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LOS CUADERNOS DEL NAUFRAGIO

Jase Manuel Iglesias Cervantes


La diferencia entre un perro y un hombre radica en que si recoges a ambos de la calle y les das de comer el perro siempre será tu amigo". Osear Wilde.

UN APUNTE QUE ME JUSTIFIQUE Prefacio La noticia por excelencia en España el 20 de mayo de 1998 no fue que el general Suharto abandonara el poder absoluto en Indonesia tras treinta y dos años de ejercicio de una cruenta dictadura, sino que el Real Madrid de Pedja Mijatovic y Raúl ganara su séptima Copa de Europa a la Juventus de Zidane y Del Piero tras, curiosamente, treinta y dos años de sequía blanca en esta competición. Se acabaron las copas en blanco y negro: ésta era ya en color y con sistema dolby... Se trataba de la primera cybercopa. Aquella noche, más de doscientos heridos y una treintena de detenidos por las fuerzas del orden daban fe

de

que

la épica

epopeya

merengue

había

sido

celebrada

adecuadamente en la madrileña plaza de la diosa Cibeles, cuyos leones de piedra (que deberían ser leonas en honor a la verdad mitológica, pero el escultor hubo de travestirlas para que no se confundieran con panteras) se echan a temblar los pobres cada vez que las hordas blancas se aproximan al monumento con intención de festejar los triunfos del club de Concha Espina. Imagino que en

estas ocasiones se preguntarán,

tan

perplejos como

desconsolados, qué espantoso e ignorado delito cometerían para que Zeus les condenara a vivir eternamente tan lejos del Olimpo y en semejante compañía.

Sé perfectamente que una princesa no transforma a un viscoso sapo en príncipe azul por mucho que lo bese, suponiendo que tan peregrina idea se le pudiera pasar alguna vez por la cabeza a una bella y refinada damita. El sapo vive solo y solo termina sus días en la pestilente charca, dando buena cuenta de las moscas que osan adentrarse en sus dominios y beneficiándose de cuando en cuando a alguna incauta y crédula ranita, a la par que intenta no caer en las garras de algún pecoso monstruito armado de tirachinas. Y sé


también que cada uno de nosotros debe seguir en la barricada, al pie del cañón, aunque nos haya tocado en suerte rebozarnos para siempre en un olvidado estanque putrefacto. Al fin y a la postre, las flores más bellas nacen en el fango, sin olvidar, por otra parte, que es preferible ser un experto en lenguas muertas que un muerto sin lengua. Quizá por esto, o tal vez porque no tiene absolutamente nada que ver con lo anterior, cuando ella (siempre hay una “ella” en cada instante de la vida de un hombre, aunque cambie de rostro y de apariencia con frecuencia) me pidió que le escribiera unos cuentos a un niño, no pude ni tampoco quise negarme. Creo que, como el resto de los cuentos que en el mundo han sido, los míos serán también más válidos para aquellos que por su edad física ya no pueden ser considerados críos, porque a éstos, como es natural, les resultará mucho más gratificante perseguir ranas en una charca que perder su precioso tiempo en extrañas lecturas. Es por ello que terminé escribiendo pequeñas historias para niños y mayores, que no son otra cosa que niños fatigados.

En 2008 pocas cosas han variado, la verdad sea dicha. Suharto acaba de morir, pero al personal que me circunda le importa infinitamente más que el susodicho Raúl y su compañero Iker Casillas acaben de firmar un contrato de por vida con el Real Madrid…. Pero, con todo, a lo mejor mis cuentos le sirven un día a ése u otro niño para algo...

Quizá.


1. LA CHICA DEL VESTIDO ROJO Desde la ventana de mi habitación se veía el viejo puente romano y, más abajo, el río y la frondosa arboleda que lo flanqueaba. Yo prefería las tardes de otoño, en las que se veía caer las hojas y el viento del norte hacía vibrar las ramas de los árboles como cuerdas de violín.

A eso de las siete de la tarde me asomaba y la veía allí, con su ceñido vestido rojo - no siempre lo llevaba, claro, pero a mí me gustaba aun más cuando portaba esa prenda - con sus cabellos mecidos por el aire y con la bicicleta reclinada contra el muro, contemplando el discurrir del agua a sus pies.

Ella venía al pueblo con sus padres desde Barcelona todos los veranos. Habían emigrado años atrás, escapando a la melancolía de nuestras calles y que a mí también me asfixiaba en los largos y crudos inviernos.

Se llamaba Yolanda, como la canción de Pablo Milanés.

Yo permanecía allí, apoyado en el alféizar, extraño al mundo, ajeno al tiempo, hasta que los silbidos agudos de Felixín, el hijo de Félix el cabrero, me sacaban del ensimismamiento "¡Gorrión, que bajes!"

Y allá me iba yo con él, calle abajo, hasta la taberna del tío Lucio a echar unos vinos mientras fantaseábamos acerca de cómo sería vivir en Barcelona, en Madrid… o en Nueva York, (en Niu yor, como decía Luisín, que era muy listo y había estudiado inglés con doña Margarita en clases particulares) y el tío Lucio nos contaba por enésima vez su participación en la batalla del Ebro, agazapado en un pozo de tirador con una ametralladora, disparando contra todos los que subían contra pendiente y a bayoneta calada.

Ellos hablaban y yo me imaginaba a la chica pasando a mi lado, con gracilidad y gesto dulce, porque si la miel pudiera caminar sería Yolanda. Al


final, como si todos hubieran pensado lo mismo, comentaban lo buena que se estaba poniendo la catalana, la chica del vestido rojo, la hija de Ernesto el Golondrina, que había marchado a Barcelona a trabajar en la construcción. Todo eso nos lo narraba el tío Lucio porque nosotros hasta entonces sólo la conocíamos de vista, la verdad.

Al día siguiente todo cambio en este sentido, y en muchos más. Luisito, hijo de Luis el boticario, la abordó aprovechando que nos sonrió al pasar por nuestro lado montada en su bici. -

¿Quieres tomarte una coca-cola con nosotros, bonita?- Y nos la presentó ¡Menudo punto se apuntó Luisito aquella tarde!.

-

Me llamo Yolanda – nos dijo y la aldea se llenó de luz y aroma a lilas. Los tres la contemplábamos absortos… como absolutos lilas. Diez minutos después la amábamos rendidamente, como sólo se ama a los diecisiete años en una tarde de agosto.

A partir de aquella velada venía siempre con nosotros. Los tres nos hacíamos los machitos ante ella y le traíamos (cada uno por nuestro lado y en secreto), flores y otros tesoros de nuestras expediciones campestres. En un suspiro, se terminó el verano y ella regresó a Barcelona. La escena se repitió durante dos veranos más. Un día se marchó para siempre. Nunca la volví a ver. Imagino que encontraría otros parajes más seductores donde pasear y VIVIR. El tío Lucio me sorprendió una tarde en su taberna: “La muchacha voló, zagal, así es la vida. Ya conoces el vacío…, vendrán otras, ya lo verás” – El viejo sonrió – “No te engañaré, su imagen quedará siempre en tu memoria, aunque se vaya difuminando con el paso de los años…, y quizá sea mejor que ella siga perviviendo en tu memoria como hoy la recuerdas. El tiempo es un juez implacable y a todos nos marca, a menudo con extrema severidad. Mejor así…, la sensación de vacío no es tan mala como la pintan pero, cuidado, no es bueno hacerse un adicto a ella. Algunos lo son y es como una droga”.

Han pasado los años y sigo viendo al bueno del tío Lucio sirviendo sus


chatos de vino con aire despreocupado. Todo sigue tranquilo, claro que por este pueblo, como en la canción, por no pasar no pasó ni la guerra.

Me sigo asomando cada tarde al puente romano e intento dibujar en mi mente la silueta de Yolanda emerger entre la bruma, acariciada por su vestido rojo, recibiendo los besos del viento y el aliento de los silencios. Si alguna vez los besos me dieron vida esos fueron los suyos, sus alientos fueron mis brazos; su luz, la fuerza que alumbró mi alma y su voz, el fuego que derretía la escarcha, pero lo cierto es que no hallo sino la vista de la piedra impasible y el vacío dejado por ella, oscureciendo aquel frío muro con la sombra de su ausencia infinita. Y lo mismo sucede con Felixín, hijo de Félix el cabrero, y Luisito, hijo de Luis, el boticario.


2. LA LIBERACIÓN La niña creía que si se tapaba las orejas con las manitas y cerraba los ojos así, apretando muy fuerte los párpados, las bombas no llegarían al suelo y se quedarían para siempre en el cielo, sobre las nubes, flotando como enormes globos grises, sin explosionar. Por eso, cuando la maestra agitaba la campanilla en el patio del colegio, ella y sus amiguitos corrían como una bandada de pajarillos asustados hasta el interior de las míseras cuatro paredes de adobe que formaban el aula y que apenas si les resguardaba del aire del desierto que les rodeaba, y allí se sentaban los unos junto a los otros, apretados como un redil de indefensos corderillos, sintiendo cómo el ácido sudor del miedo del compañero se mezclaba con el suyo propio, los ojos muy cerrados y con los oídos tapados por sus manitas, muy quietos y en silencio. “Será sólo un momentito y enseguida se irán”, les repetía la profesora colocando el dedo índice sobre los labios fruncidos. Lo ensayaban a diario, por si al fin estallaba la guerra y los soldados que aguardaban impacientes en las fronteras vecinas decidían invadirles. Ella no sabía por qué querían invadir su pueblo aquellos hombres. No comprendía el interés de aquellos soldados desconocidos por matar a su papá y a su mamá; por qué querían que muriesen sus hermanos, sus amiguitos e incluso ella misma. La niña no recordaba haberles hecho nunca nada malo a aquellos extraños seres que salían en la televisión con la cara pintada de negro, con cascos metálicos tapándoles la cabeza y unos enormes fusiles de asalto entre las manos. La niña no sabía por qué decían que querían liberarles, pero es que ella no entendía que pudiera liberarse a nadie arrojándole bombas sobre la cabeza. Ella no comprendía que pudiera salvarse a nadie de esa forma tan extraña. Pero, claro, es que ella era una niña muy pequeña y tampoco sabía que había sido declarada culpable de ser gobernada por un dictador malísimo. Ella no sabía que la miserable existencia de sus vecinos, la de su familia y la de sus amigos era el precio que habían fijado unos seres extraños por haber permitido que les gobernara un tirano contra el que nada podían hacer. A su hermano mayor se lo habían llevado a la fuerza para que sirviera


como soldado en el ejército del dictador, y al segundo, casi un niño aún, lo había fusilado ese mismo ejército por luchar por la libertad de su país, intentando acabar con la vida del tirano. Y ahora esos hombres extraños, que no entendían su idioma y mucho menos su cultura, les tirarían bombas encima para convertirlos en ciudadanos libres de un mundo del que nada sabían. Para ella, tan pequeña como ignorante, la palabra libertad hacía mucho tiempo ya que se había convertido en sinónimo de muerte y tristeza, de lágrimas y dolor. Ella y sus compañeros, ya desde su nacimiento, habían crecido con las palabras guerra, silencio y represión grabadas en su piel como compañeras inseparables. Quizá por eso, a ella y a sus amiguitos no les costaba trabajo obedecer a la maestra y se tapaban las orejas con las manitas y cerraban los ojos con tanta fuerza que hasta veían estrellitas muy brillantes en el interior de sus cabezas. Así no escuchaban ni veían nada de lo que ocurría a su alrededor, y casi era lo mejor: así, por lo menos, los dejaban en paz durante unos breves momentos. Porque ella, tan pequeña como ignorante, sólo quería jugar todo el día con sus amigos, oír cantar a su madre mientras cocinaba o esconderle las herramientas a su padre para verle dar vueltas entre maldiciones fingidas mientras las buscaba por los rincones del pequeño taller. Ella sólo quería ver de nuevo a su hermano mayor, sentado en la entrada de la casa, tocando la guitarra... y sin el fusil. Y por encima de todo, que volviera su otro hermano y la llevara a caballito sobre sus espaldas, corriendo y dando gritos como un loco alrededor de la casa, y sentir cómo la caricia del cálido viento del atardecer despeinaba sus cabellos. Una tarde luminosa de mediados del mes de marzo, cuando los campos habían comenzado a verdear con la esperanza de la próxima cosecha, oyó de improviso el nervioso repicar de la campanilla de la maestra. Pero en esta ocasión, sin saber por qué, no se tapó las orejas ni cerró los ojos con fuerza, ni tampoco corrió a refugiarse entre las paredes del aula. Las bombas empezaron a caer inmediatamente con furia sobre la aldea, destruyendo todo a su alrededor. Ella, tan pequeña como ignorante, pensó que había sido por su culpa, y, aterrada e incapaz de cualquier movimiento, lloró muerta de miedo y desconsuelo; la maestra, al verla inmóvil en medio del patio como una frágil brizna de hierba amenazada por el furor del huracán, se abalanzó hasta ella


para abrazarla y protegerla, pero una bala corrió a refugiarse en su espalda y la derribó, cortando su respiración y apagando su vida. Ella era demasiado pequeña para saber que no había sido culpa suya, que todo era infinitamente más simple, que las cosas suceden aunque no queramos verlas ni oírlas. Que no existen culpas, sino causas. Que las cosas pasan porque antes no se les ha puesto remedio, porque así es la realidad. El soldado, casi un niño, con la cara pintada de negro y los ojos muy abiertos, miraba a los pequeños mientras sujetaba entre las manos un enorme fusil de asalto. Cualquiera hubiera podido leer en la palidez de su rostro el odio y el miedo a partes iguales. Ella no percibía el odio porque todavía era algo extraño a su corazón, pero sí olía su miedo porque era idéntico al suyo propio, al que su mismo cuerpo despedía. Pero el muchacho desprendía también el aroma de la cólera de los imbéciles, olía a la rabia injustificada del poderoso frente a los más desvalidos del mundo, a la ira que empuja a algunos a apalear a un mendigo. Miraba a los pequeños con las pupilas dilatadas y la respiración agitada. De la bocacha del ánima de su arma todavía salía el humo de la muerte. Era muy joven, y la niña pensó que se parecía extraordinariamente a su hermano mayor. Lentamente bajó el fusil y posó su mano izquierda sobre la cabeza de la niña. Le dijo “hola” en un idioma extraño para ella mientras evitaba encontrarse con sus ojos. La niña miró a su alrededor. Las paredes del aula se habían convertido en un montón de escombros, lo mismo que las demás casas de la aldea. El hijo de la vecina y las gemelas del tendero yacían en el suelo del patio, en medio de un charco sanguinolento, todos callados y quietos, como dormidos. Su mejor amiga lloraba y gemía en un rincón. Tenía un boquete enorme en una pierna, como si un animal gigantesco la hubiera mordido con rabia. Miró atentamente la cara sucia de polvo y de humo del soldado que lloraba en silencio junto a ella, y luego le preguntó con un hilo de voz:

-

¿Ya me has liberado?


3. ALAS ROTAS Cortó sus alas y rompió sus sueños. A cambio, partió sus cadenas y, arrastrándose, llegó al Cielo, donde la dotaron de nuevas alas y pudo alimentar nuevos sueños en su mente. En su nube vio surgir una argolla que la encadenaba por los pies.


4. LA ALAMEDA DE RAQUEL Raquel se había quedado sola. Su última pareja, Joaquín, la abandonó el mes pasado, harto ya. Era el editor de sus poemas y, en cierta medida, la fuente de la que éstos fluían. Pero ahora la fuente estaba seca. Hacía muchos meses, en realidad, que la sequía había hecho acto de presencia, que el brillo se había apagado en sus ojos verdes, que los ángeles habían comenzado a llorar sobre su alma y, aunque la canción afirma que cuando lloran lloverá, lo único que llovió sobre ella fue polvo, sequía... silencio. Más allá de la tristeza y la desolación, la inspiración la había abandonado, igual que Joaquín.

Sus rimas se habían tornado mecánicas y sus versos carecían de fuerza. El verso que no toca el corazón no es más que una línea emborronando un papel. Más allá de su poesía, su propia frialdad y el hastío la atemorizaban. Ya no había luces en el parque para Raquel, las flores ya no llevaban impreso su nombre ni las hojas de los árboles mecidas por el viento transportaban su aroma. Sus besos eran desapasionados y gélidos como las manos de los muertos.

Aquella tarde decidió pasear entre los viejos álamos, buscando un rumbo nuevo que dar a su vida, acaso con el afán de recuperar la inspiración y, sobre todo, los alientos perdidos en el camino. Deseaba aclarar que errores había cometido. Era una buena chica, no recordaba haber producido grandes males, pero era incapaz de retener el amor a su lado y si algo anhelaba en esos instantes era precisamente el amor, ese cuchillo invisible que corta la soledad en minúsculos pedazos.

Tras una hora de pesado deambular por la alameda comprobó que la música no iba a sonar aquel día para ella y que las ramas de aquellos árboles serenos no le destinarían sus arrullos. Las hojas no volvían sus ojos hacia ella, ni los duendes y ninfas de que hablaba en sus poesías velaban sus pasos. Decidió regresar a casa.


- Por favor, ¿me das un cigarrillo? – sonó una voz lejanamente familiar a su

espalda Se giró levemente sobresaltada. No creía lo que veía. -

¿Raúl? – El hombre la sonrió con cierto aire melancólico.

-

Hola, Raquel, perdóname si te asusté, pero te vi pasear...

-

No, no importa..., al contrario. Cuanto tiempo sin verte... ¿dos años’

-

Tres – respondió él a la vez que le daba sendos besos en las mejillas.

Ella le dio el cigarrillo, pero no acertaba a darle fuego, presa de una evidente agitación. Raúl fue su novio cuatro años atrás.

-

Bueno, dime, ¿qué tal te va?

-

Bien, tranquilo, como siempre ¿Y a ti?

