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Los Inicios

Manuel Fernรกndez Saavedra


En un mundo en paz, la industria armamentística no tendría sentido. En un mundo con energías limpias, la industria del petróleo no existiría. En un mundo limpio y en paz, la industria farmacéutica decaería. En un mundo sin industria del interés, no harían falta bancos; la inexistencia de ladrones eliminaría la necesidad de guardar el dinero en ellos. Este absurdo pretexto, pues guardar dinero es el único fin racional de una caja fuerte, hace que la banca, con desmesurada codicia, gobierne despóticamente el mundo. En esta sociedad del caos, creada por mí, yo te defiendo. Para defenderte legislo y te despojo de los derechos más elementales. El legislar me proporciona la potestad de juzgarte y, con ello, privarte de libertad por unos delitos insignificantes comparados con los que yo, impunemente, cometo. Para que todo esto siga existiendo, fomento la violencia, la desigualdad, la injusticia social, las drogas, la prostitución, la pobreza, el hambre, las guerras… Siendo tú el que produces, distribuyes y mercadeas, tu vida es parca en necesidades fundamentales. Fomento tus deseos para que te esfuerces por consumir la bazofia de absurdos y perecederos objetos que yo diseño. A la vez hago que me recojas, con la excusa de reciclar, la basura que te vendo. Todo ello, valiéndome de LA MORAL QUE YO NO TENGO.


Hallábase perdido en la soledad que encontró en su sofá, cuando escuchó que algo, sin saber de dónde, le decía: —Esta cultura nada tiene que decirnos. —Cierto —contestó. Muchas veces antes, y a viva voz, se le hubo escapado algún que otro comentario ante su televisor, ninguno tan claro. Le sorprendió comprobar que lo había hecho sin mover los labios. —No es menos cierto que piensas en la anticultura —Escuchó de nuevo. —¿Acaso eres adivino? ¿Cómo sabes a qué me refiero si sólo he pronunciado una palabra? —Le preguntó al aire de forma absurda. —Yo también proyecto —Pensó y buscó, en el vacío de su nada, el significado de aquel extraño comentario—. ¿Ahora piensas? —Insistió su pensamiento adelantándose a la situación de su silencio. Entonces pensó si en realidad pensaba, mientras lo hacía, en realidad pensaba si vivía el audio de un sueño. La comisura de sus labios le avisó, por llorar una baba, de que se encontraba boquiabierto. Tragó saliva y eso lo despabiló. —¿Por ser hombre piensas que existes? —Resonó el centro de su cerebro con claro acento ajeno. —Aventaja a mi pensamiento, adelanta lo que voy a decir. —Se atrevió a encadenar una frase, y sus ojos, condescendientes, se despampanaron al abrigo de la esperanza de que, en realidad, aquello no fuese real. —Cierto es que crees que existes, luego ahora piensas —contestó por él, segura de sí, aquella voz—. Sin embargo, ¿pensar equivale a existir? Silencio. Sabía que por mucho que hurgase en el interior de su todo jamás encontraría respuesta a semejante pregunta. De nuevo hubo de ser aquella voz la que, anteponiéndose a su propio yo, localizase en la fosa de su conocimiento la respuesta que, sin duda, habría dado: —Si existo es porque pienso. —Hay gente que no piensa lo que hace, ¿ellos existen? —Escuchó sin tiempo para procesar, cuando había tenido todo el del mundo, la archiconocida frase: pienso luego existo. —Luego piensan que los demás no existen. —Esta otra conclusión, que salió chirriando por las articulaciones de su cerebro, le hizo retorcerse en el sofá; los engranajes de su mente no estaban preparados para triturar tan plural enunciación. No obstante, con denodado esfuerzo, pensó. Pensó que al menos en sueños existía, pues los gritos de pánico de las personas que su televisor despedazaba ahora le molestaban. —Sí —se dijo a sí mismo, ¿con quién hablaba si no?—. El hastío que algunos sienten les hace sentir que los demás no existen. —Y el bienestar… ¿Hará sentir que los demás existen? Ahora su voluntad se centró en contener una respuesta que, por el momento, su mente desconocía. Hubo de ser su temor el que hiciese la propuesta: —Para el bienestar económico los demás no existen. —Y el dolor, ¿hará sentir la existencia?


—Sí, de ser extremo incluso hace desear la muerte. —Al escuchar su pronunciamiento desconfió de su propia mente, no por la veracidad de la respuesta dada, por el desapego con que lo hizo. —El dolor propio hace desear la muerte. ¿Y el dolor que sienten los demás? —El deambular del escalofrío que recorrió su cuerpo tardó en hallar la respuesta. —Tanto para el bienestar propio como para el dolor de los demás, no existe la existencia. —Después de dudarlo concluyó que ese razonamiento era suyo. —No lo dudes, es una conclusión tuya. —Esta aseveración, que bien podría ser tranquilizadora, para él no lo fue tanto—. ¡Ellos y su mundo existen! —concluyó la voz. —¿Ellos? ¿Su mundo? —acertó a preguntar mientras su memoria recorría, a una velocidad prohibida por la física, galaxias concebidas para la ficción cinematográfica. —Existen muchos mundos, mundos creados a los que nos subimos, una vez en ellos el mundo de los demás deja de existir. —Esta explicación lo desanimó, parecía que hablaba de él, de sí mismo. —¿De él, de sí mismo? —se preguntó. Al hacerlo, la primera y la tercera persona del singular entraron en conflicto: hablaba consigo mismo con una voz salida de una incierta parte de él mismo. —Existen mundos que no sirven a sensibilidad alguna. Mantenerlos es fácil, con fomentar la competitividad es suficiente. —Escuchó la explicación inquirida por la curiosidad de su subconsciente—. La competitividad genera desigualdad, y ésta necesidad. La necesidad produce desesperación y la gente desesperada es capaz de hacer cualquier cosa. Sin saber exactamente con qué, estuvo de acuerdo; también con ser capaz de hacer cualquier cosa. —Ésta es la forma de dinamitar la confianza en los demás. Con desconfianza e inseguridad se crea una sociedad decadente. —Su ignorancia rebotó sobre las paredes del conocimiento para advertirle que no era él quien decía. —Lo que conocen mejor es la facultad de privar a los hombres de sentimiento, de tornarlos más fríos e insensibles. Esta fría concepción del mundo hace sentir al hombre una angustiosa soledad. —Por soledad supo que el mundo del que hablaba era el suyo. —Mira a tu alrededor —prosiguió aquella voz—, nada es real, nada fidedigno; ni tú ni yo mismo parecemos serlo. El resplandor de la pantalla de su televisor iluminó la esperan za de que aquella voz no fuese real, por un momento sintió ánimo. —Has diseñado tu hogar para vivir de modo virtual. Te rodeas de aparatos que más bien parecen loros, pues loros son los que, incoherente e incesantemente, repiten mensajes carentes de contenido. —Escuchó que le decían, pues no atendía a lo que decía la televisión—. La televisión no informa de la actualidad, crea la actualidad y a sus personajes. Esa actualidad, diseñada por el hombre, una vez proyectada se convierte en realidad, realidad que debe ser vivida por los hombres. —La pausa que su cerebro produjo no le pareció ni larga ni corta, pues no la juzgó; ésto le sirvió para recapacitar sobre lo que sus ojos, y él mismo, ya sabían. —No los proscribo —no dijo ni pensó, los despiadados aparatos electrónicos


abrasadores del porvenir que lo rodeaban fueron absueltos por su empatía; continuarían agazapados sobre sus respectivas mesas, antaño de escritorio. —La situación del exterior de tu casa es más grave si cabe, la prueba está en que no quieres salir de ella —no pudo negarlo—. En un escenario así, donde la imagen y la apariencia son los agentes preponderantes, inexorablemente, la mentira es enarbolada como la mayor de las dignidades. —Gobierna la mentira —añadió aquella voz o tal vez él mismo, no pudo asegurarlo. —En consecuencia, tanto el mundo interno como el externo en los que vives son tanto más ficticios que reales. Y todo por ser fácil de manipular, tanto más que manipulable, manipulado, manipulado, manipulado… Acunado por el eco de tan seductora palabra, agotada su mente por el inacostumbrado esfuerzo de la máquina del pensamiento, se quedó dormido. Durmió sin desear sueño alguno que lo rescatase, como tantas noches sucediera, de su cotidiana, monótona y ahora también falsa, rutina.

El despertar que le ofreció aquella voz no resultó agradable. Sus ojos, que se abrieron al compás del sobresalto con que lo hizo su atención, no precisaron del interferente crepuscular que irradiaba el televisor para comprender: —¡No ha sido un sueño! —Se juró a sí mismo después de considerar, en décimas de segundo, una frase que, estaba seguro, no habría pronunciado nunca un loro: —Nuestra propia ignorancia es la causante de que sigamos siendo animales. Animales muy limpios y educados, por cierto. —Cierto —aseguró sin dudar. A la décima de segundo se arrepintió por no dudarlo: en el espejo de su mente se vio a sí mismo despeinado y legañoso—. Por cierto —se dijo—, el calco de las arrugas del sofá en mi cara no me favorece. —Cierto, cierto, cierto —reprodujo, pareció ser, un programa ajeno a su pensamiento. —Al menos tenemos ética —identificó, ahora sí, aquella voz que le hablaba. —Dentro de nuestra estética —añadió su pensamiento. A pesar de haberlo hecho con el tono que siempre utilizó, sería por el sarcástico decir, juraría que estaba siendo suplantado por aquella voz que le hablaba. —Yo no he dicho nada —se aseguró a sí mismo—. No soy tan insolente. —Con aquella voz —agregó, cual apuntador de teatro, su reflexión. —Cierto —contestó desenfrenado, pues cierto era que con aquella voz procuraba no ser insolente. —¿Será cierto contrario a mentira? —Cierto —reconoció su masa encefálica—, con la masa de la gente, a veces, suelo ser insolente. —No vendría mal un lavado de imagen —le recordó aquella voz para no perder el hilo de lo estético—. La gente lo hace, acicalado se es más ético. —¡No! —acertó a avisarle su intuición—. Lo cierto es que hablamos de la apariencia y de la mentira. —Y se distrajo—. ¿Hablamos? ¿Con quién hablamos? —dijo por pensar en plural en lugar de decir: ¿con quién hablo?


—Luego, ¿es menos cierto o más cierto? —retomaron para que reconsiderase. —Lo cierto es cierto, ni más ni menos —aseguró con inseguridad. —Entonces… ¿disponemos de más o menos valores? —El borrón de esta nueva cuenta le hizo olvidar lo cierto. —Los de la bolsa son valores seguros. —Le vino un absurdo a la mente a sabiendas de que aquella voz tomaría su primer y más espontáneo pensamiento como la más sincera de sus respuestas—. Son los que mueven el mundo —añadió para colmo. —Mueve a sus habitantes, no lo hace rotar. —Y su imaginación, en colaboración con la afición a darle vueltas a lo mismo, le proyectó la imagen de gente girando, cual danza de la lluvia, en torno a un símbolo monetario grabado en una bolsa llena de valores de la bolsa. —¿Son ésos los valores de tu mundo? —¡Esta es la tierra de las oportunidades, la fábrica de los sueños! —dijo, cual loro más, la frase más popular de un parque temático de loros parlantes. —Para realizar ese tipo de sueños hace falta pasta. —¡Que cada uno se las apañe como pueda! —Musicalizaron los muelles de su sofá por acomodar el trasero, cual gallina clueca, a la concavidad de gomaespuma engorada en la desidia del tiempo. —Motivo por el cual estás empeñado. —¿En cuánto? —dijo por pensar en su hipoteca. Hipoteca le hizo caer en la cuenta: se hallaba irremediablemente inmovilizado, cual gallina clueca a sus huevos, al asiento del olvido de su sofá. —¿Puedes moverte? —le preguntó su nido con cojín de plumas. —¡Desde luego! —Reaccionó. Por primera vez en su vida había perdido el hilo de una conversación que tratase de dinero—. La gente con dinero puede moverse por donde y adonde quiera: paradisiacos montes, afrodisiacas playas de países pobres con ricos recursos y cultura… Tratándose de repúblicas bananeras, ¡una ganga! —Para los visitantes, claro. —Claro —dijo, y por muy poco su prudencia no se antepuso a lo confiado del momento. —Entonces, ¿para qué fronteras? —¡Hombre!, en este mundo no existe reciprocidad. —¿Hombre? —Nos hemos bajado de los árboles y caminamos erguidos. —Se sorprendió de la agudeza de su respuesta. —Tal vez demasiado erguidos. —El «tal vez» le otorgó la posibilidad de que en realidad el hombre, tal vez, no caminase tan erguido. Para sustentar su postura se fijó en su espalda que, para contradecir las reglas de los arcos tensados, flácida se arqueaba proyectando tocar el fondo de un respaldo ya de por sí arqueado. Irremediablemente pensó que debía erguirse más. Motivado por la temática: el Homo ergaster en la actualidad mira por encima del hombro, renegó de lo pensado. Se agitó como reproche, su sofá fue el único que secundó la protesta. —¿Es el universo recíproco? ¿Corresponde del mismo modo a todo lo que bajo su potestad se encuentra? Sería ahora el televisor, que otrora le enseñase los paradigmas de las


galaxias y el voraz apetito de sus negros centros, el que le incapacitase para vislumbrar la respuesta. Su atención quedó anclada, precisamente, a la oscuridad de uno de esos oscuros agujeros. Allí giró, como agua de cisterna que cae al váter, en torno a su tenebrosa atracción. Este pensamiento le hizo recordar que esa mañana todavía no había ido al retrete. —Es precisamente el televisor, con su incesante y desleal bombardeo de absurdas enseñanzas y competitividades, el que dinamita todo valor universal que tenga el valor de llamar a la puerta de esta, vuestra sociedad. —«Vuestra sociedad» fue acompasada, después de recorrer y retorcer metros de intestinos, por una sonora y pestilente ventosidad. —No sé si podré seguir escuchando —le dijo como escusa al televisor. —Las generaciones venideras no os juzgarán, como lo hacéis ahora, por lo que escriben los ganadores. Habéis traspasado el marco de la historia, pues historia es lo que se conoce por medio de la escritura. En este presente, gracias a la tecnología, los hechos quedan registrados en imágenes y sonidos. Son las imágenes y el sonido que las cámaras del interés graba, lo que los medios de comunicación difunden con el fin de manipularos. —Otro largo y sonoro trepidar de tripas pregonó que la carga que portaba era más pesada que el volátil gas—. Por ser ésta una realidad erigida por el diseño, la farsa y el despotismo rivalizan por evidenciar el cinismo que muestran los rostros y la córvida voz de los gobernantes de turno que mercantilizan las arbitrariedades y fallas de los que, en realidad, os tutelan. —Debo ir al baño —dijo sin importarle hacer de mal anfitrión. La excusa de su huida, aun siendo al escusado, no le aliviaría la carga de continuar escuchando aquella voz que parecía seguirle a todas partes. Sentado sobre el salpicar de un dilatado desahogo comprendió que no podía escapar de aquellos que le explicaban. —Y no sólo permanecerá el drama de la realidad que vivís, también lo harán vuestros propósitos y ambiciones, pues tanto la ficción que inventan para distraeros, y que vosotros engullís religiosamente, como el cebo que os colocan en el anzuelo de la publicidad, que tragáis sin digerir como la pestilencia de tus defecaciones demuestra, quedarán en la videoteca del sopeso de vuestro recuerdo. Mientras escuchaba, a la ventana de su mente asomó, como sueño en tecnicolor, un parlanchín de la antigüedad que vendía, como si de rosquillas se tratase, el elixir de la eterna juventud. Sumergido en la fetidez de sus propias emanaciones creyó que la visión que complementaba el discurso que le daban, además de color, portaba el aroma del producto que aquel individuo comercializaba. —Cuando estas imágenes sean visualizadas, vuestros descendientes se avergonzarán de vosotros. —Pensó que estaba siendo grabado y su cara adoptó el blanco semblante de la circunstancia de sentarse en el inodoro. Al percatarse de que las imágenes que serían visualizadas referirían el miserable mundo en el que vivía, sintió alivio. Este alivio, conjugado con el que había experimentado su vientre, le hizo sentir mejor. —¿Te sientes bien? —Sintió que le preguntasen. Eligió no contestar, sabía que sabían lo que pensaba; ahora además sabía que aquel que le hablaba también sabía lo que sentía.


—Te sientes bien porque te sientes vacío, nada hay en tu interior. —Y pensó en lo que dejaba tras de sí, la querencia de su sofá fue su refugio. Al acoplarse en él su mirada se perdió en las iconografías de una sórdida pantalla. Por mirar sin ver, se vio cuando siendo un niño vio por primera vez un cuadro abstracto. A su embelesamiento se subió una infantil sonrisa, el recuerdo certero de que él podría dibujar mejor que aquel señor de largos bigotes fue el fiador de tan agradable regalo. Por pretender verterse, a sus labios asomó un sorbetón de saliva; por aspirarlo con ansia lo tragó con una considerable proporción de aire. Esto le refrescó. —Tiempos felices los de la infancia. —Cierto —contestó absorto en su nostalgia—. Y eso que no tenía nada en mis bolsillos. —Tenías compañeros con los que jugar, amigos que se preocupaban por ti, familia que… —¡Sí! —Pecó de osado—. Es que… —se excusó por no dejar concluir la frase a aquella voz— …al señor pintor se le están ca yendo los bigotes, el pelo se le ha tintado de gris y su cara… su cara se parece ahora a la de mi abuelo. —¿Tu abuelo? —Sí. Mi abuelo me contaba, sin prisas, que ellos nunca tenían prisa, pero tampoco tenían luz ni agua corriente, por tanto, que carecían de comodidades. Parece ser que entonces no existía la sociedad de consumo, luego no eran consumistas, a lo mejor conformistas, a lo peor resignados; la verdad es que no sé bien lo que eran. Sé que tenían otros valores, valores que nada tienen que ver con los de la bolsa, también que tenían valor. —¡Ah claro! Valor. Corrían malos tiempos. —Sí, eran malos tiempos. —¿Qué habrías hecho tú si hubieras vivido aquellos tiempos? —¿Quedarme deprimido en el sofá? —¡En aquellos tiempos la gente no tenía sofá! —Se sorprendió respondiéndose a sí mismo—. ¡Estoy hablando solo! —Y desvió la mirada del televisor con regaño; en la blanca pared de su aposento le esperaban, agazapados en la penumbra, sus cuadros. —¿Qué hora es? —Escuchó que le preguntaba algo que, por una vez, no era su estómago. —¡Qué más da! —le dijo, colgado de un cuadro en la pared, su abuelo. —¡El cuadro de mi abuelo! ¿Por qué lo tiraría a la basura? —Se arrepintieron sus ojos, ya acostumbrados a la penumbra, al detectar todos y cada uno de los fallos en la horrible imitación que un día, en su mejor momento de inspiración, hizo de la obra de aquel señor con bigotes. —No te martirices, ¡tu abuelo ya no existe! —escuchó alto, fuerte y claro, para que no tuviese duda de que aquella turbadora voz continuaba con él y en él. —¡Existe! Para mí, mi abuelo continúa existiendo. —¿Dónde? —El tono de esta pregunta lo amedrentó. —Dentro de mí. Al menos dentro de mí lo siento. —Y a mí —Escuchó sin distinguir si aquella voz preguntaba o afirmaba. —También —contestó tembloroso de pensamiento. —Entonces… ¿yo existo? —Ahora el tono de aquella voz le hizo sentir miedo. Sintió miedo como sentía a su abuelo, también sintió que fue él, su


miedo, el que contestó en su lugar. En verdad se temía que existiera realmente aquella voz. Su miedo fue también responsable de que intentara diluirse en el respaldo de su sofá con el propósito de camuflarse. El arrugado dibujo del tapiz, tatuado en su piel por camaradería del tiempo, le otorgó cierta ventaja. —¡Maldito televisor! —gritó—. Precisamente tú, al que siempre consideré un aliado, la razón del existir de mi sofá, con un traicionero resplandor me delatas. —Salpicó claridad a su realidad el incendio de una selva al ser bombardeada para salvar a la chica. —La experiencia sensible de lo espiritual. —Sintió que ahogaba el miedo, ignorando el objeto que era su cuerpo, aquella fría y subjetiva voz. Su atención tomó las riendas de la situación. —Todo lo que siente, física y moralmente, es sensible. —Por pedir amparo, a su atención se sumó la prudencia—. Tú eres sensible porque sientes física y moralmente. —Los cimientos de su prudente atención se tambalearon—. Si tú, sensible, sientes lo moral, ¿será porque la moral existe? —Sí. —Prudencia no pudo sostener las riendas de su espantada razón. —Si lo moral existe, ¿existirá algo más que física palpable? —Sí —contestó interesadamente—. De ese modo —pensó—, si la voz existe sólo como moral y carece de cuerpo físico, físicamente no podrá dañarme. —Si yo puedo existir sin físico, cabe la posibilidad de que también pueda existir sin moral. —Un monje tibetano, un día, consiguió alcanzar en estado de meditación un grado mental plano semejante—. Escuchó, cual noticia radiada, sería por su actual enfado con el televisor, que le aportaban como dato. —Y tú —sintió a la satírica decir—, ¿tienes moral? —No —contestó desnudo y desarmado ante el espejo de la verdad. —¡Yo tampoco! —escuchó, cual tronido que precede a una demolición, como se derrumbaban sus fundamentos. Mientras tanto, en un inalcanzable avión, el inexpresivo héroe autor de la incursión que inflamó la selva, inmovilizaba a la chica con abrazo protector de un peligro inexistente. El insensible individuo, intuyendo que el incendio que indujo, incontenible e irremediablemente, invadiría la indefensa jungla para dejarla inerte, disponiendo de infalibles inalámbricos, en inconcebible e inadmisible inmovilidad, fue incapaz de informar del incidente a los bomberos.

