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CEREMONIA DE LA MAÑANA

El cielo se venía abajo. De haberlo sabido, quizá lo hubiera pensado mejor. Quizá hubiera soportado con un poco más de paciencia los insultos, los reproches y sobre todo el llanto, el llanto, el llanto hervido y recontrahervido y sufriente y lacerado. Pero no, por suerte ya era imposible. En todo caso, esperar ahí parado era inútil. Llovía como si nunca hubiera llovido. Había que decidir rápidamente qué hacer. Qué hacer, con esa lluvia. Todavía estaba a tiempo, Gilda podía ofrecerle que se quedara a dormir, únicamente por esa noche y teniendo en cuenta la tormenta. Conocía el trámite, un juego tedioso y absurdo, de azar fingido; un juego con dados cargados: pondría el colchoncito en el pasillo, los dos se acostarían lejos con patética dignidad, más tarde ella tropezaría con él rumbo a un vaso de agua y recomenzarían los reproches, esta vez en un tono neutro, táctico, con el telón de los truenos y los relámpagos. Podía reconstruir de memoria los signos del código tácito: las reconvenciones darían lugar a las reconsideraciones y después de la negociación vendría inexorablemente la solicitud, la exigencia casi imperiosa de un cariño sin autenticidad que se vestía cansadamente con el disfraz de la pasión. El acercamiento gradual iría elevando la tensión, una excitación forzada, únicamente posible por el efecto dramático de la situación terminal.


Y por su indolencia en el consentimiento, en el acatamiento de un rito sin magia pero necesario para pernoctar una vez más sobre tierra firme. Bostezó hasta que le dolieron las mandíbulas, y con las lágrimas del bostezo le ardieron los ojos. Miró el reloj: las once y media de la noche. Estaba cansado. Parado en la puerta del edificio, el bolso al hombro, en el brazo el piloto que ni siquiera se había puesto. A un escaso metro, el portero eléctrico. Ahí nomás empezaba esa lluvia que partía en dos el cielo. Qué hacer. Podía volver; era él –como siempre– quien decidía. Gilda abriría la puerta aunque más no fuera por su condición de mujer sola, con un hijo; por su angustiosa convicción de estar en desventaja. Sobre todo por Dieguito, pobre, tan carente de figura paterna; en la casa hacía falta un hombre. O quizá hoy se hubieran acabado allí los hombres, después de que le tirara con la plancha y con una silla, después de esa ofensiva a fondo que se anunció fulminante con una patada en los huevos y que él a duras penas había podido contener en el último segundo, con ese bofetón que sonó como la campanilla que daba por terminado el round, poniendo las cosas en orden por un momento, el momento necesario (otro efecto dramático) para efectuar una retirada en regla, para llegar hasta el rincón como si nada a pesar de las rodillas temblorosas. Son los iones, sin duda, pensó. Los iones negativos. ¿O positivos? Los días de lluvia la atmósfera se ioniza y todo el mundo se altera. ¿Qué eran los iones? Partes de las moléculas. O de los átomos. El protoplasma atómico. ¿Protoplasma atómico? Se estaba yendo a la mierda tocando de oído, como de costumbre. ¿No era hora de ponerle el hombro a esa negrura absurda de tener que decidir ahora mismo, y rápido, qué hacer? Como un transatlántico fue despegando de a poco del embarcadero, rumbo a la lluvia. Se puso el piloto, se levantó el cuello y se metió en la noche. Todavía estaba la posibilidad de que Gilda, mientras el agua corría desesperada rumbo a las bocas de

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tormenta, pero él luchaba contra la corriente y se sentía más libre en tanto se alejaba de esa posibilidad, la posibilidad de Gilda. Gilda. Nombre ridículo. Muy apropiado para la escena de esa noche. Gilda. Fin. The end. ¿Cuánto tiempo? ¿Dos años? En julio, año y medio. Un año y medio de un lento e inevitable desbarrancamiento hacia esto. Como si la lluvia hubiera terminado de ablandar ese terreno flojo que ya no le interesaba a nadie. O quizá a ella sí le interesaba: ese llanto interminable, esas últimas preguntas sin contestación. Retóricas, sin cuerpo, pero así y todo, puentes al fin. Gilda. Ridículo. Ridículo y sin embargo, con sus costados tibios todavía, quizá más todavía en ese momento, considerando esta lluvia, cuando era necesario decidirse por algo y sería bueno contar con un techo. Desde siempre el nombre de Gilda había tenido un encanto y un relámpago de catástrofe, de tragedia doméstica y cursi, entrevista con una primera intuición inexplicable. Por qué se había desvanecido el encanto y habían crecido las orillas fangosas del desastre, era imposible saberlo. No había forma de encontrar el punto concreto en que el hilo dorado se cortaba. Pudo haber sido algo que no había hecho, o que había hecho mal, o simplemente todo obedecía a esa primera intuición, fatal y decisiva, en la que hubiera debido confiar. Cada vez que parpadeaba por la lluvia, le dolían los ojos. Se sentía cansado y no tenía ganas de buscar explicaciones. No había sentido ninguna atracción por esos puentes tendidos, esos atajos. Para su propia sorpresa, se había endurecido más allá de lo imaginable en la mezquindad. En alguna estación desconocida su sensibilidad había hecho el cambio de vías y la más helada indiferencia transitaba ahora un ramal camino al olvido, un ramal a clausurar. Reforma del Estado, achicamiento del gasto público, rentabilidad. Una multitud de Gildas en ropas de ferroviario manifestaba en la vía muerta clamando por su desamparo y proponiendo puentes de negociación. No lo convencían: sin forzar la situación, sin empeorarla, dejó ir el desbarrancamiento hasta el

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final, hasta la escena bufa que remataba la farsa. Pero lo que no podía terminar de digerir, lo que verdaderamente no cerraba con ese pulgar vuelto hacia abajo, era el hecho de estar otra vez –¿cuántas?– así, entre gallos y medianoche, en banda, de una manera totalmente imprevista, apenas con su bolso, como si desde el único teléfono público y con la única ficha disponible hubiera marcado un número equivocado. Mal o bien Gilda, con sus mocos y su tragedia de abandono, estaba en su casa, bajo techo, y mañana se despertaría sin tener que preocuparse más que por su vida fatalmente desgraciada y por preservar a Dieguito, pobre, que no tiene la culpa. O algo era injusto, o bien se confirmaba que él era un idiota impenitente y a perpetuidad. Se detuvo con agitación bajo un alero estrecho. La lluvia lo acorralaba con finos barrotes transparentes. Qué hacer. Sus pies estaban empapados, era imposible conservar algo seco. Todavía faltaba una cuadra para la avenida. Volvió a caminar sin encontrar soluciones, desconcertado. ¿Tocar un timbre? La cara sorprendida del amigo, la explicación, el momento torturante de la consulta con la esposa, la condolencia solidaria, la humillación. O dar vueltas por el Centro hasta el amanecer, caminar arriba y abajo las caras neblinosas de Lavalle o el desastre nocturno de Plaza Once. O esa tibia posibilidad que se iba acomodando a un costado y que por vergüenza –¿vergüenza por qué, por quién?– no se atrevía a contabilizar. Antes de abandonar la oscuridad de las calles y meterse en la luz de la avenida, en medio del viento, una imagen lo fascinó con su serenidad encantada: arriba del paredón descascarado se dibujaba la silueta oscura de un gato sentado, impasible. En un momento le pareció no distinguir bien: ¿cómo podía estar un gato debajo de semejante tormenta? Tuvo que esperar un relámpago y entonces sí, ahí estaba la lluvia como un encaje delicadísimo con su murmullo en el silencio, los adoquines devolviendo el fulgor y el gato, perfectamente recortado sobre un cielo de refucilo. Permaneció un minuto

