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Relato Corto de Sapo Febrero 2012


Nota del autor:

En este relato aparecen palabras que nunca antes han sido recogidas en un diccionario. Al autor sin embargo le gustarĂ­a apuntar que en lo que se refiere a existir, alguna vez existieron.


Erase una vez, hace mucho tiempo, existía un reino gobernado por un sapo gordo, feo y gruñón. De color verdoso amarronado, recordaban los viejos de mas de mil doscientos años, que este sapo gustaba de llevar una pequeña coronita ladeada sobre una de sus orejas postizas. La corona, forjada con el oro de las minas de Watalpeluza, en realidad, no valía nada pero le daba al sapo todo argumento, razón, evidencia y conciencia para mandar a diestro y siniestro todo aquello que se le antojaba. Las orejas, enganchadas a una diadema de metal muy fino, casi invisible, fueron una idea del Sugeridor Real, harto de oír las quejas cada noche del Recogedor Real, afligido de una lumbalgia galopante de tanto agacharse a por la dichosa coronita. El Sugeridor Real y el Recogedor Real eran primos lejanos. El primero, Mateos Deponfigny, provenía de la rama de los sapos franceses emigrados al reino durante la guerra de las 1103 batallas. Alto para su especie, vestía siempre acorde a su linaje, de azul almizclado brillante y gorro de pluma escarlata. A modo de castigo por tan alto cargo en el palacio, arrastraba bajo el brazo un enorme tomo desgastado donde apuntaba con pluma de oro (este, del bueno de verdad) todo aquello que había sugerido a la corona durante años de servicio. Lo tenía todo bien clasificado, ordenado por colores, en cuartillas de hoja de árbol de Sabuco -obviamente famoso por sus hojas de colores- subrayado todo, meticulosamente estudiado y memorizado al dedillo según la vieja usanza para ocasiones de emergencia inmediata pues de todos era sabido que un sugeridor real no podía permitirse el lujo de la menor duda al ser preguntado por el rey. Cualquier atisbo de esta, cualquier balanceo indeciso o simulado titubeo en la garganta más allá del carraspeo inicial propio de cualquier batracio de postín, y el sapo perdía la cabeza. Mateos Deponfigny había ejercido su puesto durante cincuenta años. Era el sugeridor real 5.127, el mejor hasta el momento. Sin embargo, una vez estuvo a punto de echarlo todo a perder. Aquel día el rey se había levantado muerto de aburrimiento. Nada parecía satisfacerle hasta que Mateos sugirió leer un cuento. El sapo sabia leer, claro, pero aquella mañana, mas caprichoso que de costumbre, ordenó al sugeridor real que lo leyera en alto él mismo. El cuento hablaba de príncipes y princesas, de lugares lejanos y brujas de verrugas peludas en la nariz, de


dragones enfadados y castillos humeantes, de torres mágicas y épicas batallas ganadas con lanza en mano y donde siempre triunfaba el amor. Pero por mucho empeño y afán que el lector ponía en su lectura de voz de sapo, el rey siguió quejándose de su aburriesciencia suprema y enfadándose como un niño chico. A su modo de ver, ese cuento carecía de una base histórico-científica coherente –término este que oyó alguna vez de labios de un profesor adjunto al departamento universitario del reino y que por algún motivo había memorizado, seguro de que le vendría bien utilizarlo en alguna ocasión que demandara elocuencia regalina. Los dragones simplemente, no existían. Apegado a su cabeza tras tantos años de buen servicio, Deponfigny rebuscó entre sus papeles de colores una nueva idea con la que distraer al monarca y he aquí que la encontró. El rey podía intentar enamorarse. Así tendría una excusa estupenda para ir a lidiar batallas, lejos, muy, muy lejos y gastar su mal genio cortando cabelleras ajenas y a lo mejor incluso, encontrando dragones o algún que otro bicho hasta ahora no descubierto por la ciencia. La idea le pareció bien al monarca pero sólo la parte del enamoramiento (en realidad, era un cobarde y lo sabía), y además él no se movería de ningún sitio. Las jovenzuelas habrían de venir hasta él y entonces él ya decidiría. Un rey no va en busca de nada. Abríase visto. Así fue como Beltrán Sapillo, correveydile oficial del reino fue mandado a difundir la nueva orden de asistencia al palacio real de toda aquella rana disponible y susceptible de ser casada con el sapo. La audiencia tendría lugar en el Salón de Espejos Mariacristino a las ocho y diez minutos de aquella misma tarde – para qué esperar más. El Salón de Espejos Mariacristino era donde se producían las reuniones del consejo semanal. El consejo en realidad, constaba tan sólo de tres sapos engafados y barbudos, perennes en sus batines de fieltro rojo del Damasco y con los dedos entintados del azul de Prusia con el que redactaban sus edictos y manifiestos. Lustrosos en edad y ancestrales en aspecto, hacían turnos para tomar la palabra y discursear durante horas delante del rey que se aburría como una ostra y que en vez de prestar atención, gustaba de balancear sus canillas rechonchas, verdosas y amarronadas arriba y abajo, arriba y abajo, en un trono que le venia demasiado grande. Mateos Deponfigny hizo llamar de inmediato a las tres vestidillas, peinadoras y maquilladoras oficiales que harían lucir al sapo sus mejores galas ante las aspirantes al trono esa tarde. Las tres modistillas de la Barsán, como se las conocía entre el populacho por venir del barrio del mismo nombre de una ciudad tiempo ha ya desaparecida, eran tres hermanas ratón de rabos melifluosos y piernas larguiruchas siempre enfundadas en medias de seda y botines de charol. Habían conseguido el trabajo real gracias a algún favorcillo oculto a los miembros del consejo que encerrados entre sus cuatro paredes llenas de espejos eran altamente susceptibles a cualquier tipo de contoneo femenino por muy ratuno que fuera. En realidad, de modistillas no tenían nada. Una subscripción mensual a la Revisté de modé parisienne, subsidiada por los susodichos miembros del consejo, un parloteo constante que nadie entendía por lo francés de los términos y unas miradas descaradas las hacían capaces de engatusarse al más pintado. Ciertamente ellas eran las únicas capaces de afrontar la tarea metamórfica de transformación batracia que se les avecinaba si querían que el plan enamorante en cuestión tuviera alguna oportunidad de éxito – al menos, hasta el punto de mantener a las casaderas medianamente sonrientes, en sus sitios y sin salir escopetadas mientras el monarca, feo como un limón, las miraba.