-

¡Oh! Bien, bien...

-

Supongo que sigues escribiendo

-

Sí, igual de mal – rió.

-

No sé ahora. Recuerdo que antes escribías muy bien.

Antes... el tiempo pasa y no regresa. Los versos caen como las hojas en otoño. Unas se depositan en el suelo con dulzura, otras no. Unas caen boca arriba, otras boca abajo. Unas se deslizan mecidas por el viento, mientras otras se desgarran en la caída, o se zambullen en el agua y terminan en las alcantarillas. Antes era bonita, aún más que ahora. Antes era rápida, ágil. Antes controlaba las situaciones. Antes no le inquietaban las caídas, ni las idas y venidas. Antes no había dolor. Antes Raúl suspiraba por rozar sus labios con los de ella... No, no se comportó bien en el pasado con aquel chico romántico y frágil. Ahora le tenía delante, más guapo, más hecho, más elegante y lo admitía en silencio. Antes... ahora... adverbios malditos.

-

Ahora... – musitó Raquel perdida en la cálida sonrisa que él le brindaba – Ahora falta amor

-

Como la canción de Maná – bromeó él.

-

Sí – río como en una excusa – y yo estoy ahora en el Muelle de San


Blas -

No..., no te creo. Más gente has dejado tú en ese muelle de la que te haya podido dejar a ti.

-

Sí, supongo que es cierto

-

¿Recuerdas? En esta misma alameda fue donde nos conocimos..., la alameda de Raquel la llamé durante mucho tiempo... – él se quedó pensativo.

-

Sí, ¿cómo no iba a recordarlo? Oye, ¿tomamos algo?

-

No, lo siento, pero debo irme – se excusó con la misma y repetida dulce sonrisa.

-

Vaya, perdona si... – se azoró.

-

No, en serio que me apetece, otro día, hoy llevo prisa.

-

Espera, te doy mi teléfono...

-

No hace falta, lo conservo – respondió él con cierta sequedad esta vez. Ella guardó silencio y no pudo evitar sentir una sombra de remordimiento – No te preocupes, nos veremos... Quedamos mañana aquí mismo, a la caída del sol, si te parece.

-

Perfecto, a las ocho – confirmó ella radiante.

La figura del hombre se alejó con rapidez hasta perderse entre las filas de álamos. Raquel regresó a su hogar con una agradable sensación de alivio en su pecho. Raúl..., vaya. Quizá fuera una segunda oportunidad. Esta vez se portaría bien con él, no le engañaría ni se burlaría de sus sentimientos como la última vez, cuando le rompió el corazón y él se alejó llorando como un crío.

El día se le hizo eterno. Estaba inquieta ante la cita, ansiosa por verle de nuevo. Llegó a la alameda, “la alameda de Raquel” pensó con un suspiro esperanzado, mucho antes de las ocho. Dio un largo paseo entre los árboles, con un humor excelente, y al fin se sentó en un banco a esperar a Raúl. Una vez más, no le vio llegar.

-

¡Hola! – sonó a su espalda.

-

¿Por dónde has venido? No te he visto... – dijo aturdida.

-

Estabas abstraída – dijo con su peremne sonrisa.


-

Bueno, ¿qué hacemos?

-

Podemos pasear, hay algo que quiero que veas.

-

Bien... Raúl, ¿tienes novia?

-

No..., Raquel tú eras mi novia...

-

Bueno, escucha, de eso te quería hablar... Sé que me porté muy mal contigo, pero creo que a lo mejor no es tarde para que...

-

Tranquila, despacio, despacio... Tú tienes novio, Joaquín...

-

¡Oh! Me dejó y...

-

Lo siento, tengo entendido que estos años te ha ido demasiado bien en ese aspecto...

-

¿Quién te lo dijo?

-

Da igual

Había comenzado a refrescar y un viento frío se coló por la nuca de Raquel.

-

Hace frío... ¿vamos al viejo refugio? – se refería a un viejo bar abandonado que había junto al estanque y en el que se solían encerrar cuando eran novios... allí fue donde le abandonó, se dio cuenta demasiado tarde - ¡Oh! Quizá prefieras ir a otro lugar....

-

No – sonrió – ahí está bien. En el refugio hay algo que quiero darte.

-

¿Una sorpresa? no has cambiado, Raúl... Llevas razón, no me ha ido muy bien últimamente.

-

Tu problema es que no aprecias lo que tienes – dijo él, pero con un tono dulce – no te molestes, pero no te quieres a ti misma y, mientras no lo hagas, no podrás querer a nadie – ella agachó la cabeza.

-

Sí, seguramente lleves razón – pasearon en silencio hasta el refugio.

-

Pero creo que ahora puede ser diferente... he aprendido, cambiado...

-

A veces no llegamos a tiempo a los cambios

-

Yo, yo he pensado mucho en ti y creo que podemos intentarlo

-

Es una mentira piadosa que agradezco, pero en cualquier caso ahora es imposible para mí

-

Pero no tienes novia y yo tengo tiempo, no hay prisa, no te quiero coaccionar..


-

No se trata de eso – El chico señaló una caja metálica y cubierta de herrumbre que había en el suelo del local abandonado – Por favor, abre aquella caja y coge una carta que hay en su interior.

-

¿Ahí? – exclamó extrañada.

-

Por favor... – la mujer abrió la caja y extrajo de ella una carta húmeda y arrugada.

-

¿Quieres que la lea?

-

No es necesario. Es una carta que escribí para mi padre, despidiéndome de él y diciéndole que la causa de mi marcha no era responsabilidad suya en absoluto..., me consta que lo está pasando mal últimamente pues siente esa culpa.

-

Perdona, ¿y por qué no se lo dices o se la llevas tú? – él dibujó una mueca.

-

Ahora me es imposible, éste era el favor que quería pedirte... ¿se la podrías entregar en mano?

Raquel dudó durante algunos segundos. Aquello era muy extraño, pero pensó que era lo mínimo que podía hacer teniendo en cuenta lo mal que le trató en el pasado y, también, con la esperanza de que el gesto le acercara más a él. No estaba dispuesta a perder ese tren.

-

Sí, lo haré

-

Gracias, Raquel, ¿cuándo la llevarás?

-

Mañana, por la tarde – Raúl miró la hora en su reloj

-

Bien. Disculpa, pero ahora debo irme

-

¿ahora? No hemos tomado nada y...

-

Lo siento, de veras es muy urgente

Si no fuera porque se consideraba una mujer adulta y mayor de edad hubiera jurado que se había volatilizado, porque cuando se quiso dar cuenta se había esfumado entre la niebla. Apesadumbrada retornó a casa y, al llegar al portal, se topó con su amiga Isabel.

-

Dichosos los ojos – exclamó la amiga.


-

¡Hola Isabel!

-

¿De dónde vienes?

-

Vengo de la alameda

-

¿Has ido sola, a estas horas?

-

No... ¿sabes? He visto a Raúl

-

¿A tu antiguo novio?

-

Sí, ¿qué otro Raúl iba a ser?

-

No, no... creía que...

-

¿Qué? Ya sé que no me porté bien, pero...

-

No era eso, era que...

-

¿Qué?

-

Que pensaba que estaba muerto

-

Tú estás tonta, Isabel. Bueno me subo, adiós – cortó molesta

-

Bueno, adiós, y me alegro de que no esté muerto – Raquel se despidió tocándose la sien con el dedo índice, en señal de que su amiga estaba mal de la azotea.

A la mañana siguiente se encaminó a la casa del padre de Raúl. Le recordaba vagamente como un señor muy serio y muy fuerte, al contrario que el chico. Era viudo y su carácter era muy colérico. Recordaba también que padre e hijo tenían agrias disputas porque el viejo no encajaba bien el aire melancólico del chaval, al que criticaba su falta de carácter. Eran recuerdos vagos en cualquier caso, porque desde que abandonó a Raúl ella no le había vuelto a ver. En realidad no sabía con certeza que trato la dispensaría aquel hombre en su casa. Pensó que lo mejor sería decirle que se habían reconciliado. Tardó bastante en llegar, pues sus respectivos barrios estaban de punta a punta de la ciudad. Daba igual, tampoco tenía gran cosa que hacer.

La de Raúl era una casa baja, de dos plantas. No había dudas ni posibilidad de equivocación. Con cierto nerviosismo pulsó al timbre. Tardaron en abrir, así que llamó dos veces más. Al fin, un hombre encorvado y en bata, de aspecto muy diferente a aquel ser enérgico que habitaba en su memoria, abrió la puerta.


-

¿Qué quiere? – preguntó desde el marco.

-

¡Soy Raquel! – exclamó ella. El viejo aguzó la vista y se acercó con paso lento hasta la cancela. Una vez abierta, le puso una mano en el hombro.

-

Raquel, perdona, no te había reconocido..., pero dime ¿qué quieres?

-

Le traigo esta carta de parte de Raúl, me pidió que se la entregara en mano – una sombra nubló la faz del hombre.

-

¿Raúl? ¿y cuánto hace de eso?

-

Me la dio ayer – dijo ella con una sonrisa.

-

Mi hijo Raúl está muerto – ella se quedó paralizada.

-

Pero..., pero ¡no puede ser! El me la dio ayer en la alameda y me dijo...

-

¡Basta ya! Mi hijo Raúl se suicidó el mes pasado. Se cortó las venas en la bañera..., yo mismo le encontré sin vida en esta casa.

Raquel se echó a llorar, balbuceando “yo le aseguro, ¡Oh, dios mío!”. El hombre mudó el gesto sombrío y abrazó a la joven. -

No te preocupes, todos estamos impactados. Yo hay días que creo verle por la casa, en el parque... ¡Señor, me porté tan mal con él!

-

Pero, señor Miguel... yo le juro que esta carta es real...

-

Te creo, pequeña – le dijo poniendo una mano en su mejilla – Dame la carta

El viejo la leyó, entre lágrimas. “Gracias”, le dijo, “al menos sé que no fue enteramente por mi culpa..., muchas gracias” -

Señor Miguel, yo...

-

¿Sabes? Se pasaba el día entero hablando de ti... yo le decía que tú le dejarías porque no tenía carácter y no sabía hacerse respetar... no sé, supongo que ahora está bien..., por favor, márchate

-

Sí – contestó ella secándose las lágrimas

-

¡Raquel! – exclamó él dándose la vuelta de camino a la casa – Si vuelve a aparecerse dale un beso grande, por favor – el viejo desapareció tras el umbral de la cerca.


Aquella tarde, a las ocho, Raquel se sentó en el banco del parque. Hacía frío y se había vuelto a levantar la niebla. La figura de Raúl surgió de ella. “Muchas gracias, amor mío”, musitó sentándose a su lado. Ella le miraba atónita. -

Pero... ¿por qué?

-

¿Por qué tantas cosas..? No podía vivir sin ti, pese a tus burlas y tus engaños..., y aún no puedo. Pero tenía una cuestión pendiente y la tenía que zanjar. Cuando escribí la carta no me atreví a dársela y se quedó en el cajón del refugio... No podemos vivir con rencor.

-

Pero yo... ¿qué hago ahora?

-

Lo que te dije, Raquel, quiérete si quieres amar a alguien de veras. Eres joven y bonita, hay muchos hombres...

-

Pero yo me he dado cuenta estos días que te amo a ti, te hice tanto daño...

-

Ya no duele – respondió él sonriendo – Además yo siempre te estaré esperando. Hagas lo que hagas. Te amo desde siempre, para siempre... Ahora debo marchar – Ella le detuvo un segundo.

-

Raúl, espera, quiero darte algo de parte de tu padre.... y de la mía.

Y le dio un beso, largo y dulce en los labios. Y esta vez no fue frío, al contrario fue extremadamente caliente... apasionado. Raúl desapareció, con aquella eterna sonrisa, para siempre.


5. EL DIABLO El diablo mata moscas con el rabo intentando averiguar quiĂŠnes, y con quiĂŠn, le pusieron los cuernos mientras estaba en la gloria, como estaba.


6. DON QUIJOTE EN ATOCHA “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”... repasaba yo las inmortales líneas en la madrileña plaza de España, frente a la estatua erigida en honor de don Quijote y Sancho Panza. El afilado rostro esculpido en piedra de don Miguel de Cervantes Saavedra parecía observarme desde su atalaya, provocando en mí la sensación de que los personajes surgidos de su fértil imaginación cobraban vida. Un tipo semejante al bachiller Sansón me dedicaba una sonrisa cómplice; otro, parecido al barbero, inclinaba la cabeza a modo de gentil saludo, y un cura depositaba monedas en una bacía, otrora yelmo de Mambrino, a los pies de unos músicos originarios de las Indias. Unos policías, a lomos de caballos, patrullaban por la plaza, cual alguaciles del rey, vigilando a unos moros – o turcos – que pululaban entre los curiosos que contemplaban la actuación de un grupo de malabaristas, magos, nigromantes,

encantadores,

odaliscas,

tragasables

y

trileros

en

las

proximidades de una fuente en la plaza. Un sujeto, diríase que el propio maese Pedro, exhibía un mono ante unos caballeros, sin duda alguna llegados de Cipango, pertrechados con sus máquinas grabadoras, secuestradoras de instantes, vanas recuperadoras de sensaciones, como si fuera posible embotellar el sentimiento. Gentes del pueblo llano, venteros, comerciantes y transportistas que cruzaban las calles en todas direcciones, en un paréntesis en el tiempo, en un trasiego bullicioso de vehículos y caminantes. Cerré el libro y me aproximé a la estatua del caballero andante, situándome cerca de una joven morena cuya singular belleza me conmovió. Sus ojos brillaban con intensidad, pero no era a mí a quien miraba, sino al hidalgo manchego. Un hilo de voz salió de su garganta: - Mi señor, Caballero de los Leones, tu Castilla, tu España permanecen


igual, aunque nos falte tu noble brazo para deshacer entuertos, defender virtudes y

castigar malandrines y follones. Señor, luz y espejo de toda la

caballería andante, sabed que el pasado mes de marzo, unos locos endemoniados esparcieron su

cobardía y su odio, llevando la muerte a

gentes humildes, pacíficas e indefensas, trabajadores esforzados, muy cerca de aquí. Gentes de Alcalá de Henares, de la Alcarria y de diversos puntos de España y de algunos muy remotos parajes de todo

el mundo.

La mujer enjugó unas lágrimas que surcaban su rostro y prosiguió diciendo: - Sobraron gestos prepotentes y soberbios, la falsedad de algunos gobernantes, pero esta vez se impuso la unión del pueblo y percibí que tu espíritu noble y valiente residía en él, en aquellos hombres y mujeres que se enfrentaban desarmados al dolor y la muerte, que se encaraban con el terror con ese sentido del valor desinteresado que os identificaban. Supe, en fin, que habíais retornado, que estabais aquí de nuevo, combatiendo a la injusticia, velando por nosotros, a lomos del fiel Rocinante, con el buen Sancho, al lado de vuestras gentes. Y por eso he venido. La joven simuló acariciar el semblante del caballero y, lanzándole un beso al viento con una mano, se giró para marcharse. Nuestras miradas se cruzaron durante un breve instante en el que me sonrió con dulzura. Volví a contemplar la estatua y podría jurar que escuché: “Gracias mi gentil señora, gracias, mi bella y sin par Dulcinea”, pero la figura permanecía inmutable, si bien unas gotitas de lluvia se confundían con lágrimas en la cara del leal escudero de don Quijote... pero no llovía. Me di la vuelta buscando con la mirada a la muchacha, pero su figura se había perdido entre la multitud. Una sombra me hizo levantar la cabeza y pude ver una nube en el cielo que parecía Dulcinea del Toboso cabalgando sobre Clavileño con rumbo al sol. Claro que, si me preguntáis, os diré que sólo fue un sueño.


7. CUPIDO Y YO Soy un hispano normal. Es decir, soy regordete y calvo. No maltrato a las mujeres, lo que no sé si me aleja de la definición anterior, por ser ésta costumbre de amplio arraigo en mi país y a muchos de los que la practican les quieren más sus compañeras, por elevadas razones que hasta la fecha se me escapan. Asumo la posibilidad de que esto me convierta en un mal español. No lo sé, más me comprometo a aceptarlo. Albergo mis dudas, debo reconocerlo, porque la fiesta de los toros (que es aquella donde los astados son los únicos que no están de fiesta) no me subyuga, y no me gustan el cocido madrileño ni el cava catalán, que antes se llamaba champán. En resumen: desde que alguien inventara el bidé y la máquina de cortar jamón, ni el jamón sabe a tal y de lo otro no me acuerdo... aunque bien quisiera. Pululo por las calles de Madrid, capital de España, país situado al sur de Colombia, según los yanquis, y en el norte de África, según unos tipos estirados que aún creen tener un imperio y que algunos llaman ingleses. En mi barrio son muchos los que los llaman de otras maneras, sobre todo durante los partidos de fútbol; claro que en mi barrio suburbial somos unos tipos muy soeces. El caso es que estamos en el mundo, una esfera achatada por los polos que gira en torno al sol (hubo un tiempo en que era plana y permanecía quieta) y que ha visto churruscarse a muchos en la parrilla cual lechones por decir que era redonda y que giraba en torno al sol. Tenemos varias cadenas de televisión que emiten programas formativos que baten récords de audiencia en algo que llaman la parrilla, imagino que debido a que los presentadores de los mismos se queman, merced a ella, como aquellos que decían que el mundo era redondo y giraba. En estos programas podemos contemplar a variopintos sujetos que aseguran haber sido abducidos por seres extrateterrestres con los que aseguran haber mantenido relaciones sexuales (Nunca imaginé, sinceramente, a un ser dotado de una inteligencia teóricamente superior atravesando galaxias situadas a millones de años luz de aquí para atrapar a un señor gordo de Palencia y reconocer su esfínter anal) o a tipos que declaran se amor por una cabra sin el menor embarazo (ni del uno en afirmarlo en público ni de la otra en practicarlo) y sin necesidad de tener que recurrir a un precalentamiento con un vídeo de la


National Geographic.

