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A mi primera nieta, InÊs Hurtado Alves, que ya es todo el siglo XXI. Nacida el 20 de septiembre de 2000. Con la esperanza de que sea semanasantera tobarreùa‌ como vengo escribiendo y deseando desde el inicio de los tiempos.

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POR SI SE ME OLVIDA... Estas palabras están escritas al final, cuando ya no me queda ni una sóla línea que modificar ni una nueva idea que aportar... aquí, en lo que fue la idea primigenia de los Cuadernos. (Prueba evidente es que entre este autoprologarme y los Cuadernos en sí, me ha nacido Memoria e Historia en la Semana Santa de Tobarra y un par o tres de artículos para las publicaciones semanasanteras tobarreñas. Luego, hay en mi un definitivo y decidido continuará...). Por supuesto, estas palabras también están escritas por mí, después de haber leído, releído y contraleído a los amigos –todos semanasanteros cabalesque me han hecho el inmenso honor de acompañarme como prologuistas particulares a lo largo del texto. A todos ellos, ya, aquí, mi gratitud personal. No tenían obligación alguna de “mojarse” opinando en un tema tan “complicado y divergente”, como es la Semana Santa... y lo han hecho por mi. Pero... Estas palabras en concreto –y sólo éstas- están escritas desde el dolor. Dolor de escritor... que no de semanasantero. Y es que, al final, parece que vayan saliéndose con la suya los que nos consideran “corrico aparte” a todos aquellos “que escribimos sobre la Semana Santa”. Pero, ¿sólo somos eso? Tan es así, que si yo no fuese –además- un empecinado practicón semanasantero, dejaría ahora mismo de escribir sobre la misma. ¡Menudo complejo de teórico/teorizante podría entrarme! Digo todo esto, por el poquísimo interés que parece despertar lo semanasantero escrito. Empezando por el borrador de estos Cuadernos. Pero concluyendo... ¡me atrevo a decirlo...! por Capuz, la Revista, et alii. A ver, ¡que levante la mano quien se las lea de pitón a rabo todos los años! Leído todo, todito, todo... (Otra cosa es ver las fotos). La Semana Santa... 

N.del A. Cuando escribo esto –noviembre 2004– acabo de recibir una carta de la Asociación de Cofradías en la que me hablan de Usted, firma un Comité de Redacción de la Revista y me dicen que “eso es un rollo” y no me publicarán los dos tercios que faltan (Me publicaron 1/3 en 2004). 5


...es para vivirla. (O eso se piensa, se dice... y se vive). La Semana Santa es... ...para que no te la cuenten. ...Etc Eso es lo que se dice... ¡y se hace! Por lo visto, la Semana Santa no es para leerla... ni para opinarla. Por mas que algunos nos empeñemos en añadirle perdurabilidad, carácter, condición y magnificencia mediante la sociología, la historia y, sobre todo, la etnografía y la literatura, disciplinas humanísticas que requieren una ontología de escritura y transcripción. ¡Y digo eso públicamente antes de abrir el libro y ofrecerlo a un grupo muy reducido de lectores! Aviso gorra, al que le dé... ¿Y por qué lo digo? Porque necesito “desahogarme”, aunque sea en plan “chivateo” y contar el tremendo esfuerzo que me ha supuesto (por activa; por pasiva; por vendedor; por pesao; con amenazas, con premios...) el tener todos los PRÓLOGOS de los Capítulos “a tiempo y en mi mano”. Ya se que no es lógico ser equitativo. Alguno puede decir: -

“Hombre, no seas injusto conmigo; yo tardé... nada... en darte el mío...”

¡Y es verdad! Pero, ¡que paguen justos por pecadores! ¡La Tobarra “prologuista” en el mismo saco! La verdad es esa: Interesa vivir, practicar la Semana Santa. Leer sobre Semana Santa, bastante menos. Escribir sobre ella... apenas, casi nada... nada. Pero he de considerarlo normal. - “Después del esfuerzo de... no querrás que aún me queden ganas da...”. Sí, en la Semana Santa nos esforzamos todos. Tanto, que he llegado a la conclusión –solemne en la idea y en el decirla- de que la Semana Santa de Tobarra es el denodado esfuerzo de una comunidad anónima –que me atrevo a calificar de común, trivial, por autopresentarse diferente al mundo mediante la 6


elaboración de una metasustantividad temporal con caracteres de prodigio y sorpresa, aún en su reiteración anual. Esta es, solemnemente, mi observación de este momento. Caben muchas más. Ideas y desenlaces. Seguro. Pero es que ni aún haciéndolo cum amore espero no hacer nunca un análisis definitivo, ab institucione, de la Semana Santa tobarreña. Si algún día tuviese que poner un punto y final (un a modo de conclusión definitiva) sería porque todos nos habríamos muerto un poco. Modestia, aparte. Y en la eternidad, no nos engañemos, nunca llegará el Miércoles Santo. Por otro lado, me dicen algunos amigos, armados de cariño y halagos ¿también de esperanza?: - “¡Ay, el día que dejes de pensar en la Semana Santa...!”. Y uno, claro, se lo cree. Y continúa –sin esfuerzo alguno- pensando en ella todos los días. Lo demuestro. ¿Por qué no “inventamos algo” para que todas las Hermandades tengan sus cinco minutos de particular gloria en la Semana Santa? ¿Por qué sólo “sacan pecho” Nuestro Padre Jesús o La Virgen o El Sepulcro o La Caída o El Prendimiento o...? En 2003 –gracias sean dadas- se ha conseguido que La Cruz de la Toalla sea “la reina” del Lunes con La Procesión del Recuerdo. Una más. Pero El Moniquí, El Ecce Homo, El Señor de la Sangre, La Verónica, San Juan... sólo hacen que acompañar el protagonismo de los demás. Pongamos algunos ejemplos: -

El Señor de la Sangre podría ser protagonista de un Descendimiento entre Bendición y Entierro, con un Auto Sacramental representado en la Plaza. (Me comprometo a escribir el guión).

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La Verónica (¡lo habré pedido veces!) podría “esperar” a La Caída después de LA BAJADA y hacer alguna ceremonia con El Lienzo.

-

El Señor de la Caña y El Moniquí podrían protagonizar un Auto Sacramental ruano (facilísimo de escribir) el Jueves por la mañana.

-

Etc.

¡Que nadie se sorprenda ni, menos, se escandalice! Quedan muchas horas libres: Martes Santo completo, Miércoles y Jueves por la mañana, Sábado

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completo, etc. En Sevilla, por ejemplo, hay Semana Santa por la mañana y por la tarde, de Domingo a Domingo, ambos inclusive. ¡Y no se cansan! Creo estar demostrando que aún cabe “inventar” mucha Semana Santa tobarreña. Espero estar ratificando que soy un semanasantero integral, total...y que esa es mi misión de escritor. Como ha sido la de mis prologuistas, raudos o lentos, breves o extensos, sencillos o abigarrados, fáciles o esforzados. A todos ellos –otra vez- mi gratitud. He querido que me arropen... pero también que sean co-protagonistas. Podría haber escrito 200 capítulos para que me hubiesen amparado 200 prologuistas. ¡Ni más ni menos que 200 semanasanteros amigos! Pero, no. Eso lo dejo para un punto y seguido que escribiremos entre todos con “Los 104 nombres de la Semana Santa en el siglo XX”. En eso, opinaremos todos. ¿Protagonismo? ¿Quién se escandaliza? En las Fiestas de San Roque de 2003, la noche de las Carrozas, tomando una cerveza en el Bar Naim II (Bizca l’Espanyol!) se me acercó un hombre ya maduro (mi hermanico Pedrín y mi primo Use fueron testigos) que me dijo: - “¿Me conoces? ¡Eres un orgulloso de mierda! Nunca has escrito ni una sóla palabra sobre mi... que soy un tamborilero cojonudo. Podrías haberte fijado!”. ¡Lo siento! ¡Vaya ahora mi palabra por él! Y por todos los que gustarían de verse en mis escritos. Bueno, aunque sin nombre ni apellidos, que todos nos veamos reflejados en estos Cuadernos. Tobarra somos todos. Y en la Semana Santa, más. No obstante he titulado este libro Cuadernos autoetnográficos semanasanteros. ¡Ahí va! ¿Qué quiero esto decir? Que he cometido la chulería ¡porque se puede!– de escribir mi propia etnografía. Como no iba a ir –uno por uno- preguntando a cada agarráor, a cada tamborilero, a cada nazareno... ...¿Y tú que piensas de...? Me he puesto en el pellejo de cada uno. Empatía pura. De ahí, antropología. ¡Atié usté...! ¡Pos no es ná...! ¡Tó eso! 8


Algún día, con tiempo, conocimientos y pachorra, escribiré la etnografía de todos. ¡Que me la blinque la máma! No espero que se me entienda mucho, pero –como siempre- habré puesto mi cultura al servicio de –algunos de– mi pueblo. Es lo lógico y lo justo. Los demás, ¿pá qué? Aún hay un último punto que quisiera tratar... y que confieso haberme sorprendido en mi propio opinar. Lo dicen un par o tres de amiguetes/prologuistas. Nunca hubiera podido imaginarme en pesimista. Pero, por lo que escriben, en algunos puntos muy concretos se me escapa un adarme de pesimismo hacia ciertos aspectos del futuro semanasantero. Puesto que a quienes dicen, los admiro, los quiero, los respeto... y, sobre todo, los considero semanasanteros ejemplares, me veo obligado a aceptarlo. No le quito hierro... pero lo justifico. ¡Ojalá haya hecho “venta negativa”! He sido larguísimos años –modestia aparte- ejemplo teórico y práctico en técnicas de motivación de vendedores. He dicho a algún vendedor “miá qu’eres malo” convencido de que podía ser bueno; de que mi afirmación “le iba a picar” e iba a hacer por mejorar. Esa y no otra era la intención. Eso sí: De quien nada opina, nadie discrepa. Finalmente, optimista o pesimista, acertado o errado, este es el primer escrito de más de doscientas páginas sobre nuestra enamorada Semana Santa. Y vamos a esperar a que alguien escriba otras seiscientas páginas sobre el mismo tema. Y otros, otro tanto. Y alguno más... Como en tantas otras veces: ¡Qe cunda el ejemplo! No me gustaría morirme sin haber leído, releído y contraleído otras opiniones, otras voces, otras ideas con la misma amplitud que estos Cuadernos. ¡Aunque sean para discrear! Será la mejor señal de que la Semana Santa goza de esa buena salud que yo le deseo por los siglos de los siglos. ¡Y que así lo vean mis nietos, bisnietos, tataranietos, choznos y los choznos de sus choznos! Amén. 9


P.S: Este libro se ha escrito a lo largo de varios años. Y, por supuesto, a intermitencias. En algún momento he respetado la fecha en que escribía. En otros, he intentado parecer intemporal. Espero que se acepte y se comprenda que la ortodoxia metodológica hubiera sido, aquí, un auténtico e imposible lujo.

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Toda la facilidad de mi larga vida de escritor semanasantero, radica en que puedo arracimar dulcemente a mi madre, “manola” en El Calvario, el Viernes Santo de 1.950 (hay fotografías), con mi hija María del Mar en el año 2.000, tocando el tambor allí, mientras mi hijo Íñigo agarra en la Virgen hasta la Ermita. Es decir, toda la segunda mitad del siglo XX. En medio yo, niño procesionero desde siempre y después hombre tamborilero y agarráor, agarráor y tamborilero, con toda la Semana Santa como unción, tradición, eslabón y perdurabilidad. Desde 1965, con el apoyo y la devoción de mi esposa, manisera, p e ro desde el primer momento, semanasantera y risqueña. En medio, también, la más que aceptada duda de si mis bisnietos serán tamborileros, agarráores, espectadores o nada semanasanteros. En cualquier momento, además, todas las utopías de mis letras. Al final, la convicción de que la Semana Santa de Tobarra es más fuerte que el nombre y los apellidos. Mi padre, Paco Hurtado, (tobarreño de fría e inteligente observación) no pudo ser –por su poliomielitis aguda- tamborilero ni agarráor. Pero fue un magnífico y decidido espectador semanasantero. Mi madre, Pepita Ríos, risqueña no nacida en Tobarra, h iz o semanasanteros a sus hijos en cuantico que supimos andar. ¡Dios los bendiga! Por todo ello, me planteo como hermosa realidad la dicotomía entre lo heredado/vivido/gozado y lo estudiado/escrito/transmitido. Y en ello me dedico.

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¿Y LA PRECLARA REALIDAD DE MI SEMANASANTERA ESPOSA, CON SUS CASI CUARENTA SEMANAS SANTAS PARTICIPADAS POR GUSTO Y POR AMOR, QUE NO POR CUNA? ¿POR QUÉ NO DECÍRSELO AL PRINCIPIO DEL LIBRO? ¡ES DE JUSTICIA HACERLO! Y SE LO DIGO.

Querida Anamaría: Tengo, desde hace muchos años, la triste convicción de que soy yo lo que menos te gusta de Tobarra. Y, a lo peor, hasta tienes razón para pensarlo y, en el colmo de mi desdicha, así decirlo. Tobarra es para ti -¡Toma expresión tobarreña!- como el gorrino, del que aprovechamos todo. Pero, sin duda, la Semana Santa es, como el pernil, lo mejor. Déjame que te lo recuerde, aunque sea una cosa que no perdonas nunca que te digamos. Tú, Anamaría, como no has nacido en Tobarra y viste tu primera Semana Santa ya con 20 años cumplidos, eres espectadora, feliz y serena, de cuanto en Tobarra pasa. De su Semana Santa, muy especialmente. Y eso que en la primera que viviste –absolutamente elegante y participada desde fuera- el ruido del tambor te resultó especialmente mortificante. Lo resolviste felizmente colgándote uno al año siguiente. Y hasta ahora. Has participado siempre y en todo. Y así lo has ido enseñando a nuestros hijos, no nacidos en Tobarra. Y nos han salido semanasanteros cabales. Y has empezado a enseñarlo a nuestra nieta Inés. Han pasado casi 40 años. Se dice pronto. Has vivido todos los Viernes Santos en El Calvario o en mi nostalgia, cuando, muchos años atrás, alguno lo pasábamos en el extranjero: New York, Londres, Río de Janeiro, El Cairo… Yo, pendiente de ti, del reloj y de la hora de la Bendición. Pero desde 1978, todos en Tobarra. Y has sido testigo y partícipe de cómo, cuánto y de qué manera los tobarreños hemos ido mejorando nuestra Semana Santa. Todos. Todos. Desde los románticos como yo (que hemos dedicado miles de horas de nuestra vida a plasmar cosas concretas para la Historia: Museo del

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Tambor, origen del tambor, acercamiento a nuestros hermanicos hijaranos, etc., o bien a estudiar, a investigar, a escribirla) hasta los que –ignorantes, mediocres, envidiosos- critican casi todo lo que se haga... sólo por el simple hecho de que otros lo hacen y no lo hacen ellos… normalmente, porque no sabrían hacerlo. ¡Ni más ni menos! No importa: Cada cual “hace” Semana Santa como sabe, como puede, como quiere. Y hay que respetarlo. Porque, en el fondo, todos pretendemos “hacer” más importante a Tobarra; que su Semana Santa tenga un lugar de honor en los caminos de España. Porque lo que está claro es que hasta el más clamoroso de los pasivos o de los estúpidos se siente orgullosísimo de ella. Por eso hay que aceptarlos. Y se aceptan. También forman parte de la Historia y de la Sociología semanasanteras. Hoy, Anamaría, pregonas la jactancia de tocar el tambor en Tobarra. Y de que nuestra hija María del Mar lo toque contigo. Y te llena de total satisfacción cuando nuestro hijo Íñigo va en la punta del palo del anda de La Guapa el Viernes o el Domingo para entrarla en la Plaza. Déjame que me lo crea: También te gusta que éste, tu viejo tobarreño, aún haya tenido ganas y orgullo para BAJAR el Paso Gordo el Jueves Santo del 2002, precisamente en el Cincuentenario de La Bajada. Y en el 2003. Y en 2004. ¿Y en…? ¿Ya no más? ¡Tengo 62 años...! Y ahora, ya, también puedes contar públicamente que la primera foto que hiciste a nuestra primera nieta (Inés) conmigo en brazos, fuese en sus primeros días de vida y dulcemente embozada, precisamente con túnica tamborilera, pañuelo y cordón. Fuera de España, como ya está dicho. Dolorosamente dicho. Por todo ello, por haberte dejado conquistar por mi pueblo, por el coraje semanasantero con que lo vives, tienes que estar presente en el inicio de estos Cuadernos Semanasanteros, que serán amplios ¿y exhaustivos? pero que no serán mi ópera magna porque si no, sólo me quedaría cortarme la coleta o cortarme las venas. Y no me apetece ninguna de las dos cosas. Pero, también, porque representas nada menos que a los forasteros que viven la Semana Santa como el que más… ¡o más que el que más!

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Espero, eso sí, que sigas ayudándome, para que este loco risqueño, en el fondo, aún no haya empezado a escribir sobre la Semana Santa de Tobarra. Porque esa locura tobarreña –una más- también me es posible. Como siempre, a mayor Gloria de Tobarra, claro.

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PRÓLOGO DE JESÚS GARCÍA MARTÍNEZ Quiero comenzar por algo visceral, importándome un bledo que esto se parezca o no a un prólogo. Echaré por delante una explicación, cuasi excusa, aunque, a estas alturas de nuestra vida, no sea necesaria. Cuando me diste a leer el primer borrador de tus “Cuadernos Semanasanteros” te hice un comentario sobre lo que, a mi juicio, constituían excesos y omisiones. Creía que era todo lo que tenía que recibir. Pero, cuando me llegó la segunda y definitiva entrega, comprendí rápidamente que la verdad era que yo tenía una información incompleta de tu proyecto, no que tu hubieses hecho una visión parcial de nuestra Semana Santa. Me alegro de haberme equivocado, aunque haya sido temporalmente. El cronista, aunque visceral, tremendamente visceral (¡cómo no serlo!) ha de ser también imparcial y debe medir con el mismo rasero a todos los participantes en este drama universal que es nuestra Semana Santa. (Universal para los tobarreños, que hemos hecho de ella nuestro mundo). Ahora, leída al completo esa docena larga de Cuadernos afirmo que nadie que yo vea ha sido ignorado, ni nadie por omisión, puede sentirse ofendido. Digo que todos los actores de esta obra son tratados con idéntico cariño y rigor histórico. Con la misma imparcialidad tratas al que da el “do de pecho” bajo el palo que al que “hace la gata”; al que va a los oficios como al quemaCristos; al devoto como al soplaina. Repito: me alegro. Así, si tuviera el honor de pregonar por segunda vez la Semana Santa de nuestra Tobarra, no tendría que incluirte en aquel grupo de miopes que sólo ven la cultura o el folclore en el todo completísimo de nuestra Celebración Mayor. Bueno: ya está bien de alabanzas; si no, esto se va a parecer de verdad a un prólogo, cosa que, a estas horas, no está en mis cálculos hacerte, así que me limitaré a tener contigo algunas reflexiones que me apetece hacer. Cuando terminé de leer “todo”, la primera sensación que casi se me escapó en voz alta fue: - “¡Coño! ¡Qué difícil lo van a tener algunos que yo me sé para escribir algo más sobre Semana Santa!”. Recordarás nuestras conversaciones de hace 25 años, cuando yo intervenía en la elaboración de nuestras Revistas y cómo se excusaban algunos cuando les pedía un trabajillo para publicar: - “¡Ay, Jesús! –me decían- ¡está todo tan tocado...! ¡Están tan manidos los temas de Semana Santa! Bendición, tambores... ¿Qué vas a decir que ya no esté dicho?”. Se me ocurren unos cuantos motes que ponerte a partir de la publicación de los Cuadernos. (Ya sabes lo proclives que somos los tobarreños a poner motes). 4


Ahora podré llamarte “Azote” de los faltos de tema”; “Martillo” de capitidisminuidos semanasanteros; “Espolique” de los pobres de espíritu tobarreño”; “Acicate” de los cortos de imaginación”; “Machacador” de los que perdieron la memoria por los caminos de la estulticia”; etc, etc. Para consuelo e inspiración de toda esta avifauna de escritores fracasados antes de escribir, hago aquí donación gratuita (”a mayor gloria de Tobarra”, yo también) de unos cuantos títulos (temas al fin y al cabo) para que puedan escribir sobre nuestra Semana Santa, sin buscar pretextos: -

“El año que llovió Viernes Santo”.

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“El tocador de los tambores de los muertos”.

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“El día que la Magdalena madrugó para comprar perfumes”.

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“En la esquina te espero, Verónica”.

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“Desdichas de un Socio diestro al que dieron “pica de zurdo”.

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“El año en que Sixto no pudo arrancar el puñal a la Virgen”.

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“El orgullo de mi primer cardenal al hombro”.

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“Aliagas, oliveras y otras plantas semanasanteras”.

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“Juan Barunda o la liga antitabaco en la Hermandad de San Juan”

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“Acróstico para el Judío de la Guita”.

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“Los tomillos del Calvario, especie protegida”.

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Etc.

Bien: creo que no hace falta que elevemos esta lista a nivel de desafío para llevarla a los cien títulos ¿verdad? Quede ahí, pues, a los efectos indicadores más arriba. Y para ti, para que no te pongas “chulico” porque te diga que has hecho una aproximación bastante completa a nuestra Semana Santa, para ti, conocedor de datos, desenterrador inmisericorde de anécdotas, investigador “ténue” de vivencias, para ti, una pregunta/obsequio/desafío: - “¿Sabías que hubo un paisano nuestro, allá por los sombríos cincuenta, que se iba “de putas a cá la Mora” el Viernes Santo por la mañana para demostrar –según se decía- su ateísmo?”. ¿No lo sabías, verdad? Pues ahí tienes tema: 5


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“Perfil psicológico de un semanasantero algo raro”.

Espero haber conseguido que “esto” no se parezca a un prólogo y que tu lo publiques como tal.

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JESUCRISTO Jesús, Jesucristo, hijo de María, nieto de Joaquín y Ana, antes de David, antes de Abraham, antes de Isaac, antes de Jacob, antes de Judá... Jesús, Jesucristo, hijo de José, hijo de Elí, hijo de Matat, hijo de Leví, hijo de Melquí, hijo de Jana… Nacido en Belém de Judea (en días del Rey Herodes) situada a 8 km. al Sur de Jerusalém. Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. Nuevo Testamento. San Mateo, capítulos 26, 27 y 28. San Marcos, capítulos 15 y 16. San Lucas, capítulos 22 y 23. San Juan, capítulos 18, 19 y 20. Monte de los Olivos, Getsemaní, Caídas, Gólgota… Lugares de Jerusalém, hoy Estado de Israel. Allí estuve (como turista, como puro observador, no como peregrino) y viví la mayor desilusión de mi ya muy larga vida de viajero. ¡Cuánto sarcasmo! ¡Cuánta mentira histórica! Para empezar, los Santos Lugares, son –in situ- un “invento” de Santa Helena, madre de Constantino El Grande, Emperador de Bizancio… siglos después de la Muerte de Cristo. Algo así, como: -

“Aquí debió ser…”.

-

“Probablemente esto fue…”.

Y quien no se lo crea, ¡que viaje! Tobarra recuerda activamente este hecho histórico incontrovertible, ocurrido en el año 33 de Nuestra Era. Y lo conmemora mediante una fiesta, que se llama Semana Santa, que se celebra a veces a finales de marzo, pero casi siempre a lo largo del mes de abril. Esta fiesta ha sido declarada “De interés Turístico Regional” por el Gobierno de la Comunidad Autónoma a que pertenecemos (Castilla-La Mancha) y “De interés Turístico Nacional” por el Gobierno del Estado Español. La Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo dio origen a la Religión Cristiana (y especialmente a la Católica dentro de ella) cuyo eje radica en la Redención o Salvación (Apolytrosis en Griego; Redemptio en latín), que obtuvo Jesucristo (ante Dios Padre) mediante su Muerte y Resurrección, para todo el género 8


humano. Esta Redención supone la posibilidad de acceso del hombre a la Vida Eterna. Todo eso es la ortodoxia católica, con su carga teológica. Pero también cabe aceptar la Semana Santa sólo como un hecho histórico. El cristianismo puede ser mucho más que teología. Hay en él mucha ética, mucha sociología. Y, al ser así, una gran carga política. El hecho es que Tobarra rememora estos hechos históricos y/o teológicos –al inicio del siglo XXI- mediante el toque del tambor (solos o en cuadrillas) durante 104 horas y celebrando siete procesiones (La Burrica, El Recuerdo, El Prendimiento, Jueves Santo, Subida al Calvario para la Bendición, Santo Entierro y Encuentros). Pero lo celebra de tal manera, que se ha convertido en la fiesta tobarreña antonomástica y ha pasado a ser el hecho común en el que todos los tobarreños nos sentimos identificados como protagonistas. Lo he escrito alguna vez: En la Semana Santa de Tobarra caben, cabemos todos. Y es porque durante ese tiempo los tobarreños nos sentimos pequeños dioses. La Semana Santa de Tobarra genera un delicioso panteísmo: Todo es deidad. Desde el anda al caramelo, desde el tambor a la aliaga. Lo reitero aquí: La Semana Santa la “salvaremos” los semanasanteros, no necesariamente teófilos ni teófanos. Pese a quien pese. Sorprenda a quien sorprenda (aunque cada vez vaya sorprendiendo menos). Y, desde luego, que nadie se escandalice: Todos tenemos derecho a ser semanasanteros como nos dé la gana. Dios no muere. En Jerusalem murió Cristo, el Hombre. En Tobarra lo conmemoramos –desde siempre- hombres. Y, a partir de aquí, la tradición. En esto, hay la más absoluta unanimidad. Para cualquier tobarreño, ateo o creyente, Semana Santa equivale a tradición. Y no hay cuestión ni discusión. Todos de acuerdo. Cualquiera sabe que la tradición es más que suficiente para sustentar lo sustentable. Y es que la tradición es cultura, herencia colectiva, aquello que merece la pena salvaguardar, enriquecer y transmitir a los que nos siguen. 9


La Semana Santa empezó por ser sólo una fiesta religiosa. En los últimos tiempos y para la mayoría, es lúdica. ¡El tobarreño se divierte en Semana Santa! No verlo así, sería puro fanatismo, integrismo, fundamentalismo, dogmatismo absurdo en defensa de unos muy concretos intereses, no especialmente tobarreños, por supuesto. Cuestionarla sería estúpido (lo fue en 1.936). Pero reducirla a dogma no lo sería menos. Y, sobre todo, sería minimizarla ante los no creyentes. Esta ahí y cada cual la vive a su manera. Todas valen, todas cuentan, todas son dignas, ninguna es en vano. ¡Pero que nadie intente imponer la suya! ¡Sería inútil… y contraproducente! Pero esto no es nuevo, ni lo digo yo por vez primera. Eleazar Huerta Valcárcel, lo escribe así en 1966 (Vide Revista de Semana Santa 1988) referido a los años 20 del siglo XX: =

“Cada cual tenía su propia Semana Santa”.

Pues hemos entrado en el siglo XXI, exactamente igual: Cada tobarreño tiene su propia Semana Santa… que, a lo mejor, no se parece en nada, o muy poco, a la de su hermano y, absolutamente nada, a la de sus hijos. ¡Y esto es lo grande de nuestra Fiesta! Personalmente, sólo creo en la historicidad del hecho. Y muy vivamente en la carga ética de la vida y la doctrina de Cristo. Soy un auténtico fan de Jesucristo. Es más que suficiente. Y con ello demuestro –además- que la Iglesia Católica no tiene el copyright, la exclusividad sobre lo cristiano. ¿Por qué habría de tenerlo? ¿Kant o Mozart o Picasso no son de todos los hombres? ¿Por qué no va a serlo Cristo? Eso sí: Tobarra se siente orgullosísima de su Semana Santa. Fuera de ella…

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LECTURAS Como éste no es un trabajo universitario no profundizo en las fichas bibliográficas. Me limito a exponer título y autor, donde proceda. -

Antiguo Testamento.

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Nuevo Testamento.

-

Evangelios Apócrifos. (Edición de la BAC, 1999).

-

El Libro del Mormón.

-

Traducción del Nuevo Mundo de las Sagradas Escrituras. (Difusión de los Testigos de Jehová).

-

Popol Vuh.

-

“Jesús, el Judío”. Geza Vermes.

-

“Jesús de Nazaret, un drama histórico”. Francisco Alfaro.

-

“Jesús y la violencia revolucionaria”. Martín Hengel.

-

“Jesús de Nazaret”. Joachim Gnilka.

-

“Jesús, hombre libre”. Christian Duquoc.

-

“Jesús”. Jean François Six.

-

“Jesús, vida de un campesino judío”. John Dominic Crossan.

-

“Jesús, ese gran desconocido”. Juan Arias.

-

“El hombre que se convirtió en Dios”. Gerald Messadié.

-

“Santa María Magdalena”. Susan Haskins.

-

“Las cuatro mujeres de Dios”. Guy Bechtel.

-

“El misterio del Sudario de Cristo”. Thomas Humber. 11


-

“Dictamen sobre la sábana de Cristo” de Stevenson y Habernos.

-

“El enigma de la Sábana Santa” de P. Guirao.

-

“La Pasión de Cristo, vista por un médico”. Antonio Hermosilla Molina.

-

“Carta de Jesús al Papa”. Fernando Sánchez Dragó.

-

(Por puro divertimento, “El Enviado”, “Caballo de Troya” y “El ovni de Belén” de J. J. Benítez. “Extraterrestres y religión” de Salvador Freixedo. “El Evangelio, según Jesucristo” de José Saramago).

-

Etc.

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DESDE LO MÁS VEHEMENTE DE MI SUBJETIVIDAD Eso, sí: Todo cuanto he escrito lo es desde la subjetividad más acendrada. Así lo digo, porque me lo advirtió uno de los amiguísimos que leyeron las primeras 100 páginas del libro, y les planteé si valía la pena seguir escribiendo. Pedí opiniones: -

“Chácho, te sobra Bajada y te falta religiosidad. Sobra ateísmo. ¡Y ten algún detalle con todas las Hermandades!”.

Fue (¡Gracias, Chato!) tan inteligente observación como casi utópica su inmediata solución, su regate, su posible soslayo. Pero, claro, es que aún no había escrito Cuadernos de Procesioneros ni de Espectadores ni de Borias… ¿Habrá algo con más condición de subjetivo que un tobarreño pensando o actuando en la Semana Santa? Lo personal, lo íntimo, lo privado, lo egoísta, le nace a cada uno separadamente, desde el tambor, desde las andas, desde las filas… Cada tobarreño es “su” Semana Santa. Y “esa” Semana Santa sólo puede ser parcial. Nadie toca el tambor y agarra en el mismo momento. Nadie sale en dos Hermandades al mismo tiempo. Y es que, en cualquier caso, no hay (porque no puede haber) semanasanteros prácticos totales, integrales. Lo impide la misma condición humana, su falta de ubicuidad. En cada tobarreño, la Semana Santa sólo es gusto personal y todo es gusto personal. Si acaso, si acaso, pluriformidad… pero de otra forma. Soy tamborilero el Miércoles, el Sábado… Soy hermano de todas las Cofradías (menos de una, que me echaron [sic]). Pago religiosamente las cuotas. Las amo por igual el Martes Santo, el Sábado Santo… Pero, a partir de ahí… todo es subjetivo en mi. No quiero –ni puedo- ser objetivo. En la religiosidad versus ateísmo, pasa tres cuartos de lo mismo. Me emociona –como al más creyente- la Cruz, la Bendición, La Guapa, El Sepulcro… Como el Cristo Moreno, San Roque… en extraendolencia pura… Pero la teología es otra cosa. Nada es mejor ni peor, puesto que la verdad está en cada uno. ¡Gracias a Dios! 13


EL PREGÓN El Pregón, los Pregones, forman ya un todo inseparable de la Semana Santa. Como el que hace lo que sabe, no está obligado a más y nadie ha dicho, “quiero ser pregonero”, en este libro integral semanasantero, quiero dejar constancia que todos los Pregones deben tener el mismo valor y todos han sido dignos. ¡Qué menos decir! Naturalmente, sin engañarme ni intentar engañar a nadie. Pero es que es así: Si Tobarra en un momento determinado, decidió que el Pregonero, fuera Fulanico y Fulanico habló de lo que él creía que era válido y contó lo que para él era importante y lo contó lo mejor que supo y pudo, ¿quién se atreve a criticarlo? ¿Que a veces no se puede ser tan osado en la vida y hay que saber aceptar las limitaciones de cada uno? Sí, pero no en Semana Santa. Y menos en Tobarra. Por tanto, para todos los Pregoneros de la Semana Santa de Tobarra ¡mi redoble! ¿Que con esto soy injusto ante esos Pregones geniales, que los ha habido…? ¿Que hablando así, soy, incluso, faltón con mi deber de amistad hacia Pregoneros que echaron extraordinarios Pregones y que, encima, son muy, muy, muy amigos míos…? ¡Que me perdonen! Pero, ¡todos buenos! Este libro semanasantero no se ha pensado como exégesis de tal. Pero en este Ad Introitum hay que constatar que el Pregón, los Pregones ya no deben faltar en la Semana Santa de Tobarra. Y si Tobarra ha decidido “que ya no salgan de Tobarra… pues bien decidido está. ¿Qué otra cosa puedo decir si tengo el inmejorable recuerdo de haber sido el 1er Pregonero –1980- de haber repetido en Barcelona –1989- y de haber escrito el de Lisboa, para Víctor Mendes, en 1991? ¿No le hace justicia a Tobarra mi curriculum foráneo: Pregonero en la Semana Santa del Bajo Aragón –1988- y en la Semana Santa de Calasparra –2002-? Poder, poder, aún puedo decir una chulería. Que sí, que me lo pido: No me gustaría morirme sin haber escrito el gran pregón tobarreño, que tengo en mi mente desde hace mucho tiempo. Por pedir… El Pregón. Un alarde de dignidad tobarreña.

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SEMANA SANTA, SÓLO EN SEMANA SANTA Ayer, martes, 28 de agosto de 2001, enterramos a Sixto Gómez Yáñez, años y años Presidente de la Hermandad de Nuestra Señora de los Dolores y largo tiempo Presidente de la Asociación de Cofradías. Ambas circunstancias, en tiempos difíciles para las dos instituciones. Sixto fue responsable directísimo del inicio del auge de la Hermandad de La Virgen y de la Asociación. Con el fin de asistir a su entierro, he ido a Tobarra con mi hermanico Pedrin. Al ir, al volver, al “estar”, al ir a la Iglesia, al ir al Cementerio, tuve tiempo de pensar sobre esto: ¿Semana Santa? Sí, pero sólo en Semana Santa. ¿Qué quiero decir con esto?: Que no se notó absolutamente nada públicamente que estábamos enterrando a un gran semanasantero. Privadamente, sí. A Sixto, sí, lo amortajaron con “su túnica de La Virgen” -¡Faltaría más!- y tanto la Hermandad como la Asociación enviaron sendas coronas de flores. Pero, ¡nada más! Y yo creo que eso no fue suficiente, públicamente. A nadie se le ocurrió pensar que se pudiese hacer algo más. Prefiero pensar que es por esto, porque Tobarra decide “hacer cosas de Semana Santa, sólo en Semana Santa”. Si yo hubiese “mandado algo en el pueblo”, el Estandarte de la Asociación y el de La Dolorosa hubiesen cubierto el féretro de Sixto hasta su misma tumba y, por supuesto, la Guapa Dolorosa hubiese presidido su funeral en San Roque. Si estas cosas no se le “han hecho” a Sixto, ¿a quién se le van a hacer? Y cuando a Sixto se le ha hecho –públicamente- exactamente lo mismo que se haría al menos semanasantero de los tobarreños, yo empiezo a plantearme algunas cosas. Pero es que –encima- está el recuerdo. ¿Qué se hizo cuando murió Francisquete Sabina (Don Francisco Martínez García) el gran semanasantero del siglo XX? ¿En qué se notó que habían muerto Manolo el Zoril (Don Manuel Sahorí García) y Andresico, Don Andrés Pérez Cañete? Sólo en que sonó un brevísimo Zapatata en el Cementerio. Y, ¡menos mal!, en el especialísimo entierro de Pablo García Carrillo, los sanjuaneros cubrieron el féretro con el estandarte del Evangelista. Nada más. Una de las cosas que más me ha impresionado en mi cada vez menos emocionante viajar, fue en New Orleans, patria del Jazz, donde vimos –por casualidad- el entierro de un músico. Delante del coche fúnebre sonaban cientos de trompetas, saxos, trombones, trombones de varas, clarinetes, flautas, etc., etc.

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=

“Es un músico y los jazzmen lo despiden así”.

El que haya sido así, tan común el entierro de Sixto (en Tobarra ha llegado a decirse “La Virgen de Sixto”, refiriéndose a la Dolorosa) sólo puede ser consecuencia de que: =

Tobarra tiene muy asumido que “Semana Santa, sólo en Semana Santa”.

=

Hay falta de sensibilidad hacia ciertas situaciones.

=

Superstición, pura y dura.

Cuestionable, pero cambiable, la primera; triste la segunda y lamentable la tercera. Por supuesto, Tobarra no debe echar la Bendición cuando se muera… ni hacer el Encuentro en el entierro de… ni hacer una Tamborada Escolar cuando se despida a… ¡Pero ni tanto ni tan poco! En mi opinión, cuantas más “cosas de Semana Santa” se hagan, mejor para la Semana Santa y, por supuesto, mejor para Tobarra. Ni se le falta el respeto a los días, ni a las fechas, ni a las imágenes, ni a lo mismo Sagrado, que no dejará de serlo por eso. Prefiero pensar “que no se cae en la cuenta…”. ¡Cómo nunca se ha hecho…! Bueno, para todo hay una primera vez. Y lo clamo y lo reivindico aquí, para el próximo gran semanasantero que nos deje. Machado decía que “por mucha importancia que tenga un hombre, no tendrá más importancia que el haber sido hombre”. Lo diría, porque él no conoció a alguno de los buenos semanasanteros tobarreños. A Sixto, por ejemplo. Pero también se dice en El Quijote que “cada cual es hijo de sus obras”. Y lo cuento al principio de un libro de 600 páginas dedicado a la Semana Santa de Tobarra. Addenda: En la Semana Santa de 2002 mi hermanico Pedrín y yo nos pusimos un lazo negro en el brazo izquierdo de nuestras túnicas. ¡Qué menos! ¿Quién se os ha muerto? ¡Pues Sixto!

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Cuando empecé a pensar que Tobarra toma conciencia de que su auténtica personalidad es la de su Semana Santa, nació en mi un interés concretísimo por un lenguaje, que me había pasado desapercibido hasta entonces. ¡Como tantas otras circunstancias tobarreñas! Centrándome en el tiempo, me sitúo hacia 1970/1975. Me considero un afortunado, considero afortunada mi generación, porque nuestra madurez vital ha coincidido con el nacimiento –en unos casos-, con la consolidación –en otros-, de ese lenguaje semanasantero que prácticamente no existía o que, existiendo, era tan desesperadamente pobre, que pasaba inadvertido. Aunque posiblemente sea más acertado decir -como remate- que, tal vez pasara inadvertido porque formaba parte de nosotros mismos tan íntimamente, que “no lo notábamos”. Item más: Si ese lenguaje existía, nadie se había preocupado por salvarlo, trascendiéndolo. (Estas circunstancias sólo se salvan aderezándolas con cultura, amor e imaginación). El lenguaje (eso que se dice ser el pensamiento) es la herramienta de unión entre personas para hacer algo en común o, simplemente, para entenderse. Se recoge la ropa tendida, se recoge la fruta de los árboles, pero en Tobarra también se recoge la Procesión y se recoge la gente: - “¡Chácho! ¿Es que no te recoges, aún no?”. ¿Sólo se dice así en Tobarra? Pues no lo sé, pero desde luego, en Tobarra se dice. Por su especialísima importancia no debe aparecer como un todo al inicio de estos Cuadernos, ese lenguaje semanasantero oficial. ¡Pero el inventado, sí! Así que, ¡véngame la lira, que me lo invento! El otro, el lenguaje real, ese que hablamos los tobarreños en Semana Santa, debe juntarse por parcelas: El lenguaje del agarráo, el lenguaje del tambor, etc. Y es porque ya es hora de poner cada “cosa semanasantera” en su sitio. Aglutinándolas todas después, saldrá lo que saldrá: Ese todo genial, singular, irrepetible, distinto, completo, que es nuestra Semana Santa. Después, deberemos ejecutar el proceso inverso: Que se “saque” el lenguaje particularizado y se haga con él un todo. Nacerá una obrilla que deberá titularse:


Ξ ASÍ HABLA TOBARRA EN SEMANA SANTA Ξ (Ya está in mente). Será nuestro orgullo: Garuto, Bajada, Bordonera, Cuadrilla, Agarrar… son palabras semanasanteras tobarreñas. Cuando decimos Bajada sabemos a la que nos referimos. ¿O no, Jueves, Encarnación y Paso Gordo? Por lo mismo, distinguimos perfectamente “cuadrilla” de “peña”. Eso es parte de nuestra grandeza: Cuadrilla... de tamborileros. Peña… “pá las Fiestas”. Pero, p’abril boca, me se hace a mí qu’es güeno seguil siendo una miajica poeta. Por ello, en tal me afano, inventando verbos, palabras, frases, que entronicen lo tabarreño en la misma Tobarra. No hablamos así (como diré después) pero nos lo merecemos. ¡Se lo ofrezco a Tobarra por si le interesa usarlo!

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A LO CLÁSICO La Cruz brujulea. El Prendimiento confirma. El Moniquí primaverea. El Señor de la Caña timidece. Nuestro Padre Jesús Nazareno dignifica. La Verónica pregona. El Paso Gordo acoquina. El Señor de la Sangre angustia. La Magdalena perfuma. San Juan mima. La Dolorosa acoge. Los Socios tobarrean. El Sepulcro dogmatiza. El Resucitado presume.

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A LA TOBARREÑA La Cruz chocea. El Prendimiento ablenta. El Moniquí aguasalea. El Señor de la Caña cascañetea. Nuestro Padre Jesús farracacheirea. La Verónica lilea. El Paso Gordo asorrata. El Señor de la Sangre la cuca. La Magdalena golismea. San Juan mamolea. La Virgen lastimea. Los Socios picatean. El Sepulcro calvariea. El Resucitado chulea.

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- LUNES  Lunes de espera.  Lunes impaciente.  Lunes desconcertado.  Lunes de blanqueos.  Lunes de Recuerdos. - MARTES  Martes de prisas.  Martes suplicante.  Martes de acicales.  Martes de garutos.  Martes de caminos.  Martes de Sepulcro abajo. - MIÉRCOLES  Miércoles de mojetes.  Miércoles de regresos.  Miércoles de redobles.  Miércoles de escampavía.  Miércoles de chiquillos.  Miércoles de Zapatatas.  Miércoles de grilletes.  Miércoles de besos fátuos.  Miércoles de traiciones. - JUEVES  Gran Jueves.  Jueves mágico.  Jueves prodigioso.  Jueves taumatúrgico.  Jueves sorprendente.  Jueves de Bajadas.  Jueves de Cuestas.

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- VIERNES  Gran Viernes.  Viernes de Calvarios.  Viernes de arcanos.  Viernes Nazareno.  Viernes de ancestros.  Viernes de panecicos.  Viernes de himnos.  Viernes de Mektub.  Viernes de Gastadores.  Viernes de manolas.  Viernes de túnicas negras.  Viernes de tambores hueros. - SÁBADO  Sábado de paréntesis.  Sábado de espera.  Sábado de abstracción.  Sábado de improvisos.  Sábado de vacíos. - DOMINGO  Domingo de Encuentros.  Domingo de puñales.  Domingo de piropos.  Domingo de mediasnoches.  Domingo de muchachas.  Domingo de tracas.  Domingo de palomas.  Domingo de palillos.  Domingo de adioses.

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TIEMPO Y MAGIA En los últimos años del siglo XX, hemos alargado considerablemente el tempus semanasantero. Puesto que el Pregón se echa el Sábado de Pasión y la Procesión de la Burrica la celebramos el Domingo de Olivos, hemos hecho durar a la Semana Santa ocho días completos y cuatro horas de otro, es decir, una semana entera y 28 horas, lo que no está mal. Si a ello añadimos el que las 104 horas tamborileras han prolongado notablemente el tamborear, resultará que el siglo XX ha supuesto un pulso continuado entre el tobarreño y su tiempo semanasantero. Piensese que el Art. 59 de las Ordenanzas Municipales de 1906 decía: “La salida de nazarenos con tambor, podrá efectuarse en la tarde del Miércoles Santo, desde las 3 de la misma hasta terminada la procesión y desde las cinco de la madrugada hasta la bajada del Calvario de la procesión el día de Viernes Santo”. (Obviamente, en esto, no prevalece el texto ordenancista, sino Bandos o normas posteriores). Calculemos: ¿Unas 9 horas tamborileras el Miércoles y otras 9 horas tamborileras el Viernes? Eso, si acaso. En total, 18 horas de tambores, frente a las 104 actuales. Pero a mí me gustaría dejar claro que todo el tiempo semanasantero no admite magia, “encanto, hechizo o atractivo con que una cosa deleita y suspende”. Así, ¿es un tiempo mágico el Sábado Santo por la mañana? ¿Lo es el Viernes Santo después de comer? ¡No creo! En este tempus literario voy a deleitarme levemente en mis tiempos mágicos semanasanteros, creándolos conforme los vaya escribiendo, gozándolos al tiempo que los vaya inventando, asentándolos en el mismo momento en que los piense. Pero, claro, la grandeza del tempus semanasantero es que admite desde un momento, apenas un instante fascinador (cuando el Nazareno despega su Mano Derecha de la Cruz por primera vez) de la misma manera que caben veinte minutos absolutamente teúrgicos (la Bajada del Paso Gordo) o cuatro horas maravillosas (de 20 a 24 en la noche del Sábado de Gloria) con el tambor colgado. Y yo, voy a escudriñarlos. El valor del tempus semanasantero depende mucho de la propia conciencia del tiempo que presente cada sujeto. El valor del tiempo no es mismo en el ambulatorio que en el bancal, en la oficina que en el bar. Pero la clave de mi 30


planteamiento temporal reside en saber disfrutar lo mismo el instante que la hora. ¿Vale lo mismo la medalla de los 100 metros lisos que la de la maratón? Seguro, pero sus tempus no son, no pueden ser los mismos. Si la Bendición dura unos doce minutos, la magia concurre en los tres o cuatro primeros. El resto es celebración, incluso adoración, pero ya no es magia. En cambio, es casi imposible que haya un Zapatata mágico, porque el tamborear exige minutos, horas, continuidad. Esto no es malo ni bueno, si sabemos combinar magia y tiempo. “Procesión, que breves son mis gozos”. Me valió –el decirlo- una Flor Natural. Pero ¿quién piensa que la Procesión dura poco cuando va entre los palos media hora, sin relevo? Realmente, una semana entre las cincuenta y dos que componen un año, es muy poco tiempo. Pero la clave del “hacer durar” cada Semana Santa reside en saber ir llenándola de momentos mágicos. Por ejemplo, ahora que lo pienso, hay que buscar la magia de lo que hasta ahora sólo me ha supuesto una curiosidad o una rutina: La visita a la Iglesia el Jueves por la mañana para ver como arreglan algunas andas. Y tendría que provocar situaciones que no he vivido nunca. Por ejemplo: Bajar El Sepulcro el Martes Santo. ¿Por qué no hacerlo? ¡Probaré! Tiempo. Magia. Decir que la Semana Santa es tiempo, es tautología: Decimos “semana”. Que sea magia sólo depende de nosotros. Razones, actos, situaciones para haberla, le sobran y nos sobran.

TARDE En primavera, la caída natural del sol compensa esa especie de huída pavorosa del mismo que se produce a lo largo del invierno. Caer/huir. No es lo mismo, no. En primavera se disfruta de la tarde; en invierno, no; en verano, agota. El Pregón, los Pregones, desde hace diez o doce años, que se echan en la Asunción, el Sábado de Pasión, quieren ser compinches del atardecer. Tarde y Pregón. Palabra semanasantera y magia.

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Cruz de la Toalla y tarde. Paso de San Roque y tarde. ¡Qué maravilla! Dos andas, dos Hermandades buscando su confluencia, con las últimas claricas del Miércoles. La Bajada. Punto y aparte. El sol del Jueves aún se entera. Cuando La Caída sale de La Encarnación, el sol aún alegra levemente Los Pinicos, Pedro Barro… Cuando La Caída llega a la Replaceta de la Iglesia, ya no hay sol, pero sí toda la luz de la atardecida. Y durante la Cuesta (la Cuesta como tiempo; aquí, no como lugar) ha habido connubios cromáticos que no querían perderse la Bajada. Aún es de día, aún es tarde en la Plaza cuando el Jueves, salen la Cruz, la Olivera, el Moniquí, el Señor de la Caña… Tarde, tarde, tarde y magia.

NOCHE El Entierro y la noche. “Cuando llegó la noche…”. (S. Mateo, 27, 57). “Cuando llegó la noche, porque era la preparación, es decir la víspera del día de reposo…”. (S. Marcos 15, 42). La noche antonomástica de la Semana Santa tobarreña es la noche del Entierro. No es que El Entierro “se haga de noche”. No. Es que la noche se hizo para El Entierro de Cristo. Nadie concebiría en Tobarra al Sepulcro saliendo a la cuatro de la tarde o a las diez de la mañana. El Entierro exige noche y magnitud, túnicas negras, tiempo de azabache y tezado. Cierre tamborilero y noche. Media noche, hora de brujas, adiós a los tambores, la magia de un morir las saetas del Domingo en la concienciación, en la sensatez, en la serenidad. Tobarra apaga sus tambores sin dolor. Lo decía Manolo el Zoril en una de sus tantas Coplas Tamborileras, llenas de magia y candor: Toca y toca tu tambor cuando se deba tocar, y no salgas a tocarlo el Lunes de Mona, ya, por la calle solitario que das una cencerrá. 32


MADRUGADAS Madrugada del Jueves, y madrugada del Sábado… Tambores, tambores… Sólo esas dos madrugadas, que en las demás hay que dormir, porque espera la horquilla. Madrugadas y tambores. Tambores antes del amanecer, que al tambor, a mi tambor, no le gusta, nunca le ha gustado ver salir el sol. Pero siempre, claro, madrugadas redoblantes, sin malos vinos, sin bascados cuerpos. Madrugadas de manos destroncadas, de pies cansíos, de espíritus rendidos. Madrugadas tamborileras, ahítas de felicidad y magia.

POR LA MAÑANICA… … cuando te despiertan los tambores, el Viernes o el Domingo, que la Procesión tiene otro color, otro aroma, otro ritmo. Con el cuerpo presto, las mañanicas son sólo magia, todo magia. La propia conciencia de palparse las manos, los hombros y sentirse Semana Santa, comporta un derroche de magia. Oír los tambores, concienciarse, ponerse la túnica y salir a la calle cuando el sol aún no es del todo huésped es un puro fascinio, un seguro hadar de la maravilla de ser tobarreño y estar en Tobarra. La magia de las mañanicas me fue durante muchos años, sacar a la Guapa de la Iglesia el Viernes o el Domingo y que le diese el sol en la cara. Desde hace tiempo, la Bajada Chica. Más magia, imposible.

MEDIO DÍA No hay tiempo más inconcreto para un tobarreño que “el medio día”. Cuando quedamos “al medio día” ¿a qué hora quedamos? Desde luego, no a la hora solar de 33


medio día, a las 12 en punto, a las 12 in meridian, que ni A.M. ni P.M. El portugués a las doce y un minuto ya te saluda “Boa tarde”. Ellos lo tienen más claro que nosotros. ¿Nos entenderemos si digo que, para nosotros, medio día es “hasta que comemos”? Me baso en nuestro propio lenguaje: Nadie dice en Tobarra que come “por la tarde”. Se come, pues, a medio día, cuando sea. Y hasta que se ha comido, aún decimos “Buenos días”. ¿Y el medio día semanasantero? No hay mucha duda: Burrica, Bendición, Encuentros. ¿Hay quién de más? Y mi viejo sueño, que nunca más veré cumplido: Que terminen las Procesiones al media día, pero de verdad. Y poder estar comiendo a las dos de la tarde. Así era en los años 50. Que lo vuelva a ser no sería mágico, sería mirífico. Y no creo en –estos- milagros.

