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¡Hey, que seguimos aquí! ¡Hemos vuelto en nuestra cita trimestral y no hay coronavirus que nos pare! Ante la situación de emergencia sanitaria por la que estamos pasando y la importancia que ha demostrado tener la cultura poniéndole color a estos días tan grises, nos hemos comprometido a estar presentes una vez más, comprometidos totalmente con todos ustedes, sean lectores que ya nos conocen o que nos acaban de descubrir. Como no podría ser de otra forma, los agradecimiento se expanden esta vez (y siempre, para que nunca se olvide), a todas esas personas que, ante la situación que nos ha tocado vivir, están haciendo frente a esta pandemia. Y también para ti, que aportarás tu granito de arena y te quedarás en casa leyendo la Blaster, ¿eh? Permanecer en casa también te convierte en héroe. ¡Quién lo diría! Gracias. De verdad. También debemos mencionar que, este cuarto número, ha habido alguna modificación debido al estado de excepción por el que pasamos. La más notable la podrán ven en nuestras recomendaciones de libros y cómics que habíamos hecho cada número. ¡Pero no desesperen! Hemos adaptado las recomendaciones a una serie de portales virtuales totalmente gratuitos o de pago opcional, con un trato más directo y cercano con los propios artistas y creadores de contenido. Quedan invitados a nuestro pequeño espacio de orden pre-apocalíptico.

blastermagazine.com 2


CONTENIDO

Número 4 - Abril 2020 Arte de portada de Arissou

Entrevista

GLORIA T. DAUDEN / 4

Cine y televisión

EL CINE CHINO Y SU PARTICULAR FANTASÍA, por Fayna Castro/ 10 LAS MUJERES DE STUDIO GHIBLI, por Nerea García/ 14 EL WESTERN EN LA CIENCIA FICCIÓN, por Manuel G. de Mesa / 18

Literatura

ISLAS DE NOCHE, reseña de Rayco Cruz/ 26 EL CAMINANTE DE ARENA I, reseña de Adrián Trujillo / 28 PREÁMBULO DEL UNIVERSO, reseña de Luis Domínguez / 30

Novela gráfica y cómic

THE BLACK HOLES, por Joel Gallego / 32 PSYREN, por Adrián Trujillo / 34

Codirectores y editores ADRIÁN TRUJILLO JOEL GALLEGO LUIS DOMÍNGUEZ NEREA GARCÍA Redacción RAYCO CRUZ FAYNA CASTRO NEREA GARCÍA MANUEL G. DE MESA ADRIÁN TRUJILLO LUIS DOMÍNGUEZ JOEL GALLEGO DAVID HERGA Agradecimientos especiales ARISSOU GLORIA T. DAUDEN

MÚSICA

Blaster no se hace necesariamente responsable de las opiniones vertidas por los colaboradores en sus artículos.

Arte

©Blaster 2020. Reservados todos los derechos. Prohibida su cita, reprodución, edición o transmisión total o parcial por cualquier medio y en cualquier soporte sin la autorización escrita de los titulares del copyright.

DEVIN TOWNSEND Y EL ARTE DE LA LOCURA por David Herga / 36 FINAL FANTASY VII, por Joel Gallego / 38

ARISSOU / 40 KATHERINE BJELKE / 44

Videojuegos

ENTREVISTA A ISLAOLIVA GAMES por Adrián Trujillo / 48

Relatos

VIDEÓFAGOS de Víctor Conde / 52 OTRAS PIELES, de Gloria T. Dauden / 60 HONOR, de Adrián Trujillo Marrero / 69 EL CLARO, de Rafael Doreste Miranda / 74

Boletín de portales CÓMIC / 78 LITERATURA / 79

Créditos de imágenes: 1, 2, 3, 4. Gloria T. Dauden. 5. The burning of the Red Lotus Temple. 6. Come drink with me. 7. Hero. 8 A chinese ghost story 9. The Monkey King 2. 10. Shadow. 11, 12, 13, 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20, 21, 22, 23, 24. Studio Ghibli. 25. Disney/Lucasfilm. 26. Outland. 27. Battle beyond the stars. 28. Mad Max 2. 29. Robocop. 30. Westworld. 31. John Carpenter’s Vampyres. 32. The Postman. 33. Disney/Lucasfilm 34, 35. Gloria T. Dauden. 36. J. G. González. 37. Alberto Pino. 38, 39. Borja González. 40, 41, 42. Toshiaki Iwashiro. 43, 44. Devin Townsend. 45. Square Enix. 46. Nobuo Uematsu. 47. Square Enix. 48, 49, 50, 51. IslaOliva Games. 52, 53. Freepik. Imágenes de Portales: Cómic y Potales: Literatura de sus respectivos sitios web.

Si quiere contactar, diríjase a blastermagazine@gmail.com si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. https://blastermagazine.com es la página oficial de la revista. Para cualquier cuestión, sugerencia o solicitud, diríjase a blastermagazine@gmail.com

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GLORIA T. DAUDEN


ENTREVISTA

GLORIA T. DAUDEN ENTREVISTA A

Gloria T. Dauden es la autora de Islas de la Noche, una novela a la que dedicó casi una década, pero también es la creadora de incontables relatos cortos y una de las impulsoras de Ende Interminable, un bello homenaje a Michael Ende y a su obra maestra.

A

unque ya no eres una desconocida para el lector español, creo que lo mejor es que te presentes tú misma: ¿quién es Gloria T. Dauden? Soy una apasionada de las artes, de la creatividad y de los libros, de la luna llena, del té, de los gatos, de la mitología, de las manzanas ácidas y del chocolate negro, del surrealismo, de los bosques verdes y del sonido del oleaje. Escribo de todo, pero mi preferencia ha estado siempre en lo maravilloso y lo extraño en todas sus facetas. Aspiro a seguir mejorando cada año como persona, como docente y como escritora. En tu currículum más formal dice que te has formado en Publicidad y RRPP e Historia del Arte. Ahora estás dando clase en un instituto. ¿Esta mixtura de influencias te ha servido a la hora de formarte como escritora? Todo aporta. En el instituto estaba muy perdida respecto a qué estudiar. Me gustaban muchísimas ramas del conocimiento, quería saber de todo.

RAYCO CRUZ @RaycoCruz Y sobre todo quería escribir, pero sabía que no se podía vivir de ello (lamentablemente. Una no pierde la esperanza, pero la realidad es la que es). Habría deseado estudiar una carrera centrada en literatura, pero igualmente disfruté muchísimo de la carrera de Publicidad en la que aprendes un poco de todo: psicología, sociología, historia, arte, escritura, diseño, marketing , estrategia, política, documentación, periodismo… Pero tenía la espinita de profundizar en arte y es lo que pude hacer con la segunda carrera. Respecto a la escritura en sí, considero que hice una carrera en medio, gracias a los cursos de Escuela de Escritores ( online y presenciales en Madrid) y, de hecho, acabé como profesora de escritura, aunque fue solo una etapa de mi vida. Al final todo lo que aprendes, en estudios y en la vida repercute en lo que escribes. Sin duda. Por ejemplo, Islas de la Noche bebe mucho de mi Erasmus en Irlanda y el posterior viaje a Grecia. Nunca he viajado tanto como aquel año, nunca he vivido con tanta intensidad y eso se refleja en los viajes de mis personajes (reales e interiores).

Desde tu primer relato publicado, allá por 2011, en la antología «Descubriendo nuevos mundos» editada por la Federación Española de Fantasía Épica, te has prodigado mucho en la publicación de historias cortas, frente a una única novela. ¿En qué formato te sientes más cómoda? En realidad, publiqué algún relato antes en un par de antologías, pero ese fue el primero vía concurso. He escrito muchísimo más relato porque el formato corto permite experimentar y yo quería probar todos los géneros y técnicas narrativas. Lo recomiendo a todo aspirante a escritor. Se aprende sobre todo con el relato por este motivo. Te permite acabar muchísimo material y ver lo que funciona y lo que no sin tirar años en el proceso de acabar una única obra. Sobre las novelas… tengo muchísimas a medio terminar y en realidad ese es el formato que más me interesa a largo plazo, aunque también es mucho más exigente respecto al tiempo que hay que dedicarle, y a la atención (aunque nunca me han diagnosticado nada, un poco de déficit de 5


atención tengo, creo yo, y en ese sentido el formato largo y complejo de una novela lo complica todo, aunque también da mucho más espacio para profundizar en temas, personajes y escenarios). Todo llegará. Espero ir entregando novelas a editoriales en próximos años. De hecho, tengo una juvenil casi terminada a falta de tiempo de calidad para repensar ciertas partes y revisarla una vez más. Tu trayectoria literaria, aunque ha estado siempre ligada al fantástico, ha basculado entre la épica, el steampunk y lo erótico. ¿Está el lector moderno preparado para la fantasía erótica? ¿Hay hueco en el mercado para ese género? He escrito de todo. También realista, aunque ha sido lo de menos en mi carrera. Hay lectores de todo tipo y también existen lectores para la fantasía erótica, la prueba está en los mismos lectores de mi El libro de las fantasías eróticas o de la antología que sacamos tiempo después varios escritores y que llamamos medio en broma «Empotradoras» como un guiño a los Alucinadas y Terroríficas y porque en ella era central nuestro concepto de una erótica basada siempre en el buen rollo y en el deseo de todos, en especial en el deseo femenino que siempre se ha ocultado o denigrado. También escribí una novela a cuatro manos con Víctor Conde en este género, pero todavía no le hemos encontrado editorial. Aprovecho para hacer el llamamiento a ver si a alguna le interesa. Me gustaría ver esa historia publicada algún día. Tu novela «Islas de la noche», publicada por la editorial 6

Cazador de Ratas, es el fruto de diez años de trabajo. ¿Qué sentiste cuando Carmen Moreno, la editora, te dio el «sí»? Fue un proceso muy largo (y en medio, fui escribiendo toda mi producción de relatos y de bocetos de otras novelas). El proceso fue largo tanto respecto a la escritura como a la búsqueda de editorial adecuada. Conseguir el sí fue toda una alegría, pero la verdadera satisfacción fue el día de terminar de revisar la maqueta y darla por buena y el momento en el que me llegó

la caja con mis ejemplares de autora a casa. De hecho, pensaba hacer un directo de Instagram y renuncié porque era un momento demasiado importante a nivel personal y quería disfrutarlo sin más estímulo exterior o propósito. Solo mi familia y mis libros. Ahí sí que se me saltaron las lágrimas. También fue muy emocionante la primera presentación, nada menos que en la carpa de la Feria del Libro. Y las firmas, ver esa cola de gente que quería llevárselo firmado fue de lo más emotivo que he vivido después de tantos años de dudas respecto


a esta historia y a si valía la pena tanto esfuerzo por una novela que quizás nunca saldría del cajón. Nirbalán es un mundo complejo y muy rico en detalles. ¿Disfrutas más creando la trama o con el worldbuilding? Todo va todo unido. No hay mundo sin personajes y trama y al revés. Sin embargo, es verdad que ambientar es lo que más disfruto y la creación del mundo es algo que me fascina. Creo que se nota en toda mi producción, pero en especial en este libro. Disfruté con la creación de cada uno de los escenarios y de ahí la enorme diversidad del mundo con todo tipo de paisajes y sociedades. Disfruto mucho con la creación social también, con la conformación de grupos sociales, políticos, religiosos y como eso se interrelaciona, crea alianzas y conflictos. Y claro, lo más interesante una vez estableces sociedades es crear a los disidentes, a los que no acaban de encajar en sus propios mundos. Esos son los personajes que me interesan. Esas son las historias que necesito contar. Los personajes de la novela no se quedan atrás en complejidad. ¿Cuál de ellos, sin hacer spoilers, te ha costado más desarrollar? ¿Cuál ha sido el más laborioso? Son muchísimos personajes y todos me han acompañado muchísimos años y en todo tipo de momentos. Los quiero a todos infinito y no sabría decir si uno me ha costado en especial, aunque quizás podría decir que la que he tenido que reescribir más ha sido a Leda porque es un personaje que no tenía tanto

peso en la idea de partida y que se fue adueñando de la historia hasta el punto de robarle la cubierta al teórico protagonista, Arivas de Danara. Hubo muchos capítulos de Leda que tuve que retocar y su propia intrahistoria tuvo cambios, o más bien, las capas de ficciones con las que ella se viste para engañar a otros fueron retocándose, porque la esencia del personaje sí estaba desde la primera versión de la novela. Por el contrario, ¿cuál de ellos «salió solo» o ha estado inamovible desde la concepción inicial de la obra? Los que más se han mantenido en su sitio desde el concepto original son Nehesse, la Suma Sacerdotisa y Athalmir III, el emperador de Ethinvia. Dos personajes que, aunque están en un segundo plano son absolutamente centrarles en toda la trama y que generan ecos continuos sobre los protagonistas. Pero «eso es otra historia y…».

Sabemos que una de tus referencias literarias de siempre es la obra de Michael Ende, más en concreto «La historia interminable». ¿Qué ha significado para ti participar en el proyecto «Ende Interminable» que ha lanzado la editorial Tinta Púrpura? Yo tenía la idea de completar esas historias que Ende dejó terminadas de hace mucho y por eso, y por mi especialización en Ende, se me invitó a coordinar el proyecto. Fui también jurado del concurso y realicé uno de los relatos del libro en el que incluyo otros elementos básicos de Ende y personajes de otros de sus libros, como es el caso de Momo. Según pasaron los meses fui teniendo menos tiempo por el trabajo docente y demás cuestiones y tuve que dejar la coordinación, pero he estado muy implicada de todas formas. Es un proyecto precioso y estoy muy orgullosa de formar parte de él. 7


en España no siempre le lleguen porque sigue habiendo un rechazo muy estúpido hacia lo que esté al otro lado del espejo. Por eso me gusta tanto Elia Barceló también porque escribe realista o fantástico sin complejos, según le pida el cuerpo y la historia.

Y ya que me sacas «La historia interminable», te confesaré algunos guiños evidentes entre la novela e «Islas de la noche». No tengo problema en reconocer que partí de querer hacer mi homenaje y que la idea de partida de Arivas de Danara es Bastian (el Bastian orientalista que dibuja Ende en la segunda parte, pero también el Bastian humano, miedoso, pero lleno de ideas y amante de los libros), la de Eudán es Atreyu (valiente, solitario y un reflejo de lo que BastiánArivas querría ser) y la de Nehesse I es la emperatriz infantil. Luego toma otros caminos, pero esos guiños están ahí. Igual que hay un guiño más evidente hacia el final de la novela a cierto pasaje entre Ygramul el Múltiple en su lucha contra Fújur. Aparte del mencionado Michael Ende, ¿qué otros autores o autoras consideras referentes para ti? Muchos. Autores que me han marcado, además de Ende podría citar a Poe, Dahl, Dunsany, Wilde, Scott Fitzgerald, Atwood, Le Guin, Homero, Lorca… muchos. También Sanderson y Scott Lynch entre los autores 8

contemporáneos. Seguro que me dejo muchos, pero una muestra es. Elia Barceló es otra de mis referentes, por citar autoras actuales. Y, además, mi Islas de la Noche está en la colección Barceló a su nombre y tuve el honor de presentar su última novela en la feria del libro del año pasado. Fue una gozada compartir charlas con ella y saber que ella me estaba leyendo a mí. El género fantástico en España está pasando por un buen momento en cuanto a su aceptación por parte del público. Si tuvieras que recomendar algún autor o autora, ya sea consagrado o en ciernes, ¿qué nombres nos darías? ¿A quién debemos buscar la próxima vez que vayamos a una librería? Pues mira, volvería a Elia Barceló, su libro «La maga y otros cuentos» por ejemplo es una maravilla. Y hay muchísima gente haciendo cosas interesantes, solo hace falta echar un ojo a todo lo que publican editoriales como Cazador o Cerbero que con medios escasos lo dan todo por los géneros fantásticos. Es una pena que al lector mainstream

La autopublicación no es ajena a ti, pues lo hiciste con «Galería de espejos» y «Volar sin alas», por ejemplo, pero también has sentido el apoyo de editoriales como Cazador de Ratas, Saco de huesos o Tyrannosaurus Books. ¿Qué virtudes o defectos destacarías de ambas formas de edición? Y Palabaristas, Tinta Púrpura, Palabras de agua, Ronin Literario, Cerbero… He publicado con unas cuantas editoriales en estos años. Me gusta ser «híbrida». No casarme con un tipo de edición y, de hecho, muchas veces, aunque publique con una editorial me quedo los derechos digitales para manejarlos yo, como fue el caso de El libro de las fantasías eróticas. Creo que ese es el camino, la verdad. La editorial para el libro físico, la autoedición para el digital, pero poniendo todo el cuidado en el producto para que sea verdadera edición, esto es, contratar profesionales en lo posible para sacar un producto profesional siendo tú misma la editora de tu obra, de ahí «autoedición» que no autopublicación. No es publicar por publicar, es currarte tú todo el proceso de edición, y disfrutar cada paso. Por volver a Islas de la Noche un poco más… Aunque la novela tiene un final bastante


cerrado y se puede leer bien como una novela única, algunos personajes dejan su final listo para nuevas aventuras. ¿Nos puedes adelantar algo sobre la posible continuación? ¿Título? ¿Fecha de salida? ¿Nombre de la saga? Alimenta nuestro morbo «cotilleril». No puedo desvelar nada más que a día de hoy hablo de esa continuación como #IslasdelaNoche2 en Twitter y otras redes. Tiene título y el manuscrito está entregado a la editorial, pero por el virus todo se retrasa. Espero que hacia verano haya novedades, pero no creo que salga antes de otoño. Lo que puedo contar es que con ese libro se cierra toda la trama iniciada en Islas de la Noche, se desvelan todo tipo de secretos, algunos que llevaban siglos y milenios ocultos. También tengo algunas precuelas iniciadas por ahí. Cuando te curras tanto el mundo y los personajes es inevitable querer contar más. Por ejemplo, tengo una precuela de la adolescencia de Kairia en el Arike y todo el asunto de los clanes de magos

y la infame Ley del Yokaii. Y otra precuela en Syth-Lir con la juventud del padre de Arivas y de Veltsyn… entre otros. Y otra con las aventuras de Noj y otros piratas y cómo vivió su romance con la bruja marina entre otras aventuras del Guardián Loco. Y ya para terminar, ¿en qué está trabajando Gloria Dauden en la actualidad? ¿Seguirás con relatos cortos o trabajas en alguna nueva novela? La cuarentena no me está permitiendo centrarme, la verdad. Llevaba un año de no poder escribir por falta de tiempo (por el trabajo que paga las facturas, vaya) y al empezar la reclusión pensé que igual podría escribir, pero es complicado. Solo logré hacer un par de «cuentos de la cuarentena», bastante pesimistas. Luego he sacado hueco para revisar detalles de la #IslasdelaNoche2 y para repensar detalles de una juvenil #Glomma. La verdad es que tengo muchísimas novelas a medio acabar. Espero hacerlo y que se vayan

publicando. Sin tener que empezar nada nuevo ya tengo material para una década más (o dos), ja, ja. Me rio, pero es un drama, la verdad. Tengo un cartel en mi oficina, hecho por mí, que dice «1. Acaba ese proyecto. 2. Celebra. 3. A por el siguiente», pero mi lógica sigue siendo empezar y empezar proyectos y acabar muy pocos. Mi idea es dejar el relato de lado porque ya he escrito y publicado muchísimos, pero es verdad que es un formato que da mucho juego por su extensión y siempre estará ahí cuando se lo necesite. Muchas gracias por tu colaboración y desde Blaster Magazine te deseamos toda la suerte del mundo en tu carrera literaria y volver a verte pronto entre estas páginas. Creo que hablo por todos cuando digo que tienes un gran porvenir por delante. Gracias por darme voz en estas páginas.

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CINE

EL CINE CHINO Y SU PARTICULAR FANTASÍA FAYNA CASTRO FARIÑA @YumaFromChina El cine chino es una de las industrias cinematográficas más importantes actualmente, pero desgraciadamente sigue siendo una gran desconocida en España. Aún hoy, la mayoría de las personas cuando habla de cine chino se refiere a películas de artes marciales o policíacas sobre mafiosos que llegaron a nuestro país en los años 80. Ejemplo de estas tenemos A Better Tomorrow (Un mañana mejor, 1986) o The Killer (El asesino, 1989), ambas dirigidas por John Woo con Chow Yun Fat como protagonista y que son hoy en día ejemplos de cine hongkonés. El cine chino abarca muchos más géneros y ha llenado de sueños a sus espectadores desde hace décadas. El wuxia (武俠) es un género literario y/o cinematográfico chino que últimamente vuelve a estar en auge pero que surgió en China en el período de la Dinastía Tang (618-907 d.C). En los años veinte del siglo pasado no se podría hablar de cine chino sin nombrar espadachines y artes marciales. Literalmente, wuxia significa «caballero o experto de las artes marciales», las características principales que lo distinguen son un escenario histórico, escenas de acción centradas en la lucha con espadas y saltos imposibles. El secreto de su éxito se debe sobre todo al trucaje de hacer creíble para el público la superación de las leyes de la física. 10

Fue el primer género cinematográfico que se inventó en China y, aun así, en 1931 el gobierno republicano censuró expresamente este tipo de cine. Sus razones fueron que difundía valores del medievo, supersticiones y contenido erótico. Todo ello se debía principalmente a películas donde salían mujeres semidesnudas o las protagonistas eran mujeres guerreras que buscaban venganza. Cabe destacar que este subgénero de wuxia es conocido concretamente como nüxiapian (女侠片) «película de mujeres guerreras». Una de las grandes progenitoras del wuxia fue The Burning of the Red Lotus Temple (1928-1931), una serie de películas mudas chinas dirigidas por Zhang Shichuan y que estaban basadas en una novela llamada The Tale of the Extraordinary Swordsman. Se encuentra entre las películas más largas jamás producidas con un total de duración de 27 horas y fue lanzada en 19 partes. Actualmente no existen copias. Otras películas consideradas predecesoras serían también Red Heroine (1929) o The Swordswoman of Huangjiang (1930). Cuando la revolución cultural de Mao hace acto de presencia y saca nuevas normas cinematográficas, el wuxia de la China continental se vuelve muy limitado. En los años sesenta, Hong Kong y Taiwán co-

gen el testigo del género y estrenan obras maestras como Come Drink with Me (Bebe conmigo,1966) o Dragon Inn (La posada del dragón,1967) de King Hu, buenos ejemplos de donde beberán muchos wuxia posteriores. Ya en obras anteriores como The Lady Protector (1947) o A Sword against Five Protectors (1952) pueden verse poderes, espadas, hechizos y luchadores capaces de lanzar rayos. Gracias a estas películas se establecieron algunas técnicas aun actualmente vigentes como por ejemplo trampolines ocultos para los saltos y técnicas de cableado. Gracias a películas como estas, existen joyas como Tigre y Dragón (2001) de Ang Lee o Hero (2002) de Zhang Yimou. Precisamente, fue gracias a Ang Lee, director taiwanés, y a su filme Tigre y Dragón, que el género se hiciera mundialmente conocido. Después de este éxito es cuando llegarían películas como Hero o La casa de las Dagas Voladoras (2004) de Zhang Yimou, Siete Espadas (2005) de Tsui Hark o La Promesa (2005), de Kagie Chen. Hay varios subgéneros dentro del wuxia. Los más reconocidos son los siguientes:

XianXia: Significa literalmente «héroes inmortales» (仙侠). Los protagonistas suelen tener poderes


sobrenaturales, ser inmortales (incluso dioses) y salir criaturas míticas o demonios. La trama suele desarrollarse en un universo dividido en reinos, donde habitan héroes, dioses, y criaturas mitológicas de la china antigua. Algo muy típico también es escuchar que los personajes deben «cultivarse» para de alcanzar la inmortalidad o hacerse más fuertes. Esto se debe básicamente a la acumulación de Qi, energía vital omnipresente en todo que puede, luego de absorber lo suficiente, prolongar el tiempo de vida. El objetivo de todo cultivador es incrementar su Qi hasta transformarse en «inmortal». Ejemplos de este género tenemos The Storm Riders (1998) de Andrew Lau, Zu Warriors (1983) de Tsui Hark o The Monkey King 2 (2014) de Soi Cheang Pou-Soi. En China, también las series de este género triunfan de forma exacerbada, sacando al año centenares de telefilms donde pueden verse a dioses inmortales salvando al mundo y luchando con innumerables demonios. Ejemplos de series de este tipo son Love And Destiny (2019), L.O.R.D The Critical World (2019) o la licenciada en España por Netflix Fantasía de Hielo (2016). En general, es un género que cala poco fuera de sus fronteras debido a que está fuertemente influencia-

do por el taoísmo y el budismo, no siendo fácil de agradar al espectador occidental medio. Su principal diferencia con el wuxia puro es que en el xianxia todos son seres inmortales o sobrenaturales que en muchos casos pueden volar, existe magia, hechizos y seres mitológicos.

XuanHuan: Siendo quizás, el menos popular en occidente, significa literalmente fantasía misteriosa ( 玄幻). En este género se combina la fantasía china con elementos occidentales. Los géneros wuxia y xianxia por lo general están ambientadas en la antigua china, mientras que el xuanhuan lo está en un entorno occidental moderno o futurista con elementos chinos. Un filme que puede servir de ejemplo es Iceman (2014), protagonizada por un Donnie Yen que

despierta junto a sus compañeros 400 años después de haber estado congelados. Además, este género no cuenta con los elementos taoístas tan característicos del xianxia. Como ya se sabe, Japón y China son países asiáticos, pero culturalmente diferentes. En el cine no iba a ser distinto y podemos ver que, en el género chino sobre espadachines, cualquier personaje (rico o pobre) puede convertirse en un gran luchador. En el caso del Japón antiguo solo a los samuráis se les permitía llevar espada. China ha tenido una intensa historia de malvados gobernantes, asesinatos, corrupción e intrigas palaciegas. En un tipo de sociedad como la que describimos, los héroes del wuxia se convirtieron en los protagonistas principales. Convirtió a los espadachines en una representación del típico héroe que vencería al malo a cualquier costo: la representación universal del bien contra el mal. En un mundo sin ley, ellos tenían la habilidad de llevar a cabo la venganza. Durante la dinastía Ming estos cuentos y poemas populares se convirtieron en novelas, como por ejemplo El romance de los tres reinos (escrita en 1591). Si volvemos a Japón, el cine de samuráis suele estar ambienta11


do en el Periodo Edo (1600-1868) y los temas tratados suelen ser el final de los samuráis, ya que en la mayoría de los filmes el personaje principal es un rōnin (samurái sin señor a quien servir). También muestran las dificultades del samurái para vivir en una sociedad en continua evolución. Akira Kurosawa, uno de los directores japoneses más famosos, utilizó bastante las historias épicas samuráis para representar figuras solitarias, más preocupados en ocultar sus habilidades que alardear de ellas. Películas notables del género podrían ser Rashomon, del propio Akira Kurosawa (1954), Los siete samuráis, también del mismo director (1954), El ocaso del samurái de Yôji Yamada (2002) o Zatoichi, de Takeshi Kitano (2003). En España, como en otros países, este género comenzó a hacerse oír con la ya nombrada Tigre y dragón. De repente, se estrenaban en los cines películas 12

como Guerreros del cielo y de la tierra (2003) de He Ping, o La maldición de la Flor Dorada (2006) de Zhang Yimou. Directores como Zhang Yimou empiezan a hacerse mundialmente famosos, distribuyendo sus películas en las salas de cine de toda España. Aun así, sigue siendo un género que difícilmente pueda verse fuera de

festivales de cine fantástico como el de Sitges, Cryptshow o festivales dedicados al cine oriental como el Lychee International Film Festival o El Festival Nits de cinema oriental de Vic. A finales de los años setenta y principios de los ochenta Tsui Hark es quien encabeza el resurgimiento del wuxia, que junto a Ching Siu-Tung realizarían la conocida Chinese Ghost Story (Una historia china de fantasmas, 1987). Gracias a ello, la fantasía china volvería a proliferar, aunque fueran producciones locales. Tsui Hark daba al espectador lo que quería: grandes diseños de producción, buenas coreografías y acrobacias espectaculares. En Hong Kong, el xianxia también entró en horas bajas y director de artes marciales Yuen Woo Ping realiza Iron Monkey (1993), una mezcla de Kung Fu y pelea con espadas sin meter fantasía de por medio. Daniel Lee saca a la luz un wuxia más clásico que habla de las peleas entre japoneses y chinos en What


Price Survival? (1994) y Ashes of Time (1994) de Wong Kar Wai enseña de manera poética y triste la tradición del wuxia.

wuxias que en la década donde fue todo un boom en Hong Kong. Cientos de producciones dan a luz anualmente y que dan vida de nuevo a esas películas que de alguna manera clonan a las de la época dorada con grandes escenas de acción, efectos especiales renovados y mejoras en el diseño de producción. Gracias a plataformas de cine streaming como Netflix, también puede hacerse más accesible este tipo de películas de fantasía. Debido a sus licencias, en España podemos encontrar obras como: El Detective Dee y los cuatro reyes celestiales (2018), Crouching Tiger, Hidden Dragon: Sword of Destiny (2016) o League Of God (2016).

Con la llegada del nuevo milenio, China ha alentado a grandes realizadores continentales como Zhang Yimou, Ping He o Kaige Chen a realizar wuxia. Caras de actores antes desconocidas en occidente como Jet Li, Zhang Ziyi, Chow Yun-Fat o Michelle Yeoh empiezan a hacerse oír internacionalmente y se hacen famosos mundialmente. La última obra del género conocida internacionalmente de Zhang Yimou, Sombra (2018) estrenada en el Festival de Cine de Venecia nos muestra un wuxia espectacular que combina intrigas palaciegas con una ambiciosa reivindicación de las artes marciales al más puro estilo de La casa de las Dagas Voladoras o La Maldición de la Flor Dorada, pero mejorando aún más el nivel de perfección. Con esta cinta, el director demuestra toda su experiencia y rodaje con un perfecto

manejo de las coreografías y cámaras, capturando el movimiento de los actores y actrices en luchas a cámara lenta. Hoy en día, el género wuxia se ha convertido en uno de los más populares dentro de la industria del cine chino. No es de exagerar decir que solo en 2018 se rodaron más

En el caso de últimas producciones chinas que aún no se sabe si saldrán fuera de sus fronteras tenemos como ejemplo A wild Dragon and a Demon (2018), A Monk’s Madness (2018), The Four (2018) o Assasination of the Demon Queen (2019).