Uno de estos programas, llamémosle El Columpio por ejemplo, es el más popular (a pesar de que nadie lo ve) de todos los que versan sobre lo que se ha dado en llamar prensa del corazón. Ignoro el motivo, porque éste es el órgano que menos se toca en sus contenidos, que suelen centrarse en los genitales y en el estado de las cuentas bancarias. En estos espacios suelen concitarse seres ¿humanos? que, generalmente, están resfriados, a juzgar por el frecuente moqueo, y que dedican toda su vida y obras a despellejar inmisericordamente a todo ser vivo, malherido o preferiblemente muerto que pase a menos de mil metros de su esfera de influencia.

Es condición sine quanon de todos los participantes de estos espacios televisivos alzar airadas protestas por el nulo respeto de que son objeto sus vidas privadas, y sostener que los sentimientos amorosos que les mueven son absolutamente desinteresados, hecho éste que queda patente cuando se desvela que todas y cada una de las conquistas responden a adinerados banqueros, empresarios de postín o futbolistas de relumbrón. Ya reza el refrán que cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana.

En definitiva, andaba yo por Madrid en el mes de marzo de 1998 y hacía un frío que pelaba a las gallinas. Este es un dato irrelevante en realidad porque en enero de ese mismo año también estaba en Madrid y, asimismo, hacía un frío que pelaba a las mismas gallinas que en marzo. La diferencia radicaba en que éstas eran más jóvenes y en que me era indiferente porque en honor a la verdad todo (o casi) me la traía floja y pendulota.

Y eso que el mes de diciembre lo había cerrado muy bien, con una Nochevieja como Dios manda. Primero, cena copiosa e indigesta en familia y, a la par, lo mejor de la velada. Después, la correspondiente observación de que mis padres están mayores, seguida del preceptivo atragantamiento con las uvas, para culminar con el compromiso de no beber alcohol, dejar de fumar y ser más bueno, o menos malo, según se mire.


A las 01:30 horas llegué al pub de marras donde ejercía de pincha discos, que era como nos llamábamos antes de ser sacrosantos y reencarnarnos en la figura de dj,s. Al cruzar la puerta encendí mi décimo cigarrillo, dando un sorbo a mi tercer cuba libre. Empezaba a sospechar que no era un hombre de palabra. Lo único que cumplí aquella noche fue el capítulo de las mujeres: no me comí una rosca.

Resumen del día 1 de enero de 1998. Tremenda resaca acompañada de diarrea. Juramento solemne ante el espejo del baño de no volver a beber más.

Viernes, 2 de enero. San Basilio el Grande y San Gregorio Naciancieno:

-

21:00 horas.- Entrada en el pub.

-

23:59 horas.- El giradiscos se pone borroso y algunas canciones se repiten misteriosamente.

-

02:40 horas.- Llevo cinco cuba libres en el coleto. He tomado una determinación trascendental. No beberé más… ni menos, beberé lo mismo, es absurdo mezclar.

-

06:00 horas.- Entra una leona en el local. Tras el consabido juego de miraditas de estreñimiento y cuatro frases más o menos ingeniosas me propone ir a su piso. Le contesto que no puedo, que hoy voy de pajas y no es bueno mezclar. Me manda muy lejos a por no se qué.

-

07:40 horas.- Llego a casa. Cumplo y me la meneo. Vuelvo a ser un hombre de palabra.

Sábado, 3 de enero. San Florencio y Santa Genoveva. Vuelve la leona al pub. No me saluda. Hora y media más tarde vuelve a mi lado y me pregunta si hoy también voy de pajas. Le contesto que no. Por un extraño motivo que ignoro me besa en los labios y me propone marcharme con ella. Voy, aunque el dueño del pub no es partidario y me dice algo referente a mi incierto horizonte laboral. Pienso que sigo teniendo el curro de la oficina y que me da igual. Me marcho, pues. Estoy en su cama, hacemos el amor, bueno, algo parecido. Me pregunto que hago allí. La beso, le doy las gracias y me marcho. Me llama cabrón. Pienso que quizá lleve razón.


Seguro, lleva razón.

Martes, 6 de enero. Adoración de los Santos Reyes Magos. Mal día en el trabajo. El jefe está más irritado que nunca con los empleados, debe ser porque no pego ni chapa y la ociosidad agota. Entro en el pub donde realmente vivo. Están mis amigos. Hablan de lo mismo de siempre. El trabajo está muy mal y cada vez hay más extranjeros en España (ya dijo Alfonso Guerra que en unos años a España no la reconocería ni la madre que la parió) y que las tías son todas unas cabronas redomadas y que conviene ser malos con ellas, porque cuanto mejor te portas con ellas peor… Tenemos que ir de vacaciones al Caribe que allí, según cuentan, las mujeres son más dulces y calientes… y, “te lo juro, tío”…¡¡¡les gusta follar!!! Pierdo la cuenta de las cervezas. Mi mente está muy lejos, más allá del Caribe y de sus dulces y sexys mulatas a las que “te lo juro, tío” les gusta follar. Gasto bromas y me río, pero mi cabeza está muy lejos de allí. El dueño del local ya me ha perdonado la aventura de la leona y me anuncia, previo afectuoso cachete, que el próximo viernes vendrá una camarera nueva que me va a gustar. “Es de tu tipo”, sentencia, “vas a pinchar de verdad”. Me sigo riendo, muy lejos. Juego al billar. Un amigo sigue despotricando, ahora de los gitanos. Es producto del hastío que siente. Estoy triste y creo que la tristeza no cesará nunca.

Viernes, 9 de enero. San Marcelino y Santa Basilisa. Parece increíble que en un día con tamaño santoral vaya a conocer la nueva camarera con la que voy “a pinchar de verdad”. La novedad que supone la venida de la muchacha en cuestión me ha impulsado a vestirme con cierto esmero. Me digo que es absurdo, pero siento curiosidad y cierta chispa en mi interior. He conocido a la nueva camarera. Ha surgido entre la niebla, rasgando los visillos de mis tinieblas. Hay una luz en el túnel, pequeñita y tenue, pero alumbra. El poema que nunca escribí se dibujaba en sus curvas y en el vértigo de su escote.

Pinché música hasta que las luces del nuevo día se adivinaban tras las puertas. La noche había sido un suspiro. Al fin nos quedamos solos, en la calle.


Hacía frío, pero se escuchaban los trinos de los pájaros al alba y se respiraba un aire fresco y puro que entraba como un proyectil en los pulmones. La creía agotada y pensé que era mejor no presionarla, no incurrir en bobas urgencias. Así pues, la acompañé hasta el portal de su casa, donde me besó con ternura y calor. El cielo era más azul aquella mañana. Decidí fijar una cita para el siguiente miércoles, pues con la cantidad de alcohol ingerida el listón no quedaría muy alto precisamente. Pensé que podría pasarme la vida entera besándola, contemplando sus ojos y recibiendo sus caricias. El famoso flechazo. Me obsequió una bufanda que no olía a colonia ni perfume, sólo a ella. No dormí nada.

Me había enamorado, supongo. Dos años atrás me enamoré también de una chica preciosa, de enormes ojos azules y resplandecientes, con más pretendientes que Julia Roberts y con un concepto un tanto laxo de la moral. Aquello comenzó mal, tuvo un punto de inflexión engañosamente positivo y concluyó como el Rosario de la Aurora. Ella terminó viendo una luz cegadora en forma de yonki cuarentón, algo desdentado y bastante feo, si quieren ustedes mi objetiva opinión. Si el amor no es ciego, cuando menos es tuerto y sordo. El tipo en cuestión era calvo y tenía perilla. Esto fue lo que más me dolió, pues por aquellas fechas yo también era calvo y lucia perilla. Ahora soy calvo…,

de

acuerdo,

y

gordo.

Esto

último

me

permite

soportar

satisfactoriamente los rigores del invierno madrileño y, además, ganarme un dinerillo extra trabajando como boya en la piscina municipal del barrio.

Decidí afeitarme la perilla en arrebatado acto contestatario contra la putada que me había hecho ese sonrosado angelote, de falda sucinta y complejo de Robin Hood que algunos llaman Cupido. A mí se me ocurrían otros nombres bien diferentes y bastante peor sonantes, pero ya reconocí anteriormente que soy algo soez. En resumen, que la dejé enganchada a la bragueta del yonki, con su naricita rellena de cocaína y la boquita plagada de ácidos, y me fui con viento fresco, rumbo a ninguna parte.

En efecto, me quede más solo que la una. Más aún: más solo que la una menos cinco, con cara de póker, más tirado que una colilla de Bisonte, con un


vivir sin vivir en mí y el resto de la letanía de latiguillos llorosos post-corazónroto-sección-abandonos-varios-RIP.

Durante dos añitos, dos, arrastré mi triste penar, que dirían Los Panchos, y mi patético semblante por las calles y tugurios más infectos y deprimentes del viejo Madrid, intentando salir del agujero que yo solito había cavado. Sí, majetes, sintiéndome el mártir entre los mártires que en el mundo han sido, con el moco tendido, el hígado hecho una pasa de Corinto y los dedos amarillentos por la nicotina. Amartillando las cabezas de los pobres desdichados que se sentaban a mi lado en las barras de los bares y poniendo esas típicas sonrisas que delatan con supina claridad nuestro verdadero estado de ánimo. Es aquello de:

-

¿Cómo estás?

-

Biieeeen – Respuesta acompañada de alicaída sonrisa, suspiro y mirada de carnero degollado fijada en algún punto inconcreto de la pared.

Y así iba, de aquí para allá como una vaca sin cencerro, sin perrito que me ladrara ni gatito que me arañara.

Entonces llega alguien que te explica, dándote una palmadita en la espalda, que lo que necesitas es correrte una buena juerga y echar un buen polvo. Lo meditas y concluyes que lleva razón. Te largas, te agarras una nueva kurda, te agobias más aún de lo que estabas antes y te acabas yendo con la primera que asoma la lengua.

Hora y media más tarde te preguntas que diantres haces allí tumbado con aquella individua que de nada conoces. Lo más preocupante: comienzan a interesarte las melodías de Charles Aznavour y te corroe la sensación incómoda de que todas ellas están inspiradas en tu calamitosa existencia. Te reactivas por las mañanas pensando en aquello de que hoy-puede-ser-un-grandía-para-ti en el que todo variará, pero cuando cae la noche su nombre y su rostro asaltan tu almohada y, en ese instante, crees que jamás volverás a amar


a otra persona (ja), que serás fiel a su recuerdo (ja, ja) y permanecerás solo y en vigilia sexual toda tu vida (ja, ja, ja).

Un buen día (nunca es uno de ésos que creías sería un gran día) te engañan, aunque siempre que nos engañan es porque queremos que lo hagan, y te llevan a un local frecuentado por tunos, que saben mucho del amor y con sus cantos alegran el corazón. Ya saben. En ese momento es cuando la depresión se ceba contigo como una jauría de hienas, y huyes despavorido del susodicho antro solamente apto para extranjeros bebidos y señoras de edad avanzada y situación desesperada.

En marzo de 1998 apareció ella entre la bruma. La de los enormes ojos azules y resplandecientes, no… ¿la camarera, entonces? Tampoco, porque no puse a prueba el listón la mañana de aquel año nuevo y, lógicamente, decidió no acudir a la cita del miércoles, claro, y se emparejó con ELLA, con la mujer de mi vida. Pelo ensortijado y negro como las fauces del lobo en las que me volvía a adentrar. Un rostro bello, un cuerpo sensual. Dulce como el caramelo líquido que se vierte sobre el flan, con el mismo regusto amargo y adictivo. Tierna, inteligente y divertida, vital y, sí amiguetes, yo la atraía, le gustaba.

Le gustaba yo, la alegría de la huerta, le joie de vivre. Recogí el moco tendido y escondí barriga hasta que comencé a amoratarme. Me rapé el pelo al uno porque así se disimula la alopecia y se brinda un aspecto más juvenil, según sostenía un peluquero con evidentes problemas de retención de aceite. Decidí asumir el riesgo, aceptar el reto, recoger el guante que me lanzaba el desafiante destino, en la más pura tradición de las películas de Humphrey Bogart (vasos de bourbon incluídos) y me dispuse a sentir el vértigo del paracaidista cuando se abre la portezuela entre las nubes. “Luz verde, saltas y ya está”, me decía un compañero. “Ya te digo”, contesté convencido de que me iba a dejar la dentadura en el pavimento.

Mi estado de ánimo varió. Ya no me sentía desdichado. Lucía una pulcra sonrisa de tontolote feliz. La amaba de veras. No la convertiría en un objeto de deseo, nada de absurdas credenciales de posesión. La quería tal como era, la


dejaría desarrollar por completo su personalidad, libre de ataduras, sin cadenas, sin egoísmos. Había sacado mi corazón de paseo, lo había extraído de la caja polvorienta en que lo había encerrado y sentía con fuerza el pulso de la sangre en mis venas. El barco navegaba y el viento azotaba las velas. Me había rebelado contra mi destino.

Había muero aquel remedo de Cuasimodo recluido con las gárgolas en el campanario de Notre Dame. Bajaría y bailaría con todos en la plaza bajo el vuelo circular y vertiginoso de las golondrinas, acariciado por el sol. Estaba vivo y el cálido viento del sur acariciaba mi rostro.

Era una mujer más solicitada que un póster de Pamela Anderson en los cuarteles de Bosnia Herzegovina y había reparado en mí por extrañas razones que aún hoy escapan a mi entendimiento. Torné a enternecerme con los episodios más cursis. Me volví sordo e insolidario con los problemas de la sociedad que me rodeaba. Me enamoré, en definitiva, me volví un estúpido egoísta y un brasa, enfermo de cretinismo. Me volqué en atenciones y obsequios y nada pedí a cambio. No quería pecar de urgencia o ansiedad. Mis sentimientos, claro, eran urgentes y ansiosos… Y la agobié… dejé de gustarla. No la llenaba porque, como buen enamorado, me había transformado en un memo y un palizas, como el resto de los memos y palizas que la pretendían. Uno más del rebaño. Uno más del club de fans. Y cambió de aires. A menudo sucede que desandamos en cinco minutos lo que nos ha costado andar dos meses. Os lo asegura un acreditado especialista en la materia. Volví a mi tónica habitual de ligar menos que un policía nacional en Gernika.

Busqué como antaño un dibujo del amiguete Cupido y le dediqué un sonoro corte de mangas con salivazo extra. Decidí que debía respirar hondo y recordar que era un tipo duro, inasequible al desaliento, impasible ante los zarandeos de la vida, de la insigne estirpe de lo salmones que remontan el río, que no vertería una sola lágrima por esa ingrata especie animal vertebrada llamada mujer. Que las fueran dando a todas…, yo me daba de baja en el estadillo. Tan firme era mi propósito que quince minutos más tarde (está bien, fueron doce) estaba acurrucado en un banco de un parque en indigna posición


fetal, con una torrija de campeonato y llorando cual becerro. “Snif, snif, vuelve conmigo, no me dejes. Snif, snif, ¿por qué me haces esto? ¿No ves que te quiero? Snif, snif”. Sí, amiguitos, patético e impresentable. Un nuevo éxito del Capitán Calabazas.

Ahora ya la he olvidado, por supuesto, no faltaba más.

Es humo lejano que esparció el viento, agua pasada. Otra vez soy ese zombi al que todo se la trae floja y pendulona, y que no volverá a enamorarse nunca más de nadie… Bueno, el caso es que anteayer conocí a una chica linda como un San Luis y se me pusieron los pelos como escarpias al contemplar sus ojos almendrados. Me dijo su nombre dibujando una sonrisa y advertí un poso de tristeza en su mirada. Me dio un vuelco el corazón mientras intercambiábamos apasionados besos y caricias.

Esta vez lo tengo todo matizado, todo está bajo control. Lo tengo todo tan claro que puedo afirmar sin el menor riesgo a equivocarme que el próximo mes estaré en el banco de un parque, acurrucado en indigna posición fetal, con una castaña impresionante y llorando como una magdalena, y farfullando: “¿por qué? ¿por qué? Snif, snif”, y todo eso… Y volverá a suceder. Una vez más me enamoraré y de nuevo saldrá mal. Mi corazón se romperá otra vez y juraré que no lloraré, que no verteré una sola lágrima porque nadie se lo merece, a menos que haya derramado alguna por mí o esté dispuesta a hacerlo, y no será el caso. Aunque mis días vuelvan a vestirse de gris no cederé un ápice a la tristeza. Me complaceré en los días cálidos y soleados, en la contemplación de los días azules y de las caprichosas formas de las nubes al atardecer. No pensaré que soy presa del infortunio. Liberaré de oscuros pensamientos mi cerebro. Seré una piedra hasta que mis ojos descansen viendo crecer la hierba y las flores desde abajo. Alcanzaré así la anhelada paz de espíritu y lograré acallar los gritos de la ansiedad que me consumen implacablemente,

como

hace

el

fuego

con

el

centeno.

Inmune

al

sentimentalismo y a la emotividad, cómodo en la soledad. Hasta que caiga en la cuenta que nuevamente soy un zombi que pasea entre las parejas que se besan, ajenos al mundo, flotando entre nubes.


8. DE NOCHE Aún era de noche. Se amaron con urgencia, como si temieran que les sorprendiera la salida del sol. Terminaron, sudorosos, quebrando la unidad. “Te quiero” musitó ella. El la besó. No respondió pero pensó: “La última vez que una mujer me dijo eso me rompió el alma en tantos pedazos que ni un tipo que tuviera catorce brazos podría recogerlos todos”. Se levantó de la cama y regresó a ella con una flor. Ella dijo “gracias”, pero pensó: “La última vez que un hombre me hizo esto me rompió el alma en tantos pedacitos que ni un tipo que tuviera catorce brazos podría recogerlos todos”. Se amaron de nuevo con urgencia, como si temieran que les sorprendiera la salida del sol.