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más paralizado mientras el agua lo empapaba, y después empezó a moverse hacia la avenida, con cierto apuro, con cierto temor inexplicable. En la avenida se metió bajo un quiosco de diarios. Mientras trataba de escurrirse un poco el agua y tiritaba, el quiosquero lo miró molesto, como si le estuviera ensuciando la vereda. Trató de no salpicar las revistas y leyó los titulares de la noche: virtual linchamiento de un delincuente por pobladores enardecidos. Saqueos de supermercados. Curioso: los papeles podrían invertirse. En la parte de arriba de la sexta, en tipos más grandes: renunció director del Banco Central. Rumores sobre posible indulto. Saqueadores y delincuentes de un lado y del otro. Cada uno jugando su partido y sin regalar nada. Todo se arremolinaba: corridas del dólar, plazos fijos, bonos externos; inclusive acciones, guardadas en un cajón de la cocina por un ama de casa que quizá esa tarde había participado de un saqueo a un supermercado o había concurrido a una manifestación. No al indulto; linchamiento. Todo se confundía y adoptaba las formas caprichosas e imprevisibles de la lluvia enloquecida por el viento, dibujando con furia su escritura sobre el asfalto. El quedaba parado bajo la lluvia: no mezclarse con esa locura, esa burla dantesca. Sin techo. ¿Cuál era el propio? La descontrolada aproximación al punto muerto, el derrumbe, el inexorable embudo hacia los artilugios del prestidigitador y sus facultades hipnóticas: duerme, estás dormido; duerme, estás dormido... El sueño se transformaba en pesadilla sin sosiego; un relámpago, la calle blanca, este trueno atroz para volver a la realidad. Ahí estaban los titulares: posibilidades de un nuevo indulto. Flujo de capitales. Capitalización de la deuda. Indulto. Capitales. Deuda. Indulto... Y sin embargo, de tanto amar los medios tonos, las pausas inteligentes, las reflexiones andróginas y la gratuidad, había quedado al margen. Lo único aprendido

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eran los dientes apretados, la sorda resistencia interior, la desconfianza: la única propiedad compartida por tantos iguales a él. En realidad, nada. Ni siquiera mediocres. Se habían salvado, la vida les había sido regalada, ni siquiera eran sobrevivientes, apenas pura memoria. Ese vacío había resultado una cárcel sin indulto posible. La dictadura no podía explicar toda la dictadura. Evidentemente algo había fallado, ¿dónde? Otra vez se cortaba el hilo. Y este posible indulto, y esta reforma del Estado, y este cambio estructural eran parte de una misma batalla a la que asistían de igual modo: sacando conclusiones, desconfiando, temiendo a los fotógrafos, a las comunicaciones intervenidas; avergonzándose. Recluyéndose en el ingenio, la preocupación formal, el miedo al error y al ridículo. Gilda y sus lágrimas. The end. ¿Había que aceptar sin más las muertes presenciadas y a presenciar? ¿Qué hacer? Eran casi las doce de la noche y estaba entumecido hasta los huesos, bajo el techo del quiosco en la tormenta, un techo prestado, y a juzgar por las apariencias, por poco tiempo. El quiosquero seguía mirándolo, reconviniéndolo. Absurdo, estúpido; totalmente estúpido. Que no le mojen las revistas: eso era lo que contaba. No había dudas ni sentimientos relativistas interfiriendo tales intereses. Se empecinó en quedarse bajo el techo del quiosco hasta resolver qué hacer. Ya era imposible pasar toda la noche dando vueltas sin riesgo de una pulmonía. ¿Meterse en un cine, un cabaret, un boliche cualquiera? ¿Una pensión? Era muy tarde. ¿Un hotel? Muy caro. Y si en última instancia... Dio vuelta la cara, molesto. Otra vez los titulares, ahora de las revistas de actualidad. Estrellas de la farándula, hasta hace poco matrimonio modelo, ahora se saludan, cada uno con su respectiva pareja actual. Fotos posadas. Declaraciones: los buenos viejos tiempos, la nueva hora feliz. Todo en el mismo tono. Con la misma desenvoltura podían opinar sobre modelos distributivos o especies en extinción. Una

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forma moderna de la civilidad, que también ofrecía costados sospechosos. Se acordó de Quinterito y sus aventuras con las chicas de la Juventud Liberal: “Rápidas, rapidísimas para la cama, viejo”, decía. “ Uno las ve así, garcas, recontrarreaccionarias, y piensa que no se las va a poder voltear nunca. Dios, son un avión”. Pensaba en aquel Quinterito, un pibe como él, amasijándose con la dictadura, la guerra. ¿Qué había pasado? “Lo mejor de todo, lo más impresionante, es lo fácil que entregan la cola. Sin versos, sin mucho esfuerzo, sin macaneos. Lo único que me dijo fue despacito, papi. ¿Vos te acordás la historia que teníamos que hacer para llegar a eso? Qué atorrantas son, no te das una idea. Esta tiene dieciocho años.” ¿Qué había pasado, Quinterito? Mirando las gotas que escurría el techo metálico y entre los truenos que parecían querer partir en dos la calle, recordaba y sonreía. La colita, ese premio conseguido tras arduas negociaciones, suplicado, rogado, amenazado, robado. Un polvo casi mítico. Las mujeres de las que se enamoraba: ideas propias, rebeldes, pensantes, profundas. Detrás se empollaban formas más o menos tacañas de la familia tipo. Mezclaban la ideología, el feminismo, el pecado, los derechos del hombre y la mujer, los prejuicios, el sentido trágico de la vida, la academia de corte y confección y los buenos y malos pasos de las egresadas, con los amores subvencionados, el reaseguro de relaciones casi parentales, la pasión controlada y sostenida con crédito estatal. No era cuestión de ir sin más al libre mercado, pero siempre debía existir una inversión de riesgo para que la cosa no fuera parasitaria, fofa y enfermiza. “Son reaccionarias, son guachas, son regarcas, pero en la cama son diosas. Hacen deporte, equitación, gimnasia, toman sol todo el año. Las ves en bolas y te vas en seco.” Por qué la tristeza siempre a cuestas, el llanto, el compromiso absurdo, el pudor, el respeto a qué puta integridad; por qué Gilda, por qué todas sus parejas. El compromiso con qué, con quién. La comodidad en qué sensato conformismo. Con maligna morbosidad iniciaba el paseo por la galería de sus monstruos. Gilda. The end.

