Issuu on Google+

EL MAR El equipo completo de filmación esperaba mientras él no se decidía. Algunos distraían la demora saltando de una roca a otra, esquivando los embates de las olas, como en un juego que –pensó– uno no se cansa nunca de jugar desde que nace hasta que muere; qué encanto hay, qué poder de seducción en el encuentro entre lo más sólido y lo más líquido, el momento en que chocan, una explosión sin consecuencias, nada cambia y es apenas el momento el que estalla en millones de gotas, haches de hidrógenos y os de oxígenos y vaya a saber uno qué más volando por el aire, un pequeño universo en descomposición que un instante después se reconstruye. Félix, su asistente, esperaba con la tableta de apuntes en mano. ¿Impaciente, aburrido, harto?, se permitió conjeturar mientras seguía sin decidirse y más aún, lejos de toda decisión. Ausencia total de emociones o al menos sensaciones embrionarias: un completo páramo sin señales ni marcas reflejando el paisaje a sus espaldas –ese desierto monocorde de dunas sin orillas. Volvió otra vez la vista al mar: el animal en movimiento de siempre, resoplando y bufando, embistiendo la costa con empujones desmañados. Félix mordisqueaba el lápiz y miraba el horizonte, como esperando de allí las indicaciones que no se molestaba en darle. Ya no tenía excusas para aplazar la puesta en marcha: habían limpiado el roquedal de animales muertos y todo estaba dispuesto. Recorrió el panorama de la costa y volvió a mirar el mar. Las olas cerraban sus bocas bostezo tras bostezo, tragando su pedazo de nada, metódicamente. Las tomas con actores habían sido rodadas el día anterior. Sabia previsión: no se sumaba ese factor de tensión histérica. Pero ahora se le acercaba el director de fotografía: el sol se movía rápido. Salió del paso diciéndole que lo quería un poco más bajo, cuando la luz pegara casi de plano contra las crestas de espuma. Las escenas actuadas habían sido lo más fácil, lo conocido, donde el margen de error se adelgaza y casi no hay riesgos. Ahora restaba lo importante: hacer hablar al monstruo, expresarlo, darle caza y enseñarle su número. Era la cuarta vez en sus películas que volvía a incluir el tema del mar como

1


agonista. Sólo que en esta oportunidad sospechaba más bien la imposición de su propia carrera, un elemento que se había vuelto básico en su filmografía, lo que todos esperaban ver y él ya no sabía cómo soslayar. Por comodidad y molicie, o acaso por mera vanidad, se había abandonado a que la marea del aparato publicitario, los medios y las revistas especializadas lo fueran llevando a la deriva, hacia ese acantilado en donde ahora estaba intentando construir un argumento que expresara su mundo personal junto a ese compañero obligado, indisciplinado y cerril. De los intentos anteriores, el segundo había sido el más celebrado por el público y la crítica, y con el que estaba más satisfecho, o en todo caso al que sentía menos incompleto. Se había acercado, consideraba, a ese misterio aplastante del mar, a su visión abrumadora y desbordada; un puro movimiento, inabarcable y sobrecogedor. Aquel segundo abordaje al tema del mar había significado su quinta película como realizador, cuando el éxito y la fama lo consolidaron en el panteón de los héroes del cine de autor. Nadie sabía que su obsesión venía de antes pero no tenía origen en el mar real, que hasta entonces para él no había sido otra cosa que el lugar de los chapuzones y las siestas perezosas al sol. Sólo después de ver el cine de Sjöstrom en las cinematecas de la primera juventud había sentido que el tema estaba inacabado y que era su desafío tomar la posta del sueco en esa búsqueda improbable. Su primer largometraje, un drama intimista a orillas de un despeñadero, había sido el intento inaugural. Pero resultó una aproximación torpe e inexperta, con el marco de un guión fallido y lleno de agujeros; una opera prima despareja, apenas con aciertos suficientes para merecer la condescendencia que la crítica dispensa a las promesas noveles. En sus cautelosos pasos posteriores, evitó las ambiciones desmedidas, se acotó a planes más austeros, incursionó en tramas que le permitieron ajustar el tratamiento del suspenso y la consolidación del guión, al tiempo que iba afirmando su figura de realizador personal y fuera de molde. Se sintió lo suficientemente seguro para volver a encararse con el gran adversario en la película que lo consagró, la quinta de su cosecha: todo fue reconocimientos laudatorios,

