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Bailarines y chinchorros Camilo RodrĂ­guez Chaverri


“Yo soy gran amigo del desorden. Por eso hago tantas migas con los poetas”. (Dicho por Germán Valdez, “Tin Tan”, dentro del guión de una película)


BAILAR LA VIDA Bailo dos o tres veces por semana desde que soy mayor de edad, es decir, desde hace década y media. Bailar es casi el único ejercicio que practico. Soy un joven que lleva por dentro a un viejo que baila. Quiero decir, me gustan mucho los ritmos de mis padres o mis abuelos, como el bolero, el cha cha cha, el paso doble, y muy poco el reguetón, el dance hall, el pop, y los ritmos por el estilo, que vienen saliendo del cascarón. Me siento a gusto bailando con el grupo Komején, en los salones comunales de Guápiles; con el grupo Los Pachangueros, en Viejillo`s Bar, Sarchí; con los grupos de cumbia en Rancho Azul, en Birrisito, Paraíso, y en El Barril, en La Lima de Cartago; en Castro`s, en El Tobogán y en Casa Zeller, en la capital; en Comalitos de Guápiles; en el Salón Italia, en Santa Lucía de Barva, o en el Típico Latino, en Heredia. Amo el baile. Lo amo tanto como el periodismo y la poesía. Esas son mis tres grandes pasiones. Tengo el corazón partido en tres. Aquí celebro el baile, con todo lo que hay de poesía en cada ritmo, en cada movimiento, en el contacto de dos seres que son una sola criatura por la música… En el programa “Bailando por un sueño”, se me permitió un curso intensivo de baile, y el espacio para observar como periodista y para celebrar como poeta. El baile es juego, y por eso nos ayuda a conservar al niño de adentro. Soy al baile, lo que los mejengueros son al futbol: un vulgar aficionado, que ama el juego por sobre todos los subterfugios, por encima de todas las reglas y los convencionalismos. Cargo muchas camisas en mi carro para ponerme a bailar donde se arme la fiesta. Me cambio la camisa a cada rato, para no incomodar a las damas con mi transpiración, y listo. Me pasa en el baile, lo que le pasa a unos niños uruguayos con el futbol, como lo narra ese gran poeta, cuentista, periodista que es Eduardo Galeano: venían de una mejenga, subidos en un carro, y coreaban, “ganamos, perdimos, igual nos divertimos”. El baile es juego y es diversión. Por eso es tan antiguo como el ser humano. Tan antiguo como el universo. Su origen está en la materia. No muere. Se transforma. Y goza siempre de muy buena salud. Hace unos años, Maya, mi abuelita, estaba en una playa, y una señora cubana le dijo que se apuntara en un baile que armaron sobre la arena. Maya se volvió y le dijo, “¡nooombre!, ¿no ve que estoy muy vieja?”. La señora le respondió, “no, chica, viejo está el mar, ¡y mira cómo se mueve!” Camilo Rodríguez Chaverri Periodista y escritor


I PARTE

Bailar la poesía “Bailar es escribir poesía con los pies”.

Joaquín Sabina


1 Cuando los pies bailan, van dejando poemas en las huellas. En el un dos tres cuatro de muchos ritmos, van quedando, impresas en el aire, fuerza, armonía y magia… Igual que en todos los amaneceres, que son distintos y bellos, aunque siempre sean en el mismo instante, como un solo chispazo cósmico. Bailan las estrellas con la luna, aunque siempre venga con el mismo vestido. El baile es la suma de las maravillas en movimiento. Todo, alrededor, está verde y vivo cuando baila el cielo.

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2 Los árboles sienten placer cuando los mece el viento. El placer no pierde fuerza el día anterior a la tormenta. Los árboles pueden estar dolidos, pero Dios sopla en el horizonte y ellos se estremecen de gozo. La magia de sus ramas está en moverse. Eso ocurre cuando bailamos. No hay cansancio que pueda con este contagio de luz.

