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Las Cr贸nicas de Jeromito

Pedro Br acamonte Osuna

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Edición Digital. Abril 2013 Autor: Pedro Bracamonte Osuna Portada y Fotografías: Pedro Bracamonte Osuna Ilustraciones y diseño: Grupo Creativo Ojo Urbano Entre Tres C.A. - Valera

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A Pedro José y Melida Rosa, quienes me enseñaron a trabajar y sonreír. A Melissa Alejandra, Pedro Manuel y Pedro José, los mejores ejemplos de iluminación que he conocido y a quienes amo con todo mi corazón, y agradezco a Dios por tenerlos y disfrutarlos. En este llano de San José, Roberto y Daniel, se convirtieron en los peregrinos que vencieron el presente pensando siempre en una existencia futura. Para ellos, cada una de estas crónicas.

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Crónicas de Jeromito Pedro Bracamonte a fuerza de una inquietud intelectual que de antaño le lleva cabalgando por el mundo extenso de las artes y el pensamiento, con ese espíritu andante que mantiene y donde sobresale su imaginación y el triunfo de cuanto emprende, esta vez incursiona en las letras con algo íntimo, que le llena los sentidos, y vaya que ha cumplido bien las metas trazadas. De allí que con el cariño puesto en la obra artística ha realizado un sueño que le persiguiera durante mucho tiempo. Por este enhebrar de ilusiones en una docena de crónicas trujillanas o estampas del camino Bracamonte elabora otro tejido de Ariadna para escribir dejando constancia de un mundo de vivencias que le salpicaban la vida, y de allí que con particularidades sorprendentes desde el entorno de Valera hacia arriba por Mendoza rumbo a la montaña intrincada que desdibuja el frío con sentimientos de radical familia y a base de efectos especiales en cuadros de costumbres va descubriendo el hacer y deshacer del valle de San Jóse y el cerro Jeromito, con los

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fantasmas y demonios que conlleva, en una visión telúrica que trasciende sobre el eje fluvial del Bomboy y donde en sus haciendas aparecen oratorios que en la santidad de la escritura se transforman en capillas y luego en iglesias de piedra, peleas y peripecias de tantos Briceños importantes, combates montoneros, El Cucharito, el llano de San José y Agua Clara, los malos y buenos espíritus, el trasegar de la vida diaria con anécdotas del converso padre Rosario, de Ricardo Labastida, Codazzi, el cometa Halley, la horrorosa plaga de langostas, una hilera de platanales en la lejanía de la ficción, como fondo de la tierra amorosa, mientras algunos mueren por los golpes arteros de la fiebre amarilla. Todo este cuadro de vivencias en que se construye el libro sirve de marco para revivir la saga de la familia Espinosa. Como actores principales de tal gesta, José María Espinosa la comienza con su mujer Candelaria y cuatro hijas que son el fruto de una pasión. Caseríos y villorrios se van formando a lo largo de ese andar de familia, mientras se abren ventanas y postigos sobre una realidad existente y los vástagos crecen con los temporales y el viento, acercándose ya a la tumba el último de estos mohicanos, o sea el asesinado Antonio Martín. Viviremos estampas rurales con un trasfondo familiar, todo salpicado de leyendas locales y ligeros episodios históricos, junto al peso de las reminiscencias de antaño. Tradiciones dentro de lo real maravilloso que fluyen en este continente mestizo y latino se hallarán, episodios

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como la historia mordaz del padre Rosario, relatos acuciosos que fluyen en el recuerdo de un cajón de sastre o caja de Pandora. El paisaje que se desdibuja entre neblinas y aguas cristalinas corrientes va marcando un paso de cada escenario presente en la docena de subtítulos donde se mueve activamente la narración, entre imágenes en claroscuro y pinceladas que salpican el ambiente desde el amanecer de las auroras. Leyendas y relatos se entrecruzan en medio del ambiente rural que subyace a lo largo de la trama en el desarrollo de la misma. He aquí una constante plasmada de la obra. La naciente Valera, el esqueleto vertebrado del río Bomboy, despedido desde las fuentes parameras ya apunta a ser como un testigo permanente de los cuentos que se vislumbran y desarrollan en el andar y recorrer de tanta bruma. Así transcurre la vida innovadora del relato, con un lenguaje ascendente y propicio, a veces campesino, salteado de aconteceres dentro de la sencillez pueblerina y hasta de localismos que fortalecen la palabra con visos de juglaría. De esta manera coloquial el arquitecto del relato ha armado un texto sencillo, diáfano, que enaltece a la región, por ser buen hijo suyo, de hombre que incursiona con seguridad en las letras de ahora como ha sabido hacerlo en

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la prensa, en la radio, en otros medios audiovisuales y en ese mundo tan complejo de la teleaudiencia. Con estas palabras finales felicito al hombre que con tes贸n emprendedor ha labrado otro nuevo camino dentro de la plenitud de su esp铆ritu. Esperemos sus nuevas creaciones, para enriquecer el vocabulario de los hechos cumplidos. Ram贸n Urdaneta Bocanegra

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Yo soy La Nube El acompa単aba a los hombres y las mujeres que caminan y cantan: Ya estamos pisando esta tierra, ya estamos pisando esta tierra reluciente. Memorias del Fuego Eduardo Galeano

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ste llano fue siempre un lugar de paso en el que se caminaba entre matices y visiones. San José fue nombrado, lo ceñía el silencio, lo rodeaba la soledad, era vecino de la niebla y lo cruzaba un espumoso río manado de los páramos al que llamaron Smomosh que corre libre por un declive de la montaña, desgastando sus piedras y descendiendo por barrancos hasta empapar este paraíso. En esta meseta, donde el aroma de la tierra mojada es perfume que todo lo invade, moraron los Escuqueyes. Bajaron con sus makanas y chorotes desde los predios del mágico Castil de Reina, dominios del cacique Pitijay, dejando pisadas que el encubridor remolino del viento borraba. La mudanza venía desde El Quibao, el lejendario cerro del Canto Guerrero de los Cuicas, donde la diosa Icaque se refugió luego de la profanación de su trono para desde aquellas alturas acrecentar el fuego y arrojarle maldiciones al barbado invasor, que había violado sus predios, destrozado sus ídolos y enmudecido su canto a punta de espadas y arcabuces, escudados en una cruz. Sobrevivieron a las guasábaras, los aluviones, los truenos y aquí en este sitio entre montañas y vientos entraron caminando. Camburales y flores, brotaron de la tierra para alimentar a los guerreros que conversaban con las nubes y veneraban al padre Ches y la madre Chía. Hombres y mujeres, legatarios del Sol y la Luna, de manos cuarteadas, hechas para la creación. En esta tierra de nadie, ellos pisaron primero:

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“…habían perdido en la guazábara a la hermosa Dorococoe, hija del cacique Pitijay, la princesa de brazos de canela, erectos senos de bronce, como palomas torcaces, erguidos en espera de la vendimia, ojos negros, grandes y brillantes como ónices, la boca dulce y sensual. En duro combate donde entregaron todas sus fuerzas, la escultural Dorococoe es raptada y conducida a los campamentos del jefe marañón en Mirabel. Pero los aguerridos escuqueyes no se rindieron y durante meses van exterminando al enemigo con sus sagaces asechanzas. García de Paredes para salvar el pellejo, acompañado de sus huestes y el incomparable trofeo quitado a Pitijay, abandona las tierras alguna madrugada rumbo a El Tocuyo y entre la confusión y la oscuridad de la huida, Dorococoe aprovecha un descuido para huir de sus captores arrojándose a las turbulentas aguas del Hitatá que “la ampararon bajo el plumaje gris de sus espumas. Agua abajo va Dorococoe, los peñascos de la orilla rompieron su frente; la negra cabellera flota sobre las ondas como un pendón de luto; la boca se ha cerrado como un cofre de rosas que escondiera perlas; en los grandes ojos abiertos pone el rayo de luna su beso de paz, y los alados genios de la raza han orlado su ataúd con flecos de espuma, que son lágrimas del agua. De las carnes bronceadas emergían esencias

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de pesguas y estoraque. El ángel de la aurora le besaba la boca tibia y dulce, pero en sus ojos reinaba la tiniebla. Y áticas abejas llovieron sobre las carnes de arcilla, como sobre un panal de Himeto, y en el rubio colmenar se formó la cera parda con que después plasmaron el alma de valera las manos preclaras de Lasso de la Vega...” 1

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La telurica ´ llegada

Para saber quién soy y para saber lo que es la gran patria venezolana, tuve que empezar por buscarme a mí y por buscar mis raíces venezolanas en el suelo y en la historia de Trujillo. Mi infancia y mi pueblo Mario Briceño Iragorry

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llos llegaron callados y se asentaron junto al murmullo del río, siempre en silencio. En el lugar no había nadie, ningún vecino, solamente niebla, camburales y árboles gigantes, mudos testigos del arribo de aquellos peregrinos. Poco era su equipaje y muchas las ganas de quedarse en aquel valle llamado San José, a orillas del río Bomboy. Eran tres, hacían poco ruido, llegaron a mediados del siglo XVIII, los mismos días en que la tierra fue sacudida por un temblor, recibiendo con ello una bienvenida telúrica. Venían desde muy lejos huyendo de fantasmas y revueltas creyendo que aquí se las llevaría el frío ventisquero que descendía de los contiguos páramos. Los caminos de aquella época distaban de ser óptimos y el clima tampoco era compasivo. El testimonio del viajero Karl Ferdinand Appun, respecto a las dificultades del traslado a lomo de mula por el interior de esta región, ilustra de manera apropiada las calamidades que debían soportar hombres y bestias en su deambular por aquellas travesías. En una oportunidad a este viajero le tomó 4 días en alcanzar a Trujillo desde La Ceiba: “...nunca en mi vida había visto tal camino. Era tan fangoso que a menudo las mulas tenían que vadear por largos trechos el pantano con fango hasta las rodillas y durante dos días no se encontró ni un lugar seco en todo el camino. La angosta vía a lo

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alto se torcía siempre más por los despeñaderos, entre profundos abismos a un lado, y altas murallas rocosas al otro.” 2 "…Lo peor fue que vinieron a nuestro encuentro muchas mulas cargadas, burros, peatones y jinetes, lo que fue realmente peligroso a causa del camino tan estrecho. El sonido sordo y vacío de la guarura sonaba ininterrumpidamente para advertir a los que vinieran a nuestro encuentro, ya que las numerosas vueltas del camino podían causar fácilmente choques peligrosos y la caída de cualquier individuo al abismo. En tales encuentros, los que subían tenían que parar sus bestias asomadas a la muralla de roca, lo cual a menudo era bastante difícil, mientras que los que descendían pasaban por el punto más cercano al borde rocoso..." 3 Vencieron todos los obstáculos y en aquel valle elegido y protegido por la montaña de Jeromito, surcado por las cristalinas y heladas aguas que caen casi desde las nubes deslizándose entre flores y camburales, construyeron su casa con la puerta vista al sol naciente. Llegaron con el viento para poblar, saborearon sus aguas, mordisquearon las frutas y corretearon por aquella campiña desparramada de maravillas y pájaros coloreados. Allí, José María terminó de crecer junto a sus padres, habían encontrado en aquella vega de río su refugio y decidieron quedarse para siempre. Eran los Espinosas.

