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ra lunes por la tarde. Como siempre en verano, tardaba en anochecer. En contraste, dentro del Mesón del Vecindario la luz era tenue; más bien ámbar. Era el momento y el lugar de la “tercera llamada” para cuatro artistas de teatro que debían caracterizarse y responder así –sin palabras ni letras– una sola pregunta: ¿Cómo está la cultura en Cancún? Esperábamos, de entrada, el atuendo del reclamo o la protesta; de la miseria o la ruina, pero llegó la alegría. Daniel Gallo fue el primero que entró al recinto con la sonrisa de frente. Sacó una nariz de clown; nada más. ‘¿Eso es todo?’. Pensamos que no había atendido a la “primera” ni a la “segunda” llamadas, pero nos confirmó que el hábito no hace al artista. “Es la filosofía del payaso: intenta, intenta, intenta, y aunque le salga todo mal, pone lo mejor de su parte; se echa porras él solo. Yo he creado mi propia filosofía a partir de Chaypot Clown: creo en la gente que se apasiona por la cultura, creo en la propuesta de los artistas, creo en Einstein, creo en el trabajo día a día, creo en la buena voluntad, creo y luego existo, me gusta creer, crecer y jugar... jajajajaja... lo demás es mafia...”.

Por la puerta de vitrales entró, entonces, la fuerza. Gina Saldaña es de esas personas que no necesitan presentación. Su personalidad nos recordó, de súbito, la hazaña de esos artistas del performance que se trepan a rapel en los rascacielos de las grandes ciudades, para decirnos que el arte es más elevado. Así, como ellos, entró al baño del Mesón –convertido por esos instantes en camerino– y salió al cabo de unos minutos convertida en un espantapájaros, con el corazón, bastante grande, fuera del pecho. “Así como un espantapájaros ahuyenta a los cuervos de las buenas cosechas”, dijo, “el teatro y las artes ahuyentan los males que, sigilosa o drásticamente, infectan y destruyen a la sociedad: violencia, narcotráfico, vandalismo, depresión, suicidios y demás tragedias humanas...”. Recordamos entonces a un artista chileno que escribió para que todos lo leyéramos: “Vivir el arte y la cultura es vivirse a sí mismo, pertenecerse. Al contrario, sin arte ni cultura las personas llegan a rechazarse a ellas mismas y cualquiera puede, entonces, reemplazar fácilmente sus identidades y convertirlas en estereotipos, incluso de criminales y delincuentes”. Para quien no vive el arte o la cultura, y vive en Cancún, leer aquello podría significar caer en la desazón. Los artistas, al contrario, parece que portan una armadura contra la desdicha. Roberto Pinget, el tercer invitado en llegar, es un ejemplo. Una amiga, periodista cultural, me había dicho que él es la personificación de Don Quijote de la Mancha. Sólo él lo sabe. Él es mimo y, por eso, sublime. Es, en su atuendo, la dualidad que nos confunde: una lágrima, pintada, que corre por una mejilla; y en la otra, un corazón marcado como un beso. Es, como mimo, casi tristeza y casi gozo. Y siempre sorpresa, inquietud (salía, rodeaba, merodeaba; dialogaba con manos y gestos). “Los artistas tenemos un mundo hecho de sueños e ilusiones, sólo le agregamos música de fondo y la función debe continuar. ¿Cómo hacerle saber a los seres humanos que todos somos la diferencia entre una experiencia teatral y una experiencia de vida? Si la experiencia es algo externo a tu persona y el que experimenta es tu ser, entonces si lo que experimentas es miseria, la miseria es el contenido de tu conciencia; pero si experimentas gozo, tenemos gozo en la conciencia, y eres feliz y te ríes de ti mismo y puedes expandirte a los demás que así aprenden a reírse de sí mismos”, dijo Pinget cuando él mismo se dio permiso de hablar. Casi al mismo tiempo que él, había llegado Hirán Sánchez. Es decir, la pasión que, por lo mismo, se desborda y se confronta siempre con aquella frase que nos infunde miedo (como regaño de madre infeliz) ante cada intención de sentir: “eso–atenta–contra–las–buenas–conciencias”. Llegó entonces, entró al “camerino” y salió enfundado en un desconocido: saco formal, pantalón formal, zapatos formales y actitud formal. ‘¿Qué o quién eres?’. “Soy un hipócrita”, dijo. “Soy un wanabí”, subrayó ese calificativo con el que se ha empezado a identificar al cancunense promedio en artículos, libros, cuentos y ensayos en el país. “Puedo ser cualquier hombre o mujer que compra arte para adornar su casa, que compra cultura dándole un valor sólo comercial, y que, por supuesto, no se da la oportunidad de entenderla. Puedo ser un político o un empresario que se llena la boca con la palabra cultura, para buscar sólo votos o reputación. Y también puedo ser un artista que busque con su arte el simple hecho de ser alabado”.

mayo 2008 cancunissimo.com 69

Cancunissimo Mayo 2008  

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