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3 Se acaba el tiempo cuando bailamos. El espacio se adueĂąa de las horas. En medio de un merengue, los pies nos dan cuenta de que podemos vencer a la muerte. Me pueden desprender del pellejo, del pan, de la memoria, pero a mĂ­ nadie me quita lo bailado.

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4 “Somos dos por error que la noche corrige”.

Eduardo Galeano

Éramos una sola criatura. Algún ángel ingrato nos partió en dos. Ocurrió mientras dormíamos, antes del inicio de todos los tiempos. Fuimos un solo ser cuando no había relojes. Dios, que habla cantando, nos dejó encontrarnos. Somos dos mitades de una sola canción. Un bolero se encargó de juntarnos. Una noche de baile corrigió el error.

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5 El mar es mágico porque baila. Con el bamboleo del agua nace la música del dios azul de los océanos. El mar le debe su belleza a la ola. Hasta las ostras esconden su palpitar de sirenas. Y en una concha de la playa queda la señal, la prueba de la existencia de la orquesta que puso Dios en sus entrañas.

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6 ¿Primero fue el verbo? No, primero fue el ritmo. La primera forma de decir algo que tiene el ser humano está en el tic tac de su corazón. La primera manera de escuchar es a través del palpitar de su madre. Bailamos desde el vientre. Ahí conocemos la música.

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7 El bolero es el poema que se deja pintado en el piso. Los pies le roban protagonismo a las manos. Hasta Dios nos envidia en un bolero. Él quisiera dejar botado el cielo para ponerse a bailar. Al movernos, rompemos las fronteras con el paraíso. En pareja, abrazados, con mis ojos inundados por los tuyos, bailamos un bolero sobre una nube, y con cada paso pintamos una estrella. Un bolero nos pone en el cielo. Bailar es la gloria de la que tanto nos han hablado. La promesa de la vida eterna está condensada, expresada magistralmente, en la música. Bailar es decirle a Dios “muchas gracias”.

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8 Danza en mí la sangre y lleva el ritmo por todo mi cuerpo. Hay un baile de órganos, un carnaval en medio de mis silencios. Aquí adentro todo se mueve al compás del son con que respiro. Cuando se acabe esta fiesta de moverse, cuando ya no haya pachanga, entonces vendrá el final. Bailar es existir. Bailar es burlarse del infierno.

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9 Bailar es lanzarle una llama viva a Dios. Bailar es recordarnos que al principio fuimos uno, un solo ser el universo, antes de Adรกn y de Eva, cuando la carne era un solo movimiento.

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10 Cuando alguien baila solo, aunque sobre el escenario, el cielo se detiene. Cuando bailan dos, cuando tratan de contagiarse de piel, en pareja, hasta el viento los mira. Por primera vez, el aire se siente solo.

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11 Bailar es ponerse ĂĄngeles sobre los zapatos. Cuando bailamos, aparecen las alas en las esquinas del salĂłn. Bailar es una fiesta para todos los rincones del cuerpo. El piso se mueve. TambiĂŠn quiere bailar. La madera se estremece de las ganas. Todos los elementos quisieran tener piel y piernas. Y en cada paso, vamos dejando ojos pendientes. Desde abajo, los ĂĄngeles nos miran. Es otra manera que tienen de estar en el cielo.

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12 El sol sabe bailar. Prefiere los ritmos lentos, como yo. Danza de lejos con las demĂĄs estrellas. Se ven. Se sienten. Se tocan con las puntas de sus llamas. Lo hacen con gracia porque bailan. Es la manera que tienen para hacerse el amor. No dejan de hacerlo ni cuando duermen. Por eso es que la vida todos los dĂ­as es un milagro nuevo. Por eso es que no se ha terminado el mundo. Bailar le marca el destino a las estrellas.

