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TERTULIAS LITERARIAS Por Carlos Díez Uno de los objetivos prioritarios en educación es desarrollar el gusto y las ganas de leer, que los alumnos disfruten leyendo, que lean por placer, que incorporen la lectura en sus vidas. Cuando preguntamos en clase de lengua a quién gusta leer, se levantan muy pocas manos. Y si alguna vez les gustó es posible que haya dejado de gustarles por nuestra culpa: es difícil aficionar a leer enseñando gramática y con comentarios de textos clásicos de la historia de la literatura (demasiado lejanos para ellos). Nos encontramos por tanto con una tarea añadida: habrá que convencerles de que les gusta lo que ya han decidido que no les gusta hacer. Pero... ¿cómo animarles a que lean? Como bien dedujo Daniel Pennac, obligar a leer es un error; por obligación no funciona. El amor a la lectura, como todos los demás amores y aficiones, no se puede imponer. El verbo leer, como el verbo amar, no soporta el imperativo. Y mucho menos con adolescentes de secundaria. Es casi imposible obligar a leer y hacer amar la imposición. Además, está comprobado que obligando a leer ciertos libros no se han conseguido lectores, sino gente que ha leído esos libros concretos y que, en el peor de los casos, han aborrecido el acto de leer por imponérselo. Y no sólo queremos que lean un número determinado de libros, sino que nazca en ellos el deseo de leer. Pero... ¿se puede fomentar un deseo? ¿se puede inducir a querer hacer algo que además requiere tiempo, cierto esfuerzo y concentración y cuyos “beneficios” no son inmediatos? La publicidad nos contestaría que sí, e incluso nos ayudaría mostrándonos cómo persuadir, cómo despertar las ganas de leer. Nos aconsejaría que en nuestras “acciones-anuncio” cumpliéramos una serie de requisitos: que las hagamos con pasión y entusiasmo contagioso; que al “comprar” y “consumir” el “producto”, los “alumnos-consumidores” se vean recompensados con la satisfacción de ver cumplidas algunas aspiraciones y necesidades humanas, como disfrutar, sentir que progresan, sentirse queridos, valorados y aceptados en su grupo...; que tratemos de eliminar los prejuicios y recelos que tiene el “consumidor-alumno” respecto del producto, cambiando su opinión acerca del mismo (cambiar el sistema de creencias acerca de una actitud, puede animar a realizarla o, al menos, a no mostrarse reacio a probarla); que facilitemos el proceso de aprendizaje, haciendo que el alumno progrese, que no se estanque, que no tenga sensación ni experiencias de fracaso. Como menciona J.A.- Marina, “el atractivo de una tarea es el resultado de dividir el placer que produce por el esfuerzo necesario para conseguirlo”, y “leer no será un plan muy atractivo si la satisfacción conseguida es pequeña o el esfuerzo exigido es grande”. Y no hay que olvidar mencionar las utilidades de la lectura. Aunque sepamos que el alumno las conoce y aunque sepamos que ese conocimiento no le ha impulsado a adquirir el “producto”, no está de más recordárselas haciendo especial hincapié en aquellas que atañen al tipo de consumidor al que van dirigidos los anuncios (en este caso, adolescente, alumno de Secundaria). Hay que “venderle” que la lectura le ayudará a comprenderse y a tomar decisiones importantes, a madurar emocional e intelectualmente, a desarrollar su espíritu crítico, etc.

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Basándose en estos requisitos, existen variedad de estrategias y acciones para fomentar la lectura: creación de bibliotecas de aula con la participación y gestión del alumnado, para leer, por ejemplo, cuando acaben las tareas; hora de lectura semanal (en silencio) con presentación de libros seleccionados con la colaboración del alumnado y comentarios abiertos de lo leído; potenciar la biblioteca del instituto; visita de escritores, después de leer su libro y haber charlado sobre él; lectura en clase en voz alta a los alumnos, como propone Daniel Pennac, compartiendo con ellos nuestra dicha de leer, haciendo que la lectura sea participativa. Con estas actividades se han obtenido algunos logros; el mayor ha sido constatar que es difícil conseguir una afición y hábito sólido, estable y duradero, cuando en casa los familiares no leen, no tienen el hábito lector. Cuando el alumno puede contar lo leído, hablar sobre ello, no sólo en el aula, sino también en casa con su familia, los efectos motivadores se multiplican. Parafraseando el proverbio africano “para educar a un niño hace falta la tribu entera”, diremos que el fomento de la lectura es tarea de todos, no sólo del profesor de lengua o de todo el profesorado. Es condición indispensable que los mayores lean; hay una comunicación misteriosa entre los lectores, que acaba atrayendo a los escépticos, según J.A. Marina. Por eso es importante implicar a las familias en esta aventura. Hay que contagiar a las familias nuestro amor por los libros, para que ellas a su vez contagien ese saludable virus a sus hijos. Es difícil convencer a alguien de la dicha que proporciona leer si nunca ha visto disfrutar haciéndolo a la gente que le rodea. Por eso las TERTULIAS se muestran a priori como un instrumento útil (“efectivo y afectivo”, como dice J.A. Marina), ya que se pueden hacer con alumnos, con familiares, y mixtas (entre alumnos, familiares y personal del instituto y/o comunidad); no exigen conocimientos previos en los participantes; y al realizarse en grupos interactivos resulta una actividad atractiva. Es un modo de leer en el que, partiendo de un libro, se habla no sólo de argumentos, sino también de experiencias, vivencias, sueños, deseos... BIBLIOGRAFÍA de este apartado: FUENTENEBRO, Yolanda. Asesora de Infantil y Primaria del Berritzegune de Txurdinaga. Artículo “Disfrutar leyendo” en “Mara Mara”, Revista municipal de drogodependencias MARINA, José Antonio y DE LA VÁLGOMA, María. La magia de leer. ed. PlazaJanés. 2005 PENNAC, Daniel. Como una novela. Círculo de lectores. 1993. RICO, Lolo. Si tu hijo te pide un libro... Ed. Espasa. 1999.

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Animación a la lectura  

Actividades que se pueden realizar para animar a la lectura. Entre ellas, las tertulias.

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