Issuu on Google+

Cuentos Macabros

EDGAR ALLAN POE


Cuentos Macabros Edgar Allan Poe


Palabras Inmortales


Cuentos Macabros


Índice El cuervo .................................................... 9 Cuentos Macabros Autor: Edgar Allan Poe Editor: Camilo A. Suárez Editorial: Planeta 2013

A Elena ......................................................15 Espíritus de la noche .................................20 Leonora .....................................................21 Te vi una vez, una sola ..............................24

Todos los derechos reservados. Queda prohibida sin autorización escrita del titular del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.

País de hadas .............................................27 Las campanas ............................................29

6ª edición: febrero 2013 © Planetas, 2013 ISBN: 978- 36-520-2014-8 Depósito legal: B-122.35.2006 Impreso por Printcolor


Cuentos Macabros

El cuervo Una vez, al filo de una lúgubre media noche, mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido, inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia, cabeceando, casi dormido, oyóse de súbito un leve golpe, como si suavemente tocaran, tocaran a la puerta de mi cuarto. “Es —dije musitando— un visitante tocando quedo a la puerta de mi cuarto. Eso es todo, y nada más.” ¡Ah! aquel lúcido recuerdo de un gélido diciembre; espectros de brasas moribundas reflejadas en el suelo; angustia del deseo del nuevo día; en vano encareciendo a mis libros dieran tregua a mi dolor. Dolor por la pérdida de Leonora, la única, virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada. Aquí ya sin nombre, para siempre. Y el crujir triste, vago, escalofriante de la seda de las cortinas rojas llenábame de fantásticos terrores jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie, acallando el latido de mi corazón, vuelvo a repetir: “Es un visitante a la puerta de mi cuarto queriendo entrar. Algún visitante que a deshora a mi cuarto quiere entrar. Eso es todo, y nada más.” 9


Edgar Allan Poe

Cuentos Macabros

Ahora, mi ánimo cobraba bríos, y ya sin titubeos: “Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón imploro, mas el caso es que, adormilado cuando vinisteis a tocar quedamente, tan quedo vinisteis a llamar, a llamar a la puerta de mi cuarto, que apenas pude creer que os oía.” Y entonces abrí de par en par la puerta: Oscuridad, y nada más. Escrutando hondo en aquella negrura permanecí largo rato, atónito, temeroso, dudando, soñando sueños que ningún mortal se haya atrevido jamás a soñar. Mas en el silencio insondable la quietud callaba, y la única palabra ahí proferida era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?” Lo pronuncié en un susurro, y el eco lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!” Apenas esto fue, y nada más. Vuelto a mi cuarto, mi alma toda, toda mi alma abrasándose dentro de mí, no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza. “Ciertamente —me dije—, ciertamente algo sucede en la reja de mi ventana. Dejad, pues, que vea lo que sucede allí, y así penetrar pueda en el misterio. Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio, y así penetrar pueda en el misterio.” ¡Es el viento, y nada más! De un golpe abrí la puerta, y con suave batir de alas, entró un majestuoso cuervo de los santos días idos. 10

Sin asomos de reverencia, ni un instante quedo; y con aires de gran señor o de gran dama fue a posarse en el busto de Palas, sobre el dintel de mi puerta. Posado, inmóvil, y nada más. Entonces, este pájaro de ébano cambió mis tristes fantasías en una sonrisa con el grave y severo decoro del aspecto de que se revestía. “Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—, no serás un cobarde, hórrido cuervo vetusto y amenazador. Evadido de la ribera nocturna. ¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!” Y el Cuervo dijo: “Nunca más.” Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado pudiera hablar tan claramente; aunque poco significaba su respuesta. Poco pertinente era. Pues no podemos sino concordar en que ningún ser humano ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro posado sobre el dintel de su puerta, pájaro o bestia, posado en el busto esculpido de Palas en el dintel de su puerta con semejante nombre: “Nunca más.” Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto. las palabras pronunció, como virtiendo su alma sólo en esas palabras. Nada más dijo entonces; no movió ni una pluma. Y entonces yo me dije, apenas murmurando: “Otros amigos se han ido antes; mañana él también me dejará, como me abandonaron mis esperanzas.” 11