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13 Al bailar, los negros son ángeles quemados por envidia de los otros ángeles. Alzan un brazo y parece que toda la fuerza del planeta los acompañara. Mueven las caderas y parece que fuera Dios quien los moviera. Hay un sol enterrado o escondido. Se viene de un inframundo en la mano de cada negro cuando baila. Si me apuntaran en este momento, con su dedo lanzado hacia mí, tanta energía podría quemarme. La mano de un negro cuando baila tiene luz. Tienen fuego en los dedos. Como si fueran magos, abren los dedos y se desprenden los rayos. Como de la Virgen María o del Sagrado Corazón de Jesús, en las imágenes religiosas. A los negros y las negras, el calor les viene de adentro. La música lo descubrió. Son sus hijos predilectos. La diosa de los sonidos los adora.

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14 El bolero es el amor cuando sale a bailar con su vestido de luces. El bolero es el abrazo que se puede mover. Es la única manera en que un beso sabe a cuerpo. Al bailar bolero, tenemos labios en los dedos, y la boca quiere expresarse por toda la extensión de nuestra existencia. Quisiéramos ser labios en todo el mapa de lo que somos. Somos cien bocas, doscientos labios, cuando bailamos bolero.

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15 Si el poema tuviera piernas, bailaría bolero. Si la poesía pudiera bautizarse a sí misma, si pudiera ponerse un nombre propio, y si fuera hombre, y no mujer, que es lo que es, bolero sería su nombre entre todos los nombres, su manera de llamarse en el universo.

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16 Ni una nube, atravesada tantas veces por el cuchillo frío y feliz que llevan los pájaros en su vuelo, puede sentir el placer que siente el piso, por cuya piel curtida se deslizan los zapatos, en cuya superficie marcan su territorio los bailarines. Con cada ritmo queda un mapa nuevo, como si fuera que cada forma de bailar tuviera un código de estrellas recién amanecidas.

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17 Un escenario rayado por los pies de los bailarines es un dibujo. Queda impresa en el rostro pĂĄlido o brillante de cada piso la mejor huella del entusiasmo. Es el recuerdo de la fiesta de dos. Es el despliegue hecho objeto, el baile expresado en una firma, por los pies, donde los cuerpos de dos, bajo la lluvia de la mĂşsica, se amaron y fueron uno.

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18 El amor se hace verbo cuando bailamos. La pasión es danza, antes, durante y después de todo. Al hacer el amor, bailamos con dos cuerpos, danzamos con dos pieles que son una sola por la armonía del movimiento. Ni siquiera las danzas más violentas, más fuertes, más despampanantes, acaban con la armonía. Sobre la cama, somos como ángeles que bailan, como duendes que saltan felices, como seres del más allá que nunca mueren de tanto gusto con que viven. Después del baile, como del amor, como del gozo, quedamos exhaustos, como si una nave de felicidad y de plenitud nos hubiera pasado por encima.

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19 El tango permite que los pies conversen y que los cuerpos se digan palabras prohibidas. Mientras tanto, la pasión actúa en silencio. Es un río que se mete por los brazos y por las piernas. Al iniciar el ritual de un tango, somos dos ríos que se quieren juntar. Al final del baile, somos el mar.

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20 Mi gloria está en tu cuerpo. Sos un paraíso. La ruta del tesoro me la dictó la música. El baile fue el único vehículo posible.

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21 El swing criollo es un baile que sale de la tierra. Una hormiga sube del piso en cada paso y explota en fuego en las rodillas. La llama sale por los brazos. El salĂłn es de madera, bajo de techo, humilde y sencillo. Hay que tener el cuidado de no permitir que se incendie.  

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22 Si los pueblos tienen sabor, el m铆o sabe a swing criollo. El swing criollo naci贸 en los chinchorros urbanos de Costa Rica. Tomaron la cumbia y le inyectaron electricidad. La corriente viene por la tierra. Por eso, aunque surgi贸 a partir del swing de las grandes bandas, lo fuimos poniendo abajo. Parece como si nos conectaran cada vez que ponemos un pie en el suelo. El planeta palpita por nosotros con cada paso, con cada brinco, como si prolongara su ser en nosotros.