2


fascinación colectiva y reverencia ante el genio finalmente revelado. En su fuero interno, sabía de la mezquindad del cálculo con que había afrontado la nueva batalla. Escarmentado en su tropiezo juvenil, temeroso de las fuerzas a las que se encaraba, había planteado un esquema miserable, el de un hombre enfrentado a los elementos en lucha cuerpo a cuerpo, casi una versión de El viejo y el mar, una fórmula segura, que resolvía problemas estructurales y aseguraba la complicidad del espectador. De esta manera, le dejaba las manos libres para dedicarse a intentar el retrato imposible. Todo el mundo habló de Al final de la orilla como de obra cumbre, película de temprana madurez en donde su talento se manifestaba en toda su potencia. Su aliento, repetían las crónicas, inundaba toda la película, borraba casi las actuaciones y los interiores y sometía al mar, develándolo, expresándolo como nunca antes se había hecho en la pantalla. Pero él sabía qué lejos estaba de lo que las exageraciones de la frivolidad habían calificado como éxito definitivo. La película envejecería; en apenas algunos años, pasado el fervor, quedarían al descubierto incompetencias, caídas de tensión, desmayos de vigor, como restos que deja la marea sobre la playa al retirarse. El cine era un arte pródigo en la sorpresa de nuevos recursos y métodos que eran capaces de invadirlo todo y convertirse por sí mismos en esencia, pero esencia volátil, condenada al olvido por la irrupción de nuevos artificios. Entonces la película encontraría su lugar definitivo y uno podría comprobar con estupor que, transcurrido el tiempo conveniente, lo que en su momento se había admirado como joya exótica acaso quedara relegado a la vitrina de la baratija de bisutería. Para su convicción sincera, sólo había sido un buen intento; luego, la calidez de aquel endiosamiento por un lado y cierto déficit de confianza en lograrlo alguna vez por otro hicieron imposible la confesión de esa certeza. Aquella súbita celebridad incorporó a su obra un elemento distorsivo, la preocupación por confirmar el sitial conquistado, el mantenimiento de su propia imagen. En los filmes inmediatamente posteriores se distrajo, desconcertado por lo que se esperaba que hiciera y

3


demasiado pendiente de la consolidación de su prestigio. En ese período reñido con la autenticidad y los verdaderos sentimientos se inscribía su tercera aproximación al mar. Su octava película, Claves encontradas, fue todo lo opuesto a lo pregonado en el título. Desorientado después de un par de intentos que no estuvieron a la altura de lo que los demás –y él mismo– esperaban de su producción, recurrió al elemento que había marcado y hecho reconocible su obra. Conocía la envergadura de lo que afrontaba, pero confiaba en que con un poco de oficio convertiría a la bestia de agua en aliado eficiente para apuntalar una trama algo pretenciosa, que si bien en una primera instancia lo había seducido, nunca lo atrapó del todo. La película pasó sin pena ni gloria. El mar directamente se había ausentado de la pantalla. Ahí estaba, sí, en panorámicas minuciosas, en largos y tediosos primeros planos. Pero su espíritu había quedado allá contra la playa y ni siquiera había rozado la atmósfera del film. La crítica había sido indulgente y destacado los logros discontinuos de la realización. Él volvió a reconcentrarse en cada aspecto de sus películas, en la elaboración artesanal de un mundo íntimo, en el control riguroso de los detalles. Consideró que la aceptabilidad, mínimo exigible para una obra artística, depende de las minucias. Por lo pronto, dejó de lado los grandes temas y volvió al respeto reverente del adversario. Sólo como deuda de gratitud, el mar siguió apareciendo oblicuamente en sus películas posteriores, las que afianzaron definitivamente su renombre como realizador. De manera impensada, como un efecto no buscado, ahora que ya rondaba la veintena de títulos filmados la crítica elaboraba por su cuenta y riesgo argumentos sobre el protagonismo del mar en su obra. El tema se había autoimpuesto, todos los guiones –que ahora le caían de a cientos– otorgaban al mar un papel protagónico. Fastidiado, rechazaba uno tras otro, molesto de que lo confinaran al lugar obvio, y más aún de que le cercenaran la libre elección de lo que íntimamente consideraba su tema. Paradójicamente, las circunstancias lo mostraban como si rehuyera el compromiso, y la dinámica que entabló con el periodismo de espectáculos en reportajes, comentarios y columnas especializadas no hicieron más que avivar la expectativa.

4


Ya había dado muestras de su capacidad y su talento, ¿por qué a esta altura de su carrera debía aún revalidar pergaminos? Había aprendido los secretos del oficio y planificaba con seguridad sus películas, eligiendo la mejor solución, atenuando la audacia de las innovaciones en función del equilibrio, descartando los límites del efectismo, prefiriendo la austeridad a la solución aventurada, que tan fácilmente se deslizaba hacia el contenido vacío o el ridículo. Su obra había sacrificado osadía, que no siempre le había aportado valores, y en compensación podía ufanarse de haber logrado mayor consistencia y aplomo, aunque algunas veces lo acicateaba el escrúpulo de que simplemente se ciñera a eludir riesgos. Había aprendido a reconocer sus limitaciones y extraer los mejores logros explorando esos extremos sin transgredirlos. Más allá de eso estaba lo imposible, y también las angustias, el temor al fracaso y la bancarrota económica; más allá de eso estaba el mar como elemento cinematográficamente puro, una contienda mano a mano que alguna vez fue su vocación pero que hoy evitaba, a sabiendas de que los más brillantes resultados conseguidos distaban mucho de lo que se había propuesto, de lo que había entrevisto alguna vez como un destello de absoluto en las deshilachadas películas en blanco y negro del cineclub, corroídas por el tiempo, el descuido y la misma humedad, la propia materia del mar. Ya no tenía veinte años y ahora medía de otra manera a su presa, consideraba la profundidad de su carácter, que tenía una cara única pero insondable, y encontraba absurdo tener que competir consigo, tener que desafiarse a sí mismo a una nueva pulseada cuando ya había conseguido una vez resultados convincentes. Finalmente, encontró el argumento apropiado. Cuando terminó de leer El atajo de enero se convenció de que era lo que necesitaba: con referencias explícitas pero indirectas al mar, suficientemente potentes para permitir la expansión personal y al mismo tiempo pasibles de ser soslayadas, atenuadas o relativizadas como comentarios marginales, guiños, alusiones transversales en su obra. Y ahora permanecían ahí, en esa punta que se adentraba en el mar, mientras el sol bajaba a pique y los minutos se volaban en cuenta regresiva. Unos días antes había tomado algunos bocetos y trazado plantas con ángulos y alturas para disponer la cámara, sin

