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CLUB DE LECTURA DE NOVEL.LA - 1 BIBLIOTECA DEL CASINO DE MANRESA

Enrico De Luca, més conegut com a Erri De Luca (Nàpols, 20 de maig de 1950) és un escriptor i traductor italià. Fou batejat Erri en honor del seu avi nord-americà, de nom Henry. Amb divuit anys (el 1968) es va traslladar a Roma, on es va unir al moviment polític Lotta Continua -un grup autònom d'extrema esquerra. Després tingué llocs de treball molt diferents, tant a Itàlia com a l'estranger: entre altres com a conductor de camions, treballador de la construcció o de la fàbrica d'automòbils Fiat. Més tard, l'any 1999, durant la guerra als territoris de l' ex - Iugoslàvia, tornà a fer de conductor, en aquest cas encarregant-se de combois d'ajuda humanitària. Com a escriptor va publicar el seu primer llibre el 1989, quan ja tenia 39 anys: "Non ora, non qui", on narra la seva infantesa al Nàpols de postguerra, un espai al qual retornarà en diverses obres posteriors. A partir de 1993, les seves obres comencen a traduir- se i obté premis literaris com el "France Culture" per al llibre "Aceto, arcobaleno," el Premio Laure Bataillon per "Tre Cavalli" o el Femina Etranger per "Montedidio". El seu primer llibre traduït al català, en versió de Joan Francesc Mira, fou "Pedres de volcà", l'any 1993. És un escriptor prolífic: fins ara ha publicat més de 60 obres, entre narracions, poesia, assajos i obres de teatre. El crític literari del "Corriere della Sera", Giorgio De Rienzo, considerà, l'any 2009, Erri de Luca com 'l'escriptor del decenni i destacà la profunditat de les seves narracions, contingudes sempre en "llibres prims”. Com a autodidacta, va estudiar diversos idiomes, entre ells l'hebreu antic, i ha traduït alguns textos de la Bíblia, intentant ser fidel a l'original.


Erri De Luca és també reporter de diversos periòdics: "La Repubblica", "Il Corriere Della Sera", "Il Manifesto", "L'Avvenire". A més de comentarista de temes d'actualitat, escriu sobre muntanyisme i escalada, esports que practica. El 2002 va escalar una paret de 8b de nivell, a la Grotta dell'Arenauta di Sperlonga. I el 2005 va fer una expedició a l'Himàlaia, amb Nives Meroi, que narra en el llibre "Sulla traccia di Nives". L'any 2011 protagonitzà, al costat de l'actriu Isa Danieli, el curtmetratge "Di là dal vetro", dirigit per Andrea di Bari. Un diàleg nocturn entre un home i la seva mare, morta fa anys, en el qual s'entrellacen la guerra, pors, lluita política, records familiars i reflexions sobre la mort.

Entrevista:Erri de Luca | EXPERIENCIA Y LITERATURA

"Escribía sólo para mí. Por eso no consigo ver la escritura como un trabajo" Usted nació y creció en el Nápoles de la posguerra. Viví en Nápoles hasta los 18 años. Nápoles tenía la mortalidad infantil más elevada de Europa y los niños eran provisionales, sólo empezaban a ser tenidos en consideración cuando se ganaban la supervivencia. Empezaban a trabajar muy pronto, a los cinco o seis años, y entonces eran ya vistos como personas. Cada vez que moría un niño, las campanas de las iglesias tocaban a fiesta, porque, decían, un ángel había sido llamado al cielo. Yo era un niño privilegiado en mi barrio, Montedidio. Yo podía ir al colegio porque mi familia era de clase media. Eso me procuraba un poco de incomodidad. Usted, además, era medio americano. Nápoles era base de la Sexta Flota de Estados Unidos y, por tanto, era el mayor burdel del Mediterráneo. Los americanos mandaban sobre una ciudad rendida. Y yo, cuanto más crecía, más me parecía físicamente a ellos. Me llamo Harry, como mi tío, el hermano de mi padre. Eran hijos de una americana que llegó a Italia a principios del siglo XX y se casó con un napolitano. Teníamos nombres como Harry o Willy. Nuestros nombres eran americanos, distintos. ¿Eso era un problema? Ése era el principio de una exclusión. Al fin decidí excluirme del todo y a los 18 años me fui de casa, de la familia, hacia Roma. E italianicé mi nombre. ["Harry", en boca de un italiano, no suena como "Jarri", sino como "Erri"] El Nápoles que yo recuerdo ya no existe, la mortalidad infantil es baja, los americanos se han ido y los peones camineros son inmigrantes. ¿Se siente napolitano? Yo soy de aquel lugar, pero no me siento hijo de aquel lugar, sino extraído de él. Aquella ciudad, para mí, no es madre, sino causa. Pero toda mi educación sentimental se desarrolló ahí. Y por educación sentimental entiendo la fundación de los sentimientos principales: la vergüenza, la cólera. ¿Sus ideas políticas proceden también de Nápoles? Digamos que allí recibí los primeros golpes. Fue en 1967, en mi primera manifestación. Los de la cabecera, expertos en esas cosas, se dispersaron cuando cargó la policía, y yo, que no sabía, me encontré en medio de la refriega. Fue el acto inaugural. Luego seguí manifestándome por Italia y por otros países hasta 1980, cuando terminó mi participación en la izquierda revolucionaria. En otoño de 1980 trabajaba en la Fiat, como obrero especializado, con tornos y fresas a mi cargo. La dirección decidió despedir a 24.000 obreros de Mirafiori, la factoría más grande de Europa. Yo estaba