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23 Cuando los pies tartamudean, bailamos cha cha cha. Al tartamudear, van dejando un paisaje, como cuando un avión va formando puntos suspensivos entre las nubes. Un duende baila en cada quien cuando llega a los pies el armonioso tartamudeo. Alguien confundió al duende con un marciano… Así, un salón de baile es una invasión de enanos azules… Y todo por culpa del tartamudeo de zapatos. Mientras escribo, veo animalitos azules que entran por las ventanas. No me queda más remedio. Lo admito. Los marcianos llegaron ya, y llegaron bailando cha cha cha.

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24 El baile es el misterio con piel, la magia con sus muchos rostros… En el baile van tus manos y mis manos, dos manos construidas a partir de la unión de las tuyas y las mías. El cuerpo entero va en la música. El baile es un organismo nacido del tuyo y el mío. La entera existencia, tu existencia y la mía, tus ojos y los míos. En el baile, nuestros ojos ven solamente si estamos conectados. De lo contrario, el cuerpo entero está ciego.

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II PARTE

Bailarines y chinchorros


1 En los bailes que organizan en los parques, principalmente en Heredia y en Alajuela, uno encuentra bailarines que nunca están en los salones populosos, en los centros urbanos de baile. Son señores de 70 a 90 años. Por lo general, son delgados, bajitos, menuditos. Parecen tan vulnerables y frágiles que el viento podría quebrarlos, partirlos en mil pedazos… Pero cuando arranca la música de la Orquesta de Lubín Barahona, son poseídos por el dios de la juventud, que corre por las venas del baile y todos dejan postrados a los años. Son de nuevo ágiles, fuertes, graciosos, pícaros, coquetos y atrevidos. Con el baile, ellos también se burlan del tiempo, la edad y la vejez.

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2 El novelista chileno José Donoso escribió una bellísima novela corta llamada “El lugar sin límites”. Es una historia que ocurre en un prostíbulo. Pienso en esa obra cuando estudio el baile popular. La forma de bailar se crea, se moldea y se refina en los arrabales y en los burdeles. Sobran los ejemplos, desde el tango hasta nuestro swing criollo. Para mí, el lugar sin límites es Castro´s, un salón de baile ubicado en Barrio México, San José. En Castro´s termina el baile en nuestra capital. Ahí desemboca la noche. Vaya donde vaya a bailar, si no he aplacado la fiebre, si me quedan arrestos, la cura la encuentro en ese lugar, que le besa la mano al amanecer, rendido a sus pies, exhausto de fiesta. Ahí destilo las últimas gotas de gusto antes de quedar ebrio de gozo, feliz por la locura de gastar todas las energías posibles bailando. Sólo me queda fuerza para manejar hasta mi apartamento. En Castro´s dejo hasta el último poquito de energía para bailar.

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3 Manzanita baila los jueves en el rancho “El Trapiche”, en La Uruca. Es taxista pirata. Se da un recreo en la mitad de la noche para echarse a pista. Lleva camiseta de tirantes, y encima una camisa muy larga, faldas por fuera, una camisa que le llega por la rodilla. Hay unos cuantos pasos que sólo él sabe hacer. Son suyos. No hay criatura sobre la tierra que baile igual. No hay mujer que se resista a sus pasos. En “El Trapiche”, Manzanita es el rey. Luego de desplegar su talento y su ingenio en el salón, sale en silencio, sin hacer alarde… Se sabe victorioso, sin rival posible. Va rumbo a las calles de la noche. Quien se sube a su carrito no sabe que lo lleva la máxima autoridad del cha cha cha y el mambo en los salones de Costa Rica.

