españoles que aún mantenían fueros eran Navarra y la provincia vasca de Álava.

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Ni Todo fue un Mar de Rosas

Influencias de la Variación del Clima Durante días, la flota navegó irregularmente, optando cada capitán por aprovechar las pequeñas ráfagas, pilotando hora para el sur hora para el este, norte y oeste. El viento no aparecía y obligaba a los barcos a detenerse donde se encontraban, hasta el momento en que surgiese una nueva racha. Eso fue haciendo con que la flota se separase ya que algunas de las naves eran obligadas a parar de vez en algún punto infinito del inmenso océano. Haciendo un enajenado esfuerzo por lograr mantener la unión del grupo de barcos, los timoneles viraban de dirección obedeciendo a los maestres, quienes por su vez ansiaban con que el viento que acariciaba sus velámenes fuese favorable; pero con el transcurrir de las horas y los días, la situación varaba muy poco. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Para los pasajeros, esa situación en el mar les resultaba ser bastante aburrida, salvo cuando aparecían los delfines, jugando brincando fuera del agua, momento en que madres e hijos encontraban algún entretenimiento para despabilar el fastidio, aunque el calor en cubierta fuese infernal y pegajoso ya que entendían que quedarse en sus cuchitriles sería infame para los pequeños. Pero lo peor vino luego a seguir, cuando empezó a faltar alimento. Todo alimento fresco estaba rancio y el agua tenía un olor a putridez bastante desagradable. Sin embargo, en el camarote del capitán Bernardo de Zamorategui, no podían quejarse los que allí acudían, pues las comidas que se servían eran consideradas aceptables, dentro de la monotonía del resto de la tripulación. Allí había castañas cocidas, galletas mohosas, tasajos duros como piedras, almendras saladas que daban mucha sed, garbanzos tostados… pero el resto de la tripulación, pasajeros y soldados tenían ya malos los estómagos, vomitaban, flaqueaban y empezaban a protestar seriamente. Aunque todos procuraban que no se les oyera sus rezongos, porque sabían que cualquier actitud algo rebelde era castigada inmediatamente de forma muy severa. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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De este modo iban transcurriendo lentamente los días, hasta que una noche, cuando María de la Encarnación dormía a gusto en su jergón, de repente le sobresaltó un ruido violento, como si hubiese sido un estampido. Se despertó y momentáneamente no recordó en donde se encontraba, a causa de la oscuridad. De pronto exclamó atemorizada: -¡Los piratas están atacando la nao…! Pero muy pronto reparó en el gran movimiento del navío y en la manera que todo crujía a su alrededor, y eso le permitió comprender que el barco estaba soportando una fuerte tempestad. A la par de su temerosa percepción, ella notó que ocasionalmente una luz cárdena proveniente de los relámpagos se colaba por la puerta de la escotilla y se desparramaba ligeramente por los oscuros pasillos, yendo a reflejarse tenuemente por la ranura de la puerta, y de vez en cuando sentía que le salpicaba un agua fría venida desde algún lado…

La Primera Tempestad -¡Santa Bárbara bendita! -María de la Encarnación escuchó que alguien imploraba desde el cuarto de al lado. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Entendió que sería su cuñada rezando, la que estaría suplicando por protección divina. -¡Dios

bendito,

ampáranos!...

¡Santa

María,

válenos!... -retumbó enseguida el eco de un coro de plegarias desde dentro de las otras alcobas, mientras lloros de niños temerosos acompañaban los rezos suplicantes de sus madres. El ruido de los truenos, el bajar y subir del suelo a causa del encrespado oleaje, los gritos de pavor de las personas que iban a bordo, el golpeteo de la carga en las bodegas, todo conformaba un panorama caótico que causaba aún más pánico dentro de una oscuridad total que impedía saber a ciencia cierta lo que sucedía. -Rezad, rezad conmigo, hijos -les decía María de la Encarnación a quienes compartían con ella esa estancia. -¡Padre nuestro que estás en el Cielo!... Arrepentíos, hijos, de vuestros pecados, no sea que muramos en este trance sin confección -solicitaba, abrazándolos cada vez más fuerte contra sí. -Decid conmigo, hijos: ¡Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Redentor mío…! Todos

estaban

amedrentados,

todos

rezaban,

aterrorizados, viéndose ya sumergidos en la profundidad y El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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negrura de aquellas aguas amenazadoras, hostiles, como si su muerte fuera inminente. Durante horas soportaron aquel movimiento de subir y bajar, volver a subir y caer de vez, empapados, vomitando, nauseabundos y muertos de frio entre mantas, sin poder ver nada. Por fin fue cesando la tormenta y la nave se aquietó. Era la hora anterior al alba y una tenue luminosidad ya entraba por la escotilla. Custodiados por esas primeras luces del nuevo día, todos salieron a cubierta exterior y se encontraron con un horizonte que apenas aclaraba por instantes, aunque las densas nubes negruzcas seguían ocupando parte del cielo. La perplejidad, el miedo y la aprensión estaba dibujaba en todos los rostros como si estos hubiesen sido trazados por la mano de un único artista. Todo estaba mojado; el agua corría por las maderas y chorreaba desde las diversas estructuras, había muchos hombres achicando, atando cabos, sujetando velas, llevando y trayendo fardos, cajas y otros enceres que habían quedado esparcidos por todas partes. Mismo así, la tenue luz del amanecer permitía ver que los rostros de los hombres estaban desencajados, y con los ojos desorbitados en demasía por causa de la horrible El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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malaventura por la que habían acabado de pasar. Igualmente podía observarse que los movimientos de los marineros eran lentos, como si se comportasen de manera desganada, negligente, pero todo su sufrimiento era a causa de la fatiga de su brega nocturna contra la tempestad. Sin embargo, a medida que el denodado trabajo iba poniendo en orden aquel caos que había seguido a la tempestad, unas nubecitas grises, azuladas, habían ido invadiendo el cielo por oriente, y fueron enrojeciéndose hasta que el sol hizo su salida triunfal, rozando con su luz dorada las crestas de las olas. Luego a seguir, los pesados nubarrones se fueron esparciendo por el cielo en grandes copos rojos que terminaron deshaciéndose de a poco, y entonces por fin empezó a reinar una gran calma. Cuando la luz lo permitió, se encontraron solos en el medio del mar, la flota se había dispersado de vez y no se veían siquiera. -¡Deo gratia! -comenzó a gritar un capellán desde el alcázar de popa-. ¡Deo gratia! ¡Oremus a Deus! suplicaba. Todo mundo se santiguó y se arrodilló. Más tarde se supo que un marinero había caído por la borda, perdido en El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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medio del remolino de las aguas, y otro estaba herido al ser aplastado por la carga de la bodega. En una primera exploración, los oficiales notaron que la nao tampoco había sufrido mayores desperfectos que por acaso le imposibilitasen continuar el viaje. Con un poco de maña todo estaría arreglado en poco tiempo, habría dicho el capitán, después de realizar una segunda inspección por toda la nave.

Ya con el sol brillando a media altura, ropas, sábanas, mantas, jergones y todo tipo de indumentarias fueron colgados en las cuerdas existentes y en otras improvisadas. Quien viese la nave desde lejos, le llamaría

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la atención ese arcoíris de ajuares y vestuarios que había sido desplazado por toda la cubierta.

La Segunda Detención Algunos

días

después,

sin

encontrar

otro

contratiempo que los perjudicase, “La Bretaña” finalmente ancló en la isla Dominica. Sería una corta escala para abastecerse de agua y comida fresca suficiente para el resto del viaje hacia el sur. Entonces la gente bajó a tierra e realizó grandes comilonas, como si estuviesen a fin de recuperar los días perdidos con las malas comidas de los últimos días, o quizás, queriendo hacer un peculio en sus estómagos para las posibles adversidades futuras. Los que por primera vez pisaban tierra del Nuevo Mundo, pronto se quedaron asombrados por el paisaje, los habitantes, las construcciones y el maravilloso clima de aquellas tierras tan diferentes. -¡Santo Dios! -manifestó el padre Cabrera-. ¡Cómo es diferente aquí! -Así son las Indias, padre. Esto es otro mundo. -le dijo el capitán Bernardo-. ¿Se cree vuestra paternidad que evangelizar aquí es más sencillo que en Europa por ser éstas unas tierras vírgenes? El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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-Pues le diré que no lo sé. -exclamó el jesuita, con cara aprensiva. -Puede que vuestra paternidad esté equivocado. A diferencia con su catecismo, todo aquí es mezclado, lo derecho y lo torcido, lo claro y lo oscuro, lo puro y lo impuro…, el bien y el mal -agregó el capitán con una sonrisa de sorna. -Puede que sea así, vuestra merced, al final de cuentas, estamos en el Nuevo Mundo -contestó el jesuita y salió ventilando la sotana a otra parte. -¡Tome cuidado, vuestra paternidad, no se olvide que está en tierras paganas! -le gritó Bernardo, acompañando su frase con una sonora carcajada. Al mismo tiempo, aprovechando la corta parada, los pasajeros pasaron a deambular por las calles de la Dominica, queriendo dar una ojeada, observando lo que fuese: gentes, construcciones, playas, y conversando con el vecindario sobre los paisajes del lugar, o mismo sobre los temas que hallaban importantes en aquel momento. -¿Será que en el Real de San Felipe hace un clima igual? -le preguntó María de la Encarnación a Felipe, quizás anhelante por querer encontrar en destino heredades con la mima estampa. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Felipe dio de hombros por no saber que responder, o por lo que le daba igual, y ambos continuaron caminando juntos,

cada

uno

ensimismado

con

sus

propias

cavilaciones y sueños. Total, que les importaba, ya estaban en el Nuevo Mundo, y siendo así, el resto lo dejaban en la mano de Dios. Un poco más tarde, el capitán Bernardo encontró los capitanes de otras dos naves de la flota que había partido junto desde Canarias, y fue informado por ellos que ninguno de los barcos, salvo esos dos, habían sufrido desperfectos importantes. Le habían dicho que, poco después de realizar una breve recalada, la flota portuguesa había tomado el rumbo del sur en busca de las corrientes que llamaban del Pará, con la intención de descender lo más rápido posible, para no tener que volver a tocar puerto hasta llegar a sus destinos en Brasil, pues todos los maestres sabían del peligro a causa de la piratería era muy grande en esos tiempos. Asimismo, se enteró de que otra gran flota española que había pasado un mes antes por allí, había partido en dirección a la Nueva España y tendría se enfilado desde Dominica hacia Vera Cruz, para ir dejando por el camino El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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los navíos con destino a La Española, Santo Domingo, Puerto Rico y Cartagena de Indias. No en tanto, una parte de ella había puesto rumbo a Portobelo, dejando también por el camino a los barcos que iban hacia Maracaibo, Margarita y Rioacha. Un día y medio después de haber llegado, el capitán Bernardo mandó izar el velamen y tomar rumbo al sur para ir nuevamente de encuentro a la flota portuguesa. Esperaba poder encontrarla en Punta Negra, sino, seguirían solos hacia su destino bordeando la costa brasileña.

Otra Noche de Malos Presagios Ya se habían pasado casi seis semanas de navegación, y la nao aún se encontraban navegando en algún lugar perdido entre el mar de las Antillas y la costa norte de las Indias del sur. La situación le hizo suponer al maestre Bernardo que su viaje se atrasaría mucho más de lo previsto inicialmente, llegando a concluir rápidamente que, si no encontraba a la flota portuguesa, lo mejor era continuar el viaje solo lo más rápido posible.

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Después de su partida de la isla Dominica, los vientos a favor los habían ayudado favorablemente, pero tal suerte no los acompaño durante mucho tiempo más. En una de aquellas tardes aburridas y monótonas del viaje, Felipe se asomó por la borda para contemplar el mar. A esa hora el sol ya caía lentamente por el oeste perdiéndose casi en la infinita línea del horizonte, mientras sus rayos quemaban el cielo dejándolo rojizo. Sin embargo, a su espalda, por el este, se acercaban unas nubes oscuras, pesadas, empujadas por un intenso viento oceánico que las hacían bailar y aunar unas con otras. -¡Habrá tormenta! -dijo alguien con voz ronca atrás de él. -Bueno, -observó Felipe encogiéndose de hombros luego después de girar su cuerpo-. Mientras no nos agarre desprevenidos, todo se remediará. -Es verdad -respondió el hombre-. Pero no sé qué noche escura sea ésta, que desata las tempestades del mundo y de las almas… -fue diciendo don Silvestre Pérez Bravo, otro vecino suyo del Sauzal. Un hombre maduro de 51 años, y a quien, por las marcas demacradas observadas en su rostro, el viaje no le venía sentando bien.

