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LAS BATALLAS DE UNA MUJER

Cuando Dolores llevaba seis meses en la empresa, un viernes por la tarde la llamaron al despacho del jefe de personal para decirle que su contrato había finalizado, por lo que ya no tenía que seguir yendo a trabajar. Esto no le pilló por sorpresa pues lo venía haciendo la empresa regularmente con otros compañeros, ya que en los tiempos en que transcurre esta historia, y con el sindicato vertical totalmente afín a los patronos, una de las muchas arbitrariedades que se cometían con los trabajadores, eran hacerles firmar los contratos en blanco, de tal manera que luego el empresario los completaba a su conveniencia, que solía ser casi siempre por un 1


periodo de seis meses. Si le interesaba a la empresa, el contrato se lo renovaban por otros seis, de lo contrario el trabajador se iba a la calle. Dolores ya se había informado a través de un abogado laboralista de uno de los incipientes sindicatos obreros, de cuáles eran sus derechos en materia de contratación, y estaba enterada también que había una ley reciente por la que si a los quince días la empresa no había prescindido de los servicios del trabajador, éste, automáticamente, pasaba a tener contrato indefinido, que en la práctica era ser fijo. De modo que la muchacha le pidió al jefe de personal la carta de despido, obligatoria por parte de la empresa cuando rescinde el contrato de un empleado, pero el jefe argumentó que no le iban a 2


dar ninguna carta por que no había tal despido, era simplemente que había finalizado su contrato laboral, enseñándole al mismo tiempo el que la propia joven había firmado en blanco seis meses atrás. Dolores contraatacó echándoles en cara que, para poder trabajar, hicieran firmar los contratos en blanco a la gente, quedando el trabajador a merced del empresario, y que además ella, al haber pasado ya los quince días de prueba que marca la ley, tenía contrato indefinido. Así estuvo la joven forcejeando más de una hora con el director y el jefe de personal. Las acaloradas voces se oían fuera del despacho, y mientras la muchacha se mantenía firme en sus convicciones, 3


sin arredrarse, ellos cada vez estaban más nerviosos, pues no contaban con una reacción de este calibre por parte de ella, acostumbrados como estaban a despedir a los trabajadores según su conveniencia. Los jefes insistían en que se fuera a su casa, que su contrato había finalizado, y ella insistiendo en que le dieran la carta de despido. Como se negaron a dársela, la chica dijo que se iba a su puesto de trabajo a continuar con su faena, hasta las diez de la noche, su hora de salida. De modo que salió del despacho dando un portazo y se fue a la máquina donde trabajaba. A los diez minutos se presentó el portero, un tipo de aspecto patibulario, ya entrado en años que cojeaba visiblemente, con una cicatriz que le llegaba desde la 4


oreja izquierda hasta debajo del labio inferior. Este individuo le dijo con muy malos modos que se fuera a su casa de una vez, si no quería tener un disgusto, y que si no hacía caso y se largaba de allí, se le caería el pelo. Parecía un perro de presa dispuesto a lanzarse sobre la muchacha. Demostrando un desparpajo y una entereza de ánimo más que notable para su edad, dieciocho años recién cumplidos, Dolores le respondió:” Usted ya ha cumplido con la orden que le han dado de asustarme, así que, a menos que quiera pegarme, que no lo creo, váyase y déjeme

tranquila”.

