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Amemus profesionem

El boticario y su botica ...sea estudioso y solícito, sea manso y honesto, tema a Dios y a su consciencia... Saladino de Áscoli, 1488 Boticario es y quiere decir tanto como hombre que trata y transforma muchos y muy diversos géneros de medicamentos para remedio y modo de alcanzar y restaurar la sanidad de los cuerpos humanos. Antonio de Aguilera, 1569

Carlos Adanero Oslé

Boticario (amemusprofesionem@gmail.com)

En nuestro recorrido por la Historia de la Farmacia, vamos procurando satisfacer la mayor parte de los gustos e intereses y por ello vamos analizando instituciones, sugiriendo biografías y, en general, reconstruyendo poco a poco nuestro pasado como profesión, de modo que podamos conocerla mejor y así encontrar más motivos para apreciarla e incluso amarla más. Propongo hoy un tema muy poco tratado y menos conocido: se trata de hacer un repaso a las recomendaciones que los tratados de Farmacia han dado en su día para la instalación de una Botica adecuada y de las condiciones que los autores han propuesto como más acordes con lo que se debía entender por un buen boticario.

Para Renodeo, la botica tenía que tener salida al exterior en la zona de atención al público y un laboratorio contiguo pero separado por una celosía donde debía estar el boticario, preparando los medicamentos y observando a través de la celosía el trabajo de los mancebos y ayudantes. La zona pública debía estar provista de una mesa y rodeada de estantes con el botamen. Los botes, cajas y vasos debían estar convenientemente rotulados para conservar los simples y compuestos oficinales. Del techo de esta estancia debían colgar los sacos de las diferentes sustancias, también convenientemente rotulados, para mantenerlos aislados de la humedad del suelo. Finalmente, en la cueva se almacenaban los vinos y diferentes preparados que precisaran una temperatura constante. Respecto al laboratorio, indica que era conveniente disponer de una chimenea y de, al menos, un armario para guardar las sustancias caras o peligrosas. Jorge Melich, boticario de Augsburgo pero afincado en Venecia, plantea en su Dispensatorium medicum (Witemberg, 1586) unas características semejantes, pero añade que la botica ha de tener una azotea y un jardín donde cultivar las plantas medicinales.

El repaso de las abundantes obras, que desde el siglo XV hasta el siglo XVIII han dedicado algún capítulo a este tema, ha sido apasionante y no menos sorprendente; muchas de las condiciones que se plantean son de una completa vigencia, de modo que no será ocioso el hecho de disfrutar un rato leyendo este artículo de hoy.

La botica Hay varios autores que han dedicado a este apartado algún capítulo de sus tratados de forma más o menos extensa. Por lo exótico, llaman la atención las características que propone Jean Renou (médico francés, también conocido como Renodoeus) en su obra Institutionem pharmaceuticarum publicada por primera vez en París en 1608. El autor plantea que la botica ha de estar situada en un lugar despejado, pero no expuesto a los vientos; sería conveniente que tuviera dos pisos y una cueva.

Nuestro Miguel Martínez de Leache (16151673) dedica el capítulo XII de su Tratado de las condiciones que ha de tener el boticario para ser docto en su arte (probablemente, uno de los mejores libros de la Historia de la Farmacia en español) a este tema. En la página 158, nos explica que elegir lugar para la botica es algo esencial y que aconseja seguir la doctrina de Joan Jacobo Weckero, Antidotarium generale et speciale (Basilea 1574) que dice que la botica se debe situar en un lugar sin viento ni humedad, alejado de humos, no muy claro, donde le de mucho el sol y no haya malos olores. Hace mucho hincapié, citando a varios autores más en que: “De suerte, que teniendo el Boticario su Botica muy limpia, y curiosa, y viendo que medicinas están gastadas, y sin poder usarlas, y estas echadas a mal, que con esto cumplirá con la obligación de su oficio”.


