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“Aquello me colmaba de espanto pues me hacía comprender que definitivamente quedaba fuera del encanto y que sería incapaz

de

Gombrowicz)

gustar

a

la

naturaleza”

(Diarios,

W.


Después de semanas de encierro en la casita del delta, Martínez hizó caer la última gota de tinta, el punto final. Inmediatamente, sintió la punzada en el abdomen. Como una planta maldita, el bicho brotó de su vientre, escupió una saliva grisácea sobre las hojas borrando las palabras que lo habían engendrado y mordió la mano que sostenía la pluma. Cuando Martínez lo maldijo, el engendro se enroscó en su cuerpo desplegando sus astas transparentes. Martínez corrió a la costa donde cortó con los dientes el cordón que los unía y desde el muelle arrojó al hijo a la corriente que lo arrastró sin esfuerzo hacia el sur.


Se alejó del muelle y entró al bar sobre la calle Mitre, tomó una grapa y subió al tren rumbo a Retiro. Bajó en la primera estación y se entretuvo dando vueltas entre los puestos de venta envueltos en lonas de colores inciertos. Rechazó invitaciones de desconocidos a lugares que ya conocía. Pasadas las once de la noche, se registró en el hotel Delta. Respetando la privacidad del islero ganada con la cuenta pagada por adelantado, fue hasta la una de la tarde del tercer día cuando la dueña golpeó en la puerta del cuarto. Al no recibir respuesta, la abrió con la llave maestra. La ventana estaba abierta y adivinó la huida del huésped. Alertada por los gritos que se escurrían desde la calle, la mujer se asomó por el balcón, los vecinos anunciaban deformidades: uno de los habitúes del bar de Lavalle sin brazos y ni piernas, dos pibes brotados de escarabajos verdes de pies a cabeza, una vecina del bajo con dos cabezas ninguna de las dos parecida a la original, y uno de los empleados del frigorífico con patas de pollo y alas en lugar de piernas y brazos. La doña unió su voz a aquellos gritos cuando en el baño encontró un animal indefinido colgando de la camisa a cuadros del huésped. En un gesto entre catártico y ritual, dobló su cuerpo hacia el sol que se había convertido en una materia oscura. Los vecinos interrumpieron el mate, los chismes y los besos de cachete. Los médicos no arriesgaron un diagnóstico a la altura de las deformaciones porque el encierro de los afectados impidió la investigación científica de los orígenes de la peste. Entre vivos y espectros, nunca se supo cuantos sumaron los infectados. Siguiendo instrucciones de un alto mando, por la madrugada, aun cuando se tratase de un asunto de tierra, la prefectura confiscó el cuerpo de la morgue y lo regresó secretamente al río.


*** Martínez se encerró en su oficina entreteniéndose con los apuntes de un algo que desde hacía meses traía en la cabeza, nada importante para el cumplimiento de sus obligaciones en la Prefectura, o eso creía. Cuando una sirena chilló por el Paraná alertando de un nuevo barco encallado, Martínez levantó los ojos: en la puerta, una muchacha de rostro furibundo y deslavado le tendía unos papeles que chorreaban la tinta del río. Instintivamente, escondió sus apuntes en el cajón de su escritorio para agarrar los otros como si fueran la obra de otro escritor. Los papeles contenían una escritura desquiciada imposible de traducir al lenguaje de los documentos de la Prefectura e incluían una colección de dibujos que agotaban la lógica de posibles combinaciones entre las especies de animales. Pájaros se cruzaban con víboras y humanos con perros, mariposas con caballos y ciervos con peces. Mientras la mujer lo observaba desde el misterio, Martínez intentó una lectura desordenada como quien desea evitar cataclismos; providencialmente, el oficial Segundo lo interrumpió con el informe de la muerte en el barrio del Canal de un islero del arroyo Negro. Para disimular su beneplácito ante la noticia, Martínez llenó sus pulmones con el aire húmedo del delta, lo soltó con un chiflido y guardó los papeles en un sobre de Manila. Para entonces la mujer había desaparecido como si la noticia la hubiese borrado. Inmediatamente, Martínez trepó a la lancha y se apuró a la quinta de quien decían era el padre. Con la excusa de buscar consejos para la caza de ciervos siempre lo visitaba, el viejo, con desgano, algunas veces se los ofrecía. Ajustando alguna cuerda del barquito Martínez disimulaba su interés en esta rara conversación de momentos memorables para uno e


insignificantes para el otro: ¿se le arruinó mucho mimbre? ¿cuándo piensa cortar el sauce? ¿está el perro enfermo que lo veo más flaco? Con los ojos clavados en el piso, don Julián simulaba escuchar esa retahíla de palabras que para nada servían y articulaba sólo interjecciones. Cuando escuchó la reseña, que cupo en dos oraciones, de lo ocurrido en el hotel del Canal, el viejo movió con descuido los hombros y regresó los ojos al piso donde ya se habían acostumbrado. La noticia no produjo el milagro de entrañables revelaciones que por tanto tiempo Martínez había vislumbrado. Como un efecto subalterno de su fracaso para cautivar al viejo, después de pasar de escritorio en escritorio, una breve estancia en el cesto de la basura y una parada inesperada sobre la mesa de entrada entre el sello de recibido y unos folletos de propaganda política confiscados a un grupúsculo aparentemente de izquierda escondido en las islas, Segundo ocultó el manuscrito de Martínez, junto con los escritos llevados por la mujer, en un cajón casi idéntico al que recibió el expediente de la muerte del islero en la comisaría numero uno de San Fernando. Doña Luisa, la señora encargada de la limpieza de la Prefectura, los ojeaba de vez en cuando: leía la nota roja del periódico y las imágenes de contrahechos y espantos eran parte de su iconografía de rutina. Dado que carecían de orden y ni siquiera tenían un final, por puritita aburrición doña Luisa empalmó los dos textos en una única historia que Segundo, amparándose en la locura que los Nortes instauraban en las islas, una mañana le arrancó de las manos y, tras un gesto grandilocuente, aparentó arrojar al río.


Islas.

Don Julián conocía a los ciervos más que a los hombres y no entendía por qué mataba a unos y les perdonaba la vida a los otros. Ciervos había conocido muchos, hombres, los pocos que se cruzaba en el muelle cuando llevaba a vender el mimbre o la madera que cortaba en la quinta. Si esos hombres eran legítimo muestrario de la humanidad más allá de las islas, cada ciervo era un descubrimiento inédito que los días de marea alta el río alejaba. Una vez que la sudestada amainaba, don Julián salía a buscar el animal que por semanas el río le había quitado. Le argumentaba no con palabras sino con acciones sistemáticas de limpieza y le devolvía maderas, vidrios, trozos de silla (como si la gente se hubiera hartado de esperar un milagro del río), y uno que otro animal muerto que yacía sobre la costa. Aquel día, su bota tocó algo duro en el barro. Semienterrada en el lodo, una pequeña caja de madera lo desafiaba con una indiferencia de agua. Impulsivamente, la abrió. Como cucarachas escapando del encierro, de la caja saltaron tetas, barco, hojas y unos ojos esquivos que se desparramaron por la costa y activaron el recuerdo dañino del viejo. Ella nunca había sentido algo por ese hijo, tampoco por los otros cuatro, no parió esos críos ni se casó con el padre por una cuestión de sentimientos. Que Julián acompañase al padre del otro lado del Atlántico inmediatamente entusiasmó a la madre. La mañana que partieron, y rompiendo una tradición de doce años, la madre miró al chico a los ojos y esos ojos reflejaron los pechos de la mujer que colgaban como tiritas de carne en el vacío, lágrimas, porquerías que inventa el desconsuelo. Julián metió su mano por el hueco del


vestido y, como queriendo hacer funcionar el mecanismo de una anticuada maquinaria, apretó las tetas pero no pudo sacarles ni siquiera dolor. Cuando el camino quedó sin hombre, la madre sonrió al pensar en la negra suerte del crío y de los que le quedaban: ya les enseñaría donde no meter las manos sino con las propias los iba a matar, era lo único que le dejaba el hombre. El barco se revolvió entre geometrías de cielo y madera porque Julián cruzó los brazos sobre los que apoyó su cabeza sobre la cubierta del barco y los mantuvo así hasta que el oficial de migración en Buenos Aires le ordenó pararse derecho para tomarle correctamente las medidas. No pudo saber si los edificios alineados a lo largo de la avenida desde el puerto a la estación central de trenes, grises, flacos, ocupando groseramente el paisaje, y los árboles que se despegaban del suelo congelando su movimiento en la duda, eran parte de la desilusión que dejaba atrás o de la que siguió luego. En Retiro, un galerón gris de donde partían los trenes al norte de la provincia, los hombres arrastraban un tiempo europeo y, en una mezcla de castellano, italiano, alemán, y ucraniano, hablaban, sin todavía conocerlas, de las bondades de las tierras de su nuevo país, proclamaban que, tirando unas semillas, las plantas crecían sin mayor esfuerzo que el de cortarlas cuando llegaban a su madurez. Las historias de enriquecimiento repentino encontraban el gesto de desconfianza del padre de don Julián. El hombre sólo movía los ojos para reacomodarlos al nuevo fulano que se acercaba para venderle una ilusión deforme que encontraba su valor en la eficacia de su circulación. Los olores a desconsuelo que cargaba un nuevo ilusionista, un tipo de baja estatura, con la


piel pegada a los huesos y el desamparo en los ojos, o quizás la desilusión que no encontraba acomodo sobre el piso frío de la estación, convencieron al padre y, bajando los ojos ante el fulano, cerró el trato. Y, como si los cuarenta días en el barco no hubieran bastado para ver toda el agua del planeta, padre e hijo tomaron el tren a Tigre y, de ahí, partieron en bote, a la isla. Todas las mañanas, seguía al padre por la orilla del Paycarabí y, al llegar al recodo del río, los dos se adentraban al monte. Eran pocas las palabras entre ellos; los unía el silbido de la hoja de metal abriendo la grieta en el tronco, un conteo fatal hasta que el sauce o el álamo caían sacudiendo la inmovilidad del monte. Con la atención propia del estudiante aplicado, el padre observaba el árbol como si estuviera aprendiendo un idioma inédito, quizás similar al que el rifle le había enseñado aunque en el tiempo que vivió en la isla nunca cargó un arma. Por la noche, el padre abandonaba el catre y caminaba hacia la costa transformando en extranjero un territorio al que luego tendría acceso. Dejaba la puerta abierta, una inoportuna suciedad del recuerdo porque hacía tiempo que había olvidado al hijo. Tironeado entre la curiosidad y la norma, Julián se dormía al escuchar el golpe de la puerta mosquitera marcando el regreso del padre de su insistente peregrinación a lo incierto. Una mañana, halló a su padre tirado junto a la costa con los ojos abiertos y la boca inundada de hojas secas, y algo sintió por el río marrón que se arrastraba como criminal con la sangre de la víctima en las manos. Varias veces, el río le estropearía el mimbre plantado en el terreno que con los pesos ahorrados le compró al patrón. Un día, llegó la Leonor


quien, con paciencia y detalles zonzos, encontró algo de calorcito en su cuerpo compacto y otro día se marchó dejándole algunas historias, pero no sabían amargas como las heredadas del padre. Y después el muchacho, pero él ninguna historia inventaba. Los ojos de don Julián se hincharon con una tristeza amarga y marrón y, en un descuido, la descargó contra un sauce. El llanto inesperado parecía la obra de alguien que se divertía con el recuerdo amargo del viejo. Quizás el muchacho había juntado todo aquello porque sólo él por ahí andaba. Para evitar que se engrandeciera el daño, don Julián regresó los restos a la caja sin sospechar los males que esa porquería acarrearía. *** Lo despertó el golpe del machete cayendo sobre la mesa. El viejo quería sus herramientas y ese descuido nada bueno anunciaba. Luego, lo escuchó en su cuarto, se entretenía con algo pero no supo qué, encontró rara esa alteración de la rutina porque el viejo desde que dejaba el cuarto en la mañana no lo volvía a pisar hasta la noche cuando se dejaba caer sobre el colchón. Suárez se calzó las botas de goma. Ya en la cocina, el viejo se deslizó hacia afuera sin decir palabra, eso ya era rutina, Suárez sacó de la fiambrera unos salamines, los partió y, una por una, se llevó las tajadas a la boca. Se sirvió un mate. El agua estaba fría y puso la pava sobre el fuego. Esperó junto a la estufa. Escuchó el silbido del viejo, sacó la pava del fuego, y salió. Don Julián se alejaba por la costa, Suárez se apresuró y juntos llegaron a la plantación. El mimbre brillaba y brillaba con el sol, parecía un río amarillo alojado en las tripas de la isla y se balanceaba solito porque no había viento. Trabajaron hasta el mediodía, el calor apretaba.


Don Julián se zambulló en el río que lo recibió sin chistar porque el cuerpo del viejo, como cuchillo, le abrió un corte casi invisible que a aquél no le dolió. El viejo oscilaba de izquierda a derecha como si una línea lo sujetara a la costa. Se sentaron uno junto al otro sobre el muelle. Suárez miró los aviones cruzándose en el cielo, así llenaba el silencio porque el viejo nunca pronunciaba palabra. Pero, ese día, le habló de viajes y Suárez pensó en razones, que partiera solo al pueblo era una novedad en treinta años de rutinas. Nomás, respondió el viejo como si el otro le hubiera preguntado. Regresaron a la casa. Suárez frió un pejerrey y el viejo comió, luego bajó al hueco debajo de la casa, prendió la radio y escuchó unos chamamés. Mientras las noticias se mezclaban con la cumbia, Suárez guardó un pantalón y una camisa en una bolsa; estirado sobre el suelo debajo de la casa, el viejo arrastraba los ojos por el techo adivinándole los movimientos y le molestó lo poco que empacaba. Cuando Suárez bajó cargando en un brazo el morral y en el otro unas huampas, el viejo dormía, o fingía. Demorando su partida, con el remo Suárez empujó lentamente la embarcación alejándola de la costa, el río lo arrancó del muelle sellando el silencio del viejo. Desde que era chico, Suárez creía que una parte se le había caído en el río creando otro hombre que le copiaba sus gestos: se reía cuando perdía un pez y se sacaba los mocos cuando él lo hacía. Pero, así como algo se le había caído a él, bien pudo habérsele caído a otros y Suárez imaginaba que en el fondo había un pueblo lleno de rabia al de arriba, tan sólo por toda la desgracia que le causaba. Para no molestar a ese gentío, los isleros reman con tiento porque si el río esconde un tronco y destroza un bote, ¿qué no podrá hacerle al


hombre? *** Decían que Suárez había tomado la herencia del padre, mejorándola. Sus ojos revelaban un chico de seis, su edad cuando un señor del Uruguay lo llevó al muelle. Durante dos meses, el hombre esperó a don Julián llenando el tiempo con las explicaciones de los lancheros: debe estar plantando sauce, se levantó Pampero y secó el río, con lluvia el islero no sale, está embolsando naranjas. Una mañana, el hombre reconoció en el islero que dirigía una embarcación hacia el muelle los ojos grises y todo lo demás del cuerpo que le habían contado del viejo. Enseguida se acercó para hablarle del chico pero el viejo, que ya arrojaba sobre el muelle los cajones cargados de naranja, se distrajo con el nombre de la Leonor que una y otra vez se soltaba de la boca del hombre y volaba a su alrededor como mariposa, y a él no le gustaban esas caricias del recuerdo. Envalentonándose con el reloj que sacó del bolsillo trasero del pantalón, el hombre le dio a entender que el tiempo de descuento iniciado días atrás había acabado y, con un “lo siento pero del niño es justo que el padre se haga cargo”, concluyó ese raro diálogo de silencios e interjecciones. Don Julián se encogió de hombros, gesto que el hombre entendió como un sí, apoyó sobre el muelle la valijita, ensayó un torpe apretón en el hombro del muchachito y se alejó perdiéndose entre los autos que desdibujaban la calle. Con la mirada diluida en lo incierto, Suárez permaneció junto a la valija, desde la embarcación don Julián arrojaba sobre el muelle arrítmicamente los cajones como si el niño hubiera desordenado el tiempo. Suárez lo secundó con un puntapié en el estómago de la


valija que brincó sobre el entablado, rebotó sobre los escalones de cemento y, vencida la indolencia del último tramo, cayó en el agua; la mínima historia del chico se unió a los desperdicios que flotaban confundidos con el marrón del río. Don Julián balbuceó un “que lo tiro”, las únicas palabras que el chico escuchó en los siguientes tres meses. Oculto tras los pelos desparejos que le colgaban sobre la cara, el chico creció con el descuido característico de los árboles del monte, aunque al alcanzar la adultez no se lo pudo cortar. Los isleros lo evitaban como un animal que ni siquiera la marea puede alejar. Suárez atracó la Gregoria en uno de los muelles del embarcadero de Tigre. Los lancheros fingieron indiferencia, que llegase sin el viejo era ciertamente una diferencia; Suárez agarró las huampas del fondo del bote donde las había cubierto con una lona y, como si pisara el casillero de entrada a un juego de serpientes y escaleras, caminó por la cinta de cemento hacia la estación de tren. Los faroles alineados a los lados de la vereda desparramaban una raquítica luz amarilla sobre la desolación de la plaza de entrada, de hilos invisibles colgaban unos bichos creando el símil de una ciudad foránea en un futuro imprevisible. Indiferente a lo que ocurría en ese tiempo extranjero, el encargado de la estación, un gordito de rostro cansado y sudoroso, sus pelos agrupados en hilos desparejos sobre su frente, sopló un silbato. Con desgano, un tren inició el viaje hacia la capital, con su bamboleo pesado anticipaba historias grises que Suárez no sospechó fueran suyas. Se acercó a la boletería. ¿Dónde? Con la cabeza Suárez señaló lo incierto. Lindo lugar es ese, te doy hasta San Isidro y vos decidís donde bajás, pero con eso suelto no podés subir al tren, le dijo el boletero con los ojos en las huampas. Suárez sacó unos hilos del bolsillo de


su pantalón y, ante un auditorio efímero que contemplaba con asombro la tranquila transformación del hombre en animal, ató las huampas a su espalda. Siguiendo a los demás, Suárez empujó el boleto en el agujero del molinete, con un silbidito la maquina lo escupió. Una muchacha linda de pelo lacio, de esas que van a la escuela aunque sean grandes, separando un poco los labios, le dijo, es al revés, y pasó por el molinete de junto. La maquina chupó su boleto completando el temblor interrumpido de los labios de la muchacha. Apoyado de lado sobre el andén, el tren parecía un carpincho dormido, a Suárez le sorprendió su inmovilidad porque en la isla no bien uno se acerca, el bicho huye. Ese no sale, le advirtió el guarda señalando otro tren que se acercaba lanzando gritos como de pibes roncos después de una tarde de fútbol. La muchacha que lo ayudó con el boleto esperaba a su lado pero ya no lo miró, tampoco él la abordó aun cuando se hubieran vuelto a encontrar. Las puertas se abrieron como la boca de un animal temible y, con el aire melancólico de quien pisó la raya de llegada y regresa a la línea de partida, Suárez empujó su entrada al vagón entre los obreros y oficinistas que regresaban a Tigre después de una jornada de trabajo. Rápidamente, las dos puertas se cerraron tras él. Pasadas varias hileras de árboles, la ciudad imponía su lenguaje de gris, humo, pasto amarillo, líneas en el cielo, árboles sin hojas, muchedumbres anónimas escondidas en las casas, arroyos de asfalto. El tren pitaba y pitaba anunciando a los vecinos de la presencia del cautivo. En el extremo opuesto del vagón, una mujer que se parecía en el pelo a la muchacha de la estación barrió con sus ojos negros la distancia que la separaba de Suárez y


los puso en el cuerpo del hombre; como hormigas, los ojos subieron por sus piernas, la ingle, el sexo, se enroscaron en su cuello y desataron uno por uno los nudos que sujetaban las huampas a su espalda. Cuando el tren se detuvo en la primera estación y las huampas se escurrieron por el hueco de una ventana abierta, Suárez bajó. Como lombriz, el tren se escapó hacia la Capital. Los ojos de la mujer se multiplicaron bajo los sombreros de ala, detrás de los anteojos oscuros y sobre las narices arrepolladas, bajaron las escaleras y cruzaron el paso a nivel depositando las huampas sobre la vereda de la calle Colón donde Suárez las atrapó de un manotazo. Entre el griterío de ¡No deje pasar esta oferta! ¡Barato! ¡Barato! ¡Se acaba! ¡Llévese el último! ¡Dos pesos! ¡Llévelo! Una mujer, como pez fuera del agua, abría y cerraba la boca; a mí también me dañaron, me robaron y me dispararon en la espalda, sígame así le muestro y comprueba si miento, a la policía no le digo porque marcan a la gente, y esas marcas, como la mía, se acostumbran al cuerpo y, aunque duelan, no se pueden quitar. ¡Sígame! Narcotizado por el olor a alcohol barato, Suárez caminó tras la mujer por un callejón hasta un lote baldío con una casita de ladrillos morados en el fondo. Velozmente, la mujer surcaba el gentío de las cinco de la tarde, para no perderla de vista Suárez seguía los algodones manchados de sangre que se resbalaban por debajo de su vestido y caían sobre la vereda. La puerta de la casita se abrió con un chasquido seco. El sol que se filtraba por la hendidura de la puerta iluminó las manos de la mujer que tiraron hacia arriba el vestido revelando sus pechos deformes. Mientras le mostraba el tajo, la mujer soltaba un graznido que mezclaba con palabras: es ahí donde me hicieron el daño, toque el agujero, hágalo sin


miedo. Como los arroyos y los aguajes que se pierden en los pliegues de las islas, la herida era profunda y oscura, oscura y olía mal como la del animal que el cazador libera de las trampas cuando ha muerto, o casi. *** Rosa y Leonor llegaron juntas a Buenos Aires pero, en un momento que nadie advirtió, ni tuvo por qué, una se desprendió de la otra y desde ese día Rosa quedó liberada a su propia suerte. La madre enviaba a sus hijas al sur porque creía que allí los hombres tienen menos manías que río arriba. ¡Si tan solo pudiera comprarles marido en el mercado! Ahí una sabe lo que compra y puede tocar la mercadería para no llevarse una sorpresa cuando abre la bolsa en la casa. Enviaba siempre la misma carta y agregaba algún detallito porque cada hija tenía lo suyo y sabía como hacerlo sobresalir: se esmera en el repulgue de las empanadas, lava los cuellos de las camisas hasta dejarlos reblancos, las sábanas le quedan estiradas sobre la cama sin ninguna arruga, se lava muy bien los pies. ¿Sus fuentes? Todas confiables: la telenovela de las tres de la tarde, una carta que le envió su único novio letrado, un cuento que leyó en una revista de moda, una historia que le contó la vecina que estaba en la cárcel después de matar al marido de quince puñaladas, y lo que su propio marido, es decir, el primer hombre que le dio casa de material, le susurró en la noche de bodas. En una reunión de padres, entusiasmó a la maestra de una de sus hijas para que revisase la ortografía porque, si bien avezada en la composición, tenía problemas con las tildes y para diferenciar eses, zetas y ces. La carta arrojó los resultados esperados


porque las chicas, una vez que partían entre llantos y promesas de volver, nunca más regresaban. La respuesta de río abajo se demoraba lo que separaba una menstruación de otra. No bien despachaba la carta en el correo, la madre empezaba a empacar y lloraba mojando el humilde ajuar que incluía un camisón blanco a media pierna, dos bombachas de encaje, un batón estampado con rosas amarillas, un par de alpargatas blancas, un juego de sábanas de algodón y un mantel de lino. Húmeda quedaría la ropa hasta que la muchacha abriera la valija en su nueva casa y oliera las lágrimas de la madre. Guiada por la amabilidad mostrada en la carta por el hombre en cuestión, la madre no dudaba que el nuevo marido completaría el ajuar de su futura esposa. La respuesta a la carta de Rosa demoró más de la cuenta y la madre insistió con dos cartas más y, en la cuarta, convencida que el producto ofrecido le resultaba insuficiente al interesado habló de Leonor. Desde que estaba en la panza, la madre desconfió de Rosa porque tenía el corazón dividido entre dos amores, un lujo que una muchacha de su condición no podía darse. Cuando aún no había completado los nueves meses de embarazo, los dolores la sorprendieron cerca del mercado arriba del colectivo cuarenta y cinco. Unas señoras que regresaban del mandado la ayudaron en el parto que procedió a plena luz del día sobre un banco de la plaza de La Rotonda. El sol, llegado al cenit, obraba como la fulgurante lámpara de un hospital. Al escuchar los gritos de las señoras tintos en entusiasmo ¡Es blanca! ¡Es blanca! entrevió la desgracia, porque la Rosa resultó incolora como una hoja de papel. En la casa de fotos, el técnico luego le explicaría tales veladuras


como el exceso de luz al abrirse la cámara cuando no se ha terminado de enrollar completamente la película. Cuando Rosa cumplió el primer año, la madre habló por primera vez de Leonor dedicándole todos sus desvelos. Las hermanas mayores criaron a Rosa y, cuando ya tuvieron novio, se desocuparon de una chica que comía sola y caminaba sin ayuda. Como rápidamente la madre les encontraba acomodo en el sur, la crianza de Rosa quedó a medias. Rosa y Leonor no se pelearon como típicas hermanas menores, ni había envidias ni celos por los cuidados excesivos y los constantes elogios de la madre a Leonor: que bonita se te ven las trenzas, así estás linda con las medias subidas, si fueras a la escuela la maestra sólo te pondría diez. Leonor era una ilusión de plaza hecha mujer y nunca había manchado una bombacha. La ropa le quedaba tan limpia como si nunca hubiera tenido una puesta. Hablaba con voz de señora grande, no se comía las eses y pronunciaba todas las letras. Todo aprendía a primera vista aunque nunca fue al colegio; la madre no quería que se la ensuciasen o, lo que es lo mismo, que le dijesen la verdad. Es parte de los avances del mundo moderno equiparable a la tostadora eléctrica, la aspiradora y los tampones, insistía la madre a la vecina de junto, una petisita de pelo teñido y con aliento a Jockey en la boca, quien, dado su escaso tiempo en el barrio, desconocía las dotes fabuladoras de la madre y sólo atinaba a mover rítmicamente la cabeza mientras barría la vereda en retirada. Cuando el cartero le entregó la carta esperada, un ¡bendito sea dios que me quita esta culpa de encima! inundó la boca de la madre. Sin esperar a que le bajase la regla, aún cuando ya había cumplido los diecisiete, Leonor acompañaría a Rosa; la madre, si bien cuentera, era


recta y no le pareció justo engañar a un hombre con una sola mujer cuando, en la carta, había hablado de dos. La madre le inventó al novio de Rosa un hermano que había llegado de Europa con las valijas llenas de plata a levantar una fábrica de lencería fina en la costa del Paraná. El sería el candidato ideal para Leonor, la madre había visto en las películas españolas, en especial las filmadas bajo el gobierno del general, que “los hombres de por allá tratan a la mujer como si fuera una reina”. La historia de Rosa perdía vigencia. Siempre había sucedido así. Una tarde, mientras Rosa gateaba sobre la vereda, la madre, sentada sobre el cordón apoyando los talones sobre el asfalto, se secaba el pelo enrollado en ruleros número diez. y, como si los rasgos se los alcanzase el viento, empezó a hablar de la Leonor dando forma a una biografía de consecuencias insospechadas para la criaturita que se movía entre sus piernas. Cuando desde la cocina le gritaron que el mate estaba listo, toda la Leonor había sido concebida, gestada y parida e inmediatamente empezó a jugar con la Rosa. Para evitar que la nena recién hecha se estropease, la madre la alzó dejando a la otra a merced de la vereda. Rosa confirmaría el desamor de la madre cuando, en lugar de inventarle un novio como a Leonor, la sometió a la incertidumbre de un hombre desconocido cuando en la ficción todo puede saberse. Durante todo el viaje, Leonor no pronunció palabra, muy aseñorada miraba hacia adelante sin prestar atención a los pasajeros que le ofrecían un chicle o un chocolate. Tan sólo para no desdecir a la hermana, Rosa también los rechazaba aunque el color fucsia del envoltorio de la caja de chicles o el papelito dorado de la barra de chocolate la tentó más de una vez y,


escondida en el fondo del ómnibus, mordisqueaba los dulces sin vergüenza. Envueltas en el frenesí de la estación, las dos hermanas esperaron bajo el reloj de Retiro en Buenos Aires. Con paciencia robada al recelo, observaron las agujas cumplir ciclos completos de una hora. Sin el guión de la madre, Leonor se aburría. Rosa elogió sus trenzas y su pulserita de cuerda con un diecinueve colgando. Arguyendo su rostro cansado cuando debía lucir fresca para el momento del encuentro con el fulano de la fábrica, Rosa le indicó la sala de espera. Enfadada, Leonor tomó su valija y partió quien sabe donde porque Rosa nunca más la volvería a ver. Desesperadamente preguntó a quienes pasaban a su lado, con más ansias de las que ella cargaba en su valija, mujeres y hombres abrían desmesuradamente los ojos como si dudasen de sus palabras. A un rengo que vendía ballenitas a un lado de la boletería, le preguntó sobre el destino de las muchachas de río arriba. El viejo puso los ojos sobre el andén y balbuceó: todas toman el tren. No encontró a Leonor en el primer vagón ni tampoco en los siguientes. No bien el tren se alejó del andén, Rosa se asomó por la ventanilla: afuera pasaban una película pero no hablaba de la hermana sino de una muchacha a quien habían robado dejándola en corpiño y bombacha; los pasajeros, concentrados en sus libros, en los diarios de la tarde, y en conversaciones incomprensibles, no le prestaban atención ni a la muchacha ni a Rosa quien los miraba con desesperación. Una mujer de pelo enmarañado y edad indefinida seguía con cuidado la trama de las dos muchachas que se interrumpía cuando las puertas se abrían y los pasajeros inundaban el pasillo del vagón. Cuando una nena que repartía estampitas con la imagen de la virgen le sonrió como si la


reconociera, Rosa le preguntó por Leonor (¿viste a una muchacha con trenzas?, tiene los dientes blancos y parejos, se le forman dos pocitos a cada lado de la boca, habla un poco de inglés); como disco rayado, la piba respondía a todo que sí. Creída que la llevaría con la hermana, Rosa la siguió a lo largo del tren y se bajó con ella en una estación. Pero, la muchedumbre que entraba y salía del vagón envolvió a una Rosa desprevenida, alejándola de la chica que elevaba los brazos en el aire mientras el gentío la empujaba en la dirección contraria. Cuando Rosa se soltó, la niña había desaparecido junto con la ilusión de encontrar a Leonor. A la salida de la estación, Rosa se sumó a la falsa algarabía que se mezclaba con los puestos de frutas y verduras instalados a lo largo de una calle interminable mientras las señoras se enredaban en un chisme conocido. Rosa reconoció la casa de la madre en el fondo de un callejón pero no quiso desilusionarla y, en los meses que vivió en el Canal, evitó esa cuadra. A cada paso, el ajuar, y las historias de la madre, perdían más y más actualidad. En el cordón de la vereda junto a unos cajones de madera Rosa abrió la maleta, las bombachas de encaje cayeron sobre el pavimento mezclando la ficción de la valija con la realidad de la calle que rápidamente las agarró. La mía no cargaba esto. El pibe manoseaba las bombachas de nylon con sus bordes de encaje que se le enredaban en los dedos. ¿Qué cargaba?