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La película terminó, hay que salir del cine, Gilda, hay que salir. O Susana. Daba casi ternura comparar su figura en las reuniones sociales, ocupando el legítimo lugar de una psicoanalista –suficiencia, objetividad invulnerables– con la imagen casi brutal que se levantaba por las mañanas con aliento de perro viejo, el pelo revuelto y las pantuflas que le había regalado la madre hacía mil años. Así las demás. Podía estarse toda la noche. Gabriela, por ejemplo. Un alma divina, lástima su preocupación existencial por el polvo perfecto, su angustia por coger siempre en estado de gracia. Caramba, no era tan terrible que de vez en cuando no saliera bien. Al menos, no para semejantes crisis y cuestionamientos. Tanta ansiedad terminó por estropearlo todo. ¿Por qué siempre esperaban algo distinto de lo que uno era? Todas iguales. Menos Paula. Paula, Paulita. Una ola de infinita ternura era lo que venía a desdecir todos los argumentos de la lluvia. Una época de tibieza inalterable, que mantenía su temperatura constante aún con este tiempo, un espacio de sol en medio de sus amarguras. Amarguras que de cualquier forma sabían reponerse pronto, y ya estaban diciendo que bueno, que sin embargo ella también, qué joder. Desarrollo desigual y combinado. Dialéctico. Casi de improviso apareció el colectivo. Empezó la carrera sin mayor cuidado por los diarios y revistas que salpicaba; finalmente, una respuesta acorde a la actitud del quiosquero y una huida rencorosa. Un relámpago iluminó otro relámpago y cuando apoyaba el pie en el estribo lo vio claro, supo dónde se cortaba el hilo dorado. Pero fue un segundo y enseguida volvió la noche, y junto con ella e inexplicablemente, la imagen de Quinterito, como un remolino confuso de sus ayeres y su hoy: las huidas de madrugada, el casamiento pobre, la muerte del bebé. Siempre el mismo pobre Quinterito. Una flacura de historia adornada de puras lágrimas, y esta sonrisa vinílica

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actual, este alegre ruedo de perfumes, de días integrados. Sus piernas chuecas, sus carnes flacas vestidas de otras razones y aún así con todo su sentimiento, su humanidad a flor de piel, rifada pero a flor de piel. Había quedado flameando en el estribo y no podía subir. Un chorro de agua se le metía en el pelo, entre los ojos y dentro de la camisa. Terminó de mojarse los pies; a sus espaldas sonaron los insultos del quiosquero: claros, francos, enteros. Reprimió la contestación: ya casi había subido del todo y no valía la pena, aunque él sabía que valía la pena, que siempre había valido la pena. Pidió el boleto con un murmullo hosco y se derrumbó en un asiento individual, junto a la ventanilla, muerto de frío. Creía saber qué línea era, aunque cualquier colectivo era igual, esa noche. Pero era ese colectivo, y seguía jugando a descifrar hacia dónde iba a pesar de que después de dos cuadras doblaba y entonces era ese, y no otro, y ya era seguro que iba hacia ahí. Quinterito. Qué presente extraño, y esa forma de ingresar a la economía de mercado, una y otra vez tirar los dados y avanzar en los casilleros, sin filiaciones, sin devociones. Esa idea insoportable de cambiar un cuerpo por otro sin desgarramiento, ese inconcebible abandono del amor, del domicilio interno. Quizá el mundo cambiaba demasiado rápido y era él quien se quedaba de camino. Allí, apoyando la cabeza mojada contra el vidrio que escurría su pequeña catarata, lo heló una sensación de desguarnecimiento, de miedo. Era él, el de siempre, con sus limitaciones, su inexperiencia crónica, su sentimiento acobardado de desnudarse por primera vez, su necesidad absoluta de tejer un código con la ternura como garantía al acercar los cuerpos. O sucumbir, inerme, empequeñecido, impotente. Junto a la ventanilla que lo separaba del diluvio, ese tormento íntimo, sobrellevado con estoicismo y opinable dignidad. ¿Cómo aceptar esa alegre mudanza,

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ese tránsito lúdico por la mujeres? ¿Cómo vos, Quinterito, haber perdido el corazón? “Ellas no piden que uno les diga que las va a amar toda la vida; ese es el secreto. Ahí es donde nos matan; creeme, corren con ventaja. Estamos viejos, pero, ¿qué pasa? Eso puede ser también un arma.” Imposible entenderlo. Sentía el frío, el cuerpo entumecido; Gilda estaba del otro lado de la lluvia, seguramente había cerrado la puerta del cuarto para que Dieguito no se despertara y ahora estaría llorando o ya dormida, en cualquiera de los casos, envuelta en una frazada. Él sólo sentía un gran cansancio, una temblorosa tranquilidad y un imperioso recogimiento solitario. ¿Por qué entonces este viaje ahora, sin sentido, sin explicación, como buscando un supremo amparo en medio de la tormenta?

La historia había sido más o menos así: la ayudó cuando hacía equilibrio sobre un pie, con el zapato en la mano, tratando de componerlo. A los saltitos y apoyándose llegó hasta la pared; mientras, él presionaba el zapato contra la acera para que se clavara el taco. Es claro, lo que pasaba era que ella nunca usaba tacos, y entonces. A lo sumo un taquito chino de nada, pero en esta ocasión, para el civil, y teniendo en cuenta que se trataba de una amiga. ¿Así que era amiga de Lili? No, el había sido compañero de estudios nomás. El taco no quería saber nada con volver a su lugar, una vieja se asomó a la puerta y empezó a gritarles; vaya uno a saber qué habría pensado. Tuvieron que huir; él, con el zapato en la mano y a medio clavar; ella, siguiendo con sus saltitos, sujetándose del brazo de él; los dos muertos de risa. Su casa quedaba ahí, a dos cuadras. Le agradeció todo y lo invitó a tomar un café. El contestó que estaba apurado y que no iba a faltar ocasión.

