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Aniversario


Diez años juntos. Acercándose el aniversario, acordaron que sería una buena idea festejar con un viaje. Ambos amaban la aventura. Pasaron las siguientes semanas planeando una ascensión al cerro más alto de América, del que se habían enamorado al verlo en una revista de montañismo. Cuando todo estuvo listo, empacaron su equipo en las mochilas y tomaron el avión, dispuestos a vivir otra de las viejas correrías a las que estaban acostumbrados. Esperaban desembarcar en un mundo salvaje y atemporal, pero en cambio encontraron una gran urbe que pretendía parecerse sin éxito a una ciudad europea. Esta desilusión duró poco. Fuera de sus límites fueron tomando contacto con los auténticos habitantes de los Andes: gente ruda acostumbrada a un clima hostil, un trabajo exigente y vastas extensiones desiertas que acentuaban su soledad. Este entorno adverso contrastaba ampliamente con su amabilidad. En


los días que fueron acercándose al cerro que los esperaba, conocieron a varias de estas cutidas personas, a quienes la montaña les había enseñado tanto la introversión como la hospitalidad. Por fin llegaron al punto donde perderían contacto con la civilización durante unas semanas. Un mágico lugar con un puente de piedra roja sobre el río encajonado. Oyeron con atención antiguas leyendas de cómo los Dioses habían edificado ese puente para completar el camino que conducía a los Incas al sur de su imperio. Comenzaron la travesía de acercamiento. A mitad de camino se desviaron para visitar la famosa pared Sur del cerro. Habían visto innumerables fotos de esta pared, pero al enfrentarse a ella quedaron abrumados por su belleza. La inmensa mole de roca ascendía violentamente, adornada por inmensos glaciares, hasta perderse en el velo de fina nieve que el viento desprendía de la cumbre. A su pie se alzaba un campamento base con algunas carpas. Encontraron a sus ocupantes silenciosos y reflexivos, como en una oración. Tal era el respeto que inspiraba la venerada pared.


Ellos, sin notarlo, habían adoptado la misma actitud. Pasaron más de una hora ante el titán al que creían conocer tan bien y, sin embargo, acababan de descubrir. Luego desanduvieron sus pasos y retomaron el sendero que conducía a la ruta normal. Llegaron a otro campamento, éste más animado que el anterior. Estaban acercándose al final de la temporada. El frío se hacía más intenso y hacía varios días había empezado a nevar. Mientras esperaban que mejoraran las condiciones del clima, aprovecharon para hacer algunas excursiones de aclimatación a cerros cercanos. El día que decidieron iniciar la ascensión amaneció despejado, aunque muy frío y algo ventoso. Siguieron la tenue huella casi borrada por la nieve. Avanzaban a paso lento pero continuo. Al final de la tarde llegaron a un campamento intermedio con un precario refugio. No eran los mismos jóvenes que cuando se iniciaron en el montañismo; sentían el peso del cansancio y el duro golpe que asesta la altura. Pero se repusieron rápidamente y sin demora empezaron a derretir nieve para hidratarse y luego comer algo.


Pasaron una noche intranquila. El viento soplaba afuera del refugio y apenas pudieron dormir. A pesar de todo, por la mañana se despertaron de buen ánimo y dispuestos a atacar la cumbre. El cielo seguía despejado, el viento había amainado y un techo de nubes bajo ellos había borrado al resto del mundo. El deslumbrante paisaje les infundía fuerzas para seguir caminando. Llegaron a un punto en el que veían extenderse delante de ellos un largo filo. En una de sus caras transcurría el sendero por el que avanzaban dificultosamente, habiendo ya superado los 6.500 metros. La otra cara caía en picada abrupta. Era la pared Sur del cerro, que ya los había encantado días antes cuando la vieron desde su base. Revisaron el altímetro y verificaron que la cumbre debía de estar cerca. A la mitad del recorrido, él propuso asomarse al abismo. Subieron hasta quedar parados encima del filo y enfrentados al vacío. Ya habían sido conmovidos por sus 3.000 metros de caída vertical, pero vista desde esta nueva perspectiva, la pared Sur se mostraba todavía mucho más amenazadora.


Él notó un estremecimiento en su compañera de cordada, y vio que retrocedía dos pasos. Inmediatamente pensó: -¡Cobarde! Como siempre, el miedo no te deja disfrutar lo que tienes delante. El mismo miedo que te ha impedido llegar a ser alguien en la vida.Ella se colocó detrás de él, clavó los grampones en la nieve y lo empujó. Se asomó para verlo en caída libre hasta empezar a rebotar en las primeras rocas. Continuó la ascensión, hizo cumbre y bajó para reportar el accidente.


Aniversario