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CINE

LAS MUJERES DE STUDIO GHIBLI

Guerreras, fuertes y valientes

NEREA GARCÍA @nera0605

E

l pasado 8 de marzo se celebró mundialmente el Día Internacional de la Mujer, en el que se reivindican los derechos y se muestran las desigualdades que sufren las mujeres en la actualidad. En medio de todas las críticas, destaca una que puede parecer no tan importante: la pobre representación de las mujeres en la animación. «Niñas y niños hasta los cinco años tienen las mismas ideas de lo que les gustaría ser de mayores. Después de los cinco años, cambia radicalmente… Y la razón es el cine y la televisión», afirma Ellen Tejle en el documental de Movistar+ Por la igualdad en Hollywood. Esto se debe primordialmente a que en la animación (y en general) ha habido siempre menos personajes femeninos que masculinos y ellas tienden a ser más menospreciadas y sexualizadas. Si bien es cierto que cada vez existe más igualdad de representación, en muchas series y películas sigue siendo una asignatura pendiente. Todos conocemos las narraciones de Disney en las que la princesa es salvada por el príncipe a pesar de que ella sea la protagonista de la película. Y aunque están haciendo sus deberes y ahora muestran a los personajes femeninos fuertes y admirables, han tardado mucho tiempo en hacerlo. Mientras tanto, en Japón desde 1986 Studio Ghibli está creando 14

películas con heroínas que marcarían a muchas generaciones posteriores y harían historia en la animación. Es sobre todo la obra de Hayao Miyazaki la que destaca por sus personajes femeninos. Decididas, valientes, independientes y dispuestas a vivir cualquier aventura. Nos adentramos en el mundo Ghibli para descubrir la historia de todas estas protagonistas, nuestras heroínas, y en este artículo vamos a desgranarlas una a una. Nausicaä (Nausicaä en el Valle del Viento, 1984). En su primera heroína, Miyazaki empieza a mostrar su concepción personal de los personajes femeninos. La princesa Nausicaä es la heredera al trono del Valle del Viento y tiene de especial que puede sentir empatía por personas, animales, plantas e insectos además de poder comunicarse telepáticamente con estos. Es una líder nata y es querida y respetada por todos, liderando también un movimiento contra la guerra y por la reconciliación de humanos e insectos. Ella es el personaje que más representa la idea del liderazgo de la mujer, que guía a un pueblo y busca la paz para todos. Todo un ejemplo de heroína miyazakiana. Sheeta (El castillo en el cielo, 1986). Tras Nausicaä, esta película muestra otro tipo de personaje femenino, esta vez siendo ella más misteriosa e inexperta. Sheeta desde el principio es

una chica tímida que no es consciente de los poderes que tiene el colgante que protege ni de por qué los villanos se pelean por conseguirlo. Junto a Pazu va ganando experiencia y consigue más información, por lo que se atreve a correr riesgos. El cambio que se va viendo en Sheeta es considerable, ya que pasa a ser más valiente y se enfrenta a sus enemigos sin miedo, siempre pensando primero en el bienestar de los demás. Es así como el director hace hincapié en cómo las mujeres se sacrifican por el bienestar de sus seres queridos, con el ejemplo de cómo Sheeta hace que Pazu se vaya para poder protegerle ante la amenaza de su vida. Con el personaje de Sheeta, Miyazaki muestra el desarrollo del poder de las mujeres, viendo a una chica que comienza teniendo miedo y que llega a ser toda una heroína. Satsuki y Mei (Mi vecino Totoro, 1988). ¿Puede Miyazaki darnos lecciones vitales al ponernos de ejemplos e inspiración a 2 niñas? Está claro que puede. En Totoro, las protagonistas son Satsuki, de 11 años y su hermana pequeña Mei, de 4 años. Con esta película algo más costumbrista, nos introducimos en la vida rural japonesa y el interior de una pequeña familia. Ambas niñas tienen mucha libertad y autonomía a pesar de su corta edad debido a que su madre está ingresada en el hospital y su padre tiene que trabajar e ir a cuidarla y visitarla. Es entonces cuando comienzan las pequeñas aventuras de Mei, que


conoce a los susuwataris y a los totoros, se pierde varias veces… Y gracias a ello, Satsuki vuelve a sentirse una niña, olvidando por un momento todas las responsabilidades con las que carga por ser la hermana mayor en una situación familiar complicada. Con este relato tan conmovedor, Miyazaki muestra la fantasía dentro de nuestro mundo real, recordándonos que no debemos olvidar al niño que llevamos dentro. Así nos enseña lo independientes y fuertes que son, además de cuidarse la una a la otra y compartir sus aventuras. Nicky (Nicky, la aprendiz de bruja, 2014). Nicky es una bruja que, al cumplir 13 años, debe pasar un año lejos de casa para acabar su periodo de formación. Con su gato Jiji comienza su aventura como chica independiente, en la que se va encontrando con muchas dificultades y momentos que la ponen a prueba. Esta vez Miyazaki muestra los contrastes entre el campo y la ciudad, donde la vida es ajetreada y nadie se

para a ayudarla o aconsejarla, además de ser la única bruja allí. Nicky se llega a sentir tan incomprendida y sola que comienza a perder sus poderes, mostrando la dificultad de perder incluso lo que más te define en momentos difíciles. Pero con su fuerza y perseverancia, recupera sus poderes y continúa siendo ella misma, sin desechar su identidad como bruja. Dentro de este relato de aprendizaje y superación, también va conociendo a mucha gente en la que confiar, como Osono, Úrsula o Tombo, enseñando que siempre habrá gente dispuesta a ayudarte y aceptarte tal y como eres. En esta película especialmente dirigida a las jóvenes adolescentes, Miyazaki refleja las ganas de independencia y libertad que viven en el fondo de sus corazones, pero también destaca todos los momentos de incertidumbre e inseguridad que sufre Nicky por enfrentarse sola al mundo. San (La princesa Mononoke, 1997). Como premisa, San no es la prota

gonista de la película sino Ashitaka, príncipe de la aldea Emishi. Debido a una maldición, debe abandonar a su aldea y su condición de príncipe y comienza la búsqueda de una cura. Es entonces cuando descubre una incesante guerra entre los humanos y la naturaleza (representada por los dioses y los animales) e intenta mediar entre todos. San, la princesa Mononoke, aparece como una humana adoptada y criada por lobos que odia a los humanos y quiere acabar con ellos por cómo explotan y descuidan la naturaleza. Se enfrenta constantemente a Lady Eboshi, gobernante de la ciudad de hierro, y ambas sienten un odio mutuo que las lleva a actuar con despecho. Miyazaki construye a estos dos personajes femeninos como fuertes líderes, osadas y poderosas, mientras relega a Ashitaka como un mero observador. También refleja el rencor que pueden sentir, alejándose de las representaciones femeninas empáticas y pacíficas previas. Pero, en el desarrollo de sus personajes, también deja ver sus motivaciones y el porqué de sus acciones, lo que consigue que al final se puedan redimir y el espectador pueda empatizar con ellas. Mononoke es la representación más firme de Miyazaki de una mujer pasional, enérgica y dispuesta a todo por sus ideales: salvar a la naturaleza y a los suyos. Chihiro (El viaje de Chihiro, 2001). Con la película más taquillera de Studio Ghibli (también la película de animación japonesa más taquillera de la historia antes de Your Name, de Makoto Shinkai) y ganadora del Óscar a la Mejor Pelí15


cula de Animación en 2003, Miyazaki nos sigue dando personajes femeninos ricos e inspiradores. Chihiro es una niña de 10 años que se ve envuelta en una situación en la que sus padres sufren una maldición y debe trabajar en una casa de baños termales hasta poder escapar y salvar a sus padres. En la película vemos cómo Chihiro comienza siendo una niña malcriada y mimada pero, según va aprendiendo, acaba convirtiéndose en responsable, independiente y fuerte, mostrando todo su proceso de madurez. Sin embargo, se ve cómo sufre y se siente muchas veces inútil o perdida en un mundo al que no pertenece y sin estar acostumbrada a las obligaciones y responsabilidades de un adulto, teniendo que comportarse como uno. Para Miyazaki es una muestra de la sobreprotección de los niños, pero a su vez la demostración de que

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son capaces de ser más autónomos, de forma que motiva a las niñas y jóvenes a serlo, a contar y vivir su propia historia. Sophie (El castillo ambulante, 2004). Esta es otra de las películas más conocidas de Studio Ghibli. En ella, la protagonista es Sophie, una joven sombrerera que recibe una maldición por la bruja del Páramo que la hace convertirse en una señora de 90 años, que la empuja a abandonar su hogar y a acabar en el castillo ambulante, donde conoce a Howl, un mago algo excéntrico y se queda como ama de casa. Allí podrá finalmente deshacer su maldición, formando una pequeña familia con todos. Desde el principio, Sophie se muestra como una chica joven sin grandes sueños o planes, conformándose con la sencilla vida que tiene. Pero, en cuanto conoce

el mundo de la magia y comienza a vivir aventuras con Howl, empieza a descubrir a una Sophie atrevida, intrépida y tenaz, dispuesta a ayudar y correr peligros por sus nuevos compañeros. Otro personaje poderoso de la historia es la bruja del Páramo, una mujer que inicialmente es villana gracias a todos sus poderes y capacidades, a la que Sophie se enfrenta pero que acaba perdonando al conocer su historia (otro factor común en muchas películas de Miyazaki). Ponyo (Ponyo en el acantilado, 2008). En esta historia centrada nuevamente en el público infantil, Ponyo comienza siendo un pequeño pececito que se extravía en un bote. Pero, al conocer a Sosuke, quiere vivir en el mundo humano con él, así que usa sus poderes y consigue convertirse


en humana. Con Sosuke y su madre aprende a ser humana, pero al ser hija de una diosa, su ausencia genera un desequilibrio natural que puede acabar en catástrofe. Finalmente, la tenacidad y determinación de Ponyo por ser humana hacen que su madre la deje convertirse en humana a cambio de perder sus poderes, lo cual devuelve el equilibrio a la tierra. Esta tierna e inocente película nos muestra el poder de decisión e independencia que puede llegar a tener una niña, con un sueño y deseo grande en el corazón. Con sus poderes, se ve de todo lo que es capaz, aunque esto también genera consecuencias y peligros para el mundo, mostrando que hay que tener cuidado y pensar en las decisiones que tomamos, cosa que, siendo un niño, cuesta. Miyazaki nos muestra nuevamente la

capacidad e independencia que pueden llegar a tener los niños dentro de sus posibilidades y el beneficio de que se equivoquen y puedan arreglarlo. Ponyo es una niña que se esfuerza por conseguir lo que quiere a la vez que es capaz de darlo todo por sus queridos, llegando a quedarse sin poderes y desmayándose por su sacrificio. Así, pasional y decidida, muestra a las niñas que pueden marcarse sus metas y esforzarse en cumplirlas. Todas ellas pueden llegar a ser la inspiración que muchas niñas necesitan. Como dice el lema de Geena Davis «If she can see it, she can be it» (Si ella puede verlo, ella puede serlo). Hayao Miyazaki ha hecho estupendamente este papel como director, guionista y productor, mostrando a todas las

mujeres que pueden ser fuertes, independientes, valientes y que pueden vivir y contar su propia historia tal y como todas nuestras mujeres Ghibli hacen. No dejemos de valorar lo que han marcado todas ellas y lo que nos han inspirado e inspirarán siempre, pero también debemos pedir que las niñas tengan más y más referentes de personajes femeninos en la animación y en el cine en general. Si Miyazaki lo lleva haciendo desde los años 80 en Japón, se puede hacer ahora en todo el mundo. A Nausicaä, Sheeta, Satsuki, Mei, Nicky, San, Chihiro, Sophie, Ponyo. Gracias por inspirarnos. A Hayao Miyazaki. Gracias por crear a mujeres que inspiran.

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CINE/ANIMACIÓN CINE

EL WESTERN EN LA CIENCIA FICCIÓN

A TRAVÉS DE SIETE PELÍCULAS Y UNA SERIE DE TELEVISIÓN. DE ALMAS DE METAL A THE MANDALORIAN

A

modo introductorio, este pequeño ensayo no es, ni pretende ser, un inventario exhaustivo de filmes pertenecientes al género de la ciencia ficción, impregnados por el poderoso influjo del género western. Simplemente haremos un recorrido a través de cierta fusión de ambos géneros, utilizando como botón de muestra siete películas y la primera temporada de una serie que causa furor en este 2020 del Covid 19. Las historias elegidas son reflejo de ciertas tendencias de influjo desde 1973 (año de estreno de la más antigua, Almas de Metal) hasta el 2020, año de estreno, como principal reclamo de la plataforma Disney +, de la serie The Mandalorian. 18

MANUEL GARCÍA DE MESA @manuelgarciademesa

El recorrido que proponemos en el presente artículo pasa por varios tipos de influencias. Del remake más o menos fiel (dos ejemplos bastante evidentes son Atmósfera Cero y Los Siete Magníficos del Espacio), a la construcción de filmes de ciencia ficción personales sobre estructura de western, empleando los recursos técnicos y narrativos de este último género (Mad Max 2: El Guerrero de la Carretera, de George Miller, Robocop, de Paul Verhoeven, Almas de Metal, de Michael Crichton y Vampiros de John Carpenter, de John Carpenter). Terminaremos con dos ejemplos de homenaje nostálgico al western en historias de ciencia ficción (el filme de Kevin Costner, Mensajero del futuro, y

la serie de Disney+, The Mandalorian sobre todo en los dos primeros capítulos de los 8 que componen la temporada). Por supuesto que hay más filmes que, de una manera u otra fusionan ambos géneros, a modo de una gran broma, como es el caso de Regreso al Futuro, parte III (Back to the future, part III, EEUU 1990), de Robert Zemeckis, de apropiación de secuencias, como Avatar (ídem, EEUU, 2009), de James Cameron, o para realizar un producto de completa indefinición, como ocurre con Cowboys Vs. Aliens (ídem, EEUU, 2011), de Jon Favreau y con Wild Wild West (ídem, EEUU, 1999), de Barry Sonnenfield. Estos filmes que citamos


en último lugar no ejemplifican de manera tan clara y evidente la fusión de ambos géneros, a la hora de construir productos de notable interés y poder de fascinación, como sí lo hacen los filmes seleccionados. I. El remake de wester en clave de ciencia ficción. Los primeros años 80 del siglo XX, presenciaron, con un corto espacio de tiempo entre ambos estrenos, dos remakes directos, más o menos fieles, en clave de ciencia ficción, de dos westerns clásicos.

Los Siete Magníficos del Espacio (Battle Beyond The Stars, EEUU, 1980), de Jimmy T. Murakami. El título en español del filme no deja el menor resquicio para la duda. Es un filme de serie B, producido por Roger Corman, hoy más recordado por constituir uno de los primeros trabajos del cineasta James Cameron, (Corman contrató sus servicios para la creación de miniaturas espaciales y efectos de fotografía),

que por la dirección del especialista en animación, Jimmy T. Murakami, director de uno de los segmentos más recordados (Soft Landing), de ese atractivo crisol de historias de animación para adultos en territorio del fantástico, que es Heavy Metal (EEUUCanadá, 1981). Efectivamente, el filme de Murakami reproduce el esquema narrativo de Los Siete Magníficos (The Magnificent Seven, EEUU, 1960), que a su vez lo tomó prestado de Los Siete Samurais (Shichinin no Samurai, Japón, 1955), de Akira Kurosawa. Unos saqueadores interplanetarios asedian cada cierto tiempo a un pequeño planeta en una galaxia bastante lejana, expoliando sus recursos naturales, dejándolos en la más absoluta ruina económica. Dicha situación obliga a sus habitantes a contratar a un grupo de mercenarios para evitar el espolio y acabar con los invasores. El guiño al filme de Sturges se completa con la inclusión en el reparto de uno de los magníficos de aquel filme, Robert Vaughn.

El reparto incluye actores y actrices tan estimulantes como George Peppard, Sam Jaffe o la alemana Sybil Danning.

Atmósfera cero (Outland, EEUU, 1982), de Peter Hyams, por su parte constituye un remake bastante cercano al clásico de Fred Zinnemann Solo ante el peligro (High Noon, EEUU, 1952). En ese filme, el sheriff Will Kane acudía casa por casa, puerta por puerta, en el pueblo de Hadleyville, pidiendo ayuda, pues el forajido Frank Miller (Ian McDonald) ha salido de prisión y viene al pueblo en tren de las 12.00, justo del medio día, para matarle. El reloj, el miedo en el sheriff, y la omisión de sus conciudadanos, paralizados como la sociedad de la américa de la Caza de Brujas del Senador McCarthy, hacían el resto en la composición de la angustiosa atmósfera del filme clásico. El filme de Peter Hyams, de un presupuesto considerable, creado a remolque de la tendencia de Alien el octavo pasajero (Alien, EEUU, 1979), de Ridley Scott, de mezclar el drama 19


humano (conversaciones sindicales, cierto estudio de personajes, etc.) en una trama de ciencia ficción, transcurre en Io, una luna de Júpiter que es utilizada por una corporación estadounidense, como colonia de extracción minera. A ella llega el Marshall William T. O’Niel, a quien otorga vida y personalidad el escocés Sean Connery, en una composición más cercana al sheriff John T. Chance que interpreta John Wayne en el western Río Bravo (ídem, EEUU, 1959), de Howard Hawks, que al Will Kane de Solo ante el peligro. O Niel, a quien su mujer ha abandonado (considera que la vida en el espacio no es vida para su hijo y quiere que este vea el planeta Tierra), tiene un sentido del deber incorruptible. Es perfectamente consciente que ha sido destinado a un lugar tan remoto, probablemente porque es allí donde pertenezca, por ser un bocazas, es decir, por ser alguien demasiado sincero e íntegro, y poco diplomático. Esa faceta de su personalidad hará que, al descubrir un complot de la compañía explotadora de tráfico de drogas entre su personal para incrementar su productividad (que les hace desarrollar como efecto secundario, una demencia suicida y homicida en ellos), se muestre 20

incorruptible ante el máximo encargado de la compañía, Mark B. Sheppard (Peter Boyle) y pretenda terminar con la práctica ilegal. Como consecuencia, al igual que Will Kane en el western de Fred Zinnemann, O’Niel tendrá que esperar en solitario la llegada de unos forajidos en el trasbordador espacial desde la Tierra (con un reloj que anuncia el tiempo que queda en marcha atrás), que viajan a la luna de Júpiter con la misión de acabar con él. II. Filmes de ciencia ficción personales constuidos sobre estructura western.

Almas de metal (Westworld, EEUU, 1973). Los años 70 son testigos de una gran transforma-

ción en el cine estadounidense que proviene desde finales de los años 60. Fruto de esa transformación, se revisan los géneros y cuestionan los mitos y reglas establecidos por el cine hasta entonces. Surgen algunos filmes de ciencia ficción de producción modesta. Uno de ellos es Almas de Metal, una de las escasas incursiones como realizador y guionista del escritor de novelas de ciencia ficción, Michael Crichton. En este filme, el actor de origen ruso Yul Brynner, interpreta a un implacable pistoleroandroide en un parque temático de vacaciones, que contiene tres espacios temático-históricos: la Roma Imperial, la Europa Medieval, y, por supuesto el Oeste Americano, para que personas acaudaladas puedan vivir aventuras controladas. El androide que interpreta Brynner, recorre el mundo del oeste del parque, con su rescatado look del personaje de Chris, que interpretó en la susodicha Los Siete Magníficos, y en su primera secuela, El regreso de los siete magníficos (The Return of the Magnificent Seven, EEUU, 1966), de Burt Kennedy. Almas de Metal es, en definitiva, un filme de ciencia ficción que se apropia de ciertas estéticas del


western, para construir una historia de un modo personal. Generó una secuela, Mundo Futuro (Future World, EEUU, 1978), de Richard T. Effron, y una serie de Televisión, Beyond Westworld de la que tan solo se filmaron cinco episodios, estrenados tres de ellos en 1980, siendo el episodio piloto dirigido por Ted Post. La plataforma HBO, a través de sus guionistas Jonathan Nolan y Lisa Joy, desarrolla desde 2016, Westworld, modélica serie inspirada en la idea de Crichton, que hace hincapié sobre el consumo desmedido de la sociedad actual, resultando muy eficaz a la hora de extender y amplificar tantas tramas argumentales como inteligencias artificiales autónomas hay en el parque, integrando un fascinante universo casi infinito, que tiene su epicentro en el mundo western.

fico mundial, en aquellos años, fue pionera en Australia. El cine australiano despunta con una ingente producción de películas de serie B, de rápido consumo e ínfimos presupuestos, donde cabían comedias sobre aventuras de tipo sexual, películas de acción, de terror y algo de ciencia ficción. El éxito estrella del país es Mad Max, salvajes de autopista (Mad Max, Australia, 1979), de George Miller, Un filme muy económico, que adopta los cánones de venganza muy recurrente en el western y en particular en

el espagueti western. Una película que no solo competiría de igual a igual con las producciones estadounidenses en la taquilla, sino que catapultó al estrellato internacional al actor protagonista, el estadounidense afincado en Australia, Mel Gibson. La segunda película de la saga, Mad Max 2: El guerrero de la Carretera, recoge del género western clásico, entre otros aspectos de interés, el punto de vista de un niño y su fascina-

Mad Max 2: El guerrero de la carretera (Mad Max 2: Road Warrior, Australia, 1982), de George Miller. La concurrencia de una serie de circunstancias en la filmografía australiana a principios de los años 70, hacen que el panorama, insulso hasta entonces, cambie por completo. Aparece una nueva contracultura artística, la industria nacional había formado a algunos realizadores, actores y productores con hambre de hacer cine y que destacarían posteriormente en el panorama internacional. En 1972 se crea la South Australian Film Commission. Si a todo ello añadimos una política gubernamental que propicia la producción fílmica con medidas fiscales ventajosas, provocaron una era de creatividad importante en el país. Esta última iniciativa, que es hoy bastante habitual en el panorama cinematográ21


inexperto, un viejo lisiado y un alcohólico, aguanta el tirón en la cárcel con un detenido, cuyo hermano y sicarios asedian desde fuera con la intención de asaltarla. El montaje del filme de Carpenter, realizado por este, aparece firmado por un tal John T. Chance, que, es el nombre, como ya dijimos, del personaje de John Wayne en el susodicho filme de Howard Hawks.

ción por el personaje central, así como su esquema argumental, el extraño-pistolero que llega a una comunidad dispuesto a resolver el problema que tiene con sus enemigos. El punto de vista del niño que admira al pistolero, tiene su máximo exponencial en el western americano en el filme Raíces Profundas (Shane, EEUU, 1950), de George Stevens.

Vampiros de John Carpenter (John Carpenter’s Vampyres, EEUU, 1998), de John Carpenter. El emblemático realizador de ciencia ficción y fantástico en general, John Carpenter, es un ferviente admirador del cine de Howard Hawks, y en concreto, de sus westerns. Un filme, policíaco, pero con ciertos guiños al territorio del fantástico, como Asalto a la Comisaría del Distrito 13 (Assault on Precinct 13, EEUU, 1976), es un remake confeso de la tan citada Río Bravo, de Hawks, reproduciendo la situación de dicho filme, donde el sheriff de una localidad, con la única ayuda de un joven 22

El realce de la camaradería masculina de Howard Hawks, es decir, el retrato de la vida de un grupo de profesionales en situación de riesgo, que jalonan gran parte de su filmografía, aparece integrado perfectamente en el ADN de Vampiros de John Carpenter. El filme contiene una nueva extrapolación, en su parte final, de la situación propuesta en el filme Río Bravo. La fotografía terrosa, las localizaciones paisajísticas en el desierto de Nuevo México, la composición del encuadre y la acertada puesta en escena, convierten esta sangrienta cacería, en una suerte de western de complicidad masculina, con un James

Woods inolvidable como implacable y obsesivo cazador de vampiros. No es la única referencia al western que realiza John Carpenter en este memorable filme. El efectismo visual y operístico de Sergio Leone, también es homenajeado. La aparición del personaje del villano Frank (Henry Fonda) en el western Hasta que llegó su hora (Once Upon a Time in the West, EEUU-Italia, 1968), en el instante que él y su cuadrilla acaban de exterminar a una familia a punto de celebrar un banquete de bodas, esperando la llegada del personaje que interpreta la actriz Claudia Cardinale. Los hombres salen de su escondite, envueltos en gabardinas y sacudiéndose el polvo del desierto, hasta que un travelling lateral recorre al personaje de Frank hasta el rostro de Fonda. Carpenter filma al villano milenario Valek (Thomas Ian Griffith) y a sus hombres, saliendo literalmente de la tierra polvorienta del desierto, donde se refugian de la luz del sol, listos para una nueva cacería, de un modo similar, a contrapicado, en lo que es un claro guiño a la anterior secuencia.


Robocop ( ídem , EEUU, 1987, de Paul Verhoeven). Dejando a un lado el desafortunado remake dirigido en 2014 por el brasileño José Padilha (que lleva la historia por unos derroteros más planos, sin aristas, con algún que otro guiño al universo post 11 S), el filme de Verhoeven es, por declaración de principios, un western urbano, de integridad en el cumplimiento del deber (y en eso se parece mucho a Atmósfera Cero ), y de venganza, con la característica de que quien emprende la venganza es un policía muerto en acción, que renace como máquina infalible para mantener el orden. Verhoeven lleva a su tortuoso terreno, de personajes obsesivos, lascivos, violentos, inmorales…, sumergiendo al espectador en una especie de festival de carne y sangre e incorrección política. Una obra de ciencia ficción fascinante, muy personal y de referencia,

que adapta un guion escrito por Edward Neumeier y Michael Miner, provisto de ideas absolutamente memorables, como toda lo que envuelve a la directriz 4 implantada al personaje central. Verhoeven regresaría en 1997 a la ciencia ficción en territorio western , el de la caballería y campañas indias, en la incomprendida, pero muy irónica y disfrutable, Starship Troopers , también escrita por Neumeier, y huiría de las dos secuelas del personaje mitad robot mitad policía. La primera de ellas es bastante decente, dirigida por Irving Kershner, maestro de George Lucas en la escuela de cine de Los Ángeles (UCLA), y la segunda, firmada por Fred Dekker, directamente infumable, pese a contar ambas con la escritura del prestigioso guionista de cómic, Frank Miller.

III. El homenaje nostálgico al western en historias de ciencia ficción.

Mensajero del futuro (The Postman, EEUU, 1997). El revival del género western en los años 90, fue propiciado por Kevin Costner y el éxito masivo de su colosal retrato del nativo americano que es Bailando con Lobos (Dances with Wolves, EEUU, 1990), inspirado en la estupenda novela de Michael Blake. El propio Costner, con la complicidad del guionista de Lucasfilm, Lawrence Kasdan, que ya le había dirigido en Silverado (ídem, EEUU, 1985), estrenan Wyatt Earp (ídem, EEUU, 1994), un western ambicioso, que recorre la vida del mítico personaje fusionando, en ocasiones, realidad y leyenda. Kasdan fue coguionista, junto con la guionista clásica Leigh Brackett, guionista habitual de Howard Hawks, y en particular de la citada Río Bravo, de El Imperio Contraataca (The 23


Empire Strikes Back, EEUU, 1980), de Irving Kershner, así como de la resurrección galáctica emprendida por Disney, con Star Wars el Despertar de la fuerza (Star Wars The Force Awakens, EEUU, 2016), de J.J. Abrams y de Solo, una Historia de Star Wars (Solo, a Star Wars Story, EEUU, 2018), de Ron Howard. Lawrence Kasdan es un cineasta que disfruta, en definitiva, con los géneros western y ciencia ficción y con el cruce de ambos. En 1997, Kevin Costner como director, productor y realizador, pone en marcha el western futurista de 3 horas de duración, Mensajero del futuro, inicialmente previsto para Tom Hanks con dirección de Ron Howard. Costner propone un mestizaje de marcado tono clásico. Estamos en un futuro cercano apocalíptico y el personaje protagonista, un contrabandista que sobrevive como buenamente puede, pretende nada menos que reestablecer el correo en EEUU como un medio de infundir esperanza a una sociedad sumida en el caos más absoluto. Heredado del universo de Mad 24

Max, el mundo de este cartero, es mucho más amable y orientado al encuadre paisajístico, que recuerda a los westerns clásicos de Anthony Mann, donde el paisaje es un personaje más. La fusión se saldó con un fracaso económico estrepitoso, merecido para muchos. Ello no le quita un ápice de mérito a este valiente cruce de géneros. El Mandaloriano (The Mandalorian, Disney+, 2019). Esta serie de televisión, cuyo show runner es Jon Favreau, tiene su origen en uno de los spin-off que se comenzaron a escribir, como alternativa a la continuación de la saga galáctica de los Skywalker. En 2014 se anunció públicamente que el mencionado Lawrence Kasdan estaba realizando una escritura de un filme sobre Boba-Feet, el caza recompensas mandaloriano que descubrimos en El Imperio Contraataca, y que es en la actualidad uno de los personajes más reverenciados y populares del universo Star Wars. La historia de este bounty hunter sideral, es uno de los proyectos que, planeados como spin-offs (el otro

más notorio es el dedicado a Obi Wan Kenobi, con Ewan McGregor retomando el papel que ya interpretó en los episodios I a III de la saga Star Wars), finalmente fueron reconvertidos en serie de televisión, tras el fracaso económico de la mencionada Solo, Una historia de Star Wars. Siendo la serie de un caza recompensas, son inevitables las referencias al western, plagado de cazadores de fortuna de toda índole. La serie comienza realizando una construcción demasiado frankensteniana, pues la trama de los primeros 80 minutos (los dos primeros episodios) está basada en un excesivo corta y pega de una serie de westerns emblemáticos que les encantan a los artífices, y especialmente a Favreau, que ya fusionó ambos géneros en la mencionada Cowboys vs. Aliens. La serie del mandaloriano, produce inevitablemente una sensación, consciente o no, de deja vú. Del mismo modo que a la estupenda Joker (ídem, EEUU, 2019), de Todd Phillips le perjudica la multireferencialidad al cine de Scorsese de los años 70 y primeros


80 y en particular a Taxi Driver (ídem, EEUU, 1976) y a El Rey de La Comedia (King of Comedy, EEUU, 1982), en el caso de los dos primeros episodios de la serie que analizamos, la constante referencia al espagueti western de Sergio Leone, con La muerte tenía un precio (Per qualche dollaro in più, Italia, 1965) a la cabeza, pero también a Dos Hombres y Un Destino (Butch Cassidy and The Sundance Kid, EEUU, 1969), de George Roy Hill o a la citada Los Siete Magníficos, reconociendo igualmente la doma del caballo de Gregory Peck en Horizontes de Grandeza (Big Country, EEUU, 1959), de William Wyler, por citar sólo los ejemplos más evidentes, perjudica a The Mandalorian, que parece demasiado un puzle de piezas ajenas. La cita a ese magnífico cómic que es Lobo solitario y su cachorro, el manga escrito por Kazuo Koike y dibujado por Goseki Kojima, con ese ronin (samurai sin amo) que

recorre el Japón Feudal del Siglo XVI con su carrito de bebé y su hijo, asesinando al mejor postor, funciona mejor como referencia en la serie, que la de los westerns en sí. También funcionan astutamente en The Mandalorian, las referencias a cierta mitología del personaje. Los mandalorianos (pueblo al que, obviamente, pertenece el protagonista, un «hombre sin nombre» interplanetario), han hecho proezas y gestas en el pasado que permanecen legendarias y recurrentes en el incierto presente de muchas personas. El caza recompensas protagonista, que sin duda vivió tiempos mejores, refiere en un momento determinado que no puede dejar sus armas, pues son parte de su religión. La proeza que tiene que realizar con los «moradores de las arenas» para hacer su trueque y reparar su nave espacial, no deja duda en torno al tono mitológico que se le pretende otorgar al personaje. A partir del episodio 3, despojado de las referencias

westernianas tan evidentes, la serie despega, ahondando en la mitología del personaje, su código de honor, y por supuesto, en su relación con el «bebé Yoda», destinado a convertirse en uno de los personajes icónicos del universo Star Wars. The Mandalorian, con sus defectos y virtudes, tiene una muy cuidada fotografía westerniana, un magnífico uso del paisaje y una trama que dosifica muy bien la información de personajes y trama, proponiendo un uso muy interesante de los espacios y recovecos del universo Star Wars. A modo de conclusión, existen a lo largo de la historia del cine, ejemplos de interés, donde la infracción de las rígidas codificaciones de los géneros (instauradas en determinados momentos de la historia del cine), trae como resultado, en numerosas ocasiones, productos cinematográficos de una riqueza y fascinación notables, como los filmes y la serie de televisión analizados.