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Y qué estúpida corriente irresistible le había llevado hacia esa orilla, contra todo pronóstico, sin ninguna justificación, sin ningún sentido, en esa noche a garrotazos, en esa lluvia. Sin duda hubiera sido preferible dormir en una estación, o en la casa de un amigo, o vagar en el sueño negado por las calles del Centro; preferible desde la sensatez, desde lo comprensible y lo razonable. Qué hacía ahora, se preguntaba por enésima vez en la puerta del edificio, un abismo hacia lo alto; qué hacía ahí y ahora con la historia del zapatito en la mano, expuesto a ese vacío. Decidió entrar; total, ya estaba jugado. Los resortes se habían disparado en cualquier dirección sin tener en cuenta mayores precisiones, entregados al vértigo horizontal de un golpe de suerte. En el ascensor casi desiste. De pronto todo le pareció inútil, absurdo, estúpido. Mientras tocaba el timbre perdió pie en el abismo. Un pozo arrancó en su estómago y no paró hasta el centro de la Tierra: un tipo le abría la puerta. La pregunta obvia, ociosa: ¿a qué venía? ¿Podía explicárselo a sí mismo? En realidad, ella había dicho que pasara cuando quisiera. Pequeño detalle: eran más de las doce. A la cara que espió se la veía neblinosa y adormilada, pero era su cara. Los ojos se abrieron un poco más cuando lo reconoció. –¿Cómo te va? –le dijo en pleno desconcierto mutuo. Y tratando de acomodarse a la situación: –Por favor, pasá... Qué sorpresa... La puerta se abrió un poco más y le dejó ver, envueltas en una bata, a esas dos coordenadas solitarias que manejaba: Mariela, 21 años. Justo entonces comprendió que el momento era imposible, la vergüenza lo sofocaba. Se sentía idiota. –Ví luz y subí –dijo como un autómata, sin siquiera intentar ser gracioso. Mariela lo miró de la cabeza a los pies y se detuvo en el charco que se estaba formando bajo sus zapatos. Parecía poner la mejor buena voluntad.

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–Disculpá, ya me había acostado... No esperaba a nadie... Pasá... Estás hecho sopa... La situación era torpe, violenta, grotesca. –Disculpame vos –se excusó hundido hasta las orejas en el fracaso gratuito. –No sé cómo se me ocurrió. Estaba de pasada. Ya me voy. Su voz ahora sonó como un cordón de seda. –¿Y dónde vas a ir con esta lluvia? –y sus ojos titilaban mientras reía, como la vez del taco–. No te hagas problemas, no es molestia. Por lo menos esperá que pare. No había una sola frase feliz que fuera capaz de pronunciar. Balbuceó algo acerca de su desubicación en un estilo lamentable. Mariela volvió a reírse y se hizo cargo definitivamente de la situación. –Los desubicados son buena gente, en general... así que dejate de joder. Vos no me vas a creer, pero yo estaba segura de que alguien iba a venir a visitarme. La puerta entreabierta, un hilo de luz sobre el piso del palier. En medio de los truenos y de la lluvia, calor. Sin embargo, él no podía evitar decir cosas ridículas todo el tiempo, casi compulsivamente. Las carcajadas de ella volvían a abochornarlo. De todo esto se acordaban ahora, después del café (“a la turca, como me enseñó a prepararlo la vieja”) y las copas calientes de coñac (“regalo de Cecilia antes de irse. Cecilia vive conmigo, ¿sabés? Ahora está de viaje”) que habían creado un círculo magnético dentro del cual estaban ellos solos, charlando como si siempre se hubieran conocido, siguiendo ella sus ojos incansablemente, sintiendo él que su cansancio y su paso de perro solitario se rendían a la posibilidad de la tibieza; hablando uno encima del otro para contarse historias.

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Hacía rato que no hacían más que reírse. Lentamente, las risas se fueron haciendo cada vez más anchas, más largas, más prolongadas. Y ya al fin, sólo era mirarse y volver a reír. Ya cada uno se había repantigado en su lugar. Mariela descansaba la cabeza en el sillón de mimbre y, entre hipos y ahogos, le pedía que parara. Pero cuando revivieron el momento del toque de timbre, de la cara de nada que él tenía cuando la puerta se abrió y del estado en que se encontraba, llegó el paroxismo. Las carcajadas desfondadas habían provocado el lento desmoronamiento del sillón al piso, y Mariela había rodado hasta quedar mirando el techo. –Basta, no puedo más –dijo Mariela al borde de la sofocación–. Si no la cortás, me muero. La miró en el suelo, con los brazos abiertos, las piernas recogidas asomando por entre la bata. Su risa se iba apagando en pequeños caracoleos de la voz y espasmos que le convulsionaban el vientre. Su piel, su piel. Apenas ahora, que había entrado en los treinta, se daba cuenta del paso del tiempo. De la distancia que lo separaba de la piel más joven, que parecía recién bañada y perfumada. Con tardío pudor su interior tomaba conciencia del propio cuerpo, de la propia piel, de sus olores y de que, aunque la vejez estaba lejos, envejecía en los rincones menos sospechados. Volvió a mirar a Mariela: el milagro de la piel y un nuevo abismo delante de sí. ¿Podía ser posible? Trató de que su voz sonara natural al saltarlo. –¿Tenés novio? Ella conservaba su expresión divertida pero parecía concentrada en examinar detalladamente una manchita en el cinto de la bata.

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–Más o menos –dijo sin mirarlo, siguiendo con su inspección minuciosa–. En este momento, más menos que más. Nuevo acceso de risa incontenible que le hizo echar la cabeza hacia atrás, y él pudo ver su cuello y el nacimiento del pecho como un continuo liso y tibio de 21 años, a punto de llegar a él. Otra vez un silencio risueño y concentrado en la manchita. Después lo miró directamente a los ojos con ojos traviesos. –Te quedás a dormir, ¿eh? Y tiró de la punta del cinto para deshacer el lazo.

La observó: ese preámbulo en la mirada, enfilar los palotes sueltos y ponerlos de punta, direccionados, sobados y dispuestos. Su cuerpo se descubría de a poco, sus grandes ojos negros se calentaban, lo desafiaban. El espejismo imposible de retroceder diez años en una piel ajena, hecha de otros días, producto de otros placeres, que transpiraba otras preocupaciones y hasta otro destino. Ese abismo. Entre los pliegues de la bata asomaban las piernas; él miró los muslos combados, morenos, increíblemente firmes. Pueden soportar cualquier tensión, pensó con un estremecimiento, cualquier tracción. Y ahí arriba, entre las piernas, esos músculos deben tener la especificidad de movimiento de una mano. Un vago recuerdo de Gilda fue espantado como una mosca. Ahí dentro todo debe ser como una maquinita, músculos apretando y soltando; ahí dentro debe tener una mano. Maldición del psicoanálisis: ¿referencia masturbatoria? Mariela entreabría la boca en una clara señal de apetito: otras preocupaciones, otro