No me acuerdo. A Rosa se rió de la torpeza del pibe que no conocía el arriba y el abajo de sus calzones. Pica. ¿Para qué sirve? Para que pregunten los curiosos. Si no las querés, son mías. Rosa se encogió de hombros y el pibe guardó las bombachas en un bolsillo de su pantalón. Si querés trabajar, el patrón necesita una mano. ¿Qué hago con el resto? Ya le encontrará un uso. El patrón se las sabe todas. Ni que fuera dios. Lo es. *** ¿Querés una Fanta? (AL MOZO) Una Fanta para Rosita. (A ROSA) Y, ¿te gusta acá? Porque vos sos de provincia, ¿no? … si me dijiste. Parece que no presto atención pero escucho… con todos los problemas del negocio, uno se pierde, se pierde… si… entonces te gusta acá, qué bien, qué bien… yo tengo mi casa a dos cuadras, ¿sabes? … si, una vez me acompañaste, el día que empezaste, a traer unas cajas... si… vivo ahí… solo… la casa es grande para mí… pero estoy bien… tengo lugar… ¿querés otra Fanta? ah, no te la acabaste… mirá… si a veces te hablo mal es porque hace tiempo que no estoy con una mujer, siempre metido en el negocio, uno se embrutece… vos me gustás… mis intenciones son serias. Quiero invitarte a comer un día en un lugar lindo, con postre y todo, ¿te


gustaría? (A ROBERTO) ¡Qué calor, hermano! No se aguanta. Cuarenta grados dijeron en la radio. (A ROSA) ¿Querés otra Fanta? (AL MOZO) Me traés otra Fanta (A ROBERTO) ¿Me estabas buscando? Ah, pasabas… aquí, nomás, matando un poco el calor, sí (AL MOZO) sí, una Fanta… (A ROBERTO) ¿Querés tomar algo? ¿Te vas? Vamos hermano no me hagás el feo, aquí estoy nomás hablando con Rosita, de cosas… del trabajo, con el calor ahí en el galpón, no se puede, ¡cómo calienta ese techo! Chau hermano. (A ROSA) ¿Qué te decía?… te quería decir… vos… vos me gustas… y mucho… ¿qué me decís, Rosita? ¿Qué me decís? ¿Querés otra Fanta? *** Hay animales sin nombre que no pueden ubicarse en ninguna especie conocida y tampoco inician una nueva porque la naturaleza se disciplina y el error muere sin crear progenie. Al espécimen le asignan el estigma de “desviado” y lo aíslan en laboratorios donde es el comedero de los científicos. En el Canal, el error sobrevive como tema comodín en las charlas de bar. Así sucedió con el hijo de Cipriano. Cipriano conoció a su mujer en un frigorífico de aves donde trabajaba de peón. Todos los días, ella llevaba la correspondencia a la oficina del padre en el segundo piso del local. No supo si fueron sus ojos hundidos, su boca de frutilla aun verde, sus manos grandes que escondía en guantes en invierno o en los bolsillos en verano o ese algo de desesperanza y derrota pero, todas las tardes Cipriano miraba con anticipación la puerta que puntualmente se abría a las cinco. Con su andar golpeado, la muchacha presumía de una resolución vacía que sólo podía encontrar satisfacción en el fondo del río donde; por las noches Cipriano


soñaba el cuerpo blanco de la mujer flotando entre los desperdicios antes de hundirse para habitar las profundidades. Eran las cinco y el patrón había partido a una junta en la municipalidad para discutir sobre remodelaciones del canal que entorpecerían el acceso a su bodega. La puerta se abrió puntualmente y la mujer subió la escalera al segundo piso. Se demoró en la oficina más de lo habitual. Mientras embolsaba grano, Cipriano desviaba su atención hacia la baranda donde la mujer apoyó sus manos sin encubrimiento alguno. Cipriano no pudo quitar sus ojos de las manos y del cuerpo blanco que bajaba la escalera con un movimiento torpe de caderas simulando la sensualidad de las vedettes que salen en la televisión. Como broche de oro, la muchacha arrastró a Cipriano hacia la cámara frigorífica donde su cuerpo azulado se mezcló con las carnes blancas que colgaban en la heladera. Como si habitara su espacio natural, la mujer inició un baile entre las aves creando una versión blanca del paraíso. Cuando sonó el silbato del tren que transportaba el carbón a la usina del puerto, Cipriano abrazaba todo lo blanco. La historia terminó en el bar de la esquina donde él y el patrón sellaron con unos tragos el acuerdo del matrimonio. Uno de los viejos que conocía las manías de los comerciantes del Canal se reía a carcajadas: seguro le encajó el peor animal a ese miserable, no me habrá vendido carnes inservibles. La boda fue las más fotografiada en San Fernando y las imágenes en blanco y negro ocuparon las páginas centrales del periódico local y la portada del suplemento dominical. Los novios parecían espectros en un velorio donde el muerto era el amor que nunca se tendrían en los diez años de convivencia. El patrón promovió a Cipriano de peón de


limpieza a gerente del negocio y le encomendó a uno de sus abogados la confección de una biografía apropiada para un empleado de ese rango. Cipriano ni contar sabía, pero eso no importaba porque las verdaderas obligaciones las tenía al llegar a su casa. Cuando Cipriano se acostumbró a navegar en tales profundidades, la mujer quedó embarazada. Aconsejada por las curanderas del Bajo, la mujer frió hojas de parra en aceite de bacalao y todas las noches se las untaba en las verijas pero, en lugar de interrumpir el embarazo, la panza creció exageradamente alarmando a los médicos quienes rápidamente desecharon el diagnóstico de un nacimiento múltiple pues escuchaban un corazón que ni siquiera sonaba humano. Al verla postrada sobre la cama, los temores de Cipriano se mezclaron con malos augurios, confirmados por los ojos horrorizados de la comadrona al sacar el bebe de allí adentro, la magia de las curanderas había surtido efecto aunque no el esperado porque nació un venadito. Aun cuando el animal es un espécimen saludable, correrá la suerte de los ejemplares propios de su especie, aseguró el suegro mal disimulando el asco al engendro. A los dos días, el periódico local publicó la triste noticia de la muerte del vástago. Con una indiferencia similar a la mostrada con cada embarque de aves al Uruguay, el suegro despidió al nieto en el muelle del Canal. Una desgracia trae a la otra, exclamó la comadrona con exagerada aflicción, recemos para que Dios nos ampare y nos proteja. *** El Pibe se fugó de su casa por ninguna razón de peso. Cuando cumplió los diez años, a la madre se le ocurrió la desafortunada idea de regalarle una valijita de cuero. Esa misma


tarde, el chico empacó lo que considero útil para un viaje sin retorno y, antes de que el primer invitado llegase a su fiesta de cumpleaños, partió. Engolosinados con la moneda del Pibe, los camioneros lo pasearon por más de diez provincias hasta que, una mañana de primavera, agotados los juguetes, figuritas, bolitas y lápices que ofrecía como forma de pago lo descargaron, junto con las manzanas de Río Negro, en el Canal. Su cosmopolitismo impactó al Patrón quien lo contrató sin mediar período de prueba aunque el Pibe trabajó sin goce de sueldo por un mes, “así ves si realmente te gusta el trabajo dado que estás sobrado de calificaciones”. Sus padres lo buscaron por la provincia, los países limítrofes y Europa. A los dos años, el retrato proyectado por la policía a partir de sus fotografías infantiles no le hacía justicia porque el color de su pelo viró de rubio a castaño, la nariz repetía la forma de gancho de un antepasado exiliado en una isla del Pacífico sur, no creció más allá del metro sesenta y los ojos vaciaron el mar turquesa revelando el fondo de barro típico de los arroyos del delta. Con radical transformación, su familia, que vivía en uno de los barrios privados sobre la costa del río Lujan a diez cuadras de la forrajera, nunca logró encontrarlo. El Pibe no imaginaba mayor felicidad que la suya: trabajaba y le pagaban, le daba conversación la mujer que le gustaba y se ahorraba cada peso para iniciar un viaje a uno de esos lugares de la Rosa aun cuando inventara la mayoría. Compartían un mundo único al que sólo los dos tenían acceso. Era la mujer del Patrón y pasaba tiempo con él, ¿y qué? Algo malo tiene que ocurrirle al hombre. Conocía la rutina de memoria: hoy cerramos temprano, terminá eso mañana, ¿sos sordo? ¿justo ahora te entran ganas de trabajar? El


patrón le gritaba mientras le tiraba unos mangos, no le digás a aquella, entre hombres nos entendemos mejor así. Indiferente a esa transacción, Rosa terminaba de guardar los granos y las semillas en las bolsas de arpillera. Cuando el patrón bajaba la cortina, el chirrido deshacía en la boca del Pibe las palabras que débilmente pronunciaba para disolver la penumbra que devoraba completita a la Rosa, desde la vereda, escuchaba el tronar de las tripas completando la digestión. Por un agujerito en la cortina de chapa, el mocoso los espiaba: el patrón se quedaba en cueros y le sacaba el vestido y la bombacha a la Rosa y los dos cuerpos se convertían en un amasijo. Esa malicia no podía ser sino obra de Rosa, si levantó una ciudad de la nada, inventó dos nuevos continentes y vació tres mares, ¿qué no podrá hacerle al hombre? *** Fue escaso e inútil lo que la madre enseñó sobre sexo a Rosa. Sin guardar continuidad, la madre soltaba lecciones en los momentos más inesperados: mientras echaba yerba al mate, cuando se calzaba las zapatillas, al ponerse los ruleros o mientras amasaba los ñoquis. Por sí sola, Rosa tuvo que hilar las lecciones mezclándolas con otro tipo de aprendizajes como planchar las polleras conservando derechas las tablas, lavarse correctamente los dientes y baldear la vereda sin dejar marcas de detergente. La primera educación formal sistemática la recibió del Patrón, cada nuevo aprendizaje ocurría en sesiones de cinco a diez minutos y a veces hasta cinco lecciones cabían en un solo encuentro. Los días de examen, las sesiones duraban más de dos horas. El Patrón se reveló como un maestro autoritario que no permitía a la alumna encontrar por sí sola el


conocimiento y conducía a la chica por itinerarios intrincados que no eran los preferidos por Rosa. La repetición, central en toda educación formal, aburrió a Rosa, aún cuando se tratase de un curso acelerado dada la urgencia del Patrón para que se titulase en cuestión de semanas. Como estudiante aplicada, Rosa recibía cada clase con los ojos cerrados y le dejaba al resto del cuerpo los deberes, no había amor porque sus dedos siempre olían a naftalina. Una vez que Rosa abandonaba el cuartito, su panza se inflaba y, en gestaciones de minutos, después de rabiosas contracciones, paría un hijo que por la noche conocía en los sueños. No jodás Rosa, ¿vos embarazada?, se burlaba el Pibe al ver la panza como globo, ése es otro de tus cuentos como el del país debajo de África donde los monos hablan ondulando los dedos en el aire. ¡Decime! ¿Qué comiste? Cuando una mañana, Rosa despertó con el pelo mojado oliendo a crío, se convenció que sus hijos no eran invenciones como insistía el Pibe o eran fantasías de otro tipo. Creía que el Patrón guardaba en las cajas amontonadas en el cuartito ese bicherío que se le pegaba al cuerpo mientras se revolvían haciendo todas esas cochinadas. Como las cajas eran de diferentes proveedores, Rosa paría hijos de diferentes padres. En un cuaderno Rivadavia, llevaba un inventario detallado de cada nuevo bicho que relacionaba con una caja diferente. En pocas semanas, las páginas se llenaron de descripciones de hombres con patas de caballo, mirada de tortuga, cuerpo de sapo y cola de pez; a cada descripción, Rosa agregaba el apellido dado por la marca impresa en la caja en cuestión (Roca, Martínez, Rocattiere) y un dibujito del hijo que habitaba una ficción que ella escasamente conocía.


*** No bien descargaban la Gregoria, don Julián se alejaba del muelle por la calle Italia, el hijo caminaba detrás del padre ajeno al vecindario de casas bajas que lo ignoraban también. A lo largo de las diez cuadras, don Julián ni una vez ojeaba su carga como si secretamente esperase perderla en alguna contracalle. Al llegar al hotel Delta, las mujeres que allí trabajaban sabían de memoria la rutina de estos hombres quienes no diferenciaban entre el ciclo de la caza y el sexo, por esa razón, las visitas en tiempos de veda no eran frecuentes. En un silencio religioso y húmedo, las mujeres se alineaban esperando la selección de los hombres. Don Julián nunca compartió mujeres con Suárez, por tanto los hombres nunca gustaron sus sabores personales en las bocas que las mujeres ofrecían. Si al viejo le brindaban justo lo que pagaba y respetaban todos los términos de la relación contractual, a Suárez lo dejaban jugar entre sus piernas, le decían mijito y todas esas tonterías que se les dicen a los chicos. Las mujeres aseguraban que cuando Suárez dormía junto a ellas su piel reflejaba la luz de la luna, quizás inventaban esas historias para creerse las esposas de príncipes y reyes. Sus clientes argumentaban que Suárez era muy poco hombre y a la mujer le encanta tener un macho incompleto en la cama para manejarlo a su antojo. Con Concepción era diferente, no mediaban selecciones ni cuentos de hadas. Cuando ella abría la puerta del cuarto 202, Suárez se echaba en sus brazos, aun cuando tuviera un cliente entre las sábanas, siempre lo dejaba pasar. Si el fulano se negaba a pagarle, ella lo


mandaba al carajo (Doña Luisa siempre la escuchaba desde la vereda contraria). Entonces, Concepción envolvía el cuerpo del hombre con el silencio de la niebla creándole un vientre ficticio y dulcemente oscuro. *** ¡Ahí va! ¡Ahí va! Con las huampas en la espalda, el hombre corría abriendo y cerrando la boca aunque su voz no sonaba. Unas manos cogieron las huampas, ¿son tuyas? El hombre agitaba su cuerpo como mosquito, luchaba por una vida que no le pertenecía, pero tampoco la había robado porque había nacido con ella. Las manos tironeaban del hombre que se deshacía en fragmentos desiguales, como en las películas cuando se muestran pedazos de cara, brazos y piernas pero no el cuerpo completo. Seis y después ocho manos se unieron en un mecanismo sanguinario que arrancó las huampas que se despegaron del cuerpo con un sonido hueco como cuando truena la panza, pero más feo. Los guachos se perdieron por un callejón blandiendo el trofeo en lo alto. Empapado por su sangre, el hombre yacía sobre el asfalto, no dejaba de vivir, revoleaba los ojos por el aire, muy grandotes y abiertos los ojos, hasta que los fijó del otro lado y entonces Rosa despertó. *** Dejame verte. Estás más flaca. Si te doy plata, es para que comas. Aquí el invierno pega muy duro y en el negocio siempre tenemos abiertas las dos cortinas. Tomá, acá tenés, comprate un tapado largo hasta las rodillas. Tomá, tomá, no seas tonta, si te lo doy es porque te lo quiero dar. Además, si te enfermas, me salís más cara. Mirate las manos, las tenés azules de frío! Vení más cerquita. Sabes que sos muy linda…¿no me creés? Si te lo


digo es porque lo sos. Mirá los ojitos que tenés, negros, así como de gato montés. ¿Nunca viste un gato montés? Yo iba a cazarlos con mi viejo cuando vivíamos en Córdoba, de eso hace mucho. A ver… las piernas las tenés calentitas, como recién sacadita del horno… y la boca... a ver la boquita…. Fruncida no la pongás que te ves fea… no seas malita conmigo…. Si yo te doy besitos… En la boquita así… no la fruncés… así… sabrosita que sos… vení más cerquita. Abrite la blusa… vamos... el primer botoncito… dejame a mí… ¿ves como puedo?… te voy a comprar una colonia que me guste a mí… mucho… y te la vas a poner… pero no todos los días… sino no me vas a dejar trabajar y eso no puede ser… ni al Pibe, porque así como se ve de jodido, seguro se le para…. Ya he visto como te mira... en especial cuando te venís acá conmigo… que se embrome, hay cosas que no puede alcanzar… ahí donde vive seguro sobran las minitas como él y se llenan de críos…. No son como vos… vos te cuidás, me dijiste, ¿no? Porque no quiero sorpresas… qué linda la pielcita… como sedita la tenés… ahora sacame la ropa vos a mí … ¡ay, Rosa!… tenés las manos muy frías … vení que te las caliento… ¿por qué las tendrás frías con lo calentito que tenés el cuerpo? *** Las tres de la tarde dispersaba en el aire un veneno dulce que alejaba a los compradores habituales de la Colón y sólo se aventuraban quienes no encontraban acomodo en las horas decentes. Las persianas de la forrajera permanecían abiertas entre las cortinas bajas de la verdulería de don Manuel y la puerta de vidrio asegurada con dos candados de la tienda de regalitos de la Chiquita. Ahí se quedaban los tres esperando quien sabe qué.


¿Sos sordo? Te dije que sacaras las bolsas de la entrada, ahí no dejan pasar a los clientes… con las mano, no, agarrá la pala… te quedan más afuera que adentro… con cuidado… agarrá otra bolsa, ésa está agujereada… ¡por eso se te salen todos! Una vez que agotaban los argumentos, arrullado por las chicharras, el Patrón se dormía detrás de la caja registradora. Junto a las bolsas de semillas de girasol, el Pibe amasaba bolitas con los mocos y las ordenaba en una perfecta hilera sobre un estante. Luego, con la parsimonia característica del gustador delicado, depositaba una por una en la boca, las degustaba, y las empujaba hacia la garganta por donde felices los redonditos se deslizaban terminando el recorrido. Esos festines enfurecían al Patrón: roñoso, andá a hacer esas porquerías a otro lado, ¿me querés arruinar la mercadería? El Pibe no entendía su ceguera a semejante manjar y, una vez que el Patrón se volvía a dormir, reiniciaba el ritual evitando desplegar sus elaboraciones a la luz pública. El Pibe presumía de sus paisajes que decía competían con las geografías ficticias de Rosa. Algunas veces los dos se acomodaban bajo el naranjo y alternaban sus raros diálogos de países inexistentes y planes sin sentido con el chillar de las chicharras perturbando el sueño del Patrón quien se acomodaba una y otra vez sobre la silla de esterilla maltratada por tanto cuento. Un día, quizás inspirada por los bultitos, Rosa le contó una historia de consecuencias insospechadas para esos tres unidos por la modorra de la tarde. Hace mucho, mucho tiempo, en un país del norte, los hombres y los animales eran parte de una misma familia. Hubo una peste que les mostró sus diferencias y los separó y sus hijos mestizos vivían marginados de uno y otro grupo. Muchos murieron en las garras de los


animales o de los hombres quienes salían en grupos a cazarlos. Los dioses de los hombres inventaron un temporal que arrastró a los mestizos río abajo donde quedaron colgando de los árboles. A la hora de la siesta, salieron de sus larvas y se mezclaron con los humanos y los animales de río abajo donde se desconocía la existencia de aquel reino en el norte. Ahora, dan vueltas por la ciudad mezclados entre la gente y los animales, pero nadie lo sabe. ¿Salvo vos? Ajá. ¿Y el patrón es mezcla? Puritito humano. ¿Y yo? Dejame verte. Rosa examinó sus ojos color de río, los dedos metidos en la nariz, la sonrisita cayéndosele por la esquina de la boca. Dale, ¡decime! Igualito al patrón. Vamos, no jodás, Rosa, esos tipos no existen, sentenció el Pibe. Yo no estaría tan seguro, respondió Rosa mientras guardaba los ojos en el misterio. *** El Patrón desconfiaba de sus cuchicheos y los engatusaba con las facturas de las cinco de la tarde: no crean que va a ser así todos los días. Rosa tomaba dos pero el Pibe desconfiaba de


las gentilezas del Patrón e imaginaba planes homicidas. No te hagas el tímido que no te queda. El hambre le ganaba al miedo y llevaba una factura a su rincón donde la comía de a pedacitos y así corroboraba que no escondía el veneno temido. Pero, la crema pastelera que se resbalaba por el costado de su boca resultó mas peligrosa que cualquier otro veneno imaginado por el Pibe porque Rosa se la limpiaba con los dedos y, cuando la crema se pegaba en el cachete (así sucede cuando no tiene leche y es pura grasa porque el Patrón, para ahorrarse unos pesos más no fueran sólo tres, compraba las facturas no en la panaderia sobre Constitución sino en en una sin nombre a un lado de la casa de la borracha), lamía prolijamente el dulce. A pesar de la insistencia del Patrón, por días el mocoso no se lavaba la cara convirtiéndola en la parada preferida de las moscas. Rosa complicó la tragedia y desparramó besos por toda la cara del Pibe dejándolo más lastimado que si se hubiera caído de panza de un quinto piso. Las más felices eran las moscas y el más infeliz el Patrón porque tuvo que vérselas con la jeta desfigurada del mocoso. *** En las islas era conocida la maestría de don Julián para la caza, hombres con plata viajaban desde la Capital para contratarlo porque el viejo les garantizaba un regreso con presa. Suárez nunca compartía ese gusto y, no bien el viejo disparaba su rifle, unía su boca a la del animal moribundo con el inútil afán de regresarlo a la vida. El viejo le chiflaba como ya hacía con el perro. En esa ocasión, la bota del cazador lastimó el encierro de la noche, los círculos de un


infierno próximo se enredaron en las patas del animal que cayó hiriendo de muerte el silencio de la noche. Puñal en la mano, el cazador se acercó, Suárez lo miró con un cariño oscuro y susurró: ¨Esta vez, la víctima no soy yo.¨ Don Julián se despertó. Arrastró sus pies a la otra pieza, el camastro revuelto lo confundió porque sabía que estaba solo. El perro apoyó la lengua sobre su mano y el viejo recordó al muchacho que lo ayudaba a cortar el mimbre y lo acompañaba al monte, una mañana ya no lo vio hasta ahora que apareció en el sueño. Don Julián se preguntó cómo había entrado a lo abstracto y retrasó su siguiente movimiento, si el sueño había cazado al otro quien le aseguraba que no lo agarrara también a él. *** Entre sandwichitos de miga y tarta de frutillas, el rumor se inició como conversación de relleno en los tés del Club San Fernando donde las señoras sacaron a relucir sus raquíticos conocimientos de la provincia y del extranjero: en Salta encontraron un pigmeo, pero resultó un indio, en las Guayanas vi unos hombres horribles, mitad indio, francés y negro, ¿te imaginás? La mezcla produce tales deformidades, además no deben ser de la mejor clase, no es un francés en Nueva York o un berlinés en Madrid. En Europa hasta los animales tienen modales. Y si se mezclan, los enjaulan, ¿no te parece bien? No espantan al turista y así ganamos todos. Menos los mezclados. Ellos no cuentan. Gracias a dios. Al día siguiente, el rumor se convirtió en tema obligado en los bares de la calle Colón, algunos hablaban de la repatriación del hijo de Cipriano, otros aseguraban que era el verdadero jefe de la banda de los Cabecitas. En pocas horas, la policía resolvió más


crímenes que en los diez años anteriores. Arrastrado por el entusiasmo general, el periódico local le atribuyó dos asesinatos fechados en abril de 1945 sin reparar que el hombre no pasaba los cuarenta años (así se explica que el redactor llevara más de una década en el departamento de noticias sociales donde sólo se manejan números de dos dígitos). *** Al hombre, le dije: Escúcheme, usted, sí usted, ¿qué hace acá? ¿Se escapó de un circo? Sí, a usted le hablo. No puede andar con esos cuernos amarrados a la espalda, ¿se cree el arcángel San Gabriel? Déjese de joder. En los chicos, vaya y pase y uno siempre les puede encajar un sopapo, así aprenden a no hacerse los payasos, pero usted es grande. Hasta los chicos se burlaban: ¡Vamos Toro! ¡Ooooohhhhhh!; pero él caminaba serio entre la gente, todos lo miraban, los del bar, los del kiosco, hasta que un policía metió la cuchara: ¿Hablás castellano? ¿Dónde cazaste el ciervo? Porque en la isla no se puede. La piba que trabaja en la forrajera dijo que ella era una pariente y el poli la provocaba: ¡qué vas a ser! Es la esposa, yo salí de padrino en la boda y el islero está haciendo negocios conmigo, dijo Cipriano. ¿Y desde cuando hacés negocios con animales? ¿No te enseñaron modales en la academia? Dejate de joder y soltalo o ¿querés pasar la navidad con la manos vacías? Tu mujer está preñada, ¿no?; y le guiñó un ojo al poli quien alineó el suyo con un dedo mientras contemplaba a Suárez, el mensaje era claro, te voy a tener vigilado. *** Ya eran las siete, entre la persiana sobre la Colón abierta y la otra baja, el Patrón esperaba un cargamento de semillas de girasol. ¿Hoy no cierra? Mire que al rato esto se pone


bravo… yo me voy, estoy cansado, lo único que quiero es tomar unos mates con mi señora. Ojalá no tarde mucho su camión; don Carlos, setenta y tres años y todavía jodiendo con el negocio, gringo de mierda, ¿quién lo manda tener el bulín abierto? El viejo protesta porque todo sube de precio y la jubilación no alcanza, y, si no fuera por el negocio, estaría viviendo en una villa miseria. Exagera, hizo un montón de guita y la tiene en un banco en el Uruguay. Tiene todo, pensó el Patrón; yo, en cambio, solo y ni la Rosa… ¡qué linda está la piba!… la verdad, le gusta y no sólo por lo que pasa atrás en la bodega… bueno, eso también… le gusta verla en el negocio, hacer las cuentas… escuchar los cuentos que le inventa al Pibe… como idiota se le cae la baba al mocoso. No tiene celos porque aquel ni debe saber agarrar a una mujer y en eso él es mandado a hacer. Le gustaría que se quedara con él, ni qué hablar. Ha pensado en decirle algo pero tampoco puede andar de zarpado, una cosa es lo que pasa en lo oscurito pero afuera el mundo es chico y las viejas enseguida van a chusmear, y él no quiere hacerle daño a Rosa. Le gusta su pielcita clara, ha conocido mejores, pero la Rosa no usa cremas para dejarla más lisita. ¡La Rosa! El nombre le sabe a pan recién sacado del horno, sabrocita que es. El patrón sacó un cigarrillo, miró la hora, eran las y media, carajo había pasado rápido el tiempo en pensar en Rosa, ¿y si viviera con ella? Se haría viejo con sólo tronar los dedos. ¿Qué tanto piensa? Nada, doña Carmen, esperando, que no lo sorprenda la noche, ya sabe como refresca y en media hora no hay más luz, ¿no estará enamorado? ¿Yo? ¡Qué voy a estar!, con todos los problemas del negocio ni tiempo para pensar en alguna mujer. ¡Si usted lo dice! Ya eran casi las ocho y del ruidero y el masacote multicolor de cuerpos


yendo y viniendo sólo quedaban él y algo de los cuentos de la Rosa. *** Cipriano y el islero se sentaron en el fondo. En el bar estaban los de siempre, como tenían una pareja incompleta, invitaron a Cipriano a jugar truco, él les dijo que tenía un asunto que atender, los hombres sonrieron cómplices, jugaban pero estaban atentos a esos dos. Les llevé una picadita, como macho, Cipriano encorvaba los hombros, servite, la prepara bien el Tano, traéle una cerveza al amigo, los negocios se hacen bien o no se hacen. ¿Vos cazás? ¡Mirá que cosa! ¿En la isla? ¿Y las traés siempre a vender acá? Yo te las puedo comprar, ¿me entendés lo que te digo? El islero medía el hueco entre él, Cipriano y la puerta, un triángulo fácil de destruir pero estaba atrapado en el escenario fabricado por el otro. Cipriano manoseaba las huampas y murmuró algo que se mezcló con los cantos de los feligreses que salían de misa de once. Su interés en las huampas parecía falso, pero algo acordaron (vi cuando le pasó un billete de diez pesos enrollado como cucurucho) porque el islero se paró y desató los nudos, movía las manos como si pronunciaran las palabras que su boca había callado, y como las víboras que pierden la piel, se despojó lentamente de las huampas. Extasiados por el artilugio, los hombres suspendieron la partida de truco, y como si la procesión hubiese contagiado su religiosidad al evento, el bar se convirtió en una iglesia. Cuando el islero depositó con cuidado las huampas sobre la mesa, Cipriano se las colocó sobre la cabeza sosteniéndolas con las manos. Había algo antinatural, como si esos dos hubieran invertido las reglas de la descendencia. Con la solemnidad del guerrero derrotado,


