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LE

TRINA CUENTOS URBANOS

Christian Hooward Hooker Escritor 5


Autor Christian Howard Hooker Dise帽o y diagramaci贸n Christian Howard Hooker Claudia Medrano Ilustraciones Danilo de la Hoz

Sodomita Ediciones Cartagena D. T. y C., 2012 Primera edici贸n: 2012

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Tabla de contenido Presentaci贸n .................................................................................. 8 MAN-GLAR .................................................................................. 9 POLLOCK ..................................................................................... 15 DE ANTEMANO, DISCULPEME ............................................ 26

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Presentación No existe lugar en el mundo donde el ser humano pueda desprenderse completamente de su propia carnalidad. Donde pueda vivir alejado de las perturbaciones cotidianas que componen nuestras escenas y nuestros escenarios. De lo fecal. La literatura por supuesto no escapa de esta realidad y se presenta al mundo como una plataforma que legitima este hecho. En la literatura, el alma, al igual que el cuerpo (entendido como lo concreto y puesto en la tierra para padecer), son elementos que persisten y redundan en las composiciones de artistas de la talla de Reinaldo Arenas y George Orwell. Ahora bien, lo mordaz, lo crudo, lo visceral, lo abyecto, no escapan, aún en pleno siglo XXI, de la crítica puritana de los que, acomodados en el tiempo y en el espacio, le temen al caos. Le Trina, por su parte, es un libro compuesto por una selección de tres cuentos escritos por el Comunicador social de la Universidad de Cartagena, Christian Howard; publicados inicialmente en su página web “Privado Cagadero Público” entre el 2010 y el 2012 y traído a ustedes aderezado con las ilustraciones de Danilo de la Hoz.

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MAN-GLAR

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S

owil es un marihuanero gigantesco, de ojos grandes, piernas largas, boca ancha y un único brazo que le da a su cuerpo un aspecto desbalanceado; el otro lo perdió una noche mientras intentaba robarle un radio de transistores a un viejo histérico en el barrio Lemaitre. Cuando ya había logrado ingresar a la vivienda y apoderarse del aparato, no calculó que su ingenua curiosidad lo ensimismaría en el trance de detallar senos y vaginas de niñas en fotografías que el viejo con descaro dejaba regadas por toda la casa; y que a juzgar por las manchas pardas distribuidas en el perímetro, servían de distracción en las calenturientas noches del sexagenario hombre.

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Sospechó la oportunidad de agregar un objeto al robo y mientras decidía cual era la mejor de las fotos, vio cómo la mano que empeñada sostenía el artefacto con el que oiría sus champetas, caía desparramada luego de que el viejo sin titubear se la bendijera con el corte contundente de una rula más grande que él. El brazo que lo hacia diestro no rodó ni se movió al caer en el suelo; todo lo que hizo fue permanecer y soltar lo que bien agarrado tenía; reconocimiento quizá, de lo malo que acababa de hacer. Sowil creyó estar soñando y sólo al percibir el agudo dolor y el aroma ferroso que se apoderó del lugar, pudo concluir que lo ocurrido como uno más de sus malos sueños, se había trasladado instantáneamente al plano de su fecal realidad. 11


Una noche de Noviembre luego de que culminaran las celebraciones del bando de San Diego. Caminando con la superstición en el hombro, le pareció estar dando vueltas entre calles que había visto en alguna de sus “trabas”. Notaba algo distinto en el ambiente e intuía que entre su cuerpo y el cemento de la calle que lo dirigía a los manglares del Cabrero, se estaba produciendo algo que por alguna razón sentía conocer, que había olvidado y que muy seguramente estaría próximo a recordar. Ensimismado y pensando en el lugar que escogería para su próxima paja, nota que entre paso y paso se salta las líneas negras de brea que forman los cuadros divisorios de las calles del centro. No he tocado ninguna, no he perdido, dijo mientras continuaba caminando 12