5


ninguna idea definida, por hacer algo, tener un punto de partida y después ver. Pero no había nada que ver: allí estaba el mar, estirándose y recogiéndose, como una sola célula que contuviera a todas las células, y las estrellas, y los misterios de toda la vida. Hacía cinco mil, cinco millones, cinco mil millones de años que el mar era el mismo y hacía lo mismo: estiraba la mano y golpeaba, o acariciaba, cubría y descubría. ¿Alguna vez había sido de otro color? Las corrientes marinas, esas arterias que llevaban vida a todo su cuerpo, ¿algunas vez habían recorrido otras rutas, aniquilando especies y lechos oceánicos? Desde toda la eternidad y en todas partes, igual que en ese preciso momento y exactamente a sus pies, desenvolvía sus lentas y parsimoniosas hecatombes. Era inexacto e indolente: uno de sus empujones algo más vigoroso podía borrar una aldea sin que lo advirtiera; otro un poco más recio aún y aniquilaba una civilización completa con igual descuido. En el reflujo, todo lo que no quedara hecho astillas sobre la costa se lo tragaría hacia su fondo sin fondo, y en su edad sin edad no representaría ningún recuerdo. ¿Cómo desentrañar su secreto presumiendo de artefactos de filmación y otras insignificancias inútiles? ¿Cómo enfrentarlo, oponiendo apenas la obsesión febril de un espíritu empecinado, un punto invisible en el tiempo y el espacio, más minúsculo que una sola de las gotas que lo conformaban? ¿Cómo siquiera retratarlo sin caer en la previsibilidad documental, la aridez noticiosa o la ampulosidad catastrofista? Ninguna sería, ninguna podría ser nunca una imagen fidedigna del mar. Su esencia estaba en otro lado y no necesitaba un creador, sino tan sólo un crooner sensible y mesurado, y sólo eso estaba más allá de cualquier capacidad humana. Hacía cinco horas que el personal languidecía esperando que el talentoso y experimentado artista concretara las ideas que sin ninguna duda fermentaban en su interior, con tanto ir y venir e interrogar el horizonte. Las primeras horas se fueron en bajar los equipos de los camiones, instalar el grupo electrógeno y tender cables; en armar rieles, grúas, trípodes y banderas; en elegir ópticas, en fotometrías y en organización. Luego un par de tomas ensayadas al voleo y sin demasiada convicción, reiterados cambios de emplazamientos para la cámara, desperdicio de película a

6


conciencia. Más tarde la llegada salvadora del catering había recompuesto los ánimos mientras ganaba algo de tiempo, intentando replantear lo que no existía, lo que nunca había existido, hasta volver a la misma situación, en la que ahora se encontraban. Su atención se resistía a fijarse, a permanecer un minuto en su objetivo, y se aferraba a cualquier cosa (una gaviota en el cielo, el perfil de Félix, los garabatos que el asistente dibujaba con un palito sobre la arena, el cigarrillo que el director de fotografía trataba infructuosamente de encender cubriéndolo con su cuerpo) por más que sus ojos semicerrados, escrutadores, aparentaran el mayor ensimismamiento. El viento había empezado a soplar más fuerte cuando le pidió a Félix por enésima vez los bocetos que había trazado y corregido hasta convertirlos en un mamarracho indescifrable. El asistente se acercó luchando a brazo partido con el viento, con los apuntes que enloquecían de aleteos entre sus manos, cuando súbitamente se le voló la gorra y su gesto reflejo por retenerla liberó por fin la bandada cautiva. Se hizo un silencio congelado mientras todos miraban los papeles volar por el aire e ir a dar en el mar que, indiferente como siempre, los fue engullendo en olas sucesivas. Todas las miradas convergieron en él, que estalló en una rabieta sobreactuada, maldijo la hora y el lugar y sin atender reclamos dio por terminada la jornada de filmación. Pero se guardó bien de maltratar a su colaborador, consciente como era de que en realidad lo había sacado del apuro, regalándole una excusa para fingir la furia que no sentía y cuyos proverbiales accesos habían quedado entre sus datos biográficos tempranos, cuando su irascible perfil de enfant terrible sembraba el terror en los sets y los camarines, y tanto actores como técnicos se debatían entre el interés por participar en sus proyectos y el temor al maltrato a que se exponían. Con el tiempo, pudo recomponer su imagen a medida que su soberbia de los comienzos fue dando paso a una mayor afabilidad basada en la tolerancia, el buen trato y el respeto, al punto de llegar a ser sinceramente estimado en el medio. Siguió simulando un temperamento sombrío en el viaje de regreso al hotel, pero ya promediando la cena volvió a su carácter bonachón y todo el mundo disculpó el mal momento que les había

