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LA MIRADA POÉTICA

En un sentido general y cualesquiera sean los puntos de partida, los temas y los procedimientos, puede afirmarse que lo que apasiona casi obsesivamente a los artistas de hoy y la esencia más honda de su creación, es responder con los medios a su alcance, con su propia verdad, a los interrogantes capitales, y tender a la integración última y viviente del ser humano con el medio, aunque a veces para ello sientan infidelidad hacia la ley y el espíritu del tiempo histórico que les toca vivir. Existe, no obstante, preocupación por el perfeccionamiento técnico de su instrumental, por la renovación y afinamiento de las estructuras artísticas y de los medios expresivos. La Poesía Visual aparece como respuesta estilizada e integradora, capaz de subvertir el orden sin descuidar el espíritu pujante e innovador del artista, que acepta como material y materia de su arte absolutamente todo lo que existe a su alcance, desde la pintura clásica hasta la tecnología virtual. Como bien observó Michel Foucault, la Poesía Visual cumple una triple función: aumentar el alfabeto, repetir algo sin la ayuda de la retórica y atrapar las cosas dentro de un doble cifrado. Es ésta una trampa perfecta que no podrían lograr por sí solos ni el vocablo ni el gesto visual. Pero ante todo, la Poesía Visual debe ser arte, como ya lo supo expresar hace más de cien años William Morris (el poeta, pintor, escritor de utopías y diseñador de libros) cuando dijo: “no hay arte sin resistencia en los materiales.” Es que en nuestra prisa por atrapar el significado de un poema o de un cuadro, muchas veces no prestamos atención a la composición en sí misma, a la que tratamos como si fuera transparente. La Poesía Visual – por encima de todo – nos dirige la atención a su composición y a sus materiales.


Isabel Jover – casi sin proponérselo – nos obliga a detenernos en la utilización que hace de sus materiales y en el profundo significado y sentimiento que les imprime. La autora llega a la Poesía Visual a través de un extenso recorrido personal como pintora, que la lleva desde su Barcelona natal hasta la China, pasando por los Países Bajos, Italia o Centro-Europa. Con cada espacio que habita, aumenta su crecimiento personal y artístico así como la necesidad de comunicación con el espectador de su obra. La Poesía Visual es el instrumento ideal y la solución que encuentra para lograr este acercamiento, de forma que siente que no sólo transmite sino que comparte con el espectador su afán creativo y su sentir. Isabel Jover juega con su pintura y sus palabras, sin embargo no es éste un juego frívolo, sino un experimento serio mediante el cual busca re-estructurar la visión básica heredada con un discurso más significativo y con unas formas más imaginativas. En la obra de la artista catalana recurren los pentagramas y los relojes, la música y el tiempo; en una palabra: su obra se sustenta en el ritmo. Siente la necesidad de representar la vida a su alrededor y en ella – desde el aletear de un pájaro hasta el latido de nuestro corazón – percibe ritmo. Por supuesto también hay ritmo en el lenguaje y en la poesía. La poesía y la música son dos de sus grandes inspiradores; así sus obras pueden surgir de poemas de San Juan de la Cruz o de Fray Luis de León como la serie que cuenta con La música callada, La noche sosegada o El aire se serena y estar inspiradas en Mozart o en Bach, dos de sus más queridos compositores. Las lenguas de Isabel son variopintas. Utiliza sus dos idiomas maternos: el catalán y el castellano sin descartar el inglés,


italiano, alemán, o latín. Sin embargo abundan también en su obra otros tipos de lenguajes explícitos como el de la química, el de las matemáticas o el de la música, y los implícitos que se traducen en imágenes poéticas y colores sugerentes. Si las primeras décadas del siglo XX le dieron a Catalunya sus primeros poetas visuales, entre los que se contaron Josep María Junoy o Joan Salvat-Papasseit – aunque era aquélla una Poesía Visual que se apoyaba más en la palabra que en la imagen – la Catalunya de estas primeras décadas del siglo XXI nos ha parido a Isabel Jover, con una pintura poético-visual que se percibe más que se lee y que se nos aparece impregnada de elementos tan sugerentemente dispares como la literatura religiosa o la gramática y la fonética. En una de sus obras que tituló “1x1” y donde nos presenta una puerta cerrada rodeada por los puntos cardinales: O(este) N(orte) E(ste) no sólo nos obliga a leerlo como one – uno en inglés – sino que nos invita a adivinar la S(ur) o mejor aún a crearla, y al imaginar esta S estamos haciendo aparecer el plural de ONE y creando ONES, lo que probablemente hará que pasemos del 1(uno) al 2 (dos), palabra que en inglés se escribe “two” pero se pronuncia como “too” (también). Así nuestra participación en su creación también será un 2. It will be a two too. Esta obra de Isabel Jover – como casi todas las suyas – nos zambulle en una espiral de dimensiones que se auto-contienen y que van más allá de un simple poema visual. Desde las matemáticas a la semántica o la fonética, la Poesía Visual de Isabel Jover nos ofrece puertas cerradas para que las abramos por nosotros mismos, es decir, por sobre todas las cosas nos contagia de creación. Como contestando al protagonista de la Rayuela de Cortázar, que desea una raza que se exprese “por el dibujo, la danza, el macramé, o una mímica abstracta”, Isabel Jover no duda en


lanzarnos imágenes que nos invitan a ver más allá y a intentar entendernos nosotros también mediante los mismos códigos. Muchas de sus obras, como por ejemplo Fragancia, nos impulsan a completarlas por nosotros mismos: como esos dibujos que proponen los psicólogos de la Gestalt, ciertas líneas inducirán al observador a trazar imaginativamente las que cerraban la figura. Pero a veces las líneas ausentes eran las más importantes, las únicas que realmente contaban. (Rayuela, p. 454) El collage tampoco le es ajeno a Isabel, técnica que una vez más se reviste de originalidad, pues sus conjuntos aparecen como auto-referenciales, estando muchas veces compuestos por retazos de otras obras de la autora, de las cuales sustrae alguna imagen para que al integrarla en la nueva composición crezca y, al fundirse en la nueva obra, cobre un significado nuevo y más profundo. Éste es el caso, por ejemplo, de “Punto de Vista” o de “Silent Music.” Si Patricia Waugh y Roland Barthes acuñaron el término Metaficción y ahondaron en la importancia de la literatura autoreferencial en las letras modernas, Isabel Jover nos presenta en su obra lo que llamaríamos Meta-poesía-visual, ya que la suya es una Poesía Visual que nos hace reflexionar sobre la obra misma, y no me estoy refiriendo sólo a la que estamos viendo en ese preciso instante, sino también a otra que le precedió o a la que intuimos nos será pronto revelada, o tal vez a la propia creación artística y sus infinitas posibilidades. La obra poético-visual de Isabel Jover no ha hecho más que levantar el vuelo y ya se codea con ángeles y con planetas y lunas, que conforman un universo tan particular como universal, que puede ser aprehendido por todo aquél que sepa vibrar con lo que tan sólo se sugiere, o emocionarse con una tonalidad que despida un perfume.


La mayor originalidad, no obstante, en la obra de la artista, es la forma de combinar su exquisita sensibilidad de pintora con una inmensa voluntad para sintonizar con su entorno y con su tiempo, dando como resultado el equilibrio justo entre artista y poeta, entre tradici贸n e innovaci贸n.

Myriam Mercader


Imaginarium, Isabel Jover.  

Pinturas poéticas de Isabel Jover.

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