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Sobrenatural fan-fiction

Cadena de Condena

C ADENA DE CONDENA Era un sobre normal. La decoración con dibujos de Winnie de Pooh y la caligrafía irregular, revelaban que estaba escrita por una mano infantil. “Paula Jones” rezaba el destinatario. No había remitente. Anne sonrió y pensó en lo contenta que se pondría su hija, de tan sólo cinco años, al recibir su primera correspondencia. La abrieron entre las dos, entre risas y saltitos ilusionados. Anne inclinó el sobre con delicadeza. Lo primero que cayó no fue la hoja de papel cuidadosamente plegada, fue un mechón de cabello ligado con un lacito rojo. Anne recogió el mechón y frunció el ceño. —Mamá —la instó Paula tirando de su camisa—, ¡lee la carta! Anne contuvo una mueca de desagrado y echó un vistazo al texto. Sus sospechas se confirmaron. Ante la mirada impotente de su hija, arrugó el papel en una bola y lo lanzó a la papelera. —¡No! —gritó Paula comenzando a gimotear—. ¡Mi carta, mamá! ¡Has roto mi carta! —No era una carta, Paula —dijo su madre bastante enfadada—. Era una broma de mal gusto. No era una carta —repitió recuperando su tono dulce—. Haremos una cosa: ve a buscar el papel de Mickey y escribiremos nosotras una a tu primo David. Seguro que él te contesta y así tendrás cartas de verdad. La mejor forma de recibir una carta es mandar una primero. —¿Puedo hacer un dibujo? —preguntó la niña más animada. —Claro, lo que quieras. *** Era noche cerrada. Ben dormía a su lado, roncando ligeramente. Anne llevaba horas intentando conciliar el sueño pero era imposible. Le había parecido oír un ruido, pero no se había repetido. Y, sin embargo, la había desvelado por completo. Decidió levantarse a por un vaso de agua. Al salir al pasillo volvió a oír el ruido. Pensó en regresar a la habitación y despertar a su marido. Quizás hubiera ladrones, aunque puede que no fuera más que otro mapache furtivo. No era la primera vez que tenían problemas con la fauna local.

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Bajó las escaleras sin encender la luz, no hacía falta. La luna se filtraba por los cristales dejando la estancia en una penumbra que permitía avanzar sin tropezar. Ya desde el piso superior, pudo apreciar la silueta infantil en la planta baja. —Paula —dijo suspirando aliviada—. ¿Qué haces despierta a estas horas? Nadie contestó. La niña permanecía inmóvil, parcialmente escondida por las sombras. —¿Paula? —preguntó Anne bajando los últimos escalones. Retrocedió asustada. Esa no era su hija. Antes de que pudiera reaccionar, la niña desapareció. Sólo había sido un segundo pero a la luz de la luna le había parecido ver un rostro mortalmente desfigurado, al que le faltaban la mayor parte de los dientes y con el cuero cabelludo parcialmente desprendido del cráneo. Un segundo. Lo suficiente para verlo, pero no lo suficiente para creer en lo que había visto. Respiró aliviada. Sin duda, las alitas picantes no constituían una cena muy digestiva. Volvió a subir las escaleras. Todavía tenía sed pero prefería regresar a la seguridad del lecho compartido. No llegó a subir el peldaño. La macabra niña estaba allí. Hizo algo parecido a sonreír cuando se abalanzó hacia ella con las manos extendidas. Los gritos de Anne rompieron la quietud de la noche.

***

SUPERNATURAL *** —Agentes Ulrich y Hetfield del F.B.I. —se identificó Dean enseñando de pasada la documentación falsa. —Sí, sí —dijo el conserje sin prestar atención—, me dijeron que vendrían. Pasen, pasen.

