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julio - diciembre 2004

No.2


Editores Catalina Arango Correa Carolina Guzmán Henao Dirección de Arte María Alejandra Villafranca Corrección de Estilo Mauricio González Gómez Diagramación Ximena Bedoya Gerencia y Publicidad Carolina Guzmán Henao Colaboradores Angélica Gallón, Carolina Mila Andrés Lozano Lamo, Miguel Ángel Ibarra Impresión Javegraf Decano Académico Jürgen Horlbeck B. Decana del Medio Universitario Doris Reniz Caballero Director de la Carrera de Comunicación Social José Miguel Pereira Directora del Departamento de Comunicación Maritza Ceballos Dirección del Proyecto Ana María Aragón Javier Fandiño Lizarraga Esta publicación es realizada en su totalidad por los estudiantes del Campo de Producción Editorial y Multimedial de la Carrera de Comunicación Social de la Javeriana. Colaboran también estudiantes de la Facultad de Artes de la Javeriana y estudiantes de la Universidad Nacional y Universidad Jorge Tadeo Lozano.

Ilustración de portada Liliana Bello

Pequeñas violencias, grandes exclusiones Javier Fandiño Lizarraga

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La violencia de la imbecilidad Daniel Valencia

Apuntes para un reportaje nunca escrito sobre el transporte urbano Catalina Arango

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Entrevista a Fabio Zambrano

Revisión de medios

Clínicas de venta Cristian Valencia Pontificia Universidad Javeriana Facultad de Comunicación y Lenguaje Carrera de Comunicación Social Transversal 4 No.42-00 Edificio 67 Piso 6 Bogotá, Colombia Teléfono 320 8320 Ext.4584 Fax Ext.4576 enelmedio@javeriana.edu.co

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En este número hemos querido hablar de la violencia y de nuestra relación cotidiana con ella. Decimos “nuestra” por que nos amparamos bajo ese nosotros ya establecido, por que ponemos los pies de este lado de la división simbólica, en la orilla de los autodenominados “no violentos”. En “la otra orilla”, al otro lado de esta línea imaginaria, están los territorios habituales de la violencia, la vasta geografía del conflicto armado y la violencia delincuencial, es decir, los llamados “violentos”. Nos interesa esta aproximación por que, además de ser menos frecuente, permite una visión más amplia de la violencia, de sus varios rostros y de sus muchos actores y deja ver que esa frontera simbólica entre violentos y no violentos es, sino tendenciosa, por lo menos, confusa y arbitraria. Nos interesa, también, por que ayuda a entender que desde el espacio de los “no violentos” también se ha ejercido y se ejerce la violencia, de otra manera y con otros medios, y que este ejercicio ha sido y es un obstáculo para conformar espacios de convivencia y tejido de comunidad. Así que cuando hablamos de esta orilla estamos intentando una lectura en contrapunto, una lectura que acerque los dos territorios, que sepa ver aquí, detrás de esta apariencia saludable, una violencia desarmada de metales y de muertes pero cargada de gestos, de ademanes, de hábitos de negación y de exclusión: una violencia arraigada, hecha forma de relación y comportamiento y en ese comportamiento la lógica y la dinámica, los rastros y los gérmenes de la gran violencia.


javier fandiĂąo lizarraga fandij@hotmail.com

ilustraciones de jorge eliĂŠcer camargo


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ablar de violencia en este país equivale a hablar de otros territo­­­rios, de otra orilla: allá están los paramilitares, la guerrilla, la delincuencia, las llamadas fuerzas oscuras; de este lado, desde el que se señala, desde el que se ejerce el monopolio del discurso, se agrupan los “no violentos”, “los colombianos de bien”. Esta curiosa parcelación, muy viva en el imaginario nuestro, revela la existencia de territorios simbólicos inconexos, de geografías disyuntas: aquí “los violentos”, allá “los no violentos”; aquí “la gente de bien”, allá la llamada delincuencia y, claro está, por un lado los que tienen y por el otro, y sin conexión aparente, los desposeídos. Digamos, de momento, que nos seguimos pensando a partir de imaginarios rotos, de campos mentales fracturados y que esta geografía simbólica, la que sitúa territorios contiguos en planos distintos, está en la base de la exclusión. ¿O es que la guerra no tiene dos bandos y una dinámica de acción y respuesta? ¿O será que el campo de acción de la violencia se reduce al conflicto armado y a las acciones de la delincuencia? O, en últimas, ¿si es posible creer que los privilegios de los unos y el sufrimiento de los otros están situados en mapas distintos? La mayoría de “los no violentos” apoya la guerra y cree en ella —lo muestran los altos índices de popularidad del presidente de la guerra, éste al que esa mayoría de “no violentos” amenaza con reelegir. Cuando hay una guerra, nos dice Susan Sontag en ese ejemplo de reflexión y sensibilidad que es Ante el dolor de los demás, los que la apoyan son “los que están seguros de que lo correcto está a un lado, la opresión y la injusticia de otro, y de que la guerra debe seguir, y que lo que importa precisamente es quién muere y en manos de quién”. Este país vive sobre estas divisiones y la mayoría de los “no violentos” apoya la guerra por que tiene esa seguridad, la de que hay dos bandos: de un lado el bando de lo correcto, el de Dios, la Virgen y el Ejercito, como dice el presidente; del otro la oscuridad, la barbarie y el horror. No hay que ir muy lejos para entender que a partir de este mapa cualquier idea de paz supone el exterminio o, en el mejor de los casos, la derrota y la exclusión del otro bando, el que no cabe. La guerra que hoy se libra tiene más adeptos, aglutina más colombianos en su favor que cualquier otro proyecto de gobierno en las últimas décadas —procesos de paz incluidos. No es casual, éste es un país que cree en la violencia. Y bueno, se puede pensar que entre guerras, desmanes, injusticia y delincuencia por aquí no se ha visto otra cosa. El problema es que la violencia, más allá de guerras, desmanes, injusticia y delincuencia, ha llegado a contaminar la vida cotidiana. Este es un país violento en los más mínimos actos, en sus hábitos de relación, en la vida familiar, en el tráfico de las ciudades. Es una violencia de baja intensidad, de acción lenta y continua: envuelve, carga de agresividad, intoxica. Erosiona pero no fulmina. Por eso la soportamos —y digo nosotros por que todos participamos— y por que se ha hecho invisible, por cotidiana, por familiar. Es una violencia que se

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establece como forma de relación, que nos envuelve y todos, violentos y pequeños violentos, agresivos, nos habituamos y no vemos que el llamado “país violento” está aquí, de este lado, en nuestros hábitos de exclusión, en nuestra concepción limitada de lo público, en nuestros gestos de negación del otro, en nuestras prácticas de convivencia. Vivimos la violencia a través de múltiples caras y lenguajes, sufrimos el rigor de su amplia diversidad instrumental, de su variado arsenal. Y hay que decir arsenal porque vivimos armados, armados hasta los dientes. Armados de fusiles y revólveres, de pistolas y cuchillos, pero también de crucetas y varillas, de carros todo terreno, de buses y busetas; armados de celadores, de rejas, de celadores enrejados, de distancias espantosas con esos celadores enrejados, de prejuicios, de discriminación, de lujos ofensivos y también de lenguaje: de lenguaje que excluye, que discrimina, que niega. La agresividad y la violencia, la del conductor del bus, la del conductor del todo terreno, la del que saca la varilla, la del que no respeta las normas, nacen y se reproducen sobre esas distancias, sobre esos espacios de incomunicación. Y es que no deja de ser extraño que se hable tanto de vivir en paz y al mismo tiempo se sostengan las mismas distancias, la misma lógica de exclusión. Es hablar de vivir en paz mientras la mirada de unos está cargada de necesidad, de falta, de hambre y la de los otros busca no ser país, taparlo, mirar para otro lado, crear espacios de vida de allá, en donde todos tienen, aquí en donde los que no tienen, los de otros territorios, te traen el jugo por la mañana, el tinto del mediodía y te cuidan la casa por la noche. Hablamos de un territorio sectorizado, dividido, en donde no hay espacios de mezcla, en donde no hay hábitos de socialización, de vivencia de lo público, de lo democrático. Entonces lo público no es público porque más que una sensibilidad desarrollada de comunidad, lo que hay es una experiencia de lo segmentado, de lo excluyente. Y el territorio está tan segmentado que no hay lugar para espacios de intersección: espacios flexibles en los que se ponga en cuestión la rigidez de las relaciones establecidas; espacios en donde sea posible moverse más allá del juego antagónico y excluyente entre dominantes y dominados, entre los que pertenecen y los que están excluidos. Hay que decir que la exclusión, esto es evidente, es uno de los rostros de la violencia y como todos los otros genera una respuesta: engendra más violencia. Digamos, entonces, que una sociedad como ésta que se articula a partir de principios rígidos de pertenencia y


