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Universidad Mariano Gálvez de Guatemala Facultad de Ingeniería, Matemática y Ciencias Físicas

Tarea: Vida y muerte

Integrantes:

Brandon Carias Reynoso

1014-13-14668

Erick Flores

1014-13-

Carrera: ingeniería Mecánica

Nombre del curso: Bases técnicas de la comunicación profesional.

Sección: A

Fecha: 28/05/14


Introducción La muerte pertenece tanto a la vida como la vida pertenece a la muerte. Ambas no pueden existir sin la otra, puesto que la una es tan dependiente de la otra como el estar despierto y el dormir. Y así como el sueño entra sin que el ser humano lo pueda evadir, así también entra la muerte al final de los días, tanto si la persona lo desea o no. Sin embargo, durante su vida, ella apenas o casi nunca piensa en ello, y ni qué decir de los sentimientos que pueden surgir con respecto a la muerte. Los pensamientos al respecto se expulsan completamente de la conciencia, a pesar de que sería mejor reflexionar a fondo sobre ello para entender el verdadero sentido de la muerte, ya que de ese modo se volvería también claro el sentido de la vida. Pero casi nadie piensa que esta muerte también puede alcanzar la vida propia. Con toda evidencia muchas personas parecen creer que la muerte sólo alcanza a los otros, pero no a la propia persona. Sin embargo, precisamente ese no es el caso y no es correcto, pues todos los seres humanos tienen cuerpos materiales que están igualmente integrados al proceso de envejecimiento y al carácter de lo pasajero y por lo tanto fallecerán y tarde o temprano caerán en la muerte. Naturalmente hay una gran diferencia si una muerte sucede de manera natural o accidental, por enfermedad o de manera violenta; sin embargo, sea como sea, será inevitable para todas y cada una de las personas. Por eso el ser humano siempre debe cuidar de enfrentarse intuitivamente y mentalmente con la inevitable realidad de la muerte, es decir, tanto con respecto a la propia persona, como también en relación con los parientes más cercanos y los semejantes en general. A través de esta forma sensata de pensar y a través de los sentimientos controlados que surgen de ello, emerge la certeza que la muerte pertenece tanto a la vida y también a la imparable evolución, como la vida también pertenece a la evolución y a la inevitable muerte. Por eso la muerte nunca debe reprimirse, sino que debe reconocerse como “una madrina” para la continuación de una vida en el más allá, a la cual la forma espiritual le abre el camino para un renacimiento. Por lo tanto, el ser humano debe mirar la cara a la realidad de la muerte y reconocer su sentido y su finalidad y concienciarse de que sólo a través de la muerte puede suceder un progreso hacia otra vida. El ser humano debe familiarizarse con la muerte, la cual significa más que sólo el morir del cuerpo material.


Vida y muerte Vida. El término vida (latín: vita )?, desde el punto de vista de la biología, hace referencia a aquello que distingue a los reinosanimal, vegetal, hongos, protistas, arqueas y bacterias del resto de realidades naturales. Implica las capacidades de nacer, crecer, metabolizar, responder a estímulos externos y reproducirse. A pesar de que no puede indicarse con precisión, la evidencia sugiere que la vida en La Tierra ha existido por aproximadamente 3700 millones de años,1 2 cuyas huellas fósiles más antiguas datan hace 3,4 millardos de años.3 Científicamente, podría definirse como la capacidad de administrar los recursos internos de un ser físico de forma adaptada a los cambios producidos en su medio, sin que exista una correspondencia directa de causa y efecto entre el ser que administra los recursos y el cambio introducido en el medio por ese ser, sino una asíntota de aproximación al ideal establecido por dicho ser, ideal que nunca llega a su consecución completa por la dinámica del medio.4 Abarca una serie de conceptos del ser humano y su entorno relacionados, directa o indirectamente, con la existencia.

Muerte. La muerte es un proceso terminal que consiste en la extinción del proceso homeostático de un ser vivo, esto es, la extinción de la vida. El proceso de fallecimiento, si bien está totalmente definido en algunas de sus fases desde un punto de vista neurofisiológico, bioquímico y médico, aún no es del todo comprendido en su conjunto desde el punto de vista termodinámico y neurológico, y existen discrepancias científicas al respecto.


Adicionalmente no se ha definido científicamente en qué parte del proceso está el umbral en que se pasa de la vida a la muerte.

La Muerte en la sociedad humana. La concepción de la muerte como fin o como tránsito, su creencia en una vida después de la muerte, en el Juicio Final, actúan como condicionantes para la actuación de los individuos en un sentido u otro. La idea de inmortalidad y la creencia en el Más allá aparecen de una forma u otra en prácticamente todas las sociedades y momentos históricos. Usualmente se deja al arbitrio de los individuos, en el marco de los conceptos dados por su sociedad, la decisión de creer o no creer y en qué creer exactamente. La esperanza de vida en el entorno social determina la presencia en la vida de los individuos de la muerte, y su relación con ella. Su presencia en el arte es constante, siendo uno de los elementos dramáticos a los que más se recurre tanto en el teatro, como en el cine o en novelas y relatos. La segunda pregunta en surgir de la muerte humana y tal vez la más interesante es: ¿qué ocurre a los seres humanos tras la muerte? Realmente, lo que se preguntan es qué ocurre con las facultades mentales de la persona que ha fallecido. Unos creen que se conservan gracias al espíritu que impelía a su mente, elevando su estado de conciencia a realidades aún mayores, otros creen en la migración del alma de un ser humano tras su muerte a un plano físicamente inalcanzable. La religión cristiana considera la muerte como el fin de la permanencia física del ser humano en su estado carnal, el espíritu abandona el cuerpo físico que se deteriora y que es incapaz de sostenerse bajo las leyes de este universo finito, e inmediatamente vuelve a Dios.


