Issuu on Google+

El segundo final


A través de los amplios ventanales, el gobernante contempla el escenario apocalíptico que lo rodea. El humo asciende entre los derruidos edificios, y nada queda ya de los jardines que rodeaban su palacio. Sabe que allí afuera se trama su muerte. La gente que conspira contra él presiente que todo está perdido. Ellos, que en poco tiempo lo ejecutarán, no pretenden encabezar revolución. Ya es muy tarde para eso. Sólo buscan con su ciega venganza saciar la impotencia de no poder torcer el horrible destino que les espera. Hace mucho ya que su refugio ha dejado de ser seguro. Sus guardias lo han abandonado, junto con los ministros y el resto de su séquito. No pasará mucho tiempo hasta que la inexorable horda irrumpa en su habitación. Mientras espera ese fatal momento, reflexiona acerca de las causas que desataron el desastre global.


Concluye que el origen de la ruina de fue la descontrolada superpoblación, que no pudo ser frenada por culpa de antiguos prejuicios y supersticiones sin fundamentos. La ciencia, que pudo prever el problema, no fue capaz de convencer al resto de la gente de su gravedad. Es difícil saber en qué momento todo quedó fuera de control. Hasta hace muy poco, no parecían haber señales de que nada anduviera mal. Pero subestimó el contraintuitivo significado de la matemática. Nunca imaginó la velocidad de lo que sus expertos llamaban crecimiento exponencial. La situación hizo agua rápidamente, y antes de que pudiera hacer nada, el planeta estaba desbordado. Pero ya es muy tarde para lamentarse. El cataclismo ha sido desatado. Ahora comprende que ha venido gestándose durante décadas, y tanto él como sus predecesores le han restado importancia, a pesar de las advertencias desesperadas de los especialistas. No teme a la muerte, que llegaría bajo el espantoso signo del hambre si no estuviese a punto de ser lapidado por la multitud que ya sube por las amplias escaleras.


Sale al balc贸n. Mira el cielo. Entre las estrellas brilla la ya muerta tierra.


El segundo final