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AsociaciĂłn Pro Cultura Occidental, A.C. Guadalajara, Jalisco, MĂŠxico


Primera edición 1942, editorial Sopena, Buenos Aires, Argentina. ueda prohibida la reproducción parcial o total de esta obra por cualesquier medios, ya sea mecánico o digitalizado u otro medio de almacenamiento de información, sin la autorización previa por escrito del editor. Copyright Derechos Reservados Segunda edición Septiembre de 2015 Asociación Pro Cultura Occidental, A.C. Avenida Américas #384 C.P. 44600 Tel. (0133) 3630 6142 Guadalajara, Jalisco, México www.editorialapc.com.mx apcbuenlibro@yahoo.com.mx

Impreso en México Printed in Mexico


EL PRÍNCIPE CRISTIANO El Padre PEDRO DE RIBADENEYRA, S. J., nació en Toledo (España), el 1° de noviembre de 1526. Su verdadero apellido era Ortiz de Cisneros, pero él mismo adoptó el de Ribadeneyra, tomándolo del origen de su abuela materna, que procedía de la riba de Neira en Galicia. Hallándose en Roma, en calidad de paje del cardenal Alejandro Farnesio, fue recibido por San Ignacio en la Compañía de Jesús, cuando contaba tan sólo 14 años de edad no cumplidos. En 1542 fue a París para perfeccionar sus estudios, luego a Lovaina y, por fin, a Padua. El año 1549 fue designado profesor de retórica en Palermo. Terminada su carrera eclesiástica, fue ordenado sacerdote en Roma el año 1553. En 1555 fue enviado a Flandes por San Ignacio para ciertos delicados negocios que trató con muy buen tino. Con esta ocasión adquirió en aquella tierra celebridad con sus elocuentes sermones en latín. Vuelto a Italia, ocupó distintos cargos de gobierno en la Orden, llegando a ser Provincial de Lombardía y Asistente del General de la Compañía de Jesús. En 1574 regresó a España con la salud algo quebrantada, después de tan larga ausencia, y residió habitualmente unas veces en Toledo y otras en Madrid. En este último período de su vida, que se prolongó por espacio de 37 años, escribió el Padre Pedro de Ribadeneyra sus celebrados libros, modelos de elegancia en el decir, gracias a su formación literaria y a sus muchos viajes, que le dieron ocasión de conocer bien a los hombres y las cosas de su tiempo. Murió santamente en Madrid el 22 de septiembre de 1611, a la edad de 84 años, habiendo vivido 71 en la Compañía de Jesús.


ÍNDICE Introducción......................................................................17 El autor Al cristiano y piadoso lector............................................21 LIBRO PRIMERO I La cuenta que todas las naciones y repúblicas del mundo tuvieron con su religión....................................27 II Que los malos príncipes también se sirven de la religión para mejor engañar, como enseñan los políticos...................................................................................30 III La cuenta que se debe tener con la religión, según la doctrina de los filósofos.........................................33 IV Del cuidado que la república romana tuvo de su falsa religión para conservación de su imperio..................38 V De la excelencia de la religión cristiana.........................41 VI Los nombres que tiene en la sagrada escritura la religión cristiana, por los cuales se declara su excelencia, y que ella nos enseña lo que debemos hacer.........................................................................................48 VII Lo que la religión cristiana enseña deben hacer los príncipes con la misma religión, para conservación de sus Estados........................................................................50


VIII Que por lo que nuestra religión nos enseña de la excelencia y majestad de Dios, le debemos suma veneración...............................................................................55 IX La providencia que Dios tiene de todas las cosas, y más particularmente de los hombres....................58 X Que la providencia de Dios es más fraternal para con los buenos reyes, y por esto deben ellos ser más celosos de la religión...............................................61 XI Cual sea la verdadera felicidad de los reyes y premio de sus trabajos...........................................................64 XII La cuenta que todos los buenos reyes tuvieron siempre con nuestra santa religión, y que las ceremonias con que son coronados los enseña a tenerla.......................................................................................68 XIII Que la razón enseña a los reyes la cuenta que deben tener de la religión......................................................74 XIV Pruébase con algunos ejemplos que los príncipes que siguen la razón falsa de Estado destruyen sus Estados y señoríos........................................79 XV Prosigue el capítulo pasado.............................................84 XVI Que los príncipes que se gobiernan por la ley de Dios más que por la falsa razón de Estado son favorecidos de Dios...............................................................89


