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{mĂĄs cositas} muchos de los trabajos presentados aquĂ­ son ejercicios presentados en clase, y no trabajos para clientes reales*


Simple Nobleza & Calmada Grandeza fragmento de “ Los Elementos del Estilo tipográfico” por Robert Bringhurst.

Los diseños de las letras, cuando honran y aclaran lo que ven y dicen los seres humanos, merecen a su vez que se los honre. Palabras bien elegidas merecen letras bien elegidas; Y éstas a su vez merecen que se las componga con afecto, inteligencia, concimiento y con habilidad La tipografía es un eslabón y, por una cuestión de honor, cortesía y deleite, debería ser tan fuere como los demáseslabones de su cadena.

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Palabras bien elegidas merecen letras bien elegidas; Estas a su vez merecen que se las componga con afecto, inteligencia, conocimiento y habilidad.

Simple Nobleza & Calmada Grandeza fragmento de “ Los Elementos del Estilo tipográfico” por Robert Bringhurst.

Los diseños de las letras, cuando honran y aclaran lo que ven y dicen los seres humanos, merecen a su vez que se los honre. Palabras bien elegidas merecen letras bien elegidas; Y éstas a su vez merecen que se las componga con afecto, inteligencia, con-

Diseño de Información. La escritura empieza cuando los pies dejan huellas en el suelo, cuando se dejan signos. Como el habla, es un acto completamente natural que los seres humanos han llevado a extremos muy complejos.


{YO} NOMBRES

semejantes menos heroicos. Según ese misticismo, “Tirofijo” sería siempre mejor gobernante de Colombia que un buen alcalde deBogotá. La voz que habla en el testimonio de Leftwich se sitúa en la antípoda de ese misticismo que, entrenosotros, ha resultado catastróficamente descaminador. Cada vez que hablaba con entusiasmo de este texto —y lo he hecho durante años con mis amigos del medioteatral, no sólo aquí en Caracas sino en muchas otras partes de nuestra América—, invariablemente se meurgía a ofrecer una traducción que hiciera más fácil para ellos captar lo que trataba de decirles: que “Yo di los nombres” ofrece un material espléndido para una pieza de un acto y a los sumo dos actores, que essusceptible de trocarse en una Kammerspiele íntima y terrible. Los problemas de filosofía moral implícitos en “Yo di los nombres” y la relevancia de lo que Leftwich llama con acierto “política individual del miedo” y “política del fracaso y la traición” perturbarían con naturalidad al público de cualquier sala de Buenos Aires, Ciudad de México, Bogotá, Santiago de Chile, Caracas, La Pazo Rio. Desde luego, algún día también de La Habana.Las descripciones que Leftwich hace de lo que todavía hoy echa de menos de Sudáfrica —“la pluralidad deculturas y colores, el mar, el sol”— y de lo que no echa en absoluto de menos —“la brutalidad de su historia,la crudeza de distorsiones sociales que aún perduran en ella, sus abrumadoras desigualdades”— resultanfamiliares a un escritor del Caribe de habla hispana a quien la palabra Sudáfrica no remite a ningún exotismo. Al contrario, resuenan como parte de nuestra propia historia, aun poniendo a salvo el hecho de que nuestros particulares apartheidsno puedan parangonarse con el sudafricano. Se trata de un estudio comparativo que contrasta la observancia (o falta de ella) delos derechos políticos en países tan dispares como Botsuana, Perú, Malasia, Zaire, Filipinas o Mauricio y su estrecha relación con el desarrollo económico. Hoy, cuando los libros del antiguo funcionario del Banco Mundial William Easterly cuestionan de modocategórico las inconsecuentes panaceas que la ortodoxia multilateral ha defendido desde el fin de la SegundaGuerra, el libro de Leftwich se acredita aún mejor por su presciencia —fue publicado en 2000 y es el resultado de años de estudio— y por el valor que otorga a la política como factor de desarrollo. Su reacción a mi e-mail fue de halagada sorpresa y razonable cautela: ¿una pieza teatral? No tenía inconveniente en principio, “pero hábleme un poquito más del asunto”. Lo hice a vuelta de correo, y llevado de mi entusiasmo, lo hice muy desmañadamente. Desde luego, no me proponía parafrasear su texto: sólo dislocar el orden de sus párrafos, podar aquí o allá, aportar una que otra precisión histórica y geográfica en

