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Café Viena. 1 Coincidir Por: Guillermo Ochoa-Montalvo

A las seis de la mañana llega el primer turno de meseros; la cafetería Viena apenas permanece cuatro horas en silencio; desde mi habitación escucho las voces de los parroquianos entre el tintinear de cubiertos platos y vasos. De vez en vez algún trovador solitario irrumpe, con sus notas desafinadas, la bulla de los parroquianos. Antes de funcionar como cafetería, esto era un inmenso departamento de 500 metros cuadrados. Al modificarlo, dejaron esta habitación de 50 metros para el portero, suficientes para mi soledad. Una de mis ventanas comunica la cafetería desde sus vidrios a medio pintar, alcanzo a ver el movimiento de casi todo el establecimiento. Desde mi regreso a la ciudad, decidí refugiarme en este apartamento; no es grande pero tampoco demando de mayor espacio; apenas y salgo a la calle, ni siquiera he pasado al interior de la cafetería. Cuando es indispensable salgo a comprar algunos víveres para la semana, doy un paseo por el Parque México, vacío una bolsa de maíz para las palomas, y regreso. Hace varios meses dejé de cortarme el cabello y de rasurarme. Ahora, sólo espero… y en tanto, las historias de esta gente me acompañan.


Coincidir

< ¡Uf! ¡Qué mala costumbre!, esta de llegar puntual sabiendo que los hombres son informales. ¡tan mala como quitarme los aretes y los zapatos apenas me siento a la mesa!>. < Por fortuna, la mesera no ha reparado en mí, ¿pido un café o me retiro? Esto de las citas a ciegas no es lo mío, pero el tipo parece agradable y quizá… no sé, quizá sea de los que paguen la cuenta sin protestar. Dijo que llegaría con un libro bajo el sobaco para identificarlo ¡es tan ingenioso, pocos me han hecho reír como él; además, con sus mensajes me hace delirar de tanto calor>. ― ¿Desea ordenar algo la señora?, pregunta la empleada sacando la comanda de su delantal blanco. <La observo a los ojos; otra mala costumbre según decía mi madre; como sea, me agrada mirar a los ojos y esta mujer los tiene cansados, su piel es corrugada y sus labios inexpresivos, seguro por tantas décadas de pie recorriendo cientos de kilómetros en este espacio sin llegar a ninguna parte>. ― ¡Sí, un exprés con doble carga, por favor!, ¡Ah!, y un pastel de manzana. <Quince minutos de retraso es mucho para esperar a un tipo desconocido, Por otro lado, es domingo y no tengo nada qué hacer. Mis amigas me envidian por no tener hijos, yo las envidio a ellas por tenerlos. Envidian mi libertad como yo, sus hogares. A veces me pregunto, de qué sirve ser exitosa teniendo una cama vacía. Si me escuchara Felino, se sentiría herido, pero es tan sólo un gato; en realidad somos dos gatos en una inmensa casa porque Aurora no cuenta, ella hace su quehacer en silencio y se retira por la tarde>. ― Exprés doble y pastel de manzana, si desea algo más, me llama. Disculpe, ¿espera a alguien? ― No, a nadie, gracias. < ¿Por qué no acepté que sí espero a alguien? Siempre me defiendo, me escondo. Sentiría vergüenza de exhibirme como alguien a quien han plantado de narices. De haberme casado no fingiría tanto. ¿Pero quién como yo, desea estar casada? Un conocido de internet me preguntó un día por qué las mujeres inteligentes, exitosas y hermosas no se casan. Creo que por eso mismo, privilegiamos la neurona para ejercer la libertad y cuando la hormona se alborota usamos a los hombres y los desechamos; lo terrible es cuando ellos, nos desechan. Una sufre por uno a quien ha desechado y no nos jactamos por los muchos a quienes hemos utilizado. Pero reconocerlo sería inmoral, así que es mejor navegar con cara de compungida descorazonada...> ― ¿Virginia?, <me pregunta un hombre corpulento, casi de mi edad; su aspecto es agradable; su sonrisa cautivante; viste casual con elegancia, y su voz es muy grata. Sus zapatos y uñas relucen de limpias. Otra manía de mi madre: “zapatos y uñas limpias, hombre confiable”>.