Vida y muerte. Nadie puede escapar de la muerte. La cesación de la vida es tan segura como la certeza de que la noche sigue al día, el invierno viene después del otoño, y la vejez llega cuando la juventud queda atrás. La gente toma precauciones para evadir el sufrimiento y no verse en apuros durante el invierno o en la vejez; pero pocas personas se preparan para la muerte, que adviene indefectiblemente. La sociedad moderna aparta su mirada de este tema esencial. Para la mayoría de las personas, la muerte es una cuestión temible y fatal; para otras, significa la simple ausencia de vida, un estado en blanco, un vacío. Hay quienes hasta la consideran algo absurdo.


¿Qué es la muerte? ¿Qué ocurre con nosotros después de que morimos? Si nos empeñamos, podemos ignorar tales preguntas. Y en efecto, muchos lo hacen. Pero si no adquirimos profunda conciencia sobre la realidad de la muerte, terminaremos viviendo una existencia superficial y de poca estabilidad espiritual. Es posible que logremos convencernos de que, de alguna manera, lidiaremos con la muerte cuando llegue. Algunas personas se mantienen asiduamente ocupadas en todo tipo de tareas, para evitar reflexionar sobre los temas fundamentales de la vida y de la muerte. Sin embargo, con una actitud semejante, la dicha que podamos experimentar siempre será efímera y nos veremos acosados sin cesar por la preocupación de una muerte inevitable. Estoy convencido de que encarar el tema de la muerte les permite a las personas gozar de una existencia estable, pacífica y profunda. ¿A qué se llama “muerte”?, ¿se trata de una extinción?, ¿una transición hacia la nada? ¿O es la puerta de acceso a una nueva vida?, ¿una transformación en lugar de un final? En todo caso, ¿qué es la vida?, ¿una fase momentánea y evanescente que está seguida de quietud?, ¿una fase de no existencia?, ¿algo que tiene una profunda continuidad y se prolonga más allá de la muerte? El budismo considera un error pensar que la vida concluye con la muerte. A la vez, sostiene que todo lo que existe y ocurre en el universo está vinculado y tiene un “origen dependiente” (engi,, en japonés). Lo que llamamos “vida” es una energía vibrante que fluye a lo largo y a lo ancho de todo el universo, y no tiene principio ni fin; es un proceso continuo y dinámico de cambio. Desde el punto de vista del budismo, la vida del ser humano no es una excepción. ¿Por qué ha de ser la existencia humana


algo finito, caprichoso, aislado y desconectado del ritmo universal de la vida? En la actualidad, sabemos que los cuerpos celestes y las galaxias nacen, duran un determinado lapso y mueren. Todo lo que se aplica a las inmensas realidades del universo se aplica, de la misma manera, al minúsculo mundo de nuestro cuerpo. Desde el enfoque de la física, el cuerpo humano está constituido por la misma materia, los mismos componentes químicos que conforman los astros. En tal sentido, somos “hijos” de las estrellas. El cuerpo humano consta de unos sesenta billones de células individuales, y la vida es la fuerza vital que armoniza el funcionamiento infinitamente complejo de ese número de células tan difícil de concebir. A cada instante, cantidades incalculables de ellas mueren y son reemplazadas por otras que nacen. En ese nivel, cada uno de nosotros está experimentando diariamente los ciclos del nacimiento y la muerte. En términos prácticos, la muerte es necesaria. Si las personas vivieran para siempre, con el tiempo empezarían a anhelar la muerte. Sin la muerte, enfrentaríamos toda una nueva gama de problemas, desde la superpoblación mundial hasta el hecho de tener que lidiar con un físico envejecido. La muerte da espacio a la renovación y a la regeneración. Por consiguiente, la muerte debe agradecerse como un beneficio, tanto como se agradece la vida. El budismo ve la muerte como un período de descanso, como el acto de dormir, mediante el cual la vida recobra energías y se prepara para nuevos ciclos de existencia. No hay ninguna razón para temerle a la muerte, para odiarla o para buscar desterrarla de nuestra mente.

Conclusión


La muerte no discrimina: nos despoja de todo. La fama, la riqueza y el poder son absolutamente inútiles en el estado de desapego total de los últimos instantes de nuestra existencia. En ese momento, en lo único que podemos confiar es en nosotros mismos. Debemos afrontar la muerte con solemnidad, con la sola armadura de nuestra cruda humanidad, con el registro real de nuestras acciones, de acuerdo con las elecciones que asumimos en la vida. “¿He sido fiel a mí mismo?”. “¿Qué he aportado al mundo?”. “¿De qué estoy satisfecho y cuáles son mis remordimientos?”. Para morir bien, uno tiene que haber vivido bien. Para quienes han transcurrido su existencia fieles a sus convicciones y han trabajado para brindar felicidad a los demás, la muerte puede llegar como un descanso reconfortante, como un sueño bien ganado después de un día de gratos esfuerzos. Estar consciente de la muerte nos permite vivir cada día y cada momento con agradecimiento por la incomparable oportunidad que tenemos de crear algo, mientras habitamos este planeta. Para disfrutar de verdadera felicidad debemos vivir cada momento como si fuese el último. El hoy nunca volverá. Podemos hablar del pasado o del futuro, pero la única realidad que tenemos es el momento presente. Confrontar la realidad de la muerte nos permite, de hecho, generar creatividad ilimitada, valor y alegría en cada instante que vivimos.


Vida y muerte