Blaster No. 2 | Octubre 2019

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RELATOS

LOS HIJOS DE USSGAR

S

ADRIÁN TRUJILLO MARRERO

i nunca has oído hablar de los Hijos de Ussgar, deberías dar gracias a las deidades del Tetraedron, a Iventres o a los Antiguos Dioses por haber tenido esa fortuna. Antes del Quiebre, el devastador cataclismo que asoló el continente de Windamun, las madres contaban a sus hijos historias de seres mágicos terribles, brutales, que acechaban a los niños desde la oscuridad y que solo actuaban si obraban tan mal como para molestarlos. Después del Quiebre, la magia, y por ende los seres mágicos, desaparecieron. Y fueron los Hijos de Ussgar los que poblaron entonces los relatos para atormentar a los niños más traviesos. En el norte del continente, bañadas por las aguas del Mar del Silencio, se encontraba la región de Ussgar, y en las profundidades del Bosque de Ussgar, Elweyser se alzaba como la ciudad más antigua y orgullosa del mundo. Era el hogar de los feilan, seres de piel extremadamente pálida y ojos grandes y fríos, con orejas alargadas rematadas por una punta afilada y un porte que transpiraba nobleza. En esencia, los feilan solo confían en ellos mismos. No tienen amigos de ninguna raza, ni humanos, eletas o argul, y aunque la región que gobiernan está plagada de todas las razas, no confraternizan con ninguna. Y la única relación que tienen los feilan con el mundo exterior son el selecto grupo que vive, se entrena y se prepara para sus misiones en el Bosque: los Hijos de Ussgar. Como toda gran nación, Ussgar tiene su ejército, y como toda nación orgullosa, también sus oscuros entresijos, hilos que se mueven al son del poder de Elweyser, invisibles, peligrosos. Pero si quieres hacer algo al margen de la repercusión mediática, algo que requiera sutileza, sombras con recados… no puedes enviar a un ejército. Pero sí puedes utilizar las herramientas que tienes a mano, y para eso están los Hijos. Una vez cada cinco años se escoge a los jóvenes con más talento de Elweyser, pertenezcan o no a la nobleza o a la clase más burguesa, y son enviados con los Hijos de Ussgar. Entre las penumbras de la espesura que rodea Elweyser, los Hijos someten a estos feilan de gran talento a un duro entrenamiento que no todos superan: algunos mueren, otros enlo54

quecen, en el peor de los casos pierden la cordura y acaban muriendo. Un entrenamiento tan brutal que acaba por hacer de jóvenes feilan un sutil batallón de asesinos. Un entrenamiento tan salvaje que doblega el alma, el espíritu, y todo sentimiento compasivo o empático es arrancado de raíz. Los Hijos de Ussgar tienen misiones, y las misiones hay que cumplirlas. No hay espacio para aquellos que conocen la piedad. La piedad significaba no cumplir tu misión, y los Hijos deben ser eficaces en todo. No había espacio parar errar. Va’thalion fue uno de esos feilan, de esos plegados a la voluntad de un herrero inclemente. Aunque afirmar eso sería un error, pues Va’thalion no era «de esos» feilan: era el feilan. Los Hijos de Ussgar jamás habían visto a nadie tan talentoso como él. Sus proezas se contaban por decenas. Era implacable como la más fiera de las bestias. Y no hubo que extirparle la compasión cuando ingresó entre los asesinos, ya que ni siquiera la conocía. O eso parecía. Estaba acuclillado justo sobre una rama gruesa, a un par de varales del suelo. Desde allí, en posición de reposo, con los brazos descansando sobre sus rodillas, contemplaba su alrededor como siempre: con interés, ese con el que se analiza algo para saber por dónde correr, cómo atacar, dónde ocultarse. Era una de esas costumbres que los instructores habían tenido a bien inculcarles. Conocer tu entorno te da ventaja sobre tu enemigo, decían siempre. Él lo creía. Más de una vez eso le había salvado la vida. —Tenemos una nueva misión —se oyó una voz suave, justo detrás de él. No se sobresaltó, pues aunque su compañera había sido extremadamente sigilosa al acercarse, Va’thalion pudo escuchar el sonido de su corazón. Nada escapaba a su vigilia. —Otra misión de mierda. —Suspiró, cansado, tendiéndole la mano a su compañera. Esta le dio la carta que atesoraba con cuidado—. ¿De qué hay que encargarse esta vez? ¿Otro traficante de armas? Al ver que su compañera no respondía, Va’thalion abrió el sobre. El sello estaba roto, así que no le costó trabajo. Extrajo la carta con cuidado y la leyó con ojos suspicaces. Luego, tal y como debía hacerse, la rompió en mil pedazos y la espació desde lo alto de la rama en la que estaba sentado. Se lanzó