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Vigilante de sus tesoros

Ella, inmersa en la más terrible nostalgia, prometía: "Retornare para continuar navegando contigo en esta cruenta realidad, porque nosotros ya estamos atados por el esplendor del recuerdo…” Cambises Antonio Pérez Carmona

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l aroma de las calas perfumaba todos los rincones de aquel caserón de grandes patios sembrados de guayabos y matapalos. El murmullo de las conversas de los hombres y los rezos de las mujeres se mezclaban en un extraño ritual sombrío, las hijas del difunto, ojerosas y envueltas en riguroso luto, repetían sin pausa las letanías por un eterno descanso, mientras que la comparsa de vecinos, bailoteaban su danza luctuosa, alrededor del cajón para dar un reparo por última vez a la cara del difunto.4 Muchos años atrás, José María Espinosa había llegado a este valle de las manos de sus taitas. La pureza del lugar había seducido a sus padres quienes decidieron quedarse para ser parte de la montaña y de la niebla. Tiempo antes, el andariego obispo don Mariano Martí Estadella5 ya había pasado por estos parajes, encontrando varias Encomiendas asentadas, que dieron vida a los pueblos San Pablo de Bomboy de La Puerta y San Antonio Abad de Mendoza. La más añeja de estas, era la de Mendoza asignada a Don Alonso Pacheco Velásquez, librada por el Capitán Diego Franco de Quero, con fecha 9 de octubre de 1620, la otra le fue concedida a Don Cristóbal Hurtado de Mendoza, en cuyo folio 133 se lee:

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"…que los indios de dicha Encomienda están juntos y congregados en el valle de bomboy donde son naturales y tienen su pueblo e iglesia dedicada a San Pablo con todos los ornamentos necesarios…" 6. Junto a su padre cimentó las tapias de la casa en pleno corazón del llano de San José, entre árboles frondosos y verdes platanales. A punta de argamasa, construyeron las primeras viviendas que fueron dando forma a un villorrio que tiempo después en una tarde de tertulia dominguera lo nombraron Agua Clara. El sino de la vida se cumple y en aquel llano, José María sembró para siempre a su padre al pie del cerro Jeromito, multiplicando la familia con esperanzas y sueños, continuando la herencia que el viejo le había enseñado. De mocito, contemplaba la inmensidad de la hacienda Santa Rita propiedad de la viuda de Pedro Terán, doña Mercedes Díaz, quien la había heredado de su madre doña Valentina Mejías y allí conoció mucha gente en aquel cruce de caminos que mentaban Valera, donde el olor de los trapiches congregaba a los negros, mestizos e indios, fundadores junto a sus familias de pequeñas colonias agrupadas casi siempre en torno de la casa de los amos. Muchas de estas tertulias las escuchó en la posada de doña Agueda González de Prada, quien fue la dueña de la primera casa construida en este encrucijada, que primero fue titularidad desde 1595 del español Marcos Valera en Encomienda

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otorgada por Don Diego de Osorio. De ahí, entonces, que a éste encomendero se debe el nombre de Valera. Eran los inicios del 1800, y con unos títulos de propiedad que se pierden en el tiempo, en aquella casona cimentada con mucho brío, por lo difícil de la época, se une cristianamente con Candelaria, moza de ascendencia humilde, pero de recio temple, le parió cuatro hijas que llamaron María del Carmen, Francisca Paula, María Antonia y María de la Paz, quienes sollozantes y apesadumbradas en aquella mañana del primero de marzo de 1859, daban el último adiós al patriarca José María Espinosa. A principios del siglo XIX, tierras más al sur de la naciente Agua Clara, el Dr. Antonio Nicolás Briceño Quintero7 toma la decisión de construir por aquellos parajes dos históricos caminos, uno que arranca en Motatán con llegada al curato de Mendoza, y el otro que enlazó a aquellos viejos trapiches de la hacienda Santa Rita con Sabana Larga, pasando por El Cumbe. La apertura de estas sendas motivó a don Gabriel Briceño de La Torre a plantear públicamente una idea que lo venía trasnochando desde mucho tiempo atrás, como era la de fundar un pueblo en aquellas tierras. Para tal fin invitó a doña Mercedes Díaz de Terán, a ser parte de su ideal, a quien convence de donar "cien varas de tierra en cuadro" para que se construyese una iglesia como le hubiera gustado a la madre de esta. Mercedes junto a su hermana Luisa eran las herederas de la hacienda Santa Rita, fue viuda joven, dedicó su vida al hogar,

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a los hijos, a las faenas de la finca, no tuvo tiempo para aprender a leer y escribir, legado éste que dejó a sus herederos. Eran tiempos difíciles, el país ya estaba muy revuelto, y doña Mercedes muere en 1814 sin haber hecho realidad la donación, circunstancias irreversibles que hicieron demorar el plan de don Gabriel. José María fiel creyente de la fe cristiana para poder realizar sus prácticas religiosas viajaba hasta el sitio llamado El Contrafuego vía a Escuque donde había una capilla. Este poblado, era mal visto y cuestionado por muchas familias ya que en aquel sitio "mal vivían" amancebados algunas parejas infieles moralmente, razón que lo impulsó a levantar en el solar de su casa un oratorio, para lo cual Zoilo Troconis, párroco de Escuque y amigo de la familia, tras muchas diligencias le consiguió el permiso para que se oficiara una misa al año, a la que con mucho respeto y veneración asistiera la familia Espinosa, con sus sirvientes, esclavos y los vecinos de la incipiente comunidad. Entusiasmado el casi laico bautiza su oratorio con el santo nombre de la "Inmaculada Concepción"8 madre sin mancha del pecado original, misterio en el que ciegamente creía, honrando su creencia al bautizar a tres de sus hijas con el sagradísimo nombre de María. En aquella sala el silencio era agobiante, como el calor. Se servía café cerrero a los hombres, mientras que las mujeres bebieron guarapo de malojillo y panela. Desde cierto rincón con una vela en la mano irrumpió la voz del

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viejo Víctor, el rezandero del caserío, evocando las letanías por el eterno descanso de su marchante amigo. -Saludamos al altar en alta veneración saludamos a todos los santos y a la limpia concepción en este adornado templo, en este altar consagrado donde están las tres personas y Jesús sacramentado… en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. 9 En el otro extremo junto a sus hijas, la viuda Candelaria envuelta en negro riguroso luciendo un velo que apenas le deja respirar, recordaba a su hombre… creía aún escuchar su risa adornada de su gran bigote y la autoritaria voz que hacia retumbar los aleros de aquella casona, pero ahora lo veía tan quieto, demasiado quietico para ser él, y para aliviar su dolor con voz doliente decía: -Antenoche se durmió y no despertó más. Amaneció tieso con el frío de la muerte, con las manos entrelazadas y con la boca abierta como pidiendo clemencia. Aún no concebía la dura soledad que la esperaba. Todo le parece un castigo del cielo. Muchos pensamientos surcaron su mente y se mojaban en las lágrimas que corrieron por aquel rostro que parecía de cera. Por muchos

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años pensó en verlo morir anciano y "bien confesao", como un santo varón, pero jamás que fuera tan rápido y sin avisar. Tramada se aferra entonces a las manos de una de sus ahijadas, que a cada rato le pasa un pañuelo rociado con Bay Rum para que se limpiara la nariz, lo que le agudiza el dolor al percibir la viril fragancia que por años usó quien aquella tarde se marchaba para siempre y jamás lo volvería a tener consigo. Nunca se supo cómo fue que llegaron los Espinosas a esta localidad. Algunos alegan que bajaron desde la Mesa de Esnujaque, como parte de aquel grupo de los llamados comuneros que llegaron desde Mérida gritando "¡Viva el Rey y muera el mal gobierno!"10; otros le atribuían cierto parentesco con los descendientes del indígena Francisco Espinosa, el mismo cacique de los briosos escuqueyes. Lo único cierto de aquel día de 1858, era que el hombre que había fundado el caserío de Agua Clara11, el visionario que con tesón erigió la primera casa de dos plantas en aquella villa, iba a ser enterrado en la propia capilla que edificó con sus manos, para dar obediencia a su última voluntad12. Después del responso final "Dale señor el descanso eterno y brille para él la luz perpetua. Su alma y las almas de todos los fieles difuntos descansen en paz. Amén”, y con el rocío de agua bendita, fue sepultado en el oratorio

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de la Inmaculada Concepci贸n. Desde entonces comenzaron a contarse muchas historias sobre el finado y de aquella 茅poca impregnada de violentas insurrecciones, prevaleciendo de entre tantas la acci贸n valiosa del Don, como uno de los principales generadores de progreso en el lugar, el entierro de su riqueza y las apariciones de su esp铆ritu, como gendarme vigilante de la iglesia y de sus tesoros enterrados.

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Campanas de compromiso

Cuando la veo bajo la lluvia soy el sol EntiĂŠndame Yo estoy muerto de amor por Ud. Y por eso vivo Asuntos Terrenales VĂ­ctor Valera Mora

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on el primer canto de gallos, el presbiterio lucia impecable y alumbrado. La frescura de las flores le daban un toque especial a los santos que en aquella mañana María de La Paz acabara de vestir. Era la menor de las hijas de José María y Candelaria, y había sido elegida de entre sus hermanas para cuidar de aquel sacrosanto recinto hasta su muerte. La Inmaculada Virgen vestía un traje color celeste adornado con estrellas, que ella misma le había bordado. Del cuello de la figura, de unos 80 centímetros de alto, resaltaba una trencilla dorada que le caía en el pecho, destacando la pelambre negra como el azabache, los labios rojos y los ojos claros. La moza de la familia Espinosa, la engalanaba con inmensa fe, aún a sabiendas que por debajo de toda este fastuoso ropaje solo era un esqueleto de madera, y esperaban su turno para entrar en el ceremonial de vestimenta, las imágenes del Nazareno y Simón, el cirineo. Los invitados comenzaron a llegar y ya se sentían los rumores del habla en el atrio, pues nadie podía entrar al sagrado recinto antes que el ilustrísimo Dr. Juan Hilario Bosset Castillo, obispo de la diócesis de Mérida de Maracaibo, diera la bendición y rociara el agua bendita a la entrada de la capilla de Agua Clara. El templo, en cuyos comienzos fue un modesto oratorio familiar que se consagrara a la devoción de la Inmaculada Concepción, y ya engalanado con unas cuantas modificaciones en su construcción, aquella mañana se con-

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vertía en la capilla del poblado. José María con esmero dirigió personalmente a los esclavos que trabajaron en el levantamiento de los muros, para lo cual usaron piedras unidas entre sí con barro. Encima de estos muros se colocaron las vigas y el caballete de madera, armazón del techo de dos aguas. La capilla poseía una entrada principal con anchas puertas de madera, y por un lado luce una pequeña ventana por donde la fresca brisa del valle se inmiscuía para ser testigo de cada ceremonia. Sobre dicha entrada principal existió el coro, espacio preparado para la ocasión en forma de balconcito para el ejercicio de los músicos, quienes recibían la luz filtrada a través del techo de carruzos trenzados, sobre el cual se amontona la paja acarreada por su hermano Antonio Martín, traída desde el llano de San José13. Por los costados también se podía entrar a la capilla y a su vez apreciar las gruesas rolas de cedro como sostenes del techo, que daban una hermosa apariencia, gratamente resaltada por un antiguo retablo de madera que corona con elegancia el altar mayor. Los sacerdotes por su parte oficiaban la misa en latín y de espaldas a los feligreses, para mayor respeto a la Eucaristía. El momento había llegado y José María Espinosa junto a su amada Candelaria, finamente con atavíos, se paseaban orgullosos entre los invitados especiales, familiares y amigos, por haberse hecho realidad su sueño más pre-

