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Escuela, escritura y ciudadanía en la configuración de un sujeto político y social Blanca Yaneth González Pinzón Magíster en Desarrollo social y educativo Directora del programa de lectura y escritura de la Universidad Sergio Arboleda Directora del Grupo de investigación Graphos de la misma universidad Contacto: Correo: blaygon@gmail.com Dirección: K 4 No. 16 – 75 Apto 609, Bogotá, Colombia, Suramérica Resumen Las reflexiones planteadas en este artículo hacen parte de uno de los capítulos de la tesis de maestría La escritura como dispositivo para el ejercicio de la ciudadanía, en la que se exploraron las relaciones que establecen entre la escritura y el ejercicio de la ciudadanía docentes en formación, quienes se preparan para su licenciatura en lenguas. En este documento se revisa el papel que le corresponde a la escuela en la construcción de un sujeto político y social, capaz de hacer uso de sus destrezas de comunicación de manera eficaz para la defensa de sus derechos y participar en la transformación de las sociedades. “No es posible ser ciudadano pleno, ni participar de manera crítica y reflexiva en la transformación de las sociedades si se es excluido de la cultura escrita” Emilia Ferreiro

Paulo Freire (1997), uno de los pedagogos que mejor ha explicado la relación entre la escuela y la ciudadanía, define al ciudadano como el individuo que goza de los derechos civiles y políticos de un Estado y que, en consecuencia, ciudadanía tiene que ver con dicha condición, es decir, con el uso de los derechos, y el derecho a tener deberes de ciudadano. Sabemos que la noción de ciudadanía puede ser mucho más extensa y que se complejiza de acuerdo con la perspectiva con la que se mire, pero para nuestro interés y, sobre todo, para mirarla emparentada con los otros dos conceptos clave (escritura y escuela) es suficiente caracterizarla desde allí. A la escuela, por su parte, la entendemos como uno de los más importantes escenarios de socialización política del individuo, fundada sobre enunciados democratizadores de cobertura, equidad e inclusión, y que como tal supera sus propias fronteras para lanzar al individuo a un mundo externo en el que debe actuar de manera autónoma, con sentido crítico y visión progresista. De acuerdo con Ferreiro (1999) proponemos la escritura como un “objeto de conocimiento y de representación” y como un instrumento necesario para la supervivencia y la actuación en el mundo que está inscrito cada vez más en la cultura de los signos y dominado por la información; no la concebimos meramente como un objeto de enseñanza. Hechas, pues, estas aclaraciones necesarias, se puede empezar a hablar de la urgente interrelación entre ciudadanía, escuela y escritura.


Reconocemos que las personas asumen diversas maneras de ejercer su ciudadanía (marchas, protestas, uso del voto, participación en la utilización del espacio público, exigencias en torno a sus derechos, etc.). De acuerdo con la forma en la que hayan desarrollado su socialización política, la asociarán con lo jurídico, lo axiológico, lo comunitario, lo territorial, lo social, lo político, etc. Cualquiera que sea la noción o nociones que tengan de ella, dicha noción será la que les exija comportarse de determinada manera y acudir a ella cuando lo requieran. Sin embargo, y esta es una de las principales premisas de esta reflexión, en este escenario de apropiaciones, pocas veces se le da importancia a la escritura como dispositivo esencial del ejercicio ciudadano, a pesar de que el complejo mundo social requiere sujetos alfabetizados, críticos, argumentativos y reflexivos, que se pregunten por los sucesos de su realidad, del mundo de la vida y sean capaces de agenciar plenamente sus derechos sociales, civiles, personales, públicos, culturales y económicos. Esto, evidentemente, no lo reduce a mero agente pasivo, antes bien, lo implica en importantes contribuciones. Freire hace una definición muy hermosa de lo humano en ese sentido: El proceso de orientación de los seres humanos en el mundo no incluye la asociación de imágenes sensoriales, como sucede con los animales. Implica, por encima de todo, pensamiento-lenguaje, es decir, la posibilidad de conocer a través de la praxis, por medio de la cual el hombre transforma la realidad (1990: 63). Según R. Delgado (2001), son tres las dimensiones constitutivas del desarrollo humano: la cultural, la personal y la social. Esta última hace referencia a la institucionalidad, entendida como definición de normas y reglas formales sobre las cuales se establece la estructura básica de la sociedad, desde la que, además, se administran y ejercen los derechos fundamentales de las y los ciudadanos. Estas reglas las encontramos en numerosos marcos normativos: en la constitución política, en decretos, leyes, disposiciones, resoluciones, proyectos educativos institucionales, reglamentos, manuales de convivencia, códigos, decálogos, etc. Esto nos ayuda a comprender la complejidad de los códigos y símbolos en los que está inmerso el ser humano. En las otras dos dimensiones, la cultural y la personal, el hombre tiene incidencia y puede ser artífice de su desarrollo, mientras que la social lo supera, pues es la que le impone las normas con las que se debe regir. En esta dimensión predomina el código escrito y ello obliga a los ciudadanos a contar con las habilidades necesarias para comprenderlo e interpretarlo y, así mismo, para hacer uso de él cuando lo requiera para ponerse al nivel de las normas que lo cobijan. Por su parte A. Sen (1999) afirma que “las oportunidades sociales se constituyen en una de las libertades básicas dentro del enfoque del desarrollo como libertad. Son las oportunidades y capacidades para acceder a los servicios de educación y sanidad que ofrece una sociedad y que influyen en la libertad fundamental del individuo para vivir mejor”. Estos servicios son importantes, según Sen, para la vida privada, para llevar una vida sana y evitar la morbilidad y muerte prematura, también para participar más eficazmente en las actividades económicas y políticas. En este mismo sentido, menciona al analfabetismo como “un importante obstáculo para participar en las actividades económicas […]. Así mismo, la imposibilidad de leer la