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“ Lo que sigue es no sólo un ensayo acerca de la política individual del miedo; es también un ensayo en torno a la política del fracaso y la traición.”

obsequio del espectador, proponer lo que creía podían ser económicos dispositivos escénicos, etcétera. Lo que siguió fue un largo silencio de parte de Leftwich que me hizo pensar que quizá había pulsado yo alguna tecla sensible e inhibitoria por lo dolorosa. Sea como haya sido, ofrecí excusas por mi avorazamiento inicial y nunca más se habló de una pieza teatral. A cambio de ello, Leftwich y yo sostenemos una cordialísima amistad epistolar. Me gustaría pasar a saludarlo personalmente en York, si es que mis asuntos me llevasen allí algún día. He renunciado, pues, a intentar una pieza de teatro de cámara a partir de “Yo di los nombres”, pero no a difundirlo en el mundo de habla castellana a mi alcance. Un amigo a quien di a leerlo me remitió a los textos de Jean Améry, el activista clandestino antinazi, belga de origen austriaco, cuya obra yo desconocía. Améry fue detenido por la Gestapo en Bruselas, en julio de 1943, y sometido a tortura. A diferencia de Leftwich, soportó torturas indecibles; al igual que Leftwich, terminó por delatar a sus compañeros. En uno de sus ensayos recogidos en Más allá de la culpa y la expiación: tentativas de superación de una víctima de la violencia (PreTextos, 2004), Jean Améry aborda el mismo tema de “Yo di los nombres” con crudeza equiparable a la del sudafricano. En ese ensayo se lee: “... ignoro si quien recibe una paliza de la policía pierde la dignidad humana. Sin embargo, estoy seguro de que ya con el primer golpe que se le asesta pierde algo que tal vez podríamos denominar provisionalmente confianza en el mundo”. Améry acabó por quitarse la vida en Salzburgo, en 1978; Leftwich, al borde ya de la vejez, y tras décadas de tormento moral, recuerda que muchos años después de aquellos sucesos de 1964, el disgusto de sí mismo lo llevó a contemplar ideas suicidas. “La extinción me había aterrorizado una vez —dice, aludiendo a sus delaciones—; la extinción por propia mano me aterrorizaba aún más”.

Ibsen Martínez, Caracas, julio de 2007

DOS

En el Cabo de Buena Esperanza, en la Provincia Occidental de Sudáfrica, llueve en invierno. Los días invernales no son mucho más cortos que los veraniegos, pero lo parecen, pues hace más frío y la gente pasamenos tiempo fuera de casa. Puede haber rachas azules de cielo despejado, pero a menudo todo está nublado. La tierra aquí es húmeda y oscura; los robles del Cabo tienen el tronco negro y húmedo. No recuerdo ninguna helada. De vez en cuando las montañas que bordean la península del Cabo muestran su cima cubierta de nieve y, en ocasiones, hasta la Montaña de la Mesa se viste de una delgada capa blanca, pero jamás cae nieve en los pueblos o suburbios. Con sus hermosas montañas, su clima templado y sus largas costas, el Cabo era un lugar maravilloso e inocente para crecer entre las décadas de 1940 y 1950. Provengo de una familia de liberales judíos profesionales. Mi padre era un médico apacible, sumamente querido. Ocasionalmente mi madre daba lecciones de piano, participaba en obras de caridad y jugaba al bridge. Yo hacía las cosas que suele hacer la mayoría de los chicos. Asistí al equivalente de una buena escuela pública gratuita (en aquellos días era una escuela sólo para blancos), jugué sin mayor distinción al rugby y al cricket; los fines de semana escalaba las montañas del Cabo. Durante veranos ardientes y a menudo ventosos, nadé e hice surfing y anduve por ahí,descalzo, en bicicleta. Disfrutaba del teatro escolar; me encantaba participar en las representaciones. Fue una niñez maravillosa, muy en especial porque el Cabo parecía estar exento de los extremos del clima y la política que caracterizaban al resto del país. Yo solía viajar a Johannesburgo, al norte, a pasar las vacaciones invernales en casa de mis primos y, siempre, en cada ocasión, me impresionaban los contrastes: el veld [sabana, chaparral] reseco y endurecido por las heladas, las feas casuchas en medio de la escoria delas minas, la violencia de la ciudad, la incesante segregación racial. Ya en mis años de adolescencia, las fuerzas políticas, cuyo origen estuvo en aquellas provincias septentrionales de Transvaal y del Estado Libre de Orange, se habían puesto en marcha hacia el sur, al tiempo que se apoderaba de mí un sentimiento de ultraje ante el modo en que mis compatriotas

