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Canibalismos

16/07/2015 Caracas, Venezuela. N°5

Catálogo de aperitivos literarios

Nada de lo aquí dicho debe ser o

Negra

será juzgado como verdadero, en caso de encontrar alguna verdad en estas páginas comunicarse a: canibalismosletras@gmail.com

No te extraño mi negra, aunque te pienso cada noche. Mi negra Leuca siempre vestida ligera, yo te hablo negrura, sin anhelos, sabiéndote cercana. Cuando me acuesto de noche, ya sin luz te tengo, negra, te tengo como tú quieres, abrazado por ti, tus piernas encima, tus pechos contra mí, y no te contrario mi negra, te abrazo, te dejo, te cargo. Al dormirme me dejas negrita, pero no importa, no te extraño. Te volviste clara pero sé que me sigues, lo sé, tus piernas no se olvidan. ¿Y qué si hay otro, negrita? Todos, seguro y no me importa, clara vas por todos lados, la virgen promiscua y no te culpo, la mía y la de él, y la de aquel y no te extraño. Anda negra, vente tranquila, te espero como cada noche, con el corazón lleno de ti, chiquito y paciente, hasta sensato. Vente mi negra Leuca vuelve a acostarte en mí, a ver si hoy te quito lo virgen y no te aclaras. Sin miedo negrita, tráete la noche sin fin, no te extraño pero te pienso. Vamos mi negra, pierde lo blanco para que yo pierda lo gris.

Luis Rodríguez Zerpa @louisrod Estudiante de Letras UCV


Estudios Políticos UCV

Fragmentos de luz I

Iván Dávila Leyton

Cuando supe que a la velocidad de la luz no pasa el tiempo, comprendí por qué me parecía que la conjunción de tu sonrisa y tus ojos encandilados tenía un dejo de eternidad. Comprendí en la contemplación de aquél recuerdo qué era lo que sentía, o más bien qué percibía al verte. Era la paradójica y temporal unión de tu semblante mortal iluminado como reflector de aquella luz, que en su velocísimo viaje hacía una parada en tu rostro. Podía ver en el recuerdo las partículas de luz rozando las hojas de aquellos árboles humedecidos, viajando desde tan lejos para llegar hasta tus verdes ojos. Sentí ahí hablando con vos, como el rumor de una fuerza diáfana se aproximaba en una marcha inexorable, eran olas de luz que vibraban a mi alrededor, advirtiéndome que algo ocurría. Te hablé de la conexión posible entre dos microcosmos cercanos. Insinué que dos esferas que contemplan en suspiro un facsímil de la realidad circundante podrían conectarse, como cuando ocurre la colisión entre la órbita de dos miradas. Pronuncié esas palabras de forma un poco más burda, para interrumpirme a mí mismo: me detuve de nuevo en tus ojos. No necesitaba seguir bebiendo de la luz tenue de la entrada de la facultad; tu semblante estaba empapado de ese éter del momento y no era sólo tu boca, sino una energía lo que me llamaba. Nos rozamos en una brevísima caricia de labios, como si la luz se transfiriese por nuestras pieles y nuestros sentidos. Y como si aquél roce hubiera sido la antesala a una erupción, en un segundo eclosionó la idea: me di cuenta de que lo que era como ser trascendental superaba mi ego, pues mi esencia per se, era una sustancia elevada y superior a la humana noción del cogito. La terrenalidad cobraba importancia para mi existencia encarnada de hombre, porque sin ella, llegar a la luz era imposible. Me di cuenta esa tarde de húmedos charcos y de calor sofocante de junio que mi mayor deseo consistía en alcanzar aquello inconmensurable, aquello que discurría lentamente como fluido etéreo por la existencia humana y la nouménica, aquél estado definitivo que sólo podía nombrar ahora como iluminación. Fue así como en ese instante de tenue levedad, me sentí calado por un chubasco de luz. Curiosamente la lluvia había humedecido cada árbol y el suelo donde nos sentábamos; era una conjunción hermosamente elaborada por los influjos que nos rodeaban, una variación en la que la luz del sol de tarde se empeñaba en salpicar cada charco a nuestro alrededor y sobretodo iluminar tus ojos para que yo los viera.