rumbo a los manglares frente a la iglesia donde las universitarias se embarcaban en un bus que las llevaba por los lados de la Boquilla. Al pasar frente al parque de las caronas -como él llamaba al parque Apolo-, percibe el olor a mierda que de la ciénaga proviene y que lo hace sentir en casa. Al llegar a su destino y sorteándose una que otra raspadura al pasar por entre las ramas de los mangles, nota que no está solo entre la familiaridad del fango y de las ratas que al sentirlo llegar salían despavoridas. Alcanza a ver una sombra, luego un zapato tenis, un pantalón de overol y posteriormente la cara del marica que lo peluqueaba gratis cuando las greñas se le salían de control. Ramón era su nombre, y estaba allí buscándolo como siempre, en el lugar de siempre, para lo de siempre. 13


Instantáneamente recordó el repertorio como la champeta que tarareaba desde que tenía quince años. Se agarró con fuerza de una rama utilizando su único brazo, abrió levemente las piernas para que así el sujeto con la boca abierta de ansia le ayudara con el afanoso trabajo de abrir la corredera del pantalón corto que él mismo le regaló. Vio salir su yaya de 25 centímetros que luego se perdería entre los labios de Ramón. Cerró los ojos, pensó en la cosquilla que dentro de un rato sentiría y saboreaba mentalmente el porro que se fumaria… … luego de que el marica se bajara del bus con los tres mil barritas de siempre. 14


POLLOCK

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A

lgo en el ambiente provocaba en mí una sensación extraña. No lograba entender, de buenas a primeras, de qué se trataba. Era algo interno, que sobraba dentro de algo... quizá de mí. Tendría que esperar. Empecé a buscar entre los elementos que tenía a la mano: cama, almohada, pijama, ventilador o cualquier objeto mal ubicado que sirviera de indicio de una mala noche; pero, todo parecía normal. Me quité la camisa del pijama. Me encanta dormir desnudo. Hacía varios meses que me vi obligado a usar ropa de dormir por cuestiones médicas: los forúnculos estaban acabando con mi cuerpo. Empezaba a desamarrar el cordón que ajustaba la sudadera a mi 16


cintura, cuando la aguda sensación hizo su magistral aparición. Nuevamente. El penetrante malestar de los últimos meses había regresado a pesar de las recomendaciones médicas, comedidamente puestas en práctica. La rabia invadió mi cabeza… mi brazo, mi cuerpo entero. La noche había hecho mella en el codo de mi brazo derecho, y aún cuando el malestar propiamente no había estorbado un sueño relativamente tranquilo, estaba allí con todas sus arandelas: los ardores leves de los primeros días, la hinchazón, los matices de color que parecían variar según mi temperamento… o los golpes que nunca faltan cuando tienes un carbunclo. ¡MALDITA SEA... OTRO NACIDO! 17


Lo observé detenidamente como quien se toma su tiempo en algo realmente importante. Había hecho metástasis, (si es que los nacidos realmente hacen eso), no lo sabía, pero luego de haber convivido con tantos de ellos, se aprenden términos, se improvisan o se acuñan nuevos; lo importante parecía estar en encontrar cualquier explicación a la asquerosidad que ocurría en mi brazo; y si se trataba de un término médico, parecía forzar la tranquilidad necesaria para no entrar en shock. El líquido ahora supuraba y descendía de mi codo, pero parecía que con los avatares de la noche, el pus se había labrado varios caminos, improvisados quizá por el movimiento nocturno de su cuerpo huésped, ósea el mío. Había dejado dibujado, al mejor 18


estilo de una canción de Ricardo Arjona, una mancha color ciruela en la sábana, y, en mi codo, un pegote con una forma abstracta que hacia recordar una obra de Pollock. Me levanté de la cama con náuseas, y me hice espacio entre tanto desorden en mi cuarto para llegar al baño, el mismo que mi hermano, minutos antes, había aromatizado con su colección personal de perfumes fecales. A pesar de la premura, y sin haber logrado hacer de tripas corazón, esperé a que la zona contaminada con metano se ventilara y me dejara entrar sin temor a morir asfixiado. Entré y me deshice de la sudadera para bañarme y limpiar la materia que seguía empegostándose en una de mis extremidades.