7


infligido por la preciada pérdida de los papeles, de cuya inutilidad palmaria sólo él podía dar fe. Enseguida vinieron anécdotas de otras filmaciones, brindis augurales y para los postres pudo comprobar satisfecho que nadie recordaba el incidente. Estaba en el baño, mirando distraídamente la pared frente a él, cuando notó que en el mingitorio contiguo se estacionaba Pando, el productor de la película. –Se nos fue un día entero de rodaje –dijo sobre su propio ruido de regadera. –Bueno, lo vamos a recuperar –fingió despreocupación–. Mañana es día de descanso y aprovecho para reordenar el plan. Y si no, hay un porcentaje muy grande en publicidad, no se va a notar si descontamos de ahí. –Lo de publicidad no se toca –porfió Pando–. Ya conozco de sobra el cuento de la mejor película del mundo que no conoce nadie porque no hay presupuesto para venderla. Se interrumpió para sacudirse ritualmente y advirtió: –Los días de rodaje están contados y hay que respetarlos o todo se va a los caños. –Esto no es hacer salamines. No es una línea de montaje, una película lleva otros tiempos. Pando lo miró con cara inexpresiva, como si estuviera harto de oír el argumento. Después de una pausa más o menos larga, en que pareció meditar la manera de atenuar la respuesta, concluyó: –De acuerdo, entonces dedicate a hacer arte exclusivamente con artistas desinteresados. Porque los que están ahí afuera –su dedo pulgar señalaba por sobre su hombro el salón desde donde aún provenían risas y conversaciones– cobran el día como si hubiéramos trabajado, y comen como si estuvieran celebrando el Oscar. Se fue hacia la puerta, pero antes de salir agregó mirándolo: –Y vos también. Y cerró suavemente la puerta tras de sí.

8


Aprovechó que todos dormían hasta tarde y se fue solo a la península. “A tratar de resolver el problema en persona”, pensó que había pensado veinte años atrás, cuando antes de comenzar el rodaje de Al final de la orilla su arrogancia le hizo creer que se trataba de un problema entre pares: el mar y él. Sonrió recordando sus ínfulas, y lo hizo aún más cuando revivió su encarnizamiento de entonces: quince, veinte veces había ido a plantarse frente al mar, a tomar apuntes, a ensayar bocetos y desecharlos, a imaginar diálogos, colores y músicas; de mañana, de tarde y aún de noche, como un poeta romántico, enfundado en su piloto negro, a punto de agarrarse una pulmonía por “confrontar sus obsesiones”, “exorcizar sus demonios” y otras fantasías por el estilo. Pavadas de la edad, pensó; no se trató de confrontar sus obsesiones sino de obsesionarse, de enajenarse durante dos meses: se separó de su primera esposa, tiranizó al equipo de trabajo, torturó psicológicamente a los actores, esclavizó a su asistente, chantajeó a su productor y extorsionó a cuantos pudo hasta donde pudo, amenazando con todo un repertorio de barbaridades, que iban desde abandonar el proyecto hasta pegarse un tiro. Un perfecto imbécil, pensó, cuyas estupideces y excentricidades habían contribuido más que cualquier mérito formal a la leyenda del film. ¿Hasta qué punto, se interrogó, su triunfo se debía al gigantesco aparato publicitario que había engendrado durante la filmación sin calcularlo, con mucho más talento que el dedicado a la película? Había embarcado todo en su empresa a cara o cruz: estaba en un punto axial de su carrera, tenía que apostar fuerte, estaba dispuesto a arriesgar, vender el alma al diablo, dejar en el camino lo que fuese necesario. Enfrente estaba el mar: consistente marea de fuerzas, de oscuridades, de poderes y movimiento jamás plenamente dicha, nunca acabadamente mostrada. El iba a hacerlo, a como diera lugar. Todo eso estaba equivocado, pensaba ahora caminando por la playa rumbo a la punta de rocas, nada de lo que había sacrificado merecía consumirse en esa hoguera ni aún si hubiera conseguido alcanzar la perfección, el David, la luz de dios. No era el método correcto, pero los resultados

9


habían sido innegables. Y era él quien los había alcanzado, ¿qué le impedía ahora tomar ese punto de partida y avanzar un poco más allá? Sólo reconstruir los aspectos positivos y apoyarse en ellos, sin consumirse en la ilusión, sin inventarse ficciones encima de las ficciones, sin creer –¡por favor!– que el artista sólo se debe a su arte, como si el mundo y las personas no existieran –y no fueran más importantes que el arte más excelso. La playa del hotel terminaba con una solitaria sombrilla de paja, un palo rústico hundido en la arena con su sombrero chino de briznas, como un soldadito de guardia con un fusil inservible. A medida que se acercaba, llamó su atención un reflejo en la arena, una forma plateada que refulgía ante sus ojos cerca de la sombrilla, como un espejo olvidado bajo el sol matinal. Un pez muerto. El mar había arrojado sobre la arena a ese testigo de su digestión convulsa, mensajero de qué mensaje en cuál campo de Maratón. A qué se atravesaba delante suyo, con el ojo de sorpresa que tienen los peces muertos, sorpresa en un ojo redondo como una moneda, mirándolo o mirando más bien otra cosa que él no podía ver, con el vientre inflado de fermentos y putrefacciones a punto de reventar. Todo eso era el mar: poder ver la galaxia entera en el ojo del pez muerto era ver el mar y comprenderlo, y amarlo en el vientre repleto de fluidos en descomposición. Cómo hacer arte con todo eso, cómo componer una imagen convincente y reveladora. Tenía mucha más libertad que antes, ya no existen las trucas imposibles: alcanzaba con imaginar el cuadro y todo lo demás podía conseguirse sin dificultad, sin limitaciones. Era verdad que los costos podían ser altos y no se habían hecho grandes previsiones para efectos, pero todo dependía de cómo se asignaran las partidas. Por la tarde trabajaría en eso al replantear el almanaque de rodaje; Pando ya le había aclarado que debía arreglarse con lo presupuestado. Comenzó un leve trote por la playa: la arena húmeda hacía la marcha liviana y calculó que todavía tenía unos quilómetros hasta la punta. El entrenamiento era parte de su vida desde que había sufrido un episodio cardíaco; no de demasiada importancia, era cierto, pero suficiente como toque de alerta. El trote se desarrollaba regular, pausado, marcado por su respiración, metódico y exacto.