9. BRIZNAS DE HIERBA Recibió el esférico con el pecho y lo bajó al piso con elegancia. Talonó sobre la línea de cal y avanzó tres, cuatro, cinco metros en diagonal hacia del área rival. Trazó con tiralíneas un centro raso hacia Canario, un extremo colombiano delgado y fibroso como un látigo, que le devolvió el balón adornándose con un taconazo completando una pared perfecta. Quebró al libre, que pasó como una locomotora a su lado y a ras de hierba, y se internó en el área. Vio desmarcado al Niñato , pero observó que estaba en fuera de juego y decidió no pasarle la bola. Avanzó en diagonal hacia su izquierda, intentando adecuar el balón para un disparo final con su zurda. El guardameta argentino cubría perfectamente su primer palo. Bajó su brazo izquierdo y lanzó la pierna atrás. Escuchó con claridad los chillidos angustiados de la afición contraria, sobre todo los de ellas (siempre se escuchaba más a las mujeres) y sintió como el defensa central le trababa la pierna de apoyo. Cayó al suelo y permaneció tumbado sobre el césped unos instantes, entre el alboroto general.

El árbitro se aproximó a la carrera señalando con el dedo índice el punto de penalty. Escuchó todo tipo de improperios y gritos inconexos, mientras los jugadores adversarios se arremolinaban en torno a Gómez de Acevo echándose las manos a la cabeza. El trencilla los alejaba de sí haciendo grandes aspavientos, aguantando el tipo en el punto fatídico. “¡No jodas, se ha tirado, no le he tocado, no le he tocado!” – bramaba indignado el zaguero. Aún desde el suelo miró al luminoso. Minuto ochenta y nueve. El Niñato se le tiró encima abrazándole. Sudaba abundantemente. “Mucho, Capi, mucho”, le gritó el colombiano.

Recuperó la verticalidad. El Niñato recogió el balón, las máximas penas las lanzaba por expreso designio del entrenador aquella figura en ciernes. El Capi se disponía a abandonar el área, pero percibió el leve parpadeo nervioso que delataba al Niñato cuando lo vencía la tensión. Le inquirió levantando la cabeza. El chaval estaba pálido y le miraba con un hilo de esperanza. Bufó dirigiéndose a él y le arrebató el balón. Vio al entrenador levantándose por enésima vez del banquillo, pero ignoró el gesto. Colocó con parsimonia la


pelota sobre el punto fatídico, aplastando con el talón un abultamiento en la hierba. “No la cagues, Capi, no me jodas” escuchaba en su interior la voz de su intermediario, Zoran Petkovic, un croata con pinta de play boy barato

y

coleccionista de coches deportivos de colores chillones.

Una y otra vez le acudía a la mente anño tras año el descalabro en el Camp Nou y las críticas de los periodistas deportivos de Madrid comentando su pésimo papel en aquel encuentro. Le perseguían por mucho tiempo que pasase. De allí salió el sambenito de que era un jugador pusilánime, que se arrugaba en las grandes citas. “Por Dios, fue sólo un partido malo, nada más...Hicimos cuanto pudimos”

Es fácil hablar mientras te tomas unas

cervezas en el bar, pero, en ocasiones, saltan al campo y, allí abajo, ante 125.000 tipos vociferando como posesos toda clase de improperios y lanzándoles todo lo que hayan a la mano, se les encoge el estómago y se les agarrotan las piernas. El cerebro piensa y se ve con nitidez la jugada, pero las piernas o los tobillos no responden como esperan.

Peor aún cuando es el cerebro el que se nubla y viene la ofuscación. Entonces noventa minutos se convierten en una eternidad. Los rivales salen por todos lados y parece que no se agotan. Había visto a Schuster venirse abajo allí. El le gritaba “Bernardo, Bernardo…, me cago en la puta” y él miraba a ningún lado, blanco como la cera.

Tiempo después, ya en la tele, vio tres cuartos de lo mismo con el mayor de los Laudrup, Michael. Aquel día no dibujó ninguno de esos pases de fantasía entre líneas, buscando la espalda de la zaga rival, mirando al tendido como los toreros… Claro que cojonuda estaba la grada, como para mirar…O los chavales aquellos del Anderlecht. ¡Menudo equipazo! Y cómo se fueron abajo en Chamartín: la grada a rebosar, llena de banderas y pañuelos, y el Buitre saliéndose del cuadro. Los jugadores del equipo belga miraban incrédulos y atemorizados, olían la goleada.

Al final de aquella temporada estaba fuera del Real Madrid. Cambio de técnico y unos cuantos hicieron las maletas. Un nuevo ciclo para el club


merengue. Para él sí se inició un nuevo ciclo. Empezó el infierno de los equipos modestos. Al principio no fue tan malo…, venía del Real Madrid y le rodeaba cierto aire de respeto y admiración en los vestuarios, sobre todo entre los jóvenes. Con los más veteranos era otra cosa, muchos le miraban como diciendo “no vengas de chulito, yo también pasé por lo mismo”, aunque no hubieran jugado en su vida en un equipo grande.

Y los entrenadores, que sabían que venían con la soga al cuello y con unas plantillas muy cortitas. Querían comerse el turrón en el banquillo y no estaban para tonterías. “Aquí te dejas de filigranas que ya no estás en el Madrí”. Juego sencillo, recuperación, pase corto en ataque o pase largo al bala de turno en la contra. Nada de diversiones, “aquí no estamos para divertirnos. El futbolista que se divierte es que no está cumpliendo con su trabajo… Eso para los señoritos de los clubes grandes…, ¿estamos?” Pues eso, juego raso y patada a la ceja. Al contrario justo, pero comprendía ahora lo que debían sentir aquellos futbolistas que venían fichados de clubes modestos a uno de los grandes: “Chico, olvídate, ahora ya no estás en el Racing. Déjate de caracolear ¿vale? Pase cortito, rápido y desmarque, pase cortito, rápido y desmarque, y los balones al Niño, nada de rollos, que él define; al Niño, ¿estamos?”

Luego vinieron las dos lesiones en la puta rodilla. Seis meses en el dique seco con una y ocho a verlas venir con la otra. Esta fue peor, ya en Segunda. “Aquí reparten leña que es un gusto y hay cada cabrón que como sepa donde estás jodido, y lo saben, date por cazado porque todos los golpes van allí, pero ya verás como todo te va a salir bien, monstruo, que eres un monstruo”, le consolaba Rufino, el utillero ad eternum del club. “Igualito que Rafa Velázquez, la misma finura”, concluía dándole en la nuca un golpecillo amistoso con su acostumbrado “te acordarás de mí cuando vuelvas al Madrí, ¿verdad?” Volver al Real Madrid…o al Barça…Jugar la final de la Copa de Europa.

La final de Copa entre los dos clubes modestos había comenzado bien para el Capi y su equipo, aunque sabían que bajarían a Segunda y, por eso, muchos de ellos se la jugaban en aquel lance. Pero luego se había torcido el asunto, el árbitro había reclamado su atención: “Capi, no te paso ni una más”


-

No le tocado, Javi, le di al balón, en serio…

-

Punto en boca, Capi.

-

No te he dicho nada ¿Qué te he dicho? Fíjate.

-

Tarjeta amarilla.

Se dio la vuelta y se alejó en silencio. El público rival aplaudía ¡Échale ya, árbitro, échale ya… Capi, Capi, Capi… maricón, maricón, maricooón! Se giró en carrera y le clavó la vista “Me estás jodiendo”, pensó, “llevas jodiéndome toda la puta vida, amargado de mierda… ¡Niñato, cojones, presiona a la salida de la defensa!”. La verdad era que el Niñato se estaba dejando el alma en aquel partido, el año que viene estaría en el Barça, con Guardiola, Kluivert y Rivaldo. ¿Y él? ¿Volvería al Madrid? “No la cagues Capi, no me jodas”, decía en su mente el croata Zoran Petkovic. Algunos de los que habían ganado dos copas de Europa mientras se pelaba en el exilio no se las merecían más que él. Ya sólo pedía eso, una oportunidad de jugar una de aquellas finales, no tanto por la novena del Real Madrid, sino más por ser la suya, su Copa de Europa.

Tres días antes del partido, tras la última sesión de entrenamiento, el Capi se había quedado el último bajo el grifo de la ducha. Estaba en la gloria y meditaba acerca de cual sería su futuro tras el trascendental choque de Copa. “Capi, tienes que hacer un buen partido. El Madrid está interesado, de verdad que lo está, pero te van a mirar con lupa. Ya sé que lo llevan haciendo toda la temporada, pero tú sabes igual que yo que un fichaje se fastidia por una mala tarde”. El Capi recordaba bajo el chorro de agua tibia las palabras que le había dirigido su intermediario esa misma mañana. Pero ahora sólo estaba él, él y la ducha...., y la voz del Niñato:

-

¡Capi, te ha llamado tres veces la Seven Eleven a la secretaría.

La Seven Eleven era una joven periodista que hacía sus pinitos en una televisión local. Los muchachos la llamaban así

porque siempre estaba


disponible – “abierta” afirmaban los maledicientes entre risitas - para los miembros de la plantilla, con independencia del día y la hora que fuese, sobre todo para los jóvenes llamados a ser figuras, como el propio Niñato. En el caso del Capi, esta insistencia daba solidez al interés del club blanco por él.

-

¡Capi! ¿Me oyes? Que te ha llamado la...

-

¡Que sí, joder, que ya te he oído! ¿Y qué quería?

-

Yo que sé, querrá comerte...

-

No sigas o te limpiaré la boca con estropajo

-

Vale, vale, alegrías. Me imagino que andará con lo tuyo con el Madrid. A mí ya me anduvo buscando por lo del Barça.

-

Bueno, gracias.

-

¿Y qué vas a hacer?

-

Adiós.

-

¿Qué?

-

Adiós.

El Niñato se fue del vestuario dando un portazo. “Viejo gilipollas”, pensó al salir. La llamada, en realidad, era un indicio bastante claro y esperanzador. La niña tenía buenos enganches. Abrió la boca bajo la alcachofa de la ducha y dio un buche de agua. Pensó. Si regresara a Madrid quizá viera de nuevo a Sonia. Hacía años que sólo la veía en las páginas de las revistas de cotilleo. La actriz lo pasaportó cuando se terminó su etapa en el equipo de Chamartín. Cierto es que no le sorprendió. Era lógico si se atendía a su currículo sentimental y al mundillo del famoseo patrio, pero igualmente cierto fue que le dolió. Mucho.

-

Luis, parece que volveremos a vernos. Veo que te va muy bien. No sabes cuanto me alegro, cariño, sabes que te quiero. Si fructifica el tema tenemos que celebrarlo con una cena y unas copitas, ¿ok? Un besito – Le llamó por teléfono cuando comenzaron los rumores del interés por recuperarlo del Real Madrid. Su voz sonaba diferente.

-

Claro, Sonia, sí... Un beso – respondió levemente aturdido y colgó.


“No la cagues, Luis, no la cagues”, pensó. Se había casado en los tiempos duros con Paula, su novia de siempre. La persona que había tragado sapos y culebras, su depresión, su mal genio..., sus cuernos.

Y ahora estaba allí, frente al balón en el punto de penalty. Podía ver a su padre en el bar del Búho, tras la partida de dominó, frente a la pantalla de televisión, gritando a los amigos “ese es mi hijo, Luisito, el más grande”.

El pitido era ensordecedor. Un mechero de veinte duros cayó a sus pies. Pensó en dárselo al colegiado, pero estimó que era mejor no calentar más aún los ánimos del personal. Era curioso que toda la experiencia acumulada durante estos años, su futuro y buena parte de su historia profesional se iban a dictaminar en los dos segundos y pico que tardaría el balón en llegar a la portería impulsado por su pie izquierdo.

Respiró hondo y cerró los ojos. Decidió no abrirlos hasta el instante en que su bota impactara con el esférico. Conocía de antiguo al guardameta argentino, era un hijo de puta que te helaba la sangre en las venas cuando te miraba con esos ojos vacíos antes lanzar un penalty, parecía un muerto en vida.

Se hizo un silencio angustioso, ese mudo segundo que domina a las aficiones cuando el futbolista rival se dispone a patear el cuero desde el punto de los once metros, un segundo nada más y nada menos. “No la cagues, Capi, no me jodas”, sonó la voz del croata en su mente. Lo pegó muy duro y seco a la par que abría los ojos. Unas briznas de hierba adheridas a sus tacos se desprendieron elevándose levemente y, de nuevo, el griterío histérico quebró el silencio.


10.

EL CHIGRE DEL MANCO

El concierto, una vez más, había sido un rotundo éxito... No, más que nunca. Sin duda alguna, se trataba del mejor violinista de Europa entre los músicos jóvenes, una mezcla de virtuoso del violín y de estrella del rock. Saludó sudoroso y feliz a los espectadores que le aplaudían puestos en pie. Estaba agotado, pero ebrio de gloria y ansioso por bañarse en las aguas cálidas de las alabanzas. No iría al hotel; recogería a alguna de aquellas enfebrecidas y sexys fans, la introduciría en su Ferrari rojo como la pasión y se marcharía veloz, siempre veloz, a celebrarlo con ella en alguna ruidosa fiesta plagada de bocas amables, predispuestas a la sonrisa y la alabanza, que inflamaran aún más su ego. Más tarde disfrutaría de aquel cuerpo desconocido y joven plagado de curvas, humedad y calor. Días de vino y rosas, de laureles y lencería fina.

La muchacha le posó su mano en el muslo, pero él la retiró con cierto desdén. Aún no era el momento, pensaba, mientras los árboles pasaban raudos, lamiendo casi la ventanilla de su lujoso deportivo.

Fue entonces cuando ella soltó un grito ahogado y, como en un golpe de flash, los faros del Ferrari iluminaron la silueta de un ciervo quieto sobre el asfalto. Un volantazo, un frenazo seco, un nuevo giro y otro más. El coche comenzó a dar vueltas de campana y la oscuridad de la noche se tornó súbitamente en el vacío más absoluto.

* * * –Señor Hervás, ¿se encuentra usted bien?

El violinista entreabrió los ojos. Tenía la visión borrosa, cubierta por una especie de neblina, y se sentía presa de un intenso sopor.

Debía estar en un hospital, a juzgar por la blanca vestimenta de las personas que lo observaban expectantes desde el pie de la cama.


–Desgraciadamente, su acompañante ha fallecido en el accidente. ¿Lo recuerda, señor Hervás? –Sí... –balbuceó–. Pero yo no conocía apenas a esa mujer... ¿Cuánto tiempo llevo aquí? –Unos días, prácticamente dos semanas. –Me duele la cabeza. –No reconocía su propia voz. –No se preocupe, es fruto de la anestesia. –¿De la anestesia...? También me duele el brazo izquierdo... –Notó un vacío. –Señor Hervás, ese dolor es tan sólo un reflejo nervioso del cerebro. Ha perdido usted el brazo izquierdo, hemos tenido que amputárselo, estaba destrozado... Pero debe ser positivo, al menos vive para contarlo. Ha salvado la vida por un verdadero milagro. –La voz del doctor parecía provenir del interior de un túnel. –Pero... –La cabeza le daba vueltas y el sopor le venció.

Nunca más volvería a tocar el violín.

* * *

Seis meses más tarde regresó a su Asturias natal, a la pequeña aldea acunada entre montes verdes y vertiginosos desfiladeros que morían en un mar bravío y melodioso. Allí, de pequeño, mecidas por las olas preñadas de espuma que rompían con violencia en las rocas de los acantilados, escuchaba las notas de violines imaginarios. Música que le hablaban de inquietudes, de esperanzas y de emigrantes más allá de la bruma.


Su carácter se había tornado áspero y su humor agrio, como si su sonrisa se hubiera hecho añicos también contra el asfalto de la carretera que había engullido su brazo izquierdo. Había retornado a la casona en la falda de la montaña y había vuelto a abrir la acogedora taberna que un día construyese su abuelo, un gijonés risueño y vivaracho que se había casado con una moza de la aldea esplendorosa como un amanecer de primavera y despierta como un gorrión.

Escuchaba discos de sus primeras grabaciones, y los fines de semana acudían al establecimiento pequeños grupos musicales de la comarca para amenizar las veladas de la taberna con sus ingenuas canciones provincianas. Él los contemplaba con cierto desdén, pero no podía dejar de sentir cómo el frío puñal de la envidia le traspasaba el corazón al mirar con nostalgia aquellos violines, aquellas guitarras..., aquellos brazos.

La sencilla gente de la zona acudía también a escuchar esos conciertos y, en la misma o mayor medida, atraída por la pasada fama del actual tabernero. “El chigre del manco”, decían, la taberna del violinista manco... ¡Qué cruel ironía!

Entre todos los clientes nuevos destacaba uno en especial. Alto y fuerte, excepcionalmente atractivo, llegaba siempre a lomos de una moto japonesa negra de gran cilindrada, enfundado en un tabardo oscuro y elegante sobre una camiseta muy ajustada. Negro el ondulado pelo y negras gafas de sol, incluso cuando se encontraba en el interior del local. Tenía una conversación ágil y culta y desprendía un amargo aroma atrayente, pero había un oscuro fondo de maldad y arrogancia en sus palabras y sus gestos que no se molestaba en disimular.

Siempre llegaba solo al establecimiento del manco, tomaba un par de copas y se marchaba acompañado de alguna joven, invariablemente bella. Al violinista le llamaba poderosamente la atención aquel tipo, pero nunca llegó a entablar una conversación larga ni profunda con él.