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ciado, mientras eufórico y en voz alta les dijo: -La promesa está cumplida, mi virgencita debe estar contenta, pues ya tiene su santuario y hasta quien la cuide pues… invitando así a que ingrese al recinto a dicho ilustre Obispo Bosset14, quien iba acompañado de Tomasa, su menor hermana, a Zoilo Troconis, vicario de Escuque, a don José Puentes y su esposa, a Juan Pedro y Concepción Espinosa, don Francisco Maya y su consorte, Francisco Rosales, y las damas Amelia Paredes y Petra de Rumbos, ésta última vestida con un vaporoso traje de color lila y cargado de miriñaques, además de las niñas Espinosa, y los consentidos lugareños, quienes también derrocharon sus mejores galas. La capilla lucía hermosa por fuera y por dentro, con sus alzados tapiales blancos, fuertes pilares y buen techo, con pisos de ladrillo y bancas de madera sin espaldar. El ilustre visitante con su mitra adornada en tonos blanco y dorado que hacía juego con su casulla, oficia aquel 20 de mayo de 1847 la primera misa y escuchó las confesiones de los fieles presentes. La grey del lugar piadosamente participa en la ceremonia y reverenció con fe inquebrantable la presencia de aquel guía espiritual quien con su báculo en la mano izquierda saludaba y consagraba a todos por igual. Este mismo prelado, tiempo después ordenaría al recordado Monseñor José Manuel Jáuregui Moreno. Todos los presentes en la ceremonia al abordar al obispo, debían de hincarse delante de él; besarle el anillo

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que llevaba en su mano derecha, al cual llamaba "su esposa" como señal de su matrimonio con la santa iglesia y mirarlo con mucho respeto, nunca directamente a la cara. El obispo Bosset fue vertical en su actuación al frente de este arzobispado, al encararse públicamente en 1873 al presidente Guzmán Blanco, por haber aprobado el matrimonio civil15, predicando que morirían impenitentes los que se casaran solo por el rito civil. Recibió luego una dura campaña anticlerical que lo condenó a ser expulsado del país, y una vez entregada la orden de expatriación, el anciano y enfermo obispo al ser llevado en silla de manos hacia Cúcuta, entre Bailadores y La Grita, al guaireño le sobrevino una caída que le produjo la muerte. Desde lo alto de la capilla, se escucharon los repiques de las campanas, echadas al viento por dos mozalbetes sirvientes de la familia anfitriona. Había comenzado el clamor de las campanas, en adelante sus toques, plañidos, dobles, rebatos y ángelus, le marcarían a los feligreses de aquella villa los quehaceres de cada momento. José María, miró fijamente a su Candelaria susurrándole al oido: -Ya nuestros nombres están volando por los aires -Desde hoy nadie nos separara nunca. Se refería José María, a que el repicar de cada campana al mezclarse con los rumores de las cantarinas aguas del Bomboy, unirían sus almas eternamente, pues cada una de ellas tenía grabado en su metal el nombre de cada

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uno de ellos, como señal de su inmortal unión, del eterno amor y fidelidad a Dios, pidiéndole a Candelaria en medio de aquella misa, que cuando muriera lo enterraran allí, en ese espacio consagrado a la Inmaculada Concepción16. Desde aquel caluroso día, se han narrado interminables leyendas acerca de esta capilla. Cuentan los vecinos más ancianos, que por estas tierras anduvo Simón Bolívar antes del encuentro con el padre Francisco Antonio Rosario y hasta elevó sus plegarias en el antiguo oratorio de los Espinosas, hoy convertido en la iglesia Nuestra Señora de Lourdes. Otros más imaginativos, atestiguan que en aquella capilla, la familia Espinosa enterró todas sus morocotas y otras joyas de oro, motivo por el cual en 1965, un grupo de sacrílegos saqueó aquel sagrado recinto en busca de los tesoros, profanando la zona del altar, destruyendo su retablo, horadando las paredes, pilares y pisos sin encontrar nada17. El mismo año de la muerte de José María Espinosa, a raíz del dolor y la tristeza que el hecho ocasionó en su heredera María de La Paz, decide donarla junto a los terrenos adyacentes a la Arquidiócesis de Mérida de Maracaibo pues la región pertenecía a la misma. La capilla nunca tuvo un prelado fijo y los oficios eventualmente eran realizados por un sacerdote que venía desde Valera a celebrar las festividades de los Reyes Magos. Cien años estuvo incólume el lugar hasta que en 1958 le cambiaron los te-

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chos. Al ser creada la Diócesis de Trujillo, la capilla pasó a ser parte del patrimonio de la misma, junto a todas las tierras adyacentes, que abarcaban lo que es hoy el casco central del poblado. Los vecinos de la bucólica comarca, recuerdan con dolor los saqueos de que fue objeto el sitio de oración y la bendición que significó la llegada a esta villa de las hermanas de Lourdes y sacerdotes Salesianos, que se hicieron cargo de la capilla y ayudaron a recolectar los fondos para reconstruir todo lo arruinado, hasta darle la forma que tiene hoy18. Desde esos días el lugar que comenzó como un oratorio familiar, luego en la Capilla de la Inmaculada Concepción, pasó a ser una iglesia bajo la advocación de la Virgen de Lourdes, donde día a día a los cuatros vientos alegremente suenan sus campanas dando testimonio de aquel inmortal amor, y que allí sembrados en el suelo sagrado reposan en santa paz los esposos José María y Candelaria Espinosa.

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Los caminos de la vida

Los caminos de la vida no son como yo pensaba como me los imaginaba no son como yo creĂ­a. Los caminos de la vida son muy difĂ­cil de andarlos DifĂ­cil de caminarlos y no encuentro la salida. Los Caminos de la vida Omar Geles

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as vueltas de la vida lo convirtieron en adulto prematuramente. Junto a sus taitas y a su hermano mayor, desde siempre vivió en este llano, en el cual nació en un plomizo día cuya fecha se le perdía en la memoria. Era caritativo y querendón de los que practican la amistad perpetua. Antonio Martin era recio para el trabajo. El día que sepultó a su madre, allí mismo al lado donde estaba la cruz con el nombre de su padre, al pie del cerro Jeromito, la vida le cambió para siempre. Enmudeció durante más de tres meses, ensimismado en su dolor y sin apartar la vista de aquella montaña la cual juraba se había tragado los huesos de sus taitas. Durante meses caminó el cerro cada madrugada. Atravesaba sus montes repletos de historias y leyendas rebuscando respuestas y hasta creyó que se le transformaba en un enorme monstruo que se lo quería tragar. La montaña creció tanto en sus alucinaciones que casi tentaba las nubes. El mozuelo en medio de fiebres, sudaba cada noche y sus delirios se asemejaban a las furias estruendosas del Dios Zeus retumbando contra las paredes del Olimpo al creerse amo del cielo y la Tierra en la desértica Grecia, donde defendió su montaña de los gigantes Pelión y Osa, a los cuales derrotó valiéndose de su invencible rayo. Lo que para Zeus, significaba aquella montaña inaccesible para los mortales, era Jeromito para

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Antonio Martin en aquellas interminables noches, contagiado de "xekik" o mal de vomito de sangre como lo llamaron los Mayas Quichés en su libro sagrado Popul Vuh. En pocos días aparecieron nuevos caminos y linderos. El fantasma del progreso había llegado, de nuevo regresaba la leyenda del encomendero Marcos Valera y la profecía de su hermano sacerdote sobre el futuro de estas tierras, levantando los nuevos linderos de la naciente Valera, con sus señores feudales arropando todo en los umbrales del 1817. - ¿A qué estamos hoy? Pregunto Antonio Martin aquella mañana, luego de estar delirando más de cuatro días, envuelto en calenturas y vómitos. -Es jueves, respondió la india Manuela, quien le había cuidado el sueño durante todos esos días, haciendo las veces de la madre recién sepultada. -¡Carajo! Es hora de volver a la faena, dijo y trato de levantarse, pero estaba muy debilucho, majincho y hediondo de tanto sudar y volvió recostarse. -Aún no es tiempo mi amo, dijo la india, mientras le cambiaba la ropa y las sabanas, las cuales quemaba para evitar contagiar a los demás de la mentada "modorra pestilente". La esclava lo vio nacer y lo cuido desde siempre. Por aquellos días había rogado a sus santos para que libraran a su amo de aquel mal, al creer ciegamente que Dios castigaba por alguna razón. Lo mantuvo vivo a punta de be-

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bedizo de sasafrás y jugo de tamarindo y que para lavarle la sangre. -Usted se va a mejorar, como yo me alivié de las niguas, le aseguraba la crédula india. -Esos bichos se me metieron en las patas, entre las uñas y la carne y no me dejaban vida, se me pusieron del tamaño de un garbanzo y mi apaito me las sacó con unas espinas a la orilla de unas brasas muy calientes y rezándole a Santa Rosalía. El camino hacia Valera era muy concurrido. Por aquel polvoriento pasaje transitaban todas las cargas de los trapiches cercanos. Era un ir y venir de sudorosas mulas y recuas cargadas de mercancías rumbo a villorrios que la historia olvidó. A Valera la bordeaban los ríos Bomboy, Colorado y Motatán, el cual en una oportunidad, con sus aguas enfurecidas no permitió que el Obispo Martí en 177719 pudiera llegar a la hacienda Santa Rita, cuando desde Escuque aquel prelado quiso hacer el viaje hacia Trujillo por "camino recto". Obligándolo a dar un gran rodeo por los pueblos de La Puerta, Esnujaque, San Roque, El Burrero y San Lázaro para llegar por fin a San Jacinto. Antonio Martin y José María se habían convertido en una referencia importante en el caserío de Agua Clara, por ser gente trabajadora y honesta, junto a don Francisco Vicente Rosales, el cual construyó en 1808 en aquel sitio su casa de habitación inmensa de dos plantas a la cual llamó Carmania20 y que luego vendió al padre Rosario con quien

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tuvo una buena amistad, llegándole a dejar en su partición mortuoria una "colaboración" de mil y pico de pesos para la construcción de la iglesia de Mendoza. Aquella fría mañana, subido en la "piedrona" de Jeromito, Antonio Martin observaba el paso de los trashumantes con rumbo a Valera de la misma forma en que los antiguos romanos desde sus colinas vigilaban la llegada de extraños, venidos desde remotos lugares y por los centenares de caminos que conducían todos a Roma a presenciar la lucha entre gladiadores.

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La piedra y el rio ´ La mano viaja desde la sonrisa hasta el cabello de encrespado aroma de la reciente joven insumisa. Joven del Espejo Ana Enriqueta Terån

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os baúles eran enormes y estaban atestados de arrobas de oro, ocho hombres los acarreaban sobre sus lomos. Cruzaron todo el llano y se encaminaron cuesta arriba, buscando la loma del cerro, habían salido desde Agua Clara. Era el patrimonio de las grandes familias que preferían enterrar sus riquezas ante los saqueos que el paso de las tropas dejaba en medio de aquella cruenta guerra. Después de una larga travesía, los arrieros se sintieron cansados y al llegar a la parte más alta de aquel altozano, decidieron descansar dejando la carga sobre unas piedras. Mezclado con el silbar del viento parameño, sintieron un repiquetear de campanas y creyeron que eran las de la capilla del pueblo. Los hombres estaban tan fatigados que luego de recobrar el aliento, decidieron continuar la marcha y al tratar de levantar los pesados cofres, no pudieron, era como si se hubiesen fundido con las piedras y de repente frente a sus ojos, todas aquellas valijas comenzaron a convertirse en una imponente piedra. Desde aquel día "la piedrota" luce esplendorosa resguardando las arrobas de oro en pleno corazón del cerro de Jeromito. Esta leyenda la había repetido hasta la saciedad Antonio Martin a sus hijos, cada vez que estos se lo pedían. El menor de los hermanos Espinosa, fue un hombre prominente entre los moradores de Agua Clara. Nadie sabe donde adquirió el don del comercio, pues fue un gran ne-

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gociante toda su vida. Para casarse puso el ojo en Mercedes Vergara21, una moza de El Cucharito, a la cual aventajaba en 25 años. Tenía a su favor el ser buen mozo, honorable y "bueno para todo". Se caso como Dios manda en una tardecita de febrero de 1852, en medio de una gran fiesta a la cual asistieron sus más allegados como las familias Pacheco, Labastidas y Briceño. De esta unión nacieron cinco hijos: José Antonio de Jesús, Pablo Salomón, Federico de Jesús, Dionisia del Carmen y Amador de Jesús22. Todos los sucesores de Antonio Martin, fueron atendidos en sus nacimientos por la partera de la finca, la india Manuela, la misma que lo vio nacer a él. Unos días después se cumplía el ritual de presentación ante la misma anciana comadrona, quien frente a sus padres y masticando chimó le revisaba todo el cuerpito al recién nacido, especialmente sus pies, que debían parecerse a los de su padre como testimonio de autenticidad familiar, le amarraba una cinta roja en cada tobillo para protegerlos contra el "mal de ojo", mientras que en medio de oraciones a la virgencita de Lourdes, le mordía con dulzura las prominencias de cada oreja, en señal de aprobación y le entregaba a la madre unas ramas de ruda contra el pasmo de la luna23. Desde muchachita le había puesto el ojo a Merceditas, la mayor de cuatro hermanas que se criaron en la vía hacia Mendoza Alta, en una finca de suelo montañoso y laderas

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muy inclinadas bordeada por el curso del Río Bomboy y las aguas de la quebradas la Mocojó y La Bastida, ambas cayendo desde el páramo de Tomón. Mercedes Vergara, era una manceba de buena crianza. Era de las mujeres que se santiguaba al levantarse y se confesaba y comulgaba cada vez que podía. Aprendió el ritual de rezar el Santo Rosario cada atardecer y se había conservado "señorita" para entregarse al hombre que Dios le pusiera como esposo.

