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Canibalismos

26/11/2015 cAracas, venezuela N°9

catálogo de aperitivos literarios

Disolución

Se fueron los que estaban temblando. Ya no somos. Nunca conseguí que se quedaran para ayudarme a redactar las leyes de mi reino. Yo dicté sin compasión que nadie huyera y que se arrodillaran ante mi armada de cuerpos transparentes. Me asusté cuando en el espejo apareciste y me tomaste de la mano. Oye, tú: no te asomes.

Ya no soy. Nunca me lo advertiste.

Cristina Elena Pardo Universidad Complutense de Madrid www.cristinaelenapardo.com


Narración y poder Miguel Chillida (UCAB)

Las resoluciones artísticas muchas veces eligen “representar la realidad” a través de una narración absolutamente ficticia sobre esta, tal y como se la imagina el creador, o a través de una ficción que rescate elementos empíricos de esa realidad y los ponga a jugar en el terreno de la ficción. Pero me interesa mucho más el hecho de la realidad como una ficción moviéndose dentro del juego narrativo imaginario, donde es imposible distinguir si tal ficción es un elemento real o la realidad un elemento ficcional, incluso si esta misma puede constatarse empíricamente, y por varias razones: porque la idea de la realidad se pone en duda y se cuestiona, al igual que la de la ficción, y porque al disolverse esta última, entendida como la obra de un creador, es su mismo gesto creativo el que se ve envuelto en la ficción de la realidad. Son los restos del creacionismo, donde el artista “es un pequeño Dios”, los que con este movimiento terminan por disolverse. Ya el artista no es capaz de una vanidad como la de construir o crear, como prefieran decirlo, personajes. Pienso en una película de Víctor Gaviria, “Rodrigo D. No futuro”, influenciada formal y temáticamente por el neorrealismo italiano: los personajes son las personas, no actores que caprichosamente encarnan a los entes ficcionales del creador y agitan en un doble movimiento espectacular las pulsiones de los espectadores. Son estas personas las que reemplazan a los personajes y su carga, las que viven en un mundo tiranizado por la gran ficción de la realidad que se convierte en el delirio del poder. Por eso, es desde allí de donde la realidad comienza a ficcionalizarse, de arriba hacia abajo, y como consecuencia la vida se ve privada de continuidad y por tanto de trama narrativa.


Los gitanitos Se la pasan cerca de la plaza de Congreso. Dirían que no son familia, pero después de generaciones de primos inseminando primas probablemente lo sean. Comparten la misma nariz y los mismos ojos. Comparten el mismo acento, horrible sobre todos los acentos que plagan al hispano. Dicen cosas similares todo el tiempo, como todos los adolescentes, y se reúnen en plazas a las nueve de la noche, como todos los adolescentes. Fuman mariguana, no para el coraje sino para pasar el tiempo en el que no están trabajando. Sus padres, los padres de los gitanitos, venden relojes que compran en el exterior por quinientos dólares y venden en la ciudad por dos mil quinientos. Son solo niños. Niños que se creen más pilas que el resto del mundo. Niños que como cualquier niño se juran reyes de la noche. Para el coraje compran MDMA y otros aceleradores. Los mezclan con redbull para estar despiertos a las altas horas de la madrugada en las que pueden hacer lo suyo. Sus víctimas favoritas son mujeres solitarias y turistas despistados. Corren, arrancando bolsos y carteras de las manos. Si alguien se resiste, blanden cuchillos que tienden a asustar a la mayoría. Yo cargo una Magnum .44. A mí no me asustaron.

Adrián Sandoval Estudiante de Letras UBA, Argentina


Kamikaze

Una araña con tendencias suicidas se desprendió del techo, con deleite de sibarita sorbiendo sangre de toro (costumbres de las arañas, se diría). Descendió por el hilo de luz con visible virtuosismo, mientras contemplaba con desgano múltiple sus ocho patas. Un voyeur que la espiaba desde la ducha, hizo girar la llave despacio con ocultas intenciones (oficio de sicarios, dicen). El agua cayó y corrió con indiferencia de príncipe, arrancando de raíz el hilillo frágil de luz arácnida. En ese momento la araña, con penoso estoicismo, vio transcurrir su vida entera en un fragmento de segundo, y al mismo tiempo pensó, sin aspaviento alguno, que se consumaba así su última y más premeditada voluntad. No sufrió. Nadie lloró. La araña murió en seco.

Mercedes Duarte A. Escritora, caraqueña, investigadora y profesora.


Instrucciones para salvar el mundo Armando José Palatino Estudiante de Letras UCV

El libro estaba prohibido, no por la grandiosidad de su contenido, sino porque tenía en su haber la desintegración de una notable cantidad de naciones. Algunas personas pensaban que había sido escrito por un iluminado. Entre estos se encontraba Obrebar, quien en su momento alcanzó la fama por haber sido el primer enano en llegar al parlamento nacional. En el pueblo llano a Obrebar se le tenía por erudito y por eso, cuando realizó –con una retórica impecable– su propuesta ante el parlamento de convertir al país en un refugio internacional de enanos, para que cualquier personita del orbe que así lo quisiera pudiese albergarse ahí, muchos comenzaron a preocuparse. «¿Y si los enanos terminan quitándonos el país?», empezó a ser por aquellos días la pregunta más frecuente entre los ciudadanos. Y quizá esto habría llegado a ocurrir en algún punto, de no ser porque el día anterior a la votación parlamentaria, un ejemplar de aquel pérfido libro fue a caer en las manos de Obrebar. Siendo el pequeño diputado un fanático consumado del misticismo –cosa que muchos ignorábamos en el momento de su ascensión al poder–, Obrebar decidió consultar al libro, de la misma manera en que los antiguos consultaban a los oráculos: abriéndolo en una página al azar. El enano se prometió entonces a sí mismo que obedecería ciegamente el dictamen del manual, sin detenerse a pensar ni por un instante que tenía en sus manos el futuro de un país. Sin más preámbulos, esto fue lo que Obrebar en la página 247 del libro leyó: “247: váyase al diablo” Y, creyendo que lo que el libro le estaba recomendando era que se recluyese en un peregrinaje espiritual, para que pudiese así reconsiderar sus elecciones de vida, Obrebar se marchó a la montaña ese mismo día. Aún estamos rezando para que no pueda encontrar el camino de regreso.