—¡¿Infeliz?! Olvida, céntrate en la naturaleza, en los vegetales, en la vida… animal. —Centrado estoy —dijo sentado a la derecha del que regía su vida, el mando a distancia del televisor—, en el televisor. —Y en el televisor, precisamente, veía cómo injustamente un inaprensivo dejaba inanimado e incandescente un impresionante lugar. —La visión que el mundo propone la interpretáis como una ruptura entre el hombre y su medio. El veros soberanos y autónomos os desarraiga del entorno en que habitáis, y en vez de viva naturaleza, que parece creada para los hombres, pues ellos se han apropiado de ella y la han destruido, sólo os rodea humo, polución y flores muertas.


Mientras escuchaba, entre los palpitantes rescoldos de una realidad televisada, buscó un lugar donde ir dentro de un entorno que, humeando, se evaporaba. —Es éste el más cruel e irónico de los divorcios. Separar lo vivo de lo inerte, al ser de su hábitat, es acentuar la discrepancia entre vosotros y la naturaleza. —Esta separación es la causa —quiso entender—, de que los bomberos no lleguen a tiempo para sofocar ese terrible incendio. —Le quitó responsabilidad, como tantos otros, al impulsivo protagonista de la película—. Qué podemos hacer —añadió resignado. —Reducir un noventa por ciento los incendios de bosques es muy sencillo: con un simple decreto prohibiría talar las superficies quemadas. Es precisamente un árbol muerto, si lo que interesa es la vida, el precisado abono para que nueva vida brote. Como de cualquier muerto, de él saldrán miles de gusanos que a gritos atraerán a miles de aves con estómagos cargados de semillas… Con las aves viajó su mente hasta un bosque en repoblación. Allí las máquinas excavadoras alineaban, cual escuadrón de la muerte en formación de fusilamiento, a unos asustados árboles. —Con esta distribución del bosque, que más parece un tablero de ajedrez —se decía el maquinista mientras aplastaba un cartel de prohibido el paso a motocicletas y ciclomotores—, será un juego de niños acceder a cada árbol la próxima vez que se incendie el monte. —Mientras tanto, entre los tizones de un trecho anexo, las compinches de esa máquina despojaban un laberinto de caminos. Pateando y retorciendo el suelo con sus cadenas, procuraban exterminar la última de las semillas originales que, entre la poca tierra fértil que dejaban a su paso, celosamente hubiese podido guardar la naturaleza. —Naturaleza e intereses entran en oposición —comentó finalmente el audio de esa visión. —La flora y la fauna están dejadas de la mano de Dios. —¿Tú crees? —Sí —Contestó de mente. A pesar de hacerlo con el acento que utilizó desde niño, estaba convencido de que él, en semejantes circunstancias, jamás habría empleado tan rotunda afirmación. —¿Tú crees? —Y entendió que en Él. La E mayúscula, no tanto la tilde, le hizo reconsiderar su respuesta. Hábil, con un golpe de mano trocó tan comprometida letra por minúscula. —En el endiosado hombre —dijo, ingenua, su astucia. —El logro más grande sería cambiar la concepción que tenéis de vosotros mismos y de vuestra excepcionalidad en el mundo. —Pensó, por los diferentes tonos de voz que escuchaba, que eran varios los que le hablaban; sin embargo creyó que sólo uno le decía. —El hombre endiosado suele autodefinirse como creyente. —Comprendió que decía, de forma incomprensible, su comprensión. —¿Hablas de los que creen que las hamburguesas y los perritos calientes son cien por cien carne vacuna? —Sin saber por qué, esa frase le proyectó una vacuna clavada en el desnudo brazo de un niño cuyos lloros no espantaban las moscas de sus legañas. Al momento supo que el niño no sabía que con el maíz con el que nutren a las vacas, que desleídas en hamburguesas recorren el


mundo, desaparecería el hambre de este planeta. —¿Se harán las cosas por el bien común? ¿Se seguirá justificando el bien particular disfrazándolo de bien común? Por no estar allí no contestó. A pie de jungla se subió a un improvisado altruismo de campaña. Por un momento temió, influenciado por un extraño influjo, que hasta ese lugar llegase un terrible incendio. —Ahora las aspiraciones son otras. —Escuchó mientras aspiraba, ignorando el ostentoso contenido de su frigorífico, un refrescante trago de saliva. Al hacerlo recordó al desnutrido niño. Pensó que a pesar de vivir en un selvático país, donde el caudal de los ríos es hidroeléctricamente perfecto, probablemente también tendría sed. Se lamentó de ver cómo el río Congo dilapidaba su inmenso caudal en abismos mentales. —Pasar el tiempo intentando que pase sin notar su paso, esto es, que transcurra sin sentir su sentido, es el sentido de la vida de tu mundo. —Y, en efecto, él ahora no sentía. —¿Estaré vivo? —se preguntó al recordar el: «si no sientes no estás vivo»—. Siento sed, luego existo. —Su saliva, en esta ocasión, no sofocó la sed del sediento. —Nada de lo que sucede a mi alrededor me afecta. —Sabía, aunque lo dudó, que no fue él quien pronunció esa frase; no obstante estaba rotundamente de acuerdo con ella. No podía engañarse a sí mismo. —Vuestra forma de vida, inyectada en dosis tan profundas como los estratos sociales que crea, es la adormidera que os impide sentir el paso, al filo de vuestro lado, del calamitoso tiempo. —Cuando lo más sencillo sería… —sintió que sin remisión diría él—, no usar reloj. —Justo antes de murmurar contra sí por lo dicho, advirtió que él no usaba reloj—. Esto me congratulará con mi interlocutor —se dijo—. Su educación cerebral, caprichosa, lo delató ante sí para que se viera tal y como estaba, como estuvo tantas y tantas veces: sentado a la orilla de la indiferencia de las agujas del tiempo de su sofá. —¡No tengo tiempo que perder! —dijo, ahora sí, conforme con lo dicho, aguijoneado por las agujas del tiempo de su sofá. —El egoísmo se hace estandarte. —Escuchó sentado, como siempre hacía, sobre las manillas que giraban el tiempo de la vida en su sofá. —¡Compresión! —dijo en vez de comprensión su acelerador de tiempo mental. —Compresión ante la incomprensión es lo único que siente tanta y tanta gente —sentenció la voz que le hablaba. La suya, su mente, tal vez por solidaridad, también se comprimió. Sería esta reducción de volumen, tal vez, la que hiciese huir desalentado a su ánimo, correr despavorido a su coraje, quizá tras el tiempo perdido. —La esperanza es lo único que me queda —se dijo. —La esperanza es lo último que se pierde —dijo lo que le decían. —Mientras hay vida hay esperanza. —Oyó que recalcaba un desconocido en su mente. —En efecto, al igual que tu vida, un día perderás la esperanza. —A pesar de que la buscó, pues sabía que por su interior debía hallarse, no la encontró. Sagaz, su esperanza debió ocultarse en el más seguro cubil de su vida.


—Escucha. —Escuchó escondido tras el silencio de su esperanza. —No me queda más remedio que escuchar. —No dijo, pero sintió que podían sentir todos aquellos que siguieran, dondequiera que estuviesen, aquella su conversación. —No sabes el tiempo que te queda de vida. Por no delatarla, no buscó más esperanza. Escondido tras de sí vio pasar a la atención. A ella se aferró para permanecer atento, muy atento, a todo lo que le dijera aquella que parecía voz interior de lo exterior.

Llaman a la puerta. —¿Quién es? —Garrapatearon, desafinadas por el desuso, sus cuerdas vocales. A pesar de que esperó, no obtuvo respuesta de su cerebro. Sus entumecidas piernas tardaron más que su voluntad en reaccionar, aunque sería a su parsimonia a quien se le achacase la tardanza en llegar a la puerta para entreabrir su morada. —¡¿Qué es de tu vida?! —Escuchó que le decía el semblante alegre de su viejo amigo. —Pasa. —Le contestó al suelo. —Vives en penumbra. ¿Estabas dormido? —Estuve dormido, pero ya desperté. —La segunda sonrisa de su amigo fue la siguiente señal de que la complicidad continuaba existiendo entre ellos. —¿No me digas que ahora lees? —dijo mirando un grueso libro que, osado, había arrebatado el lugar que ocupara el mando a distancia del televisor. —Algo —contestó sentándose a la diestra del tomo. —¿Estás enfermo? —Se preocupó al distinguir, entre las tinieblas de la habitación, la añeja portada de aquella obra. —No —contestó dubitativo al tiempo que intentaba tapar con su mano, ya inútilmente, el título del libro. —¡Estás leyendo la Biblia! —le dijo para que se arrepintiese de confesar que leía algo, aquel era el único libro que había en su casa. Tan sólo la certeza de que desde algún sempiterno lugar estaba siendo espiado le hizo mantenerse firme. —Yo… —se propuso explicar lo inexplicable y se arrepintió al instante. Comprendió, con una clarividencia envidiable para cualquier pitonisa en turno de guardia, que sería incomprendido. Decidió explicar otra cosa, para él también inexplicable: sus poderes telepáticos. —Habla. ¡¿Tú qué?! —exhortó la impaciencia asomada a la boca de su amigo. —Yo… ¡Yo no tengo moral! —le espetó. —Yo tampoco —dijo para solidarizarse con él—. ¡Y qué! El «yo tampoco» azuzó de raíz todo el vello de su cuerpo. Sus ojos, afilados como la punta de sus pelos, se clavaron en su amigo inquiriendo todo lo que su oscuro interior pudiera encubrir. El postrero «y qué» sería el que devolviera la sonrisa absolutoria a su camarada. —Yo… Yo quiero seguir unas normas de convivencia —dijo con la seguridad del que se parapeta tras el abrazo de un libro para ser lapidado.


—¿Normas o mandamientos? —dijo sin intención alguna de arrebatarle nada, mucho menos tan voluminosa obra. La fuerza que empleó para arrojar, más que depositar, la Biblia sobre una mesa acostumbrada, como mucho, a sostener palomitas, no contribuyó, sino todo lo contrario, a disipar las tinieblas de la habitación. Una nube de rancio polvo fue tosida por el tomo. —De respetar todos unos principios básicos conseguiríamos formar una sociedad justa y equitativa. —Con la mirada dio coherencia al equilibrismo de sus palabras. —¡¿De qué hablas?! —inquirió la zozobra que producen el temor y la tribulación de los repentinos cambios de personalidad de un viejo, y ahora desconocido, amigo. —Quizá tan sólo nos encontremos aprendiendo algo tan elemental como es el no matarás. Y en efecto —añadió—, pertenece a un vetusto decálogo. —Para comenzar una charla —dijo mientras tomaba asiento junto a la confianza arrebatada al paso de los años—, es un terreno muy controvertido. No saldríamos del primero, es incumplible hasta para los propios creyentes. ¡Nadie ama a Dios por encima de todas las cosas! —¿Acaso dice que le ames más que a tu hermano, más que a un amigo? —simplificó—. ¿Más que a tu perro, que a una flor? Pide que le amen más que a las cosas, que a los objetos. Así de simple. —Nunca lo había visto de esa forma. Será porque hay gente que se lo toma muy a pecho. —Todo depende de cómo se miren «las cosas» —Lo que siempre he dicho: se mira más por las cosas que por las personas. Si hablamos de instituciones y poderes establecidos, ni te cuento. —Las cosas se venden por dinero, también algunas personas; unas se dan por unos ideales, otras por solidaridad, por fe… Los poderes establecidos se valen de la totalidad de los recursos, también de los dogmas, para obtener todo tipo de beneficios. Esto los descarta de ser los inventores del segundo mandamiento: «No tomarás el nombre de Dios en vano». —En vano se tomaría a Dios en el caso de que existiera. —¿Tú existes? —¡Sí! —Luego… ¿piensas? —Intentó plagiar, de forma cutre, aquella voz que en el fondo de sí pensaba que llevaba dentro de sí. —Pienso que no sé si estaré de acuerdo con los restantes. —¿Son racionales «no matarás» y «no robarás»? —Con la desigualdad y la pobreza que existe en el mundo no entiendo cómo «pueden no desearse los bienes ajenos». —Es precisamente la ambición y el desmesurado deseo lo que genera la pobreza en el mundo. Son especialmente codiciosos los que, encubiertos de apariencia legal, disfrazan sus apropiaciones con el nombre de negocios para explotar a las personas, llegando incluso a privarlas de su más preciado bien: la libertad. Son estos abusos la causa del desequilibrio social. El desequilibrio social es el efecto que hace delinquir, para sobrevivir, a los menos favorecidos; desfavorecidos por una sociedad de diseño zancadilleante de creación. —Pensaba que los bienes ajenos sólo referían la propiedad de la gente con


dinero —dijo después de analizar a su amigo. Aunque argumentaba como siempre, no era el de siempre. —Es el dinero el que legisla sobre lo ajeno, esto exime de cumplir las leyes más básicas al poseedor de los bienes. —Su Padre —renegó entre dientes del que exime su culpa por dinero. —«Honra a tu padre y a tu madre» —dijo dosificando confianza—. Aunque sería más actual: respeta a tus padres. —Qué menos —reconoció recordando ahora a los suyos. —El siguiente te va a gustar: «Santificarás las fiestas». —Perdona. ¡Yo no voy a misa! —Hablo de sindicalismo. —¡¿De qué?! —Piensa que los mandamientos datan del II milenio a.C. Ya entonces decían que al menos una vez por semana debemos descansar del trabajo. Si de manipular al pueblo se trata, ¿a qué gobernante se le habría ocurrido dictar disposición semejante? Va contra cualquier interés económico. —Tienes razón, muchos quisieran ahora ese día. —No le quedó más remedio que admitir. —La controversia viene con el siguiente punto. —¡Lo estaba esperando! —«No cometerás adulterio». —Con rapidez intentó disfrazar la frase y añadió—. Tiene un enfoque científico. —¿Científico? Comencemos por el moral, si no te importa. —No sirvió la excusa. —Está bien. —Dudó al tener que variar, in extremis, el orden de su argumento—. El mensaje dice: no desearás a la mujer del prójimo, no dice: no desearás a las mujeres, sería antinatural. —La mujer es la mujer y es inevitable desearla. Aunque imagino que se referirá a los dos sexos y que la mujer también tendrá prohibido desear. —Posiblemente no se pueda evitar el deseo, sí a las personas ya unidas; de no hacerlo podemos originar graves consecuencias. —¿Qué quieres decir? —¿Cuántas disputas y conflictos ha acarreado este hecho, cuántas desgracias personales, cuántos niños desamparados? No menciono los efectos ocasionados si el ofendido es personaje de alta cuna, ha llegado a producir muertes, desolación, guerras… —¿No serán los mandamientos la causa de que la gente sienta agravio en su honor y no lo contrario? —Los chimpancés no permiten que otro de su misma especie entre en su territorio, mucho menos que toquen a una de sus hembras. ¡Ellos no tienen mandamientos! La venganza y el honor debemos deponerlos para las novelas de caballeros andantes. —Mirado desde esa perspectiva… —dijo sorprendido ante la vehemencia de su amigo. —El mundo está lleno de gente sin compromiso a quien guiñarle el ojo. —¿Y dices que también tiene un enfoque científico? —se interesó. —Es importante tener en cuenta el contexto histórico. La pobla ción de aquellos tiempos, mayoritariamente pobre, sufría todo tipo de carencias; tener


un mínimo de higiene no era lo común. Existían muchas enfermedades contagiosas, no sólo venéreas; faltaban siglos para que apareciese la penicilina. Este mandamiento, fuera del contexto moral, salvó a mucha gente de morir por infecciones. La perplejidad de su oyente, en forma de pestañeo, fue lo que obtuvo como respuesta. Envalentonado prosiguió: —Con la prohibición musulmana de no comer carne de cerdo sucede algo parecido: la peste porcina o africana habría causado millones de víctimas en el mundo árabe de no existir tal prohibición. —No hablamos de comida —cortó por lo sano—, hablamos de las tablas que tenía Moisés, intentó quitar al pueblo la única libertad que nos queda: el pensamiento libre. —¿Qué mandamiento prohíbe eso? —Recuerdo que uno decía algo así como: «no tendrás malos pensamientos». —Tú lo dices, censura los malos pensamientos, no el pensamiento. —¿A qué llamas tú un mal pensamiento? —Todos los que nos lleven a cometer actos que atenten contra las personas y sus libertades y, por supuesto, contra la vida. El mensaje es claro: no hacer cábalas para causar daño. Muchos fueron los que utilizaron su fuerza mental para imponerse por medio de la violencia. El pensamiento erróneo existe, es el motor que nos impulsa a realizar las acciones erróneas, acciones que causan desastrosos efectos. —Cierto, la forma de pensar que el hombre tiene modifica el rumbo del mundo —reflexionó su amigo. —Si el rumbo del mundo puede ser corregido por medio del pensamiento, el pensamiento correcto es la más certera brújula que debemos emplear. —También están el pensamiento absurdo y el obsesivo —apun tó la voz que le hablaba a su mente con el pulso de un escalofrío. Al sentirse aludido sus ojos se abrieron de par en par esperando en balde que aquella voz no continuase hablando: —Bien, muy bien. —Escuchó entre aplausos el centro de su cerebro. Sabía bien que ahora lo estaba haciendo bien, lo que no sabía muy bien era, por la entonación del que le hablaba tal vez, por qué sabía que no lo estaba haciendo bien.

—Venga. —Que no venga. —Sí, mejor que no venga. —¡Venga ya! —Venga, perdona. —¿Que te perdone o que perdona? —Esta pregunta confirmó la duda. El barullo de su cerebro no sabía cuál era la voz que le hablaba o cuál su mente, si hablaba solo o si sólo hablaba aquella voz en su mente. Con la pausa, el vacío de su cerebro supo que debía llenarse de sentido. Ahora sí, dio una respuesta propia.