Cierto día apareció ella envuelta en la bruma. Semejante a la hija de un dios celta, con dos diamantes en la mirada y el pelo blanco como la nieve. Sin duda alguna, se trataba de la mujer más hermosa que hubiese visto jamás, y desde luego que había visto muchas. Llegó con un precioso stradivarius en un antiguo estuche de madera y le pidió permiso para tocar. Él no supo negarse. Se prendó al instante de sus facciones y del aire misterioso que la envolvía. La escuchaba tocar embelesado, contemplaba su delicioso rostro y le daba la impresión de que la rodeaba un aura intensa, que flotaba entre nubes celestiales, y parecía que hubiese recuperado el brazo perdido y que era él quien extraía sonidos maravillosos de aquellas cuerdas mágicas.

Sólo sabía que se llamaba Celine y que venía de Irlanda. Nada más... y nada menos. Con frecuencia eso es lo máximo que llegamos a conocer de una persona por mucho que convivamos con ella, e incluso de nosotros mismos. El resto de su vida constituía un absoluto misterio para él. Cuando la preguntaba directamente, ella esquivaba la respuesta con rápidas y eficaces evasivas, normalmente en forma de un cálido beso en sus ávidos labios. Y él entonces, desarmado, cerraba los ojos, soñaba... y callaba. Su carácter había cambiado mucho y parecía haber recobrado la felicidad perdida.

El local tenía más clientes que nunca. Las gentes llegaban al chigre procedentes de las zonas más apartadas para escuchar y ver a aquella joven de ardientes ojos grises y cabellos blancos como la nieve. Y a él, por primera vez desde que sufriera el accidente, le podía más el amor que sentía por ella que el rencor en general y la envidia que le provocaba no poder tocar el violín. En efecto, su carácter había variado al contacto de sus labios y al calor de las caricias que le regalaba Celine cuando ambos se quedaban solos.

Una tarde como tantas de aquellas irrumpió sonriendo en la taberna el joven motorista. Pero en esta ocasión no buscaba compañía femenina, quería conversar con el violinista. Su presencia, aun antes de comenzar a hablar, le pareció a éste más inquietante que nunca. –¿Hoy no toca tu chica? –preguntó con manifiesto descaro.


–No, marchó a Oviedo y no creo que regrese hasta mañana. –¿Sigues sin saber nada de ella? –Casi nunca llegamos a saber nada de nadie... Mejor así. No es eso lo que verdaderamente importa. –El pasado, a menudo, sí importa... –No a mí –cortó molesto el tabernero–. El pasado hay que olvidarlo, no conviene mirar atrás constantemente.

El joven sonrió, jugueteando en el vaso con los cubitos de hielo de su cubalibre. –Ya, pero a veces es imposible no pensar en ello... ¿Verdad, violinista?

La palabra violinista zumbó un momento en su cabeza y luego rebotó sin control contra las paredes de su cerebro. Sin saber por qué, el hombre comenzó a sentir miedo del joven. –Oye, ¿tú quién eres? –¡Bah! ¿Qué más da? El pasado no importa, ¿no es cierto? Lo interesante no radica tanto en quiénes seamos como en lo que podamos proporcionar a quienes nos rodean. –En efecto. ¿Y tú qué puedes proporcionar? –Bueno, digamos que tú deseas volver a tocar el violín. ¿Me equivoco?

Al manco se le cayó un vaso al suelo. –¿Has venido para burlarte de mí? No tiene ningún mérito, es muy


fácil. –No, en absoluto. Se trata sólo de una oferta... ¿Quieres poder tocar de nuevo el violín o no? –Tú estás loco y yo lo estoy aún más por escucharte. Déjame en paz... O tómate otra copa si quieres, te invito, pero cambia de tema, por favor. –¿Acaso además de manco eres sordo? –La voz del joven sonaba ahora con una frialdad aterradora.

Cuando el manco, enojado, se giró hacia él, sintió que el corazón se le paralizaba. El joven se había desprendido de sus gafas de sol y dejaba a la vista unos ojos amarillentos. –¿Sí? –inquirió, esbozando una sonrisa sarcástica. –¿Quién...? ¿Quién o qué eres tú? –¡Oh! Tengo muchos nombres, unos más acertados que otros, la verdad. –Chasqueó los dedos–. A mí, desde luego, el que más me agrada es Lucifer... No suena mal, ¿verdad, manco? –Yo... –Vale, no sigas, esperabas verme con rabo, cuernos y todo eso... Bueno, es cierto que puedo hacerlo mejor.

El joven se transformó como por encanto en una enorme bestia espantosa. El manco se desplomó desmayado en el suelo.

Cuando abrió los ojos, el joven le estaba observando con curiosidad desde el fondo de sus gafas de sol.


–Nunca dejáis de asombrarme los humanos... Bueno, manco, convendrás conmigo en que es mejor que me sigas viendo con este aspecto – bromeó. –¿Por qué has venido? ¿Qué quieres de mí? –No se trata tanto de mi deseo como de lo que tú anhelas. –No te entiendo. –Sí me entiendes, no es nada nuevo ni que no hayas oído contar antes de ahora. Tú podrías volver a disponer del brazo izquierdo, aún más, te lo mejoraría en algunos aspectos, y... dime, ¿qué te parece este violín? Sí, lo sé, es majestuoso. –El joven le guiñó un ojo en un rasgo de complicidad. –Pero eso es imposible... –Bla, bla, bla... –El forastero frunció el ceño–. ¿Es que necesitarás desmayarte de nuevo, necio?

El manco retrocedió palideciendo. –No es necesario, te creo. Pero ¿qué quieres a cambio? –Bien. Eso me gusta más. Vayamos al grano, manquito: yo la quiero a ella. –¿A ella? –Sí, quiero a Celine, que es un alma pura, y, créeme, espíritus así no abundan. Tú tendrás de nuevo tu brazo y el violín más perfecto que haya existido jamás, y yo a cambio tendré a tu irlandesa –sonrió el joven. –Pero...


–Mira, o coges el tren o lo pierdes, así de fácil. Serás más grande que antes y tendrás las mujeres que desees. Recuerda, antes del accidente ellas suspiraban por tus besos... Celine no es más que otra mujer más, pronto la habrás olvidado. Pero tu violín..., tu brazo... ¿Cuántos has vuelto a tener desde entonces?

El manco voló al pasado. –¿Y bien? –inquirió el maligno. –Sea –susurró el violinista mirando al suelo. Un horrísono rayo partió la negra noche en dos cerrando el trato.

* * *

Celine había regresado de Oviedo antes de lo previsto, y pretendía dar una sorpresa al manco entrando sin avisar por la escalera que comunicaba el local con la vivienda particular que ambos compartían en la nave superior de la casona, pero cuando vio entrar en la taberna al joven motorista decidió esperar, sentada en silencio en uno de los escalones. Aquel joven le producía escalofríos. Cuando el trato quedó cerrado por ambos, la muchacha lloró en silencio, que es como se llora cuando el sentimiento es realmente profundo y verdadero, pues se trata del llanto del alma. Se levantó igualmente en silencio y volvió a salir al exterior por la puerta trasera. El manco no advirtió su presencia, pero el joven sí. No dijo nada, sólo sonrió maliciosamente, fiado en su victoria. –Sea, pues –Dejó dinero de sobra sobre la barra, salió del chigre y se montó con asombrosa agilidad en su brillante motocicleta. El motor rugió como la mismísima caldera del infierno mientras el manco sentía que una especie de puñal de hielo se le clavaba lentamente en la espina dorsal.


Aquella noche durmió solo. No le extrañó, claro, pues Celine estaría en Oviedo. Mañana la vería, bella y alegre como siempre. Desechó mentalmente el trato. "Tengo que dejar de beber aguardiente", pensó, "he debido tener alucinaciones". Cerró los ojos y se durmió profundamente. –Buenos días, mi amor –le despertó la voz de Celine, dulce como el almíbar, con los primeros rayos de sol entrando por la ventana. –¡Buenos días, cielo! –exclamó con alegría el manco, pero cuando intentó incorporarse notó que algo había cambiado en su anatomía: tenía los dos brazos, los sentía, podía verlos. –¡Qué bonito violín tienes al pie de la cama! –dijo ella disimulando su turbación–. ¿Un regalo, quizá? –Sí... –acertó a balbucear–. Un regalo, Celine... –Estaba estupefacto con la recuperación de su brazo–. Mira, tengo el brazo de nuevo. –¡Vaya! ¡Desde luego, sí que se trata de un verdadero milagro! –Una lágrima amarga como el acíbar comenzó a descolgarse tímidamente por su rostro de nácar–. Aunque, quién sabe... Todo es posible en tierras de magia.

El manco recordó de improviso su acuerdo con Lucifer. –Celine, mi vida, tú nunca me abandonarás, ¿verdad?... Tú me amas... –Sí, Javier, te amo con un amor que me es imposible describir con palabras. Te amaba antes de conocernos, desde las nieblas del amanecer en mi querida Irlanda, con la dulzura de las notas de mi stradivarius, con la vana esperanza de los sueños rotos. Pero los sentimientos son más altos y puros que los seres humanos, que nunca nos sentimos satisfechos... ¿Quién sabe, mi amor? Todo es posible en tierras de magia.

El violinista quedó desconcertado ante su respuesta y optó por


permanecer callado. –¿Qué dirás cuando los paisanos vean que tienes nuevamente los dos brazos? –preguntó al fin la joven, huyendo del silencio. –No lo sé... Que me han operado... Sí, eso es, diré que me han injertado un brazo. –¡Qué operación y qué recuperación más milagrosas! –Pues diré que es una prótesis. ¡Qué importa lo que piensen! ¡Lo importante es que estoy completo de nuevo! Además, lo olvidarán todo cuando me oigan tocar otra vez. –Pobre Javier, ahora estás más incompleto que nunca. –La muchacha miró los verdes campos a través de la ventana. –¿Qué has dicho? –Nada, no tiene importancia... Digo que las cosas y los actos pueden ser perdonados, pero rara vez se olvidan. Javier, mi pobre Javier, toca hoy sólo para mí, por favor.

Y tocó. Tocó como nunca antes lo había hecho. Sus nuevos dedos acariciaban las cuerdas y extraían del instrumento notas imposibles. Celine le observaba entre admirada y triste. El violinista estalló en una reacción febril y exultante. –¿Lo ves, Celine? Suena como si lo tocaran los ángeles. –O el diablo –musitó la joven, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda; pero él no la escuchaba. –Ahora podré abrazarte y acariciarte como mereces.


–No necesitaba que tuvieras dos brazos para sentir el calor de tu amor, tus caricias no eran menos deseadas porque no tuvieras diez dedos ni tus besos menos dulces porque te faltase una mano... Se te termina el tiempo, el cielo se oscurece, llegan negros nubarrones y el fuego que nunca se extingue... –¿Qué dices, Celine, es que no te alegras por mí? –¿Tú te alegras por mí? ¿Tú has pensado en mí? –La joven se interrumpió y le miró unos segundos en silencio; luego cambió súbitamente de tema–. Javier, voy a la plaza, he de comprar comida y algo de pan.

Celine bajó las escaleras a gran velocidad. No quería que la viera llorar mientras se alejaba de la casona. El violinista, mientras tanto, se entregó con frenesí a su añorada actividad, ajeno al mundo, al presente y a su propio acuerdo con Lucifer.

* * *

Cuando cayó la noche, vientos de tormenta azotaban las puertas del chigre. Los clientes comentaban atónitos la recuperación del brazo de su convecino. "Cosas de brujas", musitó persignándose un viejo en una esquina de la habitación; "o algo peor", apuntó tembloroso otro a su lado. Los rostros no reflejaban alegría, sino temor. Pero a él, que se encontraba radiante, le resultaban indiferentes los pensamientos de sus convecinos. De no muy buenos modos, violín en ristre, alejó del estrado a los músicos y tocó como si estuviera poseído. Nunca antes, ni en sus mejores años, había tocado así, pleno de energía, pasión e inspiración. Celine le contemplaba desde la escalera con un hatillo de ropa a sus pies. Los clientes le escuchaban absortos, pero sentían una sombra trágica sobrevolar sus cabezas. Había algo maligno en todo aquello, y la sencilla gente de la aldea lo percibía. Cesó de tocar, sudoroso, exhausto, entre los tímidos aplausos de los concurrentes, cuando se abrió la puerta del local con gran estruendo y una fuerte racha de viento gélido invadió el local.


El motorista entró en el chigre con un gesto en su semblante más despreciativo y arrogante que nunca. Los clientes, uno a uno y en silencio, apuraron rápidamente sus consumiciones y se marcharon. –¡Buenas noches, violinista! –saludó el joven una vez que se quedaron solos. –Buenas noches –respondió tembloroso el músico. –¿Ha sido de tu agrado el violín? Claro que sí. Es... celestial. Sí, eso es, celestial –bromeó el joven, estallando a continuación en una brutal carcajada. –¿Qué quieres? –De sobra sabes lo que quiero. Vengo a exigirte que cumplas tu parte del trato. –El caso es que... –¿Ocurre algo, manquito...? –preguntó amenazadoramente. –Que yo amo a Celine y ella me quiere a mí, ¿sabes?, y no quiere irse con nadie. –Vaya, vaya. ¿Quieres decirme con esto que ayer empleaste para negociar conmigo algo que no te pertenecía? –se acarició los nudillos–. Tal vez no seas tan estúpido como aparentas, aunque ambicioso sí, y mucho. Pero recuerda, pobre infeliz, que si la curiosidad mató al gato, la codicia atrapó al mono. –No te entiendo.


–No entiendes lo que no te conviene. En cualquier caso, poco importa ya, pues creo que la damita en cuestión sí que te va a abandonar, a menos que ese hatillo sólo contenga ropa tan sucia como tu alma perdida.

El violinista, aterrado, vio que la muchacha bajaba las escaleras lentamente arrastrando el hatillo. –Celine, ¿te vas? Por favor, dile que no vas a abandonarme, dile que me amas, dile que se vaya, dile... –¿Debo recordarte acaso que ayer me vendiste por un violín? –musitó Celine con infinita tristeza.

El músico palideció. –Pero tú eres quien decides, tú eres libre, tú... –Exacto, yo soy libre como el mar y los vientos que me traen y me llevan y tú negociaste sobre mí como si fuera algo de tu propiedad. Yo hubiera hecho mucho más que eso por ti tan sólo con que me lo hubieras pedido, pero no lo hiciste. –Yo... –Tú, Javier, me cambiaste por un violín, tú vendiste al diablo algo que no te pertenecía, y debiste suponer que mi amor moriría con aquel trato. –Pero tú me querías... –Sí, muchísimo más de lo que sin duda mereces.

Celine se volvió hacia el joven, que observaba la escena en silencio. –¿Me llevas?


–Al fin del mundo... Al infierno, querida. –No. Me temo que me quedaré mucho más cerca. No le pertenezco a él, pero aún menos seré tu esclava.

El diablo la sonrió con admiración. –¡Adiós, violinista, piensa en mí cuando toques alguna pieza! –aulló Lucifer, y con la muchacha sentada en la grupa de su moto desapareció en la noche.

El motor de la máquina no rugió esta vez, su silueta se difuminó en la niebla en medio de un silencio sepulcral, en el silencio de los espíritus que lloran por lo que perdieron y nunca recuperarán.

* * *

Transcurrieron tres largos meses. El tiempo parecía no correr y la imagen de Celine no abandonaba un solo instante la mente atormentada de Javier, que únicamente hallaba consuelo en su violín... Y cada vez menos, pues las musas parecían haberle abandonado siguiendo la estela de la joven de blancos cabellos y sus notas sonaban ahora lúgubres y monocordes.

Cada día acudían menos clientes al chigre, la mayoría porque ya no encontraban en él a la joven irlandesa que impregnaba el local con su dulce presencia, otros por no sufrir el continuo humor de perros de Javier, y el resto porque creía que la recuperación de su brazo sólo podía deberse a un trato maléfico, y no era deseable encontrarse cerca de él si volvía el diablo.

Cierta noche, al borde del acantilado, Javier invocó con grandes voces a Lucifer, a quien no había vuelto a ver desde aquel aciago día. Al punto, el conocido estrépito de su motocicleta sonó a sus espaldas. –Buenas noches, violinista. ¿Preguntabas por mí?


–¡Sí! –exclamó Javier–. ¡Quiero que me devuelvas a Celine! –le exigió con ansiedad. –No puedo, no está conmigo. –Se quitó las gafas, dejando al descubierto sus horribles ojos amarillentos–. Te aseguro que hacía muchos años que no había visto nada igual. ¡Qué mujer dejaste marchar, pobre imbécil! Esa chica... Un alma pura de verdad, no como la vuestra. Y te lo dice alguien que entiende de ese negocio. –Por favor, dime dónde está. –No lo sé. Decidí respetar su libertad. Creo que anda por Gijón... Bueno, ¿qué quieres ahora? –La quiero a ella. –Demasiado tarde. Además, ¿qué puedes ofrecerme a cambio? No veo que tengas nada que pueda interesarme. –Llévate el brazo y el violín... –sollozó el violinista. –¿Bromeas? Yo no compro retales. Además, no soy como tú, yo no negocio con lo que no me pertenece. –¡¡¡Llévate el brazo!!! –gritó Javier. –Bueno, no te alteres. Si tanto interés tienes, ese trabajo te lo haré absolutamente gratis –rió el joven, y el brazo desapareció de su cuerpo con la misma facilidad con que le había brotado aquella noche fatídica. –Tus vecinos sospecharán –sonrió irónicamente–. Lo he hecho con demasiada limpieza... Bien, intentaré arreglarlo. –Y con un gesto de su mano volvió a colocarle el brazo nuevamente.