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Abrí la regadera en su máxima potencia, no quería que el agua que entrara en contacto con ese líquido asqueroso, recorriera siquiera por equivocación otro milímetro de mi piel, distinto al que la sanguinaria naturaleza le había decidido otorgar en este cuerpo huésped: mi codo. Así lo hice, como quien desea hacer algo bueno, después de haberse equivocado deliberadamente. Con extrema meticulosidad e incomodidad, ubiqué mi codo debajo del chorro de la regadera. El agua que caía con fuerza; luego de varios segundos, desprendió una parte de la costra que cubría al absceso, dejando salir una línea de materia que al parecer tenía aprisionada dentro. Pasé mi dedo índice para acelerar dicho proceso y lo logré con relativa facilidad. 20


Miré dentro de lo que había dejado al descubierto la costra en cuestión, y me percaté del ya conocido (para un sujeto que convive regularmente con nacidos) punto amarillo verdoso en el fondo del orificio, que sólo después de una o dos semanas dejaría de excretar gradualmente la materia contenida en el nacido. Todo lo hecho hasta ahora: el despertar, el descubrimiento y, finalmente, el intento por limpiar la asquerosidad de un codo, pareció encender la mecha de un sentimiento contenido. Una rabia que solo se puede sentir por algo que, primero, le pertenece a uno mismo, porque viene de uno mismo; y, segundo, que, acudiendo a la cordura, se trata de un simple grano. Movido por la rabia, decidí llegar con el chorro de agua, al punto más profundo del orificio, lejos de 21


lo que en otras ocasiones siquiera hubiera podido pensar. Acomodé mi cuerpo contorsionándolo y logré que el agua se introdujera en el orificio mismo como al tiro al blanco. Sentí un dolor menos agudo, pero distribuido ahora por zonas aledañas al grano de mis cóleras; y como por reproche del mismo, vi como del punto amarillo verdoso fluía la corriente de materia más grande que un nacido pudiera supurar. El agua, que ya había dejado de caer directamente en el orificio, servía ahora como corriente que se llevaba la materia que a chorros salía de mi brazo. Entré en pánico. Utilicé la mano de mi brazo izquierdo para cerrar la llave de la regadera y así mirar con detenimiento lo que sucedía. Lo que a continuación vi me obligó a abrir nuevamente, como por reflejo, la llave con toda la potencia. El codo ahora era una mezcla de agua 22


sanguinolenta y verdosa que caía a borbotones al piso del baño y entraba con relativa dificultad por el sumidero. Sentía que el contenido de mi cuerpo se filtraba por aquel orificio infernal. Tratando ahora de equilibrar la poca cordura que conservaba en mí, retrocedí, y por unos segundos me propuse permitir que las cosas marcharan en su curso normal, o sea, permitir que la materia fluyera sin presión manual del forúnculo de mi brazo derecho. Minutos después, los ánimos no se calmaron y el flujo sanguinolento no disminuyó. Contrario a lo presupuestado, la materia era constante y el pronóstico no se veía prometedor. Yendo esta vez en contra de mi decisión inicial, intervine manual23


mente presionando con los dedos anular, índice y corazón de mi mano izquierda, la hinchazón característica del nacido para que, según yo, se acelerara la expulsión de materia y así calmar el flujo. Al colocar los dedos, noté el área completamente insensible, por lo que, muy a pesar del nervio que eso me provocaba, viendo las actuales circunstancias, servía de motivación para concebir lo que estaba a punto de hacer. Al colocar los dedos y presionar con fuerza, sentí como se deslizaba la piel donde hace unos minutos estaba la costra abstracta. Cuando digo deslizar, me refiero a un suceso literal. La piel que rodeaba el punto amarillo verdoso cedía a la ligera presión que ejer24


cía sobre ella con mis tres dedos, y dejaba al descubierto una más horrenda realidad…

... Y me desperté.