XVII Que el príncipe católico debe cuidar de la religión que profesan sus subditos......................................96 XVIII Pruébase lo mismo con ejemplos de algunos emperadores..........................................................................101 XIX Que de tal manera deben los príncipes seglares favorecer las cosas de la religión, que no se hagan jueces de ellas .......................................................................105 XX Prosigue el capítulo pasado...........................................110 XXI Pruébase lo mismo por autoridades de santos, y por razónes...................................................................114 XXII ¿Por qué los príncipes seglares, no siendo jueces de la iglesia, hacen leyes que pertenecen a ella?.........................................................................................120 XXIII Que es imposible que hagan buena liga herejes con católicos en una república...........................................124 XXIV Pruébase esto mismo por autoridades y ejemplos santos....................................................................130 XXV Que ninguna cosa de la fe se puede tener por pequeña, y cuántas y cuán grandes son las que los herejes de estos tiempos impugnan...................................136


XXVI Que los herejes deben ser castigados, y cuán perjudicial sea la libertad de conciencia ...........................140 XXVII Que las herejías son causa de revoluciones y perdimientos de Estados.....................................................148 XXVIII Prosigue el capítulo pasado, y declárase la otra razón por qué los herejes son causa de turbaciones............................................................................154 XXIX Los castigos que Nuestro Señor da a los príncipes y repúblicas contaminadas de herejía...............157 XXX Que la religión cristiana enseña a los príncipes lo que deben hacer cuando, por algún pecado grave, son castigados de la Iglesia......................................161 XXXI Prosigue el capítulo pasado...........................................165 XXXII Lo que se debe temer la excomunión...............................169 XXXIII El caso que hicieron los gentiles de ser apartados de las cosas sagradas..........................................173 XXXIV Algunos castigos y milagros que ha hecho Dios contra los excomulgados ..........................................175 XXXV El respeto que deben tener los príncipes a los ministros de la santa Iglesia................................................178


XXXVI El respeto y reverencia que se debe tener a los templos de Dios...................................................................185 XXXVII El recato que deben usar los príncipes en aprovecharse de los bienes de la Iglesia............................188 XXXVIII Prosigue la materia del capítulo pasado............................195 LIBRO SEGUNDO I Que solo en la religión cristiana se halla perfecta virtud......................................................................................199 II Que las virtudes del príncipe cristiano deben ser verdaderas virtudes, y no fingidas, como enseña Maquiavelo...............................................................203 III Que Maquiavelo pretende que el príncipe sea hipócrita; y cuanto aborrece Dios la hipocresía...............................................................................208 IV Las falsas razónes que traen los políticos para persuadir esta hipocresía, y si se puede tolerar alguna simulación en el príncipe........................................214 V De la justicia del príncipe ...................................................220 VI De la distribución de las honras.........................................225


VII Prosigue el capítulo de la justa distribución de las honras...............................................................................229 VIII Algunas cosas que deben advertir los príncipes en el hacer mercedes............................................................237 IX La justicia que debe guardar el príncipe en los tributos y cargas de la república, y la diferencia que hay entre el rey y el tirano............................................238 X Algunos avisos que deben guardar los príncipes en las cargas que echan a sus súbditos..............................242 XI Que el príncipe debe procurar que su reino sea rico y abundante, y que los labradores y mercaderes sean favorecidos..............................................250 XII De los jueces que debe escoger el príncipe, y las partesque deben tener....................................................254 XIII De otras cosas que deben tener los jueces..................260 XIV La vigilancia que debe tener el príncipe sobre sus jueces y ministros..........................................................263 XV Cómo el príncipe debe cumplir su fe y palabra.........265 XVI Prosigue el capítulo pasado...........................................270