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Sam y Dean intercambiaron miradas. No solían ponerles muchas trabas para entrar en los depósitos, pero no era habitual llegar con la cita concertada. —¿Le dijeron que vendríamos? —preguntó Sam mientras entraban en el depósito. —Bueno. —El conserje se encogió de hombros—. No exactamente. Pero el sheriff dijo que si era necesario pediría ayuda a los federales, y están aquí así que… —¿Tan mal está el asunto? —Es la tercera muerte, y todos eran padres de niños pequeños, dígamelo usted: ¿Es lo suficientemente malo? —Abrió uno de los contenedores y sacó el cuerpo que contenía. Estaba cubierto por una sábana pero a través de ella se intuían las curvas de un cuerpo femenino—. Anne Jones: ama de casa y madre de una niña de cinco años. Les dejo con el cuerpo —dijo el conserje abandonando la habitación—, prefiero no verlo, acabo de desayunar. La puerta se cerró dejándolos solos en la fría estancia. Olía a formaldehído y a líquido desinfectante pero ni siquiera esas substancias podían tapar el olor a putrefacción de la carne empezando a descomponerse. —Acabemos con esto —dijo Dean tirando de la sábana. Anne debía haber sido bastante bonita, al menos eso parecía en la foto del informe que tenía Sam en la mano. Media melena castaña y una sonrisa que parecía vender huevos Kinder, debía rondar la treintena. Sin embargo, el cuerpo que yacía en la mesa de autopsias poco tenía poco de esa mujer. Tenía la cara completamente desfigurada, la piel le resbalaba por el lateral del rostro dejando entrever parte del cráneo. En algunas partes de la cabeza, el pelo se había desprendido arrancando cuello cabelludo e incluso fragmentos de hueso, y no costaba nada deducir qué era la substancia grisácea que se intuía en la cavidad. Dean arrugó la nariz y se separó. Sam ni se inmutó, e incluso tiró un poco del cabello para comprobar que la piel no se desprendía con facilidad. —¿Es realmente necesario que hagas eso? —preguntó Dean a su hermano. —El informe dice que murió de un paro cardíaco —dijo éste ignorando su comentario—. Eso no explica lo que le ha sucedido a su cabeza. Las otras dos víctimas presentaban lesiones similares.

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—¿Y ante qué estamos? Quiero decir: parece obra de un adicto al lifting. —En algunas mitologías hay algunos espíritus que arrancan la piel a sus víctimas para disfrazarse de ellas, los ghouls, por ejemplo. —Esto no es obra de un ghoul, Sam. Uno no se deja el disfraz a medio quitar, o a medio poner —dijo dudando—, lo que sea, y se va a buscar otro. —Ya lo sé, sólo exponía alguna teoría, eso es todo. Aquí no vamos a encontrar nada —dijo cubriendo de nuevo el cuerpo. —¿Y las otras víctimas? —Peter Pitt… —Espera, espera —le interrumpió Dean—. ¿Peter Pitt? ¿Pete Pitt? —¿Puedo seguir? —dijo Sam ignorando el chiste. —Por supuesto. —Peter Pitt y Elizabeth Arlington. El primero era un fontanero y la segunda, maestra de escuela. Aparentemente nada en común, nada que los una a la tercera víctima… —Sí —dijo Dean—, sí tenían una cosa en común. *** —Los tres tenían niños pequeños —dijo Sam recordando las palabras del conserje, mientras observaba desde su asiento en el Impala cómo la pequeña Paula jugaba en su jardín. La casa estaba llena de gente. Era el funeral de la Sra. Jones y parecía haber sido una persona muy querida en el vecindario ya que apenas se podía dar un paso sin tropezar con alguien. Las viejas matronas de ojos rojizos y vestidos con botones hasta el cuello, al más puro estilo Jackie, le provocaban urticaria, así que Dean ideó un plan de huída. Dio una palmadita en el hombro de Sam. —Yo me ocupo de la niña —le dijo. Y realizó una retirada estratégica por la puerta de la cocina, dejando a su hermano pequeño con toda la jauría de afligidas damas. Sam, al verse solo ante el peligro, tragó saliva y se adentró en la horda. ***

