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Ediciones SM Colombia-No.1-1 de septiembre de 2011 • I S S N : 2 2 4 8 - 6 4 4 5

En este número

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2. La edad y los libros María Clemencia Venegas 6. Entrevista a Gloria Cecilia Díaz 10. Donde los árboles cantan Julio Caycedo 12. Los libros para niños y los lugares comunes María Osorio

Una nueva revista que ofrece al lector distintas posturas, temas y voces, en torno a la literatura y los libros para niños y jóvenes. Una revista que busca convertirse en un medio para difundir lo mejor de la LIJ y el quehacer de sus principales exponentes. Un espacio de reflexión y diálogo para todos aquellos que creemos en el poder transformador, liberador, sanador, formador y vital de la palabra.

Esta revista es una publicación de carácter trimestral de Ediciones SM Colombia.


María Clemencia Venegas Fonseca* You may have tangible wealth untold: Caskets of jewels, coffers of gold. Richer than I you can never be. I had a mother who read to me1. The Reading Mother Strickland Gillilan (1869–1954)

¿Existen realmente libros con tiempos para leerlos?

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Maestra, bibliotecaria escolar e investigadora colombiana. Licenciada en Ciencias de la Universidad de Salford, en Inglaterra, con especialización en Educación de la Universidad de Manchester y maestrías en Lectura de Wheelock College, de Boston, y Gestión Curricular de la Universidad Externado de Colombia. Autora de numerosos libros sobre la promoción de lectura, las bibliotecas escolares y los materiales educativos.

Se supone que los seres humanos tenemos memoria gracias a los libros. Por cuenta de unos pocos rasguños y trazos imperfectos, cargados de limitaciones, que acuñan las palabras (también imprecisas), existen registros de los tiempos de la vida real y soñada de millones de personas que nos han precedido. Y todo eso se ha acumulado en muchos “abrir y cerrar de ojos”; es decir, en la breve existencia de cada quien, de todos esos granos de arena dentro de un incomprensible e implacable reloj. Comparado con la eterna línea del universo, nuestras vidas son apenas un fragmento muy pequeño que debemos gozar, sufrir y llenar de recuerdos.

Con razón, los seres humanos insistimos en valorar aquellas cosas que nos hacen sentir eternos, que nos conceden la ilusión de trascender, como los inmortales personajes de los libros, los recuerdos de relatos que nos reflejan, las epopeyas que se convierten en los viajes –gloriosos y breves o largos y serenos– de cada uno de nosotros, un poco como los de los héroes a los que quisiéramos parecernos. Tesoros impalpables que se llevan en la memoria. Y para los que hay que tener tiempo. Porque, ¿de qué sirve un botín si no tenemos el tiempo y la forma de disfrutarlo? Por suerte los libros y las historias son un caudal que puede poseerse aun sin ser rico, ni famoso, ni bello (los requisitos inanes del actual milenio). Por dicha, las historias pueden ser siempre un espejo de juventud, una fotografía de nosotros; pero mejores, más audaces, victoriosos casi siempre. Se puede tener ese tesoro sin saber siquiera que algún día se necesitará ser fuerte, productivo, rico. Es decir, cuando se es niño.

1. Aunque poseas un enorme tesoro; / de cajas de joyas o cofres de oro. / Más rico que yo jamás serías: / yo tuve una madre que me leía. (Traducción de la autora)


Los seres humanos, obsesionados con el tiempo

La angustia del tiempo de los padres y docentes

Nunca como en el presente milenio el tiempo había pasado tan rápido. Frente a una aterradora sucesión de incertidumbres, todos parecemos haber emprendido una suerte de carrera desbocada por llegar a la meta del éxito, de conquistar la ilusoria condición de seguridad y estabilidad. Todos queremos alcanzarla, estar a salvo de la constante condición de cambio propia de la época que nos tocó. Y resulta que la mejor herencia –la que no se quiebra, no se devalúa, no hace crisis por cuenta de deudas internacionales y no se desactualiza por el efecto de una nueva generación de yuppies, arrojados al mercado para devorar a los más viejos– es la que se puede dejar a nuestros hijos con herramientas básicas para enfrentar (emocional y psíquicamente, no solo en lo profesional) los incesantes ires y venires de las vidas veloces que les dejaremos, en un planeta cada vez más frágil. En otras palabras, legamos la certeza de que siempre pueden volver al refugio íntimo, a la riqueza de su tesoro interior que supera las banalidades; a la seguridad de poseer una psiquis que acuna, cobija, se fortalece y prepara para enfrentarlo todo. Ese nicho y escudo protector se construye con tiempo y palabras; compartiendo libros, señalando caminos lectores, enriqueciendo el caudal de los mundos imaginados y las miradas sobre lo real, con la compañía y la palabra de otros… y hay que comenzar a construirlo muy temprano en la vida de los niños.

