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Guía para parejas en tratamientos de fertilidad María Luisa Reátegui Keller


Un nido para Alondra

GUÍA PARA PAREJAS EN TRATAMIENTOS DE FERTILIDAD


Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú N° 201708192 Autora © María Luisa Reátegui Primera edición - Julio 2017 Editora: Alejandra Visscher Calle Vía Láctea 324 torre A dpto. 102, Surco, Lima Diseño y diagramación: Calambur SAC Fotografías: Yasmin Kahatt, Amir Giha Impreso en julio del 2017 en: Biopartners SAC Av. Arequipa 4558 Miraflores, Lima Tiraje: 500 ejemplares

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A Dios, por darme la oportunidad de ser mamá y por todo lo que me ha dado cuando consideró que estaba lista para serlo. A Gian, mi esposo, por ser la persona que me lleva a luchar por mis sueños y plasmarlos en la realidad. A mi pequeña Alondra, por su lucha para ser parte de este mundo, por todo el aprendizaje que voy teniendo, y por el crecimiento y apertura que me traerá como persona. A Fabrizio Vizcarra, mi ginecólogo, a quien admiro y respeto por su trabajo, por devolverle la ilusión y esperanza a tantas parejas como nosotros. A todas aquellas personas que me dieron una importante retroalimentación al leer el borrador de esta guía y que a su vez me permitieron conocer sus historias.


Indice 6

Índice

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Prólogo

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Presentación

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Creencias previamente aprendidas

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Antes de iniciar el tratamiento

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Cuando la pareja no se pone de acuerdo con el procedimiento a emplear

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Durante el tratamiento

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Cómo se sienten y qué piensan ellos

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Cuando los resultados del tratamiento son negativos

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Qué pueden hacer los demás para ayudarnos

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Cuerpo, mente y espíritu en desequilibrio

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La pareja: cuando surge el conflicto

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El milagro de la vida

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Cuando consideramos la posibilidad de dar hermanos a nuestro único niño

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La trascendencia

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La decisión final de no tener hijos

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A modo de reflexión

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Algunas respuestas a nuestras preguntas

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Prologo Un embarazo es la expresión misma de un milagro —y a pesar de que todos los días decenas de parejas lo viven— hay otras que no. Este milagro, que se repite millones de veces, es el resultado de un intrincado mecanismo cuyo estudio genera pasión y esa sensación de presenciar el desarrollo de la vida congrega a miles de investigadores, médicos, biólogos, sociólogos y psicólogos alrededor del mundo que tratan de entender, en cada uno de sus campos, cómo afecta a la pareja con problemas reproductivos. De esta manera, la presente obra plasma de manera corta, figurativa, práctica y vivencial las intrincadas sensaciones que ocurren durante este proceso. Es, sin lugar a dudas, la clara expresión de una mirada del problema desde su interior y, por lo tanto, su lectura es uno de los mejores consejos que he recibido. Toda esta serie de sensaciones que acongoja a la pareja nos lleva a reflexionar sobre qué es lo que pasa en sus corazones y, en consecuencia, en sus mentes, y descubrirlo nos puede ayudar a ayudarlos de una mejor forma; ya que parejas más relajadas muestran mejores índices de fertilidad. A mi parecer, no existe pareja infértil; etiqueta que el solo oírla refleja impotencia, frustración y hasta discriminación. Existe, mas bien, una disminución del potencial reproductivo por lo que descubrir la razón es el primer paso. No obstante, muchas veces no lo podemos hacer y comprendemos que lo que sabemos es aún poco, por lo tanto, el término que mejor se acomoda a esta definición es “pareja subfértil” donde el potencial reproductivo se encuentra disminuido, NO anulado. Esta definición requiere

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de una visión optimista por parte de la pareja afectada y de sus médicos, a pesar de que el camino sea tortuoso. Pedir una cita a un centro de fertilidad implica una desarrollada labor en la vivencia de la pareja y como médicos tratamos de entenderlos. Llegar a descubrir la causa del problema debe ser tomada como un primer paso de luz en el camino y proponer una solución pasa, generalmente, por elegir una técnica de reproducción asistida. En líneas generales, existen dos tipos de técnicas: de baja y alta complejidad. Cuando la fecundación (proceso en que el espermatozoide penetra en el óvulo e inicia la conformación del nuevo ser) sucede dentro del sistema reproductor femenino se llama “baja complejidad”. Si la fecundación sucede fuera del sistema reproductor femenino (por ejemplo, en un laboratorio de fecundación in vitro) se llama “alta complejidad”. Debe ser función de cada centro de reproducción asistida informar sobre los procedimientos a realizar y, en todo caso, aconsejo que lo hagan. Vivimos en un mundo donde la información está al alcance de la mayoría de las personas que saben leer, por lo que les pido que se sirvan de una guía entrenada, ya que lo que puedan entender no necesariamente refleja lo que deben saber. Esta sutil diferencia puede resultar en estar más tranquilos o mortificados. No teman pedir ayuda para despejar sus dudas, a pesar de que sientan que son banales. Piensen que su tranquilidad está primero. Desarrollen confianza con su médico; entréguense, tómenlo como cuando se suben a un avión, donde saben que tienen riesgos y a pesar de esto, generalmente, lo hacen con alegría (con la diferencia que en este caso sí conocen y hablan con el capitán de la

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nave). Informen sobre sus sensaciones, frustraciones y sueños, construyan una relación más cercana y humana con su médico que estará dispuesto a hacerlo; es para nosotros un honor tener su confianza. El desarrollo de programas de soporte psicológico se está imponiendo con mayor intensidad y frecuencia en los centros de reproducción asistida. Pregunten por uno o, en todo caso, no duden en tomarlo; los ayudará muchísimo. De hecho, esta será la conclusión a la que lleguen después de leer este libro. Estoy plenamente seguro de que la presente obra los ayudará en el camino hacia ser padres, sendero donde la perseverancia y paciencia deben ser sus mejores herramientas. Cada vez que cualquiera de los tratamientos falla, su médico experimenta una sensación de frustración e impotencia; revisen juntos todos los pasos previos y pregúntenle: ¿usted qué haría si yo fuera su familiar o su pareja? Siga sus consejos a pesar de que lo que haya leído o escuchado no sea lo decidido. Tomar la decisión de cómo proceder es una conclusión a la que la pareja debe llegar de común acuerdo con las explicaciones y razones que su médico ha expuesto. Esta batalla es de los tres: la pareja y el médico. Saludo a María Luisa Reátegui por la entereza de su obra, pero sobre todo por la valentía de contar su experiencia, analizar e iluminar el torbellino de emociones que estos tratamientos producen. ¡Querida María Luisa, gracias por esta invalorable contribución! Dr. Fabrizio Vizcarra Alosilla Ginecólogo

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Presentacion Tomé la decisión de escribir esta guía cuando comprendí que mente, cuerpo y espíritu deben estar en equilibrio para, solo así, poder lograr ser madre/padre. Soy psicóloga de profesión y siempre fui una persona responsable, dedicada primero a ser una buena alumna y luego una buena profesional, por lo que gran parte de mi rutina durante los últimos 16 años la dediqué a estudiar y a atender pacientes en consulta de nueve a diez horas al día, de lunes a viernes. Me casé en el 2009 y seguí trabajando. Como ven, dentro de mi plan de vida no contemplaba la posibilidad de tener hijos; la maternidad no era parte de ese proyecto. Al cumplir 34 años y presenciar que mis hermanos menores iban teniendo hijos, empecé a pensar que el ser madre era lo siguiente que correspondía en mi lista de logros; increíblemente hacía una especie de checklist o lista de deberes donde eso era lo que venía y debía asumir. Después de un año de intento natural, no logré quedar embarazada.

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Fui al médico, me hice múltiples pruebas y exámenes hasta que decidimos con el ginecólogo empezar un tratamiento de fertilidad. Durante los años 2013 al 2015 me sometí a una cirugía por sinequia en endocervix, a tres estimulaciones ováricas y transferencias embrionarias sin resultado alguno. Que “produzco óvulos inmaduros”, que mi “cerebro no responde a la estimulación hormonal” alegaban los médicos. Más adelante fui diagnosticada con síndrome antifosfolipídico (por problemas de alo inmunidad). En fin, tantos obstáculos y yo sin lograr entender el porqué. En algún momento decidí consultarlo con un sacerdote pues sabía que la ciencia intentaba ayudarme, pero estaba segura de que faltaba algo más. Fue solo cuando el sacerdote me dijo que la maternidad empezaba en la cabeza, terminaba en el corazón y se plasmaba en el vientre, que entendí que me faltaba el anhelo de querer ser madre. Estoy convencida que mi cuerpo respondía a lo que mi cerebro indicaba: “Tienes que ser madre, pero en el fondo no quieres”. En ese momento comprendí que tenía mucho miedo a lo que un hijo podría significar: cambiar mi vida, mi estilo de ser, y hasta creí que ello implicaría cambiar mi esencia, es decir, dejar de definirme como persona a través de mis logros. Estaba aterrada. Concebía la maternidad como una pérdida; de libertad, de independencia, de ser dueña de mi propio tiempo. Tenía miedo al cambio, a lo incierto.

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Hoy pienso que, con esos temores y forma de pensar, no iba a ser posible convertirme en mamá. Y en este contexto concebí esta guía que busca ayudar a las parejas a entender la importancia de nuestras creencias las cuales delinean nuestros esquemas de vida y nuestra forma de sentir, y la forma cómo nuestro cuerpo reacciona. Seguramente el problema de ustedes no es idéntico al nuestro. Sin embargo, a través de esta guía analizaremos las razones emocionales que pueden estar detrás de sus problemas de fertilidad, las causas del estrés que probablemente están sintiendo durante el camino del tratamiento, la frustración, los miedos y la profunda tristeza que podrían sentir por momentos. Para muchas personas resulta difícil decir que están en tratamientos de reproducción. Algunos prefieren ocultarlo, no hablar de esto, “Que nadie se entere” como si se tratara de algo malo y motivo de vergüenza. Es verdad que el proceso del tratamiento resulta emocionalmente doloroso pues es un camino incierto y frustrante. Sin embargo, el primer paso para el cambio y para la tranquilidad implica llegar a la aceptación de lo que tenemos. Por ejemplo, de que nuestra calidad ovárica no es buena; que nuestras trompas están obstruidas; que tenemos algún problema de inmunidad; que cada vez que nos llega la regla es motivo de ira, de llanto, de frustración; y sobre todo —si fuera el caso— la difícil aceptación para el hombre de que la cantidad de espermatozoides que produce no es suficiente.

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Aceptar implica reconocer la existencia de un problema que estamos dispuestos a asumir y por el cual luchar. “Socializar las dificultades”, lo llaman algunos profesionales. Lo cierto que es que cuando estamos dispuestos a hablar de aquello que nos entristece, atormenta o angustia también logramos verbalizar nuestras frustraciones y ello es bueno. Quiero decirles que no están solos; que mucha gente se siente como ustedes y pasa por las mismas experiencias emocionales de manera individual y como pareja. Hoy más que nunca estoy convencida de que los problemas de fertilidad son también un problema del alma y de nuestra forma de pensar, no solo un problema físico. Continúen con el tratamiento médico si así lo han decidido, pero no olviden curar y tratar también sus creencias, su manera de concebir la realidad, que sus paradigmas y, quizás, cierta rigidez en su forma de pensar.