Refunfuñando

y

soltando

amenazas, al final se fue el portero. No habían pasado ni cinco minutos cuando llegó su encargado de sección insistiéndole para que se fuera. Ante la 5


rotunda negativa de ella, el encargado le dijo que le iba a quitar los fusibles a la máquina para que no pudiera trabajar. Lejos de arrugarse con esta nueva “vuelta de tuerca”, le contestó al lacayo de la empresa que no le importaba, porque había lo menos siete máquinas más donde se hacía la misma faena. Ni corto ni perezoso, el encargado le dijo que le quitaría los fusibles a todas las máquinas, y así lo hizo, con lo que no le quedó más remedio que dejar de trabajar. Sin embargo era mujer de recursos, y como lo que quería era que constara que había estado trabajando hasta las diez, su hora de salida, cogió una escoba y se puso a barrer el suelo, dejando constancia de ello en los correspondientes boletines 6


de trabajo. Salió pues de la fábrica a las diez, y al llegar a su casa llamó a un compañero que trabajaba en su mismo turno y en una máquina cercana a la suya. Este compañero era muy buen chico y servicial, pero tenía la mala costumbre de llegar casi siempre tarde al trabajo, por lo que la llamada de Dolores era para que el lunes procurara estar en la puerta de la fábrica a la hora de entrar a trabajar. La muchacha estaba segura que cuando fuera a entrar no la dejarían, y quería tener un testigo de que le negaban la entrada. Esa semana cambiaba el turno y le tocaba entrar a las seis de la mañana. Y así fue. El lunes estaba el portero como siempre en la entrada, pero la puerta la tenía abierta solo lo justo para que pasaran los trabajadores de 7


uno en uno. Cuando Dolores fue a entrar, el portero le dijo que tenía orden de no dejarla pasar. Ella insistió pero fue inútil. Discutiendo a grito pelado estaban la muchacha y el portero cuando llegó el jefe de personal mucho antes de lo que habitualmente lo hacía, sin duda avisado por teléfono de lo que pasaba. Nueva discusión y forcejeo verbal en la entrada de la fábrica. Ese día Dolores y la empresa estaban citados en la sede del sindicato vertical para tratar de llegar a un acuerdo, por lo que dejaron las espadas de la discusión en alto, hasta la hora que tenían fijada para el siguiente “asalto”. Eran alrededor de las doce y media cuando se vieron de nuevo Dolores y el jefe de personal, en 8


una de las salas del edificio de sindicatos, situado en la parte baja de Vía Layetana, en Barcelona. Cada una de las partes dio sus razones delante del representante de la Administración. El principal argumento de la empresa, como ya es sabido, era que a la trabajadora se le había acabado el contrato de seis meses. Otro de los motivos consistía en que había menos trabajo, por lo que sobraban operarios en la fábrica. Dolores respondió: ─Ustedes son unos tramposos pues hacen firmar el contrato en blanco a la gente y luego ponen el tiempo que quieren; además cuando transcurrieron los quince días de prueba que marca la ley, automáticamente pasé a ser fija. Y con respecto a

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que ha decaído el trabajo, dígame entonces por qué la gente sigue haciendo horas extras en la fábrica. El jefe de personal a estas alturas estaba empezando a ponerse nervioso. No parecía la persona apropiada para defender los intereses de la empresa. Su hablar balbuceante contrastaba con la firmeza y la seguridad que demostraba Dolores. No obstante continuó con sus objeciones: ─Si que hacen horas extras, pero solo una por trabajador. ─Pues con esa hora de más que hacen algunos, puedo yo trabajar una jornada normal, de ocho horas, y aún me sobrarían unas cuantas diarias. El funcionario del sindicato no tuvo más remedio que reconocer que efectivamente hacer 10


firmar los contratos en blanco era una práctica habitual entonces, pero ilegal a todas luces, así que le preguntó a la chica si quería poner una demanda contra la empresa, y sacó un formulario para empezar a rellenarlo, pero Dolores le dijo que no rellenara nada porque ella tenía un abogado particular que le estaba llevando el caso. Al oír esto, el representante de la empresa empezó a ponerse más suave, menos drástico, y dijo: ─Bueno, no creo que haya necesidad de llegar a ese extremo. Seguramente lo podremos solucionar de una manera más amistosa. Sin embargo tengo que consultar con el director pues yo soy un mandado ─Parece que ante la perspectiva de que se iba a encargar del asunto una persona ajena al organismo 11


