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Unas marchamos hacia Düsseldorf, otras acabaron en Hamburgo, Stuttgart o Munich. Mi vecina llegó hasta Suiza y mi hija, mi hija todavía sigue en Barcelona.

Siempre viajaba en autoestop. Es algo que a día de hoy nos han robado, pero en su época era muy habitual. Nadie tenía coche, ¡ni siquiera había carreteras! (risas). Cuando mi gente emigró hacia Alemania, fui haciendo dedo hasta allí para verles.


LA PRIMERA VEZ QUE MIS HERMANAS Y YO REGRESAMOS AL PUEBLO PARA PASAR EL VERANO NI SIQUIERA NOS RECONOCÍAN. LA CIUDAD NOS CAMBIÓ.

¿Qué harías si volvieses a tener nuestra edad? Vivir. La familia, la sociedad, el qué dirán… Nos controlaban demasiado, hasta las amistades estaban supervisadas.

La carretera se acercaba a pie de costa, en la zona de Vigo, y ella no podía creer lo que veía. Era la primera vez que sus ojos tocaron el mar.

Lo cierto es que era más sencillo salir fuera que cruzar la sierra.

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El viaje hasta Barcelona duraba un día y dos noches. Todos llevábamos provisiones en el tren; llevábamos tantas gallinas y conejos que, al bajar en la estación ,había discusiones por ver qué era de quién.

Ufff, los truenos. Mi hermano dormía bajo la cama cada vez que se acercaba la tormenta.


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Todas las familias teníamos animales –algunas más y otras menos– y desde pequeños aprendíamos a pastorearlos. Sabíamos de dónde venían las cosas; la leche, los huevos y todo eso. Ahora quedan muy pocos que tengan ganado, y en el colegio hasta llevan a los niños de visita a las granjas. Pero no es lo mismo, ¡no se entiende ni conoce de la misma manera!

Nuestra familia compró el primer tractor de la zona. Cuando mi hermano salía a arar le seguían un montón de vecinos, a partes iguales curiosos y temerosos de aquel invento. Existía un miedo generalizado de que la reja dañaría irreversiblemente la tierra, hasta tal punto que el herrero llegó a adaptar los arados mecánicos para impedir que se clavasen demasiado hondo.


Allí se encontraba la mina del pueblo, extraían el metal que se utilizaba para las bombillas. En tiempos de guerra había mucha actividad, el Wolframio era muy buscado para tanques, proyectiles y cosas así. (...) Murieron trece o catorce personas, las condiciones eran muy malas, incluso pilló a varios niños.

Ahora que ya casi no se usa, tenemos que repararla a menudo para que no se caiga.

En casa todavía conservamos parte del telar. Todo el mundo tejía y teñía sus propias telas por aquí.

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Tradicionalmente en Galicia construíamos los cementerios rodeando las iglesias. Pasad, aquí podéis ver un buen ejemplo.

Recuerdo a mi vecino contando esa historia; a él le salvaron los cordones de sus botas, que decidieron desatarse antes de entrar.

En esta habitación ahumábamos los chorizos después de la matanza. (...) Nos sirvió durante años, pero está hecha de barro y paja y necesita el calor para seguir en pié,

El ganado siempre estuvo en la parte baja de las casas; los inviernos son duros y así se aprovechaba mejor el calor. Recuerdo bajar y beber leche directamente de la ubre de la vaca. Hoy ese pequeño establo se ha convertido en nuestra cocina, ¡hay que ver qué vueltas da la vida!


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El colegio estaba en el pueblo de al lado por lo que todos los días íbamos caminando. No tenemos muy buen recuerdo de aquella época, el maestro era un tirano. Lo bueno que recordamos de tener que ir al cole era cuando nevaba… ¡Cogíamos un plástico y fabricábamos trineos! ¡Que divertido y rápido era!

Jugábamos de otra manera, no vi una Barbie hasta mucho tiempo después, ya en Barcelona.

Buscábamos hojas y flores para ponérnoslas en el pelo, y con pajas secas las cosíamos entre sí para hacer coronas. Nos gustaba vernos coquetas así que también cogíamos cerezas para los pendientes. ¡Además nos las podíamos merendar!