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-Como sea, pero yo no querría privarlo de la verdad de mi tormentosa vida, que poco tiene que envidiar a la suya en sobresaltos y secretos… -expresó nuevamente Felipe dando de hombros más una vez. Entonces don Silvestre le regaló una mueca de incertidumbre, se despidió de él, y se marchó para otras bandas. Cuando lo invadió la penumbra del luzco fusco, de pronto Felipe decidió irse a dormir. Se sentía fatigado y algo confuso. Habían sido demasiadas emociones juntas en tan pocos días. La navegación, los peligros del mar, la trepidante y monótona vida a bordo, y la sorpresa de haber encontrado un mundo tan diferente en las Indias… En su cabeza, todo parecía que era un enmarañado de excitaciones y sueños que lo dejaban anonadado y ambiguo al mismo tiempo. Quiso conversar con su primo sobre todo ello, cambiar ideas, explicarle sus exaltaciones, pero notó que Antonio estaba junto a una rueda de gente que se divertía jugando a los naipes. Entonces se estiró en el jergón, se cubrió el rostro con la manta y enseguida lo venció el sueño.

Una Tempestad Arrasadora El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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De repente, un brutal golpe de mar los echó a todos al suelo y, con él, pronto se escaparon algunos toneles de las sogas que los abrazaban y estos se echaron a rodar de un lado a otro, rompiéndose unos y amenazando otros con írseles encima. Parecía que toda la carga temblaba y se movía cual si estuviera viva, mientras tripulantes y pasajeros iban de acá para allá sin atinar a encontrar agarre en ninguna parte. Así fueron Felipe y Antonio, tastabillando y recibiendo empellones de cajas y sacos hasta alcanzar juntos la escala por donde pretendían bajar para resguardarse. En esa estaban, cuando unas voces que sonaban bajo sus pies los detuvieron. -¡Auxilio!...

¡Ayuda!

-alguien

gritaba

con

desesperación. Pronto se dieron cuenta que los gritos de socorro venían de la sentina. Bastó con entre mirarse, y sin mediar palabra, ambos dieron vuelta y se pusieron rumbo a popa, en busca de la escotilla que daba a aquel último rincón del barco. La vieron al fin, cerca del palo mayor; era un pequeño agujero por el que caían de vez en cuando algunos de los muchos objetos que rodaban ahora por el El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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suelo. Abajo, al mirar por el boquete, luego vieron el rostro aterrorizado de un mozalbete que los miraba suplicante y les gritaba: -¡Sáquenme

de

aquí

vuestras

mercedes,

por

caridad!... ¡Hay una vía de agua y la bomba de achique no sirve de nada! -¿Dónde tienes la escala? -preguntó Felipe. -¡No sé, se cayó con el golpe y se la ha llevado la corriente! -gritó el muchacho. Antonio vio que el agua llegaba a la cintura del muchacho y que le temblaba todo el cuerpo. Junto al joven, nadaban desesperadamente algunas ratas. -Sujétame y sujétate -le ordenó Antonio a su primo, y enseguida se tumbó sobre el piso hasta hacer colgar medio cuerpo por la escotilla. Fue penoso alzar al grumete, pues el meneo del barco les hacía perder a cada poco el equilibrio, y las piedras del lastre de la sentina tampoco ayudaban. Por fin Antonio lo izó del brazo con sus dos manos y le gritó a Felipe para que tirase de ambos. -¡Arre! ¡Vamos, quítanos de aquí! No sin grandes esfuerzos, al fin ellos lograron sacar al grumete de su aprieto, y Antonio creyó no haber visto

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nunca mayor gratitud en una mirada, que la reflejada en los ojos desencajados de aquel mozo. -¿Cómo te llamas? -le preguntó Felipe. -Cristóbal, señor, para serviros en cuanto deseéis…, os debo… -¿La vida? Ya lo sé. Les pasa a muchos -alegó Felipe-. Pero mejor si hacéis por conservarla. ¿Hay alguien más ahí abajo? -quiso saber. El grumete negó con la cabeza. -Pues salgamos de aquí, ya -propuso Antonio. Pero el camino de vuelta estaba cerrado. Una montaña de bultos se interrumpía entre ellos y la escala de proa, mientras veían como las ratas saltaban eufóricamente por encima de los volúmenes caídos. De modo que los tres siguieron hacia popa hasta dar con la otra escala. -Si el farol que dejamos atrás se cae del enganche, tendremos fuego -avisó Antonio cuando Felipe ya subía los primeros peldaños. -Tanto da, Antonio, que si la mar nos traga, ella misma habrá de apagarlo. Subieron a la segunda cubierta y, guiados por los pequeños faroles que bailaban una danza macabra en sus ganchos, pronto llegaron a la primera, donde los El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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aguardaba otra desagradable sorpresa que ya se había hecho anunciar con ensordecedor ruido antes de que ellos asomasen la cabeza por la escala. No habían tenido tiempo aún de mirar a su alrededor, cuando un coro de voces gritó: ¡Cuidado!..., y apenas si pudieron echarse a un lado para evitar que un enorme cañón los aplastara. Las sogas que lo amarraban habían cedido y la cureña en la que estaba montado lo llevaba de babor a estribor como si fuese una pelota, arrollando cuanto se le cruzaba en su camino. Los cuerpos magullados de los marineros daban cuenta de su paso, y los demás hombres que se agolpaban en aquella cubierta, parecían jugar a un mortal cuatro esquinas al huir con inestables pasos de las acometidas del cañón, que ya había arrancado con sus topetazos una de las portas de artillería por la que entraba el agua en grandes chorros, lo que dejaba aún más resbaladiza la madera y agrandaban el caos con su sofoco. Felipe y Antonio también participaron en tales quiebros hasta que finalmente lograron alcanzar la cámara del timón, donde el timonel, con ayuda del capitán y de otros, intentaba hacerse con el gobierno de la nave.

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-¡Apagad esos faroles, rediós! -gritó el maestre Bernardo sin soltar el pinzote, que se quería escurrírsele de las manos como si fuese una anguila. Ellos los apagaron y la estancia quedó sumida en penumbras, apenas iluminada por la tenue claridad que se colaba, mezclada con agua que insistía en entrar por la escotilla del techo. -¡Señor Bernardo! -bramó Felipe, en un esfuerzo por querer sobreponer su voz al escándalo de agua y maderos que los ensordecía-. ¿Qué sucede? ¿Nos vamos a pique? -¡Iremos, si el diablo y el necio capitán se empeña! gritó el padre Cabrera con un vozarrón colérico. -¿Qué hay pues? -quiso saber Felipe. -¿Qué ha de haber? ¡Necedad y soberbia, eso es lo que hay! -agregó el cura. -¡Mirad bien y recordadlo, -avisó el ignaciano con el rostro desencajado-, por si un día llegáis a tener ocasión de contárselo a vuestros nietos, en vez de servir de almuerzo a los peces! ¡Así se lleva un barco a la catástrofe! -¿Y lo qué debería ser hecho? -preguntó Antonio, que se mantenía firmemente agarrado a un gancho de la pared.

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-¡Se niega a recoger trapo, el grandísimo botarate! ¡A buenas horas las prisas! ¡Mierda y mil veces mierda para él y para toda su estirpe! -vociferó el colérico padre perdiendo toda su eclesiástica compostura. -¡Si lo hacemos, vamos a desarbolarnos! -gruñó el capitán. -¿Vamos? ¡Dios, acabamos de perder el velacho del trinquete y su verga, y no le doy una ampolleta de vida al palo mayor si se nos corta la jarcia! -retrucó Cabrera. -¡Hablad con san Pedro, o con Dios! -carcajeó el capitán Bernardo. -¿Es que me veis acaso holgando? ¡Hablad vos si os place! -Replicó el padre-. ¡Para qué os ha de servir! -¡Vuestra paternidad, ahora debe andar con pláticas con todos los santos! ¡Bueno, tampoco es malo, puede que alguno de ellos nos libre de esta locura! -volvió a decir el capitán, ahora más compuesto.

La Visión del Apocalipsis Antonio empezó a sentir como el miedo se anudaba en su estómago, como ponía en danza sus fantasmas entre las sombras que lo rodeaban. La nave surcaba la tempestad dejada de la mano de Dios, zarandeada por el oleaje, El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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desgarrada por el viento, y con ella se irían todos al garete sin que nadie pusiera remedio a tanto desafuero. -¿Qué podemos hacer? -preguntó angustiado. -¡No podemos hacer nada! ¡Rezad lo que sepáis y confiad en que alguno de esos valientes que están en el puente sea capaz de librarnos del velamen! -contestó el maestre, siempre de manos firmes en el timón. Antonio se volvió hacia su primo, pero este ya no estaba a su lado. Tan sólo encontró la mirada espantada del grumete Cristóbal, al que parecía haber tornado estatua de sal una maldición. A seguir, salió del camarote y subió la escala del castillo de popa, golpeándose la cabeza contra uno de los bordes de la tarima de la toldilla. La puerta del castillo había desaparecido y el agua se colaba a cada nuevo golpe de mar. Entonces se acercó hasta el vano, aferrándose al quicio, y bajo la primera claridad del alba, ante sus ojos se ofreció un espantoso espectáculo que ciertamente no olvidará mientras viva. El agua barría la cubierta como una riada. La mar enfurecida levantaba sus grandes y húmedas zarpas sobre sus cabezas y se rompía en un estallido de espuma, aullando y gruñendo como un animal rabioso. El cielo se había abierto sobre ellos y derramaba su lluvia entre El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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relámpagos y formidables truenos que parecían el eco del abismo en que cada poco se hundían y del que milagrosamente salían a seguir, impulsados por la misma fuerza que los había arrastrado hacia él. Y allí, en medio, encaramado a la cruceta del palo mayor, lejano e imposible como una gaviota más en la tormenta, Antonio vio brillar la calva cabeza de un marinero que intentaba cortar las burdas y los estayes de los juanetes mayores y de la gavia. Su cuerpo se columpiaba sobre el mástil como diábolo en la cuerda, enrollando sus piernas en las sogas de la tabla de jarcia para asentarse, y amenazando a cada instante con desplomarse sobre la cubierta. Quiso llamarlo a voces, sin saber bien con qué fin pues ¿qué había de decirle? Le pareció que permanecer allí arriba era una locura. Intentar bajar, un suicidio. Pero al soltar el quicio de la puerta para hacer bocina con sus manos, una fuerte sacudida lo tiró al suelo y una tromba de agua lo caló hasta los huesos, y aun lo habría llevado con ella, si el grumete no hubiese tirado de él hacia adentro. Antonio se levantó empapado y aturdido, corrió nuevamente hacia el vano de la puerta y, al asomarse, un ruido seco le heló el corazón. La verga mayor había caído El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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sobre el puente, arrastrando consigo su vela; en lo alto del mástil ya no ondeaba la gavia y el juanete, y sus telas restallaban como bofetadas cuando un nuevo crujido anunció la tragedia. El palo mayor se quebró al medio, cual si fuera un mondadientes, y llevado por las alas de sus dos velas desplegadas, el marinero que allí estaba se echó a volar como un pájaro asustadizo. Prendido en la garra de sus jarcias, el muchacho vio alejarse al marinero hacia los cielos y desaparecer luego entre las olas como un ave abatida, y como si con él se hubiera llevado también a los demonios que los atormentaba, la nave, desarbolada. Entonces cesó en sus bandazos. A la sazón, Antonio se dejó caer en el suelo, junto a la puerta y sintió cómo su respiración se agitaba con un llanto que no llegó a nacer, mientras el aliento del cielo se aquietaba y la lluvia se tornaba mansa y triste, cual si quisiera limpiar todo el daño que el destino había vertido sobre ellos. No tardó en aparecer el contramaestre, en busca de noticias.

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La Hora de los Reparos -¿Qué

sucedió?