prensa o de comunicarse por escrito con otros agentes que participan en actividades políticas, puede impedir la participación política”. (1999: 82). Basados en esto, no es difícil ver cómo en nuestras sociedades el ciudadano reflexivo, capaz de pensar por sí mismo, de manifestar sus desacuerdos, de argumentar sus puntos de vista frente a los fenómenos sociales de los cuales naturalmente hace parte, de solicitar el respeto de sus derechos y de participar, desde la proposición en el desarrollo de proyectos para su comunidad, está cada vez más imposibilitado para serlo. Generalmente, se espera que otros hagan el ejercicio. Por ejemplo, hay quienes acuden a un especialista en leyes para hacer un derecho de petición o un reclamo cualquiera ante una institución. Un derecho de tutela, que es un documento que podría redactar cualquier persona con algunos grados de claridad y precisión, no es un texto que generalmente elaboren los afectados. Hasta una carta, un saludo, una renuncia, etc. presentan mucha dificultad, incluso para quienes contaron con once grados de escolaridad. En este sentido, es preciso advertir con mucho acento que carecer de habilidades para interpretar el entorno y manifestar los desacuerdos e injusticias, por medio del lenguaje escrito, es otra forma de exclusión a la que están sometidos miles de ciudadanos. Se cree que con la alfabetización básica, es decir, contar con la posibilidad de hacer una lectura primaria del código escrito, es suficiente para interpretar la complejidad del mundo. Está claro que estar alfabetizado para seguir en el circuito escolar (Ferreiro, E., 2002), no garantiza el estar alfabetizado para la vida ciudadana. Se debe estar alfabetizado para la calle, el periódico, la literatura, el trabajo, la ciudadanía, la Internet, etc., es decir, para superar la incomprensión de los fenómenos que nos rodean. El término literacy equivalente a alfabetización, dice Ferreiro, “es un continuo que va de la infancia a la edad adulta y, dentro de la edad adulta, un continuo de desafíos cada vez que nos enfrentamos con un tipo de texto con el cual no hemos tenido experiencia previa” (2002, p. 67). En conclusión, la alfabetización no se limita al espacio escolar, no nos alfabetizamos para ser exitosos en el circuito escolar, sino para el mundo de la vida. En lo que a la ciudadanía compete, necesitaremos de sujetos alfabetizados para la democracia, y para que ello se realice efectivamente, se tiene que hacer explícito en los objetivos de enseñanza de las instituciones. La escuela debe tener claro para qué alfabetiza. “La democracia plena es imposible sin niveles de alfabetización por encima del mínimo del deletreo y de la firma”, reafirma la autora. ¿Y en toda esta demanda cómo se devela el papel de la escuela?, ¿qué tanto se involucra a la escritura como un proceso y no sólo como una herramienta útil en la evaluación? En palabras de F. Cajiao: Aprender a escribir es el acto más humano, más igualitario y más importante en la vida de una persona y, por tanto, enseñar a escribir es el acto más generoso, siempre y cuando haya conciencia clara de que la escritura convierte al esclavo en libre, al obediente en rebelde y al dependiente en autónomo. Enseñar a escribir es caminar en la sublevación del espíritu, que se logra cuando se piensa por cuenta propia y los pensamientos pueden ser guardados como memoria concreta (2005: 35).