María Luisa Reátegui Keller Mamá de Alondra

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Creencias previamente aprendidas Cuando una persona se compromete afectivamente, deseando convivir o casarse con su pareja, —independientemente de su religión—, en nuestra sociedad generalmente se piensa en formar una familia y tener hijos. Algunos lo quieren hacer inmediatamente, otros prefieren disfrutar como pareja unos años antes de traer hijos a este mundo. Lamentablemente, muchos creemos que la finalidad de un matrimonio es la reproducción, asegurar la descendencia y, por tanto, pensamos que no se puede ser feliz ni sentirnos plenos si no tenemos hijos.

De donde nace esta idea Por un lado, de las creencias sociales que se expresan mediante comentarios y mensajes que recibimos de nuestros padres y personas significativas desde que somos pequeños: “Los tíos García se casaron pero no fueron padres, qué triste”, “Juana se quedó solterona y llegará sola a la vejez, nadie la acompañará en la enfermedad, qué horrible”.

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Además, en los cuentos infantiles siempre la princesa se casa con el príncipe y son felices al tener hijos (justo al llegar la descendencia el cuento arriba a un final feliz). Muy probablemente en la generación de personas que hoy tenemos entre 30 y 40 años, nuestras madres se dedicaron, en su mayoría, a criar hijos. Pocas tuvieron una carrera pues aprendieron de sus padres que el rol primario de una mujer era atender al marido y criar a sus hijos. En las siguientes generaciones estas ideas se han ido flexibilizando con el ingreso de las mujeres al mundo laboral. Paralelamente a ello, los textos escolares del curso de ciencias naturales pertenecientes a la currícula actual todavía postulan que todo ser humano, en el proceso natural de la vida, atraviesa por las siguientes etapas: nace, crece, se reproduce y muere. Tengo 38 años y recuerdo claramente que estando en tercero o cuarto de primaria entendí que no me podía morir sin antes haberme reproducido. Además, el mensaje es bastante claro: si no tenemos hijos y si no nos reproducimos, dejamos el estado de normalidad para entrar al de anormalidad. En fin, vemos cómo son múltiples las fuentes de aprendizaje para la adquisición de creencias con respecto al matrimonio y a los roles, las cuales vamos formando desde edades muy tempranas y que nos acompañarán durante la adultez.

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Por otro lado, debemos agregar la tendencia cada vez mayor de escuchar a nuestros padres decir que si bien es cierto tener hijos es fundamental para la felicidad y bienestar de un matrimonio, lo es también disfrutar, viajar “todo lo que se pueda”, crecer académica y profesionalmente antes de procrear “porque luego la vida te cambia”. En mi caso, mi mamá perteneció a esa generación de madres un tanto frustradas que allá por los años setenta y ochenta no pudieron formarse profesionalmente y, así, recuerdo haber crecido escuchando de ella que debió haberse desarrollado más como persona y como profesional antes de tener hijos. Aprendí de ella que es importante no depender de un hombre, ser independiente y autónoma. Crecí con la idea de que primero soy yo, antes mi desarrollo laboral, que se debe viajar y disfrutar, luego cursar una maestría, tener carro y departamento, y ya después un hijo. Todo esto se me fue de las manos, cuando después de revisar la lista de las cosas que debía hacer antes de tener hijos, me di cuenta que había cumplido con la mayoría, pero a su vez, que ya tenía 34 años. Nunca imaginé que la reproducción me iba a costar tanto tiempo, esfuerzo físico y emocional y, además, dinero. A otras personas les sucede lo contrario. El anhelo y la ilusión de convertirse en padres es tan grande que al no darse el resultado esperado llegan la frustración, la ansiedad y la preocupación, entonces los niveles de cortisol (la hormona asociada al estrés y la ansiedad) empiezan a elevarse, por tanto, ello actúa sobre nuestro sistema interno y

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lo altera. De esta manera, al estar emocionalmente inquietas por ilusiones frustradas se afecta el sistema de pensamiento, emocional y espiritual, el cual es fundamental que esté en sintonía para que el milagro de la vida pueda darse. Quisiera poder trasmitirles el siguiente mensaje, el que he llegado a comprender luego de mucho análisis y reflexión, y después de haber conversado con mujeres que atraviesan por problemas de fertilidad y están bien entradas en sus treintas. El fin primero de un matrimonio o de una relación donde existe compromiso no es la reproducción. El fin primero es el amor y el respeto de la pareja. Se puede ser familia aun cuando seamos dos. “Se empieza de a dos y se debe terminar de a dos” me dijo un sacerdote católico, y me pareció lo más acertado que escuché en todo el camino del tratamiento. Aún teniendo hijos, la pareja necesita reencontrarse en algún momento de la vida, porque los hijos se irán, formarán sus propias vidas y la pareja nuevamente será una unidad. A mi entender, somos familia desde el sentimiento, en el afecto. De esta manera, dos amigos que deciden vivir juntos, se respetan y tienen sus reglas de convivencia, ya son familia, mientras dure esa relación afectiva. Podemos ser una familia de múltiples maneras. La cantidad de miembros que la componen no es un criterio a considerar, ni tampoco el tipo de relación que exista entre las personas.

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En conclusión, familia es un concepto muy amplio definido por el sentimiento y el vínculo que une a las personas. No obstante, si finalmente decidimos tener hijos para complementar nuestra familia y no podemos concebirlos luego de múltiples intentos, podría gestarse en nosotros la necesidad de buscar ayuda profesional, y por ello, comparto esta guía con ustedes.

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Antes de iniciar el tratamiento Al igual que a mí, debe haberles sucedido a muchas personas que al empezar un tratamiento de fertilidad (ya sea una inseminación artificial o in vitro) tenemos expectativas positivas de éxito. Al comienzo me sentía muy motivada, dispuesta a hacer todo lo que el doctor me indicara. Estaba contenta porque pensaba: “Estamos haciendo lo que está en nuestras manos para lograr ser padres”. Sin embargo, sucede que cuando empezamos a transitar el a veces largo camino de los tratamientos de reproducción asistida, nadie explica a la pareja “el viaje” que va a iniciar y que, si se tiene suerte, puede ser exitoso desde un comienzo, pero que sin embargo, para muchas parejas no lo será. Nadie advierte que este camino puede resultar frustrante y emocionalmente doloroso de transitar. Que nuestro médico hará lo posible para generar vida dentro de nosotros, pero que realmente no está en sus manos el momento en que esto ocurrirá.

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El médico nos explica desde la medicina y la ciencia lo que realizará con nuestros cuerpos, pero no lo que probablemente sucederá con nuestras emociones y sentimientos. Es importante que sepamos que el recorrido será a veces frustrante, incierto y doloroso, y que habrá discusiones de pareja durante todo el proceso. A su vez, cuando tengamos sensación de pérdida y de metas no alcanzadas, viviremos en duelo. Será ahí cuando la ira, tristeza y angustia se apodere de nosotros. Particularmente, me hubiera ayudado que alguien me explicara esto o haber podido encontrar algún manual, libro o guía que me indicara que toda la experiencia emocional que viviría en los próximos años era normal. Para que como pareja pudiéramos haber conversado sobre lo que probablemente se nos venía. En fin, lo importante es saber que en esta primera etapa, cuando el tratamiento se realiza por primera vez, el panorama es muchas veces alentador. No obstante, cuando hemos vivido tratamientos anteriores, podemos llegar a sentir mucha desmotivación y fastidio frente al hecho de volver a empezar.

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Enfrentando la primera cita Normalmente, en la primera entrevista con el doctor, este revisará nuestro historial, nos hará preguntas y querrá conocer a la pareja. Durante esta primera entrevista y las siguientes es probable que nos explique lo que significan los tratamientos de reproducción asistida. Nos dará una pequeña clase de biología y quizás entendamos todo lo que nos quiso trasmitir o quizás solo la mitad o la cuarta parte. Por ello, es importante que hagan todas las preguntas que quieran y, dado que algunas interrogantes irán apareciendo más adelante, vuelvan a preguntar. No teman hacer algún comentario por muy tonto que les pueda parecer. En mi caso, al haber estudiado psicología en una universidad de medicina, entendía sobre biología y sobre lo que el médico me explicaba. Sin embargo mi esposo, abogado de profesión, no. Frente a ello, es fundamental que le pidan a su médico que les recomiende material de fácil lectura para leerlo juntos en pareja. Estar bien informados siempre da calma y tranquilidad. Finalmente, explíquenle al doctor cómo se sienten; háblenle acerca de sus afectos. Quizás no sea psicólogo ni un experto en comprender y calmar emociones, pero al haber visto y tratado tantos casos, podría compartir con ustedes otras experiencias.

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Cuando la pareja no se pone de acuerdo con el procedimiento a emplear Es importante que analicen en pareja las ventajas y desventajas de cada alternativa de tratamiento antes de tomar una decisión. Tengamos en cuenta que las creencias religiosas y de vida de cada miembro de la pareja podrían influir en que la alternativa del otro no sea considerada como válida. En estos casos, es importante estar siempre dispuesto a escuchar los argumentos del otro sin juzgar ni criticar. No se trata de quién tiene la razón y quién no, pues no es una batalla entre dos personas donde habrá una verdad única que hay que conocer; no se trata de una lucha de poder para ver quién gana. Recomiendo ejercitar la capacidad de poder ponerse de acuerdo con respecto a la mejor alternativa de tratamiento para la pareja. Al momento de tomar una decisión tengamos siempre en cuenta:

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El factor económico: identifiquemos lo que estamos dispuestos y podamos invertir en los procedimientos que son costosos. Por ello, debemos evaluar:  ¿Cuál es nuestra realidad?  ¿Estamos en condiciones de invertir determinada cantidad de dinero sin vernos afectados seriamente por ello?  ¿Cómo financiaremos los procedimientos y demás gastos? Quizás lo más recomendable sea consultar con varios médicos y centros de reproducción asistida para evaluar los costos antes de tomar una decisión.

El factor emocional: qué implicancias emocionales tendrá este procedimiento para nosotros.

Podríamos considerar:  Realizar un tratamiento de fertilización in vitro (FIV) que implica: tratamiento hormonal, ingreso a sala de operaciones, transferencia del embrión, días en cama, malestar físico, etc. ¿Estamos dispuestos a pasar por este proceso que muchas veces trae consigo miedos, frustración e incertidumbre?  Si vamos a proceder a recibir óvulos o esperma de otra persona, ¿sabemos lo que ello supone?

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 ¿Nos ha explicado nuestro médico la complejidad emocional de lo que ello significaría (sobre todo si se recibe esperma u óvulos de algún familiar)? Lo mismo, si se opta porque sea una tercera persona quien lleve el embarazo.

El factor fisico: existen métodos de tratamiento de fertilidad más invasivos que otros. Frente a ello, ¿nos ha explicado nuestro doctor y hemos averiguado lo que cada uno de ellos implica físicamente? ¿Qué se espera de nosotros y del tratamiento? Son muchas las preguntas que aconsejo sean planteadas en pareja antes de tomar decisiones.