oficial, ya no lo tenían tan claro, acostumbrados como estaban a que la administración hiciera la vista gorda ante sus chanchullos. Por la tarde fue de nuevo al despacho del director, el cual le dijo que al día siguiente por la mañana podía entrar a trabajar. Esta lucha de Dolores sirvió para que a otros trabajadores, sobre todo mujeres, que estaban en la misma situación que ella, no las despidieran al cumplir los seis meses. Pero no fue ésta la única batalla que la muchacha venida de un pequeño pueblo onubense, sin ningún tipo de estudios, ni siquiera los primarios, pero con valentía y arrestos a toda prueba, tuvo que librar en los diecisiete años que permaneció en la fábrica de Sants. 12


Ya desde su primer mes de trabajo, al comparar su hoja de salarios con la de otros compañeros, se dio cuenta que las mujeres cobraban menos que los hombres. Aquello le chocó sobremanera, pues al lado de la máquina que ella ocupaba, había varios hombres trabajando en máquinas idénticas, haciendo la misma faena y el mismo número de piezas, y no se podía explicar porqué a las mujeres les pagaban menos, por lo que lo comentó con algunas que ya llevaban varios años trabajando en la empresa. Sin embargo no se atrevió reclamar, porque acababa de llegar y no quería que le tomaran manía tan pronto. Así que decidió esperar.

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Fue despues de los hechos que se acaban de relatar sobre su contrato de trabajo y la pretensión de la empresa de despedirla, cuando se decidió a plantear una reclamación formal a la dirección, para que se equipararan los sueldos de hombres y mujeres y se hiciera realidad esa vieja aspiración femenina, “a igual trabajo, igual salario”. Un día, despues de hablar con una compañera de la que se había hecho muy amiga y que también era bastante “lanzada”, decidió ir al despacho del director a exponerle la cuestión directamente, pero como era de esperar la dirección no quiso saber nada del asunto, así que despues de estar un rato argumentando sus razones, que se basaban en que ellas hacían el mismo trabajo que los hombres, al ver 14


que no conseguía nada positivo, salió de la oficina dando un portazo, muy enfadada. Lo de los portazos era algo que no podía reprimir, sobre todo ante injusticias manifiestas. Al día siguiente fue al despacho del abogado laboralista que le había asesorado en su anterior “refriega” con la empresa, y le planteó el asunto de la igualdad de salario hombre-mujer para ver qué camino podía tomar. El abogado le dijo que no era fácil que accedieran a sus pretensiones pues en el convenio provincial del metal había varios apartados que trataban de “trabajos específicos para mujeres”, refiriéndose a aquellos que por ser menos pesados podrían hacer las mujeres, pero eso sí, con un sueldo inferior al de los hombres. Le dijo también el letrado 15


que si quería seguir adelante con su reclamación, procurara recoger la mayor cantidad posible de firmas de las mujeres para dar mayor fuerza a su propuesta, y que por tramitar y llevar adelante el asunto le cobraría unas dos mil pesetas. Había unas cuarenta mujeres, así que haciendo un cálculo rápido tocaban a cincuenta pesetas cada una. Ese mismo día despues de salir del trabajo y en su casa, se preparó un especie de documento con una sencilla

hoja

de

block,

escribiendo

en

el

encabezamiento: “las abajo firmantes dan su completo apoyo a Dolores Fernández, en su reclamación a esta empresa sobre la equiparación del salario de las mujeres al de los hombres, a igual

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trabajo”. Tenían que poner nombre y apellidos, número de D.N.I. y la firma. Para que no pudieran sancionarla por abandono del puesto de trabajo, recogía las firmas despues de acabar su jornada laboral, pero aún así al día siguiente su encargado de sección le dijo que el director quería hablar con ella, así que se apresuró a ir al despacho del mandamás. ─Buenos días, me han dicho que quería usted hablar conmigo. ─Así es. Ha llegado a mis oídos que está usted recogiendo firmas. ¿Se puede saber que se trae entre manos?