Esta es una idea potente para orientar hacia dónde tendría que ir caminando la escuela en pro de la consecución de estos logros. Históricamente, la dinámica de la escuela ha descansado sobre una estructura formal de rutinas, horarios, organización de grados y contenidos, en los que predomina como pieza modular de su planteamiento la práctica de la enseñanza que, a su vez, vincula al maestro como poseedor activo del saber que allí se reproduce. Este formato escolar canónico ha perpetuado prácticas que establecen una barrera entre la escolaridad y la vida, haciéndolas parecer dos cosas contradictorias poco equiparables, sin nexos notables o expresos para los sujetos que allí interactúan. En palabras de J. Bruner: Por el mero hecho de ponerlo en la escuela, se lleva al aprendizaje fuera del contexto de la acción inmediata. Esta misma extirpación convierte al aprendizaje en un acto en sí mismo, liberado de los fines inmediatos de la acción, y prepara al alumno para el razonamiento en cadena, alejado de una recompensa que necesita para formular ideas complejas (1991: 114).

A este respecto A. Viñao (2002) afirma: Las prácticas y usos escolares de lo escrito difieren sustancialmente de las prácticas y usos sociales no escolares, ya sean llevadas a cabo en el ámbito familiar o en otros contextos. Dado que las condiciones sociales y culturales de adquisición y uso de lo escrito determinan los significados y representaciones que de la escritura se hacen quienes con ella se relacionan, una incursión fuera del ámbito escolar ayudaría a clarificar los usos de lo escrito y las relaciones articuladas en torno a dichas prácticas y usos escolares (2002: 4).

Con esto se advierte el peligro del solipsismo en que puede caer la escuela si limita los procesos de enseñanza aprendizaje a la autofagia y se olvida de que el sujeto será devuelto después a un mundo social que lo requiere en condiciones para comprender el complejo entramado de relaciones que, a su vez, desde lo político, lo social y lo cultural, le exigirán acciones acordes con dicha complejidad. Volvamos al tema de lo comunicativo en la ciudadanía. Fernando Bárcena, por su parte, ubica la dimensión comunicativa de la ciudadanía así: […] el ejercicio de la ciudadanía es pura exterioridad, más que interioridad. Y en cuanto tal es una forma de comunicación, un modo de lenguaje. En la ciudadanía se comunica algo, y nos comunicamos. El ámbito de lo común —la esfera pública—, ese ámbito de las “apariencias”, y de lo externo es lo que prioritariamente define la ciudadanía. Y en él hay comunicación en la misma medida que hay acción y discurso (1997: 171).

Y Freire (1990: 70) lo refuerza proponiendo que: “En la medida en que el lenguaje es imposible sin pensamiento, y ambos son imposibles sin la realidad a la que se refieren, la palabra humana es más que simple vocabulario: es palabra y acción”. En el capítulo V Acción de La condición humana, Hannah Arendt (1993: 199-276) establece la relación entre la acción y el discurso y los presenta como condiciones para hablar de igualdad y distinción entre los seres humanos: “El discurso y la acción revelan esta única cualidad de ser distinto. Mediante ellos, los hombres se