10


Las olas del mar se revolcaban a sus pies, algunas terminaban mucho antes, otras lo sumergían hasta los tobillos; un par de pequeñas olas se encimaban y sumaban su esfuerzo, otras hacían una larga pausa antes de llegar. El trote se mantenía, las pulsaciones eran estables; comprobó con satisfacción que no se agitaba. Cuando el cansancio le hizo aflojar la marcha ya casi estaba llegando. El calor lo agobiaba y decidió darse un chapuzón en el agua templada del mar. Un rato largo estuvo jugando en las olas, saltando y sumergiéndose, entregándose al agua, emergiendo para volver a zambullirse. Experimentó una vez más, como tantas veces, la felicidad de jugar en el agua, y conforme permanecía más y más tiempo disfrutando, la sensación se hacía más real. Después de media hora así, todo era un continuo armónico en el que, se le ocurrió pensar, no entraban ni la idea del nacimiento ni la de la muerte. No había forma de morir allí, la muerte no contaba en la naturaleza del mar. Simplemente se era parte, en el estado que fuera, abrazado, contenido por el mar. El mar no era el origen de la vida: era la vida misma. De pronto recordó la película; sufrió un sobresalto. Era extraño, porque no había pensado en ningún momento en ella y fortuita, casi accidentalmente, había encontrado una visión diferente, desde adentro, una idea que podía aplicar traduciéndola en imágenes. Esa sensación suspendida sin principio ni final, sustentado por el mar, como líquido amniótico, la vida como un continuo sin tiempo, la temperatura del elemento ideal, podían ser el comienzo de un nuevo abordaje. Salió del agua, se secó un poco y rápido, rebuscó en su bolso un lápiz y un pedazo de papel y empezó a tomar notas. Luego se interrumpió imaginando tomas subacuáticas en una pileta climatizada y con actores. Le pareció que había conseguido algo y siguió con optimismo hacia las rocas. Trepó las losas, exploró el lugar, que ahora estaba sembrado de algas: todo se había vuelto resbaladizo. Con entusiasmo renovado se aventuró por los alrededores y descubrió un acantilado corto que no había tenido en cuenta, desde el que se podría conseguir un impactante plano picado del mar contra la base. Concluyó que ya tenía elementos suficientes y que organizaría el material a la noche en el hotel; emprendió la vuelta por la playa recordando cada detalle del proyecto, que ahora se le

11


presentaba claro del principio al fin: el rodaje debía completarse en diciembre, antes de las fiestas, para que el estreno de El atajo de enero estuviese listo ese mismo mes, durante la temporada veraniega en la costa, aprovechando el impacto del título y la asociación que su fama como director establecía con el mar, convenientemente fogoneada por la polémica que la crítica había armado sobre el asunto. Se presentaría de atropellada en el festival de verano y se estrenaría en las ciudades capitales durante el otoño. Un plan comercialmente temerario pero novedoso; Pando había tenido razón en apostar fuerte a la publicidad, de la que dependía el éxito de la estrategia. Ya le faltaba poco para llegar cuando tropezó nuevamente con el pez muerto e hinchado sobre la playa. Ahora un chico de unos ocho años estaba acuclillado frente a él, examinando con fascinación la desaforada convexidad del vientre. El chico buscó a su alrededor hasta encontrar un pedazo de caracol, y aplicó el borde filoso en la zona media del animal. Presión y explosión fueron un solo movimiento; antes de que pudiera prevenirse, escuchó el alarido y dio vuelta la cabeza, asqueado. Cuando volvió a mirar, el vientre se desinflaba en medio de un charco fétido y el chico se alejaba, corriendo y a los gritos.

–¿Acá está bien? –preguntó el camarógrafo, fijando el ángulo de la cámara. –Que suban un poco la grúa y la picás más. Quiere que el travel empiece bien alto pero termine casi a ras del suelo y barriendo en panorámica –corrigió Félix, seguro de haber interpretado correctamente sus indicaciones–. ¿Dónde está el foquista? Él asistía a todos los diálogos con la vista fija en el monitor, aparentemente abstraído. Todos parecían relajados, dedicados a sus tareas, ajustando las piezas que les correspondían en el gran engranaje, convencidos de exigirse para lograr el mejor resultado en lo suyo, que iría a fundirse con lo de los demás en un todo en movimiento. Como el mar.

