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Víctor Maldonado

Proyecto Nacional Simón Bolívar... U

no de los descubrimientos más desafiantes de los últimos años es el material que se titula “Proyecto Nacional Simón Bolívar – Primer Plan Socialista”, supuestamente llamado a regir el desarrollo integral del país desde el 2007 hasta el 2013. Los empresarios venezolanos tienen más de un año escrudiñando sus arcanos, buscando en ese nuevo código las señales de lo que habrá de ser la política económica y la lógica social del gobierno. Alarmados observan una redacción que antagoniza con todo lo que hasta ahora ha sido el país, desde el hombre hasta la empresa y la economía. Hombres nuevos, empresas socialistas, nuevos enfoques a la propiedad, ahora social, nueva distribución del territorio y un largo etcétera de propuestas son la demostración de que a la hora de jugar a los dioses los chavistas no tienen parangón. A nuestros efectos, jugar a los dioses es pretender que lo que se escribe se hace. Que basta la orden presidencial para que la realidad se postre a sus pies buscando afanosamente el ajustarse lo más rápido posible a sus dictámenes. Que por supuesto, el venezolano siempre presto al llamado de su líder va a dejar de ser como siempre ha sido para abrazar con toda la convicción posible la nueva religión socialista, donde ser rico es malo, la corrupción es inadmisible, y hay que conformarse militantemente con el racionamiento de hecho que ha implantado el gobierno. Una nueva ética que es lanzada a los demás en forma de imprecación, mientras la nomenclatura disfruta de las dispensas necesarias para seguir viviendo al viejo estilo. Por eso tienen razón los empresarios. El verdadero código del Plan Socialista está escrito en clave de destrucción. Resulta atemorizante el paseo por los centros comerciales de las principales ciudades y ver la soledad y ausencia de compradores. Ese trajinar de soledades es lo que el Banco Central anunció como

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estanflación, porque la abstinencia comercial se encaja con el incremento de los precios. El deslave económico ha destrozado el corazón de la actividad productiva venezolana. Las cifras del Consejo Venezolano de la Industria demuestran con claridad cuáles son los resultados de la peor política económica de los últimos cien años. Porque hasta que el presidente Chávez se envenenó de socialismo, ningún otro presidente ha querido destruir al país para reconstruirlo a su medida. Ningún otro dirigente hizo una apuesta tan macabra como el de sofocar todas las libertades con el fin de exprimir desde la muerte al hombre nuevo que necesitan para implantar el comunismo. La solución de todo el acertijo es sencilla. Especializados en destrucción, no tiene cómo adquirir competencias para la construcción. Llegan a las aduanas y las transforman en centros de ineficiencia. Culminado el proceso, comienzan a buscar culpables, que encuentran en el imperialismo y sus pitiyanquis. Llegan a las empresas, y las quiebran. Se repite el proceso y encuentran el mismo chivo expiatorio. Allanan y confiscan fincas productivas, arrasan con la cosecha y luego denuncian extrañas conspiraciones que impiden el desarrollo del agro. Y mientras ellos están concentrados en la aniquilación total de la economía, los crímenes y homicidios en las urbes distraen al país de la única verdad posible: El régimen chavista es esencialmente incapaz. De allí que el fracaso sea lo único seguro. No hay socialismo que redima al gobierno de su propia ineptitud. Y es una lástima que sean los venezolanos los que tengamos que sufrir tales desafueros. Ya sufrimos los efectos de una crisis de energía que el gobierno amenaza con convertirla en un sistema perpetuo de racionamiento. Lo mismo ocurre con el suministro de aguas. Ambos sistemas requieren planificación, previsión, inversión y consistencia en el largo plazo. Ambos sistemas están desguazados por la experimentación chavista. Todo el concepto de planificación queda reducido a un cúmulo de confusiones. Eso sin contar con que el hombre nuevo todavía se está gestando, mientras que el viejo sigue mintiendo descaradamente. Ministros que organizan escenarios donde el Presidente pasea sus éxitos, pero que saben la desdicha del país. Alcaldes que culpan a los medios sobre sus propios desastres de basura y ornato público. En fin, el convenientemente juego del balde con el que se lanzan los excrementos de las malas gestiones al patio de al lado. Mientras tanto el Presidente se pasea entre la mentira y el desconcierto, sin explicarse por qué, si el plan es tan bueno, la realidad sigue resistiéndose a asumirlo.

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