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Paula no estaba donde la habían visto jugar antes. Dean inspeccionó los alrededores con la mirada, preguntándose y deseando que la niña no hubiera vuelto a entrar. No le hizo falta. Entre los arbustos vio asomar una oscura cabecita. —Hola —dijo acuclillándose a su lado—. ¿Qué haces escondida? —No quiero que me encuentren —dijo la niña sin alzar la mirada. Tenía surcos claros en su carita sucia que denotaban el paso de las lágrimas. —¿Por qué? ¿Quién no quieres que te encuentre? —Nadie. Es horrible, cada vez que me ven se echan a llorar y dicen “pobrecita, Paula”. Las odio. Dean sonrió. Reconocía esa sensación. También había deseado que el mundo se lo tragara en el entierro de su madre. Sólo guardaba recuerdos fugaces pero ése era uno de ellos. Las vecinas con ojos empañados que se acercaban a él con la intención de reconfortar, y lo único que hacían era ahondar en el dolor. —Sé lo que quieres decir. Yo también perdí a mi madre cuando era pequeño y tuve que aguantar a todas las urracas. —Tía Jane no es una urraca. —No, cierto, no lo es —dijo Dean demasiado tarde para solucionarlo. —¿Siempre duele así? —dijo Paula clavando en él sus ojos azules—. Mamá —se explicó—, ¿siempre me va a doler? Dean dudó un momento, no era una pregunta fácil. Podía decir que se arreglaría todo, que todo pasaría; sería mentir. —Sí —dijo decidiéndose por la verdad—, siempre te va a doler. Era tu mamá y ya no está. Pero te harás mayor y serás más fuerte, será más fácil soportarlo, pero dolerá siempre. —Me lo imaginaba —dijo la pequeña demostrando una entereza poco habitual en alguien de su edad. —¿Qué es eso? —dijo Dean señalando el papel doblado que tenía la niña en la mano. —Es una carta —explicó Paula mostrándole un dibujo infantil de ella con su madre—. Es una carta para mi primo David. Mamá dijo que le escribiéramos una carta, porque así tendría cartas de verdad. —¿Cartas de verdad? —repitió Dean. —Sí. Ayer recibí una carta, pero era una carta de mentira. Mamá se enfadó mucho y la tiró a la basura. ¿Tengo que cortarme el pelo para mandar la carta?

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—¿Qué? —preguntó extrañado. —La carta tenía pelo. ¿Hace falta poner pelo? *** Magdalenas. Un desfile ignorado de magdalenas multicolores poblaba la mesa del salón. Debían de estar contentas de captar la atención del joven de cabello oscuro que las miraba preguntándose cómo se podía hacer una magdalena rosa. —¡Dean! —exclamó Sam aliviado, al ver aparecer a su hermano. —¿Cómo te ha ido? —preguntó éste con sorna mientras avanzaba a grandes pasos hacia la cocina. —Bien y mal —dijo—. He hablado con el marido. Está destrozado, pero no sabe de nadie que quisiera hacer daño a su mujer, no vio nada sospechoso. Pero descubrí algo: Paula va al mismo colegio que los hijos de las otras víctimas. A la misma clase. —Curiosa epidemia escolar: la gripe del papi muerto. —No es como tener piojos pero sí, algo así. ¿Qué estás haciendo? —preguntó al ver a su hermano rebuscar en el cubo de basura. Una de las señoras del salón se presentó con una bandeja de macarrones, pero se giró y salió de allí en cuanto Dean esparció el contenido del cubo por el suelo. —Investigación federal —dijo Sam con una sonrisa nerviosa—. Dean, ¿qué estás haciendo? —repitió entre dientes. Dean se levantó triunfal, mientras retiraba los restos de comida de una bola de papel arrugada y de un sobre decorado con motivos infantiles. —Me falta algo —dijo mientras indagaba entre los deshechos—. ¿Ves pelo? —Sí, veo pelo y veo otras cosas también, que preferiría no ver… ni oler. ¿Pelo? ¿Por qué buscamos pelo? Dean rebuscó en el bolsillo de la americana y sacó un aparato parecido a un walkman pero con más lucecitas que un árbol de Navidad. Las cuatro luces se encendieron intermitentemente acompañadas por un sonido de interferencia. Intercambió una mirada con su hermano que era un «Te lo dije» con todas sus letras, y se agachó para recoger un mechón de cabello castaño, atado por un lazo rojo.