Las modistillas de la Barsán se decantaron esta vez por un modelo sencillo, de camisa de manga larga abombachada, chorreras hasta el ombligo para disimular el enorme tripón de su eminencia, calzones prietos de pana egipcia y peca negrísima sobre la barbilla inferior derecha. Con todo el maquillaje que le pusieron encima, el monarca parecía un manchurrón cubista sobre un cuadro descolgado pero allí nadie dijo nada. Por si acaso. Por fortuna, la decisión no se hizo de rogar. La mayor parte de las ranillas allí asistentes presentaban un aspecto deplorable tras encallar el Carruaje Oficial para eventos reales - construido de dos pisos altos y en metal rojo, según la tradición inglesa- en un charco gigantesco y traicionero escondido en un recodo de la Calle de la Traspiesa. Tan sólo una de ellas, la que había llegado tarde por perder la locomoción real mientras dormía plácidamente, se libraba del aspecto empantanado y lleno de barro de las demás. El sapo, que contrario a la creencia popular, era muy limpio y aseado, la tomó de la mano, le quitó una legaña de los ojos saltones y se proclamó oficialmente enamorado. Hasta ahí, el plan de Mateos funcionó a la perfección. Pero pronto el rey se empezó a dar cuenta de que aquello no era tan buena idea. Para empezar, no sabía muy bien que hacer con aquella rana gorda y holgazana que se quedaba dormida todo el tiempo al pie de su cama. Si alguna vez la invitaba a subir, pues a veces en el palacio en las noches frescas corría un relente de aquí te espero, lo hacia para estar más caliente bajo las sabanas de pergal extranjero, frías al tacto. Por desgracia, la rana, que se movía dormida todo lo que no lo hacía despierta, acababa metiéndole el pie en la boca y la cabeza contra la garganta, despertándole así todo el tiempo. Por el día el calvario no era mucho mejor. La rana era mandona, cotilla y charlatana hasta la saciedad y además, no paraba de meterse con las orejas postizas del rey, demasiado rosadas a su entender. Harto de esta situación, el monarca decidió cortarle el cuello al sugeridor real quien a su vez sugirió meter a la pesadísima batracia en una de las torres del castillo del Conde de Metepiés, abandonado desde los tiempos de los condes y lugar perfecto para olvidarse de una vez de aquella gorda metomentodo. El rey consintió al instante y Mateos Deponfigny conservó aliviado una vez más su trabajo. Su primo, lejano, se llamaba Rouland de Rippeau y era un sapo más bien desaliñado, de boca desasida y siempre presta a la queja rápida. Pequeño pero ágil en las ancas, vestía con una especie de túnica a rayas, de estilo fenicio-romanense, que dejaba al descubierto unas rodillas huesudas bien aptas para su misión como recogedor real. Vago por naturaleza, nunca gustó de su puesto pero a poco se aguantaba porque al menos aseguraba una estancia calentita y una cama donde descansar los huesos, lumbálgicos y cuasi-artrósicos, al final de cada día. Su misión era recoger todo aquello que el monarca tirara, y dado que además de feo, gordo y gruñón, el rey sapo adolecía de frecuentes pataletas, Rippeau pasaba más tiempo cerca del suelo que respirando el aire recargado de la estancia real. Sus manos eran rápidas y precisas al caer de los objetos. Sabía hacerse desaparecer al momento y permanecer como una sombra allí donde menos se le esperaba. A veces incluso conseguía llegar a tiempo y evitar que el objeto llegara a tocar el suelo, lo cual era gratamente recibido por todos en la corte pues el rey, con sus orejas postizas, (descomunales a todo ver tanto como para sapo como para rana, por muy útiles que fueran para sujetar la dichosa coronita de Watalpeluza) lo oía todo de manera mega-amplificada y aquellos sonidos estridentes, fruto de los errores del recogedor real, desataban unas migrañas interminables que ponían al monarca de un humor de perros, muchísimo peor de lo normal.


