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2010 El a単o en que Chile hizo noticia


Prólogo Optimista quizás cómo, don Franklin soñaba con limpiar el barro y reconstruir junto a sus vecinos u n Dichato mejor y m ás b onito (“con muchos jardines”, proyectaba). Su gran orgullo era haber vendido hasta e l último “tarro” que l e quedaba a l precio d e siempre: “subirlo hubiera sido robar”, apuntaba. “Por favor no diga que p erdí cosas m ateriales; l as víctimas s on m is a migos muertos, lo importante es que la familia está viva”, concluyó. Días más tarde supe que su casa y su pequeño negocio estaban en ruinas; sus dos camionetas de reparto habían aparecido destruidas kilómetros tierra adentro. El maremoto que arrasó el balneario penquista simplemente borró a su vida del mapa: aún así este chileno d e buen corazón se r esistía a culpar a o tros, a e xigir caridad, a mandar todo a la punta del cerro. Al contrario d e lo q ue tantos oportunistas quisieron hacernos creer, la materia prima de nuestro país no es el lumpen, sino miles de héroes decentes y silenciosos como don Franklin. Sin esperar por la compasión a jena, esa m isma g ente digna y a lloró a sus deudos, se puso de pie y rearmó sus vidas con el orgullo feroz del esfuerzo máximo. Y el mínimo estruendo. Felipe Pumarino


Te vimos elegir Tras una primera vuelta sin mayoría absoluta de votos, millones de chilenos vuelven a las urnas a escoger al próximo Presidente de l a República. P or primera vez y después d e 20 años de gobierno d e la Concertación, e s electo democráticamente un Presidente Centroderechista. Nicolas Garay


Te vimos temblar Semanas después del terremoto entrevisté, por asuntos de pega, a un distribuidor de gas licuado de Dichato para que me hablara cómo él había vivido la horrible madrugada del 27 de febrero. Aún amargado por el par de baldosas quebradas en mi departamento, lo t elefoneé. Al colgar, sentía g enuinos escalofríos y mucha vergüenza por mis lloriqueos.

Optimista quizás cómo, don Franklin soñaba con limpiar el barro y reconstruir junto a sus vecinos u n Dichato mejor y m ás b onito (“con muchos jardines”, proyectaba). Su gran orgullo era haber vendido h asta e l último “tarro” que l e quedaba a l precio d e siempre: “subirlo hubiera sido robar”, apuntaba. “Por favor no diga que p erdí cosas m ateriales; l as víctimas son m is a migos muertos, lo importante es que la familia está viva”, concluyó. Días más tarde supe que su casa y su pequeño negocio estaban en ruinas; sus dos camionetas de reparto habían aparecido destruidas kilómetros tierra adentro. El maremoto que arrasó el balneario penquista simplemente borró a su vida del mapa: aún así este chileno d e buen corazón se r esistía a culpar a o tros, a exigir caridad, a mandar todo a la punta del cerro. Al contrario d e lo q ue tantos oportunistas q uisieron hacernos creer, la materia prima de nuestro país no es el lumpen, sino miles de héroes decentes y silenciosos como don Franklin. Sin esperar por la compasión a jena, esa m isma g ente digna y a lloró a sus deudos, se puso de pie y rearmó sus vidas con el orgullo feroz del esfuerzo máximo. Y el mínimo estruendo. Felipe Pumarino


Te vimos triunfar El gol de Jean Beausejour contra Honduras, igual que el de Eladio Rojas contra Y ugoslavia e n 1962, f ue d e rebote y con mucha fortuna, pero permitió, por fin, el desahogo de un país que esperó 48 a ños para que l a Roja v olviera a ganar u n partido en un Mundial. Desde Sudáfrica a la Plaza Italia, el ceacheí se escuchó fuerte y claro para alimentar la ilusión futbolera nacional, como no ocurría desde hace mucho tiempo. Más aún, el juego desplegado por la Selección de Marcelo Bielsa, el e quipo m ás osado d el t orneo según e l ídolo holandés Johan Cruyff, despertó admiración y entusiasmo, porque esos mismos chilenos que antes jugaban a lo que saliera ahora fueron descritos por el diario “El P aís”, d e España, c omo u nos v ietnamitas del fútbol que disputaron la pelota como si en ello les fuera la vida. Así salió también el gol de Mark González contra Suiza, producto de una búsqueda sin cuartel, en el triunfo que a la larga facilitó la clasificación para la segunda fase mundialista. Décimo en la tabla general, Chile entero alcanzó a sentir el hormigueo en las tripas, ya q ue, pese a l as d errotas sufridas, la R oja jugó como en nuestros sueños y pudo hacer realidad una d e las frases m ás conocidas de Bielsa, líder de una generación dorada: “Un hombre con ideas nuevas es un loco hasta que sus ideas triunfan”. Esteban Abarzúa