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LITERATURA

ISLAS DE LA NOCHE

Islas de la Noche es la gran novela fantástica de la autora grancanaria Gloria T. Dauden, un trabajo de aventuras con un mundo —el de Nirbalán— apasionante que tomó aproximadamente diez años en completarse.

C

azador de Ratas es una editorial de esas extrañas que hay hoy en día. Extraña por varios motivos: el nombre y la gestión, —directa y cercana—, que hace de las redes sociales, son solo dos ejemplos. Lo más extraño es que cada título que saca es una pequeña joya.

RAYCO CRUZ @RaycoCruz

Arivas de Danara ir hasta la mítica Islaluna, situada cerca del archipiélago llamado El firmamento de Lir, a hacerse con una estatua que representa al dios de la guerra Ursea con intenciones poco amistosas.

«Islas de la noche», la más reciente publicación de la canaria Gloria T. Dauden, es un buen ejemplo de ello. Con una edición sencilla pero muy bien hecha, Cazador de Ratas nos ofrece una novela que roza las cuatrocientas páginas llenas de fantasía y acción, de aventuras y magia. Gloria T. Dauden nos hace viajar hasta Nirbalán, este mundo en el que lleva una década trabajando, y nos muestra una parte dominada por grandes islas (o pequeños continentes, según como se mire) en constante tensión política y social. Las guerras fronterizas y la lucha por la supremacía están a la orden del día y los emperadores de Ethinvia se alzan y caen con la misma facilidad que las hojas de los árboles en primavera y otoño. La historia comienza cuando el emperador de turno, Athalmir III, ordena al joven príncipe 26

«Nos ofrece una novela que roza las cuatrocientas páginas llenas de fantasía y acción, de aventuras y magia». Arivas, impulsivo y desesperado por detentar más poder, acepta de buena gana sin saber que se está metiendo en una aventura que lo va a sobrepasar en todos los sentidos. Endissath, también conocida como Islaluna,

no es un lugar en el que pasar las vacaciones: criaturas extrañas, magia descontrolada y las temidas finnlean, zonas oscuras que comunican unos lugares con otros y en las que cualquier cosa puede pasar si no se mira bien dónde se ponen los pies, es lo que espera al viajero que se atreva a poner uno en ella. Para llevar a cabo su misión tiene que mezclarse con personajes opuestos a él: los piratas Veltsyn, Noj, Kairia, Tor, Jebet (hijo de un humano y una bruja marina) y el extraño zarb llamado Eudán. Además el destino querrá que se una a la expedición la joven Leda, una sacerdotisa de la orden de las Rosas, capaz de realizar magia solo haciendo sonar su peculiar flauta. Tal elenco es uno de los pilares de la novela. Cada uno con su pequeña historia, su interés y su carácter, lo que hace que gestionar cada personaje de forma correcta sea un trabajo de titiritero que Gloria ha sabido llevar con maestría. Aunque el punto de vista de la acción se centra en Leda y Arivas, cada personaje aporta su granito de arena para que la trama avance de forma fluida y enriquecedora con sus matices vitales. Una labor nada


fácil para la autora, que debe manejar los egos de cada uno para darles el peso necesario sin convertir la historia en una novela rio. El equilibrio entre los miembros de esta aventura es perfecto y, aunque al principio el lector puede abrumarse con tanto nombre, pronto le coge el truco y empieza a disfrutar con sus aventuras y desventuras en su camino hacia Endissath.

«Gestionar cada personaje de forma correcta es un trabajo de titiritero que Gloria ha sabido llevar con maestría». Si bien la creación de personajes es uno de los puntos fuertes de esta novela, el otro es la creación del mundo de Nirbalán. Cada una de las islas que componen el mapa tiene sus propias características sociales, sus conflictos y enfrentamientos entre distintas regiones, lo que provoca tiranteces entre los miembros del equipo de protagonistas al igual que existen a escala política. Tensiones raciales, fronterizas y sociales conforman un tapiz exquisito que Gloria nos va mostrando con maestría y como debe ser: poco a poco y a través de las actitudes y las palabras de los protagonistas. A medida que la historia avanza y conocemos un poco más a los personajes también vamos descubriendo las distintas idiosincrasias de sus pueblos de nacimiento y los conflictos que va provocando entre ellos.

Aunque el worldbuilding está alejado del estilo tolkieniano formado por elfos, enanos, humanos, etc., no deja de haber razas y, sobre todo, criaturas muy originales que completan la riqueza del escenario que forman las islas de Nirbalán.

«No deja de haber razas y, sobre todo, criaturas muy originales que completan la riqueza del escenario». A poco que el lector avanza en la lectura, Gloria logra transportarlo a su mundo y hacerle sentir como en casa cuando embarca en el Guardián Loco, cuando recorre el palacio del emperador o incluso mientras atraviesa la oscuridad perpetua de una finnlean, dando cada paso del viaje junto a sus protagonistas, imbuido de ese espíritu mágico que envuelve toda la novela, seguro de que cualquier cosa puede pasar, de que hay

un misterio o una sorpresa a la vuelta de cada esquina. «Islas de la noche» es el fruto de una década de trabajo y eso se nota. Cada detalle está bien trabajado, cada descripción es precisa y cada diálogo está pulido hasta la exquisitez. Si a eso le sumamos el buen trabajo de edición y maquetación que ha llevado a cabo la editorial Cazador de Ratas, solo nos queda deducir que esta novela es una de esas que hay que leer. Y que Gloria T. Dauden es una de esas autoras a las que hay que seguir y conocer, pues su nombre va a estar presente con fuerza en nuestras librerías durante muchos, muchos años.

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LITERATURA

EL CAMINANTE DE ARENA I

J. G. González es el autor de El caminante de arena. Natural de Badajoz y graduado en Psicología, es uno de los referentes a tener en cuenta dentro de la literatura fantástica, responsable de uno de los mundos más eficazmente construidos.

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ntes de empezar a desgranar la primera entrega de El caminante de arena, de J. G. González, vamos a hablar un poco de su autor y de cómo es el tipo de obra que tenemos entre las manos. J. G. González, natural de Badajoz (1981) es graduado en Psicología, un autor que se considera a sí mismo inquieto desde que dos profesores de Lengua y Literatura en su etapa adolescente y el visionado de películas de corte fantástico sacudieron su espíritu, empujándolo a combinar estos dos elementos y forzándolo — con gusto, por supuesto— a contar historias. Empezando con relatos cortos y fragmentos de un mundo que construiría eventualmente desde ese entonces, y trabando amistad con aquellos seres que él mismo creaba. Tiempo más tarde, aquel mundo fragmentado cobró el sentido de la unión que exigía de forma natural, y tras diez años de preparación, de la construcción de un mundo con todos sus matices, llega a las librerías en pleno 2016 El caminante de arena, el que sería el primer libro de su ambicioso proyecto literario dentro del género fantástico. Aunque no es el caso, vamos a hablar un poco de esa primera edición de El caminante de arena (Entrelíneas Editores). Se nos presenta en ese momento una novela fantástica que sigue las aventuras de Piro a lo 28

ADRIÁN TRUJILLO @haliaxsyn

largo y ancho de 368 páginas, con un estilo narrativo ágil y fluido que logró cosechar buenas críticas entre sus lectores, que incluye además un generoso glosario con terminología original y parte del legendarium de su propio mundo, así como un mapa

del mundo (tan clásico como esencial en esta clase de narraciones, donde el personaje atraviesa las tierras de punta a punta), con una prosa cuidada, canciones propias del folclore y un grupo de lo más variopinto, profundizado con intensidad tanto de forma individual como colectivamente.

«Una “Edición de lujo en versión extendida” que cuenta con nuevos alicientes que enriquecen la historia en más de un sentido».

En esta ocasión, sin embargo, no vamos a hablar de esa edición, sino de una nueva reedición de la obra de J. G. González, una «Edición de lujo en versión extendida» que cuenta con nuevos alicientes que enriquecen la historia en más de un sentido. Esta nueva edición, que corre a cargo de sí mismo, cuenta con maquetación de Roberto Augusto y con más de sesenta ilustraciones originales de Ricardo Muñoz Martínez. Así mismo, no lleva esa etiqueta de «Edición de lujo» por gusto, ni tampoco la de «versión extendida», pues pasamos de tener un trabajo de 368 páginas a uno con 690, casi el doble, un esfuerzo que, aunque sale airoso, podría haberse empleado en sacar adelante la segunda entrega, especialmente para aquellos que llevan esperando ya cuatro años ese nuevo lanzamiento. Pero no vamos a hablar sobre lo que no ha sido, sino lo que tenemos entre manos. El caminante de arena. Libro primero: El sueño de Piro, ya sea en su edición original como en su versión extendida, nos aporta una historia original ambientada en un mundo de fantasía excepcionalmente bien construido, bellamente descrito, rico en costumbres y folclore, con abundancia en todas las razas que la habitan, únicas y exclusivas (un detalle que en lo personal valoro mucho) y una flora y fauna tan vasta como bellamente descrita.


Si bien es cierto que el worldbuilding es impecable, que no hay prácticamente queja hacia él, quizá es esa misma virtud la que acaba ensombreciendo, aunque no de forma significativa, el conjunto: se nota que el autor se ha esforzado en dotar de verosimilitud al mundo de Neria, pero muchas veces se centra demasiado en esto y deja de lado profundizar en la historia que quiere contar. Hay dedicados incluso capítulos enteros a profundizar en algunas razas, en sus costumbres e historia, pudiendo hacernos perder el hilo de la historia. Pero que este punto no nuble tus ganas de abordar esta novela: las aventuras que se nos narran son buenas, interesantes, adictivas, dotadas de acción frenética. El arranque del libro, hay que decirlo, es algo lento. No quiero decir que sea malo, solo necesario: pese a la cotidianidad que destilan Piro y Luámbar, que en cierto modo carece de la épica salvaje con la que esperas que te aborde una historia de este estilo, lo cierto es que detalla mucho las bases, los cimientos fundamentales sobre los que posteriormente se sostendrán los pilares del mundo. Es, por tanto, un capítulo que nos presenta a Piro, pero también un capítulo que trata de hacerte entender que no estás en tu mundo, sino en su mundo, y por tanto, esa posible sensación de tedio se diluye a partir del segundo capítulo, cuando ya empiezas a comprender cómo funciona todo, cuando todo empieza a cobrar sentido. Sin embargo, sí es cierto que hay un punto que hace que abordar El caminante de arena sea solo para aquellos con tiempo libre, especialmente a los que gustan detener su lectura al final de un capítulo, pues estos son bastante grandes (una media de 30 páginas), llenas de información que a veces cuesta retener si no separamos la vista de la página para coger

un poco de aire, una sensación que se ha visto acrecentada con esta versión extendida. Si hablamos de la historia, debemos tener en cuenta que es un viaje colectivo donde nos encontraremos con personajes originales provistos de una credibilidad como pocas y que, por momentos, recuerda al rocambolesco grupo de las fantásticas Crónicas de la Dragonlance, de Margaret Weis y Tracy Hickman. Por otro lado, si tenemos en cuenta el estilo narrativo, nos encontramos con una obra de fácil lectura —pues aunque de cuidada y extensa prosa como se comentaba antes, goza de una agilidad interesante— que en esta edición extendida muchas veces se ve lastrada por demasiadas intervenciones del narrador, especialmente en los diálogos, donde no hay prácticamente una palabra que diga algún personaje que no venga seguida por una aclaración de su acción, muchas veces prescindibles y que no aportan contenido jugoso a la lectura. Otro caso bien distinto, sí es verdad, es cuando se centra en añadir más descripciones detalladas que originalmente habían quedado de forma superflua, prácticamente vacías, que ahora se ven llenadas y que dotan a esta segunda edición, respecto a su primera, un upgrade en sus características que elevan El caminante de arena a nuevas cotas de «epicidad».

«El caminante de arena. Libro primero: El sueño de Piro es una obra maravillosa digna de leerse, y especialmente, de disfrutarse». Por supuesto, vamos a hablar también de un detalle que, por su mero trabajo, no puede quedar sin

puntada en esta edición extendida: las ilustraciones fantásticas de Ricardo Muñoz Martínez. De más de sesenta consta su trabajo, que ilustran escenas de la novela, entornos y muchos de los personales, especialmente de las razas que la habitan, que van acorde a las detalladísimas descripciones de la historia, y que están distribuidas equilibradamente a lo largo de las casi 700 páginas. Una lástima que en el momento de la impresión lleguen en blanco y negro, pues gozan de una riqueza colorista que merecía la pena verse en plenitud. Por último, quiero hacer hincapié en los puntos fuertes de la novela, que como venía comentando, son su fantástico worldbuilding y todo lo que la puebla, el estilo narrativo casi poético que desde el prólogo se deja ver, su ritmo frenético, el fantástico grupo de protagonistas y además, algo que hasta ahora no he mencionado, las ejemplares lecciones sobre camaradería, respeto, honor, lealtad… que transmiten precisamente estos personajes. Sin duda, El caminante de arena. Libro primero: El sueño de Piro es una obra maravillosa digna de leerse, y especialmente, de disfrutarse. Si tienes la oportunidad de conseguir su edición original, te sabrá a poco; pero no te preocupes, porque J. G. González fue consciente de esto, y para salvar ese escollo nos ha regalado su trabajo más completo: una versión extendida que cubrirá tus ansias de más en este primer libro, y que no contento con ello, te regalará fantásticas ilustraciones que te acompañarán durante la lectura. Esperemos, por supuesto, que el «Libro segundo» llegue a nosotros pronto, pues ni siquiera la versión extendida puede quitarnos las ganas de más. 29


LITERATURA

PREÁMBULO DEL UNIVERSO

Nacido en Villanueva de la Serena en 1993, Alberto Pino es el autor de Preámbulo del universo, su primera novela tras su paso por el mundo cinematográfico escribiendo y dirigiendo los cortometrajes Bululú y Buenos Sueños.

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stamos ante el primer proyecto largo de Alberto Pino, una obra de curioso aborde por cómo está concebida. En primer lugar vamos a hablar sobre su autor y luego nos meteremos de lleno en materia. Alberto Pino (Villanueva de la Serena, 1993), graduado en Comunicación Audiovisual y Periodismo y diplomado en Dirección de Cine, es un artista polifacético que combina sus trabajos audiovisuales (Bululú; Bueno sueños) y su trabajo como redactor en la revista Cine Nueva Tribuna con la escritura de sus propias obras, entre la que destaca el espléndido material del que hablaremos en esta ocasión. La sinopsis oficial reza: Aurora se encuentra en un punto muerto en su vida, un momento de duda en el que ha perdido todo aquello que la ligaba a su mundo. El misterioso encuentro con una versión anciana de sí misma la sumerge poco a poco en otro muy distinto, un universo de personas con grandes poderes que los atormentan y que dan forma a una realidad oscura, llena de misterios, preguntas, dolor y sufrimiento. Una sociedad decadente que, en el fondo, es la nuestra. 30

LUIS DOMÍNGUEZ @luisgdr22

Tal y como comentábamos al principio, Preámbulo del universo es un libro extraño a la par que interesante, especialmente por su estructura. Aunque su sinopsis nos engolosine hablándonos de Aurora, no será la úni-

ca protagonista. De hecho, son varios quienes toman las riendas de la narración (por citar ahora a algunos, Wong, Luar, Danna), donde cada uno, en cierto modo, es el dueño de su propio capítulo, conformando una historia con recurrentes saltos temporales.

«Emplea una prosa amena y directa, que ayuda a que nos mantengamos alerta en todo momento».

Si hablamos desde el estilo narrativo, podemos decir una cosa sin temor a equivocarnos: es absorbente. Emplea una prosa amena y directa, muy cuidada, que ayuda a que nos mantengamos alerta en todo momento, y especialmente, ávidos de respuesta, lo que provoca que las casi 250 páginas desaparezcan en un parpadeo. El ritmo que tiene, in crescendo a medida que avanzas, es perfecto.

«Cada capítulo [...] está entrelazado con los demás a través de un finísimo hilo conductor». Desde el punto de vista de la historia, cada capítulo, independiente a priori , está entrelazado con los demás a través de un finísimo hilo conductor que Alberto Pino ha logrado hilvanar de forma sutil. Pero es que ni cuando comenzamos a darnos cuenta de ello, cuando comprendemos —nosotros como lectores, ellos como personajes— que hay un problema al que hay que enfrentarse, un mal al que hay que hacer frente, podemos dar nada por sentado: un paso en falso y estaremos equivocados.


El autor plantea también una serie de preguntas que siempre han sido claves para el desarrollo y la existencia de la humanidad, preguntas recurrentes en escritos de filosofía desde tiempos antiguos y que siguen vigentes hasta día de hoy: ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Quiénes somos? Pero también hay espacio para incógnitas más contemporáneas, como las posibilidades que un viaje en el tiempo puede ofrecer, realidades paralelas… Si desglosamos algunos de los capítulos, con sus respectivos protagonistas, podemos ver que cada uno tiene una capacidad, llamémosla «mágica», distinta. Aurora (en sus dos versiones, la juvenil y la adulta), con quien arrancamos la lectura, tiene la capacidad mágica de viajar entre dimensiones. Wong es capaz de modificar la materia a su antojo, mientras que Danna es una navegante de sueños y Luar es capaz de proyectar visiones en la mente de aquellos a quien quiera manipular. Estos personajes, poderosos gracias a su capacidad mágica, tienen también una gran virtud: sentir cada uno una de las nueve esferas de poder —cada uno es afín a un tipo concreto, no pueden sentir otras además de aquella que les corresponde—. Estos poderes serán la clave para evitar que Christoph, el antagonista principal, se haga con esas mismas esferas, pues si las obtuviera todas tendría el poder de manipular el tiempo mismo, una magnitud que debe permanecer imperturbable. Antes hablábamos de que Aurora podría ser la protagonista, así como también aquellos persona-

jes que lideran sus propios capítulos, pero precisamente porque la presencia de Christoph queda patente en todos los capítulos es que da la sensación de que realmente quien lleva las riendas de la historia es Christoph, estemos o no de acuerdo con sus ideales. Curioso cuanto menos.

«Todo lo que cuenta lo hace con una grandeza que es mejor leer directamente a que sean contadas». El gran déficit que tiene esta historia, inclasificable tal y como está concebida, es uno que estoy seguro de que será el mismo que tenga cualquiera que se enfrente a sus páginas: su duración. Antes alababa que se podía leer rápido, pues su estilo y narrativa fluía como una cascada de ideas de una potencia imparable, y es precisamente esa virtud la que no acaba de hacer justicia al trabajo. Tenemos muchos personajes, todos muy interesantes, con unas capacidades mágicas también jugosas, pero sabemos poco de todo. Si tuviéramos más información del personaje, de su historia, cómo ha llegado a ser quién es y cómo ha obtenido y aprendido ese poder, nos encontraríamos con un libro redondo, pero es muy difícil orquestar algo así de complejo en apenas 250 páginas. Pese a ello, todo lo que cuenta lo hace con una grandeza que es mejor leer directamente a que sean contadas.

páginas de Preámbulo del Universo se hallan varias ilustraciones originales que acompañan a cada capítulo. He podido verlas en su versión a color y hay que decir que la versión que aparece en el libro en formato digital no le hace justicia alguna, al menos si lo lees a través de un ebook que no soporte color además del negro. Por último, quiero recomendarlo Preámbulo del universo, no porque sea uno de los mejores libros que haya leído jamás, sino por lo inclasificable que es, por lo original en su montaje, por lo curioso de su estructura, por su cuidada prosa y su adictivo estilo narrativo. Si buscas una lectura amena y, sobre todo, diferente, Preámbulo del universo es tu libro.

No querría cerrar estas reseñas sin mencionar el trabajo de José María Pérez, conocido también como Chuacheart, pues entre las 31


THE BLACK HOLES El déjà vu de la ansiedad

B

orja González (1982, Badajoz) es autor autodidacta nacido del terreno de la ilustración y el fanzine. Ha ido desarrollando su estilo secuencial y visual, que empezó a tener sus primeros frutos con La Reina Orquídea publicada por El Verano del Cohete en 2016 y una extensión de 80 páginas, llegando a ser uno de los cómics revelación de ese año. Es en 2018 cuando publica con Reservoir Books el cómic al que dedicamos este artículo: The Black Holes. Con el doble de páginas que su antecesora espiritual, el cómic logró posicionar a Borja González como uno de los jóvenes autores más prometedores actualmente del cómic en España, siendo esta obra bastante reconocida y bien acogida por la crítica experta y los medios de comuni-

cación y difusión, lo que ha supuesto un nuevo punto de ruptura en la lineal carrera secuencial del autor. La historia, pese a tener una base de ciencia-ficción, se resume en una puesta en escena onírica que representa un estado mental en dos épocas distintas: 1856 y 2016. Las tramas, pertenecientes especialmente a dos realidades distintas de dos jóvenes adolescentes son paralelas, pero con el desarrollo de la historia se irán relacionando e incluso influenciando de alguna manera entre sí. Pero hay algo que comparten las dos jóvenes: No creen estar en el lugar que deberían estar. De este modo, quedan enfrentadas esas dos posturas que tenemos ante la vida para evadirnos de un presente que no nos representa o que, por lo menos, no sentimos así. Por un lado, en 2016 la protagonista de esta época se postula ante la idea de que en el pasado todo era mejor y más fácil. Por otro lado y, prácticamente al contrario, en 1856, la joven que protagoniza esta parte de la historia mantiene la idea de que le gustaría vivir en el futuro donde, seguramente, todo será mucho mejor. Ambas posturas les impiden vivir de forma plena y consciente en sus correspondientes presentes y propios contextos, tendiendo a evadirse de sus realidades. Es precisamente en esos momentos, en esas sensaciones más intensas, donde la conexión se

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CÓMIC/N. GRÁFICA

JOEL GALLEGO @MediaSonrisa

hace cuasi tangible dentro del propio cómic, que se nutre de una narrativa muy constante de elipsis para que, como lector, nuestra mente conecte con esos espacios en blanco y nos dejemos llevar por esas mismas sensaciones que trata de buscar y encontrarnos en nosotros mismos. Como si esa evasión que constantemente buscan los personajes del cómic la encontrásemos en el propio cómic con esos mismos personajes. Una historia que habla sobre la evasión y que, de alguna forma nos invita a ello y lo llega a conseguir. El estilo del cómic ha sido depurado por su autor a lo largo de su carrera, con grandes influencias que quedan plasmadas en las viñetas. Probablemente la más destacable y visible sea la figura de Mike Mig-


nola (autor conocido por Hellboy), ya que, aunque Borja mantiene de una forma bastante lograda un estilo personal diferenciable, la influencia de esa síntesis del dibujo tan bien formalizada esté presente en la figura de Mignola como referente. Además, la composición de las páginas funciona perfectamente tanto de manera individual como colectiva. La secuencialidad y el ritmo narrativo no decaen a lo largo del cómic, estructurados de tal manera que parecen microrrelatos de una hoja, dentro de un relato compuesto por 160 páginas.

La música forma un papel fundamental en el cómic, como si se tratase de una melodía muda, que no podemos oir pero a la que perfectamente podemos seguirle el ritmo. Además, es parte del contexto, de la trama e incluso está en los mismos fondos y diversos escenarios. Estos mismos escenarios que nos encontramos, todos y cada uno de ellos, son definitorios del propio contexto del momento, lugar y, sobre todo, de los personajes. La importancia que recae sobre los mismos es de suma importancia, imprescindible,

ya que conforma una simbiosis con los personajes y la historia que se desenvuelve. Los colores escogidos para el cómic son los justos y necesarios para que acompañe a la lectura y funcione perfectamente. No hay ningún tono que sobre y ninguno que falte, consiguiendo una paleta que, sin ser necesariamente extensa, es lo suficientemente rica y cautivadora, creando la atmósfera adecuada. Borja González nos habla también en su cómic de la ansiedad. Un trastorno del que cada vez somos más conscientes y que es determinante en la sociedad y época en la que vivimos. Como una constante crisis existencial de la que parece que no se puede salir, para acabar encadenándola con la siguiente. Pero, ante todo, The Black Holes es un cómic de lectura agradecida y que invita incluso a la relectura, descubriendo nuevas claves y distintos enfoques dentro de este conciso y concreto relato que te llenará de sensaciones que experimentar página a página. Para finalizar, y a modo de epílogo, cabe añadir que Borja González, aparte de seguir en su línea actual y sin pretender abandonar la edición y el formato de fanzine, trabaja junto con Mayte Alvarado donde continúan con un proyecto de sitio web (www. spiderlandsnake.com) en el que suben algunos cómics con historias cortas y autoconclusivas totalmente gratuitos. Planean también en un futuro sacar alguna tirada concreta y numerada de estos en físico. Sea como sea, estamos ante un autor que, tras dejarnos The Black Holes, definitivamente hay que tener muy presente para las futuras publicaciones y proyectos. 33


PSYREN

CÓMIC/N. GRÁFICA

El ejemplo de cuando un manga no es rentable

ADRIÁN TRUJILLO @haliaxsyn

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a Shūkan Shōnen Jump (o Weekly Shōnen Jump) es uno de los buques insignia del mundo editorial de la industria del manga, capitaneada por la que sería una de las editoriales más importantes en este aspecto dentro de la cultura japonesa: la Shūeisha. Esta revista —que muchos conocerán incluso en el mundo occidental— funciona como una publicación antológica semanal, y recopila capítulos de publicaciones manga orientadas a una demografía shōnen , y destacan entre ellos títulos tan conocidos como «One Piece» de Eiichiro Oda, «Naruto» de Masashi Kishimoto, «Bleach» de Tite Kubo, «Death Note» de Tsugumi Obha y Takeshi Obata, o la nueva tendencia mundial «Kimetsu no Yaiba» de Koyoharu Gotouge, de la que hablamos largo y tendido en nuestro número anterior. No cabe duda que en la Shūkan Shōnen Jump posee en su haber una larga lista de títulos exitosos trabajos de mangakas japoneses, todos auténticos éxitos entre público y crítica. Pero, ¿todos de verdad?

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Hay otra cara en las monedas, siempre la hay, y la Shūkan Shōnen Jump, al igual que el mundo editorial manga, es una gran moneda, la gallina de los huevos de oro de la cultura popular japonesa (al margen de las grandes industrias de entretenimiento de videojuegos como Sony y Nintendo). Y es precisamente esta segunda cara la que rara vez llega a occidente. Una de las características distintivas del sector de la publicación manga y anime (como se explica fenomenalmente bien la obra, también de la Shūkan Shōnen Jump, «Bakuman» de los mismos autores de «Death Note») es la publicación periódica de una gran idea, explotándola para que sea lo más rentable posible. Si ponemos un ejemplo en vigencia podemos señalar «One Piece», que, según una entrevista, el propio autor esperaba poder acabarla en apenas cinco años. Actualmente lleva casi veintitrés. ¿Cómo es esto? Sencillo: ¿cómo iban a dejar escapar, editorial y autor, la oportunidad de poner a la venta todos los años

y las semanas una de las historias más exitosas de todos los tiempos? Hasta un Récord Guinness tiene. Como este ejemplo hay varios, si bien ninguno es tan exagerado, sí que se nota. «Death Note» es también un ejemplo descarado de ello. Divisible en tres arcos argumentales que tienen por protagonistas en los dos primeros a los mismos, con una química apabullante, los autores —y la editorial— se sacan de la manga un forzadísimo tercer arco que, aunque no es malo, se ve que no acaba de encajar con la esencia de la historia. Pero en este caso no hemos venido a hablar de los proyectos con el sello de best seller que se extienden hasta el aburrimiento en pos de una maquinaria que solo gusta de escuchar los yenes cayendo sobre la mesa, sino todo lo contrario: obras magníficas que por alguna circunstancia no ven cumplidas las exacerbadas expectativas de una de las industrias más ricas del país del sol naciente, y que por esta misma razón acaban siendo injustamente canceladas.


Como ejemplos de ello tenemos, dentro de esta misma revista, «Zombiepowder», el primer manga serializado de Tite Kubo antes de pulir su trabajo y sacar el superventas «Bleach»; «Shaman King» de Hiroyuki Takei; «Double Arts» de Noshi Komi; o «Psyren», de Toshiaki Iwashiro, la obra en la que nos vamos a centrar para ejemplificar esto. «Psyren» no es la primera obra de su autor, Toshiaki Iwashiro, pues ya contaba con «Mieru Hito», pero sí que es el primer y gran superventas que cosechó entre 2007 y 2011, logrando posicionarse en repetidas ocasiones en los rankings de popularidad y posicionándose repetidas veces entre los trabajos más vendidos de Japón. Popularidad y ventas, las dos cosillas que a la industria editorial nipona hace babear. Entonces, ¿qué pasó? Si nos fijamos en los títulos anteriores, como «Zombiepowder» y «Double Arts» (excepto «Shaman King», que fue cancelado en parte por decisión del propio autor), damos con proyectos que ni siquiera alcanzaron a publicar su trigésimo capítulo. Sin embargo, «Psyren» no solo logró alcanzar esta cifra, sino que la superó holgadamente hasta los 145 capítulos. Nos encontramos, por tanto, con un trabajo que obtuvo el suficiente apoyo del público

durante al menos sus primeros tres años de actividad, hasta 2010, y que luego comenzó a ver su declive.