—Él perdona —contestó después de pensar, interesadamente, que si Él perdona a él también le perdonará. Al instante supo que su interesado pensamiento había sido reflejado, sin escrúpulos, por el cristal de su delatadora mente. —Ojo por ojo y diente por diente. —Escuchó que le decía en tono solemne aquella voz que le hablaba. —¿No crees? —le preguntó, traidora, la certeza de no ejercer jamás de fiscal acusador contra sí mismo. Su mano, extendida hasta el más allá de sus posibilidades, juró buscar defensa en el bíblico tomo. El libro, que se hallaba atestado de historias con traiciones y farsas, de inmediato detectó su farsa por interés, volteó las tornas y, satírico, ilustró su testa de ensueño: Adán, desnudo como su padre lo trajo al mundo, se balanceaba entre las flores de una eterna primavera dedicado a recitar sonetos de amor a unas coloridas mariposas que, confiadas, sobre él se posaban. —¡Ya! —Fue la coletilla del filme a su mente. —Yo no creo en cuentos para niños —hubo de confesar lo ya confesado. —¿Cómo convencerías a los hombres recién salidos de las cavernas de que deben responder con equidad ante una agresión? Entonces se vio a sí mismo, con el pelo enrollado a un hueso que hacía las veces de peineta, hablando ante una nutrida concurrencia. El público, ataviado con exclusivos trajes de pieles, ocultaba el remate final de cada modelo con la maraña de pelo que de su piel brotaba; sería para no desvelar al detalle el diseño. Las cachiporras que esgrimían parecían prestar más atención a la oratoria que ellos mismos. —¡Ya! —dijo, cual crítico de moda, su cerebro. —Hubo que esperar a que el hombre adquiriese cierto nivel de juicio para decirle: cuando vengan y maten a uno de tu tribu, como respuesta no vayas y arrases a todo su pueblo, en todo caso, responde de la misma forma. —Ojo por ojo y diente por diente —sonó de nuevo en su mente. Entonces supo qué decirles a aquellos hombres, también que le entenderían, pero aquellos hombres ya se habían marchado. —Se han marchado porque a la gente de aquella época le faltaba mucho para comprender tan básico concepto —dijo aquella voz que no perdía detalle del fraguar de su mente. —Aún no lo hemos comprendido, continuamos arrasando —redijo, repetitivo cual noticiario divulgativo de la dignidad de los arrasadores, que una y otra vez arrasamos y lo continuaremos haciendo ante la grave ofensa que es nada comparada con nuestra moneda de cambio. —Y todo por no seguir un dictamen que hasta un injusto vería como justo —quiso haber dicho él, pero no lo dijo, a sabiendas de que no era tan justo como para decirlo. —Dictamen que un injusto vería como justo —repitió, cual magnetófono de primera generación, su mente—. Ojo por ojo —recalcó una mejor y siniestra grabación. Y su mente respondió mostrando un ajo, sería porque ahuyenta a los malos espíritus; sin embargo su pensamiento se aferró al dictamen del ojo por ojo. Éste le trajo al recuerdo los dictados que hacía en sus días de escuela, sólo que el maestro que dictaba era un sanguinario dictador. —Dictador no es el que dicta dictados. —Escuchó que le decían—. Un


dictado, además de lo que hacías en la escuela, es un precepto de la razón o la conciencia. —Por escuchar, su razón dictaminó disolver el temor a los ajusticiamientos y ahorcamientos que la dictatorial plaza de su mente dictaba. —No hay constancia de que aquí haya bajado nadie a imponer nada. —Le pareció, por el amedrentamiento de la voz, haber dicho él—. Los que imponemos y restringimos nuestros derechos y libertades somos nosotros mismos —entonó mejor su autocrítica. —Porque sois libres para hacer lo que os plazca. —Sería esta vez el tono, tal vez el plazca, que a la plaza de su mente, nuevamente, trajo el griterío de una multitud deseosa por mutilar a alguien. Alguien que, probablemente, no había venido a imponer nada a nadie. —El trato que damos al prójimo se vuelve contra nosotros mismos. —Supo que no añadió él, no era intención suya atizar su ardiente realidad. —Es por ello que la gente, de una época posterior, tampoco estaba preparada para asimilar el siguiente precepto. —No quiso entender qué le decían. —Al prójimo como a ti mismo. —Entendió con el devenir de un nuevo arrasar, no sólo pueblos sino ciudades enteras, el conflicto de su mente. En la abarrotada plaza de aquella ciudad, la gente exaltada declaraba en sacrificio, no a aquel individuo que no vino a imponer nada, sino a ellos mismos ante el verdugo que suponían ser ellos mismos. —Al Antiguo y Nuevo Testamento los separa el abismo de la partida. —Escuchó que le decía frente a un tablero de ajedrez su contrincante—. Si partimos del ojo por ojo y diente por diente, ¿cómo llegar a perdonar a nuestro enemigo? —El humo de las hogueras de su mente le advirtió del grado de dificultad que implicaba ese movimiento. —¡Al prójimo como a ti mismo! —Agarró la ardiente ficha y la movió para, entre el humo y el hollín que salía de las hogueras encendidas por su mente, clavarla a su sed de venganza. —Cierto —le felicitó la voz—. Has descubierto que el «ojo por ojo» y «al prójimo como a ti mismo», en realidad son la misma fórmula. —Los escalofríos que recorrieron su cuerpo, uno a uno, le prometieron a todos sus pelos que se mantendrían erizados durante largo tiempo. —Sólo que has olvidado un pequeño detalle… —Sería por considerarse detallista que se fue a buscar el detalle. La velocidad que imprimió a su fuga fue tal que, adelantando al espacio, se fue del tiempo. —Amar. —Lo encontró al fin sentado frente a sí, y no era nadie más que él mismo quien, oculto tras la verdad, le jugaba esa partida. —¡Ama al prójimo como a ti mismo! —rebuznó su cerebro—. Nunca tan breve palabra —pensó— pudo cambiar tanto el significado de una frase. —Y se maldijo por tan elemental olvido. —No están los tiempos para maldecir a nadie, mucho menos a uno mismo. De lo contrario, ¿cómo perdonar a los demás si no te perdonas a ti mismo? Entonces vio cómo un velludo y harapiento Adán, cachiporra en mano, se unía a su paleolítica audiencia para que le perdonara los errores de conferenciante novel. —La evolución también pasa por aquí. —Escuchó. Y de nuevo se fue a buscar el aquí del imposible lugar dondequiera que se hallase aquella voz que


le hablaba. —Ahí está el verdadero avance. —Intentó, sin éxito, localizar la dirección hacia dónde apuntaba ningún dedo—. El paso del tiempo otorga mayor capacidad para comprender, sólo que el tiempo, al igual que las ocasiones, pasa. Y su mente proyectó el paso del tiempo. Pasó por la edad de los metales, y con sus propios ojos vio la mentalidad de la gente en los tiempos del ojo por ojo y diente por diente: con algún que otro diente, ciegos, parecían no comprender. A continuación pasó por el alto Imperio romano y comprendió la mentalidad de la gente en los tiempos del ama al prójimo como a ti mismo. —En ninguna de las dos ocasiones estábamos preparados para entender tan esenciales mensajes. —Comprendió. —La evolución también se fija en el comportamiento humano, pues de él depende —le dijeron—. De lo que no os podéis quejar es de que las enseñanzas no llegasen con tiempo. —La violencia no puede acabar con más violencia —remachó a troquel su mente, había comprendido la importancia del perdón. —La paz no es el camino, es el único camino —le animó a filosofar la concordia—. Lo dijo Gandhi. —Se quitó responsabilidad después de sentir una ligera alteración de temperatura corporal tendente al frío. —Gandhi estaba equivocado. —Oyó para temblar con soltura—, no de actitud. —Le aclararon no para aumentar ni restarle frío—. En tu mundo existen dos caminos, dos opciones para alcanzar la paz: las enseñanzas o el sufrimiento —Y pudo temblar libremente. —Si la violencia engendra violencia —dijo, pensó que enajenado por la tiritera—, ¿cómo por las malas se puede lograr la paz? —Comprendió ahora que se preguntaba a sí misma aquella voz que, indudablemente, preguntaba por él, pues él estuvo de acuerdo con la formulación de esa pregunta. —No sólo hablo del logro que supone pacificar el mundo —le aclaró—. Hablo de la más absoluta a la vez que minoritaria paz: la que se encuentra en cada uno de vosotros. Estas palabras le dejaron vacío, vacío como el corazón del rico, como el estómago del pobre. Sin embargo en ese vacío —supo después— queda todo el espacio para llenarlo de todo. —¿Será el juicio el final de la violencia? —¿Será la violencia la finalidad del juicio? —¿Será el juicio la finalidad? —¿Será el fin el juicio? —¿Será el juicio el final? —Pero… ¿existirá final? —En ningún momento pensó que este final se refería a su tiritera. —Llegará el día en que finalmente tengáis juicio. —Creyó que extrajo del vacío de su conciencia, quizá por hablarle en segunda persona, aquella voz que le hablaba.


—Tengo que hablar contigo —le dijo al teléfono. —Por fin te dignas a llamarme —le contestó al oído con voz amiga aquel artefacto. —¿Te das cuenta? Tienes algo más que nada —irrumpió en conversación ajena aquella voz que comenzaba a sonarle familiar—, todavía te queda algún amigo. —Anticipó por milésimas lo que por medio del artefacto y su oído le diría su amigo: —Los amigos están para cuando se necesitan. —Necesito verte, quiero contarte algo. Aunque en esta ocasión se verían fuera, también se verían por dentro. A su amigo no le gustaría lo que vería. —Este sitio es un asco. ¡Está lleno de basura! —Apreció su amigo que debía decir como saludo al llegar al lugar de la cita. —Es el mundo. —Oyó que contestaba, sólo para sí, su mente. —No es este lugar, ni tan siquiera nosotros —dijo intentando transferir lo que había creído entender su cerebro—, es el mundo el que está lleno de basura —exhaló, más que dijo, con un aliento que iría a mezclarse con el polucionado aire que respiraba aquella, su ciudad. —Tal vez un día vuelva a ti. —Sintió que le decía el flujo de su vaho al partir. —El mundo es muy grande —dijo en voz alta resentido con la emisión vertida en su aliento. —Que esta ciudad esté llena de basura no quiere decir que el mundo sea una basura —le contestó la buena intención de su amigo. —La atmósfera está llena de ondas, frecuencias, transmisiones… —Vio el momento idóneo para sincerarse—. Campan a sus anchas entre la polución del aire. —Ya —contestó la falta de interés de su amigo. —Las posibilidades reales de la mente todavía no han sido explicadas por la ciencia —dijo para que las posibilidades reales de la mente de su amigo, montadas en cara de circunstancia, se pasearan entre las imágenes y los sonidos diluidos en la atmósfera. —¡Explícate! —Oyó que se decía a sí mismo su cerebro. —El cerebro emite ondas al pensar —añadió inri al entendimiento de su compañero, haciendo que sus ondas mentales, enmarañadas en la red neuronal, no supieran qué opción tomar dentro de todas aquellas posibilidades y la basura del mundo. —Quiero decir —entendió que su amigo no entendía—: si el espacio está lleno de señales de todo tipo: radio, televisión, telefonía, internet… que son captadas con sencillos aparatos, ¿por qué nosotros no íbamos a tener la capacidad de captar las ondas mentales? —¿Me hablas de telepatía? —Fue capaz de modular un pensamiento que, montado en una onda cerebral, consiguió sustraerse de su atorado discernimiento. —Hablo de transferir datos entre personas que se hallan a cierta distancia. —Y para beneficio de la sensatez de su amigo añadió—. Ya no hablamos con la mímica de los monos, cada vez vocalizamos de forma más compleja; con una simple mirada somos capaces de entendernos. —La coincidencia de pensamientos existe.


—Tal vez se trate de algo más que de una simple coincidencia. La evolución, también de la ciencia, abre nuevas puertas. —¿A qué puertas te refieres? —Preguntó escamado su amigo. —Hoy, mover a voluntad una mano artificial es un hecho. Los circuitos se conectan a los nervios del muñón y la mano obedece a su portador. —Para que todo eso funcione es necesario implantar un microchip que amplíe las ondas del pensamiento, de otro modo las órdenes transmitidas por el cerebro no llegarían hasta la mano. —Luego nuestro cerebro emite con escasa potencia, éso es lo que hace necesario el implante del microchip —dijo con la ironía conocida por su amigo desde los viejos tiempos—. ¡La culpa es de los implantes, son primarios! —aclaró. —¿Será otra excusa para ponernos el microchip? Dicen que quieren implantárselo a toda la humanidad para controlarla —intentó cambiar el sentido de la conversación. —¿Tú crees? —le preguntó viendo la oportunidad perfecta para hablar de algo que le haría perder la oportunidad de confesar, al único confesor posible, sus problemas telepáticos. —Yo creo en lo que veo. —«Tal vez por captarlo telepáticamente», agudizó su amigo en la respuesta. —En lo que perciben tus sentidos sería más exacto. —No todo lo que oigo me lo creo. —No crees todo lo que te dicen porque, a veces, tenemos la capacidad para identificar la mentira, de lo que tu mente está segura es de la existencia real del que te habla. —Cierto, creo en la existencia del que me habla porque veo que me habla. —Un científico no acepta como realidad invariable todo lo que ve. —Perdió otra importante oportunidad de contarle—. Lo exa minará a microscopio y extraerá conclusiones más completas; creerá más en lo observado con las extensiones tecnológicas de sus sentidos que en lo visto con sus propios ojos. —Reconozco lo limitado de nuestros sentidos, pero sigo necesitando ver, aunque sea a microscopio, para creer. —Con la tecnología hemos ampliado nuestro campo de visión, sondeamos y detectamos elementos inconcebibles hasta hace poco… —Estoy de acuerdo —le interrumpió—, gracias a las nuevas tecnologías nuestra capacidad de percepción ha aumentado. —Que ahora captemos cosas inconcebibles para la gente del pasado no quiere decir que entonces no existieran esas cosas. —Evidente. —También es evidente que existirán miríadas de cosas que aún no percibimos. —Seguro. —No sólo captamos cosas en el campo de lo material —dijo convencido de que pronto se vería confeso de haber aumentado con sus emisiones telepáticas el ya saturado índice de transmisiones en la atmósfera. —Lo inmaterial no puede verse al microscopio. —Hubo de posponer su confesión—. Entraríamos en el terreno de lo imposible. —Lo imposible es relativo —dijo para percibir en la mirada de su amigo que


lo imposible no puede ser relativo, sencillamente no puede ser de forma alguna—. Si retrocedemos un milenio en el tiempo —armó su discurso para conformar el escudriñar del mirar amigo—, ¿verían posible que el hierro flota? ¿Qué pensarían al ver navegar a un transatlántico construido de metal pesado? —Y si, además, vieran volar a un Airbus pensarían que ha llegado el día del juicio final. —En el pasado también veían imposible que un ciego recuperase la vista, lo llamaban milagro; ahora se llama operación de cataratas. Lo imposible se ha hecho posible. —La ciencia evoluciona. —Se impacientó. —El instinto no puede verse al microscopio, sin embargo el instinto existe. —Dio un rodeo para no espantar la perdiz. —Nada fiable eso del instinto. —¿Te fiarías del instinto que te dice que te alejes de una zona que está en conflicto? —mareó la perdiz. —Claro, hablamos de supervivencia. —La intuición iría más allá y nos diría que ni siquiera entráramos en conflicto. —Pero entramos. La intuición, por tanto, falla. —Entramos porque nos obligan a ello. —Obligados por los que intuyen que se enriquecerán si los demás entran en guerra. —Escucha —le dijo a su amigo después de haber aprendido a escuchar—. En psicología se han hecho pruebas con la intuición que apuntan interesantes resultados: para elegir parejas estables analizaron los perfiles de un grupo de personas. Después de estudiarlas profundamente relacionaron a las que tenían mayor probabilidad de congeniar. Por otro lado las parejas se unieron simplemente dejándose llevar por la intuición. ¿Qué pares tuvieron mayor éxito? —No me lo digas, los que lo hicieron por intuición. —En efecto, la intuición superó a perfiles, cualidades y modos de ser comunes. —Si hablamos de supervivencia el asunto se complica, subsistir no es lo mismo que congeniar. Si a esas mismas personas las estudian científicos y las emparejan por caracteres genéticos para afrontar una epidemia, ¿tendrían más probabilidades de sobrevivir que las parejas unidas por intuición? —Ante una epidemia en cualquier individuo prevalecerá el interés personal y, por instinto, se alejará del foco. No obstante, si una de esas parejas resistentes al virus está compuesta por dos individuos compasivos, a pesar de que su instinto les diga que se marchen, verán la situación desde una perspectiva distinta y permanecerán en el lugar de la infección para ayudar a los enfermos. Siendo las personas más resistentes a la enfermedad, serían las que más probabilidades tendrían de morir. —Sería un comportamiento excepcional. —Ése es el problema, que nos aferramos a los instintos heredados del animal que fuimos, instintos que prevalecen sobre los valores fundamentales que definen al ser humano. Al dejarnos llevar por esos instintos, la realidad, en este caso la solidaridad, queda distorsionada.


—Claro —contestó su amigo con la mirada perdida en la nube de polución que techaba su ciudad, parecía competir con las antenas de los edificios por encontrar una emisión televisiva que dijera algo. —Sé que tú sólo crees en lo que ves —quiso hacerle dudar de la existencia real de algo tan patente como son las señales de televisión—. Pues dime, ¿qué ves en mí? —Veo a un ser humano —le dijo, aunque dudó, pues en la realidad de su mente lo vio huir, montado en una escena de Hollywood que disuelta en polución por allí pasaba, del foco epidemiológico junto a todas aquellas parejas. —El ser humano es un referente. Hablamos de lo material, de algo que tu credibilidad pueda palpar. —Eres materia y en ti veo materia. Lo que desconozco es la calidad de tus carnes. —Aprovechó para insinuarle su pérdida de peso. —Pues dale aumento a tu microscopio. ¿Qué percibes ahora? —Células, moléculas... —¿Son unidades indivisibles? —Sabemos que existen los átomos, que éstos a su vez se descomponen en unidades menores… —La norma hacia el micro parece ser la misma que en el espacio exterior, un enorme vacío para un conjunto de elementos; dentro de éste, otro enorme vacío para otros elementos. Nuestro cuerpo, como materia que es, está esencialmente compuesto de vacío. —Así es el universo, no le gustan las aglomeraciones —comentó por bajar la vista hacia su ciudad. —¿Podrá llenarse? —¿La ciudad? —Se alarmó. —¡Nuestro interior! —clamó por rescatarle de su bulliciosa distracción—. Muchas personas dejan sentir su vacío, se encuentran atiborradas de nada; sin embargo otras, parecen colmadas. —¿De dónde has sacado eso? —dijo pensando en el único libro que poseía su amigo. —No me lo contó nadie —Y pensó que dejaba escapar otra importante oportunidad para hablarle de telepatía—. Están llenos aquellos que fundamentan sus principios en la solidaridad y en la ayuda a los demás —puntualizó previniendo no citar versículo alguno de su hojear escrituras. —Ya me conoces, yo veo las cosas desde otra perspectiva. —Existen tantas perspectivas como personas. —Desde luego —dijo imaginando el bíblico libro desde la perspectiva en que lo viera en casa de su amigo. —Supongamos otra situación —quiso explicarle—: un elefante debe ser descrito por varios ciegos; debido a su gran tamaño a cada uno se le asigna una parte: el vientre a uno, las patas traseras a otro, trompa, colmillos… para otros. ¿A qué conclusión llegarían? —Cada uno llegaría a una diferente. —Cada cual ha percibido algo distinto, todos se sabrían en posesión de la verdad y lo discutirían. ¿Estaría alguno equivocado? —Ninguno. —Tampoco ninguno estaría en posesión de la verdad absoluta. Este es el


caso de las religiones. —Hizo gala de sus poderes telepáticos aplicados a la intuición de su amigo—. Aunque sus principios o enseñanzas puras se asientan sobre una base común, llámese amor o solidaridad, cada una lo enfoca desde una perspectiva distinta. —Por eso digo que viendo al elefante salimos todos de dudas. —Al igual que los ciegos vieron una fracción del elefante a través de su tacto, son muchas las personas que palpan lo Uno, que sienten el influjo del Todo en el que nos hallamos inmersos. Complementando esos conocimientos podremos llegar a conclusiones más completas, también al entendimiento entre culturas. —¿Entre culturas o entre religiones? —No podemos confundir a lo Uno, lo que otros llaman Dios o el Todo, con las distintas religiones; a las religiones con las diferentes instituciones; a éstas con los hombres que las dirigen, ni a éstos con la gente que las siguen. —Yo los meto a todos en el mismo saco. —No sería justo, cada uno tiene el suyo —y le explicó—: Cuando pretendes llegar a un destino miras la dirección que apuntan las señales que encuentras en la carretera, proyectas la trayectoria que te marcan y la sigues; no permaneces mirando la señal en sí misma. Si permaneces observando el hito lo verás sucio y oxidado, lleno de defectos materiales. Ése es el caso de las religiones. —Por cierto —le cortó—, se hace tarde. —Espera, quería decirte… —¡Qué! —inquirió su amigo. —Lo que llaman revelaciones y cosas de ese tipo pudieron ser hechas por medio de la telepatía. —Es posible. —Alivió su desazón tan insignificante, para él, motivo de charla—. De telepatía, si quieres, podemos hablar otro día. Al ver marchar a su amigo sintió que con él marchaba la ocasión perfecta de contarle que, poco a poco, se marchaba de este, su mundo.

—De nuevo llaman a la puerta —le avisaron ágiles sus piernas al incorporarse del asiento. —Hola. Pasaba por aquí y me dije: ¡Por qué no ver a mi viejo amigo! —Habló la excusa de la preocupación y la camaradería. —Pasa —le contestó, esta vez, mirándole a los ojos. De no ser su amigo el que le abriese la puerta, habría jurado que se había equivocado de domicilio. Las descorridas cortinas mostraban unas ventanas abiertas al nuevo aire de la estancia. Descarada, su mirada recorrió todos y cada uno de los rincones de aquella casa; desinhibida, fue a posarse en el resplandeciente dorado de las letras que titulaban el único libro que parecía haber habido nunca allí. —Perdona, he apagado el televisor porque no me deja ver la luz. —Para enderezar el entuerto explicativo su mano ilustró la excusa señalando hacia el infinito del abierto ventanal.