entre ellos y ésa fue mi última batalla: permanecimos 40 días ante las puertas de la Fiat, en un empeño de resistencia destinado a conseguir que a la empresa le salieran caros los despidos. Al final, nos dispersó la policía, y ahí acabó todo. ¿Cómo fue a parar a Fiat? Porque mis opciones laborales eran bastante limitadas. Carecía de estudios universitarios e incluso de título de bachillerato, porque abandoné el Liceo Francés antes de terminarlo. Por otra parte, yo había sido militante, y jefe del servicio de orden, de una organización revolucionaria llamada Lotta Continua, disuelta en 1976. Los obreros eran mi gente y parecía más lógico trabajar en una obra que como vendedor. Y al cabo de un tiempo uno se encuentra con que sólo puede hacer lo que sabe hacer, albañilería y metalurgia, en mi caso. Uno se convierte en obrero por necesidad, no por vocación. Los únicos vocacionales fueron los curas-obreros de los años sesenta y setenta, que necesitaban ganarse el derecho de palabra en aquellos ambientes para evangelizar el mundo del trabajo. Los demás éramos todos forzosos. Usted escribía ya. Siempre me ha acompañado la escritura, desde pequeño. El hecho de escribir antes o después de la jornada laboral me daba una satisfacción diaria: una parte de mis energías me la quedaba para mí, no la vendía. ¿Escribía en secreto? Sólo para mí. Escribía tranquilamente mis historias, las reescribía... Por eso no consigo ver la escritura como un trabajo: era todo lo contrario, la parte de cada día que salvaba para mí. ¿En qué momento descubrió la Biblia? Mi trabajo era bastante embrutecedor y quería estudiar algo que complementara la escritura. Empecé a leer la Biblia y me gustó aquella colección de historias porque no buscaban la complicidad del lector, eran remotas, no venían hacia mí, exigían que yo me desplazara hacia ellas. Después de 1980, cuando dejé la Fiat y la izquierda revolucionaria y volví a la albañilería, se creó como un vacío a mi alrededor. Había perdido mi comunidad, sólo quedaba el trabajo. Por otro lado, había aprendido latín y griego en la escuela y no me asustaba enfrentarme con una nueva lengua. Conseguí una gramática de hebreo antiguo y aprendí. Cada mañana me levantaba antes que mis compañeros para pasar un rato con la Biblia y el hebreo antiguo, y eso me salvaba. Tengo una deuda de gratitud muy grande con esa lengua. Es una deuda física, no espiritual. Y mantiene ese rito del hebreo. Sí, siempre, todas las mañanas, al levantarme. A veces traduzco, otras me limito a leer. Pero no cree en Dios. Soy no creyente. Me enfrento cotidianamente a esas páginas, convivo con esos nombres, pero permanezco fuera. Algún día podrían cambiar las cosas, aunque lo dudo, porque llevo ya muchos ejerciendo cada día de no creyente. ¿Y el alpinismo? ¿De dónde sale su afición a la montaña? Sale de la infancia. Mi padre hizo la guerra con la infantería alpina, y mi tío Harry era tuberculoso y pasó largas temporadas en un sanatorio de montaña. Ambos relacionaban las cumbres con la salud y de niño me enviaban con frecuencia a pasar vacaciones en la montaña. Después de dejar la Fiat, en los ochenta, mi salario de albañil no daba para mucho, y comprobé que lo más económico era la acampada en el monte. Empecé a aprender a escalar, y eso se convirtió en mi pasatiempo físico.