–¿Qué haces? –protestó Javier. –Calma, no te inquietes. ¿Quieres de verdad que me lleve tu brazo y el violín? –le interrogó frotándose las manos. –Sí. –En ese caso... –El diablo chasqueó los dedos y al punto aparecieron detrás de Javier dos horribles criaturas que lo sujetaron firmemente contra el suelo, con el brazo extendido sobre una roca. –¿Qué hacéis, bestias inmundas? ¡Soltadme! –vociferó angustiado el músico. –Vaya. No hay nada más fastidioso que un indeciso –bromeó el joven–. Ya te dije que tendremos que hacerlo de manera que tus vecinos no sospechen, y, además, si no hay dolor no hay recompensa eterna, ¿no crees? –Una risa espantosa salió de la garganta del motorista mientras se agachaba sobre su moto–. ¡Oh, mira, esto valdrá! –exclamó empuñando un hacha.

Javier le miró fijamente a los ojos: –¡Adelante, ya no te temo! Quizá así ella regrese de nuevo a mi lado. –Quizá –se burló el diablo. –¡Terminemos de una vez! –En la voz de Javier latía un profundo desprecio hacia su verdugo. –En mi vida vi a nadie con tantas ganas de perder un brazo. –La bestia alzó el hacha y luego descargó un golpe seco. El alarido de Javier resonó por toda la aldea, rebotando entre los riscos del desfiladero.


* * *

Pocas horas más tarde, unos vecinos de la aldea, alertados por el grito de Javier, hallaron un brazo cercenado en un gran charco de sangre sobre el acantilado.

La noticia recorrió la comarca de boca en boca, la historia del joven y desdichado violinista que perdió dos veces un brazo, sin duda a consecuencia de oscuras relaciones y de pactos satánicos. Y ya nadie volvió a ver a Javier por la aldea, de él nunca más se supo, y los aldeanos creyeron que se había ahogado en las bravías aguas al pie del acantilado y que el mar se había llevado su cuerpo a las profundidades. Pero los lugareños, estremecidos, aún hoy cuentan esta extraña historia en las noches de invierno, sentados alrededor de las chimeneas.

* * *

En la falda de la montaña, a la entrada del bosque, se alzan los restos de un viejo chigre del que algunos afirman que en las noches de tormenta, de un mágico violín invisible, surgen las notas de una triste y bella melodía que cuenta la historia de un hombre muy desdichado que cambió a la mujer que amaba por un violín y que entregó su alma al diablo a cambio de recuperar su brazo. Otros, por el contrario, sostienen que en las noches de luna llena pueden verse las figuras de un joven manco y una mujer bella como el alba, de blancos y largos cabellos y ardientes ojos grises, pasear abrazados al borde del acantilado, y hay quien afirma incluso que él recuperó a su amada arrancándose el brazo en unos riscos junto al mar.

¿Quién sabe? Lo más probable es que se trate tan sólo de una vieja leyenda de aldea..., aunque todo es posible en tierras de magia.


11.

LA PARED

Mi madre se marchó de casa siendo aún muy joven y bella. Mi padre se sumió en el silencio, sentado en la escalera, rumiando el dolor, con la mirada tan vacía como su corazón, y así permaneció muchos días. Muchos meses. Años más tarde todavía se quedaba algún tiempo observando el ondular de su larga melena negra en algún punto de la pared, en algún punto de su memoria. Un día me senté a su lado y le pregunté. “Los hombres deben conseguir que las mujeres se rían con ellos. La mujer a la que no hagas reír, cualquier día te hará llorar”.


12.

PENSAMIENTOS BASTARDOS

Entro en el metro y cojo el tren. Un niño me saca la lengua en el vagón. A su lado, dos tipos hablan sobre la película “Gladiator”, de Ridley Soctt. Lo sé porque el más delgado de ellos pronuncia algo parecido a “gladieitor”. Se pronuncia gladiator, tal cual, porque el director no tituló su film en inglés sino en latín. Gladiator, de gladius... Yo tenía un maestro de latín, don Orestes, que tenía pinta de profesor de latín y la voz muy profunda. Decía “templum” y te imaginabas el recinto completo, con eco incluído. Nunca se me dio bien el latín. En el colegio tuve una profesora de ciencias naturales, la señorita Sara, que tenía unas piernas larguísimas y un rostro precioso. Nos castigaba debajo de su mesa si éramos traviesos. Yo me pasé medio año castigado y la otra mitad del curso soñando con estarlo. En el colegio olía a tiza, a colonia pachulí (por los macarras) y a pedos. En el vagón del metro huele básicamente a sobaco (debe ser por aquello de que “vuela”) y a pedos, pero no hay mesas desde las que ver unas piernas larguísimas. Hay gente que no se sube al metro porque dice que todos los pasajeros son extranjeros, como si pensaran hablar con ellos. Hay gente que, simplemente, es estúpida.

El chino de mi barrio me vendió anoche un disco pirata que no se escucha. Intentaré verle esta tarde. Supongo que volverá a colocarme por tercera vez el mismo disco. Es un chino que me engaña como a un chino. La gente odia la poesía pero se traga los ripios de los cantantes de rap y hip hop. Tengo una amiga que trabaja en un juzgado. Se cree la juez. Supongo que lo es, juez y parte. Un tipo pequeño como una pulga pasa por mi lado cargado de bolsas enormes de palomitas de maíz. Mira como diciendo “ten cuidado, soy muy fuerte y te partiré la cara”. Quizá sea cierto. Un hombre intenta ligar con una joven rubia que resopla cuando él no la mira. Bebe whisky con cola ligth. Alguien que bebe eso no debería ligar. Nacemos y vivimos para algo. Tal vez hacemos lo que podemos hasta que nuestro destino nos es revelado. Todo tiene un significado, dicen muchos. Hay mucha gente que, simplemente, es estúpida.

Ayer murió un muchacho que se gastó el premio que le había tocado en


la lotería de Navidad en una operación para reducir el volumen de su abdomen. Es una broma macabra del destino. Todo tiene un por qué, dice la gente. Hay mucha gente estúpida. Me han vuelto a despedir. Esta vez no es por mi culpa. “Es una decisión política”, según mi jefe, “si hubiera dependido de mí te habrías jubilado aquí”. Todo tiene un por qué. “Algo habrás hecho”, me dice una vecina. El hombre del tiempo anuncia lluvias y frío. Es enero. Me han despedido de una empresa que no consigue captar trabajadores. Supongo que no dice mucho a mi favor. Yo era de los pocos que trabajaba en mi empresa. Quizá por eso no captan y tal vez por eso mismo me han despedido. “Es una decisión política”. El centro no existe, es un invento. Somos de izquierdas o de derechas, lo demás es cuento. En mi país ya no existen la izquierda y la derecha. Hay extrema izquierda y extrema derecha. Hay mucha gente que habla de fútbol y de Gran Hermano. Hay mucha gente que, simplemente, es estúpida.

Hay un hombre mayor a mi espalda hablando de Nostradamus. Todo está escrito, da igual lo que hagas. “Es una decisión política”. No te operes del abdomen. Hay mucha gente idiota. Mi jefe no sabe utilizar el ordenador. A él no le han despedido. Quizá porque el ordenador era él. Tal vez haya que llegar a ser jefe para poder ser estúpido, o para que no te despidan. “Me han jubilado” me dijo el marido de mi vecina. “Algo habrás hecho. ¿Ha sido una decisión política?”, respondí. Me dijo que no entendía. No sé si no me entendía a mí o si no entendía nada en general. No entendía una parte de ese todo que está escrito. “¿Sabes que harás?”, me gritó. No operarme la barriga. El muchacho tenía complejos porque la gente se burlaba de su gordura. Hay mucha gente que, simplemente, es estúpida.

Un conocido mío dice que es impotente. Le recuerdo que tiene ochenta y cinco años. El dice sentirse joven. Cuando yo era joven, antes de que todo estuviera escrito, me enamoré de Magdalena, que tenía una larga melena negra y era más fuerte que yo. Me quitaba el bocadillo en el recreo. Tenía unos dientes blanquísimos que me enseñaba bocado a bocado. Hay un descargador


blasfemando a la puerta de un bar. Un policía le extiende una multa. Todo está escrito. Los géminis reciben doble copia. Tengo un espejo con una pequeña mancha blanca. Me gusta esa mancha que permite distinguir la realidad del reflejo.

Una vez fui militar. Mandaba grupos de soldados y les ordenaba hacer cosas. Un oficial ordena. Tenía un sargento que gritaba mucho. Los mandos intermedios gritan mucho o ponen caras muy feas porque están en el medio. Hay soldados en mi mente. Mi novia era pacifista. Haz el amor, no la guerra, decía mientras dibujaba una vagina con las manos en el aire. El amor no se hace, se sufre o se goza, decía mi tía. Rosa también era soltera, pero era feliz. Algunos casados también lo son. Recuerdo a Magdalena algunos atardeceres, con lo últimos rayos de sol en el parque. Nunca hablamos de hacer el amor. Nuestro amor ya estaba hecho.

La camarera del pub no lleva sujetador. Sus pechos, breves, asoman de cuando en cuando, furtivos. Un borracho se pierde en su baile, volcado sobre la barra. Piensa en Magdalena. Le abandonó un día. Llegó de trabajar y ella ya no estaba. Dicen que en España hay mucho dinero negro. Yo nunca he tenido un duro. No sé cómo ahorra la gente. “Siempre has tenido sueldos de mierda”, me dice un amigo. Mucha gente tiene sueldos de mierda, pensamientos de mierda. Los soldados rompen filas, los millonarios rompen esperanzas… ¿Cuándo se jubilan los corruptos?

Me han despedido. No me han roto nada. A mi mujer sí. Necesito dinero. Tengo una pistola. Trabajando nadie se ha hecho rico. Hay un cuenco de palomitas de maíz. Son las palomitas del enano forzudo que descarga bolsas. Mi mejor amigo murió de sobredosis. Siguió una raya hasta el más allá. Todo está escrito. Es el destino. Da igual lo que hagas. Es una decisión política. Un chico gordo muere cuando reúne suficiente dinero para ser flaco. Tengo un grano en la nariz. Un grano en el culo de la sociedad son los desempleados, dice una periodista en la televisión. En Holanda, al parado que no va una vez por semana a acreditar que está buscando trabajo activamente, se le retira el subsidio, dice la misma señora con un brillo de deseo en la


mirada. Todo está escrito. Tengo una pistola. No folla, es jodidamente fea. “Mucho nuevo” me dice un chino en el pub. No es el chino que espero. No es el chino que me engaña como a un tal. No todos los chinos son iguales. No son chinos, son de Taiwán. ¿Realmente es el euro el que sube o es el dólar el que baja? “Dale trabajo a mi hijo si te enteras”, me dice mi amigo. Primero me tengo que colocar yo, pienso. Hay gente que te hace llorar, aunque el drama lo estés viviendo tú. Hay verdaderos especialistas en esta materia, trileros del lacrimeo.

A mi me gustaban sus tetas como eran. Yo no quería que se operase, pero nos tocó el premio de la quiniela. ella las quería tener como las actrices de las películas, como una chica joven. Yo no quería que se operase. Está todo escrito. Da igual lo que digas o hagas...

Murió ayer en el quirófano, y yo con ella.

Ha llegado mi estación, me bajo del tren.


13.

CITA A MEDIA TARDE

Ella me llamó a media tarde. Media tarde es ese momento de incertidumbre en el que dudas entre salir a la calle o enclaustrarte en tu guarida. Salir significa que te vas a comer la noche, esto es: beberte el Nilo, coquetear (infructuosamente) con las camareras y pensar con los ojos neblinosos, y con independencia de la hora, que no es demasiado tarde. Es asombroso lo bien que se madruga por la noche. Terminas aplastándote contra la almohada breves instantes hasta ser agredido por el muy cruel y aún más ruidoso reloj despertador. Te levantas de la cama con flojera de vientre, agotamiento generalizado y con los ojos invadidos por legiones de legañas, afrontando un día horroroso entre promesas que jamás cumplirás de que no volverás a hacerlo.

Permanecer en la guarida implica una cuádruple opción: 1- Engullir dos mil películas de vídeo, pornos a poder ser. 2- Ver un partido de fútbol. Tu equipo generalmente pierde, posibilidad que se 3-

multiplica por cien si eres seguidor del Atlético de Madrid. Engancharte

a

Internet

naveg…

naufragando

en

páginas

apasionantes, pornos a poder ser. 4- Aplastarte en el sofá de skai, literalmente, cuba libre en mano y dormir hasta que llegue la hora de trasladarte a la cama para seguir durmiendo.

Si te decantas por la última opción, al día siguiente te levantas igualmente soñoliento y, encima, sin excusa. Nada agota y abotarga más que una jornada de catorce horas de ronquidos.

Ella me llamó, como he dicho, a media tarde y sentí un chispazo en el corazón, que es lo que decimos los hombres cuando experimentamos una erección. A cierta edad las erecciones son frecuentes, involuntarias, épicas. Más adelante son escasas, por más voluntad que le pongas, y por tanto más apreciadas. Más tarde aún se distancian en el tiempo de manera inversamente proporcional a la altura que el pene alcanza respecto al suelo. Y por último pasan a ser utópicas.


Aquella, sin ser épica y no por culpa de mi comunicante, era muy gratificante. Lo cierto es que nunca atendió a mis múltiples requerimientos sexuales, lo que demuestra que era mujer inteligente y con buen criterio, pero estimulaba mi interés, que es lo que los hombres afirmamos cuando deseamos retozar con una fémina.

Su voz sonó sugerentemente cálida, diciéndome que hacía lustros que no nos veíamos y que si me apetecía tomarme un café con ella. No mentí: le contesté que me apetecía horrores verla. Mentí: le dije que me apetecía beberme el café, pues estaba meridianamente claro que no era el café lo que me motivaba.

Imaginé con inusitada rapidez aquellos pechos pequeños pero bellos y turgentes, aquellos pezones sabrosos y duros como nueces. Qué ganas tengo de ver esos ojazos negros y tu melena al viento, dije. Su culo carnoso invadió mi mente. Tosí. ¿A las ocho?, preguntó. Perfecto, contesté. Me duché a toda velocidad y me puse mi mejor, y única, colonia y bajé de ocho en ocho los peldaños de la escalera.

Esperé unos instantes en mi portal, sosegando el ritmo cardiaco de mi corazón e intentando refrenar mi erección.

Llegó al momento. El cabello largo y alisado, mecido por el viento. Dos ojos negros y vertiginosos. El talle justo, buena teta la que en la mano quepa, cintura fina y culo generoso pero prieto. El bolso se bamboleaba graciosamente a su costado. La intensa fragancia de su perfume inundó mis fosas nasales.

Me dio un corto pero intenso beso en los labios, que es lo que suelen hacer las mujeres en lugar de decir lo verás pero no lo probarás, vas a pasar hambre chaval. Mi amiga la erección apareció de nuevo con bríos renovados. Comenzamos a pasear y coloqué mi brazo en su cintura. Se deshizo de la presa con una sonrisa y con soltura. Mi fiel erección sufrió el primer revés, pero nada hay más tozudo que mis erecciones.


Entramos en una cafetería de ésas que ofertan tal cantidad de cafés que te ves desbordado y te dan ganas de pedirte una cerveza de barril. No soy partidario de complicarme la vida, y menos aún cuando lo último que me interesa en la cita es el dichoso café. No falla, siempre aparece un tipo con sonrisa cretina de serie, a menudo oriental o sudamericano, que te recita la inacabable lista de cafés, por categorías y nacionalidades. Yo sólo quiero un café, piensas atribulado, un simple y sencillo café solo.

Gracias a Dios sólo

tienen una clase de leche (curioso, por otro lado). Me dice si quiero leche. Miro los pechos de ella instintivamente, lo siento. Sonrío. No, lo quiero solo, gracias. Ella sabe que mis ojos se han clavado en sus senos. Entonces, ¿la leche fría o caliente?, repite sonriendo. No es tan cretino como parecía. También sabe que la estaba mirando los pechos. ¡Qué no, leches, que lo quiero solo!, zanjo ofuscado porque todo el establecimiento sabe a esas alturas que la estaba mirando las tetas. Al final me echa una nube de leche templada. Me rindo.

Ella, naturalmente, se bebe un café solo. Creía que querías un café solo, dice con un brillo malicioso en los ojos. Un nubarrón de leche nubla mi mente.

Sonreímos y hablamos. Me doy cuenta de que la quiero, como siempre lo he hecho. De nada sirve hacerse el duro, pero me hago el indiferente, mas mi pene tiene ya vida propia, como buen pene, y pasa de mí. Sigue con su erección y sus reivindicaciones, dándome quebraderos de cabeza (nunca mejor dicho). Mi falo, presa de una fiebre nacionalista que va preocupantemente in crescendo me manda un mensaje claro mientras se aplasta contra los botones de mi pantalón vaquero: Exige la independencia porque de todos los tipos que pululan por el mundo le ha tenido que tocar en suerte el torpe..., dile algo bonito, necio, que quiero conocer su clítoris (que, a pesar del nombre, no es la novia de Asterix sino un cuerpecillo carnoso eréctil en salva sea la parte de las mujeres).

Le digo algo dulce y simpático. Sonríe de nuevo. Mi cerebro me dice que estaría con ella toda la vida. Mi otra cabeza (independiente ya) tiene objetivos menos altruistas. Cómo vas a estar con ella toda la vida si no te quiere ni para


veinte minutos, idiota. Me doy cuenta de que tengo un pene bastante hiriente y cruel.

¿Vamos al cine?, propone. Se me ponen los pelos como escarpias. Elijo la película…, la cago. Es un auténtico tostón. Aprovecho la cercanía y acaricio su muslo izquierdo. Me da un pellizquito en la mejilla y un beso de hermano. Retira la mano con elegancia. Me convenzo de que tendré que esperar mejor momento, mi falo no comparte esta opinión, pero intento ignorarlo concentrándome en la película. ¡Horror, la película es aún más aburrida de lo que parecía! Me duermo. Sospecho que ronco por las protestas del tipo que tengo al lado. ¿Qué tal la peli?, le preguntó al salir temiéndome lo peor. Me ha gustado – miente - a ti no te ha debido gustar mucho porque te has dormido, me reprocha. ¿Dormido? No, me habré relajado, contesto. No cuela, claro.