el islero caminó a la puerta y salió. Recurriendo a uno de los temas comodín, los hombres rompieron el silencio con una conversación absurda, se quitaron el asco lavándose la boca con grapa y me hicieron señas desesperadas: otra ronda de la misma lisura. *** ¿Quién sos vos? ¿Querés ser el bueno? ¿Sí? ¡Dale!… yo soy el malo y después cambiamos. Empecemos. Dale, pegale, pegame, a mí no me duele, gritaba el mocoso. Suárez golpeaba los botones, pero el Pibe era más rápido, la sangre chorreaba y salpicaba la cara y el cuerpo de los dos contrincantes, dale, dale, dale, y el pibe entonó la sentencia: Llegó tu hora, Shannok; ahora me vas a regresar lo que es mío. ¿No te querés morir? Dale, dale, no es de verdad. Te estoy ganando, dale. Pegame más fuerte, más, más. ¡Te gané! Después Suárez fue el malo. ¡Sos vivo!, decía el Pibe, ser el malo es mejor, ¿viste las maldades que hace y el bueno no las puede hacer? ¡Qué boludo! Así esta programada la maquina, no se puede cambiar. Unos hacen lo que se les pega la gana y los otros reciben todos los golpes porque tienen las manos atadas, aunque no se vea. A todos esos, pronto, se la vamos a regresar, una por una, y les va a ir peor que a Shannok. *** Suárez se sumó al animal de mil cabezas que bamboleaba la cola mientras se desplazaba pesadamente por la vereda, los edificios le chupaban las partes hasta que en la esquina de Colón y Perón sólo quedó él. Caminó a un lado del Colorado, la Primorosa, el Esteban, el María Cristina, barcos que hundidos en el canal habían aceptado su suerte de barro, algunos


se resistían al olvido perfecto y arrojaban basura como mensajes inútiles de náufragos esperanzados. Con su cuerpo quebrado sobre el declive de la costa, Suárez parecía el primer hombre creado en el universo: su rostro blanco, sus cabellos negros colgando sobre la frente, la espalda en escuadra, los brazos excesivamente largos, los dedos finos, ya no cargaba lo que completaba al animal, eso notó Rosa; los desperdicios que flotaban en el canal componían una imagen fracturada de un espécimen en construcción. A Suárez, los ojos de Rosa le recordaron unos pozos que, después de revelarse como dos reinos con la malicia propia de las islas (lombrices, babosas y gusanos entreverándose en juegos sucios), había cavado una tarde. Por la noche, había pensado en los agujeros abiertos en la tierra: regresaría por la mañana y los pozos lo esperarían donde los había abierto, no como los animales que nunca permanecen en un mismo lugar, caminaría a su alrededor y llenaría uno con agua fresca para los animales, y en el otro arrojaría el desecho del mimbre. Pero, al regresar, no los halló, ahora los tenía frente a él. Lo que cargaba, ¿él se lo sacó? Se las vendí. ¿Le dolió mucho? Ya estaba muerto. Yo no tuve la culpa. ¿Qué culpa va a tener? Con los ojos redondos, la nariz pequeña, los cachetes rojos, la boca como botón, el pelo


ennegrecido largo hasta los hombros, las rodillas blancas y redondas como islas, los zapatos grandes y las piernas un poco anchas y chuecas, Rosa parecía una muñeca prófuga de una juguetería de la Colón pero hablaba como lo hacen las mujeres. Usted es de verdad. ¿Usted es de mentira? ¿Por qué? Lo soñé. Rosa, mientras balbuceaba igualito, igualito, acercó su cara a la de Suárez quien inmediatamente unió su boca al hocico de ella aun cuando la mujer no desfalleciese. Rosa lo degustó tal como había contemplada a la madre saborear su ficción. *** Quien más lástima me da es el pibe pero ese chico tiene un dios aparte porque bien podría estar afanando. Siempre seriecito el mocoso, ni una puteada le escuché, nunca, quien sabe, a lo mejor era de familia bien que se vino a menos. Llegaba limpito al negocio del Chacho… ¡cómo le aguantaba el mal trato! Porque el Chacho le gritaba cada cosa que daba vergüenza, como si le tuviera odio; el Pibe se daba vuelta y se mordía los labios para que no le viera las lágrimas. Varias veces le dije al Chacho que se le pasaba la mano, pero él enseguida me mandaba al carajo. Mejor no meterse con esa gente, ¿me entiende? ¿Quién puede culpar al Pibe por lo que pasó, si a mí, que no tenía nada que ver, me hervía la sangre? Hasta a los animales uno les toma cariño. Dicen que andaba con la muchacha, cuando bajaban la cortina, atrás… ellos… usted se imagina, qué cochino, ¿no? ¡Un hombre


grande aprovecharse de una muchacha! Aquel día, la policía se llevó al pibe pero él no tenía la culpa, seguro ella causó todo. *** Diálogos de mentira inundaban la sala de la pensión porque Violeta nunca se perdía la telenovela de las cuatro de la tarde. Rosa se apuró hacia el cuarto donde las camas se alineaban en perfecta armonía. Todas las mañanas, antes de que las muchachas partieran al trabajo, doña Lola, la dueña de la pensión, pasaba la mano sobre cada colchón para comprobar que las colchas no ocultaban arruga alguna, las chicas temblaban ante tal inspección porque, cuando la mujer abría la boca para soltar insultos a un fulano teórico, se imaginaban bajando por la garganta hacia las profundidades de su alma, porque ahí decía guardarla. Del armario, Rosa sacó un vestido, el nuevo, y los viejos los dejó. Repitiendo el ritual de la madre empacó, hasta lloró como si enviara lejos a una hija. Las zapatillas no cupieron en la maleta: esta hija no era la misma que su madre despidió. Luego, abrió la cajonera y sacó el cuadernito con los dibujos de sus hijos. Desde la puerta, Violeta la contemplaba suspendida en una silenciosa inquisición. Con su voz de angelito prófugo, le preguntó si se iba y si era para siempre. Rosa le dijo que sí y que no, Violeta se acercó a la mesita de luz con la aparente excusa de mirar una cadenita que siempre le alababa y, con un movimiento de bailarina, tomó la cadenita y le agradeció con un beso en el cachete aunque su ojo pedigüeño se pegó en el cuaderno y ahí quedaría hasta el final de la historia porque inspirada en las tramas de encuentros, amoríos, exóticas revelaciones y despedidas de las


telenovelas, Violeta escribiría los siguientes capítulos de la historia de la Rosa. *** De un sopetón, Rosa pegó la boca sobre la suya. Si el Pibe pensó en zafarse, la idea valió un comino porque sus manos agarraron las caderas de Rosa y, en un instante, sus cuerpos (brazos, pecho, panza y eso de allá abajo) se pegaron en un vaivén que simulaba un baile de borrachos. Rosa llevaba un vestidito que le marcaba las tetas y de un tirón el Pibe la peló. Completando una metamorfosis prolija, la ropa del chico cayó sobre el piso revelando su cuerpo blanco. Las dos pielcitas eran listoncitos de luz en la penumbra de las cajas. Los huesos le sobresalían al Pibe en las rodillas, caderas y en el pecho y Rosa se los tocó; el Pibe siempre había respetado la etiqueta impuesta por el Patrón y nunca se había sacado la remera ni se había arremangado los pantalones para baldear la vereda. Como una travesura absurda, el Pibe se sacó el calzoncillo, inmediatamente, Rosa se bajó la bombacha que se le enredó en los pies quedándole como pisito. Con el puro corpiño, Rosa parecía una muñeca de carne y hueso. Los dedos del Pibe desabrocharon el corpiño y sintió blandito y durito sintió, él abajo. Las tetas eran chiquitas y, de un bocado, el Pibe se las metió en la boca. ¡Grandulón se veía mamando! ¡Como los pendejos! Rosa deslizó su lengua sobre los hombros del Pibe y besó la corta planicie de su pecho lampiño enroscándosele en el cuerpo; cuando Rosa llegó al culo, los dos eran un charco sobre el piso de la forrajera. Con suavidad, el Pibe hundió su palito en el agujerito de Rosa, tenía la medida perfecta no como el del Patrón que le quedaba grande. Rosa abrió aún más las piernas y sus tetas se suspendieron en el aire, el Pibe las retuvo con las manos, no era el


momento para dejarlas ir. Cuando la lengua de Rosa bajó por su garganta y perforó sus tripas, el Pibe se sacudió violentamente y el golpe rebotó en Rosa abriéndole la cara en una sonrisa de estupenda factura que saltó sobre su cara. Con los dedos el Pibe limpió la leche que caía de la boca de Rosa formando un charco entre los dos. Rosa lo observó en silencio como si la limpieza en ese momento fuera un paso imprescindible del juego. El Pibe puso nuevas caricias sobre Rosa y, entre toqueteos, se abrazaron en un círculo de la más fina felicidad. Cuando regresó de la siesta, el patrón los encontró durmiendo como gatos enroscados. Como espectro que la siesta había olvidado, en cueros, el Pibe corrió entre el asombro de los locatarios y empleados. Se refugió en el cuartito de la borracha; la mujer abrió su batón y, temblando, el Pibe escondió su rostro entre las piernas flacas de la mujer. China de mierda, gritaba el Patrón mientras Rosa recogía la ropa desparramada sobre las cajas. El Patrón se aguantaba los manotazos para no ponérselos sobre el cuerpo. La voz áspera le llenaba de insultos la boca; de Rosa no se escuchaba nada. Llevada por la curiosidad, Doña Resurrección asomó la cabeza por el rectángulo abierto de la cortina: pisando las cajas desordenadamente apiladas, envuelta en un halo de espuma, la mismísima virgen trepaba hacia el agujero en el techo. La doña memorizó cada uno de sus movimientos como si fueran las cuentas de un Rosario de carne hasta que una lluvia blanca cayó por el hueco pintando a la santa sobre el piso ennegrecido de la bodega. Doña Resurrección se postró ante la imagen e inició una retahíla de plegarias; se le unieron las viudas del callejón que iban a misa de cinco en la capilla de Don Orione. Al bendito sea


dios, siguió una enumeración ininterrumpida de ave marías mientras el Patrón puteaba; algunos decían por la mercadería que aquellos dos le dañaron, otros aseguraban: lo que le estropearon fue el corazón. *** Nueve pesos, lo apuró el mozo. Suárez sacó del bolsillo el billete de diez que poco tiempo había habitado en su bolsillo, el mozo le buscó acomodo entre los otros que le hicieron cancha con desgano en la billetera. El mozo recogió el pocillo de café y el vaso, únicos rastros de una rara negociación -alcanzó a escuchar palabras sueltas: islas, Leonor, invenciones, oculto- que remató con el chasquido del trapo contra la mesa. El mozo le guiñó un ojo a Rosa: anda, ya tendrán oportunidad de entenderse. Caminaron por la calle Italia hacia el muelle. Desde las sillas de jardín alineadas sobre la vereda, los vecinos se deleitaban con historias que poco aludían con esos dos: tienen pinta de venir de la iglesia, son de la isla, él es y se lleva a la piba, quién sabe que le dijo, la piba lo engatusó, seguro olió la guita, parece una buena chica, buenas hasta que roban. Dos y tres veces, Rosa se apuró para alcanzar al hombre quien parecía haber olvidado su carga. Vení, tomate algo, invitá a la señorita, le gritaron los del muelle; nunca lo habían visto con una mujer y era lógica la provocación. Rosa se ocultó tras la indiferencia acumulada desde que salió del bar. Con la punta del pie, Rosa rozó el borde de la Gregoria que se balanceó un poquito. Suárez la miró completita, nada le faltaba ni le sobraba, la tomó del brazo y la ayudó a subir, luego, desamarró el barco y saltó a bordo. Encendió el motor, aun de pie la mujer no encontraba


acomodo en el vacío del barquito. Desde el muelle, los hombres miraban y miraban. Sin esperar a que la mujer se sentase, y quizás como una táctica del hombre para mostrar el monopolio sobre la mujer, Suárez aceleró, la valija se disparó en el aire y, al abrirse, su contenido cayó al río. Rosa se lanzó sobre la borda y logró rescatar algunas prendas, sus zandalias de tacón y el cuaderno y unos pocos bichos porque la mayoría se hundió en el río dejando sobre la superficie una alfombra de lunares plateados. Suárez no intentó detener para rescatar el resto de la historia de Rosa que flotaba en el río: las muchachas, los gritos del Patrón, la mirada melancólica del Pibe del color de la pera que aun no ha madurado, vos me gustás Rosita, el cuartito de atrás, esto no es un kilo, todo se borraba, como cuando encienden las luces en el cine porque se acabó la película y todos se van y quedás sola, y se acerca el muchacho encargado de la limpieza, que nunca es el mismo porque el dueño no le paga, y con la escoba te empuja afuera, insiste, te molesta, frenás el insulto, y aparece el dueño: señorita, la gente está esperando que usted salga para poder entrar. Olés lo que te queda de película en las manos manchadas de mostaza, cruzás la puerta del cine e intentás contar la película en la pensión pero las muchachas no te dejan, te hacen preguntas, quieren saber detalles que vos ni sabés. Desde dentro de la ficción podría contar una historia sin dejar espacios en blanco.

***

Río.


Un día, la Fulana visita al hombre para acordar la fecha y el lugar que en el futuro se volverá a presentar. Este contrato con interés fijo crea la tan trillada tranquilidad del islero quien toma las desgracias y las alegrías con aparente indiferencia. Cuando se acerca el momento, hay señales que anuncian el gran acontecimiento: el islero agarra un resfrío que no se termina de curar, se le hinchan los pies, ya no quiere tomar mate, o se resiste a mirar la televisión. Contempla los esfuerzos inútiles de su mujer y sus hijos para evitar la tragedia, no les va a estropear esa última ilusión. Así como la Fulana se presenta al resto de los hombres, la única mujer que visitó a don Julián fue la Leonor. Escuchó a la Gregoria acercarse desde el Paraná de las Palmas. Dado que el sueño le había estado jugando sucio, don Julián dudó pero la incertidumbre se achicaba con cada vuelta de motor. El perro también reconoció el barquito, su ladrido fue la señal para la entrada de un viento arisco que desparramó los pelos grises sobre la cara pétrea del viejo. El viento lo engañó varias veces acercando un sonido que aun era lejano. El viejo blandió el fusil para callar los ladridos del perro que desordenaban el frágil espacio construido por el viejo. Cuando el sonido del motor se instaló sin engaños, las dos siluetas cobraron una calma efímera y estúpida. A don Julián le molestó la infidelidad del río que regresaba una carga despachada días atrás y, más aún, al verla duplicada. Cuando el viento revolvió el mimbre sobre la costa, Suárez saltó de la Gregoria y luego la segunda sombra. El perro delató al viejo con un ladrido histérico y fuera de tiempo. Las piernas desnudas entre los zoquetes y la falda, el seno revuelto y la expresión arrogante en


la cara revelaron a la mujer recién llegada a la isla. Con los ojos puestos en la nutria que colgaba de la mano del viejo, ella intentó un buenas tardes pero el perro ladró dos, tres, quien sabe cuantas veces. Con un culatazo en el lomo, don Julián alejó al animal: sus manos apretaban el arma como si lo quisieran deshacer. Súbitamente, una luna ansiosa se acomodó sobre los álamos iluminando a la mujer y a Don Julián en el proscenio del nuevo escenario instalado en la quinta. Suárez recogió a Rosa de esa nada y los dos atravesaron el predio perforando la oscuridad que se había transformado en una sustancia espesa fijando el viejo a la tierra. El ladrido del perro perdió toda eficacia cuestionando la presencia del animal. Don Julián marchó hacia el muelle con sus manos olvidadizas de la nutria y el rifle que aun cargaba, mientras tanto una grasa le ensució el cuerpo empalmándolo con el paisaje negro del río. *** La cocina servía de entrada a dos cuartitos gemelos. Rosa caminó hacia el que guardaba algún orden, el cabeceo mínimo de Suárez señaló el opuesto. Como nena frente a una caja de juguetes de otro chico, Rosa contempló las piezas de su nueva historia: un catre con un colchón deshecho, una silla de madera con la esterilla deshilachada, una pila de ropa sucia en un rincón y un tablón pegado a la pared que había perdido todo uso. La ventana se abría hacia el río como una boca de lobo, esa boca, o la de Suárez, balbuceó su nombre. Ella esperó alguna otra indicación pero nunca la escuchó. Atrapado en una línea sobre la que aún no se escribía ninguna historia, Suárez no se movía ni para un lado ni para el otro, cuando el momento se vació de esperas, abrió la puerta del


cuarto y salió. Había resistido las ganas de apretar a la mujer y le dolían las muñecas por el esfuerzo. En la cocina, el viejo desenredaba las líneas de pesca mientras renegaba: no hay pique, pura basura muerde, el bueno se fue, y seguía, puro bagre nomás estuve sacando, para lo que sirve, para nada. Como si fuera el pensamiento endiablado del otro, Suárez daba vueltas por la cocina. A ese caos entró Rosa, llevaba un vestidito floreado que la hacía ver más grande y le descubría las pecas sobre los hombros. Como si antes hubiera vivido allí, la mujer abrió la fiambrera, sacó un pedazo de chorizo, lo cortó en rebanadas desparejas y, una por una, las alineó en la sartén que colocó sobre la hornalla del hornillo. Luego, sacó los platos del rincón donde los amontonaba el viejo y los limpió con un trapo que Suárez no reconoció. En un orden que descomponía la ecuación de rutinas de los hombres, la mujer colocó unos tenedores junto a los platos que depositó sobre la mesa, y agregaba más y más cosas, acercando más y más a quienes se sentarían alrededor; mientras tanto, el chorizo chisporroteaba sobre la estufa inventando una falsa alegría. Suárez vio como los pensamientos del viejo se enroscaban en las patas de la mesa acercándose a la mujer sin tocarla. Simulando indiferencia (era imposible que ella no lo notara), la mujer siguió colocando otros objetos que quizás cargaba en la valijita. Si podía cambiar tanto en los primeros minutos de su estancia en la isla, era lógico esperar tragedias en los días y semanas por venir. Suárez abrió la puerta y se apresuró hacia el río que se alejaba como si le impidiera abandonar la historia de la casa. En el muelle, se volteó: la silueta de la mujer se estremecía a un lado de la nuca iluminada del viejo que parecía una cicatriz abierta en la noche. Una


risa estúpida se le escapó entre los dientes desparejos cuando pensó en lo que podrían emprender una cicatriz y una mujer. Subió al barquito, desató la soga que lo amarraba al muelle y empujó la Gregoria hacia el medio del río, una zona neutral que lo varó con su apatía. Alertado por el movimiento del hombre, el perro lanzó el primer ladrido, por más señas y soeces que Suárez produjo, el desgraciado multiplicaba el barullo. La mujer ocupó la puerta de entrada y la cicatriz se orientó hacia él, el río y el perro lo habían delatado. *** Al contemplar sobre el piso de cemento de la forrajera la silueta pintada de Rosa con la colita levantada, el cuerpito de fideo y los pies enormes de reptil, las muchachas de la pensión estallaron en una risa que recibió la mirada reprobatoria de las adoradoras de la nueva virgen. Yo enseguida noté su santidad en el iris de los ojos, exclamó Doña Lola y, como buena negociante, regresó a la pensión para levantar un segundo santuario en el cuarto donde “la virgencita” durmió durante su corta estancia en el Canal. El cura se negó a reconocer como legítima una virgen que el sexo había instaurado. El cura hablaba de exo, eso, mezclando las sílabas y letras de la palabra maldita como si lo acontecido se tratase de una cuestión puramente literaria. Desoyendo las amenazas de castigos divinos y los motes de herejes en la misa de once, las señoras se resignaron a adorar a una virgen falsa. De los dolores que la china le dejó, el Patrón no sabía si era peor la huida o la traición; ¡quién sabe desde cuando esos mocosos lo cuerneaban! Retomó su rutina, sin Rosa y con parte de la forrajera destinada a oratorio y santuario. El municipio destinó parte del presupuesto de obras públicas a la construcción de un acceso a la bodega en la diagonal que


desembocaba en la entrada de la calle Lavalle estableciendo una injusta competencia entre la forrajera y el bar en contra esquina porque los habitúes convertidos en fieles pagaban menos copas para dejar su ofrenda a la virgencita. Cuando a los dos días, el Pibe se despertó de entre las piernas de la borracha, no la reconoció tras la mantilla de hilo negro que apestaba a humedad y le cubría la cara; es para rezarle a la virgencita, explicó la mujer. Sin zapatillas, con el pantalón caído, la camisa con los botones mal abrochados, la cara con su contenido descorrido como si hubiera perdido ojos y pecas al correr por la vereda, el Pibe, envalentonado con los restos de los vinos no tan benditos de las botellas de la borracha, desafió al Patrón en el recinto santificado por la desaparición de Rosa como mujer y su aparición como santa. ¿Dónde la pusiste, dónde, desgraciadito? La bendita ha sanado al muchachito. ¡Camina, camina! ¡Si es el pibe de la forrajera! ¿No es el paralítico, el chico que vende ballenitas? No, doña Esther, usted los confunde. ¿A dónde la llevaste? Shhh, lo silenció Dona Anunciación, shhhh. Santiesteban le aconsejó escribir una cartita a la virgen, pero el Pibe no iba a renunciar a la tajada de carne que le tocaba sobre la tierra después de haber descubierto algo más placentero que sacarse los mocos de la nariz. El Pibe clavó un ojo de venganza sobre la frente del Patrón, no esperaría un nuevo milagro.


A las dos horas, los oficiales de la policía sacudían la cabeza frente al Patrón quien yacía con los ojos abiertos en un charco de su propia sangre mientras el Pibe sostenía la cuchilla que le había encajado en el costado izquierdo. Los vecinos se arremolinaron en la entrada de la forrajera porque dos señales del bendito en menos de una semana eran una muestra del apego de un dios que por décadas los había abandonado en la indiferencia. Hablaban de un nuevo Jesús y del soldado romano, aunque no era claro quién era quién dados los antecedentes de los personajes; la confusión entretuvo a los parroquianos y feligreses en debates insensatos por los siguientes tres meses. *** La noche devoró el cuarto desparramando sobre la cama migajas de puro deseo. Suárez se sacó la camisa y extendió los pantalones sobre el piso porque la mujer había ocupado la sillita, eso le gustó. Despacito, se estiró a un lado del bulto que indicaba a la mujer, la cama chirriaba cada vez que Suárez buscaba un mejor acomodo. Finalmente, los inundó el silencio, ni la respiración del perro se escuchaba aunque el animal obraba como centinela detrás de la puerta. Boca arriba, parecían dos cuerpos que la marea había empujado a la casa. ¿Y yo, qué? Así con él acá, yo no sé… ¿Quién es? … no se escucha nada… ni el río se escucha… y lo cerca que está, Rosa empezaba a tantear la ficción de los hombres. Suárez puso sus dedos sobre las tetas de Rosa y la mujer calló como si le hubiera tapado la boca. Mordió los redondeles mientras la mujer lo observaba con los ojazos abiertos, en toda la noche el hombre no pudo cerrárselos. ***


No importa que sean niños o viejos, padres o hijos, doctores o albañiles, cultos o ignorantes, todos los hombres son iguales, sonaba la cantaleta de la madre. Por eso, para Rosa fue natural hacer con el hijo aquello reservado al esposo. Algo olfateó el hombre porque la tocó con la torpeza propia de los chicos. Metió las manos en su boca, le palpó los dientes, le exprimió las tetas, con su dedo índice hurgó en el ombligo y le encajó la lengua mientras elevaba los ojos hacia la cara de la mujer que la luz de la luna deshacía en gajos. Suárez se desparramó sobre el colchón y abrió las piernas exhibiendo el miembro, esperaba atenciones. Era la combinación perfecta de roles: como madre e hijo se lamieron y como esposos se abrazaron de piernas. Desde el interior de la ficción, el sexo roza lo absurdo. *** Una vez que don Julián aflojó la lamparita de la agarradera, se sacó las botas, desató el piolín que le amarraba los pantalones, extendió la camisa junto a las sabanas revueltas y acomodó su cuerpo sobre el colchón. ¡Prisionero en su propia casa! Entrecerró los ojos y frente a él se balancearon las gallinas que su madre criaba en España, los hombres que esperaban en Retiro, el contratista que los llevó en la isla, del perro, las putas del Canal, el muchachito que viaja en la chata de don Sebastián, el ciervo, todos lo miraban regresándole imágenes de un don Julián que desconocía. Había otras imágenes que marcaban puntos y comas: una mancha de grasa sobre el muelle, los restos de pescado sobre la escalera a la casa, la cola del perro. Finalmente, todas se ligaron formando una película que se deslizaba entre los agujeros de plata que la luna había abierto en la puerta del otro cuarto; cuando la película acabó, don Julián se durmió.


*** El Pibe yacía sobre el catre con los restos del cuerpo que la Rosa le había despedazado sin saber todavía qué parte se había llevado y cual le había dejado. ¿Me van a soltar mañana? Depende de los cargos que presente el fulano a quien le clavaste el cuchillo, al condenado le hervía la sangre, le dijo el policía de guardia. ¿Cuántos años tenés? Quince; tengo un pibe de tu edad, siempre lo saco de líos, la gente piensa que como uno es policía, la casa es una comisaría, pero el pibe hace lo que se le da la gana; claro, cuando se le pasa la mano, le meto una buena fajada. Pero, es un buen pibe, como vos. Ya, dormite, por la mañana te traigo unas facturas. Cuando el oficial apagó la luz, con el dedo el Pibe hurgó en su nariz, nada halló y lloró. *** Rosa demoró en levantarse. Una red que una araña había tejido y abandonado en un rincón del techo, era lo único que Suárez le había dejado de la noche. Desde la galería, Rosa contempló las herramientas desplegadas a lo ancho del terreno, semienterradas en el lodazal disimulaban lo que era un claro mecanismo de las trampas y engaños de los hombres, luego Rosa lo comprobaría porque escaso uso les daban. Contagiada de su indiferencia, las sorteó. En la costa, el río la increpó con la insolencia típica de los mocosos cuando cumplen los once años y saben que se les para y organizan competencias con las chapitas delante de las chicas para aumentar el alboroto por quién las sostiene por más tiempo. En una hondonada a un lado del muelle, como chicos que acuerdan reglas de poder e intercambio que sus madres ignoran, unos peces de color incierto, se mordisqueaban


quitándose pedazos que ocultaban en el fondo invisible del río. Como una travesura dañina, Rosa estiró su pierna hacia el líquido donde se cocinaba ese estofado endiablado y con la punta del pie tocó el agua. Los peces fabricaron el disimulo y, surcando en diagonal el estanque, crearon el prólogo de una batalla que incluía saludos con banderas y fanfarrias, esperas con sabor a miedo, el deseo divino de acabar con el otro. Rosa hundió su pie y el agua marrón se le metió entre los dedos, imaginó a los peces, quizás sus hijos, quitándole pedazos (había visto en la televisión de la pensión sobre un animal en el sur de África que al nacer devora a la madre) y depositando el bocado en cofres alineados en el fondo del río. Así siguió el juego hasta que un pez rozó el pie de Rosa y con recelo ella lo retiró del agua. Los peces protestaron con más barullo hasta que una monótona melodía de dos notas desde el la orilla opuesta los calló. Era una nena con una trenza hacia atrás y otra hacia adelante (la misma que repartía estampitas en el tren) que ondeaba sus manos como si fueran dos bailarinas aburridas. Cuando Rosa intentó preguntarle por Leonor, la canción y la nena se desvanecieron. *** Mientras desenredaba los nudos en el pelo de la nena, la madre le contaba del hombre, de cuando ella regresaba de la escuela en lancha y, desde el otro lado del río, él le desabrochaba la blusita, le bajaba la pollera y le sacaba los zoquetes dejándola en bombacha sobre el muelle. Ella también lo desvestía y los dos quedaban desnuditos mientras se contemplaban robándose pedazos que nunca llegaron a cuento y guardaban en los baúles del deseo. Así se pasaban el tiempo; no bien escuchaban el grito desde adentro


de la casa: mocosa ¿qué estás haciendo ahí?, se regresaban las prendas impregnadas de ilusiones que, encerrada en su cuarto, la madre olía junto a alguna de él que ella no le devolvía. Cuando el hombre se internaba en el monte con el viejo, la madre le inventaba insólitas hazañas que copiaba de los folletines que los muchachos de la lancha le dejaban primero a su padre y luego a su marido. Festejaba en privado la buena caza o compartía la desilusión de los cazadores cuando llegaban con las manos vacías. Después de la última marea, el padre y el hijo espaciaban más y más las salidas y cada vez era más pequeño el animal que cazaban. ¿La madre había vaciado de animales el monte con la ilusión de retener al hombre en la quinta? No quitó los peces porque todos los días el hombre los depositaba sobre el muelle y la nena los enterraba con la esperanza de futuras historias. *** Por la tarde, los hombres regresaron del mimbral y se arrojaron al agua. El río devoró sus sudores y se relamió con los que aun colgaban de la humedad del muelle pero la mujer los olió adivinando los itinerarios y hazañas de los hombres en el monte. Los hombres se tiraban agua uno al otro y lanzaban gritos a destiempo. Don Julián simulaba interés en ese juego falso porque, no bien Rosa bajó al primer escalón de la escalera, desvió los ojos hacia sus pies. El balanceo del yuyo cercano a la costa le contagió el vaivén entre el interés y el desinterés. Rápidamente, don Julián desclavó los ojos de los pies y los encajó en sus piernas, con la mano Rosa frunció la pollera frenando el ascenso y volteó los ojos hacia el sol para desentenderse del juego. Los del viejo se enroscaron en la


zona liberada de las piernas extendiendo una línea de la que colgaban las vestiduras de una guerra muda. Al subir al siguiente escalón, Rosa sintió el jaloneo, con cuidado, el viejo liberó la cuerda que se hundió perezosamente en el río. A medio camino hacia la casa, Rosa sintió el ardor en la pierna y acarició la zeta que los ojos del viejo le marcaron sobre la piel. Empezando con la última letra del abecedario, la historia de las islas sólo podría contarse en reversa. *** Cuando la madre de Patricia cursó la escuela secundaria se convirtió en la bióloga perfecta del cuerpo del hombre. Guiándose con los libros de anatomía y física, inició la observación y el registro pormenorizado de sus actividades y recorridos completando un sistema de hipótesis que explicaban al hombre en múltiples escenarios, al salir de la casa, cuando limpiaba el pescado, al nadar, la lista era extensa. Al casarse, continuó la investigación bajo nuevas condiciones de laboratorio: modificó las horas de observación y lugares de registro y convirtió a sus hijos en informantes de las actividades del hombre. Quien mostró más interés fue Patricia, quizás por ser su única hija. A los dos meses de nacida, la madre la sentó cerca de la costa y, ayudada por la lentitud y escasez de las acciones del hombre, la beba se entretenía con sus movimientos así como otros niños se distraen mirando la televisión. En una mezcla de palabras contrahechas y piruetas de manos, Patricia comunicaba a la madre los resultados de su registro, un informe que mezclaba risas, toses, ejercicios vocales con erres y aes, e intempestivos sacudimientos de piernas.