En temporada, salíamos en busca de moras para hacer pasteles. La mayoría las recogíamos cerca de la mina, donde también jugábamos a hacer nidos de golondrina en las paredes usando el barro y la paja que había cerca del riachuelo.

Hoy ese río ya no existe y las mujeres tuvieron que dejar de lavar la ropa allí. Hicieron la carretera y todo su caudal se perdió. Además, los castaños de la ladera se movieron y fueron bajando su posición… lo que acabó bloqueando el agua de la fuente. ¡Qué rica estaba! Durante las meriendas que se hacían a la sombra de los castaños se ponían a enfriar las bebidas allí dentro.

Cuando había suerte Papá traía una o dos naranjas del mercado, las partíamos a la mitad y nos las comíamos. No te lo creerás pero aquello era nuestra gominola. ¡Lo disfrutábamos tanto! 22 – 23


En esta terraza nací yo. Mira, en esa esquina todavía está mi cuna desmontada. A uno de ellos tardé tres días y tres noches en tenerlo. Y sin epidural ni nada así. Cuando rompías aguas, si no había nadie en casa, se avisaba con una sábana blanca por la ventana y la Partera venía.

En todos los pueblos había una mujer que ayudaba en los partos. Era la Partera, pero en el nuestro la conocíamos como Tía Dolores (risas).


Cuando parí a una de mis hijas, mi marido fue a avisar a la Tía Dolores que en ese momento estaba comiendo huevos fritos. Mi marido le dijo que no tuviera prisa, que la última vez tardé un montón. Cuando llegó a casa, tras terminar de comer –¡y de pararse a hacer la compra!–, ya le había tenido.

Éramos cuatro hermanos y todos nacimos en casa. Antes era así, no había cita en el médico, rompías aguas y al lío.

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La cocina es la parte mejor conservada de nuestra casa, pasad. Lar significa ‘lugar’ y lareira, el ‘hogar’. Aquí encendíamos la lumbre para cocinar y éste era el punto de reunión durante la mayor parte del día. Todas las habitaciones se intentaban construir alrededor de la cocina, ¿sabes? El fuego se encargaba de calentar todo el piso de arriba.

Ya sabéis que esto era muy diferente. En la iglesia se contaba la moral oficial, pero en la lareira escuchábamos la popular, que estaba llena de silencios, miradas, gestos que no decían nada pero lo decían todo

La celebración del magosto era todo un ritual en casa. ¿Veis esa rejilla? Seleccionábamos las castañas y las tendíamos en ella, colocándola en la parte superior de la lareira para que se asasen. (...) Era un momento muy especial del año. Reunión, recogimiento y memoria de los que ya no estaban.

(...) allí maté mi juventud. A día de hoy no hay frontera, vuestra edad es muy bonita, tenéis que vivirla. Juventud libre y alegre, eso es una riqueza.


El fuego era nuestro punto de reunión, no sólo de hermanos, tíos, primos y animales domésticos, también era habitual ver por aquí a gente del pueblo, e incluso viajeros y mendigos que necesitaban pasar la noche en caliente. Estas cenizas han escuchado un montón de historias, desde anécdotas del día a día contadas como si fuesen batallas épicas (risas) a relatos de tiempos aún más pasados.


En esta zona la sexualidad era mucho más libre que en la mayoría de culturas que he conocido después, y han sido unas cuantas. No había tantos tabúes como en la ciudad.

Aquí, cuando alguien fallece, nos juntamos todos los que hemos tenido un vínculo con esa persona, ya sea íntimo o cordial. En el entierro, cada uno cuenta sus vivencias con el fallecido, nadie interrumpe el relato del otro, antes o después todos contamos. Usamos la memoria colectiva como terapia y reímos y lloramos a partes iguales.

Sí, sí. Hay gente que no habla castellano y es cierto que mucha otra lo habla pero no es su lengua madre, por lo que no pueden expresarse de la misma manera. Es como las traducciones de libros, es muy difícil encontrar la misma esencia de las palabras en otro idioma, los juegos, los matices.