exclusión —como en la más recóndita provincia, como en el más recóndito pasado—, lleva en su misma estructura, en su arquitectura social, el germen de la violencia. Nuestras redes sociales se articulan sobre el dispositivo de la distancia, sobre ese abismo histórico generado entre el dominio y la sumisión, y conforman un territorio en donde priman las posiciones opuestas: la del dominante agresor y la del dominado subyugado, la del que pertenece y la del excluido. Y esta lógica, lógica de opuestos, se reproduce desde su fuente, la de la dominación en términos económicos que es la más salvaje, hasta su representación cotidiana en las calles, en el tráfico de las ciudades en donde el grande se impone sobre el pequeño. Estamos habituados a esos dos polos, los mismos que maneja el indigente a la hora de pedir, el de la agresividad, el que la monta, el que asusta; o el servil, el de la sumisión, el que conmueve. El asunto es que estos extremos son las puntas de un estado de incomunicación, y que es esa incomunicación la que impide que se conformen, ya no sólo, espacios de paz y de convivencia sino la comunidad misma. Una sociedad que adopta la violencia como forma de relación es una sociedad en conflicto permanente, una sociedad en contradicción con el principio, con la lógica misma que la articula: la comunidad se organiza para protegerse; según su lógica, la lógica de la convivencia, se pretende la protección, la identidad entre comunidad e inmunidad. Para terminar, digamos que esta violencia se alimenta de la falta de un acuerdo, de la cultura de lo ilegal, del atajo, del camino torcido que cada uno recorre por su lado. Pero digamos, también, que es difícil extender el espacio de lo legal, reducir la brecha entre ley y cultura, si la ley —que ha de ser un acuerdo, un pacto entre todos— se despliega sobre espacios de exclusión y no sobre un territorio amplio de comunidad, de participación, de pertenencia. Es necesario entender que la violencia se ha instaurado entre nosotros, que hace parte de nuestros hábitos de convivencia y que nos contamina, que hace más arduo convivir, ser comunidad. Entender, en últimas, que es necesario recomponer nuestros imaginarios, reconciliar los territorios de nuestra geografía simbólica; entender que todos, a nuestro modo y en un grado menor, somos actores de otra guerra, actores agresivos y violentos y que sólo apartir de una comprensión del todo reconciliado podrá recomponerse esta sociedad maltrecha, contaminada, enferma de exclusión, de violencia, de incomprensión.

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daniel valencia

dvalenci@javeriana.edu.co

ilustraciones de carolina martĂ­nez


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ace rato que en Colombia soplan vientos de unanimismo, de sospechosos consensos que algunos pretenden forzar para transformarlos en el sentido común de los colombianos, con en el fin de evitar que sean puestos bajo interrogante o duda. Así, se imponen entre nuestros ciudadanos y entre la mayoría de extranjeros residentes en el país, supuestos tales como que el país está dividido entre la gente de bien y los terroristas, aliados con quienes son acusados de apoyarlos indirectamente por cuestionar las decisiones de altos funcionarios del Estado; que el único problema grave del país es el conflicto armado con las guerrillas, o que la violencia se expresa solamente en los actos criminales que cometen los actores armados ilegales. Este último es el prejuicio más común entre los colombianos, además de ser el más caro por los efectos nocivos y alienantes que produce en la mentalidad y, por supuesto, en los comportamientos de los habitantes de este país. A un solo coro, orquestado por los informativos periodísticos mediáticos, la sociedad colombiana repite lo que los medios y los gobernantes le ponen a gritar: calificativos tales como terroristas, malos colombianos, bandoleros, etc., para señalar a quienes, supone, son los únicos actores de la violencia en Colombia, o la ilusa proclama de que acabando militarmente con la guerrilla y negociando generosamente con los paramilitares el país recuperará la paz, que, por cierto, nunca ha conocido. Alienados por el coro, distraídos por las imágenes de la violencia que produce el conflicto armado y embelesados por el mesianismo del ejecutivo presidencial, no queda tiempo para detenerse a reconocer que las acciones de los actores armados, legales e ilegales, son simplemente las manifestaciones más visibles de la violencia, que, de paso, sirven para ocultar violencias más sutiles y más aberrantes como, por ejemplo, las de la representación que hacen los mismos medios de tales actos. La estrategia en este caso es copar ampliamente los espacios y, de soslayo, esconder su incapacidad para orientar al país hacia discusiones públicas diversas y de mayor fondo. Cuesta demasiado reconocer que la violencia acompaña, y acompañará, a la especie humana por su propia naturaleza, toda vez que el sujeto porta intereses, alimenta deseos, disputa y compite con sus semejantes porque su propia inteligencia se lo impone y se lo permite. Pero cuesta más caro aprender que la violencia hay que cargarla de acción comunicativa para que no se extermine la especie misma. Para eso se nos dio la palabra, la capacidad de significación: para que los humanos consigamos construir campos de interacción dónde dirimir los conflictos de forma inteligente. En la política, a esos espacios se les conoce como la esfera pública, un escenario donde no se renuncia a los deseos o a los intereses sino donde estos se

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negocian, estableciendo los derechos de cada uno, para que la violencia sea reducida a mínimas expresiones. Pretender acabar con la violencia, definitivamente y para siempre, es de suyo un engaño, puesto que de la humanidad es tarea aprender a convivir a pesar de la violencia. En Colombia eso es lo que no queremos ni aceptar ni aprender, y por ello preferimos esconder la cabeza —ahora llena de estupidez y ramplonería mediática— en los discursos moralistas contra los violentos y así creer que por no pertenecer a las filas de las FARC, el ELN o las AUC, o por no ser críticos de las políticas del actual presidente del país, somos gente de bien, gente buena, gente que no merece esta violencia, de la cual tan sólo somos víctimas. Esa es una razón por la cual este país no ha conseguido construir una esfera pública que nos ayude a reconocernos, mirarnos a la cara, respetarnos e intercambiar como iguales. Un solo ejemplo basta para ilustrar esta, de verdad, tragedia: las formas de proceder y de comportarnos cuando estamos conduciendo un vehículo. Vivimos convencidos de que con la compra del carro adquirimos propiedad y dominio sobre calles, avenidas y carreteras, mentalidad que, de entrada, valida cualquier tipo de violencia. Frente al timón de un carro imponemos la idea de que los demás conductores y peatones deben darnos el paso, ellos no deben atreverse siquiera, a adelantarnos —en el caso de un