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─Mire usted, los mismos que le han dicho lo de las firmas también le pueden decir de qué se trata. Seguro que no tardan mucho en averiguarlo. ─Entonces, ¿se niega a decirme que es lo que pretende con esas firmas? ─No se preocupe que pronto se enterará. ─Está bien, pero le advierto que si se le ve de nuevo por los puestos de trabajo, entreteniendo a las operarias, será sancionada. ─ ¿Nada más? ─Eso es todo. ─Buenos días. Nuevo portazo y evidente temor del director de que en una de éstas la chica arrancara el marco de la puerta. 18


Las firmas que le faltaban las fue recogiendo en la calle a la hora de entrar o salir del trabajo. En los cálculos que hizo sobre la recogida de firmas pecó de optimista, pues de las cuarenta y dos mujeres que había en la fábrica varias no quisieron saber nada del asunto; dos de ellas estaban liadas con

sendos encargados, y otras

tres tenían

demasiado miedo para comprometerse, pues creían que la empresa tomaría represalias contra ellas e incluso podría despedirlas. Dolores pensó que el miedo era libre y había personas que lo tenían en cantidades industriales. Con las firmas que recogió y el dinero se presentó de nuevo en el gabinete del abogado. Éste inició los trámites pertinentes mandando una carta 19


con la reclamación a la empresa y otra idéntica a la administración, que a su vez envió un aviso a la dirección de la empresa de que en los próximos días se personaría un inspector, para ver si los puestos de trabajo de las mujeres eran equiparables a los de los hombres. Varios días despues el director la llamó de nuevo, para comunicarle que ya no vendría el inspector de trabajo pues la empresa había decidido pagar el mismo salario a hombres y mujeres. Otra batalla ganada. En aquella época había tantos desarreglos en materia laboral, tantas injusticias y abusos por parte de los patronos, que se podía estar continuamente haciendo reclamaciones de todo tipo y no se 20


terminaban. Y Dolores, que como se ha visto no podía soportar las situaciones de abuso por parte de la empresa, tuvo un amplio campo de acción, aun sin proponérselo expresamente, pues ella no buscaba el conflicto adrede, pero era incapaz de permanecer cruzada de brazos ante tanta arbitrariedad. Otro asunto al que tuvo que “meter mano” fue el relacionado con primas y cronometrajes. El salario total que cobraba un trabajador estaba compuesto de una parte fija y otra variable que dependía del rendimiento que este trabajador sacaba. Es lo que se conoce como “trabajar a prima”. Cuando la prima es una parte muy importante del sueldo total, como suele suceder, el trabajador ha de esforzarse al máximo para cobrar el salario entero, haciendo la 21


cantidad de piezas que está estipulado según el cronometraje previo de la faena. Cronometrar una faena consiste en que una persona cualificada para tal menester, que puede ser empleado de la fábrica o no, va al puesto de trabajo y con un cronómetro en la mano, toma los tiempos, incluso los movimientos que el trabajador que está en la máquina emplea en cada operación del mecanizado de la pieza. Puede estar una hora o más cronómetro en mano. Despues hace los cálculos pertinentes con arreglo a unas normas y saca el número de piezas por hora que hay que hacer. Muchas veces se producían abusos por parte de la empresa y el cronometrador “barría para casa”, metiendo más piezas de las que realmente habían salido en el cronometraje. También es cierto 22


que algunos trabajadores a los que se les cronometraba una faena, trabajaban a un ritmo más lento de lo normal, tratando de engañar al cronometrador. En esta empresa había faenas que no estaban cronometradas, bien por que fueran relativamente nuevas y no hubiera dado tiempo, o bien porque a la empresa no le interesara. Al no estar cronometradas tampoco se cobraba prima. Los encargados de las distintas secciones de

la fábrica, verdaderos

mandamases de la empresa, daban las faenas cronometradas, por tanto con prima, a sus amigos o a quien mejor les hacía la pelota, y en el caso de las mujeres solían dárselas a sus queridas, pues eran