EN FIN… CONSTRUYAMOS EL TIEMPO SEMANASANTERO Lo decía Saint-Exupéry: “Es bueno que el tiempo sea una construcción”. Me apunto a construir todos mis nuevos tiempos semanasanteros, para cumplir la utopía de que todos los minutos de esa Semana Santa de ocho días y cuatro horas sean absolutamente mágicos. Y si creemos a Shakespeare y nos convencemos de que “en un minuto hay muchos días”, habremos conseguido hacer del tiempo, no de los actos, un paraíso. El buen semanasantero, se lo merece.

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La Cruz es llave conquistadora de las calles procesioneras.

El Prendimiento huele a Mediterráneo en la Olivera; a maternidad frustrada en el nido; a mentira en Judas y a tobarreño con un par, en la espada de San Pedro.

El Señor de la Caña planta ribazos de Verdad entre sus manos, mientras Pilatos adamasea zafas inícuas.

El Moniquí le roba guielos a marzo y apedreaos a junio.

Nuestro Padre Jesús desfila angustias presentidas.

La Verónica torea las esquinas y las cornetas.

El Paso Gordo se aprieta en músculos imposibles de bravías Bajadas.

El Señor de La Sangre clama relámpagos de expiración.

La Magdalena canta amores y perfumes en su femineidad aterida.

San Juan –vigía amado- arma Carricos canoros para convocatorias inútiles.

La Guapa. Punto y aparte, en su Total Belleza y Dolor.

El Sepulcro. Silencio de palios y Tobarra de luto.

El Resucitado toca el Cielo con sus dedos en V de Victoria.

Los Socios arman picas de orgullo en sus policromas pintas.

La Semana Santa del mundo se reconoce cada año en Tobarra.


Dirige, oh Cruz de la Toalla, los pasos tobarreños todo el año.

Patrocina, Jesús del Prendimiento, los pleitos en los que no quisiste defenderte.

Protege, Jesús Flagelado, los frutos en los árboles hasta que maduren (y especialmente los moniquíses).

Garantiza, Señor de la Caña, la justicia que no impartieron contigo.

Bendícenos, Nazareno.

Ayúdanos, Santa María Verónica, en sudores y aflicciones.

Apadrina, Cristo Caído, nuestros tropezones cotidianos.

Auxilia, Señor de la Sangre, la angustia del día a día.

Perfuma, Santa María Magdalena, miserias y penurias.

Congrega con bien, San Juan Evangelista, tambores y redobles.

Acógenos bajo tu manto, Madre Guapa.

Ampáranos, Señor del Calvario, en la hora final.

Aumenta, Cristo Resucitado, nuestro gozo y nuestra vida, en esa otra Vida Tuya.

P.D. : ¿Y los Socios? ¡Que nos transmitan su elegancia y su bravura!


LOS QUEMACRISTOS Es historia, es parte de la Historia, es dolor en nuestra pequeña historia. Todo está prescrito, casi nada es recuerdo, para apenas nadie es recuerdo, o sólo para los que “blinquen” los 80 en el 2000. Julio de 1936. Manos tobarreñas destruyen todos los objetos públicos semanasanteros: Andas, imágenes… El hacha, el fuego, el odio, la incultura… Nunca entenderé julio. Quede claro: Nunca movería un solo dedo para que hubiese o no hubiese curas en Tobarra, pero daría mi vida por la Semana Santa. No hay contradicción. Allí no veo valores ni razones. Aquí, todos. Por supuesto, es tarde para hacerlo pero, aunque no lo fuera, me gustaría haber tenido la oportunidad de inquirir a los pirófilos de entonces: -

“Tú, quemaCristos en julio, ¿tocaste el tambor en abril del 36? ¿Agarraste en algún anda?”.

Por supuesto, es tan imposible preguntarlo, como, aunque fuera posible, me hubiera gustado saber si alguna otra vez, Tobarra había quemado también su Semana Santa: ¿1808, 1868…? ¿A dónde quiero ir a parar? Intento poner en orden las intuiciones, aunque sea a base de interrogantes, en un intenso proceso de dialéctica: = Hasta 1936, ¿se identificaba Semana Santa con Iglesia

Católica? ¿La Semana Santa era sólo cosa de curas y creyentes? ¿Era culto y sólo culto? ¿Era sólo un acto de fe católica? (Los tambores, aparte. Siempre aparte).

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= En 1976, después de morir Franco, ¿no hubo alguien que intentó cargarse la

Semana Santa? (Yo lo recogí en mis “Cartas sobre la piel de mi tambor”, publicadas en la Revista de 1979). = ¿Hemos

sido nosotros, semanasanteros 1950-2025, los que estamos consiguiendo que la Semana Santa sea algo endógeno, una institución que se genera y desarrolla desde sí misma? Si es así, ¿por qué repele aún a una minoría el que se analoguice (permítaseme el verbo) Semana Santa generalmente con pueblo y raramente con fe?

= Por todo ello, ¿es la Semana Santa, sólo antropología (“comportamiento del

hombre como miembro de la sociedad”); sólo cultura popular (“conjunto de las manifestaciones en que se expresa la vida tradicional de un pueblo”); sólo folclore (“conjunto de creencias, costumbres, artesanías, etc., tradicionales de un pueblo”)? No es sólo eso, ya lo sé. No es sólo eso, ¡pero también es todo eso! = ¿No es la Semana Santa un proceso de enculturación? Si otra cosa fuese, la

Semana Santa se aprendería en “la doctrina”, en “los sermones”. Pero no lo es, porque la Semana Santa se aprende en la familia, en los amigos, en la calle: ¡enculturación pura! = ¿No se demostró en 1937, 1938 y 1939 que la Semana Santa forma parte del

espíritu colectivo (Volksgeist) de Tobarra? ¡Sería eso que se dice “llevarla en la sangre”! Se interrumpió tres años y se reanudó como si también se hubiese hecho el año anterior.

No me atrevo a llegar a una conclusión, 1936. Si acaso, voy a decir con rotundidad que no lo entenderé nunca, que no justificaré nunca la destrucción. Por mucho odio, por mucho hartazgo, por mucha repugnancia que provocase lo eclesial a los “libertadores mediante el fuego”, prefiero pensar que una parte de Tobarra (de España entera ) estaba enferma y la pus le reventó por las hogueras. ¿Tendría que ponerme en el pellejo de los incendiarios? ¿Estoy obligado a empatizar con ellos? ¿Debería inyectarme su axiología? ¡Ni aún así! Empiezo a ver claro: No sé si para los semanasanteros de 1936, todo era culto, pero de lo que no cabe duda es que pensaban que así era los que lo destruyeron. Y como odiaban la institución (Iglesia) masacraron su manifestación más pública (imágenes). 42


Homo hominis lupus est. Julio. Eran tobarreños, claro. ¿Qué agravios guardarían los incendiarios? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Cuántos porqués se habrían planteado? ¿De qué estarían vengándose? ¿Qué pensaron que irían a arreglar, así actuando? Memoria beneficiorum fragilis, iniuriarum tenax. Lo dijo Machado: De las potencias del alma, la memoria es la cruel, porque causa el mayor mal recordando el mayor bien.

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CONQUISTA Esto si ha sido asunto resuelto por mi generación: 1950-2000. He sido testigo de la evolución y el desenlace y así lo plasmo: En la Semana Santa de Tobarra mandamos los semanasanteros, sólo los semanasanteros. He sido testigo de los últimos y vanos intentos eclesiales en contra de este hecho y así lo cuento: Ξ

Hacia 1954. Estábamos en la Sacristía de La Purísima. Don Luis García Azorín, párroco de la Plaza y los semanasanteros Don Jorge Carcelén y Don Francisco Martínez García (Francisquete Sabina). -

“Yo creo que lo que deberíamos hacer…”

= “Don Luis, déjenos que los tobarreños organicemos la Semana Santa como

nos dé la gana, como lo hemos hecho siempre”. (Yo, monaguillo, único testigo). Ξ

Don Ramón Más Casanellas, filipense titular de San Roque, hacia 1955, en un sermón dominguero: -

“La Bendición es una mascarada para ignorantes. Sería preferible que un sacerdote, con el Lignum Crucis…”.

(No se le hizo ni caso. ¡Menos mal!). Ξ

Año 1962. Don Juan Arconada. Intentó que no se tocase el tambor el Viernes por la tarde… pasándolo al Sábado. Eso, sí: Indirectamente, gracias a él se toca Viernes y se toca Sábado. ¡Qué bien!

(De esto, no he sido testigo, pero sí fedatario de los testigos/sujetos). = Vide “50 años del Paso Gordo en la Semana Santa de Tobarra”. Una cacicada

de Don Luis García Azorín no consintiendo que El Paso Gordo entrase en El Convento (1952, con la Iglesia hundida) dio lugar a la Bajada.

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= Hacia 1970. Unos curas llamaron la atención a mi hermanico Pedrín en la

Iglesia la tarde del Jueves Santo “porque hacía mucho ruido”. Estaban arreglando el anda de La Guapa. Mi hermano (de general, pacífico) les dijo que “estaban haciendo lo que habían hecho siempre”. Los curitas, jóvenes ellos, no conformes, cogieron a mi hermano cada uno de un brazo, con intención de sacarlo de la Iglesia. Mi hermanico, se “los sagudió” de sendos manotazos en los brazos y les dijo aquello tan tobarreño: -

“Si tenís cojones, probal otra vez a tocalme”.

Naturalmente, no se atrevieron. Los de La Virgen, siguieron con lo suyo. El camino no tiene vuelta atrás… ¡gracias a Dios! Porque aún podría ratificarse transcribiendo a Eleazar Huerta Valcárcel tantas veces citado (Vide Revista 1988) cuando dice: “… un cura forastero, recién llegado, quiso que las barbas (de los Socios) estuviesen en su sitio y fracasó”. Esto sucedía en los años 20 del siglo XX. Como se comprueba, el afán de ciertos curas por “arreglarnos” la Semana Santa, ha sido una constante. Como conté en su día, Manuel Andrade Guerra, periodista portugués, amigo y huésped mío en la Semana Santa del 91, publicó, en Correio da Manhá de Lisboa, su extrañeza “porque no hubiese curas en las Procesiones”. No tengo duda: El futuro de la Semana Santa pasa –entre otras cosas- por el hecho de que sólo sigan haciéndola semanasanteros. Sólo semanasanteros. Semanasanteros creyentes o no, practicantes o no, pero semanasanteros por encima de cualesquiera otros valores. ¿No resulta curioso, muy significativo además, que los tres curas tobarreños que conozco (José Luis García Cañada, Fernando Ugena Honrubia y Pío Paterna Callado) jamás hayan intentado mandar/intervenir/opinar en temas de Semana Santa? Gracias a Dios. Conste que estoy constatando hechos, realidades.

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Pues sí, la Iglesia –la institución más inteligente y protéica en la historia del mundo occidental- ha asumido su no papel en la Semana Santa tobarreña de finales del siglo XX. ¡Mejor así… y que no se le ocurra otra cosa! Aunque tal vez lo deseable sería que tuviese su papel, para quienes así lo quisieran. Pero, desde luego, sin imponerse a los que tengan otra visión semanasantera. La Iglesia se conforma con salir en alguna Procesión –no molestan así; al contrario- y echar los Sermones del Calvario, el Viernes Nazareno y el Domingo de Encuentros. Tampoco en esto estorban; al contrario, si son breves y no hacen demagogia. Pero, rebus sic stantibus ¿por qué, además, cada año no dice unas palabras un representante de cada Hermandad, escogido el turno por sorteo, en plan rotatorio? Más semanasantero sería, sin duda. Cuando esto escribo –diciembre de 2000- la Hermandad de La Dolorosa ha decidido “prestar” la imagen de La Guapa al Obispado de Albacete para una exposición que conmemore el quincuagésimo aniversario de la creación de tal Episcopado. (Nos pidió opinión Ramón Merino Ortiz a mi hermanico y a mí, que asentimos entusiasmados. Las ideas, claras). Ha sido la Hermandad quien ha decidido. Y es porque creo que las imágenes pertenecen (en su propiedad más estricta) al propio pueblo, a las Hermandades. En el Templo se encuentran en simple depósito. ¿Se atrevería la Iglesia a plantear otra cosa? ¡Ya se guardará! Nadie discute nada, nadie disputa nada - ¿Quién alega usucapión?- nadie cuestiona nada. Pero estos son unos Cuadernos Semanasanteros que me he propuesto escribir en profundidad. Y tienen que constar todas las posibilidades de estudio; tienen que cerrarse todos los caminos; tienen que firmarse todas las glosas. La Semana Santa, sobre todo y ante todo, ¡es Tobarra misma! P.S: En la Semana Santa de 2003, un cura, Antonio Carrascosa Mendieta, ha tocado el tambor. He querido que Guillermo Paterna me fotografiase con él. Le he pedido ser amigo suyo (¡Encima es taurino!). Ya era hora de que un cura “nos entendiese”.

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EL CONCEPTO “Observancia de las leyes y ordenamientos…”. Una de las circunstancias dignas de ser estudiadas –una más- es la disciplina del semanasantero. En los extremos, desde el cumplimiento absoluto de la norma (escrita o no) del agarráor, hasta la anarquía más exagerada del tamborilero. En el medio, la transigencia en lo formal del procesionero y del espectador. Semana Santa y norma. Semana Santa y costumbre. Semanasantero y disciplina. Semanasantero y desorden. ¿Cómo se casa el rigor del agarráor en la Bajada con el relajo del tamborilero media hora antes? ¡Y son las mismas manos las que empuñan la horquilla y los palillos! Veamos. DISCIPLINA DEL AGARRÁOR. El agarráor se ve sometido a una doble normativa: = La

endógena. Se la impone su propio raciocinio. Es, por tanto, pura autodisciplina.

= La exógena. Mandan el entorno, el andero y “el timbre”.

La disciplina endógena es consecuencia de sentirse parte de un “equipo” de agarráores –los compañeros de láo- que hacen caminar al Santo de una determinada manera. Esta disciplina –que nace en la propia consciencia- es la que hace, por ejemplo, llevar bien el paso. Yo, agarráor, soy consciente de que iré más cómodo adaptándome al paso de los demás, y me adapto. [Inciso. Por alusiones. El agarráor –es curiosísimo- sólo “reconoce” a “los compañeros de láo” sólo se identifica con “los de alante” o “los de atrás”; nunca con el completo de agarráores. Se comentará, también, más adelante]. La disciplina exógena nace de un tercero: El andero (nominaré siempre así al “encargado del trono”, “al que toca el timbre”). El andero impone su gusto, su ley y su disciplina: Para arrancar, para parar, para los relevos, etc.


El agarráor tobarreño es, en la mayoría de las Hermandades, absolutamente disciplinado. ¡Ay, si así no fuese! ¿¡Quiénes y cómo se llevarían los andas!? Ambas disciplinas –la interna y la externa- son aceptadas con naturalidad. Vamos, es un asunto que ni se plantea. Es así y ya está. Pero es interesante constatar su carácter de colectivas. El agarráor forma parte de un conjunto, que marca su ley (llevar el paso) o al que imponen una ley (el ritmo, las paradas, los relevos, etc.). Si un agarráor “lleva el paso cambiao”, desde las mismas horquillas se le advierte y corrige: = “¡Chacho, cambia el paso!”.

¿Cómo osa alguien ir a su aire? Lo encandilante del asunto es que estamos contemplando grupos de personas que no tienen más en común que su propia disciplina de agarráores. Esa emocionada disciplina –cuasimilitar- los uniformiza. Como viejo agarráor, me encanta constatar cuanto escribo y cuanto vivo. AUTODISCIPLINA DEL TAMBORILERO El tamborilero tobarreño es todo y sólo libertad. Libertad que no empece ni su propia incardinación en una cuadrilla. Digo autodisciplina como una solemne paradoja, como una pura antinomia, pues el tamborilero tobarreño es la anarquía más latente, viva y solemne (¿hay solemnidad en la anarquía?) de la Semana Santa. El tamborilero empieza y termina cuando quiere. Toca lo que le apetece, donde le apetece y como le peta. Va y viene sin norma que se lo imponga. Para, sigue, entra o no entra en los bares… El tamborilero se marca su propia disciplina en la más clara falta de método que imaginarse pudiera. Sólo una cosa tiene prohibida: Tocar en las Procesiones, tocar en la calle mientras éstas pasan. (El Calvario ya no es calle y la Plaza, “a la vuelta”, tampoco). No sé desde cuando, pero es así y así lo respetamos. En estos años a caballo de los dos siglos, tal vez la cuadrilla, acaso el garuto, posiblemente la imitación a pueblos con espíritu de uniformidad…

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Tal vez, tal vez… Es que ni siquiera hemos querido imponernos un único modo de dormir los tambores a las cero horas del Lunes de Mona. Ni siquiera. Cada cual se ha callado a su aire. Y, sin embargo… Yo propugno la unicronía, la unifonía en los toques. Luce mucho más. Uno de los momentos más emocionantes de mi vida tamborilera fue tocando “todos” La Magdalena por las estrechas calles del Bairro do Castelo de Lisboa (Portugal) cuando acompañamos Ao Senhor dos Passos (Pregón 1991). Este hecho se repitió en el Lunes Santo de 2000 en Manises (Valencia) con la mayoría de los tamborileros, críos de las Escuelas de Tobarra. Cuando en las Jornadas Nacionales oyes (que no ves) desfilar a Híjar o Alcañiz, te das cuenta de que su tamborear no tiene nada que ver con el de Hellín, Moratalla, Mula ni con el nuestro. Pero, sinceramente, siento un tremendo desasosiego y una furibunda y reconocida envidia. ¡Ay, esa Palillera! ¡Ay, aquella Correata! ¿Autodisciplina? ¿Anarquía? Tobarra y yo somos así, Mío Cid. REGLA DEL NAZARENO El nazareno de las filas aprende unas normas consuetudinarias que nadie impone, pero que todos respetan. La regla nazarena obliga/invita a estos a ir uno detrás de otro, en dos filas, a ambos lados de la calle, pegadicos a las aceras. Ocupan lo que ocupan, pues no hay unos metros predeterminados de calle para cada Hermandad. Un nazareno se separa de otro, normalmente, un metro y medio por delante y otro metro y medio por detrás. Y así, desde el estandarte hasta la presidencia de la Hermandad, normalmente, hasta ocho o diez metros detrás del anda. Esa es la regla de consueto. Como lo es que vayan en silencio, que no crucen las filas, que no hablen, que no tiren caramelos… 51


Hace tantos años que no soy nazareno (el agarráor que va tras el anda esperando que le manden entrar en los palos nunca es nazareno, pues sigue siendo agarráor) que me resulta difícil apuntar emociones, juzgar reglas, afirmarme en pasiones. Y tengo que ir aprendiendo a serlo (reaprender) por edad y lógica. ORDEN DEL ESPECTADOR Hasta el Pregón de Víctor Mendes en Lisboa, en 1991 (que yo le escribí) no tengo conciencia de que las letras semanasanteras tuvieran en cuenta al espectador en general como parte integrante de la fiesta. Apenas una insinuación mía en “Cartas sobre la piel de mi tambor”. (Revista 1979). Eleazar Huerta, también pasa de puntillas sobre el tema (Vide Revista 1988, ya citada). Siempre ha habido espectadores, claro, pero no se les ha tenido en cuenta. Si acaso, el orden, pero en el peor de sus sentidos: Como orden público. El espectador semanasantero es el único participante (¡participante, sí!) que actúa bajo lex loci, lex lata, lex scripta. El espectador está sometido a toda la normativa pública sobre actividades en la calle. Voy a demostrarlo, en su obviedad. Si un nazareno o un agarráor se pusieran “a hacer el burro” dentro de las filas ¿entraría la auctoritas en la Procesión para actuar en consecuencia? ¡Seguro que no! Serían los propios hermanos los que impondrían orden. Al revés: Si un espectador da la nota en una esquina, ¿saldrían los nazarenos a marcar la pauta? Seguro que tampoco. Serían los espectadores de alrededor los que le llamarían la atención. Es parte de la leyenda de El Paso Gordo que un Jueves Santo, hacia 1950, hubo un agarráor (Chito o Lerel.le) que se puso farruco, nada más salir la Procesión. Pues bien, unos cuántos agarráores metieron al tal en el portal de Ochando (más o menos, en el nº20 de la Calle Mayor) le dieron p’al pelo lo que se merecía… y otra vez a ocupar todos (el de la somanta, también, por supuesto) su lugar en los palos. Es leyenda también que El Paso Gordo, no se detuvo. Y como iban los justos, pues lo llevaron un ratico sólo entre diez o doce agarráores. (Si non é vero, é ben trovatto).

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El espectador es, por derecho propio, protagonista de la Semana Santa, como veremos en sus Cuadernos. Ahora, aquí, hay que dejar constancia que la norma, las ordenanzas, los códigos, son objeto de derecho (derecho público, por supuesto) para quien se sienta en una silla puesta en la acera o en un portal o en un balcón a ver la procesión. Y Tobarra, claro (el agarráor, el nazareno, el tamborilero, el espectador) conocen la disciplina, la autodisciplina, la regla, el orden, la norma semanasantera en general y la cumplen gustosos. En Tobarra, en Semana Santa, nunca pasa nada, nunca ha pasado nada, nunca pasará nada. ¿Qué iba a pasar? Pax et bonum, pax et unanímitas.

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¿HORQUILLA VERSUS TAMBOR? En Tobarra, jamás se plantea como contraposición, como resistencia, como a una de dos: ¿Tamborilero? ¿Nazareno? ¡Qué más da! Realmente hay muy pocos “puros”, casi todos somos “mixtos”. Un rato, la horquilla (o la túnica, quien ya no puede agarrar) y otro rato el tambor. Así, la inmensa mayoría. Más singular es encontrar el espectador puro, el que jamás se ha puesto una túnica (procesionera o tamborilera). Porque lo que todavía no se ha dado en Tobarra –que yo sepa- es “el que se va fuera del pueblo” los días de Semana Santa, aún viviendo en él. ¡No puede haberlos tan raros! Porque, por ejemplo, hay valencianos que no aguantan las Fallas o pamplonicas que no soportan los Sanfermines. ¡Y se van a pasarlos fuera! En Tobarra somos íntegros, completos, universales. Somos semanasanteros plenos. Yo creo que es mejor así. No se plantean conflictos sobre gustos, no hay enfrentamientos, porque no puede haberlos. Así, la Semana Santa es una y solidaria. Todos somos todo. No es difícil adivinar que quien va a nacer en Tobarra,

SERÁ SEMANASANTERO

Si te sientes muy risqueño, con tambor o con horquilla, serás semanasantero. Con mucho o con poco empeño, si ha prendido la semilla, tal vez seas tamborilero, de tambor grande o pequeño, redoblante o pesadilla, solitario o cuadrillero.

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¿Te gustaría ser el dueño de un tambor de maravilla de Antoñico el Batanero? Alegre o de duro ceño, por las calles de la villa serás común timbalero. Resacoso o muy risueño -de plástico o cabritillaserás tambor calvariero. ¿Quizás agarráor roqueño rey de la cabecerilla sobre unos hombros de acero? ¿De cualquier anda condueño, arrimando la costilla en desplante comunero? La túnica de tu sueño será la veste sencilla de un uniformado austero. Dios dibujará el diseño de una encunada capilla en tu hombro cargadero. ¡Que sí, que sí, tobarreño! ¡Que serás, de orilla a orilla, agarráor o tamborero! Tu futuro es halagüeño, pues seas chiquillo o chiquilla, ¡serás semanasantero! Y lo dejo aquí con mi firma y mi rúbrica. Porque el más alto honor de mi vida tobarreña ha sido ser, sencillamente, semanasantero. Y espero que todas mis faltas y defectos se olviden si se me reconoce haber sido, indiscutiblemente, un buen semanasantero.

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ME HUBIERA GUSTADO, HABER VIVIDO… Si durante tantas páginas –todas- he caminado y voy a caminar a lomos de la verdad, a horcajadas de lo vivido, cabalgando sobre lo visto en la Semana Santa, ¿por qué no puedo permitirme un par de páginas de ensoñación, de fantasía, de ilusión, de quimera? Siempre, por supuesto, en relación a/con temas semanasanteros. El futuro, sí, está donde debe. Pero yo no puedo inventarlo. Y, desde luego, tampoco puedo imaginarme mucho. Simplemente, porque si en 1970 no se me ocurrió plantearme como sería la Semana Santa del 2000, tampoco quiero hacerlo ahora con la del 2.030. Pero, en cambio, el pasado, sí, está ahí, es incontrovertible. El pasado, lo leí en Umbral, es un presente a salvo. ¿Y cómo fue? Con lo que sé, con lo que he vivido, tal y como soy y pienso, me hubiera gustado ver, como en una gran pantalla, desde cerca, pero sin participar y, simplemente, para saber lo que pasó, estos cuatro asuntos: A) LA BATALLA DE ZALACA. En Zalaca, Zallaca o Sagrajas (cerca de Badajoz) el 24 (¿ó 26?) de octubre de 1086, se produjo la derrota de los ejércitos castellanoleoneses, mandados por Alfonso VI, frente a los almorávides, gente guerrera, africana, mandados por Yusuf-ibn-Tashufin, a quienes los Reinos de Taifas habían pedido ayuda. He estado (con Anamaría) en Zalaca, en las inmediaciones de Badajoz, al Norte, cerca del Guadiana. Es una llanura inmensa, hoy causa de una agricultura de regadío, digna de toda consideración. Hablamos con la gente, en la calle, en los caseríos… Yo era un tamborilero de Tobarra. ¿Tambor? ¡Ufff! ¿1086? ¡Ufff! Lo escribí en la Revista de 1981: “El profesor Torres Fontes (de Murcia) da por sentado en la carta que me dirige (y no me cuesta trabajo creerlo) que el tambor lo traen a España los africanos, los almorávides, que forman el primer ejército uniformado en su ataque por el tambor, lo que infunde pavor, ante el uniforme y mantenido toque, a los cristianos, en Zalaca”. Años después, he oído tambores en Marrakesh (Marruecos) ciudad fundada por Yusuf-ibn-Tashufin, y he visto allí esos hombres azules (almorávides) cubiertos con telas teñidas hasta las cejas, y me los


imaginé 900 años antes en los llanos del valle del Guadiana con sus Prrrouuumpom, Prrrouuumpom, poniendo en solfa a los cristianos. Recientemente, José Leandro Martínez-Cardós ofreció pruebas de que Sancho Ramírez (1063-1094), derrotado también en Sagrajas con Alfonso VI, llevó los tambores a Aragón. El resto, Hijar-Tobarra… Zalaca, Zallaca, Sagrajas… el tambor atronando por primera vez bajo el cielo peninsular. No era un tambor semanasantero, claro, era un tambor guerrero, pero me hubiera gustado verlo y oírlo… B) LOS HIJARANOS EN TOBARRA. No me quedaré con las ganas de inventarlo. Espero tener vida para continuar con las ocho o diez páginas de la novela –otro género, imposible- que ya tengo empezadas, con este tema. Enero/abril de 1266. Hijaranos en Tobarra. ¿Cómo saldrían por primera vez a la calle con sus túnicas (negras, por supuesto) y sus tambores? Me hubiera gustado verlos. En el siglo XIII, Procesiones (dicho a lo tobarreño) no, aun no. Tambores, sí; Procesiones, no. No soy un especialista en arte, pero sin serlo, puedo afirmar que es un hecho constatado que la imaginaría en esa parte de la Baja Edad Media (arte románico) prevalece en la creación de Vírgenes sedentes (con el Niño en brazos) de las que La Virgen de la Vega de Salamanca o la catalana Mare de Dèu del Montserrat, tan vistas y queridas por mí, son una excepcional muestra. En cuanto a Cristo, se representa a “Cristo en majestad”. Las imágenes, y por ende, las representaciones pasionales son (creo) post-trentinas, como he escrito y escribiré cien veces. ¿Cómo reaccionarían los musulmanes tobarreños ante los primeros tambores hijaranos? Me hubiera gustado vivirlo. C) LA PRIMERA BENDICIÓN. En cuanto al tempus, nada que decir, porque no puedo ni sé decirlo. En cuanto al origen, menos. En cuanto a la razón, nada.


Y no es ocasión de inventar, de intuir, de imaginar. Aquí, no. Pero alguna vez habría una primera vez, cuando Jesús Nazareno (pues su Cofradía ya existe en Tobarra el 16 de octubre de 1770, Informe Aranda) con su Brazo Derecho articulado, diera la Bendición. O el Brazo y la Bendición se introdujeron después. ¡Quién lo supiera! En El Calvario o no en El Calvario. Con tambores o sin tambores. Con más imágenes o sin imágenes. (Por supuesto, La Guapa ya estaba en Tobarra en 1770 pero, por lo visto, leído y documentado, aún no tenía su Hermandad). ¿Qué mano daría la 1ª Bendición? ¿Con qué mérito? ¿Cómo se decidió? Cuando fuera, me hubiera gustado verlo. D) EL FUEGO Y EL HACHA. Ya lo he dicho. Final de Julio de 1936. Probablemente hacia el 25, 26 ó 27. Albacete fue “nacional” por unos días. Vide Revista Semana Santa 2004. Tobarra, 1936: ¿Qué pasó con el patrimonio artístico? Francisco José Peña Rodríguez. Tobarra, gente de Tobarra, fuego y hacha, destruyó lo semanasantero… menos los tambores. (Y la Guapa y el Ecce Homo, off course). Nunca se ha sabido de nadie que destruyese su tambor. Estar y haber vivido las piras en la Placeta de San Roque, en La Encarnación, en La Plaza. Preguntar los porqués, hablar con quienes, saber en profundidad las razones. Habría sido duro, pero me hubiera gustado vivirlo.

LA UCRONÍA Cabe imaginarla en este Introito.


Vivirlo… Zalaca, hijaranos, Bendición, fuego… Vivirlo. Lo hubiera contado, lo habría escrito. No sé si esto, hoy, al leerlo, hubiera interesado a alguien. Bueno, por lo menos, a un tobarreño, a un semanasantero: A mí. Me hubiera gustado vivir todo eso… y algunas cosas más. ¿El futuro? ¡Ya lo vivirán los choznos de mis choznos! ¡Y creo haber cumplido con casi 80 páginas de Introito!


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A mi hijo Íñigo. A mis sobrinos Francisco, Joaquín y Pedro. Y a los hijos varones de sus hijos. Para que nunca falte un Hurtado agarrando, por los siglos de los siglos. A mi Jesusico, Jesús García Martínez, maestro de agarráores. A Pepe Garrido Cabañero, mandato, eco y acicate de mi vocación agarráora, en mis casi 25 BAJADAS DEL PASO GORDO (1981-2004. Por ahora...).


PRÓLOGO DE JOSÉ GARRIDO CABAÑERO Cuanto aquí dice Josemari sobre agarrar y agarráores es la pura verdad. Y puesto que estoy implicado directísimamente en ello, doy fe por activa y por pasiva. No se si escribo este prólogo del Cuaderno de Agarráores, como el agarráor que he sido, como Presidente de la Hermandad de la Caída (Paso Gordo y Resucitado) o simplemente como amigo entrañable del autor del libro. Me gustaría pensar que por las tres cosas. Empiezo por el final: Hasta donde me alcanza la memoria me unen a Josemari más de 50 años de ser semanasanteros –él, en la Virgen; yo, en la Magdalena– cuando ninguno de los dos podíamos imaginar que la Semana Santa iba a llegar a donde ha llegado …ni que un día acabaríamos unidos y bien unidos en El Paso Gordo. Pero no debo olvidarme del agarrar, puesto que así lo quiere Josemari: El Cuaderno de agarráores está escrito –o así me gustaría creerlo– por quien está culminando su vida de agarráor en los palos y en la disciplina del Paso Gordo del Jueves (en frase que al autor le gusta escribir). Hace más de 20 años que Josemari (a quien nombramos por unanimidad Cófrade Honorífico del Paso Gordo en 1982… incluso antes de que fuera designado Hijo Predilecto de Tobara... como le gusta aclarar) nos acompaña en la BAJADA (que él escribe siempre con mayúsculas). Y en los últimos diez o doce años, sólo “sale” con El Paso Gordo y El Resucitado. Como Presidente del Paso Gordo -¡Pero también como tobarreño y como semanasantero!– ¿no habría de compartir cuanto aquí se dice sobre el mundo de los agarráores? Digo compartir. ¡Hermosa palabra! Porque Josemari confiesa sentirse orgulloso de que tuviese que sacarlo de los palos en mitad de la Cuesta en el Jueves de 2003... para que entrasen otros 30 agarráores, deseosos de hacer la BAJADA. ¡Señal de la buena salud del acto! Como está encantado –y así me lo dijo– de que hubiese 120 hombros (cuatro relevos completos) para llevar “su” Paso Gordo en ese Jueves. ¿Y qué decir del anda de los críos y de esa Escuela de Agarraóres, con la que me venía insistiendo hace muchos años? Agarrar. Agarráores. Fuera de este libro, quedarán pocas cosas que contar, por observar, por escribir. Pocas. Pienso que ya era hora de que alguien diese a este singular hecho semanasantero la importancia que tiene. Se lo merecía la Semana Santa, pero sobre todo, se lo merecía Tobarra. ¡Y los propios agarráores, claro! Hace años que “meto en verea” a Josemari en las filas y en los palos del Paso Gordo y del Resucitado. Doy fe de que es absolutamente coherente en lo que escribe y en lo que hace sobre la disciplina del agarráor. Como Presidente del Paso Gordo me siento orgulloso de haber llevado a sus palos el orden, el orgullo, el honor, el gusto por soportar disciplinadamente una carga tan pesada.


Y desde luego, sí, tiene razón. Hace diez o doce años, quería “retirarse”. Pero no se lo consentimos: “¡Hasta el año que viene... ¡Y a callar!”. ¡Qué Dios se lo pague!


A MODO DE CONFESIÓN DESESPERADA Si yo hubiera de tener un epitafio, que no lo tendré por aquello de las cenizas y los Cerros, pediría que pusieran eso, sólo eso:

AGARRÁOR ¿Para qué más? En el invierno de 1.992, con 50 años ya cumplidos, escribí a la gente del Paso Gordo: -

“No puedo más. Me retiro. El año que viene no haré la BAJADA”.

¡Vaya bronca que me llevé! = “¡Ni hablar!, me dijeron. ¡A BAJARLO!”. Naturalmente, lo BAJÉ. Han pasado más de 10 años. Lo sigo Bajando. Pero desde entonces, cada Semana Santa nueva supone una decididísima lucha anual contra mi cuerpo y, sobre todo, contra mi raciocinio. Nunca contra mi voluntad. Podré/no podré. Ahí se enfrentan mi cuerpo y mi razón, pero sigue prevaleciendo mi voluntad. Desde 1.992 (¡Con 50 años semanasanteros!) mi vida –más allá del trabajo, de los viajes, de la familia, de las letras, de…- se ha convertido en un “lo BAJARÉ/NO VAS A PODER BAJAR el Paso Gordo”. Todos los días del año, todos, sin faltar uno, esté donde esté, pienso en ello. Es mi más dulce fijación. Y la acreciento escribiendo sobre el asunto. Así que, voy a ponerme chulico, voy a sacar pecho. ¡Por y para Tobarra! ¡Sin quedarme otra!: Este escrito mío sobre el agarráo supondrá un antes y un después en la pequeña historia de la Semana Santa de Tobarra. Quedará bien poco por decir sobre el tema, en Tobarra o fuera. (Si acaso, lo técnicoanatómico. ¡Pero no soy médico para escribirlo! ¡Pediré que lo hagan ellos!). 11


¿Soberbia? No, ¡tobarreñismo! Que vengan después otros –de tierras próximascreando “concursos nacionales, literarios, de historia e investigación sobre los tronos y sus portadores”. ¡Ya me pasó con el origen del tamborear! Y tuvieron que envainársela enseguida y dejar de convocar los premios, porque ya estaba todo dicho en Tobarra y por un tobarreño. Amén. ¡Envidia de Tobarra, sí señor! Así que, sí: ¡Ahí queda eso! ¿Pura chulería? ¡Porque se puede! Dimpues desto… ¡Qué me la blinque la máma! Porque –además de la poca, mucha o nula calidad de cada trabajo- sigo demostrando, desde hace 30 años, que el tema semanasantero es inagotable para la investigación. Porque –además del poco, mucho o nulo interés de cuanto cada año digo- continúo demostrando, como toda mi vida, que la Semana Santa de Tobarra es de las pocas instituciones que permite aunar teología, rigor, cientifismo, historia, antropología, cultura y lirismo, en la heurística semanasantera. No obstante, espero tener la paciencia suficiente –que no la tendré- como para no hacer públicos estos Cuadernos, hasta después de un Jueves Santo en que no haya BAJADO el Paso Gordo. Simplemente PORQUE YA NO HAYA TENIDO FUERZA. (Las ganas nunca me fallarán. Seguro). Con ello me reconfortaré ¡del disgusto! de no haber podido BAJARLO. Con ello homenajearé (en el sentido de sumisión, de respeto) mi alma de agarráor. Con ello espero haber contribuido a que la cultura semanasantera tobarreña reconozca la fundamentalidad del “agarráo” en el desarrollo de la Fiesta. Y contribuir de una manera definitiva. Es fácil: Nadie escribe, ha escrito –si no con lira y excepcionalmente- del agarráo, del agarrar, del agarráor. En Tobarra, seguro. ¿Y fuera? Personalmente, en lo que se refiere a mi particular itinerario de agarráor, no quiero volver locos a los exégetas. Lo aclaro.

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A modo de, digamos, clásico, he sido agarráor de La Dolorosa desde que alcancé, a mis 16 años (1.959). Antes, en 1.958, saqué parriba y pabajo a la Verónica todo el Domingo de Tracas, con otros tres críos. Yo tenía 15 años. (Hay una foto que lo demuestra en la página 139 de la Revista 2004). Pocos años después y por amistad con mi Jesusico, agarré dos o tres Semanas Santas en San Juan. (A salir y entrar, en un anda de seis). Desde 1.981, además de sacar la Guapa, he “hecho” ininterrumpidamente La Bajada del Paso Gordo desde la Encarnación. ¡¡Han sido casi 25 BAJADAS seguidas, a cual más emocionante!! Desde, más o menos, 1.990, he dejado definitivamente de salir en La Virgen para agarrar el Jueves en La Caída y el Domingo en El Resucitado. Y lo seguiré haciendo, mientras… o hasta… Y cuando no tenga fuerza… ¡veremos lo que hago! Últimamente, he agarrado también en La Magdalena y en El Sepulcro. (Para contarlo en la Revista). Como soy hermano de todas las Hermandades, he podido permitírmelo. No hay más explicaciones. Y menos por escrito. No quiero que conste diatriba alguna en esta historia semanasantera. (Nadie habla ni escribe mal de sus hijos. Ni de sus Hermanos, claro. ¡No voy a hacerlo yo!).

EL AGARRÁO, ESE GRAN OLVIDADO DE LAS LETRAS SEMANASANTERAS Efectivamente, repasad, buscad, escudriñad periódicos, revistas, escritos semanasanteros… No encontraréis nada… o apenas nada. Ni en Tobarra, ni fuera. Del tambor, de la Procesión, de los andas, de los días Santos, de la Bendición, del Prendimiento, del Encuentro… leeréis cuanto queráis. Pero de un tobarreño pegado a una cabecerilla y con una horquilla en la mano… ¡qué bien poco se ha escrito! Al menos, en profundidad. Anécdotas sueltas, recuerdos aislados, situaciones concretas… Poco más. Y con los costaleros en el resto de España, idem de lienzo. 13


Y no es lógico. Ni siquiera coherente. Del tambor, del tamborear poco me queda por decir. ¡Pero letras adelante lo diré! A la Bendición no me atrevo aún a hincarle el diente. Pero el agarráo es el gran desconocido –a nivel técnico y cultural- de la Semana Santa tobarreña. (Pasa lo mismo con el costal y los costaleros en cualquier lugar). Y no es justo. Somos buenísimos agarráores. Buenísimos. Pero… pasamos desapercibidos. Simplemente, porque a nadie le ha dado por la exégesis. Este es el intento. ¡Que no vuelva a quejarse nadie…! En JUVENTUD, el 16 de abril de 1.924, Agustín Munera Cañadas, Pbro, Presidente, a la sazón, de la Hermandad de La Dolorosa, se dolía: “Es lamentable que los cristianos antiguos de este pueblo no se cuidaran en legarnos en documento fehaciente el origen de los templos, imágenes y demás cosas sagradas, así como la infancia de estas solemnes procesiones y demás costumbres santas que, no sólo han resistido el paso de los siglos, sino que viven aún cual fértil y lozana planta que medra y se robustece”. Hermoso lamento, bellísimo lenguaje, tristísima verdad. ¿Válida en el 2.005? ¡Claro que sí! También lo dije: “Semana Santa de Tobarra, entre la Historia y el desafío”. 1.979. Misma verdad, idéntica queja. (Y eso que entonces, aún no había caído en mis manos JUVENTUD). Así que, ¡manos y a trabajar! Como diría El Zoril: “¡Uñas al pisto, muchachos!”. “El hombre nuevo, el hombre moderno, era un hombre que se estaba haciendo, que se construía, y que era consciente de este hacerse. Era, precisamente, el hombre del Renacimiento” (Pág. 15, El hombre del Renacimiento, Eugenio Garín y otros. Alianza Editorial). Mutatis mutandis, ¿qué somos nosotros –hombres de 1.950/2.025- sino los tobarreños del Renacimiento semanasantero?

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Ante la misma cita, ¿no empezamos a tener bien clara la nueva filosofía de la S.S., la historia de la S.S. y la delimitación de nuevos tipos y asuntos semanasanteros?

Resumiendo: ¿No estamos –algunos- cumpliendo una grata misión para la Historia, la Continuidad y el Futuro de la Semana Santa tobarreña? La Semana Santa de Tobarra es tan perfecta como obra e invento humanos, que hasta tiene un punto de injusta. Esa es su grandeza, eso es lo que consagra su carga de humana. Veamos. Para empezar: No hay que confundir “tamborilero” con “redoblante”. En Tobarra somos buenos tamborileros. Buenísimos. Difícilmente mejorables: Tambores, manos, redobles, Monumento, Museo… En cuanto al toque, horarios y días… El tamborilero de Tobarra es espejo y ejemplo. Pero tamborilero es también quien ama el tambor. El mejor de la Historia, el hijarano Mariano Laborda Gracia, no “ha echao un redoble” en su vida. ¡Ni falta que te hace, maño! Redoblante es, obvio, quien lo toca bien. Todos los redoblantes son tamborileros. Pero no todos los tamborileros tienen que ser forzosamente buenos redoblantes. Yo me tengo por un buen tamborilero. ¿Redoblante? ¡Miau! Pero es el caso que hay 10 pueblos que son tan buenos o mejores redoblantes que nosotros. Desde que nos conocemos, no nos duelen prendas en reconocerlo. Simplemente, salta a la vista… y al oído. ¿Procesiones? Sí, ahí están las nuestras. Pero, ¿y Zamora o Salamanca o Málaga o Murcia? ¿Somos los mejores del mundo en el tambor… o en las procesiones metiendo el hombro? ¿Agarráores? ¡Ahí entramos nosotros! Nos la echamos con cualquiera. Y vuelvo a decirlo: -

¡Que me la blinque la máma!

Decir que somos buenísimos agarráores sin dar alguna razón, puede parecer una baladronada. Pero no lo es, si lo justifico. Veamos:

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1º) El cociente “peso total del anda dividido entre el número de agarráores” es alto en casi todas las andas. En algunas, altísimo. Quiero decir que tocamos a un montón de kilos por hombro. En otros sitios hay tronos mucho más pesados, pero los llevan dos o trescientas personas. 2º) En Tobarra no ensayamos nunca. Agarramos a pelo. Cuando llega el Miércoles o el Jueves… el primer timbrazo… y ¡arriba! 3º) El número de horas que agarramos. Hay Santos que hacen cinco procesiones. Y en cada procesión, le echamos unas cuantas parás. 4º) Nuestra particular técnica agarráora, como después explicaré, la hace especialmente dura. ¡Ese agarrar retorcío! Tenemos columnas vertebrales dignas de mejor causa. Y ahí estamos. 5º) Hay momentos verdaderamente duros: esa BAJADA del Paso Gordo; ese subir la Cuesta del Calvario; esos Encuentros, subiendo y bajando el Santo a puro brazo… 6º) La falta de descanso. Terminar el Jueves a las tantas, echarse un redoble y, sin apenas dormir, coger el Viernes, bien temprano, otra vez la horquilla… 7º) Como he sido “costalero” en Sevilla y andero (agarráor) en Calasparra, puedo dar fe –por comparación- de lo duros que somos los agarráores tobarreños. 8º) Pero sobre todo –y es razón capital- porque es muy difícil encontrar una población con mayor cociente al dividir el número de habitantes entre el número de agarráores. No es la primera vez que lo escribo ni será la última. ¡Tiene que decirse y significarse en estos Cuadernos de Agarráores! Tobarra es capaz de generar en Semana Santa y Jueves Santo, unos 700 ú 800 agarráores. Incluyo los locales y “los visitantes”. Pero eso, en un pueblo de 8.000 habitantes, supone un cociente altísimo, teniendo en cuenta que no agarran ni los viejos ni los niños ni los tamborileros ni los nazarenos ni (casi) las mujeres. Etc. En Tobarra, no sé si como lujo o como complemento del tambor, lo que somos de verdad es buenos agarráores. ¡Somos buenísimos agarráores!

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Cuando el Domingo de Inicios, ansiosos por empezar, nos cargamos La Burrica agarráores de todas las Hermandades, nuestra naturalidad es lo unimismado. Vamos, como si hubiésemos agarrado toda la vida juntos: Uno cualquiera se erige en cachicán… manda… los relevos se producen con naturalidad… el timbre… ¡Y a darle la vuelta al pueblo! Todo parece fácil. Para nosotros lo es. ¡Somos buenos agarráores! Cuando el Domingo de Cierres las agarráoras toman cuenta de la Magdalena, tres o cuatro años han bastado, para que agarren como el que mejor. En Tobarra somos buenos agarráores. ¡Ya lo creo que sí! Aparentemente, cuando un Anda cualquiera entra en la Calle Mayor o sale del Paseo, todos los agarráores son iguales. La túnica los identifica. La horquilla, el horquillazo los uniforma. El paso los equipara. El palo los empareja. El agarráo es una falsa clonación. Porque no hay tal igualdad: Los hay buenos y mejores. Malo, ¡ni uno! ¿O es que pasan desapercibidos los efaratatronos? He ahí la grandeza del agarráo tobarreño. Y alguien tenía que contarlo.

¿AGARRAR? ¿AGARRÁOR? Agarrar y agarráor son modismos tobarreños en su más pura calidad de endolencia (indulgencia; decíase en días de Semana Santa). Difícilmente “agarramos” (ahora, sí, entre comillas) en San Roque o en el Cristo. “Llevamos” San Roque, “llevamos” el Cristo. Hacemos exactamente lo mismo, pero lo decimos de otra manera, simplemente porque lo sentimos de distinta manera. Esto, entre mil cosas, demuestra otras dos: 1º) Que el tobarreño es “semanasanterocéntrico”, hace de la Semana Santa el eje de su vida. Cree, por tanto, en la “semanasantacracia” y permite que la prevalencia –normativa y fáctica- de la Semana Santa llegue hasta sus últimas consecuencias, inclusive las lingüísticas. 2º) Que, aunque en la memorística, la Semana Santa de Tobarra sea una y la misma, esta nunca es rutinaria. Para nada ni para nadie.

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Digo esto último, porque agarrar y agarráor son modismos tobarreños de nuevo, de novísimo cuño; tanto, que lo ha impuesto nuestra generación. En el JUVENTUD de 16 de abril de 1.924, se dice de “llevar los Pasos”. Concretamente, lo que se escribe es: “El Domingo de Ramos tienen todos una reunión donde se ultiman toda clase de detalles relativos a las procesiones, acordándose el orden de las mismas y pujando los respectivos pasos quienes demuestren más interés en llevarlos”. [Inciso: ¡Qué curioso! En 1.924, se pujaban los pasos semanasanteros y no había un orden preestablecido para los mismos: Se acordaba cada año. Pregunto: ¿Qué importancia tendría ir el primero o el quinto o el último?]. Así pues, en Tobarra anduvimos “llevando los Pasos” (o las Andas o los Tronos) hasta los años 50/60. Salvo que se me demuestre lo contrario, las palabras “agarrar” o “agarráor” referidas a “llevar las Andas” (o los Pasos o los Tronos) no aparecen ni una sola vez en escrito tobarreño alguno hasta que en la Revista de Semana Santa de 1.973 “le pido al Boria, = ¿Me vas a dejar agarrar…?”. (Me retrotraigo –en el cuento- a mi infancia nazarena). Es más: en la Revista de 1.971, en las Notas adicionales de la Asociación de Cofradías, aún se dice literalmente: -

“Los portadores (sic) de los tronos lo harán con la máxima corrección y silencio”.

Pero yo, terne que terne, insisto en la Revista de 1.974, en un Soliloquio: = “Este año no agarro en la orilla, porque no me da la gana…”. ¡Y ya lo escribo sin entrecomillarlo! Definitivamente, terco por manchego, en la Revista de 1.975 (“Cristo resucitó entre rascacielos”) me atrevo a pontificar: = “Los hombros de los que agarraban (que en otros sitios se llaman “porteadores" o “hermanos de carga” o “costaleros”, pero que en Tobarra no tienen nombre y son «los que agarran») ya se habían enfriado y empezaban a doler”.

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Yo, duro que duro. Por supuesto, no inventé la palabra “agarrar” pero, por lo menos he intentado ser el primero en recogerla y trascenderla. ¡Qué menos! [Otro inciso. Es como la palabra “semanasantero”. En Tobarra no teníamos un término propio para designar “al que le gusta la Semana Santa”. Aprendí de Híjar –a partir de 1.981- lo de “semanasantista” y me quedé con la copla. ¡Pós nosotros “semanasanteros”! ¡Ahí está!]. Por lo tanto, cambié la seda por el percal: Nada de “los que agarran”. Hay que inventar un sustantivo. He ahí: = “Agarráor”, “agarráores”. Como años después: = “Las «agarráoras» de la Magdalena”. Pero no como femenino de “agarráor”, sino como sustantivo propio.