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Durante el tratamiento Luego de que el médico realice la estimulación ovárica nos informará que un número determinado de óvulos fueron fecundados. Lo siguiente son días de espera hasta que algunas de esas células logren llegar a la fase de blastulación1, recién ahí sabremos que tenemos una cantidad determinada de embriones. Es en esos momentos cuando la esperanza empieza a nacer, en otras palabras, la ilusión de poder convertirnos en padres de un niño se materializa al saber que hay vida esperando por nosotros. Cabe mencionar que para tener más certezas, algunas parejas deciden realizar un análisis cromosómico a sus embriones. Sin embargo, para la mayoría, la posibilidad de ser padres se hace tangible desde el instante mismo en que conocemos de la blastulación. En los siguientes meses de tratamiento se preparará al útero y al endometrio, para poder estar listas para recibir y acobijar a un embrión que, si todo sale bien, se convertirá en bebé. Luego se dará inicio a la última parte del tratamiento: tomar progesteronas y estrógenos en dosis cada vez mayores. Finalmente, al realizarse la transferencia del embrión, las mujeres deberemos guardar reposo por algunos días.

1 Estado temprano del desarrollo embrionario.

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De mi experiencia, recuerdo haber pensado muy racionalmente que si bien era cierto que el médico había colocado un buen embrión en un buen útero y con un buen endometrio, ello no significaba que sería madre, ni que ese niño necesariamente se implantaría en mi cuerpo para sobrevivir. Traté de priorizar la razón por encima del sentimiento, y de esta manera, no aferrarme a una esperanza que de no ser cierta, me traería mucho dolor. No obstante, al conocer que tenemos un ser vivo dentro del vientre, es sumamente difícil no formarnos ningún tipo de expectativas. Es complejo saber que tenemos una vida dentro y no estar alertas a los síntomas de mareo, dolor de cabeza y abdominal, hinchazón de mamas; producto más de la cantidad de hormonas que estamos ingiriendo que de la posibilidad de embarazo. Por más que no querramos generar expectativas, tenemos la esperanza de convertirnos en madres. Por ello, los días llamados “beta espera” son difíciles de sobrellevar. Hay mucha ansiedad, expectativa positiva de éxito y miedo; todo al mismo tiempo. A su vez, las personas más cercanas a nosotros, que saben de la transferencia, nos dicen que seamos positivas, que hay que confiar en Dios y decretar que ese niño vivirá dentro de nosotras.

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Como se sienten y que piensan ellos Las mujeres muchas veces pensamos que solo nosotras padecemos, pues prácticamente vulneramos nuestro cuerpo y emociones al someternos a los tratamientos de fertilidad (somos las que recibimos las inyecciones hormonales durante el periodo de estimulación ovárica, las que vamos a nuestros controles periódicos para ver el crecimiento de los óvulos, las que pasamos por una intervención para la extracción folicular en la sala de operaciones, las que volvemos a recibir dosis regulares de estrógenos y progesteronas durante el periodo de transferencia) mientras que ellos, los hombres, salvo algunos análisis previos, solo colocan su esperma en un recipiente de plástico después de haberse estimulado unos minutos en el baño. Pero aunque cueste aceptarlo, erróneamente las mujeres a veces asumimos que ellos no sufren, que “se la llevan fácil”, que solo son espectadores pasivos de lo que sucede con nosotras. Esto puede generarnos ira, frustración y desconcierto. En fin, una serie de emociones donde la sensación es muchas veces: “Soy yo quien la pasa peor”. En ciertas ocasiones estos pensamientos y emociones pueden llegar a generar roces en la pareja, sobre todo cuando pensamos: “No es justo, por qué solo yo”.

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En consecuencia, estas ideas puede pueden producir mal humor, tristeza, ansiedad y la tendencia a discutir. Es importante que entendamos que así como nosotras vulneramos nuestro cuerpo al someternos a tratamientos de fertilidad, nuestras parejas también vulneran su alma, su espíritu, sus emociones y, en muchas ocasiones, su autoestima. Particularmente cuando logré entender esto me tranquilicé y cambié mi forma de pensar por la idea de que “ellos no se la llevan tan fácil”. También sienten, se entristecen, se frustran, se angustian, muchas veces considerándose culpables y hasta avergonzados por las experiencias que tenemos que atravesar al vulnerar nuestros cuerpos. Esto sucede principalmente si el problema físico lo tiene él, dado que así sea el hombre quien deba iniciar un tratamiento para mejorar la calidad o cantidad de esperma, somos las mujeres quienes finalmente recibimos gran parte del tratamiento. Al vernos tomar dosis de hormonas diariamente, medicación, asistir a nuestros controles regularmente; ellos, los hombres, pueden sentir múltiples experiencias emocionales como culpa, tristeza, frustración y angustia, entre las más típicas. Lo cierto es que en todo este proceso el concepto de sí mismos puede quedar afectado al sentirse poco capaces para dar vida y de ayudarnos, dañando a su vez su criterio de virilidad.

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Durante los tratamientos de fertilidad asistida la autoestima del hombre queda muchas veces más dañada que la de la mujer. Para ellos, no poder dar vida y tener esperma “flojo” e insuficiente es a veces entendido como si un aspecto de quiénes son se hubiera fragmentado. Aunque no lo expresen, los hombres no la pasan más fácil que nosotras; la experiencia emocional que viven es diferente a la nuestra. En algún momento logré entender que no se trata de compararnos entre nosotros, los miembros de la pareja, para medir quién sufre más y quién menos, quién la pasa mejor y quién peor. Se trata de entender que somos un equipo y que cuando uno de sus miembros está lesionado, afecta a todo el equipo. Es en estos momentos de tratamiento, cuanto más necesitamos pensar que somos parte del mismo grupo, que tenemos puesta la camiseta del mismo color y jugamos para el mismo club; donde el dolor de uno es el dolor del otro vivido desde otro ángulo. No esperemos que a ellos les afecte como a nosotras la experiencia emocional vivida; que si lloramos, ellos deban consolarnos y entendernos. Quizás el distanciamiento (si es que se da) o la falta de palabras adecuadas no es más que una manifestación del dolor que también experimentan y que, de pronto, no se atreven a decirlo por temor a generarnos más pena. Tal vez nuestra pareja no está emocionalmente preparada para sostenernos cuando nosotras así lo deseamos. Es parte de nuestro compromiso entenderlos y no solo ser nosotras las que somos comprendidas.

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Es importante: � Que logremos que la comunicación de la pareja no se vea afectada antes, durante y después del tratamiento. Necesitamos hablar, transmitir cómo la experiencia vivida nos está afectando, generar espacios para el diálogo tanto para nosotras y para ellos. Como pareja es fundamental encontrar un espacio para expresarnos y para ser sostenidos en el dolor. Cuidado con las descalificaciones del tipo: “Lo que tú sientes es nada en comparación con lo que siento yo” o “Mi dolor es mayor que el tuyo”. Nada de esto ayuda. Vivimos el dolor de maneras distintas y no se puede cuantificar. � Que evitemos los distanciamientos, los silencios, llorar solos, y que nuestra pareja note nuestro dolor por temor a ahondar aún más en los problemas. Por el contrario, este es el momento cuando más necesitamos pensar en equipo, en que somos dos los que vivimos el mismo proceso, pero desde diferentes ángulos. Según mi experiencia, muchas veces a los hombres les resulta más difícil hablar acerca de lo que sienten y piensan. Optan por no hacerlo como si no expresarse ayudara a canalizar sus sentimientos: “Ya me pasará”, “Lo que yo siento no es tan importante”, “Para qué decirle a ella cómo las cosas me afectan, no quiero que se moleste conmigo”. Lamentablemente, si no transmiten sus sentimientos y su forma de pensar, para nosotras será muy difícil comprenderlos. Los problemas no se resuelven evitándolos, sino muy por el contrario, dándoles cara y afrontándolos.

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Cuando los resultados del tratamiento son negativos “Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas­­­– la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino”. Viktor Frankl Neurólogo y psiquiatra austriaco

Al conocer los resultados de la prueba de sangre viviremos una serie de emociones. Y para aquellos quienes el resultado dio negativo, la noticia será terriblemente desalentadora. En consecuencia, iniciaremos un proceso de duelo; nunca imaginé que estaría de luto frente a una realidad que nunca fue mía. No podía creer tanto dolor proviniendo de una persona tan racional como yo. Había procurado no hacerme expectativas de éxito, pero me di cuenta que no era realista ni era posible evitar soñar.

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A pesar de ser psicóloga y sabiendo lo que el duelo implica, confieso que atravesé por todas las etapas del mismo: negación, ansiedad, ira y tristeza profunda, hasta llegar a la aceptación final de la pérdida. De esta manera, durante los primeros días pensé que el laboratorio se había equivocado al darme los resultados, hasta busqué en Internet acerca de las estadísticas de error en los laboratorios. Luego imaginé que seguramente me había realizado la prueba de sangre muy tempranamente: “Quizás había que esperar algunos días más”. Albergué todavía alguna esperanza hasta que los segundos resultados fueron también negativos. NEGACIÓN: una defensa temporal para el individuo que se manifiesta muchas veces en frases como: “Me siento bien”, “Esto no me puede estar pasando, no a mí”. Es un mecanismo de defensa que consiste en enfrentarse a los conflictos negando su existencia o relevancia para el sujeto. Se rechazan aquellos aspectos de la realidad que se consideran desagradables (Kübler-Ross 1969). Posteriormente al golpe inicial, recuerdo haber empezado una etapa de mucho dolor con sentimientos entremezclados; vivía una montaña rusa de emociones todas negativas. Por momentos me sentía molesta con la vida y con Dios por no poderme dar la oportunidad que toda mujer y toda pareja anhela: la de ser padres. Llegué a pensar que Dios me estaba castigando y que algo muy malo seguramente había hecho para no merecer tener un hijo.

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Cuando veía a padres de niños pequeños en la calle, corrigiendo molestos a sus hijos por hacer pataletas, pensaba: “No te quejes, por lo menos tienes un hijo, yo ni siquiera puedo eso”. Otros sentimientos como ansiedad y miedo empezaron a embargarme: “Me queda solo un embrión y tengo 38 años. ¿Qué pasaría si ese tampoco pega?”, “Me quedare así, sin hijos, sola. Seguro mi esposo querrá familia y se irá con otra persona”. Una serie de temores me inundaron y trataba de no pensar, pero estas ideas venían una y otra vez a mi cabeza. IRA: “¿Por qué a mí? ¡No es justo!” ,“¿Cómo me puede estar pasando esto?”. Una vez en la segunda etapa, el individuo reconoce que la negación no puede continuar. La ira se expresa a través del resentimiento y de la irritabilidad. Es a veces una decisión consciente, o no, para detener inmediatamente la amenaza que representa una fuerza externa (Kübler-Ross 1969). Para algunos expertos la ira es la manifestación superficial de un estado de tristeza muy profundo que la persona no está preparada para reconocer y externalizar. Finalmente, una gran tristeza llegó después de semanas de emociones revueltas. No voy a negarlo, tuve muchas pesadillas y alguna vez vi en el centro comercial a un padre acariciando a su bebé recién nacido y recuerdo haber pensado: “¿Qué pasaría si mi esposo distrae al padre mientras yo me llevo al niño?” Esto era algo que indudablemente nunca iba a realizar, sin embargo, ese pensamiento llegó a pasar por mi cabeza. Fue ahí cuando comprendí que estaba profundamente triste por lo sucedido.