-le

preguntó

el

hombre

al

aproximarse. -Nos ha salvado un ángel de alas enormes -le contestó el muchacho, pero el contramaestre no prestó atención a sus palabras. Ya se había asomado a la puerta y visto con sus propios ojos la causa de la salvación. -¡Perdimos la arboladura! -gritó, para que el timonel escuchara la nueva. -¡A ver, hacen falta manos en el puente! ¡Hay que arriar lo que queda del velamen! -ordenó enunciando sus palabras sin dirección fija, y aguardando por marineros que ya se dislocaban para el lugar. Se oyeron rumores de pasos y los hombres de la primera cubierta empezaron a salir al puente, todavía zarandeados por la mar pero animados por la fuerza y el valor que nacen de la esperanza recobrada. Antonio oía voces sobre la cubierta, las órdenes del contramaestre, el bullicio de una nave gobernada, y se preguntó cuánto habría de durar, pues el árbol de sus aventuras aún se sostenía sobre las mismas raíces podres. -¿Os encontráis bien? -escuchó de repente a sus espaldas. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Era su primo Felipe, pálido y vestido como si fuese un comediante, quien lo contemplaba desde el vano de la puerta. Le dijo que sí con la cabeza pero no se levantó, un odio frío como el hielo lo retenía en el suelo. Tras él, vio la figura del capitán Bernardo que salía a cubierta apresuradamente. Las enojadas voces con que convocó a sus hombres le revelaron la temperatura de su alma. Pero por el contrario, a Antonio se le antojaba que la de él estaba muerta. -¡Señor contramaestre! -gritó el capitán desde la puerta. Fuera se oyó venir de lejos la respuesta del oficial de mar, y Bernardo añadió: -¡Hágame saber cuántos hombres hemos perdido y cuál es el estado del barco! Después se retiró a su camarote, sin palabras de aliento, sin un lamento ni un gesto de pesar. Antonio se quedó admirado de la limpieza de sus zapatos, del modo en que brillaba el rosetón de lentejuelas sobre su elegante empeine, del sonido limpio y firme de sus tacones contra el sucio entablado del piso. -¡Por todos los Santos… sus zapatos tienen más corazón que él! -pensó Antonio al momento que buscó El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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pararse, estirando con dolor sus piernas que ahora le recordaban el esfuerzo realizado. Entonces partió en busca de su primo y su madre. El grumete Cristóbal lo siguió como un perro faldero. Felipe estaba donde él imaginaba, en la cabina de su mujer, al lado de la de su madre. Allí platicaba con su familia y se cambiaba los trapos coloridos que se había puesto momentáneamente encima, cuando el temporal. Físicamente todos estaban bien, pero su madre al igual que algunos de los niños, era la viva imagen del espanto. Todos tenían los cabellos en desorden, los ojos enrojecidos por el llanto, la faz demacrada, y el vestido de su madre estaba desgarrado en los sobacos. En general, todos los pasajeros estaban desalineados y acongojados. -¡Estáis vivo! ¡Qué miedo he pasado! -curioseó doña María Gerónima, en cuanto se abalanzó en los brazos de su hijo. Después, dando un paso atrás, recompuso su sonrisa de alabanza y añadió: -¡Me habéis dejado sola, hijo mío! ¿Tan poco me estimáis? -Os adoro, señora, bien lo sabéis. Pero he de decirle que hoy los hombres han corrido a la muerte en la cubierta… Hemos vivido la mayor agonía. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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-¿Qué ha pasado? -quiso saber su madre. -Vi a un marinero que se fue… Se fue volando como un ángel. -contó Antonio. -¡Cruz, credo!

-expresó azorada doña María

Gerónima, a la vez que se persignaba varias veces seguidas.- ¿Decís que se lo llevó un ángel? -O un demonio, madre. No pude ver bien; el mundo se me caía encima y mi valor no da para tanto -manifestó Antonio, dando de hombros. -¿Por qué nos habláis así, Antonio? ¿Qué hemos hecho? -interrumpió su primo. -Este viaje parece maldito y amenaza con nunca acabar -le

retrucó el

muchacho, malhumorado

y

asustadizo. -¿No habrá de acabar? La tempestad ya ha pasado y pronto estaremos en destino, Antonio. Después de cuanto hemos pasado…, ¿qué más nos puede pasar? -exhortó su primo, a quien sus hijos y su esposa se le habían arrimado para recibir cariño. Sin embargo, en otro lugar del navío, en la cabina principal, había otro que parloteaba sin ton ni son. Era el ignaciano Cabrera, que se había reconciliado con su vida pecadora en el fondo de una jarra de vino y parecía feliz El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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como un recién nacido, rollizo y encarnado, sentado en un escaño y murmurando una letanía que más quería parecerse a un rosario.

La Ayuda Divina Aún no había terminado de aquietarse el mar, en aquella misma mañana en que el desarbolado galeón contaba sus muertos, heridos y desaparecidos, mientras los marineros de la maestranza se esforzaban en tapar las vías de agua abiertas por el temporal en el casco, cuando el contramaestre gritó, desde lo alto del castillo de popa, que había barcos a la vista. La alegría estalló a bordo. Todos salieron a cubierta e incluso Antonio sintió que la sonrisa le volvía a sus labios, pues desarbolados y escasos de víveres y de agua, el futuro se le antojaba oscuro si un milagro no les llevaba ayuda de otros barcos. Ahí tenían su milagro, pensó. Pero el mar también tiene sus espejismos, como el desierto, y aquel resultó ser uno de ellos. Pronto distinguieron las picudas velas de una carabela y dos jabeques, más como no había carabela alguna en la Armada, de modo que Antonio, por fuerza, pensó que

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debía tratarse de naves extrañas. Un negro presentimiento se apoderó de su alma. Despacio se fe acercando del capitán y le hizo partícipe de sus temores. -Aquéllas son velas que dicen latinas -le respondió-, y si es verdad que las usan algunas naves cristianas, no menos cierto es que también lo hacen las armadas turquesas. El maestre Bernardo permaneció en silencio durante unos

instantes,

embarcaciones

con

la

mientras

mirada se

clavada

atusaba

en

el

las

bigote

distraídamente con los dedos de la mano diestra, en cuanto mantenía la siniestra en jarro apoyada en su cintura. Llamó enseguida a su cabo, un sevillano de nombre Contreras, y le mandó que se ocultaran los soldados y cebaran las armas por si fuera menester. Después se acercó al padre Cabrera y le susurró que tal casual encuentro con desconocidas naves le daba mal espina. -¿Pero no es cierto vuestra merced, que estamos lejos de aguas berberiscas? -atinó a preguntar el jesuita. -Más hay valientes en todas las naciones y sus piratas tienen merecida fama de temerarios -respondió el capitán, siempre con la mirada clavada en las naves. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Todos sintieron alivio en el pecho al ver que el capitán apartaba sus rencillas para provecho de todos, cuando éste mandó preparar la artillería con discreción y sin abrir las portas, por evitar que, por las dudas, aquellos extraños visitantes entraran en sospechas. Ya habían perdido dos de los cañones del puente durante la tormenta, y aquel que había cobrado vida propia en la primera cubierta se había desmontado de la cureña y era imposible utilizarlo. Aun así, les quedaban cañones suficientes para castigar a quien pretendiera abordarlos. Entonces se hicieron los preparativos y todos aguardaban ansiosos por el momento en que las naves estuvieran al pairo, desojando la margarita de sus intenciones. En esos entretantos, Felipe se llegó hasta donde estaba parado el contramaestre y anunció con voz resuelta y firme: -¡Proporcionadme un arma! -le dijo. Le consiguieron una espada huérfana de dueño a causa del temporal, y un mosquete con su munición y su cebador. Entonces Felipe avisó que él nada sabía de esa arma, y un marinero se prestó para enseñarle, con prisa, su manejo.

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Y en esas estaban varios en la cubierta, cuando las tres naves se acercaron tanto que pudieron vérseles sus estandartes que resultaron ser del Rey de España. -¡He, los del galeón! -gritó una voz en lengua castellana desde la proa de la carabela-. ¿El temporal os ha causado grandes daños?... ¿Precisáis ayuda? -¡A fe que sí, señor! -respondió el capitán Bernardo-. ¡Pero decidme antes quién sois y que hacéis en estos lejanos mares! Luego de algunos segundos, el hombre de la carabela volvió a gritar: -¡No son momentos de ceremonia, señor! ¡Las aguas aún no se han remansado!... ¡Dejad que nos acerquemos y pongamos remedio a vuestros males! ¡Ya habrá ocasión de presentarnos! -terminó por decir el desconocido. -No

me

gusta

-se

escuchó

murmurar

al

contramaestre. -A mí tampoco, que el hábito no hace al monje y ese estandarte bien puede ser robado. -Respondió el capitán, y a gritos, le dijo al hombre de la carabela: -¡Cada cosa en su momento, señor! ¡Decidme antes quien sois y enviada una chalupa para que no hayamos de hablar a voces! El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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-¡Somos pescadores del puerto de Palos! -exclamó el hombre de la carabela-. ¡Ahora botamos la chalupa! añadió, y sobre la cubierta se veía ya mucho movimiento para atender las órdenes que les habrían dado. Los dos jabeques habían echado al agua sus remos y, a toda vela, se abrían a proa y popa de “La Bretaña”. Una vez a bordo del galeón privado de casi todo su velamen, la principal tarea fue la de limpiar y repara el barco que sólo tenía unas pocas jarcias que servían de algo.

Otro Gran Infortunio a Bordo -¿Cuándo

llegaremos,

capitán?

-preguntó

el

ignaciano Cabrera. -Dependiendo de los vientos, vuestra paternidad, creo que a lo máximo en dos semanas más. Las últimas semanas habían sido muy ajetreadas para los marineros, desde que se dio orden de aparejar la nao después de reparar los daños, ellos no daban abasto con la gran cantidad de cosas que había que hacer. Pero una nueva contrariedad los amenazaba. -Capitán, necesito de brazos extras -solicitó el contramaestre.

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-¿Y para qué los necesita vuestra merced? -quiso saber Bernardo, agregando a sus palabras un poco de ironía. -¡O damos cuenta de las ratas de una vez por todas, o ellas acabaran con los pocos víveres que nos quedan! imploró el contramaestre-. Ya tengo muchos hombres en ello, pero la nao los requiere en otras tareas. El capitán concordó con la demanda de su subordinado, y le prometió que buscaría entre los pasajeros a quien pudiese realizar tan ingrata tarea, si bien que en el fondo de su alma, tenía ganas de mandar al padre Cabrera. -Señor Felipe, señor Antonio, me veo en la obligación de solicitar vuestra voluntaria ayuda -dijo Bernardo cuando se aproximó a los dos primos-. Pero antes que me deis respuesta, he de deciros que de negármela habré de demandárosla por la fuerza -añadió mientras se alisaba el bigote. -No será menester, capitán, pues ya que me ofrecéis tan franca elección os la concedo gustoso -respondió Felipe, con tono burlón aun sin saber para que los necesitaba el capitán.

