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UNA LECCION DE ANATOMÍA Por: Guadiana

Ayer me dijo que quería hablar conmigo. Me esperaba a las siete de la tarde en su despacho, y a esa hora en punto, estaba llamando a su puerta. Una sensación de remoto temor me invadía desde que me citó. A casi todos los chicos les pasa lo mismo cuando el padre prefecto les dice, con ese semblante tan serio que le caracteriza, que “tenemos que hablar”. Me preguntaba de qué querría hablar conmigo, y la posible respuesta que me di, es que pretendería averiguar por qué estaba sacando estas calificaciones tan flojas. Pero solo llevamos dos meses de este nuevo curso, y a mí siempre me cuesta arrancar al principio, aunque luego, en el segundo trimestre mi rendimiento mejora bastante.

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Me abrió la puerta y me invitó a pasar, esbozando una media sonrisa que pretendía ser amistosa, pero que a mí me sirvió de bien poco, pues la prevención y el recelo con que llegué, superaba todos sus intentos más o menos logrados por parecer amable. Era de mediana estatura, tirando a bajo, y sus ojos azulados te miraban con intensidad, como queriendo darte sensación de confianza, de mucho interés hacia tu persona. Aunque a mí esa mirada más que nada me producía malestar, pues tenía un deje de frialdad que te hacía desconfiar de inmediato de sus intenciones. Su prominente y ganchuda nariz asemejaba el pico de un halcón, siempre presto a lanzarse sobre su víctima. La ajustada sotana resaltaba su más que prominente barriga, producto sin duda de su afición a las comidas abundantes, si se hacía caso de las habladurías que las malas lenguas propalaban por todo el ámbito del Colegio. 2


Una vez dentro del despacho cerró la puerta con la llave y la guardó en uno de los cajones de su mesa. Me empezaba a preguntar por qué cerraría la puerta con la llave, cuando él mismo adelantándose casi a mis pensamientos, me dijo: ─Es para poder charlar tranquilamente sin que nos moleste nadie. ─Si, claro… Como notó que yo estaba nervioso y azorado, me dijo que me tranquilizara, que no pensaba echarme ninguna bronca, sino que al contrario, quería ayudarme en todo lo que pudiera; que era normal que los chicos se sintieran cohibidos en su presencia al principio, pero que luego, pasados los primeros momentos de tensión, ya vería cómo me relajaba. Despues cogió una silla y la puso al lado de su sillón, indicándome que me sentara, cosa que hice aunque el 3


nerviosismo no me abandonaba ni por un momento, acrecentado por mi mucha timidez, una timidez casi patológica que me hacía sufrir mucho. ─Quería hablar contigo de un tema que me consta que te tiene preocupado. Sé que nunca te atreverías a venir a mí para exponerme tus problemas, pues eres un chico muy reservado. Por tanto he decidido ser yo el que dé el primer paso, así que voy a ir directo al asunto. Como es natural, no tenía ni idea de lo que me quería decir. Él continuó hablando: ─Mira, Andrés, los cuerpos de las personas son diferentes unos de otros, y tú no tienes que tener complejo porque tus genitales te parezcan más pequeños que los de los otros chicos. Hay hombres que tienen el pene en estado de reposo más pequeño que otros, y esto les hace sufrir mucho, ya que cuando lo comparan con sus amigos o compañeros ven la diferencia y se sienten acomplejados y 4


avergonzados. Pero no debes preocuparte por esto, ya que en estado de excitación, los penes más pequeños, por regla general crecen más que los otros, de tal modo que los tamaños de los dos llegan a igualarse poco más o menos. Para un chico de catorce años como era yo, nada acostumbrado a hablar de estos temas, y mucho menos con un cura, esta parrafada que me espetó, así, de sopetón, me dejó paralizado por la sorpresa. Estaba totalmente avergonzado, con la cabeza gacha y sin saber qué decir. Pero en seguida me di cuenta que lo estaba diciendo por lo de las duchas. Cada tres o cuatro días nos hacían bajar al piso inferior donde estaban las calderas y las duchas. Éstas eran cabinas individuales con su puerta y todo, pero que a nosotros nos servía de poca cosa, pues el padre prefecto nos hacía tener la puerta abierta para, según

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él, comprobar que nos lavábamos adecuadamente. Incluso nos enseñaban a hacerlo, al principio de llegar al colegio. A mí, y supongo que no era el único, me daba mucho corte tener la puerta abierta mientras me duchaba, expuesto a las inquisitivas miradas del cura, que una por una, iba revisando las cabinas para comprobar que nos duchábamos correctamente. De modo que yo me esforzaba por esconder mis partes íntimas a la curiosidad del padre. A la vista estaba que no lo había conseguido. Despues de darme esta breve clase teórica sobre anatomía masculina, abrió uno de los cajones de su mesa y sacó un grueso libro. Lo abrió, hojeándolo durante unos momentos, hasta que encontró la página que buscaba, y despues, apoyando con naturalidad una de sus blancas y cuidadas manos, que me producían cierta repulsión, en mi muslo, me enseño la página que había buscado.