Cada tardecita, desde el alero de su encaramada casa y antes de casarse, Mercedes y sus hermanas tenían como diversión, mirar el peregrinar de marchantes, subiendo para Mendoza alta y bajando con rumbo a Valera, la que muchos mentaban "la puebla sin partida de nacimiento" y otros "la comarca de los tres ríos", la una por no conocerse exactamente su fecha de formación y la otra porque la atravesaban los ríos Motatán, el arcilloso Colorado y el Bomboy, río de breve recorrido, cuyas heladas aguas corren libres y chispeantes desde las alturas de El Portachuelo hacia Valera pasando por Mendoza y Agua Clara. En estas frescas aguas, saciaron su sed y regaron sus sembradíos, los apacibles cuicas y lo llamaron en su lengua Smomosh, que traduce "la espuma", quizás por la estela de borbollones que su vertiginoso descenso dejaba al pasar por este estrecho valle donde movía alegremente los molinos de varios trapiches. Este mismo río quedó inmortalizado en las letras de la poetisa Ana Enriqueta Terán, cuando así lo dibujó:

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Como un arcĂĄngel pĂĄlido y fecundo fiel azulaba tierras y ganado, cristalino vigĂ­a de aquel prado, guerrero, con el dĂ­a te confundo. La terrenal frontera de tu mundo llorabas en tu pecho limitado por las riberas, tierno desgarrado conocedor en ti mi planta hundo.

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La lucha contra El Diablo Toma el reflejo de la noche y ll茅valo en tus brazos. Guarda la oscuridad con tristeza. El Reino Ram贸n Palomares

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l país estaba cargado de noticias, la magna guerra era sanguinaria en aquellos días, se había perdido la primera República y el paso de las tropas dejaba su sombra de destrucción y soledad. Los Espinosa se mantenían como muchos al margen de estos sucesos. Era el año 1812, Antonio Martin tenía 6 años para entonces y se entretenía escuchando las historias que contaban los esclavos a la orilla de los fogones. Muchos años después, descansado en su chinchorro, guindado en el alero de enfrente de su casa y sorbiendo un trago de café bolón, rememoraba aquella tarde las historias que oyó de boca de los peones acerca del sacerdote Francisco Antonio Rosario, el cura que lo bautizo y del cual contaban que se enfrentó con el diablo y hasta que había cenado con el mismísimo Simón Bolívar que marchaba rumbo a Trujillo luego de pernoctar la noche anterior en casa de la familia Labastidas Briceño en Mendoza24. Creció Antonio Martín escuchando los cuentos de camino, en los cuales se aseguraba que el clérigo Francisco Antonio Rosario, era un venerable sacerdote en la iglesia y hombre muy mundano en la calle. El cura llegó desde las llanadas de Monay, donde oficiaba la religión cristiana. Era un hombre muy bien acomodado económicamente. En aquellos parajes se instaló e hizo vida social rápidamente y hasta le compró la casa "Carmania" a don Francisco Vicente Rosales, donde se ase-

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gura fue la reunión con Simón Bolívar. En estas tierras y junto a un manantial, manifestaba que: "…tenía una buena finca en tierras propias, casa de vivienda, oficina, cobres, trapiche y demás adherentes y utensilios necesarios para el cultivo de la caña. Si saben que tengo 8 esclavos quienes lo son Narciso, Domingo del Rosario, Juan José, José de los Reyes, José Antonio, Alberto, María Josefa y Juana María…25", con quienes cultivaba la tierra, sin abandonar sus ideas libertarias, el buen vivir y la cama caliente. Fue capellán de las tropas patriotas y recogió entre sus vecinos grandes contribuciones para los gastos de este ejercito. Al Padre Rosario le gustaba la vida alegre, lo que levantaba ciertos comentarios entre los vecinos, ya que la prédica del ejemplo cristiano dejaba mucho que desear con su diaria actuación como paisano. Mientras su hamaca se movía lentamente, Antonio Martín evocaba las amenas tertulias con sus amigos acerca del tiempo, las cosechas, el ganado, los recolectores de bestias y por supuesto de las aventuras del sacerdote Rosario, que al igual que San Agustín, fue débil frente a los placeres de la carne. -Quien ha visto que un sacerdote sea huésped permanente de tantas camas de damas… -Ese curita tiene su vaina bien escondida…con muchos "ahijados", aseguraba unos de los concurrentes al tiempo que sorbía un trago de mistela.

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-Por allí se mienta que producto de sus tratos ilícitos con una o más mujeres tuvo varios hijos, riposto otro26. Las voces del camino refieren que una oscura noche, al retornar a su casona, después de haber estado en los brazos de una bella cortesana, el clérigo se cayó de la mula en que viajaba, cuando una rojiza luz que despedía centellas de candela lo cegó por un momento asustando al animal. Cuentan que era el mismísimo demonio que estaba parado frente a él. Como supuso el cura que aquella enceguecedora luz era Satanás envuelto en llamas, de inmediato invocó a todos los santos que por su mente pasaban y pronuncio algunas plegarías, mientras se hacia la señal de la cruz una y otra vez, logrando que aquella aterradora aparición desapareciera entre los matorrales. Asustado y aturdido por la terrible visión de aquella noche, el Padre Rosario, pidió perdón a la Divinidad por la vida mundana que había estado llevando, prometiendo en sus invocaciones una transformación radical a una vida de penitente hasta el final de sus días a cambio de que el demonio no se lo cargara. Una vez recuperado de aquel encuentro con Satanás, montó sobre su blanca mula y se enrumbó mudo y espantado a su caserón de Carmania. La noticia se regó por todo el valle y los comentarios se multiplicaban en cada rincón. Unos días después, liberó a sus esclavos y repartió entre los más pobres de su feligresía su fastuosa fortuna.

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Desde aquella noche durmió en el suelo y sólo comía migajas. Llegaban rumores de que le pidió a su esclavo Domingo del Rosario, que no lo abandonara en su mundo de penitente y que lo liberaría un tiempo después, sólo con la misión de que lo azotara diariamente a punta de vara, cuando salía con una cruz a cuestas igual en tamaño a la que llevó al calvario el Divino Redentor, y con ella a cuestas subía por las noches camino hacia Escuque por la ruta del Castil de Reinas. Conocida la historia del susto que le metió el diablo al padre Rosario, los moradores del valle bautizaron aquel lugar como "el zanjón del diablo27". Relata la Biblia en los Hechos de los Apóstoles que: "Saulo, era un perseguidor de los discípulos del Señor. En una oportunidad se presentó ante el sumo sacerdote, pidiéndole autorización para que en su viaje a Damasco, de llegar a encontrar alguno, traerlo preso hasta Jerusalén. Una noche yendo por el camino, cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? El dijo: ¿Quién eres? Yo soy, a quien tú persigues. Él, temblando y temeroso, dijo: ¿qué quieres que yo haga? Y la voz le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer. Y los hombres que iban con Saulo se pararon atónitos, oyendo la voz, más sin ver a nadie. Entonces

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Saulo se levantó de la tierra, y abriendo los ojos, no veía a nadie; así que lo tuvieron que llevar de la mano hasta Damasco, donde estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió." Cuenta la tradición oral del lugar que al igual que Saulo, el Padre Rosario terminó su vida entregado únicamente a los deberes de la iglesia y en duras penitencias. Francisco Antonio Rosario, murió en 1847 mientras confesaba a un devoto en la iglesia de Mendoza. …"puede considerarse cuál fue el susto que asaltó al penitente cuando vio expirar a su confesor. Sin tocarle, salió a la calle corriendo y dando, de voz en cuello, a todos tan infausta noticia. Aunque los vecinos sabían el estado de gravedad del Padre, como le veían andando, creían que su término no estaba tan próximo28".

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El paso del Jinete

En noche de luna, cuando las piedras y los pocitos de agua eran igual de pálidos y cuando los aleros de palma pestañaban sobre las ventanas, salía Gabrielito con su clarinete encabezando la turba de las serenatas. Compañero de Viaje y otros relatos Orlando Araujo

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e muchos lugares llegaban los decires sobre la lucha por el control político de la región. Corría el año 1871 y la afrenta del momento era entre el coronel Venancio Pulgar y el General Juan Bautista Araujo, "El León de la Cordillera" que andaba declarado en armas contra el guzmancismo. Las noticias iban y venían rápidamente. Pulgar vence y entra a Trujillo, vejando y castigando a sus moradores a su antojo. El General Juan es obligado retirarse a Boconó. Unos días antes se habían enfrentado cerca de Agua Clara en el sitio mentado La Cabaña. Valera y sus alrededores sufrieron mucho por aquellos días, quedando a merced de los combates que se originaban. Seguido de esto se presentaron las persecuciones, vejámenes y prisiones contra los moradores de esta comarca. La familia Espinosa, vivió en carne propia los resultados de estos pleitos, cuando sus propiedades no fueron respetadas por las órdenes que impartía el General José María García en nombre del coronel Pulgar. Fueron acusados injustamente como muchos otros de godos, sólo con la escusa para arrebatarles sus tierras. Se cometieron robos y vandalismos por propios valeranos, escudados en el nombre de Venancio Pulgar y llamándose liberales. Atropellaron sin distingos de clases. De estas barbaridades no escaparon ni los sacerdotes, pues en Trujillo torturaron brutalmente al presbítero Miguel Ignacio Urdaneta, mientras que en Valera corría igual suerte el

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sacerdote José María Castro, quien es azotado públicamente por un salvaje de nombre Varón López29. …Es importante señalar que la llegada de los liberales al Estado Trujillo trajo consigo una serie de persecuciones y vejaciones contra los godos, entre la que merece ser destacada, la sufrida por el cura interino de Valera, nombrado por el dignísimo Obispo de Mérida, Dr. Juan Hilario Boset; presbítero, Dr. Henrique M. Castro, y de la cual extrajimos algunos párrafos textuales expuestos por él mismo. En 1871, llegó a Valera, enviado desde Maracaibo, el general José María García, con fuerza armada, con el objetivo de apuntalar el recién instaurado dominio liberal. Una de las primeras órdenes dictadas por él fue la inmediata prisión del párroco de Valera, cuyo único delito era el de ser conservador. La cárcel de Valera -dice el cura- es una casita de tejas de ocho o diez varas de largo, con la anchura correspondiente, corredorcito y un patio o solar largo y angosto. Estaba llena de los soldados de García; allí me pusieron en calidad de preso, confundido con la soldadesca. En ese cuartel mandaba un oficial de apellido Varón López, dominicano, el hombre más bárbaro y brutal que he visto en mi vida (...) cuerpo de mono, ojos espantados, nariz prolongada y abierta, con una capa de dril cuarteado de diferentes colores, botines llaneros de cuero peludo, espuelas, sombrero de caña, y un zurriago en la mano que nunca abandonaba. Por fortuna,