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*** «Amy O’Conell murió el 23 de Marzo de 1804. Fue asesinada a golpes por indios navajos que arrancaron su cabellera convirtiéndola en una calavera sin pelo. Desde entonces, su alma atormentada arranca la cabellera de aquellos que provocan su ira. Un sacerdote me ha dicho lo que tengo que hacer para librarme de su maldición: hay que copiar esta carta nueve veces y enviarla a diez personas junto con un mechón de tu propio cabello. También tienes que reenviar la carta que estás leyendo y el mechón que la acompaña. Tienes una semana de plazo. Si no envías la carta o la destruyes, la maldición de Amy O’Conell caerá sobre ti. Pon tu nombre al final de la lista para que no te la envíen otra vez. :) Patty Shall Jaime Ackles Bridget McDonald …» —Y así una veintena de nombres —dijo Sam tras leer la carta en voz alta. Dean le escuchaba mientras limpiaba el rifle, sentado en su cama del motel. —¿La maldición de la cadena? —exclamó enarcando una ceja—. ¡Increíble! Yo nunca he hecho caso a una cadena y no… —¿Y no qué? ¿Nunca se te ha aparecido un fantasma y te ha intentado matar? —preguntó Sam con una sonrisa malvada. Dean sonrió; tenía un punto de humor cruel pensar que todas las desgracias de su vida habían sucedido por no seguir una cadena de cartas. —Entonces —dijo centrándose en el tema—, ¿por qué los padres? Las cartas van a nombre de los niños. —Dean, tienen cinco años. No saben leer. —Oh, claro. —Pero esto no tiene sentido, si suponemos que la carta se ha mandado diez veces por cada uno de los niños que aparecen en la lista deberíamos tener… más casos. —¿Cuántos más? —¿Cómo que cuántos más?

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—¡Cuéntalos! Si cada uno le envía la carta a diez niños y hay veinte nombres en la lista… ¿Cuántas cartas se han escrito? —¿Por qué me preguntas eso? ¡No estamos en clase de matemáticas! —No lo sabes. —Yo… ¡tengo que pensarlo! Son… potencias, claro que lo sé. —No lo sabes. —¡Vete al infierno! Lo que quiero decir —dijo Sam intentando retomar la conversación inicial—, es que no me creo que sólo haya habido tres padres que no siguieran la cadena. Debería haber más muertos. —Y si la tal Amy murió en 1804 debería haber unos cuantos nombres más en la lista —observó Dean—. Pero deberíamos buscar información sobre Amy O’Conell. Ya sabes: dónde está enterrada y esas cosas. —No servirá de nada —dijo Sam mirando el mechón de cabello con el que jugueteaba entre los dedos—. Sus restos están esparcidos dentro de sobres. ¡Espera! Nueve sobres con tu pelo y el décimo con el mechón original. —El mechón original… —repitió Dean—. ¡El espectro sigue sus restos! La maldición sólo afecta a los que tienen… —El mechón original —concluyeron al unísono. —Pero eso no lo explica todo. ¿Tres muertes en menos de una semana? ¿Por qué ahora si la maldición es de 1804? Eso sin contar con que no hay navajos en Massachussets. Maldición, puede que ni siquiera Amy O’Conell sea real. —Pero algo de real debe de tener, ¿no? —insistió Dean—. Quiero decir que los cuerpos parecían haber sido víctimas de la misma maldición. ¿Y ahora qué? —dijo tras una pausa—. ¿Interrogamos a todos los niños para ver a quién le han mandado cartas? Todos son de la misma clase, del mismo colegio. ¿Cuántas posibilidades hay de que la carta sólo afecte a esos niños? —Hombre —dijo Sam inclinando la cabeza—. Si partimos de nueve o diez mechones originales distribuidos… Déjalo, es imposible saber dónde atacará Amy la próxima vez. —Bueno, alguien ha tenido que escribir esas cartas. Si no saben leer, menos sabrán escribir. Podríamos preguntar a la mamá cómo escogió las direcciones de los chicos. —¿Cuál es el último nombre? —Noah Schwimer