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varios los jefes de equipo y encargados que tenían una o más. Así pues las mujeres que no querían tener ningún “asunto” con el jefe, que se limitaban a cumplir en la fábrica lo mejor posible con su trabajo, esas eran las que se cargaban las faenas sin prima, y por

tanto

viendo

su

sueldo

mermado

considerablemente. Dolores y algunas mujeres más que se unieron a ella, reclamaron a la empresa que cuando un trabajador hiciera una faena no cronometrada, cobrara también la media de la prima que llevaba en ese mes. Como se trabajaba siempre al máximo de los topes establecidos, también la media resultante era máxima. 24


No cedió fácilmente la empresa a esta reclamación como puede suponerse. Tuvieron que poner una denuncia ante la autoridad laboral gestionada

también

laboralistas,

y

al

por cabo

parte de

de dos

abogados meses

la

Administración le dio la razón a los demandantes, de modo que en todas las faenas de la fabrica no cronometradas, la empresa pagaba la prima media del trabajador en ese mes, que como ya se ha dicho era la máxima. ¿Qué resultó de este cambio? Que ahora quienes hacían estos trabajos sin cronometrar eran las “favoritas”, amantes y amigas de los encargados, y en el caso de los hombres, los amigos y “pelotas" que nunca faltaban, pues no tenían que esforzarse 25


para sacar el alto número de piezas exigidas por el cronometraje; se limitaban a ir trabajando a un ritmo normal, más descansado, ante el cabreo generalizado del resto de la plantilla, de los que no tenían nada que ver con los jefecillos y encargados. Estas y otras historias me las contaba Dolores, mientras estábamos sentados en el porche de su casa, a las afueras de Barcelona, tomando yo una cerveza y ella un zumo de piña, pues nunca ha bebido nada alcohólico salvo acaso humedecer los labios en el cava, en alguna fiesta o celebración importante, o cuando asa castañas en su casa, que las acompaña con un vasito de moscatel. Tiene cincuenta y cuatro años, el pelo completamente blanco, por eso se lo tiñe, y es más bien de pequeña estatura, ojos 26


castaños y piel ligeramente morena. Habla con decisión y tiene muy buena memoria, pues recuerda hasta los más mínimos detalles de las “peleas” que tuvo que librar en aquella fábrica, la única en la que trabajó en todos sus años en Cataluña. Dolores vino de su Huelva natal hasta las catalanas tierras con dieciocho años, atraída sin duda por la esperanza de encontrar un futuro mejor, con más perspectivas que las que se le presentaban allá en su pueblo, donde sus ocupaciones consistían en ayudar a sus padres en las tareas propias del cortijo en el que vivían, cercano al pueblo, siendo estas tareas cuidar siete u ocho vacas, un rebaño de ovejas, diez cerdos y casi cien gallinas, amén de echar una mano en las faenas del campo: coger la 27


aceituna, limpiar los campos de malas hierbas para sembrarlos despues… En contra de lo que pudiera pensarse, ella era feliz en ese su pequeño mundo, y se sentía orgullosa de poder ayudar a sus padres y hermanos al sostenimiento de la economía familiar. Era una vida sencilla pero gratificante en muchos aspectos. Como botón de muestra me dice que desde siempre le han gustado mucho las naranjas, y recuerda con mucho cariño y bastante nostalgia los atracones que se daba, subida al gran naranjo que tenían en el patio del cortijo. No cabe duda que debía disfrutar de lo lindo, a juzgar por cómo se le aviva la mirada y el énfasis que pone en sus palabras mientras me lo cuenta.