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Durante algunas semanas preferí no ver a mi familia y amigos. Muchas personas optamos por aislarnos. DEPRESIÓN: “¿Para qué hacer algo más?”, “¿Qué sentido tiene?”, “¿Para qué seguir?”. La persona puede volverse silenciosa, aislarse de los seres que son significativos en su vida, rechazar visitas, y pasar tiempo llorando y lamentándose. En este momento el individuo puede desconectarse de todo sentimiento de amor y cariño (KüblerRoss 1969). Cada miembro de la pareja tendrá su propio proceso de duelo pues cada quien vive la pérdida a su manera. Es importante notar que no se necesita haber sido padre para sentir una pérdida y el luto correspondiente. La sensación de pérdida aparece cuando la expectativa de éxito no llega a concretarse. El duelo está en la cabeza. Es importante saber y entender que cada ser humano vive el luto de manera distinta. Por ello, no debemos esperar que nuestra pareja sienta lo mismo que nosotros y al mismo tiempo. Cada persona llevará su dolor de diferentes maneras. Algunos optarán por trabajar más, otros por hacer deporte, algunos hablaremos de lo sucedido una y otra vez, y otros preferirán evitar las conversaciones. Lo cierto y la clave para sobrevivir como pareja sin discutir es aceptar y entender que el dolor es igual para todos, pero que se vive de diferentes formas. De esta manera, si

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vemos que nuestra pareja desea hacer deporte y hacer vida social, ello no significa que no sienta dolor o que le haya afectado menos que a nosotros la pérdida, solo porque hayamos decidido que es mejor permanecer en casa viendo películas, apartarnos de los amigos algunas semanas y llorar. Si aprendemos a respetarnos en el dolor, las relaciones no se desgastarán. ACEPTACIÓN: “No puedo luchar contra la realidad”, “Sería conveniente que me prepare para esto”, “Todavía no es nuestro momento”. La etapa final llega con la paz y la comprensión de lo sucedido (Kübler-Ross 1969) Aceptarlo no quiere decir que dejemos de buscar formas alternativas para dar solución a nuestras dificultades. Personalmente, tome la decisión de ponerme en manos de Dios y aceptar lo que él decidiera para mí, sin dejar de lado mi lucha. La aceptación de la pérdida implica un acto de mucha humildad para poder decir: “Acepto finalmente lo que tenga que venir”. Es importante que desarrollemos nuestra espiritualidad, sea cual sea nuestra religión, para poder llegar a esta etapa.

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Elisabeth Kübler-Ross en su libro “On Death and Dying” (1969) afirma que estas etapas del duelo no necesariamente suceden en el orden arriba descrito, ni todas son experimentadas por todas las personas. A menudo los individuos atravesarán varias de estas etapas en un efecto “montaña rusa”, es decir, pasando entre dos o más fases y volviendo a hacerlo una o varias veces antes de finalizar todo el proceso. Las personas que están atravesando estos diferentes momentos no deben forzar el proceso. El duelo es altamente personal y no debe ser acelerado, ni alargado por motivos de opinión de un individuo. Uno debe ser meramente consciente de que las etapas van a ser dejadas atrás y que el estado final de aceptación va a llegar.

Es importante mencionar que de no permitirnos hacer un duelo o llorar la pérdida, probablemente empecemos a sentir malestar físico y/o emocional. No sería extraño encontrar que algunas personas somaticen lo que no se permiten sentir o expresar. Frente a ello podrían aparecer problemas como gastritis, fibromialgia, colon irritable, dolores de cabeza y migrañas, así como algún cuadro de depresión mayor o desorden de ansiedad.

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Que pueden hacer los demas para ayudarnos Las personas que nos rodean (padres, hermanos, otros familiares y amigos) generalmente manifestarán un deseo genuino por querer ayudarnos a atravesar esta difícil etapa de tratamientos con el mínimo dolor posible. De esta manera, nos darán consejos y harán comentarios que muchas veces nos disgustarán y con los que no nos identificaremos.

Por ejemplo: “Resulte o no, hay muchas razones por las cuales estar agradecidos con Dios”. “Si Dios no te da hijos por algo será. Así lo quiso él”. “Sé positiva, piensa en que va a resultar; decrétalo con convicción, imagínate ya embarazada y resultará”. “No seas tan negativa; si piensas mal, saldrá mal”. En fin, una serie de frases y comentarios que antes que ayudar, en mi caso me generaron malestar. Me sentía molesta cuando las personas me decían: “Hay que ser agradecidos con lo que tenemos, ya sea con hijos o sin ellos” . En esos momentos recuerdo haber pensado: “Qué fácil es decirlo cuando ya tienes dos hijos”. Y cuando

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escuché: “No seas tan negativa que atraerás lo malo”, me dije: “Cuando ya se ha pasado por dos tratamientos anteriores sin éxito alguno es muy difícil ser positiva. Evidentemente a ti no te pasó, no entiendes lo que yo vivo”. Como parte de la elaboración de esta guía conversé con otras personas que sintieron lo mismo que yo frente a los comentarios y consejos de las personas que nos quieren, pero que son frases que no nos ayudaron y que nos generaron malestar, incomodidad y hasta ira. Fue ahí cuando decidí escribir estas líneas para sugerir a aquellas personas que nos aman y se preocupan por nuestro bienestar cómo abordar el asunto y qué decir en momentos tan difíciles. Por eso recomiendo:  No asuman que sus palabras deben ser sabias y acertadas, pues nadie es dueño de la verdad y menos aún frente a situaciones que no les ha tocado vivir directamente.  Eviten los consejos acerca de lo que “debemos hacer” para estar mejor. Estos comentarios caen realmente mal, sobre todo cuando no se han solicitado.  Aprendan a validar las emociones y los sentimientos pues es siempre el mejor camino. Con ello me refiero a ser empáticos con el dolor ajeno, reflejar lo doloroso que debe resultar la experiencia emocional vivida por nosotros. Frases y mensajes como: “Me pongo en tu lugar y debe ser difícil lo que estás viviendo”, “Admiro tu lucha y la

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de tu pareja”, “Entiendo la ansiedad y la angustia que me dices sentir, es completamente entendible lo que están sintiendo”. Las personas generalmente buscamos ser escuchadas, entendidas y sostenidas en el dolor, y no que se nos diga lo que tenemos que hacer. Es preferible que solo nos expresen que nos comprenden, que se ponen en nuestro lugar cuando no deseamos ver a nadie y que eso no es malo ni peligroso porque debemos evitar la depresión posterior. Tampoco el que nos digan: “Ya va a pasar, aparecerán otros motivos para ser feliz”. Validar a una pareja significa que le digamos que su experiencia emocional es entendible, que lo que siente corresponde con lo que está viviendo. De esta manera, las emociones no son buenas ni malas, tan solo cumplen con una función en el ser humano, nos conectan con la realidad, con lo que significan las cosas para nosotros en nuestra vida. Las emociones y los sentimientos pueden ser agradables o desagradables; a nadie le gusta sentir tristeza profunda o angustia. Aún así esos sentimientos son necesarios porque nos llevan a reflexionar sobre lo importante que son las experiencias para nosotros. En mi caso, fue solo después de dos tratamientos sin éxito que empecé a sentir tristeza profunda o “dolor de corazón” (como yo lo llamaba). Recién ahí comencé a comprender, solo a través del dolor, cuánto deseaba ser madre. Recién cuando me conecté con mis sentimientos, con la tristeza y la ansiedad, empecé a darme cuenta que quería la maternidad; algo que me había negado hasta el momento. Gracias a

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esa tristeza es que pude identificar mis deseos más profundos y entender cuánto se había transformado mi forma de pensar. No solo mediante las palabras validamos las emociones y sentimientos de quienes sufrimos. Un abrazo, tocar la mano de la persona herida o alcanzar un pañuelo ayuda mucho también. Se comunica el “te entiendo y te respeto” al guardar silencio cuando expresamos ira, rabia y frustración. Validamos las emociones cuando aprendemos.

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Cuerpo, mente y espiritu en desequilibrio Existe una relación muy estrecha entre nuestra manera de sentir y nuestra manera de pensar, donde los pensamientos juegan un papel importante sobre nuestro estado físico (Beck 2005). De esta manera, no es extraño que cuando estamos sometidos a episodios de estrés y ansiedad muy elevados nuestro sistema inmunológico se afecta, los niveles de cortisol se elevan y nuestro cuerpo se torna vulnerable a adquirir dolencias y enfermedades. La fibromialgia, el lupus, las enfermedades coronarias y reumatoideas, el cáncer, los problemas de la piel, las alergias, la gastritis, etc. son enfermedades físicas donde nuestra salud muchas veces se ve dañada por nuestros estados emocionales. En esta línea podríamos también mencionar los problemas de fertilidad. Ya sea porque deseamos intensamente convertirnos en padres y ello nos estresa y nos torna obsesivos frente a esta posibilidad o bien sea porque no lo deseamos pero sentimos y pensamos que es lo que corresponde de acuerdo a nuestra etapa del ciclo vital, la idea de un reloj biológico que llega a su fin nos puede llegar a presionar y jugar una mala pasada, sobre todo a las mujeres. A su vez, valdría la pena mencionar la fuerza que ejerce sobre nosotros la opinión de las personas que nos rodean,

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familiares y amigos, que con sus mejores intenciones nos preguntan constantemente cuándo encargaremos niños. No es raro escuchar a algunas personas decir: “Fue justo cuando mi amiga X que no podía tener hijos dejó de preocuparse por el tema, que quedó embarazada”. “Fue justo cuando la pareja Y abandono todo tratamiento de fertilidad, que la buena noticia llegó”. Existe una relación muy estrecha entre estrés y subfertilidad. Diversos estudios muestran que parejas sometidas a niveles de ansiedad o depresión muy elevados tienen dificultades para la concepción (Moreno-Rosset 2009). Es muy importante que analicemos qué nos lleva a desear ser padre/madre y qué nos motiva a que querramos realizarnos un tratamiento de fertilidad (si no están ya en él). Detengámonos a pensar con el corazón y la cabeza en las razones más profundas.

Será que:  “Ya toca”, “Es lo que corresponde”, “Eso es lo que se espera de mí”.  “Quiero salvar mi matrimonio y pienso que esta será la mejor manera de unirme a mi pareja”.  “Porque me siento sola y me hago vieja”, “Porque le tengo miedo a la soledad”.  “Porque mis amigos y gente más cercana ya tiene hijos, y no quiero ser vista como diferente”.

