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LAS DOS CARAS DEL ASESINO Un relato de Kati García

-Elemental, mi querido amigo. La clave para el éxito de cualquier proyecto consiste en estar siempre atento a las señales, saber tomar decisiones y ser capaz de ejecutarlas. No puede darnos pena del pulpo que atrapamos en la vasija una vez que ya está dentro – dijo orgulloso el señor gordo y bigotudo. -Cierto.

En

fin…

me

satisface

enormemente

comprobar que usted tiene casi todo lo que yo pueda necesitar para mis experimentos. Los dos hombres se despidieron con un apretón de manos y una sonrisa cortés. -Espero que volvamos a vernos pronto – sentenció el dueño de la tienda, mientras guiñaba un ojo al niño. Había sido ésta una visita extraña. Doménico solía acompañar a su padre cuando éste necesitaba ingredientes nuevos para sus filtros y pócimas, pero nunca habían estado en una tienda tan siniestra, lúgubre y fría. -Ese señor era muy raro, papá. No me ha gustado. 1


-Mi querido niño, todos los curanderos, magos y brujos son raros. -No es cierto. Nosotros somos personas normales. -Aparentemente, hijo. No olvides nunca que somos normales sólo…aparentemente – aclaró el padre a la vez que zanjaba la conversación con un sutil apretón en el cuello del niño. -¡Buenas

tardes

señora

Lucrecia!

saludó

educadísimo a una anciana que, en esos momentos, se cruzaba con ellos en la calle. -Buenas tardes don Emilio. Perdone que le importune, pero he estado pensando en la invitación que me hizo el otro día. Si aún está en pie … -Por

supuesto.

Estaríamos,

como

ya

le

dije,

encantadísimos de que usted compartiera nuestro mesa el día de Navidad. -¿A qué hora entonces? – preguntó agradecida la mujer. -¿Le parece a las doce?. La hora del Ángelus. -La hora perfecta. ¡Qué culto es usted, don Emilio!. ¡Qué pocas personas quedan ya con ese conocimiento y esa sapiencia que a usted lo distinguen. 2


-No se hable más pues. Buenas tardes – y, tanto el padre

como

el

hijo,

continuaron

su

camino

lentamente hacia casa, un edificio de piedra situado al final de una calle angosta, en el barrio judío de la ciudad. - Por qué la has invitado, papá?. El día de Navidad es un día sagrado para nosotros. Nunca lo compartimos con nadie – se quejó Doménico. - Este año necesitamos hacer un sacrificio. Se cumplen diez años de la muerte de tu madre; aunque, ¡claro está!, tú no puedes recordarla. En ese momento los dos se quedaron en silencio. Era cierto que Doménico no recordaba a su madre, puesto que ella había muerto poco después de que él naciera. Enfermó de algo que su padre, un doctor de renombre no pudo curar. Desde entonces, el hombre había llevado una doble vida: el padre y médico de familia ejemplar

se

confundía

por

las

noches

con

un

alquimista obsesionado por descubrir el filtro de la inmortalidad – no para él, sino para su amado hijo, el único vástago de la mujer que se le presentaba cada noche en medio de tormentosos sueños y le exigía que 3


redimiera su culpa por no haberle permitido criar a su pequeño ella misma. El día de Navidad, a las doce en punto del mediodía, sonó

el

timbre

de

la

casa.

Doménico

corrió

entusiasmado a abrir la puerta. Nunca recibían visitas. Jamás había venido nadie a compartir la mesa con ellos. Doña Lucrecia traía una caja redonda y un paquete con un lacito azul. Impecablemente vestida – con un traje de chaqueta morado y una camisa rosa – la anciana se adelantó hasta el salón. La voz de don Emilio la atrajo hasta la cocina. -Doménico, tú no. Quédate en el salón. Prepara el ajedrez.