—No importa, por la mañana no acostumbro —dijo en el intento de montar un chiste que nadie entendería a no ser que estuviese al tanto de que su impotencia estaba intentando dejar de fumar. —Está bien —dijo un anfitrión más serio de lo que cabía esperar—. Siéntate —ordenó con espontaneidad para que al instante retornase a su hogar la confianza. —¿Cómo va todo? —le preguntó su amigo para hacer que, por un momento, todo volviese a su mente. —Bien —le respondió después de, por un momento, pensar en contárselo todo. «No me creería», pensó que pensaría. El silencio se prolongó por el momento hasta hacerse incómodo. Incómodas, por el momento, sus miradas procuraron evadirse. Como si no existiese otro lugar en la habitación, ambas se clavaron, sería para medirse, sobre el dorado de la portada de aquel dichoso libro. El anfitrión perdió el pulso. De soslayo su mirada marchó furtiva queriendo ocultar algo en alguna parte. Descubierta in fraganti, fue seguida por la de su amigo. —¿También lees a Buda? —Bueno, es… —dijo, no por referir lo bueno y compasivo de Buda, sino para excusarse. Al percatarse de que alguien más podría estar escuchando, optó por cambiar el final de la frase—. Bueno, en realidad pretendo… —Y de nuevo se detuvo, en su mente escuchó: «Juicio». —¡Qué pretendes! —Pretendo no querer —Interpretó, y con ello espoleó a la coalición de fantasmas que desde la Biblia hasta la visión de Buda pretendían repatriarse hasta la mente de su amigo. —¿No querer? ¡A quién! —No querer, no desear: nada —aclaró con temperamento—. De esa forma podré ser feliz—. Añadió con nostalgia. —¿Cómo vas a ser feliz sin desear nada? —le reprendió la preocupación de su amigo. —Tú puedes seguir deseando y ansiando, nunca llegarás a saciarte. O por el contrario, siéntete frustrado —dijo en tono alto—. Confinado al consumo el abanico de posibilidades se cierra —añadió en bajo. —Frustrado. —Se llamó a sí mismo su amigo incapaz de seguir las oscilaciones de ánimo del que le explicaba. —¿Frustrado? —le preguntó ahora, entrometiéndose en su mente, aquella voz—. ¿No será por no querer desear nada? —Y, entre la escucha y la visión de Buda, portada que ahora tenía enfrente, se fue a columpiar su escucha y su visión. —¿Realmente no deseas nada? —se preguntó a sabiendas de que no era él quien lo hacía. —El deseo —se ignoró a sí mismo para continuar con su amigo—, fomentado hasta la saciedad por esta sociedad, llega a obsesionar a la gente. —La obsesión es una elección, mucha gente la elige para martirizarse a sí misma —Le endosó su amigo, y pensó que le daba la opción de martirizarse o, tal vez, que percibía la obsesión que le martirizaba; se decantó por creer que su amigo se había aliado con la voz que le hablaba para permitir que le hablase a través de él.


—¿Qué deseas real... mente? —dijo a punta de lengua obligado por su mente, mente que sabía era pregunta para sí. —Lo de príncipe azul, real... mente está muy bien, pero elijo mente —contestó su amigo al captar el doble sentido de una frase que, realmente, para él se hallaba elevada a la triple potencia del sinsentido. —Está bien elegir mente, la gente que se hace daño a sí misma es capaz de hacerle daño a los demás —dijo con la mirada del que encuentra al culpable. —¿Qué piensas hacer? —preguntó su amigo con la desconfianza que un reo mira al patíbulo. —Relajarme y no pensar tanto, de esa forma eludiré las ilusiones de los sentidos y las trampas del pensamiento —recitó con la inspirada mirada del lunático poeta que por desamor huye del influjo de la luna. —¿El pensamiento nos pone trampas? Aunque pudiese parecer ingenua, esta pregunta caló de doble intencionalidad una imaginación empapada por el rocío de la duplicidad. Después de oscilar entre la palpable realidad y la realidad palpada, no sin reconsiderar la verosimilitud de la transmigración de almas, debió de ser la nobleza de los ojos que le miraban la que le perjurase que allí estaba su amigo de siempre. Conforme, prosiguió: —El desmesurado deseo conduce a la obsesión, y ésta al desvarío y la demencia. Por un lado la mente desea muchas cosas, por el otro intenta desarrollar el mínimo esfuerzo para conseguirlas. Si todos nos dejásemos llevar por estas ilusiones, los grandes logros alcanzados a lo largo de la historia serían largas historias contadas de ilusiones sin lograr. —No pensar —se dijo su amigo más a sí mismo por pensar en la historia que contaba aquel que ahora le parecía un iluso. —No pensar acalla… —Y calló. La ventisca de su mente le soplaba frases que relevarían su argumentación—: «Quien permite que su mente se apegue a los objetos de sensaciones, queda de tal modo envuelto en ellos que terminan por esclavizarlo. Del apego surge el deseo; del deseo, la pasión; de la pasión, la insensatez; de la insensatez, la apetencia sin freno. De la desenfrenada apetencia resulta el olvido; del olvido, la falta de discernimiento, y de ésta, todo lo demás. Como llama ahogada por el propio humo, así ofusca la pasión al entendimiento del hombre». —Ah —alcanzó a decir la estupefacción de su amigo ante la desconocida oratoria—. Pero la carne es débil —puntualizó ágilmente. —El deseo no sólo va referido al sexo —dijo sin tanta convicción—. De cualquier forma el obseso depende de su físico, agotado éste su mente continuará deseando. —El ansia es mala hasta para devolver, lo decía mi abuelo. El escuchar «abuelo» hizo que a su mente retornase el arte de la pintura. El señor de bigotes, borrador en mano, señalaba a su cuadro. La mala reproducción se disipó. A la honorable pared que presidía su hogar retornó el cuadro que siempre debió haber estado: el retrato de su abuelo. Lo vio viejo y deteriorado, pensó que a causa de su estancia en el cubo de la basura. —Es la vida —dijo en voz alta dirigiéndose al cuadro colgado en el paredón de su pesadumbre. —Sí. La vida es así —ratificó su amigo.


—La vida es sufrimiento —dijo contemplativo al permutar la mirada de su abuelo por la visión de Buda que frente a sí tenía—. La causa de este sufrimiento radica en el hecho de que el hombre desconoce la naturaleza de la realidad, por ello siente ansiedad, tiene apego a las cosas materiales y mucha codicia —y añadió, ahora sí, con seguridad—. ¡Se puede poner fin al sufrimiento! —¿De quién? —Del hombre. Si logramos superar nuestra ignorancia iremos más allá de las simples ataduras. —Le tocó hacer de intermediario entre la voz que le hablaba y su amigo—: «Tu primera tarea es la de expulsar de tu mente esos parásitos. Subyugar los sentidos es posible, son muy poderosos, pero más lo es la mente. Más poderosa que la mente es la voluntad, y más que la voluntad, el verdadero Ser». —Y por su cuenta apuntó—. El deseo contra el ser nada tiene que hacer. —Los mundanos deseos —comentó su amigo para seguirle la corriente. —Es cuestión de principios, me lo dijo alguien —quiso abreviar, y añadió con una convicción que no era más que para sí—. Todo tiene un orden. —Ah —conformó su oyente para no descubrirse ignorante. —En ese orden primero está el comer y el beber, de lo contrario mueres. Después ya vendrá el cariño. Lo decía mi abuelo —se descubrió finalmente. —Totalmente de acuerdo con tu abuelo. —Éstos son los principios, ¿cuál la finalidad? —¿De tu abuelo? —Habría preguntado su desorientado amigo de no ser por la prudente espera para retomar la maraña de hilos. —¿Qué pensamos? ¿Cuánto tiempo perdemos pensado en lo que ya pensamos? ¿Qué buscamos? ¡Más, más! ¡Cómo! ¿Cómo? —¿Comer? —dijo su amigo sin posibilidad de acertar en la respuesta. —Sí —dijo para su sorpresa—. Hasta en algo tan vital como es la nutrición la desmesura es mala. Sabemos que incluso de los alimentos conviene descansar para que el organismo se limpie. —Lo sabemos ahora —dijo para demostrar que seguía el hilo. —Hace tiempo que lo sabemos. —Y después de recapacitar sobre las consecuencias de lo que iba a decir, añadió—. El ramadán, la cuaresma… lo recomiendan desde hace milenios. Sería que su amigo lo imaginó con turbante, o tal vez la incredibilidad, que le otorgó la posibilidad de continuar. —El príncipe Siddhartha conoció todo tipo de placeres —enlazó con Buda, sería por ver exóticas indumentarias en los ojos de su amigo—; al llegar a la iluminación supo que muchas veces tenemos necesidades que no son tales, sino urgencias momentáneas llamadas caprichos. Los caprichos son más fugaces que el deseo de poseerlos. —La mente desea en exceso, lo hablábamos antes. —Y elegiste mente —le dijo para que ratificase su anterior elección. —Y tú, ¿qué eliges? —Escuchó que le preguntaba a su cerebro la voz que le hablaba. Supo que no tenía posibilidad alguna de rehuir la respuesta. —Mente —contestó para que el tiempo de su amigo se parase. —¿Para qué eliges mente? —El pensamiento diferencia al hombre de… —Mil imágenes, salidas de la videoteca de su recuerdo, le aconsejaron que mejor callara, el salvajismo de la


más fiera de las fieras era peccata minuta comparado con los actos premeditados del hombre. —Además de la mente, procesador del pensamiento, están los sentimientos —prosiguió la voz. —Los animales también sienten… —El animal que llevaba dentro, pensó después, fue el inepto que dejó escapar la palabra animal que, diestramente, su prudencia enjaulara momentos antes. —Los animales también sienten, ¿y…? —Le obligaron a concluir la frase. —Con la mente el hombre razona —dijo con convicción cero. —No si nos dejamos llevar por los sentimientos; los sentimientos no atienden a razones. —Cierto. Mucha gente comete locuras —reconoció. —Porque quieren —dijo bidireccional la voz. —No quieren, si quisieran no las harían. —Escuchó que le decía su perspicacia al conocimiento en charla privada ante aquella voz. —Creo que confundes el querer con el deseo de querer hacer. —Me confundes —imploró clemencia la poca piedad que guardaba, piedad que, por cierto, parecía haber ahorrado a lo largo de su vida para sí. —¿Estás confundido? —le dijo su amigo ante el estupor que delataban sus facciones. —¿Tú me lo preguntas? —se dijo para aumento de confusión, también en la de su amigo. —Yo no. ¡Mando! —Oyó, para sí, en su mente. Y se fue a buscar en la distancia el mando del televisor. Lo maldijo por no tener interruptor off que silenciara aquella voz que le hablaba. —Estás confundido —afirmó su amigo levantándose del sofá. —No es justo —dijo seguro de que su amigo se había aliado con la voz que le hablaba. —Lo justo es lo necesario, todo lo demás es sobrecarga —pareció decirle la espalda de su amigo al marchar. La certeza de que algo extraño pasaba se encargó de cerrar la puerta de su domicilio. —¡Escucha! —La rotundidad de la voz que le hablaba pulsó el interruptor on para que la pantalla de su mente se encendiera a la audición.

—Tengo que hablarte de la iluminación —fue lo primero que dijo al abrir la puerta de su domicilio. —¿No tienes luz? —le preguntó su amigo al pasar. —Mis luces están bien —dijo «bien» y su mirada se marchó al infinito, allí cayó en la cuenta de que, probablemente, ni tenía tantas luces ni estaban tan bien encendidas. Al sentirlo sus ojos se apagaron notablemente. —¿Estás bien? —Comenzó a oscilar la vigilia de un amigo que se preocupa por los repentinos cambios de actitud de su amigo. —Perfecta… —Antes de completar con «mente» la palabra «perfecta», su mente le jugó la mala pasada de pararlo en seco—. …mente —consiguió concluir, finalmente, la palabra: perfectamente.


—¿Quieres decir que tu mente está perfecta? —Entendió por mediar una inoportuna pausa que hizo evolucionar la mosca de su amigo hasta salirle escamas. —Menudo momento para hablarle de los poderes que sufre mi mente —dijo su mente sin su permiso. Por un instante pensó que había hablado en voz alta y temió haber hecho algo que estaba deseoso de hacer. Respiró aliviado por no haberlo hecho—. ¡Tengo que hacerlo! —se dijo en voz alta. —¿Qué tienes que hacer? —Hablar contigo —le dijo hablando con él; al percatarse de que ya lo estaba haciendo, añadió—. Del dinamismo de las revelaciones. —¿De qué? —Expresó mejor su rostro la duda. —De la dinámica de las revelaciones hechas por los iluminados —dijo mientras su convicción, aferrada a la mirada de su amigo, oscilaba entre las más altas y bajas cotas. —¡Ah! Entiendo. —Le siguió la corriente—. No hablas de la corriente eléctrica que nos ilumina, te refieres a la iluminación de los iluminados —dijo mientras percibía que el mal que afectaba a su amigo podría ser contagioso. —Sí. Nada tiene que ver con la telepatía —le endosó, para colmo de la contrariedad, distraído por la necesidad de hablar con alguien de aquello que no podía hablar con nadie. —Por favor, ¡ilumina lo que tengas que revelar! —bramó su amigo con el pataleo del que busca el estribo del control perdido. —Estamos cualificados para controlar nuestros impulsos y reacciones. —Le habló del hombre a su amigo y no del hombre que era su amigo. —Perdona mi comportamiento —comprendió que no podía tratar así a su amigo y se excusó. —El hombre se comporta de manera irracional porque vive bajo presión y se ve obligado a ello. —Está bien de sermonearme —le dijo—. Ya te pedí disculpas. —¡De eso yo no obtengo nada! —Tal rotundidad hizo que la escucha y la paciencia de su amigo mirasen hacia la auxiliadora puerta de salida de aquella casa—. Nosotros no nos beneficiamos de las cábalas hechas por este o aquel de cómo enriquecerse de este u otro modo. ¡Todo lo contrario! Nosotros nos beneficiamos de los logros, del progreso heredado del pasado. —Sería la no alusión a lo personal junto al intento de enlazar algo medianamente coherente lo que impidiera que su amigo se marchara. —Gracias a Dios —agradeció entender algo. —Tú eres ateo —dijo para proseguir—. Conozco tus virtudes, como en la mayoría de los hombres desarrolladas de forma natural. La compasión sería un ejemplo. —Sí —dijo únicamente para referir su ateísmo. —De tan importante cualidad carecen muchas personas, también los animales. —La usamos poco —se refirió ahora, por seguir el hilo, a la compasión de los hombres. —Su uso es el medio por el que muchos han llegado a la iluminación. —Iluminó al fin la madeja de una conversación que se antojaba imposible. —Y los iluminados usan la telepatía. —Temió su amigo que enlazara.


—No —dijo después de dudar. Dudó porque se le marchaba otra oportunidad de hablar, con la única persona con la que podía hacerlo, de telepatía—. Los iluminados van más allá de la virtud comunicativa, alcanzan el nirvana, el éxtasis que llaman en Occidente. —Sí, en Occidente conocemos los éxtasis. —Aunque lo definen como un estado de gozo, esta droga es distinta. Los que lo alcanzan, paradójicamente lo definen como algo indescriptible, ya que sólo puede conocerse desde su experiencia. Hablan de un estado en el que no hay cabida para el sufrimiento; el sentimiento de admiración, alegría y amor predomina sobre el ejercicio de los sentidos. Y añaden otra paradoja: el encuentro con la naturaleza más profunda de uno mismo hace sentir cierta unión mística con el Todo. —A pesar de parecerme raros, por ese tipo de personas siento cierta admiración. —Su espíritu irradia paz. —Tanto como irradiar… —dijo ante la imposibilidad de que algo inexistente, como es el espíritu, pueda irradiar algo. —Una persona en actitud agresiva engendra violencia y la hace extensiva a su entorno —sopló un intruso a su cerebro. —Sí, eso es cierto. —Al igual que sucede con lo negativo pasa con lo positivo. A veces hemos de ver el efecto contrario de las cosas para aborrecerlas —dijo por recordar que había dos formas de aprender. Él se había decantado por las buenas. —No lo veo. —Que la irradiación no se vea no quiere decir que no exista. De noche el espacio está oscuro, no obstante sabemos que está lleno de luz, sólo es necesario que un cuerpo se interponga para que quede iluminado. Igual sucede con los iluminados, el vacío que crea el hecho de desprenderse de la lujuria, el odio y la codicia, permite que nada se interponga para que la luz entre y los ilumine —pero añadió—. Imagino que por eso los llaman iluminados. —Y su imaginación se fue a buscar el lugar dónde un desconocido se había interpuesto entre él y la luz. —¿Eso lo aprendiste en esos libros? —dijo señalando un tomo sobre hinduismo que, puesto sobre el de Buda, había sobre la mesa. —No todo. —Fue tajante hasta consigo mismo, pues dejó pasar otra oportunidad para hablar sobre las posibilidades reales de la mente en materia telepática. —Las personas iniciadas en meditación —puso como ejemplo—, haciendo la nada en su mente pueden alcanzar un grado de relajación tan profundo que lo definen como gozo. —Transcendente —sopló su mente para que añadiera—. Transcendental —dijo su ego por sentirse importante ante la experiencia vivida al límite de su realidad. —Lo planteas a un nivel… —El nivel se puede plantear de muchas maneras —se dijo también a sí mismo—. Yoga, relajación, meditación… Pueden practi carlo desde niños hasta ancianos. Dar un paseo, respirar, hacer vida natural, puede hacerlo cualquiera. —Al percatarse de que su oratoria perdía trascendencia aumentó el nivel—. El


autodominio libera de las opresiones. —¿Ha sido el yoga o la vida natural el medio por el que has alcanzado el control sobre ti mismo? —Le golpeó bajo su amigo. —Ahora salgo más de mi casa, soy más sociable y comunicativo —alegó su decaimiento en defensa propia—. También hago mis pinitos en yoga y meditación… —añadió su autoestima a ras de las patas de la mesa donde reposaban Buda y Shiva. —Bueno, tampoco es necesario llegar a ser un yogui —contestó su amigo a sabiendas de que esas palabras encerraban cierta verdad, también temiendo verle marchar en taparrabos hacia el Himalaya. —Cierto, con lograr paz y tranquilidad tengo suficiente —dijo para atraer la mirada de su amigo bajo el yugo de las patas de la mesa que quedaban libres—. Ahora veo la vida desde una perspectiva más genérica, menos egoísta. Me encuentro descubriendo mi interior —quiso descubrirse. —Yo te descubrí hace tiempo. —Le alentó su amigo, y fue recompensado con la fuerza necesaria para levantar los ojos del suelo donde apoyaba la mesa sus patas. —Busco armonía —confesó mientras su mirada, indecisa entre tanta pata libre, dudaba a cuál de ellas abisagrarse—. La existencia fenoménica individual —añadió por cuenta y riesgo de la condescendiente pata de la mesa a la que se mudó. —¿Qué quieres decir? —La pregunta de su amigo fue la que soltó las amarras, para que contestase, de la pata de la mesa donde se hallaba clavada su mirada. —La clave está en darle sentido a nuestra propia vida, después podremos darle sentido al mundo que nos rodea —dijo abandonando el sinsentido que suponía estar escondido bajo una mesa—. Las enseñanzas puras dicen que la evolución no sólo se fija en los cuerpos, pues se siembra cuerpo animal y se levanta cuerpo espiritual. Sin llegar a esconderse, fue ahora el pensamiento de su amigo el que paseó bajo la mesa.

—El Ser supremo nunca podrá reducirse a una hipótesis científica. —Creyó entender que decía su mente. —Las matemáticas no dan para tanto —secundó su falta de entendimiento. —La fe es un significado que ha quedado limitado a aceptar los argumentos dados por las religiones sobre conocimientos ya definidos y estructurados sistemáticamente —contradijo, probablemente, su mentalidad. —O de lo contrario… ¿Qué es la fe? —se preguntó a sí mismo con una desconocida entonación. —La fe es una inalcanzable fuente de fuerza —respondió un vocabulario que no identificó como suyo. —Luego lo inalcanzable da fuerza. —Se extrañó de ser autor de tal deducción. —La fe mueve montañas —plagió su mente.