Tenía usted treintaytantos años y nunca había publicado nada. ¿Cómo se convirtió en escritor para alguien más que usted mismo? Ocurrió por casualidad. En 1989 me encontraba en Milán, convocado por el juez en el proceso Calabresi [el juicio por el homicidio del comisario de policía Luigi Calabresi, por el que fueron condenados varios miembros de Lotta Continua] y hospedado en casa de una amiga, que como yo había pertenecido a Lotta Continua. Esa amiga acababa de conseguir un empleo de secretaria en la editorial Feltrinelli. Vio que escribía con frecuencia en un cuaderno. Un día, durante una de las sesiones del juicio, fotocopió el cuaderno y entregó las copias a uno de sus jefes. Me propusieron comprarme el texto para editarlo como libro y dije que sí. No se me ocurrió pensar que de pronto me había convertido en escritor. Mi primera obra, Non ora, non qui, se publicó en 1989 (Aquí no, ahora no, traducido al castellano por Akal en 2000). Y seguí trabajando como albañil o en empleos ocasionales hasta 1996, cuando comprobé que los libritos y los artículos para la prensa me proporcionaban unos ingresos estables y suficientes. ¿Por qué decidió escribir un libro como Montedidio, tan relacionado con su infancia? Mis historias proceden de recuerdos repentinos. Tiendo a olvidarlo todo, y cuando me brota algo de la memoria me apetece hacerlo durar. La mejor manera de que dure es escribir, lo cual me permite estar, por un tiempo, en compañía de ciertos personajes. Montedidio surgió del recuerdo de una azotea. El muchacho, el protagonista, no soy yo; el material autobiográfico está todo en el barrio. Hay elementos talmúdicos en ese relato, y la estructura parece relacionada con la literatura hasídica. Uno de los personajes, Rafaniello, es judío y habla yídish, esa lengua suprimida de Europa hace medio siglo, que hablaban once millones de personas y ahora sólo habla algún especialista universitario. Quise acercarme a esa lengua y aprenderla. ¿También el yídish? En 1993 fui a Varsovia, con ocasión del cincuentenario de la sublevación del gueto. Era un lugar que conocía bien, por los mapas y los libros, sin haberlo visto nunca. Sabía que tras la destrucción había sido reconstruido con fidelidad al original. Y paseando por el gueto vi a Marek Edelman [cabecilla de la sublevación de los judíos del gueto contra los nazis], uno de los dos héroes de mi infancia. El otro era el Che Guevara. Bien, pues ahí estaba Edelman, subido a una silla, hablando ante una pequeña multitud, y yo no entendía nada. Podía leerlo, porque el yídish utiliza el alfabeto hebreo, pero sin entender. Me avergoncé. La vergüenza suele ser el sentimiento más eficaz para mí, porque me obliga a reaccionar, a sacudirme la pereza. Me puse a estudiarlo y lo aprendí con rapidez, es una lengua altoalemana con intrusiones eslavas que me entró muy fácilmente. Y con el yídish se me abrió una biblioteca de obras no traducidas, en la que he pescado abundantemente. Rafaniello es una figura de la literatura yídish metida en un ambiente napolitano. Hay muchas similitudes entre el judío del gueto y el napolitano: ambos gesticulan, porque viven en un espacio reducido, aglomerado, con gran confusión alrededor, y necesitan "empujar" con gestos las palabras. Ambos aman el teatro y los instrumentos de cuerda. Ambos exageran. Ambos son supersticiosos y gozan de intimidad con los fantasmas. ¿Mantiene alguna actividad política? No, la comunidad a la que pertenecí se disolvió, y para mí la política era solamente una emanación de aquella comunidad. Hoy la política es una rama menor de la economía y estoy al margen. Voy a manifestaciones, pero por vicio.


¿No sirven para nada las manifestaciones? Sirven como educación para la juventud, para que los chicos sepan que son numerosos, que no están solos. Para que se conozcan a sí mismos y entre sí, fuera de sus ambientes cerrados habituales. Pero no sirven para cambiar el mundo, ni para evitar guerras. Pueden utilizarse para dejar claro que ciertas cosas ocurren sin nuestro consentimiento, como la guerra de Irak, y ésa es una buena medida de higiene personal. ¿Qué está leyendo estos días? Escritura sacra, literatura clásica en yídish y en ruso, un ensayo sobre el mesianismo místico judío, el Omeros de Derek Walcott, poesía... De vez en cuando encuentro una obra recién publicada que me hace feliz, pero eso ocurre pocas veces. Un par al año. ¿Cómo localiza ese par de libros felices? Desde que soy escritor, los editores me envían libros. Es como un pago en especie. Si trabajara en una viña quizá recibiría vino. Pero recibo libros. Y entre los tantos que terminan varados en mi casa, hay alguno que olfateo, es cuestión de nariz más que de ojos, y viene conmigo. Uno de esos descubrimientos fue El lápiz del carpintero, de Manuel Rivas. FONT : http://elpais.com/diario/2004/07/03/babelia/1088811550_850215.html