“Pero bueno”, dirá una mamá que cada día logra completar, exhausta, las operaciones interminables de la triple jornada de madre, esposa y profesional, “¿A qué hora voy a hacer todo eso?”. Dudas que acosan a todos los adultos significativos en la vida de un niño: “¿Y cómo sé cuáles son los libros para darle todo ese tesoro en convenientes dosis diarias, en pildoritas de sabiduría? Además, ¿desde qué edad se hace eso? Si el niño no sabe aún leer, ¿cómo sé qué materiales son apropiados para él?” Y el docente también se preguntará: “¿Dónde están esos libros indicados para construir un futuro de aprendizaje en los niños?” Más que acompañar todo el tiempo a un estudiante en sus lecturas, lo importante es asegurarse de que tenga acceso a materiales de calidad, a tiempos de contacto y a la disponibilidad de adultos que quieran compartir y conversar acerca de lo leído y de la forma cómo se conecta con sus percepciones y experiencias. Dar de leer es como dar de comer; hay que ofrecer repertorios que permitan la elección y la construcción de una autonomía equilibrada y comportamientos de lectura que se vayan enriqueciendo, no reiterando con solo un tipo de libros. Es aquí cuando se vuelve importante conocer lo que hay disponible para ellos en el variado y sorprendente mundo de los libros infantiles; cuando es conveniente para el adulto a cargo saber qué títulos, temas, géneros, autores, ilustradores son un mejor alimento psíquico, literario, espiritual para esos lectores en ciernes. O, por lo menos, es conveniente conocer repertorios de los qué echar

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mano sin temor, y también, tener elementos de juicio que permitan resistir las innumerables tentaciones de lo fácil, lo comercial, de pobre calidad, lo popular y lo presionado por los medios: las series de televisión, los muñequitos animados, los paquetes de juguetes con todos los aditamentos, el consumo masivo e indiscriminado, la pulsión por tener, en vez de ser. En fin, otra carrera. Criterios de selección: el arte, antes que todo

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Hay muchos elementos que determinan que un libro sea de buena calidad. Entre estos, hay aspectos que tienen que ver con el libro como objeto fabril: un buen papel, impecable edición, impresión sin errores, encuadernación sólida y resistente. No es necesario ser un experto para saber cuándo un libro está bien impreso y encuadernado. Más importantes aún, y lamentablemente no siempre son tan evidentes, son las condiciones que tienen que ver con la calidad literaria y gráfica de un libro. Veamos el primer grupo de criterios de selección, relacionado con

la calidad literaria. Para establecer los criterios de calidad literaria hay que revisar qué es la literatura. Una definición de cajón dice que literatura es “el arte de la palabra”. Es decir, se trata de una forma de arte hecho con palabras, que conmueve, despierta vivencias estéticas, emociones, recuerdos y sensaciones. El arte no sirve, estrictamente hablando, para otra cosa distinta a hacernos sentir más intensamente vivos. ¿Para qué sirven, por ejemplo, la música, los cuadros, o las esculturas? Para agregar emociones y dar sentido a nuestra existencia. Esas emociones especiales frente a tales objetos se llaman vivencias estéticas y son esenciales para sentirse vivo. No todas las vivencias estéticas deben girar alrededor de lo bello; también el asombro, la alarma, la tristeza, la conciencia estrujada son parte de la inmensa paleta de emociones que integran la vivencia estética. De suerte que ese debe ser el valor primordial de la literatura, y no el de intentar enseñar, aleccionar o moralizar. Por otro lado, el texto mismo debe ser evocador, sugerente, original, intenso en sentidos y significados para que provoque esas vivencias estéticas. En la literatura,

esta originalidad se logra con el uso del lenguaje que identifica a cada género y a cada autor, los personajes y sus acciones, las líneas narrativas o argumentos construidos por las secuencias de eventos en cada historia. En segundo término, un libro es también un objeto de lectura de la imagen: las ilustraciones y la diagramación de las páginas también son un lenguaje. Idealmente, las páginas deben ser aireadas y atractivas en su diseño, en la forma cómo se combinan texto e ilustración. Las imágenes son también objeto de evaluación. Lamentablemente se ha creído que repetir las estridencias de colores, o los estereotipos de los dibujos animados es “calidad gráfica” o que es bonito, o tierno. Nada más lejos de la calidad. Los libros para niños deben proponer otro lenguaje diferente al de los medios de comunicación como el cine y la televisión, la propaganda y los paquetes de juguetes de las transnacionales. Un lenguaje gráfico que haga pensar, que complemente el texto, que sugiera nuevas comprensiones y presente distintas técnicas para mostrar la imagen se acerca mucho a la buena calidad gráfica. La ilustración tiene otra forma de na-