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destino. Seguramente nunca le molestaría psicoreferencia masturbatoria alguna, estaba fuera de esa maldición que contaminaba las orillas de su edad. –Vení –dijo Mariela incorporándose, mostrando todo su cuerpo. Perfecta, pensó él, cómo es posible, todo es perfecto, Quinterito, ¿o es que todavía no hubo tiempo de encontrar defectos? Su eterno cálculo, su innecesario rencor al porvenir. Siguió a Mariela rumbo al cuarto: pasos naturales, cálidos, encaminados con exactitud y sin tropiezos. En el segundo de un relámpago recordó con extrañeza la propia intimidad frágil, su desnudez anímica, los reaseguros que marchaban lejos. La alcanzó cerca de la cama y con cierta brusquedad la tomó por la cintura. Sus primeras caricias: pudor, temor, torpeza. El tránsito extraño: esa chica apenas conocida, que hace poco abrió con ojos soñolientos, que después refirió con ingenuidad sus proyectos y contó con mirada de nena sus recuerdos de infancia, y este pez que de pronto está boqueando ansioso sobre su boca, estas manos que buscan, desabotonan con aplicación su camisa y se la sacan; esa cara que se aprieta con un leve jadeo contra su cuello, que le está besando el pecho y el vientre y le muerde los hombros. El vértigo hacia el placer; por debajo de la bata lo esperaba una piel infinitamente cálida, infinitamente más suave, infinitamente más lejos de su piel, con un ronroneo de gato o de motor iniciando su trabajo. Su mano recorrió la superficie cálida, firme, deteniéndose en el calor de la axila, la dureza de los pezones; bajó hasta el ombligo e introdujo un dedo provocando un espasmo, un quejido placentero y una contracción. Ya sentía su respiración en llamas revoloteando alrededor de su cuello, avanzando con leves mordiscos decididos, y por un momento se detuvo el movimiento de su mano: instantáneamente desfilaron imágenes borrosas de esa noche, Gilda, el pasillo oscuro, el llanto, la lluvia torrencial. Imágenes sueltas fundiéndose mientras veía la espalda de Mariela, ya sin bata, bajando ante él, terminando de despojarlo.

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Apoyó la mano sobre esa cabellera despeinada y traviesa, la acarició. Ahí estaba, veía el divino dibujo de los músculos de su espalda en cada movimiento que hacía, la bata como un arcoiris en el suelo, su mano recorriéndolo sin prisa. Un esplendor frenético, sangriento, de pie, mientras la acariciaba y la traía desde allá y la acercaba a su boca; ahora era su turno de morder la carne, de beber la sangre caliente, de sorber los jugos. Un rito primal sobre su vientre, ¿cómo era posible? Era cierto, Quinterito, no hizo falta que hablara de más ni que lo fundamentara sobre ningún campo de fécula. Todo era suave y afiebrado. Y lentamente el descontrol de su cuerpo y su respiración. Sobre la cama sus piernas se recogieron un poco y él volvió a ver los músculos tensos, preparados para la guerra. Ahora ella lo miraba, la boca entreabierta, y le pedía, con voz ronca y jadeante, que se subiera, que entrara, que se metiera. Sin abandonar el asombro de tocarla y de mirarla, se decidió a ese placer demorado que ahora desembocaba naturalmente, como una cascada, en un bombeo pausado, armónico, con un movimiento que no era propio. Describía una órbita sobre un centro incandescente; en un momento supo o imaginó que todo el tiempo y el espacio no eran más que una amplificación descomunal de ese juego de émbolos y pistones. Esa mano cosmogónica sólo se ausentó cuando los gritos de Mariela lo devolvieron a la civilización y al momento; por un instante todo le pareció ajeno. Pero volvió a atarse al infinito al sentir que se le iba la vida, que se le vaciaban el cerebro y las venas. Sus voces sonaron juntas como una tribu de monos en la tormenta. Sentado sobre el inodoro, volvía a pensar en equilibrios celestes, cuando se le cruzaban imágenes sueltas como asteroides, con el movimiento de los dos cuerpos entrevistos una y otra vez, miles de veces Mariela y él, una línea de montaje larga y sin interrupción. Reconversión industrial, crédito, consumo. Hizo correr el agua de la canilla para pensar con más tranquilidad; del otro lado de la puerta estaba la diosa,

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entrevista en su perfección al levantarse para ir hasta el armario y traer dos cigarrillitos armados que fumaron con largas pitadas compartidas. El olor balsámico empezó a henchirle la piel con una sensibilidad nueva: el tacto de las sábanas, la madera de la cama, la piel de la diosa que otra vez estaba ronroneando encima con sus mañas, que otra vez lo ponía perpendicular y que se montaba y se enterraba y otra vez las estrellas, las palabras propiciatorias y la tormenta. Recién después –¿cuánto tiempo de sueño?– el baño de rigor y este ahora, sentado con una toalla sobre la cabeza. Eran diosas, Quinterito, eran diosas de verdad y había que entrar en el juego, en ese juego de tirar los dados una y otra vez saltando los casilleros, ese juego que se insinuó desde el comienzo. Quizá el mundo cambiaba, nomás, Quinterito, y tenía un lugar para él, no lo condenaba a la sopa, a la impotencia, a la revancha. Quizá era el momento de dar el salto, Quinterito, y empezar una nueva vida. Y abandonar los empobrecidos nidos de antaño, empollados con terquedad, miopía y sobre todo egoísmo, un enorme egoísmo camuflado en principios grandilocuentes, retóricas huecas y cariños fosilizados. Quizá el mundo no era tan siniestro ni tan negro y se podía escapar de la mordaza y el estigma condenado del sufrimiento. Todavía faltaba algo, Quinterito, pero sabía de antemano que era el próximo paso. Cuando salía del baño para volver a meterse en la pieza, tuvo esa seguridad. Sobre la cama, bocabajo y apoyada sobre los codos, con una pierna recogida, Mariela lo estaba esperando.

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Fisgoneó por los visillos de la cocina. La lluvia parecía haber parado. Hacía ya rato que Mariela dormía como una santa y él buscaba desesperado algo para comer. El porro le había dado hambre y también le extraviaba el pensamiento por caminos poco frecuentados con una incipiente sensación de vacío. Con un desmoronamiento volvían visiones caprichosas del día anterior. Su camisa celeste a rayas, que había planchado un rato antes de que se desatara la refriega definitiva con Gilda, cuando nada hacía pensar en un final tan abrupto y tan simple a la vez. Esa misma tarde había reparado de mala gana la llave de luz del pasillo y lo único gratificante había sido el auxilio de los ojos redondos de Dieguito, que seguían hipnotizados cada uno de sus movimientos, aprendiendo. Aprendiendo qué. Como si él supiera. La heladera estaba vacía, parecía recién comprada. En un rincón de la mesada capturó una manzana y empezó a lustrarla. Recorrió la cocina con la vista: tonos claros, frascos de vidrio pintados de colores vivos, repisas coquetas, decoro. Dos ambientes impecables. ¿No era poco espacio para dos personas? “Nos arreglamos bien. ¿Qué querés? No somos ricas. Tengo que trabajar como una burra para poder mantenerme.” De cualquier forma, es difícil conservar el propio lugar, la intimidad, etc. Cálculo inevitable. “Es cuestión de proponérselo, hay que ser práctico. ¿Y tu casa? Contame cómo es tu casa.” Rito conocido. Otra vez tirar los dados. ¿Desde qué lugar? Ridículo. En todo caso, la crisis va a terminar juntándonos a todos debajo de las autopistas. “No hablemos de eso ahora. Estoy enferma de la gente que habla todo el día de plata.” No es la plata en sí. Saqueos. Posible indulto. “La política no me interesa, todos mienten, no quiero saber nada.” Bueno, por algo estamos así. ¿Y por quién había votado? “En blanco, ¿no te digo que no me interesa? Todo el mundo dice lo mismo. Yo no me trago lo de la democracia. Pero, ¿ves? Ya estamos hablando de eso, amor.” ¿Amor? Otra vez