Pero, si ya se veía su muerte, anunciada por esos números que a la Shūkan Shōnen Jump no gusta nada, ¿por qué prolongarla hasta los 145 capítulos? Quizá porque la editorial no quería quedar mal con el autor —un respeto por un artista por el que esta clase de negocio no suele hacer gala— o porque conservaba la esperanza de que remontara en todos los aspectos. Cualquiera sabe. Lo que sí es horrible es haber forzado tanto la máquina para aguantar hasta esa cifra récord y, en el último tramo, forzar al autor a dar un acelerón tan brusco, empujando un final que evidentemente necesitaba un desarrollo más concienzudo. ¡Qué mala baba haber aguantado tanto para acabar haciendo tal despropósito!

¿Qué sucedió entonces? Irregularidad. Lo cierto es que Psyren, aunque poseía todos los elementos fundamentales de un shōnen de éxito, y aunque gozaba de una recepción bastante buena (aunque bastante alejada de otras obras destacadas de su generación como «Toriko» de Mitsutoshi Shimabukuro, «Bakuman» o «Nurarihyon no Mago» de Hiroshi Shiibashi) nunca lo hacía en los mismos pues-

Sin embargo, Toshiaki Iwashiro, consciente de la tragedia que caería sobre su trabajo, había dejado bastantes cabos sueltos cuando todavía gozaba de la virtud de la permanencia, una decisión acertada que le permitió tirar de esos mismos cabos llegado su debacle y que cerró, con bastante acierto y buena postura, vistas las circunstancias, un trabajo complejo en apenas un puñado de capítulos.

tos, y esa irregularidad es algo que la editorial Shūeisha no ve con buenos ojos, al igual que tampoco gustaba que ingresara cantidades desiguales por las ventas de sus tankōbon.

En comparación con otras series, cuya cancelación iba de un día para otro, es elogiable el trabajo de este autor por llevar a buen puerto un navío castigado por la tormenta y el fuego amigo. 35


DEVIN TOWNSEND Y EL ARTE DE LA LOCURA

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ocas veces el mundo de la música nos brinda el nacimiento de esos personajes que calificamos como genios, y si hay un arquetipo dentro de los genios, se trata sin duda del genio loco. Ese genio loco que trasciende de géneros, incomprendido, cuyo talento y posibilidades no parecen terminar nunca, excéntricos por naturaleza, que a menudo escapan al poder de la crítica, ya que el crítico, simplemente es incapaz de valorar una obra para la que carece de recursos suficientes. Multifacético, su fama comenzó en el año 1993, cuando un consagrado guitarrista llamado Steve Vai decide reclutarlo como vocalista para su álbum Sex and Religion. Proyecto que en determinado momento decide abandonar, ya que, según él, su creatividad estaba subyugada al propio Vai y se había transformado él mismo en el producto de la imaginación de otro. Fue poco después cuando funda su propia banda, Strapping Young Lad, con la que alcanza la fama en el mundo del heavy metal. Devin Townsend sabe mucho de ser un genio, con todo lo que eso conlleva. Una balanza parece colgar siempre de estas mentes alienígenas, que bascula constantemente entre la creatividad desmedida y la lucha contra los demonios internos. Estos demonios internos hicieron mella cuan36

do el trastorno mental se apoderó de él. En 1997 ingresó de manera voluntaria en un hospital psiquiátrico. En palabras del propio Townsend: «He comenzado a ver a los humanos como pequeños trozos de carne rosa solitarios, dependientes de agua. Formas de vida que expulsan aire a través de ellos y hacen ruidos que otros pequeños pedazos de carne parecen entender». Fue diagnosticado con trastorno bipolar y esto le ayudó a entender de dónde venían los dos lados de su personalidad que volcaba en la música. Es por esto que paulatinamente va abandonando la vertiente más agresiva en sus composiciones por considerarla tóxica para sí mismo.

MÚSICA

DAVID HERGA @HergaDavid

Tras disolver Strapping Young Lad comienza su fructífera aventura en solitario y si hay un disco que llame poderosamente la atención es Ziltoid The Omniscient (2007). Se trata de un disco conceptual. ¿Y el concepto? Aquí viene lo curioso. Un alienígena llamado Ziltoid, procedente del planeta Ziltoidia 9 que ha llegado al sistema solar y amenaza con destruir la tierra, a menos que se le entregue la taza de café negro perfecta. La humanidad lo intenta, pero el café es demasiado fétido para el paladar de Ziltoid, así que la invasión comienza. Nos encontramos ante una ópera espacial con múltiples referencias al cine de bajo presupuesto. Un compendio musical que mezcla elementos del rock más clásico, el rock progresivo, el thrash metal, new age o incluso pop. La apertura se abre paso con la homónima Ziltoid The Omniscient, una pieza de dobles bombos con guitarras pesadas donde el malvado extraterrestre hace gala de sus intenciones. «Tenéis cinco minutos terrestres, hacedlo perfecto» amenaza. Algo constante en este disco es la inclusión de los diálogos de los propios personajes, que llegan a ser realmente hilarantes. Seguimos: By your command nos muestra la ira de Ziltoid ante el fallido obsequio de la humanidad y nos avisa de que nos preparemos para la subyugación, insinuan-


do que egoístamente los terrícolas guardamos de forma secreta los mejores granos de café. En Ziltoidia Attaxx comienza la invasión con unos inquietantes coros infantiles de fondo. Las naves están en el cielo y todo va a ser destruido. Llega el turno de Solar Winds, y un nuevo personaje aparece en la historia. Nada más y nada menos que el Capitán Espectacular, nuestra cabeza visible ante las tropas de Ziltoid, dispuesto a desenmascararlo y mostrar lo que realmente es: un simple friki del espacio. Se notan ciertos aires narcisistas en este Capitán Espectacular. «Queridos humanos, soy el Capitán Espectacular, confiad en mí». No obstante, uno de los secuaces de Ziltoid se percata de que nuestro capitán se dirige hacia la mina de la Nebulosa 9 junto a todos los humanos que han sobrevivido al ataque y lo pone en conocimiento de su amo, que no reacciona a tiempo, ya que los humanos han desaparecido de los radares alienígenas. «Maldita sea, deben haber saltado a la hipervelocidad».

Hyperdrive es el siguiente corte, que habla de manera metafórica sobre navegar lejos, el sentimiento de soledad y la voluntad para seguir nuestro propio camino. Capitán Espectacular ha llegado a la Nebulosa 9 con todos los humanos. Sin embargo, ellos no saben que Ziltoid ha llegado también. Da comienzo N9 con una alegoría sobre la vulnerabilidad emocional, que finaliza con un Ziltoid poseído por el odio dando paso a Planet Smasher que como su propio nombre indica se trata de un arma especial capaz de destruir planetas. Una criatura que ha sido invocada para destruir la Tierra. Habla-

mos del Destructor de Planetas Hexadimensional, «Herman» para los amigos, que se levanta de su sueño para cumplir su cometido por orden del malvado Ziltoid. Sin embargo, este rechaza la orden y llama plaga a los ziltoidianos. En Omnidimensional Creator un confuso e inseguro Ziltoid consul-

ta entonces al Creador Omnidimensional y le pregunta cuál es la naturaleza de su realidad a lo que este le responde que se tome las cosas con calma, para luego en Color Your World informarle de que solo es un títere, y que en realidad todos somos títeres.

The Greys finaliza esta historia con un Ziltoid humanizado y mostrando sus debilidades emocionales, cansado del color gris de su vida. Y hasta aquí llega el encuentro de Ziltoid El Omnisciente con los humanos. O eso parece… Tall Latte irrumpe de forma imprevista a modo de epílogo, con un nuevo personaje que parece no pertenecer a esta aventura, tarareando las últimas líneas de la canción anterior mientras sueña,

hasta que alguien lo despierta enfadado: «Ey holgazán, ¡Levanta! Tenemos a un montón de gente haciendo cola y tú soñando despierto. ¡Venga! Tenemos que hacer un moca blanco, un americano grande y un capuccino extra grande». ¿Era este el significado de toda esta historia? ¿El sueño de un empleado de cafetería?

La carrera de Devin Townsend está plagada de joyas, si bien Ziltoid The Omniscient destaca por su singularidad y sus altas dosis de humor absurdo. Devin desde entonces ha incluido al alienígena Ziltoid como parte de sus espectáculos en vivo, remarcando una aparición en las pantallas del escenario para batirse en un duelo de solos de guitarra con el propio Townsend. Esta maravillosa aventura tuvo una continuación en el disco Z2 si bien cualquier disco de este artista puede ser un auténtico descubrimiento, y es que encasillarlo es una tarea imposible. La única premisa necesaria para disfrutar de su música es dejarse llevar, sin prejuicios de ningún tipo, por esta mezcla que levita entre la cordura y el trastorno, entre la genialidad y lo cutre, entre la alucinación y la realidad. 37


MÚSICA

MÚSICA PARA TUS OJOS

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esde su nacimiento en 1997, Final Fantasy VII ha sido uno de los videojuegos más emblemáticos de la historia, llegando a ser el segundo más vendido de la PlayStation con más de 10 millones de copias. Este abril de 2020 ha llegado el esperadísimo remake en una primera parte cuya demo ya se pudo disfrutar en el pasado mes de marzo. Pero, ¿qué tiene de especial este videojuego y por qué es tan querido y recordado por los fans, que

grupo ecoterrorista cuya misión es desmantelar a la compañía Shinra, la principal encargada de sustraer los recursos y la energía vital del planeta. Este tipo de discursos y de historias, que nunca han dejado de estar presentes, cobran especial importancia en nuestra sociedad actual con la gran concienciación que hemos estado adquiriendo en este tiempo respecto a nuestro planeta Tierra. En este escenario, fantasía y ciencia ficción a la par, se logran dar la

JOEL GALLEGO @MediaSonrisa

cualidades relevantes y notorias, que desde la construcción y el trasfondo del entorno y de todos y cada uno de los personajes y secundarios, hasta su jugabilidad y extensión en un mundo donde absolutamente nada sobra y todo tiene algo que contar. En este caso, hablaremos de uno de los puntos indiscutiblemente más fuertes y emblemáticos del propio videojuego: la banda sonora. A lo largo de toda la saga, la música de Final Fantasy ha destacado por su calidad dentro de lo posible en cada formato de videoconsola. Pero la más emblemática de la saga y que incluso ha trascendido más allá es la del VII. Fue concebida por Nobuo Uematsu (Köchi, 1959), quien ha sido desde la primera entrega, el compositor por excelencia de la inmensa mayoría de la saga hasta el momento.

esperaban este un remake desde la PlayStation 3? Para empezar, tenemos que admitir que la historia es realmente cautivadora. Nos situamos principalmente bajo el mando de Cloud Strife, un mercenario con un pasado confuso, es contratado por AVALANCHA, un 38

mano en este RPG que cuenta con una aventura dramática y cautivadora desde el primer instante, desenvolviéndose en un escenario que nos puede recordar a nuestro futuro más cercano. Historia a parte, Final Fantasy VII destacó y destaca por muchísimas

La música del Final Fantasy VII tiene algo realmente cautivador y mágico a lo largo de sus 4 horas y 34 minutos que componen el conjunto de las 85 piezas musicales. El autor, que había experimentado largo y tendido y cuyas principales influencias era la música británica


de los años 70, destacando artistas y bandas tan diferentes como Deep Purple, Led Zeppelin o Elton John, con la llegada del FFVII y el cambio que supuso a nivel generacional en las videoconsolas con la PlayStation, se cobró un trabajo menos experimental y más técnico y preciso con todo lo que había aprendido. Así pues, con el chip de sonido de la videoconsola y un sintetizador Roland SC88, Nobuo Uematsu hizo su magia para la posteridad, componiendo una infinidad de temas memorables, de entre los cuales, cabe destacar el favorito del compositor: One Winged-Angel. La composición era el tema principal dedicado a Sephirot, el antagonista principal de la historia, cuyas referencias bíblicas quedan bien claras y precisas respecto al personaje, así como en el título de la misma canción. Para ello, se llegó a introducir una serie de actuaciones comprimidas y una orquesta secuenciada, dando la mayor de las armonías en uno de los momentos más épicos del videojuego.

esos momentos donde la música entraba por tus canales auditivos y acababa acompañando a tus ojos en la visión de una pantalla. Incluso, si no has jugado al videojuego, puedes entender perfectamente y con total tranquilidad lo que está ocurriendo, pues estamos ante una banda sonora puramente sensitiva y emocional, pese a su definición más técnica y buscada por parte del autor para adaptarse perfectamente y en comunión a las directrices y sugerencias respecto al videojuego.

Final Fantasy VII posee varios álbumes de los cuales cabe destacar Final Fantasy VII Original Soundtrack, que contiene todos los temas del videojuego en cuatro discos, sin arreglos orquestales y totalmente producidos y compuestos por Nobuo Uematsu; y Piano Collections: Final Fantasy VII, que es un álbum en el que se recopila los temas más emblemáticos de la banda sonora con arreglos para piano realizados por Shiro Hamaguchi y cuya interpretación fue de Seiji Honda.

Pese a todo, la participación de Nobuo Uematsu en Final Fantasy VII Remake es reducida, tal y como ha llevado siendo desde el XII, pero sigue estando presente trabajando sobre sus piezas junto a los artistas Masashi Hamauzu y Mitsuto Suzuki. La mayor novedad íntegramente por Uematsu es, a parte de un remake de la banda sonora acorde al videojuego, una nueva pista llamada Hollow, que se pudo escuchar en el tráiler previo a la demo. También cabe añadir que hemos tenido y tendremos varios eventos musicales al respecto, como la gira de Final Fantasy VII Remake Orchestra World Tour, que, aprovechando el lanzamiento del nuevo FFVII, se tiene prevista y confirmada hasta el momento su llegada a Barcelona el próximo 19 de diciembre de 2020. En definitiva, estamos ante una banda sonora inmortal que aguanta el paso del tiempo de una forma increíblemente imperecedera.

Hubieron varias canciones descartadas de entre toda su producción y algunas que se aprovecharon para alguna entrega anterior, como fue Eyes on Me, pensando como el tema principal para la séptima entrega, pero que acabó en el Final Fantasy VIII para dar pie a las escenas románticas entre los personajes de Rinoa y Squall. Pero, ante todo y lejos de lo técnico, nos encontramos ante una banda sonora con una unidad propia, distinta y que desprende un halo mágico que, a quienes han jugado al videojuego les transportará a 39


ARTISTAS

PORTAFOLIO

ARISSOU ARIDIAN GONZÁLEZ BAUSSOU, MÁS CONOCIDA COMO ARISSOU, ES UNA ILUSTRADORA Y TATUADORA CON UNA FUERTE REFERENCIALIDAD AL ESTILO OLD SCHOOL. GRADUADA EN BELLAS ARTES EN LA ESPECIALIDAD DE ILUSTRACIÓN POR LA UNIVERSIDAD DE LA LAGUNA. EN SU TRABAJO PLANTEA UNA VISIÓN DE UNA «NATURALEZA MALDITA», PLAGADA DE PERSONAJES CON MIRADA PENETRANTE ENVUELTOS DE UN HALO QUE DESTILA CIERTO MISTICISMO.

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ridian González Baussou (Tenerife, 1995). Desde muy pequeña siempre ha estado muy unida a la lectura de cómics desde la Escuela Bruguera pasando por el cómic europeo y americano, hasta autores más poéticos y controvertidos como Marjane Satrapi. Termina la carrera de Bellas Artes y el Conservatorio Oficial de Música y empieza a buscar su camino a través de la ilustración y la animación. Entre otras cosas trabaja creando merchandising para el grupo de teatro Abubukaka, un pequeño cómic autoeditado del personaje Supertrán en 2015, merchandising para el Instituto de Astrofísica de Canarias, participación en el mercadillo de ilustradores de la Semana de Cómic de La Laguna de 2017, participación en la Noche en Blanco de La Laguna como ilustradora en la Galería de Artistas en 2017 y ha publicado un artículo en el periódico El Día sobre la Semana de la Danza durante un año de prácticas en el Teatro Leal de La Laguna. Ha realizado distintas exposiciones a lo largo de su carrera universitaria; Exposición individual en 40

Calderón de la tarta (2014); Exposición individual en el Colegio Hispano Británico (2015); Exposición de la Semana del Cómic de La Laguna en el Paraninfo con el motivo “Ministerio del Tiempo” (2015); Exposición de la Semana del Cómic de La Laguna en el Paraninfo con el motivo “Escuela Bruguera” (2017). Trabaja desde hace tres años como ilustradora para realizar los carteles del Ciclo de Cine se Amnistía Internacional. Los derechos humanos tratados en las películas que se reproducen en el ciclo son los motivos de los carteles, como por ejemplo el tema desahucios, en este último año 2019. Una de sus grandes vocaciones y a lo que se ha dedicado a formarse como profesional en estos dos últimos años, el mundo del tatuaje. Crea sus diseños llenos de color

para plasmarlos en la piel. Empieza su período de aprendizaje en Sin Rencor Tattoo y trabaja dos años de forma eventual en Kraken Tattoo. Mediante sus ilustraciones plantea una naturaleza maldita, llena de rostros de mirada penetrante, animales malditos y magia que envuelve el entorno. @arissoutattoo


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ARTISTAS

PORTAFOLIO

KATHERINE BJELKE ILUSTRADORA Y DISEÑADORA GRÁFICA, KATHERINE BJELKE, CONOCIDA TAMBIÉN BAJO EL NOMBRE DE KATHEGRAPHICS, ESTUDIÓ BELLAS ARTES EN LA UNIVERSIDAD DE LA LAGUNA Y COMPLEMENTÓ SUS ESTUDIOS CON DISEÑO GRÁFICO. ACTUALMENTE SE ESPECIALIZA EN LA ILUSTRACIÓN VECTORIAL Y DEDICA GRAN PARTE DE SU TIEMPO A LA INVESTIGACIÓN ESPACIAL, DE DONDE VIENE GRAN PARTE DE LA INSPIRACIÓN DE SU TRABAJO.

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atherine Bjelke es ilustradora y diseñadora gráfica canaria de ascendencia danesa, especializada en ilustraciones científicas. Graduada en Bellas Artes por la Universidad de La Laguna, siguió completando su formación en diseño gráfico, y ha colaborado en exposiciones como «¿Porque somos artistas?» o «Unidas por el Atlántico» entre otras, y realizado infinidad de proyectos tanto en el ámbito del diseño gráfico como la ilustración. Gran amante de la literatura, la ciencia ficción, la historia de la humanidad, la exploración espacial y la ciencia, de donde saca la mayor parte de la inspiración para su propio trabajo, combina arte y ciencia con tintes minimalistas. Desde temprana edad, la creatividad siempre ha formado parte fundamental de su vida, por eso siempre supo que quería que fuera el elemento principal de su trabajo, lo que al final acabó canalizando en el diseño gráfico y la ilustración. Durante su paso por Bellas Artes, decidió llevar a cabo su proyecto sobre refugiados, guerra e infancia, «La guerra a través de la imagina44

ción» y ese es probablemente el momento en el que se enamoró no solo de la parte gráfica del desarrollo de un diseño, sino también de la investigación, abordando problemas complejos, entendiéndolos y trabajando con ellos como el núcleo de su trabajo, metodología que luego extrapolaría a sus nuevas temáticas que siguen jugando con la mezcla de conceptos y la creación de mundos imaginarios, a los que debe su camino por el diseño gráfico, de donde nace su estilo de ilustración digital más actual. Sus nuevos trabajos se centran en la divulgación científica y la exploración espacial, otra de sus grandes pasiones, de los que realiza posters con los que disfruta mucho la investigación previa antes de realizar la parte gráfica. Su sello de identidad es, por tanto, la combinación de investigación y el

enfoque artístico y creativo. Actualmente puedes encontrarla en redes como Instagram, Dribbble o Etsy bajo el nombre de KateGraphics, alternando su trabajo como diseñadora gráfica freelance y compaginándolo con sus proyectos más personales de ilustración, encargos y su tienda online. @kathegraphics


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VIDEOJUEGOS

ISLAOLIVA GAMES ENTREVISTA A

Como desarrollador independiente con base en Tenerife, Islas Canarias, islaOliva Games está conformada por un pequeño equipo de apenas dos integrantes, Miriam y Vicente, actualmente sumergidos en la producción Lapso, un videojuego de exploración y ciencia ficción en primera persona, enfocado especialmente en la narrativa ambiental. ADRIÁN TRUJILLO @haliaxsyn

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ntes de meternos en detalles técnicos vamos a intentar esbozar en líneas generales qué es el proyecto que tienen entre manos, así que, ¿por qué no empezamos a hablar por qué es Lapso? ¿Cómo lo definirían? Lapso es un juego de exploración y ciencia ficción en primera persona para un jugador con especial atención en la narrativa ambiental y el sonido. En el juego, deberás meterte en la piel de Ilai, un ilustrador científico, que acampa junto a un lago con su caravana durante la década de los 70 para desarrollar un encargo especial. Se trata de explorar la región de Rockrose en busca de singularidades, visitar sus lugares abandonados y descubrir sus secretos. ¿Cómo y cuándo surgió la idea? ¿Era algo que tenían en mente desde hacía tiempo o surgió a medida que lo hablaban? A finales de 2017, Vicente había desarrollado un título corto en solitario, lo había lanzado a Steam y tenía muy claro que quería dedicarse al desarrollo de videojuegos. Miriam tenía experiencia en diseño y había aplicado el modelado 3D en

videojuego de exploración, aventura y misterio. La historia entorno a esta idea ha ido variando hasta la que es hoy. Que el juego sea en primera persona, sin poder alternar a tercera, ¿es un factor determinante para la inmersión completa en la aventura que nos depara el videojuego o es un elemento por pura estética?

diferentes áreas desde hacía más de 10 años con diferentes softwares. Una vez terminamos la carrera de Bellas Artes, a finales de 2018, decidimos formar equipo para desarrollar un proyecto algo más largo y contundente. Al inicio, íbamos a desarrollar otro tipo de videojuego pero la idea creció y nos pareció un proyecto muy largo de realizar y lo abandonamos para hacer algo que nos parecía tener un desarrollo más corto. La primera versión de Lapso surge como una historia corta en la que la única iluminación provenía de la luz de un faro. Pero ahí ya estaba claro que iba a ser un

El uso de la cámara en primera persona permite al jugador identificarse más fácilmente con el personaje y por lo tanto permite una inmersión mayor. Lapso está diseñado, desde la concepción del proyecto, para ser una experiencia atmosférica. La fotogrametría, el sonido envolvente, la escala, la climatología... pero, sobre todo, dotar al juego de sonido espacial fue determinante para decidir utilizar una cámara en primera persona. La narrativa ambiental es algo que controlo bastante, más aún si lo mezclamos con el sonido. Un juego de este estilo bebe del concepto «soundscape» de R. Murray Schafer, un «paisaje sonoro». Nos consta que ustedes pertenecen al mundo de las Bellas Artes como yo. ¿Es49


tán familiarizados con el «arte sonoro» como tal o dirían que el planteamiento de Lapso tiene características similares por pura casualidad? Entendemos que el arte sonoro practica la escucha activa. El sonido en nuestro juego es una herramienta que facilita la inmersión del jugador en la historia, pero no está concebido en sí mismo para ser una experiencia sensorial exclusivamente ni pretende ser considerado una performance ni una obra de arte. Sin embargo, es un elemento al que hemos prestado especial atención. Cuando hablamos de narrativa ambiental en este caso nos referimos por ejemplo a Samus e Isaac Clarke llegando a esas naves abandonadas antes de que empiece la acción, a explorar los exteriores de Dear Esther o los interiores de Gone Home, a encontrar una zona oculta en un Elder Scroll que

no figura en mapas ni en misiones secundarias... Se trata de dejar que el entorno construya el relato. ¿Qué herramienta o lenguaje de programación utilizan? ¿Por qué esa y no otra? Utilizamos Unity como motor gráfico que a su vez utiliza c# como 50

lenguaje de programación. Elegimos este motor por la comunidad bestial que tiene, casi cualquier duda que tengas ya está resuelta desde hace años por los foros y sus desarrolladores. La democratización del acceso a los motores gráficos es parte fundamental para que podamos hacer esto. Si tuviéramos que generar nuestras propias herramientas no sería rentable el desarrollo.

¿Qué papel desempeña cada uno en el desarrollo? Entre los dos gestionamos la totalidad del proyecto por lo que la línea divisoria en la diferenciación de las tareas es muy fina pero, a grandes rasgos, Miriam es quien da forma a los proyectos trabajando de manera simultánea en diferentes

áreas: produce, diseña, coordina, conceptualiza... Y Vicente es el encargado de materializar los proyectos en una experiencia jugable. Además se ocupa del sonido y las composiciones musicales. Hay algo que me pica mucho la curiosidad tan solo de ver el teaser que han lanzado, y es la exquisita calidad realista de lo modelado. ¡Luce increíble! ¿Utilizan assets comprados o por el contrario modelan todo desde cero? El término «asset» hace referencia a todos los recursos que conforman un videojuego: desde el sonido, los modelos, las animaciones,... En nuestro caso, nosotros preferimos crear nuestros propios assets y así lo hacemos. Utilizamos algunos assets genéricos que hemos comprado, como algunos árboles y rocas, que es algo que suma al conjunto total de los escenarios y quedan totalmente integrados. Modelamos, texturizamos y animamos desde cero el resto de elementos y, para ahorrar tiempo, usamos fotogrametría sobre objetos de la naturaleza, especialmente rocas y algunas plantas, lo que permite tener un modelo muy realista y detallado de algunos elementos que creán-


dolos a mano serían semanas de trabajo adicionales. Por ejemplo, las rocas que conforman la base del faro son piedras que buscamos específicamente en la isla de Tenerife. Respecto al resto de assets, los de sonido por ejemplo, lo grabamos y editamos también nosotros. Depende del uso que le vayamos a dar, algunos sonidos son registrados con una señal binaural e introducidos con esa configuración en el juego, otros sonidos los convertimos a monoaural y ya dentro del motor generamos la espacialidad mediante un algoritmo. Además, la autoría del código utilizado y la música, entre otras cosas, es también de Vicente o del estudio. Sea como sea, se nota que hay un trabajo de muchas horas, así que no puedo evitar preguntarme cuánto tiempo llevan de desarrollo, y sobre todo, cuántas horas le echan al proyecto durante el día. Nuestra jornada laboral es un poco atípica. Este es un proyecto independiente y sin financiación externa, por lo que el tiempo es un elemento crucial para que el proyecto salga adelante.

Nuestro modelo no es algo que recomendemos a nadie, pero es un trabajo personal e invertimos todas las horas que tenemos. ¿Cuánto tiempo esperan que dure proceso del desarrollo de Lapso? Habiendo sacado ya varias imágenes promocionales, un teaser e incluso haber abierto una ficha en Steam sugiere que debe quedar menos de lo que esperamos. Llevamos aproximadamente un año desarrollando Lapso y calculamos tenerlo listo para aproximadamente finales de 2020. Hemos lanzado una demo del juego en Steam e Itch.io para que todo el que lo desee lo pueda probar de forma gratuita. Esperamos que el tiempo total de desarrollo no supere los dos años. Hablando de tiempo de jugabilidad, ¿cuánto creen que podría durar el juego una vez le damos al botón de inicio hasta que aparecen las líneas de crédito?

Lapso es un juego que se desarrolla en un entorno abierto completamente explorable por

lo que el tiempo de juego es muy variable. Debido a que el título se encuentra en desarrollo no podemos ser más específicos con la duración real pero podemos calcular entre 5 y 10 horas. Por último, ¿tienen pensado que Lapso llegue a distintas plataformas como PS4, Xbox o Switch? ¿Quizá a dispositivos móviles como Android o iOS? Por cómo se ve sería increíble poder jugarlo en una plataforma portátil como Nintendo Switch, sin mencionar que Nintendo está apostando mucho por desarrolladores indies para esta misma consola… El título saldrá principalmente para PC en las tiendas de Steam y en Itch.io. Nuestro esfuerzo se está centrando en la optimización y buen rendimiento de Lapso en la mayoría de equipos. Nos encantaría que nuestro juego pudiera estar en otras plataformas, especialmente en Nintendo Switch, pero ahora mismo no es una prioridad debido a la complejidad del proyecto con un equipo de personas tan reducido. Pero la idea nos atrae y haremos lo posible por conseguirlo.