Débora Ochoa Pastrán Estudiante de Letras UCV

Perseguidos

@chequeleteverde

María Luisa solía ufanarse de jamás haber sido atajada por malhechor alguno, durante toda su vida de citadina empedernida. Poco entendía que Caracas es un tumor impredecible y lento, que prospera a sus anchas entre oraciones mal colocadas a santos que no tienen nunca suficientes atormentados. Los otros sí han estado siempre. Ya sea para confirmar en el contraste que la realidad está superpoblada, o para ofrecer asidero de tanto que aparece en las visiones cotidianas como lo ilusorio, ahí están, patentando lo inasible. Un motorizado por ejemplo, con pistola al cinto, no parece más que la revisión de un rufián medieval con su espada lista para desentenderse. La verdad más verosímil es que los otros solo aguardan la aparición de más como ellos, hasta que las tramas se complican, las mentiras se dicen y los amores se pierden en un olvido nunca lo suficientemente borroso de vergüenza. Ese jueves tempranero Marilú intentó dilatar un poco más la sensación borrosa de haber tenido un sueño premonitorio. Se paró como una flecha, resuelta a descifrar el enigma, hurgando en su librito “El Sentido Oculto de los Sueños” que le había regalado la comadre. Todo parecía dar indicios inequívocos de fortuna, de una gran dicha que estaba a minutos de transformar su vida con riquezas inimaginables, un amor prodigioso y una posterior vejez llena de paz y recuerdos sublimes. Todos actuamos igual: todos convencionalizamos las emociones a un rango de acción controlable. Los límites sentimentales son fundamentales para la posterior trasgresión de esas mismas fronteras, cuando aquello que califiquemos de crisis se nos antoje abrumador. Adictos a transformar banales experiencias en tragedias singulares, reafirmamos nuestra individualidad en ciclos casi religiosos. Es por esto que María Luisa no se ganó la lotería. Es por esto que sus sueños premonitorios la condujeron a ser robada por primera vez aquel día rojo en plena avenida Andrés Bello. Dejó caer el papelito que llevaba apretujado con sus números de la suerte en un charco sucio lleno de miedo. Después del trance solo quedaba retornar a los rezos con más fervor pues alguien seguro le tenía montado un trabajo. Quedaba eso y visitar al Juancho, y repasar el librito todos los días. De todos modos uno nunca sabía, ella nunca sabía.


Claustrofobia ss

Todo está

cerrado. Cristina Elena Pardo Estudiante de Filología Hispánica Universidad Complutense

El aire adentro.

(Madrid)

Todo tu aire está en esos lugares ciegos donde la escritura

ya

no existe. Galería de ecos

Soy un tiranosaurio

donde cada palabra vuela. tratando de salvar la especie El aire

con un corazón en cada ojo

¿adentro?

empujo al sol hasta el anochecer.

Y la misma soledad en un solo

Con mi mujer tiranosaurio mordiéndome los labios

punto.

lastimándome con sus dientes filosos

Yo tengo los brazos muy cortos

Parque Jurásico

Pero espero que al menos en unos millones de años mediante la evolución y la selección natural ella pueda hacerlo Y hagamos el amor en el parque jurásico, desconociendo la muerte que se acerca

Eliseo Villafañe Universidad de Los Andes

y no puedo abrazarla.

en el próximo meteoro.


Peregrina Anémona Estudiante de la ULA (Mérida)

Yo necesito decirte que te adoro que usted suscita en mí más que un sentimiento pasajero que es mucho lo que siento que es mucho lo que exploro. Que ya no puedo tanto este cuerpo es débil y yo sigo explorándolo.

Yo quiero que usted sepa que desde tiempo a tras me siento débil que al reposar mi cien sobre mi almohada mis noches son ilusorias, melancólicas. A veces pienso en abrir las puertas del templo bendito y darte la bienvenida a mi eterna pasión mas me priva algo y cuestiono si será en vano, dígame ¿Qué hago con este corazón?

Su lámpara encendida mi jardín sin escarbar, dos cuerpos amándose bajo un techo al natural. Adiós amado mío, mi amante a la antigua, mi compañero, adiós!


Proceso disminuido

Rita Löwy Estudiante de Historia UCV @proserpina

Despertó ligeramente temprano, lo suficiente como para no molestar a sus padres por su demora, lo necesario para tomarse un tiempo antes de iniciar el ciclo del bendito viaje. Asomarse bajo la cama. No está la maleta. Abrir el armario de ropa y fisgonear ciegamente con las manos en el tramo más alto. Al fondo, al fondo. Ahí está. Halar, soplar el polvo. Dos estornudos. Otro día de alergia extensiva. La maleta sobre la cama siendo alimentada progresivamente con más y más cosas innecesarias. Juicios de valor propios: un par extra de gomas viejas para andar cómoda por la 4 de Mayo y cuatro o cinco libros escogidos con excesiva cautela, parecían objetos mucho más obligatorios que toallas y un juego de sábanas preventivo. La crema contra los insectos por otro lado, pasaba como un capricho. Sólo le gustaba el olor y lo poco aceitosa que era. Sólo la excusa de viaje hacía justificable meter el envase. Comer el desayuno preparado obligatoriamente bajo la falsedad de la cortesía espontánea. Calentito, apropiado para salir con buenos ánimos. Obviamente inexistentes, pero qué se le hace. La familia es la familia. Iniciar una vez más el descenso por el gran sistema colectivo de rutas asociadas a esa troncal tan famosa y accidentada. Muchas montañas y lluvias posibles. Muros de contención escasos. Cualquiera diría que eso alimentaba parte del carácter de los montaraces de aquella vecindad aledaña a la "gran" ciudad. Gente de poca contención, propensa a cambios bruscos de humor/clima. Tráfico magnificado por cada subsiguiente derrumbe. Una vez abajo, seguir bajando. Aeropuerto internacional a la vista rodeado de un olor marino reconfortante. Entonces se empezaban a crear de nuevo los procesos de abordaje de rigor, de nostalgia, porque uno se va y deja simbólica y literalmente cosas atrás empezando por el equipaje y la primera parte del boleto. El problema con los procesos es que empiezan a reproducirse masivamente como un cáncer de la cotidianidad. Ella se sentó, ella vio por la ventana, las turbinas se encendieron, hicieron un ruido endemoniado que sin embargo logró asentar cierta ansiedad, ella escuchó con desatención las instrucciones para salvar su vida en caso de que un meteorito tumbase el avión. Todo un revoltillo de huevos fríos y pamplinas. Así más o menos se crecen los procesos.