conductor—a cruzar una esquina —si se trata del transeúnte— sin antes no cedernos la vía. Del pito del automotor hacemos una señal amenazante por medio de la cual quisiéramos ir ‘hijueputiando’ a todo el que se nos ponga por delante. La luz de una direccional en otro automotor activa, en la corteza cerebral, neuronas que quizá compartimos con los reptiles, para entrar a atacar al que osa indicarnos que va a cruzar al carril por donde vamos; encaramamos el carro en los andenes y las señales las convertimos en obstáculos a superar. Ojalá nuestro automóvil tenga un equipo de sonido potente para que el gusto ‘traqueto’ aflore y parqueemos el carro frente a cualquier negocio donde exhibimos la estupidez y la imbecilidad colectiva, como normas de comportamiento general aprendidas, y que los demás deciden soportar con la ilusión de un día tener un medio igual o más potente para agredir de la misma forma. En esas condiciones, no nos interesa generar esferas para compartir como iguales sino, por el contrario, adquirir instrumentos y destrezas para reñir, insultar, humillar o aplastar a los demás, con quienes lo único que tendríamos en común es la estupidez de juzgar las muertes, los secuestros y los asaltos de la guerrilla, como la única violencia que hay que combatir. Si los sacerdotes mediáticos nos convocan, salimos abnegadamente a las marchas ilusorias contra esa violencia o aclamamos, hasta rabiar con fervor reeleccionista, al mesías que ahora promete librarnos de los malos, pero no de la imbecilidad donde naufragamos.

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catalina arango catiarango@hotmail.com

ilustraciones de mónica riascos

La íntima relación entre el acelerador y la puerta de los buses A veces, los conductores de transporte público en su afán de recoger el mayor número de pasajeros y así asegurar sus ingresos —la famosa “guerra del centavo”—, no permiten que los pasajeros terminen de subirse o de bajarse del vehículo cuando deciden arrancar.


En una oportunidad vi cómo el conductor de un colectivo en el que yo iba arrancó antes de que una señora pusiera a su hija de tres años sobre el escalón de entrada al vehículo. El hombre al arrancar cerró además la puerta del colectivo, machucándole a la niña un brazo que la dejó sujeta a la puerta. La mamá de la niña, desde la calle, corría para sostenerle el resto del cuerpo, mientras que el conductor aceleraba sin darse cuenta. A pesar de mis gritos y de los golpes que le di a la cabina del conductor para que se detuviera, éste no frenó hasta que vio, por uno de los retrovisores laterales, que la niña colgaba de la puerta. Como todo usuario del transporte público bogotano sabrá, este tipo de accidentes distan de ser extraordinarios. En enero de 2004 la Secretaría de Tránsito y Transporte presentó un balance sobre accidentalidad en Bogotá que decía: “La ocurrencia de eventos del transporte público aportó el 49% de los accidentes con heridos y el 55% de todos los lesionados, en su mayoría pasajeros de este servicio”. Debido a este tipo de accidentes es que no me extraña la presencia en el sitio web “bogotanos.com” de una sección dedicada a denunciar las infracciones cometidas por los conductores de los buses, con el siguiente eslogan: “Nuestras vidas no pueden seguir a merced de los bárbaros del volante. ¡No nos quedemos con los brazos cruzados!”. El otro día, hablando con el conductor de una buseta ejecutiva le pregunté: “¿y usted qué piensa de que los conductores de bus a veces no esperen a que la gente termine de subirse o de bajarse del bus para arrancar?”. “Pues que es tenaz y no debería pasar —me dijo—, pero es que este negocio es así, uno lleva afán porque necesita recoger harta gente, ¿no ve que de eso depende el sustento diario?”. “¿Y cuánto es el sustento diario?”—le pregunté— “Cincuenta mil pesos. Realmente son cien mil por turno, pero toca sacar plata para la gasolina y para el dueño del bus. Esto es como un arriendo ¿si me entiende? Y toca sacarle el mayor provecho”.

Un caso excepcional Siempre me ha extrañado el contraste existente entre el colectivo último modelo que tomo para ir de la universidad a la casa y la buseta modelo setenta que tomo para ir de la casa a la universidad. Los conductores del colectivo manejan a una velocidad excesiva, toman atajos para acortar la ruta establecida, a veces no atienden el llamado de parada del timbre, recargan el colectivo de pasajeros de pie e improvisan paraderos en la mitad de la calle. En cambio, los conductores de la buseta me recogen y dejan en un paradero, manejan despacio, respetan la ruta oficial, el llamado de parada del timbre y llevan un número más o menos aceptable de pasajeros de pie.

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¿Cómo explicarse estas dos realidades en una misma ciudad?, especialmente cuando el caso de la buseta resulta absolutamente sui géneris, ¿Acaso sus conductores tienen conciencia de que prestan un servicio público y que, por lo tanto, deben respetar a sus pasajeros y a los otros conductores con quienes comparten la vía?, o quizás ¿las busetas que manejan son demasiado viejas para competir con los otros buses en la famosa guerra del centavo? Parece ser que es esto último. Como me dijo el conductor de un colectivo al que le pregunté sobre el tema: “debe ser que esas busetas están muy viejas pa’ competir con los otros buses, o que tienen una ruta suave y pueden andar despacio, porque aquí nadie tiene un salario de base como para andarse tranquilo por la calle. Eso pasaría si una sola empresa de buses comprara la calle y pusiera paraderos, como lo hizo Transmilenio. Mientras tanto, sálvese quien pueda…” El inútil cinturón de seguridad He visto que los conductores de colectivo tienen una práctica muy singular: cuando recogen en la calle a una señorita y ven que ya no hay cupo en el vehículo para llevarla, le abren la puerta de la cabina del conductor para que se siente junto a él y su amigo el copiloto. Allí la señorita es tratada con deferencia —más aún si lleva falda— y en un tono empalagoso le piden que se ponga un flojo, y por lo tanto inútil, cinturón de seguridad. Una vez, cuando yo hacía el papel de aquella señorita, el conductor del colectivo me pidió que me cruzara como cinturón de seguridad un pedazo de correa y que lo metiera en la intersección entre la silla en la que yo estaba y la del copiloto, de manera que se tensara y se sostuviera. Cuando lo hice, me di cuenta de que el cinturón del conductor tenía un mecanismo similar, la diferencia estaba en que él se metía la correa debajo de una pierna. Desde entonces, he visto estos cinturones muchas veces. Al principio pensé que los dueños de los buses no tenían dinero suficiente para comprarle cinturones de seguridad a sus vehículos, pero me bastó echarle un vistazo a los equipos de