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RELATOS

VIDEÓFAGOS

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VÍCTOR CONDE

odo comenzó con Alberto Espinal y con una noche de estática derramada sobre la pared. El resplandor brotaba del televisor de tubo catódico como una tormenta de incongruencias electrónicas, una lluvia de estocástica que vestía de electricidad el tapizado de flores de las paredes, y hacía correr barbas de San Telmo por las esquinas de los muebles como insectos de fuego. Dado que no había otra fuente de luz en la habitación salvo la que emanaba del televisor, todo tenía un aire espectral, fantasmagórico, con aquel aparato ejerciendo de hoguera donde ardía la llama electrónica de la posmodernidad, y él, Alberto, como único gurú presente en el sacrificio. ¿A quién o a qué se iba a sacrificar esa noche? Pues, por lo visto, a él mismo. Aunque todavía no tenía claro el porqué. Tenía diecisiete años y vivía en la casa de su madre viuda, en la buhardilla. Aquel era su sancta sanctórum, el trastero mágico donde atesoraba sus recuerdos de primera adolescencia y lo poco que le quedaba de la niñez. Ella no solía subir mucho por allí, cosa que Alberto agradecía. Las pocas veces que lo hacía le dedicaba un ceño descontento a los trastos de su hijo, y gravitaba sin tocar nada por encima de las prendas de ropa tiradas por el suelo o sobre las sillas, las cuales merecían otro ceño. La madre responsable que llevaba dentro la urgía a enseñar sus dientes de loba, pero desde hacía tiempo había decidido no inmiscuirse en los asuntos privados de su hijo. Si él quería ser un freak de esos que tan de moda estaban entre la gente de su edad, adelante: tarde o temprano, aunque fuese solo por la presión de las hormonas, encontraría una chica que lo hiciera espabilar. Ella no conocía a fondo el mundo de los adolescentes de 1987, por lo que le resultaba imposible decidir si la obsesión de Alberto por las cintas de videocasete VHS era algo normal, algo estandarizado entre los «pibes», o si se trataba de una fiebre que solo lo atañía a él. Otros jóvenes coleccionaban cosas raras, como serpientes exóticas y piercings para ombligo o juguetes de sadomasoquismo, pero a su hijo le había tocado aquel afán desmedido por las películas de videoclub. Y eso era algo que se salía tantísimo de las coordenadas culturales de su madre, que había renunciado a entenderlo. No es que no pudiera, es que ni siquiera se molestaba ya en hacerlo, porque sabía que jamás lo conseguiría. 52

Alberto llevaba los últimos tres años de su vida coleccionando películas «raritas», de esas que tenían carátulas tan asombrosas como ofensivas para la vista de un espectador casual. La buhardilla estaba forrada con estanterías del suelo al techo, llenas de aquellos subproductos de videoclub casposo que él había ido recopilando pacientemente, cual hormiguita trabajadora, sacándolos de sótanos mugrientos, rastrillos de pueblo y compra directa a las distribuidoras por catálogo. El poco dinero que le entraba gracias a sus esporádicos trabajos se le iba en esa tontería, pero Gemma, su madre, no quería interponerse. La situación en sí le traía a la boca un regusto indefinido, rancio, pero se lo tragaba como una bilis más de las que le daba la vida. Aquella noche, la del ritual, Alberto estaba solo en casa. Su madre había salido a dar una vuelta con uno de sus últimos novios, y el lugar estaba en silencio salvo por la expectoración electroestática del vídeo. Había dejado correr una cinta hasta el final, hasta que ya no había nada grabado en ella, y los últimos metros le estaban mostrando eso mismo: la nada digital. El carraspeo de garganta de Dios. Cogió la carátula y la miró: Operación Strike Rambo 3… en la que un hombre musculoso sin camisa y con pantalones caqui sostenía una ametralladora en una mano, un cuchillo de supervivencia en la otra, y miraba al frente con una sonrisa de complacencia bajo una mopa de greñas rubias. A su alrededor, una selva, un autobús que explotaba en una bola de fuego, dos helicópteros de Vietnam, un aerojet de línea que aterrizaba con una sola rueda, una belleza en bikini que se dejaba secuestrar con una pose sugerente por dos sicarios… y todavía sobraba espacio para el título. A veces se preguntaba cómo hacían los genios que pintaban aquellas carátulas para meter tantas cosas en tan poco espacio sin que rechinase. Todavía no había visto Operación Strike Rambo 2, en la que salía Chuck Norris, ni la primera, que no tenía nada que ver ni con selvas ni con rubias en bikini. Sonrió. Aquel era su mundo, uno que muy pocos fans en la superficie del planeta podrían entender. ¿Cómo explicarle a su madre, que se había criado en otra época, el placer libidinoso que producía entrar en uno de aquellos templos catódicos, un videoclub mugriento de barriada, y perderse entre las estanterías de películas de bordes sobados escuchando la llamada de la selva? Era


imposible explicarle al profano el goce supremo para los sentidos que significaban aquellas carátulas, aquellos colores chillones, aquellas hembras semidesnudas que miraban en escorzo, aquellos mazas de gimnasio con la camisa rasgada y gafas de sol que podían tener un brazo robot o algún otro adminículo cibernético metido en sus partes… Aquellos títulos imposibles, aquellas frases publicitarias que parecían paridas por el distribuidor tras una noche de borrachera. Pero, sobre todo, era imposible explicar el irresistible encanto de la cultura trash. Aquellas no eran películas: eran portales a una dimensión paralela, cuatro o cinco mundos más allá, en la que las mujeres siempre eran arpías peligrosas, las promesas hechas a los amigos que morían en tus brazos eran más sagradas que el Padrenuestro, y el más ridículo argumento devenía en una buena excusa para una invasión de alienígenas o un baño de sangre en las calles de Niuyor. Pero ahora todo eso podía estar a punto de acabar. Porque había una amenaza que ni en sus peores sueños había conseguido eludir. Una que no se podía combatir con ametralladoras gigantes ni con bazookas ni con coches de alta tecnología: la edad. Alberto se estaba haciendo mayor, estaba a punto de alcanzar la mayoría de edad, y aunque siempre deseó poder quedarse en unos eternos dieciséis años, su adolescencia estaba a punto de marchitarse. Le restaba menos de una semana para cumplir los dieciocho, y su madre ya le había soltado la arenga: Empezarás a buscar trabajo ipso facto. ¡Un trabajo! ¡Pero en qué desquiciada cabeza cabía semejante idea! Un trabajo… sí, la perfecta sentencia de muerte para sus sueños. Los trabajos reportaban dinero, pero también hacían que uno se volviera responsable y tuviera que anclar sus pies en esa pantanosa ciénaga llamada «realidad». ¡Y él no quería! La única realidad que conocía, la que le importaba, se hallaba tras aquellas carátulas maravillosas que prometían aventuras sin fin, horror cósmico y bellezones como jamás existirían en las calles de su ciudad. ¿Acaso un trabajo de siete a tres en un supermercado le iba a proporcionar los mismos placeres que acompañar a Joshua Scalabborn al interior de la selva, a rescatar a sus amigos M.I.A. de campamentos vietnamitas infectados con una bacteria mutante que había convertido a los vietcongs en criaturas radiactivas, en la gloriosa Explosión devastadora 2? ¿O la mujer que tendría como jefa mostraría las sensuales curvas de una Jennifer Lee capaces de hacer temblar hasta las lápidas de los muertos en Voy, me los cepillo y vuelvo, esa joya del Eurowestern? ¿Sería el jefe de la sección de espárragos y mariscos un ninja infiltrado en el mundo occidental, esperando pacientemente a que nazca el Anticristo para prevenir su entrada en este mundo a base de lanzarle estrellas ninja, como en la digna de un Óscar

Ninjutsuxorcista? No lo creía. La vida real jamás estaría a la altura de semejantes argumentos. Alberto le tenía auténtico terror a dar el paso, a verse obligado a madurar y entrar por la puerta pequeña en el mundo de los coches y los talleres de recambios y las hipotecas a largo plazo y las oposiciones al Estado. Esa era la definición perfecta del Infierno, y no la que venía en la R.A.E. Pero puede que aquella noche hubiese una última oportunidad para escapar. Una que Alberto llevaba buscando mucho tiempo, pero que hasta el ultimísimo momento no se había presentado. Esta noche haría el ritual pagano. Lo descubrió por casualidad dejando correr uno de sus vídeos favoritos hasta el final, hasta la zona de la cinta que ya no tenía nada grabado. De repente aparecieron aquellas sombras, entrevistas en la tormenta de estática, y se escucharon las voces: unos ecos que recordaban el lamento de la albufera al rendirse bajo la niebla en una mañana de invierno. El mismo sonido que haría una vegetación maligna al arrastrarse por la playa, una vegetación demasiado primitiva como para haber decidido ya a qué especie pertenecía. Así de extrañas sonaban aquellas voces. Y él había oído su mensaje. Un relámpago inflamó la noche. Una espesa bruma había sustituido al cielo desde media tarde, negándole el paso al sol y reduciendo los edificios a bloques brumosos. El ambiente era perfecto; la noche, ideal. Los novatos que salían de la autoescuela portaban la L que era el blasón de todas las veces que un policía les echaría la bronca, mientras la niebla se tragaba el último atisbo de los catadióptricos de los vehículos que se alejaban para nunca volver. Alberto cogió el cuchillo de cocina. Había elegido una película llamada Naked sensei, una de sus favoritas, pues conjugaba dos de sus obsesiones adolescentes: desnudos de chicas y artes marciales. Se había enamorado de ese subgénero y de la actriz que protagonizaba casi todos los títulos, un bellezón de tatami llamado Ramona Sleyter. Esa sería su puerta de entrada. Otro relámpago se desplegó como una carrera en la media del cielo. Alberto se preparó, pues dentro de nada la cinta de vídeo llegaría a su fin, y saltaría el rebobinado automático. Justo en ese momento debía derramar unas gotas de sangre a modo de ofrenda sobre el altar —un reproductor BETAMAX que ya no funcionaba pero que fue el primer aparato de vídeo doméstico que entró en aquella casa, y que tenía dibujado un pentagrama—, y recitar las palabras. Unas que solo se aprendían si te tragabas la suficiente basura esotérica del estante de «filmes sobre exorcismos y brujería caribeña». Esperó con el corazón en un puño. Cómo pe53


saban los segundos cuando uno sabía que un acontecimiento era inminente, y lo aguardaba con tesón. (Adiós, mundo banal, siempre te odié, nunca fuiste para mí). El gemido de los últimos centímetros de cinta llegando al final del videocasete (no te echaré de menos ni tú a mí tampoco, la entropía se quedará tranquila porque no habrá habido pérdidas importantes en ninguno de los dos lados), la hoja del cuchillo contra la piel del antebrazo, fría, esterilizada pero amenazadora. Solo unas gotas de sangre, nada más, no hace falta rebanarse un brazo, solo un pequeño corte para que el… ¡Clack! La cinta se acabó y empezó el rebobinado. Alberto se llevó un susto a pesar de que lo estaba esperando. Pronunció con aire solemne las palabras mágicas y ejerció una ligera presión en su brazo que no llegó a hacerle más que un leve arañazo. ¡No seas mariquita!, se recriminó, y se clavó la punta del cuchillo de su madre, el que usaba para trinchar el pavo en Navidad. —¡Ay, joder! —exclamó cuando el dolor se expandió como una onda brazo arriba, pero ahí estaba: el corte, la sangre, las gotitas que llovían sobre el pentagrama. ¿Por qué en las películas todo parecía siempre más fácil, más indoloro? El efecto que esa sangre ejerció sobre la cinta se percibió a simple vista: la carcasa de plástico absorbió las gotas como una esponja, bebiéndolas, sin dejar ni siquiera una mancha. Entonces la pantalla del televisor parpadeó, y la corteza de grumos negros y blancos que la recubría dejó de ser bidimensional para proyectarse sobre Alberto como una cascada electrónica, la explosión controlada de una nova. Lo último que vio el joven fue ese torbellino cuyas paredes parecían formar un embudo, y después la nada. Despertó con frío y una gelidez entumecedora en el brazo. Estaba tirado en medio de un callejón entre altísimas paredes de edificios que se perdían en la noche. La lluvia caía, una cortina débil pero constante, y unos gatos lo miraban con sus ópalos encendidos desde las sombras. Se miró el brazo. El corte del cuchillo parecía viejo, como si se lo hubiese hecho hacía cien años. Tuvo que parpadear para intentar enfocar bien los detalles, porque no veía bien: era como si la realidad estuviera borrosa, tal y como su abuelo le describió lo que era ver las cosas a través de sus cataratas. Él mismo había experimentado un efecto parecido después de una borrachera, durante la resaca, o nada más acabante de despertar, cuando unas copas de más orbitaban aún en su ánimo. Por más que intentaba enfocar la vista, los detalles seguían borrosos, y no entendía por qué… Hasta que lo hizo. Y un escalofrío de miedo y de 54

placer le subió por la espalda. Estaba en el universo de poca definición del VHS, en la prisión de las doscientas treinta líneas. Por más que acercase los ojos a su piel, no conseguiría verla de manera más nítida, ¡porque aquella era la máxima definición del mundo! De hecho, estaba seguro de que si miraba con un microscopio su piel, no vería células sino pequeñas agrupaciones de tres puntos rojos, verdes y azules. ¡Lo había conseguido, el hechizo había resultado! ¡Lo había teletransportado al universo de los VHS de los ochenta, era maravilloso! ¡Un milagro! Adiós para siempre al mundo «real» y a la perspectiva de convertirse en un currante esclavo durante el resto de su vida. Ahora estaba en la tierra de las chicas guapas y peligrosas; de los machotes de carretera que conducían por las interminables autopistas de Estados Unidos en coches de alta tecnología sin que los agarrara nunca la policía; en la tierra de los ninjas con poderes mágicos y las invasiones alienígenas llenas de gore… A partir de ahora, cualquier cosa era posible. Alberto tomó aliento y se preparó para lo inesperado. …Que fue una puerta que se abrió violentamente hacia afuera, en el mismo callejón, para dejar salir a una chica rubia y alta, de pelo oxigenado, vestida con un kimono que se le abría parcialmente por delante. La chica adoptaba una pose de combate de karate, como si acabase de zurrarle a alguien. Al verla, el corazón de Alberto casi se paralizó. ¡Era ella, Ramona Sleyter, con el kimono blanco que solía llevar sin nada debajo! ¡Y tenía los nudillos manchados de sangre! —¿Quién coño eres tú, estás con ellos? —lo interrogó en cuanto lo vio allí, como un pasmarote, agarrándolo por la camisa. Él sacudió la cabeza, a medio camino entre el terror y el éxtasis. —N… no, qué va. No sé quiénes son «ellos», pero no soy de su grupo. Seguro. Me llamo Alberto. Y soy un rendido admirador suyo, señorita Sleyter. No le dio tiempo a añadir más, pues un grupo de camorristas vestidos a la moda de los ochenta, armados con palos, botellas rotas y trozos de cadenas, salió también al callejón y se arrojó sobre la chica. Ella dejó caer a Alberto, que trastabilló y se alejó arrastrándose sobre sus posaderas todo lo que pudo. Ante sus atónitos ojos tuvo lugar una escena que, de no haberla presenciado en directo, jamás la habría creído: Ramona dio buena cuenta del grupo gracias a una asombrosa demostración de artes marciales, rompiendo narices aquí, arrancando de cuajo piercings de tetillas y orejas allá, doblando en dirección contraria articulaciones hasta que el crack de la fractura anunciaba que se quedaban inútiles, y cosas así de violentas. Pero lo que atrapó irremediablemente la


vista del joven, igual que pasaba siempre en las películas de Ramona que veía en su casa, eran los fugaces atisbos de los pechos de la mujer, o de la sombra de su entrepierna, cuando los movimientos del kimono dejaban ver allí donde nada tapaba la piel. La escena acabó tan repentinamente como había empezado, y la karateka lo ayudó a levantarse. —Vuelve a tu casa, chico, no deberías estar en este barrio —le aconsejó, quitándole la suciedad de encima con unas palmaditas—. Esto es el Bronx. Es muy peligroso. —¡Esta es mi casa! Yo… acabo de llegar a la ciudad, pero aquí es donde siempre he querido vivir. Y tú… tú… —Mira, guapo, no quiero ser insistente, pero un terrible peligro se cierne sobre la ciudad y nadie está a salvo. Ya han matado a varios amigos míos, y la cosa no tiene visos de aflojar. Vuelve a tu casa, al campo o allá de donde provengas, hazme caso. Ellos están por todas partes. —¿Quiénes son ellos? Me encantaría ayudar, yo… La mujer se frotó las greñas rubias, como buscando ideas en su alborotado pelo, y se frotó la cara casi ausente de expresión. Se la notaba cansada, como si llevara toda la noche repartiendo justicia en forma de mamporros. ¡La auténtica forma americana de hacerlo! —A menos que seas el sobrino del doctor Zom, me temo que nada puedes aportar a esto, chico. Solo él ha descubierto el complot de los trancers, y ha intentado ir a la Prensa, pero como no podía ser menos, nadie le creyó. Los ojos de Alberto se desorbitaron por la emoción. —¿Has dicho los trancers? ¡Uauh, menudo nombre más molón! ¿Quiénes son, qué hacen? ¿Por qué suponen un peligro? ¿Dónde están? Ramona no contestó, sino que se quedó mirando la entrada del callejón como si hubiese entrado en trance. Alberto miró también, pero lo único que vio fue un taxi amarillo, un yellow cab de esos tan neoyorkinos, que pasaba lentamente por la calle. Encima del techo llevaba un cartel anuncio de unas revistas, con el dibujo en grande de un crucigrama. La publicidad rezaba: ¡NI SIQUIERA TESEO HABRÍA PODIDO RESOLVER ESTOS LABERINTOS DE LETRAS, PERO USTED SÍ! ¡DISFRUTE CON CRUCIFLEX! El taxi desapareció surcando la niebla nocturna y dejando un rastro como la baba de un caracol. —¿Qué pasa? —se extrañó el joven—. ¿Se trata de ellos? La mujer no le contestó. Tenía la mirada perdida en otro mundo. Su rostro había perdido toda vida,

su cara una máscara de humedad translúcida sobre una masa de carne rubicunda. Su boca se abrió para emitir un sonido, o más bien la burda imitación de un sonido. —Esto… ¿qué te pasa, Ramona? ¿Estás bien? La respuesta de ella fue un manotazo que lanzó a Alberto volando por los aires. Cayó como un fardo encima de un charco, y lo sintió, vaya que sí: notó la contundencia del golpe, el calor de la agonía que se formaba en el punto de impacto. ¿Por qué tenía que haber tanto dolor en aquel mundo catódico, si en la pantalla del televisor todo parecía tan aséptico? A la peña le sacudían brutales palizas, pero se levantaban en seguida y ya está. Se curaban de un plano para el siguiente, y aquí no había pasado nada. ¿Por qué él no tenía esa facultad? —¡¡Ay!! ¿Pero qué coño haces, te has vuelto loca? ¡Te he dicho que estoy en tu bando! Pero ella no escuchaba. Parecía habérsele vaciado la vista, como si un circuito se hubiese cerrado en su cabeza bloqueando todo lo que no fueran sus instintos asesinos, sus ganas de matar. Se acercó de nuevo a Alberto pero echando el codo hacia atrás, el preludio de un puñetazo. El kimono volvió a abrírsele siguiendo este gesto, descubriendo parcialmente un pecho, pero Alberto no tenía ojos ahora mismo para mirarlo: retorciéndose como un escarabajo asustado, rodó sobre los charcos para ponerse fuera del alcance de Ramona. No entendía lo que pasaba, a qué venía aquel cambio de actitud. Salió corriendo hacia la salida del callejón, el doblez húmedo de su pantalón dándole un beso frío en el tobillo a cada paso. Ramona no le siguió: su reino eran las sombras, los callejones oscuros, esos lugares de la ciudad hacia los que normalmente no miraba nadie. Cuando alcanzó la acera, Alberto cruzó la calle y se alejó de allí intentando aparentar normalidad. Las inmensas moles de los rascacielos se elevaban a su alrededor como gigantes prometeicos, puntuados con millares de ventanitas iluminadas. Sí, sin duda era la típica ciudad gigante de las películas, indefinida y genérica, opresiva y llena de secretos. La clásica ciudad donde vivían aventuras sin fin sus héroes catódicos. En el fondo, a pesar del miedo que ahora mismo sentía, estaba en éxtasis. Ese escenario que se alzaba a su alrededor estaba lleno de peligros, sí, pero también de maravillas. Detrás de cualquiera de aquellas ventanitas blancas estaba sucediendo ahora mismo una seducción, estaba teniendo lugar un engaño, un primer contacto con alienígenas perversos, una pandilla de estudiantes estaba planificando su salida en el autobús de las 9 hacia Crystal Lake, o un potentado que siempre llevaba puesto un gorro de vaquero trazaba su estrategia para apoderarse de la fortuna de su familia en los territorios petrolíferos de Dallas. No le extrañaría, además, que en cualquier momento doblara la esquina un coche negro 55


de alta tecnología, o un motorista ataviado para luchar contra el crimen, y se desencadenara sin motivo aparente un tiroteo. Todo eso estaba sucediendo ahora mismo a su alrededor, y era lo que lo tenía maravillado. Con solo entrar en cualquiera de aquellos edificios y tocar en una puerta al azar, podía volverse parte de una de esas historias. Al parecer, el destino ya lo había metido de lleno en una, y tenía que resolverla antes de pasar a la siguiente. Por ello, se concentró en los datos que tenía hasta ahora: Ramona había hablado de los trancers y de un tal doctor Zom. ¡Ya tenía una pista! Ahora bien, ¿cómo se localizaba a un hombre en una ciudad que seguramente tendría diez millones de habitantes? La solución, como siempre, se la dio su extenso conocimiento del cine casposo: ¿qué hacían los protas de las películas cuando tenían que buscar una dirección y un teléfono? ¡Se iban a una guía telefónica, por supuesto! En aquella ciudad las había a paladas, en todas las cabinas de teléfonos de esas cerradas que usaban los superhéroes para cambiarse. Alberto localizó una en una esquina, esperó un ratito por fuera a que acabase de hablar una mujer, y cuando esta salió se metió dentro. Cogió la voluminosa guía, atada con una cadenita a la mampara, y la abrió por la Z. Buscó: Zachary, Zeyla, Zoetrope… ¡Zom! Allí estaba. Solo había un Zom en la guía, y vivía en la avenida 59 con Stenson. ¡Qué casualidad, justo donde él estaba ahora mismo! Los guionistas de su aventura personal no querían complicarse demasiado la vida… Siguió los números de los portales hasta que dio con el que buscaba, y se metió dentro. Era como entrar en otro mundo, aislado completamente de los ruidos de la calle. Había un portero vestido de granate cuya queda vergüenza parecía ser su estado natural, pero lo sorteó con el viejo truco de «¿Alguien ha pedido pizza?». Subió hasta el piso veinte. Allí localizó la puerta en la que vivía el tal Zom y tocó el timbre. —¡Fuera, no quiero nada! ¡Váyase! —gritó una voz cascada al otro lado. —Esto… señor Zom, me llamo Alberto. Soy… soy español. —Por un momento cayó en la cuenta de que él no sabía ni papa de inglés, pero por algún motivo, allí todos hablaban el mismo idioma. El idioma de la traducción directa del vídeo—. Soy amigo de Ramona, ya sabe quién es… Ella me habló de usted, y de los trancers. La puerta se abrió para enseñar medio rostro de un hombre bajo, entrado en los sesenta, con aspecto de no haber dormido en semanas. Una mancha de luz procedente de la calle reptó por una pared y fue a desaparecer bajo la moqueta: los faros de los coches que se saltaban raudos el semáforo, y que eran tan huidizos 56

como la mirada de aquel individuo. El doctor lo agarró por la camisa y lo metió dentro de la casa, sin miramientos, vigilando el pasillo por si le había seguido alguien. Cerró la puerta y pasó cinco cerrojos. —¿Quién eres, chico? ¿De qué conoces a Ramona Sleyter? —De haberla visto en… eh… —A ver qué excusa se inventaba. Esto era difícil—. En campeonatos mundiales de karate. Soy fan suyo. —¿Y ella te ha hablado de los trancers? ¿Por qué? ¿Qué tienes tú que ver en esto? Le obligó a sentarse en un sofá mugriento mientras cerraba todas las cortinas y apagaba las luces. El hombre parecía fuera de sí, aunque Alberto no podía asegurar que ese no fuera su estado normal. Como no sabía si el viejo era peligroso o no —en este entorno, cualquiera podía ser un psicópata—, decidió contarle todo lo acontecido en el callejón. —…Y así acabó la cosa, con ella comportándose de una manera muy rara, como si fuera una zombi. Intentó matarme, y yo eché a correr. Zom lo miró intensamente durante un minuto, y se dejó caer en el sofá, abatido. Enterró el rostro en las manos. —Dios mío, ella también ha sucumbido… Esto es el fin. ¡El fin! —Pero ¿por qué? ¿Puede explicarme qué está pasando, por favor? ¡Yo sé mucho de estas cosas, a lo mejor puedo ayudar! Tras un minuto de vacilación, el viejo debió decidir «¡Qué carajo, qué importa ya!», y se lo contó: —Hace unos años, Ramona y yo destapamos un proyecto súper secreto del Gobierno para controlar las grandes ciudades de Norteamérica mediante un ejército secreto de robots con forma humana. Estos infiltrados, estos «trancers», parecen gente normal hasta que una señal codificada los activa, y entonces matan selectivamente a blancos concretos, por órdenes de la agencia que los controla. Cualquiera puede ser un trancer: tu vecino, tu madre, tu prima, tu gato… No lo sabrás hasta que no te ahogue con sus manos fuertes como tenazas o te atraviese el pecho con sus rayos oculares. Y lo peor de todo es que mientras mueres, el último pensamiento que pasará por tu cabeza será por qué tú. Por qué te han elegido para exterminación, y qué crimen habrás cometido contra las altas esferas para que algún poder anónimo haya decidido quitarte de en medio. »Mi conexión con el proyecto era que trabajaba como físico teórico en la empresa que diseñaba los cerebros de los trancers. Pero no sabía que estaba trabajando en eso: durante todo el tiempo que pasé allí, estuve convencido de que estaba ayudando a la humanidad


creando prototipos para robots domésticos inteligentes. Hasta que descubrí la verdad, y tuve que huir. Echarme a la carretera. Alberto parpadeó, atónito. Esto solo podía pasar en el mundo de los VHS. En su realidad normal, la España de finales de los ochenta, el único complot gubernamental al que había que tenerle miedo era a la última trampa que hubiesen hecho los políticos para hacerse aún más ricos y desfalcar más dinero. —Uauh. ¿Significa eso que Ramona me atacó porque… es una trancer? —Probablemente. —El viejo le dio un pañuelo para que se secara el sudor de la frente—. De alguna manera han logrado sustituirla por una copia artificial. Vete a saber qué habrán hecho con la Ramona original, la que… Zom calló. Su cuerpo se estremeció como si le estuviera dando un ataque. Alberto se retrepó en el sofá y chilló cuando una punta de taladro le salió a Zom por el ojo izquierdo, agujereándolo desde atrás, desde la nuca. Los chorretones de sangre eran tan densos y rojos que el joven vomitó nada más verlos, mientras el viejo se desplomaba. El sofá se tumbó hacia atrás y Alberto rodó por el suelo. Vio que había cachivaches que se movían solos por la casa: electrodomésticos pequeños en su mayoría. ¡Alguien los estaba controlando a distancia! Uno de ellos, un taladro a pilas que se movía al extremo de su cable como una serpiente pitón, era el que había atravesado la cabeza del doctor dejando su salón hecho un asquito. Era el nivel de gore típico al que se había acostumbrado alquilando películas de Jason Voorhees. De pronto, unos potentes golpes en la puerta hicieron temblar los cerrojos. El joven corrió a esconderse en otra de las habitaciones, que resultó ser la cocina. Pero aquello era territorio comanche: todos los electrodomésticos se habían vuelto locos, el horno abriendo sus fauces y lanzando llamaradas de fuego, los cuchillos a pilas moviéndose como culebras por el poyo de la cocina, e incluso las lámparas de neón del techo, que se agitaban frenéticas como si esperasen lanzarse sobre la cabeza de alguien para matarlo. Aquello era una maldita locura, no podía estar sucediendo. ¿O sí? Me temo que sí, en este universo es de lo más normal, se lamentó Alberto, y deseó haber elegido para empezar un vídeo de fitness de Jane Fonda o de Bubba Smith, antes que una película de terror. Entonces la puerta reventó. Su endeble paño de madera se vino abajo. Un puño de mujer lo había atravesado. Alberto se lanzó corriendo tras la siguiente puerta, que resultó ser un dormitorio, y se quedó inmóvil, sudando. Se escucharon unos pasos que entraban en el piso y que apenas hacían ruido debido a la moqueta. Pies

descalzos. Alberto oída con más fuerza los latidos de su corazón que las evoluciones del intruso en el salón. Intentó portarse como un valiente y no tener miedo, pero aquello era demasiado. Una cosa era ver ese tipo de secuencias de acción en una pantalla y otra vivirlas en primera persona, sabiendo que el dolor y el gore y el peligro eran reales, y que no se quedarían congelados cuando uno pulsase la tecla de «pausa». Los sonidos dejaron de oírse. ¿Significaba eso que la intrusa se había marchado, o simplemente que se había quedado inmóvil? La algarabía de los electrodomésticos que habían cobrado vida, como en aquella película tan mala de Stephen King, se había suavizado hasta desaparecer. ¿Una falsa calma antes de la tormenta? ¿Era un truco para hacerlo salir de su escondite? Tenía que arriesgarse porque aquello era una ratonera y no parecía haber más salidas. Así que, muy lentamente, asomó la cabeza para echar un vistazo al salón… Y lo que vio casi le ocasionó un infarto. Ramona, o la cosa que se hacía pasar por ella, estaba junto al cadáver del anciano. Alguien o algo debía haberla atacado en el camino hasta allí, porque tenía la piel de la mitad de la cara arrancada, o derretida —como si le hubiesen aplicado un soplete a quemarropa—, y lo que se veía debajo… por Dios bendito, aquello no era humano. El plástico y el metal se conjugaban para formar una especie de endoesqueleto de robot, punteado de lucecitas amarillas y rojas que no paraban de parpadear. Un ojo que parecía un faro dorado se posó sobre él, demostrando que aquella cosa ya no tenía nada que ver con un ser humano. Alberto chilló y se agachó justo a tiempo cuando un haz láser salió de aquel ojo cibernético para hacer polvo el dintel de la puerta. No tenía aspecto de láser normal, sino de rayo fluorescente pintado sobre el fotograma, al estilo de los efectos visuales de las películas de Roger Corman. Pero sus consecuencias sí que fueron reales, y el agujero llameante que dejó en el pasillo, también. El joven salió corriendo y logró llegar hasta la última habitación, que estaba llena de cajas polvorientas. ¿Habría algún arma secreta por allí, escondida? No tenía tiempo de ponerse a buscar, ni tampoco de saltar por la ventana. La cíborg ya venía caminando por el pasillo con aquella mirada asesina tatuada en la cara. Durante unos breves instantes pasaron por su mente muchas ideas, la mayoría malas, y deseó con todas sus fuerzas que el conjuro que lo había llevado allí, a aquel universo de cutrez infinita, acabase. Y que él, Alberto Espinal, oriundo de Badajoz y con una nota media de 5 en todas las asignaturas, volviera al mundo real. Ese tan aburrido y aplastante, pero en el que no te perseguían cíborgs asesinos 57


en cada esquina. Y de repente, sin más preámbulo, estuvo allí. En su mundo real, en su buhardilla llena hasta el techo de cintas VHS. Es su vieja y predecible vida. Lloró, tanto del alivio como de la impotencia, pues sabía que no había sido un sueño. Tenía en la mano el pañuelo del doctor Zom para demostrarlo. Así que no había sido producto de su imaginación. En esos momentos respiraba de alivio, pero más adelante, cuando su madre volvió a casa y él se dio una ducha relajante, otra clase de preguntas acudieron para atormentarlo: ¿había perdido su única oportunidad de pasar al Otro Lado? ¿Volvería a funcionar el hechizo si lo ponía otra vez en práctica, o la puerta se le había cerrado para siempre? Y esa noticia, a tenor de lo que había visto… ¿era buena o mala? Los días pasaron lánguidos, exangües, sin ninguna novedad. La vida se superponía sobre sí misma en forma de capas, todas iguales, todas idénticas al estrato anterior, sin que nada ocurriera que cambiase en lo más mínimo la rutina. Alberto siguió yendo al instituto, habló con sus amigos, le tiró los tejos a las chicas de siempre con el mismo resultado de siempre, visitó con más asiduidad sus videoclubs favoritos con la expresión introspectiva del peregrino que acude a un templo para que se le pegue algo del silencio y la calma reinantes. Su madre lo notó distante, perdido en algún dilema interior, pero por más que intentó sonsacarle qué era, Alberto no soltó prenda. Estaba triste, como si algo en lo que había depositado grandes esperanzas le hubiese decepcionado, pero no quiso contarle qué era. Un día, Alberto estaba tomando un café en un bar de su barrio cuando se le sentaron en la mesa de al lado unas chicas. Tenían la típica pinta de las aspirantes a oposiciones que no pensaban en ninguna otra cosa. Las dos reían distendidamente, y parte de su charla llegó a los oídos del chaval, que se puso a escucharlas con expresión distraída. —¿Sabes qué me preguntaron en la entrevista con el jefe de personal de la empresa? —decía una, emocionada. —¿El qué? —preguntó la otra. —Que si yo fuera una fruta, qué fruta sería — rio la primera—. Al principio me pareció una pregunta estúpida, pero puse cara de seriedad total, porque quería quedarme trabajando en esa empresa, y me lo pensé bien, como si me hubiesen preguntado algo súper trascendente. —¿Sí? ¿Y qué le respondiste? —Que me gustaría ser… una uva. Porque soy pequeñita y trabajo bien en equipo. —Las dos soltaron 58