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—Ahí tenemos al remitente de la carta de Paula. Su madre sabrá algo. Sam inclinó la cabeza, tenía sentido. —¿Mamá o biblioteca? —preguntó Dean mostrando su puño. Ambos hermanos sacudieron el puño tres veces y se lo jugaron a piedra, papel o tijera. —¡Mierda! —farfulló el mayor; odiaba las bibliotecas. *** —¿Sra. Schwimmer? Agente McLeod, de la agencia estatal de educación —dijo Sam improvisando la nueva identidad—. Estamos realizando un cuestionario sobre los niveles educativos en las escuelas del estado. ¿Puedo hacer unas preguntas sobre Noah? —La Sra. Schwimmer no está en casa ahora —dijo una jovencita de larga melena rubia y sonrisa encantadora—. Pero yo paso casi todo el tiempo con Noah, su madre es enfermera: turno de noche en el hospital, trabaja mucho. Cassie parecía encantadora y se sonrojaba ligeramente cuando él la miraba. Sam no pudo menos que pensar que había sido muy afortunado al sacar piedra —en realidad, Dean siempre sacaba tijeras—. Si éste estuviera allí, ya habría emprendido un ataque sin cuartel. Él no era así, se repetía mientras intentaba que la mirada no se perdiera bajo la minifalda de la jovencita. —¿Quién es este señor? —preguntó un crío de unos cinco años, pelo rizado y la cara cubierta por pecas. —Sube a tu habitación, Noah —dijo Cassie endureciendo su tono de voz—. El Sr. McLeod viene para hablar de la escuela. —N-no importa —titubeó un momento Sam. No es que le molestase quedarse a solas con Cassie, pero tenía que trabajar. «Trabajo, trabajo, trabajo» era su mantra particular en momentos como ése—. En realidad, desde la agencia de educación quieren saber hasta qué punto saben leer y escribir los niños de tu edad, Noah. —Sé escribir mi nombre —dijo el niño—, y el de mi mamá y coche, y gato y sol… —Muy bien, muy bien, Noah —dijo sin poder reprimir una sonrisa. Del bolsillo de su americana, sacó el sobre sucio con dibujos de Winnie de Pooh que su hermano había rescatado de la basura de los Jones—. ¿Esto lo escribiste tú?

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—¡Sí! —dijo el niño abriendo mucho los ojos—. Es una de las cartas que escribimos, Cassie. Es la de Pa-u-la Jo-nes. —¿Cartas? —preguntó Sam mirando a la jovencita. —¡Es sólo un juego! —se defendió—. No es como si hubiera cometido un delito, es sólo un juego estúpido. —Nadie te está acusando de nada, Cassie —la tranquilizó, tampoco tenía sentido decirle que por su culpa había muerto la Sra. Jones ya que lo único que había hecho era salvar su propia vida— ¿Puedes darme los nombres de las otras personas que recibieron las cartas? Cassie pareció reticente: ya no se sonrojaba, ahora parecía bastante enfadada. La chica desapareció escaleras arriba al mismo tiempo que una versión electrónica de Crazy in Love sonaba desde el bolsillo de Sam. —¿Qué tal la mamá? —preguntó su hermano desde el otro lado del teléfono. —No la he visto, pero la niñera es de tu tipo. —Oh, tío. Bastardo afortunado… —Seguro que no me has llamado para preguntarme eso. —Adivina. He encontrado a Amy O’Conell. Sólo que no se llama Amy O’Conell, se llamaba Alice O’Callahan y no murió en 1804 asesinada por indios navajos. Fue hallada violada y mutilada dentro de un contenedor en el patio de un colegio. ¿Adivinas cuál? —¿El de Paula Jones? —preguntó Sam, conociendo la respuesta de antemano. —¡Bingo! Pero eso no es todo, Alice murió hace quince años. ¿Sabes quién iba al colegio entonces? —¿Anne Jones? —Esta vez no estaba seguro de su respuesta. —Y Pete Pitt y Lizz Arlington. —Pero eso significa que las muertes… —Sip, alguien se está vengando de alguien en concreto. Lo que no tiene mucho sentido, porque supuestamente su agresor murió en la cárcel hace dos años. Pero por lo que sea alguien cree que eso no es suficiente. —¿Pero quién? —No lo sé, pero tengo algunos sospechosos. La familia de Alice se mudó tras su muerte, pero hace poco que su hermana ha regresado a la ciudad. —A ver si acierto esta: poco antes de que empezaran los asesinatos.