rrar, de evocar nuevos significados, de dar contextos que redondean lo sugerido por el texto, de alimentar el imaginario del lector con nuevos significados. Y no con cualquier materia prima: son los sueños de nuestros niños lo que estamos perfilando. Libros recetados para cada edad: el enigma de la esfinge Por último, hay que preguntarse qué tan adecuado es un repertorio de lecturas para una determinada edad del lector. ¿Qué es necesario en un libro, para cada edad, para cada tiempo? Aunque en principio se les debe proponer a los lectores que hojeen, intenten leer o lean lo que quieran y les interese, para que exploren y ajusten sus gustos individuales, es mejor, en la iniciación de la vida lectora, pensar en aquellos repertorios que los estimulen, inquieten e interesen, y no en cánones que resulten difíciles de abordar. Muchos lectores han caído en la frustración, la rabia y el desespero frente a la lectura de libros recetados antes de tiempo. ¿Quién no recuerda haber leído por obligación en el colegio un clásico al que nunca más volvió a acercarse? Varios elementos definen qué se puede recomendar para cada edad: los temas de los textos y la complejidad o profundidad con que se aborden; el género al que pertenecen y el tipo de discurso utilizado. Temas como el juego, la familia y los animales domésticos o salvajes suelen ser muy populares con lectores más pequeños, que comienzan su aproximación a los libros buscando imágenes de identificación. El humor de situación es también muy cercano a los lectores que encuen-

tran muy interesantes las peripecias de perderse, tener rabietas, ir al colegio por primera vez o enojarse con los padres. Los relatos de animales que hablan, se comportan como humanos y tienen aventuras son también cercanos a los lectores en primera marcha. Estos personajes permiten, en la seguridad de la ficción, acercarse a temas más profundos, como la identidad, la soledad, o las angustias de la fragilidad y el desamparo, que forman parte de los temores infantiles. Por la misma razón, los relatos con personajes que son mayores (los abuelos y viejitos) permiten plantear, de forma próxima, una nueva mirada sobre la vejez y la supuesta fragilidad de la tercera edad. Ahora bien, cada vez que un lector se encuentra con un mismo libro, en diferentes etapas de su formación como lector, realiza una lectura diferente, pues ha cambiado él y su experiencia. “No bebemos del mismo río dos veces”, dice el adagio, y otro tanto sucede con los libros; somos diferentes en cada encuentro, a medida que crecemos, porque aportamos diferentes experiencias al intercambio con el texto. Pero, también es cierto que, como somos diferentes en el tiempo que tenemos, hay libros para cada tiempo del hombre; igual que en el enigma de la esfinge, encontraremos que hay textos para el tiempo de las cuatro, las dos y las tres patas que tuvimos, tenemos y tendremos. Los servicios de selección y orientación de lectura ayudan mucho a los maestros que aún no conocen repertorios recientes de libros para niños de distintas edades, los ayudan a familiarizarse con autores de primera línea, les dejan conocer buenos ejemplos de excelente cali-

dad literaria, gráfica y editorial. Los adultos hace mucho que no leemos literatura infantil y, seguramente, hemos olvidado muchas cosas que nos hacían estremecer. Pero requerimos de esta ayuda por cuenta del mismo elemento que ha atravesado este artículo: porque tenemos a nuestros hijos como un préstamo, por un instante (su niñez pasa a velocidades insólitas) y, en ese breve tiempo, una inmersión temprana en la buena literatura es crucial. De nuevo, el tiempo es demasiado precioso para perderlo leyendo materiales mediocres, o creyendo que cualquier cosa es literatura. Si tenemos que dar de leer y compartir textos, es mejor contar con orientaciones sesudas para esta elección. Eso es lo que pretenden los buenos libros para niños: enriquecer, multiplicar, aprovechar, extender hacia el futuro el brevísimo tesoro de tiempo que hemos de vivir con nuestros niños, y el que ganaremos en sus recuerdos para hacernos eternos �

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Tiempo de Leer No. 1 - Ediciones SM