sendas carcajadas—. Así me veo, y creo que fue una buena respuesta. Creo que el señor se quedó contento conmigo. ¡Una uvita! Begoña la uvita, ¿por qué iban a elegir a otra y no a mí? ¡Soy la mejor para el puesto! Alberto no pudo soportarlo más y se puso en pie, violentamente. Las chicas lo miraron extrañadas, pero él no les dijo nada; puso una moneda encima de la barra y se marchó de allí como si los pantalones se le estuvieran prendiendo fuego. Oír hablar a aquellas chicas con su alegría por convertirse en esclavas del sistema, por pasar por el aro, por ser las sirvientas perfectas de una empresa, y todo entre risas y jolgorios como si ser una «uva» más en mitad del racimo fuera una proeza… había terminado de romper algo en su interior, algo que ya estaba muy castigado. Corrió a su casa y subió a su buhardilla, cogiendo previamente un cuchillo de la cocina y un rotulador rojo. Tenía que escapar como fuera de aquella maldita realidad. Gemma, su madre, llegó un rato después a casa. Lo primero que le extrañó fue que su hijo no contestara a su saludo de buenos días, por lo que se imaginó que estaría fuera, estudiando en la biblioteca. Pero le llegaban sonidos de la buhardilla, así que subió a investigar. Y lo que descubrió la dejó tiesa como un palo de madera, con los ojos desorbitados del asombro. Porque en el otro extremo del pequeño habitáculo había algo imposible: una especie de puerta de luces que giraba como un torbellino, lanzando esporádicos destellos sobre una alfombra de cintas de vídeo. Su hijo estaba de pie frente a aquel remolino, su silueta recortada en mitad de explosiones estroboscópicas. Al oír el grito que emitió Gemma, se giró sobre sus talones y la miró con una sonrisa tierna. Tenía unos cortes en el brazo de los que manaba sangre, que caía sobre un reproductor de vídeo. —Hola, mamá. Perdona que no te hablase de esto antes, pero es que sabía que no me ibas a creer. —¡Alberto! —se asfixió ella—. ¿¿Q… qué coño es esto?? ¿Qué está pasando? —Es muy difícil de explicar. Tengo que irme, pero volveré a buscarte cuando el ambiente en el Otro Lado sea seguro y no corras peligro. No puedo quedarme ni un segundo más en esta realidad, mamá, lo siento: es superior a mis fuerzas. No quiero ser una uva, nunca jamás. —¿U… una uva? ¿Pero de qué estás hablando, por el amor de Dios? ¿Qué es esa cosa? —Señaló el portal. Alberto se volvió hacia el torbellino, que lo esperaba ansioso, y murmuró: —He aprendido que en este mundo hay dos clases de personas: las que llevan toda la vida preparándose para encajar como pequeños engranajes dentro


del Sistema, sin quejarse lo más mínimo, y las que no serían felices ni un maldito segundo siendo una uvita más del racimo. Yo soy de estas últimas. He intentado adaptarme todo lo que he podido, haciéndome a la idea de que un sueldo a fin de mes lo justifica todo, pero soy incapaz. Aún no he cumplido los veinte, y la perspectiva de pasarme el resto de mi existencia levantándome con un mazazo de despertador para ir a tirar mi vida por el retrete de alguna empresa, me causa pavor. »Sé que no lo vas a entender, mamá, pero tengo que huir… y esta es mi vía de escape. Lo que hay al otro lado es un mundo lleno de violencia y muerte, en el que no sé si conseguiré sobrevivir ni un mísero día… pero siempre será mejor que lo que me espera si me quedo aquí. Siempre será mejor que esto. Desapareció saltando dentro del portal, que se cerró a su espalda con un sonido hueco, como el de una masa de aire desplazado ocupando su lugar. Gemma se desmayó cayendo cuan larga era sobre la montaña de cintas. No volvió a tener noticias de su hijo en varios meses. Denunció el caso a la policía pero nadie la creyó. Todos pensaron que estaba loca, o que había abusado de ciertas drogas de diseño que estaban empezando a llegar a España, pero no era el caso. Gemma estaba muy lúcida, solo que le resultaba imposible explicarle al mundo lo que había pasado en su buhardilla. Al cabo de seis meses se le ocurrió una idea que no por absurda llegó a descartar del todo. Su hijo le había dicho algo sobre el mundo del Otro Lado, y sabía que lo que había visto tenía que ver con rituales paganos y cintas de vídeo. La pura desesperación hizo que abriera su mente a ideas estúpidas, y empezó a buscar el rostro de su hijo por las carátulas de las películas en alquiler, en todos los videoclubes que pudo encontrar. Pronto se convirtió en una ávida rastreadora de estanterías, analizando con mirada experta cada carátula nueva, cada ilustración llena de colores estridentes que intentaba vender de un vistazo una idea. ¡Alquile este vídeo y tendrá una experiencia de película! ¡Déjese seducir por las actrices más bellas, sienta la emoción de las mejores escenas de acción, viaje a los espacios interestelares! ¡Y todo sin salir de su casa! Un día en que casi lo había dado todo por perdido, encontró lo que buscaba. Fue en la carátula de una cinta titulada The Highwayman, en la que aparecía en grande el nombre de un actor llamado Sam Jones —¿de qué le sonaba?—, junto al de otro tipo que recordaba por los anuncios de las pilas Duracell. Pero eso no fue lo que hizo que sus ojos se desorbitaran, sino que de fondo, de pie sobre una carretera infinita de esas que se perdían en el horizonte… ¡estaba dibujado su hijo Alberto!

Tuvo que mirar bien la carátula, con lupa, para asegurarse de que no estaba soñando. ¡Sí, era él! Estaba vestido a la moda post-apocalíptica que habían puesto de relieve películas como Mad Max y similares, y llevaba una especie de escopeta futurista en las manos. Pero sonreía, y parecía inmensamente feliz. Eso fue lo que la tranquilizó. Leyó el argumento de la película, una chorrada a propósito de un mundo futurista donde una patrulla de guerreros muy «machotes» llamados Highwaymen vigilaba la seguridad de esos horizontes infinitos. Su hijo estaba metido ahí dentro, y por lo visto —ya que su personaje salía en la portada— tenía un papel importante. Gemma lloró de felicidad, y alquiló la película. En su casa lloró aún más, sentada ante su televisor, sobre todo en las escenas en las que salía Alberto con su chamarra de cuero y su peinado a lo punk de carretera. Pero era él. Era él y estaba viviendo su sueño. Para colmo, en un momento determinado su personaje se volvía a la cámara y decía para el espectador: «Pronto iré a buscarte, mamá, cuando este lado sea seguro». Eso la emocionó más que nada. Su hijo había cumplido su deseo gracias a un extraño milagro: prefería mil veces el peligro y el dolor y la incertidumbre de aquellos universos de ciencia ficción casposa que enfrentarse a la rutina de la vida cotidiana. Prefería los ríos de sangre de los campamentos de verano con psicópata incluido y los tiroteos que se montaban sin razón en las ciudades de aquellas películas que una sola entrevista de trabajo para Ikea. Existía mucha gente así, solo que a diferencia de él, no habían logrado dar el salto al mundo de sus sueños. Así que se puso a esperar que viniera a buscarla. Huelga decir que aquel VHS se rayó de tantas veces que lo reprodujo.

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RELATOS

OTRAS PIELES GLORIA T. DAUDEN

N

En algún lugar de la península ibérica. 2415.

o era la primera vez que Cynthia asistía a una lucha de descarnados, pero sí la primera que acudía con esa identidad. En los años que habían pasado desde su infancia, aquel negocio, como casi todos en ese barrio, se había ido complicando hasta ser casi irreconocible. En su momento habían sido eventos pequeños, clandestinos, en algún subsótano. Aquello era casi un coliseo y solo le faltaba anunciarse con neones. Si no se impedía era porque parte de la policía y del gobierno local cobraban de ello también, así con todo, incluidas las granjas ilegales, meditó Cynthia con desagrado. Sentada en lo alto del graderío, entre gente ebria con máscaras que variaban entre lo deficiente y las últimas modas, contemplaba a los últimos participantes de la jornada. A su lado estaba Roger, su pareja, que le acariciaba la pierna con más nerviosismo que deseo. Y un asiento más allá, se encontraba parte de la causa de su inquietud: se hacía llamar Dan, aunque debía ser una identidad falsa. Era bajo, muy delgado y de máscara gris. Su único rasgo significativo era un signo en azul sobre la parte superior donde tendría que haber estado la numeración. No se habían dicho gran cosa todavía. Esperarían al descanso para ir a una de las salitas privadas. Entonces sabrían si todo lo que llevaban hecho en los últimos meses había servido de algo, si podrían por fin encontrar con vida a la hermana de Roger. Cynthia devolvió su atención a la pelea. Por si alguien lamentaba perderse algún detalle, una pantalla enorme mostraba de cerca lo que sucedía abajo en la arena. Eran dos hombres de mediana edad, dedujo mirando con asco sus caras desnudas y ensangrentadas. No era solo el shock de la piel despojada, era enfrentarse a aquella violencia obscena y aplaudida. Una orgía de sangre y descontrol, del tipo que hacía ya años que no veía más que en sus peores sueños. El público chillaba con rabia y animaba a su luchador, en el caso de haber apostado, 60

otros se burlaban de ambos contendientes. Se encontró pensando en sus peleas de infancia con Mortmain en las calles en las que se criaron, después de haber escapado de la granja. Pensó en la rabia asesina que ya habían sentido desde niños, esa que ella había ido domando con el tiempo, mientras que para que él solo había ido a más. Un pitido le hizo devolver la atención a la pantalla. El luchador que parecía algo mayor iba ganando, de un puñetazo certero lanzó al otro contra el suelo y luego llegó la lluvia de patadas. Trató de levantarse y clavó sus dedos en la carne desnuda del rostro de su enemigo. Otro puñetazo, directo a la mandíbula detuvo su avance. Más sangre y crujir de huesos. Parecía que estaba decidido. El público aullaba. Cynthia gritó también, por integrarse, por no parecer sospechosa. Y le alarmó lo bien que sentaba gritar a todo pulmón, soltar toda su animalidad contenida; gritar hasta desgarrarse, por las pesadillas que todavía le mandaba Mortmain cada noche, por él, por su necesidad de ser ella la que estuviera en la arena destruyéndole y no huyendo, siempre huyendo sin resultado. Se había pasado años intentando escapar del control de Mortmain, pero su influencia llegaba a todas partes. Roger le acariciaba la pierna de nuevo, con gestos nerviosos. Ella le devolvió la caricia, recordando su primera noche como pareja, hacía cosa de dos años. Desde entonces se habían vuelto inseparables. Roger buscaba a su hermana desaparecida hacía tres años. Un encontronazo con una de las mafias locales había sido suficiente para que la secuestraran, como les pasaba a tantas solo por ser cercanas a alguien a quién debía castigarse. Durante los primeros meses, Roger pensó que estaba muerta, pero como no desistió en su búsqueda, al fin supo que seguía viva, aunque aquello era cuestionable. Al parecer, la habían desembozado y la habían integrado en una de las granjas ilegales de reproducción. Cynthia se había horrorizado al oír la historia en una noche de confesiones, pero todavía tardó un año en contarle su propia experiencia con las granjas. Lo que sí hizo esa misma noche fue prometerle su ayuda para encontrar a su hermana y él la


suya para que Mortmain acabara muerto o al menos arruinado y entre rejas. Ella sabía que aquello era un deseo imposible, pero al menos sacarían a Lucy de la granja en la que la habían encerrado. Se sintió mareada al recordar su propio encierro. No había durado más que una semana, pero había bastado para generarle pesadillas perpetuas. Si Lucy vivía aún seguramente habría enloquecido tras tres años de encarcelamiento, pero no iba a decirle eso a Roger. Debían pensar que todavía era posible salvarla. Durante un instante se vio a sí misma, de nuevo en aquella celda, en los sótanos de la granja ilegal. Le faltó el aire. ¿Y si Mortmain daba con ella? ¿Y si alguien la reconocía? No. No. Era imposible. Llevaba meses infiltrada en los barrios más conflictivos junto a Roger, buscando pistas que les condujeran hasta Lucy, los dos habían alterado sus máscaras. Habían tomado todas las precauciones. No habían dejado atrás ni una sola pista que les acercara a su verdadera identidad. —¿Estás bien? —le susurró su pareja. Ella tragó saliva. A veces parecía que pudiera leerle la mente. Le cogió la mano y se sintió reconfortada por el contacto de su piel cálida. —Sí, solo nerviosa. Era cierto. Los dos estaban inquietos por conocer el plan que el tal Dan iba a ofrecerles. —Bah, pues esto ya casi está —dijo el tipo. Parecía un hombre enfermizo, no solo por su delgadez extrema, sino por el desagradable aspecto de sus manos huesudas. Quizás se había expuesto a demasiada contaminación de pequeño, pensó ella, quizás no había conseguido una máscara decente hasta hacía poco tiempo. Les pasaba a muchos en aquellos barrios y eso dejaba secuelas permanentes. Una música discordante comenzó a sonar y el público rugió como una inmensa fiera de mil gargantas. Quedaba poco. El último golpe dio por acabada la lucha. Solo quedaba uno vivo y ese era el ganador. Un ganador que debía tener muchos huesos rotos también y que tenía la cara ensangrentada y un brazo que parecía del todo inservible. —Ahora le curarán las heridas y le darán su premio —explicó el flaco, dando por hecho que ella ignoraba las reglas de aquel deporte. —Una máscara —dijo ella. —Claro —asintió él—, una máscara nueva, de las de última generación y no la basura que ese pobre llevaba cosida a la carne antes de apuntarse al torneo. Con esa cosa ya debe tener los pulmones negro alquitrán —dijo con una risita que enmudeció ante un ataque de tos. Él tampoco parecía estar

en condiciones mucho mejores. —Y también le darán dinero, ¿no? —ella lo sabía, aquel era un buen negocio para muchos. —Y mujeres, hombres… lo que te apetezca. Al menos durante una semana será el rey por aquí. Luego si se maneja bien podrá entrar al servicio de algún grupo concreto, si no, se morirá de hambre, como todos. Cynthia contempló a los luchadores. Uno, caído en la arena, el rostro destrozado y una pierna girada en un ángulo imposible. El otro, respirando con dificultad y con una rodilla en tierra. Al menos eran adultos. Recordaba haber visto niños competir años atrás. Ella misma y Mortmain estuvieron a punto de ser carne de uno de esos espectáculos. Si había algo bueno que él había hecho en toda su vida fue aquello, salvarla del burdel y de la arena, pero solo con eso no pagaba una vida completa de delitos, haberla acosado durante años y haber acabado encerrándola en una granja solo para divertirse a su costa. —¿Compiten niños alguna vez? —preguntó, volviendo a su primer pensamiento. Dan la miró un instante como si no entendiese la pregunta. —¿Niños? No —dijo, pero enseguida se retractó—. Bueno, niños no embozados quizás sí. Pero total, para las opciones que tienen en la vida, casi mejor esto. —¿De las granjas ilegales? —preguntó ella en un susurro. —No aquí —dijo Roger, también en voz baja. No era un tema a debatir en abierto. El flaco mostró su acuerdo con un gesto. Cynthia miró las exaltadas masas que la rodeaban. Muchas personas pasaron a su lado, abandonando ya las gradas, por suerte nadie le dirigió más que una mirada rápida. Si alguien averiguaba quién era de verdad acabarían peor que el pobre muerto en medio del coliseo, que ahora arrastraban de una pierna como si fuese un fardo. Un rastro de sangre quedó marcado en la arena. —Vamos —dijo Dan entonces, poniéndose en pie sobre unas piernas escuálidas, cuya delgadez remarcaban unos pantalones demasiado ajustados. Roger y Cynthia lo siguieron por los estrechos pasillos repletos de gente que empezaba a abandonar también el recinto. En medio de la arena, unos enfermeros atendían las heridas más urgentes del vencedor que aullaba, no se sabía bien si de euforia, dolor o ambas. Avanzaron hasta una salita lateral, pequeña y oscura. Al parecer el lugar estaba lleno de ellas. 61


Al final aquel sitio vivía más de las migajas de los acuerdos que se cerraban allí que del propio espectáculo de los descarnados. Había una mesa en el medio, rodeada de cuatro sillas. Las paredes estaban cubiertas de posters con dibujos violentos entre los que destacaban las armas ensangrentadas y las máscaras rotas sobre la arena. Ella se sentó en una de las sillas intentando demostrar tranquilidad, aunque el corazón le latía desbocado. Roger cerró la puerta y se apoyó en un muro, mientras que Dan paseó por la salita, como si buscara las palabras adecuadas. Tosió un par de veces y al fin se sacó algo del bolsillo de la gabardina. Parecía una tarjeta. —He conseguido lo que necesitáis —dijo— . Ya tenéis acceso a la granja. —Por fin —replicó Roger—. ¿Qué será? —Un encargo muy especial de un hotel de lujo. —Carne, ¿no? —soltó Roger con desprecio. Se estaban acercando, pensó ella con un escalofrío. Y no solo a Lucy. También a Mortmain… Dan asintió. —De una granja de esas, tipo SurroSolutions, pero de las ilegales que hay por ahí. —Jugueteó con la tarjeta entre sus dedos esqueléticos—. Me han pedido tanto fetos a medio terminar como críos de meses. Yo no juzgo, ¿eh? Entiendo que este tema puede resultarte algo desagradable, a mí también, pero mira. Hay otros que los venden para prostíbulos, los míos al menos sé que van a sufrir poco. Un tajo en el cuello y fuera. —¿Es la granja que buscábamos? —preguntó Roger. De nuevo el tipo flaco asintió y Roger dio un golpe en la mesa y chilló, eufórico. Luego se replegó otra vez, nervioso por si aquella muestra de fervor podía haber despertado curiosidades externas, pero de fuera venía todavía un estruendo mayor de música, risotadas y gritos. —Vamos a por todas —dijo ella. Pese al temor, estaba decidida. Por Roger, por la pobre Lucy, si es que quedaba algo de ella todavía. —¿Cuándo? —preguntó su pareja. —Mañana —Dan extendió a Cynthia la tarjeta con sus dedos huesudos. Estaba muy fría y lo único que tenía inscrito era una dirección en la mejor zona de la ciudad junto al logo minimalista del hotel. —Poco margen —dijo ella. —Más que suficiente —replicó Roger—. Vamos a lograrlo. Sacaremos de ahí a Lucy. 62

Esa noche, ya en casa, encendió velas y se suministró los calmantes como siempre, pinchándolos en los conductos de la máscara. Con un poco de suerte no soñaría, pensó, casi rogó. Pero pronto entró en la vorágine negra del sueño y, como siempre, vio a Mortmain niño, todavía con la precaria máscara de piel y retazos de tela que le habían cosido en la granja, antes de que los prepararan para venderlos al prostíbulo y que lograran huir. Bajo aquel harapo, sus ojos sonreían con malicia. —Vuelve conmigo —le decía aquel Mortmain niño—. Nos lo pasábamos muy bien juntos. —¡Calla! —le gritaba ella. Al instante, el niño daba paso al hombre ya con su máscara lujosa de un negro brillante y todos sus crímenes a la espalda. Él estaba sentado a la mesa y se pinchaba los compuestos para luego echársele encima y comenzar a arrancarle la ropa. Ella le golpeaba, pero eso solo lograba divertirle más. —Se te darían bien las luchas descarnadas —se reía él y ella forcejeaba y pateaba. En vano. En la realidad había logrado darle un buen rodillazo y escapar de su alcance, pero en sus sueños, Mortmain siempre la retenía, la doblegaba, la forzaba, la destruía. En sueños, él era una montaña negra que la aprisionaba y la reducía a una nada muda y temblorosa. Y se odiaba por ello. Despertó con el corazón acelerado. Se recriminó sus miedos, pero era imposible apartarlos. Se estaba acercando a los negocios de aquel del que más necesitaba huir. *** Caía la noche y Roger estaba al volante. Ella iba en el lado del copiloto, mirando a través de la ventanilla. El hotel de cinco estrellas quedaba atrás y ellos surcaban las calles oscuras, como si fuesen a alguna fiesta nocturna y no a involucrarse con las mafias más peligrosas. Ya habían hablado con el encargado y confirmado el pedido. Los del hotel habían hablado aprisa y con eufemismos. Ni una sola vez hablaron de bebés, ni de fetos, ni siquiera de carne, ni de granjas. Solo del pedido, del pago, de las condiciones y de lo contentos que estaban sus clientes con el encargo anterior. Después se dieron la mano para cerrar el trato y Cynthia se marchó sintiendo que algo oscuro y viscoso se le había pegado a la palma y que nunca lograría limpiarla del todo.


El coche dejaba atrás la ciudad y se internaba en los descampados vacíos a los que casi nadie iba. Roger se metió por una carretera secundaria, arcaica, pedregosa. Pronto asomó el contorno de una caseta de ínfimas condiciones, parecía más una chabola que un edificio industrial, pero no dejaba de ser su tapadera. Estaba claro que la granja en sí se encontraría bajo tierra. Hasta las muy legales, afamadas y limpias industrias de SurroSolutions tenían a las gestantes bajo tierra. Roger detuvo el coche de cualquier manera en medio del descampado y salió. Cynthia fue tras él con el pulso acelerado. La granja en la que ella estuvo presa se encontraba en un lugar muy distinto, en los sótanos de uno de los rascacielos ocupados del tercer suburbio. Aquel estaba en la nada, el suyo en medio del hormiguero humano, pero a efectos prácticos era lo mismo para sus víctimas. Se recordó a sí misma, encogida, desnuda, indefensa, encadenada en una de aquellas celdas. Recordó a las gestantes, aquellas pobres no-mujeres enjauladas y explotadas de por vida. Las había relegado al espacio de sus pesadillas, al igual que a Mortmain, pero en breve tendría que verlas de nuevo y enfrentarse a todo lo que había intentado sepultar durante años sin resultado. Tomó aire despacio, inhalando por los conductos de la máscara. Iba a hacerlo. Iban a lograrlo. Sacarían de allí a Lucy. Se lo repitió una y otra vez en su mente hasta que Roger le dio un codazo cariñoso. —¿Estás bien? —Sí, sí. Perdona —asintió. Luego marcó en su móvil el número que Dan les había dado, y al momento la puerta de la caseta de madera se abrió. Entraron. Dentro reinaba la oscuridad y solo, cuando la puerta se cerró tras ellos, se encendió la luz, un foco anaranjado que parpadeaba de manera desagradable y emitía un zumbido que se clavaba en el cráneo. —Llegas tarde —gruñó un tipo enorme, de vellos pelirrojos en los brazos y en cuya máscara se habían tapado los números con lo que parecía la cruz escocesa. —Llego cuando llego —soltó Roger, seco, tratando de demostrar seguridad. Al momento asomó el flaco vestido con los mismos pantalones ajustados. —Relaja, Kirk —dijo al pelirrojo, luego se volvió hacia los recién llegados—. ¿Con el hotel todo bien? —De lujo. Menuda fiesta han montado, ¿eh? Han confirmado el pedido. ¿Lo tienes? —Roger siguió el juego, mientras que ella permanecía muda,

mirando las sombras fantasmales que el foco proyectaba contra las paredes. —Pues claro que lo tengo —dijo el pelirrojo—. Fresquísimos. Los acabamos de sacar de la incubadora. Calidad de primera, de hecho, creo que los hemos vendido hasta algo baratos —se rio y miró su reloj de pulsera. Dan les indicó la puerta y todos fueron tras él. Tomaron unas escaleras. Hacía frío según bajaban. Roger tosió y soltó una maldición. —Joder, qué puto frío hace aquí. Ella recordó con un estremecimiento. No tanto el frío como el olor penetrante a lejía en el que pendía el regusto dulzón de la sangre, el sudor y el miedo. Siguieron su descenso. Al llegar al sótano vio los grandes congeladores atestados de fetos en distintos grados de desarrollo. Reprimió las náuseas. —¿Son estos? —dijo al verlos, tratando de aparentar indiferencia. La necesaria para que el pelirrojo no sospechara. —Qué va —dijo Dan señalándolos con su mano de esqueleto—. Estos no están nada frescos, estos valen cuatro duros —se volvió hacia su compañero—. Puedes irte, Kirk. Yo me quedo con ellos y me encargo de cerrar. Cynthia esperó con el pulso acelerado. Tenían que hacer que se marchara, con él el plan no funcionaría. —Salgo entonces —el hombretón dijo al fin. Se dio la vuelta, subió de nuevo, y cerró con un golpe seco. Ella exhaló el aire, despacio. Al fin estaban solos. —Pensé que no nos libraríamos de él —gruñó Roger—. ¿Dónde está Lucy? El flaco tosió de manera preocupante. Cuando se repuso, señaló una puerta pesada y gris que se encontraba a su derecha. —Ve al fondo del todo —dijo con voz rasposa—. Creo que es la de la última celda. —Voy a por ella —dijo Roger y se les adelantó. Se perdió en el pasillo en penumbra mientras llamaba a voces: —¡Lucy! ¡Lucy! Dan agitó la cabeza, como si no acabara de gustarle aquello, pero siguió avanzando y Cynthia fue tras él. Pasada la puerta encontraron una sala grande, de techo bajo y que hedía a sudor, a pesar del frío. Entonces las vio. Las gestantes estaban encerradas en celdas individuales de muros de cristal y encadenadas por los tobillos. Estaban desnudas, sus vientres eran 63


amplios frente a la delgadez de sus cuerpos y sus rostros estaban tan desvestidos como sus cuerpos. El shock casi no la dejaba respirar. Aquellas no-mujeres la miraban, la seguían con sus ojos vidriosos en los que había más apatía que temor. —¿No las habías visto nunca? —le preguntó el flaco mientras Roger se adelantaba y miraba en las celdas, una tras otra. Ella tragó saliva. —No —mintió. Solo había compartido la historia de su encierro con una persona y no pensaba hacerlo con nadie más. —La primera vez siempre impacta un poco —dijo Dan—, luego te acostumbras. He visto gran parte del proceso y no deja de ser parecido a cualquier otra industria. —¿Todos los niños nacidos aquí acaban…? —¿En un guiso en un hotel sin escrúpulos? —completó Dan al tiempo que cruzaba sus brazos huesudos—. No. No. Claro que no. Hay clientes de todo tipo y todo tipo de deseos. Aquí se cubren todos. Ella avanzó en silencio por el pasillo, sin dejar de mirar los vientres abultados y los rostros desnudos de aquellas no-mujeres que darían a luz a no-niños destinados a futuros sombríos. Ella misma y Mortmain habían sido de esos, objetos de carne, productos de una fábrica para clientes sin conciencia. Habían escapado a tiempo, habían robado y habían sobrevivido. Ella había intentado huir de la vida de los bajos fondos y él se había bañado en ella hasta convertirse en uno de sus reyes. ¿Cómo podía Mortmain explotar aquellos negocios después de lo que él mismo había vivido? Siguió a Dan a través de aquel lugar espantoso hasta una sala nueva en la que encontraron las cajas, listas para trasladar al hotel. Cynthia levantó una. No pesaba en exceso, pero le aterraba saber lo que iba en su interior. Entonces llegó el grito triunfal de Roger y ella dejó la caja y persiguió el sonido. Lo encontró al fin en un recodo, parado ante la celda de cristal de una de las gestantes. Había encontrado a Lucy. O al menos, aquella era la única que respondía a sus gritos con golpes al cristal que la encerraba. Lo que decía que, o bien aquella era de verdad su hermana o al menos era la única que no había nacido gestante sino que había sido convertida en una. La mera idea resultaba aterradora. Ella lo sabía mejor que nadie, lo había vivido en su propia piel. Las recipientes de las granjas legales, según los medios oficiales, no eran humanas, eran otra es64

pecie, eran animales, cosas destinadas solo a gestar. Todo aquello eran patrañas. Cynthia lo sabía, los medios alternativos de las Comunas decían la verdad. Miró el rostro desagradablemente desnudo de la mujer. Había claras marcas de heridas, cortes y quemaduras que indicaban que se le había retirado una máscara. Ella no había nacido para recipiente, la habían reducido a ello. Y eso quizás, solo quizás, era todavía peor. —Abre de una maldita vez, Dan —gruñó Roger. El tipo flaco caminó hacia él, sacó su llave y abrió. Luego soltó las esposas que aferraban las muñecas de la chica. Roger se quitó la camisa y se la dio. Ella se la puso y luego se echó en los brazos de su hermano, llorando, balbuceando palabras sin sentido. Entonces se escuchó un golpe, como de una puerta que se cerraba, y luego una risa. Cynthia se estremeció, conocía demasiado bien esa voz. Al darse la vuelta lo vio, avanzando hacia ella. Era Mortmain. —Aquí la tienes —dijo Dan. Ella soltó un grito agónico al comprenderlo. La habían engañado, la habían atrapado. Las manos le temblaban, de miedo y de rabia. Se sintió otra vez una niña indefensa en la granja, a punto de ser vendida, y luego en las calles, a merced del que había sido su salvador solo para convertirse en su dueño autoproclamado. —Cuánto tiempo sin verte —le dijo aquel al que más había deseado olvidar. Su máscara seguía siendo negra, pero había cambiado la numeración y añadido un signo de llamas rojas a juego con las ropas excéntricas que vestía. —Cabrón. Todo lo que tocas se pudre —escupió ella. La voz le temblaba casi tanto como las rodillas. —Puede —admitió él. —¿De qué cojones va esto? —exclamó Roger que todavía abrazaba a su hermana y no se había dado cuenta de con quién hablaba. Mortmain se apoyó en un muro con aparente indiferencia y observó los anillos de rubíes que adornaban su mano derecha. —Va de que mis planes no te contemplan a ti llegados a este punto —Según lo decía, varios hombres armados entraron en la sala, entre ellos estaba el escocés. No esperaron. Dispararon. Cynthia contempló inmóvil como su pareja se desplomaba. Lucy chillaba. —Calladla.