HETERÓCLITOS “Agarrar”, “agarráor” (pronúnciese así: Agarráor; no agarraór) “semanasantero”… son precisamente heteróclitos: “Adj. Aplícase rigurosamente al nombre que no se declina según la regla común, y en general, a todo paradigma que se aparta de lo regular”. De entre los 12 significados que da el D.R.A.E.L. al transitivo agarrar, ninguno es aplicable ni asimilable a “llevar las andas a hombros”. Existe, sí, una cierta analogía (“hacer presa”, “asirse fuertemente de alguna cosa”) por lo que acudimos a un heteróclito para sustantivizarlo. Pero seguimos inmersos en la irregularidad (¡Bendito sea el lenguaje de mi pueblo!) puesto que el que agarra es “agarrante” y, en cambio, nosotros decimos agarráor. Y la acción de agarrar es “agarre” o “agarro” y, sin embargo, nosotros decimos “agarráo” semanasantero. No sé por qué lo decimos, no conozco la razón, pero el hecho es que lo decimos… ¡y que lo decimos todos! Y no deja de sorprenderme que en 2003 aún haya quien escriba – refiriéndose a Tobarra y en Tobarra- “portadores”, “costaleros”. Si hemos querido distinguirnos con un neologismo (único en el mundo) ¿por qué no respetarlo? ¡Olé por Tobarra! 19


SINÓNIMOS Espero haber dejado claro que en Tobarra somos agarráores. Y así lo decimos. Agarráor. Nunca agarraór. Naturalmente, es un sustantivo masculino. Es un puro heteróclito; ni siquiera decimos “agarrador”, que también lo sería. Las vocales a y o de la tercera y cuarta sílaba forman hiato puesto que la a y la o son vocales abiertas. Y el hacer de agarráor una palabra llana –nunca aguda- es un capricho del habla tobarreña. Como en tantas otras: aperáor, capáor, enterráor, regáor… Agarráor. Es tobarreño puro, modismo exclusivo. ¡Porque se puede! Pero, hay otros muchos lugares en donde “llevan los tronos a hombros”. ¿Y cómo lo dicen? Doy por supuesto que es imposible ser exhaustivo. Casos singulares en el lenguaje, como pasa con el tobarreño, puede haberlos por docenas (puede, pero me extrañaría) y es imposible recogerlos todos. No obstante, vamos a hacer un muestreo que esperamos sea suficiente. (Para exponerlos... hay muchas cartas, muchas lecturas, muchas llamadas, mucha investigación tras ello...). Y así: A) Anderos. Es propio de Murcia / capital donde también usan “estantes”. “A hombros de sus veinte anderos, va el Cristo de la Sangre”. (Antonio Sáez. Parte de Murcia). También es usado así en Archena y Calasparra, en la Región murciana. B) Banceros. Debe ser exclusivo de Cuenca. Los banceros llevan los banzos (palos). (Me lo hizo saber hace muchos años Miguel Guerrero Perona, exAlcalde y amigo). C) Braceros.

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Lo he visto recogido –por dos veces- en una sola ocasión: Nº 299 (21-III2002) de Alfa y Omega, Semanario de Información religiosa del ABC. Artículo de Inés Vélez. Lo plasma como sinónimo de costalero. D) Cargadores. Lo utilizan en la Semana Santa de Guadalajara y en la de Zamora. También en la de Cádiz. Y aún especifican: Llaman manigueteros a los cargadores que van por fuera (van en las maniguetas). E) Costaleros. Es el más común. Lo son, por ejemplo, en Sevilla. También en nuestro vecino Hellín. Pero, en cualquier caso, es una palabra introducida en el lenguaje al uso. Sería muy difícil hacer una encuesta en cualquier lugar de España y que los solicitados no supieran lo que es ni lo que hace un costalero. El D.R.A.E.L. lo reconoce como andalucismo. “Hoy –dice- se denominan así los que llevan los pasos a hombros en las procesiones”. Viene de “costal” y este del latín “costa”, costillas. Lo reconoce Antonio Burgos: “Folklore de las Cofradías de Sevilla”. Y matiza: Los costaleros que van en los puestos exteriores de cada trabajadera (nuestro “palo”) se llaman costeros. Los dos que van inmediatamente al lado, hacia el interior, son los fijadores. Y los dos que quedan en el centro, corrientes. (Antonio Burgos. Obra citada). Los costeros que van inmediatos a las patas son los pateros. (Antonio Burgos. Obra citada). Por cierto que las “patas” o “bancos”, en Sevilla se conocen como “zancos”. Y así, “cuando los cuatro zancos se posan en tierra, el costalero…”. También llaman “costaleros” en Ronda (Málaga) a los que agarran como en Sevilla. Como he dicho, es el término más común. F) Estantes.

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Es una singular nominación –una más- que dan en Murcia/capital. Es denominación por extensión, puesto que realmente, “estante” sería nuestra horquilla. No obstante, me sorprende que Julio Casares en su Diccionario Ideológico también lo defina así. Estante: “El que en compañía de otros, lleva los pasos en las procesiones de Semana Santa”. Me parece una exageración supina de un localismo murciano. Pero, ¡dicho queda! G) Hombres de trono. Así los llaman, por ejemplo, en Málaga. H) Horquilleros. Llaman así en Ronda y Marbella (Málaga) a los que agarran sobre un hombro como nosotros. Sorprendentemente, no llevan “horquillas”. I) Pianeros. Es un capricho de nuestros hermanicos de Híjar (Teruel). Pianero es el que lleva (a hombros o empujando un “carrico”) las pianas/peanas. J) Portadores de tronos. Así lo decía una nota de la Asociación de Cofradías de Tobarra en la Revista de 1.973 (ya citada). Y portadores son los que portan a hombros los pasos en la Semana Santa de Albacete/capital, aunque también los llamen “costaleros”. K) Portapasos. En Cartagena (Murcia) así los llaman. Se pueden decir que, en puridad, se denominan “caballeros portapasos”. Muy especialmente lo son los que portan tronos con la Virgen. L) Santeros. Así los llaman en Lucena (Córdoba). Un singular punto y final: Cargueros. ¡Cuánta hermosa concomitancia! Veamos: Cargueros son los agarráores que en Santa Fé de Bogotá, capital de Colombia, BAJAN a Cristo CAÍDO desde el 22


CERRO de Montserrate hasta la Catedral de la Ciudad. La última vez fue el 22 de noviembre de 1.998. Lo BAJAN dos o tres veces por siglo en fechas aleatorias y siempre con un motivo muy concreto. Allí estaba yo –por pura casualidad profesional- ese día. ¡Imagínese mi emoción presencial como lo que soy: BAJÁOR/AGARRÁOR de la CAÍDA tobarreña desde nuestro CERRO de La Encarnación! (Traje documentación con el evento, que se conserva en la Hermandad). Y una especial nota de gratitud. Como se ve, recopilar sinónimos de agarráores ha sido laborioso. Como siempre, para mi suerte y la de Tobarra, mis compañeros de Mapfre, me han ayudado muchísimo. Como colofón, ratifico lo singular de nuestro “agarráor”. Confirmo lo común de costalero.

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MANERAS DE AGARRAR En memoria de Pablo García Carrillo. Con el sentido que damos en Tobarra al término agarrar y referido a Semana Santa, voy a intentar exponer las técnicas agarráoras que conozco. Para mí son númerus clausus, puesto que describo las que sé, pero no cierro la posibilidad de que en algún sitio se haga algo distinto. No obstante, matizo que he visto agarrar en España, en Portugal, en Italia y en Colombia. Y a través del cine en Francia, México, Brasil, etc., etc. Antes, el concepto. Propongo el siguiente: Agarrar es la técnica por la que se sostiene quieto o se desplaza un anda (o trono o paso, que son sinónimos) mediante el contacto que tenga con una parte concreta del cuerpo humano, normalmente un hombro. Debería añadir “el contacto que tengan los palos” pero no siempre “hay palos”. (No obstante, esta situación no la contemplaremos). Veamos las posibilidades técnicas: A) Con los palos en sentido paralelo al tronco (de izquierda a derecha o viceversa) y desde dentro de las andas. Así se agarra en Sevilla. Los costaleros apoyan sobre su nuca –apófisis espinosa de la 7ª vértebra cervical -protegida por “la morcilla”, la “trabajadera” o palo. Andan a pasos muy cortos –arrastrando los pies- balanceando el anda hacia los lados. Es lo que llaman “paso racheao”. Las manos, que quedan libres, las apoyan en “la trabajadera” de delante. Agarran “por dentro”. Es decir, el anda lleva faldones hasta el suelo y los costaleros no son vistos desde fuera. B) Con los palos en sentido perpendicular al cuerpo (de atrás hacia delante y viceversa) y desde fuera de los andas. Hay varias técnicas:

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a) El palo sobre un hombro, sobre un solo hombro. Admite dos variantes: 1. Nuestra manera de agarrar en Tobarra. Como hay que darle un nombre, voy a denominarla para siempre “el agarráo retorcío”. 2. En plataforma de hombros. Los agarráores van muy pegados los unos a los otros, con la mano libre cogiendo el hombro del agarráor que precede. De hecho, pues, los hombros, muy juntos, forman una auténtica plataforma. Así van en Málaga, Cartagena, etc., donde los tronos/andas son enormes y muy pesados. Hay tronos que son llevados por 300 hombres. b) El palo sobre los dos hombros, simultáneamente. Es decir, hay dos palos –menos gruesos, es obvio- y el agarráor mete entre ellos la cabeza de tal manera que cada palo descansa sobre un hombro. Así agarran en Granada, en Zamora y en Calanda (Teruel). (Animus jocandi: ¿Qué harán con los muy “cabezones”? c) El palo sobre los brazos doblados, en un ángulo casi siempre recto que forman el húmero con el cúbito y el radio, en la parte opuesta del codo. Así, por ejemplo, sacamos las andas de la Iglesia para que no rocen contra el techo. Se responde a la voz de: = ¡Al brazo! d) El palo asido con ambas manos abiertas y, normalmente los brazos estirados, bien hacia arriba, bien hacia abajo. Lo utilizamos para compensar el desnivel que se produce al subir o bajar escaleras. Se responde a la voz de, = ¡Arriba! ó = ¡Abajo! dependiendo del “lao”: “Alante” ó “atrás”. Es particularmente espectacular ver salir el Paso Gordo de La Encarnación para iniciar la BAJADA, con los brazos de los de “alante” estirados y arriba.

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Por su parte, al brazo y abajo –a las manos- es la posición de los de “alante” en Los Encuentros: La Virgen, El Resucitado, La Magdalena, durante algunos momentos de la ceremonia.

NUESTRO AGARRÁO RETORCÍO Naturalmente, en Tobarra y para Tobarra, interesa hacer una descripción de nuestra técnica agarráora. Vamos a recurrir a la antología. ¿Cómo agarramos los tobarreños? ¡Dios mío! ¡Cómo agarramos los tobarreños! Nadie mejor que Jesús García Martínez (mi adorado Jesusico) para explicar como es nuestro agarráo retorcío. Dicho ya sin comillas. Él, el mejor agarráor que yo he conocido, lo explicó así en La Revista de Semana Santa de 1.982, respondiendo a mi desafío. “¡Venid a mí Newton y Pitágoras! ¡Ayudadme, Galileo y Pascal! Enunciado fundamental: «Un cuerpo sometido a un empuje vertical permanece en equilibrio estable si la perpendicular trazada por el punto de aplicación de la fuerza cae dentro de la base de sustentación». Corolario: no se puede agarrar inclinándose en ningún sentido (salvo como después diré) sin peligro de deslomarse y, consecutivamente, deslomar a los agarráores colindantes. No me puedo liberar en este momento de la visión de mi amigo Odón Pont, el eterno masacrado. No me puedo olvidar de sus hematomas monstruosos en mitad de la espalda, parte de su alongada anatomía que cae a la altura de los hombros de sus cofrades más espigados. No, Odón: aunque tu pundonor de agarráor veterano te impida «hacer la gata», tú mejor que nadie, sabes que no se puede agarrar encorvado, pues la perpendicular trazada por tu hombro en el momento de agarrar, cae un paso por delante de tus pies. Por el bien de tu anatomía no debieras agarrar con un relevo que no alcance tus ciento noventa centímetros y mientras eso no sea posible, que el Judío de la Guita te conserve el pundonor, las vértebras lumbares y tu única y maltrecha choquezuela. Inclinar el cuerpo hacia el lado que se lleva el palo, es igualmente desaconsejable por idénticas razones a las expuestas. Además, el palo irá resbalando de nuestro hombro, con perjuicio de los demás, que llevarán nuestra carga. Sólo una pequeña inclinación es, no sólo permisible, sino aconsejable para una perfecta ejecución de la técnica de agarrar: se debe inclinar el cuerpo lateralmente y en dirección contraria al hombro con que se lleva el palo. Me explico: si se carga sobre el 28


hombro derecho, hay que inclinar lateralmente el tronco hacia la izquierda. De esta manera, la vertical trazada por el hombro caerá sobre el centro de la pelvis y ambas piernas se repartirán el peso por igual. De paso, la única parte de la columna vertebral que se tuerce, es la fuerte zona lumbar, la de vértebras más anchas y la protegida por los más potentes músculos. Para que esta inclinación de nuestro eje sea mínima, se debe apoyar el palo sobre los trapecios, acercando el peso a la columna, junto al mismo cuello. Los que somos de naturaleza huesuda, sabemos que se ha de buscar apoyo sobre el músculo y no en los huesos del hombro, confluencia de omóplato y clavícula. Hablo de la posición para la marcha, con el cuerpo erguido, pero el momento de cargar, también es importante. Evidentemente, el agarráor, cualquiera que sea su estatura, para cargar ha de humillarse hasta la honrosa altura de una horquilla. Como si de halterofilia se tratase, no hay que levantar con los músculos de la espalda, sino con los de las piernas. El tronco ha de permanecer en vertical y las piernas, en flexión, auparán la preciada carga. Idéntica técnica se seguirá en la descarga. Podría complementar estas técnicas fundamentales con otras parciales pero no menos importantes. Vayan algunas como ejemplo: es aconsejable rodear el palo con el brazo correspondiente al hombro que agarra, con el fin de aumentar la superficie de contacto y ¡Oh, Pascal!, disminuir la presión que no es otra cosa que el peso recibido por unidad de superficie; hay que evitar las prendas con costura en los hombros y las cadenas de cuello, que pueden producir heridas; se debe llevar un calzado fuerte y apretado y unos calcetines gruesos: el primero evitará que los pies se nos abran «como trillas» y los calcetines absorberán el sudor impidiendo que nos «blandeemos» tras una larga procesión; es bueno comer caramelos, pues los azúcares son fácilmente asimilables; no hay que apoltronarse tras una procesión fatigosa…”.

¿AGARRAMOS TÓS IGUAL? ¡Qué va! ¡Qué va! Hay agarráores buenos y mejores, como hay tamborileros buenos y no tan buenos. En cambio, es difícil discernir si un nazareno es mejor que otro, cuando va en las filas. ¡Pero, agarráores…! He hecho procesiones completas, agarrando, en La Virgen de los Dolores, en La Soledad, en San Juan, en El Paso Gordo, en La Verónica, en Santa María

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Magdalena, en El Sepulcro, en El Resucitado y en La Burrica. Pero a raticos, he agarrado en casi todas las andas: La Cruz, El Moniquí, El Ecce Homo, etc. Históricamente, he agarrao en andas con 4 agarráores, con 6, con 12, con 16, con 20, con 24, con 30 y con 32 agarráores. Agarré por primera vez en 1.958, con 15 años y la última (por ahora) en 2004 con 61. Dicho esto, ¿puedo opinar desde lo personal, más allá de lo técnico, de lo expositivo, sin que nadie se enfade conmigo… más de lo que ya es costumbre y moda? Agarrando, en unos Santos se va mucho mejor que en otros. Y no sólo depende del peso ni del número de agarráores. Depende, sobre todo: -

Del espíritu colectivo de la Hermandad. De la cultura agarráora que la presida. De la humildad o la soberbia con que se plantee cada pará. Etc., etc.

Pero también depende sobremanera del andero, del Boria, del que toca el timbre, del “que manda en el trono”. Su vigilancia, su marcar el ritmo, su quitar de los palos a quien no va bien, su acierto en la elección de los relevos, su decisión a la hora de parar o seguir… Todo eso. Nada más, pero nada menos. Por otro lado, hay Hermandades que no presumen de nada, que no se las dan de nada, que no se creen nada. Y, claro, da gusto participar de esta humildad. En cambio, parece haber otras que se creen ombligo de la Semana Santa. Y se nota – para mal- a la hora de agarrar. ¡Vaya que si se nota! En cualquier caso, ¡loor para todas, puesto que todas son tobarreñas! (Recuérdese que soy hermano de todas… menos de una). Por todo ello, ni se me ocurre hacer una exposición desmenuzada con opiniones y datos, pero hay mucha diferencia agarráora entre Hermandades. Esto no es bueno ni es malo. Es así. Y no tiene, no puede tener más importancia, puesto que todas “salen” y todas “entran”. Pero, para mi satisfacción personal de agarráor, quiero dejar bien claros los conceptos: En unas Hermandades –agarrando- se va más a gusto que en otras. Lo he vivido in person.

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¡He dicho!

AGARRÁOS: EL SEMANASANTERO Y LOS OTROS ¿Es lo mismo agarrar en San Juan que en San Roque? ¿Supone lo mismo agarrar el Gran Jueves que el 16 de agosto o que el 17 de enero? ¿Es el mismo agarráo el del anda del Cristo que el del Paso Gordo? ¿Es el mismo en La Agonía que en Santa Cecilia? Estoy seguro de que no. Pero lo estoy constatando ahora, que me veo metido en el tema, intentando llegar hasta las últimas consecuencias del agarráo tobarreño. Voy a permitirme una licencia personal, rotundamente elucidativa. El día 5 de enero de 1.989 enterramos a mi tío Joaquín Hurtado Moya, el último Hurtado –de primer apellido- con domicilio en Tobarra. Lo “llevamos” a hombros (desde su casa enfrente de Los Escolares, hasta San Roque) mi hermanico Pedrín, mis primos Ochoa Hurtado (todos agarráores) y los amigos de la familia. Como es costumbre en Tobarra: Un anda de a cuatro con el féretro encima, inmovilizado por correas. Me dio por pensar, reiteradamente, como rebelándome contra una falsa verdad…: -

“¡Vaya agarráo más triste!”.

Pero “aquello” no era agarrar. Hoy, puedo contarlo para ratificarme. “Llevamos” a San Roque, a San Antón, al Cristo, a La Encarnación, a nuestros muertos… Pero no agarramos. (Aunque la técnica sea la misma parece que queramos reservar la palabra agarrar para Semana Santa). Tal vez sea el peso ontológico de la Semana Santa sobre nuestras conciencias (la individualizada y la colectiva) que nos invita subconscientemente a exclusivizar en ella actos y conceptos. Tal vez. Puede que sea la ausencia de túnica y la falta de sentido al no estar dentro de una Hermandad. Puede ser. En cualquier caso, como se ve, es más fácil constatarlo que justificarlo. Por eso, sé plasmarlo, pero no me atrevo a razonarlo.

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La Semana Santa… es mucha Semana Santa y nos gusta reservarle su privilegio y su salvedad. Por lo mismo: El que “toca el tambor” en la Banda de la Verónica o de la Cruz Roja, ¿se siente tan tamborilero como cuando toca con su cuadrilla? ¡No lo creo! Y las manos son las mismas. Y el tambor es un tambor. No sé si me explico…

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AGARRANDO, ¿COMO ANDANDO? Sirva el pareado como entradilla para recrear los conceptos que explican las tres o cuatro maneras de andar, mientras agarramos. 1º) Paso arrastrao Es el más clásico de los tobarreños. Arrastramos los pies… pero no tanto como en el “paso racheao” sevillano. Apenas los levantamos del suelo. Damos pasos muy firmes, muy cortos, con lo que el trono apenas se mueve, aunque avance. 2º) Marcar el paso Los pasos son más largos y hacia los lados, con lo que damos la impresión de “mercer” al Santo. Es el más solemne y también el más duro para agarrar, pues, en algún momento, la propia inercia del vaivén puede dar la sensación de que se va el anda, si esta es muy pesada. Y esta sensación la perciben los espectadores y, lo que es peor, la sentimos los propios agarráores que, en algún momento, si el vaivén es muy largo, podemos llegar a sentir la terrible impresión de que se nos va el anda hacia los lados y no la podemos controlar. 3º) Paso sanjuanero Es lo más parecido a una cabalgada: Se dan pasos muy largos y muy ligeros, con lo que San Juan parece que vaya a caballo. Nunca se aplica durante las procesiones, salvo al llegar al Calvario. Ni que decir tiene que se introdujo en San Juan (en los años 50) cuando llevaban el anda seis agarráores. (Yo lo hice alguna vez, como ya he dicho). 4º) Bailar el Santo Se dan pasos cortos y firmes hacia los laterales flexionando las piernas y el tronco rápidamente (todo lo que el equilibrio permita) hacia arriba y hacia abajo, y hacia los lados, en puro vaivén. Es muy divertido para los agarráores, pero raramente utilizado, porque parece que se considere poco respetuoso. ¡A ver quién se atreve a hacerlo en

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El Paso Gordo, mientras el andero sea Pepe Garrido! (En El Resucitado, algún ratico, sí, sobre todo al entrar en la Plaza). Si el Santo es especialmente pesado –Paso Gordo, Agonía- es muy espectacular y vistoso. Y no hay duda: A la inmensa mayoría de los agarráores nos gusta bailar el Santo. (Malgré tout). 5º) Quietos, sobre el hombro El Santo sobre el hombro, pero “merciéndolo” sin andar. Suele practicarse mientras se canta una saeta. El hombro no sufre especialmente; las piernas, sorprendentemente, tampoco. Pero… ¡los riñones!, ¡ay, los riñones…! 6º) Paso “ladeao” Como su nombre indica, se anda hacia los lados. Se hace en muy concretas ocasiones y casi nunca todo el anda. Por tanto, sólo los de “alante” o los de “atrás”. Es imprescindible para doblar ciertas esquinas: -

¡Quietos los de “alante”!

Los de “atrás”, por fuerza, como el anda no avanza, tienen que ir “de lao”. Por la misma razón técnica, se utiliza cuando “se vuelve” un Santo, o cuando terminan los Encuentros, en que la Guapa y su Hijo se vuelven hacia el pueblo. 7º) ¡Tós p’atrás! En Los Encuentros, para separar los Santos es imprescindible andar para atrás. Por la rapidez del momento, es mejor que darse la vuelta los agarráores y cambiarse de hombro y, por ende, el sentido de sus pasos.

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Lenguaje de agarraóres, claro. Particularidades, modismos, palabrejas de agarráores tobarreños. No pueden ser muchas palabras, porque en el agarráo se habla poco, que bastante tenemos con hacer fuerza y aguantar el peso. Pero lo que haya que salvar, se salva. Lo que hay que contar, se cuenta. ¡Abajo los de alante!: El agarráor coge el palo con las dos manos, con los brazos estirados y baja el anda hasta el suelo. Típico en Los Encuentros. ¡Al brazo!:

Poco hay que decir.

¡Al hombro!:

Menos aún.

Al hombro, sin cantearse: Aguantar el anda sobre el hombro, a pié firme y sin moverse. Por ejemplo: Para poner y quitar los bancos. Arranarse: El agarráor se arrana –es un puro intransitivo- cuando no puede más y se le doblan las piernas, como si fuera una rana. No aguanta el peso. Es un acto involuntario y, normalmente, deshonroso. (Antes que arranarse, “salilse o no habel entrao”). ¡Arriba de un tirón!: En el Calvario, los tronos/machos suben de un tirón el último repecho: Desde el último giro, hasta la Ermita. Se dice como un grito. Un grito bien tobarreño. Atacacina: En general, hartazgo de cualquier caso. Pero, cuando se trata de agarrar… ¡Menuda atacacina! Bambolear el anda: sentido. Brujón: el hombro.

Mover el trono de un lado para otro, sin razón y sin

Bulto en la piel. En el agarráor, obvia y antonomásticamente, sale en

Campanear el anda: Mover normalmente hacia los lados.

el

trono

de

una

determinada

manera,

Descanso…: … Entre pará y pará. El anda reposa sobre los bancos. Hasta hace unos años, sobre cuatro horquillas.

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Entrar:

Meterse entre los palos. Iniciar una pará.

Esollejao: Quedarse sin piel una antonomásticamente, en el hombro.

parte

del

cuerpo.

En

el

agarráor,

¡Este no se queda aquí!: Exclamación que, alguna vez, se dice dentro de La Encarnación por la gente de El Paso Gordo, antes de iniciar la Bajada. Sirve para darse ánimos. Hacer la gata: ¿Quién no ha visto a los gatos estirar las patas de delante y encorvar la columna vertebral, en un puro acto de desperezo? Pues eso: El agarráor que no puede, se encorva voluntariamente, parece cifótico, y sí, va en el palo, pero no hace fuerza. Simplemente, “hace la gata”. Es un acto alevoso, cobarde y estúpido. ¡Quién no pueda, que se salga! Irse a mear: En general, es la excusa utilizada para “escaquearse” durante un rato, por cansancio, por pasar por calles poco lucidas, para ir a pegarse un tiento, etc. Los de alante:

Suelen ser los más altos.

Los de atrás:

Los bajicos.

Pará: Ya dicho: El trozo de calle que se hace andando con el Santo a hombros. Es una contradicción lingüísitica, pero es muy tobarreña: “He hecho tres parás”. Ponel la horquilla: Pues eso: Se pone y ya está. (Sólo cuatro, claro). ¡Ponel los bancos!: Sin cantear el anda, “entran” en los faldones –normalmente dos o cuatro nazarenos- para fijar los bancos. Punta (del palo): Las indican las almohadillas más alejadas del anda. Curiosamente, “sólo hay” punta del palo en la parte de delante. Nunca se emplea para la parte de atrás. Nunca. Es como si detrás, no tuviese importancia. (No obstante, en las subidas duras –Encarnación, Calvario, escaleras…- alguien “echa una mano” en la punta de los palos de atrás). Quietos, sobre el hombro: Quital la horquilla:

Ya dicho. No se avanza, pero se “merce” el anda.

Se quita. Pues, eso.

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¡Quital los bancos!: Sin cantear el anda, “entran” a los faldones –normalmente dos nazarenos- para quitar los bancos. Entonces, hay que poner horquillas. Relevo:

Turno de agarráores que agarran al mismo tiempo.

Remolerse: Atracarse de agarrar hasta quedar sin fuerza: “Estar remolío”, “se ha remolío”. Salir:

Dejar los palos para descansar. Cambiar de “relevo”.

(Ya dicho: ¿Convertirse en nazareno? ¿Paso de agarráor a nazareno? ¡No creo! El agarráor lo sigue siendo, aunque no vaya agarrando. Agarrar o esperar agarrar imprime carácter). Timbre, el: Cualquiera de los diferentes artilugios que se han utilizado para que al sonar parase o empezase a andar el anda. Al inicio, era un puro y simple timbre de bicicleta. De ahí el nombre.

ADENDA: No se incluyen aquí palabras que por sí solas requieren un tratamiento particular: Anda, banco, horquilla, etc. Se verán en Complementos Directos.

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Venimos escribiendo sobre agarrar, el agarráo, agarráores… El hombre, en suma. El hombre tobarreño, el agarráor que se mete en un palo para llevar su Santo una, dos o cien “parás”; una, dos ó cinco procesiones. Estos son los Cuadernos de Agarráores. He querido llamarlos así, porque el protagonista es el agarráor, el hombre; o la agarráora, la mujer. En definitiva, el ser humano, el tobarreño haciendo fuerza, utilizando una técnica concreta para desplazar las andas y lucirlas en las procesiones. A mayor gloria de Tobarra. Naturalmente, el hombre/hombro necesitan complementos (directos) para efectuar el agarráo. Son, principalmente, los que exponemos.

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EL ANDA El anda, las andas, “los Santos”. El anda, masculino singular. Las andas, femenino plural. ¡Caprichos! Angarillas, parihuelas, árguenas… (En Híjar las llaman pianas, por peanas. Ya dicho). Como hemos venido observando, en Tobarra se reconoce sobradamente trono (que es malagueño puro) y no siempre paso (que es sevillano legítimo). Pero es muy difícil concretar la realidad semántica a cada realidad semanasantera. Una idea: La Caída o La Agonía serían Pasos (representan un suceso bíblico) pero La Virgen o San Juan, no, (pues representan una figura). El anda, las andas, “los Santos”. Prefiero anda antes que trono y que paso y probablemente es el nombre más antiguo referido al caso. Conozco un documento de 1779 (A.H.N. Orden de San Juan. Calasparra, leg. 24, 2ª Serie, nº6) en el que se dice –refiriéndose a la Iglesia Parroquial de la Ciudad del Arroz- que “en la Capilla de Jesús Nazareno están las andas”. Yo prefiero hacer trascender la palabra andas, aunque sólo sea para diferenciarnos de Hellín y de Albacete. Y como realmente lo decimos… El anda sobre la que yo saqué a La Verónica el Domingo de Aleluyas del 1.958 –agarrábamos cuatro críos- se parece a la de La Virgen de 2.004 sólo en dos cosas: En que se llaman igual y en que sirven para lo mismo. Sólo en eso. Han cambiado la forma, el volumen, la dimensión, el número de agarráores… Las andas semanasanteras han evolucionado en la segunda mitad del siglo XX con idéntica importancia a la del tambor. Pero el hecho ha pasado más desapercibido. Como las Hermandades admiten poca revolución hacia fuera, la han puesto en práctica hacia dentro. Me explico. Es difícil que una Hermandad pueda introducir cambios sustanciales en algún acto semanasantero o creando alguno nuevo. De ahí la trascendencia de la BAJADA del Paso Gordo o del Encuentro con La Magdalena. En el mismo sentido, las importantes mejoras que se han introducido en El Prendimiento, con su aire un 43


Auto-Sacramental breve. Pero mirando a su propio centro, las Hermandades han ido buscando su perfección, bien en el número de nazarenos, bien en su vestimenta o, definitivamente, en la dimensión de las andas. En los años 50, en la mayoría de las andas (Cruz, Ecce Homo, Nuestro Padre Jesús, Verónica, Magdalena, San Juan…) agarraban 6. (Ninguna pasaba de 16 agarráores. El Paso Gordo fue la primera en la Historia de la Semana Santa). La Virgen llevaba 12. Jesús del Prendimiento, 8. Etc. A caballo entre el siglo XX y el XXI, predominan los 32 agarráores. Las andas han multiplicado por más de 5 el número de agarráores desde mitad del siglo XX, pero Tobarra no ha multiplicado por 5 sus habitantes. ¿Tiene esto algo que ver? ¿Quiere decir algo? ¡Seguro! Y nada bueno. No obstante, a partir del 2000 parece que empezamos a “espabilarnos”. Se ha quitado peso al anda de La Agonía, y La Verónica y El Moniquí han estrenado andas menos pesadas, a base de palos reforzados con aluminio. (También, por cierto, han estrenado “almohadillas corridas”. ¡Buen invento!). El tema me preocupó hace unos 20 años, hacia 1.980. Lo dije por escrito: Antes de 50 años no habrá suficientes agarráores en Tobarra y algunos Santos se quedarán en la Iglesia… ¡o vuelven las andas con 6! Hoy, ¡Carpe diem!, el tema –aunque siga pensando lo mismo- me preocupa bastante menos o nada. ¡Vivamos el presente, luzcamos nuestras procesiones, aprovechemos esos casi mil hombros dispuestos a agarrar (por ahora) la noche de cada Jueves Santo! Cuando llegue la crisis… ¡que le quiten a Tobarra lo bailao! Y llegará –y lo digo por enémisa vez- porque nuestros nietos, los nietos de los que vivimos fuera, no irán a Tobarra… o, mucho me temo que la mayoría de los que vayan estarán metidos en los garutos o en casa durmiendo. ¡Y faltarán hombros para las andas actuales! ¡Ojalá me equivoque! El anda, las andas, “los Santos”. Agarramos en el anda. Por tanto, el anda, las andas, “los Santos”, son el principal complemento directo del agarráor. ¿Cómo existirían agarráores sin andas? Imposible.

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EL ANDERO A Pepe Garrido, ejemplo sin par. Ya está decidido: no me gusta excesivamente“trono”. No me entusiasma “paso”. Prefiero “andas”, “las andas”. ¡Incluso, en lo global, “los Santos”, “sacar los Santos”! “Trono” me suena a película de reyes y espadachines. “Paso” es, ante todo, una manera concreta de andar y, por ende, de llevar las andas. Y así: “Marcar el paso”, “Paso sanjuanero…”. Por lo tanto, me quedo con “andas”, “las andas”, que es tobarreño y bien tobarreño. Pero es que, además, en Tobarra ya tenemos a “Jesús del Paso” o “Paso de San Roque” y sonaría a redundante y/o tautológico decir, “yo agarro en el paso de Jesús del Paso”. Y tenemos también un Paso Gordo, por lo que tampoco suena bien eso de “yo agarro en el paso de El Paso Gordo”. Por otro lado, llamar trono al Sepulcro, no me encaja. Suena mejor decir: “las andas con el Sepulcro” o “las andas de La Magdalena”. Concreto: Andero, uno. Agarráor, todos. “Andero” es, por tanto, el que manda en las andas. ¿Habrá expresión más cursi – por menos tobarreña- que “el encargado del trono”? Y, sin embargo, aún con mi protesta, puede terminar imponiéndose, está imponiéndose. Pero con mi protesta. = “Buenas. Por favor, ¿me podría Ud. indicar quién es el encargado del trono?” ¡Parece que vayan a cobrarle la contribución o a entregarle un mandamiento judicial! En cambio, “el andero” parece ser el cachicán, el caporal, el manijero, el Boria. Andero suena a tío que manda mucho en el anda. “El andero” y los agarráores. No hay confusión posible. Hombre, el andero, si le peta, también puede agarrar. Pero no es lo normal.

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“El andero” debe ser el amo, el jefe, quien manda en el anda. En las filas puede haber, sí, un “encargado de las filas”, pero no importa, pese a que suena como a más blandengue, a menos bravío, que un nazareno nunca apechuga como un agarráor, (y, encima, sin mojete previo). No es lo mismo. “El andero” exige, mejor dicho, el ser “andero”, un buen “andero”, comporta valores, parámetros, virtudes, mañas… El primero es el carisma. El andero, en la Procesión y fuera de ella, debe ser alguien absolutamente aceptado por todos los agarráores. A veces, basta un gesto, un grito, una mirada… para imponer una decisión. “El andero” atrae por su sabiduría, seduce por su personalidad, conquista con su experiencia y ejemplo. Ese es un milagro continuado en el agarráo: Que exige disciplina, orden, urgencia, dureza… Y “el andero” no tiene más fuerza ejecutiva que la de su propia capacidad de persuasión. Ese es el prodigio: Que impone la razón sin más razones que su autoridad, su prestigio, su palabra y su carisma. “El andero” influye muchísimo en el buen o mal agarráo de un anda. Y a quien no lo sabe, no se lo parece. Tal vez porque en la Semana Santa –desde que soy agarráor- apenas haya conocido tres o cuatro buenos “anderos”. Los demás, se han limitado a tocar el timbre. El buen “andero” está pendiente de todo. Tanto, que es capaz de “leer”, uno por uno en los hombros de las dos docenas y media de agarráores, si van o no van haciendo fuerza, si van a gusto o “remolíos”, si hay o no que relevarlos, etc. El buen “andero” no está quieto ni un segundo. De “atrás” a “alante”, de “alante” a “atrás”, de punta a punta del anda, pendiente también de los que no van agarrando… El buen “andero” normalmente, no agarra. Pero cuando el anda descansa en la Iglesia, hasta el día siguiente, está tan “remolío” como el que más. No tiene el hombro “esollejao”, pero lleva el alma llena de pequeñas fatigas, de diminutas heridas, de infinitas emociones… ¡Que su Santo lo bendiga! P.S.: No es un capricho escribir unas veces andero con y otras sin comillas. ¡Es para ir dándole normalidad! (Ya pasó con agarráor. ¿Quién lo escribe hoy entre comillas? Idem con semanasantero. ¡Nadie! Hoy son vocablos normalizados y forman parte del lenguaje cotidiano).

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LOS PALOS Los palos. ¡Y tan palos! ¡Dios sepa de que buen árbol salieron! “Trozo de madera más largo que ancho…”. En las andas, cuando el palo no era muy grueso solía ser cilíndrico. Si lo es, cuadrado o rectangular. Por su longitud, en las andas actuales es muy difícil que el palo sea de una sola pieza, por lo que suele ser de dos, sujetos al anda por unos tirantes metálicos, fortísimos, que permiten fijar el tal palo y que este aguante todo el peso del anda en el trozo que va en el interior del anda. El número de palos y su longitud son los que indican, los que deciden el número de agarráores. Así, cuatro palos largos permiten 32 agarráores, 16 delante (4 en cada palo) y 16 detrás. Cuatro palos cortos aceptan 16 agarráores, 8 delante (2 en cada palo) y 8 detrás. Pero no hace falta ir tan lejos ni abarcar tanto. El palo, en el lenguaje agarráor, es, simplemente, solamente, el trozo de ídem donde se coloca cada uno: -

“Mi palo”. “Entré en los palos”. “Dentro del palo”.

No hace falta que sea todo el palo. Bastan los 40 ó 50 cmtrs. Lo que un hombro ocupa y un piacico más pá podel andal. El palo, tu sitio en el palo, tu trozo de palo, tu piacico é palo, es tu cómplice, tu compañero imprescindible para agarrar. Es tu casa, tu habitat, tu rincón, tu sitio. Yo suelo besarlo discretamente al entrar y al salir. Y es que acaba por tener mucho de amigo, pero también algo de novia y un tanto de pareja, en el sentido más “civilero” del término: -

“Mi palo y yo”.

Hablamos como si todo el palo fuese nuestro. Por lo menos, medio palo, delante o detrás, que no tiene nada que ver el sitio del láo donde te pones. Y terminamos por ser xenófobos: 47


= “Los de alante no tién ná que vel con los de atrás”. (O al revés). Y terminamos creyéndonoslo. Y más, desde que se impuso –tácitamente- la costumbre de que los altos agarrasen “alante” y los bajicos “atrás” durante toda la Procesión. En la Virgen, hasta los años 80, los bajicos “subían alante”, hasta el Cuartel (Cruce de la Calle de las Columnas con el Paseo) y eran los altos los que se ponían “alante” “pá bajal”. En la esquina de Castico/Manolico el Aperáor se producía el cambio. Pero hoy, salvo para salvar desniveles –Calvario, escaleras, etc.- los altos van siempre “alante”. Y, claro, por lo dicho, para entrar en la Iglesia o subir la cuesta del Calvario, se ponen atrás. Realmente, sólo ocupamos 40 ó 50 cmtrs. de palo, pero pensamos que to el láo nos pertenece, puesto que es nuestra casa el tiempo que dura la pará y nuestro amparo el tiempo que dura el descanso. Y si, encima, nos gusta agarrar siempre en la misma cabecerilla… En Tobarra decimos palos. En Sevilla dicen trabajaderas; en Cuenca, banzos; en Calasparra y en Híjar, varas… Pero estoy seguro de que en todas partes los queremos igual.

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LA HORQUILLA La horquilla tiene mucho de amante. Y como todas, te complace a veces, pero te molesta otras; no puedes pasar sin ella, pero a veces quisieras quitártela de encima, perderla de vista. El agarráor tobarreño no es nada sin su horquilla. Prueba evidente es que lo primero que pide cuando el Santo ya ha salido de la Iglesia o ha enfilado la cuesta abajo en El Calvario es su horquilla: -

“¿Y las horquillas?”. “¿Quién reparte las horquillas?”. “¿Quién tié mi horquilla?”.

La horquilla, hoy, supone una pura dependencia. Horquillodependencia agarráora. Y es que, realmente, no sirve para nada… que no sea la seguridad psicológica que dá el llevarla y la facilidad para marcar el paso. Desde que se impusieron los bancos fijos, la horquilla no tiene más función y utilidad que la de dar seguridad, hacer compañía al agarráor. La horquilla es un puro bastón. -

“El láo de la horquilla”.

Hasta los años 70, sí. Cada anda, entre pará y pará, en los descansos, se posaba en el suelo sobre cuatro horquillas (dos delante, dos detrás) en las esquinas, por fuera, pegando al mismo trono. Había Hermandades que tenían cuatro horquillas especiales, precisamente para descansar el trono. Eran un poquico más grandes y estaban reforzadas –en la horquilla propiamente dicha- por hierros doblados que se ajustaban a la forma del palo. Sólo cuatro horquillas, propiamente dichas. Entonces. Eran una especie de horquillas/macho, capaces de aguantar todo el peso del anda. Así descubrías a quien agarraba por primera vez: Ponía la horquilla/hembra donde no debía. ¿Por qué sólo cuatro? Por la pura irregularidad del suelo. Cuatro era suficiente. Más, habría supuesto pura confusión física en los puntos de apoyo. Desde luego, al que le tocaba el láo de la horquilla, iba listo. En la marcha, en las parás, agarraba como cualquiera. Pero en los descansos, no podía descuidarse. El que se cayese o no se cayese el anda dependía de él. Claro que, en los años 50, 49


con las andas pequeñas, un agarráor podía levantar el anda él sólo y rectificar la posición de la horquilla que, con el mismo bamboleo del trono, -aún estado paradotendía a descolocarse. Pero hoy, en las andas grandes, tienes que pedir auxilio. ¿Quién levanta El Paso Gordo, él solo? -

“Ayudadme a levantarlo…”.

Entre tres o cuatro, meten el hombro y ponen la horquilla “en su sitio”. Desde luego, el que iba en el “láo de la horquilla” agarraba por tres o cuatro. Que nadie espere leer en el diccionario que “la horquilla es… para descansar las andas en las procesiones”. No lo reconoce, pero, claro, por extensión, sirve. La horqueta, por ejemplo, sí dice que es para sostener las ramas de los árboles. En Murcia, como he dicho en otro lugar, los llaman “estantes”. En el año 2100 cuando ya no estemos los que aún “hemos puesto” o “hemos visto poner” la horquilla, todavía resultará más anacrónica su utilización. Pero seguirá siendo amorosamente imprescindible. El agarráor tobarreño ya nunca podrá prescindir de la horquilla. Formará parte, por siempre, de la Procesión. ¡Bendita horquilla! No sabríamos agarrar sin horquilla. Ella nos transmite seguridad, nos permite escucharnos a nosotros mismos en cada horquillazo, nos sirve –poco o mucho- para medir nuestros propios pasos. Lo tengo pedido: Cuando la cuque, (aunque la idea no sea original, pues ya la manifestó mi Jesusico en su mejor poema, cuando murió su tío Francisco “Sabina”) que pongan una horquilla en mi mano izquierda y un par de palillos en la derecha. ¡Qué mejores heraldos tobarreños ante la eternidad! ¡Y después, mis cenizas… al Cerro del Reloj!

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LA CABECERILLA La cabecerilla, la almohadilla, sinónimos puros, que nos sobra vocabulario semanasantero. Somos ricos en decirlo y en sentirlo. Con lo que pesan las andas, sería imposible apoyar un palo directamente en el hombro sin que el dolor nos rindiese. Para eso se inventó la cabecerilla, la almohadilla, aunque no sea autóctono tobarreño, seguro que no. Las cabecerillas son de piel o de tela fuerte (pana o similar). Tienen una superficie de, más o menos, 35X30 y disponen de correas con agujeros y hebillas para sujetarlas al palo. La piel o la tela –dobles- llevan en su interior, lana, borra, esponja o algo blando, para que haga de muelle ¿muelle? en el hombro. Poner las almohadillas en el palo tiene su maca. Hay que apretarlas con exactitud para que –en algún momento concreto- puedan deslizarse un poquico, lo justo. Pero si se aprietan poco, se escurren a lo largo del palo y chocas con el de delante. Si, por el contrario, se aprietan mucho, pueden hacer saltar las hebillas en algún momento. Por otro lado, debe procurarse que la parte de la hebilla coincida con el láo donde el agarráor va a poner la cabeza. Es que si se pone en la parte donde queda suelta la correílla, ésta roza en las orejas y es cosa incomodísima. El agarráor que mete bien el hombro, llega a fusionarse, a fundirse con la cabecerilla y hace un todo. Es natural: La oreja, parte la cara, el parietal, el hombro, deben ir completamente pegados a la almohadilla. ¡Mal agarráor es el que le baila el hombro contra la cabecerilla! Hace 40 años, era entrañable la figura del agarráor después de la procesión llevando la horquilla al hombro y la cabecerilla en ella. Era señal inequívoca de que agarraría en el primer relevo de la Procesión siguiente. Hoy ya no se ve esta figura por las calles tobarreñas. Y la echo de menos. Las cabecerillas, la horquilla… hermanas del agarráor, cómplices o coautoras, testigos del esfuerzo y del amor a los palos. ¿Estoy escribiendo en pasado? Como ya he dicho, en 2001, El Moniquí y La Verónica han introducido el palo con cabecerilla corrida incorporada. ¿Será todo el futuro? ¿Se acaba el poner y quitar cabecerillas? ¡Pudiera ser ¡ Desde luego, ¡más cómodo es! 51


LOS BANCOS Hasta los años 80 –es muy difícil concretar las fechas- las andas se sostenían quietas –descansaban- fuera de las Procesiones, sobre unos artilugios llamados “bancos”. Eran dos. Consistían en un gran tablón de madera en cuyas puntas y pegadas al suelo se colocaban dos tablas en forma de letra uve (v) inversa. A su vez, en la abertura de esa uve, otra tabla cruzada y fija. Cuando se posaba el anda, el travesaño evitaba que la uve se abriera a causa del peso. En su aplicación 3ª, el D.R.A.E.L. lo define como “Madero grueso escuadrado que se coloca horizontalmente sobre cuatro pies y sirve como de mesa para muchas labores de los carpinteros, cerrajeros, herradores y otros artesanos”. Como se ve, no dice que sirva “pá ponel los Santos”. ¡Pero servía, ya lo creo! No sé –otra cosa mas, imposible de saber en Tobarra- quien inventaría el banco semanasantero o, mejor dicho, quién sería el primero que utilizó los bancos para posar las andas. ¡Gloria sin memoria! Estos bancos, obviamente, iban de aquí para allá, de la Iglesia al Calvario, del Calvario a la Iglesia. Hasta 1.960, 1.970, en el Calvario, no todas las andas se dejaban sobre los bancos. Las menos pesadas, simplemente, se posaban en el suelo durante la Bendición, el Encuentro, el Entierro... Normalmente, eran dos críos o dos zagalotes los que, a cambio de unas perras, subían los bancos hasta el Calvario las mañanas del Viernes y del Domingo. Se echaban por los callejones –algunos- o se iban por San Roque el Viejo, los más, a fin de no interferir las Procesiones. Esos bancos pasaron a la Historia. Un día –hacia 1.975- don Francisco Martínez García (Francisquete Sabina), Boria de Nuestro Padre Jesús Nazareno y el semanasantero más semanasantero del siglo XX, pensó que, poniendo algún artilugio fijo en las andas –horquilla, banco…no habría que andar quitándolos y poniéndolos en cada descanso. Lo intentó, pero no terminó de conseguirlo, porque el anda se movía, privandola de seguridad y garantía de sostenimiento. Era peor el remedio que la enfermedad.

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Al año siguiente ya cumplieron su función sin problemas, porque se añadieron unos tensores o vientos de pata a pata. En otras andas –hoy, en la mayoría– se “encasquetan” en una “hembra” metálica. Hoy, en el siglo XXI, todas las andas llevan bancos fijos, que se ponen y se quitan con la mayor facilidad. Ello es natural, porque para entrar y salir de la Iglesia, para hacer los Encuentros, etc., hay que quitar los bancos, so pena de tropezar en ellos o que ellos tropiecen contra el suelo, contra los escalones, etc. Los bancos fijos son una hermosa y utilísima aportación tobarreña al agarráo, a lo procesionero. Realmente, como dije al escribir sobre la horquilla, el hecho de poner y quitar la horquilla en cada descanso, con el volumen y peso de las andas actuales, supondría una dificultad añadida que no conduciría a nada. Por el contrario, podría acarrear algún problema de seguridad. Hoy, en que todos los Santos llevan faldones, los bancos fijos son un logro definitivo al lucimiento de las Procesiones. ¡Y un alivio pá los del láo de la horquilla! Con la misma técnica que los bancos fijos, El Paso Gordo ha inventado “las ruedas”, a fin de poder mover las andas con muy poco esfuerzo dentro de La Encarnación, donde es bien sabido que permanecen todo el año. Realmente “las ruedas” se inventaron en los años 90, para mover las andas –Paso Gordo y Resucitado- dentro de la Sede (en la Plaza) los años en que La Encarnación vivió sus reformas. “Las ruedas”, técnicamente, no son sino bancos fijos, mucho más cortos que los normales, apenas la mitad, con ruedas. Se colocan en la mañana del Viernes, en El Paso Gordo, en el mismo momento del fin de la Subida y del Domingo en el Resucitado, después de la Subida Chica. Así, resulta sorprendente, como apenas tres o cuatro personas, empujando, son capaces de hacer maniobrar la mole de El Paso Gordo para dejarla donde descansa todo el año. Los palos, “las ruedas”, la Semana Santa que “espabila” para lucirse más, sin quitarle un ápice a su solemnidad y majestuosidad. ¡Benditos inventores semanasanteros!

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LA SAETA Es el banco de pruebas más duro al que debe someterse un agarráor… si mientras cantan una saeta no sólo no paran el anda, sino que -¡encima!- hay que mercerla. En ese par de minutos que dura una saeta, el agarráor pasa las de Caín. Surge así, como un de pronto, sin esperártelo. En una pará cualquiera, suena –aguda- una voz, empieza a oírse una saeta. No se hace sonar el timbre sino que, automáticamente, como en un reflejo instantáneo educado con el oficio, todos los agarráores nos paramos, dejamos de dar horquillazos, nos espatarramos bien espatarraos y nos ponemos a mercer el Santo. Al menos, así lo hacemos en El Paso Gordo. (Digo de nuevo, para quien aún no lo sepa que, para el lenguaje tobarreño, pará es el espacio de calle que recorremos entre dos descansos. Caprichos del lenguaje semanasantero, porque pará suena a pararse. Y es al revés). Pues bien, oír la saeta y separar las piernas es todo uno. Y es que si no, con los pies juntos, al mercer el Santo, la inercia, el bamboleo, el campaneo del anda, nos haría caer hacia uno de los lados. La saeta. No lo notas en el hombro, que ya viene caliente. Empiezas a notar como se te clava una aguja a la altura de ambos riñones, especialmente en el del láo en cuyo hombro descansa el palo. No lo notas en las piernas, que ya se han endurecido. Es toda la zona lumbar la que siente una presión distinta. No lo notas en los pies, viejos amigos de la calle. Empieza a ser en la espalda entera, desde el final de los omoplatos hasta la curcusilla. La saeta. El agarráor más bragao empieza a sentirse asustado e inseguro. -

“¡No puó más!”.

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Pero aguantas. Nadie las pía. Arriba, en un balcón de la Calle Mayor o de la Calle de las Columnas (nunca se oyen saetas en la Plaza, ni en el Paseo, y raramente en la Calle de San Roque…) una voz mejor o peor timbrada (sólo se tiene en cuenta la intención) desgarra todos sus agudos, devocionadamente. El agarráor no oye la letra, no se entera de la música, no está pendiente de las voces. El agarráor sólo está pendiente de su afligida espalda, de su capitidisminuido coraje, de sus dorsales apuñalados. Arriba, en el balcón (que sólo excepcionalmente es en una ventana) los aaaaaayyyy, ayayayay, continúan su decir desgarrado. El agarráor –que nunca lo dirá, que ni siquiera lo reconocerá ante su caletre- es maldición contenida, reconcomio silente, blasfemia álala. Pero lo piensa: -

“¡Que acabe ya, pijo!”.

No se le ocurre decirlo. Pero así lo siente. Por fin, el timbre. Ha terminado la saeta. ¡A los bancos! A respirar. La saeta es una propina de veneno añadida para la noche del Jueves. Y digo noche, porque hasta el Domingo de Aleluyas del 2001 yo no había oído saetas de día. Pero esta vez se las “han echao” al Resucitado. No es error conceptual decirlo, no: ¡Cuando se oye una saeta, te duele hasta el alma!

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UNA EXTRAVAGANCIA: EL CAPUZ BAJO A mi hermanico Pedrín y a mi hijo Íñigo, agarráores con el capuz bajo.

Es una pura extravagancia, algo fuera de orden, tradición y lógica tobarreños. En la Semana Santa de Tobarra hace muchos años que es excepción agarrar con el capuz puesto, pero levantado. Pero, encima, agarrar con el capuz bajo ¡y de noche! es algo que rompe todo el sentido común, toda la tradición, todo el tobarreñismo. Sólo lo he visto en el anda de La Soledad, el Viernes Santo por la noche. Pero como es agarrar, es Semana Santa y es Tobarra, debe quedar constancia en un Cuaderno de Agarráores que intenta ser universal. Agarrar con el capuz bajo ¡y de noche!, para los que usamos gafas, debe ser un martirio añadido (los cristales se empañan) que no me puedo imaginar. Con su pan se lo coman. Y ni una palabra más.