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Algunas de las motivaciones que encontramos detrás de estos cuestionamientos son:  El niño/el bebé como un medio, como un instrumento, es decir, como la única o la mejor forma de alcanzar algún propósito para salir de la soledad, evitar el abandono, arreglar el matrimonio, etc.  El niño/el bebé como fin en sí mismo, es decir, la creencia de que la única manera de ser feliz es a través de un niño, para alcanzar un estado emocional de bienestar que se piensa no se logrará de otra forma.  El niño/el bebé para evitar sentir emociones desagradables, es decir, la creencia de que a través de un hijo se logrará evitar el aburrimiento de la pareja, romper con el hastío de la rutina, para salir de la depresión, dejar lo doloroso de una relación pasada, abandonar las tristezas ocurridas, etc.  El niño/el bebé para evitar las críticas y la desaprobación de las personas que nos rodean, es decir, pensar que de esta manera nuestra familia y amigos dejarán de tener los “ojos puestos” en nosotros y que ya no nos presionarán ni insistirán, y así dejar de causar lástima.  El niño/el bebé para lidiar con nuestra creencia perfeccionista de cómo debería de ser nuestra vida, comparándola con cómo la vida de los demás. Por ejemplo, pensar que como hemos logrado el éxito en todo aquello que nos hemos

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propuesto, pensar que tenemos las cosas bajo control, que gobernamos nuestra vida y decidimos cuándo ocurren los acontecimientos que nos hemos planteado. Si alguna de estas o varias fueron nuestras respuestas, analicemos si esa es realmente la razón más importante para traer un hijo al mundo. Hagámoslo a solas y en pareja. Pensemos si no es mejor empezar por recibir orientación y ayuda profesional por la gran cantidad de temores que podemos sentir y por ver a los hijos como una forma no siempre acertada de lidiar con dichos miedos. Las razones más importantes por las cuales traer hijos al mundo no las dictamina ningún experto en particular ni ningún filósofo pensador. Es decir, no existe una receta que contenga una verdad absoluta. Cada quien debe encontrar sus propios motivos, los más profundos. Sin embargo, es importante que tengamos en cuenta lo siguiente:  Ningún niño o bebé arregla, mejora ni “pega” relaciones de pareja que no funcionan bien. Por ejemplo, si a nuestra pareja le falta comunicación y diálogo, la presencia de un niño no mejorará mágicamente este problema. Si guardamos resentimientos que se fueron gestando con el tiempo y con los años, el nacimiento de un bebé en sí mismo no ayudará a que el perdón llegue. Muy por el contrario, la presencia de un nuevo integrante en la familia puede complicar mucho la situación que vivimos como una pareja si los problemas no son identificados y tratados en sus puntos de origen. Sería como pretender colocar pegamento a una pieza de cristal rota para resolver el problema de ruptura.

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 No alcanzamos la felicidad a través de la maternidad o paternidad. Si bien es una experiencia de vida importante, la evidencia demuestra que las mujeres y los hombres no nos deprimimos menos o nos angustiamos menos al ser padres. Contrariamente a ello, al crecer la familia ello implica tener que asumir nuevos compromisos y responsabilidades. Las personas no somos más felices por los acontecimientos que nos suceden pues la felicidad y la satisfacción personal conllevan un grado de bienestar que se gesta desde dentro de nosotros y no desde afuera. De esta manera, las personas podemos ser felices con hijos, sin hijos, con pareja, sin ella, casados, solteros, divorciados, o sin dinero.  Si deseamos evitar sentir emociones desagradables lo esencial es que aprendamos primero a aceptarlas como parte natural de la vida. Si queremos no sentir frustraciones, tristezas y miedos, lo primero es aprender a entender estas emociones como parte de la existencia y de ser seres humanos. Las emociones pueden ser agradables o desagradables pero siempre nos conectan con el mundo y con lo que significa cada persona en nuestra vida. Podemos llegar a sentir menos ansiedad y tristeza si logramos identificar nuestros pensamientos, aquello que nos perturba, y si logramos conocer aquello a lo que le tememos. Será también importante aprender a reemplazar pensamientos negativos, muchas veces catastróficos, por otros más positivos y realistas. Si tenemos dificultades para lidiar con las pérdidas podemos aprender a “soltar”, a vivir más en el presente que en el pasado y el futuro. Aún así, un niño no es nunca una condición para evitar penurias.

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 Evitar la crítica y la desaprobación de las personas no es una variable que esté bajo nuestro control. Con hijos, sin ellos, solteros o casados siempre habrá alguien que opine positivamente acerca de nosotros y alguien que no esté de acuerdo con las decisiones que tomemos. Resulta difícil vivir en función a los demás, buscando cumplir con las expectativas de otros. Definitivamente ese no es el camino a la felicidad. Como seres humanos debemos aprender a lidiar con la crítica, escuchar las opiniones de las personas que son significativas para nosotros, tomando lo mejor de ellas, pero considerando siempre que no es realista gustar a todos. De esta manera, saber que nos acercamos a los 40 años sin niños puede resultar motivo de preocupación para nuestros familiares y/o amigos pues hay personas que piensan que ser padre joven es lo mejor que puede pasar, que esperar mucho no es bueno, etc. Sin embargo, no hay verdades absolutas, cada caso es distinto y cada realidad es diferente. Traer hijos al mundo no es una garantía de aprobación social, luego nos enfrentaremos a la opinión acerca de nuestras formas de crianza, entre otras. Por eso, luchar siempre por la aceptación social es una batalla perdida, desgastante e irrealista.  Aprender a reconocer que no tenemos la vida bajo control es difícil de aceptar. Luchar por lo que queremos lograr es extraordinario, pero siempre la vida nos hará recordar que sus tiempos no son nuestros tiempos, que muchos acontecimientos suceden sin que los planifiquemos. Por ejemplo, las enfermedades nos sorprenden

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en cualquier momento, una pérdida de trabajo también, así como un embarazo no planificado. Siempre se nos presentan pruebas y sucesos frente a los que podemos no estar preparados. El perfeccionismo nos lleva a pensar que tenemos que tener las cosas bajo control y que basta trabajar fuerte hacia un objetivo para alcanzarlo. Esta creencia es parcialmente correcta: para alcanzar el logro de metas y objetivos hay que trabajar duramente, eso es cierto, sin embargo, el simple hecho de desear un hijo no es suficiente para tenerlo. Lo importante es poder aprender a esperar, a aceptar aquello que no está ocurriendo y a tolerar los obstáculos que la vida nos va colocando.  La actitud con que respondamos ante las dificultades va a marcar la diferencia. De esta manera, frente a la dificultad para generar vida, cabría preguntarnos: ¿Es esta condición una sentencia que nos condena o nos invita a verla como una riqueza?, ¿Qué necesito aprender de esta experiencia?, ¿Qué posibilidades hay en nosotros para vivir esta situación y sacarle el mayor provecho posible? Particularmente, comprendí que necesitaba valorar la posibilidad de convertirme en mamá antes de pretender ser una. Aprendí que el deseo es importante, pero que no se trata de cumplir con una serie de tareas y decir “hecho”. Aprendí que la maternidad se gesta en la cabeza, se vive en el corazón y recién luego se plasma en el vientre. Esta es nuestra naturaleza: poder generar vida en algún momento, pero yo bloqueé desde mis pensamientos esa posibilidad. Los miedos que paralizan a una persona en el logro de sus metas pueden ser muchos. En este caso, los temores que impiden a una pareja lograr el ansiado embarazo

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son múltiples. Anteriormente expuse los míos, aún así contaré el relato de algunas otras personas. Al elaborar esta guía conversé con una mujer que me contó su historia de subfertilidad y me explicó que su miedo no era la posibilidad de ser madre; ella estaba feliz y fascinada con esa idea, sus temores giraban en torno a la posibilidad de quedar embarazada. De hecho ella había atravesado por ataques de pánico durante muchos años en épocas pasadas y temía que se reiniciaran durante el embarazo, y el no saber cómo lidiar con ellos sin medicación la aterrorizaba. “Quizás ello jugó un papel importante en los años de intentos frustrados”, piensa hoy. Otros temores pueden girar en torno a la ansiedad desmedida por ser madre/padre y pensar que el tiempo nos juega en contra. Sumado a ello está la presión social ejercida por familiares y amigos, y la consecuente tensión que vive la pareja. En esta línea, conocí a un matrimonio de nueve años de casados donde ella, una mujer de 40, deseaba tremendamente convertirse en madre, pero él no. Su familia la presionaba: “Para cuándo, ya no eres una jovencita”. Los argumentos del esposo para no tener niños eran: “Así estamos bien, finalmente con las justas podemos lidiar con nuestros problemas económicos como para cargar con una responsabilidad más”. Él no se sentía preparado para la paternidad y pensaba que era mejor vivir así. Ella no estaba de acuerdo con él, entonces los conflictos y las

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discusiones eran constantes y el nivel de estrés de la pareja era bastante alto. Por más que ella luchaba por quedar embarazada naturalmente, no lo lograba. Se sometió a una serie de pruebas para ver si su sistema reproductor tenía algún problema y todo estaba bien. Sucede que los niveles de cortisol (u hormona del estrés) se elevan y ello afecta nuestro sistema de defensa y, por tanto, el equilibrio existente entre mente, cuerpo y espíritu. Debemos siempre revisar si estamos emocional y físicamente bien, si existe coherencia entre nuestra forma de pensar, sentir y actuar, así como observar cómo estamos en relación a:  Nosotros mismos.

 Nuestros temores más profundos.  Nuestra pareja.

 Los demás miembros significativos en nuestra vida.  Dios.

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La pareja: cuando surge el conflicto Van pasando los meses, los años y vamos observando que nuestros amigos empiezan a tener hijos y nosotros todavía no, de pronto la ansiedad y el estrés podrían ir en aumento. Muchas parejas podrían tomar la demora con tranquilidad, otras no tanto. Más aún cuando decidimos acudir al médico para confirmar que todo está bien con nuestro sistema reproductor y su funcionamiento, podríamos empezar a identificar problemas con la ayuda de la medicina. En algunos casos la frustración podría apoderarse de algún miembro de la pareja o de ambos, y en consecuencia, generarnos estrés.

Podrían presentarse una o varias reacciones:  Las relaciones sexuales podrían convertirse mas que en motivo de disfrute y unión de la pareja tener o deber para procrear. En ciertos casos sucede que el deseo de convertirnos en padres es tan grande, que en el sexo se busca la sola procreación. El disfrute queda en un segundo lugar; para algunos el sexo deja de ser una experiencia agradable.

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 Uno mismo podría responsabilizarse por las dificultades en la procreación: es decir; echarse la culpa frente a los obstáculos y dificultades (sean estas reales o no). Ello podría llevar al distanciamiento de la pareja.

Ana y Juan llevan cuatro años de casados, hace dos vienen intentando tener niños. Al sexto mes de haber tomado la decisión de “no cuidarse” deciden ir al ginecólogo. Se hacen una serie de exámenes que el médico indica y se encuentra que Juan tiene poca cantidad de espermas. Desde ese entonces, Ana observa que Juan se ha aislado, se ha distanciado de ella: “Es como si él se sintiera culpable y no es capaz de hablar acerca de ello; lo veo triste, callado e irritable”. Efectivamente, Juan piensa que por no contar con la suficiente cantidad de espermas para asegurar la fecundación, se hace menos capaz. Parece que se hubiera dañado su autoestima y seguridad personal; desde entonces, piensa que su esposa merece alguien mejor, diferente a él. Su actual estado emocional afecta su desempeño en el trabajo, sus niveles de atención y concentración se han visto disminuidos, así como su capacidad de toma de decisiones. Juan prefiere no hablar y Ana lo siente menos afectuoso en los últimos meses.