XVII Algunos castigos que ha dado el Señor a los príncipes que han quebrantado su juramento y palabra....................................................................................272 XVIII De la clemencia que debe tener el príncipe cristiano.................................................................................276 XIX Que por el demasiado rigor algunos príncipes perdieron sus Estados....................................................282 XX De la liberalidad y magnificencia del príncipe.................284 XXI De la virtud de la templanza que debe tener el príncipe..................................................................................286 XXII Cuan excelente sea en el príncipe la virtud de la templanza..........................................................................290 XXIII De la prudencia del príncipe..............................................294 XXIV De la necesidad que tiene el príncipe de consejo......296 XXV Las partes que deben tener los consejeros de los príncipes................................................................................302 XXVI De la tercera cosa que deben tener los consejeros de los príncipes.....................................................................306


XXVII Lo que deben hacer para acertar los consejeros de los príncipes.....................................................................308 XXVIII Que cualquier consejo es vano sin Dios, y la privanza de los príncipes, frágil..........................................310 XXIX Cómo se debe guardar el príncipe de los lisonjeros................................................................................314 XXX Cómo se conocerá el falso amigo del del verdadero...............................................................................318 XXXI De otras cosas que enseña la prudencia......................322 XXXII Prosigue la materia del antecedente.............................328 XXXIII Cómo se alcanza la prudencia.......................................334 XXXIV De la fortaleza que debe tener el príncipe cristiano, y lo que enseña de ella maquiavelo...................336 XXXV Examínanse las razónes de Maquiavelo............................341 XXXVI La semejanza que tiene la religión cristiana con Cristo, y con que ojos debe ser mirada.....................346 XXXVII En qué consiste la verdadera fortaleza........................349


XXXVIII De los soldados y capitanes valerosos que ha producido la religión cristiana............................................353 XXXIX Que la regalada educación es causa que los hombres no sean fuertes y valientes..................................359 XL Que los malos príncipes son verdugos y ministros de la justicia de Dios.....................................364 XLI De la primera cosa que debe hacer el príncipe cristiano para alcanzar la fortaleza, que es pedirla a Dios.....................................................................................370 XLII Algunas victorias milagrosas que ha dado Dios.........374 XLIII Cómo debe el príncipe estimar el arte militar............379 XLIV Conclusión y recapitulación de este tratado...............385


INTRODUCCIÓN A muchos de los lectores de este libro sonará por vez primera en sus oídos el nombre del padre Pedro de Ribadeneyra; sin embargo, se trata de uno de los escritores más fecundos y castizos de las letras castellanas en su siglo de oro. Ribadeneyra nació en 1526 y murió en 1611: esto quiere decir que su vida se desenvolvió enteramente durante la segunda mitad del siglo XVI y principios del siglo XVII, al tiempo que la literatura castellana adquirió su máximo esplendor. Hemos indicado que Ribadeneyra fue un autor muy fecundo y por demás castizo. Vamos, pues, a desentrañar algún tanto estas ideas antes de hablar en particular del tratado Religión y virtudes que debe tener el Príncipe cristiano para gobernar y conservar sus Estados, que aquí se publica. El padre Ribadeneyra escribió principalmente en dos lenguas: en latín, que poseía a la perfección, y en castellano; y, entre los libros escritos en castellano, unos fueron traducciones del latín y otros originales. Bastará para dar una idea de la fecundidad del padre Ribadeneyra indicar las principales obras de estas tres categorías que vieron la luz pública, omitiendo las inéditas, que no son pocas. Escribió en latín la primera vida de San Ignacio de Loyola con este título: Vita Ignatii Loyolœ, Societatis Jesu Fundatoris, que vio la luz pública en Nápoles en 1572, y la bibliografía de escritores jesuitas con este epígrafe: Illustrium Scriptorum Societatis Jesu Catalogus, publicado en Amberes en 1608. En esta obra cierra Ribadeneyra la serie de todos los escritores jesuitas del primer siglo de la Compañía de Jesús, declarándose a sí mismo el último y el menos digno de todos los hijos de ella. Entre las traducciones del latín al castellano cabe señalar: 1° Tratado de las Virtudes, subtitulado Paraíso del Alma, compuesto por San Alberto Magno: al final de cada capítulo van añadidas unas oraciones para pedir a Nuestro Señor aquella virtud que en el capítulo se contiene; 2° Libro de Meditaciones, Soliloquios y Manual del glorioso Doctor de la Iglesia San Agustín; 3° Confesiones del glorioso Doctor de la Iglesia San Agustín.