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LAS TABLAS Aquí no hay la más pequeña duda. Las tablas las ha popularizado don Jesús García Martínez, mi entrañable Jesusico, muy sanjuanero él, que, harto de llevarse las raciones de tres o cuatro agarráores, por ser el más alto del anda, se le ocurrió pensar que si los agarráores no podían crecer, el palo sí podía bajar. ¿Cómo? Muy sencillo: El huevo de Colón. ¡Pero había que inventarlo! Y eso es lo que había hecho don Francisco Martínez García (¡tantas veces citado y por tantas razones!) pero el invento no fue muy bien acogido para los palos de Nuestro Padre Jesús Nazareno… simplemente porque les sobraban hombros y combinaciones para los relevos. Pero, claro, en San Juan, con los hombros justos… había que ingeniárselas para compensar las distintas estaturas. Entre la almohadilla/cabecerilla y el palo se colocan una, dos ó tres tablas, de tal manera que estas compensen con centímetros los que les faltaban a los agarráores sanjuaneros para poder hacer pareja con Jesús. Como se ve es un invento desesperado; es como una protesta intelectiva del agarráor alto que se harta de llevar más ración de la que le tocaría, si todos fuesen de su estatura. Y el cacumen se le agudiza hasta encontrar una pseudosolución a sus “males de altura”. El agarráor más bajo, si las tablas están bien puestas, no nota absolutamente nada. Si son más estrechas que el palo o bailan, sí, puesto que son como puñales añadidos. Las tablas son tablas de salvación para el agarráor alto. No sé que se hayan puesto en otras andas que en San Juan ni la historia requiere más ringorrangos. Pero tiene que dejarse constancia de esta sofisticación semanasantera.

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LOS GUANTES BLANCOS Se están imponiendo. Hoy, en Tobarra, en la mayoría de las andas, para agarrar, hay que ponerse guantes blancos (y eso que “gato con guantes no caza ratones”). Lo llevo con una resignación digna del mejor encomio. Resignación, ¿por qué? Pues porque al llevar guantes (no sé de que estará hecho el tejido) la horquilla se “efarra”, se escurre, te se va al pijo si le pegas con ganas contra el suelo, rebota contra el mismo y salta, porque la mano no es capaz de sujetarla. ¡Manazas! (El próximo paso que yo daría, si mandase algo, es que todos los agarráores llevásemos el mismo tipo de calzado: modelo, color, diseño, etc.). Los guantes blancos añaden uniformidad. Es suficiente con la túnica. Pero los guantes la refuerzan. El mismo calzado la completaría. Cada año, me pongo con toda solemnidad la túnica de agarrar, me ciño el cíngulo con espíritu de ceremonia, me pongo despaciosamente la pañoleta de El Paso Gordo (como antes me ponía la túnica de La Guapa). Llevo un par de años entrenándome para calzarme los guantes devocionadamente. Poco a poco lo voy consiguiendo. Por supuesto, el guante, si guante, blanco. Para agarrar, blanco. Es mucho más elegante, es la elegancia absoluta. No puedo remediarlo. Cuando veo a esos compañeros de palo, en la BAJADA del Paso Gordo, con espaldas de metro y medio y manos como baleos que jamás se ponen guantes el resto del año, me enternezco píamente. ¿Qué pasará por sus cabezas al ponerse los guantes blancos? ¿Qué pensarán? Probablemente, nada, porque prevalece el amor al anda y el gusto por el agarráo. Y si hay que llevar guantes blancos, pues se llevan. ¡Faltaría más! El guante blanco pone “a touch of class” en la noche del Jueves de Guantes Blancos. Y Tobarra se siente orgullosa. Yo, voy acostumbrándome. Muy a mi pesar. (Soy muy tobarreño y “gato con guantes…”).

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EL CLÁSICO A la hora de hacer literatura semanasantera, en este capítulo tan especial, el agarráor clásico tiene que ir por delante, partir plaza, ser presentado el primero. Entre otras razones, precisamente, por la literaria, porque es más fácil empezar a escribir de lo normal, de lo mayoritario, de lo común, de lo abundante, de lo general. Y lo más normal y abundante en Tobarra es el agarráor clásico, el que sirve de modelo, el que pasa desapercibido, el que no llama la atención. Puede llegar a cuarentón agarrando y nunca haber llamado la atención. Esa es su grandeza. Un día, cuando jovencico, se metió en un palo, le dieron una horquilla y se puso a hacer fuerza sin que nadie le enseñase. Y un día, años después, dejó de meterse en el anda y nadie lo echó de menos. Esa es su gloria, que no otra, puesto que no ha forjado leyenda ni desprecio a su alrededor. Ha sido uno más, que nunca ha sobresalido ni en lo bueno ni en lo malo. Se ha metido entre los palos cuando y donde le han dicho. Nunca ha protestado de nada y por nada. Jamás ha fallado a la procesión del Jueves, porque estaba convencido de que era la Procesión con mayúscula. Es, por supuesto, un buen tobarreño, un buen semanasantero. Es uno “de los de toda la vida”, de los que escriben la historia de la Semana Santa sin grandes batallas pero sin ninguna derrota. Unamuno lo hubiese incluido en su intrahistoria, en la intrahistoria semanasantera. El agarráor clásico es el más abundante, gracias a Dios. Sin ellos, la Procesión no sería lo mismo. Pero lo es, porque es clásico, perdura, permanece, proyecta. Agarrar junto a un clásico es toda una suerte. Sabes que nunca fallará. Es toda una garantía. Te da seguridad. Y uno, si es poeta y observador, le agradece con endechas todo el esfuerzo que te ha ahorrado, toda la firmeza que ha derrochado, todo el amor semanasantero que ha puesto entre los palos. Si en Tobarra hay un monumento al tambor, propugno un monumento al agarráor. Aunque sea una placa de piedra en la pared de la Ermita del Calvario. El agarráor clásico se merece ese poema en piedra, que yo escribiría si me lo pidiesen. 60


EL PADRE Y EL HIJO A Guillermo. A Guille. Palo imposible de Paternas. A Jesús. A Pablo. Palo sanjuanero frustrado tristemente. Decide la edad, manda el tiempo. Para juntar en el mismo anda –juntarlos en el mismo palo es el súmmum- a un padre y a un hijo, hay que pedir permiso a los calendarios. Habrá quien piense que no, pero es mucho más entrañable ver pater et filius en los palos del anda que con el tambor en la misma cuadrilla. Es menos abundante, más ocasional. Diría, incluso, que hermosísima excepción. Tiempo, edad, crono, facultades… No es fácil, no, pero se puede tocar el tambor con 80 años. Con esa edad puedes llevar en la cuadrilla a tus hijos y a tus nietos. Pero para meter a un hijo en los palos, el hombro ha de rondar los 45 años… y a esa edad son –somos, ¡qué suerte!ya pocos los que agarramos. Pues por eso. Mi primo Juan Abellán Hurtado y su hijo; Diego Ortiz Martínez… ¡sus dos hijos y su hija! Odón Pont Poyatos y sus dos hijos…; mi Jesusico y sus hijos…; mi hermanico Pedrín y alguno de mis sobrinos; mi hijo Íñigo y yo… Somos reatas largas, tobarreñas y bien tobarreñas… Cualquier padre semanasantero cuando su guacho empieza a andar, le compra un tambor o lo mete en las filas de su Hermandad… O las dos cosas juntas. Si, además de semanasantero, es un buen agarráor, seguro que piensa: -

“En cuantico albance, ¡conmigo a agarral!”.

Y ve pasar un año. Y otro. Y el chiquillo le cumple los 10, los 12… ¡Ya falta menos! Pero, claro, el padre ha tenido, también, que ir aguantándose los años y tirando de horquilla cada Jueves de Hombros. Lo lógico: El crío p’arriba y el padre p’abajo. Lo normal. 61


Mientras tanto, el ejemplo. El hijo ve como el padre, Jueves tras Jueves, hinca el lomo en el anda. Y oye como le dice, horquillazo a horquillazo: -

“Algún día, tú también…”.

Mentalización, siembra imaginación esparcida…

amorosa,

creación de

deseo,

simiente

cognitiva,

El hijo –si tobarreña gleba- siente como le duele la estatura. Sólo los centímetros, que voluntad, deseo y vocación ya le han prendido. Y se prueba de puntillas con el anda en los bancos. Y va calculando: = “En un par de añicos…”. Y llega el día. Y ese día ve: - TOBARRA A HOMBROS( ) “Ya soy más alto, más grande, tengo un año más. ¡Ya puedo agarrar con los «bajicos» de la Virgen!. Y mi padre decía: -

«¿Agarrarás en la Virgen? Este año sí, con los «bajicos» ya puedes».

Jueves Santo del 85, mi alternativa como hermano de la Virgen de Los Dolores. Mi padre fue a buscar mi túnica, roja con adornos dorados. Me la puse. Me llegaba hasta la espinilla, tenía la misma sensación que Superman con su traje, me comía el mundo. Salimos a la calle en dirección a la Iglesia. Subimos a La Encarnación. Desde allí arriba, todo el pueblo, el Calvario, el Cerro del Reloj, la Estación, se me habían quedado pequeños. Mi padre tenía que bajar el Paso Gordo. Veía cómo bajaban, en sus rostros se reflejaba el esfuerzo que hacían y, aunque La Dolorosa pesa menos que El Paso Gordo, tenía miedo, estaba nervioso. ¿Y si de repente me caigo? ¿Y si me fallan las piernas? ¿Y si me arrano? ¿Qué hago? Llegamos a la Iglesia, La Dolorosa estaba más guapa que nunca, su trono era el mejor, no había flores iguales, el manto era precioso.

()

N. del A.: Íñigo Hurtado Alpuente. 14 años. Revista de Semana Santa, 1.986. 62


Salían todas las Hermandades. La última era La Virgen. El turno era para San Juan, y mi padre me dijo: -

«Toma esta horquilla y colócate aquí».

Yo tenía miedo, no quería, pero en el fondo sí tenía ganas. Ahora nos toca a nosotros. -

Ringgg…

El timbre sonó. Rápidamente nos agachamos, metimos el hombro debajo del palo y con grandes esfuerzos nos levantamos. La Virgen se balanceó. Notaba en el hombro un gran peso, me hacía daño, y como dice mi padre: «Se te hunde el mundo». Nos colocamos delante de la puerta para bajar las escaleras y salir a la Plaza. Descansamos un momento. Mientras, veíamos cómo San Juan se alejaba. El timbre sonó otra vez. Con La Virgen a hombros empezamos a bajar las escaleras. -

«Vosotros, haced fuerza». «Una horquilla en este palo». «Los de atrás empujad «p’alante»».

La Virgen se inclinaba, daba la sensación que se caía. Al bajar las escaleras, la Virgen se estabilizó. En el hombro se notaba, cada vez, más el peso; parecía como si un martillo te estuviera golpeando en el hombro constantemente, y te clavase en el suelo. Salimos a la Plaza. En ese momento, la Banda de Música de Tobarra, interpretaba el Himno Español. Me emocionó. Tenía el palo en el hombro, pero no me daba cuenta, estaba abstraído, en ese momento me encontraba muy bien. La banda se calló. Noté el peso, el hombro me hacía daño. Cogimos el paso. Al principio me costaba, luego me acostumbré. Llevábamos unas tres paradas, el hombro me dolía. Al principio hacía la gata, no lo hacía a propósito, pero me dolía más que llevando la Virgen bien, pedí un relevo porque no podía más. En seguida me recuperé. Luego hice dos o tres relevos más y el Viernes Santo otros tantos. Acabé la Semana Santa con el hombro rojo y con algún que otro arañazo. El Domingo no pude agarrar, pero espero el año que viene y los demás repetir la experiencia”. 63


EL DE: YO, “NAMÁSQUECONUNHOMBRO” Nunca sabrá el porqué, tal vez porque nunca se lo haya preguntado. Sólo sabe que no se apaña con el izquierdo. O sólo sabe que no se apaña con el derecho. No tiene nada que ver con el dextrismo ni con la zurdez, puesto que a lo mejor es zocato y sólo carga sobre el hombro derecho. O puede ser diestro y toda su desteridad agarráora caiga sobre el hombro izquierdo. Se siente incompleto, infeliz en su propia servidumbre. Y pasa los mil y un apuros, cuando le dicen: = “Tú, ahí”. Y tiene que dejar claro, que: -

“No, que con ese hombro no me apaño”.

A veces, se hace el ánimo, aguanta lo que no está en los escritos y es capaz de echar una paráica con el hombro malo. Pero sólo eso y rechinando los dientes y maldiciendo la ocurrencia y viendo las estrellas y pensando desde el primer horquillazo que cuándo tocarán el timbre, que ya no púo más. Lleno de tristeza, con la ternura saliéndose por entre los dedos, con humildad franciscana, pide que le busquen una cabecerilla en el otro lao “quesque con este hombro no sé”. Es, por supuesto, un buen agarráor. Pero lo es en su hombro, que Raúl no sabe chutar más que con la zurda y no pasa ná. Ya nunca tiene pesadillas (una Procesión entera con el hombro malo) ni cree en milagros (el año que viene, seguro que sí). Se busca sus macas, claro, como meterse el primero en el palo o andar sólo en un láo de las filas. Porque lo que no puede esperar nunca es que venga el andero y le diga: = “Ah, no, tú ahí, no, que con ese hombro no puedes”. Nadie merece tanto milagro. Y agarrando, menos.

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EL QUE HA HECHO PROMESA No lo conoce nadie o casi nadie. Se presenta un año cualquiera, con aire de no haber roto nunca un plato, diez minutos antes de empezar la Procesión. Se acerca hasta el anda con timidez claustral y pregunta por el Presidente con la misma solemnidad que si quisiera hablar in person con el mismísimo Santo titular de la Hermandad. Se lleva a aquel a un aparte y con gesto de asentación parece contarle secretos de la III Guerra Mundial, a juzgar por un movimiento como de asentimiento que imprime aquel a su cabeza. = “Es c’a hecho promesa”. Entre los agarráores, se produce un clima de complicidad con el promitente. ¡Cómo no! Enseguida hay un conchabeo de hombros comprensivos dispuestos a ser mucho más que testigos del ofrecimiento, de la promisión y, quien sabe, si del juramento. Naturalmente, el oferente viene impecable, impoluto, límpido, como de estreno. No pierde ni un instante su aire de monaguillo asustado o de trapense votivo. Todos saben que estas oblaciones se hacen a limine et in extenso, es decir “sacarlo y meterlo”. No hace falta ni preguntarlo. En Tobarra somos así. O nos ponemos o no nos ponemos. Por si las moscas, colocan al prometiente entre buenos hombros, para que se sienta cómodo y seguro. Todos quieren que quede bien con Dios. Al principio, con tantos brazos en las andas, pasa desapercibido. Lo malo empieza con la procesión encarruchá, en que un hombro que no apenca o un paso que no se marca, se nota y mucho. = “¡Pobrecico, ha hecho promesa, pero no sabe agarrar ni tié fuerza pá lleval el anda”. Bueno, no pasa ná. Una ración más entre los que somos…

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Pero, paráica tras paráica, el formal de palabra va cantando la gallina. Por supuesto, fuerza no hace. Pero es que encima, tropieza, no sabe picar con la horquilla y empieza a poner cara de puro escagarruciao. Le piden, cordial pero firmemente, que se salga, que va jodiendo la Procesión. -

“Es qu’hecho promesa”.

= “Sí, pero los demás, no. Así que, o das veinte mil duros pal Santo o te descalzas y vas detrás del anda o te la machacas con dos guijarros”. Y, como mal menor, tié que salil hincando. No termina de entenderlo. Él había hecho promesa de agarrar. Hacer fuerza es otra cosa. Se trataba de cumplir con el rito, con los demás agarráores. Pero, claro, por él no ha quedado. Dios no puede exigirle más. Quería cumplir, pero no le han dejado. Ad imposibilia, nemo tenetur. ¡Pós váya un pijo!

P.S.:

Cuando un agarráor clásico hace promesa de agarrar… pues agarra y sólo se entera él. Aquí se contempla el caso del que ha hecho promesa sin ser un agarráor “de los de toda la vida”.

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EL VIAJERO Muchos, muchísimos agarráores vivimos fuera de Tobarra. Y tenemos que viajar hasta allí en Semana Santa. Pero no lo decimos en voz alta, no le damos importancia, lo consideramos normal, no le damos un cuarto al pregonero para que lo proclame por las esquinas. El viajero, sí, claro. -

“He venío apostica dende… ná más que pá sacal el Santo”.

Pero sus palabras no emocionan a nadie. ¿Por qué habrían de emocionar? -

“Ayel estaba yo en…”.

¡Pós bueno! Y yo en… Pero el viajero considera su asunto como intrínsecamente encomiable, está seguro de que tiene un gran mérito llegar desde tan lejos, como si viniese a la fuerza, como si le obligasen, como si fuese el sacrificio de los cien bueyes. -

“Ya veis. Dos mil kilómetros p’allá y p’acá. En cuantico termine, me güervo”.

Eso es. Lo termina de arreglar. Está diciendo que Tobarra le importa un pijo; el tambor, dos y los tobarreños, tres. Lo suyo es sacal el Santo y a lo demás que le vayan dando. Es un buen agarráor, claro. Incluso muy bueno. Pero le gusta presumir de kilómetros y viajes exclusivos. También “es buena gente”. En el fondo, no se le tiene en cuenta la paliza de escuchar el rollo de su coche y su geografía. Y se le permite que lo cuente tós los años. Incluso hay que bendecirlo. Que nunca falte en Tobarra. Que venga mientras pueda. Aunque cada año vuelva a soltarnos la murga de sus caminos y sus horas.

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EL PROTESTÓN Desde que mete el hombro por primera vez, hasta que lo echan, literalmente, de los palos, se pasa todo el rato protestando. -

“¡Uuuuy, qu’esto no va bien!”.

Parece como si su voz fuese la que clama en la verdad, puesto que emplea un tono entre admonitorio y dogmático, como quien piensa que hay que escucharle para andar por el camino correcto. -

“Pero, ¿es que aquí nadie hace fuerza?”.

Eso piensa. Y eso, claro, es imposible, físicamente imposible, porque si así fuese el anda no se despegaría del suelo. Obviamente, es un puro quejica, un niñato que no tiene fuerza ni para llevar un botijo. Él no lo sabe, no es consciente, no se percata. Y ese es su mal. -

“¿Por qué va esto tan mal esta noche?”.

Quien va mal es él, que ni sabe ni puede. Como es obvio, es un pésimo agarráor, que nadie se explica por qué y cómo le dio por agarrar, con lo bien que estaría con un tambor sobre la barriga o sentáico en una silla en la Calle de las Columnas. Pero alguien lo engañó o se engañó él sólo. Y todos los Jueves de Horquillas entona su misma cantinela de impotencia y quejas. Pero, claro, ¿quién le dice: “Largo de aquí, que lo tuyo no es esto”? Lo hace él solico cada dos o tres paráicas. -

“¡Sácame, que me remuelen”.

Aunque, no escarmienta. Y en cuanto se le pasa la pesaombre, o toma resuello o se autoconvence, ¡hále, otra vez adentro! Da lo mismo. Aguanta otras dos parás. Y vuelve a quejarse. Y sigue protestando. Y así un año y otro y otro. Realmente, tiene derecho a agarrar. Y la Semana Santa se lo reconoce, sufriéndolo y aguantándolo. Él también es semanasantero. Y está ¡Pá que haiga de tó!

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EL BAJICO En la mili, fue banderín de su Compañía. Se lo tomó a bien. Se lo toma a bien. Está convencido de que no hay cabecerillas de primera ni de segunda. Todas valen lo mismo. El anda pesa lo mismo en todos los palos. Es un buen agarráor. Tan bueno como el que más. Lo único que pasa es que nunca irá en la punta del palo de delante cuando su Santo entre en la Plaza el Viernes de Soles dehiscentes. ¿Y qué? Pues nada, pues eso, que es tan importante como cualquiera. Él piensa, convencido está, de que como agarra más pegado a la tierra, más fuerza hace, más controla la ley de la gravedad. En cambio, esos altirujos… Y, a lo mejor, hasta es verdad. De cuando en cuando, surge la entelequia, lo irreal. Y, con el anda en la Iglesia o en el Calvario, “se mete en lo sin coger”. Pero no faltará el desfacedor de sueños, que le pinchará el globo: -

“Chácho, ¿tú qué pijo haces aquí? ¡Tira p’atrás con los bajicos!”.

Y el bajico sale de su palo virtual y se mete en su palo real. Sin acritud y sin soberbia herida. Él es un agarráor tobarreño. Eso es lo importante. Como ya he contado, en algunas Hermandades, pá que tós pudián sacal pecho, ponían a los bajicos delante cuando la Procesión iba p’arriba y los pasaban detrás en el cruce de Columnas con el Paseo. Pero otras, nunca lo hicieron. Y los altos, siempre fueron delante, p’arriba y p’abajo. Cosas. El bajico, eso sí, tiene también su piacico é gloria semanasantera. Tamién. Bajico. ¡Porque se puede!

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EL ALTIRUJO Sería un buen campeón de recolecta de higos sin escalera. Pero un pésimo “mendimiador”. Es un Furia(), una güena espingarda, un tío más largo que un día sin pan, un zagal más grande que la Bondad del Señor. Tó eso. Pero le gusta agarrar. Le gusta y es una jodienda pá él y pá tós, porque no encuentra compañero de palo ni, casi, de sitio: Ni alante ni –por supuesto- atrás. Él se mete, eso sí, estira la cabecerilla hasta la puntica del palo de delante, que casi se sale, con la esperanza de que ceda y se acomode a su altura. ¡Ni por esas! Y entonces, una de dos: O agacha el lomo tanto que tié que hacel fuerza en mitad de la espalda, (lo que resultaría inútil por imposible) o se retuerce muchísimo, en la confianza de que su hombro baje hasta la altura de los otros. ¡Ná que hacel! Es demasiado alto. No es que sea el más alto, es que es alto de más para ser agarráor tobarreño. Pero lo es, siente que lo es, y, aunque sea pá catal.lo es capaz de hacer dos paráicas, aunque se remuela y se haga terretremo. Él, lo intenta. ¡Y a fe que lo consigue! Que se lo pregunten a Odón Pont Poyatos, “el primer” altirujo de mi generación. Los demás, lo miran con pena, con infinita pena, con decidida conmiseración, porque saben de su lucha entre la vocación y la estatura. Menos mal que, de esos, en Tobarra, sólo hay cuatro o cinco. Y perfectamente localizados: Ricardo Pérez en el Paso Gordo, Antonio Martínez en Nuestro Padre Jesús, El Largo en San Juan… No dan ni para un relevo en La Burrica, que sería una solución: Que sólo saliesen en La Burrica. Pero nadie quiere irse de su Hermandad. O, ahora que lo pienso: También sería solución que algunos bajicos subíos a la monita de otro les hicieran una paráica para que los altirujos pudieran cumplir con su imposible vocación de agarráores tobarreños.

()

N. del A. El Furia fue una persona de La Nava que, en los años 50 destacaba por su estatura. Vide mi libro El Patato. 70


EL HORTERA Él piensa –bueno, pensar no piensa- que, como la túnica iguala, puede y debe mostrar sus singularidades, dejando ver sus dudosos gustos. Realmente, hasta que se pone la túnica –que no hace sino paliar sus escasos imagen y criterio- parece como que haya dejado aparcada la moto –una moto de manillar alto y amplio- en el mismo Camino de Hellín. En otro tiempo y lugar, habría dejado atado el caballo en la puerta del saloon. Es agarráor, claro, agarra como cualquiera, pero es un hortera. Y eso no se puede remediar. Se es hortera como se es rubio o bajico. El hortera tiene el mal gusto de meterse en el palo con sus gafas de sol –cristal negro combado y anchísimas patillas negras- dejadas caer más atrás de la frente. No es que el sol del Calvario le vaya a herir sus lindos ojos. No. Bueno, tal vez mañana, pero es que esta es la Procesión del Jueves de Bombillas. El hortera da la nota apareciendo a agarrar con zapatillas de deporte, de esas que tienen una suela muy gorda con plásticos como de aire, trasparentes. Lleva, claro, calcetines blancos. Todo ello por más que en los últimos años se venga rogando que no se vista así. ¿Y los tejanos? ¡Cómo no va a venir el hortera con tejanos! ¡Pues claro que sí! Ojo, que no es un problema de edad, que el hortera ya no cumple los 30. Por lo menos eso dice la fecha de una pulsera de oro, gordísima, que asoma bajo la manga de la túnica de su gobanilla derecha, que él tiene buen cuidado en dejar ver abrazando el palo por encima. El hortera agarra. Y hace fuerza. Y apenca cuando le mandan. Y hace lo que le dicen. El hortera es buen chico. Seguro. Pero le pierden el mal gusto y la falta de discernimiento. Agarráor y hortera. ¡Mecachis! Nadie es perfecto.

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EL DE “UNAPARÁICANAMÁS” Le animan o se anima. Se ha hecho viejo o está, coyunturalmente, enfermo. Sabe que no podrá mucho y como no quiere fastidiar a los demás, se resigna a hacer una paráica na más. Habla con el andero. Le habla como haciendo catarsis o como confesándose o como pidiendo perdón. Es natural: Es agarráor, pero las circunstancias, la edad, la puta vida, lo que sea, sólo permitirá que haga “unaparáicanamás”. Se decide, como “pá que no se le salte la hiel”, que el anda es manjar y banquete para el buen agarráor. Se empeña, como “pá quitarse la golica”, que el palo es envidia y celos para el buen semanasantero. Todo, menos no agarrar, que el día que no agarre empezará a ser viejo. Y lo sabe. El andero lo consiente, claro. Como debe ser. Incluso le da a elegir: -

“¿Quiés en la Plaza o en el Paseo?”.

Y el agarraór de “unaparáicanamás” se devana los sesos ante la disyuntiva. Por supuesto, no tiene nostalgia de la Semana Santa del año anterior. O de la de hace 20 años. Entonces… entonces era entonces… Ahora es tan agarráor como el que más, pero haciendo “unaparáicanamás”. Mandan las circunstancias. Es un tiempo breve. De timbrazo a timbrazo. Veinte o veinticinco horquillazos. Ni tiempo de calentarse el hombro. Pero el agarráor de “unaparáicanamás” ha tocado el cielo con los dedos durante treinta metros de Procesión, Calle Mayor arriba. Y el año que viene, más. ¡Que su Santo le siga animando!

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UN TÍO COMO UN PINO Se ve, se nota. Marca presencia. Suele rondar el 1’80 mtrs. y tiene unas espaldas como un saco de 100 kgrs. Es como un tronco bien crecido. Es un lujo en el anda. Encima, suele ser buena persona, disciplinado, obediente, sufrido, cordial… Acostumbra a ponerse en la punta del palo de fuera, derecha o izquierda, le da lo mismo, pues los dos hombros le sirven. Normalmente, lleva el pelo corto, como el de un fraile, que deja escapar un pescuezo como de buitre. Es como un mastodonte bonachón, con pinta de no matar ni una mosca, pero que insufla tranquilidad a quien agarra cerca de él, como dando la sensación de que “si me salgo del palo, pós no pasa ná, que pá eso está éste aquí al láo”. Es un espléndido ejemplar tobarreño. Todo el mundo le quiere, le respeta, porque toda la Hermandad sabe que se cuenta con él para lo que sea, que nunca ha dicho a nada que no, que está dispuesto a hacer lo que le digan. Es como una nota de dignidad entre los palos. Jamás presume de nada y mucho menos de fuerza, de cargar más que nadie, de tapar a otros que pueden menos. Por desgracia, no abunda. Porque estos tarzanes no tienen nada que ver con esos animalacos que provocan estúpidamente en las esquinas de las madrugadas tamborileras. El cachas es todo un alarde de presencia y majestad, Calle Mayor adelante. Pero sobre todo es imprescindible a la hora de “mercer el anda” cuando cantan una saeta. Ahí el forzudo da todo un concierto de riñones. Se le jalea con facilidad, se le anima con poca cosa: -

“¡Ahí, que duro eres!”. “¡Miá qu’eres ten.ne!”.

Y el tiarrón sonríe complacido, con la sencillez de los sencillos.

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EL SOPLAO Hay quien se pasa todo el año soplao, menos la tarde del Jueves de Alardes para sacar su Santo. Es como un ritual de familia y siglos: No lo cata desde que deja quieto el tambor en la trasnochá del Miércoles. Ese día duerme el Jueves, su Jueves de abstinencia –gazpachos viudos y botijo- hasta las dos de la tarde. Pero no es del caso. El soplao es el caso, sí, de quien, sin voluntad ni consciencia, por razones de amistad y endolencia, se avía –como sin querer- a la hora de comer del Jueves y, casi sin enterarse, le llega la hora de la Procesión. Naturalmente, se presenta en ella como siempre, con la misma formalidad de siempre, con el mismo espíritu de siempre y con el mismo “sin quedarle otra” de siempre. Pero está soplao. Es como la machadiana primavera, que llega y “nadie sabe cómo ha sido”. En principio no se lo nota nadie. Él es “de los de siempre”. Con lo fragoroso de la Iglesia – Santos por aquí, horquillazos por allá, himnos por acullá – no se entera nadie. Él ha cogido una horquilla, ha respondido a la voz de, = “¡Arriba!”, y ha intentado hacer fuerza con el hombro. Mejor dicho, con los riñones, pero desde el hombro. Arrastrando los pies, medio tropezando, baja los escalones de la Iglesia y casi se enreda con la horquilla, cuando se la dan, después de llegar el Santo a la replaceta. Y ahora y ahí, sí. Sus compañeros de láo empiezan a notar algo raro. Rareza que se acrecienta cuando el anda llega a la puerta de don Antonio Redondo y empieza a enfilar la cuestecilla camino de la Plaza. = Chácho, ¡tú has mamáo! -

¿Yo? ¡Un pijo! 74


Pero, sí. ¡Odo! Un soplao en la cuadrilla, vale, que hasta es lo normal, pero en los palos, no, que con lo que pesa el Santo, tenemos que hincarla tós. Se ratifica el dogma: Beborreo y horquilla… incompatibles. Tienen que llamar al andero, porque el tío se ha apestillao en el palo y quié lleval el Santo el sólo. Cuesta Dios y ayuda convencerlo. Al final, lo chocean como pueden y se echa por los callejones en busca de no se sabe qué justicia. El olvido. En la mañana del Viernes de Soles se presenta en la Iglesia más tieso que un cetro y más fresco que un babáol. Coge una horquilla y se mete en el palo. ¡Aquí no ha pasao ná!

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EL ATILDADO Es un cromo, es todo un figurín. Sus zapatos y pantalones, a juego con el color de la túnica, que para eso los ha escogido especial y previamente. Se ha dejado las uñas en el cepillo con que ha sacado lustre al cuero de su calzado. Ha examinado la raya de la pernera con rigor de biólogo, con seguridad de astronauta, con firmeza de teólogo. Su túnica es todo un ejemplo: Limpia, relimpia, planchada, requeteplanchada, que para eso ha querido estar presente mientras lo hacían, como quien no se fía. La ha puesto en sitio seguro con el ceremonial del mejor mozo de espadas cuando “hace la silla” para torear en La Maestranza: Túnica, cordón y pañoleta para el cuello. Ah, y los guantes blancos, que en Tobarra se han puesto de moda para agarrar, convirtiéndose en obligación para meter el hombro en muchas andas. Exactamente, una hora antes de la procesión entra en el cuarto de baño para arreglarse como si fuese el novio de la boda. Se lava los dientes, se los enjuaga una y otra vez porque sabe que el aliento se escapa en algún repecho o al sacar el Santo de la Iglesia o al pasar alguna esquina o… La obligada ducha tiene mucho de ablución, bastante de bautismo, algo de catarsis y una pizca de purga en los poros. No hay bastante desodorante en el mundo para embadurnarse la sobaquera. Una pasada y otra. Y esta para arriba y esta para abajo y esta para la derecha… Se inventó la colonia para este momento y acto. ¿El pelo? Una pasá del peine y otra y otra… Cuerpo, uniforme, alma… Las uñas de las manos, las uñas de los pies, calcetines nuevos, calzoncillos de estreno, la camisa puesta una vez… Es el agarráor atildado. Hace que le vistan como a un novio, como a un torero, como a un general. ¡Cuidado! La túnica puede arrugarse cuando pasa por la cabeza y desciende por el cuerpo. Manos arriba para que el cinto, cíngulo, cordón… caiga en el sitio exacto; 76


para que los nudos no estén más arriba ni más abajo, que luego las borlas bailotean contra las rodillas al marcar el paso y hace muy feo. La pañoleta al cuello. Ahí quiero verte: Primoroso, peripuesto, que es lo que distingue al agarráor del nazareno, porque estos llevan capuz y eso está bien pá las mujeres y los guachos. Es el agarráor relamido. No baja nadie tan pulquérrimo hacia la Plaza, Calle Mayor adelante o San Antón p’arriba. Atusado, impecable, perfectamente emperejilado. Es una gloria que te toque en el palo un tío así. Cierras los ojos entre pará y pará y hay un vago rumor de rosas sincopadas en el consciente. Lo malo es el peso…

P.D.: No sé si seré o no un agarráor atildado, pero conste aquí para siempre que yo hago todo eso… menos –imposible- lo del pelo y el peine. Ha sido todo un gustazo en los últimos 24 años, acicalarse así para BAJAR El Paso Gordo. Si he preparado mi psique y mi cuerpo durante 51 semanas, ¿cómo no atusarme durante una hora para la Gran Ceremonia? Antes de la BAJADA, me siento “novio” de Tobarra. Y para ella preparo toda mi liturgia corporal: Limpio, lamido, pulcro, impoluto, aljofifado… Perfumado, aromoso, bienoliente… ¡Hecho un pincel! ¡Faltaría más!

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EL MARRANDÓN Es una tristísima excepción. Así: Tristísima y excepcional. Pero existe. Aquí sí que se trata de fauna, de pura fauna, de animalidad pura. A veces, rara vez (gracias sean dadas al Santo titular del anda) aparece entre los palos un guarro. Si: Un guarro/marrano/cochino/espeso/gorrino. Vamos, un agarráor que no se lava nunca o que, por lo menos, no viene lavado a la Procesión. ¡Quién lo diría! A simple vista, es obvio, no se nota. Va sucio, pero es por dentro. Y, claro, pasa desapercibido. Es después, “parás” adelante, cuando te percatas. Si. El buen agarráor suda. Suda como un condenado en el Infierno. Es más: Hay una transpiración típica del agarráor y que no se produce más que agarrando. Ni en la playa ni haciendo deporte ni amando desaforadamente. Es un sudor que nace, el muy jodío, en el mismo cogote y busca con desesperación la espalda hacia abajo, vértebra a vértebra, canalillos despiadados que recorren presurosos los paravertebrales hasta la mismísima curcusilla. Y ahí, ¡sálvese quien pueda! En el agarráor atildado, no produce nada. Ni efluvios, vamos. Pero en el guarro, nacen un serie de ácidos, bases o sales (la química no es lo mío) que provocan odorinas y pestilencias, flagelo de colindantes, castigo de compañeros de palo, suplicio de penitentes en general. Si el tema es serio puede llegar a provocar protestas del portaestandarte de la Hermandad siguiente. ¡Ah, dios de las ciecas, musa de las balsas, santón de los hilos! ¡El marranaco no se lava desde el Lunes de Mona y estamos en Jueves Santo! Se produce la debacle. La sobaquera, la entrepierna, los propios pinreles… ¡Relévame, andero! Me rilo, me rajo, me escagarrucio, me salgo del anda y me voy al Cerro a respirar… El marranuzo. Ni una palabra más. Pero ni un testimonio menos.

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EL CALVO A mi padre, calvo que nunca pudo agarrar por su cojera. Como agarráor, es uno más. Ni bueno ni malo, ni mejor ni peor. Pero desde los balcones es todo un punto de referencia entre los palos, donde todas las cabezas parecen iguales, menos la suya. ¡Fritilla, molondra, bombilla…! Enseguida suda. O suda cuando los demás, pero le brilla más la calva y pone una luz especial entre las cabecerillas. -

“¿Dónde va Juan?”.

Es muy fácil encontrarlo: = “Delante del calvo, a la derecha del calvo, dos más p’alante que el calvo”. Es, sin duda, el primero que se ve, que se nota, cuando se echa una miráica rápida entre imágenes y palos, que hay que empapusarse bien de Procesión y lo mismo vale el Santo que la peana. El privilegio del calvo es la fotografía, radica en las fotografías. Como es lógico, es el primero que se ve, el que más se ve. Simplemente, porque marca la diferencia en una perspectiva general, aunque él no la provoque, pues no se va a poner peluca p’agarral. Suele aguantar siempre la misma broma: -

“A ver si te enreda la melena entre los palos…”.

Y el calvo se pasa la mano por “la pelambrera”, protegiéndola del peligro de tal. También suele oír de los que en ese momento no van dentro, mensajes de ánimo, tan claros como: -

“¡Aprieta, pelucas, que apretando te hicieron!”.

El calvo se resigna con paciencia de pastor de Abenuj. Lo que está claro es que todas las luces del Jueves tienen envidia de su espejo y celos de su dehiscencia.

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EL GUAPERAS Guapo y agarráor. ¡Pá qué quiusté más, señorito! Generalmente, coincide por guapo y por alto. Alto, lo justo. Guapo, de sobra. Agarráor, convencido. Pasa por la Calle Mayor rompiendo corazones, destrozando los sentidos de las sillas y las rejas, haciendo temblar de languidez los balcones y las saetas. El guaperas provoca un deseo en cada horquillazo, lanza un beso al aire en cada paso, despierta un piropo en cada timbrazo. ¡Qué guapo es, mecachis en la mar! Y luego, encima, coincide con que sale en una Hermandad puntera, que si saliese en las pobrecicas (oh, Dios del Jueves; en Tobarra ¿hay Hermandades pobres y ricas?), pasaría desapercibido y nadie repararía en él. Los pobres nunca son guapos. Pero es que los pobres, además, no encajan en una Hermandad de señoritos. Por eso, todos los guapos salen en esas Hermandades que todos sabemos que se inventaron para la beautiful people. ¿O no es así? Es como si se hubiese hecho aposta. La naturaleza es sabia y termina de arreglarlo. Todo ayuda. Hasta el color de la túnica. El guaperas no hace nada por serlo. Es que lo da la mata. Él se limita a ir en la punta del palo, delante, a meter el hombro cuando lo dice el timbre y a mirar hacia el suelo en un puro rubor. Es consciente de que si, encima, agarrando, se cruzase su mirada con la de alguna muchachica, podría provocar síncopes y vahídos. Y tampoco es eso. El guaperas sería una flor inútil si en Tobarra agarrásemos con el capuz bajado. Pero no es el caso… salvo en La Soledad. Alto, fuerte, guaperas… Tobarra se hace milagro en el hombro de un muchacho que va pegando horquillazos Paseo abajo, conquistando esquinas/hembra y enamorando cetros femeninos. ¡Porque se puede!

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EL DEVOTO En Tobarra difícilmente se agarra por un espíritu penitencial. Nos gusta agarrar y lo que complace es imposible que mortifique. La auténtica manera tobarreña de demostrar –para la endolencia- dolor de atrición y contrición, sería –pudiendo hacerlo- no agarrar. El martirio de Tántalo debe ser cosquillas y mimitos comparado con el ir detrás de tu Santo y no echar ni una sola pará, simplemente porque encontrándote bien y en forma, has hecho promesa de no agarrar. Eso sí que debe ser un auténtico martirio, insoportable castigo, inaguantable dolor. Claro que nadie hace promesa de no agarrar. ¡Cómo hacerla! Pero, sí, de cuando en cuando, notas que tu vecino de palo es un devoto. Incluso alguna vez, notas que, horquillazo a horquillazo, dice una jaculatoria o murmura una oración. No es lo normal, pero pasa. Naturalmente que pasa. Una parte de la Semana Santa se siente penitencial y arranca desde la penitencia. El devoto se siente partícipe de un acto de fe y lo demuestra agarrando. Él no lo pregona, no lo cacarea, pero lo siente así. Lo que debe quedar claro es que la fe es una cosa, la práctica religiosa, otra, y el agarrar por devoción un tercer asunto que no tiene nada que ver con lo anterior. En alguna Hermandad –Paso Gordo antes de la Bajada, por ejemplo- se reza un Padre Nuestro con toda solemnidad, inmediatamente antes de levantar el anda por primera vez. Pero eso no quiere decir que a mitad de la Cuesta, los agarráores piensen que vayan haciendo penitencia. O, al menos, nadie lo nota. El devoto. No es fauna abundante, sino todo lo contrario. Pero tiene que dejarse constancia aquí por disciplina de observador y, sobre todo, para evitar que luego, quien le busca tres pies al gato, se regodee en su recriminación: -

“Macho, te has olvidado de…”.

Y, claro, yo no me lo perdonaría, porque faltaría una parte –pequeña- de la verdad semanasanera.

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EL PILLÍN Pillín/pillico, que es la terminología tobarreña para nominar lo que en otros sitios es un listín/listillo. El pillín es el que nunca está cuando lo necesitas. Se pone la túnica, eso sí, pero sólo se deja ver cuando ya está el Santo en marcha, y dice muy solemnemente: -

“Bueno, si alguien se cansa, aquí estoy yo”.

Pero desaparece inmediatamente. Cuenta las estaciones por bares y aparece en la puerta de La Roja o de El Palmar con un botellín de cerveza en la mano derecha, como “dando novedades”, como un “aquí me tenéis, que no me he ido”. El pillín no es ni agarráor ni hombre de fila, porque realmente tampoco se mete entre estandarte y Santo para hacer bulto y Procesión. Mucho menos, ponerse detrás del Santo, porque entonces pueden cazarlo y meterlo en los palos. Eso sí, tiene muy concretos intereses: Le gustaría agarrar precisamente en una calle concreta y en unas parás concretas para seguir manteniendo su leyenda particular ante su familia o sus amigos. Para eso sí que se prestaría gustoso, puesto que para eso se ha puesto la túnica. Su concreción es tanta, que suele ser imposible. Su coartada es tan corta, que nunca puede defenderla. El pillín no engaña a nadie, claro. Por lo menos, en su Hermandad. Son muchos años haciendo las mismas pillerías. Y es que es tan pillo, que se le vio el plumero la primera vez y no ha hecho nada por remediarlo. Su sueño dorado e irrealizable (no le dejan, faltaría más) sería entrar el Santo en la Plaza, delante y por fuera, el Viernes de Expectativas por la mañana. Siempre se queda con las ganas. Precisamente, por ser un pillín.

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EL ZAGAL Tal vez aún no se afeite todos los días. Pero o él mismo o su padre o quien sea, han pensado que ya debía tener fuerza y redaños para empuñar una horquilla. Y lo ponen a disposición del mandamás, del andero. -

“¿No has agarrao nunca? ¿Es la primera vez?”.

Si no fuese demasiado serio el asunto, podría escribir diez bromas para situaciones de primerizos. Ni se me ocurre hacerlo. El zagal está nervioso, metido en el miedo de la piel de sus 14, sus 15, sus 16 años, que en esto manda sólo la estatura. El tobarreño es orgulloso y piensa que… … para agarrar, “albanzar”. Sólo eso. Se cree que la fuerza influye menos. Pueden más las ganas y los centímetros que la técnica y la fuerza. Y así, un casi crío ve que de un año para otro le sacan de la fila para meterlo entre los palos. -

“Este no vuelve a estar cerca del estandarte, en su vida”.

Ya se sabe: De Estandarte a Cetro Mayor, la Hermandad. Pero el estandarte queda lejos del trono. Eso sí, el zagal va hacia la Plaza, antes de la procesión, sacando pecho, pensando que esos mismos pasos en la Calle Mayor los dará dentro de un rato, pero en sentido contrario y cargando su Santo. Se lo ha contado a sus amigos, a las zagalicas y, sobre todo, a esa zagalica tan especial. -

“Este año, voy a agarrar”.

Daría cualquier cosa por que esa zagalica estuviese en la esquina, en su esquina, en esa esquina donde han aherrojado sus respectivas timideces para arrojarse al

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unísono una mirada distante, una frase de doble sentido, y hasta quien sabe si se han robado un beso. En el anda, todos lo reciben de mil amores. Unos por pura casta de agarráor; otros porque piensan que “uno más, una ración de peso menos”. La mayoría porque cumplen una ley heredada: La de la solidaridad de las andas que es mucho más compacta y mucho más fluida (es bidireccional) que la de la propia Hermandad. En el agarrao hay compincheo. Y deben enseñarle al zagal que empieza, todos los secretos. -

“No te preocupes, nene”.

El agarráo tiene mucho de iniciático y si la Hermandad está bien aglutinada, el agarráo tiene mucho de sectario. Gracias a Dios. Los zagales, los novatos, se estiran, quieren ser más altos, como si estatura y agarráo “tuvian argo que vel”. Se sienten solos, eso sí. Saben que el trago lo tienen que pasar ellos solos, que eso no se lo quita nadie. El novato tiene miedo. Mucho miedo. Miedo a no poder. Miedo a escagarrizarse (o escagarruciarse, que es su primo filológico). Miedo a que lo echen del anda porque alguien se ha equivocado y aún no está en condiciones de agarrar. El novato es un catecúmeno consciente de que su fuerza y su decisión son el agua de su bautismo. La horquilla le parece mucho más peligrosa que el arma reglamentaria a un recluta. Pero la toma con firmeza. Conforme se va acercando mi final como agarráor, siendo ya abuelo, me entretengo en educar “nietos” ajenos en el tobarreño empeño de agarrar. En el año 2002 tuve la satisfacción de ver delante de mí, con los altos del Paso Gordo a El Chispa, el torero tobarreño, que a sus 18 años creció con respecto al 2001, en que aún agarró con los bajos. Y el Domingo de Callejones, San Antón adelante, en El Resucitado, hemos llevado a la hija de Antonio Sardina… -

“… ¿cuántos años tienes, nena?…”.

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= “¡Catorce!”.

… entre Antonio y yo. Y a mi derecha, en el lao de la horquilla a otra guacha. -

“… ¿y tú?”.

= “¡Diez y ocho!”.

Pero el record personal ha sido en 2004, cuando me he percatado –Viernes de Tomillos– que un zagalote a quien no conocía, se ha pegado a mí –detrás, en el Calvario pá subil; delante, calle abajo– y hemos hecho toda la procesión juntos. En el mismo palo. ¡Dieciséis años! “¿Va Vd. bien?”. Una vez... otra vez... (Se han “chivado” las fotos. Alguien le dijo que “se pegase a mi p’aprendel”. ¡Gloria a sus bisabuelos Presenta y Puche! ¡Gloria bendita! El zagal, la zagala. La Tobarra agarráora presentida y esperada. Les inyectas orgullo y vocación con las ganas y el ejemplo. Te divierte que te hablen de Usted porque, como es natural, no es que puedas ser su padre. Es que, biológicamente, podrías ser su abuelo. El zagal, la zagala, confían en ti y tú lo notas. Les transmites seguridad. Te ven como un Ángel de la Guarda algo mayor, pero muy decidido que impide que pueda pasar algo no deseado. Naturalmente, no pasa nada. Nunca pasa ni pasará nada. El novato agarrará por primera vez con la misma naturalidad que si echase las uñas a un mojete. Al atardecer del Jueves de Principiantes o al medio día del Domingo de Debutantes, Tobarra da un abrazo a un nuevo agarráor para que siga haciendo Historia, como está escrito.

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EL VETERANO A Diego Ortíz, el alfarero, el “masetas”, el más bragao de los agarráores de la Bajada, en los años 90 del siglo XX. Dios sepa qué motivaciones le empujan a seguir entre los palos. Pero, claro, también sepa Dios cuando un agarráor es considerado viejo o cuando se es viejo para agarrar. Hay quien con 30 años no puede ni con la horquilla y hay quien “blinca” sobradamente los 50 y continúa entre los palos. También depende, es obvio, del anda y de los relevos. Cuando escribo esto, concretamente esto, es agosto de 2.000, sábado 26, y hace exactamente 10 días que me cayeron los 58. En la última Semana Santa cumplí como los buenos en el Paso Gordo y en el Resucitado, y precisamente el último 16 de agosto, en que pillé los dichos 58, llevé a San Roque toda la Procesión. (En otro lugar he hablado del agarráo semanasantero y de “llevar los Santos” fuera de Semana Santa. Parece lo mismo, pero Tobarra se demuestra a sí misma que no lo es). Ya lo he dicho: Desde hace, más ó menos, una década, -en mi mente y en mi sueño- BAJO el Paso Gordo todos los días del año. Y estoy seguro (y así se me ha profetizado por quien está muy cerca de mis manías- Elena, seis años ya mi secretaria-) de que al día siguiente, justo al día siguiente de mi última pará, sea cuando sea y en el anda que sea, empezaré a ser un anciano, empezaré a sentirme definitivamente viejo de alma y de cuerpo. Sic transit gloria mundi. Entre tanto, Carpe diem, aprovecho ¿desesperadamente? (ilusión –toda- y fuerzas – justas para cumplir-) cada uno de mis momentos para sentirme, como se siente torero un torero, para seguir sintiéndome agarráor tobarreño. Más adelante escribiré sobre motivaciones. No voy, por tanto, a hacerlo aquí. Porque aquí, en esta fauna de agarráores, prefiero objetivizar. Y contar mi puro sentir de viejo y de agarráor. Y contar mis batallitas, que son las de muchos tobarreños… que no saben contarlas, como yo no sé informática o física. En el Paso Gordo (que, con la Dolorosa, han sido mis dos andas de agarráor, digamos, institucional) en el Paso Gordo, decía, está el mejor grupo de agarráores de la Semana Santa de Tobarra. Sin duda. Allí se tienen en cuenta todos los pequeños detalles que conducen a la perfección agarráora. Pepe Garrido 86


elige uno por uno los que van a hacer el próximo relevo. Y así, hasta 30 hombros cada vez. Pepe Garrido sabe que desde hace un par o tres de años, aspiraba a quedarme “como el más viejo de los agarráores del Paso Gordo”. Era –es- una ilusión inefable, mágica, tal vez genética, seguro que soberbia, pero absolutamente risqueña. ¡Quería ser el más viejo de los agarráores del Paso Gordo! ¿Y qué? Viernes Santo 2.000. Mañana de Manos y Marchas. Al volver del Calvario, en los Caños, Pepe Garrido me dice “que entraré en el Teatro y que necesita un tío veterano que dirija desde los palos, Calle Mayor Abajo”. Me gustó, me encantó. En Viernes Santo, saberme veterano, tobarreño y agarráor del Paso Gordo… Con eso… ¡qué más quería de la vida…! Efectivamente, me metí… ¡y adelante! El Paso Gordo casi se lleva solo, pero aún me permití decir un par de veces. -

“¡Quietos…! ¡Despacio…! ¡Venga…! ¡Ahora…! ¡El paso más corto…!”.

No me había fijado, pero al dejar el relevo en la Purísima, una miajica más pallá de mi casa de la Calle Mayor 46, (-ahora, nº48-) me pidió Pepe Garrido que reparase en la edad de mis compañeros de láo en ese relevo. (Él sabía que yo no había caído en la cuenta). -

“Ninguno de ellos es mayor que el más pequeño de tus hijos”.

¡Me metió en un relevo de veinteañeros! Todos tenían menos de 25 años. ¡Lo había hecho aposta! Y es que lo normal en el Paso Gordo es repartir jóvenes con viejos… pero no como esta vez: ¡Un viejo y catorce jóvenes! Una vez comprobado, ya hacia la Plaza, todo fue andar y llorar. ¿Qué me hubiese importado morir entonces? Hoy, 127 días después, todo es escribir y seguir llorando. ¿Qué me importa morir ahora? Tobarra, El Paso Gordo y yo somos así. La veteranía, esa bendita e inevitable circunstancia que nos obliga a más, que nunca nos condiciona a menos.