Con la información obtenida estableció más de ciento cuarenta y cinco regularidades de las cuales diez convirtió en leyes. Cualquiera podría subestimar su capacidad predictiva considerando la ausencia de grandes cambios en los hábitos del hombre y la limitada muestra, pero dado lo meticuloso del estudio sus regularidades y leyes habían logrado predecir fragmentos mínimos de una vida rica en detalles con la exactitud propia del más sofisticado modelo científico. La inesperada llegada de Rosa exigió una serie de estrategias para explicar y eliminar la anomalía que cualquier investigador calcula como el margen de error en todo estudio cuantitativo, pero la madre, engañada por el lenguaje axiomático de los libros de anatomía que nombraban los funcionamientos del cuerpo como un territorio sin equívocos, no contempló en su extensa investigación este producto del azar. Una madrugada, con un silencio construido con lo mejor del rencor y lo peor del amor, la madre enfrentó a Suárez desde la costa opuesta. Él la miró como si fuese una ilusión de la mañana porque la Rosa dormía en el cuarto. ¿Era otra de los engaños que la mujer guardaba en la valija? La madre se bajó la pollera revelando su pubis. Suárez interrumpió su rutina de seguir hacia el fondo y doblar a la izquierda y subió de dos saltos la escalera. Con una sonrisa cargada de malicia, la madre observó a Suárez entrar al cuarto, sacarse pantalones y zambullirse en la cama, si su marido con dos o tres veces penetraciones la había cargado de hijos, practicándose a diario el sexo dañaría completamente a la mujer. La estrategia de la madre carecía de rigor científico pero la ciencia no desconoce de pasiones. ***


Derrumbado sobre la cama, Suárez era una planicie nostálgica de historia. Rosa deslizó su mano sobre la espalda de la criatura y adivinó las marcas del animal: unos hundimientos de color canela, rugosos al tacto y sin olor. Con el dedo, Rosa trazó una línea y después otra que salía de la anterior y una tercera de ésta, así siguió hasta completar una réplica en dos planos del mundo tridimensional de las huampas. Como si la película se hubiese desprendido del proyector para probar la realidad, el artificio montado por la mujer en el cuarto consumó su hechizo y, recuperando al ciervo, Suárez se levantó. Con la satisfacción propia de una madre que brinda una segunda oportunidad de vida a un hijo, Rosa lo contempló caminar entre los desperdicios al muelle, subir a la lancha y alejarse por la costa. *** Inventándose tareas inútiles, el viejo se entretuvo cerca de la casa, todo para controlar a la mujer. Con intención similar, el Patrón alejaba al Pibe con un mandado absurdo para montar la escena de lo que ocurriría luego en el cuartito. Se trataba ahora de un teatrito novedoso y sus escasas actividades, magnificadas por la repetición y el detalle mínimo, fabricaban un monstruo de mil brazos empecinado en estupideces. Enrolla y desenrolla una línea… junto a la escalera… vuelve a enrollar, pero no desenrolla… de espaldas al río… se toca la nariz con la mano libre, la otra sostiene la cuerda, uno… dos… tres… cuatro segundos, la deja caer, la cuerda se posa sobre las botas, se resbala y queda entre las dos botas, la pisa con la bota derecha hundiéndola en el barro, indiferentes a la suerte de la cuerda, las manos se cuelgan del aire, como un signo de


interrogación, insinúan el desorden. En su cuaderno, Rosa dibujó un personaje que tanto enhebraba anzuelos desde complicados diseños de piernas, tronco y brazos, como limpiaba el pescado desparramando las escamas sobre el muelle, se lavaba los brazos lanzando chorros de agua al aire y hundía las manos en el río sin un propósito claro. Las acciones de los hombres se desbordaban en detalles mínimos pero ninguno incluía a Rosa. Era justo que la mujer inventase su barricada. El viejo acostumbraba extender la ropa que lavaba debajo de la casa. En medio de ese paisaje de telas que chorreaban el río, se estiraba sobre el piso de tierra y el perro se enroscaba a su lado. Una línea y un punto que no necesitaban texto alguno. Creando un tiempo lento y material, la ropa tardaba en secarse hasta que, con enfado, el viejo la arrancaba de ese tendedero inútil y la extendía sobre la baranda de la escalera apurando el ciclo impuesto por la humedad de las islas. Una tarde, después de lavar su ropa, incluida una camisa del viejo, Rosa se le acercó señalando la línea de pesca que manoseaba. Los dedos del viejo acariciaron la cuerda como si estuviera en ella la decisión y, en un raro impulso, la mano que la sujetaba se estiró hacia la de la mujer. Suspendidas en el aire, una mano sostenía la cuerda y la otra la esperaba; las dos evitaban completar el intercambio, no querían desatar horrores. Traicionando la inacción de las manos, una torpe combinación de desplazamientos de pies acercó la mujer al hombre; los dedos se abrieron como alas y la mano del viejo soltó la cuerda. ¡Vacío infinito! La cuerda sostuvo el momento. En una maniobra por achicar el ridículo, Rosa extendió el brazo y la cuerda cayó sobre la palma de su mano que se cerró en un puño. El


viejo ubicó sus ojos en el lugar incierto que esa acción había abierto en el aire. Rápidamente, como queriendo cerrar una herida, Rosa ató una punta de la cuerda a un sauce y dirigió la otra a sauce indiferente hacia esos dos que se empecinaban en relacionarse. Traicionado por sus objetos, don Julián disimulaba de mala gana su involuntaria complicidad en ese complot iniciado por la mujer. Al rato, la línea ostentaba la primera oración de esos dos en las islas: la camisa de él colgaba entre la pollera y la bombacha de encaje de Rosa. *** ¿Cómo relacionar la geografía húmeda protegida debajo de la casa con ese espacio a la intemperie creado a partir de una cuerda? Como si se tratase de una escritura maligna, Suárez modificó sus itinerarios conservando la lejanía de la cuerda y la incluyó en su lista personal de movimientos de la mujer junto al detalle de sus pies chuecos acercándose perpendicularmente a la línea extendida entre los árboles, el vaivén de la falda encajándosele entre las piernas y haciendo un ramillete en el sexo, los pechos saltando como sapitos debajo de la remera amarilla. Cuando Rosa se sentó sobre la escalera que daba a la cocina, su pie en el hueco entre los escalones se convirtió en un fotograma que el viejo agregó a la película de la primera noche cuando los otros dos se enroscaron en rugidos. Abandonando su hábitat natural, continuaba en el día cuando sufría radicales reediciones y corría en verso y reverso. Ahora, la mujer levantaba el cuerpo y del balde sacaba la ropa y el río le chorreaba en el vestido manchas de viejas memorias… el invierno, la humedad en las paredes… sopla


viento y el río crece… los itinerarios entre los dos cuartos… sus vueltas alrededor del camastro. Mientras don Julián componía un film barroco, con las obras de la mujer la quinta se iba achicando, eso veía Suárez. *** A Patricia le fascinaba observarlo por las tardes cuando, como una divinidad expulsada del río, Suárez se adentraba en el monte, el hospicio perfecto para esta criatura carente de linaje. Ni hombre ni animal, llamó juguete a ese artefacto a quien le adjudicó crímenes en oscuros escenarios citadinos a la altura de los que leía en las revistas con fotos a colores que los lancheros le dejaban a la madre (crípticas iniciativas de esos hombres para estimular la adormilada imaginación encerrada en la rutina de las islas). Inspirada en las imágenes de despedazados, maniatados, descabezados -quienes los atrapaban raramente eran fotografiados-, sobre la mesa de la cocina, Patricia dibujaba borradores de Suárez y los unía a las fotos de criminales creando un inédito súper héroe de tripas retorcidas, sangre amarilla y músculos de látigo que coronaba la extensa investigación iniciada por la madre. *** Ni un animal se dejaba ver. Don Julián se recostó contra un tronco y torció los ojos hacia arriba: los pelos del sauce colgaban como tontos porque ni viento había. Y miró el cielo, raramente lo hacía porque sus ojos cogieron como medida natural la distancia necesaria para navegar por los arroyos y librar obstáculos. En la isla el cielo está muy lejos, una vez le dijo un indio del Paraguay que trabajaba de peón en una quinta vecina. Con la mano


derecha, el paraguayo se cubría inútilmente el sol que le dividía la cara en dos semicírculos simétricos: allá en el norte, el cielo extraña a la tierra y no quiere separarse del todo, porque sabe, don, hace mucho tiempo los dos anduvieron juntos pero hubo problema, como el hombre tiene a veces con la mujer, y se separaron; pero cuando dos vivieron juntos, después se extrañan: que estará haciendo aquella, si estuviera aquel para hacer quien sabe qué. Así es, pero para los demás ni verse pueden. Si bien había desechado, por absurda, la historia del paraguayo, don Julián ahora le encontraba sentido: con la mujer en la isla, quizás el animal se escondía en el mundo de arriba. El aire, algo ocultaba. *** Desde que la mujer saltó de la Gregoria al muelle, el río olió el problema, ni qué decir cuando se alzó la pollera exhibiendo las piernas y la garucha. Quiera que no, el río es hombre y, quiera que no, se puso una calentura de aquellas. Como sonso, a diario esperaba la sobremesa y la peregrinación a la costa de la mujer con los platos sucios. Cuando se sentaba sobre la playa, el río lamía sus piernas y le hacía sentir suavecito. Día con día, no como el hombre porque va y viene aun cuando se detenga en alguna tarea pequeña, el río fue conociendo la estrategia de la mujer en las islas. Que el río se estuviese enamorando era ciertamente absurdo. *** Así como la mujer le brinda al hombre el gusto por la vida, así también se lo saca. En eso, Martínez se acomodaba al pensar del islero. Lo comprobó a los quince años al saborear la


piel de una mujer sin rostro que por aburrición penetró en unas vacaciones familiares en Frías. Le repugnó y guardó en su pañuelo los restos de piel que alojó en las uñas iniciando el archivo de las armas usadas por los criminales porque, así como la mala comida daña el paladar estropeando el saboreo de un manjar, esa mujer dañó a todas las demás con las que Martínez luego tendría contacto. La necesidad del sexo la satisfacía en los lugares establecidos, no había ni delicia ni encanto y, si algo restaba, se enjuagaba la boca con un líquido especial para matar piojos. Su vida era simple. El dinero no era su afición pero tampoco le gustaba que faltase; los cargos en la prefectura, si bien garantizaban cheque seguro cada mes, cualquier cambio en los altos rangos inmediatamente repercutía en los mandos medios. Llevaba una vida acomodada aun sin contar los regalitos decembrinos que incluían desde una gallina bataraza hasta misteriosos sobres que encontraba sobre su escritorio con cantidades variables de dinero. Con el tiempo, Martínez identificó los vuelos de la a y quien confundía eses y zetas, escribía con puras mayúsculas, ondulaba la primera letra de su apellido o lo llamaba Hugo. Nunca rechazó ni cuestionó estos regalos porque intuía la ofensa del dador ante semejante desprecio. Los siniestros rara vez alcanzaban el rango de crímenes y nunca la primera plana de los periódicos locales -algún ahogado, la pérdida de un bote, el robo de remos o de la madera desplegada sobre la costa- y sobrevivían como chisme en los escasos almacenes desparramados por las islas. Martínez empezaba su rutina a las cinco de la mañana cuando Segundo le arrimaba al cuarto el mate con una rodajita de naranja para agregar un sabor


dulce a una actividad en la que lo amargo privaba, aun en la desolación de las islas. Tanto en verano como en invierno, lloviese, helase o pegase el sol, completaba sin interrupción ciento veinticinco lagartijas. Seguía un baño de inmersión en la tina que hizo instalar cuando al año agotó los escasos entretenimientos disponibles cuando no mediaba marea. No bien soplaba sudestada, no tardaba en consumarse la tragedia de las islas: los llantos en secreto de las mujeres que nada podían con el río ni con el hombre que las había dejado ahí, los lamentos cuando la cosecha desaparecía bajo el agua o el río arrastraba los animales, la impotencia frente al gobierno que no compensaba las pérdidas del trabajo de toda una vida. Una vez que la marea bajaba, Martínez recorría los arroyos para llevar un registro personal de los destrozos: era su forma de compartir el dolor de los isleros. Federico, del arroyo Negro, lo había visitado en el cenit de la marea alta porque su hija no había regresado del monte. Más de una vez, desde la lancha Martínez había visto a la mocosa jugando con sus hermanos en la costa, cuando casi rebasaba la propiedad, la chica se levantaba la pollera mostrándole la bombacha. Inició la imaginaria no con la piba en la cabeza, se había olvidado del asunto después de enviar a Peretti, el segundo oficial a su cargo, a rastrillar la zona. Después de un día de búsqueda junto con la unidad fluvial de los bomberos de Tigre, nada halló. Esa chica se trepó a algún álamo, aseguraba el padre con la inútil ilusión de calmar a la madre dado que, según ella, los animales buscarían un escondite similar. Martínez memorizaba el catálogo de destrozos: el muelle de Valenzuela partido en dos, la madera del alemán boyando en el río, la esposa de Sánchez arrojando por la ventana los


muebles ablandados por el agua, la Martita tendiendo la ropa empapada sobre la baranda del muelle, Nelo secando las cocinas al sol. Martínez les brindaba palabras de aliento e intercambiaba con ellos unos mates mientras escuchaba el reporte detallado de los daños. Al llegar a la casa de Federico, le llamaron la atención las ventanas cerradas del frente y la falta de actividad que contrastaba con los esfuerzos de los demás isleros por desembarazarse de todo rastro del río. Intuyó desgracias y bajó de la embarcación. Se asomó por una de las ventanas: en el medio de la sala, Patricia, la hija perdida, relataba a su padre, madre y hermanos la historia que los animales le habían contado mientras permaneció tres días arriba de un árbol. La niña parecía intuir la presencia de Martínez porque elevaba la voz como hacen los actores para llegar al espectador anónimo sentado en la última fila de un teatro. Entonces, el lobo se asomó por una de las ventanas de la casita, la vieja dormía en la cama. Sin hacer ruido, entró y se sentó junto a ella. La mujer no se movió. A los dos días, la mujer todavía no despertaba, pensó en buscar ayuda. Dio vueltas por el arroyo Negro, le pareció absurda la idea de preguntar a algún islero la fórmula para despertar a la mujer, estaba muerta, llegó a esa conclusión. Una nena se acercó por el camino y el lobo no quiso que encontrase sin vida a la vieja (posiblemente su abuela), tomaría el lugar de la mujer para engañarla tan solo por el tiempo de la visita. Como la nena aceptaba tan fácilmente el engaño, al lobo le pareció natural prolongarlo, no era tan malo vivir en el cuerpo de una mujer.


El lobo se quedó a vivir en la casita, su mayor alegría era esperar a la nena. Donde enterró a la mujer, el lobo levantó un almacigo. Con los frutos cocinaba platillos que la nena comía con gusto. *** La casita cabía en la palma de una mano y era imposible evitar al viejo. Pasadas las primeras noches de aparente indiferencia, siguieron otras que atenuaron la distancia entre los dos porque el viejo aceptó comer primero en las escaleras y después yendo y viniendo de la mesa a la galería. Cada entrada del viejo a la cocina, introducía un nuevo personaje que Rosa se apresuraba a buscar en el catálogo mental de hombres que, con las fotos de celebridades, políticos, asesinos y ladrones que recortaba de las revistas de actualidad, su madre había reunido en un cuaderno Rivadavia. El don Julián de una noche era similar a José Benítez, un asesino de ancianas que la policía capturó mientras remodelaba la casa de una de sus víctimas en Beriso, el don Julián de la noche siguiente podría haber acompañado a Isabelita en el avión que la regresó a España en el 81, y el de cuatro noches después, al vecino de la madre que recibió quince puñaladas de la esposa. Rosa inventó biografías de un don Julián múltiple que se empecinaba en no desmentir ninguna versión porque cada nuevo gesto del hombre corroboraba alguna: cuando llegaba con la nutria, el cuchillo balanceándose del cinto, las tripas colgando de los escalones de la escalera, la sonrisa celebrando un triunfo anónimo, el chirrido de las botas de goma contra los tablones de madera del piso al entrar y salir de la cocina, la respiración sofocada, todo la provocaba con sospechas de nuevos, o antiguos, crímenes.


Una mañana, se detuvo frente al cuarto del viejo y empujó la puerta, inesperadamente entreabierta. Era una versión envejecida del cuarto de Suárez: el catre revuelto contra la pared, unas ropas tintas en lodo sobre la silla, unas botas de goma y, en un rincón, como novedad, un roperito. En el roperito, una caja. Dos monedas de veinticinco centavos fechadas en 1975, un billete de diez pesos de 1976 con la firma Roberto Terranova, un encendedor sin mecha, un reloj de bolsillo con una sola aguja apuntando a las dos, revelaban un hombre citadino, con rutinas de café, amigos, reuniones, negocios. Rosa desplegó los objetos sobre el piso creando cadenas de improbable significado. Las biografías circulaban en direcciones contrarias tal como el Paraná corre cerca del Paraguay: el hombre llegó de Europa y levantó una fábrica frente al Paraná… el dueño le escribió al hermano que vivía en Europa, entonces su esposa empacó sus poquitas cosas y el hombre se embarcó a Argentina… a Argentina llegó un señor de... Europa… subió a un botecito y navegó por los arroyos y la corriente lo llevó con don Julián, quien lo recibió con todos los honores pero después le robó su encendedor y su reloj… eran las dos de la tarde y don Julián tomaba mate en la galería cuando… la dispersión seguía y seguía. Rosa sacudió la caja, de un fondo oculto cayeron unas semillas que se desparramaron entre los objetos desplegados sobre el piso distribuyendo puntos, acentos y comas y enredando aun más las historias: el hermano levantaba la fábrica, don Julián se la quitaba, don Julián escribía una carta que él también recibía y esperaba al hermano que nunca llegó, ni levantó la fábrica ni hubo encendedor. Se trataba de una marea seca con similares consecuencias a una de agua. Al escuchar el ladrido del perro acercándose por la costa, Rosa reacomodó los objetos en la


caja alterando una vez más el orden: la hora ya no importaba, no se trataba de una cuestión de dinero, el fuego se había apagado. Como el croquis de un territorio que los objetos habían ocultado, las semillas revelaron un óvalo con dos líneas que huían por los extremos, una boca abierta, un grito mudo. Rosa entrevió el poder de las semillas en destrozar unas historias y promover otras, hasta una tan linda como las que la madre inventaba para Leonor. Cuando los ladridos sonaron al pie de la escalera, con una andanada de manotazos, Rosa recogió las semillas y las guardó en el bolsillo de su vestido, regresó la caja al roperito y se encerró en el cuarto del que era su marido. Esa noche, los dos actuaron como la costumbre de los últimos días lo había establecido, ella le sirvió la comida mientras hablaba de trivialidades (casi no llueve, los pescados saben a río, ¿qué mal le haría un poco de rojo al paisaje?) que en nada se relacionaban con esa retahíla de palabras mientras el viejo asentía a otra cosa que las palabras ocultaban. En esos primeros días, Rosa había enumerado los trabajos, la mayoría absurdos, de los hombres en la quinta, algunos ni siquiera los nombraban: cuando pescaron un pejerrey, cuando cavaron un pozo junto al río, cuando limpiaron el filtro del agua, cuando hubo una invasión de mosquitos, la tarde cuando el perro se atoró la pata en la costa, cuando llovió toda una semana sin parar. Eran los espacios controlados por los hombres frente al único de Rosa consistente en el endeble hilo que colgaba de árbol a árbol, porque la cocina se resolvía en unos pocos desplazamientos que la imaginación agotó a los dos días y su lugar en la cama no contaba porque Suárez lo invadía con el sexo.


En un rincón, la tierra revuelta, aplanada, nuevamente removida y consecuentemente pisada, invadida artificialmente por la maleza, delataban un algo que no se relacionaba con los hombres. Al hurgar la tierra, unos surcos se abrieron al suave toqueteo de Rosa revelando contradicciones –el crecimiento magnífico del yuyo convivía con restos de invasiones de animales del pasado-, algunas raíces conservaban la expectativa de una erupción extemporánea y otras yacían resignadas a una sepultura nada honorable después de una guerra anónima. No bien don Julián partió al mimbral, a la mañana siguiente, con el montoncito de semillas en la mano, Rosa caminó al rincón y con facilidad arrancó la maleza que sin ataduras cubría la tierra como una sábana cubriendo un muerto. Con la pala, dibujó los surcos sobre la tierra, era una sucesión de líneas equidistantes esperando un texto menos efímero que los otros intentados. Como si hubiese olido los planes de la mujer, el perro no había acompañado al viejo. Cuando Rosa arrojó las semillas, el animal las desenterró. ¡Fuera, fuera! pero el animal le mostraba los dientes, Rosa le arrojaba terrones de tierra y el perro los pescaba al vuelo con la boca y le tironeaba el vestido. Desde el río, los lancheros se reían de los esfuerzos de la mujer por ahuyentarlo. Va a tener que hacer un cerco, gritó don Seba, aquí tiene alambre, clávelo a las estacas, sino ese perro no la va a dejar trabajar. Rosa se acercó al hombre y le sonrió un gracias con los labios. Así no piensa que en la isla somos malas personas.


Rosa sonrió otra vez, el perro ladraba como si el hombre lo hubiera traicionado. El viejo pura manía te ha enseñado. El perro se estiró sobre el muelle buscando las caricias del hombre. Te crees tan malevo y a la primera de cambios sos un perrito faldero. Don Seba le estrujó el lomo, el perro se dejaba manosear. Igualito al viejo, nomás háblele suavecito y se lo compra sin pagar un centavo. Rosa movió la cabeza en un gesto de duda. Ya después me va a decir, le gritó don Seba desde la cabina, después me invita con algo de la plantación. La chata se alejó río arriba. A Rosa, le costó enderezar los postes, el perro corría alrededor como calesita y le tiraba tarascones con el inútil afán de alcanzar una manzanita imaginaria. ¡Ya perro, dejate de joder! Poner el alambre fue más fácil. Tiró las semillas que cayeron como lluvia de primavera en los canales abiertos en la tierra. No bien Rosa y el perro se acostaron sobre la costa rendidos de cansancio, la noche se acurrucó junto a ellos. Desde la frontera entre la vigilia y el sueño, la mujer contempló las líneas encerradas en el cuadrado de alambre, su primera marca en las islas. *** A este islero que le cuento le gustaba meterse por arroyos sin nombre, porque así son los de mujer, no como el Naranjo, el Cruz Negra o el Arias. La mujer los abre sobre la tierra y luego los empalma con los de agua. Estos ríos agarran al islero de los tobillos y lo empujan hacia el interior de su garganta viscosa, le chupan los dedos, hurgan en sus uñas, deslizan la


lengua sobre las plantas de sus pies hasta que con un filo cortan el cuerpo en dos partes asimétricas que nunca más logran unirse. Un día, uno de esos arroyos lo arrastró tan lejos que el islero confundió el rumbo y por semanas se perdió en el delta. Finalmente, regresó o eso creyó porque la casa no era la que recordaba, ni las herramientas eran las suyas, ni su perro era el que había conocido; ni siquiera la mujer era la misma aunque le hablaba como si él fuera su esposo. Vivió un tiempo así, entre engañándose e iniciando lo que consideraba una nueva vida. Un día, llegó un extranjero, aunque no había ni lancha ni bote en el muelle, y le habló de uno parecido a él que había conocido en un bar en el pueblo. El islero estaba seguro que aquel y quien estaba en la isla eran el mismo hombre. ¿Y el islero fue al pueblo?, le preguntó el mozo. Sólo un demente se aventuraría en el río para arriesgarse a una nueva separación. Por eso anda por el Canal tanto islero que no recuerda su nombre, respondió el hombre. *** Don Julián sabía la mejor manera de echárselo a perder, dejaría pasar unos días para que la mujer se hiciera ilusiones y después le daría a entender, de una vez por todas, que si quería jugar sucio, él jugaría peor. Ignorante de la jugada del viejo, el perro no pasaba por alto su descuido para escabullirse en el almácigo. Don Julián lo echaba con insultos que calentaban al animal. A la mujer hay que saber engañarla, en eso está lo bonito, además, teniéndola ocupada en la plantación, le controlaba los pensamientos que se soltaban por la quinta. Las manos del viejo cayeron sobre el yuyo que, desprevenido, aceptó el manoseo. Los


dedos se enroscaron en el tallito verde brillante seduciendo a la planta hasta que, de un tirón, declaraban su muerte. Entonces, el yuyo se meneaba dibujando una danza falsa festejando su sacrificio y, ya perdida la humedad, el verdor y la gracia del rito, se unía a los otros que yacían fuera del limite del almácigo. Mientras el viejo cruzaba con la espalda los surcos ejecutando una melodía helada, Rosa contemplaba esa tranquila masacre y preguntó sus razones. Como respuesta tardía, el viejo, le dejó unas naranjas sobre la mesa de la cocina, un mensaje imposible de contener dentro de la circunferencia de la fruta. Rosa se acercó al viejo, aun alojado en el almácigo, y le escupió las semillas en una ráfaga desordenada de humores; a manotazos el hombre se las quitaba como si fueran moscas. Las semillas caían a los lados de su cuerpo hasta que el viejo giró, abrió la boca y las atrapó en pleno vuelo. El juego persistió por un rato: parecían el dios y la virgen jugando con las semillas que darían nacimiento al hijo. Cuando de una sola vez el viejo las escupió fuera de los límites del almacigo, Rosa contempló con tristeza la nueva generación de hijos ilegítimos. *** Dado que los trabajos de la mujer habían achicado la quinta, después de dar vueltas por los arroyos tras un ciervo abstracto, Suárez cruzó a la otra orilla, era la primera vez porque, como si escondiera maldiciones, el islero siempre evita el lado opuesto del río. Desde allí, contempló a don Julián y Rosa mientras se entreveraban en juegos exóticos: ella colgaba la ropa del viejo en la línea y don Julián rascaba la tierra. ¿Dónde guardaba el viejo tanta ropa sucia?