12


Así, en plena filmación, se le seguían ocurriendo ideas embrionarias, asociaciones prometedoras, jirones vistosos pero deshilachados aquí y allá, incapaces de tender la red definitiva sobre la presa, la red capaz de pescar al mar, retenerlo, encontrarlo. Inevitablemente su carga se le escurría. Volvía la vista al mar por enésima vez y allí estaba: inconmovible, repitiendo los gestos de siempre, como si jugara al oficio mudo insistiendo hasta el hartazgo con la misma mímica, incrédulo de que él no supiera interpretarla. Mientras, todos trajinaban a su alrededor, como un sistema planetario en torno a su centro. A diferencia de la última jornada, el equipo entraba en una actividad metódica, sostenida, segura, respaldada en sus indicaciones y ordenamientos. Había variado de táctica y apenas desembarcados los equipos en el playón rocoso se había preocupado por mostrarse decidido, certero, dando instrucciones a cada uno para un planteo básico. Normalmente, el dinamismo que contagiaba al equipo terminaba realimentándolo, y el trabajo crecía y se enriquecía. Sólo que ahora apenas era un gesto mecánico, la parodia sin objetivo de un procedimiento. –Así me gusta –lo saludó Pando, que acababa de bajar de la camioneta en que traía víveres y pertrechos–. El viejo lobo de mar está de regreso. Gruñó tras los anteojos negros, sin esbozar un gesto ni cambiar de posición. Pando permaneció a su lado, los brazos en jarra, como si nada. –Tiempo impecable. Hoy va a ser un gran día. Y vos vas a imprimir para la historia. Se miraron, ambos con anteojos negros. Luego él volvió al monitor y Pando amagó con irse. Antes, como si casi lo olvidara, le comentó: –Traje a mi hija y a una compañera de la escuela de cine a ver la filmación. No te molesta, ¿no? Y si le molestara, de cualquier manera estaban ahí. Movió un poco la cabeza en un gesto indefinido. El día anterior, a su regreso del paseo por la playa, se sentía tan confiado que durante el almuerzo sorprendió a todos haciendo chistes y bromas, inventando apodos para los eléctricos, cantando

13


canciones a los postres. Por la tarde jugó al ajedrez, a los dados, luego al tejo con los empleados de la limpieza del hotel, en el parque. Terminó tomando mate con los jardineros. –No puedo creer que estemos aquí –escuchó la voz juvenil a sus espaldas. La hija de Pando lo saludó familiarmente. La otra se presentó extendiendo la mano, emocionada. –Soy Camila, la amiga de Eve. Soy fanática de tu cine –chapurreó. Algo más de veinte años, ojos celestes y sonrisa simpática. La miró con atención. Por principio tenía la mirada prohibida para Eve, la hija de Pando, pero Camila derrochaba belleza y juventud. –Espero que no me digas ahora que viste todas mis películas. La mayoría no vale la pena –dijo. Camila se quedó confusa. –Vi todas las que pude. Me encanta. –Ojalá hayas acertado con los títulos correctos. Eve, que conocía al resto del equipo, se alejó saludando a diestra y siniestra, riendo y bromeando con todos. Camila seguía a su lado, como hipnotizada. Sintió que comenzaba un juego al que ya estaba acostumbrado. El carro de travel ensayaba movimientos, el director de fotografía medía la luz al principio y al final del recorrido y el camarógrafo aprobaba el ajuste del foquista. Calculó que a los ojos de la chica todo era grandioso mientras que a él tanta aparatosidad le resultaba patética. La noche anterior, después de la ducha y antes de la cena, cuando el día entero se había consumido y comenzaba la cuenta regresiva del rodaje, el optimismo se diluyó y tuvo que enfrentarse a la realidad: estaba en cero, no había nada concreto, había permitido que la tarde pasara refugiándose en las primicias de aquel paseo matinal que eran, en concreto, inexistentes. Revisó febrilmente los apuntes tomados, la prueba de la vacuidad: ¿qué significaban esas tomas subacuáticas en una piscina, complementadas con movimientos coreografiados que se acercaban más al amaneramiento que a la expresión? ¿Cómo representar ese fulgor de felicidad, apenas entrevisto, ese estado de la primera niñez, ese movimiento del cuerpo dentro de otro movimiento más entero, más cósmico? Seguía revolviendo los papeles, con angustia creciente: ¿para qué esos

14


planos forzados del acantilado? ¿Qué era esa idiotez del líquido amniótico? ¿Qué tenía que ver todo eso con el mar? –Cuando me enteré que iban a filmar estas escenas, la volví loca a Eve para que me trajera. No podía perdérmelo por nada del mundo, son las escenas de las que todos van a hablar. Y ahora no puedo creer que estoy acá –Camila exageraba su histeria con gracia. –Pero si nadie sabe –se atajó él–. Sólo se dieron a conocer los lineamientos generales del argumento. –Bueno, pero yo cuento con información confidencial, por Eve –respondió ella con picardía–. Además, el mar siempre está presente en tus películas. Todo el mundo lo sabe. La alusión volvió a incomodarlo, como una piedra en el zapato. –Caramba, me estoy haciendo demasiado previsible. Debe ser hora de cambiar. La sorpresa se dibujó en la cara de Camila. No fuera que justo ahora, que ella podía presenciar un momento histórico, y por un comentario imprudente, se perdiera la oportunidad. –No, por favor… –su temor resultaba gracioso. Él se rió con ganas. –Esta película va con mar, te lo prometo. Pero es la última. Debía ser la última, el mar era demasiado ancho, demasiado profundo, demasiado inmenso como para pretender abarcarlo. Había luchado con él, lo había medido, lo había desafiado, o al menos imaginaba que lo había hecho. En el balance, algunas cosas lo satisfacían pero no se engañaba: si lo importante no es el destino sino el viaje, ahora ni llegaba a darle encendido al motor, todo discurría como en un teatro de marionetas. El mar se quedaba allá lejos, al borde de las rocas, sin remedio. Todo estaba listo, hasta Cecilia, así que no tuvo otra alternativa que dar la orden de empezar con las primeras tomas. El largo, trabajoso, exquisito movimiento de cámara se desarrollaba casi a la perfección; después de un largo intervalo para volver a intentarlo lo repitieron. A la tercera, comprobó sorprendido que la destreza de los técnicos había inclusive mejorado el producto de su