Las familias de Rippeau y Depofigny habían compartido durante mucho tiempo un pequeño principado de la Francia Miguelina de principios de siglo. Sus relaciones, corteses, cordiales y prudentes, tal y como marcaban los cánones de la etiqueta social de aquella época, quedaron sin embargo seriamente dañadas tras la Guerra de los Amantes, iniciada a santo de unos amoríos clandestinos entre dos jóvenes de ambos clanes, que en realidad se odiaban mutuamente y se tachaban de gordos y altaneros los unos a los otros en la privacidad de sus palacios. La guerra acabó extendiéndose por toda Europa como si una chispa de fuego hubiera caído en un reguero de pólvora olvidado por el viento. Pronto condes, duques y generalísimos mayores de toda casta y condición, exasperados con la calma chicha reinante desde los tiempos de Carolus I El unificador, se enfrentaron en un numero determinado de 1.103 batallas con la excusa de defender no sé qué linaje cuando en realidad lo único que querían era probar de una vez el armamento bélico recién traído de las Américas centrales. La artillería no defraudó y la guerra terminó diseminando ambas familias por varios reinos, no sin antes dar comienzo a una nueva rama en el árbol familiar, la de los Rippeau-Deponfigny, a la que Mateos y Rouland pertenecían y en la que figuraban como primos lejanos. Perdido entre bosques y lagunas sin nombre, aquel reino anfibio no figuraba en ningún mapa de explorador conocido alguno, y aun así y con todo, a él conseguían llegar todo tipo de gentes diversas. Lo curioso era como nadie parecía sorprenderse de ver un sapo gordo, feo y gruñón, con diadema de orejas postizas y corona de oro de Watalpeluza, dirigiendo un país en medio de la nada. Más curioso aún era su decisión de quedarse a vivir bajo su mandato tiránico y de pataleta, a la orden de edictos y manifiestos absurdos, proclamados por un consejo semanal al que nadie escuchaba. Los que se marchaban por su parte, lo olvidaban todo nada mas cruzar la frontera. Tan sólo un tufillo molesto a charca emponzoñada y a estanque de rana verde siempre pegado a sus narices como si de un bigote se tratara, les traía recuerdos fugaces de una existencia previa en alguna parte. Un recuerdo extraño que nunca llegaba ni a irse ni a dibujarse del todo pero al que simplemente prestaban poca o ninguna atención. La vida en el palacio real y alrededores distaba mucho de ser europea. Los adelantos de los nuevos tiempos se abrían camino como podían a pesar del BATLF, el rigurosísimo Bureau de Aprobación Tecnológico-logística Funcional, en la calle del Amargo numero 13, reticente a aceptar todo aquello que no sonara a tradición romano-medieval. En plan de carreteras, tan sólo los carricoches públicos al modelo inglés (de dos pisos y en metal rojo como el de las casaderas), el sidecar con motoreta lateral regulada y los velocípedos de menos de 3 ruedas habían conseguido pasar la burocracia papelística impuesta por el comité. La iluminación era todavía a base de luz de gas afarolada y la construcción de casas seguía los cánones arquitectónicos descritos en un viejo libro sobre la Nueva Orleans de principios de siglo que gustaba al rey. El teléfono, a cable, y la radio, de frecuencia baja y a base de manivela rotante, que no eléctrica, cubrían por su parte lo correspondiente a la comunicación y el entretenimiento popular aunque las más de las veces funcionaban de mala manera y dejaban al que llamaba con la palabra en la boca y al oyente sin serial que comentar con los amigos en los bares. Por si fuera poco, todavía no se había encontrado un plan de cañerías compatible con el laberinto de túneles construido durante la época colonial oscura, y a base de agujeros fallidos y socavones traicioneros como el de la calle de la Traspiesa, la ciudad vivía en un constante, asfixiante y exasperante, estado de obras. Y sin agua corriente, claro.


Así llegó un buen día un mercader veneciano que andaba huyendo de la justicia por ciertos impuestos abandonados a la suerte de falsos pagarés. Trapichante ocasional de todo aquello que se presentara ante sus manos, llegó con el aire inocente del que habitúa la mentira como forma de vida y el calibrar en un instante cualquier posibilidad de enriquecerse rápida y vilmente a consta de la estupidez del vecino. Por aquel entonces la ciudad vivía consternada buscando un nombre para el rey sapo. Aquello se le había ocurrido tras una pataleta enorme cuando jugando al ajedrez con el maestro de damas, Mollier de Cavestany, decidió que hacía mucho tiempo que no oía mencionar su nombre de pila con acento francés y al preguntarle a la rana, también de origen galo como Rippeau y Depofigny, éste no supo que contestarle. En realidad, todo era una excusa para distraer al maestro de la estupenda paliza ajedrecística que le estaba dando y que desde hacía semanas traía al monarca por la calle de la amargura. El sapo era feo, gordo y gruñón pero también era listo y sabia mantener una partida de ajedrez más allá del peón blanco inicial. Su juego no obstante, carecía de paciencia y visión y por más que lo intentaba, no conseguía provocar un mal paso que resultara en el derroque de su oponente. Durante años el rey había oído todo tipo de halagos, marrullerías y lisonjas varias para referirse a su persona. Aunque algunas de ellas eran un tanto altisonantes y grandilocuentes para un sapo de orejas postizas y corona de oro ladeada a la moda continental, nadie se atrevía a utilizar otra forma de dirigírsele a riesgo de perder la cabeza. Tanto era así que ni él mismo se acordaba de su nombre pues no tenia por costumbre dirigirse a si mismo en términos tan familiares. Pronto la pataleta del rey alcanzó niveles épicos. Rouland de Rippeau no daba abasto recogiendo todo lo que caía al suelo. De inmediato, los correveidiles oficiales del reino, dirigidos como siempre por Beltrán Sapillo, fueron en busca del Registrador Oficial de Nacimientos y otros oficios, el señor Orlando Twinnings, conocido por todos como “el triste Orlando”, quien tenía por costumbre desaparecer de vez en cuando tras la barra de alguna tabernucha lúgubre y despistada donde ofrecieran wiski barato con el que ahogar las penas. Cartógrafo pitagórico convencido, el señor Twinnings no sólo era un maestro de la escuadra y el cartabón, fruto de sus viajes por los mares del Norte como cuadrante del Queen Victoria, sino que dominaba la caligrafía gótica castellar, una complicadísima grafía de base florida y redundante que se reservaba desde hacía años a todo legajo real de menos de dos páginas. Durante la gran Fiebre del Oro de Watalpeluza, aquejado de un imposible reumatismo crónico de caderas y espaldas, el viejo tejón había decidido abandonar de una vez por todas todo aquello que tuviera que ver con agua de mar salada e unirse a la contienda aurea como Registrador Oficial de Oros y otros Hallazgos. La gran Fiebre del Oro de Watalpeluza se desató a raíz de un mapa descarriado durante el traslado de la vieja biblioteca palatina a las nuevas dependencias del ayuntamiento de la ciudad, entre la calle de la Traspiesa y la Plazoleta del Buen Respiro. En realidad, el mapa no decía nada más que “Tesoro. Aquí” con una cruz roja diminuta señalando la base de una gran montaña pero puesto que en la biblioteca real no se guardaban más que añosos papiros relacionados con la zona, todo el mundo infirió que el mapa debía referirse a algún lugar de los alrededores. El reino del sapo era más bien plano, tirando a tipo meseta castellana, con un pequeño collado respingón en la zona norte que a duras penas podía considerarse montaña. Tiempo ha había vivido aquí un singular cangrejo ermitaño emigrado del Perú llamado Watalpeluza que cada Martes bajaba a la ciudad a comprar pan y orujo para el resto de la semana, daba las gracias con un leve movimiento de cabeza, pagaba