Los guardias entraron y la silenciaron de un bofetón, luego la encerraron de nuevo en su cubículo y, una vez más, sus gritos quedaron amortiguados por los muros de la celda. Contempló el cuerpo de su amante. Deseó correr hacia él, pero se sentía atada al suelo, fija como por cemento. La mirada de Mortmain la reducía de nuevo a una niña indefensa. Luchó contra aquella sensación, se impuso, gritó y corrió hacia Roger, pero el escocés la detuvo. Roger se movía, apenas un poco. Vivía. Todavía estaba vivo. Cynthia no supo si alegrarse. Dan temblaba también, parecía un monigote de tela agitado por una tormenta. Quiso odiarle. Por su culpa había sucedido todo aquello, por su culpa Roger se desangraba en el suelo y Lucy había tenido apenas unos instantes de libertad. Y ella… Ella estaba muerta en vida si no escapaba de Mortmain. —¿Qué quieres de mí? —dijo, intentando mostrar una seguridad que no sentía. —Todo —rio él. Su voz reverberaba entre los muros—. Encerradla. No quiso entender lo que pretendían, aunque una sensación de déjà vu se había apoderado de ella. Abrieron una de las celdas vacías de la granja y allí la arrojaron de un empujón. —¡No! —chilló y luchó con todas sus fuerzas, pero ellos la desnudaron y la encadenaron. Era una más, salvo por la máscara. Forcejeó. Las cadenas no permitían aspavientos. Mortmain se acercó a la celda y posó sus manos enjoyadas en el cristal, luego saludó y se dio la vuelta. Le pareció que Dan la miraba con pena, pero aun así no hizo nada por ayudarla. Marchó cabizbajo tras Mortmain que murmuraba algo sobre el pedido del hotel que había que entregar todavía. Se escuchó el golpe de la puerta al cerrarse. Luego se apagaron las luces. Ella se quedó en la oscuridad, en aquel cubículo, rodeada por las gestantes, los gritos silenciados de Lucy y el cuerpo de Roger que seguía en el suelo del pasillo. Habían perdido. Una vez más Mortmain había ganado la batalla. *** El tiempo era impreciso allá abajo, en el sótano de la granja donde permanecía encerrada. El primer día, solo horas después de la traición del flaco, habían encadenado a Roger a un muro cercano y lo habían amordazado para acallarle. Ella estuvo forcejeando con sus ataduras hasta arrancarse la piel de las mu-

ñecas y despertar el rojo de la sangre, pero había sido en vano. No logró moverse apenas en la celda. No volvería a tocar la piel de Roger. Él languidecía poco a poco, sin que nadie viniera a atenderle. Y Cynthia lo vio morir, despacio, día tras día, hasta que algo dentro de ella se extinguió también. Gritó toda su rabia y, desde el fondo de aquella cárcel, llegaron los aullidos amortiguados de Lucy. Al tercer o cuarto día, el escocés vino a desatar el cuerpo de Roger que cayó al suelo, inerte como un fardo. Ella no lloró más, ya no le quedaban ánimos ni para eso. Estaba sola allí abajo, era una muñeca rota y ya nadie vendría a sacarla de allí. La última vez que estuvo atrapada fue el propio Mortmain quién la sacó después de una larga semana. Había sido un juego para él, una mera demostración de su poder. Quizás esta vez fuese lo mismo. Aquella idea no era suficiente. Roger había muerto, lo habían asesinado para nada y Mortmain seguía sobre ella como una nube de tormenta. Los trabajadores pasaban por allí de vez en cuando, trajinando de un lado a otro con paquetes y material médico cuyo uso deseaba no conocer. Ninguno le hablaba. Seguían con lo suyo, moviendo cajas y a algunas gestantes de tanto en tanto, para alguna de las intervenciones. Cynthia preferiría no pensar en lo que les hacían realmente. Dan evitaba mirarla, por mucho que ella trataba de establecer contacto visual con él. Pensaba a veces que, quizás, si lo lograba, él se arrepentiría y la ayudaría, pero el flaco no le daba esa oportunidad. No había forma precisa de medir el tiempo allá abajo, más allá del cálculo que podía hacerse por la llegada de los alimentos a través del sistema de tubos. Transcurrida alrededor de una semana, acudió el escocés seguido del mismísimo Mortmain vestido con una chaqueta de un rojo tan intenso que parecía una llama en medio de la penumbra. En su mano enjoyada portaba un maletín desgastado. Ella gimió al verlo. No podía ser nada bueno. —Suéltame —trató de gritar. La voz le salió ronca y débil. —¿Crees que esto es como la última vez? — dijo él. Parecía divertido—. Nunca juego a lo mismo dos veces. —Suéltame ya —dijo de nuevo. La garganta le escocía. Trató de gritar, pero solo logró emitir un quejido. —Estás muy subidita todavía —le advirtió como si regañara a una niña pequeña—. Me parece que sé como bajarte los humos. El enorme escocés se le acercó y la ató más 65


fuerte, reduciendo del todo la movilidad de sus manos y piernas. —¡No! —sollozó ella apenas sin voz. El hombretón cogió luego el maletín y lo abrió en la única mesa que había en la esquina de la celda. Estaba lleno de instrumentos metálicos, decenas de cuchillas, garfios y pinzas. En algunos había todavía restos de sangre seca. Un grito se le clavó en la garganta y la quemó. Todo el cuerpo le temblaba. Mortmain no la soltaría. Esta vez su juego iba a más. No le bastaba con asustarla, iba a destruirla del todo. Iba a desembozarla, igual que le habían hecho a Lucy, iba a reducirla a un animal, a una cosa deshumanizada, a una recipiente de las granjas a la que explotar hasta su muerte. —¡No! —chilló. Nadie vino en su ayuda. Mortmain se mantuvo ahí, disfrutando del proceso, de cada corte, de cada herida, de la sangre que brotaba y le bañaba el rostro. Sí, ese rostro de carne que todos y cada uno tenían bajo la máscara y que habían olvidado. El torturador continuó su proceso. El dolor era terrible, mandaba punzadas por todo su cuerpo. A ratos, sentía que perdía el conocimiento, pero enseguida estaba de vuelta, viviendo cada instante del calvario mientras Mortmain se deleitaba y eso era lo peor. Deseó clavarle cada uno de los cuchillos, pero era ella la que sangraba allí. La que sangraría hasta la muerte si así lo ordenaba aquel que un día muy lejano consideró su hermano y que había nacido, como ella, en un lugar muy parecido a aquel que ahora sería su tumba. En algún momento perdió la consciencia. Cuando despertó, Mortmain seguía allí, mirándola a través de su máscara negra, analizándola como si fuese una mariposa clavada en un corcho. Ella se llevó las manos a la cara. Estaba cubierta por una tela áspera, una venda. —¿Crees que con esto ya tengo todo lo que quiero? —dijo él. Luego agitó la cabeza—: No del todo. Ella gimió ante eso. ¿Qué más podía hacerle? —Ahora te pareces más a estas —señaló el resto de celdas donde las reclusas permanecían de por vida, reducidas a maquinarias reproductivas. Con un gesto exagerado de brazos, añadió—: Te pareces, pero no del todo. Todavía falta preñarte. Cynthia gritó al fin. Gritó toda su rabia, su asco y su miedo. El rostro le ardía y sintió que las heridas se abrían y sangraban de nuevo cubriendo la piel de sangre fresca. Rojo, contra las vendas blancas. Mortmain se dio la vuelta y se marchó. 66

Varios días más pasó ella en la penumbra, rodeada de aquellas otras, no-mujeres, a las que ahora ella se parecía. El mundo se reducía a sonidos de pasos, a gritos amortiguados, a zumbidos eléctricos y ocasionales llantos de criaturas destinadas al mejor postor. Ni Mortmain ni ninguno de sus hombres vino a violarla, ni tampoco la ataron a una camilla para inseminarla a la fuerza como creyó que pasaría y como le repetían, machaconas, cada una de sus pesadillas. Al fin, Mortmain volvió a bajar y a colocarse ante su celda. Esa vez llevaba una chaqueta sobria, casi negra y ni se había puesto los anillos. —He pensado algo. Una propuesta —le dijo. —No quiero oírla —soltó ella. Y le asombró la rabia con la que lo dijo. Él se rio. —Todavía te queda sangre de niña de las calles, bien hecho, hermanita —le dijo y después de apoyar ambas manos en el cristal de su cárcel, añadió: —Si la aceptas podrás salir de aquí, podrás salir tú y la hermana de ese tipo al que te tirabas. La mención a Roger le hizo apretar los puños. Se clavó las uñas en la carne de las manos, pero apretó más, como si aquel dolor sirviera para adormecer el que le causaba Mortmain. —Lucy —susurro—. Ella se llama Lucy. Y él era Roger. Mortmain agitó una mano indicando que aquel tema le era indiferente. —¿Cuál es el precio? —preguntó, temiendo la respuesta. Fuera la que fuera, no sería buena. Él se rio entonces. La misma risa que reverberaba en sus pesadillas. Y se lo dijo. Ella escuchó su propuesta con los ojos muy abiertos. —Estás loco —le dijo, asqueada. —Eso me decías siempre, pero mira donde estoy yo. Mira donde estás tú —le susurró con aire satisfecho—. Te doy esta noche para que lo pienses. Mañana vendré a preguntarte. Si aceptas saldrás de aquí y quizás seas pronto aclamada como una heroína y cubierta de honores… —guardó silencio un momento para que el mensaje calara—. Si no aceptas, se te preñará como a cualquiera de estas, se te inflará a drogas y no saldrás ya nunca con vida de esta celda. Con eso, Mortmain se dio la vuelta, apagó las luces y la oscuridad la devoró una vez más.


En su sueño, Mortmain no la golpeaba, pero ella era incapaz de moverse, su cuerpo no reaccionaba. Y él disponía de ella como si fuese un objeto inerte. Quería gritar, pero tampoco lograba que escapara de sus labios más que un silbido acallado. Y él reía, victorioso. *** Cuando despertó, lo vio una vez más frente a ella. Impávido como una estatua negra. —¿Qué has decidido? —Sabes que no hay elección posible en tu trampa. —Claro que la hay. Te ofrezco varias salidas. Tú eliges. Cynthia meditó. Convertirse en un objeto atrapado para siempre entre las paredes de la granja no era ninguna opción. Él lo sabía muy bien. —Acepto —dijo con todo su asco. Él se rio. —Fabuloso. ¿Ves que no era tan difícil? Con eso, él se marchó una vez más y ella quedó a solas con su derrota. *** Al día siguiente la sacaron de la celda. También a Lucy que iba tras ella, lloriqueando. La pobre había visto la luz de la libertad apenas un instante, pero enseguida se había apagado. Y ella ni siquiera había podido elegir. A Mortmain no le importaba su opinión. Y Cynthia no se sentía halagada de que la suya sí le interesara. Los secuaces las vistieron con una túnica negra, las metieron en una camioneta, todavía con las manos esposadas, y el coche se puso en marcha. Se detuvo poco más de una hora después y, cuando bajaron, Cynthia vio que estaban en los aledaños traseros del coliseo. Lucy lloraba todavía. Decidió ignorarla. Ignorarlo todo: el roce agrio del aire contra la piel desnuda del rostro, de ese espanto lleno de cicatrices y marcas que la envolvía, los gritos de los que ya se habían sentado en las gradas y esperaban el espectáculo, las risas de Mortmain que iba frente a ellas, avanzando hacia el edificio. —Me alegra que aceptaras —dijo él, volviéndose para mirarla—. Ya estáis descarnadas las dos. Era una lástima no aprovecharlo. ¿No crees? —agitó una mano, de nuevo enjoyada, como despedida y se encaminó a la zona más exclusiva de las gradas. Los matones las arrastraron luego hacia las

celdas de los sótanos del coliseo. Las encerraron en habitaciones separadas. En ningún momento pudo hablar con la chica, contarle lo que le parecía aquel maldito plan, aquel juego con el que Mortmain la torturaba. No. La chica seguía sin voz para ella, solo aquel llanto y el recuerdo de Roger muerto en el suelo tras la breve euforia de un rescate que había creído posible. La chica era humana y a la vez no lo era. Igual que las gestantes que permanecían encadenadas en el sótano, igual que las criaturas que nacían de sus vientres para acabar usadas y despedazadas a gusto del cliente. ¿Podría matarla? ¿Quería matarla? No. Era a Mortmain al que deseaba extirpar del mundo, pero solo podría hacerlo si sobrevivía. Cuando la arrastraron a la arena sintió el calor bajo sus pies descalzos y la rara sensación del roce del sol sobre el rostro desnudo. Tosió. La contaminación la hería sin el filtro de la máscara. Las masas chillaban en las gradas y ella sentía su peso, aplastándola contra la arena. De los altavoces llegaba el cacareo de anuncios varios solapados a la música y el griterío. Se llevó las manos al rostro. Se sentía mareada. Solo cuando sonaron las trompetas calló el rugido del público y retumbó la voz del director del espectáculo: —¡Para hoy tenemos algo muy especial! Sintió la rabia correr por todas sus venas al oír aquello. Entonces se abrió la otra puerta y entró Lucy con pasos cortos, torpes, de alguien que lleva años sin ejercitar las piernas. La chica se detuvo ante ella. El espanto deformaba sus facciones hasta hacerla casi irreconocible. No le dio tiempo a pensar. Se le echó encima, como en los sueños en los que Mortmain se le abalanzaba. Luchó contra ella, apartó sus brazos y sus uñas, dirigidas al rostro, a los ojos. La empujó. No fue difícil. La chica no era fuerte, años de encierro la habían debilitado. Le asestó un puñetazo. Y golpeó de nuevo. Escuchó el crujido del hueso y contempló la sangre gotear, despacio, como si el tiempo se hubiese detenido. La vio caer y estaba a punto de golpearla una vez más. Entonces sonaron unas trompetas enlatadas. Alzó la vista. —¡Y una sorpresa extra gracias a nuestro patrocinador! —anunció el presentador a gritos. La puerta se abrió de nuevo y entró un hombre flaco. Tenía el rostro ensangrentado de alguien al que le acababan de arrancar la máscara de la carne de muy mala manera. La piel estaba llena de cortes y arañazos y solo un fragmento de la máscara perduraba, justo en el que se veían unos signos en 67


azul. Era Dan. Antes de que Cynthia lograra poner en orden sus ideas vio como Lucy se ponía en pie y se le echaba encima. La imitó. Dan estaba tirado en la arena y tosía sin parar. Lo patearon. Él se irguió a duras penas y se abalanzó contra la chica con lo que parecían las últimas fuerzas de su cuerpo famélico. De un empujón la envió contra el muro. Un crujido desagradable y dejó de moverse. Hilos rojos bañaban la arena. Corrió hacia él antes de que se diera la vuelta. Lo derribó. El hombre trataba de levantarse, pero ella ya no lo veía, veía a Mortmain ante ella, riéndose, burlándose. Lo golpeó de nuevo. Más fuerte. El público rugía a su alrededor y también dentro de ella algo gritaba, se deshacía mientras sus propios puños sangraban al golpear la piel que ya era invisible a sus ojos. Sonaron los vítores. Cynthia se alzó, triunfante, ebria de sangre y violencia. Se irguió sobre el cuerpo caído y alzó los brazos y gritó, gritó su rabia, su miedo, su furia. Gritó hasta quedarse afónica mientras el público bramaba también, devolviendo el eco de su triunfo.

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RELATOS

HONOR

H

ADRIÁN TRUJILLO MARRERO

onor. ¿Sabéis lo que es el honor? No, claro que no. ¿Cómo lo vais a saber? En este mundo devastado ya no hay espacio para el honor. ¿Qué fue de aquellos tiempos en los que un hombre empuñaba su espada para proteger a los suyos? ¿Qué fue de aquellos guerreros que preferían irse de este mundo terrenal en gloriosa lucha antes que con la vergüenza en sus espaldas? Nada. Habían sido un visto y no visto en la historia. Había estado, permanecido en un tiempo y un espacio, y como todo lo que ahí permanece, ya formaba parte de otra dimensión. «¿Acaso tú sabes lo que es el honor? —se preguntó a sí mismo, apoyado contra la metálica chimenea de una fábrica cualquiera ubicada en una calle cualquiera dentro de la ciudad más densamente poblada del mundo—. Tampoco lo sabes: solo eres un asesino». ¿Tienen los asesinos honor, como el que tienen los ladrones entre ellos? ¿O simplemente el desenvaine es lo que queda de aquella perdida tradición? Kenjiro se puso en pie sin hacer el menor ruido, agitando la mano para disipar el humo que brotaba de su respaldo y sacó su katana a la tenue luz de la luna, roja desde que el cielo se había teñido de horror en los llamados «últimos días del hombre», cuando la radiación acabó por sepultar el viejo mundo y parió uno nuevo. Un destello le devolvió el reflejo del astro y él entornó la vista. Siempre se había preguntado quién había forjado aquella espada. Ya no existían herreros capaces de plegar y forjar aceros como aquel, curvo, de hamon en ondas que se perdía en las entrañas de la tsuka trenzada justo antes de la tsuba, una guarda de oro y cobre en forma de espiral de cuatro puntas. A veces, Kenjiro se planteaba venderla: solo por la tsuba le darían más dinero que el que ganaría en un año yendo de sombra en sombra. Pero algo en él sabía que no podía hacerlo: ¿cuántas espadas así quedarían en el mundo? ¿Valdría la pena un año con la barriga llena por ver fundirse aquel majestuoso acero? No, claro que no. Además, si la vendía solo paliaría el hambre durante un año, pero después volvería a pasar miserias.

«Y te privarías de teñirla de rojo —se dijo—. De rojo de verdad». Sí… Era un extraño vicio. Sentía la sed de sangre de aquel filo más que la suya. No es que le gustara matar: lo hacía por dinero, claro. O eso se decía. Una parte de él, sin embargo, también encontraba placer en el silbido del aire partiéndose con sus movimientos, sesgando carne y hueso, pintando de escarlata un mundo que ya era lo suficientemente granate. No. No había honor en eso. Quizá en defender sus principios, en no rendirse, en no dar un paso atrás salvo para dar un tajo más contundente. En la Gran Urbe no podías andarte con medias tintas, o estarías perdido. Envainó su espada, la respiración calmada. Miró al cielo y esperó pacientemente a que la luna se hallara en su cénit. Cogió aire segundos antes y lo soltó suavemente dando un sigiloso salto que lo llevó hasta la cornisa inferior, saltó a la siguiente, la recorrió a toda velocidad y botó hasta el edificio contiguo, adentrándose por una ventana abierta de par en par en una ciudad en la que no era buena idea tenerla así. Poco sabía de su objetivo. Únicamente tenía claro que vivía allí, entre las cuatro claustrofóbicas paredes en las que estaba ahora. Reinaba un desorden absoluto, un caos en consonancia con la ciudad de metal. Había un viejo robot de servicio —de esos que se vendían antes de que el mundo se fuera a la mierda— abierto en canal sobre una mesa. Quien fuera el dueño de aquel lugar había hecho un chapucero trabajo desguazando la antigualla. Kenjiro se acercó y pudo ver que le faltaba un brazo desde el hombro, cableado y manguitos neumáticos incluidos. El resto de la habitación era exactamente igual que cualquiera de las celdas de cualquier panal de la Gran Urbe: un baño al descubierto, una pequeña cocinilla de iones y un camastro en una esquina, anclado al suelo. Kenjiro echó un rápido vistazo a su alrededor, buscando a su objetivo. No encontró nada salvo un gran bulto bajo unas mantas que, sospechaba, habían sido blancas en algún momento. Se acercó con 69


paso firme, la mano en la empuñadura, relajada. No iba a hacerlo. No iba a darle muerte así. Había leído algunos libros, aquellos que habían sobrevivido a la quema del antiguo mundo, que hablaban de algo llamado «bushido», un estricto código de honor y lealtad sobre el que no había parado de darle vueltas. El camino del guerrero… ¿de verdad había honor en arrebatarle la vida a alguien de esa manera? Mientras dormía, solo, a traición… Quien le había legado aquel acero estaría molesto. «Ya hay suficientes cosas impuras en este mundo. Yo no soy nadie para hablar, pero… —Miró su espada, el kashira impoluto sobresaliendo de la empuñadura—. Puedo marcar la diferencia, ¿no?». Debía hacerlo. Tampoco había honor en que lo enviaran a deshacerse de alguien, pero al menos tenía algo a lo que aferrarse. «Además, ¿acaso no te gusta la acción? —le dijo otra parte de sí, aquella que estaba convencido venía influenciada por el acero bajo su mano—. Quitarle la vida a traición no tendría nada de gracia». No podía negar que tenía razón. Se agachó un momento y recogió una lata de un refresco salobre que nadie compraba y la tiró a la cama, arrancando un eco metálico a una noche serena. Silencio. Buscó algo más grande y encontró un cubo de basura. Como todo en la Gran Urbe, era de metal, fino y resonante. Justo lo que buscaba. Lo lanzó con fuerza, esta vez contra la pared, y rodeado por la quietud de la noche tuvo la sensación de que allí dentro repicaba una campana. No había abandonado el sonido la habitación cuando sintió un fortísimo golpe, de metal reforzado, a la altura de las costillas. La fuerza del impacto lo lanzó contra la pared del fondo llevándose por medio la mesa con lo que quedaba del robot de servicio. Clavó una rodilla en el suelo y se llevó una mano al costado, seguro de que algo se le tenía que haber roto. Levantó la cabeza al mismo tiempo que evitaba por los pelos una feroz patada. Retrocedió de un salto sin quejarse, con la boca manchada de su propia sangre. —¿Quién eres? —le preguntó una voz femenina. No había aplicado un acento dispuesto a soportar broma alguna—. ¿Qué quieres de mí? Dile a quien sea que te haya enviado que deje de joderme. Kenjiro se levantó con brusquedad, desenvainando su espada. Sintió un fogonazo de luz en los ojos y tuvo que cerrarlos. «¡Una granada cegadora! En eso sí que no hay honor». 70

Cerró los ojos, todavía dolido, y se forzó a escuchar todo a su alrededor. Incluso cegado era un enemigo formidable. Prestaría atención a sus pasos y dejaría caer su golpe sobre ella sin darle la más mínima oportunidad. Esperó. Esperó… Y… nada. No sucedió nada. El efecto de la granada se desvaneció y aunque todavía medio cegado pudo comprobar que allí no había nadie más que él. La ventana seguía abierta y la puerta cerrada a cal y canto. Su objetivo había huido. Corrió hacia la ventana sintiendo la punzada de dolor y se asomó por ella. Llegó justo a tiempo para alcanzar a ver una sombra desapareciendo a la carrera tras un callejón distante. Había fallado. Siempre había recibido con desagrado la inyección de Reparol 37, un subproducto mágico de la única gran empresa farmacéutica de la Gran Urbe, aunque quizá decir «mágico» era excesivo. En general, el Reparol 37 era la evolución de un chute de nanorrobots biónicos para arreglar las fracturas y algunas hemorragias internas, un avance médico que no sabía cuántas veces le había salvado la vida. Esa vez, lo que haría sería repararle las costillas. Blas retiró la aguja de un tirón sin molestarse en prestarle atención a la delicadeza de la que debía presumir un médico, pero también era cierto que él no era un médico del todo. Más bien, Blas se jactaba de ser un «matasanos en un mundo moderno», y atendía a sus pacientes de carne y hueso como reparaba androides y ciborgs. Kenjiro a veces se preguntaba si aquel hombre de aspecto robusto se había olvidado de que todavía él no había cambiado ninguna parte de su cuerpo por una cibernética. —Bueno, ¿me vas a decir quién te ha destrozado el costado de esa manera? Luce contundente —le comentó mientras arrojaba la aguja a una papelera cualquiera, sin discriminar los papeles de oficina y el punzón bio-peligroso. Se dejó caer en una silla mientras Kenjiro se recostaba, sintiendo como los nanorrobots hacían su trabajo. —Es contundente. Me golpeó mi objetivo. —Objetivo duro, ese. ¿Con qué? —Un buen puñetazo, creo. Un buen puñetazo de algún brazo de metal. —Humm… Interesante. ¿Qué hizo para pillarte con la guardia baja? —No lo sé, pero si hubiera estado alerta no me habría pasado. Esa desgraciada…


—Espera un segundo… ¿era una mujer? —Sí. ¿Por qué lo preguntas? —Justo antes de que llegaras se acababa de ir una mujer. Llevaba un brazo mecánico, pero no cualquier brazo mecánico, no. Era un brazo de un robot de servicio. ¡Demonios! ¿A quién se le ocurre injertarse un cacharro obsoleto como ese? Se le habían roto algunas piezas, quizá de un golpe. Vino a por repuestos y se marchó directa al mercado. Era ella. No podía ser de otra manera. El detalle del robot de servicio era toda la prueba que necesitaba. Kenjiro se puso en pie de un salto y se quejó al tomar tierra. Por suerte, la inyección había hecho gran parte de su efecto y apenas sentía molestia. ¡Benditos avances médicos! Blas, sin embargo, le puso una mano en el pecho para detenerlo en seco. —¿A dónde vas? No has acabado de sanar. —Sanaré por el camino. ¿Por dónde se fue esa mujer? Es mi objetivo. —Por ahí, por el mercado te dije. Pero si te mueres de camino no me eches la culpa. —Kenjiro recogió su katana y la ató a su cinturón por el sageo. Se giró de pronto al sentir la mano firme de Blas apretando su hombro—. Ten cuidado. Sé que eres letal e implacable, pero esa mujer… Oh, en esa mujer había una expresión peligrosa, amigo mío. Esa mirada con la que contemplas a la desesperación de frente, esa mirada capaz de hacer cualquier cosa. —Yo también soy capaz de cualquier cosa. —No así, Kenjiro. Ya lo verás. Y espero que vuelvas para contarlo. —Le dio una palmada en la espalda—. Y para pagarme, pedazo de mierda. Regresa con mi dinero o será el último chute de Reparol que te inyecte en tu vida. —Lo haré, lo haré. Deja de gruñir. —¡Ah, Kenjiro! Una última cosa: tu objetivo lleva una espada como la tuya. No había podido parar de dejar de darle vueltas. Las katanas eran cosa del pasado, de eras remotas. Ahora lo normal era llevar electroporras o pistolas de luz condensada. Una sacudida de la primera y tenías suerte si no te paralizaba el corazón; un disparo de la segunda y rezabas para que te diera en una extremidad y no te costara muy caro sustituirla por una de carbono. Las katanas solo cortaban, y muy difícilmente algo que no fuera piel y hueso. Él había depurado su técnica y sabía cómo golpear para, al menos, inutilizar los mecanismos, pero para la gente normal era más fácil apretar un gatillo. Click. Listo. Un cadáver más y una recompensa fácil. Él no. Él creía que la vida era un regalo, y

morir, un paso necesario, glorioso en cierto sentido. Morir significaba que habías vivido, pero ser asesinado… Podría parecer lo mismo, pero no lo era en absoluto. Asesinar significaba detener el flujo de la vida de otra persona, algo demasiado complejo e inabarcable para resolverlo con un simple tirón de gatillo. La espada, su espada… era una muerte más noble. Sacrificabas tu entereza en el cuerpo a cuerpo, le dabas a tu rival la oportunidad de defenderse, y tú mismo te manchabas las manos con su sangre, no escondido tras un contenedor de basura, disparando de lejos. Claro, te arriesgabas a perder, pero no concebía su trabajo de otra manera. Cuando el hombre que lo sacó de la calle cuando era un crío le legó el arma que pendía de su cintura se lo dijo bien claro: «esto es una katana, una espada samurái más antigua que tú y yo juntos. Perteneció a alguien de noble corazón y espíritu inquebrantable que seguía el bushido. No es un instrumento para hacer daño, Kenjiro, sino una herramienta para salvar la vida. Úsala con honor en este mundo donde el honor no es mejor recibido que una paliza en un callejón». Esa misma tarde su maestro se había colgado de una viga, cansado de la vida. Ese día había comenzado a vivir en soledad. Y ese preciso día fue cuando empezó a preguntarse a qué coño se había referido con «usarla con honor». «Me dijiste que no la usara para hacer daño, sino para salvar la vida. Eso lo tengo claro. Pero en este mundo que todo funciona con dinero, ¿usarla para matar y tener un plato caliente no es salvar la vida?». Kenjiro sabía que el honor no estaba ahí. Aquel hombre se había referido a otra cosa, pero seguía sin saber a qué y tampoco tenía alternativa. Había empezado a llover, el mercado tan abarrotado como siempre a primeras horas de la mañana. El agua caía como un bálsamo reparador sobre la Gran Urbe, arrancando una espectacular melodía con su repiqueteo por las paredes y los techos de metal. La herrumbre consumía aquel rincón de la ciudad, y para cuando los edificios escurrían hasta el suelo el agua ya era anaranjada. La lluvia no impedía que la gente continuara con su vida. Quizá sí en los barrios más altos, donde te podías permitir no hacer nada durante un tiempo y nunca te faltaría la comida. Pero allí, en los suburbios, el azote del carpe diem era implacable. Los nanorrobots ya habían terminado su trabajo y Kenjiro aprovechó para coger una buena bocanada de aire, tan sucio e impuro como siempre, pero reparador. Avanzó dando zancadas mientras 71


esquivaba a la gente con maestría. Se había criado allí, después de todo. La calle del mercado desembocó en una amplia plazoleta teñida de un ámbar denso. En el centro, como si lo estuviese esperando, se encontraba una chica cubierta por una capa negra. La desanudó y la dejó caer al suelo, frente a la atónita mirada de los presentes, que retrocedieron con cuidado hasta el perímetro más alejado, sin dejar de contemplarlos. Kenjiro avanzó y pudo distinguir su brazo mecánico, el del robot de servicio. Había tornillos, engranajes y manguitos neumáticos en el suelo, señal de una reciente reparación. Con cuidado llevó su mano de carne y hueso hasta la empuñadura de su espada, un filo hermano al suyo. La sacó con cuidado, despacio, el sonido del metal deslizándose por la saya, suave, pasivo y amenazador al mismo tiempo. Él la imitó, con respeto. Aquella mujer no era como sus objetivos hasta el momento. No pensaba huir, correr, ponerse a salvo de su implacable presencia. No. Pensaba plantarle cara, librarse de él y continuar con su vida. Él era un obstáculo que había que eliminar, pero había decidido hacerlo de una manera inusual en la Gran Urbe, sin pistolas láser de por medio, sino cara a cara, como él había hecho durante toda su vida. ¿Qué veía en ella? ¿Respeto? ¿Valentía? ¿Estupidez? «¿Honor?». Ambas espadas caían hacia el suelo, descansando, pero exigiendo movimiento. Lo sentía, vibraba en su mano. Las gotas recorrían su filo y caía como un chorro limpio desde el koshi. Empezó a moverse lateralmente, despacio, asegurándose de que tenía un pie bien clavado al suelo antes de mover el otro. Ella lo imitó, en una danza silenciosa que siguió su misma dirección para mantener la equidistancia. Ni siquiera se molestó en preguntarle de nuevo por qué la perseguía. Eso dio a Kenjiro la pista que necesitaba: ella ya conocía la respuesta. La misión que le habían dado había sido clara: eliminar a su objetivo de la Avenida Helm, celda 32, colmena 477. La mitad del dinero por adelantado —aunque eso Blas no lo supiera— y la otra mitad cuando cumpliera su tarea. Él aceptaba, ejecutaba y cobraba. No necesitaba saber más. Esa vez tampoco era diferente, pues su víctima no había preguntado por qué había caído sobre ella con la implacable fuerza de una tempestad. Había quien le había plantado cara, pero la pregunta era un recurrente. Despejó todo eso de su mente. Un profundo remanso de calma invadió sus sentidos. La lluvia 72

abandonó su acústica y todo comenzó a ir a cámara lenta ante sus ojos. Apretó con fuerza la mano que sujetaba la espada y la movió ferozmente en dirección horizontal. Llegó justo a tiempo para frenar con un brutal chasquido metálico el tajo vertical que su enemiga descargó sobre él con la fuerza de un rayo. Saltaron chispas, un fugaz destello que iluminó ambos rostros. No había diversión en sus expresiones, sino una seriedad inusitada. La gente dio un paso adelante para mirar desde algo más cerca, pero se cuidaron de dar un segundo. Kenjiro miró a su rival a los ojos, allí, estando cara a cara. Retrocedieron de un salto y cargaron nuevamente, intercambiando golpes de katana, los filos dividiendo el aire entre silbidos ahogados por los aspavientos de un público que esperaba un desenlace sangriento pero que entrecerraba los ojos para no contemplarlo en alta definición. Aquella mujer dio una voltereta hacia atrás, esquivó su acometida y se lanzó al ataque de una estocada que evitó por los pelos. Se pasó su espada de una mano a la otra y, esta vez, detuvo con su palma desnuda el violento puñetazo que buscaba su recién magullado costado: el ataque a katana de aquella mujer había sido una distracción para tener una abertura. «Es buena —pensó él, liberándole el brazo biónico. Ambos retrocedieron, Kenjiro la miró y vio en sus ojos que debía estar pensando lo mismo». Estuvo a punto de sonreír, desafiante, pero en cierto modo aquella mujer le daba miedo. No estaba ante el típico matón del tres al cuarto. Kenjiro sacudió su espada, aún ávida de sangre, y la envainó. Su rival hizo lo mismo con un leve asentimiento de cabeza. —¿Cuál es tu nombre? —exigió saber Kenjiro. —Rei. —Su voz sonó dura, firme. Hizo una pausa—. ¿Puedo saber el tuyo? Por un momento Kenjiro pensó que iba a preguntarle qué quería de ella, como hacían todos, pero volvió a quedar patente que no le interesaba saberlo. Asintió. —Kenjiro. —Me perseguirás hasta el confín, ¿verdad? —Lo haré. Es mi misión. —Me lo temía… Tenía la esperanza de que abandonaras, que dieras media vuelta y me dejaras en paz. —No puedo hacer eso. —La miró a los ojos, azules como el cielo que se describía en los libros del viejo mundo—. Tú también puedes huir. Correr, darme esquinazo.