Edgar Allan Poe

Cuentos Macabros

Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.” Sobrecogido al romper el silencio tan idóneas palabras, “sin duda —pensé—, sin duda lo que dice es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido de un amo infortunado a quien desastre impío persiguió, acosó sin dar tregua hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido, hasta que las endechas de su esperanza llevaron sólo esa carga melancólica de ‘Nunca, nunca más’.” Mas el Cuervo arrancó todavía de mis tristes fantasías una sonrisa; acerqué un mullido asiento frente al pájaro, el busto y la puerta; y entonces, hundiéndome en el terciopelo, empecé a enlazar una fantasía con otra, pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño, lo que este torvo, desgarbado, hórrido, flaco y ominoso pájaro de antaño quería decir granzando: “Nunca más.” En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra, frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos, quemaban hasta el fondo de mi pecho. Esto y más, sentado, adivinaba, con la cabeza reclinada en el aterciopelado forro del cojín acariciado por la luz de la lámpara; en el forro de terciopelo violeta acariciado por la luz de la lámpara ¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más! Entonces me pareció que el aire se tornaba más denso, perfumado por invisible incensario mecido por serafines 12

cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado. “¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido, por estos ángeles te ha otorgado una tregua, tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora! ¡Apura, oh, apura este dulce nepente y olvida a tu ausente Leonora!” Y el Cuervo dijo: “Nunca más.” “¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabolica! ¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio enviado por el Tentador, o arrojado por la tempestad a este refugio desolado e impávido, a esta desértica tierra encantada, a este hogar hechizado por el horror! Profeta, dime, en verdad te lo imploro, ¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad? ¡Dime, dime, te imploro!” Y el cuervo dijo: “Nunca más.” “¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica! ¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio! ¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas, ese Dios que adoramos tú y yo, dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén tendrá en sus brazos a una santa doncella llamada por los ángeles Leonora, tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen llamada por los ángeles Leonora!” Y el cuervo dijo: “Nunca más.” “¡Sea esa palabra nuestra señal de partida pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso. ¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica. No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira que profirió tu espíritu! Deja mi soledad intacta. Abandona el busto del dintel de mi puerta. Aparta tu pico de mi corazón 13


Edgar Allan Poe

Cuentos Macabros

y tu figura del dintel de mi puerta. Y el Cuervo dijo: “Nunca más.” Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo. Aún sigue posado, aún sigue posado en el pálido busto de Palas. en el dintel de la puerta de mi cuarto. Y sus ojos tienen la apariencia de los de un demonio que está soñando. Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama tiende en el suelo su sombra. Y mi alma, del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo, no podrá liberarse. ¡Nunca más!

A Elena Te vi a punto. Era una noche de julio, Noche tibia y perfumada, Noche diáfana... De la luna plena límpida, Límpida como tu alma, Descendían Sobre el parque adormecido Gráciles velos de plata. Ni una ráfaga El infinito silencio Y la quietud perturbaban En el parque... Evaporaban las rosas Los perfumes de sus almas Para que los recogieras En aquella noche mágica; Para que tú los gozases Su último aliento exhalaban Como en una muerte dulce, Como en una muerte lánguida, Y era una selva encantada, Y era una noche divina Llena de místicos sueños Y claridades fantásticas.

14

Toda de blanco vestida, Toda blanca, Sobre un ramo de violetas Reclinada Te veía

15


Edgar Allan Poe

Cuentos Macabros

Y a las rosas moribundas Y a ti, una luz tenue y diáfana Muy suavemente Alumbraba, Luz de perla diluida En un éter de suspiros Y de evaporadas lágrimas.