con una gorda y oronda moneda de oro y se volvía a su cuevita sin molestar a nadie. El silencio del cangrejo y el hecho de que nunca nadie supo nada de él, suscitó los resquemores del populacho que pronto corrió a inventar un millar de historias sobre su origen y el enorme tesoro que guardaba en su cueva. Aunque esta historia databa de los tiempos de Maricastaña y era mas falsa que falsa, todo el mundo estuvo de acuerdo en que aquel debía de ser el sitio donde descansaría el tesoro del mapa y así se desató una fiebre que se propagó hasta los últimos confines del reino en menos que canta un gallo. El crustáceo eremita, amante de la soledad, salió espantado con la oleada de aspirantes a rico que llegaban a puñados, pico y pala en mano, dispuestos a hacer de su refugio espiritual un queso gruyere de más de cien agujeros sin fondo. Aquella fiebre fue muy bien para la economía de la ciudad, sobre todo al principio, cuando la esperanza ciega en una cierta riqueza futura hacía solicitar con arrojo préstamos bancarios impagables y gastar con desmesura sin reparar en por menores. Unos decían que alguien había oído que le habían dicho que le habían contado que el primo de un tal Julián Pardo Sapo, de los de la primera oleada, había encontrado tanto oro que aburrido de cargar tanta saca afuera y adentro de la montaña, afuera y adentro de la montaña, se había marchado un buen día sin más, dejando suficiente oro como para durar otros dos lustros. Otros decían que alguien había oído que le habían dicho que le habían contado que un tío de la Rosaura, ayudante temporal de las modistillas de las Barsán durante época de carnaval, mientras descansaba durante la siesta, había dado una patada a una roca y allí encontrado una pepita de un color amarillo violento que seguro la hacía de oro y que seguro que como esa habría muchas más. Y no sólo eso, también habría de haber monedas y collares y anillos y cálices de pedrería preciosa pues el mapa lo dejaban bien claro: “Tesoro. Te-so-ro. Aquí.” Los niveles de población aumentaron de tal manera que incluso se formó un pequeño arrabal a los pies de la montaña con aceras y alumbrado propio y se creó un cargo oficial para regular todo lo encontrado. Pocos sabían de la reacción químico-física que se daba entre las arcillas de aquellas tierras, fruto de unos silicatos antediluvianos abandonados a su suerte tras la erupción de un volcán ya extinto y amenguado y que eran los verdaderos culpables del color aleonado violento conferido a todo aquello que lindara con ellos. Botas desacordonadas, estilográficas corroídas, picos despuntados, monedas abombachadas e incluso una coronita ladeada que de alguna manera llegó hasta la cabeza del rey, iban saliendo a la luz del día y deslumbrando a todos con su brillos áureos de prestado. Por desgracia, los que sí sabían de este timo de la naturaleza, pues eran profesionales y tenían buen ojo para estas cosas, andaban ya demasiado lejos como para acordarse de donde habían estado y advertir a los nuevos que llegaban o mucho menos al rey. Con el tiempo, Orlando Twinnings comprendió que su escribana labor como Registrador Oficial del reino no podía compararse con lo vivido por cualquier cuadrante de barco que se preciara, sobre todo cuando se hizo evidente que en Watalpeluza lo único digno de ser encontrado era un metal dorado que brillaba como el oro pero que no lo era. Para entonces el Queen Victoria quedaba ya muy lejos y el tejón inglés se sumió en una depresión alcohólica marítima que si bien lograba disimular en el habla y el aspecto, afectaba a su mano derecha con un tembleque furtivo y exasperante. Poco a poco, todas las letras de su alfabeto gótico castellar se fueron haciendo cada vez más floridas y despeinadas al tiempo que su fama crecía como autor de obras demodé (por lo ininteligible del texto) que curiosamente hacía furor entre las damas de la corte, tontas de remate.


El asunto no carecía de importancia puesto que cuando por fin se trajo a palacio la partida de nacimiento oficial del rey, traspapelada entre las hojas de un poemario amoroso procedente de la Biblioteca Regia Universitaria Gómez de Sapo, allí nadie podía leer nada de nada. El legajo fue encontrado casualmente por Martín de Lope, uno de los estudiantes bibliotecarios conocido por su hipocondría y su necesidad de pasarse las horas muertas entre sesudos tomos de medicina buscando el origen de todos sus males. Convencido de su partida inevitable hacia las orillas del Leteo, se llegaba cada mañana a su puesto de trabajo en elegante batín y pantuflas a juego en chinilla escarlata y ribete de seda, con el bigote bien engominado y el pastillero para aflicciones varias repleto y ordenado por colores pues no quería que la eternidad de la muerte le sorprendiese en un renuncio de incomodidad o desaliño. Aquel día sin embargo, había decidido echar un órdago al destino y abandonar por unos instantes su lucha contra la parca para encontrar unas palabras geniales con las que camelarse a la nueva ayudante en prácticas de la tercera planta. Ensimismado se hallaba leyendo una redondilla de tintes becquerianos que le venia que ni pintada cuando un pliego de unas doce hojas cosidas por el lomo cayó hasta sus pies marcando para siempre una de sus pantuflas favoritas. Al tomarlo, Martín se dio cuenta inmediatamente de estar en posesión de algún documento de tipo real y corrió a devolverlo al Departamento de Extraviados de la biblioteca pues como cualquier otro de los habitantes del reino no quería nada que ver con asunto alguno que pudiera ponerle en el ojo de mira de las iras del sapo. Comoquiera que aquella partida de nacimiento hubiese acabado entre redondillas amorosas de tintes becquerianos (probablemente a causa del descuidado traslado de la biblioteca palatina al ayuntamiento, que ya contaba para sí la gran fiebre del oro de Watalpeluza), el caso es que el legajo era prácticamente ininteligible a ojos de todos los presentes. Orlando Twinnings se presentó con tambaleo de pies etílico y mirada despistada. Hacía horas que arreglaba el mundo con su compañero de mona, el marido de la panadera, también aficionado a los encantos de Baco en sus horas libres que eran pocas. En realidad, para éste las noches empezaban cuando el alba despuntaba en el sueño de todos los demás, lo que le hacia el aliado perfecto de aquellos que como el triste Orlando se negaban a abandonar la barra de los bares buscando una excusa para quedarse un poquito más. A fin de cuentas cómo no acompañar al compañero panadero después de tan ardua jornada respirando polvo de harina y anudillando la masa en su bien merecido café de la mañana con gota de licor. Lo malo es que con la conversación y el desaire ante lo cruel del mundo y sus destinos, pronto la gota pasaba al plural, después se transformaba en chorro y finalmente acababa desbancando al café con toda impunidad para pasar a ser un vaso de vino tinto en toda regla. En este estado de embriaguez supina pues se encontraba el Registrador Oficial cuando le presentaron los papeles que escondían la clave del nombre del rey. Los tomó con solemnidad, como se toma la mano a una mujer hermosa, los desplegó de principio a fin cubriendo su tambaleante figura con un brazo arriba y otro abajo, abrió mucho los ojos buscando un enfoque que se le escapaba y cuando por fin se dispuso a abrir la boca para anunciar el nombre tan de todos esperado, cayó fulminado de espaldas cual árbol partido por rayo. La conmoción fue de estruendo. La rabieta del rey empezaba ya a darle palpitaciones arrítmicas y sofocos aspaventados mientras la coronita de oro de Watalpeluza se balanceaba peligrosamente sobre su cabeza. Fue así como el mercader veneciano