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Pero aun así sentía deseos de conocer otras ciudades

y

otras

gentes,

así

que

un

año,

concretamente en mil novecientos setenta y cuatro, al finalizar las vacaciones del verano, se fue con su hermana mayor y su cuñado a vivir con ellos en el piso que tenían en Hospitalet, población al lado de Barcelona, hasta que tuviera bastante dinero para poder alquilar una vivienda y ser independiente, que era su objetivo a medio plazo. Los primeros días los dedicó a ver Barcelona y aprender a ir sola en el metro, mientras aprovechaba para ir buscando trabajo, para lo cual se compraba el periódico “La Vanguardia”, donde venían páginas y más páginas de ofertas y demandas de empleo.

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Sentada en un banco del parque con un bolígrafo en la mano, iba rodeando con un círculo las posibles trabajos a los que podría acceder, teniendo en cuenta que ella no tenía ninguna especialidad ni estudios, pues ni siquiera fue un curso completo a la escuela y aprendió a leer, escribir, y las llamadas “cuatro reglas” porque fue un mes al convento del pueblo, donde las monjas enseñaban a las niñas las nociones básicas, y también algo de costura. Me dice, con algo de tristeza, que el hecho de que sus padres no se hubieran preocupado apenas por que asistiera a la escuela regularmente, es una de las pocas cosas que puede reprocharles.

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Estuvo pateándose los cinturones industriales de Barcelona y los pueblos lindantes más de veinte días, hasta que encontró trabajo en una empresa de Sants, barrio de Barcelona que por aquel entonces estaba lleno de fábricas y talleres. Esta fábrica se dedicaba a hacer cajas para contadores de la luz, soportes para relés y otras piezas relacionadas con la industria eléctrica, siendo la Siemens uno de sus principales clientes. Ni por asomo podía ella imaginarse los quebraderos de cabeza que iba a vivir en aquel sitio, por tener un carácter tan luchador e inconformista, aunque me recalca que no está arrepentida de haberse metido en los fregados que se metió.

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A estas alturas de la conversación con Dolores, mi cerveza ya estaba más que liquidada, y su zumo de piña otro tanto, por lo que se levantó para ir en busca de nuevas provisiones, esta vez acompañados de una lata de berberechos y otra de mejillones en conserva. Cuando regresó de la cocina con las bebidas y lo demás, le dije que si estaba cansada lo dejábamos para continuar otro día, pues debía tener la boca seca de tanto hablar, pero ella esbozando apenas una sonrisa me dijo que prefería continuar. Despues de este pequeño descanso siguió relatando

las

peripecias,

vicisitudes

y

enfrentamientos que tuvo con la empresa y sus encargados principalmente, aunque me aclara que también tuvo que “cantarle la caña” a algún 32


compañero o compañera que trató de pasarse con ella. De entrada, los encargados y jefes de equipo estaban descaradamente a favor de la empresa en todos los aspectos, eran una prolongación de la empresa y como tal actuaban. Le hacían la pelota al director, al jefe de personal, y a todo el que estuviera por encima de ellos. Había un encargado, de apellido Díaz, que era el prototipo de rastrero y pelota y al mismo tiempo un verdugo para los trabajadores. También le llamaban “revientatopes”

y

“explotaviejas”.

Cuando

el

cronometrador iba a tomar el tiempo de una faena nueva, él se pasaba primero por el puesto de trabajo y se ponía a trabajar quince minutos en esa faena 33


todo lo rápido que podía. Las piezas que sacaba en ese tiempo las extrapolaba a una hora. Si por ejemplo había hecho veinte piezas las multiplicaba por cuatro con lo que le salían ochenta piezas por hora, cosa que era una barbaridad, pues no era lo mismo trabajar quince minutos que ocho horas sin parar, sin tener en cuenta el cansancio propio de tantas horas, los descansos para ir al lavabo, etc. Cuando llegaba el cronometrador le decía que se podían hacer ochenta piezas/hora y se quedaba tan fresco. Todo para caer en gracia a sus jefes, que vieran lo mucho que miraba por la empresa, a costa del sudor y la fatiga de los trabajadores. Por eso la gente le había otorgado el “honor” de ser el “rompetopes” oficial de la fábrica. 34