Menos tú y yo, todo huye, Todo muere, Todo pasa... Todo se apaga y extingue Menos tus hondas miradas. ¡Tus dos ojos donde arde tu alma! Y sólo veo entre sombras Aquellos ojos brillantes, ¡Oh mi amada! Todo, todo, Todo cambia.

¿Qué hado extraño (¿Fue ventura? ¿Fue desgracia?) Me condujo aquella noche Hasta el parque de las rosas Que exhalaban Los suspiros perfumados De sus almas?

De la luna la luz límpida La luz de perla se apaga. El perfume de las rosas Muere en las dormidas auras. Los senderos se oscurecen. Expiran las violas castas. Menos tú y yo, todo huye, Todo muere, Todo pasa...

Ni una hoja Susurraba; No se oía Una pisada; Todo mudo, Todo en sueños, Menos tú y yo -¡Cuál me agito Al unir las dos palabras! Menos tú y yo... De repente Todo cambia. ¡Oh, el parque de los misterios! ¡Oh, la región encantada!

Todo se apaga y extingue Menos tus hondas miradas. ¡Tus dos ojos donde arde tu alma! Y sólo veo entre sombras Aquellos ojos brillantes, ¡Oh mi amada! ¿Qué tristezas irreales, Qué tristezas extrahumanas! La luz tibia de esos ojos Leyendas de amor relata. ¡Qué misteriosos dolores, Qué sublimes esperanzas, Qué mudas renunciaciones Expresan aquellos ojos que en la sombra

Todo, todo, Todo cambia. De la luna la luz límpida La luz de perla se apaga. El perfume de las rosas Muere en las dormidas auras. Los senderos se oscurecen. Expiran las violas castas. 16

17


Edgar Allan Poe

Cuentos Macabros

Fijan en mí su mirada! Noche oscura. Ya Diana Entre turbios nubarrones, Lentamente, Hundió la faz plateada, Y tú sola En medio de la avenida, Te deslizas Irreal, mística y blanca, Te deslizas y te alejas incorpórea Cual fantasma. Sólo flotan tus miradas. ¡Sólo tus ojos perennes, Tus ojos de honda mirada Fijos quedan en mi alma!

Mirándome fijamente Con sus místicas miradas. Misteriosas, divinales Me persiguen sus miradas Como dos estrellas fijas, Como dos estrellas tristes, ¡Como dos estrellas blancas!

A través de los espacios y los tiempos, Marcan, Marcan mi sendero Y no me dejan Cual me dejó la esperanza. Van siguiéndome, siguiéndome Como dos estrellas cándidas; Cual fijas estrellas dobles En los cielos apareadas En la noche solitaria. Ellos solos purifican Mi alma toda con sus rayos Y mi corazón abrasan, Y me prosterno ante ellos Con adoración extática, Y en el día No se ocultan Cual se ocultó mi esperanza. De todas partes me siguen 18

19


Edgar Allan Poe

Cuentos Macabros

Espíritus de la noche Tu alma, en la tumba de piedra gris Estará a solas con sus tristes pensamientos. Ningún ser humano te expiará A la hora de tu secreto. ¡Permanece callado en esa soledad! No estás completamente abandonado: Los espíritus de la muerte en la vida te buscan Y en la muerte te rodean. Te cubrirán de sombras, ¡permanece callado! La noche, primero tan clara, luego se oscurecerá Y las estrellas no mirarán más la tierra Desde sus altísimos tronos en el cielo, Con su luz de esperanza para los mortales. Pero sus globos rojos apagados, En tu hastío, tendrán la forma De un incendio y de una fiebre Que te poseerán para siempre. De tu espíritu no podrás desterrar las visiones, Que ahora no serán rocío sobre la hierba. La brisa, aliento de Dios, es silenciosa, Y la niebla sobre la colina, Oscura, muy oscura, pero inmaculada, Es un símbolo y una señal. ¡Cómo se extiende sobre los árboles El misterio de los misterios!