encontró a la corte después de haberse colado en palacio tras soltarle un camelo al guardia de turno sobre unas alfombras antiquísimas (y por tanto, ya casi invisibles) que debían de ser entregadas en rigurosa persona al monarca. Seguro de sus alimañas oratorias, llamó a la corte al silencio y pidió calma a todos al tiempo que extraía de su saca un sobrecillo blanco lacrado que rasgó al instante con una daga florentina de afilado acero. Explicó entonces que el sobre casualmente contenía una lista de nombres que un emir árabe le había entregado en uno de sus viajes tras curarle un terrible episodio de gota con unos elixires mágicos traídos del Japón. Tal era la gracia de su verborrea y los ademanes con los que acompañaba su discurso, que nadie se atrevió a discutirle o al menos preguntarle quién era y cómo había llegado allí. Más aún, no tuvieron la menor duda en considerar la propuesta del extraño cuando éste les anunció que estaba dispuesto a sacrificarse y a darles el más estupendo de los nombres en su lista a cambio de unas pocas monedas de oro con las que continuar sus andanzas. El mismo escribiría el nuevo nombre en otro sobre blanco lacrado de manera que tan sólo el rey podría abrirlo y mirarlo una vez que él estuviera muy lejos de allí pues a su bien entenderían que deshacerse de un nombre era poco menos como perder un hijo y tan solo la distancia podría apaciguar semejante dolor de alma y corazón. Mateos Deponfigny sugirió aceptar aquel cambio al momento. De sobra sabía que aquel trueque olía a chamusquina desde bien lejos pero no quería defraudar a todos y prolongar la pataleta real de manera innecesaria. El veneciano encantado se frotó las manos, tomo el dinero y salió escopetado de allí. Lo que no descubrió hasta mucho más tarde mientras daba con sus huesos en un calabozo lúgubre de la ciudad vecina, era que el pago, tan bien a sugerencia de Depongfigny, se había echo en monedas de oro de Watalpeluza y en realidad, no valían nada. Lo que nadie sabía ni supo jamás era lo que realmente estaba escrito en el sobre blanco lacrado del mercader. Allí, en una letra florida similar a la del triste Orlando, de moda en aquella época, rezaba la frase en la que el rey se vio reflejado y humillado: “Majestad, por mucho nombre nuevo que quiera usted buscarse, tan sólo hay uno que describa su ilustrísima figura al dedillo. Sapo”. Un día apareció en la Plazoleta del Buen Respiro un cineasta ruso de la nueva ola expresionista europea conduciendo un sidecar motorizado. Llevaba una gabardina gris de doble pechera abotonada hasta el cuello, enormes botas negras y una gorra plana aplastada hasta las cejas con gafas de aviador. A su lado, una pintoresca troupe de técnicos se afanaba manejando y colocando todo tipo de cachivaches a lo largo y ancho de la plaza mientras su ayudante les ladraba órdenes en un acento enmarañado a través de una bocina trompetera parecida a un megáfono pero mayor. Los habitantes del reino, acostumbrados a la radio de frecuencia baja y manivela rotante, que no eléctrica, no salían de su asombro ante semejante despliegue de adelantos tecnológicos. Los viejos del lugar, más impresionados aún si cabe por aquel lenguaje endemoniado tan distinto al suyo, corrían a persignarse ante lo que de seguro no podían ser más que invocaciones impías de diablo. Beltrán Sapillo había hablado durante días de la llegada de este extraño grupo de gentes. Su prima, Soledad Sapillo, formaba parte de aquella troupe desde los quince años, cuando se enamoró locamente de uno de los ayudantes de Iluminación, un gallardo lagarto de flequillo moreno al viento que chapurreaba un poco de castellano-manchego y se encargaba de pedir jarras de vino y cerveza para todos en la tasca donde ella trabajaba. A