RIBADENEYRA

Entre las obras originales del padre Ribadeneyra escritas en castellano sobresalen en primer lugar: el Flos Sanctorum o Vidas de los Santos, que ha sido indudablemente la más popular y de la cual se hicieron traducciones a diversas lenguas, señaladamente al latín y al francés; Vida del bienaventurado padre maestro Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, que es una ampliación de la que antes había escrito Ribadeneyra en latín; Vida del padre maestro Diego Láinez, uno de los compañeros del padre Ignacio y segundo Prepósito General; Vida del padre Francisco de Borja, que fue Duque de Gandía y tercer Prepósito General de la Compañía de Jesús; Historia eclesiástica del Cisma del Reino de Inglaterra; Tratado de la Tribulación; Tratado de las Virtudes del Príncipe cristiano contra Maquiavelo y los políticos. Este último es el que ahora con singular acierto reproduce en este volumen la EDITORIAL SOPENA ARGENTINA. En la misma portada de este precioso tratado, el padre Ribadeneyra expresó los dos conceptos que se proponía Él desarrollar en el decurso del mismo, a saber: dar la doctrina católica y buena que debe tener presente el príncipe cristiano para la buena gobernación de sus Estados y combatir la mala que el italiano Maquiavelo había inoculado a los políticos del siglo XVI, algunos de los cuales habían dejado atrás a su propio maestro. Con gran tino el autor analiza las normas de prudencia humana que deben regir los actos de los gobernantes, las cuales son tan universales y apropiadas a su objeto, que pueden aprovechar indistintamente a los gobernantes de nuestros días y, en general, a todos aquellos que en alguna forma tienen cargo de los demás, como patronos, oficiales del ejército, jefes de oficina o de taller, etc. Basta recorrer los títulos de los capítulos para imponerse al punto del carácter de la obra y de los acertados consejos que sobria y elegantemente desenvuelve el padre Ribadeneyra en este tratado. Y pasemos ya a decir algo del valor literario de este libro. Este tratado apareció en Madrid, por vez primera, el año 1595, cuando su autor se hallaba en plena madurez de vida, pues contaba a la sazón 68 años de edad. Don 18


