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TRIBUNA Por Carles Campuzano

Previsibilidad

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ue Rajoy es un tipo previsible, lo sabíamos. Forma parte de las virtudes que le han permitido llegar a La Moncloa. Además la previsibilidad traslada certeza y confianza, que son ingredientes de la buena política, sin lugar a dudas. Más todavía después de la etapa de Zapatero, donde la certeza y la confianza hacía tiempo que brillaban por su ausencia. Ahora bien, la magnitud de las cuestiones que figuran en la agenda española exige también, y sobre todo, audacia y capacidad de innovación, y esas actitudes no parece que adornen el carácter de Rajoy. La cuestión territorial estará en el centro de la legislatura que estos días se ha iniciado, junto con la respuesta a la grave crisis económica que padecemos. Como siempre, Catalunya y el País Vasco han marcado la diferencia. Primero el 20 de noviembre, con un resultado que expresaba de una manera rotunda el carácter nacional de nuestras sociedades con la existencia de un propio y sólido sistema de partidos políticos, y después, en el debate de investidura de estos últimos días, incorporando las principales demandas de nuestras sociedades durante la sesión parlamentaria. En el caso de Catalunya, la demanda de un pacto fiscal justo, junto con la necesidad de una mayor capacidad de decisión en aspectos clave para el futuro colectivo y una política que diese respuesta a los intereses plurales de la sociedad catalana. Y todo ello, en el contexto del creciente desapego de Catalunya respecto al proyecto español, fruto del rechazo y el recorte al Estatut, la reforma impuesta de la Constitución, los incumplimientos del Gobierno

F. MORENO

español en relación a aspectos cruciales de la financiación catalana y la ineficiencia del Estado en asuntos clave como el Corredor Mediterráneo o el reconocimiento y la promoción de la lengua catalana. Esa corriente de fondo catalana que combina enfado y decepción, pero que moviliza en positivo las mejoras energías de la sociedad catalana y de sus sectores más activos y emprendedores en la exigencia del reconocimiento nacional y del Derecho a Decidir, es muy sólida y viene de lejos. Frente a esas demandas catalanas, Rajoy se movió en el debate de investidura de manera absolutamente

Rajoy creerá que puede gobernar sin ayuda del catalanismo. Aritméticamente es cierto, pero ha sido el presidente elegido con más votos catalanes en contra

previsible. Su visión conservadora, de alto funcionario del Estado, no le permite abrir juego. Todo lo contrario. La respuesta que da al líder de CiU en ese debate en el Congreso, Josep Antoni Duran i Lleida, hace imposible una mínima aproximación cómplice de la Minoría Catalana. Rajoy no acerca posiciones, ni sobre el diagnóstico de la situación ni sobre las respuestas a promover. Su mayoría es suficiente y clara y los votos de CiU no hacen falta. Las tendencias de fondo del Madrid que manda en lo económico, social e intelectual, van en la dirección contraria: recentralización, unidad de mercado, retórica igualitarista. Su entorno, sin la carga ideológica del de Aznar, no cree tampoco en las virtudes del modelo autonómico. Todo lo contrario, especialmente en el área económica. El no de CiU estaba servido. Rajoy y el PP pueden creer que va a poderse gobernar sin el concurso del catalanismo. Aritméticamente es cierto. Tiene una mayoría más que sobrada, pero ha sido el Presidente del Gobierno español elegido con más votos catalanes en contra desde la recuperación de la democracia. De los 47 diputados que elige Catalunya para el Congreso, tan solo 11 votaron a favor de Rajoy. El resto, hasta 36, votaron en contra. No es un detalle nada menor y vuelve a expresar de manera muy diáfana la diferente realidad política y social catalanas. La agenda y las corrientes de fondo de la sociedad catalana son propias y distintas a las del resto del Estado, no pueden ignorarse y si se ignoran, el camino de la desconexión continuará ensanchándose de forma inevitable. ● Diputado por CiU en el Congreso de los Diputados

nº 953. 26 de diciembre de 2011–8 de enero de 2012

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