De pequeños conocimos la sexualidad observando a las vacas, los asnos y los demás animales. Nunca nos hicieron taparnos los ojos para que no viésemos lo que sucedía, era algo natural. Para nosotros el monte era el lugar de iniciación de muchas cosas, entre ellas la sexualidad. Se experimentaba con todo y todos, tanto amigos como amigas.

Yo creo que los gallegos somos expertos de la palabra, la historia y la narrativa. Nos viene desde niños, lo heredamos del hogar, de las reuniones en el fuego y los relatos en familia.

Muchas veces las conversaciones y las historias se basaban más en los gestos, las miradas y los silencios que en las palabras.

No somos gente de chistes, también contamos chistes por supuesto, pero somos gente de historias. 30 – 31


– Ahí arriba vivía una mujer malísima, con mucho poder, que obligaba a los súbditos de todo el Concello a entregarle un ternero a la semana. – ¿Cómo que vivía? Es una leyenda viejísima pero nunca sucedió. ¡Y era cada día, no cada semana! – ¿Cómo va ser todas las semanas? ¡Era una vez al mes! Y no es una leyenda, yo conozco la zona a la perfección, subo a menudo con mi perro y aún pueden verse algunas piedras del castillo. – Bueno, el caso es que todo el mundo vivía en el terror. Cuando llegó el turno de entregar los alimentos al pueblo de Figueirós, sus vecinos se reunieron en asamblea y decidieron no pagar tributo. – Esa mujer era conocida como la Reina Loba porque lo lobos atacaban el ganado y causaban terror en la época. ¡Es sólo una metáfora! – Los habitantes de Figueirós se armaron, fueron por la noche al castillo ¡y le asaltaron! Ella, para que no le cogieran, se tiró por la ventana y se despeñó en el vacío. – Yo había oído que la gente de ese pueblito era valiente pero... ¡no tanto! Mi abuela me contaba que le llevaron un ternero envenenado y murieron todos los que habitaban el castillo.


Marcaban el cruce de dos rutas importantes, era el punto con más probabilidades de que las almas se encontrasen en nuestro camino, por eso se ponían ahí.

Esta escultura es antiquísima, ni te imaginas. Estaba en un cruce de caminos, en una de nuestras fincas. ¿Sabéis lo que es? Es un verraco, simboliza la protección del caminante.

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Murió con más de cien años, y siempre que le preguntábamos nos decía que recordaba estos castaños igual a como están ahora.

Esta mañana mismo se cayó una rama de aquel castaño, el Concello debería cuidarlos más, que son milenarios, no lo hacen tanto como debieran.

Los niños, ya sabéis, jugábamos y siguen jugando entre estos árboles: Se esconden, trepan, construyen casas… Es lo que tienen que hacer, claro.


El castaño da mucho al pueblo. Da sombra, madera y castañas. La sombra la da cuando hay sol, claro, porque si no...

Sí, sí, venimos todos los días, normalmente sobre las 4 estamos por aquí.

Mis amigos de Madrid vienen a visitarme y alucinan con los rosales que hay aquí. Las orquídeas también son muy comunes.

La sombra es una elemento básico de esta zona. Si os fijáis en los patios siempre hay árboles frutales para comer y echarse la siesta (…). La gente, cuando emigraba y pasaba por Castilla no podía entender cómo podían vivir en tierra de campos ¡no hay ni una sombra!


El jabalí en esta zona es una plaga. Arrampla con todo allí por donde pasa.

Hubo un tiempo en el que si un incendio estaba en una parcela privada, no se intervenía. ¡Como si el fuego supiese lo que es público y lo que es privado!

Los cazadores son los que mejor conocen el monte. Una vez vinieron unos expertos a hacer una batida de jabalíes y en dos días no consiguieron cazar nada. Más tarde la gente de la zona, que conoce las costumbres de los animales y la vegetación, lo hicieron rapidísimo, en menos de dos horas.

Algunas veces los incendios son provocados por los mismos dueños de las fincas. La impotencia y la ira se usa como queja ante los conflictos políticos.

Antes había muchísimas liebres. En algún momento se soltaron a propósito un montón de aves rapaces en el ecosistema. Lo han devorado todo, apenas queda ninguna.