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EL BUENO Es casi toda Tobarra. La que come recio y agarra recio. Reivindico un letrero en la Carretera que diga: “TOBARRA, PATRIA DE LOS BUENOS AGARRÁORES”. ¿Por qué no? Como la palabra es nuestra y sólo nuestra, no la entenderían y tendríamos que explicar lo que es un agarráor y así seguiríamos vendiendo Semana Santa. El tambor ya está vendido en el mundo. ¿Por qué no vender el agarráo? Es que estoy haciendo justicia a la Semana Santa de Tobarra: -

Tambor. Bendición. Procesión. Espectadores.

¿Por qué no también… -

… Agarráores?

La Procesión es la Procesión. Pero dentro de ella hay que discernir: Estandarte, Filas, Andas, Cetros, Agarráores… No se hace. No se ha hecho. Pero yo lo estoy haciendo porque creo que es justo, porque aumenta la categoría de Tobarra, porque nos hace más semanasanteros. El ser buen agarráor es lo normal en Tobarra. Lo común. Lo que predomina. Lo que prevalece. ¿Por qué no decírselo al mundo?: ¡Ay, agarráor de Tobarra, cuánto honor y agarracina! Tu gente sufre y agarra en silencio y disciplina. ¡Vivan los hombres con garra, que agarran como doctrina!

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SIN MUCHOS PORQUÉS Los que llevamos recorridos unos cuántos meridianos y paralelos, estamos acostumbrados a oír en la voz de los guías de turismo que “aquí, tal día de tal mes se celebra una fiesta, un suceso, un hecho, un gesto, en el que se vuelca todo el pueblo”. Da lo mismo que sea un pequeño pueblo de Sicilia que la capital de México o una playa de Thailandia. Alguien –uno, cien- se preguntará si vale la pena dedicar todo un año de esfuerzos e ilusiones para confeccionar un vestido o un artilugio que se va a utilizar una sola vez y durante unas horas. O a madurar largos meses un licor que se va a libar de un solo trago. O a preparar un baile que a va a durar diez minutos. O a ensayar una pieza musical que se va a tocar en tres. O a soñar todo un año una Bajada que va a durar veinte minutos. ¡Sí. Sí. Sí! Vale la pena. Nos motiva. Sentimos motivación. “Ensayo mental preparatorio para animar o animarse a ejecutarla con interés y diligencia”. Después de pensármelo mucho, he decidido plantear la motivación semanasantera refiriéndome exclusivamente a la motivación agarráora. No a la tamborilera ni a la procesionera. ¿Por qué? Baste un argumento: Sólo agarrar exige un esfuerzo físico claro. Sólo agarrar es duro, incluso durísimo. Tocar el tambor divierte. Lucirse en las filas, gratifica. Pero agarrar exige sacrificio. Eso sí, sacrificio que se hace gustosamente. Pero es un sacrificio, hay esfuerzo, hay dolor, hay cansancio. ¡Y mucho! He planteado estas motivaciones como “sin porqués”. Pero lo he pensado mejor y he añadido “muchos”. “Sin muchos porqués”. Agarramos, sí, pero no hay muchos porqués que lo justifiquen. Pero esos pocos son claros y rotundos. Puede que sorprenda leer que alguna de las motivaciones del agarráor sean –en puridad- pecados o yerros. Así, la vanidad, el elitismo. Otros, en cambio, no. La purificación, la afirmación de tierra, no dejan de ser sino asuntos encomiables. En el fondo, este viejo agarráor hace catarsis, confesión pública de sus motivaciones ante sus congéneres agarráores. No puede haber duda: La vanidad, si es vanidad estúpida, es asunto execrable. Pero si la vanidad es motor de belleza o de creación ¡bendita sea! 90


Es doloroso recordar ya en el siglo XXI cómo en nuestra infancia –años 50- había gente –la excepción, eso sí- que agarraba para matar el hambre. Pero matar el hambre en su más duro sentido: Antes de la Procesión, la Hermandad hacía un mojete y algunos –pocos- se apargataban por pura necesidad. (Hoy, obvio, el mojete previo tiene otro ritual. Gracias a Dios). Motivación agarráora: Comer, matar el hambre. ¡Es duro haberlo visto, vivido y oído a tu alrededor! Pero así debe constar, así quiero que conste, en estos Cuadernos. Era excepción, pero pasaba. España estaba así de mal. Hoy –gracias sean dadas- nos mueven otros motivos, nos guían otras motivaciones. En cualquier caso, son razones nada primarias, mucho más sofisticadas.

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ESCUELA DE TRADICIÓN En el agarráo hay una predisposición hereditaria. Es obvio: Muchos agarráores son, a su vez, hijos de agarráores. (Mi hijo Íñigo, por ejemplo). Pero también hay algo de adquirido fuera. Así lo digo para no cargar excesivamente las esquinas que sostienen lo troncal, lo transmitido. Pero, sí: Agarrando estoy cumpliendo con la tradición (lo tantas veces dicho: Traditio-onis, entrega). Mis antepasados agarraban y yo sigo la tradición agarrando a mi vez. (Mi tío Joaquín Hurtado agarró de jovencico en El Paso de San Roque y me he complacido viendo a mi tío Antón Churras agarrando en El Señor de La Caña, hasta hace ná). Cuando Tobarra (léase Juan García) se hartó, dulcemente, de ver sobre un carrico de ruedas al Señor de la Sangre, volvió a cargárselo sobre los hombros. Y así no dio tiempo a que se convirtiese en tradición el bienaventurado y bienintencionado carrico, que apenas vivió 20 años. Tradición, sí. Pero yo reivindico para los tobarreños del último tercio del siglo XX la consolidación del agarráo, tal y cual. Antes, sí, también. Pero ese saber – consúltese Juventud, ya reiterado- que en los años 20 se pujaban los tronos semanasanteros, me produce cierto desasosiego. Tanto, que me lleva a pensar en otra Semana Santa agarráora. ¿Cuándo se acabaron las pujas semanasanteras? No lo sé, no lo sabe nadie. Pero me inclino por afirmar que la Guerra 1.936-1.939 partió, separó este modus. ¿Alguna prueba? Pues, sí: Que El Paso Gordo no fue pujado en 1.946 en su primera Semana Santa. Es de suponer que ya no fuese costumbre hacerlo, pues Miguel Carcelén tuvo que buscar agarráores (Vide “50 años del Paso Gordo en la Semana Santa de Tobarra. 1.996”) entre los hiláores. Y, desde luego, la prueba de mi memoria: En el año 50, en la Semana Santa de Tobarra agarraban los nazarenos de cada Hermandad. ¡Nada de pujas! Sí: Agarrando estoy reforzando una tradición tobarreña. Y como me gusta lo tobarreño y lo tradicional, me “agarro al enlucio” de mis pocas fuerzas para seguir viviendo esta esforzada tradición con mis más de 60 años en el hombro.

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PURIFICACIÓN Tal vez ni lo pretendía, pero Pepe Garrido, en una de tantas conversaciones semanasanteras, me lo puso en bandeja: -

“Aquel hombre iba agarrando como si quisiera purificarse…”.

Yo le tomo la palabra, como él ha tomado tantas otras veces la mía, puesto que hemos sido siempre comunión de comuniones (comunio, onis: “participación en lo común”, “trato familiar”). Sí. Estoy de acuerdo. En este mi final como agarráor, en este morir por primera vez que es llegar a una edad en que me fallan las fuerzas para llevar un trono tan pesado como el Paso Gordo, me veo retrospectivamente y lo afirmo: -

“Yo necesito agarrar para purificarme”.

Está muriendo muy lentamente el pequeño héroe semanasantero que he creído ser. A partir de muy pronto tendré que sentirlo de otra manera. No sé cómo, pero ya lo inventaré. Sí: Agarrando, me purifico: “Quito de mi cuerpo lo que le es extraño, dejándolo en el ser y perfección que debe tener según su calidad”. Sólo el cuerpo, nada más que el cuerpo. Cada año, soy cincuenta y una semanas impuro y una semana puro. O mejor, un año impuro y una tarde, una mañana, una procesión, dos procesiones, soy puro, vivo lleno de pureza, me siento rematadamente puro. Nunca había reparado en ello. Bajando el Paso Gordo me siento purificado. Al llegar a la Plaza me veo puro. El alma es otra cosa. La psique aglutina en mí toda la tradición tobarreña, la Pasión de Cristo como Hecho Histórico, el despertar de la pubertad en la convicción de que ya podías meterte entre los palos, el latirte la primera juventud, el tobarreñismo… Todo eso. A veces (ya lo he dicho y escrito) agarrando me siento cuerpo y alma como algo indisoluble, como elementos irremediablemente unidos. Es más, cuando Bajo el Paso Gordo en el 2004, lo estoy Bajando también en 1.981 y en todos los años 93


posteriores. Lo bajo 24 veces en una sola. Eso es alma y cuerpo en un solo acto, en una sola esencia. Todo ello, todo esto es oración, esta es mi oración, este es mi modo y manera de sentirme ser espiritual también. Es así como el razonamiento “mueve mi ánimo”. Es mi modo de ser Cristiano, que lo soy. Cristo-Hombre. Cristo es Modelo, estoy segurísimo. El clero, la institución eclesial, aparte. Es obvio. Pero es, claro, el orar de un no deico; es el rezar de un arreligioso. Precisamente por eso, como embajador de algunos o de muchos, oro una Proclama en voz alta; recito una Arenga dentro de la Encarnación para todos mis Hermanos del Paso Gordo (más de cinco años seguidos; ya es tradición) antes de la Bajada y permanezco en silencio mientras otros, los que son creyentes, rezan el Padre Nuestro católico. Precisamente por eso, por esta dicotomía, escribí la Oración de los Agarráores del Paso Gordo. Es otra manera de orar, deíca para quien lo prefiera, absolutamente purificadora para quien así guste, totalmente íntima para mí. También por eso, distingo perfectamente mi oración previa en La Encarnación de mi purificación posterior en las Cuestas o en la Calle de las Columnas. Efectivamente, se han “chivado” los videos: Mis labios no se mueven en el Padre Nuestro, antes de “quitar los bancos”. Pero también lo atestiguan: Mi alma ha gritado su Exhortación instantes antes. Que nadie se escandalice, que yo no me escandalizo: Todo es lo mismo. Aunque realmente estoy escribiendo para ser entendido con normalidad en el año 2.096, exactamente “a los 150 años del Paso Gordo en Tobarra”. Yo preparo meticulosamente mi cuerpo todo el año para su imprescindible purificación, agarrando. Cuando he salido a las pistas de atletismo en las noches de invierno, cuando me largo a las carreteras los sábados por la mañana a hacer marcha atlética, cuando veo amanecer andando en Las Canteras de Las Palmas o en Riazor en A Coruña, cuando en el gimnasio machaco cada madrugada el romboides mayor, el dorsal ancho, el romboides menor y, sobre todo, el trapecio, estoy preparando mi cuerpo para su purificación definitiva el Jueves de Cuestas al atardecer. Yo Bajo simbólicamente el Paso Gordo 364 veces al año. Pero sólo me purifico en una: La tarde del Jueves de Arengas. Esto es, lógicamente, el orar de un no deista. 94


Ya lo decía antes: El alma es otra cosa. El alma de un hombre que lleva una vida como la mía necesita obedecer, sentirse obediente, saberse obediente, aunque sea una o dos veces al año. No sólo en una obediencia colectiva, dentro del Trono: -

“Venga, marcad el paso”.

-

“Arriba de un tirón”.

-

“Más despacio”.

E incluso, y sobre todo, necesito vivir un sentirme individualmente obediente unas horas al año. -

“Josemari, entras ahora”.

-

“Josemari, fuera”.

-

“Josemari, tú ahí”.

El alma se siente dócil, maleable, sumisa. La túnica imprime carácter de resignado, de aquiescente, de obediente. Agarrar ennoblece, humaniza, atempera el alma. La física y la metafísica del agarráor. Los músculos dorsales y los sentimientos. La purificación total. He oído mil veces que el torero “debe vivir en torero” todo el año. Me descubro aquí, viviendo en agarráor todo el año. Es curioso: Mis manos, desde que años atrás robaron mi tambor del coche, sólo cogen los palillos el Miércoles de Zapatatas. Se despiden de ellos el Domingo de Dormidas… y, adiós, hasta que los días vuelvan a ser Santos. En cambio, ahora que se me va la vida (la fuerza es vida) vivo en agarráor siempre: En la copa de menos, en el azucarillo que me ahorro, en la cucharada que no disfruto, en el buscar un hito kilométrico más, en cualquier camino, cuando hago jogging, en el dormir suficiente, en la disciplina de horarios… Agarro, vivo, soy feliz. Me purifico.

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Veremos qué modus operandi purificador inventa mi devenir, cuando ¡ya mismo! la horquilla no me quepa en la mano, cuando la Cuesta deje de ser cómplice, cuando la túnica sólo sea uniformidad, que no ornamento, cuando la piel del hombro no se enrojezca el Jueves de Bajadas… ¿Y si volviera a ser discípulo del Cristo-Dios, a sentirme trascendente, a volcarme en rezos…? Definitivamente: Non aetate, verum ingenio, apiscitur felicitate. (No es la edad, sino el ingenio, quien proporciona la felicidad).

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LECCIÓN DE VANIDAD Mazéiotes, mazeiótetos kai panta mazéiotes. Vanidad de vanidades y todo es vanidad. ¿Y qué? ¿Agarramos por presumir? Sí. ¿Aunque sea de noche y sin espectadores? ¡Si! ¡Presumimos ante nosotros mismos! ¿Y qué? Cuanto digo tiene más de verdad enrabietada que de verdad objetiva. A quien le gusta agarrar, quien disfruta cuando lleva un palo sobre el hombro, no lo hace por vanidad. Realmente, sólo pasamos una vez por “cá la novia”; sólo te ve un ratico la mujer; entrar en la Plaza son cinco minutos… El resto de la Procesión es obscuridad y anonimato. Es más: De 30 ó de 32 agarráores, los “espectadores” sólo ven claramente a dos o tres. El resto pasan desapercibidos. Físicamente, se diluyen en el anonimato. Pero da lo mismo: Si no te ve tu novia, tal vez tu sí la veas a ella. O, por lo menos, tú sabes que ella sabe que tú vas entre los palos. Los agarráores somos vanidosos ante nosotros mismos. Nos sentimos “voyeurs” de nuestro propio paso; ritualizamos nuestro anónimo horquillazo; somos sujetos activos de nuestro propio orgullo; nos regodeamos en la soberbia de ser agarráor; nos… En el fondo, somos exhibicionistas de nuestra propia satisfacción. Martes Santo 1.996. Tal vez el del 97. (Da lo mismo y no lo voy a preguntar). A las 10 de la noche subimos El Paso Gordo desde la Sede (en la Plaza) hasta la Encarnación. Sin espectadores, claro. La noche tobarreña y la gente del Paso Gordo. Ni un solo espectador, ajeno a la Hermandad. (A mí me acompañó mi hija María del Mar llevándome la pelliza, pues hacía un frío… y con la sudáera…). Me metí detrás, en el segundo palo de la derecha, pegado al Anda. ¡Arriba, arriba, arriba! Vanidad pura. Por supuesto, amor al agarráo tobarreño. Pero también, presunción, presumir simplemente. Presumir ante uno mismo, que es la manera más vanidosa de ser presuntuoso. Autoestima pura, sentirse a gusto dentro de la piel propia. ¡Porque se puede!

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AFIRMACIÓN DE TIERRA Cuando voy agarrando, yo soy Tobarra. No digo que yo soy de Tobarra. No. Es que Tobarra es mi hombro. Con ello quiero decir que cada Jueves de Andas, por la Calle Mayor de Tobarra desfilan casi cuatrocientas Tobarras: Las mismas que agarráores. Es más fácil hacerlo que explicarlo. Efectivamente, cuando voy agarrando me afirmo tanto como tobarreño que un proceso de endósmosis a través de mi piel, hace que yo sea Tobarra. No es simbiosis, no. No somos Tobarra y yo en pura solución química. No es azúcar en el agua. Es mucho más. Eso sí. Soy una Tobarra nueva. Tal vez la más auténtica. Ojo, ¿y el tambor? ¿Me olvido del tambor? No, por supuesto. Pero en esta afirmación de patria, creo que cabe más pureza en el agarráo. En el tamborilear puede haber un adarme de excentricidad –cuadrilla, mocho, garuto- que no cabe en el agarráor. O eso es así, o me estoy volviendo loco. (Bueno, será loco de amor por la Tobarra abstracta). Ahora, ahora, sí. Necesitaba encontrar el concepto “Tobarra abstracta”, para poder insistir en esta afirmación de tierra que soy yo agarrando. Efectivamente, agarrando, convierto la Tobarra abstracta en algo castizo, genuino, puro, absolutamente risqueño: Un tobarreño, una horquilla, una almohadilla, un trozo de palo y el amparo de un anda. Veo que Tobarra sería menos Tobarra sin el agarráo semanasantero. ¿Agarran forasteros puros? No me atrevo a decirlo. Alguna vez yo lo he intentado. He metido entre los palos –sobre todo- a los amigos no tobarreños de mis hijos. Aguantan lo que aguantan. Da lo mismo que sean fuertes o más fuertes. Es que no les va el tema o les va poco. (En cambio, se enganchan al tambor como al más definitivo de los vicios). Pues, sí. Ves forasteros en las cuadrillas, en los garutos. En las andas, bastante menos. Parece como si agarrar tuviese algo de genético. Lo afirmo, me afirmo: En la tarde del Jueves de Horquillas, Tobarra es carne mortal pero espíritu vivo, pues cabe toda en el hombro de un agarráor.

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RAZÓN DE FUERZA Agarrar en la Semana Santa de Tobarra, hoy, es todo un alarde. Bueno, realmente, desde lo subjetivo lo ha sido siempre. Pero, hoy, la dimensión ciclópea de todas las andas parece que hagan del tema algo sobrehumano. En Tobarra, siempre, desde siempre, nos ha gustado hacer fuerza. No levantamos piedras, no hacemos concursos, pero siempre nos ha llamado la atención el apretar de manos o de brazos o de hombros. Y agarrar, no hay duda, exige hacer fuerza. El tobarreño, el semanasantero, el agarráor –desde lo universal a lo concreto- se siente feliz haciendo fuerza. Le gusta. Le produce satisfacción. Le reconforta el alma. Le llena. Le entusiasma. Nunca se me ha ocurrido pensar que sea por contraposición tambor/habilidad versus anda/fuerza. Pero tal vez lo sea. Porque si hago un recuento –que no lo había hecho nunca- no hay semanasantero completo. Ningún tobarreño es maestro en el tamborear y en el agarrar. O, al menos, yo no he conocido a ninguno. Buenos en las dos facetas, sí. Pero excepcionales en ambas, ninguno. Fuerza. Razón. Jurídicamente, socialmente son conceptos contradictorios. Pero en el agarráo tobarreño no son, sino complementarios. La fuerza de la razón nos hace agarrar en razón de la fuerza. No he jugado con las palabras. Al contrario, estoy hablando de motivaciones y hacer fuerza, sentirnos fuertes, nos motiva. Pero sentirnos fuertes, precisamente así: Agarrando. Fuerza. Se tiene o no se tiene. Se emplea o no se emplea. Aquí no caben tiquismiquis. Se notaría. ¿Qué motivación primaria le cabe al bajico que va detrás y dentro, con la cabeza pegando a la talla del anda cuando lleva más de una hora de Procesión y deja la Calle de San Roque para entrar en la Calle de las Columnas? Pues esa. Simplemente esa. Que le gusta hacer fuerza. Y, desde luego, agarrando, se hincha.

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MANIFESTACIÓN DE ELITISMO Sentado en la acera, no me sentiría importante. En los palos o detrás, en espera de un relevo, me siento héroe, me veo en pequeño dios de la tarde. Tal vez sea mucha soberbia pensarlo y, mayor, decirlo. Pero Cristo baja del anda para ser Hombro conmigo. Cristo pisa Tobarra cada Jueves Santo. Y se transforma en Horquilla y Esfuerzo. Soy agarráor. Pertenezco a una elite de seiscientas o setecientas personas que hacemos algo importante, único: La Procesión semanasantera tobarreña. Soy uno más de esos setecientos, pero nadie podrá ningunear mi esfuerzo, como yo no ninguneo el de los otros. La verdad es que servimos pocos, nos sentimos minoría, pero minoría cualificada de esforzados. Agarrando veo como late mi superego, mi superyo. Agarrar es toda una función de autoestima, porque cumplo ante mí un puro compromiso ontológico. Mi propio ser se realiza en cuanto que es minoría, excepción, grupúsculo. Lo común, lo vulgar, lo general, minoriza el propio ego. La preterición, la salvedad, lo cualifica. Ese creerme diferente agarrando, conduce a que me sienta bien, muy bien, exageradamente bien conmigo mismo. Tan bien como en ninguna otra faceta o actividad en la vida. No hay triunfo profesional ni literario ni… que me llene de tanta satisfacción como el agarrar. Si acaso, si acaso, la familia. Por eso, sentirme dos veces Tobarra en el anda –mi hijo y yo- es estar en el Cielo. Hay un cielo para semanasanteros no creyentes: Está entre los palos. Y sé lo que digo. Pero, al mismo tiempo, mi exclusividad es compartida, hace que mi ser singular revierta en un yo colectivo. Sé que mi hombro solo no podría sacar el Santo, pero sin mi hombro tampoco sería lo mismo. Soy una unidad que suma en la consecución de algo diferente: La Procesión Semanasantera. La sabemos excepción. El tambor no es excepción: Cualquiera se cuelga uno y no pasa nada. El espectador tampoco: Cualquiera se sienta en la acera y nadie le dice nada. El agarráor, sí. Sólo se sirve, excepcionalmente. Soy un aristócrata de la Semana Santa: Soy un agarráor. Cuando vuelvo hacia la Plaza, el Jueves de Relevos, noto que mi corazón no cabe en la Calle Mayor. Tengo que ir apartando esquinas. Y me dedico a dar gracias a la vida por este gusto de agarrar y por la posibilidad singular de poder seguir haciéndolo con más de 60 años. 100


CONSTATACIÓN DE CLAN Una o dos veces en toda la Procesión, cuando no voy de agarrando, me salgo de detrás del Anda y me voy hasta el estandarte. Suelo hacerlo en la Calle de las Columnas, la peor iluminada –no sé por qué, pero así es- de toda la Procesión. Voy y vuelvo. Sin más. Necesito sentirme Hermandad, Paso Gordo todo, entero. (En la Dolorosa, hasta que dejé de salir, hacía exactamente lo mismo). Me siento Hermandad ante la nazarena, ante el crío. Detrás del Anda, entre los agarráores, me siento bien. Pero somos un clan ex-sanguinis, con afinidades muy cortas, pero concretas y muy firmes. Yo diría que tenemos algo de clan totémico, puesto que nos une un Anda que vemos como algo más allá o más acá de lo sagrado, puesto que –Cristo Caído aparte- el Cirenéo, el Romano, el Judío de la Guita y el Judío de la Aliaga implican esa carga totémica, única, que nos aglutina, nos solidifica. El nazareno de la fila no puede sentir esto. Es imposible. Para el nazareno es suya la Hermandad. Para el agarráor es suya el anda. Los agarráores nos sentimos amigos. Sinceramente amigos. Todos. El de 20 y el de 50 años, nos vemos “entrañablemente unidos por lazos de amistad”. Nos sentimos a gusto los unos con los otros. Es más, fuera del clan agarráor no tenemos nada –la mayoría- en común. Incluso es imposible que seamos amigos en octubre o en julio: No nos une nada. ¡Ah! Pero el Jueves de Hombros, sí. Ahí somos uno y lo mismo. Y queremos que así sea. Cuando presenté mi libro “Tobarra, nombre y gente”, se me acercó un veinteañero del que yo no tenía más conocimiento –ni nombre ni destino- que el haberle visto en El Paso Gordo. Esa fue mi dedicatoria: “Para que Bajemos muchas veces juntos El Paso Gordo”. Algo así. En ese momento, durante un minuto, él y yo, volvimos a ser clan. Agarrando sentimos como muy pocas veces una dulcísima sensación de heterofilia: Queremos al “otro”, amamos al “otro”, nos gusta el “otro”, nos sentimos íntimamente ligados al “otro”. Sabemos que tenemos algo en común y lo multiplicamos, lo cultivamos, lo acrecentamos.

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Esa sensación sólo la he sentido en el equipo de fútbol y en el Anda. Por supuesto, nada más lejos que haberse acercado a ello en la “mili” o en la empresa. Aquí, podíamos “estar bien” con uno o con dos soldados, con uno o con dos colegas, pero nunca con el colectivo. Agarrando, por supuesto, sí. Se produce esa sensación general de heterofilia. Es más: Yo creo –convencido estoy- de que si el Viernes de Subidas, tras la Bendición, una vez que hemos dejado El Paso Gordo en La Encarnación (hasta el siguiente Jueves de Bajadas); yo creo, decía, que si, en ese momento, se nos pidiese a los agarráores que hiciésemos algo tobarreño en común (apagar un fuego, coger una arbolea, dar sangre, descargar un camión…) lo haríamos con el mayor gusto del mundo. Somos un clan, respondemos a una voz, seguimos una consigna. Aunque el Anda ya está quieta –por Subida- aún sentimos ese regusto de sabernos uno. Y haríamos lo que se nos pidiera con la mayor convicción, con inusitado interés, con espíritu de común-unión. Hemos pasado juntos y convictos unas cuantas horas, hemos cumplido felizmente una concreta misión. Nos sabemos almas entrelazadas. Efectivamente, el agarrar nos une mucho más que la sangre. Sólo por unas horas, pero mucho más. Agarrar es “cosa nostra”, lo nuestro es ser agarráores, sentirnos unidos por un “nos”, por una “cosa”, por un único asunto. Y lo defendemos como si en ello nos fuese vida y hacienda.

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El tambor tobarreño está seguro y bien seguro. La gente seguirá saliendo a la calle con tambor por los siglos de los siglos. No sé si lo tocarán, porque la gente se esconde en los “garutos”, pero salir, saldrán a la calle con tambor. ¿Y la Procesión? Ningún problema. Nazarenos-críos y, sobre todo, nazarenosmujeres, sobrarán para unas cuantas generaciones. ¿Y las andas? ¡Ah! Ese es otro problema. Vale cuanto dije hace años sobre la fusión de Hermandades. Pero ahora, añado: ¿Por qué no una escuela de “agarráores”? ¿No hay una escuela del tambor? Con la Escuela de Agarráores pretendo que los críos se aficionen a agarrar. Y, sobre todo, que se motiven, que les guste agarrar. Agarrar, si se vende bien, dejará de ser una cruz para ser un honor. ¿Cómo? Enseñando a los críos desde pequeños. Tengamos en cuenta que, hoy por hoy, quien se acuesta el Jueves de Horquillas a las cinco de la madrugada, no le apetece agarrar a las ocho de la mañana después de dormir tres horas. Simplemente, ¡les motiva más la noche tamborilera que agarrar al día siguiente! Tengo un ejemplo clarísimo en mi hijo Íñigo. Ahora bien, La Escuela de Agarráores debería ser una iniciativa, un patrocinio de la Asociación de Cofradías. Puntos a tratar: 1º) Habría que implicar a todos los maestros de todas las Escuelas de Tobarra. La clave está en que sea una Escuela de Agarráores de Tobarra. Es decir, pueden y deben ser alumnos los niños de todas las Hermandades. 2º) Quien enseñaría agarrar. Habrá cola de voluntarios. Seguro. Y si no, sobran con tres o cuatro. Mi Jesusico, seguro. Odón Pont, también. Pepe Garrido, Paco Peña, etc., etc. En esto, no habría problemas. 3º) Material. Un trono viejo, sirve cualquiera. Cabecerillas, horquillas, etc. Unos cuantos sacos de cemento para quitar y poner, según la edad de los alumnos. Digo cemento o harina o nuegados. Algo que pese y no abulte mucho. 4º) Sitio. El Campo de Fútbol o cualquier sitio aislado: El Calvario mismo. Tampoco habrá problemas.


5º) Programa. Es largo. Habría que enseñar: -

Paso procesionero o tobarreño. Marcar el paso. Bailar el Santo. Paso Sanjuanero. Poner horquillas. Santo a las dos manos Santo al brazo. Santo arriba con los brazos estirados. Hacer el Encuentro. Andar p’atrás. Andar de láo. Subir y bajar escalones. Etc., etc., etc.

6º) Habría que estudiar una edad y una estatura mínima. ¿A qué edad pueden empezar a motivarse? Esto es clave. 7º) De acuerdo con todas las Hermandades, podría estudiarse otorgar: -

Título de Agarráor de 1º ó 2º año. Dar la alternativa saliendo algún rato:  

Bien en su Hermandad. Bien en La Burrica.

8º) Etc., etc. La escuela podría funcionar un par de horas a las semana (sábado por la mañana) desde enero hasta Semana Santa. Este tema tendría que ser tomado muy en serio, porque cualquier observador semanasantero habrá podido constatar –como yo- que quienes tienen 20 años el año 2004, son mucho más altos y mucho más fuertes que los que los teníamos en 1960. Pero son mucho menos sufridos. Eso de “apencar…” ¡Uf! ¡Con lo que pesa! Lo tengo en primera mano. Y así, intentando que alguien muy cercano a mí (pero no tobarreño) empezase a salir conmigo agarrando para “ir relevándome poco a poco” (el tema de mi hijo, es otra cosa; él se siente semanasantero tobarreño) me contestó:


-

“Y yo, ¿qué gano con eso?”

Efectivamente, yo no había caído en la cuenta de que él “no ganaba nada”. Sólo ganábamos, yo y mi satisfacción por la continuidad. En cambio, toca el tambor un montón de horas. ¡Se motiva solo! Con el agarráo yo había llegado tarde. Ya no podía meterlo en un proceso iniciático, de convicción paulatina, de asentimiento doctrinario. Ya no estaba a tiempo de hacerlo “secta”. Eso sólo se logra desde la cuna o desde la escuela. Y es que agarrar es otra cosa. Agarrar es duro, cuesta trabajo, hay que esforzarse, sacrificarse, incluso sufrir físicamente. ¡Claro que sí! Y como los que vienen detrás no están tanto por la labor o lo están menos que los agarráores de la 2ª mitad del siglo XX, no veo más salida que el fomento de la vocación agarráora desde la escuela. Naturalmente, desde la Escuela Tobarreña de Agarráores que debe patrocinar la Asociación de Cofradías. A mayor gloria de Tobarra. P.S: Pero mientras Tobarra se lo piensa, el Paso Gordo se ha anticipado en 2003 sacando un anda para críos entre las filas de la Hermandad en la noche del Jueves y la mañana del Viernes. Después de haber escrito estas ideas, en 2003 y en 2004 el Paso Gordo ha sacado en sus filas un “anda pequeña” para que sus críos empezasen a aficionarse al agarrao. Pero el hecho no empequeñece lo aquí dicho. Al contrario, lo ratifica.


¿Y EL ESFUERZO FÍSICO? Ahí está cada año, como un inmenso alarde de quien trabaja sentado y utilizando el intelecto. Pero también, como una aportación especial en el menestral que utiliza la fuerza –más o menos- para ganarse la vida. Ahí están esas tres, esas cuatro horas que nos baldan las piernas, que nos machacan los hombros, que nos quebrantan los riñones. Ahí están esos 20 ó 30 guachos que cada año agarran por primera vez entre todas las Hermandades, y se dicen: -

“He podío”.

Ahí están esos 20 ó 30 “rendíos” en toda la Semana Santa, que saben –o aún no saben- que “este año ha sío la última vez”. Detrás de todos, el esfuerzo físico, un denodado derroche de fuerzas, un generoso “echar el resto”, hombro arriba. Pero tiene que quedar muy claro para la Historia, que lo físico manda sólo desde/en la segunda parte del siglo XX. Me atrevería a decir que desde que El Paso Gordo está en Tobarra (1946). El Paso Gordo marcó una pauta agarraora y hoy, ya en el siglo XXI, todas las andas semanasanteras tobarreñas se llevan con un gran esfuerzo físico. (Podría demostrar que hay un par de excepciones en contra, pero levantaría tantas ampollas, que no vale la pena intentarlo y, mucho menos, decirlo). Lo he planteado en otro lugar: ¿Pesa el Cristo? ¿Pesa San Antón? ¿Pesa Santa Cecilia? Aquí hay esfuerzo físico, es obvio, pero es liviano, no machaca, no debe plantearse como tal. El agarráo semanasantero pone al esfuerzo físico en su lugar. Y no debe pasar desapercibido, puesto que es una pequeña heroicidad, una más, en la Semana Santa tobarreña.

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¿JUEVES NOCHE O VIERNES MAÑANA? La eterna dicotomía, la duda esencial, la contínua conjetura, la aporía, la aoristia, la hesitación… ¿Agarro el Jueves o el Viernes? A los 20 años ni te lo planteas: Agarras en las dos Procesiones… ¡y tan campante! Pero cuando los doblas y los triplicas, te lo piensas. Y es que si –encima- agarras en un “anda dura”, la cosa se complica, de tan sencilla: Sencillamente, es que no tienes resuello para agarrar en las dos Procesiones. Antes, a los 40, te lo montabas bien: Un hombro p’al Jueves y el otro p’al Viernes. Y aguantabas. En cuantico que “blincas” los 50, ya no es sólo un problema de hombros. Es que todos los músculos –desde las orejas a las uñas de los pies- quedan tan maltrechos, tan “heridos”, tan fatigados, que no resisten “brearlos” en dos Procesiones… tan seguidas. En La Hermandad lo saben, claro. -

“Fulanico es del Jueves”.

-

“Menganico es del Viernes”.

Se trata –obvio- de un Santo de dos Procesiones, que los otros –Verónica, San Juan, Virgen, Magdalena, Cruz- que salen en más, tienen que hacer otros cálculos más complicados. ¿El Jueves o el Viernes? Hombre, en principio, el Jueves. Es como un día más “procesionero”. La noche añade solemnidad. Encima. Y luego esa BAJADA del Paso Gordo… Pero ¿quién se priva del placer –sic, placer- de subir de un tirón al Paso Gordo hasta El Calvario? ¿Jueves o Viernes? Aquí, el menda que suscribe, cualquier año, los dos días… ¡pero en una carretilla!

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¿CALLES BUENAS Y MALAS? No depende de nada racional, explicable, cuerdo, lógico. Pero me pasa. Tiene mucho de manía, de rareza, de capricho. Pero lo noto. Agarrando, algunos tenemos calles buenas y calles malas. Unas nos gustan más. Otras, nada. Se nota. Lo notas. ¿Lo notan? No es un problema de luz ni de estrechez ni de espectadores ni de… Todo eso tendría una explicación. Tampoco es un asunto de horario ni de merienda ni de… En ello aún cabría una lógica. Ni siquiera es un problema de… Agarrando, hay calles mejores y peores, sitios donde te encuentras más a gusto, “piacicos” por donde no quisieras pasar, rincones malditos, esquinas detestables. No lo puedes remediar. Pero lo sufres. Te concienciaste un día, hace cien juventudes, un Jueves de Horquillazos. Lo constataste sin saber cómo ni porqué. Te diste cuenta de golpe, en un de pronto, como si hubiese sido un aldabonazo en un hombro atípico, tal cual si la horquilla hubiese sonado de un modo distinto. Para mal, claro; que una música, si execrable, retumba como el miserere mei en los tejados, descoyunta el pentagrama de los balcones. En las calles buenas te dan ganas de decirle a tu relevo que se salga, que tú solo puedes con el anda. En las calles malas, sientes voluntad de salir corriendo, sin que nadie se percate, que bastante cruz tienes con tu consciencia y tu servidumbre. De la euforia al abatimiento, en un simple problema de topografías, de curvas de nivel, de nomenclaturas ruanas. Cada año la misma pesadilla, el mismo equilibrio, con solo doblar una esquina. Bajo el anda, un ángel y un diablo se van echando un pulso de pasos y de prosas.

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CELOS Celos, envidia, rivalidad… Es una pura sensación de agarráor, que difícilmente padece el tamborilero. No digo que no las sienta nadie, pero muy raramente. Aquí, en el tambor, nadie siente celos del redoblar de Manolete el Zoril ni de los tambores de Cachito o de Antonio el Batanero. Hay como un conformarse tácito, como una total satisfacción con lo que se tiene, se es, se hace, se sabe, se dispone, se practica… En el anda, no. Nos gustaría ser los únicos en la Procesión. No admitimos de manera alguna que haya mejores hermandades que la nuestra. Ni se nos ocurre pensar que ellos agarren mejor que nosotros. No cabe aceptar que tal Imagen es más hermosa que la nuestra. Celos, puros celos. Pero, curiosamente, no son celos como enfermedad, sino como soberbia. Veamos: “La presencia o los actos de un rival provoca un sentimiento de temor, irritación y envidia”. (Marina y López Penas. Diccionario de los sentimientos). Son “celos morales” (Montesquieu, cit. Por Vigil Rubio “Diccionario razonado de vicios, pecados y enfermedades morales”) porque rechazan… los usos… de los otros. Son fuente de xenofobia. ¡Claro! Somos capaces de despreciar a los de la hermandad tal; realmente, miramos por encima del hombro a los de la hermandad cual; pensamos que los imbéciles de delante tienen la culpa de que la Procesión vaya despacio o los chulos de detrás de que vaya deprisa… ¿Quién agarra tan bien como nosotros? ¡Nadie! ¿Qué andas son las mejor llevadas? ¡Las nuestras! Estoy convencido: Los celos no son sentimiento del nazareno de las filas. Es sentimiento de agarráores, de todos los agarráores. (Lo he vivido en todas las andas que he llevado). ¡Porque podemos! 112


ADMONICIONES DEL QUE NO LO ENTIENDE = ¿¡Pá que tanto!? ¡Estáis locos! ¡Os vais a hacel mal! ¡Algún día…!

En Tobarra, se nos dice (excepcionalmente). Se nos recrimina (ocasionalmente). Se nos advierte (alguna vez). Pero todo acaba aquí. Nosotros, agarráores, ni caso. Pero, sí: De cuando en cuando, se quiere llegar más lejos, en el momento en que aparece un meteco (profeta del Apocalipsis) que nos escupe el eco de su ininteligibilidad. No nos entiende, no lo entiende, no se lo explica: = “¿Por qué no le ponéis ruedas?”.

Nosotros, agarráores, a lo nuestro. En el fondo, es la admonición del cojo (a sus amigos) ante el león: -

“No corrais, que es peor”.

Hay un tanto de envidia y una pizca de impotencia, en esa manifestación de denuesto que acaba por ser un reproche. Pero, ¿un reproche de qué y por qué? Nosotros, los que agarramos, como el que oye llover. Porque sí, de cuando en cuando aparece un raro, un tobarreño distinto, que vende su extravagancia en las esquinas de la Procesión, o en el púlpito de los bares, o… Lo dice un profeta de mocho, un sabio de garuto, un predicador de bancales… Y, claro, según él, agarramos porque somos unos chulos de mierda. ¡Porque se puede! Nosotros, los de la cabecerilla, oídos sordos. Nosotros, a nuestra horquilla, a nuestro timbrazo, a nuestro “dale, que te pego”, un piacico de calle más, que ya llegamos al Paseo. Pero el admonitor admonitorio, a su runrún, a su tole-tole: -

“¿Pá qué tanto esfuerzo?”.

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Le molesta que nos machaquemos, todo le parece un esfuerzo baldío, un aria absurda, un poema en ripios. Y nos lo recrimina a socapa del peligro de accidente, de lesión, de disgusto. Él podría, claro, que lo que le falla es la voluntad, la convicción, la vocación, el gusto. Y no entiende ni respeta el de los demás. Él, y su sonsonete de tristezas previstas. Él, y sus profecías de males imprevisibles. Él, carcoma moral entre los palos. No lo entiende. No se molesta en entenderlo. No lo entenderá nunca. Para el “rollero” de las reflexiones duras, los agarráores somos unos salvajes, unos tarzanes locos, unos animales de yunta. ¿El alma? ¿Cómo le explicamos que agarramos desde el alma?

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NUNCA, JAMÁS… Jamás, nunca ha pasado nada agarrando. Nada. Ni un incidente, ni una desgracia, ni un susto, ni un disgusto. (Hay quien dice que alguna hernia, alguna vértebra… ¡Pos güeno!). La anécdota de algún palo roto, pero sin consecuencias. Una vez, siendo yo niño, en La Dolorosa “de a doce”. Después, en el Viernes Santo de 2000, en El Paso Gordo. Naturalmente, no existen los milagros continuados. Por tanto, ha sido una cuestión de pericia, fuerza, tino y suerte. Eso… y que somos buenos agarráores. Ya está dicho hasta hartarme. ¿Qué pasaría si se cayese un anda al suelo? Como no va a pasar nunca, no hay ni que planteárselo. Los Santos van a seguir “saliendo” y “entrando”; la Procesión continuará haciendo su camino p’arriba y p’abajo; la Cuesta del Calvario seguirá estando “empiná”; El Paso Gordo presumirá Bajando el Jueves y Subiendo el Viernes; los Encuentros se harán a su hora y en su sitio… Es la suerte de los campeones. Nos la merecemos, por nuestro empeño, nuestra vocación agarráora, por toda nuestra voluntad y esfuerzo… Tobarra seguirá estando orgullosa de sus hombros, de sus horquillas, de sus Procesiones, de sus ¡Arriba de un tirón! Y el agarráo será algo consustancial, sólido, normalizado. Tanto como el tambor. Tobarra –me gustaría- debe mentalizarse a que el siglo XXI sea el siglo del agarráo. El tambor está absolutamente consolidado. La Bendición, también. La Revista, los Pregones… ¿Por qué Tobarra no toma conciencia de la importancia colectiva de su agarrar? ¿Por qué no añadimos un heraldo más a nuestro publicitar la Semana Santa? ¿Por qué no nos consideramos punto y aparte? ¿Por qué no hacer intercambios con otros “pueblos costaleros”? Hagamos del agarrar tobarreño un beneficio que añadir a la Semana Santa de Tobarra. Y seguirá sin pasar nada.

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SE ACABÓ (Soliloquio inventado. ¿Será así cuando me llegue?) Se acabó. No puedo más. No agarro ni un metro más. No me quedan fuerzas. Es inútil. Machaco mi hombro contra la almohadilla y noto que no aprieto hacia arriba. Esta sensación de esfuerzo inútil no me la tiene que contar nadie. Y es porque aún el año pasado, apretando en serio, notaba en los de alrededor como un…: = “Esto va bien”. = “¡Venga! ¡Vamos p’alante!”.

Por supuesto, no era yo solo el que arreaba, pero yo lo notaba, ellos lo notaban, el anda lo notaba. Ahora, es inútil. Tenso las piernas, tenso los riñones, pego el hombro al palo con rabia… y nada. Pero… ¿y mi orgullo? ¿Orgullo? ¿Qué orgullo? Aquí, ya no es un problema de orgullo. Es un problema de crono. ¿De crono? Sí, de crono, de calendario enquistado en las fibras, en las células, en los huesos... Me he hecho mayor. Ayer aún era joven. Podía. Pude. Yo lo notaba. Hoy, no, no puedo. Lo noto. Me he hecho mayor. La fuerza, el poderío físico no es un cara o cruz, un sí o un no. Es un grifo que se cierra paulatinamente, una vela que se apaga despaciosamente, una mano que se va cerrando perezosamente. La fuerza es un reloj de arena –“un río lentísimo de fuego”, que diría Carmen Conde- que se agota despacico.


Pero, técnicamente, hay un último grano de arena ante la retina, una última pavesa, la gota final. Todo eso ya ha pasado ante mí. Pero yo no soy capaz de hacer la gata, ni de fastidiar a los compañeros de láo. A ver como suenan por última vez en mi voz de viejo agarráor: = “¡Búscame a alguien que se meta aquí. Yo no púo más!”.

Sin que se note, algo llorará mansamente en algún rincón de mi ego semanasantero. (Aunque, siempre quedarán un tambor y un cetro).


RATIFICACIÓN FINAL ¿No habrá sido una exageración de lugareño? ¿No será una hiperbólica manía de pequeño escritor? ¿Cómo pueden haberse escrito más de 100 páginas en torno a un hecho aparentemente trivial cual es llevar a hombros en procesión a figuras que simbolizan la Pasión y Muerte de Jesucristo? Por mi parte, no. Ni hablar. Imposible. Juraría que aún me he quedado corto, que no he sabido abarcar todo cuanto el tema da de sí, lo que el asunto simboliza. Veamos: Cuando una materia tan sacrificada físicamente, es capaz de poner de acuerdo a gente tan heterogénea en edad, educación, cultura, oficio y gusto, es porque ampara en su substrato un algo mágico, con un claro alcance de taumatúrgico, de esotérico, de iniciático. De inefable, en suma. Porque a la hora de meter el hombro, todos somos uno. Cuando se oye, = “¡Arriba!”,

son treinta esfuerzos en el mismo. Es más, antes decía “meter el hombro”. Pero si hay una paremia que ha salido del agarráo y se ha enquistado en lo cotidiano, esa es: ¡Arrimar el hombro!

Cuando las cosas se ponen difíciles, hay que “arrimar el hombro”. Cuando aparece un problema serio para cualquier colectivo, todos tienen que “arrimar el hombro”. ¿Y qué es el agarrar tobarreño sinó “arrimar el hombro”? Pero arrimarlo seriamente, con fiereza, con vigor, con rabia. Esos seiscientos ú ochocientos hombros tobarreños dispuestos agarrar la tarde del Jueves de Hombros, bien valían este arrimar las letras a los hechos, este agarrar con palabras lo constatado. Y, sobre todo, bien me ha merecido la pena algún esollejao del alma al recordar lo vivido… agarrando. En suma, el agarráo nos distingue a los tobarreños, nos da categoría a través de la Categoría Suprema Tobarreña que es la Semana Santa. Lo que decía. Cien páginas sobre el agarráo, aún me parecen cortas.

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Y me voy a atrever a terminarlas con una pregunta:

¿Estás preparado, agarráor, por si un día te toca morir entre los palos?

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Estas mismas son las palabras que mandĂŠ a Sevilla tras mi experiencia costalera. Quiero que formen parte Cuadernos de AgarrĂĄores.

en

estos

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No me hubiera gustado morirme sin haber vivido esta experiencia agarráora. Probablemente, ni hubiera sido justo. Un tan estudioso y tan practicón semanasantero como yo, no podía quedarse con esa voluntad/¿frustración? A pesar de mis 58 años de vida física, mis 42 años (1958-2000) como agarráor (costalero) semanasantero (tobarreño, por supuesto) me daban “derecho” a intentarlo. ¡Y a conseguirlo! Sevilla es reconocida mater et magistra semanasantera. Tenía que ser allí. En el 2001. No me atreví a pedir ser costalero directamente en una Procesión. ¡Dios mío! ¡Qué osadía! Sin haber visto jamás la Semana Santa sevillana, ¿quién se arriesgaba a meterse bajo un Paso y a servir como costalero? Bueno, pero yo sabía que en Sevilla “ensayan” antes de la Semana Santa. ¡Ahí iba a ser! ¡Quiero salir! ¡Aunque sea en un ensayo! ¡Qué más da, si técnicamente no puede haber diferencias! Lo intenté en La Macarena. ¡Gloria Bendita! Para eso uno es colega en Mapfre y buen amigo de José Antonio Fernández Cabrero, Consiliario del Apostolado de Formación y Juventud de la Hermandad de La Macarena. ¡La Macarena! ¡Ahí es ná! ¡Tóa Sevilla! ¡Palanganillas y verderones juntos! ¡Curristas y Puertistas en un solo lance! ¡José y Juan en el mismo quite! ¡Triana y Los Remedios en el mismo verso! Pero, ¡ni caso! La Regla XXXVIII de su Fervorosa Hermandad y Cofradía dice que “dado el alto honor que ello representa” “los que deseen efectuar” “como costaleros” “deberán tener diez y ocho años cumplidos y un año de antigüedad como mínimo” “lo solicitarán…”. En La Macarena, ni flowers. Uno a cero. No obstante, ahí va mi respeto. ¿Quién es Tobarra para creerse con derecho a…? Pero yo, manchego y terco… Paco Galán, otro querido colega, terne que terne, buscó otros rumbos. Por fin, iba a ser admitido “en el traslado” que se hace, antes de la Semana Santa, de los pasos de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús de las Penas y Nuestra Señora de Gracia y Esperanza, que salen de la Parroquia de San Roque. ¡Qué premonición! ¡San Roque! El Santo en cuyo día de 1942 nací (16 de agosto) cuando “el paso con San Roque” pasaba por la puerta de la casa de mis padres. ¡Cuánto honor y cuánta coincidencia! Otro colega de Mapfre (Javier) hijo de Francisco Fernández-Palacios, Teniente Hermano Mayor de la Hermandad de San Roque, lo había conseguido. 127


Iba a ser costalero “del traslado” que se hace de los Pasos/ andas/ parihuelas, desde donde “duermen” todo el año, hasta la Iglesia. Viernes, 23 de marzo del 2001. A las 21 horas. Días antes fui a Tobarra, apostica, apostica, para coger “mis zapatos de agarrar”. Fuertes, duros, con suela rasgada, firme, para fijarse bien al suelo en las Cuestas Abajo, en La Bajada del Paso Gordo tobarreño. Y marrones, claro, como nuestras túnicas. Hay que estar pendientes de todos los detalles. Y empiezo a “comerme el coco”: Si se llama “Paso Gordo”, por algo será. Porque Pasos, en Tobarra, hay otros 15 ó 20. ¿Cómo no voy a poder ser “costalero” en Sevilla, si soy “agarráor” del Paso Gordo tobarreño? Por fin, iba a sufrir “el sombrío aplastamiento que sufren los conductores”. (Eugenio Noel. Semana Santa en Sevilla). ¡Y me entraba una congoja…! Comida ligera. Siesta en el hotel. Ducha en paz. Leche edulcorada para la merienda. Cuerpo limpio y perfumado. Esa es mi praxis. Iba a resumir mis 42 años de agarráor/ costalero tobarreño en una hora sevillana. Pero… Con displicencia. Con pena. Con no disimulada sorpresa. Con algo de menosprecio. Me miró de arriba abajo. (La primera en la frente). = “¿Qué me han traído aquí?”.

Eso pensó el capataz. Seguro. Por mi edad, tengo mucha más experiencia costalera/ agarráora que él. He estado muchísimas más horas entre (y bajo) los Pasos que él. Me la juego a que pensó eso: ¡Un tío viejo, calvo, con gafas, con algo de barriguita, con pinta de…! ¡Flojucho no parece, pero…! = “¡Póngase por ahí y luego le llamaré”.

¿Las 21 horas? Bueno. Me tomé otro montón de vasos de leche con azúcar. Meé treinta veces. (Me aprendí todos los WC de la zona). Los nervios… Mira que si te rajas… Mira que si haces el ridi… Mira que si… Tobarra, mi pueblo… Yo me sentía Tobarra… Me mantengo en perfecta forma psíquica y física todo el año para cada Jueves Santo al atardecer. Por fuerza, por 128


hacer fuerza, a mí, aún con mi edad, no hay costalero que me achante. Pero, ¿y la técnica? ¿Y si no sé agarrar con la técnica sevillana? Porque, por lo visto, no es sólo un problema de fuerza, sino que hay que servir para aguantar otras muchas cosas… Sevilla, los Pasos, las trabajaderas… Y yo, “acojanao perdío”, invocando a todas las teocracias, apelando a todas las teosofías, para quedar bien ante Tobarra (por supuesto) ante mí mismo (como es lógico) y ante mis amigos sevillanos (como se puede suponer). = “Ud., pá Cristos. Luego le igualaré”.