—Eso yo no me lo creo —dijo porque realmente no se lo creía. —Pues yo he visto mover montañas, bosques enteros, selvas… —dijo porque era cierto que lo había visto. Se asomó a la ventana para cerciorarse. Efectivamente, allí ya no estaban ni las máquinas excavadoras ni la montaña. —Estás sentado encima de ella —le recordó su mente para documentar lo realizado, probablemente, sin documentación: los cimientos de su casa fueron construidos con la argamasa en que se convirtió aquella boscosa montaña para, a su vez de los beneficios, convertirse en selva de hormigón. —Hace dos mil años también hubiera sido factible. —Oyó que se decía sin poder asegurar que era él quién lo hacía. —Yo no he sido. —Dedujo en referencia a la autoría de la frase, pues no sabía cómo hace dos mil años y sin excavadoras podía moverse una montaña. —Unámonos toda la nación con picos y palas y movamos esa montaña de sitio. —¡No! —Le ruborizó ser él quien se negase a hacerlo. —Pues juntémonos toda la región y hagámoslo. —¡Tampoco! —renegó de su testarudez. —Entonces lo haremos un sólo pueblo. —Escuchó para su tranquilidad deseoso por que desapareciera aquella dichosa montaña. —Pero tardaremos más —rebatió incomprensiblemente—. ¡Obtuso! —le autoconsideró, armándose de valor, su temor. —Entonces podemos retornar a la idea primera: juntaremos a toda la nación para hacerlo. —La ilusión abrió la puerta a su esperanza—. Sometiéndolos por la fuerza. —añadieron para que la fuerza cerrase la puerta a la esperanza. —A la fuerza nadie cree —se vio obligado a decir. —Con miedo pueden efectuarse sobreesfuerzos que en circunstancias normales nunca podrían realizarse. —Oyó temiendo que le embaucaran por la fuerza del miedo. —Lo del miedo lo comprendo —dijo incomprensiblemente. —El miedo lo entiendes porque lo sientes. —Sintió que le dijeran, ya que, cada vez más, comprendía mejor el miedo. —Sin embargo el amor… —quiso explicarle una voz diferente. —El amor no —Interrumpió para referir que no comprendía cómo por amor es posible alcanzar logros. —No entiendes el amor porque no lo sientes. —Sintió que le dijeran porque, cada vez menos, comprendía el amor. —Lo entiendo —dijo no por entender el amor, sino porque entendía lo que le explicaban. —Luego entiendes que bajo la opresión del miedo se obtengan grandes logros. —Sí. —No pudo negar lo evidente, una faraónica construcción fustigada por su esclavizada mente se lo impidió. —Entiendes lo malo. —Sí. —¡Pues vas a saber lo que es bueno! Esta frase la entendió de dos maneras. La primera de ellas la comprendió al momento, lo corroboró el vello de su cuerpo que se erizó al instante. La segunda le llevó más tiempo, comprenderlo no se adaptó a la duda como lo


hicieron sus pelos. —¿Será la certera promesa de que conoceré lo bueno? —Es cuestión de fe. —Escuchó comentar. —Sí —dijo sin que el convencimiento de nadie le siguiera. —¿No estarás confundiendo fe con esperanza, con sueños, incluso con tus posibilidades? —Yo tengo esperanzas de que mi equipo venza en base a unas posibilidades —dijo muy alejado de la tangente—. En ocasiones sueño con que mi equipo gane aunque no tenga posibilidad alguna de triunfo. —Se aferró a la nostalgia ganada a base de derrotas por su equipo—. Aunque a veces gana algún partido. —Quiso animarse a sí mismo como, a veces, hacía con su equipo. —Cuando otorgas a tu equipo alguna posibilidad de triunfo tienes esperanza. Cuando ni tú mismo le das posibilidad alguna y gana, se ha cumplido un sueño. Cuando pierdes la esperanza la posibilidad de soñar se va con ella. —Sueños, sueños son. —Si lo dijo él fue con la esperanza de retornar de un sueño. —Los sueños de tu mundo se amontonan, cual billetes, en el deseo de que les toque la lotería. Sin embargo, otros tienen la esperanza de que les toque. Ambos casos pasan por unas posibilidades. —¿Comprar un décimo? —dijo para acertar. —¿Podemos llamar a eso fe? —La posibilidad existe, a determinadas personas les toca la lotería —regateó con su esperanza, sería por otorgarse alguna posibilidad de soñar. —Posibilidad que en ocasiones no otorgas a tu equipo. —Escuchó para que su equipo le otorgase a él una posibilidad: —¡En una ocasión mi equipo ganó un partido imposible! —Y se marchó junto con su equipo y la gloria al día del sueño cumplido. —Luego el imposible existe, fue alcanzado por tu equipo. —¿Con fe? —No con la mía. —¿Y tú? —¿Equipo? —¡No! Solo. Converso conmigo mismo. —No entendía. —¿Solo, equipo? —¡Equipo! De él dependerá qué montaña mover. Con fe, sólo con fe, un equipo puede mover el mundo. —Por odio se ha estremecido mil veces. —Comenzó a entender que el amor, al igual que el odio, existe como fuerza impulsora. —El odio se crea y se destruye. Se crea por la ausencia de amor y por medio del perdón desaparece. Por el contrario, una vez creado, el amor es indestructible, no puede convertirse en odio; no el auténtico amor. El amor no se deja arrastrar por el ánimo de pertenencia o por el rencor, no es egoísta ni se irrita. El amor no se alegra de la injusticia, no presume ni tiene envidia. —Y añadieron voces que sonaron distintas—. Disculpa, espera sin límites.


—Necesitamos raíces —dijo antes de que el vaso del bar de la esquina le llenase la boca—. La tierra se nos va —remató después de beber—. Y sin saber bien por qué, no lo achacó al trago, se vio a sí mismo bajándose en marcha de una Tierra que se perdía en la oscuridad de un futuro incierto; cuando en realidad él hacía alusión al exceso de erosión del suelo y a la escasez de vegetación. —Las cuatro matas que quedan no son suficientes para sujetar el suelo que pisamos. —Su amigo y él en este tema de conversación solían estar de acuerdo. —Mi amigo Paco, que trabajaba de vigilante en una empresa de seguridad, me dijo que en un turno de guardia guardó un artilugio, muy caro por cierto, que mide la contaminación de la atmósfera sobre los océanos. Me contó que en décadas pasadas la contaminación que producía un continente se depuraba en el mar, de tal forma, que cuando esa atmósfera llegaba a otro territorio se encontraba limpia. Según esa máquina, los océanos ahora no dan abasto para filtrar tanto y la contaminación que genera un continente se acumula con la de otros en un círculo vicioso que aumenta progresivamente. —Ya conoces mi opinión —le dijo con el cigarrillo en la mano—. El problema es que desde hace décadas existen tecnologías limpias que los intereses ocultan. —Limpias y gratuitas. —Quién me iba a decir que un día podríamos controlar el clima —enrareció su amigo, sería por variar, una conversación hasta ahora normal. —¡No podemos! —Si tenemos capacidad para cambiarlo de forma negativa es evidente que podemos mejorarlo. —Cierto —conformó. —Igual sucede con las semillas —continuó su amigo que de agricultura sabía mucho, no había lunes que dejase de ir al mercadillo—, lo mismo que existe tecnología para alterar su genética hacia lo negativo, existe para mejorar su calidad de producción. —Ahora las plantas fructíferas no producen frutos conforme a su especie, ya no contienen en sí mismas su simiente. —Transmutó, cual producto transgénico, el dogma del génesis por referir que las multinacionales llegan a esterilizar las semillas para su venta exclusiva. —Disponiendo de semillas naturales en el campo se es autosuficiente —razonó su amigo—. Por disponer de campo, en los pueblos se puede ser medianamente suficiente —encadenó otro razonamiento—. En las ciudades dependemos totalmente del suministro de provisiones —concluyó, pues con sus propios ojos veía cómo en la mañana temprano de cada lunes los camiones llegados de provincias abastecían el mercadillo. —¿Te imaginas que un día cancelaran los suministros a las ciudades? —le obligó su mente a preguntar. Y su mente, por dejarse llevar, se teletransportó a un clásico televisado donde la vida después de la muerte es posible si eres zombi. La perpetuidad de los millones de habitantes de aquella ciudad hacía que se comiesen unos a otros indefinidamente, pues ni la muerte ni los alimentos existían. —Esta causa hace que el mundo rural, paralizado por las alambradas latifundistas de las multinacionales, se vea obligado a abandonar el campo. —Le extrajo su amigo de aquella ciudad del terror, no sin antes evitar, con un valeroso ensueño, que tan epidemiológico mal se extendiese por las campiñas y


labrantíos que supone el abierto y fértil mundo campestre—. Esto hace que la población rural —prosiguió—, en su destierro se reubique en los campos de metal que suponen las ciudades. —Mientras haya dinero… —habló por medio de sí su mente. —El dinero no se come —dijo su amigo que decía entender de numismática. Resulta que heredó de su abuela una vejiga con monedas centesimales de época desgastadas por el uso del recuento y se dedicó a su estudio y recuento. —Mientras continúe existiendo el dinero… —corrigió advertido por su mente. —El dinero comenzó como simples y lisos pedazos de metal al peso. —Extrajo de la hucha del recuerdo el conocimiento compilado en un escueto tratado de numismática—. Bueno, en realidad las primeras monedas que circularon fueron simples conchas marinas. —Desembolsó otra noción—. Otra estafa —agregó rascándose el bolsillo. —En la antigüedad un pedazo de metal podía ser fundido para fabricar un útil; era útil por tanto —dijo refiriéndose al metal que suponía, y que luego llegó a ser vil, dinero. —Los nobles metales empleados para servir al intermediario del trueque, cada vez lo fueron menos. El doloso añadido de aleaciones, empleado por cualquier gobierno que se precie, acuñó la ceca legal: «Tonto el que me muerda»; pues no daba ni para comprar un pan. —Pausó para degustar del numismático vocabulario usado que adquirió de aquel libro que compró, usado, en sus primeros días de mercadillo—. Y más recientemente, aquellos monedones de plata de a cinco, como por arte de impresión y garabato bajo retrato a un solo color, fueron evaluados en papel billete de a cien —dijo para que su amigo hiciese la raíz cuadrada de pi en el cubo de una inútil desvalorización, pues no aplicó el tanto por ciento correspondiente a todos aquellos que se beneficiaron de tan vil tala de árboles para fabricar el susodicho papel suplantador de moneda—. Pero eso no es todo, ahora ni el dinero cuenta, ahora lo que cuenta es tener una buena cuenta en el hiperespacio numérico de las tarjetas de plástico; allí el recuento es inútil —dijo añorando la vejiga de su abuela—. Me alegro por los árboles —exhaló finalmente. —Ahora caigo en la cuenta —dijo por disiparse en la pizarra de su mente el nublado de ecuaciones numéricas, con hasta tres y más incógnitas personalizadas con letras, que tenía que pagar—: ¡Camarero la cuenta! —requirió con autoridad su deuda.


—Una limosna por favor —le pidió la palma de la mano del primer pobre de la esquina al salir del bar. La rendida posición de aquel individuo, de ínfima condición social, le hizo envalentonarse y detenerse. —La gente está necesitada porque no busca el significado de la vida en lo más profundo de su ser —le dijo a su más puro estilo. —Yo busqué el significado de la vida y lo encontré —le contestó—. Se hallaba disimulando en la profundidad de mi estómago. —Aclaró una dignidad que allí no existía. Se fue tan rápido como vino, pues su mente no encontró respuesta en el acopio de abstracción que sobre la mesa de su domicilio dejó en el olvido, tampoco entre las patas que la sustentaban; eso sí, comprobó que aún soportaban el peso del recogimiento de sus libros. —No encuentras significado a la vida en lo profundo de tu ser porque te lo impide un estómago demasiado lleno. —Creyó reconocer la voz de aquel pobre, que por cierto no había abierto la boca, en lo profundo de su mente. —Ahí está la respuesta —habló, ajeno hasta de sí, refiriéndose a su mesa. —En efecto. —Pensó el pobre que su oyente había cogido el hilo de la conversación—. Para encontrar el significado de la vida se hace necesario estar vivo, para estar vivo se hace imprescindible comer —y añadió—: este dictamen, impuesto por la naturaleza, es el único que acato. —Ahí está la respuesta. —El oír dictamen le hizo repetirse, si bien ahora refería la posibilidad de que fuese el pobre el medio por el cual le hablaban aquella voz y su abuelo. —Claro —continuó el mendigo—. La gente olvida lo importante porque sus mentes están saturadas de datos inútiles: números de teléfonos, matrículas, identidades, claves, cuentas… Aunque sabía perfectamente a qué clase de cuentas se refería el pobre con su cuento, sería el acabar de saldar la cuenta del bar, probablemente, el que rememorase que todavía tenía cuentas que finiquitar. —Deber no es natural, lo natural es el deber —le dijo aquel indigente para hacerle creer que leía su mente—. Este rebosar de cifras, cómplice de la sobredosis informativa, se alía para agravio de nuestros problemas cotidianos; esta camarilla de secuaces espoliadores quita la poca humanidad que nos resta para suplantarla por desidia. —Cual cuatreros —comentó, no por haber sido capaz de identificar entre cifras, sobredosis de información y problemas cotidianos, la desidia del mundo; identificó las cifras que producen los problemas cotidianos a través de la sobredosis de información que genera la desidia del mundo—. Viejo, ¿cómo sabes tanto? —añadió suspicacia con su pregunta. —Lo aprendí en la escuela. —Lo verificó la claridad de su mirada—. Son los que ponen las piedras en el camino, para que sigamos tropezando, los que suprimen la historia y la moral de la enseñanza; de esas asignaturas ahora se encarga Hollywood. —Creer en la justicia de la barbarie. —Escuchó que decía un bárbaro en su mente. Hábilmente lo ignoró para decir: —A pesar de todo, el mal continuará existiendo —y añadió—, pienso. —Acabó con el eterno mal con sólo añadir «pienso» en su boca.


—El mal, como la mentira o la apariencia, es falso. Lo falso no es, y lo que no es no existe. —¡Veo mal por todas partes! —dijo, por una vez desde hacía mucho tiempo, su espontaneidad. —Vemos el sufrimiento, no el mal. Yo me pongo por testigo. —Ya somos dos —se dijo a sí misma, por medio de su mente, la voz que le hablaba. —Yo también veo sufrimiento —no le quedó más remedio que reconocer—. Ahora lo estoy viendo por medio de ti. —Identificó, gracias al ti, que la segunda persona también existe. —Sin embargo ellos no lo ven. Negando con la cabeza él se alistó al tampoco. —Están tan desesperados que no lo ven —continuó diciendo aquel desventurado—. Se revuelcan en la desventura y el sufrimiento de la gente, de nosotros, de ellos mismos, y no lo ven. Negando con la cabeza ratificó que él tampoco veía a los que su ceguera impedía ver a los demás, a ellos mismos, a los desesperados. —Ellos son la víctima primera de su propio engaño —le aclaró por ver en su rostro la duda del ellos—. Los demás son todos aquellos a quienes va dirigida la mentira. Ni unos ni otros se dan cuenta de lo frágil y deleznable que es la farsa de doble filo con que se disfraza la mentira. —¿Vulnerable la mentira? —le preguntó esperando obtener un arma tan poderosa como los cimientos donde la virtualidad del mal se sustenta. —La mentira tiene multitud de formas, y todas, absolutamente todas, son falsas. —Ya —dijo decepcionado ante la pobre respuesta del pobre. —Sin embargo, lo falso es fácilmente detectable. —¿Cómo? —Continuamente permuta y varía de versión para justificar lo único que es invariable: la verdad que suponen sus intereses. —Verdad —dijo mientras veía cómo la suplicante palma de la mano del mendigo, extendida a perennidad ante nada, se encogía para ir a rebuscar en el contenedor del bolsillo de su pantalón. Con indiferencia extrajo un rollo de papel higiénico, sería para limpiar los mocos que, sin pestañear, lagrimaba su nariz. —¿Y ese rollo? —inquirió tras la analítica de tan extraño diseño higiénico: cada sección de papel suponía la bandera de un país. —En verdad me lo regaló un chaval, un idealista; dijo ser delineante del propósito y el promedio. —Resonó su nariz para desasir las inmundicias recogidas como producto de la fría calle—. La verdad, sin embargo, es firme e invariable —continuó explicándole mientras recogía, probablemente con su bandera, la de su país, gargajos y flemas; algunos coagulados, otros sangrantes, salidos de lo más profundo de sus fosas—. La inmutabilidad de la verdad hace que la verdad exista y pueda expresarse con firmeza —dijo limpia y finalmente. Al enmudecer, aquel puñado de papel higiénico quiso proseguir con la tarea de asear sus boqueras. El observador pensó que eran las inmundicias que se llevaba a la boca lo que le silenciaba. Optó por satisfacer su curiosidad. —¿Te da igual usar banderas para limpiarte?


—En verdad, sí. —¿En la blanca también te limpiarías? —dijo para crear la paradójica contradicción entre la ausencia de color y el papel higiénico tradicional. —Es la que más utilizo. —Difuminó la duda sobre su higiénico gusto—. La bandera blanca se utiliza para rendirse —aclaró. —Verdad —dijo por asomarse a su mente el estruendo de los últimos de Filipinas resistiendo hasta morir por la madre patria. —¿Tú eres de los que no se rinden? —le preguntó el pobre. —Yo… —dudó. Pues su mente lo había trasladado, como inútil refuerzo, junto a los últimos de Filipinas. Allí, fusil en mano, a bayoneta clavaba unos calzoncillos que antaño fueron blancos. El enemigo no entendió el lóbrego ondear—… La madre patria, yo… —acertó a decir con el esfuerzo del que se alista en legión ex tranjera. —¿Qué madre enviaría a un hijo a la guerra? —indagó la necesidad que la calle representaba en aquel hombre. —Verdad —repitió aferrado a la única palabra que le confería garantías ante semejante hombre—. La verdad puede encontrarse en cualquier parte —añadió convencido de que incluso en el calor que otorga una fría esquina puede encontrarse la verdad. —¿En cualquier parte? —dijo el pobre para mostrar por primera vez su escasez de dientes con la excusa de una sonrisa—. Siempre existe la excepción que confirma la regla: en la mentira nunca hallarás verdad. —¿La mentira? —Se preguntó a sí mismo con el desespero del que no halla en ninguna parte los bajos de una mesa donde esconderse. —Sí —Le contestó—. La mentira es el mal que alimenta el sufrimiento de este mundo. —¡La mentira! —exclamó por dejar de buscar en el vacío de fuera de sí—. ¡Me faltó por explicar ese mandamiento a mi amigo! —¿Cómo? No entendió el mendigo. —¿Tienes el don de ver en mi interior, poderes telepáticos? —¿Cómo? —Come amigo, come. Sé quién eres —le dijeron que le dijera—: Eres un paria en la apátrida lucha por nuestra Tierra —dijo queriendo marchar. —Sin armas. —Quiso poner el punto y final aquel que parecía un desventurado hombre. —Siempre existe la excepción que confirma la regla —dijo por aprender de aquella conversación más de lo que hubiera soñado—: Utilizas un arma, paradójicamente la más poderosa de todas las armas: ¡La verdad! —le dijo, porque le habían dicho, ahora no le importaba quién, que le dijera al marchar. —¡Verdad! —exclamó, y pareció que reclamaba al mundo, el pobre.


La alegría que sintió al verle le hizo incorporarse bruscamente, la brusquedad tirar su silla; la energía cinética que el respaldo de madera adquirió produjo una gran colisión contra el suelo, el impacto se transformó en vibración, y ésta, en el estruendo que le impidiera escuchar con claridad el saludo del recién llegado. —¡Hombre! Qué haces… —Como la mayoría de la gente, intentar vivir —contestó con el ánimo a ras de la silla que recogía. —Siempre apoyados en el instinto de supervivencia… —Es nuestra naturaleza, ella rige, ella es lo primero. —Si nos remontamos tanto, antes que la naturaleza debió de existir un lugar que acogiera a ésta —quiso levantar el ánimo de su amigo intentando hacerle olvidar el estado anímico en el que se encontraba. —Sin naturaleza no hay elementos, por consiguiente, tampoco lugares —Su lógica tampoco contribuyó a hacerlo. —Nuestro punto de partida es pues: la nada —le dijo a su amigo con un fingido desánimo con la intención de hacerle reaccionar. —La nada no es un punto de partida, de serlo dejaría de ser nada para convertirse en los inicios de algo —Dijo más animado. —Se trataría, entonces, de una esfera donde no existe cabida para el espacio ni el tiempo. —Una esfera también sería algo y dejaría de llamarse nada. —Entonces para definirla no podremos emplear el verbo ser: «La nada es esto o aquello», de hacerlo se convertiría en ese algo. Utilizar afirmaciones negativas sería lo más acertado: «La nada no es esto ni aquello», el hinduismo utiliza esta fórmula para definirla. —Esa fórmula deja muchas puertas abiertas, a excepción de lo negado podría llegar a ser cualquier otra cosa. —Tal vez se trate de eso. —De qué —Se interesó. —Sabemos que el universo se expande a marchas agigantadas, ¿por dónde lo hace? —Los elementos que conocemos, incluidas las partículas más ínfimas, se encuentran en el universo, fuera de éste sólo debe de existir vacío. —¿Es un solar ese vacío? —Es evidente que el universo dispone de un espacio por donde crecer y expandirse. —La nada sería como ese vacío: un abierto e infinito abismo anterior al origen de las cosas y, evidentemente, al propio universo. —El concepto de infinito supone que algo ha existido desde siempre; ese dato, para mi mente, no es fácil de sopesar. —Al no poseer elementos, la nada no pasaría por la necesidad de comienzo alguno, por la misma razón sería imperecedera —eterna—. Con el espacio/tiempo sucede lo mismo: la inexistencia de un elemento que recorrer, dos entre los que desplazarse, supone la ausencia de espacio; sin espacio por el que trasladarse el tiempo tampoco existe.