¿Vamos a bailar?, pregunta con un destello en la mirada. Excelente idea, aúllo. Se me ocurre poner en marcha el plan B: iremos a un garito en el que conozco a una camarera que me brinda especial cariño..., ya saben, celos y tal. Perfecto, estamos solos los tres, terreno abonado. Las presento y me muestro especialmente ingenioso. Todo marcha a pedir de boca. Transcurren cuatro canciones lentas. Me mira en silencio y caigo: ¿Pero no hemos venido aquí a bailar? Termino la frase justo cuando el pincha discos decide poner Tengo un tractor amarillo. Ya es mala suerte, esperaremos.

Al fin suena una melodía de Alejandro Sanz. Es el momento. Alejandro canta, ella baila, yo la piso. No te preocupes, no importa, miente. Sonrío y pienso que de perdidos al canal, en este caso al canalillo. Paso mis dedos por su cabellera rumbo a la nuca y la deslizo por el vértigo de su pecho. Sus pezones son más duros de lo que recordaba. No dice nada. Esto marcha, campeón. Se me va la mano y aprieto demasiado. ¡Ay, pero qué bruto eres, hombre!, se queja. Cara de circunstancias. Fin del baile y regreso al exilio de la barra ante las risitas de la camarera, con la que no tarda un segundo en enfrascarse en una animada charla. En tres segundos y medio se hacen íntimas.


Dos cuba libres más tardes pienso que ha transcurrido el tiempo suficiente para que haya perdonado el apretujón senil y, aprovechando una sonrisa dulce suya me lanzo de nuevo. La beso, esta vez es un beso profundo y cálido. De golpe se retira, con suavidad pero con firmeza, y me sonríe poniendo cara de ángel. Acaricia una de mis mejillas con la palma de la mano y acerca sus labios al lóbulo de mi oreja. Voy a mil. Me llama cielo mientras susurra que si no recuerdo que es lesbiana. Bajo del cielo. Se corta la música. Estado de shock.

Se gira hacia la camarera y le pregunta: ¿A qué hora terminas, cariño? A las cuatro, responde la otra con una sonrisa de oreja a oreja. ¿Te parece bien que te recoja? Claro, supermegafantásticochupigüay. Mierda, seguro que hoy ha sido el único día que ganaba el Atleti en la tele, maldigo. Me mira, aún con la mano en mi mejilla. ¿Tú mañana madrugas, verdad, cielo? me dice. Mensaje recibido. Aún así me revelo: contendré la respiración hasta que dejes de ignorarme. Llego a casa en una ambulancia del Samur con claros síntomas de asfixia. Me aplasto contra la almohada de mi cama. Suena el espantoso reloj despertador, tengo peor cuerpo que el que sin duda tendré dentro de treinta años. Por la noche regreso al garito de marras. La camarera ya no me trata como antes de ayer, ya no me da besitos ni guiños cómplices, y me dice si ayer dormí bien con un brillo de suficiencia en la mirada tan molesto como evidente. Odio la Navidad, claro.

Es media tarde y decido que me enclaustraré en casa... Horror, suena el teléfono.


14.

EL ESPEJO

Se asomó furtivamente al espejo y la desoladora imagen que le devolvió le obligó a detenerse a observar con más detenimiento a aquel ser desconocido que se empeñaba en acompañarle constantemente como si se tratara de un extraño negativo de sí mismo que se negaba a reconocer. Varios días alejado de la maquinilla de afeitar habían permitido que florecieran entre su negra barba decenas de puntitos blancos que lucían con insolencia en su rostro como vómitos glaucos del paso del tiempo, cuyas huellas nos esforzamos en ocultar celosamente incluso a nosotros mismos, aunque, por regla general, lo invisible lo sintamos como lo más real y poderoso de nuestras vidas.

Las fláccidas bolsas azuladas que sostenían unos ojos surcados por infinitas venas rojizas delataban una larguísima noche de excesos alcohólicos, y el conjunto ceniciento de su ajado rostro indicaba claramente su aguda dependencia de ella, de su olor y su presencia cálida y tan perdida como su esperanza. No existe peor yonqui que el enamorado abandonado a su suerte, aquel que siente el amor extraviado corriéndole por las venas como purísima heroína sin cortar. Al fondo de la habitación, sobre la cama sin deshacer, la almohada impoluta le gritaba que ella continuaba alargando su ausencia, que esa noche tampoco había regresado con él y que probablemente no pensaba hacerlo jamás.

Las arrugas, trepando por su rostro dolorosamente, como orugas procesionarias por el tronco carcomido de un árbol, araban con surcos profundos su piel avejentada, delatando una larga vida preñada de tragos amargos. Había enterrado cuanto quería, había sepultado casi a todos, y a los restantes los perdió irremediablemente en el tiempo como hojas arrebatadas por el vendaval, ese mismo huracán que jugueteaba cruelmente con él ante la mirada cómplice del destino, alzándolo y bajándolo, zarandeándole a su antojo como a una bolsa de papel sucia y vacía. Murió su mejor amigo aplastado por el peso de miles de botellas de licor, hacía ya demasiado tiempo que habían fallecido sus padres, y la Dama del Alba también le arrancó sin piedad a su pequeño hijo,


empujándolo bajo las ruedas de un camión cuando jugaba feliz a la pelota, y ella, su mujer, se marchó con el pequeño en el tiempo, inmersa en la melancolía, mecida en los gélidos brazos del invierno eterno. Y ahora ya no quedaba nadie para llorarle a él y a él ya no le quedaban lágrimas para llorar por nadie.

El consumo excesivo de whisky de la noche anterior le había dejado como reliquia una boca pastosa y tan acorchada como su cerebro, y un aliento pestilente, un rollo de alambre de espino en la garganta y reseca la nariz por el abuso de cigarrillos. Una cresta enmarañada sobre su cabeza coronaba el patético aspecto que otorgaba a su escuálida figura el viejo pijama a rayas, sucio y arrugado después de tantas horas de uso sin tregua ni relevo durante aquellos interminables días.

Nacemos, pensó, iluminados por la luz del deseo y crecemos bajo el color de la esperanza, pero vivimos con el sabor de los desalientos arañándonos continuamente el paladar y morimos en la objetividad diáfana de los espejos, con sus cortantes filos hundidos en la carne abierta ante nuestra propia mirada cansada e indolente.

Más allá, en algún lugar no sabemos dónde, en este preciso instante brilla el sol, queda el mar infinito y azul. Más allá fluyen los ríos y hay ojos de miel esperando. Sonó el teléfono. Al otro lado, una voz hueca e impersonal: “Señor Villar, quería recordarle que esta noche contamos con usted para el concierto de saxo”. “No les fallaré”, pensó en voz alta. Colgó el auricular. Cuánto tiempo hacía que no escuchaba una voz cálida al otro lado de la línea.

Desparramó de una patada por el suelo la colina de cintas de vídeo que había consumido en solitario en el transcurso de aquellas interminables noches, cintas de su pequeño, de sus amigos, de ella, de los pequeños pedazos perdidos de su existencia que impedían el descanso a su mente. Encontró el saxo entre aquel maremágnum, escondido en su estuche de piel


gastada. Afortunadamente, todavía le quedaba aquel instrumento de metal brillante, la única compañía que aún era capaz de recoger sus lamentos. Sólo le quedaba él, pensó, y quizá porque le resultaba imposible escapar de su funda.

Le quedaba el saxofón tenor, y también el espeso humo de los locales donde actuaba y su olor acre y amargo, los ojos curiosos de aquellos seres ajenos que le contemplaban desde la penumbra de las mesas entre risas y caricias. Era posible que en algún lugar todavía brillara el sol y permaneciera inmutable el mar infinito y azul, que más allá de su vida, muy lejos de él, fluyeran los ríos y hubiera ojos de miel esperando su llegada. Pero a él sólo le quedaba su saxo y también aquel maldito espejo.


15.

LAS HERMANAS DE LA CARIDAD

Jorge entró en la mercería y vio a Marisa. Hacía más de un año que no la veía por allí. Ella mostró la peculiar sonrisa límpida que dejaba al descubierto su belleza de corazón. Los ojos le brillaban como dos linternitas, con esa mirada que sólo tienen los que poseen calma espiritual y limpio el corazón. Le explicó atropelladamente que había permanecido todo el año con las Hermanas de la Caridad en Bolivia, colaborando con ellas en su tan infatigable como impagable y abnegado trabajo a favor de los más desfavorecidos, en aquellas tierras donde la miseria no es adjetivable y cualquier narración queda corta. Donde todas las palabras del mundo no son suficientes para conseguir una descripción válida.

La vida de un ser humano no vale nada. Los niños se hacinan en orfanatos a la espera de que alguna mano salvadora se decida a adoptarlos, cuando se puede, o sencillamente mueren en las calles como perros. A nadie importa. En el recinto destinado al efecto, con capacidad para ciento treinta y dos niños, se agolpaban cerca de doscientos. No se podía proceder a su adopción porque un funcionario barrigudo de la capital había decidido paralizar el sencillo trámite de estampar su firma a los expedientes. No es que esperara al habitual soborno puesto que, como relataba una de las monjas aún con lágrimas en las mejillas, el buen señor ya había percibido la correspondiente muñeca hacía más de un mes, y por partida doble. Podía ser que aún quisiera incrementar más su peculio a costa de aquellos ángeles embarrados o, sencillamente, que hubiera llegado al punto en que pensase que nada valía ya de nada y que todo daba lo mismo.

Un americano, a través del gobierno, indicaba a los campesinos que debían sustituir el cultivo de la coca por el de la piña. Serían dos cosechas anuales en lugar de cuatro, con una multiplicación de los costos y cuidados de cultivo y, a cambio, los ingresos serían un mínimo de diez veces menor. Eso en el mejor de los casos, normalmente simplemente les arrasaban la cosecha. Aquellas monjas no veían el lujo de los narcotraficantes en aquellos labriegos. El resto de los cultivos eran pagados a precios irrisorios por multinacionales de


Estados Unidos o de Europa, que luego traerían esos productos a nuestros países a unos precios nada irrisorios.

Con todo, aquella mujer sonreía con dulzura y afirmaba que había que seguir luchando y trabajando, acaso – qué tontería – para que el evangelio del Nazareno siguiera vivo. Para que las palabras de Jesús de Nazaret no quedaran en los libros. Un tipo que había allí dijo que aquella gente lo que tenía que hacer era trabajar más y llorar menos. La monja sonrió, pero no respondió. La tendera le dijo que hacía él por salvar su alma. El contestó que los domingos iba a misa. Jorge no dijo nada, al fin y al cabo él no iba a misa. Lo cierto es que tampoco sabía con certeza a que le daría más valor el de Galilea, si a la labor de Marisa o a acudir a misa.

Jorge se despidió y entró en el bar de Juan. Ocupó un taburete al lado de un grupito de cuatro tomando unas copas. En el centro había un norteamericano que había fijado su residencia en el barrio hacía unos meses. “Estoy jubilado y decidí que éste era un buen lugar para pasar la vejez”.

-

¿De dónde eres, Mike? – preguntó uno de ellos.

-

De Philadelphia – contestó. Era alto, rubio y lucía una blanca y perfecta dentadura.

-

Como el queso – respondió el otro. Rieron.

-

El queso es de Burgos – argumentó el americano.

-

Como el Cid – concluyó su interlocutor.

Es asombrosa la capacidad de hermanamiento del queso, amén de ser un pozo inagotable de cultura y sabiduría, pensó Jorge. La conversación derivó a la grandeza de los Estados Unidos y su papel preponderante en nuestra sociedad. Es el motor del mundo, la luz que nos alumbra. Por último hablaron de las elecciones a la presidencia. Mike se giró hacia Jorge, que había guardado silencio hasta el momento.

-

¿Y tú quién crees que ganará, Al Gore o George W. Bush?

-

Me importa un huevo – contestó Jorge.


-

¿No te importa quien gobierne América? – insistió, incrédulo.

-

Me importa un huevo – repitió Jorge con aspereza.

-

¿Y a ti qué te importa?

-

Quién se queda las muñecas, por qué han aparecido y quien lo consiente.

-

¿El qué?

-

Nada – Jorge apuró el café y se marchó del bar.

-

Crazy – musitó Mike a sus interlocutores. Rieron.

En la pantalla de la televisión se anunciaba el próximo partido de fútbol entre el Barcelona y el Real Madrid. En Bolivia verían el partido, claro, y aquellos niños soñarían por un instante con ser Raúl, Figo o Rivaldo, escapar de aquella miseria. Pero, claro, eso no solucionaba nada. Las Hermanas de la Caridad

seguirían

trabajando

en

aquel

fango

por

aquellas

flores,

proporcionando la muñeca al obeso de turno y escuchando al representante gubernamental conversar con los agricultores bajo el asesoramiento del americano con gafas de espejo y gorrita de los New York Knicks.

Jorge subió a casa.


16.

EL MERCENARIO

Mi tío era un mercenario. Había ingresado a filas en el Tercio, cuando la Legión era la Legión, cuando nadie te preguntaba el nombre y había negros grandes como armarios roperos. De allí pasó a la Brigada Paracaidista, en su génesis, cuando no había suficientes voluntarios y tuvieron que echar mano de los legionarios. Mi tío dio saltos de combate, de los de verdad, y pegó tiros de verdad. Mi tío era alto y fibroso, era parco en palabras y sus problemas los arreglaba por la vía rápida y en silencio. Mi tío era un tío de pelo en pecho y abnegado espíritu de sacrificio.

Mi tío era un tipo conflictivo, y un día dejó de creer en aquello del amor a las banderas y en las fidelidades por Real Decreto. Así que una noche le propinó una paliza a un oficial borracho y desertó. Sin más, desapareció del mapa.

Una mañana recibieron noticias suyas en casa. Se había alistado en la Legión Extranjera. Combatió en Suez, en Chad y en Indochina. Tras lo de Dien Bien Phu decidió que le gustaban aquellas tierras de arroz y sangre, y que acabarían por llegar allí soldados estadounidenses, muy altos, muy fuertes y muy fáciles de abatir. Carne fresca. Y colaboró con el Vietcong durante un tiempo. Se encontró con yankees muy altos, muy fuertes, muy jóvenes, muy negros, muy latinos, muy drogados y fáciles de abatir. Carne fresca que tardó muy poco en pudrirse entre los arrozales y la jungla. Ya no regresó nunca más a la Legión Francesa, al Tercio ni a la Brigada Paracaidista española. Con un grupo de ex legionarios desarraigados como él convino en establecerse y hacer las guerras por su propia cuenta. Trabajo e ingresos no habrían de faltar, al fin y al cabo si hay una constante en la historia de la humanidad ésa es la guerra. Era un soldado de fortuna, un perro de la guerra, un mercenario. Y en calidad de tal combatió en Asia y Africa.

Pasados los años pusieron rumbo a Hispanoamérica, cruzaron el Amazonas y llegaron al Perú, donde se alistaron en una compañía minera para pagar las nóminas a los trabajadores y saldar las cuentas del patrón. En


Bolivia, un buen día, desapareció y ya nunca volvimos a saber de él.

Qué grande era mi tío.

Todas aquellas historias invadían mi mente infantil. Leía libros de Emilio Salgari y de Rudyard Kipling e imaginaba a mi tío como a uno de aquellos piratas legendarios, desafiando a la muerte, amarrado al timón de su bajel bajo los rayos de la tempestad, con su botella de ron, el loro al hombro y una rubia despampanante suspirando a cada mirada suya. Lo dibujaba en mi cabeza, duro, sólido como una roca. Parco en palabras, serio el semblante, pródigo en hechos. Lo imaginaba retando y derrotando a poderosos ejércitos corruptos, surgiendo victorioso pese a medirse en inferioridad numérica. Se mostraría clemente con el vencido.

De mayor, yo sería mercenario. La vida pirata se vive mejor. Y siempre inventaba un final trágico y heroico, parapetado tras unas rocas, empuñando un subfusil o agarrado a una ametralladora que escupía cartuchos sin cesar, salvando la retirada de sus compañeros de fatigas, aguantando el avance de los malos descomunales, numerosos y salvajes, con una estoica sonrisa y un cigarrillo a medio consumir en sus labios que dejaban escapar un humo épico sobre sus ojos cansados.

Mi tío era capaz de cualquier cosa. No se inmutaría ante los proyectiles rivales ni ante la fatiga, el frío o el hambre. Aguantaría todo tipo de torturas sin mudar el gesto. Mi tío era un guerrero valeroso y sin fisuras.

Una mañana de abril apareció en casa con uno de sus compañeros, un canadiense grande como un oso y feo como un demonio, con el rostro y el torso llenos de cicatrices que producían escalofríos. Me dieron un gorro, un montón de cartuchos y un par de palmadas que unieron mi espalda con el pecho, y se marcharon. Me dieron miedo. Qué grande era mi tío.

Mi padre discutió con él aquella mañana. Lo insultó y lo echó de casa. No entendí nada. El héroe, expulsado. Mi padre era bajito y simpático.


Trabajaba dieciocho horas diarias en un taller y yo apenas lo veía. Cuando mi tío se fue, mi imaginación voló de mi habitación a la selva y los océanos, buscando nidos de ametralladoras y buques enemigos, y allí permaneció un tiempo, mientras mi padre se levantaba a las cinco de la mañana y no regresaba hasta bien entrada la noche, molido de trabajar en el rutinario taller.