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Modesto de la Fuente dice de El Príncipe Cristiano –que así se llama vulgarmente este tratado del padre Ribadeneyra– que es «uno de los libros mejores que salieron de su pluma y que podemos llamar una de las más apreciables joyas de nuestra literatura clásica en su siglo de oro». En cuanto a la excelencia del estilo del padre Ribadeneyra en este y en todos sus escritos, no estará de más añadir otros testimonios de reconocida competencia. El célebre crítico de la literatura castellana Juan Andrés dice: «Sería inútil buscar en la oratoria moderna obras que se acerquen más a la elocuencia ciceroniana que las del Padre Ribadeneyra». El padre Mir, en la introducción de uno de los libros del padre Ribadeneyra, dice de Él que «es quizá el escritor de aquel tiempo (siglo de oro) en cuyos libros fluye la lengua castellana más libre y exenta de modismos anticuados, de voces y locuciones viciosas y de transposición violenta; no hay en ellos frase o giro de que no pueda usarse hoy con igual propiedad y elegancia». El padre Ribadeneyra dedicó su libro al Príncipe de Asturias que, dentro de tres años, iba a ser Felipe III, y, apenas pudo disponer de ejemplares, puso uno en manos del príncipe a quien lo dedicaba, y otro lo entregó al rey su padre, Felipe II, que se lo mandó estudiar detenidamente, recomendándoselo como código fundamental de los deberes que debe cumplir un príncipe católico. Se cuenta que Felipe III leyó y releyó el libro, en medio de su habitual indolencia, impregnándose en su doctrina de tal manera que, si le faltaron las cualidades de buen rey, no le faltaron, al menos, las de rey cristiano. El libro hizo también fortuna en la corte de España, y la grandeza lo leyó con gusto y con provecho. Buena falta hacia, pues en España no había dejado de haber algunos Maquiavelos. El padre Ribadeneyra divide su tratado en dos libros. El primero tiene un colorido enteramente religioso e histórico; en Él se manifiestan los deberes que tiene el príncipe para con la religión del Estado, probándolo con numerosas citas, ejemplos y testimonios de la historia y literatura antiguas, sobre todo de la romana; y, pasando de las falsas 19


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religiones a la verdadera, advierte al gobernante sus deberes respecto de la Iglesia y religión católica. En su segundo libro desciende el padre Ribadeneyra a observaciones más prácticas y consejos en cosas seculares y profanas, como ser la administración de justicia, la distribución de honras y premios, el reparto de cargos y tributos, destinando incluso un capítulo a «procurar que los labradores y mercaderes sean favorecidos». El Príncipe Cristiano del padre Ribadeneyra tuvo grande aceptación entre el público, como lo demuestra así la divulgación que tuvo en la corte de España como las varias ediciones y traducciones que se hicieron del mismo. He aquí las ediciones de El Príncipe Cristiano: 1595 en Madrid, 1597 en Amberes, 1601 en Amberes, 1605 en Madrid, 1788 en Madrid y 1868 en Madrid. El año 1603 apareció su traducción latina en Amberes hecha por el padre Juan Orán, S. J., y el año 1610 apareció en Dovay su traducción francesa hecha por P. Eys. La reproducción de este precioso tratado se hace con base en la edición de Madrid del año 1788, y cuantos lo leyeren advertirán al instante la gran cultura humanística de su autor y lo castizo de su estilo, exento casi enteramente de modismos anticuados que tanto abundan en los autores de su misma época. IGNACIO PUIG, S. J.

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EL AUTOR

AL CRISTIANO Y PIADOSO LECTOR

Nicolás Maquiavelo fue hombre que se dio mucho al estudio de la política y gobierno de la República y de aquella que comúnmente llaman razón de Estado. Escribió algunos libros en que enseña esta razón de Estado, y forma un Príncipe valeroso y magnánimo, y le da los preceptos y avisos que debe guardar para conservar y amplificar sus Estados. Pero como Él era hombre impío, y sin Dios, así su doctrina (como agua derivada de fuente inficionada) es turbia y ponzoñosa, y propia para atosigar a los que bebieren de ella. Porque tomando por fundamento que el blanco a que siempre debe mirar el Príncipe es la conservación de su Estado, y que para este fin se ha de servir de cualesquiera medios, malos o buenos, justos o injustos, que le puedan aprovechar, pone entre estos medios el de nuestra santa religión, y enseña que el Príncipe no debe tener más cuenta con ella de lo que conviene a su Estado. Y que para conservarle debe algunas veces mostrarse piadoso, aunque no lo sea; y otras abrazar cualquier religión, por desatinada que sea. ¿Quién puede sin lágrimas oír los otros preceptos que da este hombre para conservar los Estados, viendo el ansia con que algunos hombres de Estado los desean saber, la atención con que los leen y la estima que hacen de ellos, como si fuesen venidos del cielo (para su conservación), y no del infierno para ruina de todos los Estados? Porque además de hablar bajamente de la Iglesia católica y romana, y atribuir las leyes y victorias de Moisés, no a Dios que le guiaba, sino a su valor y poder, y la felicidad del hombre al acaso y a la fortuna, y no a la religión y a la virtud, enseña que el Príncipe debe creer más a sí que a ningún sabio consejo, y que no hay otra causa justa para hacer guerra sino la que parece al Príncipe que le es conveniente o necesaria; y que para cortar toda esperanza de paz, debe hacer notables injurias y agravios a sus enemigos; y que para destruir alguna ciudad o provincia sin guerra, no hay tal como sembrarla de pecados y vicios; y que se debe persuadir que las injurias pasadas jamás se olvidan, por muchos beneficios que se hagan al que las recibió. Que se debe imitar a algún tirano valeroso en el gobierno, y desear ser más temido que