—Si la nada no existe, ¿cómo puede el universo expandirse a través de ella? —Donde no hay nada, ni tan siquiera límites, puede entrar todo. Por ser anterior a todo, pues el todo ha de expandirse por la nada, en ella debió de darse el comienzo. En los inicios, con el surgir del primer elemento, el espacio ya existe y el tiempo comienza a contar. —Con el surgir del primer elemento ya tenemos algo finito y delimitado. —Hacia el macro podría crecer eternamente, pues no existiría barrera que se lo impidiese. Hacia el micro tampoco tendría límites, es ley que todo cuerpo o distancia puede ser dividido por su mitad hasta el infinito. Tanto hacia el micro como hacia el macro la nada tendría cabida para un todo tan infinito como el abismo del que surge. —Puede que Todo se encuentre en la nada, pero de nada no puede surgir algo. —«Gran Nada o Aguas Primordiales», la define el hinduismo en su génesis: «De las aguas que emerge la sabiduría primordial, la gran y primera manifestación del Todo». A ese Todo ellos lo llaman Brahma. —Un infinito vacío que pueda dar cabida a algo es entendible, pero me vas a perdonar, ese vacío ahora lo estás llenando de agua. —Nombro el Génesis del hinduismo porque es muy curioso como hablan de la nada. La conocen como «el Gran Inmanifiesto o ParamBrahman» —más allá de Brahma—, para ellos es la base de partida. Brahma sería el Uno creado, es decir, ya formando parte de la creación: «el Principio neutro, Aquel que no tiene cualidades, la Manifestación del Ser en medio del no Ser, la Fuente de cristalización del Inmanifiesto». Sorprende que hace milenios definieran a la nada como «Aguas Primordiales», en aquellos tiempos desconocían que la vida en la Tierra surgió, precisamente, del agua. —Con la creación del primer elemento siempre topamos con el viejo dilema: qué fue primero, el huevo o la gallina. —Semejante incógnita no puede ser despejada con sólo una gallina y un huevo como datos; como siempre, descartamos un elemento primordial. —¿Cuál? —¡El gallo! Es imprescindible para que el huevo resulte fecundo. —¿De qué hablas? —Del origen de la vida. —¡Es indiferente que fuese un huevo o una gallina! La cuestión es cómo se formó el primer elemento. —Qué lo creó sería una pregunta más acertada. —De haber sido creado por algo no hablaríamos del primer elemento, pues ya existiría el que lo creó. —Crear se define de la nada. Siempre buscamos la causa que produjo un efecto, nuestro universo funciona así; nunca buscamos el efecto que pudo provocar la causa primera. —Sin causa no hay efecto, la naturaleza funciona así. —La naturaleza de quién, de qué. En el tiempo del que hablamos el universo no había nacido. ¿De dónde emana la naturaleza que lo creó? —Hasta donde sabemos el universo se hallaba comprimido en un solo punto energético, de su explosión parte todo, también lo natural. —¿Sabemos?


—La teoría del Big Bang física y matemáticamente encaja, existen pruebas que lo demuestran. Una evidencia sería la captación de una radiación cósmica, un eco en el universo. Se trata de la luz más antigua que llega hasta nosotros, el vestigio de un gran estallido con capacidad para generar la materia. —Aun sabiendo que la gran explosión se produjo, la incógnita continúa siendo la misma: ¿de dónde sale esa energía primera? —Sabemos que la energía no se crea ni destruye. —Un dato más a tener en cuenta para comprender que en la nada entraría algo más que un vacío e infinito solar, en ella también se hallaría esa energía. —Fuere como fuese, de ese primordial átomo surge nuestro universo; de él emanan las leyes físicas que lo rigen. —Las fuerzas que rigen nuestro universo, por tanto, son anteriores a su creación. —En efecto, al igual que el propio universo, se hallaban contenidas en ese cardinal punto energético. —¿Energía que contiene leyes? —Las cuatro fuerzas físicas que conocemos se hallaban, de forma implícita, contenidas en la ley única que debió de imperar en el átomo primordial. El afán de los físicos por descubrir la teoría del todo, tarde o temprano, dará su fruto. La gravitacional y la electromagnética ya encajan. —La teoría del todo, una sola ley… ¿Me estás hablando de Dios? —Si Dios existe fue un mero observador de la explosión que produjo el nacimiento del universo. —Yo tampoco me imagino a Dios prendiendo fuego a la mecha con un encendedor. Imagino, sin embargo, que las dos leyes de la física que faltan por unificar —la nuclear fuerte y débil—, tienen mucho que decir a este propósito. —¿A qué te refieres? —El universo está compuesto por partículas y, a nivel cuántico, el comportamiento de las partículas es muy caprichoso. Como sabes, dependiendo de que sean observadas o no, las partículas ubican de distinta forma su posición, modifican su conducta… —El principio de incertidumbre o indeterminación de la física cuántica nos dice que, precisamente, el intento de observar hace que lo observado altere su posición de manera impredecible. —La física del universo, por tanto, contempla al observador. El papel de mero observador que ante la gran explosión otorgas a Dios tal vez sea más determinante de lo que pensamos. —Nunca sabremos si algún Dios observó la gran explosión, mucho menos si su observación tuvo alguna consecuencia. Sabemos que ese primer elemento, no Dios, tuvo la capacidad de crearlo todo. —Cierto, de Él parte todo, por lo que se encuentra en todas partes y afecta a todo. —Eso parece. —Entonces… si el cosmos se rige por leyes universales y absolutas (no dependen de nada), omnipresentes (se encuentran en cualquier parte del universo), eternas (no cambian con el tiempo), omnipotentes (ejercen su fuerza sobre todo, sin excepción y nada se les escapa), la antigua afirmación: «Dios lo rige todo, está en todas partes», es accesible a la razón. Si además


consideramos que lo hace desde su principio hasta su fin, la frase: «Yo soy el Alfa y el Ωmega», también toma sentido. —Entre la física del universo y las cualidades que le atribuyen a Dios podría existir cierto paralelismo, pero me vas a perdonar, Dios también sería omnisciente, y una ley no puede encerrar todo el conocimiento. —No las que hacemos nosotros, por eso necesitamos tomos y tomos de ellas. La fuerza o ley única de la que hablas encierra el mecanismo y desarrollo de todo el universo, por tanto, conocimiento. Con un razonamiento encadenado podríamos exponerlo así: * El conocimiento no ocupa lugar —no ocupa espacio—. * Para ser adquirido, el conocimiento necesita tiempo. * Una vez aprehendido, para el conocimiento absoluto ni el espacio ni el tiempo existen. —Nadie posee el conocimiento absoluto y, de poseerlo, para él ya existiría el espacio y el tiempo. —No si ese alguien es la ley única universal. —Que una ley encierre el desarrollo del universo no quiere decir que encierre todo el conocimiento. —El universo es determinista, conociendo su mecanismo podemos descubrir su pasado y prever su evolución o futuro; sólo la ignorancia nos impide predecir mejor los acontecimientos. —Bueno, ya hacemos nuestros pinitos en pronósticos: el clima y los eclipses, el tiempo aproximado de vida que le resta al sol, el choque de galaxias… En el futuro podremos predecir mejor las cosas. —La vida del universo, por tanto, está determinada. —La del universo puede, algo distinto es vaticinar el futuro de las personas, en ellas está comprendido el libre albedrío. —¿Existirán leyes universales que determinen el comportamiento del hombre? —El libre albedrío no puede preverse. ¡Hay cada uno! —El campo de la libertad, por tanto, no puede ser despajado matemáticamente. —No. —Sin embargo el universo nos hizo libres. —Eso parece. —¿Tendrá entonces la libertad carácter de ley? —Son nuestras leyes las que la restringen. Al menos nos queda la libertad de pensamiento. —Leyes hechas con el pensamiento, pensamiento que se encuentra influenciado por los impulsos que provocan nuestros sentimientos y emociones, emociones y sentimientos que, en definitiva, son los que determinan nuestras acciones. —Más difícil de pronosticar si cabe. —Dilucidemos entonces, antes de proseguir, una cuestión sobre conducta humana: El comportamiento del hombre ¿se aproxima más al animal o a la razón?


—Las guerras y la absoluta miseria en la que vive la mayor parte de la población del mundo nos dan la respuesta. —Observemos a los animales pues: imagina herbívoros vagando por un paisaje asolado por la sequía. ¿Qué harían al encontrar un lago rodeado de verde hierba? —Primero beber, después comer, posteriormente descansar. —Son actos totalmente libres y, sin embargo, perfectamente determinables. Están movidos por la necesidad y el deseo. —¡Ya! Pero nuestros deseos son distintos. Dios, en su infinita bondad, nos hizo libres para que pudiésemos elegir hacer también el mal. ¡Ese tipo de acciones son impredecibles! —Los que consiguen desprenderse de la desmesura y el desenfreno, los que viven en paz y armonía, aseguran estar más cerca de Dios. ¿Sería previsible para Él este comportamiento? —Siendo todopoderoso… —Lo incomprensible para Él serían las conductas primitivas o violentas; sin embargo, ¿no resultan más fáciles de predecir estas últimas? —Las acciones que se hallan más próximas al comportamiento animal son más fáciles de prever. —Conociendo todos los factores climáticos, incluido el vuelo, el efecto de una mariposa, un ordenador podría pronosticar con exactitud una tormenta. Siendo nuestro comportamiento tan primario, ¿por qué no iba a poder determinarse? —Para pronosticar una tormenta, en el presente se nos hace imprescindible la utilización de las nuevas tecnologías, ésas que han sido desarrolladas por nuestra inteligencia. Gracias a la ciencia y a nuestros inventos ahora evolucionamos más rápidamente, también lo hace nuestra inteligencia. En la vida de las personas, además del libre albedrío, participan factores imposibles de vaticinar hasta para el propio Dios. —Cierto que con la inteligencia desarrollamos ordenadores, y con los ordenadores armas de destrucción masiva. Ciencia, inteligencia y evolución son cosas distintas: * Evolucionamos hasta llegar a ser hombres sin ciencia alguna. * La ciencia es un medio al que hace evolucionar el hombre, no viceversa. * La ciencia no puede excluir a Dios, ni Dios excluye a la ciencia. * Por medio de la ciencia y de su inteligencia, el hombre está comprobando que en la creación existe algo más: sabiduría. —Es que la naturaleza es sabia. —Es la savia. —Lo que descarta cualquier origen divino. —Por tratarse de una cuestión esencial, los inicios no son un tema exclusivo de la ciencia. Mucho se ha escrito, a lo largo de la historia, sobre la creación. Algunos de esos antiguos manuscritos, sorprendentemente, encierran conocimientos muy adelantados para su tiempo. —¿Te refieres a los escritos sagrados? —Que hablan sobre la creación. —Cuentan que todo fue hecho por arte de magia.


—Ponte en el lugar de un hombre del II milenio a.C., con sus conocimientos y forma de pensar, con sus creencias, adorando al Sol. ¿Cómo le explicarías de dónde ha salido todo esto? —Lo que te digo: brujería. —Para que la gente de aquella época lo entendiera habría que contárselo según su grado de comprensión. En los antiguos textos sagrados es habitual realizar explicaciones con alegorías y parábolas. Con ellas se trata de acercar la realidad lo máximo posible a las personas de cada tiempo, para que, sin desvirtuarla, en el futuro pueda ser también interpretada. —¿Y cómo deben interpretarse en la actualidad? —No deja de ser curioso lo que gente de tan remota época escribía. El Génesis, por ejemplo, dice así: «En el principio crio Dios el cielo y la tierra. La tierra, empero, estaba informe y vacía, y las tinieblas cubrían la superficie del abismo: y el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas». Esta cita primera es esencial, pues nos habla del momento anterior al primer día, al tiempo. Nombra el abismo y las tinieblas, obviamente refiriéndose a la nada. Utiliza el verbo criar para la formación del cielo —espacio— y de la Tierra —materia—, aunque ésta todavía sin forma, por desarrollar. De nuevo en los inicios aparece el agua —de la que surge la vida—, refiere que el espíritu —la existencia o esencia de vida— se encontraba en ella. «Sea hecha la luz. Y la luz quedó hecha. Y vio Dios que la luz era buena: y dividió la luz de las tinieblas. A la luz llamó día, y a las tinieblas noche: y así de la tarde aquella y de la mañana siguiente, resultó el primer día». ¿Qué nos dice la ciencia al respec to? Antes del huevo nada, partiendo de esa base lo mismo: un punto, algo ya criado, donde se hallaba el universo comprimido. Ese cúmulo, en un momento determinado, explotó irradiando súbitamente una enorme luminosidad. Como dice el Génesis, la luz quedó hecha, como ratifica la ciencia, con ella la materia. Ahora podemos comenzar a contar el tiempo. «Haya un firmamento o una grande extensión en medio de las aguas: que separe unas aguas de otras. E hizo Dios el firmamento, y separó las aguas que estaban debajo del firmamento, de aquellas que estaban sobre el firmamento. Y quedó hecho así. Y al firmamento llamó Dios cielo. Con lo que de tarde y de mañana, se cumplió el día segundo». —Lo de separar las aguas del firmamento de las que estaban debajo no me encaja. —Las altas temperaturas a las que se encontraba sometida la Tierra en origen provocaron que toda el agua se hallase en estado gaseoso. Al enfriarse la corteza, una gran parte de ella cayó a tierra en forma de lluvia, quedando separada de las cíclicas e inalcanzables, para aquellos tiempos, nubes. Ahora el limpio firmamento sería conocido como cielo. Continúa diciendo: «Reúnanse en un lugar las aguas que están debajo del cielo y aparezca lo árido o seco. Y así se hizo. Y al elemento árido diole Dios el nombre de tierra, y a las aguas reunidas las llamó mares. Produzca la tierra yerba verde y que dé simiente, y plantas fructíferas que den fruto conforme a su especie, y contengan en sí mismas su simiente sobre la tierra. Resultó el día tercero». Lo descrito en este día no necesita interpretación, para que exista vida animal en tierra antes ha de haber vegetales que los alimenten. Es indudable que la flora conquistó los continentes antes que la fauna.


Para el cuarto día dice: «Haya lumbreras o cuerpos luminosos en el firmamento del cielo que distingan el día y la noche, y señalen los tiempos o las estaciones, los días y los años: a fin de que brillen en el firmamento del cielo…». —¿Las estrellas y los planetas no fueron creados en el momento de la gran explosión? —El primer día fue hecha la luz —la gran explosión—. Esta cita posee un importante contenido, no sólo indica que las estrellas son obra de la creación, que se crearon y continúan creándose, sino que éstas, además, sirven para conformar periodos y medir el tiempo. —Los mayas no leyeron el Génesis y fueron grandes conocedores de los astros. —En la misma medida que los egipcios. Tanto los conocían que los adoraban como a dioses —algo que continuó haciéndose hasta bien entrada nuestra era—. Hace más de 3.000 años, sin pirámides ni tecnología alguna a su alcance, los hebreos conocían, por medio de esta revelación, que el Sol y la Luna eran sólo eso, simples y naturales astros con la misión de alumbrar. Para el quinto día el Génesis señala: «Produzcan las aguas reptiles animados que vivan en el agua, y aves que vuelen sobre la tierra, debajo del firmamento del cielo. Crio, pues, Dios los grandes peces, y todos los animales que viven y se mueven “producidos” por las aguas según sus especies, y asimismo todo volátil según su género». Fue en el agua donde se dio primero la vida. De ella salieron los anfibios para convertirse en reptiles, de los que, a su vez, evolucionaron las aves. Sexto día: «Produzca la tierra animales vivientes en cada género, animales domésticos, reptiles y bestias silvestres de la tierra según sus especies». Y, finalmente, ese mismo día: «Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra: y domine a los peces del mar, y a las aves del cielo, y a las bestias, y a toda la Tierra, y a todo reptil que se mueve sobre la tierra. Crió, pues, Dios al hombre a imagen suya: a imagen de Dios le crio, criolos varón y hembra». Curiosa coincidencia: Estos dos últimos días nos indican, de manera sospechosamente acertada, el orden de aparición de las especies en la Tierra. ¿Qué mente de hace milenios habría sido capaz de imaginar que hubo un orden en la aparición en éstas? ¿Que no surgieron todas, a la par, por arte de magia? —Antes de la teoría de la evolución, ni pensarlo. —Del Génesis no sólo sorprende el orden de aparición de las especies en la Tierra, el léxico esgrimido para designar lo realizado cada día también es significativo: El verbo hacer, se usa para la luz y el hombre; Haya/haber en la consecuencia de la creación. Criar se emplea para el origen o consecuencia primera, y producir se usa para indicar que en el agua se generó la vida. —Aunque se trataría de un Génesis muy abreviado, todo lo que mencionas pasó por millones de años de evolución, no deja de ser curiosa la correspondencia con la realidad conocida. —La realidad conocida hoy sería imposible de entender para unas mentes recién salidas de la prehistoria. —Motivo por el cual Dios les explicó que hizo al hombre de barro. —¿De qué elementos disponía nuestro planeta en origen? —Piedra, agua…


—Tierra y agua, que mezclados dan barro. Fuere como fuese, de esos dos componentes surgió la vida. —Surgió la vida, no el hombre. —Para el hombre el Génesis utiliza el verbo hacer, a continuación el criar, en ningún momento menciona que la obra se halle finalizada, de lo contrario no nos diría cómo debemos crecer. —Gracias a que estuvo sometido a temperaturas, presiones y descargas impresionantes, el barro reaccionó a la vida. —A esa reacción de vida el Génesis lo llama adquisición de espíritu. —Vida y espíritu son cosas distintas, una es un hecho demostrable y la otra no. —La vida prueba la existencia del espíritu, pues el espíritu es la energía de la vida. No se trata de la fuerza que otorga los alimentos que ingerimos, hablo del soplo que nos confirió poder para existir. —Conferido o insuflado, según el Génesis, por un ser sobre natural. —Nada es más natural que la fuente de la que todo emana. —Visto con un enfoque natural, puede que lo descrito por el Antiguo Testamento sea coincidente con la realidad científica conocida hoy, sin embargo existen muchas religiones y cada una cuenta la creación de forma distinta. —Éso es lo sugestivo, cada narración se complementa y aporta más e interesantes datos. Unas culturas hablan de lo Uno, otras del Todo, en ambos casos de la unidad. El hinduismo, por ejemplo, reseña una genealogía de Dioses; más comprensible para el hombre si cabe, no entendemos la vida sin una descendencia. Esta religión, que refiere la nada como «Aguas Primordiales», explica sobre los inicios: «Primero fue Brahma, lo Absoluto, aquello que llena todo, el fundamento del universo; el que está más allá de todas las formas materiales». Es descrito como autoexistente, también dice que hace surgir al mundo de un huevo, «la doctrina del huevo cósmico». —Interesante contexto. —Más interesante es lo que añade: «la materia fue creada por la energía que precedería a ésta». —Asombrosa puntualización para tan remota época. —Al Dios Visnú lo citan como «la fuente última del orden que rige el cosmos, su protector y conservador». Completa la triada Shiva, el que, entre múltiples facultades benefactoras, aparece como el destructor del universo; puntualizando que «el cataclismo final conllevará la recreación de un nuevo orbe». Hablan de creación, conservación, destrucción y regeneración del universo. En aquellos tiempos ya mencionan que existe un sonido, una vibración en el cosmos que representan y pronuncian como «OM». Sorprendentemente mencionan vibraciones y sonidos en el universo, hablan del devenir, del baile cósmico, del caos organizado… —¡Prefiero el caos de una discoteca! También tiene vibraciones, sonidos, bailes y devenir. —¡Muy agudo!, pero en ellas sólo es aplicable la ley de la atracción física. —Con la acción atractiva mutua que ejercen los cuerpos, en una discoteca es suficiente. —El nombre de la atracción universal que ejercen los cuerpos en razón de su


masa, el de la fuerza material, es: «grave, ¡dad!». —Para Newton no fue tan grave, él no mordió la manzana que le cayó sobre la cabeza, dedujo matemáticamente la ley de la «gravedad». —Hay que darle gracias por ello. No obstante, no mordió la manzana porque no vivía en un paraíso, precisamente... —¿Paraíso? ¿El paraíso no era una metáfora? —En la Tierra lo hubo. —Sí claro, continúa habiéndolos: ¡los fiscales! —¿No podríamos imaginarlo de otro modo? —Con los valores que tenemos en la Tierra, no es fácil. —Piensa en nuestro planeta hace millones de años, no en el parque jurásico habitado por descomunales reptiles, imagínalo después de desaparecer éstos. Dar no sólo vida, poner huevos y desaparecer, cuando surgió el abrigo, el cobijo, el amamantar las madres a sus hijos. En aquel periodo algunos animales comenzaron a aplicar su instinto de conservación en los demás, no sólo con ellos mismos. —De acuerdo que la aparición de los mamíferos fue un importante momento evolutivo, aun así, ahí no veo ningún paraíso. —En aquella era la naturaleza lo gestaba. La Tierra se encontraba poblada por inmensos bosques, repleta de flora, de frutos con los que alimentarse. Los animales herbívoros eligieron comer de éstos, los carnívoros aprovecharse de los primeros; pronto aparecerían otros que querrían comer de ambos, que lo querían todo. —Querrían tener una alimentación más completa. —En un momento determinado alguien, irguiéndose por encima de todas las especies, se dijo: —Qué hermoso e infinito lugar, cuántos recursos, cuán inmen sas sus posibilidades —Pensó, luego existía, por lo que continuó cavilando—. No soy el más fuerte, pero sí el más listo. ¡Puedo con todo! —Por lo que dedujo—: Todo me pertenece, puedo tomar lo que quiera. —¿Todo? ¡No hombre! —se escuchó. —¿Cómo qué no? —se dijo. —Existe un fruto prohibido —Tronó la misma voz. —¡Puedo con todo y comeré de todo! —contestó. —Pues te aconsejo que no te comas a tus semejantes que… ¡si tú eres un listo, ellos lo serán más! —De qué hablas. —De la prehistoria aparecen innumerables pruebas de canibalismo; son muchos los huesos humanos encontrados con vestigios de haber sido descarnados con herramientas líticas. Si te comes a tu vecino, tu vecino te comerá a ti. —En aquel periodo pensaban que al devorar a un ser humano, además de ingerir alimento, tomaban su fuerza, su poder… —¿Su espíritu? —¡Lo que siempre he dicho de las creencias! —En la prehistoria, que se sepa, todavía no había llegado ningún mesías para anunciar espíritu alguno, sin embargo, comenzaban a percibir que nuestro interior guarda algún tipo de fuerza.


