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S A I C I T O N

Su carácter afable y cordial, cercano y ameno le granjeó el cariño y el aprecio de todos con quienes se relacionaba y vivía. Su responsabilidad ante los trabajos que se le encomendaban le valió la confianza y el aprecio de los misioneros dominicos, quienes lo elegían como prior o superior de las distintas comunidades y misiones por las que pasó. De igual manera sucedió en las tareas y cargos diferentes, fuera como párroco, director del colegio Santa Cruz, de Radio Madre de Dios, de la Ressop, así como profesor en el Instituto Pedagógico, en el Colegio Santa Rosa, en el Colegio Billingurst, y de manera especial en el Seminario S. Juan Mª Vianney, de quien fue su primer Rector y en donde, su preparación y conocimientos teológicos, le permitía abordar diversas materias. Era estudioso, buen dominico en este sentido, nunca dejó de formarse y estar al día en las materias que daba, ir a su habitación era siempre encontrarle con un libro leyendo. El asesoramiento espiritual de seminaristas y sacerdotes ha sido igualmente una característica sobresaliente en él. Con una paciencia increíble recibía y escuchaba, aconsejaba e iluminaba las dudas y preocupaciones de tantos. De igual manera ocurría con personas de todo tipo, con matrimonios y familias enteras que lo tenían como confidente y consejero. El acompañamiento y visitas a las comunidades campesinas para celebrar las distintas liturgias, le hicieron uno de los pilares en la conformación de las comunidades cristianas campesinas, junto al P. Hermógenes y P. Rufino. Sus salidas al campo los fines de semana le inyectaban nuevos bríos que nos hacía compartir a su regreso. Su debilidad mayor eran las comunidades nativas y su relación con los hermanos nativos era de absoluta confianza. Cuando ellos aparecían por San Jacinto a quien buscaban era al P. Valentín, y él los recibía amable, generoso, los conocía a todos por sus nombres, les preguntaba por sus familiares, les solventaba sus necesidades, ayudaba para la operación necesaria, las medicinas, los viajes. P. Valentín era su padre, su amigo, su protector, su confidente. Para quienes vivimos con él siempre podremos recordar su vida metódica como religioso, día a día a las 6,30 de la mañana acudía a la capilla para el rezo de laudes y la misa comunitaria. A la una de la tarde, y muchas veces solo, acudía de nuevo a la capilla para el rezo de la hora intermedia. Y a las ocho de la noche esperaba paciente la presencia de los otros frailes para el rezo de vísperas y

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176 2009  

Boletín Misioneros Dominicos, 176 (2009)

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