la Soledad le pareció que aquel bicho de gracejo extranjero era lo más simpático que había visto nunca y puesto que a él también se le ponían los ojillos chiribitosos al mirarla, decidió liarse la manta a la cabeza, plantarle un beso en la frente y seguirle para siempre a donde quiera que él la llevara. Antes de marcharse, su padre le había pedido entre lágrimas que si había de irse al menos le hiciera un favor y buscara a su hermano, perdido desde la terrible guerra de los Enamorados. Allí le daba una foto, la única que conservaba de cuando la mili, toda arrugada y amarillenta, para que le sirviera de guía. Desde entonces Soledad Sapillo había ido preguntando de pueblo en pueblo fiel a su promesa. Era una vida dura, todo el tiempo moviéndose de aquí para allá, haciendo las veces de figurinista, de camarera, de costurera, de corista y consejera y en fin, de lo que fuera con tal de no alejarse de su amado y seguir buscando a su tío. Un día, tras cruzar unos cuantos mares y fronteras lejanas, recibió noticias de un reino olvidado por todos regido por un rey sapo feo, gordo y gruñón. Como fuera que la sangre heredada llamara a su sangre, el caso es que el corazón le dio vuelco y tuvo la certeza absoluta de que ese era el lugar donde encontraría a su tío perdido. Por suerte, en aquella época el cineasta ruso buscaba nuevos lugares donde ambientar su película, una distorsión de colores chillones en plano fijo de un sólo protagonista que terminaba volviéndose loco en medio de un ataque de luces y sonidos estridentes. Soledad usó sus encantos para convencer al guionista de que aquella historia no tenia ni pies ni cabeza y de que lo que realmente les haría triunfar sería un relato caballeresco de los de capa y espada, con hidalgo valiente y dama en apuros a la antigua usanza teatral. Al guionista le gustó mucho la idea porque en realidad, con eso del dichoso expresionismo experimental no tenía a penas ocasiones de demostrar lo increíblemente dotado que estaba con la pluma y la palabra. Tardó dos días en escribir la obra y una vez terminada, se las ingenió para convencer al director entre vasito y vasito, y botella y botella de vodka y tinto riojano del bueno para que la rodara. Así fue como llegaron aquel día a la plazoleta del Buen Respiro pues lo primero que necesitaban para rodar era un lugar remoto de tipo medieval donde aún no hubiese llegado la revolución industrial - los edificios de estilo Nueva Orleans de las calles adyacentes causaban ciertamente un problema pero nada que un buen decorado de cartón-piedra no pudiera disimular. Unas semanas antes de llegar, dentro ya de las fronteras del reino, Soledad había visto unos carteles pegados a unas puertas anunciando la boda del rey en una bonita letra gótica castellar. Su futura consorte era una rana gorda de aspecto vago y dormilón pero también de rasgos dulces y un cierto nosequé en la mirada que la rendían perfecta para el papel de princesa encerrada de la película. El rey por su parte, no hubiera tenido desperdicio alguno como protagonista del experimento vanguardista del ruso pero ese tema, a Dios gracias, estaba ya olvidado. Al preguntar por ella a un sapo distraído que paseaba por allí, éste le habló de la pataleta del rey, de la elección de la novia y de cómo la reina rana tras la boda, a fuerza de ser mandona, cotilla y charlatana había acabado sus días encerrada en lo alto del castillo del conde de Metepiés donde nadie sabía a ciencia cierta si aún estaba viva. Beltrán Sapillo, correveydile oficial del reino, podría darle más detalles de su paradero. Por suerte, éste solía parar los fines de semana en La pensión del pato mareado, no lejos de allí, por el camino del Norte, a unos tres días a caballo o dos en sidecar motorizado. Cuando Soledad se vio delante de su primo no cabía en sí de gozo. Le reconoció inmediatamente, incluso con las mejillas henchidas de tocar la trompeta y el meneillo


ritmoso de las caderas al son de su banda de música. Tenía los mismos ojos de su padre en la foto y esa gracia al bailar propia de los de descendencia española. Entonces se presentó ante él y le contó toda su historia de principio a fin. El sapillo la escuchaba boquiabierto y ligeramente abrumado por ser él por primera vez en su vida el presente de las nuevas buenas. Conversaron durante horas mientras la troupe rusa con su director a la cabeza ramplaban con todas las reservas de vino y morcilla de la casa. Tan distraídos estaban devorando tan gratas viandas, que no vieron como a la Soledad se le escapaba una lagrimilla de entre los ojos negros cuando supo que su tío había muerto hacía años por culpa de unas fiebres rojas venidas del extranjero que nadie supo como curar. Al menos su padre descansaría ahora tranquilo. Beltrán se marchó entonces con la promesa de conseguir los permisos necesarios del Bureau de Aprobación Tecnológico-logística Funcional para trabajar en el reino así como de indagar el paradero de la reina rana antes de que la troupe rusa llegara a la ciudad. Convencer a la BATF para que autorizada la llegada de los cineastas no fue particularmente difícil. Por algún motivo a los miembros del Bureau aquello del celuloide les parecía mucho más fácil de controlar que los seriales de la radio a manivela, cada vez más rebeldes y subversivos al dejar caer referencias de claro tono político revolucionario en medio de tramas amoroso-picarescas cuando en realidad no venían a cuento. Averiguar el paradero de la rana reina fue sin embargo cosa de otro cantar. Nadie iba nunca por la zona del castillo del Conde de Metepiés. Aquellas torres, decían, estaban malditas y hasta disponían de fantasma de los de cadena al cuello y sábana blanca arrastrada vagando entre los derrumbes de piedras y matando del susto a cualquiera que se le ocurriera pasar por el dintel de su puerta. Era el último de los condes, decían, merecedor de semejante penitencia por no rezarle una misa a San Luis Constructor, patrón de los edificios terminados, la mañana después de colocarle el último copete a la torre mayor del ala izquierda. En realidad, a San Luis Constructor lo de las misas a su persona le traía al pairo –él era más de velita y moneda en el cepillo para ayudar a los pobres necesitados y reparar de una vez el techo de la iglesia, que con tanta gota cayendo incesantemente sobre su nariz, ya empezaba a aparecerse a la efigie egipcia esa de los libros de historia y nadie volvería a rezarle si que quedaba chato porque un santo chato no es serio y señor, ya estaba bien de sufrimientos que para algo había muerto mártir en la otra vida y ahora le tocaba a él descansar un poco - pero sí había a alguien a quien, amante de su soledad, el pan y el orujo, le convenía sobremanera mantener aquella camelada bien viva entre las mentes asustadizas y supersticiosas de los del pueblo. Los que lo habían visto, así, como de refilón, con un ojo medio abierto y otro decididamente cerrado, decían que el fantasma se daba un cierto aire al cangrejo eremita que vivía en las faldas del Watalpeluza y que había salido espantado con lo de la fiebre del oro, pero poder, como poder, no podían asegurarlo pues, a fin de cuentas, un fantasma de sábana blanca arrastrada y cadena al cuello se parece, en principio, a todo el mundo. Cuando Beltrán Sapillo hizo fuerzas de flaqueza al adentrarse en el castillo abandonado, encontró sin embargo una mesa larga bien puesta, con mantelería de hilo fino de color perla, cubertería de plata y dos sillas de respaldo dorado a ambos lados. Sorprendido, se escondió tras una armadura y se dispuso a esperar un poco antes de alzar la voz y preguntar por la rana, pues era la hora de la comida y no quería molestar al fantasma mientras éste tuviera el estómago vacío. Al pronto llegaron dos comensales que bien poco tenían de espectro. Uno era la rana, un tanto más delgada y despierta (no mucho) pero