Después

de

almorzar

echaremos

una

partidita. Ah! y saca también el “tablero de las damas” en honor a la señora Lucrecia, por favor – ordenó su padre dulcemente. El niño obedeció. El hombre se quedó solo en la cocina con la anciana. De la manera más natural, procedió a enseñársela explicándole todos los detalles. La mujer se mostró sorprendida por la cantidad de botes de cristal con toda clase de especias, ungüentos, pociones y… bebedizos. Cuando don Emilio pronunció esta última palabra y ella abrió su boca para exclamar 4


un “oh” de admiración, sintió en sus entrañas la fría descarga de una hoja afilada y certera. No sufrió, sólo sintió que ya estaba muerta. Cuando el padre entró en el salón, traía un vasito con un líquido rojo. -Bébete este licor que he preparado para ti. -¿Dónde está doña Lucrecia?. -Ha tenido que irse. -¿Volveremos a verla? – preguntó el niño, moviendo negativamente la cabeza y respondiendo, de este modo, él mismo a su pregunta. -¿A qué sabe?. ¿A que está rico?. Lleva esencia de fresa y… -¿Sabes, papá? - dijo Doménico exhalando su aliento sobre la cara del padre -

cuando sea mayor yo

también voy a pescar pulpos.

Sólo tienes que

engañarlos. Les pones un cántaro para que se metan creyendo que es una casita, pero realmente es una trampa. ¿Comprendes?. Sólo tienes que engañarlos.

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Vuelo 111 Un relato de José Manuel Torres Corría el año 1988. Se había adaptado bastante bien a la vida de la ciudad. Los tres años de estancia le dieron para algo más que para ir y venir de la facultad. De hecho, una de sus aficiones favoritas era la de compartir buenos momentos con sus amigos los viernes por la noche. De entre ellos, había uno con el que tenía más afinidad, y no solo porque estudiaban la misma carrera, sino porque tenían caracteres muy parecidos, como si sus almas caminaran de la mano. Este amigo se hacía llamar Calato, pues este era el nombre con el que se le conocía en su pueblo, donde todo el que lo conocía decía que era un joven de mente clara y despierta, y que sin duda podría estudiar lo que quisiera. Héctor lo había conocido en su primer año de estudios. Coincidían en clase de Simbología, y ya desde el comienzo de las clases los dos despuntaban con sus originales ideas y propuestas sobre la 6


materia. No pasó mucho tiempo hasta que se hicieron buenos amigos y, más tarde, ampliaron su círculo de amistad con personas afines de pensamiento. Era tal la afición de los dos por los símbolos y los números que no pasaba un día en que alguno de ellos no propusiera al otro algún tipo de acertijo numérico o simbológico con el que mantuviera ocupado un buen rato al compañero. Y si alguno de ellos tardaba demasiado

en

resolverlo,

zanjaba

el

encuentro

marchándose a casa para pasar horas y horas hasta desentrañarlo. Cierto día Calato le propuso un acertijo que le resulto curioso y fácil de recordar. Era sobre el matemático inglés Augustus de Morgan, nacido en el siglo XIX en la India, al cual le gustaba recrearse planteándoselo a sus colegas. Les decía lo siguiente: “En el año x2 tenía x años. ¿En qué año nací?”. Aunque su enunciado es muy sencillo, requiere de algunos cálculos

que,

para

Héctor

no

supusieron

gran

dificultad. A pesar de haber congeniado muy bien desde el principio, Héctor tenía una extraña sensación de su amigo Calato. Era como si por momentos tuviera delante a una persona distinta, encerrada en su 7


mundo, absorto en pensamientos inalcanzables, como una especie de autista sociable. Especialmente lo sintió aquel viernes por la noche cuando estaba todo el grupo junto, y que, por alguna extraña razón que más

tarde

se

sabría,

Calato

estaba

siendo

particularmente protagonista. En sus comentarios y discursos se vislumbraba una doble intención, incluso llegó a repetir en varias ocasiones la célebre frase de la película E.T. “Mi casa”. En un momento dado en el que indicó que iba a ausentarse, señalando la puerta del baño, lo hizo con un comentario que aludía a un gran mago: “Y ahora, como el gran Houdini, me tengo que marchar” Fueron las últimas palabras que el grupo oyó de su boca. Después de un tiempo prudencial Héctor decidió pasar por el baño a ver que había ocurrido, pero allí no halló otra cosa más que un sobre cerrado con su nombre. En el remite una inscripción que decía: “De Calato para Héctor. Es confidencial y si aprecias tu vida en algo tómatelo muy en serio.” Aquella noche Héctor no durmió, no solo por lo que había leído sino porque no podía creer que su amigo hubiera