¿Traés pescados? Patricia lo imperó con la autoridad que los chicos aprenden en los libros de cuentos. Mi mamá no los quiere. Con los pensamientos aún volando entre la ropa limpia y las suciedades del alma, Suárez puso los ojos en los zoquetes caídos de Patricia. No tienen elástico. Patricia se subió las medias aunque cayeron nuevamente sobre sus zapatos acordonados. ¿Ves? Suárez movió la cabeza como si los zoquetes hubiesen activado un mecanismo inédito y abrió la boca en una mueca que Patricia entendió como una sonrisa. Pero si no me los pongo, me lastimo los pies, eso dice mi mamá. ¿Querés que me los saque para ver si es verdad? Patricia se sentó sobre la tierra, flexionó las piernas hacia su pecho y tiró de los cordones. El moño, asegurado con dos nudos, se soltó al primer tirón, al encontrar la resistencia del segundo zapato, Patricia lo empujó usando el otro pie como palanca. No importa, después me los vuelvo a poner. En cambio, Suárez se descalzó fácilmente deslizando su pie hacia arriba. Vos haces trampa. De dos tirones, las medias colgaban de las manos de Patricia y los dos se rieron al ver los cuatro pies desnudos. La niña se soltó a correr, detrás de ella Suárez. Eran los inicios de un juego doble: de un lado, aquellos dos se empeñaban en trabajos, del otro, Suárez y Patricia


corrían descalzos. *** A los tres días de arrojar las semillas, unos brotecitos verdes se asomaron entre los surcos, a la semana, las plantas alcanzaban el largo de un dedo y, cuando ya Rosa se olvidó de contar los días, eran unas señoras plantas. Don Julián se deleitaba en comentarios absurdos: fijate que tiernita, la ensalada que vamos a hacer, lo comemos para encontrarle el gusto, no van a dejar de dar, a ver qué sale el año que viene. Rosa lo escuchaba con justificado recelo pues la madre le había enseñado que todo aquello en lo que interviniese el hombre generaba críos, pero nunca enumeró todos los actos que la dejarían preñada. La mezcla de manos quitando los yuyos y cortando las plantas seguramente produciría otra colección de vástagos que el viejo ocultaba con sus reiteradas alabanzas que vociferaba dentro y fuera de la casa. Lo que eran misterios silenciosos para uno, eran sentencias a puro grito para el otro. *** Como oraciones rudimentarias, los surcos impusieron un nuevo texto sobre el predio. El circuito de obstáculos entre la costa y la casa perdió vigencia hundiéndose en el barro y el almácigo tradujo los objetos a su lengua cambiando su uso, ubicación y apariencia: la pala se trasladó desde debajo de la escalera a la costa, la navaja se desplazaba entre los surcos y el cerco donde el viejo la insertaba en la tierra mezclando sabores de sangre y yuyo, el perro ya no arrastraba un pantalón de Suárez chico porque la mujer lo colgó de uno de los postes para limpiarse los pies al salir del almácigo, y los constantes peregrinajes desde la plantación abrieron nuevos caminos en el predio. El almácigo era un animal que escupía


plantas por la boca, estiraba las extremidades, volteaba las nalgas hacia arriba, bamboleaba el torso, finalmente contraía las piernas curvando el cuerpo. El estrenado animal también alteró las rutinas de mariposas, zorzales y lombrices. Cuando antes volaban desde el primer álamo pegado al muelle al álamo junto a la casa y se detenían en la baranda de la escalera, ahora preferían los postes o los alambres. Cuando el cuadrito atrajo a los animales a placeres que se desviaban de las rutinas ascéticas prevalecientes en la quinta, el viejo previó catástrofes. Los trabajos de la mujer imponían silenciosamente sus maldiciones que los animales, pese a las iniciativas del viejo para espantarlos, se empecinaron en respaldar. *** La salita de videojuegos en la esquina de Colón y Perón se convirtió en el santuario privado del Pibe para adorar a la Rosa. Aun cuando no trabajaba en la forrajera, el Patrón le arrojaba unos pesos como si sus encuentros con la Rosa no se hubiesen interrumpido. Haciéndose los tontos, los dos continuaron la complicidad como dos enamorados. *** Patricia se topaba con Suárez en el camino que bordeaba el río, los dos pasaban horas recolectando los objetos que la marea arrimaba a la costa. Él la seguía a sitios que desconocía; con exclamaciones exageradas y danzas falsas, la chica los convertía en lugares extraordinarios. Como si la una fuera la madre de la otra y no la otra la madre de la hija, a Suárez le agradó la idea de relacionarse con la real después de todo lo que tuvo con su miniatura. Las mediciones urbanas del paso de las generaciones eran inútiles e imprácticas en este


territorio que guardaba una versión neutra del tiempo. ¿Qué diferenciaba un año del siguiente o del anterior, dos, diez, dos minutos, tres días, uno acá, otro más allá, uno de lluvia, otro gris? Nada. ¿Cómo medir las hojas impulsadas por el viento, las olitas en el río, las ondas y círculos al arrojar una piedra en el agua, las intensidades de la marejada, el ronroneo del motor de la Gregoria, el tarareo monocorde de la mujercita? Aunque separadas, las dos orillas son una: el mismo viento hace temblar las hojas de los álamos, el barro huele igual, los mismos colores destiñen el yuyo, la oscuridad de un lado pasa inevitablemente al otro. Hasta la casita del viejo era la misma y era otra porque ahora podía toquetearla con sólo deslizar un dedo y también al viejo y a la mujer; mientras tanto a su lado la chica giraba invirtiendo el mundo, el simulacro se tornaba real cuando antes huía cuando el hombre se acercaba. Por días, Suárez se entretuvo con esta inédita comprensión del territorio. *** El animal daba vueltas por la cocina a pesar de las insistencias del viejo para que guardase la compostura. Mientras los dos se entretenían con el pescado y la lechuga que alternativamente se metían adentro de la boca, los ojos despedían miradas consecutivamente esquivas, fugaces y prolongadas que inquietaban al perro. Las plantas se pegaban a su paladar, se ocultaban entre los dientes, le acariciaban la garganta, le hacían cosquillas en el estómago. Como consecuencia de un metabolismo entreverado, el viejo se transformaba en planta, aunque no lo notase. La mujer le tendía la trampa, hasta se había levantado el pelo en un rodete, ahora se le veían los lunares que, como las miguitas que


esparcen las brujas en el bosque para atraer a los chicos a sus hechizos, bajaban desde sus hombros a su pecho. Todo eso advertía el río. Te queda bonito el pelo así. Como hace calor, es mejor. Ajá. ¿Le traigo la damajuana? No… si acá tengo mi dama… Hoy voy a pescar río arriba, te traigo unos pejerreyes. Los podés hacer. Yo te los limpio y te quedan listos, los abro con el cuchillo y les saco todas las espinas, ¿ves? Te los dejo limpitos, muy limpios y, con el cuerpo abierto, los hundís en el aceite hirviendo. Así pasaron el rato en un intercambio desparejo de ojos, el río no podía seguir todo el juego porque los participantes se volteaban y era el monte el invitado a ese espectáculo privado. Cuando se apartó de la mesa, don Julián tenía los ojos de Rosa en la mano, la mujer lucía los agujeros en la cara. A pesar de los temores del río, la mujer no había completado el conjuro y el viejo conservaba su hombría. Porque los oídos y el tacto para poco sirven en la isla y es fácil controlar lo que se toca y oye. Si bien la boca de la mujer era peligrosa, el viejo, llevándole el pescado y enseñándole a cocinar, le metía cosas para que se callase. El río recibió el peso del hombre y lo sintió recoger las líneas que la corriente arrastraba hacia el sur. El viejo enrolló la cuerda atorándola en su brazo, la mujer permanecía inmóvil en la galería. Tal como hacía con el perro, desde el muelle el viejo le arrojó los ojos que, al no encajarse correctamente en los agujeros, crearon una medialuna oscura debajo de los


ojos de Rosa: habría una parte de lo que ocurriese en las islas que la mujer no lograría entender, eso al río le gustó. *** La oscuridad que el hombre le dejó al partir se desparramó por su cara, los brazos y la panza, cuando se subió el vestido, ni ombligo tenía. Rosa se arrojó sobre la cama esperando que la maldita finalizara el crimen. Como un recuerdo rebelde de su anterior maternidad, o como anuncio de una inédita, tras dos contracciones imperceptibles como olas impasibles de río, Rosa parió un pez con unas alitas anaranjadas y lo lanzó a la noche con un envío urgente al creador de la oscuridad. Después de tirar las líneas en un aguaje junto a la quinta de los Arizmendi, don Julián extendió su cuerpo sobre la playa. No bien la nuca tocó la arena, cerró los ojos y habitó su propia oscuridad, un silencio gris que olía a verano. Un animal revoloteó sobre su cara, el viejo manoteó el aire; cuando el bicho entró por un agujero de su camisa, él se la arrancó y los pantalones y el calzón porque el desgraciado se le había metido en el culo. Desnudo sobre la playa, esperó una nueva embestida pero el animal se ocultaba como si le conociese las manías, como sólo los hijos pueden saber. Cuando el viejo se rascó la espalda, el bicho aprovechó el descuido y le clavó el veneno en el cuello. Don Julián adivinó la malicia de la mujer y jugueteó de mala gana con la fantasía de una vida lejos de la quinta. *** Todos los gatos son pardos, pensó Clotilde pero no estaba en ella el hábito de preguntar, lo iba a imprecar con la mala comida, dejándole la ropa sucia, demorándose en ir a la cama,


no cortando leña y dejando morir el fuego en el calentador. Pero el marido evitó la casa y, cuando aun el sol no había recogido el rocío de la costa, subió al bote con Manuelito. La noche anterior a la partida, el padre y el hijo no intercambiaron una palabra, ni se miraron, seguro por miedo a revelar el crimen. Ese hijo no le chupó nada adentro, por eso nació delgadito y casi se muere en la primera semana de vida. Clotilde empujaba troncos en el medio del río cuando el agua se manchó de rojo. Trepó a la costa, el esposo remó hacia el fondo del arroyo Negro. Cuando regresó con la comadrona, Clotilde agarraba los barrotes de la cama sobre el colchón tinto en sangre. Desde la sala, el esposo sacudía la cabeza con cada nueva puteada pero no era su costumbre decir palabra y menos a su mujer. Cuando Clotilde agotó todos los insultos, la comadrona anunció tener la cabeza de Manuelito en las manos. A media mañana, una lancha interrumpió su quehacer como si cargara malas noticias. Al que bajó en el muelle lo conocía: era un italiano que se enriquecía con las desgracias de los isleros comprándoles sus quintas hipotecadas. Clotilde lo recibió con una mirada de plomo y no pronunció palabra porque todas las usó él. ¿Cómo esta señora? Clotilde le clavó los ojos como anzuelo, vengo de parte de su marido, ¿le dijo algo? los ojos seguían ahí, este Manuel, inamovible el ojo, usted puede tomarse su tiempo porque la casa enseguida no la voy a ocupar, tres semanas, ¿está bien? Si pudiera Clotilde clavarse el anzuelo ahí abajo por tanto crío de mierda que trajo, en especial el primero; es buen dinero, más de lo que cualquiera podría pagarle, a Manuel le satisfizo el arreglo, el anzuelo cortaba la poca carne blanda que le quedaba en el cuerpo macizo; entonces, ¿quedamos así?


Con la amabilidad prestada a alguna novelita de cinco pesos, Clotilde lo invitó a comer como si Manuel le hubiera vendido todo lo que la casa incluía. Le sirvió la comida al nuevo marido e hizo sentar a los chicos alrededor de la mesa, uno de los críos hasta lo llamo papá. El hombre anunció su partida más de diez veces: Clotilde llenaba el vaso con vino de la damajuana que el Ezequiel llenaba mezclándola con agua del río. No bien el hombre se acomodó sobre el camastro que la Azucena instaló en la galería, Clotilde lavó los platos. Los chicos subieron al hueco del techo para no molestar al señor: ni se le ocurra a ninguno bajar antes que yo diga porque le hundo la cabeza en el río y nadie lo salva, la mujer los amenazó. Una vez que tendió la mesa colocando la fuente de frutas en el centro, Clotilde se desató el lazo que sujetaba el rodete y el cabello inundó sus hombros; el hombre sonreía en sueños. ¡Sería tan fácil tapar un crimen con otro! Aunque afecta a los cuchillos, Clotilde prefirió convertirse ella misma en el arma del crimen. Saludó al marinero de la lancha de las cinco que regresaba a Tigre y, de puntillas, se acercó al sillón y como gata se montó sobre el hombre. Con sus cabellos, le sujetó los brazos y piernas y deslizó la lengua por su cuerpo, quería conocer el sabor del engaño. El hombre quiso zafarse pero, con un mordisco en el cuello, Clotilde inoculó su veneno. Los dos habrían querido continuar el engaño pero, a la semana, el hombre reafirmó su rechazo: lo siento, señora, pero el dinero no me alcanza para comprarla a usted y sus siete hijos. A Clotilde se le terminó de endurecer la carne, y así la tendría hasta el día de su muerte. Contagió el odio a sus hijos quienes, como plantas negras en el desierto, desparramaron su semilla por la provincia. Cargando el veneno de Clotilde, el italiano dio vueltas por los bares del Canal hasta que lo encontraron muerto en


un hotel de la Colon. El reporte preliminar de la policía declaró envenenamiento, pero, cuando el médico forense en la morgue de San Fernando encontró las marcas de los dientes de la mujer en el cuello, cambió el dictamen por el de enamoramiento. *** Dolor es lo único que trae la mujer y el dolor, ¿cómo se lo quita al hombre? Nada se lo quita, no hay modo. Por eso, el hombre tiene que tener cuidado si deja entrar a la mujer, porque después, aunque se vaya, la verdad es que se queda. Cuando el hombre se tiene que ir porque la madera no da o una crecida se lleva los animales, las plantaciones, todo, tiene que dejarla sola y, mientras espera pique en el medio del río, al hombre le dan ganas que esté ahí con él. Y piensa el hombre, qué estará haciendo sola y qué ganas de tocarla, y en sus manos y todo lo demás, y se acuerda del olorcito de la mujer al que se acostumbra. La mujer hace que el hombre se ponga a pensar en cosas que no sirven y sólo crean dolor. *** Tal como las cucarachas, los mosquitos y las ratas se apropian de las historias caducas después que la marea se aleja de cubrir las islas por días, los guachos entraban a las casas abandonadas y robaban las pertenencias de quienes huían del agua. Tales robos representaban actos propios de la justicia distributiva característica de las islas porque estos aparentes criminales sólo sacan historias de unos para entregárselas a otros que carecen. Suárez, como único miembro de su banda, no gozaba de los privilegios del linaje y, empujado por la nenita, inició su aprendizaje en soledad. Su nueva rutina se resolvía en el trayecto entre el claro en el monte donde se encontraba con Patricia y las casas vacías a las


que entraba para buscar los objetos que se le antojaban a la chica. Todos los días, Patricia le encargaba nuevos deberes, lo peinaba, le acomodaba la ropa, le lavaba los pies, así como las madres enlistan a sus hijos para ir a la escuela, y él regresaba con los objetos que aparentaba encontrar boyando en el río. El relato mudo de Suárez era avivado por las historias que Patricia inventaba a las tijeras oxidadas, las tazas despostilladas y los pedazos de loza alentando en el hombre la ilusión de una vida fundada en esta serie fatídica de rutinas, una biografía incompleta característica de un criminal circunstancial. *** Esa mañana, Martínez completaba su imaginaria de rigor. Al atisbar la Gregoria amarrada en una desviación del Naranjo detuvo la lancha en un aguaje cercano. Una mujer centenaria habitaba a la orilla de un arroyito que la marea alta revelaba y la baja escondía, aumentando la incertidumbre entre los isleros acerca de su existencia. Midió su pie con la huella en el barro: era el doble de grande que la suya, como lo era la distancia entre una y la siguiente pisada. Desde Martínez ocupaba la comandancia del arroyo Negro, nunca había tenido motivo para hablarle ni siquiera cuando visitaba al que decían era el padre o del que él era hijo. El tipo era una insignificancia y su rutina era tan innecesaria como la suya (aunque en su trabajo siempre ocurría algún incidente que, sin alcanzar el rango de noticia, le servía de pretexto para historias que guardaba en el cajón de su escritorio, más de una vez se ilusionó con el proyecto de un escritor solitario en una casita de las islas después de jubilarse de la función pública superada la demora inútil y errática de la adultez).


El follaje cubría la casa como si así pudiera evitar que el río la arrastrase. Siguiendo el protocolo aprendido en la academia, Martínez evadió la puerta entreabierta pero, al escuchar un estrépito de loza en el cuarto de adelante, se asomó por la ventana lateral: Suárez, guardaba objetos, los más inservibles, y otros los regresaba a su lugar original. Con movimientos gráciles, tocaba los recuerditos y las fotografías dispuestas en círculo sobre una repisita, no parecían los propios de un ladrón. Cuando Suárez penetró al cuarto trasero, Martínez se deslizó por la galería hacia el fondo. Inútilmente buscó la silueta de Suárez en la oscuridad y, con sigilo, abarcó el metro de pared que lo separaba de la ventana del cuarto contiguo. Las piezas de la historia se completaron: la silueta de Suárez en el medio del cuarto, una cama junto a la pared, y el cuerpo envejecido de una mujer de carnes blancas y flácidas envuelta en una sábana. Suárez palpó la cara de la mujer con suavidad, deslizó la mano por el cuello hasta llegar a sus senos y, repentinamente, los apretó como si fueran naranjas; dudó entre cubrirla y descubrirla, hasta que, de un tirón, arrancó la sábana revelando todo el cuerpo de la mujer. La espalda de Suárez lo atravesó y, como un juguete mecánico, se torció alineándose con la mujer, los dos se hicieron uno. Suárez prendió los dientes en las tetas mientras el órgano se endurecía con el vaivén sobre el cuerpo blanco estacado a la cama por el peso del hombre. Suárez elevó la pelvis creando una segunda horizontalidad. Martínez adivinó el detalle del desamarre del pantalón y deslizó los dedos sobre el vidrio tocando desde la lejanía sus nalgas blancas. Al contacto, el hombre se pulverizó en una lluvia de fragmentos que ocuparon el cuarto y llegaron como un perfume de perlas marinas hasta un Martínez que no


hacía nada por evitar la descomposición. De a poco, los movimientos de Suárez perdieron intensidad y se diluyeron en olas sin continuidad. Como si se hubiera tragado el resto, Suárez cayó sobre el cuerpo que quedó sujeto a la cama creando un animal con cabeza de mujer y extremidades de hombre. Como si fuera el canto de este bicho inédito, Suárez se quebró en un llanto prolongado, las lágrimas humedecieron el rostro del oficial. Pese a las labores del lobo, lo que los unía era una vieja sin vida que trataban de revivir. *** Dicen que a Plácida la isla la parió porque nunca se le conoció madre. El día que cumplió trece años, el padre la encontró besándose con uno de los empleados de su finca e inmediatamente ordenó el casamiento, una triste ceremonia en el juzgado de paz del arroyo Naranjo. El esposo nunca la tocó más allá de los besos que instauraron la tragedia. No porque a una le agrade la boca de un hombre, tiene que hacer el resto de las cochinadas. El esposo murió a los sesenta y cuatro años y Plácida no sólo no había tenido hijos sino tampoco había conocido el amor. La mujer sobrevivió cuatro crecidas, siete plagas, una de langosta, dos de abejas que parecían africanas, una de cazadores furtivos, otra de desarrolladores de proyectos turísticos y una de monjas que pretendían hacer su casa de retiro espiritual sobre el aguaje. Decían que comía la carne de los hombres y eso le regeneraba los tejidos, por eso los isleros partían tan armados al monte. Desde varios días, Plácida no abandonaba la cama, había visto morir a su padre y su esposo y conocía la liturgia del evento. El colchón se acomodaba cariñosamente a su futuro y se hundía con el peso de su cuerpo monumental aun a pesar del deterioro: los dientes de


perlas, todos conservaba, afilados, blancos, su piel, blanqueada por el tiempo, resplandecía con el sol de las tres de la tarde. Desde que era niño Suárez la visitaba, Plácida lo entusiasmaba descubriendo porciones de su cuerpo ahora en franca decadencia y siempre se dejaba seducir hasta ese último día cuando se entretuvo manoseando sus recuerdos, pura cosa inútil. La mujer se sorprendió con el cambio en su rutina mientras escuchaba el abrir y cerrar de los gabinetes, el desbarrancadero de los platos cayendo en aluvión y estrellándose contra el piso, quizás eran los avisos de la muerte. El desorden en el cuarto contiguo alteró la cuenta de los segundos que Plácida susurraba como un rezo en su afán por estirar un tiempo que se le escapaba entre los dientes, los números medían un vacío que la muerte anunciaba con sus trompetas de plástico hasta que el hombre se asomó por la puerta del cuarto, buscaba carne donde hincar sus dientes amarillos no como los de ella, blancos como perlas, afilados, sin uso. En un vaivén entre la oportunidad y la nada, la silueta en la puerta alargó la última hora, pronunciado suspiros sin sonido, esa bestia le inventaría una muerte de cuento, imaginó la mujer mientras él tocaba las carnes que no recomponían la dureza recordaba, deseada, olvidada. Agradecida y como una reacción tardía de la vida, Plácida le hincó en la boca sus dientes filosos, blancos, finalmente con uso. *** Cada pedazo olía. Las hebras húmedas de té en la taza, el trapo destinado a la limpieza de la cocina, las manchas irregulares de grasa sobre la mesa, el yuyo asomándose por una rotura del vidrio de la ventana, el triángulo de luz que la puerta entreabierta pintaba sobre el piso,


abrieron apetitos que Suárez había conocido de niño en los rincones del gallinero, en los pozos cercanos al río, en la podredumbre del mimbre, en sus calzones sucios. Las arrugas atravesaban la cara enmarcada por los pelos blancos, no coincidían con las de las sábanas; una, mala copia de la otra. Las líneas de la boca se separaron revelando una profundidad siniestra en el astro emblandecido. Cuando el hombre cayó sobre ese monumento sin sentido, con un hambre inesperada, de un bocado esa boca lo devoró. *** Quizás esperando la bienvenida apropiada al hijo pródigo que regresa del extranjero, Suárez se detuvo junto a la cuerda de la que colgaban la ropa de mujer y de hombre, una novedad que opacaba las suyas. Desde el piso de la galería, el perro vigilaba con fingido desinterés lo que pasaba adentro, Suárez se demoró en entrar apoyando los dos pies sobre cada escalón que subía. Lo que escuchó le llegó antes de lo que vio. Las risas no parecían de quienes las soltaban pero, para engañar al hombre, los animales emiten sonidos que no se reconocen fácilmente. Quizás era la radio, al viejo le gustaba escucharla fuerte y nadie lo contradecía, tampoco había quién le dijera algo. Sentados a la mesa, Rosa y el viejo hablaban un idioma extraño que suspendieron cuando Suárez ocupó la entrada creando una oscuridad inédita. Como animales sorprendidos en el monte, sus caras se unieron en una mueca falsa y la ética del momento se perdió en la incertidumbre quizás por la ausencia de un disparo que aclarase el dilema. Suárez sintió que se ahogaba en ese vacío y recordó el día cuando de chico aprendió a nadar.


Aquella mañana, el viejo lo levantó a las cinco con dos palabras que pronunció con torpeza, como si recién las hubiera aprendido. Le sorprendió a Suárez el cambio de la rutina del viejo que ya aceptaba como propia. Como si se le hubiese hecho tarde, el viejo se apresuró al muelle y saltó al barquito; lo miró de reojo reproduciendo el ángulo que alguna intimidad creaba con el chico. Agarrándose con las dos manos de la baranda, Suárez bajó por la escalera deshecha, apoyó un pie en el barquito y se balanceó para afirmar el otro sobre la cubierta. Cuando la Gregoria enfiló hacia el río abierto, el sol calentaba la orilla; a Suárez le sonaban las tripas por hambre o miedo. Con el pie, el viejo le arrimó una bolsa de galletas; Suárez deslizó las manos entre el plástico y agarró unas rotas que se metió en la boca. Antes de llegar al Paraná, don Julián apagó el motor y, clavando el remo en el barro del río, empujó la Gregoria hacia la costa. Con calma, plantó unas líneas tomando más tiempo del necesario para una operación tan sencilla. Los gritos de los barqueros aconsejándole buen comportamiento aumentaron la cautela del chico. Suárez no pronunció palabra para no exasperar al viejo quien se había convertido en espalda mientras tensaba las líneas de pesca. Finalmente, inclinando cabeza, el viejo señaló la tinta. El yo no sé fue inútil porque el viejo, con el remo, lo empujó al río. Suárez tragó agua, movió sus brazos por debajo y arriba de la superficie, el viejo se entretenía con la caña corta y pescaba mojarritas. Suárez no le encontró brazos a un río que le esquivaba todos los golpes. Los gritos no molestaron al viejo y en el ínterin pescó dos mojarritas y las enganchó a la línea que lanzó


hacia el medio del río. Cuando Suárez ya flotaba, los sentimientos se le amontonaron en la garganta en un masacote que escupió en el río. Ahora, ni línea había, si no se contaban los hilos de luz que lo enlazaban a la mesa. No bien la risa tardía del viejo disolvió el silencio, Rosa abrió la olla, sacó un pedazo de carne y lo sumergió en el caldo que vertió en un plato hondo. Los ojos los arrastraba Suárez de aquí para allá sin poder encontrarles un acomodo en ese espacio dividido, uno compartido por Rosa y don Julián y el otro que lo arrastraba al río. ¿Vas a comer? Suárez escuchó de Rosa aunque los labios de la mujer ya no se movían cuando puso los ojos ahí. Y como si aquella fuerza que lo regresaba al río le impidiera acercarse a la mesa cuando otras veces se había sentado sin dificultad, Suárez permaneció de pie mirando un algo que lo distraía de alguna otra cosa que también ahí ocurría. Desactivando el sistema de estatuas, el viejo se levantó arrastrando las patas de la silla contra el piso; urgido por acompa��ar al viejo, Suárez se sentó. Rosa alineó una cuchara a un lado de su plato. Los pelos le ocultaban el rostro y se le enredaban en los labios, de un tirón Suárez se los sacó de la cara y notó las dos medialunas negras que achicaban el rostro de la mujer como si la oscuridad se lo estuviese comiendo. Seguramente el viejo le había descompuesto algún mecanismo, no tenía mano con las máquinas, por eso había tanta destrozada sobre el predio. *** No era una actividad inocente la que Rosa describía, no nombraba las plantas, quizás porque eran un masacote, pero las llenaba de cuentos. Mirá cuánto creció ésa y aquella, la


de las hojas finitas la planté yo, hablaba ladeando la cara y desviando sus ojos con una prepotencia absurda como si fuera la dueña de todo eso. El trabajo del viejo en el almácigo era una novedad, nunca trabajaba agachado y su única actividad de detalle había sido desenredar las líneas de pesca. Si en ésa involucraba cuerdas y dedos, en ésta, los dedos y las rodillas se mezclaban con la tierra y los yuyos, la nueva rutina lo iba transformando en un animal. Suárez se entretuvo con unas pocas tareas: se peinó los pelos con los dedos quitándoselos de la cara, pateó una piedrita desde la casa a la costa y enterró un pájaro muerto en un hoyo que abrió con un cuchillo de la cocina. Rosa no pudo encontrarlas en el escueto inventario levantado durante los primeros días en la quinta, seguramente el hombre las había aprendido en alguno de esos lugares en el extranjero por los que había viajado. A Suárez la casa se le revelaba enorme y las acciones de los dos ostentaban tal autoridad que no pudo tocarlos como lo hacía desde la otra orilla. Frente a tal maquinaria: la sonrisa de ella encajaba en la leve apertura de los labios del viejo, ya no usaba zoquetes y caminaba descalza entre los surcos, el viejo también se descalzó y subía y bajaba la escalera aun cuando no hubiese motivo y cuando salía era alguien diferente al que había entrado, las manos de uno y otro se mezclaban sobre la mesa de la cocina y armaban un animal incomprensible, sin su inaugurada mujercita, él era un animal incompleto, eso lo vio muy claramente. Tal como ocurrió la primera noche, Suárez los contempló desde el muelle, ya no eran una cicatriz junto a una mujer sino una mujer con una cicatriz como si la nuca del viejo se le


hubiese incrustado en el cuerpo y esta vez, aunque el perro ladró, ninguno de los dos lo retuvo. *** Durante las noches de sudestada, el río, como un monstruo que logra vencer un encantamiento, estira sus piernas y se desprende del fondo. En silencio, avanza sobre la costa y le zumba a la tierra en la oreja y ella murmura un ya…ya… ya, mientras él se desliza por los terrenos ensuciando los durazneros y los ciruelos y engolosina a las plantas y a los animales con historias estrafalarias de asesinos, ladrones, estafadores y criminales de mala calaña. Más de una vaca o gallina, se entusiasma y el islero persigue al animal mientras le ruega a dios que el agua no lo arrastre a donde nadie lo pueda escuchar. Quien sabe cuanto ocurre adentro de ese cuerpo de agua y cuanta peste le contagia el río a la tierra porque cuando se retira ya nada es como antes. Como mosquito, don Julián se deslizaba en zig zag por el predio recogiendo las herramientas, su vaivén entre la costa y la casa fabricaba un vacío falso, la presencia de Rosa había perdido actualidad. El perro producía un ladrido ronco como si se hubiese atragantado con un recuerdo. Rosa descolgó la ropa de la soga pero el viento se la arrancó de las manos y la paseó por el predio restándole aun mayor importancia. Cuando ella se encerró en el cuarto de Suárez, el viejo se apostó en la cocina con la escopeta a un lado, si esperaba una visita, no la deseaba. El gemido del perro alejó al sueño hasta sorprenderla con el vestido de andar y los zapatos puestos. El viento silbaba melodías desconocidas convocando a sus bichos que se


despedazaban y unían en una película de dibujos animados que se repetía sin continuidad. Le alegró verlos jugar. Cuando el viejo abrió la puerta de entrada, el exceso de viento se resbaló por la línea de luz despertando a Rosa, trató de adivinar el resto del cuerpo envilecido por la oscuridad agazapada en el cuarto, y lo que semanas antes había menospreciado: el catre con las sabanas revueltas, la sillita con la esterilla suelta, el montón de ropa sucia en el rincón; los olores del hombre habían construido un animal cariñoso, afuera otro se deslizaba sin miramientos. *** Al islero afortunado la marea se le presenta más de una vez y esconde como temores sus ilusiones de una inminente repetición. Al retirarse, el hombre badea en lo que queda de agua, tienta ese hueco sin paredes y juguetea con la fantasía de escapar con ella, pero la casa le silba canciones de futuras proezas y, embelesado, se queda. Luego, la vigilia lo sorprende extrañándola y, en un impulso, corre a la orilla y se sumerge en el agua y lleva la humedad a la cama y moja las sabanas con un sudor fingido. Se entretiene leyendo los rastros del agua en las sábanas como si fueran las palabras olvidadas por una novia perfecta que nunca más volverá a habitar. Juguetea, proezas, embelesado, impulso, cama, mojando, anticuado, el islero aprende estas palabras que no entiende o no puede nombrar y no quiere entender hasta que alguna mujer las pronuncie y entonces maldice a las palabras y a las mujeres porque le revelan su deseo, él sólo quiere regresar al vientre del río y dejarse de joder. Mientras tanto, se entretiene con trabajos en la quinta que lo distraen de la espera y