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el turno de tirar los dados. ¿Desde qué lugar? ¿Qué clase de juego? Todo el mundo dice lo mismo, hay que ser práctico. Dólar, plazo fijo; plazo fijo, dólar. Cálculo inevitable. Las imágenes ahora se volvían totalmente arbitrarias y se le daba por pensar cualquier cosa: una pila de platos rotos contra el piso –qué clásico, ¿no?–, su cepillo de dientes. No el último, sino el anterior: ese cepillo persistía desmelenado en su memoria con rara obstinación. Desde un rincón lo miraban sus zapatos húmedos. Prendió una hornalla y los puso cerca: recordó con ternura a Julia, que había vendido su única pertenencia, una máquina de fotos, para que él se comprara zapatos. Al final terminaron odiándose. Volvió a tomar la manzana y a lustrarla con empeño, y pensó con gran claridad dos palabras: en fin. Todo lo que se le ocurría, hasta la menor insignificancia, era grandioso. Por su mente de picnic desfiló el gato espectral bajo la lluvia. El descubrimiento, esa misma tarde, de un principio de agujero en la suela de su zapato. Qué curioso, eran los mismos que le había comprado Julia. ¿Y dónde estaba lo curioso? Eran los únicos. Quizá lo curioso era el descubrimiento de la obviedad. En las obviedades se reconstruía el hilo dorado. Había que poner mucha atención para no perderle el rastro y descubrir dónde se cortaba. “No hablemos de eso ahora, pensemos algo lindo. Me gustaría tener una casa cerca de la montaña, a orillas de un lago, bien al sur, donde no haya nadie. Una casa tipo alpina, con un corral de ovejas y muchas flores amarillas.” Como en las postales. Como en el cine. Gilda. The end. De golpe le pareció ver, levantó la vista y dejó de lustrar por un segundo. Guarda el hilo. Una realidad superpuesta a otra. Sus pensamientos se enderezaron solos, enhebrados. Mujeres: tenaces, implacables, campos de lucha, alianzas y contraalianzas, disputa en un solo frente y en todos los terrenos de lo indisputable, de un absoluto que nunca estuvo en discusión pero que quieren poseer. ¿Cómo acceder a ese cielo de intuiciones temerosas, de principios premonitorios,

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imposible de atar a ningún cabo, a ninguna ley? Las caprichosas maneras de la lluvia, indiferente a los cálculos, a las formas organizadas, a la lucha. Un cielo de otros mensajes, otra organización, otra lucha, la lucha de la adivina y la bola de cristal. Al mismo tiempo, seres frágiles, que viven en la angustia del viento, que se hacen arena entre las manos, cuyo rastro se pierde sin que sea posible seguirlas. “Hay que aceptar que, con las mujeres, hay un punto en que uno dice sí porque ya no tiene sentido negar”, le había dicho Jorge desde el otro lado del vaso de vino. “Como tampoco tiene sentido aceptar, pero es más fácil y por lo menos cierra la cosa.” Atenti, eso era complicado y ahí se podía cortar el hilo. Decidió pelar la manzana, la apoyó sobre la mesa y buscó un cuchillo. Teresa, en cambio: “Si nos quisieran, en vez de tratar de entendernos”. Pero era eso, Teresa, qué entienden por querer, cómo reponer el puente insalvable que no figura en la postal. Lo de Juancito era atendible también: “Tené en cuenta que una mujer siempre es en función de otra mujer. Cuñada, hija, madre, suegra, amiga íntima, rival; no importa. La figura puede ser cualquiera. Pero la cosa es entre ellas, uno no cuenta; a uno le hacen creer que cuenta, pero es mentira”. Pablo era más lapidario: “No entienden”. Dejando de lado la connotación peyorativa, también era parte del problema. Se divirtió pensando en Susana y sus gritos en el cielo con argumentos así. Tratado básico sobre la condición de la mujer: cosificación, alienación, enajenación por el sistema. Como en las postales. Había algo que se estaba escapando, algo infinitamente más sutil, con lo que había que empezar a pensar todo otra vez. Jorge: “El sí no resuelve el problema, pero es conveniente”. Teresa: “Si nos quisieran en vez de entendernos”. Juanci: “La cosa es entre ellas”. Pablo: “No entienden (no entendemos)”.

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Atacó la manzana. Notó que el cuchillo se deslizaba con demasiada rapidez. La carne de la fruta era blanda, no ofrecía resistencia. Pensó: “esta manzana es una mierda”. Encima de que estaba muerto de hambre, lo único comestible era un asco. Siguió pelando con resignación y se acordó de María José. Con María José había sido un caso especial: apenas habían cambiado palabra nunca, quizá porque era casi parte de la familia, lo que constituía un inexplicable paliativo. El caso es que durante una larga temporada mantuvieron amores secretos sin otro diálogo que algún comentario ocasional sobre el tiempo o los parientes. Mordió la manzana preparado para lo peor, pero sorprendentemente la fruta resultó un pequeño manjar perfumado. No era un hambre plebeyo: estaba buena de verdad. Y mientras comía con avidez, saltó de María José a otros momentos similares. Surgían como burbujas oxidadas en su memoria; pasando revista, se recordaba en situaciones dobles o triples, rodando sobre una alfombra de pieles, vellos, alientos. Epocas doradas repletas de amor, repletas también de cicatrices, de llantos en la sal, de amaneceres torturados, de nuevas esperanzas suplicadas a cada mañana. Esa imagen suya en la mujer única era por lo tanto también falsa, acaso un achaque de la edad, como ese sentimiento de descubrirse inerme y acobardado frente al amor, prefiriendo una serena soledad al descontrol de las emociones: no enredarse en cuestiones complicadas, no perder tiempo ni energías rindiendo tributo y consagrando la posesión, la ofrenda del cuerpo y el alma. Y sin embargo, ahí estaba. Cinco y media de la mañana, el cabo de la manzana en una mano y el cuchillo en la otra. El vacío crecía desde su estómago. Vacío, hastío, cansancio. Harto de hablarse inútilmente; la miseria de sus manos, sus uñas mal cortadas, su ropa y su vida fregadas con cuidado, esa camisa que había planchado a la tarde en su existencia anterior y esa manchita marrón en la manga, recién descubierta. Se levantó y abrió la canilla pensando