 Se podría responsabilizar a la pareja por las dificultades en la procreación: es decir; a atribuir al otro miembro de la relación la responsabilidad frente a las dificultades. Esto podría llevar a que se generen resentimientos, frustración y molestia. Las razones podrían no ser válidas o justificadas, pero lo cierto es que

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es parte de nuestra naturaleza como seres humanos encontrar responsables. Algunas personas tienden a ser más externalizadas y encontrar siempre a los demás como responsables de sus fracasos.

Pedro y Sofía tienen siete años de matrimonio, hace cinco tomaron la decisión de ser padres y después de una serie de análisis, pruebas y reuniones con el médico, este señala que el problema reside en la mala calidad ovárica de Sofía. Desde entonces, han iniciado tratamientos de reproducción asistida, sin grandes resultados. En un primer momento Pedro se mostró empático y comprensivo con la situación y con Sofía, pero al trascurrir el tiempo y los años, la frustración ha llegado. Además, su cuenta bancaria se ha visto severamente afectada en tantos intentos, que Pedro está intolerante, molesto e irritable con Sofía: “Cualquier cosa puede ser motivo de pelea con él, lo veo con muy poca paciencia hacia mí”. Después de acudir a algunas citas con el psicólogo, Pedro ha llegado a identificar y reconocer que desde el fondo de su ser está molesto con Sofía por no poder darle un niño”.

 La pareja podría empezar a sentirse aburrida uno del otro: conforme van pasando los años, y los amigos van formando sus propias familias, algunas personas empiezan a comparar lo que no tienen en relación a lo que otros sí tienen. Mientras los amigos asisten a cumpleaños infantiles, reuniones de padres de familia, se empieza a hablar acerca de crianza y de los hijos en cada reunión social, cargan con

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fotos de sus bebés que muestran a cuanta persona se les cruza; de esta manera, algunos piensan que el mundo y el tiempo se detuvo para ellos. Que mientras otros disfrutan de la paternidad, ellos no disfrutan de nada tan extraordinario. Es cuando el aburrimiento y el hastío va llegando, y las discusiones también.  Pensar en la adopción podría ser en algunos casos motivo de conflicto: para ciertas personas contemplar la posibilidad de adoptar un niño sería aceptar la derrota, asumir que nunca se será padre biológico, mientras que para la otra persona que forma parte de la relación no. Estar en desacuerdo no tendría que conllevar necesariamente a un problema, sin embargo, sí podría convertirse motivo de conflicto si alguna de las partes mostrara rigidez en su postura y no admitiera formas o vías alternativas para la solución al conflicto. Lo importante es poder tomar conciencia si como pareja las dificultades que vamos encontrando junto con el tratamiento médico están afectando nuestro estado emocional (si nos estamos sintiendo estresados, frustrados, deprimidos, ansiosos, culpables, etc.) y si ello está dañando la calidad de nuestra relación conyugal.

Cómo darnos cuenta de esto:  Nos sentimos irritables parte del tiempo.  Tenemos dificultades para dormir: insomnio (nos cuesta conciliar el sueño o nos levantamos por las noches. También puede suceder que nos despertamos

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horas antes de lo usual).  Tenemos pesadillas (soñamos con niños, con pleitos, etc.).  Lloramos con más frecuencia que antes y pensamos mucho en los problemas de fertilidad que tenemos.  Tenemos sensación de vacío y/o soledad.  Tenemos sensación de desamparo.  Envidiamos o tenemos celos por la vida que llevan otras personas, sobre todo frente a los que ya tienen familia.  Sentimos pena por nuestra condición de adultos sin hijos.  Tenemos dificultad para estar con otras personas y relacionarnos socialmente.  Pensamos que podemos estar siendo castigados al tener problemas de fertilidad.  Pensamos que merecemos lo que nos sucede.  Tenemos pensamientos muy negativos y fatalistas con respecto a nuestras posibilidades de convertirnos en padres/madres.  Nuestro apetito ha disminuido o ha aumentado.  Sentimos cansancio gran parte del tiempo y sin haber hecho mucha actividad física o mental.  Hemos perdido la energía.  Nuestra capacidad de disfrute ha disminuido, sobre todo en relación a actividades, intereses o pasatiempos que antes teníamos y disfrutábamos.  Tenemos dificultades para prestar atención y concentrarnos.  Manifestamos dificultades en la toma de decisiones.  Preferimos estar solos

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Con relación a nuestra pareja:  Discutimos y/o peleamos con más frecuencia que antes.  Discutimos y/o peleamos por asuntos irrelevantes.  Estamos más callados que antes y se nos dificulta comunicarnos.  Evitamos las relaciones sexuales.  Buscamos las relaciones sexuales, siendo la mayor motivación el llegar a tener un niño. Si identificamos algunos de estos síntomas en nosotros mismos y/o los observamos en nuestra pareja, resulta beneficioso conversar acerca de nuestros sentimientos; tener espacios para expresarnos como pareja. En algunos casos, buscar ayuda profesional resulta sumamente importante.

Verdades y sugerencias a tener en cuenta:  En el área sexual: luchemos por no perder la capacidad de disfrute y placer porque tengamos dificultades de fertilidad. El sexo es una manifestación de amor en una pareja, de saber y sentirnos atractivos y atraídos por la persona que tenemos al lado. Es una forma de reafirmarnos en nuestra autoestima y de reconocer que estamos juntos más allá de los hijos.

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Las discusiones y los desacuerdos frente a los problemas de fertilidad no son nunca de uno de los miembros que conforma la pareja, son siempre de ambos. Así como los problemas económicos los vivimos de a dos, los problemas conyugales son de dos, se pelea de a dos; las dificultades en la reproducción también lo son. Buscar y encontrar culpables no soluciona el problema, por el contrario, lo agrava.

 El aburrimiento llega cuando comparamos nuestra relación con la forma como llevan la suya otras personas. Ninguna relación es perfecta o ideal pues cada pareja es distinta. Por ello, dejar la comparación y la competencia es lo mejor que podemos hacer. Lo hemos mencionado anteriormente, los hijos no son la solución a los problemas, los hijos no hacen felices a las personas. La felicidad es un estado que viene desde el interior de cada ser humano. Si como pareja nos hemos aburrido uno del otro, revisemos las razones: desde cuándo sucede, qué ha pasado con “nosotros” a través de los años. Quizás hemos entrado en una rutina, en lo cotidiano, en la monotonía de una relación por estar esperanzados en que nuestro estado cambie con la llegada de los niños. Realicemos actividades que antes hacíamos y disfrutábamos y que siempre quisimos realizar; rompamos con la rutina.. Como pareja: hagamos cosas distintas, busquemos pasatiempos o afinidades. Dejemos de mirar lo que tiene la persona de al lado, organicemos nuestras vidas con lo que poseemos y no con lo que desearíamos llegar a tener.

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El milagro de la vida Si hay algo que realmente concluyo después de tres tratamientos de fecundación in vitro (FIV), y que vale la pena hacer una mención especial, es que lo mejor que nos pudo pasar como pareja, a mi esposo y a mí, es haber visualizado gracias a Alondra, mi hija, todo lo que implica llegar a convertirnos en seres humanos. No se trata solamente de que un esperma, el más rápido y fuerte, llegue a fecundar un óvulo. Lograr ser parte de la humanidad implica un proceso bastante más complejo, lo que yo llamo “el milagro de la vida”. El milagro empieza con un óvulo de buena calidad fecundado por un esperma de también buena calidad, para que seguidamente esta célula llegue a reproducirse en un proceso llamado mitosis (división celular) hasta llegar a blastular (estado temprano del desarrollo embrionario que se refiere a que ese organismo llegue a presentar 64 células); recién en ese momento podemos decir que existe un embrión. Cuando el embrión de buena calidad viaja por el interior del útero de una mujer debe implantarse o “agarrarse” del endometrio (o membrana uterina) de la cual deberá alimentarse las próximas 40 semanas.

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En resumen, lo que deseo trasmitir es que la lucha por la supervivencia es permanente; se tienen que vencer muchas barreras y alcanzarse objetivos desde el inicio. De esta manera, las personas que atravesamos por tratamientos de inseminación artificial y FIV somos conscientes y sabemos que cada meta alcanzada es un gran logro.

Nos sucedió a mi esposo y a mí , que celebramos seis momentos importantes:  Cuando nos dijeron que logré tener cuatro óvulos de buena calidad.  Cuando nos dijeron que tres de estos óvulos llegaron a ser fecundados por el esperma de mi esposo. Recuerdo ese día brindando con una copa de champagne.  Cuando nos dijeron que tres de ellos llegaron a blastular en los tiempos indicados.  Cuando Fabrizio, mi ginecólogo, me llamó un mes después para decirme que dos de ellos estaban genéticamente bien y ¡que eran niñas! Recuerdo que ese día estaba en una reunión con amigas y no podía parar de llorar.  Cuando me dijeron que estaba embarazada y que la transferencia embrionaria había funcionado; ese día supe que Dios y la virgen me habían escuchado. También recuerdo estar sentada en un restaurante llorando frente a un montón de gente; ese día no pude comer.  Cuando confirmamos que el embrión seguía creciendo al interior de mi cuerpo y la concentración de hormona HCG (Gonadotropina Coriónica) había aumentado algorítmicamente. Curiosamente ese día también recibí la noticia almorzando

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con una persona y mi esposo al darme el mensaje en una llamada telefónica, me dijo: “Sigue viva”. Resulta maravilloso saber que nuestros hijos tuvieron que vencer barreras importantes para lograr vivir dentro de nosotras y nacer. Somos producto de un milagro, el milagro de Dios. Es genial cuando logramos comprender cada paso de lo que implica estar vivo y ser un ser humano. Solo quienes pasamos por este camino de tratamientos sabemos de lo que se trata. Existe un trabajo conjunto entre Dios (como director de orquesta, quien marca la pauta y los tiempos), nuestro ginecólogo (capitán o líder del equipo), los biólogos (quienes se encargarán de supervisar que la reproducción celular ocurra naturalmente), nuestra pareja y nosotras (quienes ponen el material para que la maravilla de la vida suceda). Es un trabajo de muchas personas, de muchos expertos y de las enfermeras (que con sus palabras alientan a mantener las esperanzas). Pero sobre todo, un trabajo y un regalo de Dios.

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Cuando consideramos la posibilidad de dar hermanos a nuestro unico nino Para quienes los tratamientos de fertilidad funcionaron, sucede muchas veces que tiempo después de la llegada del primer bebé la pareja podría plantearse la posibilidad de tener más descendencia y darle un hermano al primer hijo. Esto sobre todo podría ocurrir cuando el niño nos pida con insistencia: “Mami, quiero un hermanito” o cuando nuevamente sintamos la presión social de la cual nos creímos ya liberados, de nuestros familiares y amigos con comentarios como: “¿Para cuándo el siguiente bebe?”, “Que no pase mucho tiempo para que tengan otro niño”, “Es importante que la diferencia de edad entre uno y otro no sea tan grande”. Algunas parejas contemplamos la posibilidad de tener más hijos con entusiasmo y tranquilidad porque tenemos embriones “guardados” y es cuestión de transferirlos. Al haber pasado por el proceso anteriormente, ya ser padres y tener un bebé en casa, vivimos los siguientes tratamientos de una manera más serena. Claro, siempre existirá el riesgo de que el embrión “no pegue”, aún así, los sentimientos de ansiedad y temor que podríamos experimentar son un tanto diferentes a la primera vez.