15


imaginación. Lo revisó en video y quedó deslumbrado: la imagen era virtuosa, el escorzo que había previsto no era sencillo y sin embargo estaba logrado con maestría. La colorimetría y el azar de ciertas olas, captadas en el momento exacto, realzaban la composición, como si el mar, ante su desconcierto y su ceguera para percibir las señales que le enviaba, se hubiera finalmente decidido a colaborar con esa imagen artificiosa y bella, aunque ajena por completo a su carácter. Sentado en su silla de director, aplaudió y vitoreó con júbilo al equipo. Todos aplaudieron también, contentos y emocionados. Los ojos de Camila, parada junto Eve algo más lejos, parecían salirse de sus órbitas. Pando estaba exultante y pensaba en términos publicitarios: –Para la historia, te lo dije. Para la historia. Félix se acercó agotado por la tensión pero feliz. –¿Te parece que quedó bien? ¿No querés hacer otra? –No. No se puede hacer mejor –contestó, sin saber si sonreír o no, con más alivio que alegría, con una satisfacción confusa y abochornada. La noche previa, a última hora, en la desesperación de su naufragio personal, había pedido una comunicación con el guionista, argumentando la necesidad de rever detalles de importancia. Tenía ideas que quería incorporar pero que requerían la modificación de algunas secuencias; la realidad era que estaba decidido a eliminar de plano la agobiante presencia del mar. Renunciaba, se rendía, se declaraba vencido, no había lucha posible; sólo la inconsciencia y la estupidez juveniles le habían hecho concebir alguna vez que podría oponer sus fuerzas, irrisorias en tiempo y espacio, a la eternidad y la infinitud. Cada vez que lo pensaba se sentía más débil, cada vez que intentaba concentrar sus fuerzas se sentía más ridículo, los planteos estéticos le resultaban de una pobreza descorazonadora, alineados en su mente junto a otras preocupaciones profanas: problemas familiares, deudas y cancelaciones, dietas y prevenciones, negocios y proyectos, afectos y compromisos, viajes y reflexiones. Una galaxia de pequeñeces indigna de representarse en la pupila muerta de un pez, ni siquiera en la pupila mucho más muerta de una muñeca de porcelana.

16


Pero el guionista no estaba. Había salido irresponsablemente un domingo por la noche sin avisar adónde iba, sin teléfono celular, sin referencias para ubicarlo; acaso sospechando la posibilidad de tener que viajar de urgencia y resignar su fin de semana libre se había hecho humo sin dejar rastros. Bufó, insultó, exigió explicaciones y profirió amenazas, pero finalmente colgó y comenzó a imaginar frenéticamente, dibujando, tachando y volviendo a dibujar, esas tomas complicadas y artísticamente riesgosas, aunque más no fuera para distraerse, para distraer a los demás, para hacer algo frente al mar. Al rato había conseguido relajarse. Pensar en las variantes, buscar alternativas, pulir los encuadres y buscar una síntesis de austeridad y refinamiento en la solución técnica lo devolvía del ahogo de la angustia a la playa de lo seguro. Pasó el resto de la noche en el ludismo de lentes, composiciones y procesos de laboratorio. Pando ordenó el lunch y todos comieron con buen ánimo, y él en particular, convencido de que por fin estaba en camino. Adónde, no sabía bien, pero era como haber navegado durante días sin rumbo y de pronto ver indicios de una costa desconocida, ramas flotando o aves en el cielo, y aferrarse a la esperanza de que ya en tierra, fuera donde fuese, se las arreglaría de un modo u otro. El almuerzo transcurría apacible y él presidía la charla en silencio, asintiendo o negando, regulando con sus gestos las opiniones de una platea cuya admiración y respeto habían aumentado. En un par de ocasiones sorprendió la mirada de Camila clavada en él. Mientras apuraba el café, el equipo iba montando todo en el nuevo emplazamiento para la toma del acantilado. Se sentó en su silla, todavía restaba un rato largo de espera. Se le acercó Pando, con el teléfono en la mano, y se sentó a su lado. –Mensaje de Quiroga. Dice que lo llamaste anoche por el guión. –Sí, pero no estaba. Decile que no importa, que ya lo solucioné –contestó sin rencor. –¿Pensás que con el día de hoy alcanza? –Pando había recuperado su optimismo empresarial– ¿No vas a necesitar una jornada adicional?