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-Decidme de qué se trata y haré lo posible por serviros -añadió. -Acompañadme y os lo explico de camino -ordenó el maestre. Salieron al pasillo con el capitán pisándoles los talones, pero no se dirigieron al puente sino hacia la escala que descendía a la segunda cubierta. Bajaron los pinos peldaños con dificultad, pues el movimiento era ya grande que a duras penas podían guardar equilibrio. Al pie de la escala, dos marineros sujetaban sendos faroles y a su lado se amontonaban cuatro sacos rellenos, atados con cuerda, y algunos vacíos. -Subid a cubierta -le ordenó el capitán a los marineros. Los dos tripulantes les entregaron los faroles, tomaron los sacos llenos y se perdieron escalera arriba. -Allá va nuestra última cosecha de ratas -murmuró Bernardo y a continuación les dijo-: -Puede que se nos venga encima otra tempestad, como tanto meneo por arreglar lo estropeado ya os habrá hecho adivinar, y como Pedro, mi contramaestre, me ha hecho saber que precisa de la ayuda de toda la tripulación para mantener rumbo y trapo en pos de nuestro destino, El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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aún nos queda una tarea importante a realizar… -fue diciendo de ceño fruncido. -…En vuestra mano está salvaguardar la poca cordura que queda a bordo, y ésta es la de luchar contra esa plaga devoradora que está asolando nuestra bodega añadió antes de que Felipe y Antonio abriesen sus bocas para decir algo. -Pues sí, como menos me temo, salimos maltrechos de esta enloquecida carrera, tendremos gran necesidad de víveres y agua para sobrevivir hasta que alcancemos nuestro destino. Los primos se miraron de reojo, pero el capitán Bernardo continuó con su perorata, justo cuando el grumete Cristóbal bajaba las escaleras. -Mis hombres ya no pueden continuar con esa labor, os ruego que seáis vos, con la ayuda de este paje, quien os pongáis a ello hasta que la cólera del cielo nos de respiro. No es tarea de caballero, ya lo sé, pero es ley del infortunio igualar a los hombres, siquiera sea por un breve tiempo, cuando la vida de todos está en juego. Felipe tomó la palabra y le dijo que no había afronta alguna en su petición y que la salvaguarda de la pequeña y zarandeada patria que era su galeón, en medio de mar tan El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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proceloso, se le antojaba que el pedido era título de honor antes que pesada carga, por más que en su servicio hubiera que bajar hasta las mismísimas puertas del Averno. El capitán Bernardo recibió las palabras de Felipe con alegría, entonces señaló las herramientas que se apilaban junto a la cuaderna, entre las que había badilas, largos punzones, herrones, palancas y cabillas. Entonces dijo: -Armaos pues para la empresa, tomad los sacos y los faroles y andaos con tiento que las ratas, como la mala conciencia, se acobarda cuando se la ataca de frente, pero el miedo la vuelve también más fiera. Ahí abajo sólo están los grumetes que vigilan el funcionamiento de la bomba de achique, o al menos eso creo si no se los comieron las ratas, porque hace mucho que nadie baja a remplazarlos ni trae noticias de ellos… Les enviaré ayuda en cuanto me sea posible. Sin más despedidas, el capitán Bernardo subió los peldaños de la escalera y desapareció en la cubierta superior. Sus pasos se perdieron sobre las cabezas de Felipe y Antonio, cuando de pronto se dieron cuenta que salvo por Cristóbal, se encontraban repentinamente solos,

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frente a frente, como dos náufragos exhaustos a los que la tempestad hace abrazar el mismo tablón salvador. Por una vez, ninguna palabra les vino en su ayuda, y entonces no sabían lo que decirse. Ni siquiera sabían cuáles eran sus sentimientos, si estaban enojados, temerosos, entristecidos o angustiados. O si todo era una mezcla de todo ello junto, lo que oscurecía sus corazones como se oscurece la amplia panza de la nave en torno de ellos. Sin embargo, quien rompió el silencio, fue la tenue voz del grumete quien expresó: -¡Dejarse llevar en brazos de un temporal! De todas las necedades que cometer pueda un hombre de mar, ésa es sin duda la más necia, porque la furia desatada del viento y del agua es caballo imposible de montar. Antonio no pudo dejar de pronunciar: -¡Ese hombre ha enloquecido! -Tanto da que esté loco, él es el capitán de esta nave, y habrá de llevarnos al infierno o a nuestro destino si ese es su capricho. -comentó su primo, esperanzado aún en encontrar una solución feliz para todos sus infortunios. -Dicho esto, levantó uno de los faroles y alumbró el rostro de Cristóbal, hasta entonces enmascarado de El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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sombras. Sus ojos brillaban arrasados de lágrimas, pero su respiración era tranquila. Era el suyo un llanto silencioso y sosegado, como el agua desbordada de un estanque que comienza a fluir plácida y limpia cuando reboza. El grumete no se avergonzaba de ello, como no se había avergonzado antes de su desnudez. La muralla de silencio y recato, tras la que hasta entonces se había refugiado ahora se le había venido abajo de vez. -Os debo la vida -musitó al fin el muchacho. -Me la debes, a qué he de negarlo -aseveró Antonio-. Pero también he puesto en seguridad la mía al salvar la tuya. No quiero reverencias no loas ni muy buenas palabras, Cristóbal. Estamos embarcados en el mismo viaje, nos acechan parecidos peligros y se han unido nuestros destinos de tal manera que, al menos en lo que dure esta travesía, bien puede decirse que son uno sólo. -Basta ya de acertijo y embustes -masculló Felipe-. Porque a fe que incluso en el noble acto de la mentira, del que soy muy virtuoso, tú me ganas de largo, primo. Basta de hablar, cacemos pues las palabras como hemos de cazar ratas: haciendo de tripas corazón.

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Luego se acercó a las herramientas y tomó una palanca de hierro larga y delgada. Antonio eligió una recia garrota de madera de pino, y se echaron al hombro los sacos vacíos. Al amparo de la tenue luz de los faroles, se encaminaron hacia la escala que bajaba a la bodega, junto a la escotilla de proa. Felipe introdujo su brazo con el farol en el negro agujero y un murmullo de carreras vino a acompañar a las furtivas sombras que se desplazaban allá abajo. Había visto por un instante, aunque con claridad, a una rata grande y de erizado pelaje aupada sobre uno de los toneles más cercanos a la escala vertical por la que ellos debían bajar. Pero había muchas otras que tan sólo podía oír o adivinar en las cambiantes formas de los rincones de la bodega. Sintió que se le puso la piel de gallina y escalofrío le recorrió la espalda. -Vamos para allá - indicó e inició el descenso, procurando aferrarse a la gualdera de la escala para que el movimiento del barco no lo hiciera caer. Sobre su cabeza, el entablado de la segunda cubierta dejaba pasar en sus junturas el tenue resplandor del farol de Cristóbal, que aguardaba su turno para descender.

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A su alrededor, la bodega se extendía como una gruta atiborrada de bultos. Había toneles grandes y cestos cubiertos con trapos. El suelo estaba húmedo y resbaladizo, y el golpeteo del mar sonaba terco y acompasado al otro lado de las cuadernas, como si fuera un corazón cansado. El olor era insoportable y la sola idea de que fuera allí, en aquel vientre hediondo y corrupto, donde se almacenaban los alimentos que habrían de llevarse a la boca, hizo que los dos primos sintieran una violenta nausea que les castigaba el estómago. -Así debe de ser la alhacena del diablo -murmuró Antonio a espaldas de su primo, justo cuando Cristóbal acababa de bajar la escalera. Felipe miró de nuevo hacia el techo y ya no vio claridad alguna que viniera a recordarle que allá arriba se agitaba el tumultuoso mundo. Le vino a la cabeza una idea de que estaban enclaustrados en la noche marina, recluidos en un lugar donde proliferaban los gusanos y las ratas, los indeseados

pasajeros

de

toda

nave,

diminutos

e

insaciables, siempre al acecho, como la broma que desmiga pacientemente el casco de los barcos y torna los sólidos tablones de su esqueleto en quebradizos y agujereados costillares comidos de vías de agua. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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-Aquí hay un farol, prendámoslo y colguémoslo de alguno de los ganchos que hay en los baos del techo comentó Antoni, y así lo hizo. Sin embargo, la parca luz del nuevo farol ayudaba muy poco a vencer las tinieblas, y su continuo bamboleo parecía dar vida a los objetos que los rodeaban. En eso, Felipe mira hacia donde se encontraba Cristóbal, que había empezado a buscar las trampas por si algo había sido cosechado y, para ello, apartaba las cestas que estaban apoyadas en las cuadernas de estribor. -¿En verdad eres judío? -le preguntó Felipe. -Lo soy -dijo Cristóbal sin mirarlo-, aunque estoy bautizado como cristiano. -¿No está prohibido a los judíos, aunque sean conversos, viajar a Indias? -Lo está, pero yo no he viajado hasta allí. Yo he nacido en Indias, en la hermosa Cartagena de las Indias… -fue diciendo, cuando lo sorprendió el grito de Antonio. -¡Mira, ahí va una enorme! Cristóbal giró sobre sí mismo y propinó una fuerte patada a la rata que había salido de entre las cestas y corría hacia los toneles apilados al otro lado del estrecho pasillo donde se encontraban. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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El animal salió volando y fue a estrellarse con un ruido seco contra uno de los toneles, cayó al suelo chillando y allí se retorció por unos instantes hasta que Antonio le fue encima con un palazo capaz de descalabrar un toro. Entonces ambos primos dejaron que el muchacho recogiera el cadáver y lo metiera en una de las sacas que llevaban. -¡Qué

repugnante

tarea!

-manifestó

Antonio,

mientras Felipe alzaba de nuevo el farol en busca de nuevas piezas a cobrar. -No te quejes, que aquí tú eres inquisidor y no rata. No sabes lo que es vivir condenado a medrar en la oscuridad y el silencio, a tener que padecer la inquina de los otros, a soportar su asco y su odio, verte obligado a hacer de la mentira tu vestimenta y del secreto de tu casa… -fue advirtiendo Felipe a su primo, iluminándole el rostro con la exigua luz del farol. -No, no hay nada grato en ser tratado como una rata -alegó el primo-. ¿Qué alta opinión crees tú que ha de tener una rata de sí misma? ¿Crees que aspira a dignidades y prebendas? ¿La imaginas deseosa de encomios y alabanzas? ¿No será acaso la mera supervivencia su único propósito? El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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-Comer, dormir, procrear, vivir… -suspiró Felipe-. Las más elementales pasiones, las más bajas y, sin embargo, sentidas como un milagro, como un don, como una divina gracia. Porque cuando la vida se levanta sobre el miedo es como una casa sin cimientos, a merced de los vientos. Basta la continua llovizna de la sospecha o el repentino aguacero de una denuncia para que todo se derrumbe. -Así he vivido yo desde que la palabra ha empezado a tener sentido en mi infantil entendimiento -expresó Cristóbal con voz acongojada. -¿Qué dices, muchacho? -inquirió Antonio, que se detuvo para mirar al grumete. -¿Que saben ustedes de esas cosas? -Se desahogó Cristóbal-. Yo he estado arrodillado ante el altar mayor de la iglesia de Santo Domingo, rezando a un dios en que no creo y temeroso, a la salida, de que un carromato de demonios viniera a llevarme por mis muchas mentiras… Yo, reunido en familia y oración en torno a la mesa de mis padres, las noches de los viernes, con las ventanas cerradas y veladas con gruesas cortinas que ocultasen a las miradas indiscretas los rezos que apenas si nos atrevíamos a murmurar. Rezos que no me colmaban el corazón de El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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alegría sino de miedo y sobresalto ante el menor ruido. Porque una bárbara y feroz sabiduría me enseño ya desde niño que no importa cuán amado y respetado fuera antes por mis vecinos, ni el bien que hagas ni la honestidad que pongas en tus actos; todo ello no habrá que cosechar sino odio si a tus ojos no eres más que una rata. -Veo que tienes el alma amargada por tus pesares comentó Felipe después de escuchar las lamentaciones del joven grumete. -Sí, porque nunca puedes descuidar la vigilancia, porque esa amenaza está escrita en la sangre que corre por tus venas y, antes o después, se te exigirá el sangriento tributo -pronunció Cristóbal. Los dos primos buscaron sus miradas perplejas en la penumbra de la nave, aun sin saber lo que decir. Cristóbal se detuvo en sus recuerdos y se agachó junto a la rata muerta, como si buscara algo en el suelo, pero no era la caza que los había llevado hasta aquella lóbrega bodega lo que perseguían sus ojos. Él rastreaba las sombras del tiempo, que jugaban al escondite con las cambiantes sombras que los rodeaba, y en esa nueva cacería poco importaban las ratas y la tormenta.