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DE ANTEMANO, DISCULPEME

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Escena #1 Cascabeles radioactivos

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E

l hombre de cabello largo y barba de tres días, jaloneaba con decisión el cuello de la dama que se encontraba amarrada de pies y manos, en la sala de estar de una casa ubicada en un sector residencial de alguna ciudad costera; mientras se debatía en su entrepierna la lucha más abstracta que un instante como aquel podía ameritar. Sorteaba el aprieto de penetrarla por el ano, cuando aún su pene no reconocía las minucias de la escena. Intentaba acomodarle el trasero de tal forma que el orificio quedara expuesto, y, por supuesto, para que su pene no sufriera los estragos del apretado momento. Sintió el contraste momentáneo entre el olor a mierda que se apo28


deraba del lugar y la apariencia de la mujer que lo recibió en la entrada de la casa cuando toda aquella trifulca empezó. Miró hacia el extremo norte de la sala y observó a su compañero de actos que, con cierta y desagradable destreza, había no sólo acomodado al esposo de su víctima en posición fetal, sino que además había conseguido lo que, con el mayor de los ascos, él aún se encontraba intentando hacer. Los nervios se lograron apoderar de su mente por un instante; sintió un dejo de desolación en el estomago; se reconstituyó y continuó con lo suyo.

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Escena #2 Malecones y calles cubiertas de salitre

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-como te cagues, te mato, maricón de mierda- le repetía una y otra vez al esposo de la dama, el compañero de nuestro primer protagonista. A diferencia del otro, éste ya disfrutaba de lo suyo, incluso, antes de iniciar la diestra penetración en la que hace cuatro minutos y medio se encontraba, había pensado simular la necesidad de una lubricación y así aprovechar para lamer el culo del “maricón” que bien rico si lo tenía. -como te cagues, te mato- continuaba diciendo casi como poseído por un estremecimiento sobrenatural, procurando con ello cumplir con un estándar frente a su compañero; aunque internamente toda aquella parafernalia no tradujera otra cosa diferente, que un intento corrompido por conseguir la excitación habitual que alcanzaba cuando por las noches, caminando 31


por el malecón de la ciudad, se tropezaba con la culiadita del rato, representado casi sistemáticamente, en algún travesti que se le midiera a sus peculiares exigencias. Siempre se las hacía saber, aunque luego de recibir algún no como respuesta, tuviera que a golpes lograr su cometido. El esposo de nuestra dama sangraba casi desde el inicio de la traumática penetración, sentía un agudo dolor semejante a los que padecía antes de su operación de hemorroides. Todo aquello le asustaba, aún más cuando su improvisado amante, al percibir dicho sangrado, acrecentaba más y más sus movimientos; lamía el dedo índice de su mano izquierda, pasaba la mano por el ano adolorido 32


del sujeto, y volvía a lamer. Parecía actuando para alguna película amateur de porno gay; por supuesto, omitiendo el sangrado, las lágrimas de evidente dolor de su coprotagonista y el sádico placer que le producía dicho acontecimiento. Nuestro segundo sujeto detuvo por un instante los movimientos que, sin lugar a dudas, lo llevarían a una adelantada eyaculación. Miró a su compañero con un dejo de indiferencia y lo encontró manipulando su verga, bombeando sangre en la cabeza, sujetando la base y luego intentando penetrar a la adolorida mujer. -pobre marica- pensó, mientras lentamente recobraba sus propios movimientos y el disfrute que la ocasión le proporcionaba.