Mmm… no sé la fecha exacta, pero recuerdo que mi padre no conoció a nadie que hubiese trabajado allí, así que debió cerrar hace bastante tiempo.

Hay muchos que no nos acordamos de las fechas exactas, pero sabemos que algo sucedió en base a otra cosa. Por ejemplo, cuando fui a la ciudad a estudiar el Castaño justo había perdido esa rama y la carretera se estaba comenzando a asfaltar.

Mira, ahora que nombras la memoria colectiva… En esta zona, cuando se compraba o llegaba hasta a ti un animal, nos preocupábamos por saber toda su genealogía. Era nuestra forma de contarnos lo que sucedía, las historias, los cotilleos, el contexto de la gente. Creo que era nuestra manera de entender las historias individuales y las relaciones que se generaban entre todos nosotros.

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El contrabando era común por aquí. Tabaco, café, piedras de mechero –era lo más lucrativo–, camisas, sábanas,... El lugar habitual de reunión eran las tabernas, yo mismo conocí a algún contrabandista de la zona. Durante los últimos años también empezó a haber estraperlo a gran escala, sobre todo de ganado. Esta criba para la miel os parecerá antigua, pero ojo, en esta casa se sigue utilizando a menudo. Todo lo que veis sigue en uso.

Salimos todos los días a la misma hora, haga frío o calor. Cada una va a su ritmo, claro, pero es algo que nunca nos falta.

La sardinada sirve como punto de reunión de la comunidad, hasta la gente emigrada vuelve en esas fechas.


Bebíamos vino mezclado con cerveza. Muy bueno, tenéis que probarlo.

¿De qué lo queréis? Tengo de fresa, kiwi, castaña, roble, endrinas,(...) y por supuesto, aquí no puede faltar el de café. 42 – 43


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Para construir esta plaza se uniรณ todo el pueblo. Unos cabaron la zanja, el resto trajo piedras desde la cantera o colaborรณ en la instalaciรณn de la fuente.


Hasta hace poco en cada pueblo había un horno comunal, que todas las casas utilizaban por turnos para cocer su pan.

Éramos la envidia de los pueblos de la zona. Tocasen patatas o centeno, cuando llegaba la época de la cosecha, todos ayudábamos en las tierras de todos. No éramos vecinos, éramos familia.

Una helada en 2017 no implica demasiado, pero una helada en 1950 significaba hambruna. Y aquí, aquí nunca se pasó hambre. Siempre hubo pobres y ricos, claro, pero si quedaba comida, todos comían.

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Ya casi no estamos acostumbradas a vivir en común. Aprender a desaprender es la clave de todo esto. Tanto los errores como los éxitos son del grupo, que diariamente se nutre y crece con ambos.

Nos gustó la idea de volver al campo. Los inviernos son duros, todavía no se ni cómo logramos pasar el primero (risas), pero permanecer unidos durante la fase inicial ayudó a que el grupo y el proyecto se hiciesen fuertes.

Trabajar en colectivo me ha devuelto la humildad que los años de universidad me robaron.

Hicimos trabajos aquí y allá, al principio no pensábamos demasiado en ello, pero pronto nos dimos cuenta de que no se trata de eso, sino de integrarnos en el contexto, jugar con él y para él.


Esta publicación ha sido realizada con el fin de ayudar a la conservación de parte de la memoria colectiva de los habitantes del Concello de Os Blancos, Ourense. Toda la información recogida en él se ha redactado utilizando diferentes voces ficticias; buscando conformar una historia múltiple y dinámica que hable desde todas las perspectivas posibles, preservando además el anonimato de las diferentes personas que han colaborado en su elaboración. Este proyecto ha sido posible gracias a las sinergias generadas por los habitantes de la zona y el buenrollismo que genera Espacio Matrioska. – Cuenta y conserva tu historia.


decaminatesycaminos@gmail.com

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De caminantes y caminos.  

Esta publicación ha sido realizada con el fin de ayudar a la conservación de parte de la memoria colectiva de los habitantes del Concello de...

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Esta publicación ha sido realizada con el fin de ayudar a la conservación de parte de la memoria colectiva de los habitantes del Concello de...

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