sonido que tenían para saber que no se trataba de eso. Más bien, como me dijo el conductor de un bus el otro día, “eso es puro descaro de los dueños de los buses que no son capaces de gastarle plata a los cinturones. Aunque a mí personalmente no me gusta usar el cinturón porque come mucha tierra y me deja las camisas blancas manchadas con una fea línea negra.” Policías y conductores en el negocio de los embutidos Por un par de meses, la Policía de Tránsito de Bogotá reforzó las medidas para sancionar a los conductores del transporte público que llevaran pasajeros de pie. De esto pude darme cuenta el día en que el conductor de un colectivo me pidió que me agachara para que no ser vista por la policía de tránsito. Recuerdo que cuando yo me rehusé a esconderme, el hombre se detuvo en medio de la calle, me botó en la cara un billete de mil pesos, correspondiente al pago de mi pasaje, abrió la puerta del colectivo y me gritó que me bajara. Y sin embargo, no fue este incidente lo que más me impresionó de la época en que la policía reforzó su vigilancia. Lo que más me impresionó fue ver que algunos policías de tránsito eran cómplices de que los conductores de bus llevaran pasajeros de pie, mientras les conviniera. Una vez vi cómo una mujer policía que iba parada en un bus repleto de pasajeros de pie, antes de bajarse, se acercó al conductor, lo llamó por su nombre y le advirtió que más adelante había un retén de “los de tránsito”. El conductor le dio las gracias a su amiga policía y, por supuesto, tomó un desvío para evitar la multa. En otra oportunidad, vi cómo otra mujer policía —esta vez de tránsito— en vez de detener al conductor de un colectivo para sancionarlo por llevar a dos pasajeros de pie, lo detuvo para que llevara gratis, y de pie, a un policía bachiller. El conductor le respondió “claro que sí, señora agente, con mucho gusto” y el joven policía se sumó a los dos pasajeros jorobados que iban apoyados contra la puerta del vehículo. Como dije al principio, las medidas para sancionar a los conductores del transporte público que llevaran pasajeros de pie sólo duraron unos meses. Después de esto, los conductores continuaron, sin mayores problemas, con el negocio de los embutidos. “Bueno, y ¿qué pasa con los policías de tránsito? ¿Cómo hacen ustedes con ellos cuando llevan pasajeros de pie?” le pregunté al conductor de una buseta ejecutiva. “Pues uno ya sabe en qué parte están los policías de tránsito y se cuida pa’que no lo pillen, mientras tanto uno le sigue echando pasajeros a la buseta porque no va a dejar de hacerse lo del día ¿no? Pero una cosa sí hay que decir, y me disculpa, pero esos policías son unos degenerados, ellos

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reciben buen sueldo, buenas prestaciones, buenas primas, pero siempre están dispuestos a que uno les pase platica cuando le van a poner a uno una multa.”

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¿Y entonces quién tiene la culpa? Y entonces, ¿quién tiene la culpa de que todo en esta ciudad funcione al revés? ¿De que no se cumplan las normas de tránsito y de que por eso se produzcan todo tipo de incomodidades y de accidentes?. “Pues la culpa es de toda la ciudadanía —empezó a decirme el conductor de un colectivo— porque no nos hemos concientizado de las normas, y también porque no hemos dicho: ‘bueno esta ciudad hay que organizarla y de tal y tal manera’ ”. ¿Y Transmilenio, por ejemplo, si ha ayudado ha organizar la ciudad?, le pregunté yo. “Sí, claro, Transmilenio ha ayudado porque los conductores no tienen que andar rebuscándose el diario, ellos reciben su sueldo, sus primas y listo, tanto pasajeros como conductores están tranquilos. Es que esta guerra del centavo es una locura. Antes, por ejemplo, a cualquiera que supiera manejar se le daba un bus, ahora al menos le piden a uno capacitación del Sena y así y todo esto es muy verraco”. ¿Y entonces la guerra del centavo sería lo primero para solucionar? “Pues sí —respondió el conductor— al menos de lo primero, aunque, como le dije, también tenemos que concientizarnos y no sólo los conductores, también los policías, los pasajeros, todo el mundo...”


“En Bogotá han disminuido radicalmente los conflictos”

Ricardo Montezuma, Asesor de las administraciones Peñaloza y Mockus.

¿Cómo ve el tema de la intolerancia y la agresividad en el transporte en Bogotá?

Bogotá había sido diseñada prioritariamente para los automóviles, aquí no había andenes ni cebras, ni semáforos peatonales, y lo que es peor, sigue sin haber un respeto por los peatones y los ciclistas, agredidos constantemente por los conductores tanto de servicio público como por los particulares. Armonizar los comportamientos de una ciudad y darle fuerza a los más débiles es la razón de ser de la política pública, esto es lo que debería ocurrir, pero tan sólo en los últimos nueve años comenzamos a pensar un poco más en las personas que deberían tener la prioridad en la ciudad, los peatones. Yo creo que en Bogotá han disminuido radicalmente los conflictos, en todo orden, hoy hay mejoras palpables respecto a la agresividad e intolerancia.

¿Y la guerra del centavo?

La guerra del centavo era interpretada por mucha gente como una manifestación de la incultura y de la ‘guachada’ de los conductores del transporte público. Después de estudiar este fenómeno, demostré que estos conductores son personas educadas, pero su comportamiento está condicionado por razones económicas. La guerra del centavo en el transporte público no es una consecuencia sino una condición estructural para que el sistema de buses en Bogotá funcione. En este sistema todo el control lo tiene el conductor del bus y su ganancia depende del número de pasajeros que mueva diariamente. El Estado dejó de generar un sistema ordenado de transporte y dio paso a un canibalismo-neoliberal que consiste en competir todos contra todos para conseguir usuarios. Cuando el Estado pone reglas e interviene con la premisa de prestar un servicio donde el fin último sea mejorar la calidad de vida de los ciudadanos y hacer primar el interés común sobre el individual, aparece un sistema como Transmilenio.

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“En esta ciudad la guerra se

resuelve en lo simbólico”

Enelmedio entrevista al historiador Fabio Zambrano

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Con un pie en la historia de la ciudad y el otro en el presente de las últimas administraciones, Fabio Zambrano hace un diagnóstico amplio de la violencia en Bogotá en el que también, a futuro, hay espacio para el optimismo. Hablemos de una relación estrecha y problemática, la de la violencia y la cultura urbana. ... la ciudad tiene, en la historia, una característica indiscutible: la desigualdad como orden natural. Esto quiere decir que la ciudad es vertical y todo gira alrededor de la verticalidad, esto es, Dios, el templo, el sacerdote, los reyes. Desde el siglo XVIII cuando el cielo es sustituido por el cosmos,

cuando viene este progreso de la modernidad en todos los sentidos, nos encontramos con que la búsqueda de la igualdad se convierte en objetivo de la ciudad y ésta empieza a horizontalizarse. Esa búsqueda de la igualdad va a generar la búsqueda de parques y áreas urbanas complementarias. El problema de la igualdad es a la vez un nuevo foco de tensión y un paradigma dentro de la ciudad, y esa tensión se va expresar en el espacio urbano, especialmente, en lo que se conoce con el nombre de espacio público. Aparece el parque —que no existe antes del siglo XVIII; surge con la modernidad—. El parque es el lugar donde se escenifica la desigualdad, es decir, el escenario donde se representa la igualdad no es otra cosa que la representación misma de la desigualdad. Eso se puede observar, por ejemplo, en las fotografías de la Plaza de Bolívar, el Parque Santander, el Parque de la Independencia en donde usted no encuentra nadie con ruana, nadie descalzo, pero sí la nana empujando el cochecito y la señora al lado, el niño vestido de marinero, la señora vestida a la europea, el señor vestido como cachaco. De esto se pueden concluir dos cosas: en Bogotá nadie usaba ruana y sí vestido elegante o los de ruana y descalzos no entraban al parque.


Está hablando de dos ciudades, una con parque y otra sin parque... Claro, Bogotá es una ciudad fragmentada, partida en dos espacios que son físicos y que son ideales: la Bogotá del norte y la del sur. ¿Dónde comienza el sur? Pues hay una nomenclatura: calle 0, calle 1ª sur, pero también para muchos el sur comienza en la 19, en la 26, en la 72. Esa es una jerarquización que tiene unas marcaciones muy fuertes: inciden en el precio del suelo urbano, en valores sociales, en comportamiento, en distintas formas de tensiones, por ejemplo, los graffiti, las barras, las bandas, entre otras. Aquí vivir en el norte significa una cosa y vivir al sur otra, y eso genera tensiones muy fuertes; tensiones simbólicas en unos casos, pero, también, reales en otros y que ya desde los años 50 hasta el presente han generado estas nuevas violencias. En los noventa apareció algo muy interesante en Bogotá, lo de la homogenización de la estética en el espacio público. Por ejemplo, el equipamiento de los parques es igual en el sur, en el occidente, en el centro...