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El hombre ensangrentado y a punto de un colapso nervioso, miró a su esposa e intentó desprenderse de su propio dolor para solidarizarse con el suyo. La miraba enternecido y adolorido, más adolorido, pero con la insoportable y cliché sensación de impotencia que alguna vez había visto, en algún momento, de alguna escena de algún film de cine independiente. Recordó una. Increíblemente la recordó. Resonó en su mente la escena de una rara película francesa; no el nombre, era demasiado pedirle a su mente en un momento como aquello, pero sí a la mujer que había sido violada en el túnel de un tren en la ciudad de París (aquello, correspondía al esfuerzo por recordar detalles de una película que había visto varios años atrás. Por supuesto, no todo pertenecía en detalle a las verdaderas circunstancias ocurridas en el film). 34


Recordó los quince minutos de larga y sádica violación, pensó en su final, -¿Cuál era el final? ¿En qué termina esa pobre mujer?, Oh, dios, sí claro, a la pobre la dejan herida de muerte… la dejan muerta-.

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Escena #3 Un ciego caballo de Troya nacido, muerto y‌

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Apretó su ano como quien intenta con impotencia combatir en una guerra que, sin lugar a dudas, perderá. Su violador tradujo este suceso con extrema morbosidad; estirando las piernas y jalando con todas sus fuerzas los cabellos del adolorido sujeto quien por primera vez lanzó en el aire de la sala el grito de agonía más fuerte que en su vida había dado. El violador sintió el éxtasis cada vez más cercano, con lo cual, veinte segundos después, se recuerda eyaculando explosivamente, como en los viejos tiempos de paja con el hijo mariquita de la tía Magola, con exceso de saliva, gimiendo casi con animalidad y con la expresión en la cara de quien lleno de pánico acepta ser inyectado con una sustancia dolorosa. 37


El esposo de la dama, casi como en efecto placebo, cree venir un instante de alivio, luego de sospechar la eyaculación del sujeto que destrozaba su ano años atrás remendado. -ya me vine, mariconcito-, -me hiciste venir rápido, huevoncito de mierda, quién te manda a tener ese culito tan rico-, -pero no te preocupes que papi tiene más leche para la niña de la casa-, -¿quieres teterito, mariconcito de mierda?- teterito, teterito, teterito, ¿quién va a quedar teterito?, -deja que papi se reponga, sí, deja que papi recargue el teterito para la niña- Empezó ligeros movimientos como el tren que reinicia la marcha después de recoger sus pasajeros. -papi quiere darte más leche-, cambió de posición a su víctima, y esta vez, boca abajo, reinició tímidamente los movimien38


tos que momentos atrás había realizado; abajo y arriba, moviendo la cadera con destreza y finura, dejándose llevar por el nuevo arremetimiento de lujuria en su cuerpo. Nuestro personaje inicial había logrado por fin una penetración exitosa, nada trascendental por supuesto; pues, después de las descripciones que con anterioridad he referido para mostrar con mayor veracidad la escena, hablar de éxito por motivo de una simple penetración anal no creo que logre abstraerlos; pero para el instante que vivía nuestro preocupado hombre, ésto, lo logrado con tanta dificultad y malestar, representaba algo, cuando menos, importante. Vino a su mente la primara vez que lo intentó hacer con otra mujer, y recordó haberla obligado a hacerse un lavado anal... 39


con un aparato que le habían descrito como una pera, y que posteriormente se dispuso a comprar en la droguería. No había tenido buenas experiencias con la mierda, e imaginarse rodeado del nauseabundo olor fecal le provocaba nauseas. Incluso, la mierda de sus propios hijos lo ponían histérico y de mal humor. Sabía que esta nueva experiencia no se convertiría en el idílico suceso de sus últimos años, sin embargo, continuó. Recuerda, incluso antes de pretender la porquería que desde hace minuto y medio venía realizando, intentar introducir como por hábito su miembro en la vagina de aquella dama elegantemente vestida que olía a perfume caro, -maldita loca, maldita loca, maldita, maldita- repetía mentalmente, hacía rato que había dejado de recordar por qué, pero no dejaba de hacerlo. 40