conoce a una mujer, llegan los hijos y se endeuda y corta madera y planta durazno y fumiga los ciruelos y compra una vaca y se pelea con la mujer, la penetra por las noches hundiéndose en su oscuridad que es momentánea porque el arribo del día le recuerda que espera a la gran madre para que lo vuelva a parir. Años atrás, la Leonor, como una marea seca, parió a don Julián millones de veces, a todos los arrastró el río y luego le regresó el que menos se le parecía, y lo soltó por el río pero volvió con una mujer que ya no lo iba a parir. *** El Pibe nunca anticipó tal desgracia en la forrajera donde todos aceptaban con docilidad sus roles, le molestaba lo que hacía Rosa con el Patrón, pero había un orden que ella había trastocado porque, desde que se le había metido, entendió cuanto daña la mujer al hombre: la garganta y también entre las piernas se le endurecía con sólo pensar en ella. Por las noches, el recuerdo de su lengua le sobaba el cuerpo por adentro y no lo dejaba dormir. Con la nariz enrojecida por el frío de la mañana y las manos ocultas en el pantalón, el Pibe se arrimaba a los que caminaban por la Colón, hasta a la policía recurrió para saber de la Rosa, no con aires de venganza sino porque simplemente la extrañaba. Pibe, a lo mejor está viviendo en Europa, la gran vida se debe estar dando. El Pibe le clavó los ojos al policía, lo agarró de los brazos y, con más desdén que rencor, lo zarandeó, ustedes de la policía no sirven para pura mierda. Varias veces regresó con la borracha pero la mujer cargaba siempre demasiado alcohol para que algo le entrase ni siquiera su palito aun con lo finito que era. Las beatas del callejón se santiguaban frente al Pibe y le rogaban a la virgencita,


quien todo lo cura y a todos consuela, una ayuda pronta para este huerfanito del barrio. *** Cuando por la madrugada la marea apura su invasión silenciosa, sólo los muertos pueden escucharla. Como un amante tardío, el río penetra en sus tumbas, los abraza, les inventa nuevos acomodos y, al partir, arrastra sus historias para empalmarlas con las de los vivos. Biografías olvidadas boyan en el río y algunos se ilusionan, o se mortifican, por el regreso del muertito que años antes enterraron en el monte. Divertido, don Julián observaba las plantas de Rosa, como carrusel zafado de su centro, giraban sobre el agua escapando de los límites impuestos por el cerco. Sin protestar, los escalones recibieron el peso de Rosa, don Julián sospechaba que, llegado el momento, adulada con los cuidados de la mujer, la casa le jugaría sucio. Rosa badeó en el agua marrón y resbaló más de una vez, don Julián la observaba desde la galería como juez de una carrera con ganador establecido de antemano. Sobre el gris de la tarde, el monte lanzaba chorros de un verde plástico, disparos de desconsuelo a una mujer necia que avanzaba a brazadas hacia unas plantas que ya no le pertenecían. La mujer gritaba inundando el aire, el agua, más de una vez, le tapó la boca y ella calló tal como la primera noche en las islas cuando Suárez le apretó los senos. El viejo, hasta ese momento respetuoso de la batalla privada de Rosa, se burló de sus gritos con una exhortación: gauchita, guardá esa calentura, ya la vamos a usar después. *** Del almácigo restaban los postes y el alambre desenhebrado. Cuando el muelle quedó al


descubierto, Rosa se apostó en la punta. El río corría hacia el sur pero se negaba a llevar esta carga, los isleros no se detenían aunque ella usó todo tipo de razones: lo que la mujer creía una novedad, era historia vieja. ¿Como decírselo cuando insistía con nuevas ofertas cuando algún islero se demoraba en la costa? Porque la mujer sacó de la valija todo lo que había llevado y lo desparramó sobre el muelle improvisando una inútil venta de sus deseos. Cada islero actuaba a su modo la indiferencia: uno ladeaba la cabeza en ángulo de cuarenta y cinco grados, otro examinaba con interés inusitado sus uñas desparejas, otro más escupía en el río, y un último levantó los ojos que ni siquiera puso en Rosa sino en la rama de un sauce que caía aburrido a un lado del muelle. El tiempo se había estancado. *** ¡No se mueve, no se mueve! Como si quisiera entusiasmar al río, la madre sacudía la cabeza pero el desgraciado ni un poquito la complacía. En silencio, los niños se acercaron, como el cachorro que pronto adquiere una relación de igualdad con la perra que lo parió, no había casi diferencia entre ellos y la madre. De la cuatro a la catorce, desdobladas como acordeón, estas cuatro historias apoyaban la solitaria melodía de la mujer. Mamá, no ha pasado ninguna lancha, es por eso. Los chicos la acompañaron al muelle, el diez tomó de la mano a la cuatro, ya se había caído al agua y el diez temblaba al pensar en zambullirse en el río. Pues no, no se movía. Venga adentro mamá, le preparo unos mates, le conseguí un poco de yerba. La madre miró a la catorce como si no la reconociera, pocos años pasaron cuando la catorce era la cuatro y después la diez, y la cuatro era el seis y así seguía, porque la madre era generosa y le daba cobijo a todo número perdido en el río,


quizás porque era la única sobreviviente en el fondo del Naranjo. Algunas veces, la madre recordaba a quien llevó a la cuatro. Ella seguía recibiendo números, como el que cargaba en la panza y sería el uno. La catorce sabía de números y no le gustaba que se los contaran a ella. *** Aunque el viejo simulaba descuido dejando las botas en la galería cuando antes siempre se las había sacado en su cuarto y la escopeta entre los platos sobre la mesa, y colgándose la navaja del cinto, la marea alteró la indiferencia del viejo a la que Rosa se había acostumbrado: ahora, con altanería, la miraba en los ojos como si la mujer hubiese perdido la batalla definitoria de una guerra. Con la excusa que el perro había escondido sus alpargatas en el cuarto del viejo, Rosa abrió el roperito, si las semillas habían iniciado una historia inútil, se ilusionó con los objetos que la primera vez había desechado. Cruzó las piernas, se sentó sobre el piso y abrió la caja: adentro, solitario, descansaba como único tesoro un arete. Instintivamente, Rosa se llevó la piedrita roja como estalactita a la oreja, cuando buscó su reflejo en el vidrio tiznado, la lagrimita se colgó de un ojo del viejo asomado por la ventana, se trataba de un diálogo inédito por el que uno metería las manos en la caja del otro como lectores en bibliotecas gemelas. *** El hombre viajaba por tierras inundadas. Lo acompañaba una mujer que llevaba un arete. El hombre llegó a una casa cubierta de follaje. Allí vivía un viejo. Salieron a cazar y el


hombre no regresó. La mujer plantó unas semillas, el viejo la ayudó. Crecieron unas plantas y una hoja cortó la mano del viejo. La mujer se la curó con saliva y encerró al viejo en una burbuja que se colgó de la panza. La ropa a ella no le entraba y se la quitó y el viejo también porque nació, el viejo y la mujer parecían esposos aunque ella era la madre. Regresó el hombre con toda la rabia porque la mujer hizo nacer al viejo. El hombre quería nacer también pero no había más semillas. La mujer quiso evitar el enfrentamiento entre los hombres y soñó que los dos salían al monte y nunca regresaban. Los hombres vociferaban sobre una fiesta futura pero no sonó como algo alegre. El viejo se vistió como cazador y el hombre se colocó unas huampas sobre la cabeza. Los hombres actuaban personajes que ella desconocía. Bailaron y los hombres hicieron girar a la mujer para apresurar el paso del tiempo hasta que, rendida, los hombres la persiguieron por la quinta hasta que cayó sobre el almácigo. El río le mojó sus cabellos mientras su cuerpo lentamente se hundió en la tierra, una mancha roja fue el único rastro de la mujer en el predio. *** El arete provocó al viejo con nuevas ideas. Le regaló un vestido, pero a la muchacha le quedaba grande y enseguida el viejo sugirió posibles arreglos: levantarle el dobladillo, tomarle de la sisa, correrle los botones. Lo que en un inicio pareció una costura de detalles se transformó en un proyecto de semanas que necesitó de los comentarios sistemáticos de don Julián. Todas las tardes, Rosa se sentaba sobre el segundo escalón de la escalera y allí desplegaba los hilos, la aguja, y la tijerita y cortaba y pegaba, se probaba, recibía comentarios del viejo, se quitaba el vestido, volvía a cortar y coser; las semanas


transcurrieron cosiendo y descosiendo, probándose y quitándose, algunas veces el viejo aprobaba moviendo su cabeza, otras no. A Rosa le entusiasmó construir un personaje a partir de un vestido y no del aire como lo había hecho la madre o con sudores y fluidos o con simples toqueteos como se hace con los hombres. Toda vez que se lo probaba, don Julián tocaba el vestido, pero no evaluaba la prenda sino cuanto la mujer se ajustaba a su recuerdo. Los caprichos del viejo circulaban por las curvas del cuerpo de fideo de la Rosa creándole nuevas dimensiones, erigían carreteras y edificios efímeros, la mujer se transformó en una ciudad para un solo ciudadano. Cuando las manos se marchaban, la hinchazón de los pechos se desinflaba revelando el hueco del recuerdo del viejo. *** Eran los carnavales, ella con el vestido morado, los labios rojos, las cejas negras, los zapatos de tacón aguja; él con camisa blanca y limpia, el pantalón bombacho, sin sombrero. Las señoras de la cooperativa habían delimitado el espacio del baile con unos farolitos a kerosén que colgaban de las cuerdas tendidas de árbol en árbol, el bicherío armaba su fiesta privada alrededor de las luces. Sabía que los hombres se la admiraban pero, tomándola del talle, entre el chamamé y la cumbia no la soltó en toda la noche, salvo por un momento, cuando creyó que la mujer nunca había estado, pero la sospecha de su ausencia se deshizo tal como, una tarde de otoño, de un manotazo el viento la borró de la punta del muelle. Un peón de la quinta de Sebastián le preguntó si se le había caído algo en el río y don Julián respondió que sí y después que no, que sí, que no.


*** La de las manos suaves, la que corretea al perro, la que deja limpísima la ropa del viejo, la de los cabellos que se enredan en la hélice de las embarcaciones de los isleros eran los fragmentos de la Rosa que don Seba desparramaba por los almacenes de las islas. En unos meses, los isleros completaron una biografía completa de una Rosa múltiple e incluso la emparentaron con las sirenas que los inmigrantes alemanes llegados al arroyo Bravo en los años veinte mencionaban en sus cartas al Viejo Mundo. Mencionaban que los días de marejada, cuando arrastraban las líneas de pesca a la costa, las mujeres emergían junto a los peces fatalmente seducidos por la carnada, su extremidad cubierta de escamas delataba al pez. Mostraban sus dientes de oro y ondulaban sus labios de rosa, su canto congelaba a los animales del monte. En la soledad de las islas, la excentricidad se acepta más fácilmente. En su casa de un estilo gótico trasplantado de Europa al arroyo, Schneider había agotado las posibilidades del recuerdo, sus rituales inútilmente lo colocaban en un territorio que era el aborto de sus deseos y olvidos. Cada mañana, el espejo colgando a un lado de la puerta de entrada le escupía en la cara las señales del desamparo -la boca entreabierta en una mueca de desconcierto, los ojos como dos pozos donde habita la carroña, el pelo más cano que entrecano, las hilachas del cuello de la camisa roídas por un animal que, apurando el viaje irreversible hacia la nada, le devoraba el cuerpo en el sueño- que competían con la vida más sólida y abundante de los muebles desparramados por la sala desplegados en el segundo plano del reflejo. Una mujer de labios carmesí y pelo negro largo hasta la cintura siempre nadaba a lo largo


de la costa siguiendo al alemán en su rutinario trayecto a la plantación; allí, unos paraguayos recogían el durazno y el ciruelo. Sin que el alemán lo notara, la mujer recogía los pedazos del hombre que caían al río y pacientemente los unía en una historia que guardaba en su cola de escamas. Una mañana, al pasar frente al espejo, Schneider notó la poquita carne que restaba en su cuerpo, una líneas aun vivas sobre la boca, sobre el hombro izquierdo, un ojo. Con inusitada rebeldía, se apuró a la costa y, como si el mecanismo de su oxidada maquinaria finalmente se hubiese roto, se detuvo a mitad de camino y con una esperanza gastada contempló el río. La mujer de los cabellos largos y negros le puso en la boca la biografía que por años había escrito, sabía a azúcar quemada a punto de caramelo. El dulce provocó en el hombre un sueño que duró cien años y Schneider navegó por ríos desconocidos aunque llevaban nombres conocidos, una mezcla del viejo y del nuevo mundo, un viaje melancólico. Se soltó a llorar como un chico. La mujer lo consoló con nuevas palabras que ya no sabían a azúcar sino eran besos que actuaron como sucedáneo a los males sin cobijo en su olvido y dirigieron al alemán hacia un pozo abundante en placeres del que nunca saldría. *** Una mañana, sin pensar en cortar mimbre o recoger fruta, don Julián caminaba por el monte, cuando, roja oscura, encontró una cinta atada a la rama de un árbol. Al escuchar una risa del otro lado del río, barajó la posibilidad de la chica del Federico atando listones en el yuyo, pero el moño revelaba una construcción sofisticada que respondía a una arquitectura


foránea. Esto es obra de la mujer, pensó y fantaseó con la imagen de una Rosa suelta en el monte, deslizándose como un lazo aterciopelado entre los álamos. Sin perderla de vista, inventó tareas alrededor de la cinta que se estremecía con el raro viento que soplaba. Con el lento transcurrir de la tarde, el listoncito viró del morado al rojo, del rojo al carmesí y súbitamente al negro humeándole los ojos. De regreso a la casa, don Julián evitó la cocina para que la mujer no notara sus ojos tiznados. Tirado sobre la cama, pensó en la cinta solitaria e invisible en la oscuridad del monte. Antes que Rosa se levantase, don Julián apuró unos mates y regresó al monte. Colocó unas trampas, desmontó parte de la maleza y se ilusionó con sembrar durazno, a media mañana, estaba junto a ella. La rozó con el dedo. Aún mojada por el rocío, la cinta se onduló ejecutando una canción de dos notas. Nadie se hacía daño, eran un viejo y una cinta entreverándose en un juego anónimo, el uno respondiendo a las iniciativas del otro hasta que, como niña enfadada, la cinta giró enredándose en el dedo del viejo. Como los ciervos cuando atoran sus huampas en las ramas y buscan desenredarse, el viejo tiró del dedo pero no pudo soltarse. El perro no lo había acompañado, de todas maneras, chifló una y dos veces y soltó un insulto a la nada. Escuchó el golpeteo del río contra la costa que no estaba donde siempre, como si su tironeo hubiera abierto un agujero en el interior de la isla. Mareado por la perspectiva descompuesta, don Julián cayó en un sueño profundo hasta que, a la mañana siguiente, el sol lo sorprendió tirado sobre el yuyo. La cinta había desaparecido y el río había regresado a su cauce.


*** Mejor tener de una vez el dolor que la muchacha le provocaría después, seguramente pensó don Julián. Si no, ¿cómo puede entenderse que salga al monte y, con la ineptitud del principiante, se encaje el cuchillo? Sabía lo que venia, lo sabía como hay un dios y un infierno donde la mayoría vamos a parar. *** Desde hacia varios noches, el viejo no salía de su cuarto, por la mañana, Rosa encontraba los platos sucios sobre la mesa. Cuando ya no lo escuchó en la oscuridad, Rosa empujó la puerta de su cuarto: con los ojos cerrados, el viejo yacía inmóvil sobre la cama, sólo su pecho se elevaba, como si adentro de su cuerpo flaco y ennegrecido unos enanitos trabajasen para mantenerlo en vida. Para no distraerlos, Rosa se sentó sobre el borde del colchón, el cuerpo del hombre era una colección de fragmentos bien acomodados sin desperfecto alguno pero una mancha de sangre en el pantalón delató el daño. El tajo atravesaba la ingle como si el viejo hubiera querido cortarse las bolas. La mujer iba y venía de la cocina al cuarto cargando agua y llevando suciedades que le quitaba de la pierna. Como sapitos, sus manos saltaban sobre los muslos del viejo, aparentaban limpiar la herida pero sólo anunciaban catástrofes. Rosa completaba el procedimiento con una canción sencilla de dos notas similar a la que escuchó de la chica del otro lado del río cuando llegó. Don Julián la observaba de reojo, esa melodía, aparentemente inocente, invertía la lógica aprendida por años, el cazador se transformaba en animal. Con la cabeza apoyada sobre el colchón, Don Julián esperaba a la mujer quien se


acercaba con nuevas trampas envueltas en letras: ¿le duele?, ¿por qué no me avisó antes?, perdió mucha sangre, se siente calentito, no se mueva, ahora le traigo algo para comer, duérmase un rato. El viejo fue dejando en manos de Rosa la tarea de completar la carnicería que él había iniciado en el monte. Don Julián cerró los ojos y resignadamente escuchaba lo que la mujer lanzaba por la boca inundando el cuarto y borrando el poco pasado que el viejo guardaba en el cuarto. Los objetos flotaban en esa agua que llegaba a las rodillas de la mujer y le mojaba el ruedo de la pollera. Cuando se levantaba de la cama después de cambiarle la venda, dejaba la marca de agua sobre la sábana. Con el rabillo del ojo, el viejo adivinaba las transformaciones de la mancha sobre la sábana y esperaba la siguiente y la otra, así se iba; ¿le duele mucho?, la carne en el plato hondo, su mano tomando la cuchara, la raya del culo donde se le encajaba la pollera, la marca de agua en el ruedo, una mancha como trébol sobre el colchón. En la cocina, la mujer producía ruidos novedosos, como si hubiese reemplazado los objetos conocidos por otros de factura misteriosa, un tac-tac constante mantenía despierto al viejo y el silbido de la mesa se transformó en un vozarrón que gritaba insultos a la mujer que le cambiaba vendajes. La herida desenroscó la imaginación del viejo hasta ese momento oculta tras su escueta rutina. *** La mujer trae todas las maldiciones. Como la langosta que en unos minutos se atraganta con toda una plantación o la pulga del durazno que desde adentro pudre el cuerpo de la fruta, la mujer había orillado a don Julián a un espacio mínimo comparado al que por años


se había acostumbrado. No eran sólo la ropa recién lavada tendida de árbol a árbol, la cinta y las plantitas que malamente cuidaba sino esa otra cosa que a la mujer le salía de la boca y del cuerpo y caía sobre la tierra llenándola de trampas. *** Después de aquellos acontecimientos, el viejo evitaba poner los ojos en los de la mujer pero el perro se los arrojaba en la cara. Si bien seguía al viejo como hembra en celo, su complicidad era otra. ¿Ella, celosa? ¡Por favor! ¿De un perro? ¿A quién se le ocurre? El animal tenía su propia idea de la mujer y olía sus diferentes estados, ni que decir cuando le bajaba la regla: los dos evitaban entrar a la casa y daban vueltas como machos enredados en sus deseos. Tampoco tocaban la comida que la mujer cocinaba y preferían los salamines que el hombre guardaba debajo de la casa. La escuchaban dar vueltas por la cocina y luego repetirlas en el cuarto de Suárez hasta que caía sobre el camastro. Cuando la luz se apagaba, el viejo entraba a la casa conservando la prudencia de arrastrar los ojos por el piso. Quien sabe si no fue culpa del perro, siempre metiéndosele entre las piernas, cuando una noche los ojos de don Julián se deslizaron por el filito de la puerta entreabierta y se introdujeron por el tajo que la blusa abierta había dibujado sobre el pecho de la mujer. Rosa agarró los ojos del viejo y se los tragó, se tocó la panza, seguro le ardía, aunque ella creyese que eran las berenjenas que había comido al mediodía. Desde esa vez, y aunque la mujer no reglara, don Julián entraba a la casa con los ojos hacia abajo y ahí los dejaba no importándole la jodidez que el perro hiciese, pues, igual que en el monte, ahí con la mujer nunca sabía que podría encontrar.


*** Rosa había comprado la blusa en la tienda de segunda mano en la calle Alvear, después que las señoras de San Fernando donan sus ropas, sus sirvientas las compran y agregan capítulos dignos de una novela a la historia de folletín de la patrona. La dueña de la segunda se encargaba de contar la supuesta historia de la prenda que las clientas se probaban y auguraba el final feliz de la historia una vez concluida la venta. Blanca, de seda, manga corta con unos botones como perlas, fue la blusa que Rosa se probó mientras escuchaba la ilusión telenovelera de la mujer. Para apurar su desenlace, entornó el espejo hacia la vereda: los peatones con sus paraguas quedaron de fondo creando el escenario perfecto para el final pensado para el relato. Rosa apoyó sus manos sobre la falda, la señora recogió su pelo en un rodete y desabotonó el primer botón de la blusa, no se lleva prendido y así se ve más elegante, le dijo. Empujados por la lluvia de julio, evitando los charcos y las baldosas flojas, mujeres y hombres arrastraban por la vereda la indiferencia de las cuatro de la tarde; una nena se detuvo los segundos necesarios para sacarle la lengua mientras su madre la empujaba con el paraguas: se sucedieron otras insignificancias -el estornudo intermitente de un oficinista, los ojos desorbitados de un anciano apoyándose en su bastón, unas botas de goma que llegaban a la media pierna de una cincuentona- que desvanecieron la improbable dignidad de la blusa. La doña siguió con el plan B consistente en la rebaja automática de un veinte, luego treinta, cincuenta, hasta un setenta por ciento del precio para convencer a la clienta, si no de la historia, al menos de la utilidad, acabado y condición de la prenda.


La blusa no produjo ni la distinción ni los acontecimientos prometidos por la dueña de la segunda: alegró al Patrón cuando pudo desabotonársela más rápido porque las demás blusas tenían los ojales desparejos, hizo reír a las muchachas cuando se agachó y le vieron las tetas, y congregó en el bar una clientela extra a los habitúes taciturnos que se juntaban en el fondo a jugar a las cartas, cada vez que Rosa compraba el café con leche para el Patrón. *** Así como el río había ocupado y destrozado el único espacio de la mujer, fue natural que Rosa se instalase en el territorio privado del viejo. Congelado por el frío de la noche, desde la puerta de su cuarto don Julián contempló las manos hundidas en la cama, su mentón caído, sus piernas plegadas, la pollera levantada sobre las rodillas, quiso crearles una unidad pero no halló un sentido a los pedazos de la mujer desparramados en el espacio masculino de su cama. Imágenes de animales despedazados llenaron sus ojos y el viejo imaginó acomodos que resultaron en animales sin nombre. Quién sabe cuanto tiempo se suspendió en la contemplación, tampoco fue claro cuando la inició, quizás a esa hora cuando la tierra devora el sol sin lástima, así como él tragaba a la mujer desde el umbral. *** Como de costumbre, Patricia y Suárez partieron en su recorrido de rutina. Contra la costumbre, Suárez tomó la iniciativa. ***


Amparado en los rumores de una nueva ruta seguida por los contrabandistas, Martínez amarró la lancha de la prefectura en el aguaje del arroyo Naranjo, cerca de la casita donde días antes había contemplado a Suárez. Un tarareo desvió a Martínez hacia dos sauces en el límite del predio, allí unos dedos de mujer ataban la ropa a una soga mientras el viento la lanzaba al vuelo. Envuelta en ese mar maravilloso, una voz exhalaba una secuencia monocorde de suspiros y como disco rayado creaba un instante eterno mientras el resto del cuerpo declaraba a las palabras en desuso: unas orejas atoraban el pelo entrecano, unas medias de lana cubrían las piernas hasta la rodilla, las caderas se mecían en un balanceo austero, vestigios de un mundo precioso. Martínez entró a la casa y caminó a la pieza del fondo, el colchón vacío aun conservaba el hundimiento creado por el cuerpo de la anciana. Martínez fantaseó con una marea invisible que había arrastrado a la mujer porque las sábanas no guardaban humedad mayor a la que se concentra en las islas, el espacio aún pertenecía al hombre que lo había habitado con sus acciones y a Martínez le gustó la idea de tocar lo que el otro había manoseado. Eran dos hermanos habitando el vientre materno en tiempos desparejos, envuelto en una rara melancolía, el uno olía la presencia del otro. Martínez se acomodó sobre el colchón con una multitud de ilusiones y suspiró soltando una por la nariz: caminaba hacia el río que se había cristalizado como plástico, cada pisada creaba sucesivas siluetas de una única mujer con una tricotita y una pollera de lana hasta las rodillas. Sin tocarlo, el viento ondeaba su pelo creando una irrealidad similar a la que se encuentra en las vidrieras de los negocios del Canal. Cuando el pelo rozó la cara del


hombre, la mujer giró. No tenía rostro pero no porque le faltase. Su boca invisible se abrió en una sonrisa y sus manos lo empujaron hacia abajo. Las rodillas de Martínez tocaron el suelo y su cara ocupó el abdomen vacío de la mujer. El viento, como una lengua, acarició su boca, bajó por la garganta, e infló su abdomen llenando el hueco. De los pezones de la mujer goteó leche y esta nueva criatura nacida en la costa la bebió. A la mañana siguiente, Suárez despertó a Martínez: vestido de civil, Martínez no se diferenciaba del resto de los hombres. Se miraron sin saber qué. Suárez se distrajo con la incógnita de una metamorfosis que había convertido a la anciana en hombre. Martínez contempló en el otro las posibilidades de una cacería nocturna con escopetas de plástico en el vientre de la madre. Eran los dos lados de un espejo unidos por el simétrico ninguneo del padre provocando en uno la admiración y en el otro la indiferencia. En clara rebelión a la autoridad del espejo, inició un movimiento imperceptible que el otro acompañó. Como chicos, empezaron a jugar. *** ¿Obedecerían las manos al dueño? ¿Y si saltaban como gato montés a arrancar alguna parte de la mujer? Cuando enredaba el anzuelo en la línea, muchas veces las manos se retobaban y parecían pertenecer a un hombre con manías desconocidas. Aunque la mujer se las había mirado mientras limpiaba el pescado, hasta se rió como si hubieran hecho un chiste, le disgustó verlas llenas de historias y las lavó más de diez veces con un jabón blanco para que Rosa no notara las marcas de otras historias.