diferencian en vez de ser meramente distintos; son los modos en que los seres humanos se presentan unos a otros, no como objetos físicos, sino qua hombres” (1993: 200). “Ninguna otra realización humana requiere del discurso en la misma medida que la acción” (1993: 204). En el actuar sin discurso, el hombre sencillamente se invisibiliza, tal vez imita o “representa”, pero no demuestra experiencia real. El ejercicio de escritura para sí mismo es aislamiento, o la falta de él, y estar aislado es lo mismo que carecer de capacidad de actuar. La escuela ha permanecido arraigada a su paradigma inicial que se resiste imperiosamente al cambio, donde los saberes predominantes y hegemónicos continúan siendo motivación para que la fragmentación social se conserve y se profundice. El discurso del saber hacer desde el cual se movilizaron las innovaciones y transformaciones de la educación en nuestro contexto, reproduce el antiguo paradigma situado en la racionalidad instrumental que jerarquiza el saber, los contenidos y los medios con la pretensión de alcanzar una finalidad, olvidando la esencia pedagógica de la escuela en su reflexión sistemática de los procesos de construcción de sentidos, que se posibilitan gracias a las interacciones libres de los sujetos. En otras palabras: El gran logro del aparato educativo es producir un ciudadano estándar: debe saber más o menos las mismas cosas que saben todos, aprenderlas en el mismo momento (o grado escolar), más o menos de la misma manera (método pedagógico y textos) y sus logros deben ser validados mediante evaluaciones comparativas que pretenden nivelar personas, instituciones y culturas que se certifican con títulos que equivalen a un sello de calidad homogenizada: bachiller, técnico, licenciado, doctor (Cajiao, F., 2005: 101).

Se puede decir que el carácter reflexivo de la educación se cambió por el carácter técnico y desde entonces ha sido más importante que el sujeto aprenda nociones como cumplimiento y obediencia que autodeterminación o libertad; el mejoramiento personal se asoció con el ascenso en la escala social, a través del trabajo, y no con la formación integral. En este sentido es importante pensar en currículos integrales alejados del afán por la inserción de un sujeto en el plano productivo, pues la educación pasa a tener asignada la misión de reproducir un consenso en materia de valores y normas. Se convierte en el proceso esencial que nos permite identificarnos “emocionalmente” con un conjunto de valores, actitudes, patrones de conducta y normas, y a partir de la cual accedemos al conocimiento de lo que es “humanamente” valioso y digno (Arendt, citada en Bárcena, 1997: 49). John Dewey (1997: 107), por su parte, a este respecto afirma: “Un criterio democrático requiere de nosotros desarrollar las capacidades para escoger y seguir nuestra propia carrera. Se viola este principio cuando se intenta adaptar de antemano a los individuos a determinadas profesiones industriales seleccionadas…”. Argumento decisivo para cuestionar el carácter impositivo de las reformas fundadas sobre el eficientismo, con el que se peca doblemente si se siguen y no se comprenden.


Sin duda, la escuela se ha preocupado porque el sujeto interiorice nociones, fundamentos y principios asociados a su identificación con la pertenencia a un territorio (identidad nacional, sentido de patria, soberanía, democracia, justicia, deber, libertad, etc.), pero a partir de un ejercicio de reflejo y no de un ejercicio crítico. Esto lleva al punto de considerar apátrida a aquel que cuestione la forma como conducen su vida política y de considerar patriota, de manera liviana, a aquel que manifiesta dicho sentido a través de objetos simbólicos. En este aspecto cabe hacer paréntesis para precisar y evitar los equívocos en los que generalmente se cae cuando de identidad y de ciudadanía se habla: Debemos estar atentos a no confundir la identidad de un individuo con su ciudadanía, su ser (privado) con su acción (pública), la fuente de su ser con el despliegue de sus razones, su pertenencia comunitaria con su actividad política, su cultura con el civismo, ni el ser-en-común de las comunidades culturales con el actuar-juntos de una comunidad política, el sentimiento nacional con la responsabilidad política, en síntesis, el principio de filiación que funda una identidad común en la partición de valores culturales con el principio de acción que despliega una ciudadanía compartida en la identidad de un combate político llevado en nombre de principios (Tassin, E., 2001: 15).