Instantes después, y cercano ya a la tan esperada eyaculación, verifica que su anfitriona esté recibiendo lo que por obvias razones, siguiendo los parámetros normales de una violación, debería estar recibiendo. Observó las lágrimas en sus rojos ojos del dolor, y dijo, casi inexpresivamente como quien aprende el libreto de alguna menesterosa obra teatral: -maldita loca, eso es lo que mereces-. Momentos después, previo a la anunciada eyaculación, se precipitaron en su mente lo que se podría transcribir como recuerdos, ganas o intensiones; nada claro, de hecho, y se encuentra a sí mismo sacando con brusquedad el pene del ano de la agotada mujer. 41


Escena #4 PuritAnos destrozados

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Nuestra mujer permanecía inmóvil tirada en el piso hacía más de veinticinco minutos. Sudando los últimos vestigios de la fragancia que su marido le había regalado por motivo de su último ascenso en el trabajo; con los ojos rojos por el profundo esfuerzo que le producía aguantar el dolor de un pene que le maltrataba el culo, sin lubricación y con una evidente mala erección que intensificaba la molestia. Recordó que a su marido le pasaba algo igual al intentarlo por primera vez, y por segunda también; bueno… en realidad le ocurría siempre que intentaban hacerlo por detrás. Recordó también la incomodidad de aquella situación, y no precisamente por los estragos físicos que ocurrían en ella, sino más bien por la vergüenza que le producía hacer algo que se salía de los lineamientos éticos que sus padres habían enseñado en el seno de su hogar. 43


Pero, ella ante todo se veía a sí misma como una dama debatiéndose entre la satisfacción erótica de su marido y el bochorno de saberse impura, rompiendo las reglas básicas de un matrimonio común y corriente. Cayó en cuenta de las estupideces que podía pensar en un momento tan trascendental como aquel. Miró a su esposo soportando los vejámenes que un completo desconocido hacia en su trasero. Lloró con mayor intensidad y cerró los ojos. Con profunda vergüenza y nostalgia, nota que su ano, sin permiso alguno, se da el atrevimiento de expeler un gas que se confundió con el olor a mierda que inicialmente describimos. 44


No supo en aquel instante si sentir vergüenza por lo sucedido, o tomarlo como un acontecimiento que ocurre por razones obvias, asociadas con el momento peculiar que vivía. Se tranquilizó y pensó lo sucedido como un mecanismo de defensa de su propio cuerpo. Su violador concentrado en sus iniciales intensiones, omite lo escuchado y se dispone, con movimientos provistos de algo que se podía denominar como torpeza, a eyacular directamente en la cara de aquella “maldita loca” como desde hace mucho rato la había rebautizado. Con cuidado y mucho asco de no tocar su pene tapizado de excrementos, logra eyacular en la cara de la mujer, quien con los ojos cerrados con fuerza recibió impotente el liquido visco45


so saliendo del pene de aquel sujeto con buen aspecto, que en aquel momento hacía de las suyas con ella. Nuestro sujeto de cabello largo y verdaderamente agradable a la vista, siente en su abdomen la sensibilidad típica que había aprendido a interpretar como el proceso habitual post eyaculatorio (llamado por él como: las desganas después de las grandes ganas); no obstante, no dejaba de sentir algo de asco y no lograba entender ya por qué.

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Escena #5 Calamidades y cabalgatas de un ruise単or sin voz

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Nuestro violador más diestro se encontraba en lo que él mismo denominó “el repechaje”, esta vez con más morbo que verdaderas ganas de culiar. El ensimismado personaje murmuraba y parpadeaba con extrañísima intensidad, jalando el cabello del sujeto dispuesto boca abajo, en espera de otro grito que le devolviera la sensación aquella que lo hizo recordar su maravillosa infancia; aquella, donde podía aún disponer de culitos sin tantos reparos y golpes como intermediarios. Donde las mariquitas del Centenario se lo peleaban, y él, con la mayor de las “indiferencias”, podía disponer del culo más apretado o del gemido más excitante. Quería recordar, y el tipo que se desangraba por el trasero en aquel momento, era el único que cercanamente podía ofrecerle tal placer.

