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La cárcel de Chancillería Artículo aparecido en El Norte de Castilla del jueves, 30 de mayo de 1912 “Valladolid mantiene su antigua Cárcel de Chancillería, y en un mismo edificio están la Cárcel y la Audiencia de Granada; dos fósiles de cuya prehistoria se ocupa la Novísima Recopilación”. La Vida Penal en España, por Rafael Salillas, año 1888. Era una tarde brumosa y triste, cuando el cronista, llevado de su espíritu constante de curiosidad, se encaminó, la última vez, hacia el vetusto caserón de la Cárcel. Los torreones enhiestos que coronan el edificio, y la fachada, desnuda de adornos, y recargada de barrotes, ostentaban el sombrío color de la piedra humedecida. Dentro de la garita, se percibía la silueta de un soldado pasando las horas de la centinela, y detrás, y entre ella y el ángulo que forma la desalineación de la fachada, tiene sus reales un conventículo de bribones, hampa primeriza de edades tempranas. Las prisiones, sobre todo en las grandes urbes, ejercen extraño magnetismo sobre la turba de zarramplines, ganapanes y tahures, que vive desperdigada en el seno de la población, cuando no, como ganado trahumante, emigra e inmigra periódicamente, según lo requiera la índole y frecuencia de los “negocios”. Golfillos “periodistas”, colilleros de trece y menos años, raterillos de portamonedas, y ladronzuelos de bombillas de luz eléctrica, llamadores, limpiabarros de los zaguanes, y de otras insignificantes mercaderías, que entretienen las horas de desacomodo, presenciando los juicios orales de la Audiencia y que viven perezosamente, atraídos por secreta influencia, en las inmediaciones de Chancillería. La existencia de esta hampa extracarcelaria no es un fenómeno independiente de la existencia de la prisión; lejos de ello, es su cortejo necesario, su acompañamiento inevitable. Por celosa que sea la vigilancia de un honrado Cuerpo de Prisiones, son repetidas, y la práctica lo demuestra, las comunicaciones entre la población carcelaria y el hampa de fuera. Además, tal grey rufianesca pernocta, alternativamente, dentro o fuera de la prisión, y se presenta como una solución de continuidad entre la población delincuente libre, y la retenida en los establecimientos penitenciarios. La cárcel, por fuera, tiene, pues, un carácter saliente: una gran fuerza congregadora de truhanes y de pícaros. Pero la Cárcel de Chancillería tiene por dentro otro espectáculo más interesante. No sin razón la llamó fósil Salillas en el año 1888; siquiera lo lamentable en este caso, es que continúa siendo fósil, a pesar de haber transcurrido dos docenas de años. Tras de subir aceleradamente una veintena de escalones empinados, y después de breve entrevista con el amable jefe del establecimiento, señor Pascual Monerris, y de rápidas órdenes velozmente transmitidas de unos a otros vigilantes, se franquea la puerta que da acceso al interior, y el cronista se encuentra en una galería acristalada del piso principal, que sirve de perímetro al patio. Una sensación de malestar recala los nervios. Los reclusos pasean en el patio, confundidos -contra todo principio de ciencia penitenciaria- los que extinguen condena y los que se hallan pendientes de proceso. Aquel patio reducido, angosto, es el único de la prisión, el único pulmón de la cárcel. Para sostener la debida separación de sexos, las mujeres y los hombres disfrutan alternativamente de él; pero las mujeres sólo una hora cada tres o cuatro días, porque, cuando esto ocurre, los hombres han de permanecer encerrados en las cuadras. Hay muy pocas celdas. Los presos se alojan en cuadras que son habitaciones rectangulares y espaciosas, aunque lóbregas, húmedas y sin ventilación. Allí extiende cada uno su petate y pasa la noche. Y una misma masa de aire, atrozmente viciado, nutre los pulmones durante la larga noche del recluso. La enfermería está situada en el piso principal: tiene luz y ventilación completamente indirectas, y pudiera muy bien servir de celda de castigo en otra prisión más humanitaria. Las mujeres tienen su alojamiento en una cuadra del piso segundo, verdadero desván de la cárcel. La separación de varones y mujeres no se puede establecer, dentro de la misma casa, en términos absolutos. He oído narrar, a un vigilante, el episodio de las relaciones amorosas entabladas y sostenidas en la prisión por dos reclusos de distinto sexo, que se hallaban extinguiendo condena correccional. Se valían para las pláticas del noviazgo, de un teléfono extraño: la tubería del retrete. Para ello aplicaban los novios la faz al hueco circular destinado a las posaderas, y el tubo de las aguas sucias servía de portavoz.