― ¡Sí, soy Virginia y tú debes ser….! <Por un instante olvido el nombre del Fauno, ese es su apodo en internet, pero ¿cuál es su nombre? ¡Me lleva el carajo, no puedo acordarme!> ― Soy Vicente, Vicente Blanco, tu compañero de la secundaria; el que era novio de Hortensia, ¿recuerdas? ¿Tanto he cambiado? Tú sigues igualita, tan bella como siempre, ¡te tragas los años, mujer! ¿Qué haces por aquí? < ¡Vicente Blanco! El gordo halitoso, el aplicado de la clase, el mamón que me cortejaba con asedio, el que se enroló con Hortensia, la más piruja de la clase para darme picones; ¡qué risa!, al que patearon cuando quiso besarme ¡qué maldita! El que se sentía Mozart, ¡qué ridículo! > ― ¡Si, claro! ¿Cómo no voy a recordar al más aplicado de la clase? Mira que encontrarnos aquí, ¡qué gusto verte! ¡Siéntate, acompáñame! ― Si no esperas a alguien, con gusto te acompaño. Yo espero a un señor que quedó de verse aquí con una contadora para que me auxilie con mis asuntos fiscales. Salgo de gira por México y eso me tienen muy entusiasmado, será la primera vez que dirijo una orquesta sinfónica en mi propio país tras quince años de ausencia por Europa. < ¡Hijo de la fregada, se salió con la suya!> ― ¿Eres director de orquesta? ―Así es. Hortensia y yo nos matriculamos en el Conservatorio al terminar la secundaria. Ambos trabajamos juntos, dentro y fuera de casa. ¿La recuerdas? Ella sí, te recuerda y aún siente un poco de vergüenza por haberte quitado al novio. Pero eso ya no tiene importancia, tú deseabas una carrera práctica y yo, una artística. ¿Tú que estudiaste? < ¡Desgraciado! Una vive tan tranquila reconstruyendo la versión de su propia historia y en un café, me la derrumba. Sí, ahora lo recuerdo. Mis amigos lo patearon por haberme cambiado por la tal Hortensia. Mi madre lo festejó diciendo que era un gordo halitoso, feo, sin ambiciones, mediocre con sueños guajiros de artistita que terminará cantando en los camiones. Y esa idea me consoló, así lo quise imaginar para el resto de mis días.> ―Me gradué como MBA, es decir máster en administración de negocios, y sostengo un despacho de consultoría y gestión fiscal. Ya sabes, hago que los ricos paguen menos impuestos y eso, me deja buen dinero. ― ¡Para haberlo sabido! Yo no quiero pagar menos impuestos, sólo lo justo y no tener problemas fiscales aquí en México. Por eso busqué a Fernando Madrigal, me lo recomendaron otros músicos de aquí. < ¡Uf! ¡Fernando Madrigal! ¿Por qué me suceden estas cosas a mí? Después de cinco años de noviazgo, el muy infeliz me planta por otra perra gringa de la universidad. No, no deseo verlo. Me despediré de inmediato antes que llegue. Aunque la verdad, me gustaría saber si aún sigue siendo tan ardiente como antes, si aún mantiene su sex appeal que tanto disfruté en mi dormitorio de la universidad sin que mis padres supiesen de ello. Quisiera verlo para saber si aún me humedece con sólo tocarme… No, no deseo saberlo, mejor me retiro.


― ¿Sabes?, debo retirarme, te dejo mi correo electrónico para que me escribas y te de mi dirección, espero verte pronto con más calma. Me dio mucho gusto encontrarte y saber que realizaste tu sueño. De verdad te lo digo. Espero que me invites a una de tus presentaciones, ¿vale? ― ¡Vale!, estaré en contacto contigo, a Hortensia le dará gusto verte de nuevo. Espero que no le guardes rencor. ¡Es broma! No pongas esa cara. <La cara no la pongo por Hortensia sino por Fernando que se acerca directo a mi mesa cargando un libro bajo el sobaco, ¡me quiero morir! ¡Que no le diga que fui yo quien lo dejó por otro, que no lo diga!… y menos, que se de cuenta que yo soy Princesita ardiente, la que charla con el Fauno > Continúa Al Sur, Ciudad de México, 31 de marzo de 2010 Miembro Fundador de Columnistas de la Frontera Sur


CAFÉ VIENA N° 1 COINCIDIR