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4 Jorge “El Negro” Calderón tiene 80 años. Todavía se le ve bailando en salones como El Tobogán y Casa Zeller. Es el autor, el padre, el pionero de una forma de bailar bolero contagiándolo con el tango. Mueve las piernas y en cada rasgo se puede sentir la nostalgia. Baila como llorando un amor con los pies. Sin embargo, su rostro lo celebra. El escritor argentino Jorge Luis Borges le diría que se ríe del amor que muere, y que hay cierta dignidad que sólo tienen los vencidos. Cuando baila “El Negro”, está bailando, en medio de la pista, la mismísima dignidad. Tiene más de medio siglo de dictar cátedra en los salones. Todavía no hay quien lo supere. Nadie le pone un zapato encima. Padece de dolores en la cadera y en una pierna. El dolor le provoca tremendos estremecimientos. Pero eso no lo detiene. Como él dice, para los dolores se inventaron las inyecciones. Va a una farmacia, le aplican “voltarén”, y al hombre se le olvida el dolor. Así, “El Negro” se va en bus camino a un salón de baile. Al día siguiente, el cuerpo le pasa la factura, pero a él tampoco le importa mucho. Lo que baila es lo que vive. El resto del tiempo, respira para no morir. Sobrevive. Tuvo un estudio fotográfico. Había coleccionado fotos de él con una gran cantidad de muchachas en una innumerable lista de salones. Casi todos esos salones sólo existen ahora en

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los recuerdos. Un mal día, un incendio acabó con su estudio fotográfico y con su colección de fotos. Ahora vive en Heredia. Tiene que tomar hasta tres buses para llegar a los salones de baile. De madrugada, a veces bajo la lluvia, armado con un paraguas, pasa a comprar La Extra y espera cada bus en una estación de calle, en una esquinita. Ahí, cuando la soledad vuelve a su lado, va el más legendario bailarín costarricense de todos los tiempos, el único cuyo trono no tiene heredero posible.

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5 Cuando toca la Orquesta de Lubín Barahona y los Caballeros del Ritmo, se devuelve el tiempo y la música nos pone a bailar medio siglo atrás en los calendarios. De nada sirven los cambios en los paisajes. Poco importa si el lugar se ha transformado o si hay más gente o menos gente. Con el pasado también llega Topo Yiyo, con la playa y las palmeras estampadas en su guayabera. Mide poco más de metro y medio, pero cuando se mueve, se va haciendo grande, grandote, grandísimo. Empieza la música, y parece que un tsunami llegó a la playa de su camisa. En su espalda, la camisa tiene flores, mariposas o lapas, y se retuercen ante el meneo de Topo Yiyo, quien de un momento a otro abandona la cordura, se tira al piso y se mueve como poseído por un espíritu fiestero, que no quiere dejar este lado de la vida, y que se burla de la muerte. Es un espíritu de luz. Todo el salón detiene el baile para presenciar la lucha de Topo Yiyo con todos los dioses que pueblan su cuerpo cuando su espalda besa el piso mientras él permanece de rodillas. De día, puede pasar por pulpero, por contador, por tráfico… Puede ser lo que sea, alguien indeterminable en cualquier esquina. No importa. De noche, en cualquier rincón de Costa Rica, mientras toca La Orquesta de Lubín Barahona y Los Caballeros del Ritmo, él es un enviado de Dios.

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6 Ella llega a los bailes de marimba de los parques de San José. Lleva enagua de colores, blusa al cuerpo, escotada, muchos anillos plásticos o de fantasía, muchas pulseras como las que usan las niñas, y todo el colorete que le cabe en sus mejillas. Ella no sabe que tiene 80 años encima. La verdad es que, cuando baila, no los tiene. Sigue teniendo 20 años. Ya tiene sesenta años de tener 20. Sabe que todos los señores, chanceros, cuida-carros, lustrabotas, harán fila para bailar con ella. En su cuerpo viven la cumbia y el bolero más cómodos que en cualquier otro sitio. Su cadera es el sitio predilecto de las canciones de la marimba, y también las de Ray Tico, de Gilberto Hernández y de Ricardo Mora. Ella los inmortaliza encima de sus zapatos viejos, pero bien lustrados; sus viejos zapatos de bailar, parecidos a unas chancletas, y su enagua remendada, sin una sola arruga y que brilla de limpia. Cuando la ven bailando, hasta los hombres de las esculturas y las estatuas de los parques tienen picazón en los pies de las ganas de bailar con ella.