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—Bingo, otra vez. Se llama Cassandra O’Callahan, voy ahora hacia su casa. ¿Te vienes? —Cassandra O’Callahan —repitió Sam para sí—. Un momento, la niñera me ha ido a buscar los nombres de los otros niños que recibieron la carta. ¡Cassie! —gritó llamándola. Nadie contestó. —¿Voy a buscarla? —preguntó Noah solícito y se marchó tras los pasos de la niñera antes de que Sam pudiera detenerlo. —¿Y cómo es? —preguntó su hermano—. ¿Está buena? —¿Te parece el momento apropiado para hablar de eso? —Siempre es el momento apropiado para hablar de tías buenas, Sammy. —Sr. McLeod —dijo el niño desde el piso de arriba—. Cassie no está. —¿No está? —Sam tuvo un mal presentimiento. Subió las escaleras de dos en dos y en un par de zancadas se encontró en el cuarto de Noah, la ventana estaba abierta y allí no había nadie — Luego te llamo —dijo al teléfono—, la niñera ha desaparecido. —¡Espera, espera un minuto! —gritó su hermano—. ¿Cassie la niñera? ¿Cassie como el diminutivo de Cassandra? De veinte años, rubia, pelo largo… —Oh, mierda —masculló Sam—. Voy para allá. Colgó el teléfono y se encontró con los ojos castaños de Noah firmemente clavados en él. —¿Qué? —preguntó. —Has dicho la palabra que empieza por M —dijo Noah. —No, he dicho “oh, cuerda” porque seguro que Cassie ha cogido una cuerda para bajar —improvisó—. Y yo ahora iré a buscarla. —¿Y yo? —¿Y tú qué? —¿Y yo qué hago? *** Noah devoraba con fruición su refresco de Cola, cómodamente parapetado en el asiento trasero del Impala. —¿Estás de broma, no? —había dicho Dean al ver a su hermano aparecer con la inesperada carabina. Sam se había limitado a encogerse de hombros. —No iba a dejarlo solo, tiene cinco años.

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—Claro, porque nuestro trabajo es perfectamente seguro y apropiado para un niño de cinco años. —¿Qué querías que hiciera? —No sé, ¿dejarlo con una vecina, quizás? ¡Cualquier cosa antes de llevarlo a cazar fantasmas! —¿Vamos a cazar fantasmas? —dijo el niño muy ilusionado. —No —dijo Dean. Normalmente le gustaban los niños pero no como para llevárselos de cacería—, no vamos a cazar fantasmas. —¿Es el fantasma de la carta? —preguntó Noah—, ¿el que te arranca el pelo si no sigues la cadena? —Noah, tú seguiste la cadena ¿verdad? —preguntó Sam—. ¿El pelo era tuyo? —No, el pelo era de una trenza que llevaba Cassie. —¿Y la carta? ¿La carta que recibiste? —No había ninguna carta, pero Cassie decía que la mejor forma de tener cartas era mandar una primero y por eso mandamos muchas. —¿Muchas? ¿Cuántas son muchas? —preguntó Dean. El niño extendió su mano con todos los dedos abiertos. —¿Cinco? Noah se encogió de hombros. —Oh, fantástico, no sabe contar. ¿Entonces, cuál es el plan? Entramos ahí dentro, quemamos la trenza y obligamos a Cassandra a que nos dé la lista de niños, vamos a las casas de los niños y quemamos los restos mientras cruzamos los dedos para que ninguno haya seguido la cadena y el mechón de pelo esté en un avión rumbo a Alabama. —Creo que ésa es la idea. —Fantástico, sólo era por si había alguna duda. —¿Vamos? —No, no vamos, voy. Tú te quedas y haces de niñera. — exclamó Dean señalándolo con el dedo. —¡Dean! —protestó Sam. —¡Yo quiero ver un fantasma! —exclamó Noah. —Noah: no hay fantasmas, no manches la tapicería. Sam, no toques la radio. Dean cerró la puerta del coche con cuidado. Estaba enfadado, pero eso no era excusa para tratar mal a su chica.

