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TRIBUNA Por Carles Campuzano

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a cultura democrática no se improvisa. Y en algunos viejos estados de la Unión Europea el poso democrático se nota. El Reino Unido puede ser, sin lugar a dudas y desde este punto de vista, el mejor ejemplo de lo que es una sociedad democrática y fundamentada en una concepción abierta de la política. Ahora de nuevo, y ante la intención del primer ministro escocés, Alex Salmond y su fuerza política, el Partido Nacional Escocés ( SNP en sus siglas en inglés), que cuenta con la mayoría absoluta en la cámara escocesa, de convocar un referéndum sobre la independencia de su nación, nadie en Westminster amenaza con la prohibición o el uso de la fuerza para impedir el ejercicio del derecho democrático a la autodeterminación de los escoceses y se da por descontado que, si los escoceses optan por la independencia, la decisión será aceptada por Londres, abriendo un proceso de negociación sobre aspectos concretos y relevantes que se derivarían de la nueva relación que surgiera entre las dos naciones. El futuro del petróleo del Mar del Norte formaría parte de esta negociación, entre otras cuestiones. El premier conservador británico, David Cameron, ha aceptado el reto, como no podía ser de otra manera, marcando sus condiciones y abriendo el diálogo con su homólogo escocés sobre las mismas. La fecha del referéndum y las preguntas a plantear en él son las cuestiones que discuten Londres y Edimburgo. Todo, pues, muy civilizado, en la mejor tradición de un Estado que respeta los derechos fundamentales de

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5–11 de marzo de 2012. nº 962

sus ciudadanos y que no tiene pánico a preguntarles sobre su futuro. Y por supuesto Cameron y los partidarios de la continuidad de Escocia en Gran Bretaña van a emplearse a fondo para convencer a los escoceses, con argumentos que apelarán a los sentimientos y razones que tendrán que ver con los intereses sobre la conveniencia de mantener el actual statu quo. Pero después los escoceses decidirán libremente. En España las reacciones que el asunto escocés provoca en nuestros gobernantes es que terminan siempre negando cualquier paralelismo en relación a Catalunya y el País Vasco y con una referencia a la “indisoluble unidad de la patria”. Así se ha manifestado ya el ministro de Asuntos Exteriores en su reciente visita a Londres. La verdad es que esa referencia está efectivamente prevista en la Constitución, pero que la misma fue elaborada desde los condicionamientos propios de una transición política preocupada por la amenaza golpista, que siempre encontró sus argumentos más viscerales en la defensa de la unidad de España. Se afirma que los ordenamientos constitucionales británico y español son distintos. Que el Reino Unido reconoce el carácter de nación a Escocia, junto con Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte y que en España la nación es una y punto. Esa es la diferencia entre una democracia consolidada y seria, y un Estado con una tradición democrática escasa, que vivió cuarenta años de dictadura después de una sangrienta guerra, y que ha sido incapaz de reconocer su pluralidad en términos nacionales. Estamos pues donde estamos. Muy lejos de los pa-

EFE

Escocia y la democracia

La cuestión nacional que se plantea desde Catalunya y el País Vasco fundamentalmente tiene que ver con la calidad de una democracia que se debe fundamentar en el derecho de los ciudadanos a decidir su futuro en libertad

íses más cívicos y democráticos de nuestro entorno. Realmente, la posición oficial española en estos asuntos siempre refleja la debilidad de la unidad española. Aún vivimos el espectáculo ridículo de un Estado español que se niega a reconocer la independencia de Kosovo, junto a países como Grecia y Chipre, que comparten con Serbia la religión ortodoxa, y Rumanía y Bulgaria cuyos temores derivan de la presencia de la minoría húngara en sus territorios estatales. El resto de grandes países europeos hace años han reconocido el nuevo Estado balcánico. Hace pocos días, en Viena, mantuve una amable conversación con un joven diplomático español al respecto. Los argumentos legales no lograban esconder el temor al precedente. Es evidente que una España convencida de sus argumentos y razones no estaría preocupada por el precedente kosovar. Los británicos, por ejemplo, han sido activos reclamando el reconocimiento de Kosovo por parte de España. Lo hacen en nombre de la más inmediata historia y la paz y la prosperidad de esa área de Europa. Y es que la cuestión nacional que se plantea desde Catalunya y el País Vasco fundamentalmente tiene que ver con la democracia; con la calidad de una democracia que se debe fundamentar en el derecho de los ciudadanos a decidir su futuro en libertad y en la confianza de las instituciones democráticas en respetar esa decisión. España se juega en los próximos años poder seguir la senda de las mejores democracias de Europa. ● Diputado de CiU en el Congreso.

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Article Publicat a la Revista El Siglo

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