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7 Los viernes iba a bailar con Paco Navarrete. Algo tenía él, algo mágico, místico, misterioso, que hacía que la música saliera con un color y un sabor inconfundibles. Bailar cuando tocaba Paco Navarrete era una experiencia más sabrosa. Su sonrisa era un gran condimento. Siempre pienso en él cuando paso al frente del saloncito donde se presentaba. Paso por ahí y siento que algo se me desacomoda aquí adentro.

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8 Alguna vez, vi bailando al gran cantante Ray Tico, el bolerista más conocido de nuestra historia. Estaba en Jazz Café, en San Pedro de Montes de Oca. Su rostro destilaba gozo. Bailaba con los ojos cerrados, como si la música fuera una mujer que le transitara por adentro. Sólo así podía verla. Su sonrisa derramaba placer. Curiosamente, al bailar, seguía siendo el gran bolerista. Sus zapatos cantaban al moverse.

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9 La música se burla del tiempo cuando hay baile por las tardes en El Tobogán o en El Palenque Ojo de Agua. Las canciones de La Sonora Santanera, La Sonora Matancera o la Billos Caracas Boys ponen a las parejas en el mundo de sus recuerdos. La vida no es lo que uno vive, sino lo que uno recuerda. El baile también es una forma de volver a vivir, y de acomodar el pasado de acuerdo a los gustos de nuestra mente y de nuestro corazón. Si el tiempo es un río, al bailar música vieja, nadamos contra la corriente.

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10 Tiene 70 años. Iba los jueves al Rancho El Trapiche, en La Uruca. Ahí nos conocimos. Ama bailar cuando toca La Sonora Siguaray. Ahora lo veo en el Típico Latino. Llega en su automóvil, un Toyota Corolla año 89, bien cuidadito, como él. Los dos llegan relucientes. A él también parece que lo enceraron. Siempre llega solo. Viste pantalón y camisa de domingo. Para sus pies, todas las noches son noche de domingo, noche de baile. Tiene un itinerario riguroso y muy colorido. Por ejemplo, todos los lunes va a este salón herediano, el Típico Latino; los viernes a Casa Zeller, para bailar con La Orquesta La Solución; los sábados a un barcito de Belén, “donde se deja que uno baile apretado”, como dice él; los domingos por la tarde a El Palacio de la Salsa… Está divorciado. Sus hijos ya hicieron su vida. Es maestro pensionado. No toma licor ni fuma. Nunca lo ha hecho. Por el día, atiende necesidades de su casa, de un par de lotecitos que tiene, de su perro, de los gastos de su hijo más joven, hace filas, compra chances, lee el periódico, escucha programas deportivos por radio… De noche, vive. Su vida canta y baila en su pellejo bien cuidado. “Bailar es mejor que ir al gimnasio porque mientras se mueve el cuerpo, el alma canta”, me dice. La música es su novia. Aunque no es un genio bailando, se le notan los años de salón.

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Gallo viejo con el ala mata. Ninguna mujer se queja de su encanto. Su perfume las embriaga. Todas celebran sus gracias. Todas las noches, sus piernas sue単an al lado de las piernas de una mujer que ha tenido la dicha de llegar hasta sus brazos.

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11 Olla de carne se le dice, supuestamente con intención peyorativa, a los salones de baile cuya humildad y sencillez los hace prohibitivos para las clases altas. “Olla de carne” se le llama a Rancho Azul, en Birrisito de Paraíso de Cartago; a El Barril, en La Lima de Cartago; a Viejillo´s Bar en Sarchí, Valverde Vega… Es decir, a los mejores salones que conozco en las zonas rurales de Costa Rica. Si me dicen “Olla de carne”, eso es garantía de la maravillosa calidad del baile.