Este angelito, por si no tuviera bastante con ser un rastrero, además era un alcohólico empedernido. Debía tener en aquella época unos cuarenta y cinco años, estaba casado y le había salido una hija subnormal, a causa, según él mismo confesó, de su acentuado alcoholismo. Tan enganchado estaba en la bebida que el dueño de la empresa, al cual le decían “el Chato” por su prominente nariz, le tenía dicho que se presentara cada media hora en su despacho para comprobar que no estaba bebido. Previo permiso del dueño, se llevaba parte de las faenas que se hacían en la fábrica a un local de su propiedad, donde tenía empleadas ocho o diez mujeres, ya mayores. Estas mujeres le hacían a las piezas el mismo trabajo que en la fábrica pero eso sí 35


cobrando una miseria. Con un camión propiedad de la empresa llevaban las piezas al local, donde las mujeres hacían el trabajo y despues las retornaban ya mecanizadas a la fábrica. Resultado: ganaba el encargado, que actuaba como intermediario y ganaba la empresa pues le costaba menos el trabajo de esas piezas que si se hubiera hecho dentro de la fábrica. Lo curioso es que este hombre encima se vanagloriaba de pagar una miseria a “sus viejas”, como él decía. Por tanto el epíteto de explotaviejas, también le venía como anillo al dedo. Pero en esta vida muy pocas cosas son inmutables. La empresa, como otras muchas, atravesó por dificultades económicas y empezó a sobrar personal. Como no podían echarlo a la calle, 36


ya que tendrían que haberle dado una indemnización bastante grande, a este hombre lo pusieron a trabajar en una máquina, precisamente en una de las que más alto tenía el tope de piezas, gracias sobre todo a que intervino activamente para que así fuera cuando era encargado. Me cuenta Dolores, con evidente satisfacción, que fue a hacerle una visita al rompetopes a la máquina donde estaba trabajando y le preguntó, con bastante sorna, que qué le parecía la cantidad de piezas que tenía que hacer. Era a mediados de Julio. El rompetopes, explotaviejas, borracho, pelota y rastrero, agachó la cabeza y siguió trabajando a todo tren, pues no podía perder un instante, ni para secarse el sudor que le empapaba la camisa, le corría por la frente y le llegaba hasta 37


los ojos, ya que entonces no sacaría las piezas estipuladas y se quedaría sin prima. Cuando Dolores tenía el turno de tarde, a partir de las siete se quedaba sola en la sección donde trabajaba y algunos días recibía la visita de compañeros de otras secciones para charlar un rato con ella. Una tarde llegó Emilio, un chico de unos veinte años, de mediana estatura y bien parecido, que presumía de conquistador, y parece que algo de verdad había, pues se le había visto en distintas ocasiones con chicas de la fábrica. Llevaba intentando salir con Dolores desde hacía algún tiempo, pero solo conseguía de ella negativas. Algunos días la esperaba a la salida del trabajo y continuaba sus requerimientos, poniéndose cada vez 38


más pesado. Ella empezaba a estar harta de tanta insistencia, pero confiaba en que Emilio se aburriera alguna vez y la dejara al fin en paz. Sin embargo el chico se sentía herido en su amor propio, pues ya había conquistado a otras chicas más guapas y con mejor tipo que Dolores, y no entendía las constantes calabazas que ella le daba. Esa tarde se presentó con un montón de almanaques de bolsillo de esos que por el otro lado llevan una mujer desnuda. Empezó a enseñárselos a la muchacha, y ésta notó que cada vez se acercaba más a ella, mientras le iba diciendo: “mira ésta lo buena que está, y esta qué te parece, y ésta, y ésta…” Al notar ella que aquel salido cada vez se recalentaba más, lo detuvo en seco diciéndole de 39