20

Leonora ¡El vaso se hizo trizas! Desapareció su esencia ¡Se fue, se fue! ¡Se fue, se fue! Doblad, doblad campanas, con ecos plañideros, Que un alma inmaculada de Estigia en los linderos Flotar se ve. Y tú, Guy de Vere, ¿qué hiciste de tus lágrimas? ¡Ah, déjalas correr! Mira, el angosto féretro encierra a tu Leonora; Escucha los cantos fúnebres que entona el fraile; Ahora ven a su lado, ven. Antífonas salmodien a la que un noble cetro Fue digna de regir; Un ronco “De Profundis” a la que yace inerte, Que con morir, Indignos, los que amabais en ella solamente Las formas de mujer Pues su altivez nativa os imponía tanto, Dejasteis que muriera, cuando el fatal quebranto Se posó sobre su sien. ¿Quién abre los rituales? ¿Quién va a cantar el réquiem? Quiero saberlo, ¿quien? ¿Vosotros, miserables de lengua ponzoñosa Y ojos de basilisco? ¡Matasteis a la hermosa, Que tan hermosa fue! ¿Peccavimus cantasteis? Cantasteis en mala hora, El Sabbath entonad; Que su solemne acento suba al excelso trono Como un sollozo amargo que no suscite encono En la que duerme en paz. 21


Edgar Allan Poe

Cuentos Macabros

¡El vaso se hizo trizas! Desapareció su esencia ¡Se fue, se fue! ¡Se fue, se fue! Doblad, doblad campanas, con ecos plañideros, Que un alma inmaculada de Estigia en los linderos Flotar se ve. Y tú, Guy de Vere, ¿qué hiciste de tus lágrimas? ¡Ah, déjalas correr! Mira, el angosto féretro encierra a tu Leonora; Escucha los cantos fúnebres que entona el fraile; Ahora ven a su lado, ven. Antífonas salmodien a la que un noble cetro Fue digna de regir; Un ronco “De Profundis” a la que yace inerte, Que con morir, Indignos, los que amabais en ella solamente Las formas de mujer Pues su altivez nativa os imponía tanto, Dejasteis que muriera, cuando el fatal quebranto Se posó sobre su sien.

Ella, la gracia misma ahora reposa En rígida quietud; en sus cabellos Hay vida aún; mas en sus ojos bellos ¡No hay vida, no, no, no! ¡Atrás! Mi corazón late deprisa Y en alegre compás. ¡Atrás!, no quiero Cantar el “De Profundis” absurdo, Porque es inútil ya. Tenderé el vuelo y al celeste espacio Me lanzaré en su noble compañía. ¡Voy contigo, alma mía, sí, alma mía! Y un peán te cantaré! ¡Silencio las campanas! Sus ecos plañideros Acaso le hagan mal. No turben con sus voces la pureza de un alma Que vaga sobre el mundo con misteriosa calma Y en plena libertad.

¿Quién abre los rituales? ¿Quién va a cantar el réquiem? Quiero saberlo, ¿quien? ¿Vosotros, miserables de lengua ponzoñosa Y ojos de basilisco? ¡Matasteis a la hermosa, Que tan hermosa fue!

Respeto para el alma que los terrenos lazos Triunfante desató; Que ahora luminosa flotando en el abismo Ve a amigos y contrarios; que del infierno mismo Al cielo se lanzó.

¿Peccavimus cantasteis? Cantasteis en mala hora, El Sabbath entonad; Que su solemne acento suba al excelso trono Como un sollozo amargo que no suscite encono En la que duerme en paz.

Si el vaso se hace trizas, su eterna esencia libre ¡Se va, se va! ¡Callad, callad campanas de acentos plañideros, Que su alma inmaculada en el cielo Tocando está!