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El boticario De la misma forma que algunos autores han hecho recomendaciones sobre la manera que se debía establecer la botica, otros se han ocupado de cómo debía ser el boticario. Saladino de Ascoli, médico judío de la Escuela de Salerno, (c.14301500) ya había establecido que el boticario: “no ha de ser mochacho ni muy mancebo, ni soberuio, ni pomposo, ni dado a mugeres y vanidades; mas sea ageno del vino y del juego. Sea templado, no entiende en beueres, no acostumbre combites; sea estudioso y solicito, sea manso y honesto, tema a Dios y a su consciencia, sea derecho, justo, piadoso, mayormente a los pobres, sea tambien sabio experimentado en su arte, no mancebillo rudo porque ha de tratar de la vida de los hombres que es mas preciado que todos los aueres del mundo. No sea codicioso ni auariento ni estremo amador de los dineros, ni parezca todas las cosas hacer por dineros, ansi como los auarientos hazen, ni menos venda las cosas mas caras del justo precio, porque mejor es que gane poco justamente que mucho con la maldicion y por la fuerça lo saque a los pobres. Sea tambien el boticario fiel, maduro, grave y de buena consciencia...que ansi como arriba dixe, que ni por amor ni por temor, ni por precio tenga osadia de hazer cosa contra su consciencia... conuiene saber que no de a alguna muger preñada medicinas que le prouoquen aborto...” (Texto tomado de la versión española compuesta y traducida por Alonso Rodríguez de Tudela, bajo el título de Compendio de los boticarios). Considera imprescindible el latín y tener libros como el Antidotarium de Nicolás Salernitano. La propia ley del Protomedicato (en sentido estricto, recopilación de leyes a lo largo de los siglos) indicaba unas condiciones que habían de cumplir los profesionales en lo legal. Es ocioso decir que no siempre se cumplieron y que en algunos lugares del Reino de Aragón fueron ignoradas. En el Reino de Navarra se aplicaron a conveniencia del Protomédico o de los Colegios de San Cosme y San Damián o del Consejo del Reyno, según las épocas. En principio, lo que la ley decía en 1528 y 1563 es que no podían ser admitidos a examen si no sabían latín, debían haber ejercido cuatro años como mancebos de boticarios examinados. En 1588, se ordena que tengan 25 años cumplidos. En 1538 se había dispuesto que los boticarios debían hacer un juramento en los mismos términos que los médicos y cirujanos. Se dispone que no haya vínculo familiar alguno entre los médicos y los boticarios, en concreto no pueden tener hijos o yernos que lo sean (esta disposición es algo más tardía, de 1743). Felipe III, a principios del siglo XVII, en el capítulo 6 de sus ordenanzas dispone: “que ninguna muger pueda tener, ni tenga Botica, aunque tenga en ella Oficial examinado”.

Desde el año 1501, 10 de septiembre, se exigía a los boticarios entre otros profesionales la limpieza de sangre, si bien hemos constatado que esta condición se cumplió de una manera bastante tolerante, dependiendo de las épocas y lugares de los Reinos de España en los que se aplicase. Al margen de las condiciones legales que debían cumplir los boticarios, los distintos autores proponen su modelo de boticario ideal. Así, Antonio de Aguilera en su famosísima obra Exposición sobre los Cánones de Mesué, (1569) apunta unas condiciones que han de cumplir los boticarios en su opinión: Saber latín y haber estudiado durante tres o cuatro años; ser temeroso de Dios y muy recatado; tener un mínimo de 22 años; seguir en todo las indicaciones de los médicos; ser rico o tener una posición acomodada para hacer siempre lo que debe y poder ser generoso con los pobres; ser fiel y recto en lo tocante al arte farmacéutico; tener muchas y muy selectas medicinas; estar personalmente en su botica; estar casado, para evitar vanidades y muchos géneros de distracciones; poner la botica en un lugar que no sea ventoso, ni húmedo, ni excesivamente soleado; saber distinguir lo dulce de lo amargo y tener buen sentido del gusto para distinguir los diferentes géneros de los medicamentos. Martínez de Leache en su Tratado de las condiciones... (vid. Albarelo 28) analiza en varios capítulos las características que deben tener los boticarios, desde el nombre que han de tener en el capítulo primero, pasando por el hecho de que debe dominar el latín; que no debe ser soberbio, ni dado a vanidades mundanas (capítulo III); que debe huir de juegos y “no darse ebriamente al vino”; debe ser de ánimo liberal, no abaro (sic) y principalmente con los pobres; debe ser muy estudioso, temeroso de Dios y de buena conciencia; debe tener conocimiento de los simples; debe tener gusto para conocer los medicamentos; no debe dispensar sin la orden de los médicos aprobados; sus colaboradores deben ser “ministros idóneos y entendidos en el Arte”; no debe substituir un medicamento por otro y para terminar el ya comentado capítulo XII en el que se trata sobre la ubicación adecuada de su botica. A estas acertadas notas de Leache procuraremos darle un tratamiento más profundo en posteriores trabajos.


El boticario y su botica