El capataz había vuelto a dirigirse a mí. ¿Qué me habría querido decir? ¿Cristos? ¿Igualar? En el almacén donde los Pasos viven la paz de 51 semanas, ya había surgido el runrún de que, “un escritoh iba a jasé un páh é shicotáh”. Me dolió. Así que yo no era un tobarreño, semanasantero cabal, con 42 semanas Santas “agarradas”, sino un escritor que luego lo tendría que contar. Sólo así me admitían. Nada más que por eso. Es lo que habían “vendido” para mi incardinación. Ante ellos, mis “méritos” semanasanteros eran nulos. ¡Ya podía yo hablar de mi pueblo! Y el caso es que como los agarráores/ costaleros tobarreños vamos fuera de los Pasos, me había llevado fotos del Jueves Santo de 2000, con El Paso Gordo tobarreño en plena Cuesta y yo entre los palos (trabajaderas). ¡Ni caso! Me lo aclaró Paco Galán: = “Tú, pá Cristos, quiere decir que por tu estatura no podrías salir en un Paso de

Virgen. Ahí van los más bajos, porque como las Vírgenes llevan palio, los costaleros han de ser más bajitos o no podrían salir de las Iglesias”. Bueno, empate a uno. Por lo menos, respetan mis 174 ctmrs., calva incluida. = “Igualar es medir a los costaleros para que los que van en cada trabajadera

sean iguales”. Había dos Pasos. El de Nuestra Señora de Gracia y Esperanza, que estaba delante, y el de Nuestro Padre Jesús de las Penas y Simón de Cirene. O sea, que yo saldría en el último. Alguien –con la intención de prepararme mentalmente- me metió bajo el trono. (“¿Hah disho «trono»? Ezo, en Málaga. No lo güervah a desí”. 129


En Zevisha, Paso). ¡Ah! En Tobarra decimos “anda”, “trono” y algo menos, “paso”. Alguien, también, -desde abajo y a obscuras- me hizo ver y tactar las 7 trabajaderas y me explicó hasta el último detalle, lo que es la levantá, la chicotá, el patero, la zambrana, el cuadrante, el contraguía… (Todo un lenguaje costalero que yo ya llevo en mi corazón de viejo agarráor tobarreño). Me notaba inefablemente protagonista (indirecto y ajeno) de un misterio, de un embrujo, “de un miedo a que te hagas daño y te dehgrasies pá tóa la vía…”. ¡Y te lo dicen, por si tú aún no tuvieras bastante jinda encima! Consejos, consejos, consejos… = “Tienes que poner los pies asá…”. “Las piernas así”. “Notarás aquí…”.

“Acostúmbrate a estar en cuclillas. En los pasos de palio el costalero nunca puede ponerse de pié. Ni en las parás”. Empezó “la igualá” para el Paso de la Virgen. El capataz –con más poder que un general- iba colocando (de espaldas) a los hombres, de cinco en cinco. Primero, los de la última trabajadera. Tactaba con los dos pulgares –como masajeándola, como mimándola, como salvaguardándola- la apófisis espinosa de la 7ª vértebra cervical. Ese es el punto de apoyo de la trabajadera. Comprobaba la altura de ese punto de la columna. No importan la cabeza, ni los hombros. Sólo la altura de esa vértebra. Tactaba con un pulgar, con otro, recreándose, afirmándose, convenciéndose… Cambiaba a los hombres. Quitaba alguno. Ponía otro. Cuando ya no le quedaban dudas, lo decía, y el cuadrante, después de preguntarlo individualmente, anotaba en una hoja ad hoc, nombre, apellidos y sitio exacto de cada costalero. Y les advertía que “el Domingo de Ramos a tal hora…”. Así, hasta siete trabajaderas. Desde los más pequeños a los más altos. Efectivamente, ninguno de los 35 costaleros de la Virgen era más alto que yo. Y, mirándolos chulescamente, me empeciné en mentalizarme suficientemente, en poner en solfa mi autoestima, mi preocupado ego: -

“Ese no es más fuerte que yo”. “A aquél le pego yo un porrazo”. “Este tiene 30 años menos que yo, pero le gano el pulso”. “Si esos pueden, yo más”.

Por fin, me hicieron salir a la calle “pá jasé la ropa”. Iban a montar mi costal y me iban a vestir a modo. Se ofrecieron 20 “mosoh d’espáh”. Pero, ¿cómo se habían enterado de que yo no era “de esa historia”? ¡Cuánta amabilidad! ¡Qué cortesía! ¡Qué solidaridad! ¡Qué denonado interés en que yo estuviese bien, en que todo saliese bien! (Sevilla, ¡te quiero! Capillitas ¡os amo!). Gentes a las que yo no había 130


visto en mi vida, ni sabía quienes eran, dispuestas a ayudarme, a aconsejarme, a animarme… Yo había venido “de uniforme”: Una camiseta blanca, de manga corta, y un pantalón negro. Ya dicho: Y mis zapatos de agarráor. Me habían advertido que hay que saber marcar el paso y arrastrar los pies, pues “ahora iremos en paso racheao”. ¡No te jode! ¿Arrastrar los pies? ¡A mí! ¿Marcar el paso? ¡Como un sargento legionario! Pero, ¿qué se han creído? El costal, la morcilla… -

“Hay que encasquetárselo bien, para que no haga rozaduras. El costal tiene que apretar. Así que, ¡fuera las gafas!”.

Efectivamente, notas el costal como una segunda piel, que te cubre todo el cráneo, desde las cejas y hasta mitad de la espalda. ¡Abajo los pantalones! Hay que ajustar la faja, girando sobre ti mismo. Y allí que me vi enseñando el muslamen a la noche sevillana. Empecé a sentirme como un luchador de Sumo. ¡La barriga pá dentro y el pecho pá fuera! Por fin, dispuesto a hacer el paseillo. Me veía en torero. Sí, señor: Torero. Nunca me he puesto un vestío de luses, pero seguro que habría sentido lo mismo. Iba tomando confianza. En ese momento, me acordé de mis múltiples lecturas semanasanteras sevillanas, guardadas para este momento: -

“En 1973 salen los primeros costaleros hermanos/ cofrades. Hasta entonces, todos eran profesionales, «gallegos», palanquines, mozos de cuerda”.

Pero… ¡Padre Jesús de las Penas!… en 1973 yo había «agarráo» ya en 15 Semanas Santas tobarreñas. ¿Por qué tener miedo? ¿Y el orgullo tobarreño? Ya estaba en la calle el Paso de Nuestra Señora de Gracia y Esperanza. Naturalmente, sólo la parihuela, puesto que –como ya he dicho- la Virgen y Nuestro Padre Jesús de las Penas están en San Roque (o en la Sede de la Cofradía, que aún no lo sabía) durante todo el año. Ya había oído al capataz echar su arenga, antes de la primera levantá. Confieso que no le entendí una palabra. Desde donde vi salir el Paso, no oía nada. Pero como imaginación sí que tengo, 131


barrunto al capataz apelando al honor y a la gloria de ser costalero, de saberse los mejores. Me habían dicho exactamente dónde tenía que colocarme. Exactamente. Inapelablemente. Matemáticamente. Acudí otra vez a mis lecturas previas: -

“Voy en la tercera trabajadera, segundo por la izquierda. Llevo a mi izquierda al costero; a mi derecha al corriente. Luego voy de fijador”.

Eso, sí. En cuanto me coloqué en mi trabajadera, comprobé que los hombres de ambos lados, eran absolutamente “cachas”. Miré detrás. Mi homónimo de la 4ª era un auténtico “tarzán”. Ellos tres estuvieron constantemente pendientes de mí, me decían algo cada cinco segundos… ¡Qué el San Roque de Tobarra los bendiga! (¡La veteranía! Al terminar, quise dar un abrazo de sumisión y respeto al capataz. Me perdonó la vida: = “Usté es de cuarta trabahaera. Pero he querío aliviarlo una chispilla y le he

puesto en la tercera”. ¡Cachis en la mar! No se han “fiado de mí” ni un segundo. Aunque sólo me enteré después, me alivian, me rodean de tíos “cachas”…). Por fin, íbamos a hacer la levantá. Por haber visto hacerla en el Paso de la Virgen, yo me imaginaba que tenía que ser un momento difícil utilizar esa técnica de emplear las piernas flexionadas como ballestas para levantar la parihuela a pulso unos centímetros por encima de la morcilla para que, al caer, se ajuste sobre ella. ¿Difícil? ¡Sí! ¡Pero no tanto! Levantar no es difícil ni duro, pero cuando la trabajadera cae sobre la morcilla, todo el costal se estira y se produce un “golpe de sangre” como el que sufre un boxeador cuando le golpean en la frente. No te mareas, pero durante unas décimas de segundo, “pierdes el mundo de vista”. Eso sí, te recuperas inmediatamente, en una milésima. Otra vez, ¡listo! ¡A hacer fuerza! Con “la sangre en su sitio”, el Paso arriba, sobre la morcilla. El cuerpo, ya erguido. Mis brazos, estirados, se posan en la trabajadera de delante. Noto la piel de los brazos de mis compañeros pegada a la de los míos. Contacto, piel con piel. Sin timidez. Obscuridad total. Anonimato total. Calor. Tardamos diez segundos en empezar a sudar. Se mezcla el mío con el sudor de los brazos de los hombres de los lados. Crea una sensación de intimidad distinta, de complicidad absoluta. No 132


cabe mayor hermanamiento físico. Ni en la mili había sentido esa sensación táctil. Me veía en mi infancia pegado a mi hermanico Pedrín, durmiendo en la misma cama. Te sientes humano, vivo y útil. ¡Y costalero sevillano, coño! Ni había leído ni me habían hablado del “latigazo” de la trabajadera al ajustarse a la morcilla y, por ende, a la cerviz, tras la levantá. Es, sin duda, el momento más difícil, el único momento realmente difícil que he vivido. ¿Peso? No, peso exagerado, no. En ningún momento me he sentido “clavado al suelo” como llevando El Paso Gordo tobarreño. ¿Incomodidad? ¡Toda! Pero han vencido la ilusión y el amor semanasanteros. “¡Arriba, arriba!” “¡Quietos!” Alguien da una orden de avance. Avanzo el pié izquierdo. Ahora, el derecho. Paso racheao. Froto literalmente los pies contra el suelo. Fffsss, fffsss, fffsss… Es un sonido divino y lo disfruto intensamente. Estoy gozando apasionadamente. Por debajo de los faldones, veo los zapatos de mis compañeros de Mapfre. Los imagino pendientes de mis pies. ¡No se fían! Una chicotá. Un descanso. No era misión imposible. Tobarra, a salvo. Me encuentro divinamente. No puedo ponerme en pié, pero busco un tranquillo, la manera de acomodarme a la postura, unos segundos. Otra levantá. Otro latigazo en el cerebro. Otra vez, fffsss, fffsss, fffsss… ¡Música celestial! Y así, hasta… Empiezo a entender la heroicidad del costalero sevillano. Seis u ocho horas bajo el anda, a oscuras, piel con piel, en cuclillas, con “una caló” de mil… ¡ángeles! (Bajo un Paso no caben demonios). Vuelvo a decir que peso excesivo, no. No experimentas esa sensación de que “se te doblan las piernas” o “se te parten los riñones”, como sientes desde el primer momento bajo El Paso Gordo. ¡Pero todo es igualmente heróico! ¡Meterse bajo un Paso sevillano es heróico! Aliviao o sin aliviar. (¿De qué me sorprendo? ¿No hacemos lo mismo en Tobarra –ponérselo fácil- a quien agarra por primera vez?). Por fin, nos relevan. Me quito el costal. Me pongo un jersey, por el sudor. No quiero enfriarme. 133


= “¡Arsa, si tiéh la ezparda colorá!”.

Mis compañeros sevillanos me han levantado la camiseta. ¡Tela! Se sorprenden de que tenga la cerviz encarnada. -

“Claro. Yo no he venido a pasearme. He venido a hacer fuerza”.

Me invitan a cenar a lo grande. Se nos hacen las tantas de la madrugá. Y aún hemos de ir a tomar cazalla o anís u orujo o algo así enfrente de La Macarena. ¡Y vamos! ¿Cómo no ir? Me rodean mis escépticos “apoderados”, mis desconfiados “managers”, mis descreídos colegas. Noto que el verme indemne les ha hecho la misma ilusión que a mí vivirlo “sano y salvo”. Todos nos hemos relajado. Ellos, al comprobar que “he podío” y estoy intacto. Yo, al saberme (también y para siempre) costalero sevillano. Una copa. Y otra. Dentro de cuatro horas sale mi avión. ¿Y qué? Zoi er gashó mah felí de Serva la Barí. ¿Cómo no llevar ya para siempre –ahora, por un motivo muy especial- a Sevilla en mi corazón? ¡Aunque viviera 100 años más! ¡Costalero en Sevilla! Ya puedo cortarme la coleta. ¡Y las venas! Nunca he salido por la Puerta del Príncipe, pero no lo cambio por esta experiencia costalera sevillana. Ya no me acuerdo de que sólo era un escritor, de que no se han fiado de mí, de que me han considerado un novato, ¡en el 2001!, a mis 58 años y agarrando desde los 15. Hay libros técnicos, pero no conozco la literatura del costalero sevillano y yo no soy quien para escribirla. Tal vez esta falta, esta ausencia de letra dura, perdurable, se deba a que aún no es larga la tradición… amateur. Habiendo sido profesionales los costaleros hasta 1973, no cabía romanticismo, ni poesía, ni meditación, ni carga antropológica alguna. Costal, dinero. Poca prosa cabe así. ¡Pero ya la escribirán! Así lo brindo y lo deseo. Yo lo que sí sé es que no he cuidado nunca tanto –como éste- un escrito semanasantero. Ni tobarreño, ni no tobarreño. Pero es porque la Semana Santa de Sevilla es mucha Semana Santa. Vamos, es “la Semana Santa”, la 134


antonomástica, la geometrización…

conjunción

de

todas,

la

suma,

la

multiplicación,

la

Es más. Ahora estoy en disposición de comprender que el costalero sevillano aglutina todo lo que puede hacer un cuerpo de hombre o de mujer (porque ya hay muchas “costaleras” repartidas por España) con un Paso sobre sus hombros. (Hombros, hombro, cerviz, tómese como pura metáfora). El costalero/agarráor es el único sujeto activo de la Semana Santa que admite toda una cultura sobre sí: Literatura, antropología, sociología… Y el que quiera, también devoción, mística, liturgia… (En el tamborilero no cabe todo eso. En el nazareno/penitente, bastante menos). Por todo ello, me he sentido partícipe de una gran responsabilidad. Doble responsabilidad. Como pequeño escritor y como semanasantero. Sabía, así, que tenía entre mis manos la ocasión, doble posibilidad también, de ofrecer a Tobarra la oportunidad de “exportar” su orgullo agarráor. Pero también la dicha de contar por escrito a Sevilla algo muy suyo –el costalero- pero visto de manera diferente. Y más, siendo forastero. He leído los Pregones sevillanos de los últimos 50 años. ¡Qué poquita atención se le presta al costalero! Y no es justo. Porque no hay saeta sin costalero. No hay llanto ruano sin costal anónimo que lo provoque. No hay Procesión sin vértebras masacradas. Estoy seguro. Si. Equivocado o no, pero estoy seguro: Más que la lírica, el costal; más que la devoción, el esfuerzo; más que la oración, el sudor. ¡Y lo dice este pequeño poeta! Por eso, he reincidido. Sin suerte, pero lo he pretendido. ¿Qué perdía? Lo intenté, claro. Me habría gustado salir en la Procesión “de verdad” el Domingo de Ramos. ¡Imposible! ¿Quién soy yo? Lo entiendo, lo respeto y lo acepto. Demasiado honor me han hecho. Y lo agradezco desde mi cerviz ya sevillana, desde mi hombro siempre tobarreño, desde el pequeño rincón de mi orgullo semanasantero, donde acumulo fuerzas para el próximo Jueves Santo, aplicándome en letras, en emoción, en fustigar ese misterio que nos empuja –irremediable y librementeuna vez al año, a hacer fuerza bajo el palo de un Paso. En fin, a sentirnos Cirineos junto al Guadalquivir sevillano o en el Calvario tobarreño.

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La vida me está permitiendo cerrar ciclos vitales, con la inmensa fortuna de clausurarlos mucho más que satisfactoriamente. Precisamente, de ponerles fin, en palabras del calasparreño José Antonio Moya “El abuelo”, de manera “entre muy buena y cojonuda”. Así, cerrado el largo proceso de paternidad activa, el más que suficiente proceso profesional (en este marzo 2002 ha cesado mi vida laboral remunerada), estoy en vías de cerrar mi vida de agarráor. Vengo así diciéndolo a lo largo de todo el libro y así será, porque así debe de ser. Y, claro, como me llena tantísimo, me aferro al clavo ardiendo de las últimas posibilidades. He tenido el inmenso honor (es tópico decirlo de tan veraz) de ser Pregonero en la Semana Santa de Calasparra en 2002. Después de tres conferencias taurinas a la largo de un lustro, “me han hecho Pregonero”. Allí hemos estado una docena de tambores tobarreños (la mayoría, gente del Paso Gordo), un grupo de leales amigos y mi entusiasmada voz pregonera. Y, como tantas veces y tan distintas, en estos últimos años, acompañado por ese fiel mozo de estoques que es mi hermanico Pedrín. Como la más elemental muestra de generosidad, cortesía y honestidad hacia el pueblo calasparreño me ha obligado a conocer exhaustivamente –aún sin haberla vivido- vía entrevistas y estudio, su Semana Santa, yo sabía que podía vivir con ellos dos Procesiones sin perderme ni un solo minuto de las de Tobarra. Así ha sido. El Viernes de Dolores he sido andero (agarráor) del Cristo de la sangre, en el Vía Crucis. El Cristo de la Sangre es una hermosísima imagen de Cristo Crucificado en las manos, y ¡sorprendentemente, peripatético! Nunca había visto nada igual. El anda del Cristo de la Sangre lleva 16 anderos (agarráores) pero… ¡como lleva almohadillas corridas! pueden agarran 24. Túnica roja. Sin horquilla, pues sólo la llevan “las cuatro horquillas” para los descansos. Sin relevo. Procesión/ Vía Crucis “a salir (Iglesia de los Santos) y entrar(Iglesia de San Pedro)”. Una muy agradable experiencia. ¡Un aperitivo semanasantero incluso para los calasparreños! Insistiré hasta el hartazgo: Como el Vía Crucis tiene un carácter puramente religioso (y me parece muy bien) muy poca gente en las filas y menos espectadores. Lo natural.

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Ya he inscrito al Cristo de la Sangre Calasparreño entre mis amores semanasanteros. El Domingo de Ramos, el traslado/ venida del Ecce Homo desde su Ermita al pueblo para hacer la Procesión del Encuentro con la Dolorosa. Aquí, ¡palabras mayores! El Ecce Homo calasparreño es una imagen de tamaño medio, desnuda, con una hermosa capa granate sobre sus hombros y hasta los pies. Lleva, por supuesto, una caña. El traslado se hace en un anda para 16 agarráores (que van de paisano) con almohadillas corridas. Sólo llevan horquilla “los del lao de la horquilla”. Realmente, este traslado/ venida al pueblo tiene mucho de romería hasta un lugar concreto (Calle del Ecce Homo) donde en una casa concreta se cumple con el ritual de tomarse unas cervezas y ponerse las túnicas y las capas. Ahí empieza realmente la Procesión, que sale al encuentro de La Dolorosa que ha partido desde la Iglesia. (Como tobarreño, me choca. Recuérdese que aún es Domingo de Ramos). El camino desde la Ermita hasta el pueblo supone un recorrido en plena huerta calasparreña, de un par o tres de kilómetros. Si lo parangono con algo tobarreño, supondría llevar un Santo desde Alboraj o desde Aljubé hasta el Paseo. Luego, la Procesión tiene toda la solemnidad del mundo. Y El Encuentro del Ecce Homo con La Dolorosa toda la majestuosidad imaginable. Se acercan ambas andas marcando el paso y como la calle es recta, se ven perfectamente desde mucho tiempo antes. Se acercan lentamente, muy lentamente, hasta juntarse prácticamente palo contra palo. Como yo iba en medio y en la punta, sentía la respiración de la agarráora correspondiente de La Dolorosa. Es que, además, ambas andas se mecen simultáneamente durante unos largos segundos, hasta que alguien da orden de hacer una doble reverencia. Ahí, estalla Calasparra de jubilo. La técnica agarráora calasparreña, es como la nuestra, de “agarráo retorcío”. El paso, siempre “marcando el paso”. Siempre. Nunca había agarrado sin horquilla y con túnica y capa. Por cierto que, como me las han regalado, me he comprometido ante mí mismo a hacer más venida/ traslados del Ecce Homo calasparreño.

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ยกAgarrรกor/ andero en Calasparra en el 2002! Como Chavela Vargas: ยกGracias a la vida, que me ha dado tanto!

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Dedicado a Guillermo A. Paterna Alfaro, cronista acérrimo del tambor tobarreño en el siglo XX y enamoradamente empeñado en “salvar” su presente y su pasado inmediato. Con mi afecto personal, mi aplauso por su labor y mi admiración por su quehacer. Y es porque, sin su esfuerzo de investigador, sin su calidad de escritor, el tambor tobarreño, hubiera nacido ayer.

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PRÓLOGO DE JOSÉ GARCÍA BLEDA. La Historia de un pueblo es también la historia de los hombres que, con su particular manera de entender sus vivencias y decidida actitud y esfuerzo por defender sus tradiciones, han contribuido con sus aportaciones ya no sólo a mantenerlas sino de manera notable, a difundirlas. José María Hurtado Ríos es uno de los más aplicados defensores de todas nuestras tradiciones y, especialmente, de las relacionadas con nuestra Semana Santa. Así ha quedado reflejado en sus numerosos escritos y con gran acierto en sus observaciones, de tal modo que sus investigaciones, por su particular visión, enfoque y rigor en la comprobación de datos y contraste de opiniones, constituyen una obligada referencia y un valioso legado para generaciones futuras. Su deseo de que escriba esta líneas a modo de introducción a su trabajo sobre los tamborileros constituye motivo de satisfacción por tal deferencia. El tamborilero es, sin duda, el protagonista fundamental de nuestra tamborada por el sentimiento que transmite al convertir en redoble los golpes al parche de su tambor. Ciertamente, el tambor en si es también protagonista, pero sólo realmente este instrumento cobra vida en las manos del tamborilero. Cualquiera en Tobarra podría hablar sobre el tema, ya que posiblemente todos los tobarreños en mayor o menor medida somos tamborileros. No importa tocar bien o mal. Simplemente en Tobarra, en Semana Santa, se toca el tambor, reflejándose así de modo espontáneo un estado de ánimo, perdiéndose la identidad del toque individual en pro del toque en cuadrilla, siendo así el tamborilero en perfecta simbiosis con su tambor, el protagonista anónimo de lo que supone la tamborada como sentimiento colectivo. Nos incorporamos así los tobarreños y los que comparten con nosotros estos días a las tamboradas con la mayor naturalidad como si se tratara de ir al campo o a la oficina, participando en el ir y venir de las cuadrillas y en el cruce e intercambio de redobles sin que importe demasiado el virtuosismo de los redoblantes. Capítulo aparte merecerían, los virtuosos del tambor, pues, sin duda, alguna vez todos nos hemos estremecido de emoción al escuchar determinados toques aislados, que en la mayoría de las ocasiones, espontáneamente se traducen en un respetuoso silencio por parte de los otros tamborileros cuando uno o varios elegidos matizan su habilidad con esos redobles superiores que sólo están a su alcance sintiendo así que algo indescriptible sale de lo más profundo de sus corazones. En esos momentos, aunque uno no sea el protagonista, se siente más identificado con el sentimiento colectivo de tragedia y de dolor que conmemoramos con nuestra tamborada. El tema de los tamborileros es elemento esencial en nuestra Semana Santa y es seguro que en la forma que ha sido tratada por José María Hurtado supondrá, sin 5


duda, para cada uno de los lectores una renovada vivencia de los distintos momentos que cada uno ha vivido como tamborilero. Resulta, pues, obligado agradecerle su esfuerzo y mĂŠritos por este y otros trabajos en pro de mantener nuestras tradiciones.

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HISTORIA ¿Desde cuando somos tamborileros? ¿Por qué somos tamborileros en Tobarra? Es un tema que creo haber dejado suficientemente claro, a nivel de hipótesis, por supuesto. Nada tengo que añadir a lo que dije en la Revista de Semana Santa de 1981: “Nos repoblaron o se mezclaron con los moros tobarreños gentes tamborileras aragonesas que acompañaron al Primer Señor de Híjar, Don Pedro Fernández, en tiempos de Jaime I, a la reconquista de Murcia, inmediatamente después de enero de 1266, año en que en la capital del Segura es aplastada la revolución nazarí”. Meses después (agosto 1982) “descubro” un Híjar, muy cerca de Tobarra. La visito. Híjar en Albacete. Híjar en Teruel. ¡Oh! No tenía dudas, pero por si quedaban. Tengo pendiente de escribir (será un compendio de lo escrito por otros sobre ese tiempo en Tobarra) un libro que titularé “Tobarra en el siglo XIII”. Seguiremos sin encontrar documentos que demuestren la veracidad de lo intuído. Pero… Como me había advertido el Profesor Doctor Manuel Riu en Barcelona: “Su hipótesis es muy verosimil y ya que no la puede demostrar, quédese con la satisfacción de que nadie podrá refutársela. Ahora bien, en su tierra no va a gustar nada que fuese Aragón quien la repobló. Una vieja pugna entre estudiosos castellanistas y aragonesistas”. Así fue. Los profesores González (de Madrid), Torres Fontes (de Murcia) y Pretel (de Albacete) se pusieron “orijialtos”. No obstante, la repoblación hijarana/tamborilera en Tobarra se me ha reconocido, siempre a nivel de hipótesis, naturalmente: 1º) En Híjar, mi hermanico Mariano Laborda Gracia. (Recuerdos de Híjar II). 2º) En Moratalla: “El tambor en la Semana Santa de Moratalla”, de R. Fernández, J. Luleña, J. Navarro, M. García, J. Martínez, G. Romera y J. J. Sánchez. 8


3º) En Cuenca, Luis Calvo Cortijo en “El Rito de las Turbas”. 4º) En Hellín, J. F. Jordán Montes y A. González Blanco “Los tambores. Sonido, comunicación y sacralidad”. Primer Premio del I Certamen nacional de ensayo sobre los orígenes del tambor. En la página 63 tienen la desfachatez de decir en 1992 lo que yo ya había dicho nueve años antes. Eso sí, sin citarme. Menos mal que en la página 73 dicen: “Completar la cuestión con Hurtado Ríos, J. M. sobre el origen de los tambores. Rev. de la Semana Santa de Tobarra. Tobarra 1981. El autor también (el subrayado es mío) avanza la hipótesis de una repoblación aragonesa para justificar la presencia de los tambores”. ¿Cómo que también avanzo? ¡Pero si ya lo había dicho nueve años antes! Ellos son los que también dicen, lo que yo dije antes. ¿No lo reconocen así expresamente en la página 15 de la Revista hellinera Tambor de ese año 1992? ¿Por qué no lo dijeron claramente en el trabajo citado? Por su parte, el ínclito A. Losada Azorín insiste en “lo aragonés”, pero sin citarme, claro. Vide página 7 de su título “El tambor en Semana Santa”. Accesit en el II Certamen nacional de ensayo sobre los orígenes del tambor. En cambio, sí me cita el sacerdote hellinero J. Fernández Selva, en una tesina aprobada en la Universidad de Comillas. Eso sí, con error histórico incluido. Yo no hablo para nada del Cid... Simplemente porque es un personaje de un par de siglos antes de 1266. Pero, en cualquier caso, agradezco a Fernández Selva su cita y el envío de sus textos. Finalmente, me cita con un gran cariño, respeto y rigor, mi amigo José Antonio Iniesta Villanueva, en su obra “Origen del Tambor y su repercusión en la tamborada hellinera”, que fue Primer Premio en el II Certamen, ya relatado. 5º) Por el Profesor Pedro Voltes en su “Rarezas y curiosidades de la Historia de España”. 6º) Aún podría citar a la Revista de Información de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, nº 33, de marzo de 1988. Se hace eco, largo eco, de mi hipótesis. Etc., etc., etc.

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No voy a decir que la lista sería interminable, pero sí abundante. He escrito un artículo sobre ello para la Revista de Semana Santa de 2003, con el título: “Una hipótesis mayor de edad”. El tema estuvo de moda en un par de universidades a mitad de los años 80 y tuve en mi despacho de Barcelona a bastantes alumnos de Medieval, interesándose por el asunto. (Gracias, claro es, a la amabilidad de mi orientador, el Profesor Riu). Y eso que sólo 23 años después de mi primigenia tesis de 1980 he pisado como alumno una Facultad de Historia. Ahí he aprendido (con casi cinco lustros de retraso) lo que es investigación ex-novo, investigación ex-silentio. Y, ¿qué decir del profesor Americo Castro en España en su Historia, asunto recién leído en 2003? Dice el maestro: -

“No proyectemos sobre un fenómeno de vida ningún escepticismo intelectual”.

A propósito del Sepulcro de Santiago dice lo mismo que yo dije (por pura intuición) del origen del tamborear hijarano/tobarreño: -

“Si no es verdad, merece serlo”.

En cualquier caso, el hermanamiento Híjar/Tobarra y las veces que nos visitan o los visitamos, completa cualquier hipótesis histórica.

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LO INMEDIATAMENTE ANTERIOR Tobarra nunca agradecerá bastante el tenaz, denodado, duro y riguroso esfuerzo de investigación del tambor de los siglos XIX y XX, que ha hecho Guillermo A. Paterna Alfaro, Cronista Oficial y Archivero Municipal. Guillermo salva lo que el tambor tenía de salvable en el siglo XX. Incluso en el anterior. No se puede decir más ni se puede decir mejor. Pero es que, además, es imposible ir más lejos. Por lo menos, en Tobarra. El tema tambor, el tema Semana Santa no ha interesado como tema cultural hasta los tobarreños de nuestra generación. Y eso, sólo a una minoría. Me atrevo a decir que ello es consecuencia de que lo religioso no se planteaba –ni, menos, se cuestionaba- hasta el final del siglo XIX. El tema no admitía bromas: O fe u hoguera inquisitorial. El tambor, el objeto tambor, pasa por las manos de Guillermo como si fuese un cuerpo vivo: Hace una total vivisección del mismo, a través de sus creadores, de sus innovadores, de sus inventores, de sus revolucionarios. Como demuestra Guillermo, no es difícil adivinar que el objeto tambor, evolucionó poco o muy poco desde que nos lo trajeron los hijaranos en 1266, hasta bien entrado el siglo XX. Eso es exactamente lo que ha sucedido en todos los pueblos tamborileros desde Híjar a Baena, desde Moratalla a Alcañiz. Por otra parte, es lo natural. ¿Qué materiales podían utilizar los tobarreños de los siglos XVIII y XIX para hacer sus tambores? Pues los mismos que los del siglo XIV. En esto, la vida no cambió en seis o siete siglos. Hasta la Revolución Industrial (¿llegó a Tobarra?) hablar de evolución técnica es un puro sarcasmo, al menos con nuestros valores actuales. Y como sería inútil, injusto y estúpido añadir algo más a lo que dejó escrito Guillermo en las Revistas de Semana Santa de 1988 y 2000, lo dejamos aquí. Él ha sido cátedra, última palabra y dogma. ¡Mi admiración! Del tambor, ni una palabra más. Si acaso, literatura. Los inventores la merecen.

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BUENA PARTE DE LA HISTORIA DEL TAMBOREAR ES LA CONSTATACIÓN DE SU SER CUESTIONABLE. Hoy, siglo XXI, el tambor no admite disidentes en Tobarra. Que se sepa, que se diga, no hay ni uno. Pero cuando la Semana Santa, su celebración, abarcaba mucho de religioso y la Iglesia Católica tenía un determinante peso específico en la sociedad, el tambor sufrió (sin comillas) poca o mucha persecución. Está justificado: = Tocar el tambor es divertido. Siempre lo ha sido. El tamborilero se divierte

tocando. = Mientras se toca, se come y se bebe, casi siempre, exageradamente. = Hasta hace 80 años se tocaba con el capuz bajo; el tamborilero iba mascarado,

como en carnaval. = Etc.

Todo esto, obvio, comporta poca carga de endolencia. Poca no, ninguna. Y eso hace chirriar fechas, actos y sentido penitencial semanasantero. La Iglesia ha tragado (sin comillas) con el tambor. Luego, claro, ha dependido mucho de la inteligencia, de la soberbia o la buena voluntad de los respectivos curas, el que el tema haya sido más o menos cuestionado. Y dentro de esto, con más o menos virulencia. Lo que sí garantizo es que jamás he visto a cura alguno tocando el tambor. Yo no he visto a ninguno ni sé de ninguno que lo haya tocado. Esa es mi experiencia personal. (Pero se me manifiesta que en la Semana Santa del 2004, los curas de Tobarra han tocado el tambor. Yo no lo he visto, pero…). Pero no es sólo en Tobarra. Así, Lourdes Segura (Percusión e identidad. 1987) afirma en la pág. 181 y referido al Bajo Aragón que “ha habido sacerdotes que han querido prohibir las celebraciones tamborileras”. Como siempre (y así, casi 20 siglos) la Iglesia Católica intentando que el hombre no sea feliz en la tierra… o que sólo lo sea como ella diga, claro. El hombre debe esperar a ser feliz en el Cielo. (O eso es lo que predica la Iglesia).

N.del A. El artífice de esto ha sido Antonio Carrascosa Mendieta. He tenido mucho interés –y lo he conseguido- en hacerme amigo suyo... ¡Olé sus cojones! 12


Por suerte, el tambor semanasantero estรก por encima del bien y del mal, estรก mรกs allรก de cualquier norma, humana o divina, estatal o eclesial.Y lo seguirรก estando. Gracias a Dios.

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104 ¡Bendito sea quien las inventó! Sí –como he dicho otras veces- el tambor es la máxima expresión de libertad individual para un tobarreño, ¿por qué ponerle barreras de cualquier tipo? ¿Quién es la “auctoritas” para definir horarios, concretar lugares, circunscribir modos tamborileros? ¿Límites? ¡Sólo estos!: El respeto al prójimo al paso de la Procesión, al tempus Semana Santa y a los toques de Silencio. Lo que no sea eso, me parece una herejía, un abuso, fascismo del más duro, integrismo, fundamentalismo, una pura invitación a la rebeldía contra la norma. Yo me invento una lex patriae tamborilera que está por encima de lo ingenuamente municipal. El tamboreo (semanasantero, eso sí) se debe regir por una lex non scripta que cualquier tamborilero lleva implícita (“incluida sin expresarse”) en su corazón. Definitivamente, lex non cogit ad impossibilia. Con el tambor, me siento el anarquista más noble, preclaro, puro y decidido. Mis normas: Lo que moleste a los demás es malo y fuera de Semana Santa, nada. ¡Aquellas ridículas carreras de los policías municipales detrás de los tamborileros en los años 50, “a partir de la hora”, conchabándose callejones y portales…! Ya lo sé: Era la norma de nuestros repobladores hijaranos. Pero es duro –hoyaceptarla. Aunque sea conceptualmente. Hoy, 104 horas. Gracias a Dios. Pero hasta los años 80, ahora tocas, ahora está prohibido, ahora vuelves a tocar, ahora te callas… Pero ¿qué es eso? Se calla el tambor en el Silencio del Prendimiento, en el Silencio de la Bendición, en el Silencio del Entierro y en el Silencio del Encuentro. Nada más. Ni un minuto más. El ejemplo más claro del definitivo respeto del tamborilero por el tiempo se demuestra, lo demostramos en “la noche de aciares”, en El Paseo, cuando van a llegar las Cero horas del Lunes de Mona. El tamborilero sabe que ha terminado la Semana Santa, que él es tambor semanasantero y que su tocar acaba con ella. Y acaba. Y calla. Y hasta el año que viene. Tambor es libertad, es anarquía… Las 104 horas es la conquista tamborilera más romántica del siglo XX. ¡Benditos quienes así lo decidieron! 14


UN TESTIMONIO EXCEPCIONAL: EL DE ELEAZAR HUERTA VALCÁRCEL. Tan faltos como estamos de testimonios documentales, yo creo que Tobarra no le dio la importancia que yo le veo a la publicación en la Revista del 1988 del artículo de Eleazar “Semana Santa en Tobarra”, publicado en Mapoche, Tomo V, Nº I de 1966, en la República de Chile. (Ya citado atrás reiteradamente). No me canso de leer y releer el artículo. Lamentablemente, los hechos que relata no están datados, pero me arriesgo a situarlos en 1920. Si Eleazar nació en 1903, bien puede referirse a la Semana Santa de 1920, con sus 17 años. Antes, difícil. Después, no lo creo. Así me lo parece por el texto y el contexto: Sus interlocutores consideran aún a Eleazar como “un muchacho”. Me baso también en que se menciona reiteradamente a Eduardo “Chaparro”, que había nacido en 1894. Por tanto, a la sazón tendría 26 años. Sí, sí, Eleazar y Chaparro cabían en la misma cuadrilla (Eleazar, como diré en otro lugar, escribe pandilla). Si traigo aquí, en estos Cuadernos Tamborileros, el artículo de Eleazar es por dos razones: 1º) Porque describe su experiencia tamborilera de aquel año. (Es imposible imaginar si era o no la primera vez que tocaba el tambor. Pero me inclino por que estrenase tambor y toque). 2º) Porque, según dice Eleazar, “la procesión quedaba reducida a un paréntesis de lo principal: la orgía de los tambores”. Por ello no puedo colocar el escrito en otros Cuadernos que no sean los Tamborileros. Por su gran valor histórico –aunque sea reciente- y las definitivas conclusiones que pueden sacarse sobre ciertos aspectos semanasanteros, me atrevo a calificar el escrito como el documento más importante de la primera mitad del siglo XX, junto con la Revista Juventud, en el número referido a la Semana Santa de 1924. Es más: Me atrevo a decir, como en el caso de Juventud, que las circunstancias que cuenta Eleazar tenían arranque desde muy atrás. La vida cambiaba poco entonces… porque poco podía cambiar. No creo, sin embargo que en 1966 –cuando publica Eleazar- tuviese intención y, sobre todo, conciencia, de estar “haciendo historia tobarreña”. No lo creo, porque Eleazar, aunque profesional del Derecho y 15


la Literatura, tenía los suficientes conocimientos –y mentalidad- históricos, como para imprimir otro cariz al escrito. En el fondo, lo que narra es costumbrismo puro, folklore, antropología social. Algo muy arraigado en Tobarra. Y para Eleazar, por su expatriación en 1939, ya no hubo evolución, cambio. En el escrito de Eleazar termina la Semana Santa del siglo XIX… y tal vez la de varios siglos atrás. Aunque –que sepamos- Pérez Pastor no escribió ni una sola palabra sobre la Semana Santa, debe ser considerado un hombre del siglo XIX. Por eso, me apetece plantear aquí la importancia del escrito de Eleazar, como precisamente salido de la mano del tobarreño más “preparado en letras” (permítaseme lo común de la expresión) de la primera mitad del siglo XX, como José Leandro MartínezCardós Ruiz lo es de su segunda mitad. Veamos. Asuntos (semanasanteros o no) que deben ser destacados del escrito de Eleazar. La mayoría están transcritos aquí ad pedem litterae: = Las fiestas eran religiosas de un modo especial, con mucho de paganas y de

tradicionales. (Como en el siglo XXI). = Los nacidos en el pueblo acudían a la Semana Santa, aunque viviesen en Sevilla.

(Como en el siglo XXI). = La vigilia, guardar la vigilia, el no comer carne en Semana Santa, aparece en el

escrito como una obsesión de las tobarreñas de entonces. (Como hasta, más o menos, 1960). = No había horas fijas para nada. (Como en el siglo XXI). = Las dos costumbres más tradicionales eran los tambores y la Bendición. (Como

en el siglo XXI). = La costumbre más pintoresca eran los socios. (Bueno…). = La pandilla, la banda, como sinónimos de la actual cuadrilla tamborilera. (En el

siglo XXI, están mucho más de moda). 

N.del A: En Tobarra (verano 2004) ya tenemos un Catedrático de Universidad: Francis Martínez Ortiz. Pero... al serlo de Físico-Química (ciencias puras) está “en otra órbita”. A lo mejor hasta más difícil... 16


= Cuadrillas (pandilla) que se cruzan tocando cada una cosas distintas e intento

de confundir a la otra, “consiguiendo que toque lo que la nuestra”. (Algo queda…). = Los tamborileros usaban túnicas viejas de nazarenos, pero se echaban el

capuz a la espalda, de lo que se deduce que en la Procesión llevaban el capuz sobre la cara. (En el siglo XXI, nada). = El buche. El tamborilero comía incesantemente caramelos y los repartía a las

muchachas. (Apenas queda…). = Una frase tremenda de Eleazar, ya dicha, pero que hay que repetir: “La

procesión quedaba reducida a un paréntesis de lo principal: la orgía de los tambores”. (No, hoy no. La Procesión es algo excepcional y mágico, intrínsecamente ¡gracias a nuestra generación!). = La novedad de aquel año (Repito: ¿fue 1920?) es que las muchachas empezaron

también a tocar el tambor la tarde del Viernes Santo. Con el capuz calado, eso sí. (En el siglo XXI ya es normal. Se ha impuesto, más o menos, desde mitad de los 60). = Eleazar demuestra ser (lo fue toda su vida) un hombre con gran curiosidad

cultural. Y así, mantiene con los viejos “conversaciones sobre el origen de la tradición tamborilesca” (sic). Naturalmente, no entra en el asunto, como nunca se entró en el tema ni en Tobarra ni en pueblo tamborilero alguno –que se sepa- hasta 1981, en que lo hice yo, por encargo de la Asociación de Cofradías (Concretamente de Paco Paterna Alfaro y Paco Peña Gómez. Que conste así también para la Historia. Ellos me lo encomendaron). ¿Qué voy a añadir yo en el siglo XXI? = Mirar la procesión era compadecerla, pues decaía año tras año: Cada vez

menos hermanos, con túnicas viejas, imágenes deslucidas… Los muchachos preferían tocar el tambor, divertirse a desfilar encapuchados y santurrones. (En el siglo XXI, eso no es ya ni recuerdo). Inciso: es hora de reiterar ad nauseam que los Semanasanteros nacidos entre 1910 y 1960, hemos recreado parte de la Semana Santa, hemos hecho una procesión nueva, diferente. Basada, sí, en la herencia y la tradición. ¡Pero no tanto! Me pregunto: ¿Reconocería Eleazar la procesión del Jueves Santo del año 2004, Bajada incluida, o la del mismo Viernes hasta el Calvario? 17


¿Reconocería Eleazar la entrada de los Santos en la Plaza el Domingo de Resurrección? ¡Seguro que no! ¡Algún mérito tendrá nuestra generación…! = Cada cual tenía su propia Semana Santa. (Naturalmente. ¡Eso pasaba en

tiempos de Eleazar y en el año 2004!). = Los socios. El Prendimiento se efectuaba dos veces: En la Placeta de San

Roque y en la Plaza (que él llama Plaza Mayor, que yo no digo que no se llame así, pero que no hace falta adjetivarla). = La barba de los socios. (Más que barba, era un disfraz: ¡Les tapaba hasta la

nariz!). = Tambores en la noche del Jueves Santo que “al amanecer recuperaban su

furia”. Pero antes, “la noche se había puesto mágica”. (Hermosa metáfora, como hermosa es “cuestas de silencio oscuro” ¡Cómo se nota que Eleazar era un gran poeta… aunque nunca tuviese a Tobarra como musa!). = En lo que hoy sería un garuto, (túnicas puestas y tambores descansando),

alguien “echa a la lumbre una brazada de carretillas y petardos”. Se lía una buena, pero nadie se cantea. (Hoy, esto es impensable). = Juanillo el Tejedor. Coplero. Me interesa este personaje, porque nunca nadie

–ni antes ni después- había dicho nada de él. Y vale la pena destacar a alguien que es capaz de escribir lo que sigue. Aunque no venga a cuento semanasantero. Es cultura tobarreña y cabe en cualquier lado. ¡Más te valiera callar hombre escandaloso y vil! ¿A qué enciendes el candil si lo tienes que apagar? Ese oficio de alcahueta quien lo ejerció fue tu madre, a la que jamás tu padre pudo mantener sujeta. Se lo largó Juanillo el Tejedor a un individuo que vino a quejarse ante él de su amparo a la fuga de una muchacha con el novio. ¡Qué ingenio poético! ¡Qué capacidad de trova! 18


= Túrbura, Túrbura, Túrbura… Creo haber demostrado en “Tobarra, nombre y

gente” que Tobarra no fue Turbula. (Que esa es su grafía correcta). = Para la Bendición “venían los ganados que se instalaban en cabezos y lomajes

aparte, pero donde les llegara visible la Bendición del Nazareno”. (¿Dónde quedan esos hechos, Dios?). = La Bendición se daba “a la luz indecisa del alba, después del toque de silencio

que daba el cornetin de los socios para los tambores, con las luces de la procesión apagadas”. (¡La Bendición al alba del Viernes Santo! ¡Igual que el 2004! ¡Qué envidia de horario, hoy!). = Eleazar dice “que Juan Iniesta, el Sacristán, le hiciese el milagro de

levantarle el Brazo…” ¿Juanico Iniesta daba la Bendición en el año 20? ¡Lo dudo mucho, pero no es imposible! Yo, desde luego, no lo había oído nunca. = Etc.

Estoy convencido de que esta hermosa lección/crónica no merece pasar tan desapercibida como pasó en 1988. Por eso la saco a colación. Sorprendentemente –al menos para mí- podemos comprobar que no se habla del toque del tambor ni del objeto tambor. En cambio, tenemos un magnífico punto de referencia para constatar que la Procesión, la Procesión pura y dura, es casi obra de nuestra generación, de la anterior a la mía y de la posterior. La Procesión, en el comienzo del siglo XXI, no tiene nada que ver con la absolutamente ramplona que describe Eleazar, en los años 20 del siglo XX. Gracias a Dios.

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¡ENSAYEMOS! El 31 de marzo de 1985, Domingo de Ramos, Tobarra y sus tambores llegaron a Híjar, 719 años después de que Híjar –así lo creo- llegase a Tobarra con sus tambores (1266). Allí estuvimos Anamaría, Íñigo, María del Mar y yo. (Personalmente, era mi tercera o cuarta visita a Híjar). Devolvíamos la visita. Volvíamos a casa. Siglo XIII/ Siglo XX. Híjar y Tobarra. En la Plaza Mayor de Híjar, el Aragón tamborilero concursaba por cuadrillas en el XX Concurso de Tambores y Bombos. (Vide Revista 1986). Cuando un auténtico y reconocido maestro como Paco Morella empezó –en nombre de Tobarra y fuera de concurso- su exhibición redoblante (perfecta, claro) con el resto de tambores tobarreños callados, pensé, por vez primera en mi vida: = “¿Qué hace Tobarra, tocando así? ¿Por qué no tocamos como ellos?”.

Desde entonces pongo mi voluntad y esfuerzo para que los tambores de Tobarra toquemos, toquen lo mismo. Conste: No quiero “alejarme” de Tobarra, de su personalidad y modus, perdiendo el redoble individual. No. Quiero acercarme a quien sabe más, a quien es mejor. Quiero ser como Aragón, imitar lo bueno sin perder lo nuestro. ¿Tamborileros individuales? ¿Redoblantes a su aire? Sí, siempre. Que no se pierdan. Pero, poco a poco, sin prisa, como evolución, nunca como revolución, que haya cuadrillas que toquen lo mismo, más allá del Zapatata y de La Magdalena. Ya se intenta, ya. Los Osos lo están consiguiendo. Los Calañas, también. Pero como no ensayan, todo sabe a poco… aún. A Tobarra, al tambor tobarreño, a su toque, lo ha condicionado siempre el no tocar en las Procesiones. Lo ha condicionado el ser como es: Individual, aislado, díscolo, indócil… Anarquía pura. De lo que no cabe duda es de que –en un principio- tambor y Procesión fueron unidos: Se tocaba el tambor en las Procesiones. En estas, todos los nazarenos –o casi todos- llevaban tambor. Después, el tambor empezaría a ser tocado –además- fuera de las Procesiones. 22


Así es en Aragón y así lo ha sido siempre. Allí no hay dos tamboradas: Una en la Procesión y otra la margen de ella. Hay simplemente, dos modus tamborileros, dos toques nacidos de las mismas manos, aunque en dos lugares y momentos distintos. Pero en cualquier caso, en Aragón, no hay tamborileros aislados. Prevalece la cuadrilla y en la Procesión “todo es una cuadrilla”. Quiero decir que en Aragón cada cuadrilla conoce los toques de la Procesión y los toques propios de esa cuadrilla. No consigo imaginarme cual es el origen del modus tobarreño: Sólo se toca fuera de las Procesiones. No me imagino el tiempo ni el porqué. En Hellín, el ínclito e inefable Losada Azorín se empeña en situar la separación tambor/procesión en una fecha fija, sólo por el hecho de que en ella visitó Hellín un tal Picatoste (¡mira que llamarse picatoste…!) y lo contó por escrito. Es como decir que América sólo existe desde 1492, porque hasta entonces no se conocía, ni había documentos que hablasen de su existencia. Amén. Una de las cosas que más lamento de mí, es el ser un vulgar redoblante. No tengo habilidad ni sapiencia para inventar toques, marchas, uniformidad tamborilera… Pero, otros, sí. Y así, todos los sábados desde enero… a ensayar. ¿Para qué? Para buscar la perfección colectiva o, al menos, la perfección por grupos (léase cuadrillas). Los aragoneses, es obvio, ensayan. Yo he ensayado con ellos… y me pedían que tocase nuestro Zapatata. Hace años que Tobarra no celebra sus concursos de redobles. ¿Late en ello una protesta subconsciente de cuanto vengo diciendo aquí, que todos sentimos, pero que a nadie se le había ocurrido plasmarlo por escrito? ¿Por qué no otra vez un Concurso en Tobarra… pero por cuadrillas que toquen todas lo mismo? Ensayemos, ensayemos…

N.del A. Esto está escrito antes de la Semana Santa de 2003, en la que se han “resucitado” los Concursos. He asistido al triunfo y exhibición del ganador Lauria junior. ¡Vaya clase, vaya escuela! 23


¡MIAU! El toque hellinero, ¡miau! No nos gusta, es superior a nuestras fuerzas. No lo soportamos. No podemos con él. El Racataplá… ¡Miau! ¡Viva el Zapatata! Nos llenamos de buena voluntad, nos predisponemos a favor, hacemos toda clase de gimnasia mental para convencernos… Pero es inútil. -

“Chácho, cállate ya, que paeces hellinero!

Lo reconocemos, se lo reprochamos y le hacemos callar. Un nenete del pijo se pone a tocar como en Hellín y nos da el telele. ¡Racataplá… racataplá… racataplácataplá…! -

¡Veste al pijo, chácho!

Por más que nos empeñemos, no lo tragamos. Las Jornadas, los Encuentros, las Sesiones de Buena Voluntad Tamborilera, los Hermanamientos, las más decididas autococofagias… Es inútil. Son muchas generaciones de inquina, de no entenderse, de querer diferenciarse mutuamente. ¿De despreciarse? Dicen que la culpa es siempre del pequeño. Lo diré una vez más: Portugal versus España, Bélgica versus Francia, Tobarra versus Hellín. El grande nos ignora, no está pendiente de nosotros. Nosotros estamos demasiado pendientes del grande. ¿Lo envidiamos? ¡Y una mieeerda!