—No había llegado ningún mesías pero, según tú, alguien ya les había prohibido comer manzanas y, ya sabes lo que pasa, basta que te prohíban comer de algo para que vayas y te hartes. —Los sabios hebreos interpretan en la Torá que comer del árbol de la vida —el árbol de la ciencia del bien y del mal— requiere su momento, su lugar y un conocimiento adecuado; si lo hacemos fuera de estos contextos nos equivocaremos. —Descubrir y conocer por uno mismo es intrínseco en nuestra especie, necesario para progresar. A veces la irresponsabilidad, otras la inexperiencia, nos empuja a investigar oscuras facetas de la vida. —Esa irresponsabilidad o inconsciencia, que todavía hoy perdura, es la que nos hace experimentar con lo que llaman el mal. —El hombre de la prehistoria no tendría claro el concepto del bien y el mal, lo primordial para él sería sobrevivir con cualquier alimento. —Lo primordial continúa siendo comer, de lo contrario morimos. Lo que no valoraron fue la decisión de matar a individuos con sus mismas cualidades, sentimientos y temores: a sus semejantes. —Quizá sea una experiencia que debimos, debemos experimentar. La propia Biblia lo cuenta: el primer asesinato coincide con el nacimiento de los primeros hermanos, Caín mató a Abel. —La paleoantropología también narra ese hecho. —¿Han encontrado el cuerpo del delito? —Los hallazgos se suceden. —De qué hallazgos hablas. —De un primer tronco, de un ancestro común, llámalo como quieras: Homo ergaster, antecessor… Todavía no conocemos nuestro propio árbol evolutivo, surgieron dos ramas, dos tipos de individuos: el cromañón o humano moderno y el neandertal. —¿Y bien? —Las pruebas que aparecen demuestran que el neandertal, a pesar de ser más fuerte que el cromañón, no era tan bruto como se pensaba; es importante destacar que tenía más capacidad craneal que nosotros. Sus conocimientos, forma de vida y físico, los hacían más que semejantes a nuestra especie. —Cierto, en el metro de cualquier ciudad un neandertal hoy pasaría desapercibido. —Fue un tipo de humano que sobrevivió a glaciaciones, compitió con poderosos animales, superó todo tipo de dificultades en inhóspitos lugares y, al mezclarse con nosotros, desapareció. Unas fuentes dicen que fueron desplazados, otras, que debido a la competencia establecida entre ambas variedades se extinguieron. Tristemente la muerte del neandertal aconteció hace tan sólo unos pocos miles de años. —Hablas como si el neandertal hubiese desarrollado algún tipo de civismo o moral. —Imagino que, al igual que nosotros, tendría sus creencias. Vivían en clanes, por lo que conocían el significado de la familia. Un dato a considerar es que fueron los primeros en enterrar a sus muertos. —Lo harían para que sus seres queridos no fuesen devorados por fieras. —Los antropólogos han encontrado restos de flores en tumbas. Es una


ceremonia de enterramiento, y este hecho denota idea de espiritualidad. —¿Tiene esto algo que ver con el paraíso bíblico del que hablábamos? —Los neandertales habitaban en Europa, al mismo tiempo el humano moderno lo hacía en África. En el actual estado de Israel, lugar donde la Biblia sitúa el Edén, se han encontrado multitud de yacimientos con restos, útiles y herramientas del neandertal. Los hallazgos demuestran que allá por el año cien mil antes de Cristo ambas especies se encontraron allí, en Oriente Próximo. —¿Y…? —La datación de estos descubrimientos atestigua que entre el cien mil y el cuarenta mil antes de Cristo ambas especies compitieron o se enfrentaron en esa zona. —¿En qué lugares de Oriente Próximo aparecen las pruebas que mencionas? —En Nazaret, en los altos del Golán… en el monte Carmelo, por ejemplo, los restos se superponen. —¿El monte Carmelo? —Karmel —jardín en árabe—, o Karem El —viñedos de Dios en hebreo—, un paraje muy especial. Desde la antigüedad ha sido considerado como lugar sacro por judíos, cristianos, baha'is..., también lo fue para los esenios. —¡Menudo embrollo de lugar! —Debió de ser un sitio ideal para vivir en la prehistoria, estuvo habitado por las dos especies. Posteriormente se ha demostrado que es un lugar estratégico, una zona de paso entre continentes. Ese monte, como narra la Biblia y demuestra la paleoantropología, pudo ser testigo de la primera disputa entre hermanos. —Puede que el lugar de los hechos encaje con la narración Bíblica, pero comparar a dos especies distintas con Caín y Abel… Más que hermanos, como mucho seríamos primos lejanos. —El humano moderno y el neandertal provienen del mismo tronco, del mismo padre. La separación genética —todavía no concretada— sucedió hace más de quinientos mil años, por lo que compartimos más del noventa y nueve por ciento de los genes; sólo nos diferencian décimas. —De cualquier forma el desarrollo evolutivo no encaja con el cuento del Edén. El ancestro o padre común a ambas especies parte de África, y Adán vivió en un paraíso ubicado en Oriente Próximo. —El neandertal evolucionó en Europa, el hombre en África. ¿En qué lugar se produjo la diferenciación de las dos especies? —Es evidente que un ancestro del neandertal migró de África para evolucionar en Europa. —En Israel han encontrado restos con una antigüedad de un millón y medio de años que bien podrían corresponderse con un antepasado común. ¿No pudo ser este ancestro el que migrara de África para establecerse en ese punto intermedio? Desde allí cada especie pudo tomar direcciones opuestas, ocupar continentes distintos y diferenciarse. —Fuere como fuese —aún hoy se discute sobre el origen del hombre—, aunque las dos especies descendamos de un mismo tronco, todos los humanos modernos no descendemos de un mismo padre, llámalo de un Adán si quieres. —La variación de ADN en los humanos es muy limitada, partiendo de esa base conocemos que nuestro origen es muy reciente. La ciencia ha llegado a la


conclusión de que todos los humanos tenemos una antepasada común que vivió en África hace unos doscientos mil años: la Eva mitocondrial. Más recientemente ha sido posible confrontarlo también en los varones, los resultados coinciden: tuvimos un antepasado que vivió en África en ese mismo periodo. Las líneas genéticas confluyen hacia un único punto de partida: descendemos de una única pareja. —La carga de dramatismo me hace sentir culpable. Me reconforta saber que es una interpretación tuya. —Una interpretación que apunta un paralelismo sospechosamente coincidente: mitocondrial o bíblica, todos descendemos de una Eva y de un Adán. Tuvimos un compañero de viaje, un hermano con el que compartir el peso de la evolución, los neandertales; ahora estamos solos. —No existen pruebas concluyentes para afirmar que nosotros exterminamos a los neandertales, o como dices, que somos el malo de Caín. —Los buenos no matan y nosotros continuamos haciéndolo. Las evidencias encontradas sugieren el exterminio; nuestro comportamiento también. Basta con ver el trato que damos a las especies que pueblan la Tierra: una tras otra, las extinguimos. —Es una comparación que da que pensar, Oriente Próximo también; es como si sobre ese territorio hubiese recaído una maldición, los sucesos y conflictos allí acaecidos a lo largo de la historia así lo sugieren. —Según el Génesis es allí donde el hombre comienza su andadura; según la arqueología donde surge el Neolítico, donde el hombre se hace sedentario. —Efectivamente es allí donde florecen las primeras civilizaciones. Esa zona desempeña un papel crucial en la historia de la humanidad. —Y, coincidentemente, allí se desarrollan los hechos del Antiguo Testamento… —No es casualidad, tampoco de extrañar que el nacimiento de la escritura coincida con la aparición de la ciencia ficción. Los hechos del Antiguo Testamento son más relativos que el universo donde, dicen, acaecen. —Cada vez más, la sucesión de hallazgos arqueológicos confirma la existencia real, no sólo de lugares y hechos, también de los personajes bíblicos. —¿Por ejemplo? —El descubrimiento de la tumba de Herodes, el de una piedra con la inscripción de Pilatos en Jerusalén, el propio muro de las lamentaciones y un largo etcétera. Las murallas de Jericó —son las más antiguas que se conocen, fueron construidas en el año 9.000 a.C.—su destrucción ha sido datada en torno al año 2.000 a.C., esto aproxima su derribo a la fecha en que lo describe la Biblia. —No pongo en duda que las murallas de Jericó fuesen derribadas, tampoco la existencia del rey Herodes, la desconfianza surge en la forma en que la Biblia narra los hechos. Lo de Noé y el diluvio, por ejemplo, no hay quien se lo crea. —El diluvio universal no sólo es referido por hebreos, también lo describen otras culturas y creencias de Oriente Próximo. Por otra parte, pueblos alejados de esa zona, como pueden ser griegos, hindús y muchos otros más lejanos, incluida América, citan inundaciones similares en sus manuscritos y tradiciones orales. —Inundaciones hubo siempre, con el Tigris y Éufrates por medio no hace


falta que llueva mucho para que todo se empantane. —Coincide que los filólogos y etnólogos reconocen en Oriente Próximo y el norte de África a una familia principal de pueblos: la denominada camito/semitas. —Te refieres a Cam y Sem, descendientes de Noé. —Ahora se admite que las ramas de este grupo de lenguas derivan de un idioma madre, de una descendencia común que se dispersó desde Oriente Próximo antes del tercer milenio a.C. —En Oriente Próximo florecieron las primeras civilizaciones, es lógico que desde allí se expandiera el conocimiento. —El conocimiento, la lengua, el modo de vida… Desde allí se expandió una descendencia que, sorprendentemente, lleva el nombre de los hijos de Noé. —Es ficción, fue la naturaleza… Nadie lo sabe. Lo cierto es que desde la antigüedad ese territorio ha sido testigo de un sinfín de conflictos. —Cierto. Justo en Israel se encuentra el que probablemente sea el campo de batalla más importante de la historia: la llanura de Esdrelón. Precisamente se extiende desde las faldas del monte Carmelo hasta el mar de Galilea y Cisjordania. Por ella pasaron cananeos, hebreos, egipcios, asirios, babilonios, griegos, romanos… y no sólo fue punto estratégico en el pasado, allí se desarrolló la decisiva batalla que inclinó el curso de la primera guerra mundial del lado inglés. —Un desafortunado lugar. —Quizá sea el lugar designado para entendernos definitivamente. —¿Adónde quieres llegar? —A lo largo del tiempo por allí han pasado y convergido las más lejanas y variopintas culturas; ahora los problemas de entendimiento son serios. No me extrañaría que ese territorio fuese el último lugar del planeta en encontrar la paz definitiva. —¿Por qué sugieres semejante idea? —Por la matemática: los últimos serán los primeros. Si en esa zona se desarrollaron las primeras civilizaciones, allí se desencadenarían los primeros conflictos. —No creo que esa frase profetice el final de las guerras. —Está profetizado que justo en la famosa llanura de Esdrelón se producirá la última y decisiva batalla: la batalla de Armagedón. —En esa batalla el bien derrota al mal definitivamente. Dime: ¿Quiénes son los buenos y quién los malos? —Cuando el entendimiento entre todas las culturas sea un hecho, cuando consigamos la paz a nivel mundial, ¿el mal no habrá sido derrotado definitivamente? —Visto desde esa perspectiva… —En ese momento todos, un solo pueblo, habremos llegado a la Tierra prometida. —Llegar a esa Tierra prometida supone andar un camino más largo y tortuoso que el recorrido por Moisés en el desierto. —El camino lo retorcemos nosotros, ese hecho lo alarga. Llegar a la Tierra prometida o lo que es lo mismo, lograr un mundo en paz, supone trabajo; tenemos que ganárnoslo, somos hijos de Dios, no de papá.


—Conquistarlo diría yo. —La paz definitiva nunca será lograda por la fuerza. La guerra es la espiral que está retrasando la aparición del ser humano. —¿La humanidad no existe? —Hoy no la he visto por aquí. Veo al hombre, que proviene de los animales. El ser humano debería ser el siguiente paso evolutivo. —La paz mundial sería un logro, no un paso evolutivo. —El paso de animal a hombre no sería tan significativo, pues tanto unos como otros continuamos matando. El final de las guerras marcaría un cambio sin precedentes: supondría el final para los intereses. Sin abrasivos intereses, el hambre desaparecería del mundo, con ella también las epidemias. Domados esos caballos, en un mundo pacífico, saludable y sin carencias, la vida se prolongaría generación tras generación… La paz mundial sellaría el inicio de un nuevo ciclo: la era del ser humano. —Me parece utópico. —Animales con menor capacidad y posibilidades han alcanzado metas más difíciles. Cuando sólo había reptiles en la Tierra algunos de ellos soñaron con volar y… ¡Ahí tienes a las aves! —Nosotros nunca volaremos, construir aeropuertos y fundar compañías aéreas es más rentable. —¿Sabemos qué nos depara la evolución? —Complejo de pronosticar. —En efecto, la evolución es tan compleja como impredecible. Pongamos un punto de referencia en el momento en que surge la vida en la Tierra —las bacterias—, y otro en la actualidad —el hombre—. Unámoslos con una línea y observemos la transformación producida. ¿No resulta asombrosa la mutación que la evolución ha realizado en ese espacio de tiempo? —El salto es más que cuantitativo, pero ya conocemos el resultado. —Entonces prolonguemos esa línea evolutiva en un tiempo equivalente y pongamos un tercer punto. ¿Tenemos capacidad para imaginar lo que surgirá en él? —Inimaginable. —El salto de bacteria a hombre no sería tan asombroso. —Pienso que seguiremos avanzando, sin embargo ahora, más que nunca, la evolución depende de nosotros. Tenemos capacidad destructiva para aniquilar varias veces nuestro planeta —Si consideramos el cómo fuimos —el mundo en el que vivimos es el resultado de nuestras acciones pasadas— y analizamos cómo somos; si tenemos en cuenta el cómo deberíamos ser, o sea, el factor cambio, podremos suponer hacia dónde nos dirigimos. —Entre cómo somos y cómo deberíamos ser existe una gran diferencia de criterios. —Cómo debemos ser es la meta común a conquistar. —En un mundo en el que se prima el individualismo no es fácil vislumbrar una meta común. —Las acciones individuales son las que dan cuerpo a la sociedad en la que vivimos. Debemos buscar, por tanto, una razón de ser que nos favorezca a todos.


—Lo que todos buscamos es beneficiarnos individualmente. El efecto de este comportamiento causará algo, es ley de vida, lo que no sabemos es qué causaremos, tampoco si tendrá remedio. —Para prevenir un mal mayor sencillamente debemos reconciliar nuestra naturaleza con la del mundo, la finalidad del mundo es común. —Que nuestro comportamiento deba ser más natural no quiere decir que la existencia nos tenga reservado un fin común. —No vemos un fin común, sin embargo lo contrario: un desastroso final para toda la humanidad, sí lo podemos suponer. —Un plan preestablecido estaría directamente relacionado con lo divino. Es muy probable que la vida surgiera de forma aleatoria o casual, lo que elimina cualquier meta o destino predeterminado que alcanzar. —Está claro que la vida busca camino, que sigue un curso, y todo camino conduce a algún destino. —El hombre y su continua búsqueda a través de la senda de la evolución. —La evolución consiste en perfeccionar un metabolismo para que se adapte lo mejor posible al medio en el que se desenvuelve. Perfeccionarse, por tanto, sería uno de los objetivos que se hallan en nuestro camino. —La perfección no existe, de lo contrario no existiría la evolución. —La naturaleza podría hallarse muy cerca de lo perfecto. Si la vida es su producto y evolucionarla su propósito, ese propósito o realidad última debe aproximarse a la realización de lo perfecto —a la esencia de lo natural—, de este modo la evolución en su conjunto toma sentido. —Para que la evolución del hombre tenga sentido primero de bemos encontrarle sentido a nuestra vida. —No le encontramos sentido a la vida porque vivimos en un mundo sin sentido. —El sentido de nuestra vida es poseer. —Por confundir el verbo ser con el tener nos cuesta tanto comprender el verbo existir. Yo no soy de una forma, tengo una forma. Yo no soy de una manera, tengo una manera de ser. Yo no soy lo que tengo, tengo lo que soy. —Nuestra manera de ser está sometida a un continuo bombardeo de cómo debemos ser. —El acoso al que nos hallamos sometidos es muy simple, pues tiene un único y repetitivo mensaje: ¡compra! Ceder a él supone que el propósito principal de nuestras vidas sea poseer. Lo peor, que de manera subliminal nos inculcan «Sólo yo existo, los demás son competencia». —Aparentar ser más que los demás es un objetivo que genera desigualdad, y contra eso no podemos hacer nada. —Sí podemos. Podemos imaginar un mundo sin carencias, sin hambre ni necesidad, un mundo donde el desmesurado deseo se halla controlado, pues todos estamos satisfechos; donde no existe el rencor, pues todos somos considerados. ¿Crees que en un lugar así tendría sentido la vida? —¡Eso sí sería vida! Pero, como dices, es ilusorio. —Si somos capaces de imaginarlo podemos hacerlo. —La posibilidad de cambiar nuestro mundo está muy limitada. —Con sus mensajes pueden manipular nuestra libertad de elección, nunca eliminarla. Hacer oídos sordos al: «para ser, ten», nos otorga la posibilidad de


cambio. Ese cambio podemos hacerlo. —El problema es que a todos nos gusta tener. —A todos nos gustaría tener asegurada la subsistencia. —Otro ideal muy alejado de la realidad. —Aunque parezca utópico, un día esa ilusión se hará realidad. El hombre, que siempre vivió aferrado a su instinto de supervi vencia —en lucha por sobrevivir como cualquier otro animal—, con el sustento asegurado perderá ese primitivo instinto. —¿Quieres decir que se desvanecerá en nosotros el espíritu de lucha? —Lucha entendida como disputa. El respeto por toda forma de vida nos otorgará una armonía hasta ahora desconocida. Siendo todos, la palabra existir toma auténtico sentido. —Un término africano dice: «Somos porque somos todos». Éso sí es una buena conciencia de existencia. —Los que poseen una buena conciencia de existencia es porque escuchan a su conciencia. —¿Qué entiendes tú por conciencia? —La entiendo como la define el diccionario: «Conocimiento reflexivo de las cosas. Acto psíquico por el que un sujeto se percibe a sí mismo en el mundo. Propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos esenciales y en todas las modificaciones que en sí mismo experimenta…» —Con los atributos esenciales no sé si estoy de acuerdo. —Por ser la conciencia una actividad mental a la que sólo puede tener acceso el propio sujeto, es el medio idóneo con el que contemplar nuestra individual y más natural condición. Considerada ésta, advertiremos que es idéntica, en fundamento y base, no en circunstancias, a la de todos nuestros semejantes. Un pensamiento hindú dice: «La variedad de cosas y acontecimientos que vemos y sentimos son manifestaciones de la misma realidad, “la esencia interior de todas las cosas”». —Puede que todas las cosas partan de una misma realidad —todos los elementos del universo surgen de la misma explosión de energía—, sin embargo todo, también los hombres, somos diferentes; nuestro comportamiento así lo demuestra. —Muchos sabios y filósofos de la antigüedad, sin conocer el Big Bang, percibían que en esencia todo está compuesto por la misma e invariable sustancia. Y es lógico, la naturaleza emana de la mis ma fuente para todos, en esencia, por tanto, todos hemos de ser iguales; nos diferencian nuestras circunstancias personales. —No me extraña que nadie conozca la esencia de la que hablas, hallándose tan escondida en lo profundo de cada interior… —En el fondo, no en lo superficial, se halla la clave de todo. Sus evidencias son palpables, muchas personas las sienten. —¿La esencia interior de todas las cosas puede sentirse? —La de los seres vivos perfectamente, se halla en todo lo que tiene vida. Esta fuerza interior es perfectamente distinguible de las otras energías que recorren nuestros cuerpos. Para el hombre, percibirla resulta fácil, no hace falta ir al Himalaya para lograrlo. —¿Y adónde hay que ir?