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amado, porque no hay que fiar en amistad, y otras cosas semejantes a éstas, todas dignas de quien Él era, y de ser desterradas de los consejos de cualquier príncipe cristiano, prudente y amigo de conservar su Estado. Sembró al principio este mal hombre y ministro de Satanás esta perversa y diabólica doctrina en Italia (porque, como en el título de sus obras se dice, fue ciudadano y secretario florentino). Después, con las herejías que el mismo Satanás ha levantado, se ha ido extendiendo y penetrando a otras provincias, e inficionándolas de manera que con estar las de Francia, Flandes, Escocia, Inglaterra y otras abrasadas con el fuego infernal de ellas, y ser increíbles las calamidades que con este incendio padecen, no son tantas ni tan grandes como las que les ha causado esta doctrina de Maquiavelo y esta falsa y perniciosa razón de Estado. Porque son tantos los discípulos de este impío maestro, y tantos los políticos que con nombre de cristianos persiguen a Jesucristo, que no se puede fácilmente creer ni el número que hay de ellos, ni los daños que hacen, ni el estado lastimoso y miserable en que tienen puesta la República. Los herejes, con ser centellas del Infierno y enemigos de toda religión, profesan alguna religión; y entre los muchos errores que enseñan, mezclan algunas verdades. Los políticos y discípulos de Maquiavelo no tienen religión alguna, ni hacen diferencia que la religión sea falsa o verdadera, sino si es a propósito para su razón de Estado. Y así, los herejes quitan parte de la religión, y los políticos toda la religión. Los herejes son enemigos descubiertos de la Iglesia Católica, y como de tales nos podemos guardar; mas los políticos son amigos fingidos, y enemigos verdaderos y domésticos, que con beso de falsa paz matan como Judas; y vestidos de piel de oveja, despedazan como lobos el ganado del Señor; y con nombre y máscara de católicos, arrancan, destruyen y arruinan la fe católica. La voz es voz de Jacob, y las manos son manos de Esaú. ¡Oh locos y desvariados los que se dejan arrebatar de esta corriente, y llegan a un punto de tan extremada miseria y ceguedad, que vienen a negar (si no con sus palabras, con sus consejos y vanas razones de Estado) que no hay Dios, y que no tiene providencia de los Estados! Porque, ¿qué mayor desventura puede ser que no entender lo que entienden todos los hombres de entendimiento, que no oír las voces de todas las creaturas que están 22