Razón apremiante para que los sujetos inmersos en el contexto escolar subviertan sus prácticas a acciones basadas en procesos comunicativos donde los consensos, los disensos y las interacciones asertivas, razonadas y críticas se formen en la cotidianidad de las aulas. Las prácticas deben ser semilleros de ciudadanos con capacidades deliberativas de juicio político, ética social y uso activo de los múltiples lenguajes, como medio liberador y legítimo para sentirse y ser ciudadano proactivo de la sociedad actual. De aquí surge la necesidad de que los mecanismos y estrategias que se utilicen para potenciar una adecuada socialización política, se expliciten en los objetivos de enseñanza y de aprendizaje de todas las asignaturas de los diferentes niveles escolares. Y algo fundamental: “Una reforma de la educación ciudadana, incluye una reforma de los educadores también; ésta es una tarea política cuyo propósito es hacer de los educadores ciudadanos mejor informados y agentes más efectivos para la transformación de la sociedad global” (Giroux, H., 1992: 247). Si la escuela quiere devolverle a la sociedad a un sujeto transformado, en las mediaciones se deben involucrar acciones, didácticas y metodologías claras y explícitas que desarrollen la racionalidad, el pensamiento crítico, el respeto a la diferencia, la inclinación por el diálogo para solucionar conflictos, y el respeto por los derechos humanos. Todas estas acciones propias mediadas por la ética y el respeto por el otro; y también, sin que sea menos importante, se deben posibilitar las formas de comunicación de un sujeto que participa y está activo, que es tomado en cuenta y que tiene los argumentos para exigir lo que le corresponde en la vida social; un sujeto que reconoce el papel que desempeña en la cultura, que reconoce la historia y piensa en cómo transformarla. Nada más nocivo para una sociedad que sujetos indiferentes, incapaces de acción, resignados a las decisiones de otros, acríticos y apolíticos. Sin embargo, vemos cómo muchas veces el sujeto adquiere esa conciencia fuera de la escuela, gracias a las formas en que interactúa con otros en su entorno, y es más bien dentro de la


escuela donde se le acalla para que no interfiera en la armonía de los espacios que han sido neutralizados para, en apariencia, “garantizar la armonía y la convivencia”. A este respecto Bruner (1991:113) hace un aporte fundamental al imponerle a cada materia del currículo su rol como fundamento para una adecuada socialización del sujeto y un pleno desarrollo cultural: “…las asignaturas escolares que son técnicas, y las matemáticas, no tienen por qué carecer necesariamente de una estructura intelectual adecuada ni de sentido cultural”. De aquí se desprende, además, una demanda que ha tenido poco eco en las reformas educativas: que todos los docentes estén comprometidos con la lectura y la escritura, es decir, que se desarrollen estos procesos como saberes transdisciplinarios, lo que necesariamente implica la vinculación de todas las asignaturas en ello. La propuesta es el regreso a la convergencia entre educación, política y ciudadanía; se espera que en la escuela se le dé paso a la crítica histórica y a la reflexión crítica, es decir al análisis de la situación presente, pero sin desconocer de dónde provienen los fenómenos, y a la acción social, es decir, a contextualizar al hombre con su entorno y hacerlo partícipe de las decisiones y las transformaciones. Pero todo esto se queda en utopías, si no se planean los espacios donde se potencie, y si desde los mismos mediadores (maestros) no existe una socialización política para ello. Por tal razón, la insistencia en la importancia de analizar la formación de docentes. “Los maestros más que los estudiantes deberán representar el punto de partida para cualquier teoría de la educación ciudadana” (Giroux, H., 1992: 255). Pero si para los maestros hay demandas y se asignan responsabilidades, la escuela no escapa a las exigencias para una mejor concepción de su papel en la situación histórica, social y cultural de sus educandos. G. Bustamante (2002) da un ejemplo claro de lo que —sin denominarlo como tal— se hace desde el currículo oculto, en detrimento de la formación. De una parte, la escuela, cuyos principios proclaman el desarrollo de la individualidad, y promulga una educación más personalizada, contradictoriamente, masifica el aula, elevando el número de estudiantes; por otra parte, la escuela que representa la cultura académica y la cultura letrada, ofrece y planea pocos espacios para la racionalidad, la reflexión crítica, la argumentación y la escritura. Estos son procesos que se dan esporádicamente, dependiendo de lo que el docente escoja para adelantar una clase. Un tercer ejemplo se da cuando se pregona la educación para la autonomía y la autodeterminación y mientras tanto, se acude cada vez más a mecanismos rígidos de extremo control en ella. Estas incoherencias se instalan en la personalidad y se fijan en el comportamiento. Es labor del maestro hacerlas visibles y explicitarlas para ayudar a exorcizarlas de la misma manera. Según K. O. Apel (1995), “el niño adquiere la comprensión del yo y la orientación a fines mediante el aprendizaje del lenguaje y la socialización. Lo cual significa que sólo se adueña de sí mismo y de sus posibles fines identificándose con un rol que se le adjudica en la comunidad de interacción y comunicación lingüística”. No hay acción, pensamiento, deseo o necesidad que no circule por la relación lenguaje-pensamiento. Esto dicta una responsabilidad muy fuerte sobre la escuela y sobre los docentes. Nuevamente Freire acude en nuestra ayuda: “El rol del educador consiste en proponer problemas en torno a situaciones existenciales codificadas para ayudar a los educandos a alcanzar una visión cada vez más crítica de su realidad” (1990: 75). Por el tiempo de permanencia en ella y por la circulación de creencias, saberes, comportamientos y cosmovisiones, la escuela es una fuente