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Felipe caviló que como de semilla de calabaza no nace tomate, entonces en ningún corazón se despierta lo que ya no estuviera dentro. Entonces carraspeó para aclarar la voz y expuso firme: -Sigamos -y anduvieron por el estrecho pasillo hasta el pequeño pañol de pólvora que el capitán había hecho instalar a proa. Al entrar, notó que las chuspas donde se guardaba la pólvora se alineaban en anaqueles. Había algunos cebadores de marfil y de cuero, y las redondas y pesadas balas de los cañones se apilaban en el suelo. Todo tenía un mismo color gris oscuro y había que acostumbrar los ojos a la penumbra de la sala antes de poder distinguir a las ratas ovilladas entre los utensilios. Cuando acercó el farol, la tenue luz le permitió ver como sus cuerpos peludos se estiraban y ponían en movimiento, buscando el amparo de las sombras. Había allí un verdadero ejército. -¿Por dónde empezamos? -preguntó Antonio. -¡Sin cuartel! -gritó su primo a modo de respuesta, mientras descargaba un formidable palancazo contra la estantería más cercana a la entrada del pañol. Todas las ratas echaron a correr como si hubieran recibido una misma orden, y los dos primos comenzaron a El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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repartir golpes a diestra y siniestra, confiados en que, dada la abundancia de enemigos, alguna habrían de acertar por fuerza. Y así fue. El pañol se llenó de chillidos de ratas y maldiciones de humanos, y en pocos momentos el gris de paredes y objetos empezó a teñirse de rojo. Felipe sintió como el escalofrío que le había erizado la piel al bajar a la bodega volvía a recorrerle la espalda, pero era ahora una sensación embriagadora la que lo poseía. Borracho de rabia y alegría, aplastaba los diminutos cuerpos de las ratas con certeros golpes, o los lanzaba contra las paredes a patadas. A su lado, Antonio gritaba fuera de sí mientras atizaba sonoros garrotazos. -¡No las acorrales! -¡Déjalas que corran, que ya son nuestras! -gritaba Felipe. -¡Toma, hideputa! -exclamaba su primo a cada golpe que daba. Así estuvieron los tres durante el poco tiempo que emplearon las ratas en escabullirse hacia la bodega central, donde cestos de pan bizcocho, tinajas de agua, pellejos de vino, sacos de granos y churlos de especias les proporcionaban abundante escondrijo y alimento. Cuando hubieron desaparecido todas de vista, aunque sus agudos El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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gritos seguían escuchándose como espeluznantes cantos en la bodega que resonaba cual catedral consagrada al demonio, ambos primos y grumete se sentaron en el suelo, empapados de sudor y muertos de risa. -¡Putas ratas! -reía Antonio-. ¡Ni rajan ni prestan hacha! -¡Rajar sí que rajan, amigo, no hay más que ver cómo tienen los sacos de garbanzos! -le contestó Felipe, mientras bajo el resplandor del farol que habían dejado prendido en la bodega central veía la tela desventrada de los sacos y su mercadería esparcida por el suelo. Al alrededor de ellos, una ensangrentada cosecha de ratas espera por su recolección. Entonces Cristóbal empezó a meterlas en los sacos, no sin antes tantearlas con la punta de su herramienta, no fueran a estar aún vivas. -Catorce -contó satisfecho. -Buen comienzo -respondió Antonio y añadió-: Ya que nos une la sangre de tanta rata, ¿habrá llegado el momento de escuchar tu verdadera historia? -No hay mucho de lo que decir -expuso el muchacho-, pero tampoco voy a privaros de contar la verdad de mi tormentosa vida, que poco ha de tener que

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envidiar a la de vuestras mercedes en sobresaltos y secretos… Pero justo cuando el muchacho se disponía a empezar a vaciar la alcancía de sus recuerdos, un brutal golpe de mar los echo de vez al suelo y, con él, se escaparon algunos toneles que pronto se echaron a rodar de un lado a otro por la bodega. Toda la carga se movía y parecía estar viva, mientras ellos iban de acá para allá sin encontrar a encontrar agarre en ninguna parte.

El Soldado Dragonea a la Dama Después de todo lo sucedido, últimamente el viaje proseguía tranquilo y sólo de vez en cuando la nao se sentía acariciada por una lluvia fina, esporádica, mientras los vientos continuaban amenos y empujaban la nave suavemente sobre las olas del mar. Los días de intranquilidad y agitación a bordo parecían al fin haber quedado atrás. La invariabilidad de actividades después tantos días embarcados, permitía que pasajeros, clero y soldados dividiesen horas amenas en la cubierta, ora leyendo, o entretenidos observando la inmensidad del mar, otras El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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veces dejando perder la mirada en el horizonte hacia el oeste, o viendo morir el sol tiñendo un cielo crepuscular con diversos matices encarnados. Entre la soldadesca embarcada había un sevillano joven y esbelto, ojos negros, pelo retinto, rostro fino, cuerpo torneado por una musculatura fuerte, tal vez cincelada por las innúmeras contiendas en que le había tocado participar, o quizás por los rudos ejercicios a que era expuesto en el entrenamiento de su labor. A Manuel Sánchez le gustaba, por las tardes, acercarse a la borda siempre vistiendo su refulgente armadura. Estar allí era como recordar su niñez, cuando ante sus ojos toda Sevilla resplandecía bajo un inabarcable firmamento surcado por nubes de negras golondrinas y veloces vencejos. De niño siempre le había gustado ir al puerto, donde la flota de las Indias descansaba en las dársenas, delante del Arenal, con sus palos desnudos recortados en el cielo azul, puro, y apreciaba como en el entorno reinaba la Giralda enhiesta sobre el majestuoso edificio de la catedral y el contiguo Alcázar. Manuel recordaba las barcas que iban y venían por el Guadalquivir, deslizándose despacio, de orilla a orilla, y como al llegar a los embarcaderos se precipitaban sobre El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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ellas bandas de mozuelos al igual que él, para ofrecer sus servicios. Por aquella época, en los muelles, junto a la Torre del Oro, los galeones abrían sus bodegas a la interminable fila de esclavos que iban extrayendo la carga y alineándola en las explanadas donde los funcionarios de la Contratación contaban, tasaban e inspeccionaban antes de dar el permiso de almacenaje. Alrededor, husmeando una oportunidad, se congregaba la mayor concentración de picaros del mundo. Estando entregue a recordaciones en esa quietud del mar a la hora del poniente, Manuel solía acordarse de que, en la puerta de Jerez, quien por allí se aventurase a pasar, luego se veía acosado por una nube de muchachos ofreciendo servicios y mercaderías que pregonaban a toda voz: -¡Peces, peces secos! ¡Almendras, garrapiñadas, señor!, -y hasta algún:- ¿Señor, le puedo llevar la carga? ¿Fonda? ¡Posada fresca y aseada! ¡Agua, agua de pozo fresca y fría! ¡Manzanilla de Sanlúcar! ¡Huevos duros! ¡Taberna

del

molinero,

pescadito

frito,

aceitunas,

matahambre, chorizo, vino de la Mancha! ¿Mozas, señor? ¿Blancas? ¿Negras? ¿Indias?... El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Pero una de esas tardes en que Manuel Sánchez se encontraba perdido en las cavilaciones de su niñez, de repente escuchó a sus espaldas una dulce voz que lo saludó educadamente: -¡Buenas tardes, Manuel! ¿Apreciando la lejanía? No había duda, esa voz suave y delicada, sólo podía pertenecer a ella, a Leonor de Morales, la joven pasajera que junto a los otros se dirigía en busca de un nuevo destino en sus vidas. Sus encuentros a esa hora ya se habían vuelto rutinarios, pues ambos esperaban con ansiedad, y si el tiempo ayudaba, por la llegada de cada atardecer, para reunirse en cubierta y entretenerse en un renovado circunloquio. -¿De qué habéis menester, Leonor? -respondió el lozano soldado, rostro ruborizado por tener

ante

nuevamente ante sí tan linda dama. -¿Yo? De nada, no tengo aún edad de lo que desear. -Le respondió alegremente Leonor, igualmente sonrojada. -No se enoje, Leonor, pero mientras no sean afeites, vestidos, joyas, o quizás un plato de carne que no sea de pascuas a ramos, vuestra merced tiene derecho a desear lo que le plazca. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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-En verdad, no hay mejor recompensa, Manuel, que algo que llevarse a la boca, porque últimamente, los comestibles que nos han ofrecido aquí, han dejado mucho de lo que desear. Mientras los dos jóvenes se entretenían conversando sobre futilidades, los primos Felipe y Antonio, junto con María de la Encarnación y María Gerónima, los observaban de lejos, comentando que los dos jóvenes hacían buena pareja. -Parece que ambos se gustan mucho -glosó la esposa de Felipe en cierto momento. -Es verdad… Ya hace varios días que se les ve conversar amenamente -completó su esposo, frunciendo el entrecejo. -Parece que el soldado es un partido promisor agregó Antonio, moviendo la cabeza en concordancia. -Sí. Ojalá que este sea el primer casamiento a festejar en el Real de San Felipe -dispuso doña María Gerónima ante la feliz avenencia de todos.

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La Culminación del Viaje

Creo menester agregar, que si bien existieron algunas excepciones, en general, la Conquista del territorio de Indias fue realizada mediante la iniciativa privada,

esto

es,

mediante

un

contrato

(léase

Capitulación), establecido entre el Rey o su representante, y un particular, por el cual se autorizaba a éste a conquistar un territorio concreto en un plazo de tiempo determinado. Esto sucedió de tal modo y con tanta intensidad, que algunos lugares que otrora habían sido famosos, como la ciudad de Palos de la Frontera, situada en el municipio español del mismo nombre, en la provincia de Huelva, Andalucía, donde la economía de la ciudad dependió tradicionalmente de las labores del mar, tanto pesqueras como de comercio. Pero debido a la emigración hacía las tierras americanas y a poblaciones limítrofes, la flota pesquera y comercial fue desapareciendo casi por completo, con lo que el municipio dejó de lado el mar y se dedicó a las labores agropecuarias. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Si bien existen vestigios de poblamiento en la zona desde el Paleolítico superior, Palos de la Frontera nace, documentalmente hablando, a comienzos del siglo XIV, cuando Alfonso XI de Castilla la dona a Alonso Carro. La historia de esta ciudad está íntimamente ligada a las labores marítimas y a los descubrimientos geográficos. Es por esto que Palos de la Frontera es conocida como la “cuna del Descubrimiento de América” (como afirma en su escudo), ya que en esta ciudad se gestó y se preparó el primer viaje de Cristóbal Colón hacia lo que él creía ser las Indias. Zarparon del puerto de esta ciudad el 3 de agosto de 1492, llegando el 12 de octubre de dicho año a ciertas islas del actual continente americano que por entonces era desconocido por los europeos. Pero mejor veamos un poco de qué manera fueron organizadas esas cruzadas que a partir del primer viaje de Cristóbal Colon, se fueron sucediendo sistemáticamente por parte de las huestes españolas, portuguesas, francesas, inglesas y holandesas, durante más de trecientos años.

La Organización de las Campañas Con relación a lo estipulado por la Corona de España, para llevar a cabo una operación de Conquista, era El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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fundamental organizar una Hueste, al frente de la cual se situaba un jefe (Capitán), quien recibía de S.M. el Rey, diversos títulos posibles en función de la dimensión de la empresa (estos podían ser de Gobernador, Adelantado o Capitán). A cambio, el jefe expedicionario se comprometía a correr con los gastos de la empresa y a realizarla en el tiempo fijado. Las obligaciones del Rey, por su parte, eran la exención de tributo, la donación de tierras y solares en las futuras poblaciones, y la promulgación de derechos y libertades al modo de los existentes en Castilla. El Rey sólo estaba obligado a conceder estas mercedes en el caso de que la Expedición de Conquista terminase exitosamente, es decir, a posteriori, lo que provocó no pocas disensiones. Y aunque pueda parecer que la Corona quedaba relegada y apenas intervenía en la Conquista, en la práctica se reservaba para sí importantes herramientas de intervención, como: 1) La Capitulación de Conquista determinaba claramente que los territorios conquistados pertenecerán a la Corona, no al particular. Por otro lado, las concesiones, siempre flexibles, permiten a la Corona orientar y dirigir las El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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acciones de conquista hacia determinados territorios, en función de sus intereses. 2) Las Instrucciones, a través de las cuales el jefe

de

la

expedición

recibía

también

consignas acerca de sus funciones para con la Hueste, la población nativa, la acción militar y la emisión de informes sobre los resultados. 3) Posteriormente se incorpora un funcionario real, llamado de Veedor, quien velaría por el cumplimiento de las consignas y la asignación al Rey de su parte del botín. Sin embargo, estando a miles de kilómetros de distancia, en la práctica, el jefe de la Hueste tenía un poder casi ilimitado, y dependía de su propia personalidad y carisma como elementos sustanciales en el desarrollo de la expedición.