Esa noche, las manos se adelantaron dejando el resto del cuerpo en el umbral, eso hace la mujer: despedaza al hombre y evita que se mueva completo. Las manos cruzaron el cuarto y, en el borde de la cama, esperaron colgadas de una línea endeble que unía la incertidumbre y el deseo y rápidamente cayeron sobre los pelos de la Rosa que, como raíces crecidas de sus pensamientos, se extendían sobre el colchón y se enroscaban en el rostro vuelto hacia el río. El viejo desconfió de esa súbita complicidad entre esos dos, sabía que el río estaba caliente con la mujer. Las manos transitaron por los cabellos y llegaron al límite de la cara. Desde ese cerco, vislumbraron su futuro e intuyeron el levantamiento de las defensas; se escucharon los toques de diana organizando a los batallones para la embestida; dada la fragmentación del hombre, era previsible su derrota. Cuando las manos rozaron el rostro envuelto en la oscuridad del cuarto, don Julián deseó que la mujer no las sintiese enemigas. *** Si hay un dios, lo primero que inventó fueron las manos. Rosa recordaba las manos de su madre escribiendo las cartas, las del Pibe sacándose los mocos, las del patrón hundiéndolas entre sus piernas, las de Suárez sobre la baranda del muelle, las manos bailarinas de la niña de la otra orilla. Detestaba las suyas por demasiado gordas, cortas, inútiles, torpes, blancas, aunque simétricas, más que sus ojos, que las dos mitades de su cuerpo. Las manos de Don Julián perforaron la oscuridad del cuarto y Rosa cerró sus puños apretándolos como piedras: no se dejaría arrastrar. De puntillas, las manos se deslizaron a lo largo de su brazo, parecían torpes como si recién aprendieran a caminar, no las ayudaría,


hay cosas que deben aprenderse solo; desde el hombro, resbalaron hacia el cuello cayendo como lluvia de primavera, histérica e irregular, quizás inconformes con el momento para entrar en escena (don Julián prefería la lluvia de agosto que en las islas es despiadada y destroza el paisaje con el que antes tuvo que entenderse). El cuerpo se ondulaba creando nuevos valles y las manos y su comitiva (deseos sueltos, recuerdos, caricias) perdieron el rumbo engañándose con espejismos de felicidades, temblores sobre el vientre desordenaron las alineaciones y algunas cayeron en el ombligo. Las manos palpaban cada tramo del terreno, se ocultaron en sus selvas, se estiraron sobre las planicies, descansaron en sus cuevas, hurgaron en los huecos buscando alimento. En una acción desesperada, las manos abrieron los labios de la mujer y colocaron la bomba que detonarían desde lejos. Desde el arroyo, una chata pitó anunciando el fin del recreo. Como estudiantes rebeldes, las manos demoraron la partida, a la segunda campanada la puerta de la habitación se cerró y las manos duramente llegaron al cuerpo del hombre recostado contra el marco de la puerta. A la mañana siguiente, mientras apoyaba la pava sobre la hornalla, Rosa entrevió las manos del hombre que actuaban el desentendimiento. Si bien el río había destrozado el almácigo, el viejo cuidaba el que la mujer escondía bajo la pollera y con esmero abría los surcos, palpaba sus pliegues y lo hacía firme al tacto. Le arrojaba la semilla más de una vez al día, esas plantas crecieron empujándose unas contra otras y, al faltarles espacio, le inflaron la panza a Rosa. Eso creía el perro. ***


Una noche, ondeando los dedos cubiertos de anillos, dos mujeres de cabello blanco y largo, la una gemela de la otra, entraron por la ventana del cuarto que Patricia compartía con sus hermanos. Cuchicheaban y se reían abriendo sus bocas como peces separados del agua, sus voces se perdían en prolongadas buenaventuranzas para la pequeña virgen que el hijo del señor pronto tocaría. De los ojos de las mujeres cayó un llanto que mojó los pies de la nena. Las lágrimas se transformaron en piedras que Patricia encontró al despertarse. Las nombró: rutsa, vatone, patache, yrazja, mijiri, opacote; creía que un temporal las había arrastrado desde un reino lejano y primordial, donde personas, casas, calles, plantas y animales eran de ese material suave al tacto y sin sabor, al delta donde perdieron toda forma y sólo conservaban el nombre que ella pronunciaba. Las palabras encendieron la chispa de un cataclismo y en un instante prolongado por una canción de dos notas que salía de las piedras Patricia se tornó gris. El sol pegaba sobre la chica estirada como fideo sobre el piso de la galería de la casa del arroyo Negro cuando Suárez la encontró rodeada de piedras. La tocó pero ella no se movió, tampoco soltó las manos impartiendo órdenes. A Suárez le entristeció el silencio porque ya se había acostumbrado a las palabras de la chica. El montón de deseos guardados en el cielo, lo que el paraguayo trató de explicarle a don Julián, cayó sobre Suárez. Con su sombra, un sauce encerró los cuerpos convirtiéndolos en un texto cerrado. El hombre rozó con su boca los labios pequeñitos pero la nena no se movió. Como una lombriz convocada por la muerte, el dedo de Suárez hurgó entre las piernas de la chica hasta encontrar el orificio por donde goteaba una agüita blanca que tocó con la punta


de la lengua. Era salada y lamió toda la agüita que el cuerpo escupía, la lengua se empecinó en un recorrido por los rincones húmedos de esa fruta aun verde. La chica soltó un suspiro que cayó al río, un pez se lo tragó. Ilusionado con su despertar, Suárez lanzó una línea al río... observó la boyita subir y bajar… el tirón suave tensó la cuerda… su estremecimiento recortaba arbitrariamente el río… Suárez controlaba la línea… la impulsaba hacia la derecha… la elevaba... Imprimió a la línea una fuerza mínima para engañar al pez, era una boguita. ¡Cómo se movía de lindo en el agua! Así se la aprecia mejor, justo antes de sacarla. Tirando de la línea, guiaba sus movimientos, el prólogo al protocolo de la muerte: quitarla del anzuelo, rasparle las escamas, abrirla, arrancarle los intestinos, arrojarlos al río… El tirón final dibujó una línea quebrada en el aire que arrojó al pez sobre el muelle, el animal abrió la boca expulsando el suspiro final de la chica y Suárez se lo tragó. *** Don Julián le enseñó a Rosa a freír el pescado. Envueltos en el olor del animal, los dos compartieron la secuencia completa de un toqueteo íntimo. Como dos geniecillos del color de la tierra cercana a la costa lavada una y otra vez por las subidas del río, las manos del hombre caminaron, corrieron y saltaron por la carne blanca de la boguita y completaron la limpieza con una serie de actos rápidos. El animal se brindaba dócilmente, el viejo quitaba tripas y vísceras de marrones brillosos como si el animal conservara la vida después de muerto. Las tiritas de carne pegadas sobre la mesa y las escamas desparramadas sobre el piso completaban la carnicería de sus secretos. Se contaron historias sin texto y luego se


arrepintieron. Al terminar, don Julián tendió el cuerpo limpio a Rosa, ella lo depositó en el aceite hirviendo. Como un sacrificio mínimo a sus deseos, los dos contemplaron el pescado friéndose en la sartén. Falsamente, Rosa imaginó un mundo de agua en el que peces, hombres y mujeres compartían juegos de agua, algo parecido a la felicidad. *** Su silueta espigada se entreveraba con los árboles alineados a lo largo de la costa, un pie delante del otro inauguraba al animal, el primero de su especie. Resbaló dos, tres veces, el río era una atracción inservible para quien había aceptado las fatalidades sobre la tierra. Llegó a la casa de la anciana, del hilito colgaba el desamparo, se asomó por la puerta: las sabanas revueltas le regresaron unas imágenes sueltas, sacudió la cabeza para sacárselas como si fueran moscas, deslizó la mano sobre la mesa y el polvo le marcó en la palma el negativo de la película de las islas. Como soldado exhausto de una guerra que no le ha permitido reposo, soltó su cuerpo sobre el colchón y se quedó dormido.

III. Cielos.

No era lo que podría suponerse. Por las noches, Rosa se acostaba en la cama del viejo y los dos soñaban juntos. Cuando jugaban a la escondida, la mujer elegía escondites misteriosos


sometiendo al viejo a arriesgadas travesías para encontrarla, por la mañana, con la indiferencia de siempre, don Julián tomaba unos mates, después partía al mimbral. Embelezada con los sueños de esos dos, la noche empujaba a la mañana demorando la salida del sol, del amasijo nacieron días nublados, y un cielo plomizo pesaba sobre los jugadores quienes, inmunes a los actos de la naturaleza, no interrumpían el recreo: ninguno quería declararse perdedor. Sin hacer ruido, una noche se prendía de la otra. Las manos del hombre provocaban la risa de la muchacha quien abría la boca desmesuradamente mostrando los dientes que, como una cadena, lo sujetaban a la vida, o a la muerte, o a la vida que es como la muerte o la muerte que no es sino la vida. Muchachita, muchachita endiablada, muchachita linda, de pies de arena y labios de terciopelo, amarrame a la vida que quiero la muerte, muchachita. Así, cantaba él. Una madrugada, punzados por los itinerarios de esos dos, los sueños reventaron y, como arena, se volcaron sobre los durmientes secando el río con todos sus peces. Con el pasar de las horas, no había lugar en la casa ni fuera de ella donde encontrar acomodo, el calor arreciaba; buscando humedad, las moscas se pegaban al lomo del perro. Rosa repetía un desplazamiento desde la cocina a la galería como si quisiera entusiasmar al aire que, inmóvil, dejaba a la mujer en ridículo. Aquello parecía una advertencia del dios para darles una probadita del infierno al que serían empujados si se involucraban en más cochinadas, sin bombacha ni corpiño, era una nadita lo que Rosa usaba como vestido mientras el viejo se paseaba en calzones. Del monte, don Julián regresó con una gallareta,


Rosa la hirvió. Compartieron la espera del río: uno le espantaba los mosquitos al otro, el viejo soplaba en la nuca de la mujer quien pasaba un trapo húmedo por la espalda del hombre y bebían de un mismo vaso la poquita agua que, a un ritmo resignado, goteaba del filtro. El viejo le susurraba zonceras a la botella de grapa que guardaba debajo de la casa. Eran los únicos sobrevivientes de la huída del río porque no pasaba ni una canoa, sólo se escuchaba el siseo de los bichos. Entonces, don Julián advirtió a la mujer, ya escasa de manos para espantarse los mosquitos: vos te tragaste el río, gauchita, está bien por mí, así te pongo los peces. Abierta de piernas, como una mujer ultrajada, la isla desconcertó al hombre enredándolo en oraciones sin sentido, palabras que, como si el Pibe se lo hubiera advertido, don Julián vislumbró como la nueva trampa de la mujer. *** Martínez se acercó como si tuviera un motivo para hablarle. Porquería viene y quién sabe de donde, el río se cree muy machito pero también lo engañan, si no ¿cómo se explica que traiga toda esa basura? Este río es menos hijodeputa de lo que se cree. Martínez le daba conversación y Suárez no se la regresaba. Empujaba la lancha de la prefectura contra la Gregoria y no había modo de escapársele. Suárez pensó en las actividades de los últimos días que ameritasen el escrutinio del oficial, instintivamente descartó sus andanzas por las casas de los isleros, las aventuras en el monte con la chica, la visita a la casa del aguaje, el suspiro que había tragado. Vos tenés mujer y la dejás sola en la quinta. Así ¿qué clase de hombre sos? ¿eh? De los boludos, los que se dejan, los que parten en silencio y entran por detrás. Parten de donde les


corresponde y entran donde no los llaman. El viejo está cuerneando y vos estás acá jugando a hacerte el macho, dejate de joder, todos en la isla lo saben. ¿Sos o no hombre? Era evidente que habían terminado los juegos entre esos dos. *** Después de la destrucción del almácigo, la había observado entrar varias veces al gallinero que don Julián pronunció como el nuevo centro de operaciones de la mujer. Con patadas y sacudimientos espasmódicos del sombrero, el viejo empujó las gallinas de sus posaderas y lanzó al patio los objetos que escapaban a la lógica del lugar. Enfadadas, las gallinas piaban y comían grano del suelo desentendiéndose de la agresión. Sólo una permaneció en un rincón, parecía ocultar maldiciones. No sin encontrar resistencia, don Julián la ahuyentó. No bien la gallina liberó el nido, un par de ojos se prendió del suyo, ¡qué lo tiró! ¡qué lo tiró!, exclamaba don Julián pero los ojos no se turbaron ni los brazos de hombre, ni las piernas de perro, ni las bocas de pez; pez, perro, hombre desfilaban por sus manos. No era un sueño porque escuchó ladrar al perro, ¡callate, carajo! Con cautela, don Julián volteó lentamente las hojas: el fondo del río con toda su inmundicia se extendía de una a otra página. Con afán, deslizó el dedo sobre el papel: éste parece el Durazno, aquel, el Carabelas, murmuraba el viejo. Otros arroyos, los desconocía: las marcas se deshacían y se volvían a juntar para instaurar un delta inédito. Don Julián se preguntó si por uno de esos arroyos había huido la Leonor a ese mundo en dos planos de ríos y animales semejante quizás al territorio ubicado en el cielo del que el paraguayo había hablado. Con el cuaderno entre las manos Rosa lo descubrió.


*** ¿Cuál palabra quiere saber? Don Julián desclavó los ojos de alguna insignificancia y los clavó en otra (el borde de la mesa, un mosquito incrustado contra el vidrio de la ventana, el imperceptible vaivén de la puerta mosquitera), alargando el compás de espera. Rosa arrastró los ojos por el paisaje buscando algo qué escribir. Viento. No hay. Pues usted diga usted. Viento. Pero… Cuando un vientito atorrante se escabulló por un agujero del vidrio de la ventana arrancándole los pelos de la cara, la mujer tomó el lápiz, aplastó con la mano derecha la hoja y escribió mientras leía: vi-en-to. El viejo contempló con desilusión la hilera de bichitos que pretendían ser viento, o eso aseguraba la mujer. El viejo juntó los labios y soltó por el agujerito el aire cerrando el ojo de Rosa, repitió varias veces el procedimiento. Con el lápiz, sin torpeza marcó en la hoja unas ondulaciones que, con poco esfuerzo, el viejo leyó como viento. Rosa meneaba la cabeza mientras el viejo llenaba las hojas con garabatos que presumía como palabras. Simulando el ronroneo de los motores de las lanchas, el viejo se deleitaba en juegos orales de vocales y consonantes que incluían muchas erres y pes. Se embelesaba


con la vibración de la lengua en la cavidad de la boca y el temblor en la garganta mientras el aire, abundante de delicias, le golpeaba las paredes rosadas y se hundía en el interior de su cuerpo donde continuaban esos fuegos artificiales instigados por la mujer. Las palabras se contaminaban significados por sus vibraciones (desagrada-desangra, cara-casa, salamínamigo) e introducían asociaciones inéditas en la isla revelando un mundo que nunca había recorrido. La quinta se convertía en una ciudad, los peces se teñían de azul, el perro comía lechugas, los árboles caían con sólo mirarlos, Seducidos por los cuentos de don Julián, los animales se adaptaron a sus nuevos itinerarios y rutinas y plantearon nuevos que contrariamente a lo sucedido con la mujer al llegar, fueron aplaudidos e incorporados al nuevo mapa de la quinta. Era un viaje sin movimiento, el país que don Julián había dejado en el pasado regresaba en una versión controlada por los buenos deseos del viejo. Así, las viejas tetas de la madre se convertían en una fruta jugosa y suculenta que se metía en la boca y mamaba como pendejo, el padre regresaba del monte silbando después de talar unos álamos que volaban hacia la chata. Las palabras modificaron la disposición de las herramientas creando un territorio en transición, lentamente el viejo se convertía en escritor. En unas semanas, alteró la gramática del predio más que el agua que todo lo inunda y lo rompe y daña. Era una marea seca que entraba por la mañana y se retiraba al atardecer deshaciendo los itinerarios que los hombres y la mujer trazaron durante la cohabitación de los primeros días. Más de una vez el perro atoró su pata en un lazo invisible que lo sujetó


por horas a las oraciones escritas en el nuevo idioma del predio. Se empecinaba en ladrarle a las sombras hasta que, agotado de tanto esfuerzo inútil, se desplomaba sobre el piso de la galería intergrándose al texto que lo situaba en escenarios extranjeros y batallas novedosas, recorría una ciudad abstracta de túneles entre pitazos de tren y se enfrentaba con elefantes de engaño en el medio del río. Mostrando un sorpresivo afán literario, las hormigas aprovechaban su inmovilidad para montársele y recorrer las partes del cuerpo que, en los momentos en que el perro era perro, no podían acceder. El animal se había transformado en signo indiferenciado del resto de letras que el viejo incorporaba al libro que seriamente escribía tras el camino que lo llevaría con Leonor.

*** El río desconfiaba del viento que don Julián soltaba por la boca, una vez que el hombre conociese toda la complejidad del mecanismo, quien sabe cómo lo usaría. Se sentía traicionado por alguien que siempre le había regresado lo previsible: las vísceras descoloridas del pescado, los restos podridos de comida, miradas de resignación, sudores, una que otra puteada, orín, pero nunca esa confusión de sonidos que ni siquiera armaban palabras. Si el almácigo había sido una probadita de la peste de la mujer y él la había frenado, las palabras eran un veneno para el que desconocía el antídoto. Las palabras no huelen, ni saben, ni se pueden tocar, no tienen el poder de unas botas de goma o un cuchillo sino uno invisible e imprevisible, igualito al de la sudestada. La peste iniciada por la mujer se transformó en el cielo y el infierno de hombre. Al viejo se le


enredaban las palabras en la boca y las vomitaba en el río. Aun cuando el mate se pasaba de mano en mano y la mujer lavaba la ropa en la costa y la colgaba en la soga tendida de árbol a árbol y el hombre seguía pescando y cortando mimbre, la vida se había hecho más y más pesada con los juegos de aire. Con solo pronunciarlas, las palabras transformaban una silla en sillas y una nube en muchas o juntaba objetos discontinuos o que se desconocían en las islas o probablemente no existían. Las malditas multiplicaron lo que el río cargaba y una noche los camalotes unieron una costa con la otra. Vulnerando el espíritu separatista del delta, los animales cruzaron a pie el río y comprobaron que el otro lado era la réplica de aquel donde siempre habían vivido. El mestizaje literario entre comadrejas, ciervos, nutrias, tarariras concibió nuevas especies y la combinación de objetos, animales y palabras en oraciones los empujaron a situaciones inéditas: un zorzal tocando violín y una mariposa yendo al cine. Cuando llevaron al Canal una muestra de tales mezclas, los hombres del muelle se enfrascaron en un juego de exageraciones, nutria con cola y boca de pez, pez con sueño de ciervo, comadreja con tío perro, perro que entiende francés y los explicaron como cuentos de animales fabulosos que el río había arrastrado desde las selvas del Brasil. Nadie los relacionó con la peste de la mujer que tanto daño había provocado en la forrajera. *** A veces creía que la había soñado pero la alteración de la rutina en la forrajera era la prueba perfecta de su existencia. Recogía las semillas desparramadas sobre la vereda hasta que


escuchaba la voz desafinada del patrón: ¡Salí, mocoso de mierda! ¿Me querés robar la mercadería? Le hablaba como si lo hubiese olvidado o como si nunca lo hubiera conocido. Para restaurar antiguas complicidades, el Pibe se embrollaba en conversaciones absurdas y el Patrón respondía arrojándole baldazos de agua. Se ocultaba en el santuario donde el Patrón no ejercía ninguna autoridad y se sentaba al pie de la ventana junto a la imagen de la Rosa, no regresaba a donde había vivido, temía que su fantasía se desvaneciese en el interín. Sin descanso, repasaba los hechos que precedieron a la instauración de la santidad de su mujer. La imaginaba con la bolsa del mandado buscando el pan a las seis de la tarde, revolviendo el café con leche donde nadaban los bichos que había parido, pegando fotos de sus hijos en un álbum que volaba entre los edificios de dos pisos alineados a lo largo de una calle interminable, metiendo la lengua en su ombligo y destornillándole la tapa de la panza, hundiendo sus dedos en las tripas, comiéndoselas como si fueran tallarines enroscando cada tramo de intestino en un tenedor de oro, caminando por la vereda con las nalgas descubiertas como dos duraznos maduros. Se imaginó hurgando en cada uno de sus huequitos, quitándole el pellejito de las uñas, saboreando la saliva de sus labios, gritándole zonceras en el oído. Eran versiones desoladas de una vida con olor a carne y sabores a madera mojada y cantos de chicharras, de imágenes fotográficas: el perfil escalonado de la fabrica abandonada, un hormiguero en la puerta del esqueleto de concreto y chapa, la esquina de la Colón y Belgrano a las seis y media de la tarde, su sombra bamboleándose sobre la vereda uniéndose a los festejos del sol celebrando la muerte, el viento balanceando


las puertas del kiosco y arrebatándole al kioskero las revistas que no alcanzaba a guardar, el kiosco tronando con tos crónica y el hueco una vez cerradas sus puertas. Más de una vez sintió los pies pequeños de Rosa caminando adentro de su cuerpo, rápidamente acariciaba la parte cercana a ese contacto teórico pero nunca pudo encontrar a la Rosa. Salí pibe, tenemos que limpiar, le gritaron los empleados de la municipalidad. ¿De qué pretendían limpiar a la inmaculada? *** Ya no fueron naranjas lo que don Julián dejó sobre la cama. Una tarde, Rosa colgaba ropa en la línea, oliendo el aire entre esos dos, el perro se atravesaba entre sus piernas. Perro de mierda, dejala tranquila, le gritaba don Julián. De dos saltos, Rosa subió la escalera y cerró la puerta de la cocina dejando al animal ladrándole a lo incierto, el piedrazo contra la puerta alborotó más al animal. Rosa se sacó la blusa y la falda, en bombacha se sentó sobre la cama y sintió unas cosquillas en la espalda: sobre un papel arrugado, como una animación congelada, una hilera de bichitos jugaba a devorarse. Era una combinación perfecta de letras que no incluía objetos ni líneas. M… a… m… a… n… a… r… a… n… j… a Deletreó mientras rozaba y separaba los labios, la lengua se torcía en piruetas que le hicieron cosquilla en el paladar, mama naranja, leyó de sopetón. Las dos palabras parecían dibujadas por un pibe que maneja el lápiz y ya escribe con birome. ¿Qué tanto cabría en tal combinación de letras? Desentendiéndose de lo que ocurría en el cuarto, el viejo seguía


acomodando mimbre sobre la costa, el perro ya no ladraba. Rosa se calzó el papel en la bombacha donde lo cargó hasta que el viejo lamió la naranja que las palabras salpicaron sobre sus nalgas. *** Los isleros hablaban de la virgencita lavando la ropa en el río, levantando la vista y sonriendo, la virgencita tendiendo la ropa mojada en la línea que iba de sauce a sauce, la virgencita secándose las manos mojadas en el delantal, la virgencita removiendo la tierra del almacigo, la virgencita cortando la cosecha y así seguían las imágenes todas abonando la santidad de una mujer a la que no se le conocían milagros. Otros hablaban de su sonrisa de ángeles, del pelo color de sol, su piel doradita como el durazno, sus manos de seda dignas de una dama de la alta sociedad. Las mujeres de los isleros cuestionaban esta virgencita aparecida en las islas pues, según ellas, sus trabajos no revelaban ningún pasaje de santos sino los trabajos de una puta. *** Aun cuando él lo instigase, don Julián desconfiaba del bicherío suelto y aun adentro de la casa se amarraba el machete al pantalón. Cuando la mujer se sentaba en la silla clavada junto al río y abría la boca, las sílabas se cruzaban con las que el viejo pronunciaba desde la escalera; juntas creaban pequeños remolinos sobre la tierra seca, si así querían evitar catástrofes, los sonidos no hicieron más que calentarlos porque los planes para el encuentro se multiplicaban espesando el aire. Cuando ya se hizo imposible respirar, don Julián y Rosa sembraron las palabras donde


habían levantado el antiguo almácigo. De la unión de palabras y tierra se erigió una ciudad de la que ningún arqueólogo luego lograría encontrar evidencia. Don Julián se acomodaba sobre el regazo de Rosa y desde allí admiraba la mandíbula de la mujer como la cornisa resbaladiza de un edificio de ensueño, sus uñas sucias y desparejas subían por las paredes, como bichitos, los vellitos de la chica se encendían con el sol de las tres de la tarde alumbrando el cuerpo que se ofrecía a las manos y los labios oscuros del hombre. Temeroso de caer por el abismo que los separaba, el viejo subía agazapado a esa vegetación dorada. A medio camino, un aire caliente y húmedo sopló sobre la panza de Rosa derritiendo los bordes del ombligo que se ensanchó revelando el pozo, lo que restaba del delicioso pasadizo que en la prehistoria del hombre lo había unido con la mujer. Arrullado por la letra de esta nueva madre, el viejo se dejó caer. *** Había una vez un chico que no nació y creció dentro del vientre de la madre. Un día, escuchó golpes en una de las paredes: un hombre merodeaba alrededor de la mujer. Pronto llegaron más hombres quienes encontraron la entrada a su hasta entonces territorio exclusivo. Forzados a conservar los buenos modales, los hombres dictaron reglas de tránsito y urbanidad en en el cuerpo de la mujer, la mayoría impensable o ilógica para quien vive afuera. Cuando la mujer envejeció, los hombres abandonaron el cuerpo quedando sólo el que había nacido ahí. Una mañana, la mujer no despertó del sueño. El jardín de jazmines y rosas que el hombre había habitado se convirtió en un territorio yermo de colores inciertos. El hombre se perdió


en un laberinto inútil, probablemente no le interesaba encontrar la salida. Finalmente, el cansancio le cerró los ojos y soñó. Unos peces que el río arrastraba desde el norte acariciaron el cuerpo de la mujer cubriendo de escamas sus piernas. La mujer onduló su extremidad y se deslizó hacia el fondo de un río color de miel despidiendo al hombre por la boca. Entonces, el hombre pudo nacer. *** A medio camino, el viejo recibió a Suárez con el pantalón subido a media pierna, cargaba una sonrisa estúpida en la parte baja de la cara porque con los ojos nunca pudo expresar algo, fingía dolor pero era calentura lo que le colgaba entre las piernas. El almácigo lucía yermo como si una plaga lo hubiera destrozado. Rosa y el viejo se movían indiferentes a ese cuadrado que semanas tanto daño había provocado empujándolo al otro lado. En la cocina, los unió un rumor ligero que se escabulló entre las ramas donde los pájaros chillaban hartos del calor temprano de octubre, los tres parecían estatuas suspendidas en la perplejidad de las cuatro de la tarde. ¿Querés comer? se apresuró a preguntarle el viejo seguramente para no delatar los cuidados de la mujer. Rosa guardó sus ojos en las manos que los primeros días en las islas habían dibujado en la espalda de Suárez un simulacro de ciervo lanzándolo a buscar su manada. Todo parecía trastocado como si ése no fuera el viejo ni ella la misma mujer que había conocido en el Canal. Hasta la casa no se asemejaba a la que por años había habitado. Notó el silencio de los objetos porque el aire que salía de la boca de esos dos ahora sonaba. Se preguntó qué peste habrían agarrado.


Después de lavar los platos, Rosa se sentó al pie de la escalera, desde allí observaba a don Julián que dormía la siesta debajo de la casa. La mujer tenía los ojos abiertos, muy abiertos, a lo mejor los pensamientos de tan grandes y terribles que eran se los abrían. Suárez trató de esquivar esos ojos pero un hilo invisible se le enredó en el cuello como si se hubiera desatado la cuerda de la ropa pero era el viento que Rosa soltaba por la boca deformándole el rostro lo que revolvía el paisaje, ondeaba el yuyo, hasta el pelo del perro se sacudía sin que el animal corriese, la navaja del viejo caía por las escaleras sin que nadie la tirase, en la línea un pantalón volaba mientras la camisa de junto permanecía inmóvil, la hebilla que Rosa usaba para recogerse el pelo corría sin rumbo por la cocina. Quizás ese aire había afectado a la mujercita porque era similar al que escupía por la boca con órdenes y pedidos. Por la tarde, Rosa bajaba y subía la escalera por los motivos más estúpidos como si quisiera calentar al río; desde el espacio debajo de la casa, el viejo le tiraba los ojos y actuaba un interés exagerado por el corte de los tallos de mimbre y compartía con el perro comentarios absurdos a destiempo con las subidas y bajadas de Rosa –está rosadito como lengua de gato, decime si no es lisito, huele a selva de alto Paraná- que le provocaron una risa sonsa que contagió al viejo. Esa noche, el farol de kerosén fabricó una intimidad falsa entre los tres. Sobre la mesa, Rosa dispuso el tablero del juego que había alentado, y les puso palabras en la boca, los hombres evitaron pronunciarlas y, envalentonados con su presencia, impusieron sus reglas a lo invisible con acciones de puro hombre. Don Julián arrojaba un ojo a Suárez quien lo


recogía de la mesa con la punta del cuchillo y se lo tragaba, se deleitaban en banalidades y compartían nuevas sonrisas y miradas de encanto, hasta un temblor súbito pobló los párpados de los hombres. El viejo soltaba comentarios altaneros: te quedó fideo en el cachete, esos zapatos con taco no sirven para andar afuera, tenés la pollera metida en la raya. Otras veces, los hombres la espantaban como si fuera una mosca simulando un juego distorsionado de truco. Rosa se perdía entre las interpretaciones masculinas de las reglas, esta comunidad entre los hombres era ciertamente un cambio en el contexto de sus intercambios con el viejo y la ausencia de Suárez, rápidamente se desvanecía el mundo de aire que había instigado. Como cómplices de los hombres, los bichos volaban alrededor del farol murmurando secretos de agua. *** Dos peces nadaban a lo ancho de la panza de Rosa. Quien sabe qué pintura el viejo había usado porque ni siquiera refregándose con tierra pudo borrárselos. Cuando Suárez entró al cuarto, esperó que el bendito se los borrase. Quien sabe si fueron sus ruegos o el desinterés del hombre por sus ocupaciones porque Suárez se durmió con las botas puestas no bien se estiró sobre la cama. A la mañana siguiente, los peces nadaban debajo del brazo y ahí permanecieron por el resto del día. Rosa desabrochó los botones de la camperita y cada lado de la prenda se balanceaba revelando los bordes de la sisa por donde se asomaban los pececitos. ***


La mujer había infestado el mundo, irremediablemente. Los hombres transitaban por el predio con la certeza de llevar los ojos de ella en la nuca. Sentían sus manos entre las piernas apretándoles las pelotas. Era una invasión silenciosa en lo que vestían, comían y bebían, lo que las madres les enseñan a las hijas para entrar y salir de los hombres a su antojo. Rosa colocaba la peste en la comida que, distraídos por el hambre, los hombres no examinaban al llevarse a la boca, las guardó en los bolsillos de los pantalones que remendaba, en la ropa que lavaba, en el sexo que compartía con ellos. Así, desfiguró la caza con una dramaturgia exquisita que los hombres desconocían, cuentos de fantasía que hablaban de ciervos con corazón de hombre y hombres que corrían con extremidades de ciervo. El ciervo y el hombre se convirtieron en un mazacote imposible de distinguir uno de otro, el viejo se movía como ciervo, Suárez resistía la tentación por cazarlo, esta coreografía tardaría en instalarse entre dos que no aceptaban sus nuevos roles. Cuando Suárez llegó cargando unas nutrias, el viejo las ojeó de mala gana como si fueran de utilería, seguro había reparado en el asco que el animal abierto produjo en la Rosa recién desembarcada en la isla y había creído que el truco resultaría nuevamente. *** Así como la mujer había desbaratado el mundo de los hombres, expulsando a uno a la orilla opuesta y empujando a lo abstracto al otro, así también los hombres alteraron la geografía de la mujer. Ya no manchaba las bombachas y el cuerpo se le torció con relieves extravagantes, no era la típica panza que a Rosa le había crecido cuando gestaba sus bichos, se trataba de otro tipo de concepción. Sus gestos, rascarse detrás de las orejas, deslizar el