La vida moral es la resultante necesaria de todos estos factores: un medio denso, venenoso, irrespirable; una mansión lóbrega, anticristiana, cruel; promiscuidad de tipos de relajaciones; reposo acumulador de energías; abyección y miserias; algo de Hospital y algo de Manicomio. Cuando dejé la Cárcel, ya entrada la noche, volví tristemente la cabeza: la sombra de Tolstoi me acompañó hasta los umbrales del antro. Desde hace tiempo la construcción de la nueva cárcel se halla en estado de expediente. A. Rodríguez Mellán

Entre los presos: Visita a la vieja Chancillería (El Norte de Castilla, 17 abril 1913) ¿Cómo viven los presos? Yo he visitado a esos infelices, hombres ancianos, adultos fornidos, chicuelos enviciados, a esas desgraciadas mujeres achacosas, mozas garridas y jovencitas de lupanar. He estado en la cárcel, en la vetusta Chancillería, algunas horas, recorriendo galerías, penetrando en celdas, deteniéndome en el patio… Los desdichados delincuentes “viven” como pueden en Chancillería -El informador tiene que apuntar que aquello no es una cárcel-. El local no es a propósito para refugio de condenados, el antiguo caserón no reúne las condiciones marcadas en la higiene. Anótelo el lector: pese a ello, no hay en la población penal un solo enfermo. Es media mañana de un primaveral día esplendente. Frente al portalón de Chancillería, sentados en añoso banco, cuatro soldados y un cabo leen el periódico y comentan las noticias. Otro soldado, mausser al hombro, pasea cachazudo ante la puerta de la cárcel. Es el centinela. ¡Alto! Cuando me dispongo a traspasar el umbral, el centinela me da el ¡alto! - ¡Alto! ¿Dónde va, paisano -grita-. Por un momento dudo entre decir al guardia la consigna tradicional…España ¿qué gente? ¡paisano!, o indicarle mi misión en aquella casa. Opto por esto. -¿Se puede ver al señor director de la cárcel? -inquiero- Suba usted -me replica el centinela- Tome aquella escalera Doy las gracias al soldado y echo a andar escaleras arriba. En el locutorio En una de las paredes fronteras a la escalera, se abre una doble reja con gruesos barrotes. Una muchachita, de negros ojos, descolorida, peinada con bandos y bucles rizados, llora acongojada. -Está presa- Es la primera vez que pisa la cárcel. ¡Pobre niña! Con ella conversa otra chicuela vivaracha y locuaz, que alarga su mano tras la reja e intenta secar las lágrimas de la reclusa. ¿Será su hermana, una compañera, una amiguita inseparable…? El cuadro inspira compasión y afecto. Seguimos ascendiendo y llegamos a la dirección. ¿El señor director?… Golpeo suavemente un llamador gigante, digno de figurar en un Museo, y en aquella oscuridad, casi estremecido, escucho descorrer cerrojos y hacer girar una llave en la cerradura. Un empleado de galoneado kepis me franqueó la entrada. -¿Podría ver al señor director?- digo- Pase aquí, éste es su despacho y tenga la bondad de esperar; voy a avisarle -me replicaEl despacho del director es modesto, pero no falta detalle: mesa de escritorio, sillas de cuero, un armario…en el testero el retrato del rey.