17


–No, nos llevará unas tres horas la próxima toma, y después sólo necesito planos de seguridad – hizo el recuento sintiéndose cada vez más cerca de la costa, de tierra firme–; los cortos los hacemos con la última luz que nos quede. –Como quieras –concluyó Pando, levantándose–, pero si cambiás de idea, arreglo con el hotel un día más. –Y fijándose en Camila, que los miraba de lejos como hipnotizada: –A lo sumo, si falta una habitación para la pendeja, le podés hacer un lugarcito en la tuya, ¿no? –Sos el hombre de negocios perfecto –contestó con ironía–. Todo te cierra, siempre. –Como a vos con las películas –replicó Pando calzándose los anteojos negros–. Por eso hacemos buena pareja. El equipo completo se aprestó al nuevo intento, él los dejó hacer, confiado. La toma no era convencional pero tampoco impracticable; todo estaba en el acantilado, se había limitado a calcular el movimiento de cámara y el juego óptico para acentuar el vértigo, y nada más. Todos sabían lo que tenían que hacer y él sabía que sabían, sólo había que soltarlos y manejar el clima laxo de la filmación. Conjeturó: la quinta toma sería la buena. Menos de tres horas. Se dedicó a distender el ambiente con comentarios amables y un tono de voz tranquilizador; mientras, avanzaba mentalmente sobre el montaje con efectos sonoros y visuales. Por las dudas, indicó que la toma se repitiera a distinta velocidad de película; después, en la moviola decidiría. Finalmente se consumieron las tres horas previstas y un poco más, y aunque luego hubo que correr con la luz que se esfumaba, pudieron hacer las tomas necesarias y las que podrían cubrir cualquier bache. Las últimas dos que Félix tenía en su lista, un exceso de celo en que había redundado su desesperación de la noche anterior, fueron eliminadas para cerrar la jornada sin agotamientos. Hubo un pequeño maremágnum de felicitaciones mutuas y hurras mientras los auxiliares desarmaban y cargaban equipos en los camiones. Finalmente, todos se subieron al transporte para volver al hotel; él prefirió regresar solo por la playa. Se sentía contento, el trabajo se encaminaba,

18


dos semanas más de rodaje sin apuros y a montar. Luego, seis meses de mover la película, agenda de prensa, estrenos, ronda de festivales, viajes, entrevistas. Claro que para eso había que terminarla primero, pero ya la tenía; esa misma tarde, en las interminables esperas entre toma y toma, había pensado cada uno de los detalles que faltaban para realzar la intriga: escamotear datos y trabajar sobre la mirada de la protagonista en primeros planos, hablar con Quiroga para agregar detalles al masculino que lo hicieran imprevisible. El mar funcionaría bien en el esquema. Lo miró a su costado, mientras caminaba por la playa: displicente, ajeno a todo, ocupado en lo suyo, la digestión del mundo, el cabeceo del planeta. Recordaba el rodaje de Al final de la orilla, tres días de filmación desquiciada, tres noches no dormidas, atenaceado por las dudas y el pánico, replanteando lo del día anterior en jornadas extenuantes que comenzaban a las cuatro de la madrugada y terminaban cuando era noche cerrada y ya no se podía forzar más la sensibilidad de la película. Tres días del equipo con los nervios de punta, soportando el hedor de los animales que el mar había arrojado sobre las rocas, dos lobos marinos grandes pudriéndose bajo un sol atormentador. Las mujeres del equipo llorando todo el tiempo y los conatos de peleas a trompadas con los hombres; las puteadas, los maltratos, la explotación laboral, emocional, afectiva. No había recursos, no se podía malgastar película, la comida era insuficiente, la gente se desmayaba del calor, de la sed, del hambre, de la angustia y del agotamiento. Y él, enloquecido, exigiendo más, queriendo extender la última jornada de filmación porque había empezado a levantar un temporal y aunque ya caía la noche y arriesgaba los equipos a las ráfagas de viento inmanejables, se empecinaba en registrar los embates de las olas. Tuvieron que hacerlo desistir entre el productor, el primer actor y el director de fotografía, como en una película dentro de la película, en la que ya no se distinguía entre ficción y realidad, entre ese drama racional que intentaba poblar de símbolos primitivos o su desaforada lucha contra todo y contra todos, Ahab cruel, despiadado y obseso que se había encarnado en él.

19


Ahora, caminando lentamente en el atardecer, le costaba reconocerse capaz de tanto, en todo sentido. Hacía un año atrás, en ocasión de una retrospectiva en su homenaje, había vuelto a ver la película y le impresionó la fuerza y la violencia que habían quedado adormecidas en su recuerdo, en la propia percepción de un tiempo tormentoso en lo personal pero cuyo fragor se había filtrado con desbordante vitalidad en las imágenes y la narración. A la salida, recibiendo felicitaciones y reconocimientos, se había sentido extraño, como un impostor en los zapatos de otro, un usurpador o un rentista percibiendo los beneficios de un trabajo ajeno; se había envidiado a sí mismo, al que había sido responsable de lo que ahora no sabría hacer del mismo modo. Ya cerca del hotel, se topó con la solitaria sombrilla de paja dormitando tranquilamente al sol. A sus pies, la playa se estiraba como una sábana perfecta, sin huellas, sin marcas de ningún tipo. Ni rastros del pez muerto con su sorpresa de momento final. Indiferente, implacable como siempre, el mar había barrido con todo: vientres hinchados, misterios de vida y de muerte, asombro infantil, galaxias en ojos muertos, conciencia de la vida que pasa y gasta. Del mismo modo se tragaría este mismo momento, su moderada juventud, el logro de ese día nacido de desalientos y frustraciones, esta película suya y todas sus otras películas, y todas las películas, todas las historias del mundo. Divisó a Camila sentada en las escalinatas del hotel junto a un chico, las cabezas inclinadas una contra la otra, ambos concentrados en un examen minucioso. Al aproximarse más, ella levantó la cabeza y lo saludó disparando sus ojos llenos de promesas, transparentes e imprecisas, como la voluntad del que explora sin saber todavía bien qué. Cuando el pequeño levantó la suya, creyó reconocer el rostro que había visto en la playa el día anterior, inclinado sobre un pez muerto. Parecía molesto por la interrupción, justo cuando estaba mostrándole a Camila su arsenal de disección, la colección de caracoles partidos dispersa sobre los escalones.

20


El mar