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compañera, a lo que nosotros accedíamos con amabilidad y cortesía, y Sonja hacía su parte con la sonrisa de la foto inalterable en su cara. Yo la miraba comer, estudiando cómo hacía para masticar la empanada sin que cayera una sola miga en el plato, sin que se le desarmara la carne picada o que un resto de cebolla aterrizara sobre su vestido inmaculado. Con la misma delicadeza encaró la de cuatro quesos, y el olor del roquefort se mezclaba con su perfume, y yo ya casi no escuchaba a mi jefa, ni las pavadas de los que entraban al comedor. Yo la miraba como idiotizado, tanto que no noté que una gota de aceite se escurrió desde el relleno de jamón y queso de mi empanada y me manchó la camisa en tres lugares distintos. La tarde pasó rápido, cerramos nuestras páginas a una hora razonable y mi jefa se despidió sin mucha ceremonia porque tenía que pasar a buscar a su hija. Tomaba un taxi y se ofreció a arrimarnos. Sonja dijo que muchas gracias pero que ella iba para otro lado. Ahí yo dudé un instante, mi jefa insistió que me dejaba muy cerca de mi casa, y terminé por aceptar el viaje. Cuando nos alejábamos en el taxi todavía era de día, y pude ver cómo el vestido de Sonja se sacudía con el viento, mientras ella caminaba hacia la parada del ómnibus. Las semanas fueron pasando y Sonja, era cierto, escribía muy bien y con un mínimo de orientación entregaba notas excelentes. La editaba mi jefa, pero yo me las ingeniaba para que Sonja me pasara sus notas antes, y le corregía alguna pavada de estilo –“no usar norteamericano como sinónimo de estadounidense”, “filme en vez de film”, los números escritos en letra hasta el once, cosas así–, o le sugería cerrar con un párrafo que ella había puesto un poco más arriba. Ella lo agradecía siempre con esa sonrisa enorme. Después del incidente del taxi descubrí que en realidad tomábamos ómnibus en paradas diferentes, así que nuestra interacción se reducía a lo que pasaba dentro de la redacción, a almorzar juntos (siempre con mi jefa en el medio), y a la despedida en la puerta del diario. Ahí había logrado entablar alguna conversación algo más personal, pero nunca pasaba de algún comentario sobre facultad, intercambios sobre películas o lo que daban en el cable. Después de eso, cada uno enfilaba en dirección opuesta. Pensé alguna vez en mentir y fingir que IZMIRLIAN | BorderSenses vol. 17 19

BorderSenses Journal Vol 17  

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