—Aprender a hacerlo resulta sencillo. La energía universal puede sentirse con el tacto, a este hecho algunos lo llaman sintonizar. El primer paso es tocar con las manos la propia, la que cada uno portamos. Distinguido ese tacto, percibir la energía del cosmos resulta fácil. Mucha gente ya lo hace. —¿Cómo se anda ese primer paso? —Se trata de tocar físicamente el aura que envuelve a todo ser vivo; palpar el límite de esa irradiación es lo más fácil. La primera sensación se percibe con el tacto de las manos. Para ello deben juntarse y separarse, de forma sutil, las palmas de las dos manos enfrentadas hasta sentir una sensación similar a la confrontación de dos imanes. —¿Los seres vivos tienen aura y puede tocarse? —Todos los seres vivos, incluidos los vegetales, portamos energía. ¿Alguna vez has visto o escuchado decir que existen personas que abrazan árboles? —Sí, y me parece absurdo. —Nada más lejos de la realidad. Con ello percibes que la energía que irradia esa planta es igual a la nuestra, a la de todos los seres vivos. —Siendo algo tan evidente y sencillo, ¿por qué nadie, ni medios de comunicación ni la propia enseñanza, habla de ello? —Lo universal es para todos, lo vendible sólo para el que tiene dinero. De ello hablan algunas culturas, también ciertos científicos. Es el prana de los hindúes, la energía bioplásmica de los investigadores rusos, el chi de los chinos. El reiki japonés utiliza esta fuente para curar o aliviar a enfermos. —¿También cura enfermos? —El reiki es una técnica para transferir energía por medio de la imposición de manos que se ha extendido por todo el mundo. En la actualidad está siendo utilizada en algunos hospitales, son muchas las personas que dicen haber mejorado con ella. —Transferir energía entre personas suena a ciencia ficción. —Al igual que sucede con las leyes físicas del universo: dos cuerpos que se hallan a distinta temperatura comparten el calor hasta quedar igualados, un ser vivo que se encuentre cargado de esta fuerza puede compartirla con otro que se halle más debilitado; sólo se necesita conocer la técnica para servir de transmisor. —¿Sirve de algo estar cargado de esa energía? —El vigor y ánimo de cada persona depende, en gran media, de lo colmado de energía universal que se halle. Dependiendo de lo cargado que se encuentre, los límites de su aura se hallarán a mayor o menor distancia de su cuerpo —irradiará con mayor o menor intensidad—. Los límites de esta emisión, lo más fácil de sentir o tocar, serán el indicador de la carga de vitalidad que cada persona posee en ese momento. —La animosidad depende de muchos factores. ¿Produce algún tipo de efecto sentir esa energía? —Es una experiencia personal y resulta tan difícil de explicar como a Newton cuando quiso hacer entender a sus contemporáneos el por qué las manzanas caen. Al igual que pasa con la fuerza de la gravedad, estamos inmersos en ella, tan habituados a vivir con ella, que no llegamos a diferenciarla del entorno que nos rodea. —A base de caer hemos comprendido que la fuerza de la gravedad existe,


después fue formulada matemáticamente; algo que no sucede con lo que llamas energía universal. —Para hallar la fórmula matemática de la fuerza de la gravedad, primero hubo que diferenciar el objeto que va a caer de un entorno que es común a todos los objetos —en cada objeto influyen una masa y altura diferentes—. Una vez diferenciada nuestra propia energía de la existente en el cosmos, habremos despejado dos incógnitas básicas para empezar a pensar en formular esa ecuación matemáticamente. —¿Tu ecuación no será «Fuerza es igual a espíritu»? —Fuerza, dondequiera que se halle, es igual a energía. —Con la energía, previo pago, nos movemos y calentamos. —No hablamos de lo mismo, existen energías gratuitas, y de éstas sabemos lo que de compañías eléctricas: ¡nada! —Pero intuimos la estafa. —Ahora no hablamos de intuición, hablamos de sentir, de algo palpable. Con la energía interior se aprende a contactar y, con un sencillo ejercicio, a sentir cómo la vitalidad crece en las personas. —¿Qué ejercicio? —Es curioso, su cauce parece que sea el amor. Basta con pedirla, siempre con un fin noble, para que llegue y te colme. Eso sí, es requisito indispensable creer en ella. —¿Creer en ella o en Él? —Se percibe como una Conciencia Suprema Neutra. Está más allá de credos y dogmas institucionalizados, las radicalidades, todo lo que no sea universal, la ahuyenta. —Que la energía se rija por unas leyes físicas determinadas es válido, ahora me hablas de conciencia y sabiduría en algo que ni siquiera posee memoria. —El hombre con los ordenadores, de manera artificial, ha logrado almacenar memoria en materia, en metales. Por medio de la energía transmite esos datos para, incluso, ser visualizados. ¿Conseguiremos un día retenerlos en campos energéticos de memoria? —En el futuro es posible. —¿Y no podría hacerlo el universo? ¿Acaso la tecnología que desarrollamos es más perfecta que la naturaleza? —¿La naturaleza almacena datos en energía? —La información del universo entero, de su desarrollo y evolución, se hallaba en el primordial átomo energético de donde surgió. —Una cosa es poseer datos intrínsecos para posteriormente desarrollarlos de forma natural y otra, bien distinta, ejecutarlos racionalmente. —Cierto, no podemos relacionar conceptos como conciencia, voluntad o sentimientos, con el procesamiento de datos. Los sentimientos, por ejemplo, se almacenan y crecen. ¿Qué organismo es el encargado de realizar esta función? —Con el cerebro intentamos racionalizarlos. —A pesar de ello en muchas ocasiones no son entendibles, pues los sentimientos no atienden a reflexión del pensamiento. ¿De dónde parten, dónde se acumulan éstos? —Dicen que en el corazón, pero todos sabemos que su función es la de bombear sangre. Tampoco creo que se hallen guardados en lo profundo de


nuestro interior. —La energía universal tiene más cualidades de lo que pensamos. Al igual que las partículas contemplan al observador, ésta contempla al oyente, pedirla y que venga lo implica; es reguladora de ese flujo. —¡Claro! Debe de existir una inteligencia superior que la administre. —Más que inteligente: sabia. No administra, distribuye para todos en abundancia; la clave: que debe ser aprehendida de forma voluntaria por cada uno. —Las leyes naturales son sabias, lo que no puedo alcanzar a comprender es cómo una fuerza puede seleccionar a unos individuos determinados para transferirles energía vital de manera consciente. —La energía contiene, incluye en sí al universo —el universo está inmerso en ella—. Por inundarlo todo y formar parte de todo, a todo afecta. Sin embargo, y especialmente con las personas, hay que considerar la receptividad —predisposición—, la libertad también es ley universal. —Entonces no hablamos de dar, hablamos de tomar. —Más que dar, insufla aliento a todo lo que tiene vida. En el caso de las personas, al igual que sucede ante cualquier situación, la actitud es crucial. —Si la voluntariedad es determinante, ¿cómo pudo crear la vida en la primera molécula si ésta no pudo dar su consentimiento? —La voluntariedad es determinante, y el universo determinista, sabe lo que va a suceder. Ahora podría preguntar al hombre: ¿Estás conforme con haber nacido? Indudablemente todo lo que contiene vida contestaría sí. A este crucial momento: el paso en el que la energía genera vida en la materia, el Génesis lo refiere como «adquisición de espíritu», —Sabemos que la naturaleza del universo crea vida. —La naturaleza, con desechos y defecaciones, produce vida, no crea vida. —Lo lógico es pensar que, de una manera u otra, la naturaleza creó la vida, la vida desarrolló la inteligencia y que de ésta surge la sabiduría. —Con facilidad entendemos que de la materia se extrae energía, pues nuestra lógica, nacida del contacto con lo material, es una lógica materialista. Lo ilógico para nosotros es pensar lo contrario: que de la energía surgió la materia; sin embargo ésta es la realidad. El que todo parta de la energía implica que tanto sabiduría como inteligencia van contenidas en ella. —¿Insinúas que tras la energía primaria se oculta algún tipo de inteligencia? —Desde nuestra perspectiva —somos partículas vivas inmersas en un desconocido Todo—, no es entendible la idea de conjunto. Lejos de una célula queda desvelar la meta que se ha propuesto en la vida el individuo en el que se halla; de nosotros, el proyecto de existencia que tiene marcado el universo. —Que tengamos que resolver los misterios de la naturaleza no quiere decir que tras ella se oculte Dios. —Sabemos que la energía se transforma, no hasta dónde ni desde dónde, tampoco cuál es el límite de sus posibilidades. —La matemática del universo es compleja y tardaremos en darle una explicación pero, un día, se la daremos. —Si la matemática del universo nos resulta compleja será porque es más inteligente que nosotros. Para desvelarla, son muchos los físicos que ahora se interesan por la filosofía.


—No para darle una explicación divina. —Si los físicos se apoyan en la filosofía es para esclarecer cuestiones que desempeñan un papel fundamental en este campo: la naturaleza, la nada, la trascendencia, la realidad, el ser… son imposibles de formular matemáticamente. —Tampoco creo que con la espiritualidad se desvelen esos campos y se llegue a comprender al Todo; con la ciencia, sin embargo, llegaremos a conocer lo que comprende el todo. —Es ahora cuando los físicos buscan la poderosa fuerza que creó el universo, también la fórmula de la ley única que lo rige. La espiritualidad desde siempre buscó esa fuerza o ley única. —Atribuir a un supuesto Dios todo lo inexplicable, desde siempre, es la más fácil solución. Dios y sus atributos, al igual que la capacidad inventiva del hombre, no tienen límites. —Que la capacidad inventiva del hombre sea ilimitada nos acerca al concepto de infinito, eso también nos asemeja a Dios. —¿Qué quieres decir con «también»? —Que al igual que la capacidad de crear es una facultad otorgada sólo al hombre: Somos semejantes a Dios, pues creamos. ¡Creemos pues!, pues creemos. ¡Creamos pues! —¿Estás utilizando el verbo crear? —También puede conjugarse con el creer, o con ambos a la vez. De cualquier forma para crear hace falta creer, aunque sólo sea en el proyecto. —Para creer en un proyecto se hace imprescindible que el creador exista. —En efecto, sin creador no es posible proyecto alguno. —Si todo parte de la nada el creador no existe. —La nada sería el creador. —Vuelvo a lo mismo: de nada no puede surgir algo. —Si la nada es un inmenso solar, y la energía eterna, siempre estuvo ahí, la nada absoluta en realidad nunca existió. Disponiendo de energía y de solar el milagro es posible. —La física refiere que cuando la materia entra en contacto con antimateria ambas se anulan o desaparecen, quedan en nada. Tal vez la nada, efectivamente, nunca existió. —Si van a la nada ya disponemos de todos los elementos. —¿Insinúas que todo se encuentra en la nada? —Al menos será el medio donde se encontrará, donde «se encontró», donde se encuentra el Todo: en medio de lo que llaman nada. —¿Cómo de ahí pudo surgir el Todo que parece existir? —Para lo Uno el hinduismo utiliza el término MahaYogui, que significa el autorrealizado. A ese Uno ellos lo llaman Brahma, «de donde todo surge y a donde todo volverá». El budismo, por su parte, representa a la conciencia o


existencia de la forma absoluta como lo vacío o la nada, y la nada es lo que buscan en meditación. —De acuerdo que la ciencia nos habla de un universo generado, pero también sopesa la posibilidad de un universo recicla do, sin un principio concreto. Sin creación eliminamos al agente creador, si no existe un final, también. —De no existir un principio y un fin hablaríamos de un universo infinito, fórmula que adoptaría una de las características primordiales de Dios: la eternidad. —¿Pretendes hacerme ver que de cualquier forma entra Dios? —Que con todas las formas, el primer elemento, la primera manifestación, entra en lo que unos llaman Dios, otros el Todo, lo Uno… —Precisamente el hinduismo, al que haces referencia, se sale de esa norma. ¡Tiene muchos Dioses! —No hay en la conciencia de fe hinduista la idea de muchos dioses que compiten por una supremacía cósmica. Existe un solo Dios que desarrolla diferentes tipos de actividades asociadas a diferentes niveles de vibración y conciencia. Estas actividades se complementan y proyectan para desarrollar un único plan divino. Los múltiples brazos y cabezas con los que son caracterizados los Dioses del hinduismo están motivados por este hecho, representan las distintas cualidades del Todo. —Representaciones que nada tienen que ver con el señor de barba, rígido y meticuloso, del monoteísmo. —Todas las culturas plasmaron a Dios basándose en abstractos e imaginarios conceptos. La occidental, en principio influenciada por el Antiguo Testamento, «hecho a su imagen y semejanza», supuso un perfil Divino con nuestro físico actual. —Sin embargo el Islam no lo representa de ninguna forma. —El Islam dice al respecto que la imagen de Dios no puede ser modelada de modo alguno. Indudablemente es la religión que mejor interpreta este concepto, desconocemos la forma que tiene el Todo. —El budismo ni habla de Dios. —Motivo por el cual es considerado como la religión más científica que se conoce. Habla de unidad, «de lo Uno, que forma mos parte de un Todo». —Lo llamen como lo llamen, nadie puede demostrar su existencia. —No sabemos nada acerca de la naturaleza de lo Absoluto excepto que existe, y existe porque estamos incluidos en Él. —Es evidente que el Todo existe, ahora bien, lo que cuentan las religiones sobre Él es harina de otro costal. —Las enseñanzas puras de las religiones, como los ríos, que cada uno hiende su cauce en la tierra intentando desembocar en el mar, pretenden, cada una por su lado, convergir en Dios. El concepto de Espiritualidad trasciende toda religión humanamente organizada. Para acercarse lo más posible a la profunda, completa y exacta percepción de la Espiritualidad, el ser humano debe entender, en primer lugar, la concepción de Dios como Uno, el Todo. Este Uno se concibe como «Todo lo que Es», es decir, es en Su Ser que la creación tiene lugar. —Para mí la creación es todo lo que es.


—La creación sólo sería uno de los aspectos del Todo. —Y como el Todo del que hablas tiene infinitos aspectos, nunca sabremos cómo es. —¿Cómo es?, ¿cómo será?, o mejor dicho, ¿cómo fue? El Antiguo Testamento nos dice: «Yo soy el que soy». Asimismo, Jesús señaló: «Antes de que Abraham fuese, Yo soy». No dijo fui antes que Abraham. —¿Qué quieres decir con eso? —Que al igual que la supuesta ley única del universo, siempre fue, es y será el mismo: lo inmutable. —Inmutable, omniabarcante, omnipotente… Un día leí una interesante cuestión: siendo Dios todopoderoso, ¿sería capaz de crear una piedra tan pesada que no pudiera levantar? —Por supuesto. —Entonces no sería todopoderoso, no podría con ella. —De hecho lo está haciendo: ha creado este universo, con ello ha agrandado el Todo que sustenta, la piedra. El Todo tiene la potestad de transformar, como demuestran las leyes físicas, la energía en materia y la materia en energía. Su naturaleza tiene la facultad de hacer que la piedra produzca vida. La vida, a su vez, crece generando más energía, energía que un día retornará a Él para otorgarle el poder de sustentar una piedra mayor y, de este modo, continuar creciendo… —Refieres ciclos, y la evolución no es cíclica. —Si todo parte de la energía, la vida, después de pasar por la materia, ¿no habría de retornar de nuevo a la energía? Muchos sabios hablan en este sentido de la vida. Nos dicen que del primogénito nacen y evolucionan todas las formas. Añaden que, un día, al igual que el agua de un manantial vuelve al mar, regresarán a Él. —¿Hablas de alcanzar el género supremo? —De alcanzar la última causa/efecto. —No sabemos cuál fue la primera causa, ¿cómo vamos a suponer cuál será la última? —De la causa primera sabemos que se marcó un gran objetivo, una fantástica meta: dar vida. Si evolucionamos es por efecto de esa causa. Con el transcurrir del tiempo hemos desarrollado capacidades, ahora nuestra conciencia comienza a tomar protagonismo. Que captamos energía del cosmos es una realidad. Un día lo material quedará relegado a segundo plano, otro desaparecerá. Al deshacernos de esa carga, cargados de pura energía, podremos retornar a la fuente de emanación primera. —¿La última causa/efecto coincidente con la primera? —El producto de la causa primera vuelve a ella y el excedente de esa creación genera un nuevo ciclo. —¿Y dónde entra Dios en un Todo tan espontáneo? —Siendo la primera de todas las causas entra en todo y está en todos. Los sabios que basan sus conocimientos en la espiritualidad nos advierten de que en la creación existen distintos planos y niveles, a pesar de ello, no debemos buscar a Dios en la profundidad más remota del interior del cosmos, primeramente lo encontraremos en nosotros mismos. —Los físicos también nos hablan de universos paralelos, de la existencia de


numerosas dimensiones…, y es científico. Del interior de las personas, sin embargo, extraen pocas conclusiones. —Los sentimientos no son nada científico, no obstante están ahí. Se trata de una cuestión esencial, y siendo nuestro interior esencia, es allí, lejos de vínculos y barreras, donde percibimos que de manera infranqueable estamos todos vinculados. Es en esos lazos, es ese nexo, la esencia común a todo. —Por ser tan contradictorio será que la mayoría de nosotros no lo vemos. —Tampoco vemos la fuerza de la gravedad, ni el aire; el pez no ve el agua. Por la fuerza de la costumbre no acertamos a sentir el medio donde nos hallamos inmersos. También sucede lo contrario: sólo sentimos el medio y no a nosotros mismos. El ser se halla en nosotros, sin embargo nosotros no hallamos la existencia. —Con vernos a nosotros mismos es suficiente. —Es precisamente el individualismo el que resta valor a la existencia. Mientras no seamos todos no existiremos realmente. —Nos conformamos con poco: un par de amigos a quien contarles las penas es bastante. —Exacto, necesitamos el calor de nuestros semejantes. Aislados, sin conexión con el prójimo, no somos nada; un solo individuo existiría por poco tiempo. Ahora los científicos dicen que la materia, las partículas, se hallan unidas por hilos o cuerdas, ¿no habríamos de estar unidos nosotros? —Materialmente lo estamos. —Lo material es lo que nos separa. —Estoy de acuerdo en que la división todo lo desvanece y en que la reunión de las cosas produce una generación creciente. Unificar criterios es un buen argumento, más allá no puedo verlo. —El Todo, lo mucho, ha resultado de la recreación de lo Uno, y lo Uno crece con el surgir de los muchos; por lo que «aquello que existe es UNO solo». —Con esa idea de conjunto es difícil sintonizar. —Por encontrarse en Todo la esencia de lo Uno, es en esencia que somos semejantes, semejantes que coexisten y se rigen por leyes comunes emanadas de la condición primera. Es esta simbiosis, este esencial motor, el que nos une haciéndonos Uno. —Para ser Uno nos queda mucho por aprender. —Nos queda aprender a conjugar el verbo ser. En singular ya lo hacemos, el plural lo conjugaremos correctamente cuando tomemos conciencia de lo que seremos, de lo que fuimos, de lo que somos: «UNO». —¿Adónde vamos, de dónde venimos…? —¡Mesonero, más vino! —¿Qué? ¡¿Se ha terminado?! —Quiere echarnos. —¡Me fastidia la mentira! —¡Ese mandamiento es el que me faltaba por explicarte! —¡¿Adónde vamos que se acabó el vino?! —Jesús: ven —dijo—, Él vino.


EL TODO NOS UNE LA UNIÓN ES EL TODO, LA UNIÓN LA HACE EL AMOR EL TODO ES AMOR EL AMOR ES LA LEY ÚNICA Hasta las piedras se atraen

Manuel Fernández Saavedra Firmamento, definición: Acción y efecto de firmar, dar autenticidad o aprobación a un contenido

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