conservando intacto ese aire mandón y cotilla que le había mandado al calabozo. El otro era definitivamente el cangrejo eremita de Watalpeluza, aunque tampoco lo podía asegurar pues él era demasiado joven para recordarlo. Al verles así, tan de cuerpo presente, Beltrán Sapillo salió enfadado de su escondite y se plantó en medio de la sala dispuesto a defender el honor de su rey y de todos los tontos timados de su pueblo, incluyéndose él mismo, obligándoles a acompañarle y a explicar en público la verdad de su escondite y espectrales andanzas. El cangrejo simplemente se metió en su concha y no volvió a salir nunca más. La rana empero, aceptó en seguida con una sonrisa de oreja a oreja pues ya estaba harta de aquel castillo donde la habían despachado hacía tantos años y donde nadie había tenido la decencia de venir a rescatarla por muy bien que la hubiera tratado aquel marisco de buenos modales pero sordo como una tapia. Durante el camino, Beltrán Sapillo habría querido mantener su enfado pero le pesaba más la promesa que le había hecho a su prima y esa costumbre de tantos años como correveydile oficial del reino, así que al final terminó hablándole de la llegada del cine a la ciudad y de la posibilidad de convertirse en actriz de renombre a manos del director ruso. Que duda cabe que la rana se vio al minuto cubierta de plumas y pieles, con su nombre en letras grandes y modernas, adorada por todos y dando entrevistas a periódicos franceses diciendo Enchanté, enchanté. No tuvo que soñar mucho. Cuando el director ruso puso sus ojos cirílicos en aquella rana oronda de tierna mirada supo que había encontrado la musa que siempre había buscado, le dio un nuevo nombre de luces – Margarita Le Graissé- y la contrató al instante. El rodaje duró una semana. El rey sapo aunque feo, gordo y gruñón, también era amante del progreso en sus horas libres, y en seguida se presentó en la plaza para presenciar el espectáculo. A penas se acordaba de la reina rana recién estrenada como actriz de renombre. Ni se acordaba ni le importaba no acordarse. Tenía mal recuerdo de esos días de casado y le traía al fresco si su antigua consorte se paseaba luciendo palmito de la mano del galán de la película, una oca musculosa con bisoñé teñido de negro y medias de juglar. A fin de cuentas, aquel desposorio real tan acelerado y sin sentido había sido anulado por el consejo semanal una vez despachada la rana al castillo y en consecuencia, el rey seguía siendo tan soltero y casadero como el día en el que se proclamó ante todos oficialmente enamorado. Margarita Le Graissé en cambio, guardaba para sí un rencor de mil demonios y a veces, hasta se saltaba el guión para rematar sus entradillas con un hum! resentido dirigido al monarca mientras que éste se encogía de hombros como el que no sabe de que va la cosa. La troupe rusa, el director de gafas de aviador y su nueva musa se marcharon un buen día de la Plazoleta del Buen Respiro que a partir de entonces pasó a conocerse como la Plaza de los Cineantes. Se fueron por el camino del Norte en un tren de cachivaches, bultos y poleas varias, entre los vítores y clamores del pueblo que se lo había pasado en grande durante el rodaje de la película. La rana gorda viajaba encallada en el sidecar motorizado del director y tiraba rosas a sus fans mientras les prometía a gritos y entre lágrimas que volvería para hacer de aquella ciudad la sede mundial del estreno de su película. El destino sin embargo, es una cosa cruel y curiosa que actúa cuando menos se le espera y aunque aquella era la oportunidad perfecta para poner el reino del sapo de una vez por todas en los mapas de la época, tan pronto cruzaron la frontera, allí nadie recordaba ni de dónde venían ni dónde habían estado y mucho menos aún la promesa de su vuelta segura. De hecho, aquel fue el principio de una lamentable diáspora que resultó en el ruso recuperando el proyecto expresionista a santo de qué olvidado, el guionista probando suerte como poeta