Transcurren pocos minutos y el director aparece, entiendo por una puerta falsete que da acceso a sus habitaciones particulares. Es el señor director don Pedro P. Monerris, un hombre agradable y afectuoso. Se halla convaleciente de una dolorosa enfermedad y apenas me atrevo a exponerle mis pretensiones ante el temor de proporcionarle molestias. El director comprende mi perplejidad y me sale al paso. - Cuanto usted quiera -me indica- y cuanto desee ver, podrá preguntárselo al subdirector de la prisión. Ahora vendrá. Yo estoy enfermo y no podría serle útil. El señor Manso Me presentan al subdirector de la prisión, don Juan Manuel Manso. Es muy joven, de rostro simpático, de trato exquisito. El señor Manso se pone a mi disposición e inmediatamente salimos a ver la cárcel por dentro. Mientras hablamos del funcionamiento y organización de la población penal vallisoletana. En nuestra visita, nos siguen a respetuosa distancia un vigilante del cuerpo de Prisiones y un recluso-celador, nombre con que se designa a los antiguos cabos de vara o de ordenanza. Este lleva en la mano un rimero de grandes llaves confundidas con otras más pequeñas, pero de anchas guardias. Se abre un inmenso portón y luego una puerta con mirilla. Todas las puertas tienen cerraduras y cerrojos colocados al lado contrario para donde se abren. Es un detalle de seguridad. En las galerías En la dependencia que da comunicación a las galerías, se encuentran los vigilantes de la cárcel: son siete. Prestan servicio durante 24 horas tres de ellos, y descansan otras 24 cuando les relevan otros tres. Otro vigilante está encargado del gabinete antropométrico y fotográfico, recién instalado en Chancillería. Celadores y vigilantes se ponen en pie, descubriéndose a nuestro paso. Estamos frente a las celdas de castigo y de “incomunicados”. El señor Manso nos muestra una innovación introducida no hace mucho tiempo. El piso es de asfalto. Antes era de ladrillo y un recluso intentó evadirse levantando dos baldosas. Tal como ahora está, es más difícil cualquier intento de fuga. Siguiendo la galería, vemos la enfermería, una habitación cuadrilonga, con ventanales muy altos. En un rincón se halla colocada una caja barnizada de blanco, que ostenta el pomposo nombre de “Botiquín”. Ningún enfermo hay en las doce camas dispuestas. Un recluso, aficionado a la ciencia médica, hace los oficios de practicante y los cumple muy a satisfacción, según me dicen. Más allá está la cocina. Tres rancheros se ocupan de la condimentación de las comidas. He aquí los menús: arroz, garbanzos y tocino; patatas, alubias y tocino; garbanzos, tocino y patatas. Y medio pan lechuguino, blando y blanquísimo, que lleva el sello: “Cárcel prisión de Chancillería -Valladolid-. En otro de los lados de la galería está el departamento de mujeres. Las reclusas Para penetrar en la antigua galera, es preciso ir acompañado de la inspectora: una señora pagada por el Estado, encargada de la vigilancia inmediata de las reclusas. Una veintena de mujeres, de todas edades y tipos, están encerradas en aquella amplia habitación. Unas pasean; otras, sentadas en largos bancos de madera adosados a la pared, hacen labor. Una anciana remienda una falda negra; otra pega las cintas a un delantal a listas negras en fondo verde; una jovenzuela muy emperegilada, mueve nerviosa los bolillos colgantes de una almohadilla de confeccionar encaje… Otra bajo la ventana, por donde la luz entra allí, lee, ruborosa, una carta… Una nota: Aquellas infelices mujeres casi hablan. En su rostro se dibuja una expresión de dolor y de pesadumbre… Talleres En los talleres, instalados en la habitación dispuesta en uno de los ángulos de la galería, trabajan un alpargatero y un zapatero. Trabajan por su cuenta. El trabajo es libre. La escuela -Le voy a enseñar ahora la escuela- me dice el subdirector. Aquí muchos individuos entran analfabetos y salen sabiendo leer y escribir y con conocimientos rudimentarios de Geografía, de Historia…etc.