—Podría, y seguramente lo lograría. Pero tampoco puedo hacerlo. —¿Por qué? —Por honor. Hemos cruzado espadas, Kenjiro de la Gran Urbe. Si te retiras, te dejaré marchar. Pero si no… te daré una muerte gloriosa y me iré. —Honor… —susurró él por lo bajo. Nadie pudo escucharlo, no rodeado del murmullo de la lluvia, pero Rei enarcó una ceja. —¿No vas a reírte, a burlarte de la amenaza que acabo de hacerte? —No —contestó él, sujetando de nuevo su espada, el filo todavía a cubierto. Ella lo imitó—. En tus ojos veo convicción, firmeza de valores. Lo respeto. Ven, Rei. Acabemos lo que empezamos. No hizo falta decir más. Había leído acerca de lo que iba a hacer a continuación, battōjutsu, una técnica de envaine y desenvaine inmediata, feroz. Rei también parecía conocerla. Saltaron frente a frente y los aceros volvieron a chocar un milisegundo después de sacar sus katanas. Chispas de nuevo. Retrocedieron y volvieron a atacar. Kenjiro resbaló, cayó, apoyó la mano sobre el firme y se impulsó hacia arriba para evitar el siguiente ataque. El filo enemigo le cortó algunos pelos cerca del cuello. Kenjiro trató de recomponerse en el aire, pero fue demasiado lento para esquivar un violento puñetazo, nuevamente del brazo mecánico. El impacto lo lanzó contra el suelo y a punto estuvo de soltar su espada. Esta vez era el otro costado el que había quedado inservible. Escupió más sangre que la vez anterior, se impulsó en un adoquín saliente sin dar tregua alguna, hizo una exitosa finta y aprovechó el despiste para deslizar el reverso de su espada contra el filo de la rival. La punta de su katana se enterró en el hombro de la mujer que ahogó un grito de dolor. Sin esperar a que retrocediera Kenjiro tiró con fuerza y segó la piel desde la parte alta de la clavícula hasta la axila. El brazo mecánico de la mujer cayó al firme y la sangre brotó como un manantial. La mujer retrocedió, cubriéndose el muñón con su mano y el mango de la katana, ahora rojo cadmio. Tragó saliva y pudo distinguir una perla de sudor entre las de lluvia bajando por la cara de su contrincante. Seguía sin haber odio en su mirada, solo frustración consigo misma. —Una última vez, Kenjiro. Conoces el battōjutsu. —Envainó su espada—. Este será mi último ataque. Él asintió, conforme. Envainó de nuevo, un gesto que le provocó un estallido de dolor en su nuevo costado destrozado. El silencio volvió a rei-

nar. La sangre se diluyó con los charcos. Los nervios a flor de piel. Salvo los de ellos. Se colocaron en posición, preparados. La mano apoyada con suavidad en la tsuka. Se miraron largo y tendido, conteniendo la respiración. Fruncieron el ceño, cogieron aire y lo soltaron al mismo tiempo. Ese había sido el momento decisivo. Un instante después estaba uno detrás del otro, las espadas alzadas al cielo, ambos filos llenos de sangre. La sangre manó del torso de Kenjiro, un corte largo y poco profundo, detenido por la dureza natural de su esternón. Permaneció de pie, bajó la katana. Rei se irguió también y se giró. El sonido de algo amortiguado cayó sobre el suelo de la plaza; el choque del metal tintineó a su lado. Kenjiro se giró y comprobó que había logrado segar con éxito el otro brazo de la mujer. Sin bajar la mirada, sin gritar o suplicar piedad o auxilio se acercó hasta Kenjiro. Él, sin embargo, permaneció impasible hasta que estuvo a un metro de él. Se miraron por un segundo. Un segundo largo que no parecía entender ni de tiempo ni de espacio. Interrumpió el contacto visual para bajar la vista hasta el tajo que le había dado, insuficiente para ganar. Volvió a mirarlo a la cara. —Llévala con orgullo. —Lo haré. Sacudió su espada, cogió impulso con su brazo y su filo trazó un semicírculo perfecto. Un segundo después la cabeza de Rei se había desprendido de su cuerpo. Kenjiro envainó su katana. Permaneció allí, rodeado por todos los testigos, que contenían el grito que todavía no se habían atrevido a soltar. Miró el cuerpo de Rei desplomándose junto a su cabeza. Se palpó la herida. Si se inyectaba Reparol 37 no le quedaría marca, pero no podía permitirlo. La conservaría. La llevaría con orgullo, tal y como le había pedido. «Con honor». Quizá eso era el honor. Quizá Rei se lo había enseñado en el fugaz momento en el que habían compartido sus vidas. No estaba seguro de si lo entendía. Era un concepto demasiado inabarcable en un mundo como aquel, pero sentía que estaba algo más cerca. Ya meditaría sobre ello más adelante. Ahora tenía asuntos más apremiantes que atender. «Espero que Blas me perdone volver otra vez sin su dinero —pensó, tambaleándose, mientras la gente se apartaba a su paso». 73


RELATOS

EL CLARO

A

RAFAEL DORESTE MIRANDA

l despertar, en mitad de la noche, estaba solo. Con cierta extrañeza, pues no entendía a dónde podía haber ido Sonia a aquellas horas de la madrugada, se incorporó y abrió la cremallera de la tienda. Asomó la cabeza, hacía un frío polar. Miró alrededor del pequeño campamento: ni rastro de ella. «Qué raro...» Se abrigó a toda velocidad, nervioso, y salió al exterior. Noche fría, pero en calma, apenas se escuchaba el viento atravesar la arboleda donde se hallaba. Encendió la linterna y buscó cerca, esperando encontrarla, deseando que tan solo hubiera ido a orinar. Era invierno y pocos se atrevían a hacer noche en el monte. El lugar estaba desierto, no había nadie en aquel valle enconado entre montañas. Lejos de cualquier pueblo cercano, perdidos en medio de la nada, tampoco recordaba haberse cruzado con coche alguno por el camino desde que dejaron atrás el diminuto pueblo que daba nombre a aquel lago remoto. Preocupado, empezó a llamarla. Primero tímido, a medida que ampliaba el radio de búsqueda sin obtener resultados, su llamada ganó en decibelios. La respiración, agitada, no le dejaba concentrarse del todo. El vaho que salía por su boca por momentos le nublaba la visión, haciéndole trastabillar en alguna ocasión. «¿Dónde estás?», se dijo angustiado. Oyó algo, en la lejanía, leve. No supo identificar qué era. Volvió en dirección a la tienda. Deshizo sus pasos guiado por la luz de la linterna, apuntando en todas las direcciones y llamándola, esta vez de nuevo en susurros. Aquel ruido lejano le había traído a la cabeza la suposición de que quizás no estaban solos en aquel lugar, y de ahí pocas hipótesis tranquilizadoras podía sacar en aquel momento. A distancia de allí, volvió a escuchar ruido. Voces, esta vez identificadas con claridad. Diríase que reconocía cierta algarabía en ellas. Se concentró, buscando el lugar exacto de donde provenían. «Vienen del otro lado del lago.» Se dirigió a la orilla y comprobó que, efectivamente, al otro lado había gente. Percibía luz, hogueras, e incluso cánticos, 74

ahora sí, de manera clara. «¿Sonia estará allí?» Suponiendo que la única respuesta a su pregunta era que sí, tomó la pequeña barcaza que tenía preparada para pescar a la mañana siguiente, y se adentró en el lago iluminado por la luna llena, que por fin asomaba tras las nubes, haciendo innecesario el uso de la linterna. Remaba en silencio, con habilidad. No quería que le descubrieran. No sabía qué iba a encontrarse allí. A medida que se acercaba a la otra orilla, se hizo el silencio allá donde debía desembarcar. No se había percatado de esto, hasta que el sonido de las palas al chocar contra el agua se convirtió en lo único que se podía detectar en la noche. Sin señales de la fauna nocturna, del suave susurro de las copas de los árboles, ni un solo chapoteo a su alrededor. Solo silencio, absoluto y terrorífico silencio. Con más sigilo aún, recorrió el último tramo del trayecto, hasta que llegó a su incierto destino. Al pisar sobre terreno firme, una densa neblina comenzó a cubrirlo todo. Bajaba desde el bosque que se formaba sobre la pequeña loma que tenía ante sí. Desperdigada por todos los rincones del solitario paraje, la bruma, hacía imposible vislumbrar lo que uno tenía delante más allá de escasos tres metros. Con una valentía que desconocía poseer, se internó en la niebla, adentrándose en el bosque tras la colina. El silencio, abrumador, era desconcertante. Quería gritar para comprobar que no se había quedado sordo, pero algo en su interior le decía que la búsqueda en la que se hallaba no era de esas de dar alaridos con el nombre del desaparecido, pues algo maligno acechaba en la noche, entre la densa bruma, entre la arboleda, bajo la luna que ahora había desaparecido bajo aquel manto gris. Encendió de nuevo la linterna y, a tientas, avanzó como pudo, apoyándose en los troncos de los abedules que predominaban entre otros de su especie, fijándose bien en no tropezar con ramas caídas en el suelo. «A este ritmo si encuentro a Sonia será un milagro. ¿Por dónde voy? No escucho nada… ¿Dónde están esas luces que vi desde el otro lado? Esas voces… desaparecidas…»


El miedo volvió como ese vicio insano que nunca te abandona, que late calmado, imperceptible, siempre presente, al acecho, esperando tu debilidad, sabiendo que llegará su momento. «No pienses, no flaquees. Ahora ya es mejor seguir que volver. Afróntalo.» El cansancio le empezaba a pesar. La razón le empezaba a fallar y todo empezaba a carecer de sentido, vagaba sin más, y ya ni si quiera pensaba en el objetivo de encontrarla, tan solo deambulaba, agotando su escasa energía. Aun así, en una de sus paradas para tomar algo de aliento, a su derecha percibió lo que parecía un sendero por donde la niebla no era tan espesa. Lo siguió de manera inconsciente, corroborando que por aquel camino la visibilidad mejoraba notablemente. El camino serpenteaba por el bosque como si alguien diluyera las nubes a su paso, permitiéndole avanzar con ligereza y con un mínimo de esperanza. Divisó en lo que parecía el final del camino una cabaña. La observó desde la distancia con recelo. Algo extraño emanaba de aquella solitaria edificación. Era de planta circular, con paredes de piedra y puerta de hierro. El techo estaba formado por un denso follaje, del que sobresalía una chimenea bastante alta. Ensimismado en su descubrimiento, no se había percatado de que el bosque había cobrado vida de nuevo a través de los sonidos de sus habitantes: pequeños animales escurridizos, hojas bailando empujadas por el viento, algún que otro lejano bramido… «No me queda otra que entrar en esta cabaña.» No tocó en la puerta. No era una casa donde se sintiera bienvenido. De hacer algo allí, de ocurrir algo entre esas paredes, lo que tuviera que pasar pasaría sin previo aviso. «Si es que no me están esperando…» El corazón se le aceleró. Con la respiración entrecortada y los músculos rígidos giró el pomo de la puerta con absoluta delicadeza. Costó más de lo que pensaba empujarla, llegando a pensar por momentos que estaría cerrada de algún modo que desconocía, ya que no había cerradura. El olor de la casa era nauseabundo. Amagó con vomitar. No había ventanas, como había sospechado. Todo formaba una única estancia. Unas sillas de madera, parecidas a tronos, formaban un círculo en el centro de aquel lugar. De madera oscura, talladas, de cortes rectos. «Esto debe tener años y años» Intentó mover una mientras observaba. Imposible. Las rodeó y se introdujo en el círculo que

formaban. Allí, en medio de esos tronos, atisbó por primera vez donde podía hallarse. «Brujería…» El suelo estaba cubierto por símbolos de todo tipo, donde destacaba una enorme estrella de ocho puntas. El estómago le indicó que volvía a tener miedo. Darse cuenta de que podía estar metido en algo que escapaba a su entendimiento, de que algo que jamás se había planteado que pudiera existir estuviese allí, delante de él, materializándose como una horrible pesadilla, le hizo sentir un temor incontrolable que casi le hace huir a toda prisa. Pero algo, había algo que lo ataba a ese bosque, más allá de querer encontrarla, le hacía continuar con todo aquello. Consiguió relajarse un mínimo y siguió explorando el lugar. Cada silla, o trono, o lo que quiera que fueran esos asientos, tenía tallado con letras de otro tiempo lo que parecían nombres. «Séliru, Nombarya, Ághata, Munisathya…» Nombrados en silencio, siguió leyendo, mientras cada nombre, al ser leído, generaba un profundo malestar en su interior. «Zagerub, Kothul, Ura, Wonzhite», prosiguió hipnotizado. «Prifua, Filiwa, Cassandra, Gramena», finalizó. Una ráfaga de viento recorrió la sala. Las velas titilaron a punto de ceder y apagarse. Por momentos temió quedarse a oscuras. Cayó en que el aire había provenido de un extremo de la estancia, y sin dudarlo se dirigió hacia allí. Bajo una trampilla de madera abierta de par en par, unas escaleras descendían perdiéndose en la penumbra. «¿Qué hago? ¡Vuelve!» Escuchó ruidos fuera. No parecían de pequeños animales. Algo fuera, de un tamaño considerable, rondaba y bufaba. Podía sentir su enfado. Miró la puerta. Estaba cerrada. Agradeció en esos momentos que no hubiera ventanas en aquel lugar infernal. Encendió la linterna, que aguantaba de manera estoica, y bajó a toda prisa las escaleras cerrando tras de sí la trampilla sin saber si era o no una buena decisión quedarse sin la única salida con la que por ahora contaba. El pasillo discurría estrecho bajo tierra. Las paredes desnudas permitían ver las raíces de los árboles a los que alimentaban arriba en la superficie. A medida que avanzaba, notaba más frio, el aire que respiraba era más puro. «Estoy cerca de la salida», se dijo emocionado tras unos minutos de camino. Estaba en lo cierto, al poco ascendió por 75


una rampa de pendiente ligera pero prolongada, hasta que llegó por fin de nuevo al bosque. La noche volvía a ser clara y ruidosa. Todo parecía haber vuelto a la normalidad. Tomó aire y sonrió aliviado. Oteó los alrededores. Otra vez las luces, de nuevo lo que parecían hogueras. Debía de ser más de una, pues la luz irradiada era potente. Se alejó lo más que pudo de aquella fogata, sin perderlas de vista, y con cautela se fue acercando a gatas, clavándose todo tipo de ramas en las palmas de las manos y las rodillas, hasta que llegó a un pequeño saliente rodeado de arbustos que le permitía permanecer oculto y observar con claridad lo que tenía delante de sí. Encadenada a un árbol, desnuda, gimoteaba. Su rubia melena ondulada cubría sus preciosos senos. Apenas se movía. La cabeza gacha, hundida, sin terminar de creerse lo que le estaba ocurriendo. Ahogó un grito de manera inconsciente. De no haber sido así, se hubiera delatado ante aquella jauría que tenía delante. Frente a ella, contó doce personas, ataviadas con túnicas negras y con las caras cubiertas con máscaras de animales con cornamentas, fieles, como si hubieran vaciado el interior de las cabezas degolladas de los animales, y las hubieran reducido al tamaño exacto para que cupieran a la perfección en sus portadores. Distinguió un toro, un reno, ciervos, gacelas, muflones y bueyes. Primero, una figura esbelta, abandonó el semicírculo que formaba aquella docena de extraños individuos y se acercó con parsimonia hacia la joven desnuda ante la atenta mirada del resto. Murmullaban un cántico, apenas perceptible, monótono, en idioma desconocido para aquel joven aterrado que observaba el ritual desde lo alto del peñón. Bajó la cabeza tomando una posición de embestida, aceleró el paso y clavó la asta de toro en la joven. El grito desgarrador heló la sangre de Oliver, que observaba sin poder evitarlo, hechizado por el esperpento, paralizado por el miedo, el extraño ritual perpetrado ante él. La sangre manó de su muslo derecho. El toro retornó a su lugar en aquella escenografía, para dar turno al buey, que clavó su cornamenta en la clavícula, desencajándola al instante. Siguieron en orden, uno por uno, todos los integrantes de aquella ceremonia, agujereando el cuerpo de la joven, que ya a esas alturas se había convertido en un amasijo de carne color carmesí. Colgaba casi partida en dos de la cadena que la sostenía allí fijada, cuando lo que la gravedad dictaba era que cayera desplomada a la tierra roja y húmeda, empapada por la sangre de aquella desgraciada criatura. 76

Una vez todos los presentes hubieron cumplido con su parte, se quitaron los cascos que cubrían sus rostros. Al verlos sin máscara, el joven incauto, pues aún no sabía que su turno había de llegar, se sobrecogió aún más. Mujeres, ancianas, demacradas, arrugadas, asquerosas. «Brujas…», gimoteó aterrorizado. Le vinieron a la cabeza sus nombres, los que había leído en la cabaña y un escalofrío le recorrió el cuerpo desde la punta de los pies hasta el último de los pelos de la cabeza. Algunas con la cara desfigurada, todas con los ojos negros repletos de maldad, desbordantes de ira, de rencor y odio. Se retiró, reptando y se ocultó del todo tras los arbustos. Temblaba. En posición fetal intentó calmarse, al tiempo que las primeras lágrimas resbalaban por su mejilla. Se tapó la boca y lloró como un bebé, asustado, inconsolable. La noche se hizo más oscura de repente, se dio cuenta entre sollozos. Se arrastró de nuevo hacia la punta del saliente y vio que las hogueras ya no estaban. Las brujas tampoco. Sin estar del todo seguro, guiado por el instinto, bajó al claro donde colgaba aún la rubia mujer encadenada. Todo transcurría como en sueños, sin percatarse de nada, sin fijarse en que era observado por doce mujeres malvadas, que sonreían de oreja a oreja, desfiguradas por el placer, desde la protección que les brindaba la oscuridad. La sujetó cuando logró quitarle las cadenas. Estaba muerta sin duda, pensó. Se arrodilló y la abrazó entre lágrimas. Miró su cuerpo maltratado, vejado hasta límites inimaginables, y la besó en los labios. Estaba fría, no respiraba, ya no sangraba y el cuerpo se amorataba por segundos. La dejó con dulzura, allí tumbada, dispuesto a regresar para avisar de la tragedia, cuando unas risas escalofriantes resonaron por todo el bosque, unas voces que se acercaban, y con ellas, parecía, volvía la luz a aquel enclave maldito. —¡Míralo! —gritaba una alterada, como poseída. —¡Síííí! Es joven, le gustará— contestó otra que era la más gorda de todas. Chillaron rebosantes de júbilo todas a la vez. Las carcajadas, lascivas, carcomían su corazón, arrebatándole cualquier mínimo deseo de valentía. Sus miradas se posaron en él, incapaz de reaccionar por el momento. Maliciosas, viciosas, sádicas. Una de ellas, con una agilidad inesperada, le agarró la cabeza, sin que le diera tiempo a reaccionar. Otra apareció más rápido aun y le sopló unos polvos en la nariz. El picor era tan intenso que lo noqueó,


golpeándole la cabeza. No se dio cuenta de que otras tres de aquellas brujas entonaban una macabra melodía mientras gesticulaban con sus manos en dirección a él. Entre murmullos se alejaron, con sigilo, como huyendo. Le pareció oír a una de ellas: ya viene, ya está lista. Se sintió erecto, en total plenitud. Fue a palparse para comprobarlo, pero no puedo moverse. Probó con otras partes de su cuerpo, imposible. Allí estaba boca arriba, tenso como un arco a punto se disparar y petrificado como una estatua. «¡¿Que me han hecho?! Malditas», quiso gritar sin éxito. Percibió un movimiento, una sombra que tapaba poco a poco la luz que tenía delante. A medida que se acercaba lo que fuera que venía hacia él, los cánticos sombríos aumentaban en intensidad. Primero pudo ver unas piernas de mujer, velludas, luego, la vagina, peluda, un abdomen fuerte, fibroso. Fuera lo que fuera, aquello era enorme. Aquella cosa se acuclilló y pudo ver cómo unas manos con dedos cubiertos de hojas, como si de ramas se tratase, terminadas en unas uñas largas y afiladas como cuchillos, aruñaban su ropa, desnudándolo de manera violenta. —Móntalo, móntalo— gritaron las brujas fuera de sí. «Esto tiene que ser una pesadilla.» Cerró los ojos por un breve instante. Para cuando los volvió a abrir, lo tenía encima. Pechos pequeños, firmes, velludos también. Varias ramas brotaban de sus hombros cubriendo el cuello, deteniéndose en aquel rostro entre bovino y humano, coronado por las astas más grandes que había visto jamás. Sintió que desfallecía, pero estaba drogado, y todo él era un maniquí a merced de aquella bestia del infierno. Pudo oír su berrido diabólico de satisfacción al montarlo, pudo oír los gemidos oscuros de las doce brujas que lo rodeaban, extasiadas ante todo aquello. Vio también como aquel ser se levantaba, tras haberlo mancillado, y lo cogía del cuello como quien coge a una gallina por el pescuezo. Media tres metros de alto, calculó. Lo miró ya sin miedo, sabía que iba a morir. No había pena en aquella mirada, solo ira. Un odio visceral. Notó cómo las afiladas uñas atravesaban su estómago en una fracción de segundo. Sintió brotar la sangre a borbotones, notó cómo se desprendían sus vísceras. Saboreó la vida por última vez y volvió a mirar a la criatura. «¿Qué eres?», se preguntó. —Soy el espíritu del bosque, humano. «¿Por qué?», siguió preguntándose.

—Venganza, insignificante parásito. «¿Venganza? ¿Venganza de qué? ¿Qué he hecho yo?» —Destruirlo todo, tú y los tuyos. Expulsó su último aliento de vida antes de caer al suelo sobre sus intestinos. Le pareció ver, antes de morir, cómo aquella cosa se dirigía allá donde estuvo encadenada su compañera y se transformaba en la enorme piedra que presidía aquel misterioso claro del bosque.

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PANEL SYNDICATE

SPIDERLAND/SNAKE https://spiderlandsnake.com/

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Este es el proyecto que tiene lugar cuando reunimos a un grupo de autores de cómics de calidad incuestionable y punteros en su profesión, que además entienden las necesidades del cómic y la importancia de la relación entre el autor y el lector. Brian K. Vaughan, Marcos Martin, Muntsa Vicente, Albert Monteys, David López, Ken Niimura, Jay Faerber y Michael Montenat son los nombres detrás de proyectos tan diversos como interesantes, siempre en inglés y normalmente español, con algunas obras con la posibilidad de otros idiomas como portugués, francés y catalán.

Borja González, autor revelación del cómic español con The Black Holes, la cual reseñamos en este mismo número, se une a Mayte Alvarado, con la colaboración de Roberto Massó para traernos una serie de cómics digitales autoconclusivos y de carácter fanzinero que alentará a nuestras sensaciones y emociones, con diversos estilos entre sus autores, pero abogando por una simplicidad buscada y concreta dentro de los cánones del dibujo y sus formas.

De los creadores de LINE, llega una página web de las más populares para este formato heredado del manhwa, disponible en distintos idiomas y con aplicación móvil propia disponible para Iphone, Ipad y Android.

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Algunos de estos títulos han sido galardonados con Premios Eisner y Premios Harvey. Son lecturas transgresoras en las que el lector aporta la cantidad monetaria que considere adecuada o que quisiera aportar.

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Con una página web en auge, se dispone de cuatro títulos que serían Loop, El Lago, El ruido secreto y Menneval. Son una serie de proyectos que trata de mezclar el fanzine en su estado más físico con el cómic digital.

WEBTOON

Aquí se dan cita por igual la fantasía, la ciencia ficción, la comedia, el drama, el terror o la acción, entre otros tipos de géneros, cuyo contenido es totalmente gratuito, pero además podrás acceder con anticipación y exclusividad a otro tipo de propuestas complementarias basadas especialmente en el apoyo monetario a los propios creadores. Aunque puede resultar un poco «cajón desastre» un tanto naif, lo cierto es que la cantidad y variedad en los proyectos que tiene esta web es diversa, y hay que tener en cuenta que la calidad de ciertas series y el interés del público han logrado adaptaciones a otros medios de entretenimiento.


LITERANDA

LEKTU

FEEDBOKS

https://www.literanda.com/

https://lektu.com/

https://es.feedbooks.com/

Literanda es una editorial independiente pero también una librería online que se dedica a la edición cuidada de textos clásicos de dominio público en formato electrónico, pero también dedican parte de su esfuerzo en publicar autores noveles que posteriormente acaban formando parte del catálogo de Literanda.

Lektu es una plataforma que desde hace un tiempo lleva en circulación. Tiene la gran virtud de poseer un catálogo amplísimo en el que confían no solo muchos autores noveles y de reconocido prestigio a la hora de publicar, sino también distintas editoriales como nosotros mismos, la Blaster, como también Cazador de Ratas, Ediciones El Transbordador, Ediciones Babylon, Editorial Cerbero, Gigamesth entre muchos otros.

Feedbooks es una librería digital y un servicio de publicación en la nube similar a Literanda, con la diferencia de que su origen es francés e inglés.

Muchos de los trabajos publicados por Literanda son de dominio público, y otros, bajo licencias de Creative Commons, etc., están disponibles para su descarga de forma totalmente gratuita y legal. Por supuesto también hay otros trabajos igual de bien cuidados que se ponen a la venta y que tienen precios habituales. También cuenta con tres formatos distintos para los documentos: ePub, Kindle y PDF.

Esta plataforma da la oportunidad a los autores de publicar sus trabajos de distinta manera: de forma gratuita, con pago social (compartes la ficha del trabajo en tus redes sociales y lo descargas luego de forma gratuita), pasa si te gusta o si quieres, o de precio fijo, que normalmente suele ser bastante insignificante por el contenido de calidad que se ofrece.

Posee títulos clásicos y actuales, obras de dominio público en diferentes idiomas, que puedes filtrar por categorías en el propio menú de la web. También tiene publicaciones de trabajos actualizados por módicos precios que habitualmente oscilan entre 1,49€ y 12,99€. Disfruta, además, de una sección de entrevistas que, si bien está algo desactualizada, resulta igualmente interesante.

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¡GRACIAS! ¡…Y esto sería todo! Esperamos que disfrutasen del contenido que hemos seleccionado y expuesto para todos ustedes y que les haya entretenido todo el tiempo posible. Les invitamos además a visitar nuestros números anteriores, ya que seguramente puedan encontrar más cosillas que les pueda interesar y amenizar sus días. Y con esto se acaba el primer ciclo de esta revista que, al ser trimestral, nos corresponde una cifra de 4 números. Y a poco que sepamos de matemáticas, ese cálculo ya se cumple. Así pues, cerramos ciclo y continuamos con nuestra presencia online en nuestras redes sociales y página web, como no podría ser de otra forma. Esperamos que el siguiente número, con el que cumpliremos nuestro primer aniversario, se dé en mejores circunstancias, ya que la buena compañía siempre estará garantizada gracias a ti como lector. Y más si te estás leyendo esto, ¡que no se lo lee nadie! Nos despedimos con un cordial saludo, un abrazo y dos besos desde la distancia de seguridad que ya nos proporciona el espacio virtual.

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Profile for Blaster. Revista de fantasía y ciencia ficción

Blaster No. 4 | Abril 2020  

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