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tal hombre no era venezolano, porque mi patria, muy desgraciada con algunos de sus gobernantes, no ha producido hombres tan bajos, viles y perversos como Varón López". El Padre Castro estuvo preso dos días, durante los cuales soportó las groserías y molestias de Varón López, llegando, incluso, a azotarlo con un látigo, delante de los soldados; pero, gracias a los esfuerzos realizados por el señor José del Rosario Briceño y la comunidad valerana en general, logró salir en libertad. Resultado, negativo, de los enfrentamientos entre liberales y conservadores en el estado Trujillo fue la destrucción de los archivos donde estaban asentados los registros sobre erección de parroquias y modificaciones sobre división territorial del Cantón o Departamento desde 1830…30" Eran días aciagos para todos los que tuvieran alguna pertenencia. Candelaria y sus hijas fueron despojadas de la mitad de sus posesiones, mientras que a cuñado Antonio Martin estaba en la lista de sospechosos. El tiempo era de confrontaciones y en medio de los platanales, la vanidosa luna juega a colarse tímidamente. Desde lejos, y cuando la espesa niebla lo permite, se divisan los viejos caserones de amplios tapiales y techos de palma real que oponen resistencia a los frescos ventisqueros provenientes del páramo. Sólo se escuchan los nocturnos cantos de los insectos y otros animales que se mezclan con las pisadas de las mulas, al paso por aquellos charcales; no

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obstante, en esta fría noche de diciembre, nadie se asoma al paso del jinete. El llano de San José luce solitario y el hombre que viaja sobre una recia mula, se protege con una ruana de lana de oveja y resguarda su cabeza del mal tiempo con un amplio sombrero negro aplastado en la copa y de alas anchas. Sus botas altas, embarrialadas con el fango amasado por la lluvia caída aquella tarde, se aferran a los estribos de la vieja montura. Lleva rato que no desmonta para descansar, sólo se concentra en el eco de las piedras del camino y las ganas de llegar a casa donde le aguarda su compañera y sus seis herederos. Era miércoles, sólo se escuchan los ruidos que penetran desde la lejanía, son los errantes misterios del camino, que no logran sacarlo de su cavilar para traerlo al presente. Todo se silenciaba en las oscuridades del pensar. Había cabalgado casi todo el día, mientras viene bordeando el arroyo aguas abajo. Su mula era blanca. Iba sosegado, pero su corazón y pensamientos estaban activados en un duro martillar. Andaba armado de un revólver con cinco balas preventivas y un cuchillo que se asegura al cinto. Más temprano, al pasar por Mendoza se había tropezado con su compadre Alberto y por ello entrelazaron un hablar de cosas viejas, mientras se tomaban algunos tragos de aguardiente zanjonero. Eran compadres de corazón, a la usanza antigua del compadrazgo, de esa que crea deberes sagrados para ser cumplidos por el hombre de honor y de

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palabra. Bien recordaban los dos, lo peligroso que estaba la situación en la región. Comentaron sobre el asesinato de su amigo Fidel, los abusos en contra de su cuñada y de cómo el padre Castro tuvo que huir a Mérida. Los dos compadres tuvieron diferentes y encontradas opiniones sobre los hechos, y sin dar el brazo a torcer ninguno de los dos, aunque se guardaban mucho respeto. No se hablo más del tema. Comieron algo y se despidieron como hermanos, con un fuerte abrazo. -Compadre, le dijo mirándolo a los ojos, ¡A Dios encomiendo sus pasos! Se despidieron, pues, como siempre, tan amigos, tan hermanos. El trashumante, montó en su mula y tomó el rumbo de Agua Clara. Al paso marchoso de su mula, ganó distancia, siempre con el rumbo de San José. Los cuentos del compadre lo pusieron meditativo. Desde la muerte de su hermano lo habían amenazado y desde entonces andaba muy prudente y armado. La imagen del finado Fidel se paseaba por su mente. Lo había conocido bastante y el comentario de que lo mataron unos recolectores de bestias al confundirlo con un animal, no lo creyó jamás. Le acompañó en su entierro en el cementerio de Valera, al que temía ir, después que en 1853 mal sepultaron a un doctor de apellido Correa, quien murió de fiebre amarilla, y luego su fosa apareció descubierta, propagándose aquella peste que mata a muchos valeranos quienes tuvieron que emigrar a Carvajal, Escuque, Mendoza y otros pue-

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blos vecinos, huyendole así al temible vómito prieto31. Esa noche estaba comenzado a templar el frío. El rumor del Bomboy le acompañó durante un rato, aunque una angustia le recorría el cuerpo, mientras arrastraba a una de sus mulas, cargada de provisiones. Aquella noche lluviosa, era un viajero solitario, cabalgando a paso moderado. Recordó de pronto a su hermano José María y el trance que estaba pasando su familia. Era una noche de recuerdos. Un lejano ladrido de perros, lo sacó de sus cavilaciones y lo puso a la expectativa. En el horizonte sólo se vieron los platanales y una luz mortecina que salía de su lejana casa. Un susto le recorría el cuerpo desde hacía rato. Apresuró entonces el paso de los animales para llegar rápido. La brisa se volvió más fría y la niebla por consiguiente más espesa. No era hombre de asustarse, pero aquella noche era diferente y se santiguó, como buen creyente. En medio de la ventisca paramera sudaba frío y se le resecaron sus labios. Los animales resistiéronse a ir más de prisa. En medio de aquel valle del silencio escucha voces irreconocibles y hasta creyó oír a su desaparecido padre.

Un candelazo que espanta a una pajarera sale de entre los platanales, y de seguidas otro grito agudo se oyó con mustia claridad en todo lo amplio del llano. Sobresaltada y temerosa, Mercedes como por instinto brincó de su cama al escuchar el estruendoso tiro.

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¡Habían asesinado cobardemente y con alevosía, a Antonio Martín, el último bastión de los Espinosas!32.

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La ventana del Diablo

Yo no hablo del principio y del fin. Jamás hubo otro principio que el de ahora, ni más juventud o vejez que las de ahora, Y nunca habrá otra perfección que la de ahora, ni más cielo o infierno que éstos de ahora. Hojas de hierba Walt Whitman

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ño tras año, llegaron familias a plantarse con casa y todo en la vetusta Agua Clara, donde las moradas se veían ya algo añejas, con tejados cubiertos de barba e' viejo por el tiempo transcurrido desde su cimentación. Tapias grisáceas aun cuando originariamente fueron blanqueadas con cal, anchas puertas de calle, tachonadas con grandes clavos a cuyos lados se hallaban las ventanas por donde se colaba la luz y sobre todo escuchar lo que pasaba en la calle. En el interior de aquellos caserones de patio central, alrededor se hallaban los amplios corredores sostenidos por pilares de madera. En las noches era costumbre colocar sobre la puerta de la calle, pequeños faroles con cabos de vela de cera calculados para que durasen, cuando más hasta las ocho de la noche. En una de estas casas vivía María de la Paz quien se había quedado para "vestir santos". Era una mujer de mediana estatura, cara redonda, pelo negro y ensortijado, con la piel marmoleada de tanto tomar vinagre. El quehacer de las mujeres era agobiante, sin embargo ella sacaba tiempo para dedicarse con intensidad a las labores del cuidado de la capilla, más que de su casona de dos plantas. En la sala de su casa, cubierto con unas sabanas de flores, tenía un pesebre que armó en una navidad y que jamás volvió a desmontar. Cada tarde, disfrutaba curioseando por la ventana, para ver todo cuanto pasaba en las cercanías de su casa, otras visitaba a sus hermanas Fran-

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cisca Paula y María Antonia con quienes pasaba horas enteras en un cuchicheo que en la mayoría de las veces, se reducía a los cuentos de conocidos y forasteros que a diario transitaban por aquel camino que iba y venía desde Valera, sin olvidar pasar de vez en cuando por casa de María del Carmen, la hermana casada y con hijos. Las hermanas, en sus diarias pláticas luego de rezar "el evangelio de los pobres" a las tres de la tarde, como les había enseñado su taita José María, por la devoción mariana que este profesó, la cual consistía en corear el Santo Rosario compuesto por los momentos más importantes de la vida de Jesús acompañado de la Virgen María, se dedicaban a su diaria pasión de "pegar la hebra" sobre lo divino y lo humano, como sempiternas solteronas. En aquel apacible rincón del valle del Bomboy, se vegetaba en una sociedad de índole patriarcal, integrada por el padre, la esposa, los hijos varones y las hijas solteras. Cuando alguno de ellos se casaba, era costumbre que los recién enlazados, fijaran residencia muy cerca de la casa paterna y se mostraran de acuerdo con la autoridad del padre de la mujer. Los jefes de las familias eran los hombres, sobre todo los más viejos. En ausencia del marido, la esposa asumía el mandato. Al morir José María, Candelaria se ocupó de los asuntos de la familia y la guía de las hijas solteras. Cierta tarde María de la Paz, mientras zurcía unos vestidos, escuchó a lo lejos unos cantos ante lo cual, cu-

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riosa como era, no pudo resistir la tentación de mirar por su ventana para precisar donde se originaban. Las voces venían como de los parajes de El Cucharito. Aquella tarde sus hermanas se marcharon temprano y los esclavos estaban atareados en las labores de la finca, estaba íngrima. Asomada tímidamente en su ventana, la intriga iba en aumento, escuchaba los coros cada vez más cerca y aún no distinguía a los cantores. Eran pasadas las seis y comenzaba a ensombrecer, cuando por fin divisó a un grupo de personas, cada uno con un hacho en la mano, los pasos eran lentos y los cantos eran armónicos… era como una procesión de religiosos.