Ella, la hermosa, la gentil Leonora, Emprendió el vuelo en su primera aurora; Ella, tu novia, en soledad profunda ¡Huérfano te dejó! 22

23


Edgar Allan Poe

Te vi una vez, una sola Te vi una vez, una sola Te vi una vez, una sola, años atrás; No diré cuántos, aunque no fueron muchos. Fue en julio, a medianoche, la luna llena, Elevándose como si fuera tu alma, se abría, Rauda, camino cielo arriba. De su halo, Una sedosa llovizna de luz plateada Caía tibia, soñolienta y suavemente Sobre los rostros vueltos de las mil rosas De un jardín encantado que la brisa Sólo osaba visitar de puntillas; Caía sobre los rostros vueltos de esas rosas Que, a cambio de la amorosa luz, se desprendían, En un éxtasis final, de sus almas llenas de aroma; Caía sobre los rostros vueltos de las rosas Que, embelesadas por ti y por la poesía De tu presencia, morían con una sonrisa. Toda vestida de blanco, te vi reclinada a medias Sobre un lecho de violetas; la luna, entretanto, Bañaba los rostros vueltos de las rosas y el tuyo, Vuelto también, aunque con aflicción, hacia ella. ¿Acaso fue el destino -ese destino que a menudo Solemos llamar aflicción- quien, esa medianoche de julio, Me retuvo junto al portal del jardín para que oliera El incienso que desprendían las rosas? No había eco De pisada alguna: el mundo odiado dormía; todos Salvo tú y yo. -¡Oh cielos! ¡Oh Dios! Cómo sublevan, Al juntarse, esas dos palabras mi corazón-. Todos Salvo tú y yo. Me detuve, eché una mirada Y de pronto todas las cosas se esfumaron -Aquel era un jardín encantado, ¿recuerdas?-. El resplandor perlado de la luna se disipó; Los bancos mohosos y los sinuosos senderos, 24

Cuentos Macabros Te vi una vez, una sola Te vi una vez, una sola, años atrás; No diré cuántos, aunque no fueron muchos. Fue en julio, a medianoche, la luna llena, Elevándose como si fuera tu alma, se abría, Rauda, camino cielo arriba. De su halo, Una sedosa llovizna de luz plateada Caía tibia, soñolienta y suavemente Sobre los rostros vueltos de las mil rosas De un jardín encantado que la brisa Sólo osaba visitar de puntillas; Caía sobre los rostros vueltos de esas rosas Que, a cambio de la amorosa luz, se desprendían, En un éxtasis final, de sus almas llenas de aroma; Caía sobre los rostros vueltos de las rosas Que, embelesadas por ti y por la poesía De tu presencia, morían con una sonrisa. Toda vestida de blanco, te vi reclinada a medias Sobre un lecho de violetas; la luna, entretanto, Bañaba los rostros vueltos de las rosas y el tuyo, Vuelto también, aunque con aflicción, hacia ella. ¿Acaso fue el destino -ese destino que a menudo Solemos llamar aflicción- quien, esa medianoche de julio, Me retuvo junto al portal del jardín para que oliera El incienso que desprendían las rosas? No había eco De pisada alguna: el mundo odiado dormía; todos Salvo tú y yo. -¡Oh cielos! ¡Oh Dios! Cómo sublevan, Al juntarse, esas dos palabras mi corazón-. Todos Salvo tú y yo. Me detuve, eché una mirada Y de pronto todas las cosas se esfumaron -Aquel era un jardín encantado, ¿recuerdas?-. El resplandor perlado de la luna se disipó; Los bancos mohosos y los sinuosos senderos, Las flores alegres y los árboles vencidos Cesaron de existir; incluso el aroma de las rosas Sucumbió en brazos del aire adorable. Todo 25