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El edificio era uno de esos bloques impersonales. Un montón de reducidos apartamentos que daban a una galería común con una piscina que necesitaba urgentemente un rellenado y una limpieza. Llamó a la puerta, nadie contestó. No le extrañaba, llevaba un rato esperando afuera y nadie había entrado o salido. Cassandra podría estar a varias millas de allí, sólo esperaba que se hubiera dejado el pelo de su hermana. El pelo de su hermana… ¿Qué clase de loca guarda el pelo de su hermana muerta? Abrió la puerta con la ganzúa, fue fácil, no había dado la vuelta a la llave. El interior era como se imaginaba. Los muebles debían venir con el piso porque apenas un par de fotos y un espejo en la entrada daban un toque personal al sitio. Cassie no había dedicado mucho tiempo a la decoración. Dean husmeó por encima sin encontrar nada que pareciera relevante. Sacó su walkman reconvertido a EMF casero y rastreó la habitación. De nuevo las luces se encendieron y el aparato emitió un molesto zumbido cuando Dean pasó la antena por encima de la mesilla de noche. Abrió el cajón y se encontró una cajita azul decorada con pensamientos plastificados con cola, la típica manualidad infantil. Las letras estaban decoradas con purpurina y ponía Cassie en letras desiguales. En su interior varias fotos viejas, recortes de periódico y una trenza de pelo rubio, descolorido por el paso del tiempo. *** Noah permanecía enganchado a la televisión y se atiborraba a palomitas de colores. —Deberíamos devolverlo, ¿no crees? —dijo Dean mientras daba un largo sorbo a su cerveza antes de sentarse a la mesa donde su hermano había esparcido el contenido de la cajita. —Su madre no sale hasta las ocho de la mañana, doble turno. No me extraña que Cassie se enfadara —dijo Sam—. Según esto, su hermana estuvo desaparecida durante tres días, la mayor parte de los cuales agonizaba pidiendo ayuda. —¿Y nadie la oyó? —Eso parece. Su agresor la dio por muerta y la tiró a un contenedor de basura. Los niños jugaban a su lado y ella podía oírlos, pero nadie la oyó a ella. —Debió de ser horrible.