La claridad llenó la calle merced a las luces de la hilera de personas que la integraban, todas vestidas de negro. No reconoció a nadie porque llevaban la cabeza cubierta con capuchas, lo que la llevo a pensar que podían ser unos penitentes venidos desde Mendoza, pagando alguna promesa. Lo raro del asunto era que no llevaban ninguna imagen religiosa, ni estandarte de ninguna congregación. Pasaron por su frente con rumbo a Valera sin detenerse. Uno de los últimos se salió de la procesión y se dirigió hacia ella. La saludó atentamente y le pidió, como favor especial, le guardara el hacho que llevaba, porque no podía continuar en la peregrinación, pero que a la semana siguiente, el mismo día y a la misma hora, pasaría a buscarlo. María de la Paz lo tomó en sus manos, lo apagó, lo guardó cuidadosamente en un baúl y cerro su ventana, aun cuando la

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curiosidad la desveló el resto de la noche. Al siguiente día, no podía quitarse de su mente la extraña romería de la noche anterior y antes de salir a comentarla con sus hermanas, quiso echarle una miradita a la encomienda. Al abrir el baúl... casi se cae muerta, en lugar de encontrar el hacho solo halló la canilla de un muerto. Pasó el día enferma de los nervios. Repetía la historia con vehemencia y detalles a sus hermanas y les aseguraba haber visto pasar mucha gente frente a su ventana, mientras sorbía una toma de malojillo para calmar aquella angustia. Después de razonar el asunto, sus hermanas llegaron a la conclusión de no haber visto, ni oído nada y por lo tanto lo que desajustaba a María de la Paz, debía ser un asunto que no era de este mundo. Luego de rezar con más fe que nunca aquella tarde, las compenetradas solteronas se fueron a la casa de la hermana casada para contarle lo sucedido. María del Carmen en su lecho de enferma, escucho con atención la escalofriante historia y le recomendó tener cuidado, pues con esas cosas no se jugaba y les dijo: --¡María de la Paz, debes entregar esa canilla, que es de un muerto!. El tiempo pasaba casi volando y el día fijado para la cita se acercaba. María de la Paz, perdió el sueño, el apetito y se puso jipata. Una mañana, doña Antonia Leal, rezandera y partera del pueblo, la visitó mientras aseaba la capilla. Enterada del encuentro que iba a sostener, le aconsejó

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que si iba a esperar al desconocido encubierto, por tratarse de algo del más allá, lo mejor era hacerse acompañar de un niño de brazos, pues la inocencia del crío aleja y protege de cualquier peligro que pudiera presentarse. Por fin llegó el día fijado y las primeras horas de la noche sin que apareciera nadie. A medida que avanzaba la oscurana creyó que no se presentaría el dueño del hacho o de la canilla, pero a las nueve en punto escuchó que tocaban tres veces en su ventana. Tambaleandose y con la piel de gallina se acercó para quitarle "la tranca" que ajustaba la ventana, siempre con el infante en sus brazos. Al abrirla se encontró con el hombre, ataviado con la misma vestimenta, y ahora como estaba más claro podía mirarle la cara, se fijo en sus enormes ojos de donde parecía saltarle candela. El visitante olía a azufre y se aferraba con fuerza a los barrotes de la ventana, vociferando palabras que ella no entendía. María de la Paz, repetía el Padrenuestro en voz alta y se amparaba tras el niño que berreaba desesperadamente. El llanto de la criatura desesperó al hediondo visitante. Al notar esta debilidad, María de la Paz, sacó fuerzas de donde no tenía y le arrojó con furia la canilla, estrellándosela en el pecho al oscuro visitante, mientras trataba de calmar el llanto del inocente. Esta acción sorprendió al propio demonio, quien enfurecido con voz satánica le gritó: --Te salvas esta vez por el niño que tienes en los brazos, sentenció mientras se alejaba repitiendo maldiciones.

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Al clarear el día fue a reunirse con sus hermanas para contarles como había vencido al demonio, encontrándose con la noticia que esa misma noche había muerto su hermana María del Carmen33.

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Caminos y Estigmas Visto de cerca, nadie es normal.

Caetano Veloso

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or aquí pasaron remolinos de gente poseídas por la fiebre de los metales preciosos. Este llano fue lugar de paso y sólo eso, hasta que los Escuqueyes, lo descubrieron como lugar de estar. Sería como a principios de 1889, María de La Paz caminaba a paso lento, sin impaciencia a encontrarse con aquel hombre, para finiquitar lo concerniente a la partición de bienes dejados por su finada hermana María del Carmen34. El valle estaba cundió de buenos leguleyos y ella había escogido de entre todos a un tal Antonio Briceño, por aquello de la fama del apellido Briceño, que aunque no tenía ninguna vinculación con el famoso Don Antonio, "El Abogado" ni con su hijo "el diablo", llevaba el mismo apellido y esto era una ventaja. El patriarca Don Antonio "El Abogado", atendía a cualquier hora del día ya que era el primer jurista conocido por estos lares. Personificó dignamente la sabiduría de San Ivo, el mismísimo cura francés defensor de la justicia sin distingo de personas por amor a Cristo. El Dr. Antonio Nicolás Briceño Quintero, hizo de esta profesión un apostolado al defender con pasión las causas de los huérfanos, viudas y pobres, acogiendo en su casa a esos mismos desfavorecidos. El Dr. Briceño Quintero era el máximo líder de aquella pléyade de lumbreras de abogados. Fue hábil hombre de negocios. Caballero de mente clara, persuasivo y excelente orador. Era dueño de varias fincas y uno de los hombres

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más ricos de la región trujillana, vivió casi siempre en Mendoza, donde nacieron todos sus hijos. Este ilustre ciudadano, nacido en 1736 en Mendoza alta, tuvo bajo su dirección el censo de Trujillo en 1786, relatando los cronistas de la época que en 1801 estuvo ligado a la fundación de Motatán. Don Antonio, como se le conocía, fue Alcalde Ordinario de Trujillo en 1767, además de Administrador de la Real Hacienda y Apoderado del Convento de Monjas "Regina Angelorum" de Trujillo; se opuso con fuerza a la insurrección de los Comuneros del Socorro, en 1781 liderados por Berbeo y José Antonio Galán, uno de los primeros movimientos independentistas que treinta años después culminaría con éxito35. Aquella intervención en contra de los Comuneros en el pie de monte andino, lo atormentó el resto de su vida y aún días antes de morir, como si protestara contra aquella actuación, hizo acudir a su lecho de agonizante, a varias personalidades, entre ellas al licenciado Manuel Antonio Valcalcer y Pimentel, Alcalde Ordinario de Primera Elección y a Don Francisco Antonio de La Bastida Briceño, Regidor y Alcalde Provincial, para que estos dos atestiguaran en su calidad de Capitán de Milicias de Infantería del Batallón de Blancos de Caracas, con que el Rey lo había premiado por sus servicios. El apellido Briceño se inmortalizo, cuando sus hijos Pedro Fermín y Antonio Nicolás (alias el Diablo) también se convirtieron en abogados.

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La muerte de María del Carmen, devastó a María de la Paz. Era la hermana mayor y desde siempre fueron muy unidas. La mañana que se presentó al despacho del Jefe Civil, don Pompeyo Salinas para notificarle su defunción, fue uno de los días más triste de su vida. Parecía estar condenada no sólo a ser solterona sino también a un luto eterno. Desde entonces comenzó a arrugarse rápidamente. La soledad y la tristeza eran sus permanentes compañeras. Con un negro velo que le cubría la cara, pasaba horas enteras frente a su ventana, a través de la cual vio transitar a notables vecinos de villas cercanas. Por los caminos de esta bucólica comarca transitaron entre otros el doctor Domingo Antonio Briceño y Briceño, a quien apodaban "el negro", penúltimo hijo de Antonio Nicolás Briceño de Toro Quintero, figura eminente en el foro y excelente orador, a quien se le atribuye la redacción en 1808 de un documento manuscrito, subversivo, que apareció pegado en una esquina de la Administración de Correos, en Maracaibo, dando cuenta de los sucesos ocurridos en España con la marcha de las tropas napoleónicas y la situación de impotencia de la monarquía española. Por aquellos días acompañaba al Dr. Cristóbal Hurtado de Mendoza y Montilla, su pariente, en actividades sediciosas cayendo preso. Luego continuó conspirando llegando a ser miembro prominente de aquella sociedad clandestina llamada "Escuela de Cristo", que fraguó en Ma-

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racaibo la conspiración de 1812, fracasada lamentablemente por una delación. Esta estirpe patriótica, fue heredada por su hijo el ilustre Don José "Pepe" Briceño Carmona, miembro fundador de la Academia Nacional de la Historia36. Otro insigne transeúnte de este sendero fue don Indalecio Briceño, quien guerreó al lado del General Páez y del cual se cuentan numerosas leyendas. Con el transcurrir de los años, algunas voces de este paso nos relatan la llegada en 1801 de las primeras matas de café al valle, arribo que fue atribuido a Don Francisco Antonio de La Bastida Briceño, quien las trajo desde Chacao, aunque se decía que en las fincas del Dr. Antonio Nicolás Briceño Quintero ya existían desde mucho antes. Por este camino también peregrinó el respetable jurista Ricardo Labastida, muchas veces acompañado de su hermano uterino, el hombre del "verbo de oro" General Manuel María Carrasquero. El Dr. Ricardo Labastidas Vetencourt, algunos años después cayó preso en Trujillo, cuando enfrentó a las huestes del coronel Venancio Pulgar. El presidente Guzmán Blanco ordena enviarlo al Castillo de Puerto Cabello de donde sale confinado, anciano y enfermo hacia Betijoque donde muere en 1876 37. Otros recurrentes de este polvoriento atajo fueron Arístides Labastida, graduado de médico con honores en París y el jurisconsulto don Toribio Briceño quien tenía una hermosa finca entre Agua Clara y la hacienda de San José,

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la cual era conocida como "Lucibrice" palabra que se deriva de luz y brisa, o bien de Lucia y Briceño, nombre de la esposa y apellido de este abogado. Todos nacidos en la vecina villa de Mendoza 38. Contaba María de la Paz, haber escuchado que hacia finales de 1822, andubo por estos caminos reales el periodista norteamericano William Duanes en compañía de su hija Isabel y su hijastro Richard Bache. Soplaban aires de guerra y todos en el valle sentían miedo. Iban con rumbo a Bogota y al llegar a la ranchería de Valera, asentó en su cuaderno de viaje: "Al descender a la llanura (venía desde Sabana Larga), pasamos por la Hacienda de La Plata, que había pertenecido a un opulento propietario realista. He visto muy pocas plantaciones que mostraran tan clara evidencia de la riqueza de su antiguo dueño como esta finca; y aunque se advierte que va camino de una ruina total, todavía despierta admiración dentro de su actual decadencia. Después de placentera marcha, llegamos a una aldea llamada Valera, que tendría unas treinta casas diseminadas en terreno llano… 39" Por este camino de recuas también pasó un trotamundos nacido en Lugo, una de las regiones italianas bajo la tutela papal. La historia le recuerda por ser el creador de los primeros mapas de nuestro país. Este viajero incansable era Agustin Codazzi, quien sirvió valientemente a la causa libertadora bajo las órdenes del aguerrido Páez.

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En 1837 al llegar a este llano y remontando el cerro San Martín, este "hacedor de mapas" se encontró con la naciente Valera describiéndola así: "como un núcleo poblado de importancia, con 350 viviendas de techo pajizo y ninguna casa de balcón. La población era de 1.300 habitantes 40”. Este mismo camino lo llevó rumbo a Colombia, donde emprendería este ingeniero, geógrafo y militar italiano, el levantamiento de las cartas geográficas de un naciente país, plasmando en ellas un exhaustivo registro de cada una de las regiones que lo componían, poniendo especial énfasis en las características físicas de los pobladores, sus actividades económicas, los recursos naturales y el paisaje. Aquella casa se sentía vacía después de la muerte de María del Carmen y eso de los asuntos legales no le agradaba para nada a María de la Paz, sobre todo si eran de la familia. Seguro que eso traería disgustos, pero ella confiaba plenamente en su apoderado. El apellido Briceño en materia legal era sinónimo de éxito así no fuera descendiente de don Antonio. Por otra parte los Briceños eran los amos y señores de casi todo. Uno de los más distinguido representante de aquel linaje, nieto del patriarca Don Antonio, José Briceño Carmona, escribió en 1884 una célebre carta a su primo el sacerdote Manuel Antonio Briceño, rememorando sucesos y acontecimientos públicos ingratos para él y los suyos decía que sobre ellos pesaba algún enojo de los dio-

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ses lo que él llamaba el estigma de los Briceño: ..Señor Presbítero Doctor Manuel Antonio Briceño Su casa, julio 18 de 1884. Querido Manuel Antonio-

Cuando en días pasados espontáneamente y bondadosamente me dijiste, que había la consideración del mal estado en que se hallaban nuestros hospitales, te proponías a hablar a nuestro amigo el Gral. Crespo, solicitando para mí el nombramiento de Inspector general de ellos, a fin de mejorar la suerte de los infelices enfermos. No quise entonces rechazar, ni aun objetar, tu candidato para aquel destino; recordándote siquiera mi quebrantada salud y avanzada edad, ni mucho menos, indicarte esa inexplicable enemiga que persigue nuestro nombre ( y permíteme la jactancia) a pesar de su limpieza y lustre. Y si no óyeme: D. Sancho Briceño fue el progenitor de la familia de este apellido en la ciudad de Tru., de la República de Venezuela. Persona que cuenta, insinuante y de gran capacidad, escribe Baralt que era: (Historia Antigua de Venezuela pág. 195) más al mencionarle dice el mismo, sin embargo, que a principios del siglo XVI se envió a la corte de España un tal Sancho Briceño; y tú sabes que el vocablo un tal, según la Academia, indica desprecio. Primer estigma.