O el caso de Transmilenio... Claro, Transmilenio genera un paisaje urbano similar en el norte y en el sur; también las alamedas, los paraderos y los andenes comparten cierta homogeneidad. Uno podría pensar que hay una tendencia a lograr, al menos en estética, cierta igualdad. Pero se sigue generando un norte valorizado y un sur desvalorizado, en muchos sentidos, incluso ambientalmente. El norte es verde, las rondas de los ríos, el parque el Virrey, el Juan Amarillo, las avenidas están arborizadas. En el sur, en cambio, no hay árboles y si uno recorre la ronda del río Tunjuelito ve que es un desastre. Uno podría contrastar las dos cosas. Uno, los equipamientos urbanos son similares; dos, no se sutura la fragmentación de la ciudad: un norte rico y un sur pobre. Uno diría que es una fuente de violencia simbólica dentro de la ciudad porque existe una categorización de las relaciones sociales alrededor de esas dos ciudades. Por ejemplo, ¿con quién del sur tenemos contacto? Con la señora que trabaja en la casa y vive en el barrio de El Carmen y no más. Pero esto no genera conflicto porque, al mismo tiempo, uno va encontrando que en Bogotá no hay una guerra entre el norte y el sur.

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No hay una guerra declarada pero la exclusión es dramática y ése es un factor de violencia. Yo diría que el sur, antes que ubicarse como antagonista, quiere asumir símbolos del norte. Por fortuna, en Bogotá no se presenta lo que sucede en otras ciudades, Medellín por ejemplo, en donde sí hay una guerra total entre la gente que vive en las comunas y la ciudad que está en el valle. Allí hay una guerra; pero una guerra armada, a bala. En Bogotá estas fronteras internas de la ciudad se resuelven en lo simbólico y la guerra es entre símbolos, en imágenes y palabras: los graffitis góticos del sur amojonan la ciudad, o sea, marcan territorio, pero no encontramos, aún, una violencia física. Hay otro ejemplo interesante: uno va al Parque de la 93 y todo el mundo pide una gaseosa o la cuenta igual a como lo pide una persona del sur, es decir, regalado: “me regala una gaseosa”, “me regala la carta”, y pedir regalado es una forma de dirigirse de abajo hacia arriba porque hay la conciencia que la plata del pobre no vale; de ahí que el pobre pida regalado, pero hoy el rico también pide regalado. Bogotá es una ciudad muy permeada de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo. Es una ciudad, en ese sentido, con muy poca violencia urbana. ¿No cree que la forma misma de relacionarnos es violenta, que nuestros hábitos de relación son hábitos de violencia? Hay una cultura cundiboyacense de siglos y siglos de sumisión, de control. Esta cultura al urbanizarse conserva esos rasgos, esta forma sumisa de hablar: el ‘sumercé’. Y sumercé era la forma en que en el indio se dirigía al español encomendero. Entonces hay esta cultura cundiboyacense de sumisión que le permite, a quien estudia la ciudad, ver que la violencia connatural que hay en la ciudad es catalizada por múltiples elementos que van moderando esas violencias o esos enfrentamientos o esos posibles enfrentamientos, y que son más simbólicos que reales. Ahora bien, no significa que no los haya; los hay, y hay violencias fuertes sobre todo en las zonas de expansión urbana, Bosa, Soacha, Kennedy, Engativa, Suba. El otro valor que está dentro del habla cotidiana bogotana de todas las clase sociales es el diminutivo. Por lo tanto, reconocerle a alguien que es de una raza superior es pedirle regalado, pedirle en diminutivo y siempre pedirle perdón: “perdón, me regala una gaseosita”; “disculpe, me regala una monedita”. Además, si uno pide regalado, siempre pide disculpas, se le reconoce a la otra persona una jerarquía. Eso está reflejando, primero, la estructura de la ciudad y, segundo, está reflejando una sociedad que reconoce jerarquías, que es domesticada. Eso es muy fuerte en la ciudad y uno lo nota, por ejemplo, en el monito, monita. Lo que quiero mostrar con esto es que hay una cultura de sometimiento, de reconocimiento de jerarquías y, por lo tanto, no es una ciudad igualada. Insistimos, entonces, en que las diferencias, en Bogotá, son muy simbólicas y los desencuentros radicales.


Hablemos de las tres últimas administraciones: Mockus-PeñalosaMo­­­c­kus, ¿se puede hablar de un cambio cultural? Ha habido cambios grandísimos, significativos, valoraciones de la ciudad. Pero antes hay un elemento muy importante: el censo del 85. Por primera vez en la historia registrada—desde el siglo XVIII y XIX— hay más nacidos en Bogotá que extranjeros. Y ese dato es importantísimo porque Bogotá ha sido una ciudad de inmigrantes y esa es una de sus grandes ventajas, dado que las grandes ciudades del mundo, las ciudades exitosas son las que atraen migrantes y los atrapan: la historia de New York, París, Londres es esa. Entonces, el censo del 85 es un elemento clave para entender que va ha haber una preocupación por identidad y pertenencia, lo cual es clave para entender el éxito de las tres administraciones. La otra clave de Bogotá está en el elemento femenino: desde el siglo XVIII la migración es sobretodo femenina. Bogotá en los siglos XIX y XX es una ciudad de mujeres: eso se siente y se ve, y no es gratuito porque la alta presencia de mujeres está significando algo que tienen todas las ciudades y es que la ciudad libera, pues es la liberación de la opresión del campo, del control moral. Hay un síntoma muy importante: Bogotá es una de las ciudades del tercer mundo con mayor éxito en el control de natalidad. Es decir, la sociedad le transfirió el derecho a la mujer de controlar su cuerpo —inicia en el 60, toma más fuerza en los 70 y ya para los 80 aumenta—, y eso es, también, síntoma de la laicización de esta sociedad urbana, es decir, de una pérdida del control moral. En suma, más bogotanos, más mujeres, y un último elemento que es, asimismo, clave: la educación. Bogotá siempre ha sido una ciudad educadora, tiene casi 300.000 estudiantes universitarios; además, ha sido una ciudad de servicios; nunca ha sido industrial ni minera. Entonces la ciudad está cambiando y la administración también, y esa es una feliz coincidencia para entender los cambios positivos. Hace más o menos diez años, la ciudad genera una cultura tributaria, una cultura ciudadana y, a pesar de estar lejos del mar, genera un proceso de globalización, que presenta índices de violencia armada mucho más bajos que en otras ciudades. En este sentido, Bogotá representa un paréntesis. ¿Todo lo que ha logrado Bogotá puede retroceder? Claro, o nos volvemos el ejemplo para el país o Bogotá se parece cada vez más al país. En este sentido la ciudad tiene dos componentes claves: el civitas y el hábitat. Ojalá tuviéramos parque El Virrey y espacios públicos de calidad en toda la ciudad porque la calificación del hábitat califica el civitas. Pero también se debe calificar el civitas, es decir, que el ejercicio de la ciudadanía tienda a ser efectivo en toda la ciudad. Digamos, en otras palabras, es tan importante el contenido como el empaque.