buenas manera que la dejara en paz y no la incordiara. El chico se fue, pero dos días despues volvió a la carga con una revista porno que trató de enseñarle a Dolores. Ella no le prestó la menor atención y siguió trabajando sin ni siquiera mirar la revista que con tanto interés Emilio se esforzaba en mostrarle, mientras él acercaba su cara cada vez más a la de ella. El chico al ver que ella no decía nada, creyó que iba por buen camino, y le pasó el brazo por encima del hombro, mientras acercaba más su boca a la de ella con la clara intención de besarla. Entonces Dolores, que se había estado aguantando a duras penas, dejó de trabajar y pegándole un empujón lo lanzó un par de metros haciéndole caer. Despues encarándose con él le dijo: “o te vas ahora 40


mismo de aquí, o te pego con la pala en la cabeza, tú decides”. La pala a la que se refería Dolores era de hierro, y bastante grande, utilizada para suministrar piezas pequeñas al puesto de trabajo. Emilio pensó que no hablaba en serio y levantándose del suelo se acercó a ella con los brazos abiertos, haciendo ademan de querer abrazarla. Ahora Dolores ya no se lo pensó más. Cogió la pala antes mencionada y le arreó con ella en la cabeza al persistente “don Juan”, abriéndole una brecha en la frente por la que empezó a salir sangre. Emilio comenzó a chillar como si fuera un cerdo al que tuvieran subido a la mesa, pinchándole con un cuchillo en el cuello, en la típica matanza.

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Los gritos de él diciéndole que estaba loca, y los de

ella

llamándolo

guarro

y

asqueroso,

se

escuchaban en toda la fábrica, y atrajeron la atención de varios compañeros que trabajaban en otras secciones, los cuales llegaron a tiempo de evitar el segundo palazo en la cabeza de Emilio, pues Dolores ya había perdido el control por completo, y si no le quitan la pala de las manos, Dios sabe de lo que habría sido capaz. Al día siguiente la empresa tomó cartas en el asunto y suspendió de empleo y sueldo a Dolores en tanto no se aclararan las circunstancias de la agresión. Emilio declaró que él solo había ido a hablar un rato con ella para pedirle que fuera con él al cine el domingo, y como ella le dijo que no, él 42


insistió una o dos veces más, hasta que perdiendo los estribos y de manera incomprensible, ella reaccionó de esa forma tan airada. A Dolores ni siquiera la dejaron que explicara su versión, tanta era la inquina que la dirección de la empresa le tenía, por haber sido la abanderada de las más sonadas reclamaciones a que la empresa había tenido que hacer frente, con los resultados ya conocidos. A los dos meses se celebró el juicio, en el que la chica contó al juez detalladamente el acoso que dentro y fuera de la fábrica había estado sufriendo por parte de Emilio, no una sino bastantes veces. Llevó como testigos a dos amigas suyas a la que les había contado más de una vez, la persecución que estaba sufriendo desde hacía meses por parte de 43


Emilio. El juez le dio la razón a ella pues consideró que había obrado legítimamente, ya que si no hubiera actuado de tan drástica manera, él hubiera pasado a mayores aprovechando que estaban solos en aquella zona de la fábrica. La empresa fue obligada a readmitir a Dolores pagándole íntegramente el salario de los dos meses que había estado suspendida de empleo y sueldo, con lo cual aumentó más todavía la ojeriza que la dirección le tenía, que en la práctica se traducía en que los trabajas más pesados o con más cantidad de piezas para hacer, se los cargaban a ella. Muchas otras anécdotas me contó Dolores de su paso por la fábrica, pero creo que con lo expuesto aquí es suficiente para ilustrar el carácter luchador y 44


la fortaleza moral de que está dotada, y también la mala leche que se gasta cuando tratan de abusar de ella de cualquier forma. La fábrica hace años que cerró, pero estoy seguro que muchos de los que la trataron allí todavía se acordarán de ella.

FIN

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LAS BATALLAS DE UNA MUJER