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Pues bien desde D. Sancho Briceño, primer Alcalde que fue de Venezuela, hasta nosotros ¡pobrecitos! Sus descendientes; nos vienen estigmatizando .A mi abuelo el Dr. D. Antonio Nicolás Briceño del Toro, que en el siglo XVII impide que la revolución de los Comuneros invada a Venezuela, salvándola de sus horrores; recompensándolo el Rey de España con un despacho de Capitán veterano, por sus distinguidos servicios; a él, que pretendía con justo título y ejecutorias, el nombramiento de "Abogado de los Reales Consejos". Al Gral. Pedro Briceño Méndez sobrino del Libertador (por haberse casado con su sobrina) y su secretario privado, le apellidan el traidor e ingrato porque adoptó la Revolución de las Reformas en 1835-El Dr. Antonio N. Briceño Toro y el Gral. Pedro Briceño Méndez, ambos fueron estigmatizados, el primero con un título de capitán de ejército y el segundo insultado, ¡reposan sus cenizas en tierra extraña! Un hijo de aquel, el famoso Anto. Nicolás Briceño, primer mártir de nuestra Independencia, el fogoso constituyente de 1812, en el primer Congreso de la República, derrama su sangre en el patíbulo; los historiadores patrios le apellidan asesino porque declaró la guerra a muerte.-A Bolívar le llaman El Salvador de la Patria porque en el mismo año declarar la guerra sin

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cuartel, y el mismo día que fusilaban a Briceño en la ciudad de Barinas--¡Estigma! Su hermano Dr. Domingo Briceño y Briceño, el Libertador de Maracaibo, al que mantuvieron los Españoles en el Castillo de San Carlos, con una barra de grillos, durante siete años; encuéntralo el Libertador en Cúcuta, donde ocupaba una silla en el primer Congreso de Colombia, (Blanco y Azpurúa, tomo VII, pág. 19) y en recompensa de muchos señalamientos le nombra Administrador general de tabacos de la Provincia de Caracas; mientras que a sus compañeros Yanes, Navarrete, Urbaneja, etc., les concede empleos y además haberes militares, provenientes de bienes de españoles confiscados. Aquellos legaron fortunas a sus familias; mi padre, tú lo sabes, nacido opulento, fue enterrado por sus hijos; porque su fortuna la perdió en la guerra magna, y los Representantes de un Congreso de Venezuela, le negaron una pobre pensión que solicitaba en su achacosa ancianidad. ¡Estigma! El Gral. Guzmán Blanco nombra Redactor de Códigos, y por pequeñas y lamentables rencillas, olvida el nombre del Dr. Mariano Briceño, que tenía ya escrito el Código Civil completo. El Gral. Guzmán, sin embargo, presidiendo el entierro de briceño, exclamaba: "el Dr. Mariano Briceño era un hombre ejemplar". ¡Estigma!

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Todo el mundo sabe que cuando dicho Gral. Guzmán reformó, dictatoriamente la Universidad de Venezuela, quedó removido el Dr. José Briceño de su clase, después de treinta años. Los Dres. Urbaneja y Medina, menos antiguos y con menos servicios, gozan hoy dobles pensiones y gozan de sus clases. ¡Estigma! Y para finalizar, por ahora: Venezuela, toda sabe con cuanto escándalo se hizo el nombramiento de Arzobispo de Caracas y Venezuela; cuyo eco resuena, como es público en la ciudad entera, y ha llegado, según se asegura hasta las gradas del trono pontificio. ¡Estigma! ¿Qué más?... Hay todavía; pero no quiero fastidiarte. ¿No he tenido razón para creer que nos persigue una misteriosa e incompresible estigma?... Imagínate pues ahora, como no había de confirmar más y más, cuando dejo expuesto, al leer anoche al llegar a tu casa, el nombramiento de Alejandro Frías para Inspector general de Hospitales nacionales con Bs. 9 000 al año! ¿Lo creerás?... Me eché a reír. Y fue porque cuando me hablaste por segunda vez del asunto, y no sé si lo extrañaste, no te respondí una sola palabra; porque creí que tal destino no tendría yo la pena de renunciarlo, como hubiera renunciado, porque a los 77 años que ya voy a cumplir el quietismo, compañero in-

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separable del sepulcro, al más experto y ágil le pone lazos que nada ni nadie puede aflojar. Adiós; dispensa la fastidiosa y larga carta, pero así y todo, no he querido que lo que ella contiene, lo supieras tú conversando-No, Señor: escrito y bien escrito "ad perpetuam rei memoriam". Tu affm. Amigo y primo. José de Briceño" 41

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El Patriota Olvidado Los que buscan aventuras no siempre las hallan buenas". Don Quijote de la Mancha Miguel de Cervantes

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l antiguo testamento, en el libro de Éxodo, nos relata el pasaje de Noé construyendo el arca en la que salvó a su familia y a siete parejas de animales del diluvio. Para entonces, el patriarca Matusalén acababa de cumplir años y murió antes de aquel aluvión. Cuando nació su hijo Henoc, tenía sesenta y cinco años y volvió a ser papá a la edad de ciento ochenta y siete al nacer su otro hijo Lamek. Luego de esto, vivió Matusalén el notable término de setecientos ochenta y dos años, lo cual suma un total de novecientos sesenta y nueve años. No hay registro de ningún ser que haya vivido tanto. En este paraje andino y cansado de tanto batallar, encontramos a un viejo guerrero que al no poder recordar con claridad los hechos de su vida por tener tantos años, sus vecinos lo asemejaban al final de su existencia con el añoso patriarca bíblico Matusalén. Era José Trinidad Toro, a quien llamaban afectuosamente "el Patriota del Cucharito". Todos quienes se acercaban a él, tenían la ocasión de escuchar de propia fuente su relato de la batalla de Ayucucho, donde aseguraba haber sido actor de primera línea. Una fresca tarde en el alero de su vetusta casa, le narraba a un nutrido grupo de curiosos, sus proezas militares… -¡A diablo..! qué hombre tan apretao era el general Sucre- comenzó por decir, mientras se acomodaba en su

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gastado sillón al cual estaba confinado, desde que recibió una herida en su cadera en la histórica batalla que selló definitivamente la libertad del Perú.

José Trinidad, había nacido en 1785 muy cerca de Agua Clara, en una vieja casona construida por sus taitas. Desde muchacho le gustó el trabajo y a este entregó parte de su vida, cultivando la caña en el llano de San José y luego de jornalero sacando panelas en los trapiches cercanos. En 1813, cuando El Libertador paso con sus tropas por estos lares rumbo a Trujillo, no dudó en soltar su escardilla y armarse de valor para irse detrás de aquel centauro que cambiaría la historia de este país. El sol se escondía holgazanamente aquella tarde y José Trinidad continuaba su relato; -Esa fue una cruzada muy dura, todos teníamos los dientes apretaos, pues los del frente eran nueve mil trescientos diez hombres, mientras que nuestro ejército formaba sólo cinco mil setecientos ochenta patriotas al mando de "Toñito, como lo llamaba mi general Bolívar"43. -La pelea duro como ocho horas- sentenció a los presentes quienes en silencio escuchaban la historia de un hombre curtido en estas lides y ahora venido a menos en medio de una gran penuria y soledad. -Si mal no recuerdo, la cosa fue a principios de diciembre del año veinticuatro. Cabalgamos desde la madrugada hasta un sitio llamado el "rincón de los muertos" en medio de la Pampa de la Quinua en Ayacucho.

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-Yo andaba con la División Córdoba y estaba inquieto, como si algo me fuera a pasar aquel día, después de haber combatido en tantos lugares. -En realidad aquella mañana estaba asustao… -Lo que sí recuerdo con claridad y alegría, es que, como a las cinco de la tarde se rindieron los muy muérganos… José Trinidad Toro, volvió de la magna guerra muy lastimado y empobrecido, le metieron un plomazo muy cerca de la cadera, lo que le impedía moverse con facilidad. A su regreso, aquel valiente campesino, protagonista de nuestra gesta emancipadora al lado del mariscal Antonio José de Sucre, perdió casi todo, apenas le quedó una casa destartalada en El Cucharito, la cual convirtió en la morada donde reposaría de sus grandes combates. Sobrevivió el resto de sus días, gracias a la misericordia de don Lorenzo Valero, quien aliviaba sus cargas. Una fría tarde, en medio de mengua, mientras evocaba sus incursiones guerreras junto a los curtidos montadores morochucos de Cangallo, cabalgando el recuerdo de la epopeya de Ayacucho, se durmió para siempre, luego de haber luchado por 114 años, mientras que en los cercanos paramos se escuchaban los lamentos de los soldados heridos en las cruentas guerrillas pueblerinas por el control del poder político en Trujillo. Jamás fue reconocida su valentía, aún cuando pomposamente en medio de coloridos desfiles y grandes discursos, en 1895 los valeranos celebraron por todo lo alto el

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centenario del nacimiento de Antonio José de Sucre y la epopeya de Ayacucho. Olvidaron los organizadores de este evento, que un hijo de esta villa, estuvo allí y defendió valientemente con su vida, los ideales patrios y además fue fiel escudero de lucha del valiente Mariscal, obteniendo como recompensa solo el olvido, la ruina y el desprecio que lo convirtieron en otro patriota olvidado.

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Los Castigos Divinos

Virgen de la bella madre mía, madre del santísimo Dios, en el medio nomás de un campo grande un viento fuerte me alcanzó, y cuando levanté tu nombre ahí nomás paró. Cancionero Quichua Santiagueño Domingo A. Bravo

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esde su aparición en el cielo, el desespero llegó a la ranchería. Pasaban los días de septiembre de 1882 y aquella noche la gente estaba asustada, alborotada. Nadie se había acostado, todos estaban fuera de sus casas mirando la cola de aquella enorme estrella que cruzaba el oscuro firmamento. Amanecieron en las puertas de las casas rezando. Los vecinos de Agua Clara se juntaron en la capilla de la Inmaculada Concepción, cantando letanías y mirando aquella extraña luz celestial que cada vez parecía brillar más. La tribulación era colectiva, algunos rezaban el rosario, otros el trisagio, cantaban las letanías a la Virgen, coreaban el Ave María e invocaban el Dulce Nombre de Jesús. Unos pocos lloraban suplicando misericordia y confesión a gritos. En particular, las de mayor alboroto eran las mujeres, entre ellas las hermanas Espinosa y su madre Candelaria. Después de la muerte de José María, Candelaria poco salía de su casa. En el primer año de su hermético luto, las ventanas permanecieron atrancadas y solo recibía visitas de gente muy cercana, con quienes lloraba su desconsuelo y por ratos permanecía en silencio, observando un viejo sombrero del difunto. Tiempo después, retomo el bordado y algunas otras actividades domesticas. Nunca más saludo con afecto a otro hombre. En la decadencia de su viudez, sólo se acercaba a otras enlutadas más ancianas que ella, con quienes conformo la cofradía de las visitantes de los lutos eternos. Era

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una época del culto al difunto, los encierros y el duelo rigurosísimo. El día de las tribulaciones, en la puerta de su casona imploró a Dios con mucha fe junto a sus hijas, a las que en medio de sus plegarias les comentó: -Mi madre siempre me lo repitió… estas apariciones en el cielo son presagios de que algo muy malo va a pasar… -Se aproximan hechos que nos traerán mucho dolor, aseguro mientras coreaba el ave maría. Se refería la viuda Espinosa, a las viejas creencias populares, de que cada vez que aparecía una luz brillante en el firmamento, una maldición la secundaba. Estas revelaciones nos hablan de hechos trágicos ó violentos en la historia que están relacionados con las apariciones de estas señales celestes: la muerte del aguerrido guerrero Agripa (12 A.C.), la destrucción de Jerusalén (66 A.C.), el asesinato del emperador Claudio (54 D.C.). Para los romanos la aparición de un cometa significaba fatalidad; los incas creían que anunciaba la muerte de un rey, como sucediera en los casos de Huayna Cápac y Atahualpa. Para los aztecas presagiaba el regreso de Quetzalcoatl y el fin de su reino (de hecho, un cometa apareció poco antes de la llegada de Cortés a Tenochtitlán y la caída del imperio). Los mayas, por su parte, tenían una visión más amable del curioso fenómeno: creían que la aparición de un cometa presagiaba cambios en las estructuras, una transformación de la conciencia y una evolución en la comprensión de la vida.