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Se trataba de dos dibujos, en blanco y negro, del miembro masculino; uno en estado de flaccidez y el otro en plena erección. Los dos dibujos tenían debajo la explicación del comportamiento fisiológico del aparato del hombre, y bajo qué circunstancias podía pasar de un estado a otro. En la página de al lado había varios dibujos más representando el aparato genital de la mujer, también con las correspondientes explicaciones sobre su estructura y funcionamiento. El padre prefecto completó con abundantes y eruditas explicaciones los mecanismos de funcionamiento del aparato genital masculino y su uso específico, haciendo hincapié en los detalles referentes al coito, previa excitación de la mujer por parte del hombre para que su aparato estuviera lubricado y así poder penetrarla, dando por supuesto que el pene ya estaba erecto y listo para entrar en acción.

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Pasó despues la hoja, y en la siguiente página había varios dibujos más, uno de ellos representando el momento de la relación sexual entre el hombre y la mujer, y otro, que procedía de un antiguo grabado griego o romano, no recuerdo bien, en el que aparecían dos hombres, uno con abundante barba y el otro barbilampiño, en las inequívoca posturas que adoptan dos hombres para tener entre ellos relaciones sexuales. A propósito de este dibujo de los dos hombres, el cura me explicó que en las civilizaciones antiguas de los romanos y los griegos, era una práctica normal esta unión carnal entre hombres, ya que la sociedad de entonces lo veía como algo natural, que no le daban la mayor importancia. La mayoría de los chicos, y por supuesto yo también, en cuanto cae en sus manos el primer diccionario, las primeras palabras que buscan son las referentes al sexo, 8


por la curiosidad y el morbo que tales palabras despiertan entre los adolescentes, por eso yo, aunque tenía cierta idea de algunos vocablos que venían en el libro que me mostró el cura, había otros que era la primera vez que los oía, como uréteres, cuerpos cavernosos, prepucios, clímax y demás caterva de términos médico-sexológicos. A estas alturas de la explicación, que no conversación porque solo hablaba él, su mano seguía posada en mi muslo, y por lo que veía, sin intención de retirarla, antes al contrario, notaba que avanzaba más y más en dirección a mi entrepierna con la consiguiente alarma por mi parte, que tuvo su máxima expresión cuando me palpó ya abiertamente, el sitio de que había estado hablando de manera tan amplia durante la última media hora. Instintivamente me encogí, al tiempo que me ponía completamente tenso, mientras notaba que la sangre se agolpaba en mi cara, de tan avergonzado y cohibido como 9


estaba. De todas formas si esperaba encontrar algún abultamiento notable, como consecuencia de la charla que me había dado, y los dibujos que me había mostrado, se llevó un chasco, pues no solo no me excité sino más bien todo lo contrario. El cura se dio cuenta de mi estado de nervios, y trató de que me relajara, diciéndome que me había tocado “ahí” para comprobar si con las explicaciones anteriores, yo había experimentado alguna excitación, pero estaba claro que no había sido así. Cuando se dio cuenta que mi aparato no reaccionaba por muchas explicaciones morbosas que me diera sobre penetraciones coitos y demás, me dijo que ya podía irme, recomendándome muy encarecidamente que no comentara con mis compañeros el asunto tratado en la entrevista. Salí de su despacho más cortado que un jamón en un bar de tapas, y durante algunos días estuve obsesionado 10


con aquel asunto, preguntándome que perseguiría el prefecto al someterme a esa exhaustiva e intensiva clase de sexología avanzada; (avanzada para los conocimientos que sobre la materia tenía yo en aquel tiempo). Según me dijo al comienzo de la visita que le hice a su despacho, quería ayudarme a superar probables complejos derivados del tamaño de mi pene, y dejando de lado el hecho de que tampoco yo le daba tanta importancia como él creía, el enfoque que le dio no me pareció el más idóneo para afrontar un tema de esas características.

Cada mes el padre prefecto nos leía las calificaciones o notas, a todos los chicos del Colegio. Uno por uno iba nombrándonos a todos y despues de leer la puntuación que cada alumno había obtenido, añadía un pequeño 11


comentario laudatorio o censurable, según se terciara. Al mes siguiente de tener mi “entrevista” con él, yo mejoré algo el resultado de mis calificaciones, de modo que cuando me las leyó, el comentario que hizo sobre mí fue que

“había

mejorado

notablemente

gracias

a

la

conversación que tuvimos en mi despacho el mes pasado”. Vaya por Dios. Y yo sin enterarme de que habíamos estado conversando sobre mis resultados académicos. Los caminos del Señor son inescrutables, y los de sus ministros, mucho más…

FIN

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UNA LECCION DE ANATOMIA