índice sobre sus labios, extender los lados de la pollera para que no se metiese entre las piernas, atajarse el sol con las manos, estirarse y enroscarse sobre el colchón, perdieron su inocencia porque sirvieron de excusa a las excursiones por el territorio que la mujer escasamente controlaba con las palabras. Era una marea al derecho y al revés. Como dos ríos, por las noches los hombres rodeaban a la mujer, una maquinaria de tripas y órganos incandescentes, una galaxia de planetas muertos con sus olores de plomo y sus colores pétreos, el monstruo que pretendía devorarlos de un bocado. El pelo desparramado de Rosa sobre la almohada creaba un delta de ríos negros y sus pies unas elevaciones prematuramente congeladas por el aire glacial de las primeras horas de la mañana; los hombres se perdían en el delicioso laberinto de su sexo alumbrándose con faroles mientras soñaban jardines cubiertos de jazmines y rosas, cuando la carne roja se infló, los hombres perforaron las paredes. Como si un otoño repentino se hubiese alojado en su cuerpo, los botones se desprendían del vestido de Rosa cayendo sobre la mesa, la silla, debajo de la casa, entre los dientes del perro. Los hombres se deleitaban con la Rosa agujereada y se soltaban los ojos para introducirlos por los huecos de su vestido mientras ella deslizaba su dedo sobre el plato vacío, se arreglaba el pelo y lo atoraba detrás de las orejas, se rascaba la pierna que luego aplastaba con la otra, golpeaba su pie contra el piso y abría sus dedos como plumas. Como niños malcriados que rechazan el baño y luego inventan suciedades para demorar la salida, los hombres se zambulleron en el río y con sus manos pegaban el agua para atraer la


atención de la mujer. Rosa bajó la escalera del muelle y hundió sus pies en el agua, repitiendo el ritual de cuando llegó a la quinta. La lancha de las cinco levantó olas que la empaparon pegándole el vestidito al cuerpo. Rosa trató de cubrirse con las manos; extasiados, los hombres gritaban como machos en celo. Por entre los chorros de agua que saltaban con cada impacto, los hombres se descomponían en fragmentos desiguales y se recomponían formando un animal quebradizo. Entretanto las piernas y el sexo de los hombres, ocultos bajo el agua, se enredaban en un juego secreto. Era el prólogo al festejo por el daño que practicarían sobre la mujer. Los hombres la animaron para que bajase, tirando de sus brazos la sumergieron en el río, la tinta escribió sobre su cuerpo un texto con puras cochinadas. Mientras se llenaba la boca con súplicas inútiles, Rosa atajaba con las manos el agua que aquellos le tiraban, querían tapar el agujero por donde había salido tanta inmundicia. Rosa tosía ahogándose con las palabras que lanzaba, devaluadas, se esfumaban en el aire porque el viejo ya no las atajaba. Resbaló, inútilmente manoteó el cuerpo de Suárez porque el hombre la dejó librada a la voluntad del río. *** Un islero encontró una muñeca de piedra a la orilla del río, él la llamó su mujer. Todas las mañanas la sentaba sobre una sillita de esterilla para mitigar la tristeza del islero solitario que rema por el río. Mina… minita que te miro y requetemiro, le decían los isleros mientras ojeaban sus piernas y el inicio de un sexo incierto que la pollera deliberadamente subida no cubría completamente. Te miro y vos sólo me mirás, la provocaban porque a ella nunca se


le cerraban los ojos. Nada decía porque el islero la vigilaba desde la costa. Nunca le preguntó si era feliz o si ésa era la vida que deseaba. Un día, sin que el islero lo notara, orto islero que remaba por el río le confió lo que ella evaluó como una gran verdad: un gran canasto de frutos dorados que ella devoró hasta que la panza se le infló. Manchó su vestido que lavó en el río, pero la hinchazón del cuerpo no se redujo y con los días agotó las formas de esconderla en el territorio del islero quien la miraba con desconfianza y desentendimiento y no la sentaba en la sillita del muelle. La fruta del hombre no había sido buena pero la había separado definitivamente del islero. Antes de que él la echara, ella partió. *** Inaugurando la temporada del ciervo después de secarse la tierra, por la madrugada los hombres partieron cargando la expectativa de resolver entredichos o de echar a andar su antiguo mecanismo de rutinas. Demorándose en la costa, el viejo observó los pedazos de Rosa desparramados por la galería: las manos engrandecidas, un ojo verde y otro marrón, los pies pequeños, la falda desarreglada y la blusa abierta en un tajo triangular, ciertamente las batallas de los dos hombres la habían pulverizado. Entraron a lo más enmarañado del monte con la ilusión de echar a andar su antiguo mecanismo de rutinas, si la versión femenina de la cacería los había separado, ellos renovarían su complicidad no con razones sino con instinto recreando los juegos entre el dios y su hijo. Don Julián usaba palabras, inútiles en el lenguaje de la cacería. Suárez se


reía y el viejo se calentaba, se recuperaban como hombres después de habitar por semanas el aire y el espacio escueto del cuerpo de la mujer. Pero ya no eran los de antes, el aire los había envenenado. Suárez simuló desviarse de la ruta alejada de la costa donde la vegetación es enmarañada y sin mucho color mientras el monte se devoraba al viejo escupiéndolo por fragmentos cada vez más y más pequeños. Suárez apoyó la escopeta contra un árbol y caminó tras el otro, eso hacía el ciervo, creaba la ilusión en los cazadores de ser ellos los perseguidos. Suárez apuró el paso porque, cuando el viejo perdía la paciencia, se tiraba a dormir sobre el yuyo y al despertar nunca era el mismo. Cuando el monte le devolvió un retazo marrón de la chaqueta de don Julián, cierto nerviosismo rozó los labios de Suárez. Dado que el viejo arrastraba la fantasía del otro, su paso se hizo lento, simulando indiferencia se detuvo junto a un álamo y buscó en la brisa los olores que desnudaban al ciervo. A través de los encuadres móviles del follaje, el viejo entrevió un masacote de gestos ejecutados a destiempo: Suárez entornaba la cabeza, bamboleaba el torso manteniendo fijas las nalgas, torpemente acentuaba el declive de la espalda, y sacudía la cabeza como si cargara unas huampas. Don Julián se acercó y, en un arranque intempestivo, acarició al otro. La mano del viejo cayó sobre Suárez como el machete tocó la mesa el día que inauguró las catástrofes. El ciervo se convirtió en un aire caliente y, evitando las palabras aprendidas, el viejo colocó su boca en el hocico de Suárez y los dos se unieron en un beso de aire. Si la versión femenina de la cacería los había separado, el follaje los recompuso con sus


encuadres de costumbre creando los nuevos juegos entre el dios y su hijo. Regresaron con las manos vacías y en la cocina se entretuvieron con algo que Rosa no logró distinguir. El uno recostado contra la puerta y el otro apoyado en la mesa pelando una naranja formaban un único mecanismo, don Julián se pegaba a la espalda de Suárez quien luego se desprendía del padre en un extraño y silencioso trabajo de parto. *** Los chamamés iniciaron rato después. Cumbia, por la tarde. Los hombres buscaban excusas para alargar el fin, el viejo pescaba, o simulaba, porque no abría los cuerpos y los regresaba al río. Sentado sobre la escalera, Suárez se entretenía con unas ramitas, las amontonaba y luego las ordenaba en escalera, o en hilera, o en conjuntos cerrados como si quisiera cambiar todo el paisaje a partir de un pequeño diseño. Rosa se vistió con los colores de un fuego imaginario, naranjas y amarillos, se pintó los labios con la humedad del rocío para ensuciar de yuyo las bocas de los hombres. Así apareció en lo alto de la escalera. El baile empezó con una melodía de tres notas, en unas horas acabaría con dos. Rosa insistía en regresar el tiempo ¿otra vuelta?, ¿otra vuelta? mientras los hombres la empujaban a una pista teórica exclusiva para una pareja ilusoria. Los hombres intercambiaban chistes manchando el lenguaje que el viejo y Rosa inventaron semanas antes. Suárez bailó con la mujer, por un momento los dos inventaron un ritmo: él atoró un mechón


de pelo detrás de la oreja de ella y Rosa reordenó el amarre de las dos manos quedando su pulgar entre el índice y el mayor de él. Quizás la única verdad en la historia de esos: un mechón y unos dedos hilaban la urdimbre de una malla de la que colgaba el capullo con el hijo: un mestizo animal y hombre unidos por finos hilos de plata. Con lo que le restaba del antiguo aire, don Julián lanzó al hijo concebido por esos dos al río; cuando la corriente lo arrastró hacia el sur, ya era palabra muerta. *** Las zarzas rasgaron el vestido de la mujer tiñendo de rojo el monte y cortaron sobre su piel una colección de líneas sobre las que don Julián habría querido escribir su crimen. Cuando el vestido se impregnó completamente en el follaje, sólo el dolor de don Julián cubrió a la mujer. El texto se extendió al predio inundando la casa con palabras de países lejanos que el viejo inexplicablemente añoraba: patache, vatone, rutsa, yrazja, mijiri, opucote. *** Una noche, al prender la mecha del quinqué que alumbraba a la virgencita, el cuerpo del Pibe se encendió como si se hubiese tragado millones de luciérnagas. Ilusionado con la aparición de la madrecita, instauró en el barrio una liturgia que, según él, la bendita le había enseñado durante los meses que trabajaron juntos en la forrajera. Dulce debía tener porque los pibes se volvieron fervientes adoradores de la virgen después de asistir a la primera charla celebrada a puertas cerradas en el local junto a la forrajera. *** La mujer corría por el monte… su vestido morado se escurría entre los árboles como un


lazo de sangre… la lluvia caía como alfileres sobre el río pero no lo desinflaba… el perro no ladraba como siempre y ese animal es rebochinchero pero ese día sólo sacaba un ladrido apagado… ya sabe como son los animales cuando huelen la tragedia aunque nadie sabe lo que pasó ahí adentro… cuando llueve los animales se esconden y vaya usted a encontrarlos… se escuchó un disparo y al rato don Julián y el hombre que decían era el hijo regresaron a la casa… pero no cargaban nada, sólo una pena enorme, eso dice mi mujer, pero ella es dada a leer esas novelitas que traen los muchachos de la lancha y quien sabe si la historia la sacó de ahí, como si la vida en la isla tuviese algo que ver con las historias de la ciudad. *** Las yemas de los dedos sobre su ingle, sus ojos atentos mientras él abría el pescado, la comisura de los labios apretada antes de hablar, la mano levantándose la pollera, los hombros vueltos hacia su pecho, sus ojos entornados para filtrar la resolana, eran las cuentas de un rosario imaginario mientras don Julián manoseaba el cuerpo y entonaba un torpe rezo: Linda, fuiste buena, buena, tus manos blancas, tus dedos. Vení si querés que te ensucie con mis besos, dejame limpiar mis pecados en tus piernas de algodón. Guardó los restos de la mujer en una bolsa y la cargó al muelle. Era temprano por la


mañana y la neblina se tragó el barquito, sólo se escuchaban los golpes secos, sin prisa, de los remos contra el agua. *** Le abrí los dedos con una navajita empezando por el meñique, siguiendo con el anular, así quedaron los dedos abiertos como pescados en castigo por los pecados no cometidos y los por cometer que son infinitos. Con la sangre pinté en su cuerpo los pecados cometidos porque no tenía idea de los otros, era el castigo por la ignorancia y, bonito se veía, todo rojito, ¿se imagina? Es el color que más me gusta, rojito, moradito, con la carne afuera, me llevarían al matadero para ser el festín en una casa de un barrio privado cerca de la costa del Luján en San Fernando, y todos, la mujer, el hombre, menos el niño porque era su cumpleaños y le regalaron una valijita y partió, murieron envenenados por los pecados cometidos y no por los no cometidos que son los menos terribles y por eso no se cometen, y por la puritita ignorancia. *** Los oficiales partieron para completar la imaginaria de rutina. Al alejarse, la marea siempre les dejaba alguna sorpresa: un bulto que resultaba ser un muerto, un cargamento de contrabando escondido entre los juncos, un perro atorado en una trampa, algún cristiano perdido por la costa. Desde el medio del Paraná, don Julián agitaba los brazos señalando una isla recientemente inaugurada, como si fuera un exabrupto del cuerpo, sentenció las obras del muchacho con la mujer que había llevado a la quinta. Los oficiales apagaron el motor para dejar que el oleaje los acercase pero la isla rehuía el


contacto con los hombres. A indicación de Martínez, uno de ellos se zambulló y nadó hacia ese territorio rebelde, manoteó los bordes. Los oficiales lanzaron remos y herramientas pero aquello se les escurría como animal que huele su aniquilación. Con una rabia extranjera, los hombres manosearon las ropas, rojas y verdes y las revolvieron con el lodo. Los oficiales pescaron las ropas y las amontonaran sobre la cubierta de la lancha mientras Martínez insistía que buscaría al otro. Con la mirada puesta en el fondo de la canoa, como si temiera que los ojos se le cayeran al río, don Julián no agregó aclaraciones y se alejó de la escena. A indicación de Martínez, los prefectos amarraron la lancha a la costa y enterraron la ropa en lo más profundo del monte. *** Suárez despertó y la mujer ya no estaba. Sobre la cama yacía una libreta que nunca había notado, la abrió como si fuera una cajita, adentro yacía un boleto. Subió a la Gregoria y llegó al pueblo. Dio vueltas por las calles del Canal. En el bar sobre Lavalle, escuchó sobre las muchachas que llegan en tren desde la Capital. Suárez subió al último vagón. Le mostró al guarda el boleto aun guardado en la libreta. El oficial la revisó desordenadamente y la declaró en desuso. Suárez vació los bolsillos de su pantalón, la navaja que usaba el viejo para abrir el pescado, el piolín para amarrar las huampas, las ramitas que el hombre desplegaba sobre los escalones de la escalera, respondían a un código imposible de descifrar, se trataba de una lengua muerta imposible de resucitar. En el manual de procedimientos el oficial halló excusas para inculparlo con algo intrascendente. ***


El viejo juntó dos palabras y armó un arroyito que sólo le llegaba a media pierna, ni pescar en esa agua. Se había ilusionado con inventar un río que lo condujera tardíamente a la mujer pero las palabras resultaron un encierro, una mierda. Por días, se sentó en el muelle, quizás esperaba la repetición del acontecimiento, la mujer en el barquito. Arrojó al río las caricias que la mujer le había pegado en el cuerpo mientras anunciaba olvidos: las medias, las piernas entre las rodillas y la falda, los juegos en el predio, las letras dispersas sobre el terreno; cargaba culpas y las condenadas, una vez que se agarran al cuerpo, como parásitos le chupan la sangre al humano y no lo dejan vivir. *** El islero llegó una tarde con la mujer… ella no era de la isla… don Julián los recibió y ellos se quedaron… don Julián y el hombre salían al mimbral… la mujer se quedaba haciendo los quehaceres… hasta levantó un almacigo... Un día, el hombre se fue solo… don Julián y la mujer se quedaron ahí… él salía al mimbral y ella lavaba la ropa, cocinaba, se sentaba en el muelle��� trabajaba en el almácigo… me imagino que cortaba las pocas hojitas que brotaban porque nunca vi que creciera algo... no era que me estuviera fijando … después don Julián llegaba y estaban adentro… parecían marido y mujer… yo no sé en que se estaba metiendo ella… el viejo siempre había sido muy arisco pero ahora me saludaba desde el muelle cuando tendía la ropa… y yo, ¿cómo le va don Julián?… así… un día regresó el hombre… siguieron los tres como si nada… un día pusieron música y asaron pescado en la costa, parecía una fiesta… la mujer tenía la panza grande, demasiado, como si le hubiera crecido de repente... a lo mejor los hombres festejaban el nacimiento del


bebe… el hombre entró al almácigo… escarbaba la tierra... quería sacar algo o meterse… la mujer gritaba como si fuera a parir y los hombres entraron al monte… la mujer corrió detrás de ellos. Esa noche, subió la marea… así fue... por la madrugada los hombres regresaron pero la mujer, no… ya no la volví a ver… los dos vadeaban por el predio sin rumbo… como si hubieran perdido la cabeza… algunos dicen que vieron a la mujer boyando en el río... ¡inventa cada cosa la gente! Siempre fueron raros esos hombres, pero de ahí a hacerle daño a alguien… vaya usted a saber… *** Días antes que ocurriese todo aquello, la madre de Patricia abrió la puerta del cuarto donde por meses había encerrado los animales del monte. Todos carecían algún miembro que había sido reemplazado por una parte perteneciente a otro, esa fabricación dictada por la locura no podía sino haber sido obra de la mujercita que había llevado Suárez, las conocía a esas de la ciudad, pura bosta cargan en la cabeza. Los animales se escurrieron por el hueco de la puerta, unos se zambulleron en el río y otros corrieron por el yuyo hacia el enredo fantasioso del monte. Cuando Patricia se trepó a un álamo junto a los animales un día de marea alta, escuchó todas sus historias. *** Usted me habla del muchacho... que lo encontraron... pero yo no sé... sí había un muchacho acá, conmigo… hace tiempo… pero ahora no puedo… ¿cómo le pago?… usted sabe cómo está de bajo todo… y a la gente le gusta la ciudad… nadie se quiere quedar… así debió pasar con el muchacho que usted dice… sí… me parece que sí… estuvo un tiempo acá…


un día me levanté y la puerta del cuarto estaba abierta… pensé que trabajaba atrás… o en el muelle… o nomás se fue… fui al monte a ver qué encontraba… había colocado unas trampas… es difícil agarrar algo… con la marea los bichos disparan… me pareció ver un ciervo… el animal parecía tonto… no se movía… esperaba el disparo… levanté el fusil pero debió ser pura imaginación mía porque en el lodo no vi pisadas … volví a la casa… se había llevado sus cosas…. el muchacho… Cada quien hace lo que le conviene, a él ya no le convino y se fue…. Estoy ahora con el perro, ese sí es fiel… no se va… anda medio enfermo… desde que se atoró una pata en un tronco… allá en el monte… se julepeó, anda medio triste… parece un pibe malcriado y se pone a llorar con todo… ni quiere ir a la plantación… ni al monte… Quién sabe qué le pasó… *** Si desviaba los ojos, algo tuvo que ver porque aprendió todas las manías de Julián. De chico, cuando sabía que lo iba a castigar, se escondía por días en el monte y cuando salía estaba flaquito como hijo de milico y nada comía sentando que se rascaba solo. Lo vi en un aguaje del Naranjo, donde vivía la Plácida, ¡quién sabe que hacía tan lejos! No me reconoció, ¡y bien que se enojaba hasta que le hablaba suavecito y me mostraba el pecho! Esa vez ni una cosa ni la otra, como si se hubiera olvidado que era el perro de Julián. *** Martínez evitó la rutina del desembarco de la prefectura y atracó en el muelle del Puerto de Frutas, a un lado de las chatas, no se trataba de un asunto oficial. Bordeó los puestos junto al canal hasta la calle Italia; era lunes y, luego del bullicioso frenesí del domingo, los


dueños se tomaban la licencia de abrir tarde. Las mujeres encargadas de la limpieza lo saludaron con unos buenos días que él regresó con un movimiento imperceptible de los labios. Uno que otro notó con extrañeza su presencia en el muelle sin la pompa característica de los operativos de la prefectura. En la calle lo recibió el silencio de las casas bajas y la luz moribunda de los porches de entrada, le ladraron los perros no por considerarlo extraño, sino como triste bienvenida al hijo que regresa. En el hotel Delta, Martínez reveló su identidad como oficial cuando la dueña se apresuró a excusarse: todo le dije a la policía, se trata de una investigación paralela y nada tiene que ver con la conducida por la comisaría de San Fernando, le aseguró Martínez. La mujer aceptó el engaño y, de mala gana, relató la historia del islero no como la había contado a la policía sino con mentiras y preguntas indiscretas tal como se le cuenta a un familiar. - Usted, ¿para qué quiere saber? El finadito era bien guapo, subía y bajaba del cuarto para encargarme mandaditos y cada vez que se los traía me daba una buena propina, así sí es bueno tener clientes, hasta me encargó una muchacha del hotel de enfrente, y diga que una no quiere meterse en líos, porque acá cada quien atiende su propio negocio, pero vi el dinerito y eso a una nunca le viene mal y le traje una, un poco entradita en años pero fue la única que quiso cruzarse, linda la mujer, y educada porque me saludó muy bien, porque de repente se ponen unos aires y se creen princesas o reinas y todo porque uno de los lancheros les compró un vestido o las llevó al baile presumiéndola como su novia; entrada la noche, escuché los tacones bajando la escalera, me miró de reojo, como queriendo ocultar cierta vergüenza, a esta edad, ¿qué no ha visto una? y yo no soy de juzgar a nadie…


y cruzó de regreso al hotel… sí, el de enfrente, el hotel con el cartel luminoso, ¿lo alcanza a ver? Ella fue lo último que vi del finado. Concepción enseguida notó el parecido con el otro. Martínez se desplazaba por el cuarto con una familiaridad que no era la actuada en los procedimientos de la prefectura. Concepción lo dejaba, a la policía hay que dejarla inventar su propósito cuando cualquiera reconoce el verdadero. Las manos del oficial caían sobre los peines, las hebillas, los apliques para el pelo, el frasco de colonia barata, desordenando la vida de la mujer y reacomodándola según un plan que Martínez parecía armar en el momento. Reconociendo el mal comportamiento, se sentó sobre la cama recién extendida como si lo hubieran puesto en penitencia, desde la puerta, Concepción esperaba la confesión del chico. Martínez alzó tímidamente la vista hacia las palabras que, sin decidir un sentido, retozaban en el aire. Concepción le tomó las manos y revisó sus uñas. El criminal ahora sos vos, le dijo. *** La camisa blanca arremangada hasta los codos, el cuello limpio pero gastado, el pantalón bombacho abotonado en los tobillos, los pies metidos resignadamente en las alpargatas, los ojos negros sin fondo, el pelo tinto lamiéndole las orejas, la lengua encerrada tras los dientes amarillos, los labios finos como dos líneas pintadas con descuido, las manos hundidas en los bolsillos del pantalón reinstauraban el desamparo que el hombre había descargado meses atrás en la mesa del bar. Con una sonrisa de utilería entre los dientes, como un maniquí de una vidriera en cambio de


temporada, Suárez se plantó frente a Cipriano. Cuando bajó la cabeza, Cipriano apoyó los labios sobre su pelo enmarañado, ya no se entretuvo con la historia ilusoria de las huampas sino con lo poco que quedaba del hijo que el suegro había enviado al Uruguay y ahora una culpa foránea se lo regresaba. Desde el fondo del bar, los de siempre sirvieron por segunda vez de testigos al reencuentro de esos dos. Tomados de la mano, se pasearon por la Colón, ni qué contar lo que chismearon por el Canal de esos dos. Al oscurecer, en el hotel Delta el uno se soltó del otro, Cipriano le habló de futuras excursiones por el pueblo que sonaron a paseos de novelita romántica. Suárez pidió una habitación, la dueña, una italiana de gesto desteñido, le tendió inmediatamente las llaves del 202 como si lo hubiese estado esperando. Lo que sucedió en el cuarto entre su llegada y la partida de la Concepción quedó a merced de las figuraciones de la dueña mientras, sentada detrás del mostrador, esperaba a los clientes que asistían a sus citas de medianoche; el islero escapaba a la lógica del amor y se lo tragaba el desamparo, eran las elucubraciones de la mujer. *** Sabía que un oficial de San Fernando había atrapado a Suárez pero lo había soltado una vez que se cansó de tanto silencio. Martínez lo esperaba como alguien a punto de formalizar terminaciones, Suárez creyó haber regresado al río. Dando vueltas por el cuarto, así como hacía el viejo en el monte, Martínez hablaba pero los significados evitaban al otro. Dejate de joder, gritó Martínez cuando Suárez repitió los movimientos del ciervo. Pero, había algo seductor en todo aquello.


Era dos chicos que antes habían compartido juegos y ahora de grandes se transformaban en extraños, pero no con los que uno habla en el tren y relata intimidades y comparte secretos. Eran extraños porque no entendían la razón por la que necesitaban estar juntos. Suárez repitió en acciones las órdenes del otro: conocía de memoria la contundencia de las reglas de la caza. Parate en la ventana. Bien. Sacate la camisa. Despacio. Las zapatillas. Los pantalones. Dale. Suárez lo miraba de reojo. Mirame de frente. El arma se veía insignificante frente al animal magnífico que esperaba con una calma irracional. Cuando el precioso palito de plata viajó imperceptiblemente al otro lado, el cuerpo se sostuvo en una sonrisa de ángeles que rápidamente Martínez deseó fuera suya. El otro, como si hubiese reconocido el deseo, se acercó tambaleándose hasta Martínez quien no se movió de su posición sobre la cama. Desde la recepción del hotel, la dueña escucho el llanto duplicado que entendió como un dolor de corazones rotos o el encuentro de dos que nunca compartieron emociones. *** A la Concepción le confió los silencios, a los desconocidos, la noticia, a los policías, el crimen, a la dueña del hotel Delta, los últimos pesos que le quedaban. Cuando se despojó


de todo, se colgó de los sobacos y, repitiendo el ritual que tantas veces había observado practicar al viejo, con el cuchillo se abrió el pecho. *** (No bien regresaba de la capital a donde iba una vez a la semana a visitar a Violeta, su única hija, Doña Luisa se esmeraba en contar las historias que aseguraba haber escuchado y observado durante su viaje. Segundo le prestaba atención de mala gana, Martínez cerraba la puerta de su oficina aunque la voz de la mujer se filtraba por la madera, y los dos hombres quedaban atrapados en el tejido pegajoso de su relato abundante en remordimientos, culpas y súbitos cambios de fortuna) Iba y venía de la sala de espera al andén simulando impaciencia por la demora de un tren teórico. Como una grabadora a la que aprietan play, no bien algún pasajero se sentaba a su lado, ella soltaba la misma historia y le agregaba algún detallito según la apariencia y el interés del escucha. He aquí lo que dijo. (Doña Luisa era una excelente actriz y siempre encontraba la entonación adecuada para el personaje en cuestión) ¨Yo era una criatura cuando mi madre me dejó con Julián… me asustaba la oscuridad que él encerraba afuera y una noche me metí en su cama… su cuerpo desplegado sobre la cama era una juguetería y yo tenía doce años, se imagina las ganas de jugar aun cuando ya era una señorita. Ya sabe como es el islero, sigue la misma rutina… el día empezaba y terminaba sobre la cama de este hombre, haciendo eso que él me enseñaba, y yo aprendía. Un día, sentí algo roto acá adentro y me vi la panza chueca… el islero a la única que le


permite destrozos es al agua… antes que él me echara, me fui yo. Esa ultima semana, escribí una carta… ni me acuerdo que puse, tenía quince años y quien sabe una muchachita de esa edad que puede decirle a un hombre que le mostró lo malo y lo bueno de la vida, aunque para ella sea un conocimiento similar a cocinar un puchero o dejar la ropa blanca con el lavado. ¿Qué me enseñó? Julián me enseñó… un amor… un amor negro. Después de eso, ¿qué más se puede saber? Aquello fue como una película que en una hora y media guardan toda la vida de las personas… y si es buena, usted ya no quiere ver más de tan cargado que está por todo lo que vio. Al bebé, lo bauticé, no en la iglesia sino en la casita donde me quedé … preparé el agua, la calenté para que no se me enfermase… la vertí en una palangana que limpié bien y cubrí con una sabanita bordada que me había dado una vecina… desnudé al bebe y lo remojé … él se dejaba… se reía… le tiré agua sobre el pechito y la cabeza… le entró agua en los ojos y se largó a llorar… no mucho… yo le cantaba una canción a dios… le decía que era mi niño… el nombre… así como una presentación para que el dios lo conociera y me lo cuidara… pero no fue suficiente… porque se me había entrado sin yo saber … como una peste que se agarra una… me decían que era sanito… pero puro deseo negro lo había engendrado… eso lo supe después… Una tiene hijos pero no tiene obligación de quererlos. Así me pasó con el muchachito. Desde que nació vivía con Miguel … si me iba, sabía que Miguel lo llevaría con el padre porque nunca congenió con ese hijo que no era suyo. Me fui, sí, me fui. ¿A dónde? No importa. Anduve por ahí… Una sigue con la vida… pero se acuerda de lo que deja y se


siente como dios que decidió la vida de otras personas y las abandona a su suerte y ellos sin beberla ni temerla… empecé a inventar esas historias… tonterías que escribía a la hora de la comida o después del trabajo… lo que imaginé no era nada bueno, pero así se me ocurría y no me gusta engañar… le agregué cosas bonitas… la Rosa y su historia de bichos y la chiquita que vivía enfrente porque a ese hijo mío sólo la magia podía ayudarlo, de nada sirvió… vea nomás como terminó todo, y lo que pasó con las dos... En el periódico salió la noticia, la leí hasta ví la foto cuando lo trasladaban a la sala de autopsias… era una fotografía en blanco y negro… no sé que sentí… ¿Qué pueden hacer unas marcas en el papel? Muy poca cosa… nada digo yo… eso no es un hijo… es raro llamarlo hijo… eso no era él... como tampoco lo que digo ahora... unas palabras... ¿qué puede provocar este aire? nada bueno... por más historias que inventé no pude salvarlo... así está una enredada en historias, una las escucha, otras las inventa, así se le pasa a una el tiempo y no le queda más que contarlas... ¿quién sabe para qué? ¿qué se saca de esto? ¿usted sabe quien se beneficia? El desamparo lo comparten quien cuenta y quien es contado y no puede evitarse.¨ Y la mujer siguió hablando pero por los altoparlantes se anunció la salida de mi tren , así que deposité unas monedas en el sombrero que la mujer había acomodado para tal fin a su lado y me apuré al andén. *** Aprovechando la marea baja cuando las islas se inmovilizaban, Martínez se encerró en su oficina. Segundo daba vueltas como un perro en celo. Al séptimo día, Martínez salió del


cuarto y, sin pudor, se sacó los calzones, Segundo estaba acostumbrado a tales exhibiciones como si por la mañana, tras noches de desvelo volcadas en lo abstracto, el capitán necesitase la confirmación del subalterno de que era hombre. Martínez se sumergió en la tina, el agua, como era la costumbre veinte grados a más veintiuno, Segundo le conocía las manías como si lo hubiese parido. Esa mañana, Segundo no encontró el manuscrito que siempre guardaba en el cajón del escritorio. Haciéndose la desentendida, Doña Luisa silbaba una melodía dulzona que se deslizó entre los labios de Segundo llenándolo de renovadas ilusiones: él tocaba en la puerta del 202 de la calle Lavalle y una anciana de piel blanca y arrugada abría la puerta y él le contaba historias de sus aventuras después de escapar de la casa al cumplir los seis años y atravesar el país, incluyendo los dos territorios nacionales. Doña Luisa sonrió a Segundo quien ya ideaba una nueva historia para abatir la aburrición hasta la llegada de la siguiente marea. El manuscrito de Martínez era para un solo lector.

FIN


La Historia Privada de Ciervos y Mariposas