Llegamos a la clase. Los alumnos reclusos, sentados en bancos ante mesas de madera, escriben copiando las “muestras” de Iturzaeta. Un hombre decrépito, calvo completamente, hace a…a…b…b…b…y así se pasa la mañana. Otro individuo chato, mal encarado, deletrea en una cartilla. Tres alumnos, los más aventajados sin duda, al lado del profesor, perteneciente también al cuerpo de Prisiones, don Lorenzo Alonso, dan una lección de Geografía e Historia Natural. Otro chico hace diversas operaciones matemáticas en un encerado; otro, en fin, escribe sobre la pizarra la recordada décima del gran Calderón…”Cuentan de un sabio que un día…” Aquello es una escuela en toda regla. - Su mejor elogio, y éste es personalísimo éxito del profesor de instrucción primaria, señor Alonso, es que apenas hay reclusos que no sepan leer y escribir. Las clases se dan por mañana y tarde, divididos los alumnos en dos secciones. El Ayuntamiento y la Diputación consignan en sus presupuestos cantidades con que subvencionar a la escuela para material de enseñanza. Allí se hace cuanto humanamente es posible por difundir la cultura e instrucción, y se consigue. Dormitorios Son cuatro los locales destinados a dormitorios. La cárcel no facilita a los reclusos más que una manta y un petate. Si aquéllos quieren utilizar colchones y jergones, y mantas y sábanas, se les consiente. Estas habitaciones, como todas, se hallan dotadas de inmejorables condiciones de seguridad y vigilancia… cerraduras, cerrojos, mirillas… La capilla En uno de los dormitorios, descorriendo unas puertas, se ve la capilla. Aparece como por arte de encantamiento. Se venera la Virgen Dolorosa. Cuadros representando a San Antonio, el inenarrable taumaturgo y al sabio Obispo de Hipona, San Agustín, óleos, que a falta de otro mérito, tienen el de la antiguedad, penden de las paredes. En el altar, un crucifijo de marfil y cuatro candelabros. Cerca de la “credencia” está la mesa de ornamentos y un sillón, desde donde el padre capellán dirige pláticas a los presos, todos los domingos por la tarde. En los días festivos asisten los reclusos al santo sacrificio de la misa. Es capellán, previa oposición, don Domingo Navarro, sacerdote culto y muy estimado por sus desdichados feligreses. Un recluso hace de sacristán, prepara la capilla y ayuda a misa. Vida de comunidad Descendiendo por una escalera de piedra, bajamos al patio. Los reclusos, pie descalzo y pantalón remangado hasta la rodilla, fregotean con agua y escobones las losas del pavimento del patio. -¿Cuántos reclusos hay aquí? -pregunto al subdirector. - De 100 a 125, de los cuales, mujeres son unas veinte. Aquí los presos -agrega- hacen la vida en comunidad, a excepción de los presos de “celda”. El régimen de aislamiento es solo para los castigados. -¿Y la distribución del día? interrogo. - El orario [sic] que rige es el siguiente: a las seis se toca diana -por cierto que el toque se hace con una campana- De seis y media a ocho, los reclusos se dedican a la faena de pelar patatas y otras labores de “mecánica”; a las ocho y cuarto se distribuye el pan en el patio; a las nueve se les da el primer rancho; de nueve y media a diez y media, recreo para mujeres en el patio; entonces se encierra a los hombres en los dormitorios; de diez y media a doce, escuelas; de doce a una, recepción de comidas; de tres a cinco, escuelas; a las cinco, segundo rancho; de cinco y media a seis y media recepción de cenas; a las siete y media recuento de la población penal, y a las nueve silencio. Durante los meses de verano -prosigue- hemos dedicado a la siesta de una a tres de la tarde. Todas las mañanas viene el médico de Prisiones, don Juan Vega, doctor competentísimo y una institución ya en esta cárcel. Ya ha visto como estamos aquí de enfermos. Actualmente no hay ninguno, para fortuna de todos. -¿Cuáles son las penas que aquí se cumplen? - En la Chancillería de Valladolid se extinguen las siguientes penas: arrestos gubernativo y municipal, prisión menor y mayor. - De modo -interrumpo- que en la cárcel de Valladolid se puede estar desde una hora a seis años?…


- O más tiempo, pero en ese caso sería por acumulación de penas. - ¿Sólo en ese caso? - O también en espera de mayores condenas, como lugar de trámite. -Ahora se hallan aquí los reos del crimen de Urueña, indultados de la última pena, y otros condenados a prisión mayor, que esperan órdenes de destino a alguno de los presidios españoles. Los presos Abandonamos el patio, departiendo agradablemente con el señor Manso, gran conocedor de la ciencia criminológica, y volvemos al despacho del director. Mientras allí ordeno mis notas, me refieren algunos episodios de algún recluso, los comienzos de la pena de descuidero, hasta llegar al borde del cadalso, la perdición de una jovencita por el lujo, siempre el trivial camino de la depravación y la desdicha. Los presos dentro de la desgracia de verse privados de la libertad, se hallan satisfechos en Chancillería; se les trata bien, se les atiende solicitamente, y se procura por todos los medios su regeneración, sin olvidar la severidad y vigilancia. Además del personal de vigilantes, están al servicio de la cárcel once soldados, con un cabo y un sargento, que hacen centinela a la puerta de entrada y en el muro de ronda o recinto. al abandonar la vieja cárcel, después de agradecer a los directores de aquel establecimiento las numerosas atenciones que me dispensaron, salgo apenado al dejar en el encierro a aquellos infelices, pero convencido de la necesaria expiación del delito. ¿Qué suerte cabrá a aquéllos enviciados jóvenes y a aquéllas muchachuelas, a aquéllos viejos calvos, a aquéllas ancianas encanecidas? ¿Seguirán siendo carne de presidio? Yo, piadosamente, quiero pensar en un arrepentimiento sincero, en una enmienda justa, en una regeneración que -en frase del convertido apóstol- haga del hombre viejo un hombre nuevo. Y quiero pensar también que lo que hoy es cárcel, deje de serlo pronto: que Valladolid tenga en breve para esos desgraciados un edificio más sano, más cómodo, más ventilado, más higiénico. F. Carmona

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La cárcel de chancillería 1912_1913  

Artículos periodísticos aparecidos en El Norte de Castilla en 1912 y en 1913. Narran la vida en la Cárcel de Chancillería en aquellos moment...

La cárcel de chancillería 1912_1913  

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