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No obstante, para algunas otras parejas, la situación podría resultar un poco más compleja. Algunos no tuvimos la suerte de producir buenos embriones y no quedará más que iniciar todo el tratamiento y el proceso desde el inicio, ya que no hay embriones congelados. Ciertas personas y parejas lo asumirán con calma, otras no. En este caso, podríamos experimentar el nuevo proceso emocional como la primera vez. En esta línea, conversé con algunos padres FIV (que han pasado por tratamientos de fertilización in vitro) o que se han realizado inseminación artificial y que viven con mucha preocupación y hasta con sentimientos de culpa el proceso incierto de volver a empezar los tratamientos de fertilidad.

Preocupación , cuando pensamos: “Sería terrible quedarnos con un solo niño, qué

triste una familia de a tres”, “Seguro y nuestro hijo tendrá dificultades en el colegio, sobre todo al socializar porque no estará rodeado de hermanos y como consecuencia de ello lo rechazarán, lo molestarán y mi hijo al no tener calle, no sabrá defenderse”.

Tristeza, cuando se pensamos: “Siempre soñé con una familia numerosa, con muchos niños en casa, risas, juegos; no imaginé un solo bebé”.

Culpa, cuando pensamos: “Mi hijo me pide hermanos y no puedo dárselos; qué triste niñez la que le espera solo”, “Qué gran responsabilidad la que tendrá que afrontar al crecer, cuando tenga que velar por la salud y la enfermedad de sus padres sin ayuda de nadie”.

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Al tener que lidiar con la incertidumbre de no saber qué pasará, sumado a que nuestro reloj biológico avanza y nos acercamos a los 40 años o más, podríamos tener la sensación de volver a experimentar sentimientos ya olvidados y guardados en el baúl de los recuerdos.

Cómo recuperar la calma y la tranquilidad:  Aprendamos a diferenciar aquello que podemos controlar (lo que está en nuestras manos) de aquello que no podemos controlar (lo que no está ni estará bajo nuestro control personal). Resulta muy importante que como personas logremos luchar, hacer todo lo posible por alcanzar nuestras metas. De esta manera, lo que sí vamos a poder controlar es decidir iniciar un nuevo tratamiento, aplicarnos las hormonas que el médico indique, asistir a nuestras citas periódicas, etc. Ello está bajo nuestro control personal. El hacer es nuestro, nos pertenece; son nuestras conductas y actitudes sobre las que tenemos el gobierno completo. Lo que no vamos a poder controlar son los resultados de ese esfuerzo. Por tanto, personalmente me ayuda mucho pensar: “Hago todo lo que está en mis manos para poder generar nuevamente vida”, “Hago todo lo que puedo para lograr tener más niños y dar un hermano a mi pequeña hija", “Aun así no está bajo mi control lo que sucederá”.

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Lo que está en nuestras manos Lo que no está en nuestras manos Ir a nuestros controles médicos.

La cantidad de óvulos de buena calidad.

Invertir en un nuevo tratamiento.

La cantidad de embriones buenos.

Cumplir con nuestros rol de inyecciones.

Que un embrión se “agarre” a nuestro útero.

Someternos a intervenciones.

Que un embarazo se geste y prospere.

 Ponernos en manos de Dios frente a lo que no puedo controlar. Dios tiene un plan de vida trazado para nosotros. Si nos permite tener más niños, maravilloso, si no, debemos aprender a “soltar” a “dejar ir” aquello cuyo resultado no depende netamente de nuestro esfuerzo ni del de nuestra pareja. Soltar y dejar ir son dos procesos difíciles de asimilar; las filosofías de vida oriental nos hablan mucho de ello. Como seres humanos solemos ser aprehensivos con las cosas materiales, con las personas que nos resultan significativas, con los recuerdos vividos, con los sueños, y nos es difícil dejar ir aquello que no nos pertenece ya sean ilusiones, posibilidades o realidades que alguna vez fueron nuestras. Lo mencioné anteriormente y quisiera volver a ello: el “dejar ir” implica un acto de humildad y desprendimiento muy grande, el dejar la soberbia que como seres humanos a veces nos caracteriza cuando decimos y creemos: “A mí no me

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puede pasar esto de tener un solo hijo”, “¿Por qué nos pasa a nosotros?”. Quizás la respuesta a esta pregunta es: “¿Y por qué a ti no te puede pasar esto?”. Dios nos da la vida y él nos la quita; sabe cuándo y en qué momento. No tenemos tanto poder.

 Aprender a ser felices y organizar nuestra vida con lo que tenemos y no con lo que nos gustaría tener. Muchas personas vivimos envidiando lo que tienen otros y nosotros no, anhelando alcanzar lo que vemos alrededor en otras familias; comparando lo que nos falta y lo que otros sí poseen. Difícilmente alcanzaremos la felicidad, la tranquilidad y la estabilidad de esa manera. Debemos organizar nuestra vida con lo que sí tenemos: un hijo, una pareja y aprender a ser feliz con ello. Ser hijo único no es una desgracia ni una condición para la infelicidad. Ser una familia de tres personas trae sus propias ventajas y desventajas. Aprender a ver las ventajas es saludable.

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La trascendencia

En algún momento, durante estos últimos años, me puse a pensar en cuáles son algunas de las razones más importantes de por qué desear tener hijos. Fue ahí que encontré el sentido de la trascendencia. Con trascendencia me refiero al hecho de desear intensamente dejar algún legado, una parte nuestra a la vida, sobre todo para cuando ya no estemos presentes. Convertirnos en personas significativas aún en nuestra ausencia. Muchos seres humanos anhelamos que nuestra existencia, que nuestro paso sobre este mundo no pase desapercibido, que tenga un sentido, que deje huella, que nos recuerden de alguna manera. Para muchos de nosotros resulta fundamental dejar un legado, una semilla, ser recordados por quienes fuimos y por nuestros méritos, o por la presencia de nuestros hijos con valores y aprendizajes adquiridos gracias a nuestra enseñanza. De esta manera, tener hijos es una manera de transcender, pero no es la única. El mejor ejemplo de ello lo tenemos en las personas que no tuvieron descendencia, pero que sus pasos por la Tierra dejaron enormes impactos para las generaciones

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posteriores. Miremos los casos de la madre Teresa de Calcuta, del papa Juan Pablo II, de héroes como Juana de Arco y de artistas y pintores como Van Gogh. En fin, infinidad de personas que con sus talentos y convicciones dejaron impacto en quienes los seguimos, escuchamos y aprendimos de ellos. Quizás muchos de nosotros no nos convirtamos en ninguna de las personas arriba mencionadas, y seguramente nuestros logros y méritos no serán parte de los libros ilustres de la historia universal, la medicina y el arte. Sin embargo, podemos hacer de nuestro paso por esta vida algo significativo. Para ello no necesitamos ser brillantes, superdotados, ni tener hijos. Basta con que descubramos qué deseamos transmitir y una vez que lo tengamos claro trabajemos para plasmar ese sueño en una realidad, en algo tangible. Para algunos la trascendencia se alcanza en la paternidad, para otros en el escribir un libro, hacer el bien, constituir una empresa, generar una marca; existen infinidad de maneras de trascender. Debemos concebir a la maternidad y la paternidad como una de las tantas maneras de convertirnos en persona significativas, pues la vida es bastante más compleja y rica; nos permite un sinfín de maneras de crecer, desarrollarnos y finalmente trascender.

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Resulta importante comprender que sea cual sea la decisión que tomemos, es decir, si seguir en la lucha por tener hijos con el apoyo de la medicina o no, adoptar niños o quedarnos como una pareja sin hijos y buscar la trascendencia de otras maneras, todas las vías y caminos en la búsqueda de la felicidad son válidos. Ninguna decisión es mejor que otra. Si bien es cierto, la religión puede ayudarnos a contemplar la posibilidad de un camino más que otro, al igual que nuestras creencias sociales y académicas. Todas son alternativas frente a las cuales podemos optar por lo que mejor se acomode a la pareja y a sus necesidades. Lo que es bueno para la pareja A no necesariamente lo es para la B. Será importante que evitemos las comparaciones con otros casos y dejar de lado la necesidad de aprobación frente a la postura, opinión y crítica de las personas que nos rodean. En esta línea, las personas no tienen que estar de acuerdo con nosotros frente a las decisiones que tomemos. Si decidimos comprar óvulos o esperma, contratar un vientre para que lleve el embarazo porque no podemos, realizarnos más estimulaciones de ovario u optar por dejar los tratamientos e iniciar procesos de adopción, estas son decisiones que solo le competen a la pareja. Todas están bien, todas son alternativas; ninguna merece ser criticada, rechazada ni juzgada.

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La decision final de no tener hijos Siguiendo lo arriba mencionado, después de pasar por tantos tratamientos de fertilidad algunas parejas decidirán no insistir más y abandonarán el deseo de tener hijos. La decisión final de si continuar o no en la lucha debe ser conversada, analizada y decidida en pareja. Muchas personas que toman esta decisión final son hoy felices pues son coherentes con sus valores más profundos. De hecho, la felicidad llegará cuando se esté en coherencia entre lo que sentimos, pensamos, creemos y hacemos. Es decir, en el equilibrio. Las personas que dedican parte de su vida a criar animales, a hacer obras de bien, ayudar gente —más allá de los logros profesionales— han demostrado ser más felices. Por tanto, ser dichosos trasciende el dinero que podamos tener, de la salud que poseamos o de si estamos viviendo o no en pareja; con hijos o sin ellos. Encontrar aquello que nos hace felices como personas y como pareja es fundamental para la aceptación final de renunciar saludablemente a la maternidad y paternidad.

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“La felicidad se alcanza cuando hacemos algo que dé sentido a nuestra vida. Se trata de hacer algo por alguien o por algo que consideramos tiene un valor superior a nosotros mismos (Dios, la humanidad, un ideal, un partido, etc.). Las emociones positivas surgen cuando valoramos lo que hemos hecho o lo que estamos haciendo, que estará muy por encima de lo que hemos sufrido”. García Higuera 2010

Al escribir estas líneas en algún momento quise responder a la pregunta: ¿Qué puedo hacer para ser feliz? Si la felicidad no está ligada a la paternidad, a la salud, al dinero ni a la vida en pareja, ¿qué debemos hacer las personas para tener satisfacción y felicidad? Después de investigar, encontré algunas sugerencias prácticas y líneas de acción (García Higuera 2010) , unidas a mi experiencia como persona y terapeuta:  Mantenernos activos y ocupados.  Emplear más tiempo en actividades sociales.  Ser productivos en un trabajo que tenga sentido para nosotros.  Ser organizados y planificar las cosas.  Detener la preocupación excesiva.  No tener muchas expectativas.  Vivir el presente.

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 Ser nosotros mismos, es decir, elegir lo que hacemos y actuar de acuerdo con nuestros pensamientos y sentimientos.  Valorar la felicidad.  No pretender tener las cosas bajo control; aceptar el curso natural de los acontecimientos.  Luchar contra el perfeccionismo y la aprobación social acerca de nuestras acciones.