Ahora a entrarse en el cúmulo de días que la estadía encerró. Un tema tan complicado de destejer que intentarlo parece ingenuo. Ocho días o diez vienen a ser casi lo mismo cuando se cae en el estado enajenado, ese de escasa comunicación y necesidad de tendencia cero a hacer cosas como dejar de dormir o tomar baños. Estaría muy pero que muy bien vivir de cigarrillos y pescado fresco el resto de la vida. Esto es, hasta los sesenta claro. Nada del elixir de la vida para quienes de seguro sufrirán del corazón apenas los cincuenta pidan la cola. Al final pareciera ser que el único propósito real de hacer un viaje es volver. Era hora de proceder del mismo modo con las maletas, que se mantuvieron del mismo tamaño mientras que las cosas que guardar en ellas parecían haberse multiplicado. Todo por el milagro divino del dinero en combinación con el puerto libre de impuestos, y la suciedad que hace de la ropa, al parecer, un ente más esponjoso. En cualquiera de los sentidos, ida o vuelta, aterrizar solía volcar el estómago. Las ruedas del avión desgastadas contra el pavimento siempre se quejaban igual. El chirrido final era el grito. Llegaste, anuncian. Llegó, anunciaron. Como pequeñas campanas en los lagrimales, la presión en los oídos justificaba el temor. Un viaje más que parecía haber cambiado algo adentro de los huesos. La sobreconciencia acerca de las emociones que le hacía sentir un poco más nivelada, algo más estable y por qué no, doblemente atrevida. Automáticamente se empezaba a mover el engranaje de las alergias al salir del ducto que iba desde el avión al terminal; esa especie de cordón umbilical que da a luz de los pasillos del puerto, individuos con bonos agregados de propósitos, personalidades, vejez, vicios y necesidades de emergencia. No hay que criarlos ya, salen hasta en familias. Un aparato muy curioso el avión. Durante un espacio de tiempo determinado gesta dentro de sí decenas o cientos de individuos, los educa con pocos estímulos y los alimenta pobremente dependiendo de la clase primera o económica del vientre interno que los cobije. Todo, para luego escupirlos en un estado momentáneo que parece estable. El ambiente de novedad viene a ser la placenta que se va cayendo a pedazos al pasar las horas. Entonces sin cambio, siempre estuvo de viaje y lo confirma al empezar el ascenso químico hacia los túneles seriales. Incluso en su habitación, los minutos se escurren misericordiosos entre sus afiladas fosas nasales, sedientas de un toque extra de dulce en el olor atmosférico y frío. Fosas carentes del rastro familiar del placer sencillo que la calma garantiza, olfateaban el anhelo tratando de subir lentamente apoyado en sus tobillos hasta trepar la rodilla. La falda. El botón de encendido del computador. El más allá que debe dormir una noche más.


El juego de las sábanas

Tiende la cama. Tiéndela y piénsala mientras lo haces, ¿cómo es que olía anoche después del Bourbon?, ¿cuántas escaleras logró subir sin ayuda?, ¿cuántas veces preguntó tu nombre? Nómbrala entre susurros y rugidos, tiéndela sobre la cama. La tuya, la de ella, la del motel y las que inventaron en la sala también; vívela, siempre y cuando las sábanas estén desordenadas sólo al acabar (la). Acábala en un dos por tres, pero no acabes en seis, recuerda siempre que lo que acaba en seis es malo, como las desordenadas sábanas al empezar. Así que, con tu acento extranjero y pasos de jazz, tiéndela en la cama y con delicadeza búscale la vuelta. Vuelve cuando sientas que se te va y piensa lo paradisíaca que se ve al natural, quítale los aretes con la lengua (todos los que tenga), dile que no tiene permiso y tiéndela sobre la cama, con las almohadas alrededor mientras todo funciona. Pero si no funciona, si se niega y todo sale mal; entonces es hora de ser muy malo y desordenar las sábanas, de tirar (la) las sábanas al suelo y no acabar (la) hasta después de sesenta y seis más, tal vez tres. Usa tu lengua para todo menos para quitarle los zarcillos y dale permiso para morder. Al finalizar, tiéndanse sobre la cama, mañana hay que (des)ordenar de nuevo las sábanas.

Waleska Barroeta Estudiante de Letras (UCAB)

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Canibalismos (Tomo 5)  

Catálogo de aperitivos literarios. Escuela de Letras UCV y otras escuelas de humanidades del país y el mundo. Escritores venezolanos.

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