Una adolescencia perpleja Francisco Solano 3 JUL 2004 Siempre es de agradecer que la cantidad de metros cúbicos de aire que infla una novela, según expresión de Manganelli, se reduzca a lo indispensable. Las novelas de Erri de Luca son tan concisas, y están escritas con una economía expresiva tan austera, que el lector no puede, ni debe, renunciar a ninguna línea. Este tipo de prosa es más bien raro; lo general es un estilo envolvente, nuboso, con mucho vapor y poco peso. En la narrativa de Erri de Luca el estilo tiene la solidez de la materia grávida, y cada novela surge de un apremio muy apegado a la experiencia. Tanto, que se ha convertido en lugar común calificar su obra de autobiográfica. Sus novelas, en efecto, producen la desusada convicción de haber sido antes vividas que escritas, y él mismo, indirectamente, ha fomentado esta acepción: "Me da vergüenza inventar. Tal vez por falta de imaginación, pero, sobre todo, porque me parece un abuso de confianza". No es común encontrar declaraciones así. Un escritor que no se exhibe parece hoy más bien una anomalía. En España, Erri de Luca, por fortuna, no es ningún desconocido. Montedidio es la quinta novela que se publica en castellano. Con la excepción de Tú, mío (El Aleph, 2000), que catapultó su nombre fuera de Italia, las restantes han sido publicadas, con tanta discreción como perseverancia, por la editorial Akal: Aquí no, ahora no (2000), Adelfa, arco iris (2001) y Tres caballos (2002). La brevedad de cada una de estas novelas, nunca reñida con la intensidad, hace imposible decidir cuál es más apropiada para iniciarse en una literatura donde la potencia lírica destella como un cuchillo que hurga en la experiencia, en la propia o en la ajena, para hacerla presente. La primera novela de Erri de Luca, Aquí no, ahora no, era el relato de una infancia dramática en Nápoles, donde el pasado se recordaba "con visos de plenitud, por una necesidad de pertenencia". En Montedidio vuelve a esos escenarios, a un barrio


napolitano de aglomeración y bullicio para contar, sirviéndose de la voz aún sin formar de un muchacho de trece años, las experiencias primordiales: el trabajo en una carpintería, el aprendizaje del amor, la muerte de la madre. A este acceso vital se superpone la iniciación en la realidad histórica, encarnada en un zapatero, jorobado y judío, sobreviviente del Holocausto, que le transmite las magias de la generosidad, el fervor por las palabras y el prodigio de llevar en la joroba unas alas plegadas. Realismo y fantasía se conjugan aquí en una misma necesidad material. El chico ha descubierto que, cuando escribe, "el sonido del lápiz sobre el papel resume el bullicio del día". Montedidio es un barrio de callejones, con una agitación constante; todos los vecinos se conocen, y "uno se puede pasar el día saludando e irse a la cama cansado sólo de eso". Sus anotaciones en un rollo de bobina reflejan el estupor de ingresar en la vida y el temor de ser un adulto, como su padre, agraviado de dolores. "En la primavera aún era un niño y ahora estoy en medio de cosas serias que ni siquiera entiendo". La novela transcurre en la época en que "los rusos han mandado a un perro en un cohete, y los americanos han mandado a un mono". Estamos en una época de miseria en que un niño debe traer una paga a casa. El chico tiene un bumerán -regalo de su padreque no puede arrojar al aire -en el barrio no hay espacio para hacerlo volar-, pero se ejercita imaginariamente en su lanzamiento, mientras sus palabras en el papel atrapan los espíritus "que se mueven a sus anchas" en los viejos edificios. El barrio, en la mirada del muchacho, es un lugar encantado. Escrita mediante breves estampas, sin apenas adjetivos, y con un tono poético que mezcla la veracidad neorrealista con la atmósfera judía de los cuadros de Chagal, Montedidio es la reconstrucción de una infancia humilde, dolorosa, pero también asombrada. Sus personajes parecen sacados de la imaginería popular; en cierto modo son figuras de la memoria común. Nada en esta novela es nuevo, pero el modo en que está contada, sin un soplo de sentimentalidad, recupera para el lector el encantamiento de la adolescencia, no como una evocación nostálgica, sino como una presencia. FONT : http://elpais.com/diario/2004/07/03/babelia/1088811553_850215.html

A la Biblioteca del Casino de Manresa hi trobareu :       

El Crim del soldat / traducció d'Albert Pejó. Alzira : Bromera, 2013 In nome della madre. Milano : Feltrinelli, 2006 Montedidio. Milano : Feltrinelli, 2007 Montedidio / traducció d'Anna Casassas. Barcelona : La Magrana, 2002 Els Peixos no tanquen els ulls / traducció d'Anna Casassas. Alzira : Bromera, 2012 Tres cavalls / traducció de Pau Vidal. Barcelona : Empúries, 2001 Tu, meu / traducció de Jordi Gàlvez. Barcelona : Empúries, 2000

ERRI DE LUCA. MONTEDIDIO . Març 2014

Fitxa: Erri de Luca. Montedidio  

Fitxa del Club de lectura de novel·la del Dimecres. "Montedidio" d'Erri de Luca. Març 2014

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