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¿Qué hay de almuerzo? Se podría decir que es demagogia, se podría decir que es fantasía, pero lo vi con mis ojos, debo contarlo: hay gente en Bogotá —no importa el número— que se alimenta con un extravagante menjurje llamado “sopa de periódico” o sopa de papel. La receta es sencilla: se pone a hervir agua en un caldero y se le agrega un periódico picado; cuando se deslíe el papel y forma una especie de colada gris negruzca, se añade un cubito concentrado de caldo de res, gallina o pescado. Se rebulle constantemente hasta que la sopa adquiera consistencia. Se le agrega sal y un picadillo de cilantro. Se toma. Se distrae el hambre. Alfredo Molano, El Espectador, febrero 29 de 2004. Cuénteme una de vaqueros Durísima presión se ejerce contra nuestro Gobierno para que acepte un intercambio de rehenes inocentes por bandidos atroces. Sin reparar en que la propuesta no es sólo inmoral y anti­jurídica, sino que implica la liberación de los peores criminales, para que vayan en auxilio de sus derrotados con­militones. Al propio tiempo y con la misma mano se escriben diatribas contra el proyecto de traer a la paz miles de combatientes de las autodefensas, porque el Derecho Internacional Humanitario, el mismo que aconseja abrir las puertas de las cárceles a impenitentes y contumaces, prohíbe acoger a quienes prometen vivir sin hacer daño y entregan en prenda sus odios y sus fusiles. Nuestra Policía, la mejor del mundo por sus ejecutorias, por su devoción en el servicio a su sociedad y por su limpieza

de corazón y de obras, es víctima de las más implacable persecución. Sometida a extremas tensiones de corrupción y violencia, no se exaltan sus triunfos prodigiosos, pero se publican con fruición los malos pasos de los oscuros agentes o indignos oficiales subalternos, ínfima minoría entre los 120.000 hombres meritorios, valerosos y honrados. Nos acusan por violentar los derechos humanos, cuando salta a la vista que los delitos llamados de alto impacto social —secuestros, terrorismo, extorsiones y homicidios— se han reducido a la mitad y que no hay un solo hecho de violencia atribuible al Gobierno o imputable a sus omisiones. En esta tierra no desaparece nadie por obra de la autoridad ni se tortura, ni se priva de la libertad sin orden judicial, ni se persiguen las ideas o las opiniones. Y ahora, para completar el cuadro y para que cunda el pesimismo en las almas, los tejedores de fantasías han urdido la más singular y grotesca: las FARC no están vencidas sino sagazmente replegadas. Fernando Londoño, El Tiempo, marzo 1 de 2004. ¿ Y cómo es él? ¿Cómo es el colombiano promedio de hoy? Uno que ha consentido con todas las irregularidades. Se ha adaptado a todo: corrupción, ilegalidad, narco­ tráfico, al irrespeto al derecho. No hemos construido ninguna civilidad, ninguna moral que nos permita crecer como pueblo coherentemente. Un país con muy pocas carreteras, incomunicado, que creó regiones que


sólo se miran a sí mismas. “Las regiones se desarrollaron como subculturas hasta llegar a lo que llamo endogamias culturales.” Emilio Yunis, ¿Por qué somos así?, citado por Mauricio Pombo, El Tiempo, 25 de marzo de 2004. ¿Pinocho-Bush y PepeGrilloUribe? Si alguien muy poderoso e influyente dice una mentira y otros, menos poderosos e influyentes, la aceptan como verdad y la propagan, ¿cuál es la responsabilidad moral que cae sobre unos y otros? Dicho de otra manera: descubierta la verdad, quue no era lo que decía el mentiroso, ¿debe el obediente o sumiso que la repitió sentirse engañado y, por lo mismo, decir públicamente que fue víctima asaltada en su buena fe? Óscar Collazos, El Tiempo, marzo 25 de 2004. El país del odio Se Nos Está Yendo La Mano. A Todos, Y me incluyo. Las situaciones dramáticas que vive el país —de violencia, miseria, terror e injusticia— hacen que también el lenguaje vaya subiendo de tono hasta volverse grito, insulto, amenaza. A algunos irresponsables les gusta eso de “agudizar las contradicciones” sociales o ideológicas; creen que es un camino para la guerra y eventualmente para la solución. Mientras nuestras reacciones sigan siendo tan emotivas y primarias, seguiremos viviendo en el fanatismo y la intolerancia. Héctor Abad Faciolince, Revista Semana, febrero 24 de 2004.

Y sirve pa´tres cosas... ¿Se han fijado los lectores? ¡Cómo se agitó Uribe con su referendo, cuya no aprobación iba a significar la catástrofe definitiva para el país! Fue al Parlamento, fue al programa Gran Hermano, fue a diez pueblos, tanto de tierra caliente como de tierra fría, convocó a sus leales, a sus adversarios, a los indiferentes. Se gastó una fortuna en hacer campaña a favor del Referendo. Y el Referendo no pasó. Y no pasó nada. Luego nos presentó la panacea para acabar con los paramilitares: la Alternatividad Penal, que consistía en que, si se los perdonaba y premiaba, ellos dejarían las armas. Ellos dijeron que no, que no dejaban las armas, y tanto dentro del uribismo mismo como en la llamada “comunidad internacional” —las Naciones Unidas, la Unión Europea, los propios Estados Unidos— hubo protestas: ese perdón generoso a los autores de masacres monstruosas no se ajustaba al Derecho Internacional ni a la más laxa noción de la justicia. Con lo cual Uribe echó pie atrás, cambió el proyecto, y tampoco pasó nada. Luego se varó en el Congreso el proyecto estrella del estatuto anti­terrorista, absolutamente necesario, por lo que decía el Presidente, para que funcionara su política de “seguridad democrática”, que ni es democrática ni garantiza la seguridad, por el contrario. Pero se varó el proyecto. y tampoco pasó nada. Y ya verán: cuando no pase tampoco la reelección, y se le hayan ido a Uribe en “trabajar y trabajar y trabajar” sus cuatro años de gobierno sin que pase nada, tampoco va a pasar nada. Antonio Caballero, Revista Semana, abril 20 de 2004.

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C

uando usted llega a su casa, abre la puerta, entra, se quita el saco y tiene en sus manos una estampa de la virgen, una abeja Maya, un juego de agujas, una chocolatina Crok, un collar de oro brasileño, un soneto mal escrito o cualquier otra chuchería, usted sabe, en el fondo lo sabe, que ha caído de nuevo. Se ha dejado convencer por los hábiles vendedores de los buses. Tal vez usted dude de sí mismo y diga, frente al espejo, que mañana no caerá. Mañana dirá que NO, sin importar cuál sea el discurso, la pinta o el artículo. Pero usted ignora que su actitud ha sido estudiada, tabulada, clasificada y, por supuesto, tenida en cuenta para futuros proyectos de las distintas escuelas informales de vendedores. Es difícil de creer, pero los vendedores emergentes están en una constante búsqueda, se someten a difíciles exámenes y replantean todo el sistema de ventas en menos de veinticuatro horas. Son gente preocupada por la sicología de los pasajeros, se hacen preguntas fundamentales sobre usted, piensan en su pareja, en sus hijos, en su perro, en los vecinos, en su trabajo, en sus deudas. Y toda esta información la manejan como nadie a la hora de dirigirse a usted, por sorpresa, en el bus de las siete y media de la mañana. De su comportamiento en los buses frente a este ejército infranqueable de vendedores no puede culparse. Si le sirve de consuelo, no se puede hacer nada frente a estas instituciones. Bástele con saber que tienen años de experiencia y un grado de sofisticación tan alto que, de acuerdo con la metodología utilizada, se dividen en tres líneas de enseñanza fundamentales: la Impresionista, la Neorrealista y la Cívica. La escuela Impresionista Es la que más requisitos exige en su formato de admisión. Tienen personal calificado en expresión corporal, gestualidad, efectos especiales, fraseología, improvisación, mensaje y vocalización. Especializada en los estratos uno y dos. Monopolizaron el mercado de los buses que van al sur. Sus productos son los más inútiles de todos y su público el más exigente. De ahí la intensa y estructurada preparación de sus estudiantes. El propósito único es vender. La metodología está dirigida a impresionar. Sus pupilos tienden a ser como la primera página de un periódico sensacionalista: en carne viva. Charli, jefe de maquillaje y efectos especiales, quien lleva 25 años en el oficio explica un poco de qué se trata, mientras da las últimas pinceladas a un intestino grueso. “Apelamos a la compasión de la gente, en primera instancia. Lo ideal es que, sin abrir la boca, el vendedor ya tenga potenciales compradores en el público. Nuestra técnica nunca falla, somos los que más alto rendimiento tenemos. De veinte pasajeros, catorce compran. Un promedio altísimo si se tiene en cuenta esta recesión”.