de formación de capital humano, por eso está lejos de ser un “vacío político y social”. BIBLIOGRAFÍA Apel, K.O. (1995), “¿Límites de la ética discursiva?” [prólogo], en Cortina, A., Razón comunicativa y Responsabilidad Solidaria, Salamanca, Sígueme. Arendt, H. (1993), La acción. La condición humana, Barcelona, Paidós. Bárcena, F. (1997), El oficio de la ciudadanía. Introducción a la educación política, Barcelona, Paidós. Bruner, J. (1991), La importancia de la educación, Barcelona, Paidós. Bustamante, G. (2002), “Estándares curriculares: ¿inofensivos?”, en Revista Educación y Cultura, num. 63, Fecode, pp. 7-12. Cajiao, F. (2005), Instrumentos para escribir el mundo. Escritura, lectura y política en el universo escolar, Bogotá, Cooperativa editorial Magisterio. Colombia, Congreso Nacional de la República (1994, 7 de febrero), “Ley 115 del 8 de febrero de 1994, por la cual se expide la ley general de educación”, dada en Santafé de Bogotá D.C. a 8 de febrero de 1994, en Diario Oficial, núm. 41.214, 8 de febrero de 1994, Bogotá. Cortina, A. (1995), Razón Comunicativa y Responsabilidad Solidaria, Salamanca, Sígueme. Dewey, J. (1997), Democracia y educación: una introducción a la filosofía de la educación, Madrid, Ediciones Morata. Delgado, R. (2001), El desarrollo humano; un panorama en permanente transformación, Ponencia presentada en el taller “Educación y Desarrollo humano”, IX simposio de educación: ser, conocer, hacer y convivir, Guadalajara, México. Ferreiro, E. (2002), Pasado y presente de los verbos "leer" y "escribir, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica. ______ (1999), Cultura escrita y educación: conversaciones de Emilia Ferreiro con José Antonio Castorina, Daniel Goldin y Rosa María Torres, México, Fondo de Cultura Económica. ______ (Comp.), (2002), Relaciones de (in)dependencia entre oralidad y escritura, Barcelona, Gedisa. Freire, P. (1990), La naturaleza política de la educación. Cultura, poder y liberación, Barcelona, Paidós. ______ (1997), Política y educación, México, Siglo XXI editores. Giroux, H. (1992), Teoría y Resistencia en educación. Una pedagogía para la oposición, Madrid, Siglo XXI editores. Ministerio de Educación Nacional (2004), Estándares básicos de competencias ciudadanas, Bogotá, Ministerio de Educación Nacional. ______ (2003), Estándares básicos de competencias en lenguaje, Bogotá, Ministerio de Educación Nacional. Sen, A. (1999), El desarrollo como libertad, Bogotá, Planeta. Tassin, E. (2001), Identidad, ciudadanía, y comunidad política: ¿qué es un sujeto político? Filosofías de la educación, Rosario, Homosapiens ediciones. Viñao, A. (2002), La enseñanza de la lectura y la escritura: análisis socio-histórico, Ponencia presentada en el I Congreso Nacional de Lengua Escrita, organizado por el Centro de Profesores y Recursos Murcia II, del 3 al 6 de junio de 1999.



Escuela, Escritura y Ciudadanía