Conquista a Crédito La empresa de conquista era una empresa privada con la supervisión indispensable de la Corona. Por tal razón, las Capitulaciones de Conquista -semejantes a las de

Descubrimiento-,

delegaban

en

un

individuo

responsable la acción de dominar un territorio indígena El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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insumiso, que luego sería propiedad de la Corona. Dicho individuo corría con todos los gastos de la misma y se beneficiaría con una gran parte del botín que pudiera lograr durante ella. La Corona, como dueña potencial de dicho territorio, imponía las condiciones (demarcación territorial, plazo en que debía realizarse, ciudades que se asentarían en el territorio, etc.), y otorgaba las mercedes que estimaba oportunas (títulos, nombramientos, derecho a repartir tierras y solares, rebajas de derechos, etc.). Recibiría además el quinto real o 20% del botín que se capturase. La empresa conquistadora se constituía, así, a crédito (se pagaría con la riqueza que se lograra arrebatar a los indios) y con un capital mixto tripartito: estatal, privado y comunal. El capital estatal estaba representado por la Autorización Real para entrar en sus dominios y se materializaba en el pago del quinto real del botín. En realidad, era un capital ficticio, a cambio del cual el monarca se quedaba luego con la parte del león: el Reino conquistado. El capital privado lo ponía el Capitán Conquistador, quien por lo regular formaba sociedad con personas ricas El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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(encomenderos, clérigos y mercaderes) que le prestaban el dinero necesario para organizar la empresa: navíos, armas, implementos de combate, etc. El Capitán y sus socios organizaban una verdadera empresa comercial en la que se detallaba la forma y plazos en que se entregaría el capital, fianzas, liquidación del préstamo e intereses, etc. El capital comunal, lo ponían los soldados que se enrolaban en la empresa. A veces, cada soldado aportaba su propio equipo y provisiones, si lo tenía, o lo recibía del jefe como anticipo. Por su trabajo, es decir, por su actividad bélica, cobraban ya una parte o especie de acción del hipotético botín, pero podían ir sumando otras medias partes o partes enteras adicionales poniendo sus armas, caballo, etc. Esto último puede parecer de escaso valor, pero representaba una gran suma, ya que los elementos bélicos costaban mucho a causa de su escasez. Había que traerlos de la metrópoli y los especuladores les imponían precios abusivos. Lo corriente es que el peón cobrase una parte, el ballestero parte y media y el caballero dos partes. El procedimiento de Conquistar a Crédito tenía, además, la ventaja de canalizar un gran número de intereses hacia el objetivo común de obtener el botín, única forma de que todos cobraran el capital invertido. Si El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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no había botín, los Reyes se quedaban sin su quinto, los soldados sin su parte y los socios capitalistas sin su dinero, pues normalmente el Capitán Conquistador no tenía bienes suficientes con que responder a sus acreedores. Esto explica el empecinamiento con que funcionaban las huestes

conquistadoras,

sorteando

toda

clase

de

dificultades. A los botines a ser conquistados se añadían otros dos incentivos potenciales: -Los rescates de personajes principales: se usó a partir de la conquista de México, y consistía en exigir una gran suma al jefe indígena apresado a cambio de su supuesta libertad (que nunca se le concedía, pues podía capitanear una revuelta contra los españoles), tal y como se

hizo

con

Moctezuma,

Atahualpa,

el

Zaque

Quemuenchatocha, etc. -Las encomiendas y solares en las ciudades que se construyeran dentro del territorio conquistado: las encomiendas, fueron decisivas, pues eran lo que realmente movía a los Conquistadores. Ninguno de ellos quería vivir de la lanza, como siempre se ha dicho, ni tampoco obtener grandes posesiones de tierra, como igualmente se ha afirmado. Lo que realmente pretendían, era vivir como El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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unos señores, sin trabajar (los señores en aquella época no trabajaban) y a costa de los indios. El Capitán de Hueste, transformado en Gobernador por obra y gracia de una conquista exitosa, se convertía en una especie de “rey mago” que obsequiaba a sus antiguos compañeros con encomiendas de indios (bien es verdad que con carácter provisional la mayor parte de las veces), en consonancia con los servicios prestados durante la campaña militar.

La hueste Indiana La expansión de la Indias se produjo a través de la hueste indiana, que tenía raíces medievales. La Corona en escasa ocasiones organizó expediciones de conquista o descubrimiento. Entre los pocos casos en que ello ocurrió, pueden contarse los viajes de Cristóbal Colón, la expedición de Pedrarias Dávila organizada entre 1513 y 1514 y la expedición de Magallanes. Lo normal fue que la Corona dejara la responsabilidad de la organización, financiamiento y desenvolvimiento de esas empresas en manos de sus súbditos. Las huestes indianas, eran una particular agrupación de caudillo con gente de guerra, que, voluntariamente y El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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sin sueldo, se ponían bajo su tuición para llevar a cabo una expedición de descubrimiento, conquista, poblamiento o rescate, con la esperanza de obtener mercedes de la Corona. El capitán o caudillo de la hueste - Su misión era conducir la hueste hacia el objetivo con el menor número de bajas y de esfuerzo posibles, conquistar el territorio visado, obtener un cuantioso botín y transformar luego la compañía armada en pobladores del lugar. Para todo esto debía contar con enorme autoridad, emanada de su licencia firmada por el Rey, o delegada del Gobernador que le había ordenado la entrada. Solía reforzarla con el cargo de Justicia y, sobre todo, con sus poderes potenciales: facultad para repartir el botín, futuras encomiendas y solares. Por las bulas alejandrinas y otros títulos, tenían los reyes castellanos el dominio político de las Indias. Consecuencia de lo cual era que nadie podía adentrarse en ellas sin autorización de su señor, el Rey. Fue corriente que las bases de estas expediciones quedaran consignadas en unos documentos llamados capitulaciones, pero éstas no fueron indispensables para

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para la formación de la hueste. Se podía organizar una hueste sin capitulación, pero lo que si era imprescindible era la licencia. Por ejemplo, la expedición de conquista de Hernán Cortés se realizó sin licencia, por lo que siempre estuvo bajo la ilegalidad. Por lo general, siendo que eran muy costosas estas expediciones, era difícil que el caudillo, aun cuando tuviera muchos recursos, pudiera afrontar el solo los cuantioso gastos. Por ello era corriente que se organizaran compañías o sociedades para afrontar esos desembolsos. La autoridad del caudillo se debilitaba desde el momento en que la hueste se ponía en marcha hacia su objetivo, ya que el carácter comunal de la empresa daba una enorme relevancia a la voluntad popular, que podía cambiar la persona del capitán o la misma finalidad impuesta a la campaña. A través de las crónicas de su tiempo, se observa que los caudillos de la hueste, en contra de lo que habitualmente se cree, no solían ser excesivamente autoritarios con sus hombres, salvo casos especiales, y procuraban tomar las grandes decisiones consultando con sus subalternos y con los soldados más experimentados, pues eran conscientes de que gestionaban una empresa El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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comunal. Su tacto para manejar la tropa era, quizá, más importante que su propia autoridad. El Capitán disponía la ruta más conveniente para alcanzar el objetivo, la intendencia o racionamiento, la táctica a emplear en cada batalla, las guardias e incluso medidas disciplinarias, como suprimir el juego o castigar los hurtos de sus hombres. Carecía por lo regular de privilegios y combatía como cualquier otro soldado. Composición y formación de la Hueste - Las expediciones se desarrollaban, en los primeros tiempos, según los Conquistadores conocían, esto es, al modo de las tropas mercenarias europeas del siglo XVI. Muy pocos contaban con experiencia militar, pues se dedicaban fundamentalmente a la agricultura, la ganadería o la artesanía en sus lugares de origen, sobre todo Andalucía y Extremadura en los primeros años. El paisanazgo jugaba un papel importante. Algunas Huestes estuvieron integradas en su mayoría por gentes de pocos pueblos, de una comarca o de una provincia, siendo frecuente que muchos de sus integrantes estuvieran relacionados por parentesco.

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La formación de la hueste se noticiaba en los pueblos a son de tambor. La inscripción en ella se podía hacer en la casa del caudillo. En la inscripción era muy importante que constara el aporte que hacía el enrolante, pues ello pesaba a la hora de hacerse el reparto del botín. Por razones de justicia distributiva, recibía mayor parte de botín y de mercedes, quien más aportes había realizado. Si alguien iba en la hueste con un caballo de su propiedad, su recompensa debía ser mayor. Desde su inscripción en la hueste, el enrolante quedaba sujeto a un régimen militar, que le exigía fidelidad al caudillo y su permanencia como enrolado hasta que terminara el objeto de la expedición. En lo económico, los participantes en la hueste carecían

de

sueldo

u

otros

ingresos

económicos

permanentes. Su única aspiración eran los premios que podían obtener de la Corona a través del caudillo: mercedes de tierras y aguas, encomiendas, mejoramiento social, oficios y otros. De todo lo que se obtuviera en las expediciones debía pagarse a la Corona el quinto real. Lo que restara se dividía de diversa manera. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Siendo que el objeto primordial de la expansión castellana en las Indias era la evangelización, se puso trabas a la incorporación de los no católicos o de personas cuya catolicidad fuera discutible. Por ello, teóricamente ninguno de los soldados eran moro, judío, hereje, o penitenciados por la Inquisición, pero en la práctica esto era imposible de evitar, sobre todo cuando se completaban banderas. Se prohibía también el paso de gitanos, esclavos casados sin su mujer e hijos, mujeres solteras sin licencia y casadas sin sus maridos. Un elemento poco conocido de las huestes indianas son las soldaderas, que se han silenciado por pudor, y de las que hay bastantes referencias. Hay que tener en cuenta que la hueste indiana era continuación de la medieval, aunque fuera diferente de la mesnada señorial. Las huestes podían organizarse en España o en las Indias. En ciertos momentos la Corona prefirió que se llevara gente de España por el riesgo de despoblamiento que se producía en las Indias. Era frecuente que la hueste se reclutara en España y se completara en Indias. Pero al realizar escala en América, se aprovechaba muchas veces para desertar, pues El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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los enrolados preferían probar suerte como pobladores antes que seguir hacia su incierto destino. También se reclutaron muchas huestes en Indias, sobre todo en las islas caribeñas, donde se vivía una gran crisis económica a fines del primer cuarto del siglo XVI. Los Capitanes Conquistadores preferían los hombres aclimatados al medio americano. Casi nunca se dio el caso de que una Hueste hubiera sido formada íntegramente en la Península. Tras el viaje marítimo correspondiente y la escala antillana, se llegaba a la antesala del objetivo previsto, donde solía hacerse el alarde: un recuento y revista de la fuerza combativa disponible. Podía verse entonces la impresionante anarquía de vestido y armamento de los Conquistadores. Cada soldado se ponía encima lo que le parecía, e iba armado como podía. Proliferaban toda clase de jubones y calzas, así como cascos, cotas, morriones, celadas, rodelas, alguna cota de malla y muchos acolchados de algodón contra las flechas. De las armaduras se tomaban sólo algunas piezas de la parte superior del cuerpo. Abundaban las armas blancas como espadas, picas, lanzas y ballestas, aunque también había El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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algunos mosquetes, arcabuces y falconetes. La artillería solía ser escasa y muy ligera. Constituía una de las grandes armas contra los indios, junto con los caballos y los perros. Los caballos iban protegidos con pecheras y llevaban petrales de cascabeles para infundir temor a los nativos. Daban derecho a una parte del botín. En cuanto a los perros, los hubo muy famosos por su agresividad hacia los indios. En

el

alarde

podían

verse

también

otros

Conquistadores frecuentemente silenciados, que eran los propios indios. Convertidos en aliados por la fuerza de las circunstancias (habían sido vencidos), o por su odio hacia un enemigo común, integraban unidades de combate a veces muy considerables También era corriente que las Huestes fueran acompañadas de numerosos indios porteadores llamados “tamemes”. Este servilismo se puso de moda a partir de la conquista de México, cuando los totonacas se brindaron generosamente a hacer tal oficio, lo que sorprendió a los castellanos, que lo tomaron ya luego por costumbre, dada la comodidad que representaba. Junto a los tamemes debían figurar las soldaderas españolas y las mujeres

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indígenas que, por fuerza o por agrado, seguían a sus parejas. La soldaderas españolas eran mujeres, de la misma extracción humilde que los Conquistadores, la Conquista les brindaba la posibilidad de convertirse en señoras de la floreciente colonia asentada sobre la tierra conquistada. Dada la escasez de mujeres españolas existente en Indias, puede decirse que era más fácil que una soldadera se convirtiera en señora de un encomendero, que un Conquistador lograra su sueño de llegar a ser un encomendero. En el capítulo de las relaciones entre las indias y los Conquistadores, se esconde un maravilloso arcano de relaciones humanas entre las dos razas. Rumiñaui, importante líder indígena ecuatoriano, llegó a tildar de prostitutas a las quiteñas que deseaban quedarse para recibir a los españoles, y Bernal Díaz del Castillo nos describió conmovedores relatos de amor entre soldados e indias en la conquista de México. Finalmente, las Huestes iban acompañadas de ganado, bovino si se podía, y frecuentemente porcino. Constituían la despensa ambulante de aquel improvisado ejército. Era una auténtica caravana multicolor. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Dinámica de la expedición de Conquista - La Hueste, heredera de las mesnadas medievales, se organizaba en compañías y éstas en cuadrillas, de manera más o menos disciplinada en función de la autoridad que el jefe sabía imponer. En la Hueste cada participante tenía un lugar de acuerdo con el aporte material (dinero, armas, caballo, etc.) que había realizado. Tras el alarde correspondiente, la hueste se internaba hacia su objetivo, llevando en vanguardia los expertos conocedores de la tierra y los intérpretes, que solían ir junto al Capitán, y el religioso, si lo había. Una vez dentro del territorio de conquista, se erigía a veces una población para que sirviera de base de aprovisionamiento

o

de

posible

retirada.