Se ha dicho muchas veces que existe una mafia que controla las huestes de mendigos que se mueven por las calles de Bogotá, a cambio de prestarles protección y de meterlos en las rutas más rentables de este negocio. En el año 98 estuve buscando alguna pista que me condujera hacia el cuartel general, perdiéndome en un sartal de versiones encontradas que no me llevaron a ninguna parte, pero me arrojaron al fascinante mundo de los vendedores informales.

cristian valencia cristianvalencia@yahoo.com

ilustraciones de iván amaya


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Es claro que la compasión no es la que vende en este caso. Jotamario, vendedor estrella, dice que se para junto a la registradora, hace un gesto de dolor intenso y, luego de un discurso inentendible, se abre la camisa para mostrar el dolor humano: al hombre le cuelga la mitad del hígado por fuera y tiene una botella con sangre, guindada del cuello, que se conecta con su órgano por medio de varias mangueras. Es perfectamente real la forma como las agujas entran en ese ñervo negruzco que brota de su estómago. Luego va de puesto en puesto, simulando estar a punto de perder el equilibrio e irse de bruces sobre el pasajero. “Es una maravilla”, dice sonriente. “La gente saca lo que puede, muchas veces billetes, y me lo entrega. Cuando no quedo contento con la ‘paga’ me quedó allí, mirándolo, como si me fuera a desmayar, y entonces el pasajero se conmueve y me da más plata”, continúa, mientras acomoda su engendro para irse a trabajar. La idea surgió, según su director, de los accidentes de tráfico. No hay cosa que produzca más impresión en esta gente que un muerto. Y no por la muerte en sí sino por el estado como quede el difunto. Un día el bus donde viajaba se detuvo frente a un atropellado. Estaba reciente. Cuando el chofer apagó el carro y se bajó, los pasajeros hicieron lo mismo. Se bajaron a mirar de cerca porque querían hastiarse con esa imagen. El hombre había quedado en pésimas condiciones: tenía un ojo colgando de una sarta de ligamentos blancos y las tripas estaban regadas por todo lado. Fue algo maravilloso. Cuando subieron al bus estaban más amables, conversaban unos con otros, como si estuvieran velando a un familiar. Adiós el afán, el estrés y todo eso. Yo me quedé pensando: si ese muerto fuera mío, cobraría el espectáculo. De ahí nació la idea, hace muchos años ya, concluye el director, con cierta nostalgia de los años maravillosos cuando las personas daban a cambio de nada. Hoy en día es indispensable entregar algo. Por lo general, inútil y de poco valor. “Como un detalle sentimental”, explica Jotamario. Con esto se logra la sensación de trabajo remunerado y se acaba con la pésima recordación de los mendigos tradicionales. En sus filas militan setenta profesionales, cuarenta practicantes y están preparando dieciocho más, recibidos hace poco, a medio camino de la etapa de inducción. Aunque esta escuela ha hecho trabajos de prodigiosa elaboración propios de una película de terror en Hollywood, recuerdan con optimismo el caso de Evaristo, El hombre del más allá.


Llegó por casualidad a la institución luego de que le fuera practicada una traqueotomía en el hospital de la Hortúa. Tenía insertado un tubo a la altura de la manzana de adán y cuando hablaba su voz salía por algún lugar distinto de la boca. Como si tuviera otro hombre metido dentro de sí. Al Departamento de Cuentos se le ocurrió la sorprendente historia de un resucitado y Charli cambió el diámetro del tubo por uno más grueso. “Era algo limpio, sin sangre”, dice el director. “Nunca habíamos hecho trabajos sin usar merthiolate o maquillaje pero Evaristo no necesitaba de ayudas visuales. De por sí era tan espeluznante... y la voz, ¡cielo santo!, la voz era de ultratumba”, exclama maravillado. No es difícil imaginarlo por ahí, de bus en bus, como un personaje viviente de Lovecraft, convenciendo incautos de su particular idea del paraíso. Porque en la medida que avanzaba el tiempo, Evaristo sumaba más ingredientes a su historia, describía con mayor exactitud el más allá, hablaba de los ángeles y de los horribles castigos que sufrían los avaros. Hizo de la fantástica invención una realidad. Se convenció a sí mismo de haber resucitado por orden del Señor para traer un mensaje a los desamparados, causa principal, según Jotamario, del horrible castigo divino que le quitó la vida. Murió por una afección pulmonar, a la mitad de una presentación. “Fue una pena”, dice Charli, con el corazón en la mano, y se marcha a continuar con su delicada labor. Una imagen vale más que mil palabras, parece ser el lema de esta prestigiosa escuela. La escuela Neorrealista Maestros en la calamidad doméstica, son capaces de convertir a cualquiera en un guiñapo, mezcla de compasión e infinita caridad. Están al tanto de la situación nacional, principal alimento de sus historias. Manejan a la clase media típica como nadie. Tienen el monopolio del estrato tres. Etnógrafos de la más pura tradición. Son formados con énfasis en artes dramáticas y oratoria. Se desenvuelven con productos inútiles aunque su fuerte es la manufactura: hacen tarjetas de ocasión, poemas, botones para la solapa, moños y arreglos florales, entre otros. La metodología se dirige a conmover el corazón humano. La mayoría de los adelantados son mujeres y niños. Pareciera que todos han visto y analizado la película El ladrón de bicicletas, clásica cinta del neorrealismo italiano. Conocen el poder que puede ejercer un detalle insignificante. “Muchas veces”, dice Sara, “es más triste ver a un niño con zapatos viejos, relucientes y sin cordones, que a otro sin zapatos”. Al igual que una camisita mal abotonada, un pantalón dos tallas más grande que el usuario o un hilillo de cobre envolviendo la muñeca, lucida con el mismo donaire de la reina Isabel con sus alhajas. Yeison cumplirá dentro de poco dos años de trabajar con esta escuela y ocho de nacido. Cuando comenzó se atacaba de la risa, contra su voluntad. Pasaba por debajo de la registradora sin problema, se paraba en el pasillo, sosteniéndose del tubo de la entrada, y lanzaba su pregón... “Con