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en limpiarla, pero el chorro salió de improviso, con un fragor lavandero de media mañana. Ahogó el estruendo lo antes que pudo para que no se despertase la diosa rendida; pensó en ella con cansancio. Su postal de montaña, sus 21 años que aún no sabían de desbarrancamientos, que se empecinaban en su juventud. Su sentimiento célibe después de la bacanal. Hueco, desposeído, árido. El sexo y su rutina absurda, chata. Todo tiene un precio. “Estoy enferma de la gente que habla todo el día de plata”. Pero él hablaba de otros precios y otros costos; él sabía que un cuerpo joven, una cara linda y unas buenas piernas no eran lo importante. “Después se descubre el otro costado; cuanto más lindas se saben, peores resultan.” Y la rabia que se agarraba con él mismo: “Ya está. Ya estás calculando otra vez”. Un invierno anticipado, de sabañones, de dolores, de imágenes mudas, de vida perdonada. No les habían regalado la vida, sino la angustia. Antes que sobrevivientes, eran pobres espantapájaros temerosos de arriesgar. De ponerse simplemente en juego, sin necesidad de andar tirando dados. Trató de quitarse la mancha de la camisa con un poco de saliva. Estiró la lengua para llegar hasta ahí, casi el codo, y lamió la mancha. Mientras raspaba con la uña recordó: esa tarde había limpiado a Dieguito. Era mierda. La buena de Gilda: tendría que consultar a algún terapeuta, porque ya es grande, pero es que sufre tanto su situación. Ahora la veía limpia, entera, ya no los pedazos sueltos y desintegrados. Gilda y una ruta donde no se podían detener los relojes ni saltar los casilleros, y que ahora se abría y los separaba. Todavía sostenía el cabito de la manzana en la mano, sin decidirse a tirarlo. El cuadrito de cerámica le sonreía desde la pared: “No pienses a menos que sea estrictamente necesario”. Y él había sido siempre un auténtico naufragio en la abstracción, en las posibilidades estériles del razonamiento, en la retórica del siglo

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diecinueve. El consuelo en las definiciones monumentales; por ejemplo, la autocompasiva convicción de que todo su mal era tener mujeres pero nunca mojarse los pies, perderse hasta el final en una historia de vida o muerte. Cuando, hacía un par de horas, se lo había comentado a Mariela, ella había dicho con toda naturalidad: “Nadie lo hace. Eso no existe”. Era cierto. Se acercó a la hornalla y revisó sus zapatos. Todavía estaban húmedos. Teresa: “Si sólo nos quisieran”. Pero desde qué lugar, a esta altura del partido, después de haber perdido y encontrado el rumbo hasta borrarlo; desde qué lugar que exista más allá de las cobardías y las incapacidades o discapacidades que recién ahora son puertas abiertas y rutas distintas que enfrentar Quinterito, sin posibilidades de rehacer la parte del camino saqueada, sin otra forma de volver atrás que no sea recordando cada uno de los porrazos, los pedazos de piel, las tripas que todavía están revolcándose rabiosas por todo lo que no supe, por todo lo que no quise, por todo lo que no creí Paulita, de vos no hay nada que decir; ni siquiera el consuelo de haber pasado una noche bajo techo Mariela, nena diosa, tapate bien, es muy tarde; desde qué lugar poner el corazón, evitar la mezquina marca sobre la frente, el raquitismo en la sangre, con todas las raíces puestas en ese mudo testimonio que iba dando de su derrotero, el derrotero de una larga noche sin saber dónde ir, de golpe sin techo, armando el día de mañana en la vereda, expuesta y a la vista de una buena vez su miseria. Ahí estaba el ridículo, por fin: era él. Se levantó y fue hasta el tacho de basura. Dejó caer desde lo alto el cabito de la manzana. Fue una deliciosa manzana contra todo cálculo, aderezada con un poco de caca de infante, es cierto, pero después de todo estuvo muy bien igual, y ahora sus semillitas descansan en el fondo de la bolsa de plástico; todo en esta cocina está muy arregladito e higiénico, hasta la informalidad de la hora y las costumbres, y yo ya tengo que vestirme, agarrar el bolso y tomar el colectivo.

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Tenía que comenzar por el principio, al menos ese día. Terminó de vestirse en la sala silenciosa, se acercó a la cama para besar la frente de nena dormida de Mariela y le dejó una nota sobre la mesa: “Llamame a este teléfono por la tarde, voy a estar ahí”. Pensó en agregar alguna otra cosa, por unos momentos estuvo buscando con qué redondear la frase, pero al final concluyó que no, que la cosa era así de breve, nomás. Escribió más grandes los números, firmó y salió sin hacer ruido.

Dando tumbos, el colectivo avanzaba por calles conocidas. Los primeros rayos de sol venían desde el fondo y él se sentía cómodo calentándose en ese colectivo vacío y en el frío de la mañana. Tras la vigilia, todo se movía en otra dimensión, como si él estuviera suspendido en la nada, encerrado en una caja de vidrio al margen de la jornada nueva y del día de ayer. Tenía el cuerpo entumecido y el sol lo ponía contento, a esa hora todo estaba limpio, franco, transparente. Se sentía a solas y en paz mientras el costado del colectivo mostraba las imágenes familiares: cada ventanilla un cuadro, como en el Cinegraf de la infancia, la lamparita recalentaba la caja de lata y en la pared del patio desfilaban el Gato con Botas, la Cenicienta, Popeye. Ahí estaban también, en esa pared de vidrio, la eterna escuela, con su recio frontispicio pintado de amarillo, la panadería preparando su cálida carga, las veredas limpias, claras, ingenuas. Más tarde, un poco más tarde, pasarían los guardapolvos del colegio, las bolsas de las compras, el dominio del barrio. Ahora él cruzaba ese territorio como un fugitivo, oculto en las primeras horas clandestinas. Un fugitivo todavía en lucha. Registrando para sí ese mundo robado: las persianas definitivamente bajas, los vidrios rotos de la fábrica de azulejos, abandonada y

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nebulosa, y ese decoro respetuoso de la decencia que aún guardaba, como un último gesto de horror, el barrio. Un fugitivo de las sucesivas catástrofes que seguían amando al país. Quebrado y desangrado, muerto a palos y renacido, una y otra vez a la intemperie. Al pasar por la plaza, el linyera de siempre en el banco de siempre, sólo que ahora había algunos compañeros sin pieza, otros viejos y viejas también durmiendo al sereno. Sobre ellos, y sobre los árboles callados de la plaza, un cielo de deudas, plazos fijos, polvaredas de papeles y palabras que iban acompañando el derrumbe. Al doblar la esquina de la plaza se dio cuenta de que, a pesar del paisaje amenazante, los obstinados inquilinos seguían allí, habían tenido que convertirse en dueños a la fuerza. ¿Y cómo habrían pasado esa noche del infierno? Permanecían tozudamente, indiferentes al cielo, de donde ya nada cabía esperar. El Cinegraf seguía trayendo imágenes familiares y ahora ya se estaba despidiendo del barrio porque iba más allá, sin pensar si correspondía o no, a ese lugar herido que estaba más lejos, como si todo hubiera estado decidido sin sobresaltos ni dudas, ese día. Al pasar por una calle bordeada de jacarandás y paraísos, el canto de los pájaros desbordó las ventanillas como un regalo. Y los pájaros, como los árboles, también persistían en medio de la polvareda de color verde de papeles, deudas y otras diligencias de barco que se hunde, en medio de la cual lo importante era quién se rehacía primero y a qué costo. Las imágenes repetidas en el cinegraf: Gilda, Mariela, saqueos, posible indulto. Derrumbes, derrumbes sucesivos; un extremo del cansancio lo alcanzó y cerró por un momento los ojos. Contra la pantalla negra y roja de sus párpados el desmoronamiento seguía su curso de lava volcánica. Abrió los ojos, inquieto: todo estaba allí. En medio de la polvareda armar el plan de batalla, gato que perdió sus botas, gato con zapatos húmedos a punto de agujerearse, en medio del ruido y las voces que