Algunas

conquistas necesitaron refuerzos constantes, como las del Perú o México. Estas ciudades, en realidad campamentos militares (Villa Rica, San Miguel, etc.), solían trasladarse luego a sitios más idóneos. Lo característico de las compañas conquistadoras no fue, sin embargo, su aproximación gradual mediante bases de operación, sino su penetración hasta el corazón del territorio enemigo. Eran Huestes autónomas que vivían El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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meses o años a costa de los naturales, sin el menor contacto con sus bases de partida. En algunos casos se dividían para aumentar su eficacia o se reunían en un punto ignoto, atraídas por los mitos, como ocurrió en Bogotá o en Quito. La táctica militar consistía en sorprender al enemigo, obligándole a rendirse. El ideal era conquistar sin tener que combatir, pero esto raramente se lograba. Cortés, por ejemplo, hacía exhibiciones de artillería y caballería ante los aztecas con ánimo de amedrentarles. Lo mismo hizo Gonzalo Pizarro ante Atahualpa. Los indios solían asustarse de los cañonazos, de los caballos y de los arcabuzazos, pero difícilmente eludían el combate, ya que defendían su libertad y su tierra. Los españoles buscaban batallas frontales, de tipo europeo, en las que podían jugar todos sus recursos armados. Especialmente importante era combatir en un terreno despejado, donde pudieran maniobrar los caballos. El éxito solía estar casi siempre de su parte, salvo si se trataba de un enemigo demasiado numeroso, de un medio hostil, como la selva o los Andes, o de un paso forzoso de un río, un desfiladero, etc.

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A partir de la conquista de México, los españoles emplearon la fórmula de apoderarse del jefe enemigo, pues comprobaron que esto desmoronaba la resistencia indígena. El procedimiento fue inútil en regiones tribales regidas por cacicazgos. Uno de los aspectos más importantes de la Conquista fue el enorme dinamismo de las partidas de Conquistadores. Infinidad de Huestes se movieron con tremenda celeridad sobre el desconocido mapa americano, buscando mitos. Esto se debió, en parte, al hecho de que algunas plataformas de conquista se sobresaturaron de hombres. Tal ocurrió en Santa María la Antigua del Darién, una población construida por Balboa para albergar unos doscientos vecinos, a la que llegó Pedrarias Dávila con más de dos mil hombres. Como no había forma de alimentarlos se inventaban toda clase de entradas conquistadoras, ya que así podían comer los soldados a costa de los indios. Lo mismo ocurrió en Santa Marta, Cartagena, Buenos Aires, etc. Otras veces, el problema surgía a raíz de la Conquista de un territorio. No había encomiendas para

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todos, y los Conquistadores sin oficio se convertían en un verdadero problema para la colonia. Los territorios

Gobernadores lejanos

inventaban

para drenar

su

conquistas

a

jurisdicción

de

indeseables. Las expediciones del Virrey Mendoza al norte de México o las de Lagasca a Chile y el suroriente peruano, fueron de este tipo. Finalmente, hemos de considerar el agotamiento de las posibilidades económicas de algunas colonias, como las grandes islas antillanas, que lanzaban al exterior sus excedentes humanos para paliar la situación crítica en que se hallaban. La Española fue el ejemplo más representativo, pero lo mismo ocurrió con Cuba y Puerto Rico. La empresa conquistadora se clausuraba cuando había logrado su objetivo. Venía entonces el reparto del botín y la desmovilización. La aportación de cada individuo condicionaba el posterior reparto del botín, recibiendo una parte el peón y el doble un hombre a caballo. Los perros, armas de extraordinaria importancia, en casos concretos fueron también recompensados.

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El reparto dio lugar a conflictos en no pocas ocasiones, como el surgido entre Pizarro y Almagro. Otras veces parte del botín consistía en mujeres, esclavas o no. Se celebraba una gran fiesta en la que todos los compañeros comían y bebían hasta la saciedad (por lo regular bebidas indígenas) para resarcirse de los días de hambre y sed, mientras se rememoraban las acciones pasadas. Luego cada uno tiraba para donde podía. Si había tenido suerte, a vivir de su encomienda o de su cargo. Muchos dilapidaban en el juego lo que habían ganado con tanto esfuerzo, convirtiéndose en vagos y maleantes de las ciudades que habían ayudado a fundar. Los menos, buscaban algún sitio tranquilo donde vivir. Lo más, otra nueva empresa de Conquista. Era volver a empezar.

El Móvil del Conquistador El afán de hallazgo de oro era algo imperioso en la economía de la época: con él, el héroe sabía que podía alcanzar honra y ascender socialmente. Para un hombre del siglo XVI, el prestigio y la honra -el ser honrado por los demás-, representaban su máxima aspiración social,

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para lo que era preciso dinero, obtenido mediante la realización de hazañas. El motor determinante fue ser la sed de oro, porque evidentemente los aventureros eran gente pobre y deseosos de conseguir una mejora social. Pero la codicia pudo ser controlada bastante bien desde la monarquía (dados los medios de control de aquella época). Por codicia desatada hubieran entrado en América como una avalancha, arrasando, cavando pozos y minas, para establecer factorías y volver a seguir adelante, sin roturar terrenos, tal como hicieron los fenicios de la Antigüedad, o los portugueses en África y Brasil, o los ingleses en California y Alaska. Entre 1492 y 1559, sólo se habían embarcado hacia América 27.787 personas. Muy pocas dada la extensión de territorio

reconocida,

las

ciudades

alzadas,

que

lógicamente iban absorbiendo gente, las instituciones establecidas,

los

conventos,

los

colegios

y

las

universidades fundadas, los templos construidos, etc. El español se hacía conquistador con el deseo de convertirse

finalmente

en

encomendero.

Ejercía

temporalmente el oficio conquistador con el deseo de abandonarlo lo antes posible. Sólo los fracasados El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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continuaban con dicha profesión. Esto explica que fueran muy mal vistos a fines de la época imperial, cuando los echaban de todos sitios o les inventaban entradas para alejarles de los reinos ya pacificados. Por codicia, simplemente no se habrían dado vida a miles de pueblos organizados (casi todas las capitales americanas estaban fundadas antes de 1567), con todo lo que lleva anejo: la creación de instituciones y servicios, tal como hicieron los Conquistadores y Colonos españoles. Aparte del botín, la mejor recompensa posible para el Conquistador, era la concesión de un título de nobleza, junto con extensas posesiones territoriales, lo que en realidad consiguieron unos pocos. Algunos más fueron nombrados funcionarios, lo que les permitió dejar las armas y comenzar actividades más lucrativas y de menor riesgo. El cargo más deseado, Gobernador, permitió a algunos hacer fortuna para sí, sus familiares y sus compañeros de armas. Últimos

guerreros

medievales,

su

ideal

era

convertirse en aristócratas semi-feudales, servidores del Rey en sus territorios y dominadores de un amplio número de vasallos y territorios. En la práctica, este esquema derivó en la encomienda, según la cual un antiguo soldado El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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recibía del gobernador, antes su jefe, un territorio y una serie de indios que trabajarán para él y le pagarán tributo. A su lado se situó todo un conjunto de personajes, familiares,

amigos,

sirvientes

(mayordomos,

administradores, criados), un capellán, etc. A cambio, debían asegurar la paz en sus dominios, tener lista y dotada a la tropa por si fuera necesaria y pagar doctrineros que educasen a los indios en la fe cristiana.

Las

Circunstancias

y

medios

del

Conquistador La superioridad tecnológica de los españoles, aun existiendo, no fue en un principio tan determinante, debiendo

rápidamente

adoptar

algunas

tácticas

y

conocimientos indígenas, como el más ligero escudo de cuero o el relleno de algodón bajo la coraza, muy práctico para combatir las flechas y dardos indios. Las armas de fuego pronto demostraron su escasa utilidad en un ambiente tan húmedo, que también provocaba la oxidación de las espadas. Mucho más útiles fueron los caballos y los perros; los primeros desataban auténtico pavor entre los indios y daban al caballero una

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gran ventaja estratégica, mientras que los perros, especialmente adiestrados, se convirtieron en un arma mortífera. Los

bergantines,

embarcaciones

ligeras

y

maniobrables, dieron a los españoles facilidad de avituallamiento y transporte. La superioridad de estos venía demás asentada sobre diferencias culturales, pues los europeos parecieron en los primeros momentos seres divinos o mitológicos, siendo además su objetivo la muerte del enemigo, y no la captura de prisioneros como, por ejemplo, entre los aztecas. Con todo, pocas fortunas se basaron en las expediciones de conquista, que las más de las veces resultaron

baldías

o

acabaron

en

desastre.

Los

supervivientes generalmente acababan sus días como encomenderos o, los más afortunados, como funcionarios locales. Sí consiguieron beneficios algún comerciante o prestamista, por lo general asentado en España. Además, la Conquista se hizo frecuentemente en condiciones de extrema penuria, escaseando los pertrechos y alcanzando precios exorbitantes los pocos disponibles. La carencia de bienes y productos básicos provocó la dependencia de los Conquistadores de la metrópoli, lo El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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que ayudó a su control y fomentó su fidelidad hacia el rey. Casos de rebelión como el de Lope de Aguirre fueron excepcionales. La mayoría de las veces las expediciones hubieron de autoabastecerse, portando una piara de cerdos o rapiñando entre las poblaciones indígenas. En cualquier caso, siempre hubo una constante en las empresas de Conquista: el hambre. La empresa de Conquista no hubo de resultar sencilla y por lo general no hizo ricos a los soldados, a excepción de un reducido grupo como fue el caso de los Conquistadores de los imperios Azteca e Inca.

Los Embarcados que Llegaron El 19 de noviembre de 1726, finalmente pusieron pie en el Real de San Felipe de Montevideo las familias canarias

que,

con

las

bonaerenses

llegadas

con

anterioridad y otros pocos pobladores de diversa procedencia, iban a constituir el núcleo primario de la fundación de la ciudad. No en tanto, al desembarcar los desdichados viajeros, el capitán Don Pedro de Millán, quien estableció la nómina de dichas familias en el libro Padrón de Registro, hizo saber que tras 89 días de navegación, estos El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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llegaron en estado deplorable a las tierras de su nuevo destino, y: “que se le repartió a algunos hombres y mujeres de los que vinieron de las Canarias, algunas varas de ropa de la tierra para repararlos en sus desnudez”. Por la orden de registro, en la nómina constan: -Silvestre Pérez Bravo, procedente del Zauzal, de 51 años y de su mujer María Pérez de Fables, de 25 años y sus dos hijos José Antonio de 7 meses y Agustina de 20 meses. Viajaban con él, asimismo, seis hijas de su primer matrimonio: Sebastiana, de 17 años; Ana, de 14; María, de 9; y Josefa y Gregoria, ambas de 7 años. -Felipe Pérez de Sosa, también vecino del Zauzal, de 38 años; su mujer, María de la Encarnación, de 29 años; y sus cinco hijos Domingo, de 15 años; Bartolomé, de 11; María de la Encarnación, de 12; Francisca Antonia, de 10; María del Cristo, de 5 años. Viajaban con él su primo, Antonio García, de 24 años y la madre de éste, María Gerónima, de 40 años y agregada, Leonor de Morales, de 19 años. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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-Ángel García, de la ciudad de La Laguna, de 43 años; María Francisca, su mujer, de 36 años y sus cinco hijos Ángel, de 9 años; Antonio, de 7; Manuela Francisca, de 12; Juana, de 5; y Francisca de 7 meses de edad. Venían como agregados a esta familia, José Gonzáles, de 24 años; Matías de Torres, de 23; y Francisco Manuel. De 18 años. -Tomás Texera, también de La Laguna, de 41 años; su mujer, María García, de 35 años y sus seis hijos Manuel, de 13; Domingo, de 9; Juana, de 11; Ángela, de 7; María Josefa, de 5 años; y Teresa, de 13 meses. Y agregado, Pedro Antonio Mendoza, de 20 años. -Juan Martín, de Santa Cruz, de 46 años; Isabel María, su mujer, de 39; y seis hijos Vicente, de 16 años; José, de 12; Cristóbal, de 6; Josefa María, de 18; Cayetana de la Rosa, 9; e Isabel María, de 3. Venían agregados a esta familia, Francisca Rosa Barroso, viuda, de 42 años y su hija, María Gonzáles, también viuda, de 24 años.