Te vimos sobrevivir Una cara en la oscuridad. Un rostro sucio de esos que generalmente asustan en el noticiero. Los ojos muy cerca del lente, la frente sudada. E l rostro m ismo que se usa normalmente p ara hablar de delincuencia o marginalidad que era ahora la cara de la esperanza, e l patriotismo, la f e. U n rostro d el q ue apenas sabíamos el nombre, era ahora todos los libertadores y los héroes que tratamos, sin lograrlo, de recordar en este bicentenario. Ahora que vuelvo a mirar esa cara veo en sus ojos más extrañeza que alegría. Algo en él se queda preguntando. “¿Por qué estoy aquí?” Una mina apenas fiscalizada, unos empresarios que han pasado colados en medio del barullo de la prensa. Un pedazo de vida sumergida en un derrumbe por el que no tenía que pasar. Una muerte segura d e la que v a a salvarse g racias a l a testaruda voluntad d e estar v ivo, a l a igualmente t estaruda apuesta d el presidente y s u equipo por r escatarlo y salvarlo a p esar d e cualquier duda o cálculo.

Una cara sorprendida, encandilada por la luz de la sonda que aún no puede p reveer l o que v endrá. E l campamento Esperanza conectado vía microonda con el mundo entero. La segunda noticia más visitadas de la era del Internet. El mayor derrame de lugares comunes y parabienes de la historia del periodismo mundial. La noticia más visitada de l a que sabe sin e mbargo m enos (¿Qué hicieron, que dijeron, que pensaron esos 33 hombres al fondo de la tierra?) Esa cara que no puede tampoco prever el show estelar al final, cuando la sonda rompe del todo la oscuridad y el misterio y salen todos y cada uno a la luz del día. El t erremoto había dejado todo r evuelto. E l ego nacional tan destrozado c omo los c aserones coloniales d el v alle c entral. El rescate —tan geológico, tan gigantesco como el terremoto— nos devolvió, aumentada hasta la ebriedad, la confianza perdida. Ni la desesperanza después del terremoto, ni el entusiasmo después del rescate eran del todo razonables. Aunque esos justamente lo que venían a decirnos estos ojos a 700 metros de profundidad: a veces la razón no basta. A veces, cuando se desata la codicia y la tierra, el h ambre y el hombre, una locura puede ser l o más razonable que tenemos. Rafael Gumucio


Te vimos flamear Si a lgo caracterizó a l 2010 e n términos d e imágenes eso fue la sobredosis de banderas chilenas que sobrevino desde este rincón del planeta. D eje l a suya por u n momento a un lado y r evise conmigo. Elecciones y banderas; t erremoto, bandera ( y bien cochinita, p ara que n o se diga que n o tiene v alor t estimonial). Mundial de fútbol de Sudáfrica, más banderas (“la marea roja” que le llaman. Extraño caso de país históricamente malo para la pelota pero futbolizado como pocos). Bicentenario, banderas (era que no…). Rescate de los mineros, banderas a granel y paseadas por el mundo (cómo olvidar el ceacheí liderado por Mario “Supermario” Sepúlveda e n el especial “ Héroes” t ransmitido desde Hollywood y nuestro pabellón robando cámara entre Demi Moore y Bon Jovi. We make it).

¿Qué s e esconde d etrás d e esta hemorragia tricolor? O m ejor dicho ¿qué nos está gritando a la cara este aluvión de “trapos santos”, como definió a nuestro emblema patrio el poeta Víctor Domingo S ilva e n su vibrante “Al pie d e la bandera”? A m i entender, nos hemos r econciliado con nuestra esencia, nos enorgullecemos de lo nuestro sólo por el hecho de ser nuestro, de desnudarnos el alma. Esto ha sido como el fenómeno de la visita de Tunick el 2002. Entonces mostrábamos al mundo el pajarito, ahora la bandera. Nos hemos reencantado con la estrella solitaria remachada sobre el fondo azul y esos rectángulos blanco y rojo, más allá de si será tan bonita como dicta el mito urbano o no. De hecho y si uno mira bien fríamente el asunto, nuestro sagrado pañito se hizo bien a la rápida y con harto mal gusto. Parece una muestra de papel lustre. Nada de águilas ni soles ni blasones ni espadas n i cruces. P ocazo diseño. Sólo t res pastelones de colores, que no son feos, pero que se pudieron haber dispuesto con más dedicación. La de Francia es más sobria. La de EE.UU. más taquillera. Las de Cuba y Puerto Rico, más onderas. Pero la chilena es la más mejor. Larry Moe



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