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clamando (como dice San Agustín): Ipse fecit nos, et non ipsi nos? El Señor nos hizo, que nosotros no nos hicimos. ¿Que no leer en este gran libro del mundo lo que todos los sabios del mundo, de todas las naciones y de todos los siglos leyeron y enseñaron? Bien dijo el real profeta1: El necio dijo en su corazón que no hay Dios, porque esta es la más fina y dañosa necedad de todas; y tal, que el hombre que llega a ella no puede llegar a mayor bajeza ni a estado más lastimoso y miserable. Desventurados son estos nuestros tiempos, y grandes nuestros pecados, pues así han provocado contra nosotros la ira del Señor, que permita que hombres en sangre ilustres, y tenidos en la doctrina por letrados, en la prudencia por cuerdos, en la apariencia exterior por modestos y pacíficos, sigan a un hombre tan desvariado e impío como Maquiavelo, y tomen por regla sus preceptos, y los de otros hombres tan impíos y necios como él, para regir y conservar los Estados, que da el mismo Dios y guarda Dios, y sin Dios no se pueden conservar. Y digo que toman por regla lo que escriben otros autores semejantes a Maquiavelo porque tienen por oráculo lo que Cornelio Tácito, historiador gentil, escribió en sus anales del gobierno de Tiberio César; y alaban y magnifican lo que Juan Bodino, jurisconsulto, y Monsieur de la Noue, soldado, y otro Plessis Mornay, todos tres autores franceses, en nuestros días de esta materia han enseñado. Pero para mostrar el disparate de los que, siendo cristianos, toman por guías de este camino a hombres tan ciegos y descaminados como éstos, basta decir que Cornelio Tácito fue gentil e idólatra, y enemigo de Cristo, nuestro redentor, y de los cristianos (de los cuales, como hombre impío y desbaratado, habla vil y despreciadamente); y que no es justo que en materia de nuestra santa religión creamos a hombre tan contrario a la religión, y a nuestro mismo enemigo, ni que los príncipes cristianos tomen por dechado y modelo de su gobierno lo que hizo en el suyo un emperador tan vicioso, deshonesto, avaro y cruel, y tan vituperado de todos los mismos historiadores gentiles, como fue Tiberio. Pues ¿qué diré del señor de la Noue y de Plessis Mornay, sino que el uno fue hereje calvinista, y el otro lo es, y ambos políticos, ambos enemigos de Jesucristo, en la vida y en la doctrina, en lo que hicieron y enseñaron? ¿Qué de las obras 1

Psalm. 13.

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de Juan Bodino, que andan en manos de los hombres de Estado, y son leídas con mucha curiosidad y alabadas como escritas de un varón docto, experimentado y prudente, y gran maestro de toda buena razón de Estado, no mirando que están sembradas de tantas opiniones falsas y errores, que por mucho que los que las han traducido de la lengua francesa en la italiana y en la castellana las han procurado purgar y enmendar, no lo han podido hacer tan enteramente, que no queden muchas más cosas que purgar y que enmendar? Estas son las fuentes de que beben los políticos de nuestro tiempo, éstas las guías que siguen, éstos los preceptores que oyen, y la regla con que regulan sus consejos. Tiberio, viciosísimo y abominable emperador; Tácito, historiador gentil y enemigo de cristianos; Maquiavelo, consejero impío; la Noue, soldado calvinista; Mornay, profano; Bodino (por hablar de Él con modestia), ni enseñado en teología, ni ejercitado en piedad. Y por seguir a éstos, dejan el camino derecho y llano que la misma razón natural nos descubre y Dios nos enseñó, y su Hijo benditísimo nos manifestó, y tantos y tan sabios doctores nos mostraron, y todos los buenos príncipes cristianos anduvieron, y los malos dejaron; y echando por la falsa razón de Estado, se despeñaron y perdieron sus Estados, como en este libro se verá. El cual, yo, movido de celo de la gloria de Dios y del bien de la República, en esta mi cansada vejez (después de haber leído, oído y visto muchas cosas en varias y diversas provincias, y tenido comunicación y amistad con algunos gobernadores y varones prudentes, de quien podía aprender), me he puesto a escribir, para desengaño de los que sin mirar lo que hacen se dejan llevar de esta doctrina, y para prevención y aviso de los que aun no han entrado en este ciego e inexplicable laberinto. A algunos, por ventura, les parecerá que son muy diferentes las leyes de la religión, y las de la prudencia civil y política, y que no puede bien enseñar a gobernar los Estados el que no los ha gobernado. Mas como yo no pretendo principalmente en este Tratado dar leyes del gobierno político a los príncipes, sino enseñarles cómo deben gobernar y conservar sus Estados según las leyes de Dios, y refutar los errores y engaños de los que enseñan lo contrario, no creo que ninguno, con razón, me podrá reprender, ni tener esta materia tan importante y necesaria por ajena de mi hábito y profe24