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EL BUEN TAMBORILERO ¿Quién es un buen tamborilero? ¿El que hace bonitos tambores? ¿El que toca bien el tambor? ¿El que lo zurre durante muchas horas? Un buen tamborilero es –sobre todo- el que ama el tambor, el tamborear. Eso sí, cada cual ama como sabe, como puede, como le dejan, como le pide su corazón. He escrito en otro lugar que el mejor tamborilero que conozco es mi hermanico hijarano Mariano Laborda Gracia. ¡Cuánto le debemos los tamborileros semanasanteros! Pues bien, Marianico “no se ha colgao” nunca un tambor. ¡Pero cómo lo ama, redios, cómo ama el tambor este bajoaragonés! Hay buenos tamborileros en la calle, zurriéndolos. Los hay en el taller, ante el banco, haciéndolos. Hay buenos tamborileros en su cámara, acicalándolos. Los hay “en el laboratorio”, inventándolos. Algunos, modestamente –o sin modestia- somos buenos tamborileros en los caminos, en las bibliotecas, en los archivos, en las cátedras... Hay buenísimos tamborileros con sus manos, compincheando el metal, el plástico, la madera… Los hay excepcionales con su inteligencia, inventando, creando, haciendo tambores diferentes. Otros “somos lo buenos que podemos”, con la palabra, el diálogo, la investigación, el verso, el viaje… En general, empieza a entenderse y aceptarse así. Mi Jesusico propone como solución semántica: -

Que tamborilero sea el que lo toca. Tamborero el que los hace (como herrero, gorrero). Tamborista el que lo defiende o, por extensión, lo estudia o reivindica (como franquista, andalucista…).

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¡No está mal! Ha podido caerse en la injusta falacia de confundir buen tamborilero con buen redoblante; incluso buen tamborilero con buen constructor o “hacedor” de tambores. O, realmente, más que confundir, exclusivizar, pensar que sólo puede ser un buen tamborilero quien redobla bien o quien se hace su propio tambor o quien crea tambores artísticos. Por supuestísimo, todos estos son buenos tamborileros. Pero yo creo que en el III Milenio, cabemos algunos más: ¿Cómo no amar el tambor siendo un buen tamborilero si cada vez que yo quiero le escribo versos de amor en el taller del cerebro? (Echo mano de un viejo poema de mi amigo el abogado murciano Emilio Masiá Clavel, para remedarlo con éste). Hace 50 años sólo habría sido un buen tamborilero quien bien lo tocase. Aunque exactamente mirado, tampoco era cosa que despepitase a Tobarra. La competitividad, el deseo de superación tamborilero como algo válido para todos, no surge hasta casi 1970 o por ahí. Hasta entonces no destacaron “los tamborileros”, ni uno por uno, ni como bloque. O dicho correctamente: La Tobarra tamborilera era una colectividad en la que todos cabíamos. Tobarra era una inmensa gallina clueca que nos amparaba a todos por igual. Un día, a alguno le dio por tocar mejor… y demostrarlo… A otro por hacer un tambor diferente… A aquel… A otros nos dio por pensar, por investigar, por visitar otros pueblos tamborileros… Desde entonces, Tobarra, el tambor, el tamborear, todo eso, es otra cosa. Bastante mejor, por supuesto. No quiero caer aquí en la reiteración de extenderme en buenos constructores de tambores, en buenos redoblantes. Eso ha quedado suficientemente plasmado –como ya he dicho- en los trabajos de investigación de Guillermo A. Paterna Alfaro en las Revistas de 1988 y 2000. No obstante no me quedaré con las ganas de nombrar a algunos más adelante.

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¿GENÉTICA, HERENCIA, CULTURA U OFICIO? Cuando hay una reata da buenos redoblantes y todos lo son, se pone en pié la genética: -

Los Zoriles. Los Morellas. Los Cuervos. Los Merinos. Los Bataneros. Etc.

Cuando en una parentela, casi todos son buenos redoblantes, mandan la herencia y el oficio: -

Los Mosos. Los Escarchas. Los Casones. Los Ussis. Los Casimiros. Etc.

Cuando en una familia aparece –aisladamente- un buen tamborilero, es consecuencia de la cultura, el cultivo, la imitación, la casualidad… -

El Tirria. El Lauria. El Lauria junior. Ñico. Etc.

El tambor está en los genes, en la sangre, en la biología: Todos. El tambor está en el patrimonio familiar, en la tradición: Casi todos. El tambor está en el ambiente: Alguno. En el fondo, ¡qué más da! El buen tamborilero no se lo pregunta ni se le pregunta: -

¿Eres bueno por genes, por herencia, por imitación o por oficio?

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Pero a la hora de decidirse por la teoría, se puede y se debe entrar en disquisiciones. Así, es mucha casualidad que abuelos, hijos y nietos sean –todosbuenos tamborileros (Zoriles, Merinos y Bataneros, que a su vez están emparentados). Por lo mismo, entra la herencia, los principios familiares, la tradición, cuando son buenos tamborileros, pero no todos. Los demás, están ahí por influencia del entorno, por la cultura social del pueblo en que se vive. El resto no somos sino pobres zurriores que hacemos bulto el Miércoles Santo. Con honor y con gusto, eso sí.

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EL LENGUAJE DE LAS MANOS Si: El tambor es el Ruido de Dios. (Así lo dijo Isabel Montejano). Pero también es el lenguaje de las manos tobarreñas, la voz de nuestras manos. Ante el tambor, hablan las manos, sí. El cerebro no sabría explicarlo y el idioma, menos. Nadie gastará más de diez palabras en explicar por qué toca. Ni los más versados de entre los locuaces, ni los más facundos de entre los bien hablados. Es más fácil colgarse el tambor y tocar. Y entonces todo es expresión, oraciones, sintaxis, decires. El tobarreño está mudo todo el año, menos 104 horas. Ni una más ni una menos. Pero en esas 104 horas todo es elocuencia, persuasión, eubolía, bien decir, acierto en la expresión. Hablan las manos, claro. Hay un acopio de tiempo sobre las pieles, todo un diccionario iniciático que se abre de par en par desde el Miércoles de Elocuencias hasta el Domingo de Conticinio. Tobarra habla desde él, habla, habla, se expresa, dice cuanto sabe y quiere… Las manos. Un palillo, otro palillo, una piel, la otra, los bordones… glotis, epiglotis, lengua, cuerdas vocales, laringe… Tobarra echa su discurso anual en la tribuna de sus esquinas, en el ágora de sus callejones. A veces, como mandan los cánones, descansa un minuto para refrescarse con un quintico, otro… Las manos improvisan, claro. Discurso, apertura, exordio, introito, exposición rotunda… Las manos lo dicen todo, es obvio. Perístasis, ilación, réplica, contraréplica, digresión… El tambor como tribuna de un pueblo que es capaz de decir todo en 104 horas. Es el tiempo de todas las normas, de todos los arreglos, de todos los contratos, de todas las convivencias, de todos los decires… El lenguaje de las manos ante el tambor. Las manos son todo el pensamiento y el tambor todo el lenguaje. Prosa, verso, pausa, aria, romanza, ripio… Al atardecer del Viernes, un tomillo sorprendido se sacude frases, se espolsa lileos, de despereza de los mil cabildeos que ha recogido en El Calvario. Y un eco de pieles cantarinas aún se empeña en un blá, blá, blá de púlpitos, que llevan hasta el horizonte un escuchar de cerros aquiescentes.

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¿INMANENTE O EXÓGENO? El quehacer tamborilero, el toque ¿nos es inmanente o exógeno? La primera vez que oímos el Zapatata ¿está ya en nuestra esencia tobarreña o lo absorbemos? ¿Repetimos lo que estaba en nuestro inconsciente o lo que ha asimilado nuestro consciente? Platón se preguntaba si son las sombras las que hablan. Otros discernirían si el tambor es psicología o sociología y, en un paso ulterior, si es hedonismo (placer) o es eudemonismo (consecuencias de ese placer). Colgarse un tambor y salir a la calle con él a zurrirlo es la cosa más sencilla del mundo. Justificárselo, el más absoluto de los imposibles. En Tobarra nos explican por qué debemos ponernos la bufanda en enero y por qué no comer albaricoques verdes en mayo. Se nos dice por qué debemos lavarnos las manos antes de comer y los dientes después. Pero nadie justifica por qué debemos colgarnos el tambor. Nos lo colgamos sin preguntas ni respuestas y cuando llegamos a la edad de las dudas, ya es tarde. Nos da lo mismo. Hemos llegado a deshora para planteárnoslo. ¡Qué más nos da! Nos lo ponemos sobre la barriga… ¡y ya está! Puede ser un asunto suprafamiliar, pues hay quien jamás ha salido a tocar el tambor con su padre. Pero si es familiar, tampoco se justifica. No me imagino al Zoril diciendo a Manolete la primera vez: -

“Hijo mío, ponte el tambor, como hizo mi padre y harán tus hijos”.

El tambor es música que no se aprende en un conservatorio. Ni siquiera en la Escuela del Tambor, pues ¿son tamborileros todos los alumnos de la Escuela? Antes propugné una Escuela de Agarráores. Claro: El tambor divierte, el agarráo –aparentemente- no. “Conjunto de costumbres tradicionales de un pueblo”. Folclorismo puro. Estoy escribiendo como un simple folklorista, pero alguien puede ofenderse al leerme. Se ofenderá sin razón y sin caer en la cuenta de que cuando se cae en costumbre ya no es tiempo de preguntas; cuando se alcanza la tradición, es porque se han acabado las razones. Yo toco el tambor. Mis hijos tocan el tambor. Pero nunca nos lo hemos planteado como un foro para debatir ni como una cátedra para sacar conclusiones técnicas. ¡Pufh! 30


NO NOS PREOCUPA Ni nos preocupa, ni nos interesa. El tamborilero tobarreño está más ocupado en tocar que preocupado por tocar bien. La cuestión es tocar. Como sea. El toque tobarreño, ese redoblar que no es asunto armónico, está muy ligado a nuestra hospitalidad semanasantera. Cuando ponemos la túnica y colgamos el tambor a quien viene por vez primera a nuestra Semana Santa, ¿qué le decimos?: -

“Toca a tu aire”.

Ni nos molestamos en enseñarle, convencidos como estamos (con o sin razón): 1) De que el tambor no se enseña, se aprende solo. 2) De que sería inútil improvisar unas clases particulares, para salir del paso. Eso sí, debemos convencer al neófito tamborilero de que no se preocupe, que nadie va a estar pendiente de él, de si toca bien o mal ni de lo que toca: -

“Nadie se fijará en ti”.

Es la regla del juego. Un juego que permite que en la Semana Santa de Tobarra “nadie se sienta forastero”. Esa es otra de las grandezas de la fiesta. Esa es otra de las razones de su universalidad: Caben todos, no se exige examen previo, no se cataloga a nadie. El tamborear tobarreño es un comodín lúdico con el que envida quien se lo propone. Sin más. Nadie –tobarreño o foráneo- podrá decir jamás que “se han reído de él por lo mal que tocaba el tambor”. Es natural: El toque tobarreño, sin reglas, casi sin nexos de unión, sin marchas comunes ¿cuándo es ortodoxo y cuando heterodoxo? Bien es verdad que se reconoce al buen redoblante, pero pasa desapercibido el malo. Simplemente, no nos preocupa.

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TAMBOR: LA DISCIPLINA DEL SILENCIO (A Rafael Requena Díez, manisero, tamborilero en 2000. Volverá). Disciplina. Silencio. Tambor. Parecen incompatibles, pero no lo son. Para el buen tamborilero todo es silencio a su alrededor. El buen tamborilero sólo debe oír su tambor y todo lo más, los de su cuadrilla. De hecho es así: El buen tamborilero sólo se oye a sí mismo, ya toque solo, ya acompañado. Una circunstancia que distingue a las buenas cuadrillas o a los buenos redoblantes es que no se les hace cambiar nunca el toque al cruzarse con ellos. Si una cuadrilla de buenos tamborileros va tocando el Zapatata y se cruza con otra de menos fuste que va tocando otra cosa, esta última terminará tocando el Zapatata. Es una vieja ley/praxis tamborilera. La disciplina del silencio. Me la aplico rabiosamente para oír sólo mi tambor, dialogar con él, recrearme en mi personal toque, regodearme en mi redoble, escuchar mi nueva voz a través de las pieles. Sólo tengo oídos para mi tambor. Me aíslo del mundo. Y consigo quedarme a solas con el sonido que genero. No hay más. No siento más. No oigo más. La disciplina del silencio. El tambor convierte en álalo mi decir, todo en mi es conticinio, soy mi propio silenciero. ¡Quiero oír mi tambor! ¡Necesito sentirme la voz de Tobarra! ¡Toda la Historia está en el sonido que yo sea capaz de crear! ¿Cómo no imponerme la disciplina del silencio? Nunca es tan grato callar… para oír. Nunca es tan placentero enmudecer… para escuchar. Nunca es tan agradable sigilar para gozar de otra voz. Es la voz de mi tambor. Es la voz de mi padre. Es la voz de mi raza. Es la voz de mi pueblo. Es la voz de mi sangre. Para eso, para todo eso, me impongo amorosamente la dulce disciplina del silencio.

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EL NÚMERO DE TAMBORES EN LA SEMANA SANTA DE TOBARRA Dice Luis Buñuel en “El último suspiro” que, cuando él era niño (más o menos, hacia 1910) en Calanda no pasarían, el Viernes Santo, de los 200 tambores. Cuando escribe estas palabras (1980) son 600 tambores y 400 bombos. ¿Cuántos son y han sido los tambores de Tobarra? Habría que escribirlo, pero no se ha hecho ni se hará… simplemente porque nos gusta mantener en pie el misterio y la leyenda. Tobarra dobla en habitantes a Calanda. ¿Somos el doble de tambores? La verdad es que no estaría nada mal. El número de tambores en Tobarra, depende, como es obvio, “del día”. El Miércoles no toca el mismo número que el Sábado. Pero es que, realmente, ahora, en los 2000, es un tema que tampoco nos preocupa. Preocupó –y mucho- hacia 1965, con casi toda la emigración puesta y los dineros escasos. Yo creo que todos los tambores que estábamos en la calle nos juntábamos en “Los Caños de San Roque” en la madrugada del Jueves… y aún sobraban esquinas. El tambor tiene un futuro claro. Simplemente, porque es muy divertido. El acceso de la mujer ha permitido casi duplicar el número de tambores. Pero no le demos vueltas. Yo he oído decir a un Alcalde que “el Viernes Santo del año pasado había 30.000 tambores en el Calvario” ¡Ahí, sus co… y sus números! ¡Viva Tobarra! Contando tomillos, cetros, horquillas, Osos, Soplas, Zorras y demás tambores, no creo que lleguemos a 20.000 seres –animados o inanimadosen el Calvario. Pero como soy de letras puras no insisto, aunque soltarse faroles en esto queda bien, quedamos bien. El número. ¡Qué más da! Somos muchos. Eso sí es seguro.

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NUNCA SE ES ANCIANO PARA TOCAR EL TAMBOR Nunca. Esa es la suerte del tobarreño. Para colgarse un tambor no hace falta estar en el milagro de la edad, ni en el concurso de la fuerza, ni en el desafío de la arrogancia, ni en el ardor de la oportunidad. Y si no se puede con un tambor grande, cuélguese uno pequeño. Y si no se tocan seis horas, tóquense dos. Y si no se le da la vuelta al pueblo, recórrase El Paseo. Aunque ya no se pueda con el alma, el tobarreño debe intentar poder eternamente con el tambor. Porque cuando el tobarreño ya no se cuelga un tambor, ¿qué le queda? Hablar de tambor, de toque y de edad, tiene algo de “epístola moral”, de “celestineo”, de “gran teatro del mundo”, de “rayo que no cesa”, de eterno “romancero”. Todo lo clásico de las letras. En el tambor no caben retiradas, todas las batallas son victorias, todas las escalas, do de pecho. No hay cosa que más me emocione el Miércoles de Estrenos, que ver una cuadrilla de viejos. Hay una que se hace llamar “Los yayos” pero que no pasan de sesentones, con lo que la piedad no existe. Aquí hablamos de ese abuelete que arrastra los pies, que encorva el pecho, que tiembla de manos, que se angustia, pero aún tiene agallas para echar un Zapatata. No hay mayor nostalgia que acudir de tambor hasta la silla de un viejo y espetarle: -

“Chácho, ponte la túnica y sal…”.

= “¡Ay, nene…!

Se acepta el no agarrar. Difícilmente se acepta no tocar. Y es que no hay ley que lo justifique.

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CUADRILLA (NUNCA PEÑA NI BANDA, NI PANDILLA) Tobarra toma de conciencia de cuadrillera casi al final del siglo XX. Los amigos siempre han/hemos salido a tocar juntos, pero casi sin consciencia/conciencia de nexo, de unidad, de conjunto, de algo aparte y singularizado. En la Revista de 1994, Isabel M. Ruiz Sánchez firma un extraordinario trabajo de investigación, un auténtico ensayo en el que identifica más de 125 cuadrillas. Como el estudio se refiere a 1992, no se corre mucho riesgo afirmando que en el 2000 hubiera 200 cuadrillas tamborileras en Tobarra. Puede ratificarse lo dicho constatando que la mayoría de esas cuadrillas han sido fundadas entre 1985 y 1992, con lo que la progresión se acelera años adelante. ¿Qué exigiría la ortodoxia para reconocer una cuadrilla? 1º)

Probablemente, ante todo, conciencia, voluntad de serlo.

2º) Un nombre diferencial. 3º) Uniformidad en las túnicas. 4º) Un garuto. La institución “cuadrilla” está perfectamente estudiada, recogida y fotografiada en las Revistas de Semana Santa. Falta prestarle atención literaria. Sólo eso. Desde luego, no me atrevería a hacerlo públicamente después de haber leído a Lourdes Segura Rodríguez en “Percusión e identidad”. Hace una auténtica exhibición antropológica de lo que es una cuadrilla tamborilera. Bien es verdad que no tienen por qué coincidir su visión –documentada, erudita, incluso científica y supongo que veraz- con la mía de tamborilero puro. Todas mis dudas radican en que yo no tengo cuadrilla. Me gusta demasiado ir a mi aire como para someterme mucho tiempo a la disciplina de una cuadrilla. Por cierto, lo compruebo ahora: Cuando escribí la disciplina semanasantera no incluí la disciplina cuadrillera. Y la hay, claro que la hay. Y de las más radicales. Lo hago ahora. En mi casa hay 15 tambores “buenos”. Eso no significa que formemos una cuadrilla de a 15. Realmente, salvo las primeras horas del atardecer del Miércoles de Picas, no tocamos todos juntos… y eso durante un ratejo, hasta que nos 38


esparcimos, pues los jóvenes tienen su cuadrilla –informal-; a las mujeres – ninguna es tobarreña- les gusta tocar a su aire y a mí me gusta buscar a mi Jesusico pá dal.le la güerta al pueblo, echando Zapatatas por las personas que vivían en las casas por donde vamos pasando. Solemnidad, apenas un par de veces: -

Frente al Parador, por el abuelo Sabina. (Francisco Martínez Navarro).

-

Al salir de la Placeta del Coronel, por Paco Hurtado.

Después, le echamos dudas, mezclando sentimiento, recuerdos y buen humor: -

“¿Por Don Gregorio López, el Veterinario o por Don Diego Bleda, el Farmacéutico?”.

Y antes de los Arcos: = “¿Por El Sapo o por Don José Poyatos?”.

Algún año castigamos algún recuerdo, porque así nos peta: -

“Este año… Fulanico… se queda sin Zapatata”.

Y seguimos, pueblo alante. He titulado Cuadrilla (Banda, Pandilla) alargando el lenguaje de Eleazar Huerta, del que he hablado en otro lugar. Yo no sé si Banda y Pandilla fueron un capricho de Eleazar o era expresión común en los años 20. Desde luego, Tobarra estrena el siglo XXI reconociendo sólo Cuadrilla. Es más, Banda y Pandilla repugnan, porque contienen una carga cuasidelictual. No obstante hay algunos heterodoxos que se reconocen públicamente como Peña. ¡Y eso, no! Peña, sólo para las Fiestas de San Roque. En Semana Santa, ¡sólo cuadrilla! Mi amigo Miguel Morella ha escrito magistralmente sobre este tema en Capuz 2001. ¡Ojalá cundiera su ejemplo cuadrillero! Cuadrilla, cuadrilla… La cuadrilla ha puesto un touch of class en el tamborear tobarreño. ¡Gloria a la cuadrilla!

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GARUTO El garuto es una aportación semanasantera a la lexicografía tobarreña. El diccionario de la R.A.E.L. no reconoce garuta ni garuto. El maestro José S. Serna en “Como habla La Mancha”, recoge garuta como vulgarismo de garita, que, obviamente, sí viene en el diccionario oficial. Pero de lo que no hay duda es de que garuto ha trascendido a garuta, como ésta, en Tobarra, es mucho más que garita. En cualquier caso, hoy, garuto es un sustantivo masculino que indica el “lugar donde se convoca, reúne o cita una cuadrilla tamborilera para descansar y, especialmente, para comer y beber”. En los años 50, en Tobarra, garuto era un lugar –natural o artificial- para esconderse, para refugiarse. Garuto era un absoluto despreciativo de casa mal aviá: -

“Ese vive en un garuto”.

Hoy, en el siglo XXI, garuto es una exclusiva lingüística tamborilera. En Tobarra “no hacemos rondas” como en Híjar (Vide ob. De L. Segura. Pág. 241). Es decir, no vamos de casa en casa a tocar el tambor en la puerta de cada uno de los de la cuadrilla, esperando que nos obsequien con comida y bebida. En Tobarra, sí, se come y se bebe en los bares, ¡y de que manera!, pero el cuadrilleo necesitaba un lugar propio, como una plasmación urbana de la personalidad, de la afirmación de la cuadrilla como tal. He ahí el garuto. En este principio rabioso del siglo XXI, el garuto es la gran moda tamborilera. (Lo es también “la sede” de la Hermandad, como diré en su momento). La Cuadrilla gira alrededor del garuto. Hay un a, ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde… el garuto. Yo me alegro, pero dejo aquí una preocupación. El tamborear tobarreño está empezando a comprometerse muy seriamente con la existencia y el planteamiento que está haciéndose de los garutos. Especialmente, 40


para la gente joven. Está iniciándose una dicotomía terrible, que pido al Cielo con todas mis ansias risqueñas que no llegue a producirse: -

O toque o garuto.

Quiero decir que los tamborileros jóvenes empiezan a estar demasiadas horas metidos en los garutos. Con ello, puede ocurrir que haya vestidas cientos de túnicas tamborileras… y se oigan muy pocos tambores: La mayoría duerme en un rincón del garuto. No exagero: Se ha iniciado una tendencia. Espero y deseo que todo quede ahí. Mientras tanto, el garuto es templo, iglesia, catedral, eremitorio, adoratorio y santuario donde se reúne la cuadrilla. Me atrevo y lo digo: ¿Serrallo para los más jóvenes? Conste: ¡Qué envidia! Está convirtiéndose en culto el preparar el garuto: Aseo higiene, policía… El garuto debe estar como los chorros del oro. Está alcanzando la categoría de rito el avituallar el garuto: Logística, abastecimiento, avío… -

“Tocamos a tanto”.

Cada cuadrillero suelta la guita que le corresponde a “tanto por uno, San Bruno”. Alguien, claro, tiene que encargarse de llevar, sobre todo, cerveza. En el garuto se rinde un culto encerrijado y acérrimo a la cerveza. Yo pondría a la entrada de cada garuto una señal, algo que lo identificase, cualquier cosa que obligase a iniciar un ceremonial solemne, antes de entrar, un a modo signo, como si el garuto fuese una logia o una ermita. ¿Por qué no? En el garuto puede estar la perdición o la salvación del tamborear tobarreño. ¡Que sea lo segundo! Amén.

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MONUMENTO Allí, donde se parte La Avenida en dos (que la trasversal cuenta algo menos), allí, donde nacen hitos como manos y crecen manos como jalones, Tobarra plantó su tambor, el tambor, todo el tambor. El monumento al tambor es la chulería de cincuenta y una semanas. Es como una conciencia tamborilera enhiesta y férrea. Es el recordatorio empinado de que somos tamborileros. El monumento al tambor de Tobarra llega hasta el mismísimo Cielo, sube infinitamente, se proyecta a las alturas, es una oferta a la misma eternidad ageográfica. El monumento al tambor le da categoría a Tobarra y se la añade a la Semana Santa. Si yo viviese en Tobarra, pondría flores de cuando en cuando en el monumento al tambor. Y tocaría la Oración legionaria en el silencio de mi garganta. Y haría alguna guardia al amanecer. Y desfilaría marcial a su alrededor. Fecit Jesús Damián Jiménez, hijo de Antonio, de la tercera generación de Bataneros por mi conocida, glorias tamborileras todos, poetas del tambor, genios del ingenio tamborilero, amigos queridos que me honran con su amistad. El monumento tiene algo de batuta, bastante de fálico, mucho de árbol, todo de estandarte. Es toda una simbiosis de lo nuestro, el compendio metálico de nuestra fiesta. Faltaría una bota de vino propio asperjando su circunferencia palillera. No es mi caso, que yo quiero mis cenizas al viento en Santa Bárbara, pero brindo la idea de hacer un cementerio con las cenizas de tamborileros singulares en el círculo del monumento. Y que sean los primeros Mariano El Petro, El Pulga, El Zoril, Capazuros y El Casón. (Esto no chocaría en los países nórdicos, donde los cementerios son urbanos. He visto –en Oslo- tomar el sol en bañador, sobre una tumba). A Tobarra no le cabría mayor honor.

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MUSEO El Museo del Tambor de Tobarra es mi ojito derecho. Claro, como que es hijo mío, es mi tercer hijo. El Museo es un amor nuevo, que toda Tobarra debería cultivar, propugnar, incentivar. El Museo implica modernidad –tiempos modernos- que nada sino antiguo puede ser museable y crear un museo es símbolo de modernidad. El Museo es el marchamo diferencial del tamborear tobarreño. Es nuestra personalidad, lo que nos distingue como tamborileros, lo que nos hace mejores. Sin embargo, yo creo que hay una parte de la Tobarra oficial con un golpe de complejo de inferioridad ante su Museo. Parece como si a esa parte de la oficialidad le viniese grande el Museo, como si fuese una gala excesiva para el cuerpo social. Pero, no lo es. Debemos gritar sin miedo que el Museo del Tambor de Tobarra es –en el tiempo- el primer Museo del Tambor del mundo; que fuimos los primeros; que nos adelantamos; que dimos dos veces; que el que venga atrás, que arree; que nos quiten lo bailao. Todo eso. Tobarra debe prestar más atención a su Museo. No es un problema de dinero, sino de pura iniciativa y dedicación. El Museo del Tambor debe ser el inicio de toda una cultura tamborilera. Por ejemplo, el inicio de un archivo documental, de un fondo fotográfico y videográfico, de un refugio para tambores que vayan pasando de moda, etc., etc. Yo lo tengo claro. Algunos vamos a intentarlo. Ya tenemos pensado crear la Asociación de Amigos del Museo del Tambor de Tobarra, más allá de las estupideces, de las inquinas y de la política.

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¿TAMBORILERAS? A mi hija María del Mar.

Si es riguroso y veraz históricamente lo que dice Eleazar Huerta en la Revista del 1988, las primeras tamborileras aparecen en Tobarra en 1920. Eso sí: Tapadas por el capuz y tocando solamente el Viernes por la tarde. Se adelantaron 80 años a las hijaranas, que empiezan a tocar ahora. (Claro. En Tobarra no tocaron antes porque en Híjar no tocaban en 1266 y así continuó hasta el siglo XX). Tiene que quedar muy claro que me siento orgulloso de que mi mujer y mi hija toquen el tambor. Orgullosísimo. ¡Y qué decir de mi nieta Inés! Desgraciadamente, la memoria es el principal acusica de cada vida. Y me resulta inevitable recordar la tremenda vergüenza que vi pasar a una muchachica muy querida en mi familia, Anuncica Villena García (Coquis) cuando, hacia 1950, Viernes-tarde, claro, iba tocando el tambor por la Calle Mayor y alguien –que salió corriendo- le arrancó el capuz. Su rubor es una imagen doliente en mi recuerdo. Han pasado 50 años. Y entonces –puro niño, de 8 ó 10 años- me hice dos preguntas tremendas que sólo me respondieron los años… y mi propia capacidad de investigación. 1º)

¿Por qué tocaba con la cara tapada?

2º) ¿Por qué le dio tanta vergüenza que “la hubieran descubierto”, arrancándole el capuz? Tambor y mujer. Mujer y tambor. Por suerte, no tuve que discriminar y mis hijos empezaron a tocar el tambor el mismo día y a la misma hora. Si no hubiera podido ser, ¿qué le habría dicho a mi hija? “No, hija mía, tú no puedes tocar el tambor, porque eres mujer”. Esa podría haber sido la norma, pero ¿cómo la habría justificado? Tamborilera. Agarráora. Semanasantera, en suma. ¡Benditas las mujeres de Tobarra!

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Yo creo que gran parte del porvenir del tamboreo está en manos de la mujer. Como toda cultura. Como toda lengua. Como toda tradición. La mujer es la transmisora ideal. Mucho más que el hombre. Yo no me imagino a mi padre -tobarreñísimo- arrimándome a la Semana Santa y a mi madre –metecaapartándome pugnazmente. No lo concibo. No puedo inventarme una situación así. Imposible. Pero, no sé por qué, tampoco me imagino a mi madre o a mi tía Pepa Hurtado o a mi Herminia tocando el tambor en 1950. No sé por qué, no encuentro explicación, pero tampoco la necesito. Lo que estoy deseando es “que salga una tía” –este sí que es lenguaje machistaque moje la oreja a todos los virtuosos. Porque mucho me temo que en el año 2010 aún no haya ni un solo nombre de redoblanta digno de ser tenido en cuenta. Claro que habría de preguntarse si es eso lo que pretenden las tamborileras tobarreñas. Me imagino y me temo que se conforman con seguir disfrutando de su sacrosanta libertad tamborilera. Y poco más. Pero sí, me apunto: ¿Cuándo habrá en Tobarra tamborileras equiparables? Porque públicamente, aún no las hay. Mi Zorililla me tiene prometido dejarme con la boca abierta el día que ella piense que es ocasión propicia. Pero mientras tanto… En algún Pregón, alguna zagala empieza a perder los miedos históricos. Pero lo que yo propugno es una mujer que diga: “¡Ahí queda eso!” después de un redoble que haga temblar las canaleras. ¡Que alguna mocica tire la primera piedra! Como siempre, a mayor gloria…

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LOS OSOS Yo

los osos.

Sí, yo quiero a Los Osos, esa ejemplar cuadrilla de tamborileros que tiene pendiente de que se le organice un homenaje tamborilero. ¿Qué por qué? Por su ejemplaridad. Son una cuadrilla casi perfecta, en lo tobarreño. Veamos: -

“Salen” siempre. De Miércoles a Domingo. No sé las horas que le echarán al tambor, pero son muchas.

-

Tienen conciencia de cuadrilla: = Visten igual: túnica, pañuelo y cordón. = Llevan su propia enseña, que preside su tamborear. = Tienen garuto.

-

Normalmente, tocan siempre lo mismo. Y aunque no son innovadores en el toque (eso les falta para ser perfectos) van mucho más lejos de lo tradicional. Si viviesen juntos, si estuviesen todos en Tobarra y pudiesen ensayar e inventar, seguro que “le echarían la pata” a muchas cuadrillas aragonesas (porque Los Osos también llevan bombos).

-

Son absolutamente serios y formales, que es como yo entiendo el tamborear.

-

Son comeóres y bebeóres, como buenos tobarreños.

-

Son muy hospitalarios. Desde hace unos diez años, no me quedo con las ganas de meterme en la cuadrilla y tocar un ratico con ellos. Ni de visitar su garuto.

-

Están en una edad como para ser ya ejemplo: Andan –la mayoría- entre los 50 y los 60 años. Luego ya saben donde van y lo que quieren.

-

Son un grupo homogéneo. No dejan que destaque ningún “solista”.

Yo creo que Tobarra necesita muchas cuadrillas como Los Osos. No son los únicos, pero sí –para mí- los más cercanos al ideal cuadrillero tamborilero.

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Como en mis gustos mando yo y en mis palabras, más, digo exactamente lo que pienso y lo que creo que se merecen Los Osos. No obstante, nada me dolería más que, por decir esto, alguna otra cuadrilla me negase la cerveza o el saludo. Cuadrillas como Los Osos eran impensables hasta, más o menos, 1970. Como tantas otras cosas de la Semana Santa. Por eso los destaco en estos Tiempos modernos y por eso me atrevo a calificarlos de ejemplares. Revolucionarios no, pero tampoco hace falta. Les basta con ser grandes innovadores. Porque esa es otra: Nada pretenden, no presumen de nada, de bien poco alardean. Ello es parte de su grandeza cuadrillera, tamborilera, semanasantera y risqueña. Los Osos añaden dignidad a una Semana Santa con tantas cosas dignas. ¿Qué más se puede decir de ellos?

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COLORES Caleidoscopio esquineros…

ruano,

espectro

cuadrillero,

prisma

caprichoso,

matices

El color bien, gracias. ¡Nos importa tan poquico…! Amarillo, anaranjado, añil, azul, rojo, verde y violeta… los siete colores del arcoiris en las calles tamborileras. Aún faltaría el blanco, que existe, pero es la suma de todos los colores. Y nos sobraría el negro, que es la ausencia de color. -

“En Alcañiz no toman cubatas pá no mancharse la túnica”.

Lo he oído en El Bajo Aragón, como señal de menosprecio ante los tiquis-miquis alcañizanos, que, en cambio, tan orgullosos se sienten de sus azules túnicas. Ni quito ni pongo… En Tobarra “gastamos túnicas de tós los colores”. Nunca mejor dicho ese comodín del lenguaje “de tós los colores”, que tantas veces nos evita en lo cotidiano, perífrasis y paráfrasis. Problemas “de tós los colores”, golpes “de tós los colores”, coches de “tós los colores”. ¿Para qué dar más explicaciones? En El Bajo Aragón el tema está sacralizado: Negras en Híjar, moradas en Calanda, azules en Alcañiz… En Tobarra, no. En Tobarra no lo tenemos en cuenta, salvo en el negro que nadie lo usa, ¡ni se le ocurre!, por ser hellinero. Eso es lo que nos diferencia. ¿Túnica negra en el Paseo? ¡Hellinero seguro! ¿Túnica de colores en el Rabal? ¡Pues es tobarreño! En mi casa nadie tiene túnica propia. Nos ponemos “la primera que pillamos”. Bueno, yo busco la más grande, para que no se me acabe la manga en el codo. Pero sólo por eso. Colores, colores, colores… En Tobarra, eso es seguro, empezaríamos a tocar con túnica negra. Hijaranía pura. ¿Cuándo empezó la disidencia? ¿Fue un tema oficial, para distinguirnos de Hellín o fue de motu propio tamborilero? Ahora da lo mismo puesto que ya no va a sacar gusto el aceite. Eso, sí: ¿El negro? ¡Ni verlo! ¡Ni aún por amor a Híjar!

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CALLES En el agarrar, ya está dicho: Agarramos –sin saber el porqué- más a gusto en unas calles que en otras. ¿Y tocar? ¿Nos pasa lo mismo? Qué pocas veces se oirá mi tambor en la Calle de los Caños o en la de Joaquín Velasco. Que poco eco el de mi redoble en la Calle Toros o en La Alameda o en… Pero no sé por qué. Lo constato ahora que escribo en la primera madrugada del primer enero ¿o es el segundo? del tercer milenio. Y me fijo en eso: ¿Me reconozco tamborilero en tal calle? ¿Me recuerdo tamborilero en tal otra? Hubo un tiempo –principios de los 80- en que nos dio por tocar en calles donde sabíamos que no íbamos a toparnos ni con un solo tamborilero: Los Castillejos, las Calles Altas de San Blas, etc. A las cuatro de la mañana del Jueves Santo, conseguíamos que abrieran postigos y ventanas para vernos pasar y oírnos tocar. Éramos puro capricho y había que golismiar para constatar quien era el cachondo que le daba por tocar ahí. Nos imaginarían una cuadrilla de soplaos que se habían perdido o un grupo de forasteros buscando rincones en la madrugada. Ninguno de aquellos pacíficos vecinos, que pocas o ninguna vez habían oído tambores ante su puerta, podía imaginar que íbamos rindiendo homenajes a una parte de Tobarra de la que nadie se acordaba. La noche y el día, la Procesión y la no Procesión condicionan el sitio donde tocar. Es natural. Personalmente, la Calle Mayor. Dadme la Calle Mayor. Si acaso, El Paseo. Y poco más. Son recorridos de infancia y juventud. Hoy, La Avenida, el Monumento, Los Escolares, San Roque, todo eso prevalece. Tocar, no sé dónde. Pero oír, sí. Mi sueño es tener una casa en Tobarra bajo dos condiciones: Que quepamos toda la familia, hermanos, hijos, amigos de los hijos, cuñados, novios… Y que se oigan los tambores al acostarse y al despertarse. Porque que te haga recuperar la consciencia el balamío de los tambores es música celestial. Realmente, sólo hay un sonido mejor que el despertarse tamborileando: Es el dormirse acunado por el uh uh uh uh de los tambores. (Me gustaría saber plasmar con letras el sonido de los tambores desde la cama, al dormir o al despertar). Lo demás… ¡qué más da!

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PIELES Los años han minimizado el conflicto más castizo del tamborear tobarreño: Si pieles de plástico, si pieles de piel. No hay duda que fue un atolladero entre minorías, un embrollo menor, un avispero en el que cabían los dedos de las manos. Y es que para opinar había que ser tamborilero cum laude y haber hecho el doctorado en el Molino de la Agustina. ¿Cómo, si no? Era una guerra entre pocos, pero esos pocos eran los cabales. Tuvo que intervenir el Zoril con sus versos para poner orden en la terrible “discursión” entre Blas “el Torcío” y Bruno “el Tremendo”. Di sentencia corta y breve, hice justicia a los dos: el de plástico si llueve; el de piel, con aire y sol. Piel, Plástico, las dos Pés mayúsculas del vibrátor percutor, que Tobarra se tomó muy a pecho, cuando la técnica empezó a echar un pulso a la tradición. Debió pasar algo así cuando ¡quién sabe cuándo! empezaron a utilizarse pieles de cabrito en sustitución de las más primitivas, aún de cabra. En el tambor, hasta la segunda mitad del siglo XX en Tobarra (los de mi generación hemos sido los más revolucionarios) todo debieron ser cambios diminutos, novedades casi imperceptibles. En el siglo XXI han asomado todas las banderas blancas y se han firmado todos los armisticios. No hay batalla posible. El plástico es soldado más numeroso y duro. La piel sigue siendo toda la poesía. El plástico es la comodidad. La piel es darse el gustazo. Y digo yo –por decir-: ¿Por qué no de plástico la redoblante y de piel la bordonera? Así hacemos caso a El Zoril por aquello de la lluvia, pero echamos un pulso a la modernidad en el puro envés. ¿He dicho envés? ¿Tiene haz y envés el tambor? ¿Tiene cara y cruz? ¿Tiene anverso y reverso? ¿Tiene faz y dorso? ¿Tiene proa y popa? ¿Tiene principio y fin? Y una leyenda: Que las pieles de gato hacían saltar los cristales de las ventanas en su puro vibrar en agudo. La piel, ay, la piel, las pieles, dicotomía añorada, pugna imposible, guerra olvidada. 52


MENTAS Noche, tambor y menta. Con una voz que disienta. Verde hasta perder la cuenta, ¡vaya estúpida herramienta! ¡Toma tetrásforo monorrimo! La menta es un ritual nochiérnigo, de sapo y aceituna. La menta es la enseña del basqueo noche alante, el banderín de enganche de la náusea y el asco. Por lo menos para mí. La menta es un insulto verdegay que se escupen los tamborileros cuando ya no les queda nada que decirse: -

“¿Quiés una mentica?”.

Lo han intentado por activa y por pasiva, con sonrisa o con reproche, en prosa y en verso. Y mi respuesta verdinegra: -

“Pero, si yo no me tomo una menta el 20 de enero o el 15 de octubre, ¿por qué me la tengo que tomar Miércoles Santo?”.

La menta es una moda de dudosos tamborileros. Y no deja de ser una repugnancia verde, una aversión verdecida en mi noche de clorofilada abstemia y libertad clariverde. Todos los poetas que han escrito lo verde… (Bécquer: “Porque son verdes tus ojos…”). (Federico: “Verde, que te quiero verde…”). (Machado: “Pasados los verdes pinos…”). (Alberti: “Yo soy el verdemar…”). (Miguel: “Del verde mundo cuelgas…”). … todos ellos, hubiesen maldito lo verde de la menta tamborilera. 53


Por allí “por las mentas”… la menta, las mentas, es hora de echarnos una menta, vamos a las mentas… Se está convirtiendo en geografía, en gramática, en cultual (nunca en cultural), en crono… Queda en pie mi rebeldía verdinoche. Soy el último mohicano, el último de Filipinas, el último tren verde esperanza. Las mentas, por mi galillo abajo, ¡no pasarán! Aduno lo green con el peace en mis noches de no catal.lo, que al día siguiente me espera la horquilla. Mi inútil lucha contra las mentas es mi más íntima epopeya, mi mejor bandera, noche adelante del Miércoles. Sé que es una guerra perdida y que va a añadir pólvora a mis incomprensiones semanasanteras. Pero no me rindo. Soy terco y manchego, como ante tantos planteamientos. ¡Menta go home! Y, qué pijo, que no, que en el fondo de mi libertad de poeta, menta rima en asonante con mierda.

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LA AFOTO A Román. A Príncipe. A Guillermo. A Marisol.

Una de las cosas que no entiende Anamaría (sí que lo entiende, pero le choca) es que nos guste tantísimo hacernos “afotos” tocando el tambor. Personalmente, soy un vicioso de los retratos tamborileros. Las tengo colgadas en las paredes de mi despacho en casa, las tenía en mi despacho profesional, las llevo en mis viajes, las tengo siempre a pie de archivo... Me encantan. Claro: Quiero detener el tiempo. Y lo consigo. Voy más allá de Proust. Foto, al fin y al cabo, quiere decir luz, en griego. Y no hay luz más hermosa que la del tiempo acaparado en un papel. Es como un altar gráfico y solemne en el que rezo a Tobarra cuando me apetece. Y el caso es que me apetece siempre. Pero me recreo en mi propia convicción cuando constato que, donde realmente me reencuentro, es en las fotos de mis hijos tamborileros. (Y ahora, en las de mi nieta). Ver crecer, volver a ver crecer a tus hijos a través de fotos tamborileras es un hermosísimo privilegio, que me satisface plenamente. Ya he dicho antes (o diré después) que los semanasanteros de tanto ser memoria, no tenemos memoria, porque sólo somos una Semana Santa. Una y la misma. Pues bien, las fotos tamborileras de tus propios hijos te llevan a otra realidad temporal, tal vez la única posible: La del pasado, la del presente y la del futuro. El amor semanasantero crece a través de las fotos de los hijos tocando el tambor. Anamaría piensa que todo esto es vanidad. No, no lo es, porque con las fotos no se presume de guapo ni de listo. Sólo se presume de “tamborilero en el tiempo”. Aunque, bien pensado, tal vez sea ésta la manera de ser más vanidosos que nos es dada a los tobarreños. Pues, ¡bendita sea! La foto. La cuadrilla posando para la foto: Unos de pie, otros acurrucados, alguno de puntillas… El tiempo hecho luz y la luz hecha trazo. Y en medio, los tambores.

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Al fondo, el deseo inconsciente, la voluntad ĂĄcrona de ser tamborileros antes y despuĂŠs del tiempo.

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TAMBORILERUS COMUNIS De entre las tonterías más gordas que he leído en el Ínclito, Glorioso e Impertérrito Diccionario Conservado por los Jóvenes Académicos de la Lengua (el más pibe tiene 2.435 años… y la lengua es una “cosa” viva) destaco ésta. Pero se la brindo a Tobarra. -

¡Tobarra, va por ti!

D.R.A.E.L. Vigésima Edición 1984. Página 1284, del Tomo II. -

“Tamborilero, ra. m. y f. Persona que tiene por oficio tocar el tamboril”.

En estos días ando yo “calentito” con la R.A.E.L. Me ha dicho el Alcalde de Tobarra que han rechazado la aprobación del gentilicio “tobarreño” cuyo expediente se inició a mis instancias. ¡Mecagüén! ¡Y eso que teníamos enchufe, a través de Antonio Mingote, buen amigo de la Fundación Cultural de mi empresa! Veamos: Yo soy tamborilero tobarreño. Lo juro por san Pedrobarro, san Ojomanzano y santa Balsilla. Pero por lo visto, no. Para la R.A.E.L., no. Veamos: 1) No tengo por oficio tocar el tamboril. Luego no soy tamborilero. 2) No se ha aceptado “tobarreño” como gentilicio de los nacidos en Tobarra. Los nacidos en Tobarra no nos llamamos de ninguna manera. No tenemos ni gentilicio ni paragentilicio ni pseugentilicio. (Distinción que hace Cela en su Diccionario Geográfico Popular de España). Luego, entonces, ¿qué soy? Me acuerdo de Rudí, el pastor inmortalizado en El Patato. -

“Mecagüen tós los académicos de la R.A.E.L., menos en el Secretario General… Y en ese no, ¡porque lo quió pá limpiarme el culo!

¡Toma ya! Decía antes –en broma- tamborilerus comunis. En Tobarra hay 7000 (de los 7800 habitantes). Es el tamborilero feliz que no presume de nada, que no va de nada por los Viernes Santos, que no reivindica nada el resto del año.

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Es feliz. Se cuelga su tambor. Va a su garuto. Toca o no toca mucho. Sale o no sale mucho. La Semana Santa es suya. Él es la Semana Santa. El tamborilerus comunis va de acá para allá en una cuadrilla normal, de las que pasa desapercibida y en la que pasa desapercibido. Lleva un tambor ni bueno ni malo ni nuevo ni viejo. No toca ni bien ni mal. No bebe ni mucho ni poco. No sale el primero pero tampoco se recoge el último. Nadie se para para oírlo pero tampoco da risa. Es un tamborilero más. Como el 95% de los tamborileros (¡¿Eh?!) tobarreños (¡¿Cómo?!) Sin él, no existiría nuestra Semana Santa, como tal. La verdad es que no le añade ni una sola luz, pero tampoco pone sombras. No le acrecienta fama, pero tampoco se la resta. El tamborilerus comunis lleva la mochila llena de siglos. No esconde en ella un bastón de mariscal, pero tampoco da la espalda en la batalla. Ni laureado por héroe, ni fusilado por felón. Ya tocó con su padre y espera tocar con sus hijos. Jamás escribirá artículos en la Revista ni será Pregonero de la Semana Santa ni Presidente de cualquier Hermandad ni serán célebres sus mojes ni famosas sus soplacinas. El tamborilerus comunis deja en mal lugar a la Real Academia y a quien se le tercie. No toca el tamboril por oficio, pero toca el tambor por devoción. Y si eso no se llama ser tamborilero, que venga Dios y lo vea. Pero, además, ha nacido en Tobarra y pregona ante quien se le pone por delante ser tobarreño y bien tobarreño, por más que la Academia diga que no, que no existe el gentilicio. Menos mal que el tamborilerus comunis no se desconcierta por nada. Y si tocaba –su gente- antes de que existiese la R.A.E.L., seguirá tocando una vez que sean inútiles las oficialidades de la misma. Eso sí: Seguirá siendo imprescindible en la Semana Santa, pero seguirá pasando desapercibido en la misma. Esa es su gracia y su mérito. Tamborilero tobarreño, ¡A la mierda la Academia!

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EL MAESTRO Él lo sabe y se regodea en su suerte. ¿Cómo no habría de saberlo si tiene oídos y es consciente de lo que oye a su alrededor? El magisterio tamborilero no es cuestión de edad. El maestro tamborilero suele ser –es- precoz, por lo que disfruta mucha vida de su fruir. El niño/maestro suele ser –es- tamborilero prodigio, por lo que destaca pronto. Ahora que caigo. Una tremenda reflexión: ¿Quién tocaba bien el tambor en Tobarra en 1950? Y al que lo tocaba bien, ¿se le reconocía públicamente? No es difícil ni duro constatar que no. O al menos, no lo suficiente. O, por lo menos, como yo lo concibo. El tamborear tobarreño era absolutamente endogámico y, hasta tal punto cerrado, que se producía un proceso de fagocitación: Los buenos –maestros- eran pocos y ellos se lo guisaban y ellos se lo comían. Tiene que llegar, como para tantas cosas, la conciencia del ser Semana Santa. Entonces, sí. Nos diferenciaba el tambor, pues sintamos el tambor como ens vanitate. La verdad es que hasta el último cuarto del siglo XX el maestro tamborilero lo era per se, sin comparación ni juicio público. Su magisterio nacía y moría en él. Y es que el tambor, si bien no era algo vergonzante, si que era absolutamente popular. Pero popular en el puro sentido de pueblo como último escalón social. Y dentro de él, Eleazar “lo deja caer” en su escrito: En 1920 el tambor sólo era cosa de muchachos. Va a sorprender que yo diga en el 2004 que en 1950 “los señoritos” no tocaban el tambor en Tobarra. Voy a dar tres o cuatro pruebas irrefutables: -

¿Los médicos tocaban el tambor?

-

¿Y los maestros?

-

¿Y los Ladrón de Guevara, los Carcelén, etc.?

Tobarra conquista el tambor en 1266, pero también el tambor conquista todo Tobarra hacia 1970. Y entonces el pueblo se ensancha. Ya no es clase sino campo social amplio, lato, exhaustivo. 60


A la sazón, aparece el maestro tamborilero y se le reconoce. Constátese ¿con dolor? Por edad –visto desde el 2004- los primeros maestros así reconocidos son los Morella. Hablo de reconocimiento común, general, universal. Que en 1930 dos cuadrillas se admirasen mutuamente no pasa de ser una anécdota. En 1936 se quemaron los Santos, pero nadie sacó a la hoguera sus tambores. Esto, sólo esto, refuerza cuanto vengo diciendo. Retomo. Los Morella. Pero son maestros tamborileros sólo desde su puesto de cabo en las Bandas de Tambores. Tienen que llegar los Concursos. Estamos en 1970. Ahí, sí. Tobarra encuentra su púlpito y el tamborilero su cátedra. Pero se abandonan. Se recuperan en los años 2000… Antonio el Batanero, El Ñico, El Lauria, El Lauria junior, El Casón junior, El Cuervo, Manolete El Zoril… Y otros que muy pocas veces o nunca fueron amigos de concursar ni representaron a Tobarra como “tamborileros oficiales”: Capazuros, Antonio Merino, Vicente Merino, Juan el Zoril… Pero no son númerus clausus. Maestros. El torero es torero siempre. Incluso fuera de las Plazas. Al futbolista se le nota en cualquier tiempo y en cualquier parte. Y al actor, no digamos. Pero el maestro tamborilero duerme su magisterio durante 51 semanas. Claro, no puede ser de otra manera. Y ese ser maestro así, imprime carácter. Hace muchos años declaré públicamente que hubiera cambiado todos mis versos por ser un buen redoblante (Entonces dije “tamborilero”. Pero hoy creo ser un buen tamborilero). ¿Cambiar poemas por redobles? Lo dije, lo dije… Tobarreño, tamborilero y maestro tamborilero. Demasié…

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SIEMPRE TAMBOR. SÓLO TAMBOR A la saga Zoril: Manolo, memoriam; Juan y Manolete.

in

En Tobarra, generalmente, compartimos tambor con procesión. Por lo menos, en la segunda mitad del siglo XX. Pero, excepcionalmente, hay sagas que jamás han tomado una horquilla ni se han puesto una túnica procesionera. Tamborileros. Sólo tamborileros. Siempre tamborileros. No es difícil colegir que el fenómeno es singular en 1990, pero no debió serlo tanto ni antes ni después de la Guerra. Al menos, si creemos a Eleazar –y lo creemos- y nos hacemos eco de lo que leemos en Juventud –que creemos igual-. Con una procesión “pobretica” y unos Santos “pequeñicos”, en la procesión debían ir 25. El resto, al tambor. Pero la procesión empieza a ser clave en la Semana Santa, las andas empiezan a “crecer”… y sin “robarle gente al tambor” había que compaginarlo. Fue mi caso y el de buena parte de mis amigos de infancia y juventud. Veamos. A mis 14 años yo era monaguillo Miércoles Santo (en El Prendimiento) y el Viernes noche (en El Entierro). Salía en La Guapa el Jueves noche, el Viernes mañana y el Domingo mañana. ¿Cuándo iba a tocar el tambor? Es que ni me lo planteaba. El último cuarto del siglo XX trae “la normalización”. Y estamos enseñando a nuestros hijos –con la palabra y con el ejemplo- que hay que ser tamborilero y procesionero con la misma ilusión, con idéntico orgullo, con parigual énfasis. Algunos, ¿sólo tambor? ¡Claro! Deben servir de paradigma, ser otro arquetipo semanasantero, aparecer como un prototipo singular: Ser sólo tamborileros en una Semana Santa tamborilera. Hay muchos: Juan Ignacio Claramonte, Cachito, José Antonio Onrubia Morcillo (Chita de Casimiro), los Zoriles… Y montones de cuadrillas: Osos, Zorras, Pioneros, Soplas… ¡Larga vida para seguir siendo sólo tambor!