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-Tomás Gonzáles, de Santa Cruz, soldado, de 42 años; Agustina Francisca, su mujer, de 35; y sus tres hijas; María Ramos, de 8; Josefa María, de 6; y Ana Antonia, de 2. Venían con el mencionado colono, Gracia Francisca, su suegra, de 56 años y dos hijas de esta, Bárbara Francisca, de 30 e Isabel Francisca, de 28 años. Y como agregados, Juan de Morales, de 28 años y Luis de Lima Padrón, de 20. -José Fernández, natural de la Isla de la Palma, de 40 años; Lucía Lorenzo, su mujer, de 38 años y cuatro de sus hijos (José Jacinto y probablemente Pedro, no vinieron): Juana, de 10 años; Miguel, de 8; Francisco, de 13 meses; y María, de 6 años. Como agregados venían Domingo Pérez, de19 años; y Juan Pérez Delgado, de 19 años. -Isidoro Pérez de Roxas y Cabrera, de Santa Cruz, de 34 años; su mujer, Dominga Francisca del Rosario, de 35; y su hijas: Catalina, de 9 años; María, de 3; y Juana, se 6 meses.

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-Juan de Vera Suarez, de Santa Cruz, de 32 años; Nicolasa Padrón y Quinteros, su mujer, de 31 años y su hija Rita de 3 años. Asimismo, viajaban

Catalina

Padrón,

hermana

de

Nicolasa, de 27 años y Francisco García, agregado, de 20 años. Jacinto Zerpa, de Santa cruz, de 38 años; María de la Concepción, su mujer, de 36 y su sobrino, Pedro Damasio, de 14 años. Y como agregado, Francisco Morales, de 28 años y Juan Ramos, de 16. -Francisco Martín, de Santa Cruz, de 46 años; María Suarez, su mujer de 40; y su hijo Pedro Mateo, de 3 años. -Domingo Alberto de Cáceres, de La Laguna, de 35 años, María Álvarez Herrera y Trujillo, su mujer, de 24 años y su hija, Isabel María, de 6 años. Como agregados venían Domingo González, de 14 años y Francisca Rosa, huérfana, de 38 años. -Tomás de Aquino, de Santa Cruz, de 52 años; María García su mujer. De 35; y sus hijos,

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Francisco, de 8 años y María Rafaela, de 1 año. Agregado, Bernabé González, de 20 años.

El Padrón y los Primeros Repartimientos En el ya citado libro Padrón, estaba asentado el registro de los otros pobladores venidos de zonas distintas, algunos solteros y los demás casados, con sus mujeres o familias. -De Asunción del Paraguay: 4; todos solteros -De Buenos Aires: 4; 3 solteros y uno con su mujer. -De San Juan de Veras de las Siete Corrientes: 2; solteros -De Chile: 2 soldados; uno soltero; otro con su familia. -De Córdoba del Tucumán: 1 soltero. -De Santa Fe: 1 capitán y su familia. -De Salta: 1 Soldado y su mujer. Ese Fue el núcleo inicial de pobladores en 1726 de Montevideo. Al año siguiente, el empadronamiento de familias acrecentaba ya 3 familias portuguesas, una española, dos bonaerenses, una paraguaya y un irlandés. Muchos de ellos solteros, que se casaron con las mozas solteras recién llegadas. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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En ejecución de las instrucciones dadas por el fundador, el gobernador Bruno Mauricio de Zabala, el capitán Pedro Millán procedió así al empadronamiento de los pobladores de la nueva ciudad y al consiguiente reparto de sus respectivos solares según el plano de la misma, en un todo de acuerdo con las leyes de las Indias. No hay que olvidarse que dichas leyes establecían las condiciones que debían reunir los lugares donde se fundarían ciudades, donde también reglaban todo lo relativo al trazado de sus calles y manzanas, el tamaño de las plazas, la ubicación del Cabildo, la Iglesia, la Aduana, Los Almacenes Reales, etc. Otros aspectos especialmente cuidados, desde los tiempos mismos de los primeros descubrimientos, fueron el régimen de repartimiento y el de la propiedad comunal. Los ejidos, mandaban las célebres ordenanzas de Felipe II de 1573, se señalarían: “… en tan competente cantidad que aunque la población vaya en mucho crecimiento siempre quede bastante espacio a donde la gente se pueda salir a recrear y salir los ganados sin que hagan daño…”. Por consiguiente, lindando con ellos, se debía “…señalar las dehesas para pastar los bueyes de labor, El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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caballos y ganados de carnicería”. “…A continuación, los terrenos de propios, y destinados al cabildo los fondos necesarios para los gastos públicos y, finalmente, las tierras de labor y regadíos que se repartirán a los habitantes”. El primer acto formal cumplido por Millán fue abrir el libro Padrón el 20 de diciembre de 1726, y en el mismo establecer los datos de las primeras familias pobladoras. El 24 de diciembre, Millán comenzó la adjudicación de los solares. El padrón de repartimiento consigna, en primer término, “…las circunstancias (normas) que se han de observar en todo tiempo en conformidad de reales leyes que tratan de semejantes poblaciones…”. Sumariamente, eran las siguientes: -Que los solares y tierras de chacras debían repartirse cedulillas),

por

suertes

empezando

(echadas desde

las

por que

correspondan a la Plaza Mayor. -Que no podría impedir a los ganados de una heredad de pastar en otra, sin embargo, el uso común de los pastos se entiende como paso y accidental, al pasarse los ganados de unas heredades a otras. El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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-Que para que los ganados y trajines de carretas tengan libertad para gozar de las aguas

ahora

y

siempre

que

se

haga

repartimientos en los lugares de chacras y estancias se haya de dejar entre suerte una calle de doce varas de ancho que sirva de abrevadero común. -Que los caminos que ahora son y en adelante fuesen sean libres de todo género de gentes, de tal forma que nadie pueda impedir su libre tránsito, aunque ellos crucen tierras. Y así, sobre tales leyes y orientaciones reales, en la tal península que se encontraba situada frente al Cerro, sobre la Ribera del Puerto, fue que el capitán Millán delineó la nueva ciudad, siguiendo el plano original del ingeniero Domingo Petrarca.

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BIBLIOGRAFÍA

Para la conclusión de esta novela, han sido consultados diversos documentos, libros y artículos periodísticos, conforme citamos a seguir: - Aníbal Barrios Pinto - Diario de Bruno de Zabala sobre su expedición a Montevideo - 1950. - Francisco

Agramonte

Cortijo

-

Diccionario

cronológico biográfico universal - 1952. - Juan Alejandro Apolant - Génesis de la familia uruguaya - 1975 - Luis Henrique Arzola Gil - Los orígenes de Montevideo (1607-1749) - 1933. - Luis R. Ponce de León - Anales históricos de Montevideo - 1968. - Washington

Reyes

Abadie

-

Los

barrios

de

Montevideo - 1997. - Gonzalo Martínez Díez - El Condado de Castilla (7111038): la Historia frente a la leyenda (Vol. I) - Tomás Urzainqui Mina - Navarra Estado europeo - José Manuel Fajardo - El Converso - 1998

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- Estatuto de Autonomía de Canarias - Boletín Oficial del Estado - Contabilidad Regional de España - INE. - Esteban Sarasa Sánchez - Aragón: Historia y Cortes de un Reino, Cortes de Aragón y Ayuntamiento de Zaragoza - 1991. - Los

Médici

en

Biografías

y

vidas

-

www.biografiasyvidas.com/ - Prólogo de R.J. Knecht - Catherine de Médici - 1998: - Jean Plaidy - La Reina Jezabel - 2006 - Jesús Sánchez Adalid - La tierra sin mal - 2003

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BIOGRAFÍA DEL AUTOR Nombre: País de origen: Fecha de nacimiento: Ciudad:

Carlos Guillermo Basáñez Delfante República Oriental del Uruguay 10 de Febrero de 1949 Montevideo

Nivel educacional:

Cursó primer nivel escolar y secundario en el Instituto Sagrado Corazón. Efectuó preparatorio de Notariado en el Instituto Nocturno de Montevideo y dio inicio a estudios universitarios en la Facultad de Derecho en Uruguay. Participó de diversos cursos técnicos y seminarios en Argentina, Brasil, México y Estados Unidos. Experiencia profesional: Trabajó durante 26 años en Pepsico & Cia, donde se retiró como Vicepresidente de Ventas y Distribución, y posteriormente, 15 años en su propia empresa. Realizó para Pepsico consultoría de mercadeo y planificación en los mercados de México, Canadá, República Checa y Polonia. Residencia: Desde 1971, está radicado en Brasil, donde vivió en las ciudades de Río de Janeiro, Recife y São Paulo. Actualmente mantiene residencia fija en Porto Alegre (Brasil) y ocasionalmente permanece algunos meses al año en Buenos Aires (Rep. Argentina) y en Montevideo (Uruguay). Retórica Literaria: Elaboró el “Manual Básico de Operaciones” en 4 volúmenes en 1983, el “Manual de Entrenamiento para Vendedores” en 1984, confeccionó el “Guía Práctico para El Viaje Hacia el Real de San Felipe

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Obras en Español:

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Gerentes” en 3 volúmenes en el año 1989. Concibió el “Guía Sistematizado para Administración Gerencial” en 1997 y “El Arte de Vender con Éxito” en 2006. Obras concebidas en portugués y para uso interno de la empresa y sus asociados. Principios Básicos del Arte de Vender – 2007 Poemas del Pensamiento – 2007 Cuentos del Cotidiano – 2007 La Tía Cora y otros Cuentos – 2008 Anécdotas de la Vida – 2008 La Vida Como Ella Es – 2008 Flashes Mundanos – 2008 Nimiedades Insólitas – 2009 Crónicas del Blog – 2009 Corazones en Conflicto – 2009 Taexplicado!!! Crónicas y Polémicas Vol. II – 2009 Con un Poco de Humor - 2009 Taexplicado!!! Crónicas y Polémicas Vol. III – 2009 Taexplicado!!! Crónicas y Polémicas Vol. IV – 2009 Humor… una expresión de regocijo - 2010 Risa… Un Remedio Infalible – 2010 Taexplicado!!! Crónicas y Polémicas Vol. V – 2010 Fobias Entre Delirios – 2010 Taexplicado!!! Crónicas y Polémicas Vol. VI – 2010 Aguardando el Doctor Garrido – 2010 El Velorio de Nicanor – 2010 La Verdadera Historia de Pulgarcito - 2010 Misterios en Piedras Verdes - 2010

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Taexplicado!!! Crónicas y Polémicas Vol. VII – 2010 Una Flor Blanca en el Cardal - 2011 Taexplicado!!! Crónicas y Polémicas Vol. VIII – 2011 ¿Es Posible Ejercer un Buen Liderazgo? - 2011 Taexplicado!!! Crónicas y Polémicas Vol. IX – 2011 Los Cuentos de Neiva, la Peluquera - 2012 El Viaje Hacia el Real de San Felipe - 2012 Taexplicado!!! Crónicas y Polémicas Vol. X – 2012 Logogrifos en el vagón del The Ghan - 2012 Taexplicado!!! Crónicas y Polémicas Vol. XI – 2012 El Sagaz Teniente Alférez José Cavalheiro Leite - 2012 El Maldito Tesoro de la Fragata 2013 Carretas del Espectro - 2013

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