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A modo de reflexion Quisiera dirigirme a aquellas parejas que están siguiendo hoy tratamientos de fertilidad o que piensan iniciar alguno. Sé que somos muchos los que pasamos por este difícil momento y, personalmente, me hubiera ayudado que alguien me explique lo siguiente:

1. Los tiempos de Dios no son nuestros tiempos Podemos someternos a una serie de intentos (de estimulaciones ováricas y transferencias embrionarias), podemos incluso llegar a pensar: “Las probabilidades de éxito son altas, así lo dice la investigación” o lo contrario: “Es probable que no funcione”. Sin embargo, las estadísticas son solo eso: números. Cuando hablamos de generar vida, es solo Dios quien decide cuál será el momento, no nosotros ni nuestro médico. Pongámonos en sus manos.

2. Generemos expectativas realistas; ni altas ni bajas No se trata de decretar que tendremos un hijo, no se trata de decir: “Sí lo tendremos”. Este no es el libro “El Secreto”.

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Pienso que lo más importante es decirnos: “Estamos haciendo todo lo que está en nuestras manos para que este proceso funcione”, “Estamos haciendo todo lo posible por llegar a generar vida”.

3. La lucha es un día a la vez Sé que es difícil, aún así luchemos por proyectar solo ideas del presente. Cuestionarnos “¿Qué pasara?”, “¿Lograré quedar embarazada?”, no ayuda. Tratemos siempre de volver al aquí y al ahora. Solo importa lo que estamos haciendo ahora por ser madre/padre.

4. No es un gasto innecesario de dinero No es plata tirada al agua; es la mejor inversión que podemos hacer. Me pasó que sumaba la cantidad de dinero gastado siendo el resultado muchísimos dólares y cero resultados. La sensación de volver al principio era permanente, pero ahora con miles de dólares menos en mi cuenta bancaria. No importa, si fuimos capaces de comprar un departamento, un auto, irnos de viaje y darnos ciertos lujos, vale la pena invertir en la construcción de un proyecto de vida: nuestra familia.

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5. Quedémonos con el médico que nos da confianza No cambiemos de especialista porque no funcionó el tratamiento. Es importantísimo que sintamos empatía y calidez con nuestro doctor. Probablemente trabajemos mucho tiempo juntos; habrán momentos de frustración, pena, angustia y alegría. Necesitamos establecer una alianza con esa persona que formará parte de nuestras vidas durante cierto tiempo. Es importante que tengamos la confianza para hacerle todo tipo de preguntas, y de llorar y gritar si queremos. Pero sobre todo, pensemos que esa persona nos entiende y se pone en nuestro lugar. Cuando un proceso no funciona, no es culpa del médico; no se trata de decir: “Hay otros doctores mejores, a mi amiga el Dr. X la dejó embarazada rapidísimo”. Cada caso es distinto, lo que funciona con A no necesariamente funciona con B. Nuestro médico conoce nuestra historia, hemos ido descubriendo juntos lo que nos funciona y lo que no. Durante un tiempo será ensayo y error hasta que dé con la fórmula.

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6. Hablemos de nuestro problema, no nos quedemos en silencio Mucha gente esconde, busca que los demás no se enteren que están en tratamientos; el tener problemas de fertilidad no es una enfermedad, menos, un pecado. Aceptar frente a nosotros mismos y frente a los demás aquello que nos toca vivir es sano; no nos hace menos mujer/hombre, ni menos persona. Es un acto de humildad aceptar nuestra realidad.

7. Compartamos en pareja nuestros sentimientos (miedos, angustias, ira, frustración, tristeza) En mi caso, llegué a pensar que mi esposo se iría con otra mujer porque yo no podía darle hijos. Cuando se lo dije y su respuesta fue: “Nunca te dejaría, tú eres mi familia” pude darme cuenta que tenía muchos miedos y fantasmas internos. Eran miedos y pensamientos irracionales generados por mí y no provenían de la realidad.

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8. Los hombres también se frustran Si bien es cierto que nosotras somos las que ponemos el cuerpo y tenemos que someternos a cantidad de hormonas, inyecciones, histerescopias y cirugías; nuestras parejas se afectan al vernos tan expuestas a distintos tipos de intervenciones. Suelen sentirse culpables, tristes y ansiosos. No la pasan mejor que nosotras.

9. Investiguemos Muchos de los términos que el doctor irá mencionando a lo largo de los procedimientos son parcial o totalmente desconocidos para nosotros. Aún cuando parte de lo que se explique formó parte de nuestros cursos de ciencias naturales y biología en el colegio y en la universidad; términos como ICSI, histeroscopia, histerosalpingografía, embriones, blastulación, división celular; serán palabras y expresiones que usará nuestro médico de aquí en adelante. Investiguemos y sobre todo consultemos textos recomendados por nuestro doctor. Y si luego de leer ese material hay algo que no nos quedó claro, preguntémosle a nuestro doctor hasta quedarnos sin dudas.

10. No existe edad para ser madre/padre Dios mediante, yo lo soy a los 39 años y me siento en el mejor momento de mi vida pues la madurez alcanzada en esta etapa es buenísima.

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Frases tales como: “Ya no podrás correr con tus hijos”, “Ya no tendrás las mismas fuerzas”, “Te dirán abuelo y no mamá/papá”, son completamente falsas. La maternidad y la paternidad vienen del alma y del espíritu, no de la fuerza de las piernas ni de los brazos.

12. Todas las alternativas en la búsqueda de la felicidad son válidas Como mencionamos anteriormente,optemos por tener hijos con la ayuda de la medicina o no, tomemos el camino de la adopción o en pareja decidamos detener la lucha, no tener hijos y buscar la trascendencia de otras maneras, todas las opciones son válidas. Ninguna es mejor que la otra. Nuestra decisión estará finalmente afectada por nuestras convicciones religiosas, por nuestras creencias sociales y académicas; aún así las opciones son múltiples y lo que se ajusta a una pareja está bien para esa pareja. A su vez, será importante dejar de luchar por tener la aprobación social de las personas significativas, dado que muchos podrían no estar de acuerdo con nuestras decisiones finales.

13. Centremos nuestra atención en otros asuntos Durante el tratamiento de fertilidad, probablemente nuestra atención esté focalizada hacia la idea de tener un niño. Es una etapa en la que nos sentimos especialmente vigilantes a los cambios en nuestro cuerpo, a recordar lo que nos dijo el doctor en la

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última reunión, a los procedimientos que tenemos que realizarnos, a las hormonas que nos están inyectando, al número de óvulos que el doctor logrará extraer, etc. Es mejor que durante este tiempo luchemos por focalizar nuestra atención en aquello que no esté relacionado con tratamientos de fertilidad. Si nos gusta leer, busquemos un buen libro; si nos gusta la cocina, llevemos un curso o preparemos una receta para compartir con los amigos o familiares; si nos gusta el arte, pintemos. La idea es que podamos distraernos para poder dejar de darle vueltas a nuestro problema y realizar actividades de nuestro interés.

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Algunas respuestas a nuestras preguntas Cuando cambiar de medico? Particularmente pienso que se debe cambiar de doctor cuando:

 Después de intentar lograr tener un bebé sin éxito alguno las alternativas de solución que nos brinda nuestro doctor para proseguir con el tratamiento no nos convencen.

 Cuando queremos conocer, entender el por qué de un aborto, de embriones inmaduros, etc., y las respuestas del médico no nos satisfacen. Tengamos en cuenta que no lograr quedar embarazadas no es responsabilidad del médico, pero sí el tipo de respuesta que nos da y el soporte que nos brinda.

 Cuando “no hay química”, conexión con él.

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Hasta cuando intentarlo? Esta es una decisión muy personal y que se debería tomar en pareja. Hay personas que lo intentan ocho veces (o más) y aún continúan en la lucha. Otras parejas apenas después de unos intentos decidirán abandonar los tratamientos e intentar la vía de la adopción o asumirán la decisión de no tener niños. Tener en cuenta factores emocionales y económicos.

A que tipo de tratamientos deberiamos someternos? Como pareja, debemos recibir toda la información posible del médico tratante; informarnos acerca de los diferentes tipos de reproducción asistida que existen, desde los métodos menos invasivos, hasta los más invasivos. Hagamos todo tipo de preguntas conforme las interrogantes se vayan gestando: indaguemos qué pasa con los embriones que se pueden llegar a tener si decidimos no usarlos, que sucedería si decidimos comprar óvulos o esperma, cuestiones legales, si debemos considerar nuestra edad a la hora de elegir el tipo de tratamiento, etc.

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Qué pasa con nuestras creencias religiosas? En mi opinión no se trata de dejar las creencias espirituales de lado, pero sí de tener la apertura para considerar opciones que quizás la religión no contempla antes de tomar alguna decisión. Finalmente, conversemos en pareja al decidir qué priorizar: si las creencias en la fe o el avance de la medicina en la ayuda para la fertilidad. Si buscamos consejo en los demás (familiares y amigos) ello podría llegar a confundirnos más. Analicemos y decidamos en pareja. Si buscamos la asesoría de un sacerdote, por ejemplo, que sea una persona con apertura; que no juzgue o critique las diferentes opciones que existen.

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Bibliografia BECK, Judith 1995 Cognitive Therapy, Basics and Beyond. Nueva York: Guilford Press. GARCÍA HIGUERA, J.A. 2010 “La terapia de aceptación y compromiso (ACT) como desarrollo de la terapia cognitivo conductual”. Edupsyké. Madrid, volumen 5, número 2, pp. 287-304. KÜBLER-ROSS, Elisabeth 1969 On Death and Dying: What the Dying have to teach Doctors, Nurses, Clergy and their own families. Nueva York: Scribner. MORENO-ROSSET, C. y M.D. MARTIN 2009 “La ansiedad en parejas fértiles e infértiles”. Ansiedad y Estrés. Madrid, volumen 75, número 1, pp. 97-109.

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María Luisa Reátegui Keller Psicóloga clínica y psicoterapeuta. Graduada de la Universidad Peruana Cayetano Heredia. Especialista en terapia cognitivo conductual, formada en el Albert Ellis Institute de Nueva York y en el Beck Institute de Filadelfia. Directora de INFATEC (Instituto Familiar de Terapia Cognitiva) desde el año 2002. Autora del material educativo “SOS. Guía emocional para psicólogos” y coautora del libro “EVITA: prevención para el consumo de alcohol y drogas para padres de adolescentes”. Tiene 39 años, casada hace siete y durante los últimos cuatro años ella y su esposo se han sometido a tratamientos de reproducción asistida. Hoy, luego de haber dado a luz a su primera hija nos presenta el libro “Un nido para Alondra. Guía para parejas en tratamientos de fertilidad”, el cual busca ayudar a personas con problemas de fertilidad a transitar este difícil camino lleno de esperanza, pero también de frustraciones, miedos y dolor; camino que nos abre la posibilidad de convertirnos en padres.

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Un nido para Alondra, es el proyecto que trabajamos bajo la dirección de la editora Alejandra Visscher, la publicación se caracteriza por lu...

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Un nido para Alondra, es el proyecto que trabajamos bajo la dirección de la editora Alejandra Visscher, la publicación se caracteriza por lu...

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