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12 Karymar era la capital del mundo para quienes amamos el swing criollo. Era un recinto que sintetizaba el sentido de la democracia en Costa Rica. Sobre la pista, de nada vale el dinero. Cada quien baila lo que baila. Y el swing criollo tenía ahí su más refinado sabor. Los miércoles, hasta daban clases de swing criollo. Aprender este baile es una experiencia profundamente costarricense. Deberían enseñar swing criollo en las escuelas y en los colegios. Deberían impartirlo como un baile nuestro, tan nuestro como el punto guanacasteco y el tambito, pero con una gran diferencia: está vivo, lo que significa que está en evolución constante. No es raro encontrarse de una semana a otra con grandes sorpresas de los bailarines de este ritmo tan nuestro, siempre reverdecido, siempre joven.

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13 La música es la ruta. El baile es el vehículo. Con una mujer en los brazos, bailar es adelantarse al tiempo y llegar al paraíso. No importa mucho lo demás. Igual da el cacharro de Roberto Carlos, o su cadillac. Tengo un tractor amarillo, y la Sonora Santanera me hace el favor de acabar con todas las diferencias.

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14 Sobre un escenario, se terminan las brechas entre ricos y pobres, no hay cómo hacer chanchullo… Bailando no se pueden esconder las trampas. Sobre la pista de baile, el piso nos pone a todos y a todas en el mismo nivel. El baile nos lleva a la utopía, a la fiesta como hermanamiento, al meneo como fórmula social de integración y de abrazo de todas las clases y de todas las generaciones. En la salsa están el mambo y el danzón; en el merengue viven el tango y el bolero (un merengue es un bolero que se olvidó de su destino y se aceleró por la vida); en el dance hall viven el calypso, el reggae, el hip hop y el chantón. El baile es el misterio, la magia con sus muchos rostros… En el bolero, en el tango, en el cha cha cha, en el paso doble, las manos, tus manos, tienen fuego e irradian pasión. La música es un río, y cada ritmo es un brazo, un canal, una rama viva, con ojos…

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15 Cada ritmo del baile refleja una cultura determinada, un micromundo, un universo exclusivo, y también un espacio subterráneo, intrínseco a sus condiciones. El swing criollo tiene una manera de encuadernar a la gente en una forma de vestir y de brincar, de sentir la tierra, y de despegarse del piso. El rock and roll tiene un abordaje del espacio y del contacto físico, como no se ve en ningún otro ritmo. Aunque nació con la misma música, el baile del swing nuestro es distinto al de la cumbia de Colombia. Pudo haber nacido con el feeling del swing de las grandes bandas, pero tampoco se parece a su padre natural. Hay mundos especialmente exclusivos en el baile, con una personalidad cultural muy acusada, distinta a las demás aunque se trata de ritmos hermanos. Cada ritmo es un cosmos. Ahí está el tango como ejemplo. El flamenco. Cuando uno sale a bailar, viaja por el espacio y por el tiempo. Bailar es encontrarse con culturas y enfrentarlas. Es poner a las culturas a convivir. De pronto está uno en los años 50 en Cuba; en los años 70 en Inglaterra; en los años 80 en Jamaica; a principios del siglo anterior en Argentina o en México.

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16 Bailar es el viaje al que todos y todas tienen acceso. Es el viaje en primera clase de las familias más modestas. Es el viaje en cazadora de los ricos y famosos. Bailar es vivir con todos y para todos. Bailar es hablar todos los idiomas con los pies y las manos. Bailar es la mejor manera de decir todo sin palabras. Nació con el génesis. Nació con Dios, en el principio de los tiempos… ¿Bailamos?


Bailarines y Chinchorros  

Libro de Poesía inspirado en el baile popular