Pasó implacable el tiempo y un día tuve la oportunidad de contemplar en una cinta de vídeo lo que hacían los mercenarios, ebrios de alcohol y furia, con unos indios yanomamis. Les acosaban como abejas con sus land rovers, los abatían a balazos sin matarlos, les cercenaban los genitales y se los introducían en la boca. A otros les cortaban las manos o las cabezas con sus afilados machetes. No vi el mínimo rasgo de heroicidad en todo aquello. Sólo crueldad y salvajismo. Aquella triste gente obedecía al salario recibido por los garimpeiros brasileños pudieran seguir extendiendo su ocupación de la selva amazónica y que algún terrateniente pudiera sumar un nuevo chevrolet a su colección de automóviles majestuosos.

En

mi

mente

aquellos

mercenarios

aparecieron

como

lacayos

embravecidos por el ron y carentes del menor atisbo de honor ni de humanidad. Se me revolvieron las tripas y hubiera deseado tener un subfusil a mano para cubrir la retirada de aquellos indígenas castrados en su cuerpo y su dignidad.

Acabé enterándome que la de mercenario era una profesión sometida a riesgos muy calculados. Elaboraban un proyecto concienzudamente y apostaban a ganador. Los riesgos los limitaban a cero y, cuando veían que el asunto se ponía feo, ponían tierra de por medio. Comprendí que no tenían el menor miramiento y que carecían de escrúpulos o que, si alguna remota vez los habían tenido, los habían sepultado en un rincón de sus oscuras almas, en el más absoluto olvido, bajo toneladas de vísceras, miseria y sangre.

Concluí imaginándolos enfrascados en conciábulos siniestros en alguna tasca de mala muerte, mal encarados, fríos y maquinando mezquindades a cambio de un buen fajo de billetes. Ya no había barcos desafiando


tempestades, ni rostros imperturbables ante el sacrificio, ni empresas loables que salvar y, desde luego, bien poco les importaba la mirada enamorada de la rubia imponente. Sólo había furcias infestadas de ladillas y campesinos con mocos resbalando por sus carrillos ensangrentados y magullados.

Sólo vi a sus hijos abandonados, sus esposas ignorantes e ignoradas y a mi abuela desgarrada, aguardando Navidad tras Navidad, cumpleaños tras cumpleaños, que su hijo mayor abriera la puerta de casa y regresara a su lado dándola un beso largo y cariñoso. Murió sin verlo.

Aquello fue lo que sucedió en realidad.

Y entonces vi a mi padre. Mayor, cansado, seguía levantándose a las cinco de la mañana con su eterna sonrisa y su buen humor, para trabajar como un mulo día sí y día también para conseguir un jornal con que nada les faltara a su mujer y su hijo. Infatigable, duro como una roca. Abnegado y desprendido. Le abracé en silencio. Con la moral intacta, con el honor por bandera, haciendo patria.

Cuando llegaron las últimas páginas del libro que Dios había escrito para él, afrontó con un valor que sobrecogía a la muerte. Bromeó, como era su costumbre, diciéndonos que se le estaba agotando la pila como a los conejitos de Duracell. Acarició mi mano, nos dio las gracias a mi madre y a mí, pues decía que se sentía muy querido y me dijo que no temiese, que la muerte era sólo un momento, pero que la memoria dura siempre y que velaría por todos nosotros allá donde estuviera. Recordó aquellos versos de Miguel Hernández: “Soy como el árbol talado, que retoño / y aún tengo la vida”. Le besé con toda la templanza de que fui capaz, llamó a mi abuela (fallecida muchos años atrás) y perdió la conciencia. Ya no despertó.

Qué grande era mi padre.


17.

EL TRES

Expresión de la cantidad computada con relación a una unidad. Número. Todo es relativo. Los números tienen un significado muy relevante en la vida de las personas. El color rojo de los de la cuenta bancaria, en mi caso. Una significación mágica, mística en muchos casos, como sucede con el seis, el nueve o el siete – numero cabalístico por antonomasia – Pero si alguno destaca del resto con luz propia, ése es el tres. Tercero, que sigue en orden al o a lo segundo. Todo es relativo.

Tres eran los mosqueteros de Alejandro Dumas, que no eran tres sino cuatro. Tres, los cerditos albañiles que sufrieron el acoso del primer lobo bufador de la historia, primo hermano del coyote que perseguía al correcaminos. Murió de triquinosis. Y tres fueron los caballeros de la filmografía Disney. A saber: un pato gangoso con uniforme de marinerito en Primera Comunión, un chicano gallo colorado y con la espalda mojada, si bien ajeno a la corriente zapatista, y un loro criollo vestido para la ocasión por Versace y con trazas de sucumbir en alguna olla de una mugrienta favela carioca, cuna de algún crack futbolístico, a buen seguro reconvertido rápidamente en español en el Depor por mor de las ventajas contractuales de rigor..., ahí no hay pateras.

Dicen que están clavadas tres cruces en el Monte del Olvido, según se sube a mano derecha. O en el del Calvario, que tanto da. Y tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor, siendo la segunda de ellas la única verdadera, aunque escasa y curiosamente repartida. El dinero llama al dinero, lo mucho a lo mucho y lo poco a la nada. Es la pirámide de la pobreza, compuesta por tres caras triangulares y sustentada en una base asimismo triangular y, a menudo, polvorienta.

Sólido es el número procedente de la multiplicación de tres números enteros, como el amor. ¿Qué juego más arraigado y sólido que las tres en raya? ¿Algo más español que el tricornio, y no me refiero sólo al sombrero? ¿Algo más castizo que el trilero? ¿Por qué el tres hace las veces de rey en el mus? ¿Por qué vale tanto el tres en el tute? ¿No es un juego chic el tresillo? ¿Y


el billar a tres bandas? ¿Y la formación al tresbolillo? ¿Y los golpes del simpático niño en triciclo?

Roma alcanzó su esplendor a golpe de triunviratos, igual de inciertos y relativos que el amor. Falseaban la realidad porque no hacían sino camuflar las ansias de poder y gloria de cada uno de los triunviros. Es decir, una mera reducción al uno. Como las inacabables trilogías literarias o cinematográficas, que acaban por convertirse en trilogías de trilogías. Aunque para reducción al UNO la Trinidad – distinción de tres personas divinas en una sola y única esencia- Misterio inefable de la iglesia católica.

No menos sugestivo para las mentes abducidas es el Triángulo de las Bermudas, allí donde desaparecen buques, gentes y aeronaves, pasando al olvido, seguramente cerca del lugar donde alguien clavó las tres cruces de marras, si bien esta vez a mano izquierda, al compás de los acordes del bolero interpretado por el trío Los Panchos..., o los Tres Sudamericanos. Aunque al hilo de las abducciones habrá que convenir que si los alienígenas secuestran humanos debe ser producto del masoquismo.

Neptuno gobernaba, creo que ya fue cesado en el cargo por su hija Ariel, armado con su tridente y escoltado por tritones. Tres eran también los tigres que, tristes ellos, comían trigo en un trigal, cual de bovinos se tratara, en un alarde imaginativo de evolución estos depredadores carnívoros en pacientes vegetarianos vegetativos, para mayor placer de algún tardo hippy enemigo cervil del colesterol e inflado de granos de maíz transgénico y de remolachas. El trigo, en cualquier caso, traba la lengua.

Tres eran tres las hijas de Elena, tres eran tres.... ¡Y ninguna era buena!

Llegados a este trivio el pedregal se torna impracticable, toda vez perdida la elocuencia, ultrajada la gramática, inalcanzable la retórica y humillada la dialéctica. Lo único fiable que nos queda es el Trío de la Bencina.

Y a pesar que es bien sabido que no hay nada mejor que tener un


enchufe trifásico, quizá por ser sistema de tres corrientes eléctricas alternas iguales, procedentes del mismo generador, y desplazadas en el tiempo, cada una respecto de las otras dos, en un tercio de período, el balance que arroja lo comentado demuestra que el tres, número popular donde los haya, es la cifra del engaño. Una falacia total, plena y absoluta. Tanto como que conservas mi número de teléfono y que me llamarás mañana. Tanto como que me quieres y que sólo a mí besas así. Nuestro amor no puede ser triforme, nunca será un triángulo amoroso, me temo. Ni siquiera un menage à trois, pues sospecho que, en un tris, me tocaría comerme un bocadillo de mortadela en fila preferente. Mucho menos aún un dúo. Como siempre, terminará reduciéndose a un mero acto manual solitario. Una nueva reducción al uno y una enorme mentira más.

Es por ello que sé, querida mía, que debo darme el tres, aunque sólo yo sepa cuanto te amo. Mi vida, ya sé, es una continua acción extravagante o inconveniente con que llamar la atención. Un número...

Y el numen que sigue sin llegar.


18.

EL OSITO DE PELUCHE

“Ésa es natural condición de mujeres”, dijo don Quijote: “desdeñar a quien las quiere y amar a quien las aborrece”.

Érase una vez un osito de peluche tan diminuto como lindo. Su nombre era Poli, y tenía dos preciosos ojos de cristal coronados con sendos zafiros que lo hacían diferente de cuantos ositos de peluche puedas haber visto a lo largo de tu vida. No habían sido hechos en serie en una fábrica, sino que constituían la obra postrera de un viejo artesano que había puesto en su creación todo su arte y amor. Los ojos del pequeño Poli tenían vida propia, pero últimamente se adivinaba un halo de honda tristeza en su interior.

María, la dueña de Poli, era rubia como el trigo en agosto y bella como un ángel. Durante más de tres años, la niña llevó consigo a Poli a todas partes, pues era su juguete preferido y su más querida pertenencia. Donde quiera que fuera María, se encontraba el osito a su lado, con una gorrita roja de béisbol y una camiseta azul con grandes letras blancas.

Por aquel entonces, los ojos de Poli chispeaban de felicidad y una brillante sonrisa iluminaba su rostro. Juntos dormían, juntos jugaban, juntos acudían al colegio, juntos correteaban por el parque y juntos se embarcaban en expediciones por el río, en cuyas riberas se detenían a recoger pequeñas flores azules con las que adornar sus cabellos o para saborear su dulcísimo néctar blanco.

Pero cierto día apareció en la casa el padre de María con un precioso regalo debajo del brazo, una de esas muñecas que parecen niñas de verdad, con unos serenos ojos azules como un lago y un deslumbrante vestido floreado. A María se le iluminó la cara por la alegría y apretó contra sí la muñeca, alborozada por su nueva y maravillosa compañera de juegos.

Como sólo era un muñeco, Poli no acertaba con el motivo por el que ya no iba cada mañana al colegio con María ni por qué había días en los que no la


acompañaba al río a coger lindos ramilletes de flores azules, y así hasta que la niña, poco a poco, dejó de llevarlo a su lado.

Y un día, por fin, la niña metió a Poli en el armario trastero, que era un lugar oscuro y triste, pero el osito se consolaba pensando que también desde allí, y a través de una pequeña rendija en la madera, podía ver a María jugar con su muñeca nueva, aunque sentía que amargas lágrimas que provenían de su corazón surcaban lentamente su rostro.

Y así fueron pasando los meses, hasta que llegó al barrio una nueva vecinita llamada Sara. Una tarde desapacible y lluviosa de abril, María, que además de ser una niña muy guapa era también muy presumida, la invitó a subir con ella a su habitación para jugar juntas y que viera la gran cantidad de juguetes que tenía. Sara aceptó encantada, y María le fue enseñando todos sus tesoros, y por fin, sacándolo del armario, al pequeño Poli, que atrajo inmediatamente su atención por la intensa belleza de sus ojos y ese aire de enigmática tristeza que desprendía su mirada.

La pequeña Sara jugó toda la tarde con Poli, y éste volvió a ser feliz al sentirse querido de nuevo, aunque fuera un momento y por una desconocida. Cuando Sara se marchó, María lo devolvió al armario trastero, pero al osito le pareció ahora menos triste y oscuro, pues su querida María había vuelto a mirarlo y a tocarlo.

Sara visitaba ahora con mayor asiduidad la casa de María, pues se había prendado de aquel osito olvidado y desterrado en el oscuro trastero, y como María prefería jugar con su muñeca nueva, esto le permitía permanecer más tiempo con Poli, lo que llevó a la niña a cobrarle un cariño extraordinario, porque Sara no poseía muchas cosas, pero sí un corazón que latía con delicadeza en su pecho, y sentía que aquel osito dulce y melancólico le abría nuevos horizontes a su ternura. Por más que se esforzaba, no lograba entender los motivos por los que María condenaba a Poli a sufrir tan cruel olvido.


Un buen día, pensando que nada bueno se ha escrito sobre los cobardes, decidió pedírselo prestado a María. Al fin y a la postre, los trenes hay que cogerlos cuando pasan, porque si no lo haces te quedas sentado para siempre en el andén. María frunció el entrecejo al escuchar la petición de su amiga, pero se encontraba tan abstraída con su muñeca nueva que accedió a la petición de Sara. En realidad, recuperaría a su osito cuando quisiera, y además, como cada día le interesaba menos, muy pronto dejaría de tener importancia para ella.

Sara no cabía en sí de gozo. Cogiendo al osito entre sus brazos, lo bañó y lo peinó, lo vistió con una ropa preciosa que le hizo su mamá y le curó un bracito que tenía roto por un golpe sufrido al ser arrojado al trastero. Después se lo llevó al bosque a pasear, con la intención de que desapareciera de sus bellos ojos aquel aire de tristeza. Y poco a poco se fueron haciendo muy amigos, y hasta parecía que Poli iba recobrando la alegría, pero en el fondo de su corazón permanecía inalterable la imagen como grabada a fuego de su queridísima María.

Y llegó un momento en el que Poli se convirtió en el centro afectivo de Sara, que ya no entendía la vida sin la compañía del osito, así que decidió armarse de valor y pedirle a María que se lo regalara. En esta ocasión la niña frunció aún más el entrecejo, y después de meditarlo un instante tan sólo contestó: "No, no te lo regalo; el osito es mío". Y es que María, además de bonita y presumida, también era muy egoísta.

Al oírla, la pobre Sara sintió que se le quebraba el alma, pues no comprendía para qué lo quería María si lo tenía siempre olvidado en el fondo del trastero. Rogó y rogó, pero cuanto más suplicaba más férrea era la negativa de su amiga, que además le exigió a Sara que le devolviera a Poli inmediatamente. Durante unos pocos días, María le prestó alguna atención al osito: volvió a lavarlo y a peinarlo, e incluso le llevó una tarde al río a coger flores azules.

Desesperada, Sara hablaba con Poli siempre que se le presentaba la


ocasión para intentar convencerlo de que se marchara con ella. Pero Poli parecía haberse quedado mudo; nunca la contestaba, y sólo acertaba a mirarla a los ojos dolorosamente. Un día que María la escuchó desde la habitación contigua, entró en el cuarto y lanzó un reto desafiante: –Está bien, que decida el osito.

Sara se sintió desfallecer y como si el corazón hubiera dejado de latirle repentinamente, confiando en que se produciría el milagro. Ahora sólo tenía que esperar a que los labios de Poli se abrieran y dijeran: "Adiós, María, me voy para siempre porque no deseo volver al trastero y porque yo también amo a Sara y quiero vivir libre y feliz a su lado”.

Poli miró en silencio a las dos niñas, y luego, muy despacio, susurró dolorosamente: –Lo siento, Sara, pero me quedo.

Desolada, la niña imploró: –¿Es que no ves cuánto te quiero? –Poli continuaba mirándola en silencio. Cuando al fin comprendió la imposibilidad de conseguir lo que tanto anhelaba, Sara, con los ojos cegados por las lágrimas, le pidió al osito–: Si no quieres venirte conmigo, al menos sal para siempre del trastero donde tan injustamente te tienen encarcelado.

Y se marchó muy triste de aquella casa, tan triste como lo es la soledad.

María besó levemente a Poli y lo aseó, pero a los pocos minutos lo abandonó para volver a jugar con su delicada muñeca nueva. Y Poli, el bello osito de peluche cuyos ojos coronados con preciosos zafiros habían sido hechos a mano por un viejo artesano con todo su amor, se quedó en aquel oscuro trastero para siempre, mirando a través de la pequeña rendija cómo


jugaba María con sus muñecas nuevas, que siempre eran muy obedientes, pues temían que si un día se portaban mal con su dueña ésta sacaría de nuevo a Poli del armario. Pero eso no pasó nunca y el osito permaneció toda su vida en el fondo del armario, soñando que un día la niña volvería a jugar con él y recordando que existió un pasado muy feliz en el que iban juntos al parque, al colegio y a coger flores azules en las orillas del río que discurría plácidamente entre los árboles hasta el lejano mar.

Pero María y el mar estaban muy lejos de él, y no tenían memoria.


19.

LA CENA

La cena se enfriaba encima de la mesa. Papá pedía silencio. El consomé dejaba de humear y los huevos fritos con salchichas perdían su olor. Mi hermanita lloraba. La televisión lanzaba absurdos anuncios al vacío. Mi madre no cerraba los ojos y estaba tumbada, mientras mi padre tenía una mano en sus cabellos sudorosos y la otra, temblorosa, aún sujetaba el cuchillo.

Que goteaba sangre.


20.

VIENTO DEL NORTE

El viento del Norte ruge mi nombre lejos, muy lejos, desde el fondo de tu alma, tu boca calla y tus ojos otorgan. “Nunca, nadie” grabé en plata sobre mi muñeca y lo olvidé por esos ojos que matan, por tu alma dulce, fría e insegura.

Cerca, muy cerca, me extravié en tus senos Cerca, muy cerca, naufragué en tus labios Cerca, muy cerca, fui un niño en tus manos

Atrás quedó el hombre; atrás, mi vida; atrás, tu boca; delante, quien ames Adelante se dibuja la senda estéril y el sueño miserable

Adelante me aguardan la niebla y la noche, una cruz de piedra blanca en el camino. No quiero, es cierto, más se que debo irme: el viento del Norte ruge mi nombre.

FIN. Jose Manuel Iglesias Cervantes.


Los Cuadernos del Naufragio