Edgar Allan Poe

Cuentos Macabros

Todo expiró menos tú, todo salvo tú: Salvo la luz divina de tus ojos, Salvo el alma de tus ojos elevados. Sólo a ellos vi, para mí fueron el mundo. Sólo a ellos vi, sólo a ellos durante horas. Sólo a ellos mientras brilló la luna. ¡Qué historias lastimosas parecían encerrar Esas celestiales y cristalinas esferas! ¡Qué oscura congoja! ¡Qué sublime esperanza! ¡Qué mar de orgullo silencioso y sereno! ¡Qué osada ambición! ¡Y qué profunda, Qué insondable capacidad para amar! Pero al fin la noble Diana se retiró Hacia su lecho occidental lleno de negras nubes; Y tú, un fantasma, te escabulliste también Por la arboleda sepulcral. Sólo tus ojos permanecieron; No deseaban irse: aún no se han ido. Aquella noche Iluminaron mi solitario regreso a casa y, desde entonces, Al contrario que mis esperanzas, no me abandonan. Siempre me siguen, me han guiado a través del tiempo; Son mis ministros, yo soy su esclavo. Su cometido Es iluminar y dar tibieza; mi deber Es ser salvado por su brillante luz, Purificado por su ardor electrizante, Santificado por su fuego puro. Tus ojos llenan de belleza y esperanza mi alma Y titilan, lejanos, en el firmamento. Son las estrellas Ante las que me postro en las vigilias solitarias; Mas en la diáfana claridad del día también los veo: ¡Son dos dulces luceros del alba que centellean Sin que el sol pueda extinguirlos!

26

País de hadas Valles de sombra y aguas apagadas Y bosques como nubes, Que ocultan su contorno En un fluir de lágrimas. Allí crecen y menguan unas enormes lunas, Una vez y otra vez, a cada instante, En canto que la noche se desliza, Y avanzan siempre, inquietas, Y apagan el temblor de los luceros Con el aliento de su rostro blanco. Cuando el reloj lunar señala medianoche, Una luna más fina y transparente Desciende, poco a poco, Ccon el centro en la cumbre De una sierra elevada, Y de su vasto disco Se deslizan los velos dulcemente Sobre aldeas y estancias, Por doquier; sobre extrañas Florestas, sobre el mar Y sobre los espíritus que vuelan Y las cosas dormidas: Y todo lo sepultan En un gran laberinto luminoso. ¡Ah, entonces! ¡Qué profunda Es la pasión que ponen en su sueño! Despiertan con el día, Y sus lienzos de luna Se ciernen ya en el cielo, Con inquietas borrascas, Y a todo se parecen: más que nada Semejan un albatros amarillo. 27


Edgar Allan Poe

Cuentos Macabros

Y aquella luna no les sirve nunca Para lo mismo: en tienda Se trocará otra vez, extravagante.

Las campanas

Pero ya sus pedazos pequeñitos Se tornan leve lluvia, y aquellas mariposas de la Tierra Que vuelan, afanosas del celaje, Y bajan nuevamente, Sin contentarse nunca, Nos traen una muestra, Prendida de sus alas temblorosas

I ¡Escuchad el tintineo! La sonata del trineo Con cascabeles de plata ¡Qué alegría tan jocunda nos inunda al escuchar La errabunda melodía de su agudo tintinear! ¡Es como una epifanía, En la ruda racha fría, La ligera melodía! ¡Cómo fulgen los luceros!, ¡Verdaderos reverberos!, Con idéntica armonía A la clara melodía Cintilando, cintilando, cintilando, ¡Cómo los cascabeles Van sonando! Y en un mismo son, son único Que iguala un ritmo rúnico, Los luceros siguen fieles Cascabeles, cascabeles, cascabeles El son de los cascabeles, Cascabeles, cascabeles, cascabeles Cascabeles, ¡El son grato, que a rebato, surge en los cascabeles! II

28

Escuchar el almo coro Sonoro Que hacen las campanas todas, ¡Son las campanadas de oro De las bodas! ¡Oh, qué dicha tan profunda nos inunda al escuchar 29