romántico a domicilio, Soledad Sapillo y su novio iluminista abriendo una tienda de lámparas y Margarita Le Graissé, otra vez gorda y holgazana, de patas en el arcén de la carretera al no poder suportarla nadie por mandona, cotilla y charlatana. Al pasar los meses y ver que allí nadie regresaba, Mateos Deponfigny sugirió dar un baile de orquesta para levantar los ánimos alicaídos. La promesa de Margarita había calado hondo en la imaginación del populacho que ya se veía con las fondas ocupadas al cien por cien, las calles engalanadas con geranios rojos y margaritas blancas, el empedrado arreglado y sin agujeros traicioneros y las farolas funcionando con luz de la brillante aún en las noches más oscuras. Se veían rodeados de turistas, haciendo visitas guiadas al castillo encantado, vendiendo postalillas a las afueras de los puestos de periódicos, subiendo el precio del café mañanero y posando simpáticos para las fotos de los extranjeros mientras alguna mano se escapaba allí donde no debía. Se veían en definitiva, formando parte de un mundo que hasta ahora los tenía bien olvidados. La gorda sin embargo, no volvía y cada día que pasaba era un borrado más en el dibujo de sus sueños. La Pequeña Orquestrilla de Sol y Samba nació tras la barra de la Pensión del Pato Mareado, cuando cuatro ranas de largas piernuchas y dedos acucharados descubrieron la pasión que compartían por la música salsera y los arreglos de jazz del cubano Dante Machado. Conocían de estos avances gracias a la radio eléctrica de estraperlo que se escuchaba los sábados por la noche en la clandestinidad de los bajos de la casa, previo pago de dos monedas de oro del de verdad. Su dueño, no otro que Beltrán Sapillo, se las había ingeniado para ir con el posadero al cincuenta por ciento cuando éste le descubrió bailando como loco en su habitación la noche que le trajeron la radio del extranjero. En realidad, la radio no venía de fuera. Hacía ya mucho tiempo que los estudiantes de la universidad se las habían apañado para descifrar las instrucciones de construcción de una radio en un manual de electrónica chino que también había encontrado el lugar erróneo en una estantería tras el famoso traslado de la biblioteca palatina al ayuntamiento. Los estudiantes, involucrados en política revolucionaria como tocaba por aquellos tiempos, no tenían el más mínimo interés en programas musicales vanos sino que se pasaban las horas intentando sintonizar alguna cadena que les diera una pista sobre como derrocar al batracio que les gobernaba. Para empezar necesitaban más fondos para la causa por lo que se pusieron a construir radios eléctricas a tutiplén y a venderlas de contrabando como si vinieran de fuera uno, para despistar al personal y dos, para poder aumentar el precio por los impuestos de aduana. Beltrán, enterado de todo por su oficio de correveydile, pidió hacerse con una de aquellas maravillas pues los seriales de los de la de manivela le aburrían sobremanera, en especial las tardes de domingo cuando no había nada por lo que correr o decir. La banda constaba de un trompeta, un batería, el encargado de los solos de clarinete y un bajo-guitarrista a doble mano. Practicaban todos los fines de semana con la esperanza de presentarse alguna vez al Concurso Internacional de Jóvenes Jazzistas pero hasta que su música no fuera autorizada por la BATF, se veían obligados a tocar en la clandestinidad del Pato Mareado los sábados por la noche. Durante las actuaciones oficiales, se trajeaban con chaqueta a rayas rojas y verdes con sombrerito de paja a juego y tocaban una música pelmazo ideal para investiduras, proclamaciones de edictos en el ayuntamiento, bodas y bautizos. Para los funerales, perdían el gorro de paja, se daban la vuelta a la chaqueta y se colgaban un lacito negro en la solapa. Para la Canícula, el Festival del Inicio del Verano,


recuperaban el sombrero y cambiaban la chaqueta por camisa de lino blanco más fresca. En realidad, las cuatro ranas soñaban con vestir de esmoquin negro, pajarita de lazo corto y zapatos de charol brillante a todas horas pero aquel día estaba aún por venir. Quizá aquella fiesta con orquesta sugerida por Deponfigny podría ser la ocasión perfecta para revelarse al pueblo, o más bien al rey y a la BAFT, porque casi todos sabían de sus incursiones musicales nocturnas y se morían por menear oficialmente el esqueleto. El rey sapo por su parte, era un bailarín pésimo – las orejas postizas le fastidiaban el equilibrio - y además no le gustaba eso de organizar festejos que no tuvieran que ver con él mismo. Fue por eso que cuando llegó a la Placita de La Calesa decorada con Damas de noche y farolillos de colores, casi le dio un soponcio al contemplar aquel espectáculo de catarsis musical al que todos, miembros de la BAFT incluidos, se habían entregado siguiendo las órdenes de cuatro ranas vestidas de esmoquin negro. Su primer impulso fue el de soltar una pataleta y acabar con aquello inmediatamente, pero hasta su Recogedor Oficial estaba demasiado ocupado chasqueando los dedos y moviendo las caderas como para poder él tirar algo sin aumentar la jaqueca que aquella música descompasada y aumentada por sus orejas ya le estaba dando, así que dio media vuelta y se marchó a disfrutar de la soledad quieta del palacio. El rey se sentó en su trono y se miró las canillas rechonchas, verdosas y amarronadas balancear arriba y abajo, arriba y abajo. Llevaba ya así algún tiempo, sin saber muy bien qué hacer cuando de pronto se quedó prendado de un ruido delicioso que, por fin a la distancia justa, regalaba sus orejas con algo que hacía mucho tiempo no habían experimentado. Música. Era un solo de trompeta que Beltrán Sapillo había compuesto pensando en su prima Soledad de la que se había enamorado secretamente. Era una canción dulce y sentida que hablaba con nostalgia de ojos negros y caderas de mujer, de noches estrelladas y aguas con reflejo de luna llena donde ahogar el amor no correspondido, perfecta para la parte lenta y agarrada del baile ahora que estaban ya todos cansados y totalmente embriagados por el olor de las damas de noche. La música se coló entre los dedos de sapo del rey, viajó por todo su cuerpo y se instaló en sus entrañas panzudas hasta sumirle en una melancolía incurable que duró años. Añoraba una vida que no estaba seguro haber vivido, un calor en el rostro que nunca había sentido. Recordaba una época donde vivía feliz y sin preocupaciones, lejos de edictos y manifiestos, carruajes reales, guerras de enamorados, minas sin oro de verdad y bodas con actrices gordas de segunda. No comía ni bebía y no había nada que su Sugeridor Oficial pudiera ofrecerle para salir de aquel estado. Ni siquiera la inminente revolución de los estudiantes parecía importarle. Un día lo dejó todo y se plantó ante los bordes del reino. Se quitó la corona ladeada y las orejas postizas. Estiró las ancas y se sintió desnudo. Dio un salto adelante y cruzó la frontera. Al segundo, le ahogó el olvido. Sabía a agua de charca y roca enmusgada. El sapo entonces cerró los ojos y por primera vez en mucho tiempo, sonrió.

Fin


Susana Sánchez González Manchester, 29 de Febrero de 2012, Año bisiesto

Cuentos de Charca: La historia del rey sapo  

Un cuento que alguien un dia me conto