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rezongan, se quejan, juran y perjuran. Y así como en el asiento de adelante una mano apresurada y temblorosa había dibujado una estrella y la palabra revolución, así él estaba escribiendo sobre lo que veía a través de la ventanilla sus propias emociones, sus palabras propiciatorias, el afanoso deletreo de otro idioma. Bajó del colectivo, cruzó en diagonal la bocacalle de adoquines mojados y se metió en el bar. Estaba casi vacío, así que se pudo ubicar en la mesa del frente, sobre los ventanales de la ochava. Una pequeña mesa cuadrada de madera cálida y tosca, como la de un muelle. Pidió un café y miró a través del ventanal enorme el comienzo del día. El reloj en la pared marcaba las siete menos diez. La calle todavía estaba en silencio. Se dispuso a esperar. El primer sorbo de café fue el hilo que conectó de nuevo su frío emplumado con el mundo que empezaba a moverse, con esas calles que, asombrosamente para un anclado en la noche, seguían su marcha, iniciaban su labor, a despecho de cualquier vacío interno, de los saqueos, de las deserciones, del mudo registro de la catástrofe; a pesar de la lluvia y del hambre y los diarios, indiferentes a los grandes y mezquinos pensamientos; ajenas al dramatismo, las sentencias judiciales, los reportes meteorológicos. Jorge: “El sí o el no no cuentan, no es eso lo importante. El sí es económico y es parte del juego”. Un juego que se juega como los besos, a puro golpe de boca; el sí o el no o las explicaciones ociosas o cualquier campo de fécula se apoyaban como un mantel o una sábana, sólo tu cuerpo Mariela, cenicienta al revés, surgido de entre las sombras y recuperable en este momento de encontrar el propio corazón. En este derrumbe que venía desde la noche anterior, o quizá desde mucho antes, veinte, o cuarenta, o sesenta años atrás, no era cuestión tampoco de hacer historia; a puro corazón Teresa, con tan sólo querer desde el único lugar que fue siempre, desde el lugar escrito, tatuado y remachado en la piel, en la nuca y en los zapatos; mojarse los pies de una vez,

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metido hasta el cuello en el agua de la lluvia y negociando, negociando con el mundo que es negro Quinterito, y con la ilusión somnífera Gilda, the end; negociando con el propio habitante interior. ¿Cuánto era posible negociar con la historia de los fracasos de los firmes propósitos? Ahora era el turno de las flaquezas que eran su única propiedad; las debilidades, arrestos de soberbia o miedo o cobardía de su antipopeye; los fantasmas del pasado que no entraban en la negociación, que era imposible indultar, que eran el único enemigo al que había que oponer de una vez por todas el corazón. Encontrado, lavado, recuperado: el corazón. El reloj marcaba las siete en punto cuando la vio aparecer por la vereda de enfrente. Las siete en punto como siempre. Cruzó la calle al borde del hilo de la zanja, dorado por el sol, zigzagueante, único. Como siempre, apuró el paso espiando por sobre el hombro por si venía el colectivo, y se detuvo en la parada. Con infinita ternura vio desde lejos su cabellera lacia cayendo blandamente sobre los hombros, su postura de cada día, sus movimientos buscando acomodarse el cuello del abrigo, sacudirse una pelusa del pantalón. El prolijo análisis de su presencia, siempre el mismo, antes de la búsqueda metódica de las monedas para el pasaje. Los gestos sencillos y transparentes habituales, ignorando que era observada, todavía sacudiéndose el sueño. El cariño lo desbordaba viendo su imagen de eterna adolescente, comenzando ella también su labor, en camino. No había ninguna herida, eso había querido comprobar; Paulita sostenía en su brazo el piloto y llevaba una cartera nueva, detalles insignificantes que no modificaban nada. Había tenido miedo de que aquella mínima ceremonia de la mañana hubiera cambiado, aunque presumía que todo estaba igual, después de tanto tiempo. La ceremonia no había cambiado aunque la vida fuera tan distinta, seguía tan limpia y simple como siempre, se dijo apurando el último sorbo de café y mirando a Paulita subir

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al colectivo y alejarse, mientras el barcito se nimbaba de una atmósfera tibia y casi resplandeciente. Pago y salió y ya caminaba por las calles que se habían ido poblando de a poco por completo, indiferentes a ese fenómeno casi místico; esas calles que registraban sistemáticamente aquelarres, conjuros, ceremonias, ritos y oráculos sin leyes ni cálculos. Ellas eran las diosas, indudablemente, la cosa era entre ellas, Juanci. O será que no entienden, Pablo. De una forma o de otra, él llegaba con el ancla de la noche, latiendo con el gusto de su insomnio entre los que apagaron el despertador, se cepillaron, desayunaron y nacieron. El venía desde la eternidad, desde ese polvo cósmico, esa ceniza inexplicable de la vigilia, y cada uno de sus pasos –cortos, tranquilos– se detenía a mirar los árboles, las inscripciones en las paredes, las baldosas flojas. De una vez tendría que dar el salto, atravesar la línea, meterse en el día, ir a trabajar. ¿Y no era hoy que tenía dentista a las seis? Una señora barría enérgicamente la vereda con grandes charcos de la lluvia pasada, su hijita lloraba en el umbral con un zapatito en la mano, el quiosquero de la esquina terminaba de acomodar la pila de diarios. Desde la radio apoyada sobre el mostrador, Goyeneche decía el recitado de un tango de Expósito: “Tomalo con calma, esto es dialéctica pura...”. Escuchó el canto de un gallo. ¿Un gallo en este barrio? Le pareció irreal. Sin embargo, comprobó con satisfacción que era cierto, y entonces pensó que más tarde, posiblemente después del mediodía, pensaría en su futuro y vería dónde instalarse. Ahora todavía tenía en la punta de los dedos el tacto de su propio corazón y no quería distraerse y perderlo. No pudo menos que sonreir cuando descubrió que, a unos metros de él, una chica forcejeaba con el cierre de su bolso, donde se había enganchado su pañuelo de cuello, y lo miraba con gesto pánico, pidiendo auxilio. Tomó en sus manos el bolso e hizo jugar el trencito sobre la cremallera, ella liberó el pañuelo y se rió. Comprobó una vez más el cierre para

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asegurarse: el hilo dorado, la sutura perfecta. El Cinegraf seguía funcionando con todos sus personajes a bordo, y a él se le hacía que ese bolso no era un bolso, y que ese cierre atascado abría la puerta de infinitos caminos a recorrer.

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Ceremonia de la mañana