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Nadie había visto antes nada parecido. Describen algunos cronistas que:

…los cometas, como las visitas de los obispos, eran raras pero sucedían. Como los señores obispos, los cometas eran vistosos. Al contrario de los obispos, los cometas eran portadores de calamidades, hambruna, guerra y peste".44

Fueron tres días de rezos y rogativas a la Divinidad. Todos se sentían a merced de la naturaleza en medio de aquel pavor colectivo, donde las invocaciones a Dios eran su único refugio. La extraña luz podía ser vista tanto de noche como de día. Algunos aseguraban que la figura del cometa era tan brillante y fuerte que quedaba marcada en las hojas de las matas de platanos 45. El miedo se sentía en cualquier rincón del llano de San José. En la morada de las Espinosa en medio del desespero, uno de los peones de la finca se presentó ante doña Candelaria implorándole permiso para colocar en la puerta de la casa, unos extraños huevos de gallina cuya cascara era de color azul oscuro y que traía en sus manos… -De donde sacó usted esas cosas, sentenció la viuda con asombro al ver el color de aquellos huevos. -Con todo respeto mi ama, estos son unos regalos de Dios- atino a decir el esclavo… los ponen algunas gallinas

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únicamente los jueves santos y sirven para espantar cualquier calamidad… 46 Viendo tanta tribulación a su alrededor y siendo una mujer de la iglesia, Candelaria dudo por un momento, pero la situación realmente ameritaba de un milagro. Vaya con cuidado y los pone…pero que no lo vean los vecinos para que no crean que estamos haciendo brujerías, dijo con voz temblorosa Candelaria. Era el temor a morir repentinamente sin los auxilios sacramentales en medio de aquella visita celestial inesperada, era miedo a "perder el alma para la eternidad". Unos años antes, en 1853 el miedo se había apoderado de los nativos de Valera y sus alrededores. Esta vez la señal no se produjo en el cielo, estaba en todas partes y mataba sin distingo de nada y a cualquiera. Era la fiebre amarilla y había aparecido sin avisar. El relato popular nos lleva a los inicios de abril de aquel año, cuando llegó a Valera, proveniente de Caracas un médico de apellido Correa, quien en su travesía por Maracaibo se contagio de fiebre amarilla. Llegó muy enfermo y a los pocos días luego de una lenta agonía, el 16 de ese mes murió en casa de Francisco María Maya, quien lo hospedo sin saber que el legado de aquel difunto convertiría su casa en el epicentro de una de las más feroces plagas conocidas. En pocos días el espectro de la muerte se apodero de la ranchería de Valera y sus alrededores. Todo era luto y

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desconsuelo. Las plegarias a Dios se oían en cada esquina, demandando espantar aquel flagelo del que no se escaparon ni ricos ni pobres. Las primeras víctimas fueron la familia Labastidas quienes perdieron a don Vicente, a doña Socorro y su hijo Obdulio. Las campanas del templo no cesaban de sonar, era un eco tétrico anunciando cada entierro. En una antigua posesión agrícola del Dr. Hilarión Unda, en el camino a Motatán, se improviso un cementerio para enterrar al Dr. Correa, de quien se dice quedó mal sepultado, pues sus restos quedaron al descubierto, siendo esto según crónicas de la época factor determinante en la expansión de este mal. Los habitantes de esta comarca al ver la mortandad existente, deciden huir a Carvajal, Escuque, Agua Clara y Mendoza, ya que en Betijoque y Trujillo la epidemia también estaba acabando con sus moradores. Valera quedó desolada y agonizante. El cura José María Barroeta, en medio de las rogativas de la ranchería organiza una procesión hasta Sabana Larga como penitencia de aquella feligresía para sacudirse de lo que consideraban un castigo del cielo. Esta romería arrancó bajo un ardiente sol y culminó con un torrencial aguacero. En respuesta a estas suplicas, el destino responde cruelmente enfermando a más de cuarenta de los asistentes a la caminata, entre ellos el propio sacerdote que fallece días después.

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Esta mortandad se extiende hasta principios del mes de Agosto. La villa estaba desolada, sus moradores huyeron de carrera, abandonando todos sus bienes que luego eran pillados. Crónicas de la época relatan la incineración de cadáveres en las calles valeranas al no aparecer deudos para enterrarlos. Aquella epidemia acabo con la vida social de la naciente comarca.47 Corría el año 1888, las hermanas Espinosa se ocupaban del comercio de las fincas heredades del patriarca José María. Un soleado día supervisaban el corte de unos platanales, cuando menos pensaban escucharon un fuerte zumbido y se volvieron para mirar y se encontraron con un grillero que volaba hacia ellas. Ordenaron a los peones que sacaran los machetes y comenzaran a reventarlos en el aire. Estando en plena faena contra los bichos voladores, se dan cuenta que la lluvia de insectos aumenta rápidamente lo que los obliga a correr asustados para la casa. El cielo se oscureció de pronto y el ruido que se escuchaba era martirizante. -Cierren las puertas y las ventanas, saquen los escapularios y recen con fé, esto es el fin del mundo, gritaba desesperada María de La Paz a sus hermanas. Su mamá estaba arrodillada en el patio rezando y leía en voz alta el pasaje bíblico de las plagas que azotaron a Moises: "…vendrá plaga de langostas que van a cubrir la faz de la tierra, comiendo lo que el granizo no destruyó…”

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Por la noche, se sentía un sonido como si estuviera lloviendo, era el llanto de las hojas al caer de los árboles y muchas familias en los patios de sus casas trataban con desesperación de ahuyentar esta plaga, escondiendo sus matas. Armados con ramas y hachones encendidos, intentaban correrlas de sus propiedades. Muchos animales murieron en medio de aquel atormentador murmullo. Era un espectáculo dantesco. Mangas gigantes de insectos por doquier, encima de los árboles, en el horizonte, de casa en casa. Al siguiente día todas las matas estaban peladas. En los campos no quedó nada porque la langosta se había comido todo. Era tanto el hervidero de langostas que había, que los sembradíos de maíz se doblaban al suelo y entonces comenzó una época de hambruna. Esta calamidad vio su final al llegar días después una negra bandada de pájaros negros llamados "chicharrones" que se comieron a esta plaga de saltones48. Al marcharse la langosta se llevó a los pocos meses el alma de doña Candelaria Espinosa, en medio de la gran desolación que dejaron estos bichos voladores. Amaneció de nuevo y con el trasmutar de las especies una ventana celestial se abrió para cubrir de nuevo a Jeromito a pesar de la inútil perdida de los Espinosa, de José María y Candelaria, que yacen para siempre en la lengua del pueblo.

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José Domingo Tejeras, Hojas de Analectas, cap. XLVII Karl Ferdinand Appun, En Los Trópicos, pp. 318 Ibidem, p 324. La reconstrucción de la vida social que se relata a continuación está fundamentada en la tradición oral, recogida en la localidad de Agua Clara y documentos del Registro Principal del estado Trujillo y Archivo Diocesano del estado Trujillo. 5 Documentos Relativos a la Visita Pastoral del Obispo Mariano Martí 1771-1784. 6 Americo Briceño Valero, Geografía del estado Trujillo, p. 334 7 Luís González, Valera, La Ceiba y La Globalización, p. 22 8 Archivo Histórico Diocesano del estado Trujillo, Sección Gobierno Eclesiástico 9 José Luis Ochoa Díaz, Horacio Oropeza, Cantor de Velorios, p.16 10 Carlos Muñoz Oraa, Los Comuneros de Venezuela, Una Rebelión Popular de Pre Independencia, p.83 11 Rafael Gallegos Celis, Valera Siglo XIX, p. 39 12 Ibídem, Libro Segundo de Defunciones de Valera 18461863, p. 228 13 Datos comunicados por Isabel Paredes, habitante de Agua Clara y vecina de la iglesia Inmaculada Concepción. 14 Op. cit., p. 39 15 Ramón Urdaneta Bocanegra, Historia Oculta de Venezuela, p. 416 16 Dato comunicado por Eduardo Garrido, habitante de Agua Clara y descendiente de la familia Espinosa. 17 Aportes orales, moradores de la localidad de Agua Clara 18 Conversaciones con Isabel Paredes, habitante de Agua Clara

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Op. cit, p. 334 Ibídem, p. 329 Op. cit, sección sociales. Registro Principal del estado Trujillo, Expediente que contiene el inventario, valuos y partición de los bienes quedantes por muerte de Antonio Martín Espinosa, año 1878. Tradición oral contada por Pedro José Bracamonte y practicada en la localidad de Sabana Libre por doña Eulogia Araujo Op. cit., p. 331 Archivo Arquidiocesano de Mérida sección 43, Judiciales Enrique María Castro, Vida de un Cura Santo, p.19 Este relato está basado en el texto, El Santo Padre Rosario de Mario Briceño Iragorry, publicado en la obra, Presencia e Imagen de Trujillo. 1981. Acota su autor que…" la dramática versión de este encuentro del Padre Rosario con el Diablo, la escuché después de haber acogido la que dice que el tránsito espiritual del sacerdote ocurrió en la ocasión de una grave enfermedad". Op. cit., p. 102 Op. cit., p.61 Felipe Colmenter, Economía y Política en Trujillo durante el Guzmancismo, p.77 Op. cit., p. 27 Registro Principal del estado Trujillo. Año 1878. Expediente que contiene el inventario, valuos y partición de los bienes quedantes por muerte de Antonio Martín Espinosa. Registro Principal del estado Trujillo, 1889, Nº 60 Ibídem, 1889, Nº 60

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35 Dr. Leopoldo Briceño-Iragorry, Dra. Gabriela Valero Briceño, Don José de Briceño, Clemente Heimerdinger A, BriceñoIragorry L, editores. Colección Razetti. Volumen VII. Caracas: Editorial Ateproca; 2009.p.127-149. 36 Ibídem, p.127-149. 37 Roberto Vetencourt, Tiempo de Caudillos, p.66 38 Op. cit, p.40 39 William Duane, Viaje a Colombia en los años 1822-23, Tomo I, p. 288 40 Op. cit., p. 326 41 Op. cit.. P.127-149 42 Op. cit., p.330 43 Mauricio Vargas Linares, El Mariscal que vivió de prisa, Bogotá 2009 44 Luís González y González, Ciudad en vilo, p.91 45 Op, cit., p.64 46 Tradición oral recogida por el autor en Cabimbu Altp en el Estado Trujillo 47 Op. cit, p.59 48 Op- cit. p.7

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Pedro Bracamonte Osuna pbrate@gmail.com

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Las crónicas de Jeromito