Edgar Allan Poe

Cuentos Macabros

La errabunda melodía de su claro repicar! ¡Cómo revuela al desaire Esta música en el aire! ¡Cómo a su feliz murmullo Sonoro, Con sus claras notas de oro, Se aúna la tórtola con su arrullo, Bajo la luz de la luna! ¡Qué armonía Se vacía De la alegre sinfonía De este día! ¡Cómo brota Cada nota!, Fervorosamente, dice La felicidad remota Que predice. Y a la voz de una campana, siguen las de sus hermanas Las campanas, Las campanas, las campanas, las campanas, las campanas, Las campanas, las campanas, las campanas, En sonoro ritmo de oro, de almo coro, ¡las campanas! III

¡Oíd cuál suena el bordón! El bordón De son bronco Que pone en el corazón El espanto con su son, Con su son de bronce, ronco. ¡Qué tristeza tan profunda nos apresa al escuchar Cómo reza, gemebunda, la fiereza del llamar! Cómo su son taciturno, En el silencio nocturno Es grito desesperado Que no es casi pronunciado ¡De aterrado! Grito de espanto ante el fuego 30

Y agudo alarido luego, Es un clamor que se extiende, Que el espacio ronco hiende Y que llama, Que defiende Y que clama, clama, clama, Que clama pidiendo auxilio En tanto que ve el exilio De aquellos que el fuego, ciego y arrollador, empobrecen Y el fuego que ataca y crece, Mientras se oye el ronco son, El somatén del bordón, Del bordón, bordón, bordón ¡Del bordón! ¡Cómo el alma se desgarra Cuando el son del bordón narra La aflicción De aquellos que arruina el fuego! Y, cómo nos dice luego Los progresos que hace el fuego, Que va a tientas como ciego. El somatén del bordón, ¡Que es toda una narración! ¡Oh, la tempestad de ira En la que el bordón delira Y en que convulso delira! El alma escucha anhelante La queja que da el bordón Con su son. El bordón que da su son, El bordón, bordón, bordón, ¡El bordón! Que es toda una narración el somatén del bordón Del bordón, del bordón, del bordón Del bordón, del bordón, del bordón ¡Del bordón! El grito ante el infinito, cual proscrito, ¡del bordón! 31


Edgar Allan Poe IV ¡Escuchad cómo la esquila, Cómo el esquilón de hierro, Llama con voz que vacila Al entierro! Qué meditación profunda nos inunda al escuchar La errabunda y gemebunda melodía del sonar ¡Cómo llena de pavura Su son en la noche obscura! ¡Cómo un estremecimiento Nos recorre el pensamiento Que provoca su lamento! Cuando sueña La grave esquila de hierro, con su lúgubre toquido, Con su lúgubre toquido que la medianoche llena, ¡Es que las almas en pena Se han reunido! ¡Oh, la danza Al son que toda la esquila, En una noche intranquila, Su tijera de luz lila, Tocando en visión del Juicio la noche sin esperanza! Entonces ya no vacila La grave voz de la esquila, De la esquila, de la esquila, de la esquila, De la esquila, de la esquila, Sino que suena furiosa Con su voz cavernosa, Y, en un mismo son, son único Que iguala un ritmo rúnico, Algún ronco rayo truena Y se alumbra con relámpagos la noche sin esperanza, Mientras las almas en pena Giran, giran su danza Bajo la triste luz lila. De la esquila, de la esquila. 32


Cuentos Macabros Edgar Allan Poe nace en Boston (EE.UU) el 19 de enero de 1809, fue un escritor y poeta norteamericano que se caracterizó por realizar cuentos y relatos cortos. Poe fue el renovador de la novela gótica y el inventor del relato detectivesco. Murió el 7 de octubre de 1849, en la ciudad de Baltimore, cuando contaba apenas cuarenta años de edad. La causa exacta de su muerte nunca fue aclarada. Se atribuyó al alcohol, a congestión cerebral, cólera, drogas, fallo cardíaco, rabia, suicidio, tuberculosis y otras causas. En Cuentos Macabros se realiza una selección de los mejores poemas y cuentos cortos que realizó Edgar Allan Poe, resaltando la importancia que tiene este escritor literario del siglo XIX quien revoluciono la novela gótica.


Edgar Allan Poe