Esta guerra La semana pasada nos declararon la guerra. Desde entonces nos han atacado sin descanso. Todo fue tan repentino, tan inesperado… Ahora todos sentimos la guerra. Vivimos dentro de las comunidades por miedo. ¡Ah, cuántos han muerto arrastrándose por migajas de comida! Cuántos pequeños lloran al verse morir quemados… Sus ataques son terribles. Sus polvos asesinan a cientos de los nuestros. No podemos defendernos. Nos ocultamos, confiando en nuestra pequeñez. Nuestros ancianos mueren sin esperanzas, con sus cuerpos blanqueados por el polvo. Nada queda de nuestra terredad corporal. Nos han quitado nuestro olor a humedad. Todo es polvo que quema.

Cada vez somos menos. En la noche, cuando la oscuridad nos lo permite, podemos salir a recoger los cuerpos de los nuestros. Lloramos al ver tantas patas recogidas sobre sí, tanta dureza en los miembros. Entonces, del suelo, se elevan los inermes espejos membranados que un día nos hacían volar. Ahora estamos destinados a la desaparición. Poco a poco el polvo consumirá nuestros ovalados cuerpos caoba. Hemos aceptado nuestra muerte. Tan solo callamos, porque creeremos siempre en nuestra pequeñez. Y porque siempre será imposible nuestra extinción total.

Nelson Elías Pérez Cabarcas Estudiante de Letras UCV


Impulsos

Samuel Tineo Estudiante de Filosofía UCV

Una mañana quise verte, entonces arranqué una hoja de nenúfar y la usé como bote. Vivías a un par de kilómetros río abajo, así que no me fue difícil improvisar también un remo con un palo de bambú. En mi travesía hacia tu encuentro observé a las gobias; unas nadando entre las raíces de los mangles, otras escalándolos. Mientras contemplaba maravillado este extraño acto de la naturaleza, simultáneamente comenzaban a llover sobre el río frutos de sicómoro, llenando el agua de sus vástagos que anunciaban la llegada del otoño junto a la hojarasca estancada en la orilla. Encontrándome a medio camino divisé a lo lejos un bosque nacido de una hilera de bengala que llevaba ahí, por lo menos, unos trescientos años. Recordé el día en que durante una de nuestras exploraciones habituales, por querer ir más allá, nos extraviamos en su interior. Después de siete horas perdidos, cansados y hambrientos, dio con nosotros una expedición encabezada por tu padre; en el camino de vuelta insinuó unas cuantas veces la mala influencia que era para ti. Aún así nos escapábamos y regresábamos a aquel mágico bosque, al menos una vez por mes. Con el tiempo no hubo nadie que conociera aquel lugar como lo hacíamos nosotros. Comienza a oscurecer y en compañía de la noche vienen las luciérnagas, como acudiendo a su llamado. Estando ya a media luz, enciendo mi farol con sumo cuidado de no incendiar mi improvisada embarcación; siempre acompañado por esas estrellas titilantes, con sus destellos amarillos, blancos y verdes que se ven a lo largo y ancho del paisaje. A unas centenas de metros de tu morada la hoja comienza a ceder ante mi peso y el cambio de la corriente. Tomo mi farol y abandono la rivera del río, camino por la orilla esquivando las rocas entre la alta maleza e iluminando el piso por temor a tropezar o toparme con algún animal; dicha acción de prevención sólo produce un enorme retraso en mi marcha, debido a la lentitud de mi avance. Aún así no flaqueo. Hace una noche fresca, el sonido del agua al fluir me relaja, con un paisaje hermoso frente a mí, y a unos pocos metros, tu cabaña; tan cerca que se siente el olor del pan recién horneado para la cena, ¿Qué podría ser mejor? Ya en tu puerta y luego de un poco más de dos horas navegando río abajo, lleno de barro hasta los tobillos y repleto de picaduras de mosquito, me entero por boca de tu padre de que no te encuentras en casa en ese momento. Con un bosquejo de sonrisa me despido de él desde tu cerco y echo a andar río arriba, aún con las ganas de verte.


Lo que no mata Roxanne Cabrera Ave - Estudiante Distraída

Los pájaros de papel que recorté se van cayendo de mi pared ¿Será que tuve los sueños equivocados? Soy la bala que se desvía El perro que nunca muerde Alberto tenía razón, la derrota es contagiosa ¿Quién se va a tomar el tiempo para curarme? Soy la causa del efecto indeseado La cordialidad inagotable ante la victoria ajena ¿Este es el fin de todo o es parte de mi metamorfosis? No hay nada más agotador que la incertidumbre

Canibalismos (Tomo 9)  

"Catálogo de aperitivos literarios" de la escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. Participan también otras escuelas de hum...

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