desaparecido

sin

despedirse,

sin

una 8


explicación. Tal vez la explicación se encontraba dentro del sobre. Por un lado tenía ganas de abrirlo para intentar averiguar qué había sido de su amigo, pero por otra parte aquella carta no le daba muy buenas sensaciones, como las que de vez en cuando sentía cuando estaba con Calato. Era inútil esperar, sabía que tarde o temprano la abriría, así pues no alargó más la tensión y sacó el escrito que había en el sobre. Como no, Héctor tenía que haberlo supuesto, se trataba de un nuevo acertijo, no podía despedirse de otra forma. Pero aquel acertijo tenía un significado muy especial, ya lo decía el remite de la carta, así que tenía que tomárselo muy en serio. Esta vez se trataba de un acertijo numérico que proponía lo siguiente: “Es curioso como habiendo tanta diversidad de gente en el mundo pueda haber un momento en el que todos seamos uno. Prueba lo siguiente, toma las dos últimas cifras de tu año de nacimiento y suma esa cantidad con los años que cumplas en el año 2011. Realiza esta operación con cualquier otra persona. Sencillo, verdad, pero no deja de

ser

significativo.

Acuérdate

siempre

de

esta

cantidad. De ello podría depender tu vida.” 9


Héctor no podía comprender como había podido despedirse con algo tan sencillo pero, por otra parte, dejaba una puerta abierta a la incertidumbre y a la inseguridad más absoluta. Después

de

trece

años,

Héctor

había

logrado

bastantes cosas de las que se había propuesto. Era un respetable profesor de universidad, tenía bastantes publicaciones y tratados sobre simbología y recorría el mundo dando charlas y conferencias en una gran cantidad de campus universitarios. Sin embargo, aún, de vez en cuando, notaba como un cosquilleo le recorría toda la espalda cuando le venía a la mente el último recuerdo de su amigo. Había pasado mucho tiempo pero aquel recuerdo hacía que se mantuviera aún

más

vivo

y

despierto

ante

las

posibles

adversidades de la vida. Iba a comenzar el curso con una conferencia en Nueva York. Ya lo tenía todo preparado, equipaje, material y billetes de ida y vuelta. No le gustaba llegar tarde a las citas así que dos horas antes del vuelo ya estaba en el aeropuerto. Se encontraba en la fila para el embarque del equipaje y al abrir la cartera para sacar el billete se encontró una fotografía de su amigo Calato. Justo 10


en aquel instante tuvo una sensación de pánico que hizo que llegara casi a desvanecerse. Tras descansar un momento sentado en un banco, decidió irse a casa tras mantener una lucha interna contra su ética profesional, pues sería la primera vez que tuviera que suspender una conferencia. Al día siguiente durmió toda la mañana y tras un rápido almuerzo se dirigió a su facultad para seguir con los preparativos del inicio de curso. Como de costumbre recogió el periódico en la conserjería y se encerró en su despacho. Apenas había terminado de sentarse y de leer los titulares cuando sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. La noticia era aterradora, no había supervivientes, el vuelo número 111 con destino a Nueva York se había estrellado. Muchas dudas invadieron en aquel instante su cabeza,

¿por

qué

había

tenido

aquella

extraña

sensación a la hora de subir al avión?, ¿estaba su amigo detrás de todo aquello?, ¿quién era Calato? Pero sobre todo había algo que le inquietaba aún más, y era el hecho de no haber sabido interpretar el significado del acertijo que su gran amigo le había proporcionado, a pesar de que era ese mismo acertijo 11


el que lo mantenía más vivaz que nunca. En aquella ocasión tuvo que ser su propio amigo Calato quien lo advirtiera. Desde aquel momento solo pensó en una cosa, quizás nuestro destino esté escrito de antemano, pero aún leyéndolo no somos conscientes de lo que nos espera.

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Las dos caras del asesino/Vuelo 111