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Jalaba con todas sus fuerzas y seguía parpadeando, con la boca babeante y a la espera otro grito, -grita, mariquita empolvada, grita o te mato-. Introdujo esta vez sus uñas en el cuello del vulnerado, y éste, sin más opciones, lanza un chillido casi de naturaleza animal, a lo cual nuestro violador responde con alternancia de jalones de cabello e introducción de uñas en el ahora también sangrante cuello del esposo de la perfumada dama. El chillido explotó en los tímpanos del violador y provocó las convulsiones que precedían sus eyaculaciones, y sin faltar a la costumbre, éste nuevamente intentó repetir con algo de éxito el orgasmo que minutos atrás había alcanzado.

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-¿viste que si había más leche para la niña de papá?- decía en el momento mismo en el que su mente se llenaba del curioso capricho de percibir con extrema meticulosidad los movimientos expansivos de su pene eyaculando en el interior de un ano que evidentemente lo rechazaba. Sentía lástima por el sujeto, sentía lástima por su ano, pero, sin lugar a dudas, lo que al “pobre” desgraciado le sucedía, lo excitaba aún más y más. Luego de que culminaran todas aquellas sensaciones agradables y lo invadiera el estupor característico de los momentos póstumos de sus convulsivas eyaculaciones, lanzó un vistazo sigiloso a su compañero de actos; se encuentra con la mirada intermitente de éste, que a la vez, limpia su pene con la falda de su propia víctima. 50


Sacó con áspera decisión el pene del sanguinolento trasero del tipo en el piso. Se incorpora sobre sus pies y sube los pantalones que estuvieron todo el tiempo en sus tobillos, enrollados, producto de la impaciencia y del apremio de un tiempo que se agota mucho más rápido en aquellas circunstancias. Observa nuevamente hacia su compañero. Esta vez lo encuentra parado cerca a la puerta contando billetes, mientras que con algo de asco mira al sujeto que momentos atrás recibía la verguera más grande de la historia de su vida. Sintió vergüenza ajena, pero no se encontraba en la disposición de enternecerse con nadie. Olió sus manos verificando, quizá con cierta impotencia, que el olor desagradable que provocaba sus histerias, continuaba aún entre los nu51


dillos de sus dedos, en la palma de su mano, en su brazo y seguramente también en su lacerada verga. Se dispuso a salir, mientras su histriónico camarada se despedía de su compañero de ocasión con una nalgada, alcanzándolo en el umbral de la puerta que los llevaría a las afueras de la casa.

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Escena #6 Des- atarte

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Nuestra dama, con dificultad, logra desatarse. Desata a su adolorido marido quien llorando aĂşn le da un fuerte abrazo tratando de consolarla.

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Escena #7 En el malecón… más o menos lleno de salitre

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Días después -en una noche que asfixiaba por el calor típico del mes de junio, y una destemplanza representada no únicamente en la temperatura y el clima de la ciudad que nos sirvió de escenario, sino también por la euforia libidinosa en la que se sumergían para aquella época algunos de sus habitantes-, nuestra dama, más perfumada que nunca, caminaba por el malecón con meticulosa atención, lanzando miradas de lado a lado a los transeúntes y estables personajes que allí habitaban. Observa de reojo hacia un lugar no determinado del horizonte, mientras lanza un manotazo al bulto ubicado en el pantalón de alguno de los sujetos…

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…-quiero una como la de la otra noche… …pero para mi sola-

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Agradecimientos a: Gao y Danilo de la Hoz

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LE TRINA: CUENTOS URBANOS