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VIVIR EL PAISAJE

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a geografía más próxima, los espacios que nos rodean, los paisajes que hemos transitado, no pueden separarse de nosotros. De hecho aparecen ligados con circunstancias y momentos de nuestra vida.


En un poema en que el objetivo es hablar de un dolor relacionado con el amor, con la pasión, que se añora, Antonio Machado sitúa al personaje del poema en medio del paisaje: “Yo voy soñando caminos de la tarde. ¡Las colinas doradas, los verdes pinos, las polvorientas encinas!” La geografía más próxima, los espacios que nos rodean, los paisajes que hemos transitado, no pueden separarse de nosotros. De hecho aparecen ligados como sucede en el poema citado con circunstancias y momentos de nuestra vida.

Los espacios en los cuales se despliega nuestra vida se ven modificados por nuestra acción, al mismo tiempo que son interiorizados y cargados de sentidos. Existe una estrecha simbiosis, una estrecha relación entre el paisaje y quienes en él conviven. Desde el punto de vista antropológico, pueden existir diferentes modos de enfrentarse o vivir el paisaje: por una parte está el espacio percibido, por otra el espacio vivido y por último el espacio imaginado. Nosotros en esta breve reflexión –o propuesta- queremos referirnos al espacio geográfico-natural próximo que nos rodea y sugerir diferentes modos de contacto. Diferentes modos de experimentar el paisaje. Podemos aunar los puntos de vista expuestos anteriormente: percibir, vivir, imaginar. Puestos en un lugar, pongamos por ejemplo, un cerro en el que junto a unas grandes rocas se descubren los restos de una casilla, en una tarde soleada del final del invierno, se puede disfrutar del color de los cielos y las formas de las nubes, de todos los tonos de verde que alcanza nuestra vista, del contacto de nuestros dedos con las minúsculas hojas del almoraújo y de las delicadas fragancias que desprenden. Hemos vivido la subida que acelera el pulso y la respiración, el roce con el frescor puro del viento y su rumor en los oídos, el descubrimiento de las incipientes y decididas lanzas verdes del espárrago. Contemplando los humildes muros derruidos de yeso y piedra, podemos imaginar cómo vivirían allí sus cándidos y sencillos habitantes, en una dura noche de invierno, rodeados de lluvia, un parto adelantado o una repentina e insoportable dolencia.


El término municipal es un pequeño cosmos para explorar: orografía, flora, fauna. Podemos distinguir tres grandes centros de interés en el espacio que ocupa nuestro término: la campiña, con sus zonas cultivadas de olivar y de calma, el río y la sierra. En torno a estos tres puntos de interés, que en muchos lugares se funden, se pueden plantear itinerarios llamativos y curiosos para disfrutar.

Los caminos indican hacia dónde va la gente, de dónde viene. Transitando por ellos como observadores, como relajados e improvisados exploradores podemos descubrir cuáles son en ese itinerario los lugares que presentan cierto atractivo. Un puente, una casilla, la pasá de un río o un arroyo, una vereda, un pozo o una fuente, esconden o ilustran los modos de vida de la gente que los transitaba. Los caminos conducen a pagos, a casillas y cortijos, lugares donde trabaja, habita y vive la gente. Los caminos son también historia. Hay rutas para la briega en el campo; para el movimiento del ganado; para recoger lo que da La Sierra: el espárrago y las tagarninas, el tomillo y el hinojo para el aderezo de la aceituna; para la caza y la pesca; hay rutas para el agua y para contemplar las estaciones o el recorrido del sol. Hay lugares para la curiosidad y el conocimiento y también para el recogimiento y la experiencia de la soledad. Están, alguna ya extinta y otras modificadas, la cultura del esparto, del olivo, de la trilla y la siega, del cisco y el carbón, del barro, de la caza, del pastoreo y los rebaños. Hay unos espacios donde se funden los modos de vida, de seres humanos, animales y plantas. Y hay otros en que claramente predomina alguno de ellos. Para sus habitantes estos espacios y lugares adquieren memoria y sentido. Así, con el vivir, el paisaje se convierte en una cosa generadora de significados. Los restos del Castillo evocan a cada cual pensamientos sobre quiénes y cómo vivieron en ese lugar. Un olivar los modos de vida y trabajo: tareas, herramientas y enseres. El río, en ciertos lugares, el baño, la extracción de la arena, los modos de atravesarlo para pasar a la otra orilla.


Habrá personas que tengan la percepción y la experiencia de lugares y paisajes particulares, porque en ellos vivieron. Cogieron la aceituna en El Madroñal, trabajaron en El Cortijillo, esparraguearon por algún lugar de la sierra, bregaron con ganado, hicieron cisco y carbón, huyeron de la barbarie de la represión o transitaron practicando el estraperlo, … los lugares están impregnados de los quehaceres de la gente y la gente lleva en su memoria la huella de lo en ellos vivido. En nuestro transitar para conocer esta geografía próxima, no es preciso para el caminante, para el paseante, enfrentarse al paisaje con una actitud intelectual, aunque ésta también sea interesante. El paisaje está para disfrutarlo y puede haber tantos modos de hacerlo como personas y actitudes. Se puede gozar de la multitud de formas, de colores y tonos desde una pequeña atalaya en La Sierra. De la quietud de un lugar concreto al amanecer. Del carácter especial de un espacio, de las umbrías y las solanas, de las vistas y los sonidos. En medio de un olivar, en un frondoso paraje del Corbones o del Arroyo de la Barca donde se funden las canciones del viento y del agua. Observar la lejanía desde la cima del cerro de Las Encarnaciones…

El paisaje, finalmente, puede invitar, si uno así lo desea, a la meditación y a la contemplación, al goce desde todos los ámbitos de la personalidad: conocimiento, sentimiento, sensaciones, observación de lo que hay o pasa fuera y dentro de nosotros. Pueden ilustrar esto


muy bien, volviendo de nuevo a la poesía, otras estrofas de Antonio Machado en el mismo poema: Y todo el campo un momento se queda, mudo y sombrío, meditando. Suena el viento en los álamos del río. La tarde más se oscurece; y el camino que serpea y débilmente blanquea se enturbia y desaparece.

O también éstas otras de Juan Ramón Jiménez: “Andando, andando. Que quiero oír cada grano de la arena que voy pisando. …que yo quiero llegar tardando (andando, andando) dar mi alma a cada grano de la tierra que voy rozando.”

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VIVIR EL PAISAJE MORISCO EN LA PUEBLA DE CAZALLA  

PAISAJE MORISCO RURAL

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