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EL SOLITARIO A Andrés Pérez Cañete. In memoriam El tamborilero solitario es el personaje más literario de la Semana Santa. Es el más castizo, el más puro, el absoluto. Él es toda la Semana Santa y la Semana Santa es él. El tamborilero solitario es Tobarra hecha catarsis, la raza encontrándose a sí misma, el pasado en pie, el futuro achulado, la ablución de un ritual. El tamborilero solitario se salva a sí mismo, pero libera a todo el pueblo a través suyo. Él es lo incólume, lo incorruptible, lo homogéneo. Es un místico, sin mixtificaciones. No abundan, no se prodigan, no asoman, apenas se dejan ver. Porque el que toca a su aire dentro de su cuadrilla no es un solitario. Toca solo, pero no sale solo. Me cuesta trabajo imaginarme que Juan y Manolete, los Zoriles, vayan tocando lo mismo en su cuadrilla. Seguro que cada cual va inventando su redoble. El solitario. En mis cincuenta años de observador, apenas recuerdo algún rato de Ñico (Antonio Gómez Serrano), de mi pariente Antonio Merino Moya, de su padre Antonio Merino Gómez… Poco más. Un tambor solo, calle arriba, calle abajo, redoblando constantemente que, claro es, no se va a echar un Zapatata él solo. Y mi Jesusico, caprichoso de las horas y la compañía. Y Capazuros, claro. Punto y aparte. Como aquí hago otro punto y aparte en su memoria, porque sólo después de su muerte (silencio antonomástico tamborilero) me he enterado de que no le gustaba su mote. ¡Pido perdón por haberlo citado con tal, tantas y tantas veces! El tamborilero solitario es gloria bendita, sólo por serlo. Si algún día, un Ángel envidioso se viste de tamborilero, le veremos solo, Paseo adelante, buscando la pureza de lo esencial y lo mirífico.

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MIGUELITO A Miguel Ruiz Reina. El Diccionario recoge “virguería”, pero no reconoce “virguero”. Tal vez porque los académicos nunca hayan visto tocar a Miguelito. Yo, sí, muchas veces y por eso tengo que recogerlo en esta fauna de tamborileros. Miguelito es mucho más que un artista del redoble. Ha ido más allá de lo imaginable, poniendo en juego sus manos y su ingenio, para hacer lo que no he visto hacer a nadie: Es capaz de redoblar simultáneamente por las dos pieles, una mano en cada una, la derecha –normal- sobre la piel redoblante y la izquierda, por debajo, sobre la piel bordonera. Lleva, naturalmente, dos ritmos, dos cadencias, pero ambas acompasadas. Miguelito, así, consigue… ¡lo nunca oído!… un redoble, como suma de dos medios redobles. Todo eso con la mayor naturalidad del mundo, sin esfuerzo, sin escorzo alguno, sin retorcimientos… Yo, lo confieso, intenté hacerlo una vez, hace muchos años. Bueno, se consigue durante cinco segundos, lo que supone escaso o nulo mérito ni gracia. (Algo así me pasó con “El Tren” de El Batanero). Miguelito es un “tocado” por la gracia. Precisamente, porque su tocar produce sorpresa, pero también una sonrisa (Esta última ya la producía hace más de 50 años, cuando era tenor cómico). Miguelito es irrepetible. Su estilo nació con él y acabará con él. Por eso alguien tenía que trascenderlo e inmortalizarlo. Naturalmente, si a Miguelito le da por lo clásico, también “es un hacha”. Pero, de cuando en cuando, le viene el ramalazo, se encana… ¡y hale!… por las dos pieles. Entonces hace corro. Miguelito es un encanto como persona. Sabe que la vida le ha dado unos dones irrepetibles, los prodiga… y hace feliz a su pueblo la tarde de Miércoles Santo. (Habría que preguntarle a su tambor que piensa de estas fazañas). 64


EL DE TOCAL MUNCHO Y BEBEL POCO Es un cabal. Sale a tocar y toca. Si se tercia, se echa una cervecica para no desentonar, pero, vamos, no es eso. Y es porque normalmente ya ha salío de su casa bebío y meao, que pá eso se ha echao una güena merienda y aún piensa en ir a cenar ahí a la media noche. Luce y cuida el tambor constantemente y si hay que tomarse un golpe entra en el bar con el tambor a la espalda, más serio que un ajo. Se toma el golpe… y a seguir zurriendo, que es para lo que se ha puesto la túnica. Suele pagar casi todas las rondas que se toma. Y no paga las demás porque siempre hay alguien más pesao o más soplao y no lo permite. Pero sólo por eso. Llena con orgullo las calles, entra con dignidad en los bares, toca lo que y como está mandado. Puede salir quien piense que si todos fuesen así, la Semana Santa sería muy aburrida. Por lo menos, el tamborear. No lo creo. Simplemente porque nunca he creído eso de que “pá tocal, hay que bebel”. Eso forma parte de las leyendas fátuas de Tobarra, que nosotros mismos nos encargamos de fomentar como si hiciese falta para mantener en pie el tambor. Se bebe y se come. ¿Y qué? ¿Que porque es Semana Santa? ¡Ah bueno! ¿Y qué? ¡Pues que por eso hay que pimplarse! ¿Y quién lo ha dicho? El buen bebeór (aquí no cabe bebéor, no sé por qué) el buen bebeór es como el buen redoblante. No se notan entre tanto ruido, pero están ahí, poniendo cordura y distinción. Tocar mucho. Beber, lo justo, que tampoco se trata de hacerse socio de la liga antialcohólica semanasantera. El tamborilero que toca mucho y bebe lo justo pone una nota de cordura y distinción en las esquinas. Sabe tocar y sabe beber y compone una ecuación sin incógnitas en la que el resultado es siempre el mismo: ¡Qué orgullosa se siente Tobarra de sus tamborileros!

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EL DE BEBEL MUNCHO Y TOCAL POCO No se atreve a cantarlo, simplemente porque no es Navidad y desentonaría. Pero no es por falta de ganas: “¡Amos a bebel, amos a bebel, que si no bebemos esto no pué sel!” Es Miércoles Santo, claro, pero su oración favorita es, -

“¿Nos tomamos un quintico?”.

Es incapaz de decir otra jaculatoria y dice constantemente la que le gusta. Es curioso: Es incapaz de tomarse dos quintos en el mismo mocho, no sabe por qué, es como si pimplara menos o como si tuviese una deuda de gratitud con todos los bares de Tobarra. Él no sabría inventarse un verbo, pero le cuadra con exactitud: Mochear que es, obvio, frecuentar mochos, visitarlos asiduamente. Como tamborilero, claro, deja mucho que desear y es que sus redobles sólo duran lo que se tarda en llegar de un mocho a otro y si en la misma calle hay tres o cuatro, pocas pieles va a romper. Realmente, más que tocar, da el follón, que es deporte bastante común en una parte de la fauna, abundante pero inofensiva. El tambor es una excusa “pá bebel”. Ni engaña ni se deja engañar. Tampoco intenta convencer a nadie. Va a lo suyo y ya está. -

“¿Nos echamos un quintico?”.

Es capaz de tomarse 15, 20 quintos en una tarde/noche tamborilera, lo que comporta “15 ó 20 meás ande le pille”. Es un tamborilero absolutamente imprescindible. Que conste en acta. Pero si todos fuésemos como él, el tamborear tendría que reinventarse.

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EL SOPLÁINA No es que “beba muncho y toque poco”. Es que bebe munchismo y no toca ná. Y claro, se sopla. Pero tampoco es que se sople y se vaya a un ribarzo a dormirla. No. Es que tié que dal el follón. Si no, no se divierte. Esa es su Semana Santa. Soplarse. Yo, lo siento, pero ese no es mi tamborear. Lo ideal –en quien le guste- es alcanzar un punto en el que estás “una miajica p’allá” pero aún no te has pasao. El arquetipo –en quien disfrute- es mi amigo J.I.C.F. (como nadie sabe su segundo apellido, nadie lo descubrirá) que todas las Semanas Santas, todas, desde hace 30 años, cada vez que nos cruzamos en la calle –si él va con túnica y tambor- me casca dos besos… que yo le correspondo, claro. A Anamaría le besa la mano con un ceremonial que ya quisiera practicar el Jefe de Protocolo de la Corona Imperial Japonesa. Yo, lo adoro. Aquel (borrachuzo) molesta en el paisaje tobarreño. Este (sopláina) lo engrandece. Porque es el caso que, hasta hace muy poco tiempo, cuando me lo encontraba fuera de Semana Santa, si yo intentaba cascarle dos besos, como no formaba parte de su cultura, los rechazaba como a la bicha. ¡Que mariconada, besarse dos tíos! (Por suerte, los tiempos y los gustos cambian y como nos queremos todo el año…). Yo creo que si a mis 62 años no me he soplao nunca en Semana Santa, la cucaré sin haberme mamao. Pero entiendo y aplaudo estas excepciones (porque lo son) que llegan hasta el punto justo en que no molestan y, en cambio, alegran el tamboreo. Borrachuzos, no. Porque, encima, se ponen impertinentes y agresivos. Y ponen las calles perdidas. Y te “ejarran” la túnica cuando tropiezan contigo. Y… En Tobarra, en Semana Santa, nunca pasa nada, nunca ha pasado nada. Tobarra nunca se ha lamentado de nada. Yo creo que, en esas fechas, bajan unos ángeles tamborileros que van guardando calles, nombres, vinos, gestos, intenciones, hígados, palabras… Y a fe que lo hacen bien. 67


EL CORRICO DE A DOS No son dos amigos ni dos amigas. “El corrico de a dos” es una pareja heterosexual que… ¡oh, gran fortuna de Eros!… se han hecho novios. Y entonces tienen que salir a tocar juntos, solos, a solas los dos, que ya no hay amigos ni cuadrilla ni ná. Ellos han descubierto el amor, porque, realmente, hasta ellos, enamorarse, lo que se dice enamorarse, no se había enamorado nadie. Ellos lo han inventado y tienen la exclusiva. Y, claro, ellos tienen que celebrar su mérito a solas. Se miran, se mandan besitos, se “dicen” un Zapatata… ¿Qué otra cosa podrían decirse en la Calle Mayor después del Prendimiento…? -

¡Te quieeeero!

= ¿Qué?

-

¡Que te quiero, leche!

= No, aún no me apetece.

-

¡No, que digo que te quieeero, pijo!

= ¿Y pá que quiés un botijo ahora?

Así, es imposible entenderse. Porque es que –además- podrían llevarse su “corrico de a dos” al cerro o a la güerta o a los Castillejos, pero entonces no se enteraría nadie de su parejidad recién estrenada. Eso pasa, es obvio, el primer año de noviar. Al siguiente, volverán al cuadrilleo, como está escrito. Y si no, peor para ellos, porque como han estado todo el año diciéndose que se querían, pues ya no podrán decirse nada nuevo el Miércoles Santo. Y aunque se les ocurriese, tampoco se oirían y seguirían confundiendo un café con leche con un botijo. El “corrico de a dos” es un paisaje imprescindible en el tamborear. Es la garantía de que algún día no muy lejano traerán tamborilericos nuevos al mundo. (Porque estos dos -seguro- son de los que pasearán al guacho dormío en el cochecico y con el tamborcico colgao. Y eso ya hay que tomárselo en serio, totalmente en serio. Tanto, tanto, como el mismo futuro de Tobarra).

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EL FORASTERO A mi primo Use (Eusebio Ochoa Hurtado), consumado especialista en soplar a todos los amigos de mis hijos, la primera vez que vienen a Tobarra. Toca en Tobarra por primera vez. Y, claro, está lleno de miedo, porque piensa que va a examinarse de percusión en el Conservatorio de Viena. Por más que se le haya advertido, que se le haya dicho que, tranquilo, que nadie te va a decir ná, que no pasa ná… Normalmente, es amigo de algún emigrante joven o de algún hijo de emigrante mayor. Lleva años oyendo hablar del tambor hasta que, por fin, lo convencen y viene a Tobarra. En mi casa han dormido por docenas. Los estudio, los mimo, los advierto, los educo, los mentalizo… y, ¡hále!, a la búsqueda de su felicidad tamborilera. Y la encuentran fácilmente, claro. El tamborear, para el forastero, supone un proceso iniciático, una conversión, una mutación pura, una absoluta metamorfosis. En un principio, se sorprenden del peso del tambor en la barriga –que, encima, ha soportado un merendar recio-. Después, piensan que no van a ser capaces de hacer sonar el tambor y, ya en la calle, se sorprenden infantilmente tocando. = ¡Pom”

¡Andá… si suena! Después, un pasito más: = ¡Prrrrrooom póm!

Eso ya es como una Quinta Sinfonía percutora. Terminan “enganchados”, como es natural. El problema del forastero no es el tambor. Es el sople. Si no está acostumbrado – o aunque lo esté- puede terminar a botijazos de Primperán. Y es porque nos luce aviar al forastero. Es como una querencia, mucho más seria que una tentación y que empieza a adquirir caracteres de costumbre. Un deporte, vamos. Si el forastero es un poco marchoso, sólo un poco, ¡pá que más, mundo amargo! El forastero es un lujo que Tobarra debe cuidar con primor. Y que así sea, por los siglos de los siglos.

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PALILLOS Los palillos son los dedos de Tobarra. Unos dedos que son la inteligencia prolongada, el eco percutor, la sabiedad del redoble. Los palillos son jilgueros que danzan sobre la piel redoblante, en su ballet gozoso y grácil, irrepetible minuto a minuto. Los palillos son mi mejor embajador como tobarreño. Me gusta regalar palillos. Pero han de ser palillos estrenados por mí, zapatateados reiteradamente en la tarde del Miércoles de Palillos. Los ofrezco como prueba de amistad, de afecto, de lealtad. Doy algo bien mío, elementos bien sagrados, objetos místicos que me han acompañado unas horas en el gesto más tobarreño: Tocar el tambor. Palillear. Hay un momento, el último momento de la Semana Santa, precisamente cuando ya no es Semana Santa, que son los primeros segundos del Lunes de Mona, en que los palillos son protagonistas. Es el Adiós, el Omega/tamborilero. Chocamos uno contra otro, otro contra uno, que las pieles ya no existen, sólo son año que viene. = Clí, clí, clí, clí… Clí, clí, clí, clí…

Eso decimos. Ya no es Semana Santa. Ya no es tambor. Pero sí palillos. Son abanderados de la rebeldía contra el tiempo ido, el crono frustrado y sangrante, el ayer concluso, la imposibilidad de detener todo un amor, que se escapa relojes abajo. Palilleros. Cientos de palillos. Hemos dejado de ser –que no de sentirnos- tamborileros y le endilgamos a la noche nuestro clí, clí, clí, clí enrabietado. Manolico el Aperáor, el Maestro Manano, Cachito… pequeños dioses palilleros, a ambos lados de la vida, ante los que me postro serenamente.

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TÚNICA Alifafe, túnica, saya, alba, aljuba… la túnica tamborilera casi nunca es ceremonia ni presunción para un tobarreño. Faltándole el respeto –con permiso- me atrevería a decir que tiene más de guardapolvo (¿o sería guardavino?) que de uniforme. Y si le echo más travesura, aún diría que es un mal necesario. Nos la ponemos porque si no, aunque no estuviese taxativamente prohibido tocar el tambor sin túnica, sería de un mal gusto elemental el hacerlo. Túnica tamborilera versus túnica procesionera. Nosotros mismos nos preocupamos de poner las dos cosas en su sitio, que lo que también está tácitamente prohibido es tocar el tambor “con la túnica de la Hermandad”. Eso si que es casi peor aún que tocar sin túnica. La verdad es que tampoco necesitamos más. Cuando tocamos el tambor, ¿quién no se sienta en el suelo del Paseo para ver la Procesión? ¿Quién no descansa en los riscos del Calvario, poniendo precisamente la túnica sobre la piedra para proteger el pantalón o la falda? ¿Quién no se pega un güen refregón en los morretes con la bocamanca después de un trago de la bota? Naturalmente, todo esto dicho y hecho con el más candoroso afecto, con el más afectuoso candor. Quede claro que ningún tobarreño le falta el respeto a su túnica tamborilera. Faltaría más. Al contrario, la ama, incluso con bastante más ternura que a la túnica de la Hermandad. Y es porque es como el hijo menos listo o el hermanico más pequeño. Está constatado. -

“Esa es de las que beben solas”.

La broma está más que arraigada en la peremiología tamborilera. Estaba oída en mi infancia, pero me la retrotrae Eleazar en su escrito, a los años 20. Y eso que aún no existían las malhadadas mentas. La túnica tamborilera. La túnica “de agarrar”. ¿Ponen las manos solemnidades diferentes al plancharlas? Me negaría a aceptar la afirmación. Lo que si me apetece exaltar es la sabiedad de la túnica, su confort, su amistad, su compañía. Yo no sabría tocar el tambor sin túnica. Y la túnica tobarreña ha sido mi estandarte tamborilero en Hellín, en Mula, en Moratalla, en Híjar, en Alcora, en Manises, en Barcelona, en Calasparra, en Lisboa… Aunque sólo sea por eso, ya me apetece encasquetármela el próximo Miércoles de Túnicas Arrogantes. 73


¿CORDÓN? ¿CÍNGULO? A Marisol Sahorí Catalán. Cíngulo, cordón… Así, con interrogante, porque es la prenda menos usada del uniforme tamborilero. Ningún nazareno saldría en las filas sin cíngulo. Que se atreva un agarráor a no ponérselo. Pero hay muchos tamborileros que no se ciñen un cíngulo sobre la túnica. Habría que preguntar por qué, si es que hay respuesta. Parece como si hubiese una mortificación (evitada) de barrigas; puede ser como una penitencia no merecida. El cordón es Tobarra constreñida, el tamborear aprisionado, el agobio abdominal. El cordón es el garrotevil del ombligo, el “bocao” de la cintura, el acial de la panza, el martirio del tamborilero hambrón. ¿Quién se atrevería a ponerle un cordón al Cerro del Reloj? Porque bien pensado, “la vuelta al pueblo” es como un cíngulo tamborilero con el que Tobarra se siente Semana Santa todo el año. Pero, ¿quién se atreve a tocar sin cordón? Yo, desde luego, no, que a mí la túnica sin cíngulo me parece más camisón que otra cosa. Pero hay muchos tamborileros que no se sentirían cómodos con él y ni se plantean el ponérselo. Lo encuentran inútil, postizo, angustioso. (Hay quien piensa plantear, incluso, una cruzada anticordón). Eso sí: El cordón en su sitio. Ni a la altura de las costillas ni en pleno coxis, como Cantinflas. Sin cordón no hay “buche” posible. Y ahí sí que no. Un tamborilero sin “buche” es un semanasantero castrado (o castrada, que la tamborilera echa un pulso de teticas al propio “buche”). Soga de ahorcar, guita de ronzal, látigo de pastor… El cíngulo, el cordón es el maldito (mau dit, mal dicho) del tamborear. En eso estamos casi todos de acuerdo.

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PAÑUELO AL CUELLO He ahí, el último capricho del tamborilero, su último reclamo, le dernière crí, el no va más. Hasta hace ná, capuz to p’atrás. Desde hace ná, pañoleta: Un pañuelo ad hoc, arrodeao al pescuezo. Es tan nuevo, que aún no tiene nombre tobarreño, que pañoleta es foráneo. Parece catalán, pero me apura la vieja Plaza de Toros de Camas (Sevilla) “La Pañoleta”. La pañoleta suena a femenino y a diminutivo. La Pañuela. (Perdón, tendría que ponerla entre comillas: “pañuela”). Su diminutivo, “pañueleta”, que nos cae como un horror, porque en Tobarra no construimos así y debemos hacerlo irregular: o por ue. Pero, sí. El pañuelo al cuello es la futura moda, lo nunca visto. Es como el remate, pues es lo último que se pone el tamborilero antes de colgarse el tambor. Es la ceremonia de un cura al revés. Antes, el cura, para la Eucaristía, lo primero que se colocaba era el amito, que no es sino una pañoleta anticipada. Me resulta fascinante mi propia digresión, porque, desde hace años, yo “agarro con pañoleta” en El Paso Gordo y en el Resucitado. Y ni me lo planteo ni lo cuestiono. Y hay otras Hermandades que también usan pañoleta: La Cruz, El Moniquí, La Magdalena… (Escribo lejísimos de mi rincón. El papel y yo a solas. No puedo ir a buscar fotos ni revistas…). La pañoleta tamborilera pone a touch of class en la calle, sobre todo si es blanca sobre túnica morada y especialmente si lo luce alguna tobarreñica… Pero, ¿qué digo? ¡Me enternece mi hija con pañoleta! ¡Me enamora Anamaría en parigual! Y me muero de ganas de volver a ver a mi nieta Inés andar por Tobarra con su pañoleta. La pañoleta. Podría tener algo de capote de paseo mal puesto o de mantón de Manila venido a menos o de toquilla en Navidad o de velo en Misa Mayor… Podría. He tenido que ensayar diez años para saber hacerle el nudo a mi pañoleta. Y pongo todo mi arte y habilidad en mis dedos, para que luego me salgan redondos los Zapatatas. Tengo que aprender a amar la pañoleta. Y es porque no es infancia, no es juventud, no es madurez. La pañoleta me llega ¿tarde? en un camino vital de recuerdos asustados, y no sé si estaré preparado para llevarla, algo menos para lucirla y, sobre todo, mucho menos, para merecerla. 75


… Y GUANTES Al escribir el agarráo, finalicé con los guantes blancos. Al escribir las armas tamborileras, terminaré con los guantes. Los guantes de tocar el tambor. Ya he roto unos cuantos. Se rompe, sobre todo, la parte exterior de la segunda falange del dedo índice de la mano derecha. ¡Ahí es ná! En Aragón sería una aberración. No es de machos tocar con guantes, que hay que esollejarse los dedos contra la piel del bombo a través de una técnica que permite eso: Dejarse la epidermis. Porque, no nos engañemos, yo he tocado el bombo… y de pelarme, nada. Simplemente, no permito que los dedos que agarran el mazo rocen la piel del bombo. Los guantes tamborileros, para mi, son una pura “nesecidá”. No aguanto una hora redoblando sin que se me ponga en carne viva… esa parte externa de la segunda falange del dedo índice de la mano derecha. Y con el dedo “esollejao” yo no pego un palillazo… ni harto de mentas. Ponerse guantes pá tocal el tambol es una pura mariconá. Lo sé. Pero es que mi piel está en relación inversamente proporcional a mis ganas tamborileras: Piel débil, ansia fuerte. Y no consigo ponerlas de acuerdo. Por eso acudo a los guantes que, en principio, si eran de lana, me aguantaban “dos tardes” y ahora, que son de piel, pues dos Semanas Santas. Los guantes pá tocal ya forman parte de mi tamborear. Es curioso: Y no se me escapan los palillos, como se escurre la horquilla con los guantes blancos, según ya he dicho. Los guantes, “gato con guantes…”. No cazaré ratones, pero no me quedaré sin la piel de la parte… Que sí, que guantes pal tambor.

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Y TODO ELLO PORQUE YO NECESITO… … tocar el tambor en mi pueblo, por lo menos, una vez al año. Sea una hora o diez. Sea un día o cinco. … ponerme la túnica tamborilera y salir a la calle, tocar el cielo con los palillos, volver a la tierra y darle la vuelta al pueblo, echando Zapatatas. … tener la convicción de que sigo siendo tamborilero tobarreño… a pesar de la dichosa Academia. … notar que se apagan las gobanillas, que se me escacharran los dedos, que me duelen las manos, que me apuñalan los brazos. … sentirme cuadrilla. … creerme que estoy entre los mejores. … pasar desapercibido. … saberme pueblo. … comprobar, año tras año, que Tobarra late en mis pulsos y mis pulsos hacen zurrir un tambor. … reiterar que tengo memoria de esquinas, remembranza de rejas, evocación de nombres. … revivir a los muertos, evocar los latidos, regenerar los ancestros. … saberme patria en mi tambor. … ser portento tamborilero, milagro redoblante, prodigio timbalero. … echarle un pulso a mis padres, ganándolo para mis hijos. Y ahora ya, para mis nietos.

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OBJETO ¡Qué habilidad de manos para hacer tambores, para inventar tambores! El tambor como objeto. El bombo, como complemento. Me apetece trascender aquí que siempre me resulta un momento muy entrañable, cuando veo a la cuadrilla de los Osos, echarse un tiento con las viandas y las botellas que han depositado sobre el bombo y este, a su vez, sobre el suelo. El bombo es, para Los Osos, en ese momento, un objeto útil, como una mesa. Y yo lo aplaudo. El tambor tobarreño es objeto, cosa, criatura, obra, algo tactable, tangible, algo que se ve, que se hace, que se rompe, que se limpia, que se guarda, que se puede besar, que pesa, que es bonico o feo, que hace bulto. El tambor, objeto. El tambor forma parte de nuestro paisaje social, como un árbol o una reja. Y lo tratamos como tal. El tambor tobarreño se diferencia de los demás objetos, de las demás cosas, en que tiene alma, es animado, vive, late, suena, se le oye, se hace oír. El tambor es el objeto más amado en la simbología tobarreña.

INSTRUMENTO El más sencillo, el más duro, el menos delicado de los instrumentos musicales, es el tambor. Lo digo aquí en esta trilogía como una pura reivindicación, puesto que el tobarreño del Miércoles no tiene conciencia ni de que está tocando un instrumento ni de que lo que toca es música. Pero si que lo es. Tobarra se resiste a reconocerlo. Prueba evidente es que el tambor de la Banda, de las Bandas, es, ha sido siempre la caja. Y quien la tocaba, El Caja. Y su hijo, El Cajeta. 80


En Tobarra distinguimos perfectamente el tambor de la caja. Con mucha más fuerza, incluso, que el propio diccionario. La transcripción musical del opus tamborilero al pentagrama es un puro monocorde en do. Do, do, do, do, do… El tambor no admite otras notas ni otras claves. Pero eso es cosa de El Caja, que a los demás tobarreños no nos interesa o nos interesa bastante menos. ¿El tambor, instrumento? ¡Ah, bueno!

SIMBOLO El tambor es el símbolo, todo él es símbolo, va más allá de los símbolos. El tambor nos une, nos eterniza. El tambor es el símbolo que representa a Tobarra, a toda Tobarra, a la Tobarra si no eterna, si a la post-musulmana (no me atrevo –aún- a llamarla cristiana). El tambor es mucho más que una bandera, que un escudo, que un emblema, que un icono, que una alegoría, que una reliquia. El tambor es toda la mitología de lo tobarreño. El tambor es lo imperecedero tobarreño. Es atemporal, intemporal, supratemporal. Es pasado, es presente, va a ser todo el futuro. El tambor es ácrono. Sin el tambor, nada. Con el tambor, todo. Y es que el tambor es sueño, es utopía, es deseo, es logro. Cuando pensamos en Elche, nos imaginamos una palmera. Si en Almería un Indalo. Identificamos a La Coruña con su Torre de Hércules y a Madrid con el oso en pie. ¿Y Tobarra? ¿Cabe otro símbolo que no sea el tambor? Tobarra, una parte muy importante de Tobarra, tiene forma de tambor. Hay una calle que se empalma con otra, sin solución de continuidad (la vuelta al pueblo) y qué es ello sinó el aro del tambor. El tambor, símbolo. Y en él, todo el nombre de Tobarra. 81


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PRÓLOGO DE GUILLERMO A. PATERNA ALFARO No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo bien. Oscar Wilde. Este cuaderno o esta libretica que está dentro del Cuaderno Semanasantero forma parte del Tomo correspondiente (Procesión, Tambor, Hermandades, Recursos, Preceptos, Comunicación, Arte, Literatura, Anales...) extendido en varios Volúmenes, los mismos que recogen la Pasión Tobarreña al completo y que son sólo un capítulo dentro de la Magna Enciclopedia de Semana Santa que entre todos estamos naciendo. Hora es ya de que nos pongamos a escribirla –lo mucho que falta-, a recopilarla, sistematizarla e inventar todo lo que reste. Lo que más nos gusta, además de agarrar y tocar el tambor, es descubrir la Historia de nuestra Semana Santa, aunque hasta ahora hayamos ido conformándonos con espiar pequeñas historias para satisfacer nuestras ansias de encendidos fisgones: observad cómo se devora un artículo en la Revista que hable del pasado y aporte cualquier dato nuevo, descubra algún asunto olvidado, desvele algo oculto... Y las fotos, las más comentadas y sorprendentes son siempre las más antiguas. Nos apasiona saber cosas de antes, ir encajando las piezas del rompecabezas que es el ayer de la Semana Santa. Nos gusta lo que huele a histórico más que la realidad de hoy. Buena parte de nuestra Semana Santa es el pasado de la Semana Santa. Pasado que sigue estando presente y al que constantemente recurrimos. (Esto se está haciendo así “de toda la vida”). Más de una vez hemos visto cómo el peso de la tradición ha dado al traste con nuevas ideas o proyectos de innovaciones. Es el aplastante poder de la Historia. Nuestra infinita capacidad de asombro se pone a prueba cada vez que en un cajón aparece la cabeza de la Virgen o un asustado chiquillo devuelva la mano de la Verónica, 60 años después. Contemplamos con orgullo y vanidad los tronos de la Agonía y “El Moniquí”, pero nos emociona saber que una mano de Jesús del Prendimiento es la que talló Roque López, como nos conmueve ver a Diego “El Ronco” vestir la capa de Socio que se hizo “Longino” el Viejo, o que Conchi toque el tambor con unos palillos que cinceló su abuelo Manolico “El Aperáor” a golpe de azuela y escofina, reformados después por su padre –el buenazo de Juan– ya en el torno automático. Cuando se publica una foto de la cuadrilla de Manolo “El Zoril” y Ramón Merino –paradigmas del pasado tamborilero– se eclipsan los brillos del cuché offsetiano enriquecido por millones de pixels. 3


Cuando la túnica y los tambores de Andrés “Capazuros” salen a la calle Mayor, sólo engendros como la mítica “Tira” (que ya tiene más de 30 años) pueden igualar la emoción con que vibramos al evocar el recuerdo de tan grandes protagonistas de nuestra Historia. Decididamente, la Historia de Tobarra de los últimos cinco siglos se llama Semana Santa. Pero, ¡cuidado!... Recuerdos, emociones, nostalgias... Eso es lo que con mayor voracidad engulle el olvido. El Lunes de Mona cada Semana Santa es historia y el calendario –a pesar de los ruegos de Joaquín Sabina– siempre viene con prisas. Un cuaderno y un apunte. Una libretica y un glosario de nombres y de números. ¡Alerta contra la omisión y el silencio! ¡Aviso al repertorio, al nomenclátor, al registro y al archivo! Memoria, la justa; tradición, la suficiente; apunte, el necesario; estudio, todo. Si del espíritu del lector depende la suerte de los libros, de la esencia tobarreña seguirá manando el espíritu semanasantero.

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ES EL MOMENTO DE HACER UN ALTO Después de los “Cuadernos de Agarrárores” y de los “Cuadernos de Tamborileros”, creo que ha llegado el momento de hacer un alto, sobre todo si tengo en cuenta que –según calculo- me encuentro aún a la mitad del/de los libros. Incluso es la ocasión de plantearme el orden de los cuadernos. Bien están como hasta aquí. El que hayan ido por delante los Cuadernos de Agarráores, se debe a dos cosas: 1ª.- A mi puro capricho personal. Cuando escribo esto ya tengo 58, 59, 60, 61, 62 años, por lo que se me acerca un lógico final de cuatro décadas y media bajo los palos. Por tanto, es una concesión que me hago, como casi exagarráor. (Por lo menos, de El Paso Gordo. En un anda más liviana, aún aguantaré unos años más). 2ª.- Porque (vuelvo a repetirlo) en Tobarra somos unos buenísimos agarráores y nunca le hemos dado importancia hasta que, a principios de los 80, me decidí a hacernos justicia. Por lo menos, literaria. Empecé por La Bajada, ¿qué menos? Después de los “Cuadernos de Agarráores”, he colocado “Cuadernos de Tamborileros”… ¿Cómo, no? El tambor es la Semana Santa y había que ponerlo en su sitio. Ha habido una voz en mi subconsciente que, como la de esos banderilleros malos y lameculos que no saben qué decirle a su matador cuando está haciendo la faena de muleta, sacan la cabeza por la tronera del burladero y le cantan: - “¡Dále importanciaaaaaaaa…!”. Claro que es más fácil darle importancia al tambor tobarreño que a una tanda de naturales. Y esa voz tobarreña, cuando cada sábado me he puesto a enjaretar lo tamborilero, me ha espetado estas palabras en la pared: -

“¡Chácho, dále importancia al tambor!”.

Es lo que he hecho. Después vendrán “Procesioneros”, “Espectadores”, “Borias”, “Corazones”… Me queda mucha Semana Santa por escribir. Me sobra agua pá fregar tartanas. En ello estamos. 5


LA SEMANA SANTA COMO UNA REFLEXIÓN Jesús García Martínez, mi adorado y leal Jesusico, en la presentación de la Revista de 1979 dice que la Semana Santa es “tema inagotable, musa perpétua, inspiración constante”. ¡Seguro que lo es! Y lo es, sobre todo; y es así, por lo menos, para los que nos la planteamos como una larga reflexión, como un objeto de meditación profunda y constante. Cada cogitación semanasantera es toda una esencial abstracción sobre la propia Tobarra. Cada cavilación semanasantera supone todo un acto de recogimiento íntimo hacia lo intráneo, pero social hacia lo contornal. Y así nos va de bien. La realidad es que algunos le hemos cogido el tranquillo al tema y nos encontramos en él como pez en el agua. ¿Algunos? Bueno, muchos. Todos los que no nos limitamos a esperar que llegue el Miércoles de Inicios. Es decir, los que meditamos positivamente todo el año sobre la Semana Santa. Y meditar es pensar, sí, pero también lo es armar un tambor. (Aprovecho. El 20 de septiembre de 2001 he traido y he enseñado Tobarra (en plan “puro turismo”) a las dos docenas de hombres de mi equipo profesional: Un representante de cada Región o Comunidad, desde un gallego hasta una canaria, pasando por catalanes, andaluces, etc. Les ha llamado la atención una expresión. Y lo han preguntado: “¿Qué es armar un tambor?”. Una vez que lo han sabido, han vuelto a preguntar: “¿Y cómo están los tambores el resto del año?”. ¡Se han sorprendido!). Reflexión, reflexión, la Semana Santa como una reflexión. Más: La Semana Santa como objeto de reflexión. No es lo mismo. Parece lo mismo, pero no lo es. Me atrevo. Esta reflexión semanasantera ¿es como una oración pagana? Estoy seguro de que sí. Yo me estoy sumergiendo en una Oración Semanasantera –por ejemplo- en este 29 de septiembre en que escribo. Puesto que reflexiono, estoy haciendo oración. Esta es mi oración laica. Este es mi modo de ser semanasantero en este último sábado del septiembre de 2001. ¿Soy menos semanasantero –hic 6


et nunc- que el próximo Miércoles de Bordones, cuando me calce mi tambor? ¡Seguro que no! Reflexionar es ser. Reflexionar es sentir. ¡Así es nuestra Semana Santa reflexionada!

NUESTRA SEMANA SANTA NO TIENE HISTORIA Dedicado a Francisco Fuster Ruiz y a Aurelio Pretel Marín, maestros. “Me atrevería a decir que no tenemos historia”. 1979. Revista de Semana Santa. Me cito aquí.

No recordaba haber escrito esto, puesto que, de haber sido así, lo hubiese destacado en el “Ad Introitum”. Pero ha habido en mí una especie de chispazo memorístico, cuando he leído – septiembre 2001- el prólogo de Francisco Fuster Ruiz al libro de Cano Valero, Losa Serrano, Pretel Marín, Requena Gallego y Sanz Gamo. “Historia de la Provincia de Albacete”. Azacanes, 1999. ¡Cuánta coincidencia, Señor de la Caída! Fuster intenta, durante buena parte del Prólogo, demostrar que, “ahora, sí”, “Albacete sí tiene Historia”. Pero antes ha tenido que soportar un paseo entre eruditos que –con sobrada razóndijeron lo contrario, a caballo entre los siglos XIX y XX. Y así, cita Fuster a: -

Rodrigo Amador de los Ríos: “La ciudad de Albacete no tiene historia”. (Dicho a finales del siglo XIX).

-

Emilio Menéndez Pallarés (8 de febrero de 1908, en el Ateneo): “Albacete no conserva nada de ciudad histórica”.

-

Miguel de Unamuno (1932): “He observado que el orgullo de Albacete parece ser el de no tener Historia”.

(Naturalmente, cuanto Fuster dice se refiere no sólo a la ciudad de Albacete, sino también a su provincia). ¿Y qué decir yo ahora, Señor de la Sangre, más allá de lo que dije en la Revista de 1979? Pues lo mismo que dice Fuster de Albacete: Que ahora si tenemos historia. Y, sobre todo y especialmente, que la Semana Santa de Tobarra empieza a tener su historia. Remedando a Fuster y referido a la Semana de Esencias, “sin ayuda de nadie, estamos transformando vertiginosamente la Semana Santa”; “la Semana Santa está engendrada a golpes de voluntad de los tobarreños”. Etc. , etc., etc. ¡Cuánta doble verdad! ¡Qué hermosos paralelismos! ¡Cómo haber tenido la misma intuición, puesto que, para mí, en 1979, la Historia de Albacete era absolutamente desconocida! Bueno, 7


la de Albacete y la de Tobarra, pues en ese mismo escrito de la Revista de 1979 me sorprendo “de que alguien haya dado en Tobarra una conferencia sobre la Historia de Tobarra”. (Había sido el mismo Fuster, según supe después). = “Este libro no tendría que haberse escrito”.

Lo sigue diciendo Fuster (¡Gracias, maestro!) referido al libro que prologa. Y lo digo yo, refiriéndome a estos Cuadernos Semanasanteros. No tendrían que haberse escrito… ahora… si se hubiesen escrito muchos años antes. Pero tampoco debemos tomar el hecho, sino como lo que es. Me resulta difícil opinar sobre esos “años de dejadez y de pereza” referidos a la capital. Pero realmente, me resulta duro aceptar que no hayamos hecho ni caso historiográfico a nuestra Semana Santa. He escrito en estos Cuadernos la queja del cura en Juventud (1924) y la constatación de Eleazar Huerta, referida a Pérez Pastor. Vuelvo a decir: ¿Se había escrito y se perdió en alguna guerra o incendio? ¿Se había escrito y anda perdido en algún archivo? El hecho es que sí, que yo tomo conciencia histórica semanasantera en la Revista de 1979 y hago un toque a rebato para que intentásemos escribir la Gran Enciclopedia –o algo así- de la Semana Santa de Tobarra. A partir de ahí, yo me lo tomé muy en serio. Donde no me tomaron nada en serio fue en Albacete. Pasé a ser “el loco de los tambores de Tobarra”. ¡Pós güeno! Digamos con orgullo que, poco después, se abrió una rendijica – basada en mi teoría expuesta en la Revista 1981 sobre Híjar/Tobarra, 1266- para iniciar los estudios medieval, semanasantero y tobarreño. ¡Menos mal! Hoy, sí. Hoy “hemos dejado de creer que no somos nada cuando somos todo”. (Azorín, referido a Albacete). Hoy “nos sentimos padres de una Semana Santa que nosotros mismos estamos construyendo” (Una vez más, remedando a Fuster Ruiz). Construir, construir, construir… ¡Eso hacemos! Por más que a algunos les duela –que les duele- parece que yo esté cometiendo constantemente el pecado de sacar a Tobarra de la ignorancia y el olvido. Parece que sea deleznable el que yo haya investigado el origen del tambor tobarreño, Mektub, La Virgen de los Dolores en Tobarra, el nombre de Tobarra, los habitantes de Tobarra, etc., etc., etc. Y aún cabrían muchos más et cétera. Por ejemplo: El haber escrito tres Pregones (1980, 1989 y 1991), el haber tenido la iniciativa en la Declaración de Fiestas de Interés Turístico, el haber creado el Museo del Tambor, el haber llevado los tambores de Tobarra a Barcelona, a Híjar, a Lisboa, a Manises, a Calasparra… dicen ser actos de chulería. Pero ¡bueno! ¿Por qué? Está claro: No es porque la investigación, las conclusiones, el saberlo, el hacerlo, no sean útiles o no gusten. ¡Es porque llevan mi firma! = ¿Que qué me habré créido? = ¡Ya está el listo de siempre!

Bueno, pues sí. Hago lo que es bueno para la Tobarra del futuro. Por tanto, sí.

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Definitivamente, sí. Nuestra Semana Santa sí tiene Historia. Y empieza a tener historiografía. Nos hemos empeñado vehementemente en ello en el último cuarto del siglo XX. Y a fe que lo estamos consiguiendo.

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NUNCA FUI UN ARBITRISTA “Le debemos a la Historia de Tobarra una obra escrita en la que recojamos todo lo que ha sido y es nuestra Semana Santa”. 1979. Revista de Semana Santa. Me cito aquí. Nunca “he inventado planes ni proyectos disparatados”. Ni en lo profesional (ahí está mi curriculum) ni en lo tobarreño (ahí están mis escritos y mis obras). Jamás he pretendido la gollería de lo imposible. Ni se me ha ocurrido –me permito unas licencias del catalán- somniar truites y mucho menos, fer volar coloms( ). (Es propio de arbitristas e ilusos). Todo cuanto me he propuesto hacer, ha sido asequible. De ahí que haya temas semanasanteros –La Bendición- o tobarreños – La Guerra Civil en Tobarra- en los que no he querido ni entrar. Es que no me atrevo. Por lo difícil o por lo imposible. Por lo delicado o por lo picajoso. Sobre la Bendición no se me ocurre ni como entrar. Sobre la Guerra, estoy seguro de no saber ni poder salir. Demasiado riesgo. El resto, sí. La Semana Santa, su Crónica más rabiosa, está ahí, al alcance de la observación desde que La Burrica sale de la Iglesia hasta que cerramos con la llave de la Omega el último palillazo. ¡Lástima no haber sido antropólogo, psicólogo o sociólogo! Como también lamento no ser Licenciado en Historia.  Porque con esa o esas bases universitarias habría sido capaz de captar muchos más matices. Pero, en fin, quejarse de esto entra en el terreno de lo inútil y es fecunda suerte sólo el haber sido semanasantero. ¡Para qué más! Y, qué caramba, el ser abogado ha facilitado muchas tareas y logros semanasanteros… que no han trascendido como míos. Porque esa es otra: He tenido que hacer muchos trabajos, instancias, escritos, etc. sin que se supiese que habían salido de mí… ¡para que no se los cargasen! No me quejo. Con ello, así, hay muchos testigos de mi apasionado y parigual trabajo desde la sombra, “sin sacar el buche”, sólo pensando en Tobarra. Arbitrista, nunca. Utópico, menos. Posibilista, siempre. Agarrándose a un clavo ardiendo dialéctico, se es capaz de enjaretar una cuartilla semanasantera. Y es que en la Semana Santa todo es “escribible”, narrable, cualquier detalle merece ser contado con enjundia. Esta es una de sus grandezas. ¡Si, encima, hubiera sido arbitrista…!

()

N. del A. : En castellano, “soñar tortillas”, “hacer volar palomas”. N.del A.: En 2004 sí puedo presumir de haber estudiado los dos Cursos Comunes (1º y 2º) de esa Licenciatura. Ahora, me paso a Filosofía. Después... 

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LAS LETRAS Y LA VIDA Perderme en estas heurísticas semanasanteras (completas, eso sí, y de manera imprescindible) es librarme de “la venganza de la provincia honda que no perdona al que se ha salvado del tedio y de la larga murmuración del agua”. (Umbral, Los alucinados). Así se lo digo a Tobarra. ¿Por qué y para qué callarme más tiempo? Yo no estoy en ese día a día de que “mi tambor es mejor que el tuyo” o “mi hermandad quiere mandar más”. Porque, en el fondo del momento ex-tempore, es lo que suele pasar en Tobarra. Hay quien me ha echado en cara que “todo lo que hago por Tobarra, debería hacerlo en Tobarra”. ¿Cómo, Señor de la Caña, cómo? Hago lo que hago, porque estoy fuera de Tobarra. ¡En Tobarra no tendría nostalgias! Es la vida, la lejanía, las que me llenan de letras los instantes. Y los reflejo por escrito. También sigo a Umbral cuando digo que la Semana Santa me ha semanasanterizado y cada vez más. Tanto, que me duele la nimiedad de una sola vida, de un solo cuerpo, de un solo hombro. En el Jueves Universal me gustaría ser quince o veinte yoes para poder estar y sentirme en los palos de todas las andas, en el tambor y en la silla de anea o en el escalón de mi casa de la Calle Mayor, espectadoreando hermandades y tamborileros. Y luego contármelo, claro, pero contármelo para mi caletre, que cada vez tengo más claro lo que gusta y lo que no gusta a Tobarra y en Tobarra y empiezo a aceptar que incluso de las Revistas gusten más las fotos que las letras, por lo que el ser más trascendido de la Semana Santa es y será Guillermo Paterna, poeta de la fotografía, músico de la imagen, escultor del instante. ¡Que la Santa Cruz de la Toalla lo guarde muchos años y le conserve sus aficiones y su voluntad! Prevalece el redoble sobre el adjetivo, la horquilla ante el sustantivo. Cualquier breve Procesión valdrá siempre más que éste voluminoso libro. Incluso para mí, que soy tobarreño puro. O tal vez por serlo. Todo yo soy Semana Santa, que me rebosa, y es por eso por lo que quiero ser toda la Semana Santa posible. Aunque sea en forma de libro.

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LA ACELERACIÓN DE LA SEMANA SANTA El siglo XX se ha caracterizado por una decidida aceleración de la Historia. La técnica, los inventos, las guerras, la ciencia… Todo ello ha conducido a que la humanidad, el nivel de vida (eso que ahora se llama calidad de vida), la gente, la sociedad, hayan evolucionado en un siglo por el valor de diez. Estamos en la Edad Universal, en la Era de la Globalidad. Todo es uno y lo mismo. Lo individual, lo particular, cuenta menos. Apenas algunas situaciones, actividades, instituciones, son capaces de escapar de ese pez, universal y devorador. Ahí estamos nosotros, semanasanteros particulares. Con nuestra Semana Santa, y referida muy concretamente al último cuarto de siglo XX (1975-2000), ha pasado algo parecido. La Semana Santa de Tobarra se ha acelerado, sí. Ha conseguido alcanzar una velocidad en las mejoras, innovaciones y planteamientos que (y ese es el mérito) sin hacer revolución alguna, ni el más optimista y brillante de los semanasanteros nacidos entre 1920 y 1950, podíamos haber imaginado en nuestras infancia y juventud. Es más, para nosotros, la Semana Santa iba a ser siempre “así”, tal y como lo era en 1955 o en 1960, por poner algún año. Bien es verdad que esa velocidad la hemos impulsado nosotros mismos y ha sido casi como sin querer y, por supuesto, sin darnos cuenta. Todo ello, en un principio. Después, sí. Cuando tomamos consciencia de que, tal y como escribí, “Tobarra es lo que es su Semana Santa”, entonces, sí. Todo empieza a ser volitivo. Después no ha cabido ya ni la más pequeña mácula de casualidad. A partir de, más o menos, 1980, ya nada es albur en esos avances/acelerones de la Semana Santa. Y pongo esa fecha por poner alguna o por poner el año en que empiezan los Pregones. Aunque tanta o más carga histórica que los Pregones la tiene el nacimiento de la Asociación de Cofradías. Hay un antes y un después de su nacimiento. Yo diría que, más o menos, hasta el inicio de la década de los 80, hubo una especie de acumulación de ese patrimonio tradicional intangible que supone nuestra Semana Santa. Se consolidó, se sedimentó y se intentó proyectar y acelerar. Inconscientemente, al principio. Conscientemente, después. Cuando Antonio el Batanero estaba haciendo La Tira; cuando yo viajé a Híjar por primera vez; cuando se proyectó definitivamente la Asociación de Cofradías; cuando las Revistas y las Crónicas de Guillermo Paterna toman carta de naturaleza; cuando creé el Museo del Tambor… Nada fue por acaso, pero ninguno pensábamos que estábamos acelerando la Semana Santa. Nadie pensó en la Historia ni en la trascendencia. 12


Pero las estábamos consolidando. Y escribiéndolas, para siempre. En Economía, se habla del “factor multiplicador”, explicado por John Meynard Keynes. En el Semanasanterismo tobarreño de los últimos años, sirve la misma teoría: Un principio, una decisión, una actividad, una idea, empujan a otros y proyectan su calidad en progresión geométrica. Nunca me ha preocupado especialmente el futuro… lejano. He demostrado ser el más empecinado cantor del ayer tobarreño, pero como lo veo aceptablemente bien salvaguardado, por primera vez en mi vida empieza a corroerme una curiosidad utópica: ¿Cómo será nuestra Semana Santa dentro de 100 años? Voy a cometer el mismo error de tantos falsos profetas. Y así, digo que, salvo una inimaginable revolución, el cénit, el súmmum, el non plus ultra de la Semana Santa lo estamos viviendo ahora. Otra cosa sería que –nos lo merecemos, y por ello, ¡soñemos!- llevásemos los tambores a Tokio. (Hace más de diez años, después de ir con los tambores a Lisboa, me comprometí a llevarlos a Argentina. Nadie se hizo eco). O que Nuestro Padre Jesús diese la Bendición en el Everest o en el Machu Pichu. O que un chozno de nuestro Príncipe Felipe –Rey de España, por supuesto- aceptase ser pregonero el Sábado de Pasión o pidiera Bajar el Paso Gordo. ¡Gloria si así fuese! ¡Esas cosas sí que serían revolución! En los últimos ocho o diez años, la Semana Santa tobarreña –una institución totalmente hija de su tiempo y de la sociedad en que se desenvuelve- está viviéndose como una competición, como un campeonato, como un “echarle la pata a…”, “mojarle la oreja a…”. Es un camino peligroso: Las andas no deben ser cada vez más grandes; las Revistas tampoco pueden ser cada vez más gordas y rimbombantes; veremos donde se encuentran (sin repetir) pregoneros locales adecuados dentro de 15 ó 20 años. Etc. Cada cuatro años, la Asociación de Cofradías parece plantearse como misión imposible el mejorar la obra de la anterior. No sé si será ese el camino. No quiero caer en el conservadurismo ni en la cerrazón. Partiendo de atrás, siempre he propugnado un mirar hacia delante. Pero me preocupan los desafíos desatinados. Consolidemos, consolidemos… Esa Procesión del Jueves es muy mejorable; esa falta preocupante de tambores en El Calvario (en La Bendición y sobre todo en El Entierro, al que ya no sube nadie con tambor); ese estúpido estancamiento del Museo del Tambor, que se ha “secado” por falta de interés y, sobre todo, de inteligencia… 13

Cuadernos Semanasanteros- José María Hurtado Ríos  

Tobarra (Albacete).

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