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—Creo que de alguna forma, Alice se está vengando en esos niños. —Y Cassie la está ayudando. ¡Mierda! ¡Si supiéramos cuántas cartas se han enviado! *** Carrie era una niña lista, mucho para su edad. Los profesores habían hablado con sus padres recomendando que fuera a un colegio especial para niños tan especiales como ella. Su madre se negó, sólo tenía cinco años. Era una niña, ya habría tiempo para que creciera y fuera un genio, ahora sólo tenía que preocuparse por columpios y muñecas. Si quería leer que leyera, tenía la casa llena de cuentos y no necesitaba a nadie para que se los contara. No necesitaba a nadie para que leyera sus cartas y sabía distinguir una broma cuando la veía. Era muy lista para su edad. *** —Carrie Miller —dijo Sam entrando en el coche, no pudo evitar un leve temblor en su voz—. Iba a cumplir seis años el mes que viene. Sabía leer muy bien. —Joder —murmuró Dean. No hacía falta decir más. Sólo necesitaban encontrar a Cassie, encontrar los nombres, recuperar los mechones. Las luces intermitentes rojas y azules iluminaban la calle. Policías, ambulancias, una familia destrozada y un enjambre de curiosos que se agolpaban intentando pillar algún pedazo de información con lo que poder saciar su curiosidad morbosa. Noah dormitaba en el asiento de atrás, cubierto con una cazadora de cuero, ajeno a todo lo que pasaba. Cuando volviera al colegio, se encontraría con un pupitre vacío donde solía sentarse su amiga. Con suerte, nunca depararía en que su carta era lo que la había matado. —Dean —dijo Sam señalando a la multitud. La melena rubia de Cassie se distinguía entre los desconocidos. —Hija de puta… Controló sus instintos de saltar al cuello de la joven. Demasiada gente y muy difícil de explicar. «No, agente, no quería agredirla. Esta zorra ha matado a una niña utilizando el fantasma de su

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hermana muerta. ¿El arma homicida? Una trenza, agente.» No, no sonaba muy convincente. Sam bajó del coche y la siguió a pie. Su hermano arrancó el Impala e hizo lo mismo desde un poco más lejos. Entre los coches y las sirenas, la silueta oscura del Chevrolet pasaba desapercibida. —¡Cassie! —gritó Sam cuando se cercioró de que no hubiera nadie más. La joven se giró y arrancó a correr pero no llegó muy lejos, se dio de morros contra el Impala que se había aparcado cerrándole la huída. Al verse rodeada, la joven calló de rodillas gimoteando. —No quería —dijo entre llantos—, esto no tenía que ocurrir. Sólo quería meterles miedo, la dejaron morir. ¡Estaban allí y la dejaron morir! —No la oyeron, Cassandra, nadie la oyó. Y ahora ha muerto una niña inocente. ¿Cuántos más tienen que morir? —Tienes que darnos los nombres, los nombres de las personas que recibieron las cartas. Aún estamos a tiempo de detener esto antes de que muera más gente. Cassie escondió el rostro entre las manos mientras asentía. *** —Y con éste sólo quedan dos —dijo Dean guardando el sobre en la guantera. Allí se acumulaban una docena de cartas con motivos infantiles, listas para ser cubiertas de sal y quemadas, como correspondía al ritual de expulsión del alma. Sólo cuando todos los mechones estuvieran destruidos la maldición se rompería definitivamente—. Sabes, echo de menos a ese pequeñajo, era bastante simpático. —Sí, bueno, no era mal niño —dijo Sam frunciendo el ceño, se había pasado media hora limpiando la carrocería del coche para que su hermano no le montara una escenita. Noah la había dejado pegajosa, con caramelos enganchados. No, él no iba a echar de menos hacer de niñera—. ¿Qué será de Cassie? —preguntó—. Mató a toda esa gente. —Técnicamente los mató Alice —dijo Dean, pero no le engañaba, él tampoco estaba contento con eso—. No sé, no podemos detenerla.

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*** Cassie reconoció el sobre en cuanto lo vio. Temblando, lo abrió y dejó caer el mechón que contenía. Una lágrima silenciosa se deslizó por su mejilla cuando lo tiró a la basura. Sólo quedaba esperar, y confiar en que no doliera. *** —Agentes Duncan y McLeod, de la agencia estatal de educación. Estamos investigando un incidente. Al parecer, su hija ha recibido una carta cadena. —Ah, sí, la carta —dijo la mujer sonriendo—. No me diga que han venido por eso… ¡Es una tontería! —Si, bueno —balbuceó Sam—, algunos padres se han quejado y estamos investigando el asunto. —¿Nos puede dar la carta? —No, lo siento —dijo la mujer con una risita nerviosa—. Ya no la tengo. Es una tontería, pero mejor no tentar a la suerte, ¿no les parece?

FIN

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