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sión, pues Santo Tomás y Egidio Romano, y otros religiosos y doctísimos varones, no la tuvieron por ajena del suyo, y escribieron admirables libros del gobierno de los príncipes. Y porque ninguno piense que yo desecho toda la razón de Estado (como si no hubiese ninguna), y las reglas de prudencia con que después de Dios se fundan, acreditan, gobiernan y conservan los Estados, ante todas cosas digo que hay razón de Estado, y que todos los príncipes la deben tener siempre delante de los ojos si quieren acertar a gobernar y conservar sus Estados. Pero que esta razón de Estado no es una sola, sino dos: una, falsa y aparente; otra, sólida y verdadera; una, engañosa y diabólica; otra, cierta y divina; una, que del Estado hace religión; otra, que de la religión hace Estado; una, enseñada de los políticos y fundada en vana prudencia y en humanos y ruines medios; otra, enseñada de Dios, que estriba en el mismo Dios y en los medios que él, con su paternal providencia, descubre a los príncipes, y les da fuerzas para usar bien de ellos como Señor de todos los Estados. Pues lo que en este libro pretendemos tratar es la diferencia que hay de estas dos razones de Estado; y amonestar a los príncipes cristianos, y a los consejeros que tienen consigo, y a todos los otros que se precian de hombres de Estado, que se persuadan que Dios sólo funda los Estados, y los da a quien es servido; y los establece, amplifica y defiende a su voluntad; y que la mejor manera de conservarlos es tenerle grato y propicio, guardando su santa ley, obedeciendo a sus mandamientos, respetando su religión, y tomando todos los medios que ella nos da, o que no repugnan a lo que ella nos enseña; y que esta es la verdadera, cierta y segura razón de Estado, y la de Maquiavelo y de los políticos es falsa, incierta y engañosa. Porque es verdad cierta e infalible que el Estado no se puede apartar bien de la religión, ni conservarse, sino conservando la misma religión, como lo enseñan los mismos gentiles2, y mucho mejor nuestros Santos Padres, que fueron doctores y lumbreras de la Iglesia Católica, como en el discurso de nuestro libro se verá. 2 Cic., lib. 1 de Legibus. Valerius Max., lib. 1, cap. I Amb., lib. 5, ep. 29, 30 y 31. Aug., epíst. 50. Leo, epíst. 75. Greg., lib. 2, ep. 6. Bern., ep. 243, ad Conradum Imperatorem.

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Va dividido este tratado en dos partes: la primera, de lo que deben hacer los príncipes con la religión como tutores, defensores e hijos que son de la Iglesia; la segunda, de lo que deben hacer para el gobierno político y temporal de sus reinos; y las verdaderas y perfectas virtudes con que para administrarlos bien, y conservarlos, deben resplandecer. Y porque escribimos para gente grave, sabia y ocupada, procuraremos, con el favor del Señor, recoger las cosas más principales que hacen a nuestro propósito, y resumirlas con brevedad en este Tratado, cercenando otras muchas que se podrían decir, y se hallarán en los muchos libros que Platón, Jenofonte, Aristóteles, Cicerón, Séneca, Plutarco, Santo Tomás, Egidio Romano, Francisco Patricio, Crisóstomo Javelo y otros autores antiguos y modernos han escrito del gobierno de los reinos y Estados. Si no agradare lo que escribiremos a los discípulos de Maquiavelo, por tener estragado el gusto, esperamos en Dios que será sabroso y provechoso a todos los que tienen limpio y sano el paladar, y desean cumplir con la piedad cristiana, para los cuales principalmente nos hemos tomado este trabajo.


El Principe Cristiano  

El autor nos comparte la doctrina católica que debe tener presente el príncipe cristiano para la buena gobernación de sus Estados y combatir...

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