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el primer grito comenzaban a asomar cabezas detrás de los asientos, y a mí me daba tanta risa que a veces no podía decir nada. Es que la gente hace unas caras muy chistosas”, dice. Hoy en día es todo un profesional. Apenas pasa la registradora entrega uno de sus llaveros al conductor y se lanza al escenario. Todo es tan rápido y calculado que siempre, sin excepción, toma por sorpresa al público. Mira hacia el horizonte, típica regla escolar para declamar, pero está pendiente de todos y cada uno de los pasajeros. Antes de abordarlos, puesto por puesto, sabe quién es quién. Conoce bien a los mensajeros, secretarias, obreros, oficinistas y estudiantes. Parte de su discurso va dirigido a los asalariados. Declara su solidaridad con la mala situación económica que atraviesa el país, se pone de parte de las centrales obreras y alega que solamente estudiando es posible la superación. Bien podría ser el hijo preferido de Jorge Eliécer Gaitán o Camilo Cienfuegos. Su fachada, de un tiempo para acá, está trabajada con el tema de los desplazados de la violencia. Cambia su lugar de origen de acuerdo a las últimas informaciones noticiosas. Sara, cabeza intelectual de esta escuela, vive pendiente de la situación nacional. Ella es como un departamento de prensa. Sus boletines están vivos, moviéndose por el transporte público de la ciudad. Llegó a Bogotá buscando a un tío después de perder a toda su familia en la tragedia de Armero. Se salvó por estar dando a luz a su hija en un hospital de Ibagué. Al tío no lo encontró nunca. “La gente me miraba con compasión”, dice con melancolía. “Me daban monedas sin yo pedirlas y, claro, las aceptaba de buena voluntad. Un día me levanté temprano y me fui con mi hija a pedir en los buses. Me fue tan bien que continué. Claro que ya no pedimos, ahora vendemos cosas”, concluye su retrospectiva, con la satisfacción de estar viva y del camino recorrido. En total, hoy en día, trabaja con catorce niños y ocho señoras, madres, todas recién paridas. Cuenta que muchas vecinas van a ofrecer sus hijos a la escuela para hacerles una prueba de admisión, ojalá, sobre el terreno de ventas. Sara ha tenido que rechazar muchos aspirantes por falta de infraestructura y capital. Se limita a decirles que busquen a otro y les proporciona las señas para ubicarlos. Sólo recibe niños de brazos, “porque a una sola, sin niño, no le compran”, dice. Aunque una mujer con un niño de brazos, haciendo penosos trabajos, es un lugar común en la historia de la humanidad, no por serlo deja de ser conmovedor. En años anteriores trabajaba con ancianos. El respeto a los mayores y la tristeza que producía verlos en semejante situación lograban resultados sorprendentes. El principal problema con ellos era de locomoción dentro de los buses, sin contar, claro, los desmanes de los conductores. Al verlos sobre la calzada no hacían ningún esfuerzo por detenerse. Sabían que la lentitud de los viejos demoraría el recorrido. “Era menos el volumen de trabajo, pero se hacía”, dice Sara, “Y yo no sé cuándo pasó, todavía me pregunto cuándo fue que los ancianos comenzaron a estorbar”, concluye, en medio


de suspiros lamentables. La prosperidad de la institución, pese a todo, no está en declive. La competencia es dura y se ha pensado en convocar a una reunión para distribuir las rutas de los buses equitativamente. “No hay cuña que más apriete que la del mismo palo”, sería el emblema de la institución. La escuela Cívica Con sus bestiales sonrisas, a las que dedican horas de preparación, son amos y señores de la clase estudiantil de los estratos tres y cuatro. Reciben instrucción en glamour, oratoria, flirteo, locución, cívica y urbanidad. Sus productos, no menos inútiles que los de las otras escuelas, tienen la virtud de estar a la moda. De alta recordación en el público, se las ingenian para hacer de ellos mismos una especie de farándula local. La metodología tiene por objetivo hacer recapacitar a las personas. Un minuto para la reflexión sobre las relaciones interpersonales. Su apariencia ha sido delicadamente estudiada. Sin llevar las marcas de moda en sus prendas, hacen gala de un look juvenil, muy atractivo para las universitarias, que hasta se permite ciertos coqueteos dentro del automotor. Han llevado el poder de la sonrisa a la máxima expresión. De cualquier situación hacen un espectáculo lleno de florituras y devaneos. Para pertenecer a esta escuela, además de pasar la prueba de presentación personal, se deben memorizar al menos cien pensamientos magnánimos que inciten al buen vivir en una sociedad mejor. Deberían pertenecer al equipo de la Alcaldía, pues ellos, con sus mensajes cívicos y sus sonrisas falsas, invitan a no arrojar basura dentro de los buses, a no cruzar las calles en sectores sin semáforo, a ceder el puesto a niños y ancianos, a conciliar con el peor enemigo y, sobre todo, a decir no a la droga. En su discurso de fondo está el haber sorteado, manteniendo la inocencia y la esperanza, el profundo abismo de la adicción. “Boxer, marihuana, bazuco, cocaína, freebase, heroína, crack y anfetaminas” dice Johnboy, “pero me salí de eso cuando me di cuenta que había un futuro para mí, esperándome”, concluye. Aunque la mayoría no ha probado la aspirina saben que el tema del rehabilitado está de moda y vende. Manejan la improvisación y están prontos al apunte cómico, denotando así su rapidez mental y su altruismo ciudadano. Son optimistas y para ellos está prohibido mencionar la realidad nacional. Creen a ciegas en el futuro. Se rumora que conocen, tan bien, el arte de la propaganda que, después de un recorrido junto a ellos, no se puede menos que agradecer el vivir en un


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país tan próspero, alegre y optimista. Aunque ignoremos el tamaño de las cuadras, según ellos, el desarrollo está a la vuelta de la esquina. “Estamos a esto”, dice Johnboy, mientras muestra el insignificante paso con sus dedos. Su verdadero nombre es Juan Ángel, tiene dieciocho años y es bachiller de un instituto técnico comercial. Sabe de contabilidad, economía y mercados. Se especializó en la línea de tarjetas Betsy Clark porque, según él, “sus mensajes profundos, llenos de humanidad, nos hacen creer en los demás”. Cuando accede al autobús ya relucen sus dientes perfectos. Un saludo al conductor, de mano, y un buenos y lindos días para todos, hacen parte del ritual diario. Albertosanto, quien tiene la dirigencia del grupo en este momento, tiene veintidós años, todavía imberbe, y mantiene su espíritu de adolescente intacto. Produce dentro del grupo la sensación de barriada, de grupo sólido y solidario. De su capital logró comprar la mercancía y reclutar en el centro a sus tres primeros vendedores. “La simpatía, definitivamente, es un arte y un don de Dios”, explica, con la cortesía y ceremonia de un sabio oriental. Ha mantenido el liderazgo en ventas por largo tiempo y atribuye su éxito a la exhaustiva preparación y a las charlas dominicales instituidas para ventilar problemas y proponer soluciones. “Uno mira a las personas”, dice Johnboy, “y les resalta lo mejor, porque todo feo tiene su gracia”. En la actualidad, de los cincuenta y cuatro muchachos, distribuidos en dos turnos, muchos terminan su bachillerato en escuelas nocturnas o academias de validación y ninguno piensa en dejar el trabajo por ahora. Johnboy tiene su pieza en el barrio San Cristóbal sur y goza de buena reputación en la zona. Los jóvenes se le acercan, a veces, para pedirle un chance. Él conversa un poco con los aspirantes, los mira por todos lados, les vigila el movimiento. “A veces descubro talentos natos, pero la mayoría no están hechos para esto. Hay que tener don de gentes”. Así el bus esté a punto de chocar y afuera un aguacero de proporciones alarmantes tenga el tránsito al borde del colapso, los deseos de prosperidad brotan como magnolias y las sonrisas parecen ajenas a la adversidad. Luego vendrán las conversaciones íntimas y los chistes de momento. Una vez hecho el trabajo, sin desdibujar su alarmante sonrisa en medio de tanto ceño adusto, Johnboy se despide desde la puerta del fondo, el chofer le abre la puerta y, de un brinco, salta a la calle. Vuelve la vista y mira esperanzado hacia la larga fila de buses. El arrebol bogotano, las luces encendidas y el eco de la ciudad lo hacen pensar que todos, absolutamente todos esos buses, hacen cola para que él los aborde, les alegre la tarde y les empaquete una tarjeta que diga, por ejemplo, Tu sonrisa es como una puesta de sol en otoño. “Ahhh, la vida”, susurra, como si acabara de tomar un trago de coñac mientras mira por la ventana de su apartamento alto con vista a la ciudad, al calor de una chimenea de gas. “Podría ser peor”, es la frase que mejor los retrata.


CONTRACARÂTULA PAUTA

Enelmedio 2  

El tema de esta edicion es violencia y cultura urbana.

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