sudafricanos eran tratados por el apartheid. Hacia el final de mi adolescencia di en escribir una iracunda poesía de tema político. Supongo que fue inevitable que tan pronto ingresé a la universidad me involucrase tanto en la política estudiantil como en la nacional.Un viento noroeste prevalece en los inviernos del Cabo. La masa oceánica luce gris y espesa. Mar adentro se desatan tormentas que castigan duramente la costa. Cuando había niebla y si el viento soplaba en la dirección correcta, a veces podía uno escuchar el petitivo y quejumbroso sonido de la sirena de niebla deMoullie Point, situada a millas de distancia, al otro lado de Signal Hill, advirtiendo a las embarcaciones de los peligros que acechan a la entrada de Table Bay. A diferencia de los veranos, siempre abiertamente cálidos y ventosos, los inviernos parecían peligrosos y encerrados, y yo me sentía como atrapado en ellos. La llegada del verano era un escape.

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Ya en mis años de adolescencia, las fuerzas políticas, se habían puesto en marcha hacia el sur, al tiempo que se apoderaba de mí un sentimiento de ultraje ante el modo en que mis compatriotassudafricanos eran tratados por el apartheid.

Justo en mitad de uno de esos veranos, el 4 de julio de 1964, fui despertado al amanecer por la policía política. Mi novia se hallaba conmigo en el apartamento. Fue una invasión repentina y ominosa. Tras los golpetazos en la puerta, en menos de un minuto pasé de un sueño profundo a ver el pequeño apartamento lleno de agentes de seguridad. Abrían gavetas y armarios, echaban abajo los libros de sus estanterías, escrutaban mis archivos, examinaban mis papeles, leían mis cartas, revisaban mis libretas de direcciones y teléfonos, se encaramaban en la terraza y hurgaban las macetas.

Diagramación de un artículo llamado “Yo di los nombres” escrito por Adrian Leftwich. ( Arriba) Diagramación de un libro regalo basado en el mismo artículo. (abajo)


1.Padleball/ Para la empresa White Inc. Estampado para maleta tote.

Marcos Chin termina sus estudios en el Ontario College of Art and Design. Desde ahí se ha dedicado a trabajar como ilustrador de modas, ámbito en el que ha ganado gran reconocimiento. Como prueba de esto, se ha ganado la medalla de oro de la sociedad de ilustradores de Los Angeles y ha publicado su trabajo en numerosas ediciones anuales como

Comunication Arts y American Illustration. Se ha dedicado a viajar dando charlas sobre ilustración alrededor de todo Estados Unidos y Canadá. Actualmente vive en Nueva York, donde enseña ilustración de modas en la reconocida School of visual arts.

Bio.

Librito informativo basado en uno de mis ilustradores favoritos: Marcos Chin

1.


Dise単o Editorial.


Libro hecho a partir de una recopilaciĂłn de cuentos de princesas e ilustraciones. AquĂ­ estĂĄ el libro y sus piezas complementarias.


Tu ventana al mundo rosa Your window to gay world

Peri贸dico hecho para la comunidad gay de bogot谩. Ilsutraciones m铆as. Diagramaci贸n hecha en conjunto con Nayelli Jaraba, Angie Moreno y Marcela Franco.


Serie de libros hechos con textos extraidos de un libro llamado: Apuntes de cocina de Leonardo Da Vinci. Son tres libritos arode贸n ilustrados.


Dise単o de Identidad.


Desarrollo de sistema de identificación para La muestra de portafolios y reels de la universidad Jorge Tadeo Lozano. Hecha en grupo con Natalia Maté y Camila Soto. Hecha con ilustraciones mías y un desarrollo de tipografía caligráfica hecha en conjunto con Camila Soto.


Desarrollo de Identidad propia. AquĂ­ estĂĄn el logotipo y las piezas que fueron propuestas para mi identidad.


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